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Descripción colonial, libro segundo (2/2)

Chapter 3: ÍNDICE
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About This Book

Se ofrece una crónica detallada de la organización eclesiástica y del gobierno virreinal en el Perú colonial, con capítulos sobre prelados y virreyes, sus políticas administrativas y militares, campañas contra comunidades indígenas, expediciones marítimas y enfrentamientos con corsarios, además de medidas fiscales y judiciales como la implantación de la Inquisición. Aborda la división y el gobierno de provincias lejanas, episodios de hambre y enfermedad, nombramientos y traslados, y recoge relatos institucionales, militares y religiosos que ilustran la dinámica del poder y la vida colonial.

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Title: Descripción colonial, libro segundo (2/2)

Author: Reginaldo de Lizárraga

Editor: Ricardo Rojas

Release date: September 10, 2012 [eBook #40724]
Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Adrian Mastronardi, Carlos Colon and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive/American Libraries.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DESCRIPCIÓN COLONIAL, LIBRO SEGUNDO (2/2) ***

BIBLIOTECA ARGENTINA
PUBLICACIÓN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES
Director: RICARDO ROJAS

14

Descripción Colonial
POR
Fr. Reginaldo de Lizárraga
(LIBRO SEGUNDO)

BUENOS AIRES
Librería LA FACULTAD, de Juan Roldán
436—Florida—436
1916


ORÍGENES DE ESTA BIBLIOTECA

I.—El año 1909, Ricardo Rojas proyectó por primera vez esta Biblioteca, como parte integrante de su más extenso plan de educación democrática, que llamó La Restauración Nacionalista, en el informe sobre nuestra enseñanza, presentado entonces al ministro de Instrucción Pública, doctor Rómulo Naon. (Véase en la citada obra el capítulo VII, páginas 430-434, y en el Apéndice, el acápite número 2, páginas 482-483.)

II.—En 1910, Ricardo Rojas, delegado al Congreso de Bibliotecas, reunido para el Centenario en Buenos Aires, renovó su iniciativa del año anterior, concretándola más aun, y dicha asamblea de educadores la aceptó por unanimidad, despues de oir, en sesión presidida por el profesor Pablo Pizzurno, los fundamentos y propósitos del autor. (Véase el proyecto y el voto pertinente del Congreso en La Nación y La Prensa del mes de junio de 1910.)

III.—En 1911, este proyecto de fundar una Biblioteca popular de autores argentinos, fué adoptado por el presidente del Consejo de Educación doctor José M. Ramos Mejía, quien, con la lealtad que le era ingénita, llamó espontáneamente al autor de la idea para ofrecerle la dirección y le pidió que redactara un informe ó prospecto sobre la proyectada Biblioteca. Ricardo Rojas accedió, indicando los mismos autores que publicaremos nosotros, con idéntico formato, precio y periodicidad; pero la renuncia del presidente Ramos Mejía, frustró tan generosa tentativa. (Véase en el Monitor de la Educación Comun, tomo XXXIX, número 466, páginas 105-112, los antecedentes de este asunto y el proyecto de Rojas.)

IV.—En 1912, la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, confió á Ricardo Rojas la nueva cátedra de «Historia de la Literatura Argentina» y en la conferencia inaugural de su curso, leida el 7 de junio de 1914 en el anfiteatro de dicha facultad, encareció la urgencia de organizar, como base de sus estudios, la bibliografía nacional, restaurando textos corrompidos ó divulgando los olvidados, á fin de popularizar sus enseñanzas. (Véase dicha conferencia, parágrafo X, en el tomo XXI de la Revista de la Universidad de Buenos Aires.)

V.—En 1913, la iniciativa teórica de Ricardo Rojas, tan lentamente madurada, se convirtió en resolucion de fundar la Biblioteca Argentina por iniciativa particular, y no disponiendo él de medios para hacerlo, nos convenció de que debíamos acompañarlo como editores en esta empresa de cultura popular, segun tuvimos ocasion de publicarlo entonces, en nuestro primer prospecto dirigido á los futuros suscriptores. (Véase nuestra circular, que se titula Biblioteca Argentina, fechada y repartida en julio de 1914.)

VI.—Tal es el origen, públicamente documentado, de la Biblioteca Argentina que Ricardo Rojas dirigirá, por el derecho que le da su iniciativa y su versación en estas cuestiones. Realizaremos esta empresa casi en la misma forma y con los mismos libros del proyecto que presentó al doctor Ramos Mejía. La sanción que esta idea recibiera en el Ministerio de Instrucción Pública (1909), en el Congreso de Bibliotecas Populares (1910), en el Consejo de Educación (1911), han influido en nuestro ánimo, pero declaramos que nuestra confianza estriba, sobre todo, en el sólido prestigio de su iniciador. Nuestro éxito dependerá, no de la idea, sino del plan y el método. Lo que no hizo el Estado, lo hará la iniciativa particular. Desde 1914 hemos esperado para lanzarnos á la publicidad, tener un número discreto de suscriptores. Ya lo tenemos; pero aun con ellos, esta es una aventura patriótica, y probamos no perseguir ganancias, con sólo invocar el delicado trabajo que demanda cada tomo al Director, y el precio popular de nuestras ediciones.

El Editor.

BIBLIOTECA ARGENTINA

Volumen 14

BIBLIOTECA ARGENTINA
PUBLICACIÓN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES
Director: RICARDO ROJAS

14

Descripción Colonial
POR
Fr. Reginaldo de Lizárraga
(LIBRO SEGUNDO)

BUENOS AIRES
Librería LA FACULTAD, de Juan Roldán
436—Florida—436
1916


ÍNDICE

LIBRO SEGUNDO
De los prelados eclesiásticos del reino del Perú, desde el reverendísimo don Jerónimo de Loaisa, de buena memoria, y de los virreyes que lo han gobernado, y cosas sucedidas desde don Antonio de Mendoza hasta el conde de Monterrey, y de los gobernadores de Tucumán y Chile.
    Págs.
I. —De los prelados eclesiásticos. 11
II. —Del ilustrísimo fray Hierónimo de Loaisa, arzobispo de Los Reyes 13
III. —Del ilustrísimo Mogrovejo 20
IV. —De los reverendísimos del Cuzco 22
V. —De los reverendísimos de La Plata 27
VI. —De los reverendísimos de Tucumán y Paraguay ó Rio de la Plata 37
VII. —De el licenciado Vaca de Castro, Blasco Núñez Vela y don Antonio de Mendoza 38
VIII. —Del Marqués de Cañete 40
IX. —Del Marqués de Cañete 44
X. —El Marqués llega á Trujillo 46
XI. —Parte el Marqués de Trujillo 50
XII. —Entra el Marqués en Los Reyes 52
XIII. —El Marqués hizo perdon general 54
XIV. —Cómo proveyó por gobernador de Chile á su hijo don García de Mendoza 56
XV. —Nombró el Marqués gentiles hombres lanzas y arcabuces 59
XVI. —El Marqués quiso prender al doctor Sarabia, Oidor 62
XVII —De las entradas que en su tiempo se hicieron 64
XVIII. —El Marqués mandó traer á Los Reyes los cuerpos de los Ingas 72
XIX. —El Marqués se mostró gran republicano 75
XX. —De la muerte del Marqués 80
XXI. —De las virtudes del Marqués 83
XXII. —Cuán enemigo era de acrecentar tributos 88
XXIII. —Del conde de Nieva 91
XXIV. —Del gobernador Castro 93
XXV. —Del Visorrey don Francisco de Toledo 99
XXVI. —De la guerra que hizo al Inga 105
XXVII. —El Visorrey en su viaje se encontró con el gobernador Castro 109
XXVIII. —El Visorrey don Francisco de Toledo llega á Potosí y de allí á la ciudad de La Plata 111
XXIX. —El Visorrey dió asiento á las tasas y cosas de Potosí 113
XXX. —Salieron los Chiriguanas á besar las
manos á don Francisco de Toledo
116
XXXI. —Refiérese la fiction Chiriguana 119
XXXII. —El Visorrey don Francisco de Toledo convoca Audiencia, Sede vacante y prelados de las Ordenes, y pide parecer 121
XXXIII. —Hace el Virrey informacion del milagro 128
XXXIV. —Los Chiriguanas se huyen 132
XXXV. —El Visorrey don Francisco de Toledo determina ir á los Chiriguanas en persona 133
XXXVI. —El Visorrey don Francisco de Toledo pide parecer si dará por esclavos á los Chiriguanas 135
XXXVII. —El Visorrey manda al general don Gabriel entre contra los Chiriguanas por el camino de Santa Cruz 138
XXXVIII. —El Visorrey nombra capitanes y entra en la tierra Chiriguana 138
XXXIX. —El Visorrey nombra capitan á Barrasa, su camarero, y lo envia al pueblo de Marucare 143
XL. —De la hambre que comenzaba en el real, y enfermedad del Visorrey 146
XLI. —El Visorrey manda volver el campo al Perú 148
XLII. —Lo que subcedió al general don Gabriel Paniagua 151
XLIII. —Despide los soldados el Visorrey y llega á la cibdad de La Plata 153
XLIV. —Del Capitan Francisco Draque, inglés, que entró por el estrecho de Magallanes 154
XLV. —La Inquisicion vino á este reino 164
XLVI. —De las virtudes del Visorrey don Francisco de Toledo 167
XLVII. —Don Martin Enriquez, Visorrey destos reinos 169
XLVIII. —El conde de Villar, Visorrey destos reinos 171
XLIX. —Su Majestad provee á don García de Mendoza por Visorrey destos reinos 178
L. —Quito no quiere recibir las alcabalas y medio se rebela 181
LI. —El Marqués tiene aviso de Chile que un pirata inglés ha llegado aquella costa 186
LII. —Parte la armada del puerto en busca del enemigo, agua arriba 190
LIII. —Vuélvese la armada al puerto 195
LIV. —El Marqués despacha segunda vez en seguimiento del enemigo 197
LV. —De la jornada y descubrimiento que hizo el adelantado Alvaro de Amendaña 201
LVI. —[De cómo los nuestros llegaron á una isla poblada de negros, y de las refriegas que con éstos hubo] 207
LVII. —[De la muerte que el Adelantado Mendaña hizo dar al Maese de campo] 213
LVIII. —[Donde se dice el fin que tuvieron Malope y el Adelantado Mendaña] 216
LIX. —[De cómo los nuestros llegaron á las islas Filipinas y luego volvieron al Perú]. 217
LX. —Sola una desgracia le subcedió al Marqués. 219
LXI. —Del ilustrísimo Arzobispo de México. 221
LXII. —Del camino de Talina á Tucumán. 224
LXIII. —Del valle de Salta, Comarca y Calchaquí. 230
LXIV. —De la cibdad de Esteco. 232
LXV. —De la cibdad de Santiago del Estero. 233
LXVI. —De la cibdad de Córdoba. 237
LXVII. —De los gobernadores que ha habido en Tucumán desde el Marqués de Cañete acá. 239
LXVIII. —Del reino del Paraguay. 243
LXIX. —Del puerto y pueblo de Buenos Aires. 249
LXX. —De la provincia de Cuyo, en términos de Chile. 253
LXXI. —De la cibdad de Mendoza. 256
LXXII. —Del camino de Mendoza á Santiago de Chile. 257
LXXIII. —Prosigue el camino de Copiapó á Coquimbo. 261
LXXIV. —De la cibdad de Coquimbo. 262
LXXV. —De la cibdad de Sanctiago. 266
LXXVI. —De las demás cibdades de Chile. 271
LXXVII. —De algunos otros pueblos deste reino. 273
LXXVIII. —De la cibdad de Valdivia. 276
LXXIX. —De la cibdad de Osorno. 278
LXXX. —De la cibdad de Castro. 280
LXXXI. —De los obispos deste reino. 281
LXXXII. —De los prelados y religiosos de las Ordenes. 283
LXXXIII. —De los gobernadores de Chile. 283
LXXXIV. —Del gobernador don Alonso de Sotomayor. 288
LXXXV. —Del gobernador Martin García de Loyola. 296
LXXXVI. —Del gobernador don Francisco de Quiñones. 300
LXXXVII. —Del gobernador Alonso de Ribera. 301
LXXXVIII. —De las calidades de los indios de Chile. 304

LIBRO SEGUNDO

De los prelados ecclesiásticos del reino del Perú, desde el reverendísimo don Jerónimo de Loaisa, de buena memoria, y de los Virreyes que lo han gobernado, y cosas sucedidas desde don Antonio de Mendoza hasta el Conde de Monterrey, y de los gobernadores de Tucumán y Chile.

CAPITULO PRIMERO
DE LOS PRELADOS ECLESIÁSTICOS

Habiendo tractado con la brevedad posible la discripcion deste reino del Perú, sus ciudades, caminos, y las costumbres y calidades de los naturales, y de los que nacen en él, nos es tambien forzoso tractar de los obispos y arzobispos que habemos conocido y tractado, y comenzando desde la ciudad de Quito, el obispo primero de aquella ciudad fué el reverendísimo don García Diez Arias, clérigo, de cuya mano recibí siendo muchacho la primera tonsura[1]; varon no muy docto, amicísimo del coro: todos los dias no faltaba de misa mayor ni vísperas, á cuya causa venian los pocos prebendados que á la sazon habia en la ciudad, é iglesia, y le acompañaban á ella y le volvían á su casa. Los sábados jamás faltaba de la misa de Nuestra Señora; gran eclesiástico; su iglesia muy bien servida, con mucha música y muy buena de canto de órgano. En esta sazon el obispado era muy pobre; agora han subido los diezmos y tiene bastante renta. Era alto de cuerpo, bien proporcionado, buen rostro, blanco, y representaba bien autoridad y la guardaba con una llaneza y humildad que le adornaba mucho. Murió en buena vejez de ocasion de una caida de una mula, no con poco sentimiento de todo el pueblo, que por padre le tenia. El obispado comienza desde la ciudad de Pasto, cuarenta leguas más abajo de Quito, hasta el valle de Jayanca, de quien habemos dicho.

Sucedióle el reverendísimo fray Pedro de la Peña, religioso de nuestra sagrada religion, habiendo sido primero provincial en la provincia de México, maestro en Teologia, donde vivió y la leyó más de veinte años; varon docto y muy cristiano, y gran predicador y celoso del servicio de Nuestro Señor y del bien y conversion de los indios; murió en la ciudad de Los Reyes; dejó su hacienda á la Inquisicion.

Despues de la muerte del cual fué algunos años gobernado aquel obispado por la sede vacante, hasta que fué proveido por obispo della el reverendísimo fray Antonio de San Miguel, de la Orden del seráfico San Francisco, varon apostólico, el cual habiendo sido provincial en este reino fué proveido por obispo de la Imperial, del reino de Chile, donde gobernó con mucha prudencia y cristiandad, y de allí fué proveido á Quito; pero antes que llegase á sentarse en su silla, veinticinco leguas de su iglesia, en un valle llamado Riobampa, le llevó Nuestro Señor á pagar sus trabajos; dicen que poco antes que expirase, con un ánimo y rostro muy alegre dijo: in domum Domini letantes ibimus; que es decir: con alegría iremos á la casa del Señor. Mueren los siervos de Dios con alegría.

A quien sucedió y gobierna al presente aquella iglesia el reverendísimo fray Luis Lopez, de la Orden de nuestro padre San Augustin, varon de gran gobierno, docto y de prudencia cristiana y humana; el cual, en este reino, en su Orden, fué dos veces provincial (como habemos dicho), gobernando sus religiosos con vida y ejemplo, libre de toda cobdicia, y finalmente, con las obras enseñaba en lo que le habian de imitar sus religiosos, porque en los trabajos y observancia era el primero.

CAPITULO II
DEL ILUSTRÍSIMO FRAY HIERÓNIMO DE LOAISA, ARZOBISPO DE LOS REYES

El ilustrísimo fray Hierónimo de Loaisa, primer arzobispo de Los Reyes, religioso de nuestra sagrada religion, desde su niñez comenzó á dar grandes esperanzas de lo que fué despues, y de lo que más fuera si, como le cupo la suerte de iglesia en estos reinos, le cupiera en España, donde, así del Emperador, de gloriosa memoria, Carlos V, como del rey nuestro señor Felipe II fuera en mucho tenido, y se le hiciera mucha merced, conocido su talento general para todas cosas, y no le hiciera muchas ventajas su tio el ilustrísimo fray García de Loaisa, arzobispo de Sevilla, de la misma sagrada religion nuestra, con haber sido uno de los valerosos varones que ha producido nuestra España. Fué varon de claro y admirable entendimiento, muy docto y bonísimo predicador, aunque esto pocas veces lo ejercitaba, si no era los dias de Ceniza, domingo de Ramos y el dia de la Asumpcion de Nuestra Señora, con tanta autoridad y gravedad, que representaba bien el estado y dignidad archiepiscopal; su ingenio era general para todas cosas, para paz y para guerra, por lo cual en la rebelion y tirania de Francisco Hernandez fué nombrado por capitan general del campo de Su Majestad, juntamente con otros dos Oidores, el doctor Saravia y el licenciado Hernando de Sanctillan, hasta que se nombró á Pablo de Meneses por General; gobernó su obispado con gran rectitud y cristiandad muchos años, creo fueron pocos menos de cincuenta, sin que del menor vicio del mundo fuese notado, ni un si no dél se dijese. Con los señores era señor; con los muy doctos, muy docto; con los religiosos, muy religioso, y con todos los estados se acomodaba con toda prudencia, que era admiracion. Con los Visorreyes guardaba y tenia la autoridad que se requeria. Oí decir que en una consulta quel Visorrey don Francisco de Toledo tuvo luego que vino de España, donde se halló el arzobispo y otros prelados, reprehendiéndoles de que no habian remediado algunos vicios que competia á ellos remediarlos, les dijo: Si vosotros los obispos y arzobispos tuviérades el cuidado que debíades, no habia yo de venir á remediar esto. Tractaba de ciertos amancebamientos públicos de personas principales; á quien el arzobispo respondió entre otras cosas: Si vosotros, Visorreyes, tuviésedes el celo que se requiere al servicio de Dios, y favoreciésedes á los prelados de las iglesias como debéis, no era necesario que viniérades á remediarlo; nosotros en muchas cosas tenemos necesidad de vuestro favor, como vosotros del nuestro. Era don Francisco de Toledo amicísimo de ganar honra con los prelados y con todos.

Su consejo en todas cosas era acertadísimo, como de quien era dotado de bonísimo entendimiento. En todo el tiempo que gobernó, la renta que le venia de su cuarta nunca llegó á 7.000 pesos ensayados, y con ser tan poca, su casa tenia muy llena y harta y bastantes criados, y le lucia más que á otros que mucha más tenian, y daba á caballeros pobres largas limosnas sin que ellos se las pidiesen. Hizo á su costa el hospital de los indios de Santa Ana, donde todos los indios que vienen á sus negocios á la ciudad de Los Reyes, y enferman, son curados con todo el regalo posible, y dos ó tres años antes que muriese hizo donacion al hospital de toda la vajilla suya, mucha y muy buena, y de toda su hacienda, esclavos, mulas, tapicerias, con condicion que por el tiempo de su vida fuese como usufructuario dello, con obligacion de pagar lo que se gastase ó perdiese. Celosísimo del bien y conservacion de los naturales deste reino, tanto como ha habido en todas las Indias prelado, y si dijere más no engañaré; por el bien de los cuales no temia barbadamente oponerse á los Virreyes y Audiencias, en lo cual á Nuestro Señor hacia servicio, y no menos al Rey; de sus prebendados y demás clérigos del obispado era temido y amado por la entereza de su vida. Tenia unas entrañas piadosísimas para los pobres, á los cuales recibia y consolaba como padre; de los indios de todo el reino era grandemente amado, porque sabian cuánto en lo justo les favorecia, y así con todas sus cosas venian á él, á los cuales cuando era necesario reprehendia y castigaba como padre amantísimo. Todo el tiempo que vivió, su iglesia fué muy bien servida con mucha música y buena; los oficios divinos con gran cuidado celebrados, y porque los prebendados los dias principales solian darse priesa á decir la última Hora, despues de misa, les mandó que la sexta ó nona, conforme al tiempo que era despues de misa, la cantasen como cantaban tercia antes della, y desta suerte, cuando acababan, ya toda la gente habia salido de la iglesia. A un clérigo que yo conocí, y era muy conocido en la ciudad, y tenia bastante hacienda para tractar bien su persona, como es decente un sacerdote se trate, le vistió graciosamente, porque el vestido era muy mugriento. Llamóle y díjole: padre fulano, tengo necesidad; prestáme una barra de plata, yo os la devolveré presto. El clérigo, aquélla y más le ofreció, y dióla luego. El buen arzobispo mandó se la diese á su mayordomo, el padre Ribera, sacerdote bueno, á quien dende á pocos dias le dijo: tomad aquella barra y con ella vestíme muy bien al padre Godoy (así se llamaba); de suerte que todo se gaste en vestirle, que por la buena obra le quiero dar de vestir. El padre Ribera, de allí á ocho dias ó diez llamó al padre Godoy y dícele: Padre Godoy, su señoría os hace merced de daros de vestir por la buena obra de la barra; de aquí me mandó desta tienda os sacase dos pares de vestidos. El clérigo no los queria recibir, pero, finalmente, pensando ahorrar, tomó sus vestidos; de suerte, que la barra se consumió menos 17 ó 18 pesos. El mayordomo llevó al padre Godoy á casa de un sastre donde le hicieron de vestir, y concertadas las hechuras librósela en la tienda donde se puso la barra, y se sacaron los vestidos. Toma la cuenta y la resta, y da cuenta al Arzobispo de lo hecho; entre los vestidos sacó una sotana de chamelote de seda, un manteo de paño veinticuatreno, otro de raja; hasta zapatos. Nuestro padre Godoy, que pensaba ser vestido á costa del señor Arzobispo, con su sotana [de] chamelote, fué á besar las manos al señor Arzobispo y rendir las gracias por la merced de los vestidos. Entró con la sotana rugiendo; cuando el Arzobispo le vió y oyó el ruido de la sotana y tan bien vestido, dice: Sanctos, Sanctos, mas no tantos; nuestro padre Godoy híncase de rodillas pidiéndole las manos por la merced, á quien haciéndole levantar le dijo: Padre Godoy, aquella barra no os la pedí prestada para mí, sino para vos; della se os han dado estos vestidos; yo poca necesidad tenía; necio venís pensando que yo os hacia merced; id al mayordomo, que os dé la resta, y de aquí adelante tracta muy bien vuestra persona y andad muy bien vestido como sacerdote honrado; si no, yo os vestiré otra vez y mejor; y desta suerte vistió y despidió á nuestro padre Godoy, que pensaba á costa del Arzobispo ser vestido. Adornó su iglesia de buenos ornamentos, á su costa, de brocado, bordados, etc., y mandó hacer la custodia de que agora se usa para el Sanctísimo Sacramento, de plata, como dejamos dicho, y dió la custodia de oro en que se pone el Sanctísimo Sacramento, que vale tres mil pesos, todos de oro.

En su tiempo, gobernando el marqués de Cañete, de buena memoria, una moza liviana se fingió endemoniada, la cual alborotaba la ciudad, y como era fiction, los conjuros y exorcismos de la iglesia no aprovechaban más que en una piedra; llevábanla á la iglesia mayor á los curas con gran copia de muchachos tras ella, en cuerpo, con un rostro muy desvergonzado. El Arzobispo afligióse; mandó que se la llevasen al hospital de Santa Ana, donde la mayor parte del tiempo vivia; lleváronsela, exorcizóla, como quien exorciza á una piedra. Sucedió que un dia le fué á visitar y besar las manos un religioso nuestro, gran predicador y de mucha opinion, llamado fray Gil Gonzales Dávila; hallóle muy afligido y lloroso, y preguntándole la causa respondió: ¿No me tengo de afligir, que sea yo tan desventurado que en todo mi arzobispado no haya quien pueda echar un demonio del cuerpo de una moza, é yo propio la he exorcizado y no aprovecha más que si exorcizase á un poste? ¿No me tengo de afligir? El religioso nuestro le dijo: Suplico á vuestra señoría mande que me la lleven mañana á casa; yo la exorcizaré, y mal que la pese la compeleré á que me responda en la lengua que yo le hablare. Hízose así, y otro dia mandó llevasen la moza á nuestro convento, y llamado el padre fray Gil á la capilla de San Hierónimo, donde estaba la endemoniada fingida, en viéndole entrar díjole ciertas palabras afrentosas llamándolo capilludo, ¿qué queria? ¿qué buscaba? El religioso luego conoció ser fiction y maldad, y al cura que la llevaba, llamado el padre Valle, dícele: Diga vuestra merced al señor Arzobispo que esta desvergonzada no tiene demonio, y el que tiene se le han de sacar del cuerpo con muchos y crudos azotes; y acertó en esto, porque volviéndola á su casa no fingió más el demonio, y se conoció que por usar de su cuerpo deshonestamente con un hombre fingió aquella maldad y remaneció preñada. En hacer órdenes era muy recatado, como es necesario, aunque al principio, por haber falta de ministros, no sé si ordenó á algunos no muy suficientes, pero de buenas costumbres y lenguas, para que lo que en la sciencia faltaban en las costumbres y buen ejemplo supliesen. Nunca tractó de pedir cuarta á los clérigos de su obispado, como despues acá se ha pedido y puesto; á las Ordenes la quiso pedir, empero no salió con ello, y esto creemos lo hizo insistido por los prebendados, que por otra cosa. Tuvo con ellos algunos recuentros; presto los fenecia, y no por eso dejaba de comunicarlos y hacerles cuanto bien podia, y con su prudencia y cristiandad en breve eran concluidos. Muchas cosas, si de años atrás fuera mi intento hacer este breve compendio, se pudieran escrebir; por ventura otros las ternán notadas, las cuales, si por extenso se hubieran de tractar, requerian un libro entero; para nuestro intento sea suficiente decir que fué un prelado en toda virtud consumado, y que la majestad de Nuestro Señor provea de que los sucesores suyos sean como este ilustrísimo señor; finalmente, lleno de buenas obras dió su ánima al Señor, y está enterrado en Los Reyes, en su hospital, en la capilla mayor, llorado de todo el reino, pobres y ricos.

CAPITULO III
DEL ILUSTRÍSIMO MOGROVEJO

Sucedió en la silla arzobispal el ilustrísimo don Toribio Alfonso Mogrovejo, que al presente loabilísimamente vive; varon consumado en toda virtud, celosísimo de sus ovejas, y en particular de los naturales, por el bien de los cuales nunca deja de andar visitando su arzobispado con admirables obras, dignas de ser imitadas. El cual no creo que ha vivido, en más de 26 años que tiene la silla, los tres en la ciudad de Los Reyes, ocupado en caminos bien ásperos, confirmando á los niños y desagraviando á los indios que halla agraviados de los sacerdotes que entre ellos residen. Es gran limosnero; porque le ha sucedido llegar á pedir limosna un buen cristiano que en la ciudad de Los Reyes se ocupa en tener cuidado de buscar de comer, llamado Vicente Martines, para los pobres, y de acudirles con limosnas de lo que pide desde los Virreyes abajo, llegar y decirle: Señor, los pobres no tienen que comer, y librarle buen golpe de plata en don Francisco de Quiñones, casado con una hermana del señor arzobispo, en cuyo poder entran las rentas; y respondiendo no tener plata, porque se ha dado en limosnas, llegar el mismo arzobispo y echar mano de la tapiceria y mandar se descuelgue, se venda y dé la plata á los pobres; otras veces mandar sacar las mulas, y que asimismo se vendan; libérrimo de toda avaricia y cobdicia, castísimo y abstinentísimo; no es amigo de comidas regaladas, ni en los caminos, donde se requiere algun regalo, por su aspereza y destemplanza, porque es varon muy preeminente, de mucha oracion y diciplina. Las penas en que condena á los clérigos descuidados y que su oficio no lo hacen como deben, las aplica para un colegio que hace en la ciudad de Los Reyes, que será cosa principal; con limosnas que ha pedido á todo género de hombres, indios, españoles, negros, mulatos, ha hecho un monasterio llamado Sancta Clara, etc. En ordenar es, como se requiere, escrupulosísimo; los interticios se han de guardar al pie de la letra, y han de pasar los que pretenden ordenarse por examen riguroso de vida, costumbres y ciencia. Cuando reside en Los Reyes, pocos domingos ni fiestas deja de se hallar en los oficios divinos, amicísimo de que todos los domingos del año haya sermones en todas partes. Con el marqués de Cañete el segundo tuvo no sé qué pesadumbres sobre las ceremonias que á los Virreyes se hacen en la misa, por lo cual huia de venir á la ciudad; más queria vivir ausente della en paz, que en ella con pesadumbre; finalmente, hasta agora hace su oficio como un apóstol.

CAPITULO IV
DE LOS REVERENDÍSIMOS DEL CUZCO

La catedral del Cuzco tambien ha tenido bonísimos prelados. El primero el reverendísimo fray Juan Solano, de nuestra sagrada religion, el cual, gobernando don Hurtado de Mendoza, de buena memoria, marqués de Cañete, se fué á España y de allí á Roma, donde vivió muchos años y acabó loablemente en buena vejez, con admirable ejemplo de virtud, haciendo crecidas limosnas. Sucedióle don Sebastian de Lartaum, dotor por Alcalá de Henares, guipuscuano, varon doctísimo y por sus letras nominatísimo en aquella Universidad, y de allí por la buena fama de su cristiandad fué promovido á esta silla; gran eclesiástico, amigo de toda virtud, temido de los que no la seguian; tuvo muchos trabajos en este reino, en que Nuestro Señor le ejercitó, así con sus prebendados como con otras personas; empero el mayor fué un falso testimonio que le levantaron, diciendo que en el Cuzco habia hecho compañia para sacar un tesoro con el licenciado Gamarra, médico, y segun fama con el capitan Martin de Olmos, vecino encomendero de la misma ciudad, del hábito de Santiago; los cuales todos tres lo[2] sacaron y ocultaron por defraudar al Rey nuestro señor de su parte y quintos, y cupo á cada uno trecientas y sesenta y tres cargas y media de oro, el cual se sacó en casa (segun afirmaron) del licenciado Gamarra; esta fama llegó á oidos de don Francisco de Toledo, Visorrey, y luego envió al Cuzco al licenciado Paredes, Oidor de la Real Audiencia de Los Reyes, el cual procedió contra el licenciado Gamarra; prendiólo, y á su mujer doña Catalina de Urbina; dióles tormento, y al capitan Martin de Olmos tuvo preso: no pareció nada. ¿Cómo habia de parecer lo que no era?

Al reverendísimo mándanle bajar á Lima, y no pudo hacer otra cosa; decian que debajo de una torrecilla edificada junto á la escalera de la casa del licenciado Gamarra, de allí lo habian sacado, y por eso la derribaron, y es cierto que yo me hallé en el Cuzco cuando la torrecilla se cayó, por ser el año de muchas aguas, y entonces no se dijo tal ni estaba el reverendísimo en el pueblo, y dende á dos años adelante se publicó el falso testimonio; fueron, si no me engaño, tres clérigos los autores desto, y todos tres pararon en mal. El uno, estando preso en un navio en el puerto del Callao de Lima, se quemó, con otras muchas personas, en él. El otro, saliendo de su casa en un pueblo de indios que doctrinaba, cayó un rayo y lo mató; no habian pasado tres dias que pasando yo pocas leguas de aquel pueblo por el camino de Potosí á Arica, así lo referian, y así pasó. El otro tambien acabó en mal, y porque la honra del dicho señor obispo no perezca, porné aquí lo que al tiempo de su muerte mandó para defensa suya se hiciese, y la sentencia que por el Concilio provincial de Lima en su favor se dió el año de 83 pasado.

«Alonso de Valencia, scrivano público de la ciudad de Los Reyes, da fe cómo ante el reverendísimo de Tucumán, don fray Francisco de Victoria, de la Orden de Santo Domingo, y ante el mismo Alonso de Valencia, Alonso García Salmerón, vicario de Ariquipa, Beltran de Sarabia, Bartolomé Ximenez y Pero Lopez, sacerdotes, el reverendísimo del Cuzco don Sebastian de Lartaum hizo una declaracion en ocho de octubre del año de 83, estando enfermo, de la cual enfermedad murió, del tenor siguiente:

»Item que por cuanto en el santo Concilio provincial que se celebra en esta ciudad se han tractado y tractan muchas causas civiles y criminales de parte de muchas personas contra su señoria reverendísima, y su señoría contra ellos, en defensa de su honra y auctoridad episcopal, quiere y es su voluntad que las dichas causas se sigan y fenezcan en cuanto toca á la defensa de su honra y fama, y la difinicion dello quiere se lleve ante Su Santidad y del Rey nuestro señor, si fuere necesario, para que conste de su limpieza, y en lo demás, que su señoría perdona de muy buen corazon y voluntad á todas aquellas personas que le han ofendido é injuriado, por escripto ó por palabra, ó de otra manera, por que Dios Nuestro Señor le perdone sus culpas y pecados, y les pide perdon si los ha injuriado».

Siguiéronse sus causas despues de muerto, por sus procuradores y partes contrarias en el dicho Concilio, y finalmente por los señores obispos jueces nombrados por el Sancto Concilio, conviene á saber, don fray Francisco de Victoria, obispo de Tucumán; don Alonso Dávalos Granero, obispo de la ciudad de La Plata; don fray Alonso Guerra, obispo del Paraguay, por otro nombre del Rio de La Plata, cuya sentencia es la que se sigue:

«Fallamos que la parte del bachiller Sanchez de Renedo, fiscal, no probó cosa alguna de lo contenido en su acusacion y capítulos della, fecha por la dicha delacion del dicho Diego de Salcedo y puesta contra el dicho reverendísimo del Cuzco; damos y declaramos su intencion por no probada, y que el dicho reverendísimo del Cuzco y sus procuradores en su nombre probaron sus ecepciones y defensiones bien y cumplidamente, y así lo declaramos; en cuya consecuencia debemos dar y damos al dicho reverendísimo obispo don Sebastian de Lartaum por libre de todo lo contra él pedido y acusado en esta causa, y declaramos haber sido injustamente acusado, por estar inoscente y sin culpa do lo contenido en los dichos capítulos y querellas que le fueron puestos, los cuales parece haber sido calumniosos, y con odio y enemistad contra él puestos, y así lo declaramos y damos por libre dellos y de la dicha acusacion, condenando, como condenamos, al dicho delator y al fiador por él dado en las costas y gastos por el dicho reverendísimo obispo hechos, cuya tasacion en nos reservamos por esta nuestra sentencia difinitiva, etcétera.»

Dióse esta sentencia en Los Reyes, á 7 de Noviembre de 83; notificóse á las partes y pregonóse en la plaza públicamente con trompetas en 12 de Diciembre del dicho año; fué secretario del Concilio en esta causa Hernando de Aguilar, sacerdote.

Los seglares que persiguieron al reverendísimo del Cuzco fueron Francisco de Valverde, que le mató un clérigo en su propia casa; el dicho Diego de Salcedo, que murió excomulgado, y otro vecino del Cuzco.

Era varon de buenas y loables costumbres; vestido de pontifical parecia admirablemente de bien; alto de cuerpo, bien proporcionado, con unas venerabilísimas canas que adornaban mucho el rostro; hablaba cerrado como si no hobiera estudiado, ni criádose en escuelas, pero en las cosas de Teologia y lingua latina no se echaba de ver; hizo una ampla limosna al reverendísimo del Paraguay luego que llegó al Concilio, por ser muy pobre; acabó sus dias en la ciudad de Los Reyes; mandóse enterrar en nuestro convento; diósele sepultura junto al altar mayor, á la peana del altar al lado de la Epístola, porque en el otro lado tiene la suya el reverendísimo de los Charcas, fray Tomás de San Martin, como diremos en el capítulo siguiente; fué su muerte muy sentida, y con mucha razon, particularmente de la nacion vizcaina.

Sucedióle el reverendísimo fray Gregorio de Montalvo, de nuestra sagrada religion, obispo primero de Yucatan, en los reinos de México, varon religioso, muy docto, bonísimo predicador, de quien no sé qué poder decir, porque vivió poco y con pesadumbres con sus prebendados. Quién tenia justicia, no es de mio definirlo; dióle Nuestro Señor una enfermedad trabajosísima, que le llevó desta vida, como se cree, á gozar de la eterna.

Al presente acaba de llegar á Los Reyes, venido de España, el reverendísimo de la Camara y Raya; no le conozco; su fama es mucha de cristiandad y todo género de virtud. Nuestro Señor le conserve por muchos años.

CAPITULO V
DE LOS REVERENDÍSIMOS DE LA PLATA

El primer obispo nombrado para la ciudad de La Plata fué el Regente fray Tomás de San Martin, de nuestra Orden, de quien, tractando en el libro precedente de nuestro convento de Los Reyes, dijimos alguna cosa; varon de mucho pecho y valor, muy docto, gran predicador, de bonísimo y acendrado ingenio, de mucha prudencia, con la cual, despues de vencido[3] el tirano Gonzalo Pizarro, y repartida la tierra, hallándose muchos descontentos, por haber quedado sin suerte, de los servidores de Su Majestad, temiéndose otra rebelion peor que la pasada, en un sermon[4] los quietó, diciéndoles que lo menos que habia que repartir se repartió; porque habia tal y tal descubrimiento y conquista, de noticia y riquezas nunca oidas; que esto se dejaba para los ánimos valerosos, con lo cual y con otras razones quietó los ánimos que estaban ya medio rebelados. No le alcancé, porque cuando llegué á la ciudad de Los Reyes habia poco era muerto; pero lo que dél se decia es que en el tiempo que duró la tirania de Gonzalo Pizarro, el cual siempre lo tuvo por sospechoso, y aun le quiso matar, y despues de llegado á estas partes el presidente Gasca, andando siempre en el ejército de Su Majestad, más soldados y capitanes le acompañaban que al Presidente, ni al ilustrísimo de Los Reyes; tan bien quisto era de todos, y tanto le amaban. Diré lo que á personas que le oyeron el sermon dijo hablando con el presidente Gasca en favor de un caballero de Cáceres que habia servido bien, y habia quedado sin suerte; llamábase el caballero Mogollon; quejósele que no le habian gratificado sus servicios, y rogóle con el presidente Gasca fuese parte para ello; prometióle hacerlo, y en un sermon que se ofreció, presente el Presidente, muy á propósito trujo: Agora, señor, cosa es digna de que nos admiremos que coman todos de mogollon, y que Mogollon muera de hambre; no es de vuestra señoría consentir tal cosa. Esto fué bastante para que se le diese un repartimiento, creo en Arequipa, y así fué. Predicó á Su Majestad del emperador Carlos V, de gloriosa memoria, Rey y señor nuestro, en Flandes, domingo, en las octavas de Nuestra Señora de la Asumpcion, y el dia propio de Nuestra Señora habia predicado un religioso del seráfico Francisco, y hecho una escalera de doce gradas por donde habia subido Nuestra Señora; dejó admirada á la corte la fama del regente y provincial de las Indias; además de la presencia del Emperador y cortesanos, concurrió todo el mundo, y refiriendo en breve las gradas de la escalera que habia traido el presidente de San Francisco, dijo: pues más gradas faltaron, y añadió otras ocho más, con lo cual todos quedaron pasmados. Allí le hizo Su Majestad merced por sus méritos, y porque más merced merecia, del obispado de La Plata, dividiéndolo del Cuzco, de donde se partió para estas partes, habiendo dado primero larga relacion de todo lo pasado en la rebelion de Gonzalo Pizarro (fué con el presidente Gasca) á Su Majestad, y Su Majestad, teniéndose por muy servido, le dió licencia para volverse. Llegó á la ciudad de Los Reyes, donde en breves meses dió el ánima al Señor y fué enterrado en nuestro convento é iglesia, que siendo provincial habia hecho, en la capilla mayor, al lado del Evangelio, con gran sentimiento de toda la ciudad, y mayor de nuestros religiosos, sin llegar á sentarse en su silla. Todo lo que tenia dejó al convento.

Quedando vaca esta silla, Su Majestad del Rey nuestro señor Filipo II hizo merced della al padre fray Domingo de Santo Tomás, maestro en sancta Teologia, doctísimo, gran predicador, gran religioso, gran celador del bien y conversion de los naturales, y no menos de las conciencias de los españoles, varon benemérito desta silla y de otra mayor; debia haber un año ó poco más habia venido de España, donde siendo provincial habia ido á un capítulo general en que se juntaron todos los provinciales de la Orden, y con traer recado del General de la Orden para ser vicario general y visitador suyo, nunca quiso usar deste poder, ni mostrarlo hasta haber aceptado; vivia en el convento de Lima, con título solamente de la Universidad que entonces en nuestra casa estaba, y en las con conclusiones generales, particulares y conferencias se hallaba y presidia: entonces era yo estudiante de Súmulas. Llegadas las bulas y cédulas de Su Majestad, no queria aceptar, aunque el conde de Nieva y comisarios le daban priesa aceptase; retrújose á nuestra chácara, que dista de la ciudad una legua pequeña; finalmente, allí aceptó; aunque algunos religiosos nuestros, particularmente un buen viejo que vivia en Chincha, le persuadia no aceptase, y finalmente aceptó, y el propio dia, viniendo de la chácara al convento acompañado de muchos caballeros y religiosos, en el camino le dió un tan gran dolor de ijada, que llegando á la ciudad, y habiendo de pasar por el convento de San Augustin, que es donde agora está la iglesia y parroquia de San Marcelo, no le dejó el dolor llegar á nuestro convento, sino que allí se quedó hasta que se aplacó, y aplacado se vino á casa. Sabido por el buen viejo en Chincha, escríbele y dícele: Señor, ¿no persuadí á vuestra señoria no aceptase el obispado? Advierta bien á lo que le sucedió el dia que aceptó, y sepa que no le han de faltar grandes trabajos. Parece le fué profeta el buen religioso, porque, como luego diremos, tuvo muchos, y la orina é ijada le acabó. Ello es cierto que honores afferunt secum dolores, que es decir: los cargos traen consigo muchos trabajos. Acordábase muchas veces el buen obispo de la carta de su amigo.

Aceptado el cargo, luego le consagró el ilustrísimo y reverendísimo de Los Reyes con mucha pompa y aparato, donde concurrió á la iglesia mayor todo el pueblo, por ser el primer obispo que en ella se consagraba; hizo la fiesta y gasto el ilustrísimo de Los Reyes, con mucha magnificencia; luego se celebró un Concilio provincial; acabado, fuese á su iglesia, donde fué recibido solemnísimamente, y en el primer pueblo de indios de su obispado, creo ser Paucarcolla, por el camino de Arequipa, viéndolo sin iglesia, la mandó hacer á su costa, con ser los pueblos y indios ricos, buena, de una nave de adobe, sus portadas de ladrillo; el enmaderamiento es lo más costoso, porque se traen de lejos las vigas; no reparó en eso. Llegado á la ciudad de La Paz, el primero pueblo en su camino de españoles, dió priesa á la labor de la iglesia mayor, á la cual ayudó de su renta un tanto cada año, aunque no se acabó viviendo, pero despues años; llegando á la ciudad de La Plata, fué recibido con gran aplauso de la ciudad é indios de toda la marca, y de los que vinieron de Potosí; amábanle como padre, y visitado su obispado, bajó otra vez á Lima, á otro Concilio provincial, y volviendo á su silla y llegando á ella dióle Nuestro Señor un purgatorio, ó por mejor decir dos: el uno con sus prebendados (no con todos) que yo conocí, no agora tales como su estado requeria, y favorecidos por la mayor parte de la Audiencia, á los cuales queriendo corregir no podia. El otro fué el mayor, pues le acabó la vida: una enfermedad, por muchos meses, de ardor de orina (con ser templadísimo en comer y beber) que en fin le llevó á la sepultura. Dos meses antes que moriese, sintiendo ya se le acercaba la hora de su partida para el Padre, pidió al padre prior de nuestro convento, que no está más que la calle en medio de su casa, le fuésemos allí á servir y acompañar cada uno ocho dias, hasta que Nuestro Señor fué servido de llevarle; fuimos de muy buena gana, donde yo serví las semanas que me cupieron. El Padre de misericordias que le dió aquel purgatorio le doctó de una paciencia admirable, porque todas las veces que habia de orinar, y eran más de cuarenta entre noche y dia, cuando los dolores más le afligian, y la orina más le abrasaba, nunca le oimos decir otra cosa más de: Pecavi, Domine; pecavi, Domine; que es decir: Señor, pequé; Señor, pequé. Lo cual muchas veces repetia, y descansando un poco decia: Ah, Señor, ¿á un hombre miserable enfermedad de caballeros? Fiat voluntas tua. Desabrirse con el servicio de su casa, ni tener la menor impaciencia del mundo si no se acudia tan presto con lo que pidia, ni por imaginacion. Esto es don de Dios y merced que á los suyos hace; cuando les da trabajos, los provee de fuerza y virtud para con alegría llevarlos. Viéndose ya cercano á su partida, reconcilióse; confesarse hacialo muchas veces; mandó se le trujese el Santísimo Sacramento; diré lo que le ví hacer, y todo el pueblo presente: trújolo el cura, llamado el padre Prieto, que despues fué religioso de San Francisco, y acabó loablemente en Tucumán; esforzose cuanto pudo, mejor diré, esforzóle Nuestro Señor; levantóse de la cama, vistióse su hábito de religioso, el cual nunca mudó, con su capa negra. Cerca del altar en que se habia de poner el Santísimo Sacramento se hincó de rodillas sobre una alfombra; quisiéronle poner un cojín; mandólo quitar; púsosele un escabelo corto sobre que se recostase, la enfermedad no le dejaba hacer otra cosa. Pues como llegase el cura y pusiese el Santísimo Sacramento sobre el altar, volvióse para este gran varon, comenzóle á hablar con la cortesía y reverencia que se debe á un obispo, y díjole: ¿no veis, hermano, que está presente el Señor de los señores, Rey de reyes, Señor del cielo y de la tierra? no me habeis de tractar sino como á uno de los del pueblo, delante del Rey no hay señoría; y así le dió el Santísimo Sacramento como si fuera el menor del pueblo, con tantas lágrimas de todos los presentes, cuantas era justo allí se derramasen. Poco antes que expirase recibió el Sacramento de la Extremauncion, y expirando, con ser un poco moreno de rostro, y la nariz aguileña, pequeño de cuerpo, quedó tan hermoso que parecia otro; era cierto maravilla verle y vestido de pontifical; parecia vivo. A cosa de su casa ninguno de sus criados llegó antes ni despues, más que si estuviera vivo, lo cual pocas veces suele suceder en las muertes de los obispos, como sucedió en la muerte de otro que luego diremos.

Diré tambien lo que vimos todos cuantos acompañábamos su cuerpo desde su casa á la iglesia: fué uno de los religiosos que volvió por el bien y conservacion de los naturales que ha habido en estas partes, y si dijere que ninguno le llegó, no mentiré. Era conocido de todos los curacas y no curacas del Reino, y como le habian tratado muchas veces tenianle amor. Sabida en Potosí (que dista de la ciudad de La Plata 18 leguas) su enfermedad, que le iba consumiendo, muchos curacas de los allí residentes le vinieron á ver, y á llorar con él, cuando estaba en la cama. El dia de su enterramiento, con toda el Audiencia y la ciudad, los indios se hallaron en su acompañamiento, y dábanse mucha priesa á llegar al ataud, donde le llevábamos vestido de pontifical, particularmente en las posas, á las cuales más de golpe se llegaban; los españoles deteníanlos, y ellos decian: dejanos ver á nuestro padre, pues ya no le veremos más, y no queda quien mire por nosotros; hiciéronsele las obsequias debidas, con gran sentimiento de todo el pueblo, y los canónigos, que no le eran muy aficionados, derramaban abundancia de lágrimas: Creemos piadosamente que desde su pobre cama, no era rica, sino casi como de pobre fraile, Nuestro Señor se lo llevó al cielo. Todo el tiempo que vivió, así en la Orden como fuera della, dió muestras de mucha virtud; jamás se le conoció vicio notable; de los descuidos cuotidianos ¿quién se libra de ellos? libérrimo de toda cobdicia y avaricia, y muy observante en los tres votos esenciales, y en las ceremonias de la Orden; era de mucha prudencia y cordura, y que delante de los príncipes del mundo podia razonar; humilde en gran manera, amigo de pobres y limosnero, su renta nunca llegó á 8.000 pesos, los cuales, dejando para su casa gasto moderado, lo demás repartia entre pobres; fundó en la ciudad de La Plata un recogimiento que se llama Santa Isabel, donde se criaban hijas de hombres buenos, pobres; sustentábalo con su hacienda; despues que murió creo no se tiene tanto cuidado. Con ser religioso nuestro, en su testamento no dejó más limosna á nuestro convento que á los demás. Entre los tres mendicantes mandó repartir igualmente su libreria, que era mucha y muy buena.

Sus casas, á una cuadra de la plaza, buenas, que rentan más de dos barras, dejó á su iglesia con obligacion de que cada uno el dia de su enterramiento le digan los prebendados vigilia y misa; no hizo ni fundó mayorazgo alguno, sino, á lo que creemos, en el cielo.

A quien sucedió el reverendísimo don Fernando de Santillan, que fué Oidor de Lima y Presidente de Quito, donde tuvo muy grandes trabajos y testimonios falsos que le levantaron; sacóle Nuestro Señor dellos y sublimóle á la catedral de La Plata; no llegó á sentarse en su silla, porque murió en Los Reyes. Su muerte fué bien llorada; no habia un mes que se habia tomado la posesion del obispado por él, cuando luego llegó la nueva de su muerte. Varon de grandes prendas y de mucha virtud, aunque fué primero casado.

A este famoso varon sucedió el reverendísimo Granero de Avalos, clérigo; no sé que dejase memoria de sí más de haber entablado la cuarta funeral en su obispado, como ya lo está en los demás destos reinos, con lo cual en breve, y con lo mucho que crecieron las rentas de los diezmos, se enriqueció mucho. Oí decir en la ciudad de Guamanga, que tractó casar un sobrino suyo con una hija de un vecino de aquella ciudad, con el cual ofrecia dar al sobrino 300.000 reales de á ocho; pero, finalmente murió, y sus criados le desampararon, y viéndose morir via le descolgaban la tapiceria, y dejaban las paredes mondas; é ya que estaba para expirar, en la cámara le tenian puesto un candelero de plata con una vela, y llegó uno, no hallando ya otra cosa, le quitó y se lo llevó poniéndole la candela entre dos medios ladrillos, y desta suerte acabó sus dias. La hacienda no sé qué se hizo; más vale morir pobremente con bendicion del Señor, que rico y desamparado. Dicen estaba muy mal quisto con sus prebendados y con otros; por eso se hallaron tan pocos en su casa al tiempo de su muerte.

Sucedióle el reverendísimo fray Alonso de la Cerda, de nuestra sagrada religion, hijo del convento nuestro de Los Reyes; acabó loablemente; vivió poco en el obispado; varon religioso y ejemplar y limosnero.

Al reverendísimo fray Alonso de la Cerda subcedió el reverendísimo don Alonso Ramirez de Vergara, varon de grandes prendas y muy docto y muy galano predicador, limosnero, y que en su iglesia catedral de los Charcas labró, segun soy informado, dos capillas y las dotó con abundante renta, de quien yo recibí y me invió quinientos reales de á ocho de limosna para ayuda á venir á este reino de Chile al obispado de la Imperial, que si con ella no me favoreciera, con dificultad viniera á él. Fué Dios servido de llevarlo casi súpitamente con una sangría que sin discrecion de los médicos se le hizo. A la hora que esto se escribe tengo por nueva cierta es promovido á aquel obispado el reverendísimo de Quito, de quien arriba tenemos hecha mencion.