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El aprendiz de conspirador

Chapter 136: ÍNDICE
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About This Book

The narrator comes into a set of old notebooks recounting a relative's life of political plotting and risky enterprises, and examines them critically. The text blends memoir, proclamations, letters and press clippings to trace an apprenticeship in conspiracy, episodes of armed engagement and irregular bands, journeys across varied regions, and the use of cunning and force to survive. Reflections on ambition, shifting loyalties and the contrast between private memory and public action run throughout.

IV.
UNA INTRIGA EN LA ÉPOCA DEL TERROR

Por esta época, Lazcano se presentó en Bayona; venía de haber pasado una corta estancia en su aldea, y pensaba seguir a París. Lazcano fué a ver al abate Marchena; los dos eran vanidosos y petulantes, y en la primera entrevista se enemistaron.

Lazcano decidió no tener relaciones con los brissotins, y se presentó a Basterreche. Basterreche le dirigió a mi casa; Lazcano me dijo que sabía que yo tenía conocimientos entre los montañeses y que quería una carta para ellos. Yo le di una para Guzmán y otra para Pereyra.

Lazcano en París se hizo amigo íntimo de Guzmán, y juntos fueron a los Cordeleros, a casa de Marat, al palacio de la Reina Blanca, donde tenían sus reuniones Hebert y Chaumette, y al club del Obispado.

Guzmán entonces tenía dinero y llevaba una vida disipada. Frecuentaba las casas de juego del Palais Royal, iba a las cenas presididas por Danton, de a cien francos por cabeza; visitaba la casa de las señoritas de Saint-Amaranthe y el garito de Aucane. Allí se encontraban hombres de distintas nacionalidades y procedencias: ex cómicos, como Collot d'Herbois y Dubuisson; ex aristócratas, como Guzmán; ex frailes, como el capuchino Hilarión Chabot; ex abates, como d'Espagnac; ex judíos, como Pereyra; ex banqueros, como Anacarsis Clootz. La divisa de todos ellos era esta frase epicúrea: «Edumus et bibamus, cram enim moriemur.» (Comamos y bebamos, que mañana moriremos.)

La Revolución les arrastraba; muchos tenían la seguridad de su fin próximo. Mientras gozaban de la vida, los incorruptibles como Robespierre, como Saint-Just, como Fouquier-Thinville, iban preparando el cesto donde los libertinos tenían que dejar su cabeza.

Como casi ninguno podía vivir de su trabajo, cosa difícil en una época azarosa, y como había siempre algún agiotista a su lado, tomaban dinero sin mirar la mano de quien venía. Algunos de estos agiotistas eran agentes monárquicos; los que solían acompañar con frecuencia a Danton y a sus amigos eran el barón de Batz, el de la Conspiración de los Sesenta, y el abate d'Espagnac. Estos dos intrigantes tenían amistad estrecha con Guzmán y Lazcano. Solían verse con ellos en los garitos del Palais Royal, en casa de Desfieux y de Custine y en la tienda de Pereyra, el judío bayonés, que tenía una tabaquería en la rue Saint-Denis, con un gran gorro frigio de muestra.

Guzmán llevaba la vida de un aventurero. Solía parar poco en su casa; tenía una querida, que era la mujer de un pintor, e iba a verla con frecuencia.

Lazcano, que sabía esto, se presentaba en casa de Guzmán cuando no estaba él. Se había prendado de Magdalena; creía que ella era la amante de su compañero y pretendía sustituirle.

Hombre cínico, acostumbrado a las damas del Palais Royal, no podía suponer que su camarada, el libertino Guzmán, hubiera respetado a aquella muchacha; y pensó que sería una presa fácil, sobre todo para él, que se consideraba un gran conquistador.

Magdalena, al principio, trató a Lazcano con afecto y consideración. Lazcano le hablaba de España, que ella no conocía y deseaba conocer. Lazcano era el compatriota amigo de la casa.

Cuando creyó el momento oportuno, Lazcano requirió de amores a Magdalena. Ella le contestó que aunque en aquel momento estaba en una situación humilde, su posición era muy elevada, y que no podía tener amores sin el consentimiento de su familia.

Magdalena era una mujer muy altiva, con una gran idea de sí misma y de su clase.

Lazcano se tragó la repulsa, y siguió frecuentando la casa como si no hubiera pasado nada; pero un día, encontrándose solo con Magdalena, la solicitó de nuevo; pero no como quien se dirige a una mujer honrada, sino como quien habla a una cortesana.

Ella rechazó con dignidad las proposiciones de Lazcano, y él replicó sarcásticamente, diciendo que no comprendía que una mujer que era la querida de un Guzmán, viejo y relajado, no quisiera serlo de un Lazcano, que al fin y al cabo era un hombre más joven y más rico.

Magdalena llamó al criado viejo que les asistía y le dijo:

—Lleva a este señor a la puerta.

Después, sola, estuvo llorando todo el día.

Desde entonces Lazcano dejó de presentarse en la casa. Guzmán no sabía la causa de la ausencia de su compatriota; probablemente la atribuiría a volubilidad, a mudanzas de opinión, entonces muy frecuentes.

Lazcano, al mismo tiempo que abandonaba la casa de Guzmán, desertaba también de los Cordeleros y del club del Obispado. Poco después se le vió en el Palais Royal y en el café de Corazza, entre la juventud elegante que seguía a Barras, a Freron y a Tallien, y que por entonces glorificaba a Robespierre, buscando el momento de acabar con él.

Guzmán, llevado por el frenesí revolucionario, siguió su marcha hasta el fin.

Era en el club del Obispado uno de los jefes del grupo internacional, entre los cuales había fanáticos y logreros. Allí solían encontrarse el prusiano Anacarsis Clootz, el austriaco Proly, hijo natural del ministro Kaunitz; el italiano Pío, el inglés Bedford, el americano Payne, el irlandés O'Quin y el judío Pereyra.

En este grupo extranjero, ultrarrevolucionario, abundaban, al mismo tiempo que los cándidos, los agentes provocadores. Era aquel grupo una espuela que, al hacer galopar la Revolución, la consumía.

Guzmán, partidario de soluciones extremas, inspirado por Hebert y Chaumette y los miembros del Municipio, creía que los girondinos eran un obstáculo para la República. En los varios comités que nombró el club del Obispado por aquel tiempo, con el objeto de luchar contra los girondinos, apareció siempre Guzmán.

La guerra, por entonces, estaba declarada entre la Gironda y la Montaña.

En el mes de Marzo de 1793, Brissot publicaba un folleto contra los montañeses, al que contestaba Camilo Desmoulins, acusando a Brissot de concusionario, lo que produjo la prisión de éste. Entre los montañeses, ni Danton ni los suyos querían el exterminio de los girondinos; pero lo deseaban Robespierre y su partido, lo deseaba la Municipalidad y lo deseaba el pueblo.

El instrumento de todos fué el club del Obispado. Allí se tramó la conjuración antigirondina, que tuvo éxito el 31 de Mayo. Guzmán, que era uno de los nueve miembros del comité del Obispado, seguido por las turbas, marchó a Nuestra Señora de París, y luego a las iglesias de los barrios extremos, mandando tocar a rebato. El París revolucionario estaba contra los girondinos y contra la Convención.

Brissot intentó fugarse; pero detenido en Moulins, fué guillotinado en Octubre de 1793.

Los girondinos, como se sabe, fueron perseguidos y exterminados; los federales españoles de Bayona y de París, y entre ellos Marchena, que estaba preso, quedaron sin apoyo. Los montañeses habían triunfado.

La popularidad y el favor de Guzmán debían durar muy poco.

Durante unos días se habló en las galerías del Palais Royal, del español Guzmán, a quien se llamaba burlonamente Don Tocsinos, porque había mandado tocar el tocsin (la campana de alarma) la noche de la revuelta.

Dos días después, el 2 de Junio del mismo año, Guzmán era acusado por Barere, en la Convención, como agitador extranjero, y unos meses más tarde, Robespierre, que ansiaba acabar con los partidarios de Danton, prendía, entre toda la plana mayor de los montañeses, al español Guzmán.

MAGDALENA, ABANDONADA

Entonces estaba yo de guarnición en el Este de Francia; el giro que tomaban los acontecimientos en París tras de la persecución de los girondinos me disgustaba. En Estrasburgo supe la noticia de la prisión de Guzmán, y escribí una carta a Magdalena ofreciéndome a ella.

Magdalena me contestó pidiéndome que fuera. Estaba sola, en la última miseria; habían llevado a la cárcel a su criado; no podía salir de casa; se había dicho que su tío era un agente de Pitt, que cobraba de Inglaterra, y las comadres de la vecindad la insultaban.

Pedí licencia y fuí a París a ver a Magdalena. De noche la saqué de casa y la llevé al viejo mesón del Caballo Blanco. Allí estuvo una semana sin salir de su rincón. Sólo algunos días la llevaba a pasear al jardín del Luxemburgo.

Magdalena me suplicaba que pusiera todos los medios posibles para salvar a su tío Andrés; pero, ¿yo qué iba a hacer? No tenía influencia ni medio alguno de obrar. Sin embargo, fuí a ver a un amigo del paralítico Couthon, y por éste supe que Lazcano había dado informes confidenciales en contra de Guzmán, acusándole de estar vendido a los realistas, de ser amigo del barón de Batz, del arzobispo de París y de la abadesa de Remiremont.

Extranjero, de alta nobleza y sospechoso de traición, Andrés María de Guzmán estaba perdido.

Una mañana del año 1794 vi en medio de la multitud una fila de carretas que marchaban hacia el patíbulo. Allí iban Danton, Camilo Desmoulins y los montañeses, antes idolatrados por la plebe. En una de las carretas distinguí a Guzmán.

Al llegar a la posada del Caballo Blanco, donde estaba alojada Magdalena, al verme solamente comprendió lo ocurrido y comenzó a llorar.

Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera podido aprovechar del desamparo de aquella mujer; pero esto constituiría hoy para mí un motivo de verdadera desgracia.

Cuando se tranquilizó Magdalena, le dije:

—¿Qué quiere usted hacer ahora?

—No sé, no sé.

—Piense usted.

—Bueno; ya pensaré.

Dos días después me dijo:

—Quisiera ir a España.

—Muy bien. Yo le acompañaré.

Nos pusimos en camino y en esta casa descansamos.

De aquí, de Bidart, escribió a su tío el conde de Tilly, que ahora es el jefe de la masonería en España, y cuando recibió contestación yo la acompañé hasta Irún. En la misma frontera la esperaba un coche tirado por cuatro caballos.

—Guarde usted este recuerdo mío—me dijo Magdalena, dándome un objeto envuelto en un trozo de seda.

Lo guardé y le di las gracias. Nos acercamos a un señor que estaba al pie del coche. El señor me saludó ceremoniosamente; yo hice lo mismo. Magdalena, llorando, me tendió la mano, que yo estreché, y el coche partió.


—¿Qué era lo que le había dejado a usted?—le pregunté al viejo Etchepare.

—Una miniatura suya hecha en Gante.

—¿La conserva usted?

—Sí.

—Enséñemela usted.

—Etchepare vaciló, luego fué a su cuarto, abrió un cajón de su mesa y sacó la miniatura. Realmente era una mujer preciosa.

—Esta mujer le quería a usted—dije yo.

—¡Bah!

—Sí; si no, no le hubiera dejado a usted este recuerdo. Y usted, al fin, ¿no le dijo nada?

—No. Ella tenía su orgullo, yo el mío.

—¿Y ninguno de los dos cedió?

—Ninguno.

—¿Y no supo usted más de ella?

—Nada. Creo que entró en un convento.

—¿Y a Lazcano tampoco le vió usted más?

—Tampoco; aunque de éste supe detalles de su vida. Durante algún tiempo estuvo en auge con los thermidorianos, y Tallien lo envió a que trabajara con Verastegui, Zuaznavar, Urbiztondo, Michelena y algunos otros en el proyecto de hacer a Guipúzcoa república independiente, apoyada por Francia.

Lazcano fué en esta época el asesor del convencional Pinet, que estuvo en Guipúzcoa con el ejército francés de ocupación. Jacques Pinet era un abogadillo de la Dordogne, que quería echárselas de terrible, y por consejo de Lazcano y de sus amigos mandó levantar la guillotina en la Plaza Nueva de San Sebastián. Quería así liberalizar el país.

Cuando el proyecto de separación de Guipúzcoa de España fracasó y vino la paz de Basilea, Lazcano marchó a París y fué uno de los satélites de la hermosa Teresa Cabarrús. Ahora creo que está al servicio de uno de los hermanos de Bonaparte...

Etchepare se calló y estuvo contemplando el suelo un momento.

—Recordar es cosa triste—exclamó, dando un suspiro—; pero, en fin, vamos a dar una vuelta por la orilla del mar.

V.
NUEVOS TRABAJOS DEL AVENTINO

Un día se presentaron dos jóvenes en casa, a buscarme.

Me traían una carta de Etchepare. Les hice pasar a mi cuarto y hablamos.

Eran militares y estaban de guarnición en Behovia. En el curso de la conversación me dijeron que se estaba conspirando seriamente en Francia contra Bonaparte, y en España contra Carlos IV. Uno de los militares se llamaba Gontrán de Frassac. Era joven, gascón, teniente de dragones. El otro, Horacio Sanguinetti de nombre, era italiano, de más edad; tenía grado de capitán.

El gascón era un buen muchacho de cabeza ligera, republicano por romanticismo, más aficionado a beber, a cantar y a seguir a las muchachas que a ocuparse de política. Era exagerado en todo, y hablaba intercalando en sus palabras los Pardi y los Sacrebleu.

El italiano era hombre frío, reconcentrado, muy patriota y muy fanático.

Les dije a los dos cómo había formado una sociedad secreta titulada El Aventino y les presenté a la mayoría de los afiliados.

Para celebrar el conocimiento tuvimos una comida los dos oficiales franceses y los socios del Aventino en el caserío Chapartiena, en Azquen Portu, a orillas del Bidasoa.

A los postres, Frassac cantó la Marsellesa, le Chant du Départ y la Carmañola; yo brindé porque la libertad triunfara en el mundo; Sanguinetti aseguró que pronto se vería Europa formando unos Estados Unidos, una federación de pueblos sin reyes, sin papas, sin tiranos, sin amos; Cortázar se levantó a brindar por la desaparición de todas las religiones positivas y por el culto de la humanidad, y Ganisch glosó con ingenio esa frase concisa y definitiva: Con las tripas del último rey ahorcaremos al último de los papas.

Varias veces fuí a Behovia a visitar a De Frassac y a Sanguinetti, y ellos con mucha frecuencia visitaron mi casa. Nos hicimos amigos íntimos, hasta el punto de hablarnos de tú.

Me enseñaron la esgrima y a montar a caballo, e hicieron de mí un espadachín y un buen jinete.

De Frassac me decía que debía naturalizarme francés y entrar en el ejército de Napoleón, lo cual no me gustaba. Sanguinetti no me aconsejó nunca esto. Muchas veces, por sus conversaciones, comprendí que él estaba pesaroso de haber abandonado su país. Consideraba también que Bonaparte no había cumplido con su patria italiana.

Sanguinetti era muy culto, tenía muchos libros y me prestaba todos los que le pedía. Gracias a él leí los Comentarios, de César; los Anales, de Tácito; la Conspiración de Catilina, de Salustio; la Historia de Italia, de Guicciardini, y el Príncipe, de Maquiavelo.

El oficial italiano me explicó también una porción de cosas que por falta de cultura anterior yo no comprendía.

Sanguinetti era partidario de esa razón de Estado y Salud Pública que viene de Roma. Leía mucho a Maquiavelo. Decía que había visto claramente que el político florentino no era el escritor inmoral que todo el mundo reprueba, sino un gran patriota y un pensador realista.

Esta frase de Maquiavelo la recordaba con frecuencia en sus conversaciones:

«Io indico bene questo che sia meglio essere impetuoso che rispetivo, perche la fortuna e donna.»

Yo también estaba más dispuesto a ser impetuoso que rispetivo; pero había que esperar la ocasión.

LOS FILADELFOS

Cortázar, que solía ir con frecuencia a Bayona, me dijo que allí había oído a una persona muy enterada de estas cosas que en el ejército que guarnecía las ciudades de los Bajos Pirineos abundaban algunos oficiales afiliados a una sociedad secreta llamada de los Filadelfos.

Según Cortázar, De Frassac y Sanguinetti pertenecían a esta sociedad.

Alguna vez, en la conversación, les pregunté vagamente acerca de esto; pero ellos no se dieron por enterados.

Después he oído decir en Francia a varias personas que esta sociedad de los Filadelfos no existió nunca; otros, en cambio, daban detalles de su organización y de su funcionamiento.

Decían éstos que la sociedad se había fundado en el ejército del Franco Condado, donde abundaban los liberales y los republicanos, por un oficial llamado Oudet. Cuando este primer jefe de los Filadelfos fué preso y enviado a la deportación, le sucedió Moreau. A Moreau, a su vez, le prendieron y le condenaron a muerte, y entonces Oudet, que ya estaba libre, preparó un complot para salvar a su compañero.

He oído contar también que en un acto de distribución de cruces en los Inválidos, al ir Bonaparte a poner la condecoración a un veterano, cuatro o cinco oficiales se acercaron a él, y uno de ellos, echando mano al puño de la espada, preguntó a sus compañeros: ¿Es tiempo?

La pregunta llegó a oídos de Napoleón, el cual, pálido y lleno de terror, se volvió hacia su séquito y mandó detener inmediatamente, y luego desterrar, a los oficiales.

También se decía en los últimos años del Imperio que los Filadelfos habían tomado parte en la conspiración de la Alianza y en el complot que tramó Malet en el cuartel de Popincourt, y que estuvo a punto de triunfar a fuerza de ingenio y de audacia. Sanguinetti y De Frassac no me hablaron nunca de los Filadelfos. Quizá ellos mismos no estaban enterados de la existencia de la sociedad; quizá eran bastante reservados para no decir nada.

Esta reserva la hubiera comprendido en Sanguinetti, pero no en De Frassac.

De Frassac se pasaba la vida en Irún y en mi cuarto. Al principio nos chocaba a Sanguinetti y a mí verle constantemente en la ventana que daba hacia el patio. Luego comprendimos que miraba a una vecinita: una muchacha muy graciosa de ojos negros, que aparecía en una azotea.

DE FRASSAC, ENAMORADO

Cuando le descubrimos la treta, De Frassac nos confesó que estaba enamorado, tan enamorado, que se hallaba dispuesto a pedir el retiro y a casarse.

—Pero, ¿es para tanto?—le preguntamos, asombrados, Sanguinetti y yo.

—Sí, sí.

—¿Y hace tiempo que te entiendes con ella?

—Ya varios meses.

Mientras Sanguinetti y yo discutíamos nuestros proyectos de renovación politicosocial, De Frassac echaba cartas a la vecina y recogía las que le escribía ella, con un hilo.

Por eso estaba siempre en la ventana.

Sanguinetti y yo autorizamos a De Frassac para monopolizar la ventana en el tiempo en que estuviera en mi casa, mientras nosotros hablábamos.

La chica novia del gascón era bonita; pero a mí no me parecía un prodigio ni mucho menos, como a De Frassac. Se llamaba Paquita Zubialde, y el padre era un hombre bastante rico, ceñudo y malhumorado.

Dos o tres semanas después de que el teniente gascón nos reveló sus amores, nos dijo que había escrito a su padre hablándole de sus proyectos. El padre le contestó diciéndole que, aunque le hubiera parecido mejor que su hijo se casara con una francesa, y mejor con una del mismo pueblo, consentía de buen grado en el matrimonio.

El obstáculo vino por parte del padre de Paquita. Éste, a la primera insinuación de su hija, afirmó que jamás la dejaría casarse con un francés.

El señor Zubialde, a pesar de vivir en la frontera, creía que un francés era de distinta naturaleza que un español, y que necesariamente españoles y franceses tenían que odiarse y desearse mutuamente toda clase de desgracias, aunque no tuvieran motivo personal de odio.

Zubialde hizo estas declaraciones gratuitamente, y como quien habla de una cosa lejana e improbable; pero cuando se enteró de que Paquita tenía relaciones con un teniente de dragones, se convirtió él en el dragón de su hija. Estableció un servicio de espionaje, cerró por sí mismo las puertas y no permitió que entrara un papel en su casa. Sin embargo, una criada de la Paquita, la Baschili, estaba vendida al oro gascón, y pasaba los recados de uno a otro.

EL RAPTO

Llegó un día en que Frassac apareció desesperado. Su regimiento tenía que trasladarse de Behovia, y a él le era indispensable marchar también.

Discutimos entre los tres el asunto.

—El padre parece que es irreductible—dijo Sanguinetti—; no se aviene a razones. Lo mejor que puedes hacer es robar a la chica.

—No querrá ella—repuso Frassac.

—Pruébalo.

¡Pardi! Sería un escándalo furioso.

—Ah, claro.

—¿A ti qué te parece, Aviraneta?—me preguntó Frassac.

—¡Hombre! Si ella quiere.

—¿Podríamos contar con tus amigos?

—Si tú piensas casarte con ella, quizá...

—De eso no hay duda; inmediatamente. Si ella quiere, nos vamos a Behovia, y allí mismo nos casamos. ¿Tú podrías ayudarme?

—Sí.

—Entonces, ya que conoces el pueblo y la casa, dirige el negocio.

—Bueno. Me vas a comprometer; pero es igual. Tú escríbele a Paquita. Si acepta, el capitán Sanguinetti y yo prepararemos la fuga.

—Entonces tú diriges.

—Bien. Después di por ahí que te vas, y estate seis o siete días sin venir a Irún.

De Frassac escribió una carta, que pasó a casa de Zubialde por la Baschili, y la Baschili le entregó otra de Paquita, diciendo que estaba dispuesta a fugarse.

Sanguinetti y yo preparamos el plan del rapto, al cual llamaba el capitán, en broma, la obra latina, porque en ella interveníamos un francés, un español y un italiano.

Si la terraza donde aparecía la novia de Frassac hubiera cerrado el patio que había entre mi casa y la de Zubialde, la escapatoria se hubiese podido efectuar con una escala de cuerda; pero entre la pared de mi casa y la azotea de Paquita había un espacio de unos tres metros o algo más.

La ventaja que tenía la azotea para salir por ella era que Zubialde no supondría que su hija fuera bastante loca para escaparse por aquel punto.

Después de discutir varios proyectos Sanguinetti y yo, decidimos intentar el rapto por la azotea. Traeríamos una escala de cuerda del campamento francés de Behovia, la sujetaríamos en mi ventana, y luego yo, dando una vuelta por el tejado y pasando por encima de una viga, bajaría hasta la azotea de casa de Zubialde y ataría el extremo de la escala en el barandado de la terraza.

Subiríamos por allí la Paquita y yo, y después, soltando la escala de arriba, la echaríamos al patio, de modo que diera la impresión de que la escala había servido para subir del patio a la terraza, y no de la terraza a mi ventana.

Luego, desde mi guardilla bajaríamos por la escalera de casa tranquilamente al portal, pondríamos un capote a Paquita, iríamos hasta la orilla del Bidasoa, cruzaríamos el río, y a Behovia.

El Aventino patrocinaba la aventura. Yo tenía que hacer volatines, y me reservaba la parte más difícil. Ganisch estaría de centinela a la puerta de mi casa, para dar la voz de alerta si ocurría algo, Pello Cortázar en la salida del pueblo y Zugarramurdi y los demás en la lancha.

Cuando supimos por la Baschili que Zubialde no cerraba el balcón que daba a la azotea, mandamos recado a Paquita que para las once de la noche estuviese preparada.

Sanguinetti se quedó conmigo en el cuarto; hacía una noche negra y sin estrellas. Dieron las once en el reloj de la iglesia y abrí sin ruido la ventana de mi guardilla.

Sujetamos entre el italiano y yo la escalera de cuerda perfectamente y la echamos arrimada a la pared. Después venía la parte mía, la más difícil. Abrí la otra ventana, saqué el cuerpo fuera y comencé a ir avanzando por el tejadillo. A las siete u ocho varas tuve que montar en una viga, y a una altura de más de cincuenta pies crucé de una casa a otra.

Cuando llegué al tejado de enfrente salté de éste a uno más bajo, y luego por el tubo de una cañería de agua, expuesto a caer cien veces, me descolgué a la azotea.

Llegado allí me acerqué a la barandilla; la escala, arrimada a la pared, estaba demasiado lejos para cogerla con la mano. Silbé suavemente.

Sanguinetti me entendió y comenzó a balancear la escala a derecha e izquierda, hasta que yo pude agarrarla. Inmediatamente la até en la barandilla, dejándola tensa.

Terminado esto venía la segunda parte; temía yo que, a última hora, Paquita tuviera algún escrúpulo, y que, arrepentida, confesara el proyecto a su padre, en cuyo caso me esperaba el gran estacazo.

Me acerqué de puntillas al balcón y llamé con los nudillos en el cristal, volví a llamar, y sin la menor violencia se abrió el balcón y apareció la muchacha.

—¿Por dónde hay que subir?—me dijo.

—Por aquí.

Comenzó a subir y yo fuí tras ella. El pudor puede mucho, pero el miedo puede más, y Paquita tuvo que apoyarse varias veces en mis brazos. Yo comprendí en aquellos momentos que De Frassac no se llevaba precisamente un esqueleto.

La escalera era larga y costó mucho subirla. Con la ayuda de Sanguinetti la muchacha entró en la guardilla. Luego pasé yo. Desde arriba solté la escalera y la tiré al patio.

Ya dentro los tres, en mi cuarto, a obscuras, cerramos la ventana, se puso Paquita su capote, encendimos una linterna y bajamos las escaleras hasta el portal. Detrás de la puerta había un bulto, que se acercó a nosotros.

—¿Hay algo?—pregunté yo.

—Sin novedad—dijo la voz de Ganisch.

—Ya puedes marcharte, si quieres—le advertí.

—Bueno.

Cerré la puerta de mi casa, y en compañía de Sanguinetti y de Paquita llegamos a la salida del pueblo. Allá esperaba Pello Cortázar.

—¿Hay novedad?—le pregunté.

—Ninguna.

—¿Y la lancha?

—Allá está esperando.

Llegamos a un embarcadero de la ría y aparecieron De Frassac, Zugarramurdi y otros dos del Aventino.

Entramos en el bote, y en medio de la más densa obscuridad atravesamos el Bidasoa de una orilla a otra, trazando una línea oblicua.

Al otro lado esperaban dos oficiales amigos de De Frassac. En un coche entramos Paquita, su novio, Sanguinetti, los dos oficiales y yo. Llegamos en poco tiempo a un castillo, próximo a Urruña, rodeado de bosques. Cruzamos el parque y entramos en una capilla iluminada. En un momento se celebró la boda.

Los novios quedaron allí; los testigos volvimos a Behovia, y yo me embarqué en la lancha, tripulada por Zugarramurdi.

A las tres de la mañana estaba en mi cuarto, acostado.

Al día siguiente hubo gran revuelo en casa de Zubialde y en el pueblo entero cuando se supo la noticia. No se llegó a aclarar nada.

Un mes más tarde Sanguinetti me trajo noticias de los recién casados, que habían ido a vivir a Pau.

Aquel incidente me hizo afirmarme en la idea de que hay que tener más ímpetu que respeto, porque, como dice Maquiavelo, la fortuna es «donna».

De todas maneras, era indispensable esperar la ocasión. ¿Vendría? ¿No vendría? Eso es lo que había de decidir mi vida.

FIN DEL APRENDIZ DE CONSPIRADOR

Itzea, Octubre, 1912.

ÍNDICE

Págs.
Prólogo.—Las recomendaciones de mi tía Úrsula. 9
LIBRO PRIMERO
PELLO LEGUÍA
I.—Camino de Laguardia. 21
II.—La luz a lo lejos. 33
III.—La familia de Leguía. 37
IV.—Pello, enamorado. 51
V.—En donde Leguía sospecha si tendrá buena suerte. 57
LIBRO SEGUNDO
LAS TERTULIAS DE LAGUARDIA
I.—Laguardia, el año de gracia de 1837. 65
II.—La tertulia de las Piscinas. 73
III.—Las otras tertulias. 81
IV.—Las mujeres políticas. 87
V.—Corito y Pello Leguía. 91
LIBRO TERCERO
EL VIAJERO EXTRAÑO
I.—La silla de postas. 97
II.—El hombre y su sombra. 103
III.—Traidor, espía y masón. 109
LIBRO CUARTO
HISTORIA Y EMBOSCADA
I.—Lo que contó el hombre de la zamarra. 117
II.—La venganza. 125
III.—El aviso. 129
IV.—El ataque. 141
V.—Una proposición. 149
LIBRO QUINTO
UN SOLDADO AUDAZ
I.—El oficial de la boína blanca. 155
II.—Historias retrospectivas. 161
III.—Violencia contra violencia. 167
IV.—Consejo de amigo. 173
V.—Por el camino. 181
LIBRO SEXTO
LA INFANCIA DE UN CONSPIRADOR
I.—El archivo secreto. 191
II.—Las dos influencias. 201
III.—El Madrid de 1800. 211
IV.—La época. 217
V.—La Mojigona. 223
VI.—Consuelo Arteaga. 229
LIBRO SÉPTIMO
EL AVENTINO
I.—Etchepare el solitario. 237
II.—Un español revolucionario. 247
III.—Narración de Etchepare. 255
IV.—Una intriga en la época del Terror. 263
V.—Nuevos trabajos del Aventino. 273