El Enfermo y la Vision
(Un enfermo exclamó) ninguna alcanza!
El médico se fué sin esperanza,
Contando por los dedos sus visitas.»
Así desengañado,
Y creciendo por horas su dolencia,
De este modo examina su conciencia:
—«En todos mis contratos he logrado
(No lo niego) ganancia muy segura:
Trabajé en calcular mis intereses.
Aumenté mi caudal en pocos meses,
Más por felicidad que por usura.
Sin rencor ni malicia
Hice que á mi deudor pusiesen preso:
Murió pobre en la cárcel, lo confieso;
Mas en fin es un hecho de justicia.
Si por cierto instrumento[340]
Reduje una familia muy honrada
Á pobreza extremada,
Algún día leerán mi testamento.
Entonces, muerto yo, se hará patente
En la tierra, lo mismo que en el cielo,
Para alivio de pobres y consuelo,
Mi caridad ardiente.»
Una Visión se acerca, y dice:—Hermano,
La esperanza condeno
Del que aguarda á morir para ser bueno:
Una acción de piedad está en tu mano.
Tus prójimos, según sus oraciones,
Están necesitados:
Para ser remediados
Han menester siquiera cien doblones[341].
—¡Cien doblones! ¡No es nada!
Y si, porque Dios quiera, no me muero,
Y después me hace falta ese dinero,
¿Sería caridad bien ordenada?
—Avaro ¿te resistes? Pues al cabo
Te anuncio que tu muerte está cercana.
—¿Me muero?... Pues que esperen á mañana.
La Visión se volvió sin un ochavo[342].
FÁBULA VIII
El Camello y la Pulga.
Cuando su poder es tal
Que ni influye en bien ni en mal,
Le quiero contar un cuento.
En una larga jornada
Un Camello[343] muy cargado
Exclamó, ya fatigado:
«¡Oh qué carga tan pesada!»
Doña Pulga, que montada
Iba sobre él, al instante
Se apea, y dice arrogante:
—Del peso te libro yo.
El Camello respondió:
—Gracias, señor elefante.
FÁBULA IX
El Cerdo, el Carnero y la Cabra.
Lame alegre la mano y el cuchillo
Que han de ser de su muerte el instrumento,
Y es feliz hasta el último momento.
Así, cuando es el mal inevitable,
Es quien menos prevé, más envidiable.
Bien oportunamente mi memoria
Me presenta al Lechón de cierta historia.
Al mercado llevaba un Carretero
Un Marrano, una Cabra y un Carnero.
Con perdón[344], el Cochino
Clamaba sin cesar en el camino:
—¡Ésta sí que es miseria!
Perdido soy, me llevan á la feria.—
Así gritaba, ¡mas con qué gruñidos!
No dió en su esclavitud tales gemidos
Hécuba la infelice.
El Carretero al gruñidor le dice:
—¿No miras al Carnero y á la Cabra,
Que vienen sin hablar una palabra?
—¡Ay, señor, le responde: ya lo veo!
Son tontos y no piensan: yo preveo
Nuestra muerte cercana.
Á los dos, por la leche y por la lana,
Quizá no matarán tan prontamente;
Pero á mí, que soy bueno solamente
Para pasto del hombre... no lo dudo,
Mañana comerán de mi menudo[345].
Á Dios, pocilga, á Dios, gamella mía.
Sutilmente su muerte preveía;
¿Mas, qué lograba el pensador Marrano?
Nada, sino sentirla de antemano.
El dolor ni los ayes es seguro
Que no remediarán el mal futuro.
FÁBULA X
El León, el Tigre y el Caminante.
Un Tigre á un Caminante.
Á los tristes quejidos al instante
Un León acudió: con bizarría
Lucha, vence á la fiera y lleva al hombre
Á su regia caverna.—Toma aliento,
(Le decía el León) nada te asombre,
Soy tu libertador, estáme atento:
¿Habrá bestia sañuda y enemiga
Que se atreva á mi fuerza incomparable?
Tú puedes responder; ó que lo diga
Esa pintada fiera[346] despreciable.
Yo, yo solo, monarca poderoso,
Domino en todo el bosque dilatado.
¡Cuántas veces la onza, y aun el oso
Con su sangre el tributo me han pagado!
Los despojos de pieles y cabezas,
Los huesos que blanquean este piso,
Dan el más claro aviso
De mi valor sin par y mis proezas.
—Es verdad, dijo el hombre, soy testigo;
Los triunfos miro de tu fuerza airada,
Contemplo á tu nación amedrentada.
Al librarme venciste á mi enemigo.
En todo esto, señor (con tu licencia),
Sólo es digna del trono tu clemencia.
Sé benéfico, amable,
En lugar de despótico tirano;
Porque, señor, es llano,
Que el monarca será más venturoso
Cuanto hiciere á su pueblo más dichoso.
—Con razón has hablado;
Y ya me causa pena
El haber yo buscado
Mi propia gloria en la desdicha ajena.
En mis jóvenes años
El orgullo produjo mil errores,
Que me los ha encubierto con engaños
Una corte servil de aduladores.
Ellos me aseguraban, de concierto,
Que por el mundo todo
No reinan los humanos de otro modo:
Tú lo sabrás mejor, dime, ¿y es cierto?
FÁBULA XI
La Muerte.
Un ministro de Estado[347].
Le quería de suerte
Que hiciese floreciente su reinado.
—El Tabardillo, Gota, Pulmonía,
Y todas las demás enfermedades,
Yo conozco, decía,
Que tienen excelentes calidades.
Mas ¿qué importa? La Peste[348], por ejemplo,
Un ministro sería sin segundo;
Pero ya por inútil la contemplo
Habiendo tanto médico en el mundo.
Uno de estos elijo... Mas no quiero,
Que están muy bien premiados sus servicios
Sin otra recompensa que el dinero[349].—
Pretendieron la plaza algunos vicios,
Alegando en su abono mil razones.
Consideró la reina su importancia,
Y, después de maduras reflexiones,
El empleo ocupó la Intemperancia.
FÁBULA XII
El Amor y la Locura.
Con el Amor reñido,
Dejó ciego de un golpe
Al miserable niño.
Venganza pide al cielo
Venus, ¡mas con qué gritos!
Era madre y esposa,
Con esto queda dicho.
Queréllase á los dioses
Presentando á su hijo:
—¿De qué sirven las flechas,
De qué el arco á Cupido,
Faltándole la vista,
Para asestar sus tiros?
Quítensele las alas,
Y aquel ardiente cirio,
Si á su luz ser no pueden
Sus vuelos dirigidos.—
Atendiendo á que el Ciego
Siguiese su ejercicio,
Y á que la delincuente
Tuviese su castigo,
Júpiter, presidente
De la asamblea, dijo:
—Ordeno á la locura
Desde este instante mismo,
Que eternamente sea
De Amor el lazarillo[350].
LIBRO SÉPTIMO
FÁBULA PRIMERA
El Raposo enfermo.
Los fuertes murallones elevados,
Y lo mismo devora
Montes agigantados,
Á un Raposo quitó de día en día
Dientes, fuerza, valor, salud, de suerte
Que él mismo conocía
Que se hallaba en las garras de la muerte.
Cercado de parientes y de amigos,
Dijo en trémula voz y lastimera:
—¡Oh vosotros, testigos
De mi hora postrera,
Atentos escuchad un desengaño!
Mis ya pasadas culpas me atormentan,
Ahora conjuradas en mi daño.
¿No véis cómo á mi lado se presentan?
Mirad, mirad los gansos inocentes,
Con su sangre teñidos,
Y los pavos en partes diferentes
Al furor de[351] mis garras divididos.
Apartad esas aves que aquí veo,
Y me piden sus pollos devorados;
Su infernal cacareo[352]
Me tiene los oídos penetrados.—
Los Raposos le afirman con tristeza
(No sin lamerse labios y narices)
—Tienes debilitada la cabeza,
Ni una pluma se ve de cuanto dices.
Y bien lo puedes creer que si se viese...
—¡Oh glotones! callad: ya os entiendo,
El enfermo exclamó: ¡si yo pudiese
Corregir las costumbres cual pretendo!
¿No sentís que los gustos,
Si son contra la paz de la conciencia,
Se cambian en disgustos?
Tengo de esta verdad gran experiencia.
Expuestos á las trampas y á los perros,
Matáis y perseguís á todo trapo[353]
En la aldea gallinas, y en los cerros
Los inocentes lomos del gazapo[354].
Moderad, hijos míos, las pasiones,
Observad vida quieta y arreglada,
Y con buenas acciones
Ganaréis opinión muy estimada.
—Aunque nos convirtamos en corderos,
Le respondió un oyente sentencioso,
Otros han de robar los gallineros[355]
Á costa de la fama del Raposo.
Jamás se cobra la opinión perdida:
Esto es lo uno; á más, ¿usted pretende
Que mudemos de vida?
Quien malas mañas ha... ya usted me entiende.
—Sin embargo, hermanito, crea, crea...
El enfermo le dijo. ¡Mas qué siento!...
¿No oís que una gallina cacarea?
Esto sí que no es cuento.—
Á Dios, sermón; escápase la gente.
El enfermo orador esfuerza el grito:
—¿Os váis, hermanos? Pues tened presente
Que no me haría daño algún pollito.
FÁBULA II
Las Exequias de la Leona.
El rey León yacía[356],
Porque en el mismo día
Murió (¡cruel dolor!) su esposa amable.
Á palacio la corte toda llega,
Y en fúnebre aparato se congrega.
En la cóncava gruta resonaba
Del triste rey el doloroso llanto.
Allí los cortesanos entre tanto
También gemían, porque el rey lloraba;
Que si el viudo monarca se riera,
La corte lisonjera
Trocara en risa el lamentable paso.
Perdone la difunta, voy al caso.
Entre tanto sollozo
El Ciervo no lloraba (yo lo creo),
Porque lleno de gozo
Miraba ya cumplido su deseo.
La tal reina le había devorado
Un hijo y la mujer al desdichado.
El Ciervo, en fin, no llora;
El concurso lo advierte,
El monarca lo sabe, y en la hora
Ordena con furor darle la muerte.
—¿Cómo podré llorar, el Ciervo dijo,
Si apenas puedo hablar de regocijo?
Ya disfruta, gran rey, más venturosa
Los elíseos campos vuestra esposa:
Me lo ha revelado á la venida,
Muy cerca de la gruta, aparecida:
Me mandó lo callase algún momento[357],
Porque gusta mostréis el sentimiento.—
Dijo así, y el concurso cortesano
Aclamó por milagro la patraña[358].
El Ciervo consiguió que el soberano
Cambiase en amistad su fiera saña.
Los que en la indignación han incurrido
De los grandes señores,
Á veces su favor han conseguido
Con ser aduladores.
Mas no por esto advierto
Que el medio sea justo; pues es cierto
Que á más príncipes vicia
La adulación servil, que la malicia.
FÁBULA III
El Poeta y la Rosa.
En el florido campo
Un Poeta buscaba
Las delicias de mayo.
Al peso de las flores
Se inclinaban los ramos,
Como para ofrecerse
Al huésped solitario.
Una Rosa lozana,
Movida al aire blando,
Le llama, y él se acerca;
La toma, y dice ufano:
—Quiero, Rosa, que vayas
No más que por un rato
Á que la hermosa Clori[359]
Te reciba en su mano.
Mas no, no, pobrecita[360],
Que si vas á su lado,
Tendrás de su hermosura
Unos celos amargos.
Tu süave fragancia,
Tu color delicado,
El verdor de tus hojas,
Y tus pimpollos caros
Entre estas florecillas
Pueden ser alabados;
Mas junto á Clori bella
Es locura pensarlo.
Marchita, cabizbaja
Te irías deshojando,
Hasta parar tu vida
En un desnudo cabo.
La Rosa, que hasta entonces
No despegó sus labios,
Le dijo resentida:
—Poeta chabacano,
Cuando á un héroe quieras
Coronar con el lauro,
Del jardín de sus hechos
Has de cortar los ramos.
Por labrar su corona,[361]
FÁBULA IV
El Buho y el Hombre.
Un reverendo Buho, dedicado
Á sus meditaciones,
Sin olvidar la caza de ratones.
Se dejaba ver poco, mas con arte:
Al Gran Turco imitaba en esta parte.
El dueño del granero
Por azar advirtió que en un madero
El pájaro nocturno
Con gravedad estaba taciturno.
El Hombre le miraba, se reía:
—¡Qué carita de pascua! le decía.
¿Puede haber más ridículo visaje?
Vaya, que eres un raro personaje.
¿Por qué no has de vivir alegremente
Con la pájara gente[362],
Seguir desde la aurora
Á la turba canora
De jilgueros, calandrias, ruiseñores,
Por valles, fuentes, árboles y flores?
—Piensas á lo vulgar: eres un necio,
Dijo el solemne Buho con desprecio:
—Mira, mira ignorante,
Á la sabiduría en mi semblante;
Mi aspecto, mi silencio, mi retiro
Aun yo mismo lo admiro.
Si rara vez me digno, como sabes,
De visitar la luz, todas las aves
Me siguen y rodean; desde luego
Mi mérito conocen: no lo niego.
—¡Ah, tonto, presumido!
(El hombre dijo así) ten entendido
Que las aves, muy lejos de admirarte,
Te siguen y rodean por burlarte.
De ignorante orgulloso te motejan,
Como yo á aquellos hombres que se alejan
Del trato de las gentes,
Y con extravagancias diferentes
Han llegado á doctores en la ciencia
De ser sabios no más que en la apariencia.
De esta suerte de locos
Hay hombres como buhos, y no pocos.
FÁBULA V
La Mona.
Y cogiendo una nuez verde,
En la cáscara la muerde;
Con que la[363] supo muy mal.
Arrojóla el animal,
Y se quedó sin comer.
Así suele suceder
Á quien su empresa abandona,
Porque halla, como la Mona,
Al principio que vencer.
FÁBULA VI
Esopo y un Ateniense.
Y jugando á las nueces,
Estaba el viejo Esopo
Más que todos alegre.
—¡Ah pobre! ¡ya chochea!
Le dijo un Ateniense.
En respuesta el Anciano
Coge un arco que tiene
La cuerda floja, y dice:
—Ea, si es que lo entiendes,
Dime, ¿qué significa
El arco de esta suerte?—
Lo examina el de Atenas,
Piensa, cavila, vuelve,
Y se fatiga en vano,
Pues que no lo comprende.
El Frigio[364] victorioso
Le dijo:—Amigo, advierte,
Que romperás el arco
Si está tirante siempre:
Si flojo, ha de servirte,
Cuando tú lo quisieres.
Si al ánimo estudioso
Algún recreo dieren,
Volverá á sus tareas
Mucho más útilmente.
FÁBULA VII
Demetrio y Menandro.
Fabio en vano presumes
Que en el mundo te tengan por grande[365] hombre
Si más que por tus galas y perfumes.
Demetrio el faleriano[366] se apodera
De Atenas; y aunque fué con tiranía,
De agradable manera
Los del vulgo le aclaman á porfía.
Los grandes y los nobles distinguidos
Con fingido placer la mano besan
Que los tiene oprimidos.
Aun á los que en el ocio se embelesan,
Y á la poltrona gente
Los arrastra el temor al cumplimiento:
Con ellos va Menandro juntamente,
Dramático escritor de gran talento,
Cuyas obras leyó, sin conocerle,
Demetrio. Con perfumes olorosos
Y pasos afectados entra: al verle
Llegar entre los tardos perezosos,
El nuevo arconte[367] prorrumpió enojado:
—¿Con qué valor se pone en mi presencia
Ese hombre afeminado?
—Señor, le respondió la concurrencia,
Es Menandro, el autor.—Al punto muda
De semblante el tirano:
Al escritor saluda,
Y con grata expresión le da la mano.
FÁBULA VIII
Las Hormigas.
Eran los hombres antaño:
De lo propio y de lo extraño
Hacían su provisión.
Júpiter, que tal pasión
Notó de siglos atrás,
No pudiendo aguantar más,
En Hormigas los transforma.
Ellos mudaron de forma.
¿Y de costumbres? Jamás.
FÁBULA IX
Los Gatos escrupulosos.
La cocinera Juana,
Con pretexto de hablar á la vecina,
Se sale, cierra, y deja en la cocina
Á Micifuf y Zapirón hambrientos.
Al punto (pues no gastan cumplimientos
Gatos enhambrecidos)
Se avanzan á probar de los cocidos.
—¡Fú, dijo Zapirón, maldita olla!
¡Cómo abrasa! Veamos esa polla
Que está en el asador lejos del fuego.—
Ya también escaldado, desde luego
Se arrima Micifuf, y en un instante
Muestra cada trinchante[368]
Que en el arte cisoria[369], sin gran pena,
Pudiera dar lecciones á Villena.
Concluído el asunto,
El señor Micifuf tocó este punto:
Utrum[370], si se podía ó no en conciencia
Comer el asador.—¡Oh qué demencia!
(Exclamó Zapirón en altos gritos)
¡Cometer el mayor de los delitos!
¿No sabes que el herrero
Ha llevado por él mucho dinero,
Y que, si bien la cosa se examina,
Entre la batería de cocina[371]
No hay un mueble más serio y respetable?
Tu pasión te ha engañado, miserable.—
Micifuf en efecto
Abandonó el proyecto;
Pues eran los dos Gatos
De suerte timoratos
Que si el diablo, tentando sus pasiones,
Les pusiese asadores á millones,
(No hablo yo de las pollas) ó me engaño,
Ó no comieran uno en todo el año.
De otro modo.
Micifuf y Zapirón
Se comieron un capón
En un asador metido.
Después de haberse lamido,
Trataron en conferencia
Si obrarían con prudencia
En comerse el asador.
¿Lo comieron? No señor;
Era caso de conciencia.
FÁBULA X
El Águila y la Asamblea de los animales.
Se quejaban á Júpiter tonante
De la misma manera
Que si fuese un alcalde de montera[372].
El dios (y con razón) amostazado,
Viéndose importunado,
Por dar fin de una vez á las querellas,
En lugar de sus rayos y centellas,
De recetor[373] envia desde el cielo
Al águila rapante, que de un vuelo
En la tierra juntó los animales,
Y expusieron en suma cosas tales[374]:
Pidió el León la astucia del Raposo,
Éste de aquél lo fuerte y valeroso;
Envidia la Paloma al Gallo fiero;
El Gallo á la Paloma en lo ligero;
Quiere el Sabueso patas más felices,
Y cuenta como nada sus narices.
El Galgo lo contrario solicita;
Y en fin (¡cosa inaudita!)
Los peces, de las ondas ya cansados,
Quieren poblar los bosques y los prados;
Y las bestias, dejando sus lugares,
Surcar las olas de los anchos mares.
Después de oírlo todo,
El Águila concluye de este modo:
—«¿Ves, maldita caterva impertinente,
Que entre tanto viviente
De uno y otro elemento,
Pues nadie está contento,
No se encuentra feliz ningún destino?
¿Pues para qué envidiar el del vecino[375]?»
Con solo este discurso
Aun el bruto mayor de aquel concurso
Se dió por convencido.
De modo que es sabido
Que ya sólo se matan los humanos
En[376] envidiar la suerte á sus hermanos.
FÁBULA XI
La Paloma.
Una paloma sedienta[377]:
Tiróse á él tan violenta,
Que contra la tabla dió:
Del golpe al suelo cayó,
Y allí muere de contado.
De su apetito guiado.
Por no consultar al juicio,
Así vuela al precipicio
El hombre desenfrenado.
FÁBULA XII
El Chivo afeitado.
Si aciertas, Juana hermosa,
Cuál es el animal más presumido,
Que rabia por hacerse distinguido
Entre sus semejantes,
Te he de regalar un par de guantes.
No es el pavón[378], ni el gallo,
Ni el león, ni el caballo,
Y así no me fatigues con demandas.—
¿Será tal vez... el mono?—Cerca le andas.—
¿El mico?—Que te quemas:
Pero no acertarás; no, no lo temas:
Déjalo, no te canses el caletre
Yo te diré cuál es: el Petimetre[379].
Este vano orgulloso
Pierde tiempo, doblones y reposo
En hacer distinguida su figura.
No para en los adornos su locura:
Hace estudio de gestos y de acciones
Á costa de violentas contorsiones.
De perfumes va siempre prevenido:
No quiere oler á hombre ni en descuido[380].
Que mire, marche ó hable,
En todo busca hacerse remarcable.[381]
Y ¿qué consigue? Lo que todo necio:
Cuanto más se distingue, más desprecio.
En la historia siguiente yo me fundo:
Un Chivo, como muchos en el mundo,
Vano extremadamente,
Se miraba al espejo de una fuente.
—«¡Qué lástima, decía,
Que esté mi juventud y lozanía
Por siempre disfrazada
Debajo de esta barba tan poblada!
Y ¿cuándo? cuando en todas las naciones
No tienen ni aun bigotes los varones;
Pues ya cuentan que son los moscovitas[382],
Si barbones ayer, hoy señoritas.
¡Qué cabrunos estilos tan groseros!
Á bien que estoy en tierra de barberos.»—
La historia fué en Tetuán, y todo el día
La barberil guitarra se sentía.
El Chivo fué guiado de su tono[383]
Á la tienda de un mono,
Barberillo afamado,
Que afeitó al señorito de contado.
Sale barbilampiño[384] á la campaña;
Al ver una figura tan extraña,
No hubo perro ni gato
Que no le hiciera burla al mentecato.
Los chivos le desprecian, de manera
Que no hay más que decir (¡quién lo creyera!)
Un respetable Macho
Dicen que se rió como un muchacho.
LIBRO OCTAVO
FÁBULA PRIMERA
El Naufragio de Simónides.
Á ELISA
Cercadas de galanes seductores,
Escuchan placenteras
En la escuela de Venus los amores;
Elisa, retirada te contemplo
De la diosa Minerva al sacro templo[385].
Ni eres menos donosa,
Ni menos agraciada,
Que Clori, ponderada
De gentil y de hermosa;
Pues, Elisa divina, ¿por qué quieres
Huir en tu retiro los placeres?
¡Oh sabia, qué bien haces
En estimar en poco la hermosura,
Los placeres fugaces,
El bien que sólo dura
Como rosa que el ábrego marchita!
Tu prudencia infinita
Busca el sólido bien y permanente
En la virtud y ciencia solamente.
Cuando el tiempo implacable, con presteza,
Ó los males tal vez inopinados,
Se lleven la hermosura y gentileza,
Con lágrimas estériles llorados
Serán aquellos días que se fueron,
Y á juegos vanos tus amigas dieron;
Pero á tu bien[386] estable
No hay tiempo ni accidente que consuma:
Siempre serás feliz, siempre estimable.
Eres sabia, y en suma
Este bien de la ciencia no perece:
Oye cómo esta fábula lo explica,
Que mi respeto á tu virtud dedica.
Simónides en Asia se enriquece
Cantando á justo precio los loores
De algunos generosos vencedores.
Este sabio poeta, con deseo
De volver á su amada patria, Ceo,
Se embarca, y en la mar embravecida
Fué la mísera nave sumergida.
De la gente á las ondas arrojada
Sale quien diestro nada;
Y el que nadar no sabe,
Fluctúa en las reliquias[387] de la nave.
Pocos llegan á tierra afortunados
Con las náufragas tablas abrazados.
Todos cuantos el oro recogieron,
Con el peso abrumados perecieron.
Á Clezémone van: allí vivía
Un varón literato, que leía
Las obras de Simónides, de suerte
Que, al conversar los náufragos, advierte
Que Simónides habla, y en su estilo
Le conoce, le presta todo asilo[388],
De vestidos, criados y dineros;
Pero á sus compañeros
Les quedó solamente por sufragio
Mendigar con la tabla del naufragio.
FÁBULA II
El Filósofo y la Pulga.
Un pensador Filósofo, decía:
«—El jardín adornado de mil flores,
Y diferentes árboles mayores,
Con su fruta sabrosa enriquecidos,
Tal vez entretejidos
Con la frondosa vid que se derrama
Por una y otra rama,
Mostrando á todos lados
Las peras y racimos desgajados,
Es cosa destinada solamente
Para que la disfruten libremente
La oruga, el caracol, la mariposa:
No se persuaden ellos otra cosa.
Los pájaros sin cuento,
Burlándose del viento,
Por los aires sin dueño van girando.
El milano cazando
Saca la consecuencia:
Para mí los crió la Providencia.
El cangrejo, en la playa envanecido,
Mira los anchos mares, persuadido[389]
Á que las olas tienen por empleo
Sólo satisfacerle su deseo;
Pues cree que van y vienen tantas veces
Por dejarle en la orilla ciertos peces.
No hay, prosigue el Filósofo profundo,
Animal sin orgullo en este mundo:
El hombre solamente
Puede en esto alabarse justamente.
Cuando yo me contemplo colocado
En la cima de un risco agigantado,
Imagino que sirve á mi persona
Todo el cóncavo cielo de corona.
Veo á mis pies los mares espaciosos,
Y los bosques umbrosos
Poblados de animales diferentes:
Las escamosas gentes[390],
Los brutos, y las fieras
Y las aves ligeras,
Y cuanto tiene aliento
En la tierra, en el agua y en el viento;
Y digo finalmente: todo es mío;
¡Oh grandeza del hombre y poderío!»
Una Pulga que oyó con gran cachaza
Al Filósofo maza[391]
Dijo:—Cuando me miro en tus narices,
Como tú sobre el risco que nos dices,
Y contemplo á mis pies aquel instante[392]
Nada menos que al hombre dominante,
Que manda en cuanto encierra
El agua, viento y tierra,
Y que el tal poderoso caballero
De alimento me sirve cuando quiero,
Concluyo finalmente: todo es mío;
¡Oh grandeza de Pulga y poderío!
Así dijo, y saltando, se le ausenta[393].
De este modo se afrenta
Aun al más poderoso,
Cuando se muestra vano y orgulloso.
FÁBULA III
El Cazador y los Conejos.
Sus cabellos en hebras
El rubicundo Apolo[394]
Por la faz de la tierra,
De cazador armado
Al soto Fabio llega.
Por el nudoso tronco
De cierta encina vieja
Sube, para ocultarse
En las ramas espesas.
Los incautos Conejos
Alegres se le acercan:
Uno del verde prado
Igualaba la hierba;
Otro, cual jardinero,
Las florecillas riega:
El tomillo y romero
Éste y aquél cercenan.
Entre tanto, al más gordo
Fabio su tiro asesta:
Dispara, y al estruendo
Se meten en sus cuevas[395]
Tan repentinamente,
Que á muchos pareciera
Que, salvo el muerto, á todos
Se los tragó la tierra.
¿Después de tal espanto
Habrá alguno que crea
Que de allí á poco rato
La tímida caterva,
Olvidando el peligro,
Al riesgo se presenta?
Cosa extraña parece,
Mas no se admiren de ella:
¿Acaso los humanos
Obran de otra manera?
FÁBULA IV
El Filósofo y el Faisán.
Del cántico variado y delicioso,
Que en un bosque frondoso
Las aves forman saludando al día,
Entró cierta mañana
Un Sabio en los dominios de Diana.
Sus pasos esparcieron el espanto
En la agradable estancia:
Interrúmpese el canto;
Las aves vuelan á mayor distancia;
Todos los animales, asustados,
Huyen delante de él precipitados;
Y el Filósofo queda
Con un triste silencio en la arboleda.
Marcha con cauto paso ocultamente,
Descubre sobre un árbol eminente
Á un Faisán rodeado de su cría,
Que con amor materno la[396] decía:
—Hijos míos, pues ya que en mis lecciones
Largamente os hablé de los milanos,
De los buitres y halcones,
Hoy hemos de tratar de los humanos.
La oveja en leche y lana
Da abrigo y alimento
Para la raza humana;
Y en agradecimiento
Á tan gran bienhechora,
La mata el hombre mismo y la devora.
A la abeja, que labra sus panales
Artificiosamente,
La[397] roba, come, vende sus caudales,
Y la[398] mata en ejércitos su gente.
¿Qué recompensa en suma
Consigue al fin el ganso miserable
Por el precioso bien incomparable
De ayudar á las ciencias con su pluma[399]?
Le da muerte temprana el hombre ingrato
Y hace de su cadáver un gran plato.
Y pues que los humanos son peores
Que milanos y azores,
Y que toda perversa criatura,
Huiréis con horror de su figura.—
Así charló[400], y el hombre se presenta.
—Ése es, grita la madre; y al instante
La familia volante
Se desprende del árbol y se ausenta.
¡Oh cómo habló el Faisán! ¡Mas, que dijera,
El filósofo exclama, si supiera
Que en sus propios hermanos
La ingratitud ejercen los humanos!