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I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú. cover

I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú.

Chapter 13: § I
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About This Book

El texto examina el origen del hombre y de las civilizaciones indígenas de la región empezando por comparar teorías cosmogónicas que explican la formación del globo y su atmósfera. Describe la composición atmosférica y el enfriamiento terrestre, expone las principales edades geológicas y sus estratos, relacionando fósiles y cambios climáticos con la aparición de vegetación y fauna. Presenta evidencias geológicas y arqueológicas que sitúan la presencia humana desde períodos antiguos, y dedica secciones a las raíces y desarrollo de las poblaciones indígenas locales, incluyendo referencias a anticipaciones clásicas sobre mundos occidentales.

ABIPONES, del Río de la Plata, junto al Paraná, en la Argentina.

ACHAGUAS, de los ríos Guachira y Casahuara, en Colombia.

AGACES, del río Paraguay, en la Argentina.

ALLENTIACS, de las cordilleras de Cuyo del Collingast y de las provincias de San Juan y Mendoza, en la Argentina.

AMARIZANOS, del río Casanare, en Venezuela.

ANDOQUIS, del territorio de Mocoa, bañado por los ríos Caquetá y Putumayo, en Colombia.

ANGAMARCAS, del río San Felipe, en el Ecuador.

APIACAS, de la cuenca del río Ainos, en el Brasil.

AQUILOTAS, del río Bermejo, en el Paraguay.

ARAUCANOS, del territorio situado entre los ríos Bío-Bío y Valdivia y entre los Andes y el Pacífico: es familia cuyas tribus componen una especie de confederación con los Puelches y Pehuenches, que no reconocen ningún jefe, pues todos los negocios se deciden en un Consejo compuesto de los hombres más ancianos de cada tribu. Son los únicos indios de la América Meridional que, hasta ahora, han conservado su independencia como Estado, pues ni los españoles, durante el coloniaje, por más esfuerzos que hicieron para dominarlos, ni los chilenos, con los que colindan, han podido ni pueden sojuzgarlos.

ARROWANKS, del río Surinam, en la Guayana holandesa.

ARUACAS, de la Sierra Nevada de Santa Marta y de los ríos Jalambó y Nulpe, en Colombia.

ATACAMAS ó CUNZAS, de la región hidrográfica del Gran Salar, en el desierto de Atacama, en Bolivia.

ATACAMES, de los ríos Esmeraldas y Mir, en el Ecuador.

AZUEROS, de la península de su nombre, hasta el golfo de Parita, en el Istmo de Panamá.

BARBACOAS, de la embocadura de los ríos Telembí y Patía, en Colombia: con los Telembís y los Iscuandés componían una república gobernada por Régulos, que eran nueve ancianos que constituían una especie de Senado.

BETOYAS, de las faldas de los Nevados de Chita, en Colombia.

BONDAS, de las comarcas de Santa Marta, en Colombia.

BORRORES, de la provincia de Matto-Grosso, en el Brasil.

BOTOCUDOS, de las montañas de Minas-Geraes, en el Brasil.

BRACAMOROS, del río Chichipa y sus afluentes y en las selvas de Jaen, en el Ecuador.

CALCHAQUIS, del río Salado, de la región del Tucumán, en la Argentina.

CALOTOS, de las comarcas de Popayán, en Colombia.

CALLAGUAYOS ó JUNQUENOS, de la provincia de Muñecas, en Bolivia: en tiempo del Imperio Incáico, fueron designados para contraerse á la curación de las enfermedades, pues tenían profundo conocimiento de las propiedades de las plantas y hierbas: hoy mismo son los únicos indígenas curanderos que recorren todos los ámbitos de la América del Sur, con sus cargas de vegetales al hombro.

CAÑARIS, de los ríos Pauta y Naranjal, en el Ecuador.

CARACARÁS, del río Paraná, en la Argentina.

CARANQUIS, de las comarcas bañadas por los ríos Angel, Pisco, Tahuando, en el Ecuador.

CARES ó CARIOS, de los ríos Tosagua y Chono, en el Ecuador.

CARIBES ó CANÍBALES, de las Antillas Menores y costas de la América del Sur, desde Cabo de la Vela hasta la embocadura del Surinam, en la Guayana.

CAUCAÚS, del Estrecho de Magallanes.

CAUQUENAS, del río Maule, en Chile.

CAUXICUNAS, de la embocadura del río Tocantin, en el Brasil.

CAYAMPAS, de la falda del Nevado Cayambi, en el Ecuador.

CAYAPÚS, de la provincia de Goyas, en el Brasil.

CAYMANOS, del río de su nombre, que desagüa en el Darién, en el Istmo de Panamá.

CAYUBABAS, de los ríos Mamoré y Jamaná, en Bolivia.

COFANES, de las comarcas de Quito, en las cabeceras del río Aguarico, en el Ecuador.

COPIAPOS, de la provincia de su nombre, en Chile.

COQUIMBOS, de las islas Coquimbanas, en Chile.

COMECHINGONAS, de la comarca de Córdoba del Tucumán, en la Argentina.

CUMÁNAGOTOS, de la provincia de Cumaná, en Venezuela.

CUNAS ó CUNACUNAS, del río Chagres hasta la bahía del Chocó, en el Istmo de Panamá.

CUNCOS ó CUNCHOS, del canal de Chiloé y archipiélago de los Chonos, en Chile.

CHAYMAS, de los llanos y montañas de Colombia.

CHARCAS, de la comarca de Chuquisaca, en Bolivia.

CHARRÚAS, de la comarca comprendida desde Maldonado hasta cerca de la boca del río Uruguay y de los ríos Negro é Ibicuy, en la Argentina.

CHAYMAS, de los ríos Guarapiche y Colorado, en Venezuela.

CHIBCHAS ó MUYSCAS, de toda la extensión comprendida por las sabanas de Bogotá, Zipaquirá, Ubabé y los valles de Fusagusagú, Caquetá, Pacho y Tunza, inclusive las circunscripciones de Guatavitá, Tunja, Tundama y Sogomoso, de Colombia. La familia Chibcha estaba dividida en dos monarquías: la nación de los Zaques y la de los Zipas. Después de México y el Perú, la nación de los Chibchas fué la tercera en civilización americana.

CHIMBOS ó CHIMBORAZOS, de la cordillera occidental de los Andes del Ecuador.

CHIQUITOS, de la región de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia: esta familia comprendía la tribu de los Chiquitos propiamente dichos y las de los Samucas, Sarabecas, Otoquis, Curuminacas, Cobarecas, Tupis, Paiconecas y Corobecas.

CHIRICOAS, del río Capanapuro, en Venezuela.

CHIRIGUANOS ó CUMBAS, de la cuenca de los ríos Guapay y Parapati, y de los ríos Pilcomayo y Bermejo, en el Chaco boliviano.

CHIRIQUÍS, de la Serranía de las Cruces, en el Istmo de Panamá.

CHOLOS ó CHOCOS, del Darien del Sud, en el Istmo de Panamá.

CHONGONES, de la ensenada de Charapoto hasta Chongón, en el Ecuador.

CHONOS, del archipiélago de su nombre, en Chile.

CHUCHUMAQUES, del río de su nombre, en el Istmo de Panamá.

CHUMULAS, de la laguna de Chiriquí, en el Istmo de Panamá.

CHUNCHOS, del río Anarumaya ó Madre de Dios, en Bolivia.

FUEGUINOS, del archipiélago que está separado por el Estrecho de Magallanes, entre los Océanos Atlántico y Pacífico australes.

GALIBIS, de los ríos Sinnamary, Iracoubo, Organabo y Mana, de la Guayana francesa.

GOAGIRAS, de la península de su nombre, entre el golfo de Maracaibo y el Mar de las Antillas, en Venezuela.

GUACHICOS, del río Tacuari, en el Paraguay.

GUAHIBOS, errantes sobre los ríos Vechado y Meta, en Venezuela.

GUANAS, de la comarca de Chuquisaca, en Bolivia.

GUAQUERIS ó GUARUNAS, de la comarca de Cumaná, en Colombia, é Isla Margarita, en Venezuela.

GUARANIS ó TUPIS, de la inmensa región que abraza los límites de los territorios del Brasil, Uruguay, Río de La Plata y Paraguay: algunas parcialidades se extienden hasta las Guayanas y el Mar de las Antillas: consta esta familia de los Guaranís propiamente dichos y de los Botocudos, estos últimos del Brasil.

GUARAÚNAS, del río Guarapiche, en Venezuela.

GUARAYOS, del río Mamoré, en Bolivia.

GUASARAPAS, del río de su mismo nombre, en el Paraguay.

GUAYCURUS, de la comarca de Matto-Grosso, en el Brasil.

HAMBATOS, del río de su mismo nombre y del de San Fernando, en el Ecuador.

HATUNTAQUIS, de los ríos Peguche y Blanco, en el Ecuador.

HUAMBOYAS, de la Cordillera de Cubillín, en el Ecuador.

HUANCAVILCAS, de la ensenada de Charapoto hasta Chongón ó Punta de Santa Elena, en el Ecuador: los Huancavilcas formaban una confederación compuesta de quince tribus, cada una con su respectivo Cacique.

HUILLICHES, del territorio que separa el río Valdivia del archipiélago de Chiloé, en Chile.

INGANAS, de la comarca de Mocoa, en Colombia.

ITONAMAS, de los ríos Nonama y Machupe, en Bolivia.

LACHAS, de las comarcas de San Juan de los Llanos y de Tunja, en Colombia.

LAPUNÁS, de la Isla Puná del golfo de Guayaquil, en el Ecuador.

LECOS, de los bosques de Caupolicán, en Bolivia.

LULÉS, de los ríos Salado y Tibibiri, en la Argentina.

LUPACAS, de la altiplanicie de los Andes de Bolivia.

MACARINAS, de los ríos Beni y Tumapasa, en Bolivia.

MACAS, de los ríos Ulpano y Mauguasua, en el Ecuador.

MACURITARES, del río Ventuari y sus tributarios, en Venezuela.

MACHICUYS, del río Paraguay, en la Argentina.

MACKUERANDAS, del río Paraná, en la Argentina.

MALBALÉS, del Río Grande, en la Argentina.

MANAOS, de la Guayana portuguesa.

MANDRACOS, del río Amazonas ó Solimoes, en el Brasil.

MANTAS, de la Punta de Santa Elena hasta la ensenada de Charapoto, en el Ecuador.

MAPOCHOS, del río de su nombre, en Chile.

MARCANIS, de los ríos Beni y Tuanapasa, en Bolivia.

MATAGUAYOS, del río Pilcomayo, en la Argentina.

MAYAS, del Estado de Yucatán, en México.

MAYNAS, del río Amazonas ó Solimoes, en el Brasil.

MAXURUNAS, de las selvas de Tabatinga, en el Brasil.

MAYPUROS, del Alto Orinoco y de los ríos Atabapo y Negro, en Colombia.

MBAYAS, de las pampas del Paraguay.

MEPENES, del río Paraná, en la Argentina.

MIRANHEROS, de los bosques bañados por el Yapurá, en el Brasil.

MOBIMAS, del río Beni y comarca de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia.

MOCOBIS, del río Paraná, en la Argentina.

MOCHAS, del río Pachaulica y sus afluentes, en el Ecuador.

MOLUCHES, de la comarca de Valdivia, en Chile.

MOSETENES, de los ríos Beni y Mamoré, en Bolivia.

MOTILONES, de los ríos Muchiche y San Faustino, hasta el valle de Cuenca, en Colombia.

MOXOS, de los ríos Mamoré y Mashupo, en Bolivia.

MUZOS, del río Apoparis, al Sud de Popayán, en el Cauca, en Colombia.

OMAGUAS ó ENAGUAS, del río Napo, en el Ecuador.

ONÁS, de la parte septentrional de la Isla Southland, en la Tierra del Fuego.

OTÁVALOS, de los ríos Peguche y Blanco, en el Ecuador.

OTOMACOS, de la región que se extiende desde el Casanare hasta el Orinoco, en Colombia.

PACAMOROS, del río Chichipa, en el Ecuador.

PALTAS, de los ríos Colán y Amarillo, en el Ecuador.

PAMPAS, de las extensas pampas de la provincia del Río de La Plata, en la Argentina.

PANAS, de la Cordillera de los Andes, en Bolivia.

PANCHES, del río Magdalena, en Colombia.

PATACHES, de la comarca de Minas-Geraes, en el Brasil.

PATAGONES, del territorio austral de la Patagonia.

PAYAGUAS, de la comarca de la Asunción y del río Paraguay hasta su unión con el Paraná, en el Paraguay.

PEHUENCHES, de la región de los Andes de la Araucanía y Patagonia.

PIJAOS, de las serranías de Barragán, en Colombia.

PINAMPIRAS, del río Pisco, en el Ecuador.

PROMAUCAS, del río Maule, en Chile.

PUELCHES, de los valles de la Cordillera de Chile.

PURACATIS, del país de Piagui, en Colombia.

PURIS, del río Paraiba, en el Brasil.

PURUHUAS, del río Chambó hasta el Nevado de Tungurahua, en el Ecuador.

QUERANDIS, del río Paraná, en el Brasil.

QUITUS, de la Cordillera occidental del Ecuador, hasta Quito: su gobierno era una especie de confederación establecida entre los Quitus y las tribus de los Imbayas, Latacungas, Puruhuas y Cañares.

SALIVAS ó CABORÉS, de los ríos Guaviare y Meta, en Colombia.

SARABECAS, del río Itenes, en Bolivia.

SUCUMBIOS, del río San Miguel, en el Ecuador.

TABOGAS ó URABÉS, del archipiélago de las Perlas, en el Istmo de Panamá.

TAIRES, de la Guayana holandesa.

TAYRONAS, del valle de Santa Marta, en Colombia.

TEHUELCHES, del territorio comprendido entre el Río Negro y el Río Colorado, de la Isla de Tehuel, al Oriente de la Patagonia.

TICUNAS, del río Madera, en Bolivia.

TIJANAS, de los ríos Chambó y Paute, en el Ecuador.

TIMBIRAS, de los espesos bosques situados entre el Río dos Balsas y el Itapiraras, en el Brasil, bosques que todavía, se dice, no ha podido penetrar en ellos ningún blanco.

TIMBOS, del Río de La Plata, en la Argentina.

TIPUNABAS, del territorio situado entre los ríos Muny y el Pará, en el Brasil.

TOBAS, del río Pilcomayo, en el Chaco argentino.

TONOCOTÉS, del lago cerca del río Bermejo, en el Paraguay.

TUCUMANOS, de la comarca de su propio nombre, en la Argentina.

TUMEBAS, de los Nevados de Chita y Guicán, en Colombia.

TUMUPASAS, de los ríos Apolobamba y Beni, en Bolivia.

TUPIS, de las provincias orientales del Brasil: son oriundos de ese Estado.

USAQUES, de las provincias de Guatavita, Guasca, Zipaquirá, Ebaté, Sutagasugá y Ebaqué, en Colombia.

WARRANS, del río Masaroni, en la Guayana inglesa.

XARAYAS, del río Paraguay, en la Argentina.

YAGUARZONGAS, del río Zamora y sus afluentes, en el Ecuador.

YAHGANS, del Canal Beagle hasta el Cabo de Hornos, en la Tierra del Fuego.

YAMEOS, del río Yavarí, que desemboca en el Marañón.

YAROS, del río Uruguay, en el Uruguay.

YARURAS, del río Casanare, en Colombia.

YARACARAS, de la Cordillera de los Andes de Bolivia.

YURIS, del río Marañón.

ZAMUCAS, del Chaco paraguayo.

ZARZAS, de los ríos Guacamaná, Colán y Amarillo, en el Ecuador.

ZURÍES, de la Serranía de las Cruces, en el Istmo de Panamá.

Y muchas otras tribus inferiores á las citadas.

Además, en la América Meridional, existían y existen todavía un sinnúmero de tribus salvajes, cuyos territorios no están aún explorados, como las que habitan el Gran Chaco, que contiene gran número de familias distintas, todas por clasificarse; las de las comarcas del caudaloso Marañón y sus tributarios, que cuentan con muchas familias nómades; las de la región del gran río Amazonas, donde viven también gran número de indianos de diferentes familias; las de las selvas del Orinoco y sus afluentes, en que se alberga un regular número de indígenas; y las de la Araucanía, Patagonia y Tierra del Fuego.

Todas estas parcialidades indígenas ofrecían desde la conquista, diversas especies y modificaciones de gobierno, desde el despotismo paternal de los Incas, hasta la más absoluta independencia, donde cada individuo sólo dependía de sí mismo. El mayor número de esas parcialidades aborígenes estaban sumidas en la mayor ignorancia y vegetaban en el estado más netamente selvático, y, aún hoy día, algunas son refactarias á los progresos de la civilización del siglo actual.

Los españoles, digámoslo con franqueza, han sido más humanitarios que los anglo-americanos, pues en lugar de exterminar á los indios de sus colonias, como lo hicieron los ingleses y los yankees, los catequizaron é instruyeron en los preceptos de la religión cristiana. Sin embargo, los castellanos no dejaron de tener gran parte de culpa en la disminución de la población indígena de sus colonias, porque si bien no los cazaron á balazos, como á fieras, al igual que los sajones, en los extensos dominios que les quitaron á viva fuerza, no dejaron esos mismos castellanos de causar la muerte de gran número de los indios que habían subyugado, empleando, para ello, otros medios proditorios. En efecto, desde el principio de la conquista, los españoles llevaron á la raza indígena al sacrificio, obligándola á tomar las armas en las guerras civiles que entre ellos mismos sostenían, y aún en sus luchas en las tribus que pretendían someter. Consideraban á esos indios como esclavos, condenándolos á trabajos forzados y abrumadores en los obrajes y en las minas, é infiriéndoles maltratos inhumanos; pero no fué esto todo: los agobiaron con tributos, mitas y fuertes cargos; los emplearon como acémilas en las expediciones de la conquista de nuevos países; y, en fin, les fomentaron el vicio de las bebidas alcohólicas, para embrutecerlos. Las epidemias de la viruela, sarampión y otras enfermedades, desconocidas para ellos antes, diezmáronlos también, de tal manera, que en muchas ocasiones hubieron de desaparecer tribus enteras. Con causas de abatimiento y de despoblación todas las expuestas, contribuyeron á la degeneración de la raza indígena en proporcionalidad tan monstruosa, que de 20.000,000 de indios de ambos sexos que poblaban el Continente sometido á la férula de los españoles, de esa primitiva, enorme cifra, al finalizar el Coloniaje, apenas se contaban 4.000,000.

Entremos en materia.

§ I

Al realizarse el descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón, en 1492, este gran Continente se hallaba poblado, como hemos dicho, por sinnúmero de tribus, unas bárbaras, otras semi-salvajes, y varias completamente salvajes, esparcidas en toda su estensión. Algunas de estas tribus eran (y pocas son todavía) de antropófagos, pues se comen la carne de sus enemigos para satisfacer el repugnante placer de la venganza.

La diversidad de tipos, costumbres, trajes, vida, cultura é idiomas de estas tribus indianas (que sería muy difícil de caracterizar de una manera absoluta, pues que no ofrecen ningún carácter general), induce á creer que los primeros pobladores de América[43] son originarios de naciones diversas que habían llegado á este Hemisferio en distintas épocas lejanas; pero no solamente lo manifiesta así la variedad de razas, hábitos y lenguas, sino también las tradiciones que se conservan, de haber habido invasiones sucesivas á este Continente, después del Diluvio Universal.

No obstante, apesar de los importantes datos suministrados por los hombres científicos que han hecho un profundo estudio sobre el origen de los indios de América, esta cuestión no está aún dilucidada ni definida, conservándose tan sólo á este respecto algunas noticias vagas y no muy exactas, ó tradiciones que han venido trasmitiendo de generación en generación.

Una de las teorías más extravagantes y quiméricas de algunos autores, entre ellos Isaac de La Peyrère en su obra Prædamitas, y Tomás Burnet en su libro Telluris theoria sacra, fué la de asentar con toda gravedad, que los habitantes de América no descendían de la especie humana, sino que, por sus rasgos particulares, pertenecían á una raza distinta, á la de los irracionales, negándoles en lo absoluto el título de hombres; siendo necesario que un breve pontificio los declarase de la misma especie que los demás que forman el Género Humano, reconociéndolos, por consiguiente, aptos para recibir el bautismo[44].

Aún algunos otros autores, entre ellos Avicena, en su tratado De Conglutinatione, han caído en el absurdo de decir, que los primeros pobladores de América se engendrarían de alguna putrefacción, ayudada del calor del Sol, á semejanza de los animales llamados imperfectos ó insectos, como moscas, gusanos, ranas y otros de este género.

Otros autores han pretendido que los indios descienden directamente de la familia de Noé, salvada del Diluvio Universal, y consideran á las tribus groseras y salvajes, dispersas sobre el Continente americano, como la raza más antigua de hombres que existe sobre la Tierra. A este respecto, el docto abate Lorenzo Hervas y Panduro, en el tomo I, pág. 113 de su Catálogo de lenguas de las naciones conocidas, opina que "la sola observación de no hallarse palabras de los idiomas europeos, asiáticos y africanos, en las lenguas americanas, basta para que se conozca claramente que las naciones de estas últimas comarcas, sin mezclarse ni tratar con las de otros Continentes, pasaron á América prontamente, al suceder la dispersión del linaje humano, después de la confusión de las lenguas en Babel"[45].

Algunos escritores han supuesto que en los tiempos heróicos, los Judíos, los Cananeos, los Cartagineses, los Fenicios, los Troyanos, los Griegos, los Egipcios y los Escitas, habían desembarcado á las playas americanas, fundándose en ciertas analogías que se han notado entre aquellas diversas razas y las de América.

Asímismo, varios otros autores han asentado que las primeras inmigraciones al Nuevo Mundo habían venido de la Atlántida, grande isla que, se dice, existió en tiempos remotos entre el Africa y la América, y que fué sumergida en el Océano Atlántico por un gran cataclismo.

Y aún no faltan autores que han querido probar que los originarios de América descienden de los Iberos del tiempo de Tubal, nieto de Noé, que había mandado expediciones á las playas americanas.

En fin, hay un sinnúmero de teorías acerca del origen y la descendencia de los habitantes aborígenes de América; pero todas ellas son hipótesis que carecen de fundamento, porque no descansan en hechos históricos y auténticos que los acrediten.

Sin embargo, parece ser cuestión averiguada, si nos atenemos á las indagaciones perseverantes practicadas por los sabios modernos, que la América antes de su descubrimiento por Colón, fué conocida de los antiguos; tanto porque así lo testifican muchos autores de la antigüedad, cuanto porque las instituciones de los dos grandes imperios americanos, México y Perú, bajo el gobierno de sus respectivos monarcas, conservan el recuerdo de comunicaciones lejanas con el Mundo Antiguo.

Además, las indagaciones de los sabios modernos se basan en inducciones procedentes de la cultura, religión, costumbres, constitución física é idiomas de los pueblos de América, que algunas analogías guardan con otros de Europa, Asia y Africa, como así mismo, en hechos históricos contemporáneos, que han venido á comprobar que, efectivamente, la América fué conocida desde la más remota antigüedad.

Por otro lado, si nos ceñimos á la opinión emitida por doctos y renombrados etnógrafos y etnologistas, es de creer que la América no solamente fué conocida desde muchos siglos antes de la era cristiana, sino habitada desde los tiempos antediluvianos.

Y si nos atenemos á la tradición hebráica, esos habitantes antediluvianos perecerían en la catástrofe del Diluvio Universal, acontecido, según los Setenta Intérpretes, 2242 años después de la Creación, trascurriendo en seguida, se supone, más de cinco siglos hasta que se efectuara nuevamente la repoblación de América, ó sea, más de siglo y medio después de la confusión de las lenguas en Babel, que tuvo lugar 255 años después del Diluvio, es decir, en el año 2497 de la Creación, acontecimiento que originó la dispersión del linaje humano.

Si la repoblación de América ha tenido lugar más de cinco siglos después del Diluvio, es evidente, dicen los etnógrafos, que los nuevos habitantes de este Continente han debido proceder del Antiguo Mundo conocido entonces, sea de Europa, de Asia, de Africa, ó talvez de estos tres Continentes.

Al efecto, vamos á exponer las diversas opiniones de los escritores que se han ocupado del origen de los indios del Nuevo Mundo, en lo que podemos llamar segunda época de América, ó época postdiluviana.

Alejo Vanegas, en el lib. II, cap. XXII de su Enciso in Suma Geographiæ, afirma que los indios de América proceden de Cartagineses, fundándose en la autoridad de Aristóteles, gran filósofo griego, quien en su libro Mirabilibus Auscultationibus, fol. 53, dice: "que unos mercaderes cartagineses navegaron desde las columnas de Hércules, y que al cabo de muchos días de navegación hallaron una isla desierta, que distaba de la costa de Berbería y en la que había toda clase de maderas, y ríos que se podía navegar por ellos, por lo cual acordaron quedarse allí y poblar la isla. Más, habiendo llegado á noticia del Senado de Cartago la susodicha navegación, y temiendo que la fama de las riquezas de aquella tierra llegase á ser conocida por otras naciones, ó temeroso de que muchos de sus conciudadanos, atraídos por la belleza del nuevo país, fugaran de su patria, ordenó que se matase, á su regreso, á todos aquellos que habían ido á poblar aquella isla, y decretó también pena de muerte contra los que en lo sucesivo intentaran dirigirse allí, guiado por el temor de que los colonos sacudieran el yugo cartaginés y perjudicaran al comercio de la metrópoli." Aristóteles, al aludir á la mencionada isla, se refería talvez á la conocida Española ó de Santo Domingo, desde la cual los Cartagineses pasarían después á la de Cuba y á las otras de aquellos parajes, y de allí á la Tierra Firme de América, y sucesivamente á Nombre de Dios, Panamá, México y Perú. Esta opinión ha sido sostenida por algunos otros autores, entre ellos Solórzano, Torquemada, Calancha y el P. Mariana, los que, para probar que los indios americanos son descendientes de Cartagineses, se han apoyado en los siguientes fundamentos: 1o Que éstos, en aquellos tiempos, como los Mexicanos, usaron de pinturas ó geroglíficos en lugar de letras. 2o Que en América existen edificios antiguos de igual arquitectura que los de los Cartagineses, como en Yucatán, Tabasco, Teotilmacán y otras partes de México; Tiahuanacu y Huamanga, en el Perú; edificios todos anteriores á la fundación de los imperios de México y del Perú. 3o Que muchas costumbres de los Americanos eran semejantes á las de los Cartagineses, como los sacrificios de víctimas humanas, la conservación del fuego sagrado, la veneración de las fuentes y ríos, el vestirse de pieles y plumas, el uso de sortijas en las orejas, el de envenenar las puntas de las flechas con que combatían, y muchas otras costumbres y ceremonias, idénticas entre Cartagineses y Americanos. Alejo Vanegas, para sustentar su opinión y darle más fuerza, se funda también en la autoridad de varios otros autores antiguos, como Hornio, Pausanias, Plinio, Estrabón, Vossio, Ariano y Layet, los que citan varias largas navegaciones efectuadas por los Cartagineses en tiempos remotos, siendo una de ellas la que emprendió el almirante Hannón, que navegó desde Gibraltar, costeando la mar, hasta lo último de la Arabia, y pasando dos veces debajo de la línea del Ecuador, bordeando así las costas del Continente americano.

Onffroy de Torón, que ha hecho pacientes é interesantes investigaciones sobre los primeros habitantes de América, dice, también, en su selecta obra Antigüedad de la navegación por el Océano, que "es evidente el aserto de que los Cartagineses fundaron colonias en América."

Gilberto Genebrardo, en el lib. I de su Chronologia, pág. 162, asevera que: "En la isla de San Miguel, una de las del archipiélago de los Azores, se hallaron sepulcros debajo de tierra con letras hebreas muy antiguas;" á lo que agrega, y con él algunos historiadores posteriores, que "los Americanos proceden de los Hebreos de las diez tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, rey de Asiria[46], los que se dirigieron primero á la China y de allí, por mar, á las costas de otro Continente, por el estrecho que separa la China del reino de Annián, pasando en seguida al reino de Quivirá, y poblando así México, Panamá, Perú é islas de Barlovento ó Hespérides." Los autores que sostienen ese parecer se fundan en el pasaje del cap. XIII, vers. 4 á 49 del lib. IV de Esdras ó de los Reyes[47], que al hablar de las tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, dice: "Ellas tuvieron entre sí el acuerdo y determinación de dejar la multitud de los gentiles y de pasarse á otra región más apartada, donde nunca habitó el Género Humano, para guardar siquiera allí su ley, la cual no habían guardado en su tierra;" de cuyas palabras coligen algunos autores antiguos, como Plaucio, en su Mapa Mundi, Alangren, en su Globo, y Hornio, en su Origen de los Americanos, que estas diez tribus hicieron el viaje por el derrotero indicado y fueron á poblar la América. También esos mismos autores se fundan en la semejanza del carácter y costumbres de los Hebreos é Indios, pues tanto los unos como los otros, dicen, son inconstantes, desleales, ingratos, tímidos, medrosos, incrédulos, supersticiosos y poco caritativos; las costumbres de los unos, agregan, de enterrarse en los montes, sacrificar niños á sus dioses é ídolos, abstenerse de comer carne de puerco, untarse de aceites aromáticos, celebrar ciertas fiestas y observar algunas leyes, son idénticas á las de los otros; y, por fin, algunos vocablos son iguales, tanto en la lengua hebrea como en algunas de los indígenas.

A esto agrega el P. Hennequin, en su Descripción de la Luisiana (París, 1688): "No se puede dudar que los indios son originarios de los Judíos, pues tienen con ellos ciertas analogías, como construir sus cabañas en pabellones, untarse de aceite, creer con superstición en sueños, enterrar sus muertos con horribles lamentaciones, llevar las mujeres el duelo de sus parientes durante un año entero, absteniéndose de danzas y festines, y creer, como los Judíos, que están maldecidos de Dios."

La secta de los Mormones, en los Estados Unidos de Norte América, creen, también, que los aborígenes de América descienden de Hebreos.

Es evidente que las tribus de Cashivos, Sitibos, Piros y Shipibos de las márgenes del Ucayali, practican, como los Judíos, la circuncisión, como también los Salivas, Guaúros, Otomaques y Calchaquis de la América del Sur, y los Mayas de Yucatán.

Diodoro de Sicilia, en su Biblioteca Histórica y Lactancio Firmano, en sus Instituciones divinas, refieren que en el sepulcro de Osiris se encontró un epitafio, en el que se lee que su imperio llegó á los confines de las Indias Oriental y Occidental, de cuyo hecho algunos historiadores posteriores han hecho remontar el origen de los Indios á la fundación del reino de Iberia, en tiempo de Osiris, época que, según alegan, comenzaron á venir á América, por la isla Atlántida, muchos Iberos. Y para apoyar sus opiniones con fundamentos sólidos, dicen que en aquellos tiempos se acostumbraba poner á los lugares de América los nombres de los reyes Iberos, sacando, en consecuencia, que del rey Brigo, cuarto de Iberia, hubieron muchos lugares como Lacobriga, Mirobriga, Volubriga, Augustobriga, Flaviobriga y otros; del rey Gorgor, se puso su nombre á un pueblo cerca de Huancavelica, en el Perú; del rey Hespero, se denominaron las islas Hespérides ó de Barlovento, según lo asevera Ambrosio Calepino en su Thesaurus Lingua Latinam, diciendo: "Las Hespérides se llamaron así, del nombre de Hespero, hermano de Atlante."

Pero el autor que más se empeña en hacer descender los Americanos de la raza ibérica, es el erudito Dr. Diego Andrés Rocha, Oidor de la Real Audiencia de Lima, y autor de un Tratado único y singular del Origen de los Indios del Perú, México, Santa Fe y Chile, quien, después de analizar las opiniones emitidas por varios escritores sobre el origen de los Indios, desarrolla su modo de pensar á este respecto, sosteniendo que los primitivos Iberos, de la época de Osiris, Tubal, Hespero y otros reyes, fueron los primeros habitantes del Continente Americano, fundándose en la analogía de las costumbres de éstos con los Indios de América; en las armas y usos de la guerra de aquellos con éstos; en la concordancia de muchos lugares, ríos, montes y aún vocablos de ambos pueblos, y en la mayor vecindad de la Iberia con la isla Atlántida. Para sostener su teoría, el Dr. Rocha, hace una larga disertación, apelando al testimonio de más de setenta autores, entre antiguos y modernos, de su tiempo, pretendiendo probar con ello que la conclusión que sostiene, de ser los Iberos los primeros que poblaron la América, es la opinión que debe prevalecer.

Otros autores, sin remontarse á una época tan remota como la citada por los anteriores, sostienen, también, que los Españoles, mucho tiempo antes del descubrimiento de Colón, aportaron á las playas de América. Uno de ellos, el Dr. Juan de Solórzano Pereyra, en el tomo I, lib. I, cap. V, No 9 de su Política Indiana, pág. 17, dice: "No quiero pasar en silencio lo que trae Gomara y otros, de los Españoles que, huyendo de la guerra y servidumbre de los Moros, en tiempo del rey Don Rodrigo, se embarcaron en el Océano y aportaron á las provincias de Cozumel y Yucatán; y viviendo y muriendo en ellas, pusieron sobre sus sepulcros, y en otras partes, cruces, que se las enseñaron á reverenciar á los Indios, las cuales se hallaron allí por los nuestros, cuando se descubrieron estas provincias." A lo que agrega el sabio José Eusebio de Llano Zapata, en sus Memorias Histórico-Físicas, Apologéticas de la América Meridional, pág. 520: "Es muy creíble lo que afirman los alegados autores, que huyendo de la opresión de los Moros, aportaron á aquellas tierras; y aunque se dice que la navegación se hizo á Cozumel y Yucatán, que es la parte septentrional de nuestras Indias, hay evidencia más que probable que algunos de los Españoles que allí aportaron, penetraron en las tierras meridionales, hasta la metrópoli del Collao."

Parece ser un hecho innegable, que en los túmulos de Grave-Creek, en Virginia, se ha encontrado una piedra con una inscripción en caracteres alfabéticos, de gran interés etnográfico, que, según Jomard, era ibérica, lo que se presta á creer que los Iberos fueron, quizá, unos de los primeros pobladores de América.

Sin embargo, el P. Román y Zamora, fraile agustino, en sus Repúblicas de Indias, alega que "es otro desatino suponer que los Indios de América son de origen español, sólo por haber algunas analogías entre ciertos vocablos quechuas y otros castellanos.

Algunos otros escritores opinan que los Americanos descienden de los Griegos, fundándose en que habiendo tenido los Atenienses guerra con los Atlantes, tuvieron noticias de las islas Hespérides y de la Tierra Firme de América, y fueron á esas comarcas, siendo los Griegos el pueblo que primero tuvo conocimiento de la navegación después de los nietos de Noé. También apoyan sus opiniones en que en algunos lugares de América, según refiere el P. Fr. Gregorio García, en su Origen de los Indios, pág. 189, se han encontrado inscripciones griegas trazadas en peñas, como cerca de Loja, en el Ecuador, donde hay una piedra alta en la que están esculpidos cuatro renglones, cada uno de vara y media de largo, cuyas letras parecen griegas; cerca de Huamanga, á orillas del río Vinaque, en el Perú, según lo indica Cieza de León, en su Crónica del Perú, cap. LXXXVII, pág. 160, se encontró una loza que tenía ciertas letras parecidas á las griegas; en unos pueblos de la provincia de Chiapa, en México, según el mismo P. García, en su obra citada, pág. 190, existen unos antiguos edificios, en cuyos pilares hay trazadas letras que también parecen griegas. Igualmente, estos autores se fundan en las analogías de ciertos vocablos griegos con los de algunos lugares indígenas, habladas en México, Guatemala y el Perú.

Otros autores conjeturan que los Indios de América son originarios de los Fenicios, fundándose en la opinión de Aristóteles, que en su libro Mirabilibus Auscultationibus, lib. II, cap. IV, dice: "Unos Fenicios navegaron cuatro días hacia el occidente, con el viento oeste, y aportaron á unas islas incultas que estaban en continuo movimiento, subiéndolas y cubriéndolas el mar, dejando en seco gran cantidad de atunes, que comerciaban trayéndolos salados, con ganancia considerable;" islas que se cree sean las del archipiélago de los Azores; opinando algunos que de allí pasaron á las islas Hespérides y después á Tierra Firme de América, viaje, que, según cálculos, efectuaron los Fenicios en la Olimpiada 110, pues al decir de Dionisio Halicarnaso, en su Vita Aristoteles, Aristóteles nació en la Olimpiada 99 de la Creación del Mundo (3670, ó sean, 1293 años antes de J. C.) De este viaje discurren varios autores, entre ellos Juan de Solórzano, en su Política Indiana, lib. I, cap. V, fol. 20, que unos de los primeros pobladores de América fueron Fenicios, fundándose, igualmente, en la semejanza de las costumbres y ceremonias de éstos y de aquellos. Además, invocan dichos autores, en apoyo de su aserto, que á los Fenicios se les atribuye ser los primeros en el arte de la navegación, en dar batallas marítimas, en someter á los pueblos sus vecinos, como dice el historiador judío, Claudio Josefo, en su Autobiographia; el geógrafo prusiano, Felipe Cluvier, en su Universam Geographiam, y el religioso servita, Felipe Ferrari, en su Lexicon Geographiam.

Además, la opinión de los autores citados se funda también en la semejanza de lengua, religión y costumbres de los Fenicios con las de los Indios americanos, pues muchas voces de la lengua fenicia (que es la hebrea antigua y que después fué dialecto de ésta), son iguales en significado que la de los Indios. Los Fenicios, como los Americanos, practicaban, dicen, la circuncisión; y la idolatría de unos y otros en sacrificar niños y mujeres, se observaba en ambas razas, pues, según el P. Cogolludo, en su Historia de Yucatán, lib. IX, cap. 403: "Por singular diré un modo de sacrificar que tienen (los de Yucatán) semejante al que se hacía al ídolo Moloch (de los Fenicios), que siendo de bronce ó metal, de hechura de un hombre hueco y abierto por la espalda, tendidos los brazos, ponían en ellos la miserable víctima racional que sacrificaban, y dándola fuego, quedaba allí abrasada." "¿Quién pudo llevar á Yucatán sacrificio tan particular, añade el P. Fr. Gregorio García, en su Origen de los Indios, lib. IV, parágrafo VII, pág. 236, sino los mismos Fenicios que poblaron á Nueva España?" agregando "que no sólo sacrificaban los enemigos, sino que estos sacrificios eran en tan gran número, que de los sacrificados podía volverse á poblar el Nuevo Mundo."

Posteriormente, el Dr. Amend, en su obra Los Fenicios descubridores de América, para sostener su opinión de ser éstos originarios de los Indios Americanos, dice, también, que las creencias religiosas de los Aztecas guardan una extraordinaria semejanza con las de los Fenicios, pues adoraban un ídolo medio hombre, medio animal, al que ofrecían en abundancia sacrificios humanos, y era análogo al Baal ó Moloch de los Fenicios." Además, agrega este autor, por las tradiciones de los Aztecas sobre su origen y los monumentos pictóricos que han escapado del furor de destrucción de los Españoles, se colije que la civilización primitiva de la América Central procede del Yucatán y de los distritos vecinos. Al efecto, dice, es tradición que mil años antes de la era cristiana, Votán y su pueblo vinieron del oeste en siete embarcaciones; que en la costa americana, desde el Estrecho de Darién hasta California, encontraron habitantes sumidos en la mayor abyección; que Votán hizo cuatro viajes á su país y que en uno de ellos visitó la ciudad de las tres serpientes (Benares, sobre el Ganges) y las ruinas de la Torre de Babel; que después de estos cuatro viajes se estableció en la América Central, fundando allí la ciudad de Palenque, que es la más antigua de América, siendo por consiguiente Votán el primer legislador americano. El Dr. Amend deduce de allí la conformidad entre el arte arquitectónico de los Aztecas y de los Fenicios ó sea el arte egipcio (siendo los Fenicios el único pueblo que en aquellos tiempos pudo residir en Egipto). Empero, los ornamentos arquitectónicos de los monumentos de Centro América y México guardan cierta analogía con los de los Asirios, Persas, Griegos y Egipcios, debido, según opinión del Dr. Amend, á que los Fenicios por su comercio entraron en relaciones con estos pueblos, apropiándose de un gran número de estilos para su arte y arquitectura, y por eso, dice, se hallan, sobre todo en México, donde más claramente se presentan las señales de la civilización fenicia: esas combinaciones de ornamentos empleados por los Fenicios, proceden del arte de aquellos diversos pueblos. Después de estas conjeturas, concluye el Dr. Amend diciendo que los Aztecas (con cuyo nombre designa en general á los habitantes de la América Central y México), son productos de la civilización fenicia, pues cree que los buques de éstos, tanto por su tamaño y construcción, cuanto por su tripulación, eran capaces de emprender tales expediciones, y que las familias transportadas en esos buques eran bastante numerosas para poblar las islas del mar del Sur, así como una parte del Continente americano, para ejercer una influencia entre los abyectos aborígenes del país.

Sobre este mismo punto, el Dr. Pablo Félix Cabrera, de Guatemala, publicó en Londres, en 1822, un Examen Crítico de la Historia de América, en el que afirma que todos los que desde principios del siglo XIX han escrito sobre el origen de los Americanos, deben acusarse de negligentes, por haber pasado en silencio la «Constitución Diocesana del Obispo de Chiapa,» Dr. Francisco de Vega, impresa en Roma, en 1702, en la que este prelado hace referencia á un pequeño tratado histórico escrito en lengua índica por Votán, señor de Tapanahuasec, el que vió la gran casa (probablemente la Torre de Babel), que se elevaba desde la Tierra hasta el Cielo. Según tradición de los Indios, los preciosos documentos de su historia fueron colocados por el mismo Votán en la Casa Lóbrega ó subterránea construida por él, confiando su custodia á una mujer distinguida y á cierto número de indios plebeyos que debían ser designados anualmente á este efecto: sus órdenes fueron respetuosamente observadas durante varios siglos por los habitantes de Tacoaloya, en la provincia de Soconuzco; documentos que fueron destruídos por el Obispo Vega, cuando este prelado hizo su visita episcopal á Tacoaloya, en 1691[48].

En fin, parece haber evidencia que los Fenicios visitaron el Continente del Nuevo Mundo en tiempos remotos, pues el sabio Humboldt refiere que un misionero franciscano encontró en una caverna de la orilla occidental del Cauca, cerca de Uruana, una roca de granito que tenía esculpidos caracteres semejantes al alfabeto fenicio, caracteres que han confirmado, en parte, la probabilidad de que los Fenicios hayan sido unos de los primeros pobladores de esta sección de América.

También en la embocadura del río Tantón, en Massachussetts, se encontró otra roca con caracteres fenicios. En 1873, se halló en el Brasil otra piedra con una inscripción fenicia en ocho renglones, que, según su traducción, inducen á creer que en el reinado de Hiram, una expedición de Fenicios de Sidonia salió del puerto de Aziongabar (hoy Akaba), en el Mar Rojo, la que navegó durante doce meses lunares á lo largo de la costa de Egipto, y que, extraviada de su derrotero por un fuerte temporal, aportó á las costas del Nuevo Continente. Esa piedra con esa inscripción fenicia, es, se dice, una de las más antiguas y la más notable constancia de que los Fenicios ocuparon, primero, las regiones orientales, y pasaron de allí á las regiones occidentales de América.

No han faltado autores entre ellos Kircher, en su Œdipus Ægiptiacus que hayan alegado que los Egipcios sacaron de su tierra numerosas colonias con las que poblaron la China, el Japón y las Indias Occidentales, pues, dicen, eran muy diestros en la navegación y hábiles en las guerras navales: agregan que los indios mexicanos no solamente heredaron sus costumbres, sino que se asemejaban en sus prácticas, observando que la división del tiempo era semejante en unos y otros, pues partían el año en dieziocho meses, cada uno de veinte días ó sean trescientos setenta al año, dejando cinco días fuera de él, que los Mexicanos denominaban Nemontemi y los Egipcios Nisi ó Epagomenos. En las pirámides de ambas razas, dicen también, se reconoce igualmente semejanza, porque si los reyes de Egipto las fabricaban con tanto gusto y solidez, en Teotihuacan de México, existen también algunas que tienen más de sesenta varas de ancho y ciento cincuenta de alto, en cuyas cimas colocaban los Indios las imágenes del Sol y la Luna, junto á las cuales hay otras pequeñas en que se enterraban los caciques; pirámides que, según opinión del insigne cosmógrafo mexicano Carlos de Sigüenza[49], en su obra Mercurius volans et novum Mexicam restauratum præ se ferens, deben haber sido hechas algunos siglos después del Diluvio Universal. Igual semejanza, dicen los mismos autores, se nota entre los laberintos de Tezcuco en México y el de Heracleópolis en Egipto; y también traen á colación la similitud en la superstición é idolatría de unos y otros, pues que ambos adoraban el Sol, la Luna, las estrellas y los animales; como asimismo los dos pueblos usaban la poligamía y creían en la trasmigración de las almas.

Por otro lado, el abate Brasseur de Bourbourg y últimamente Mr. Jorge Meikleyson, afirman que las ruinas de los antiguos monumentos de Yucatán tienen mucha semejanza en su arquitectura con los antiguos monumentos de Egipto, á excepción de los geroglíficos, que en ambos países no guardan ninguna analogía. También, según estos últimos autores, en los idiomas egipcio y mexicano existen ciertas analogías lingüísticas. Empero, nada se puede confirmar al respecto, mientras un futuro Champillión no descubra la llave de los geroglíficos que se ostentaban en las antiquísimas murallas de los monumentos de México y de la América Central. Otros autores opinan, que tanto en los geroglíficos de los monumentos egipcios, cuanto en el antiguo idioma griego, se hallan muchas voces quechuas, como lo confirma el egiptólogo Bunsen en su obra Misión del Egipto en la historia del Mundo, y con él otros sabios, lo que induciría á creer que los Mexicanos fueron descendientes de los Egipcios.