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I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú. cover

I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú.

Chapter 2: PREÁMBULO
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About This Book

El texto examina el origen del hombre y de las civilizaciones indígenas de la región empezando por comparar teorías cosmogónicas que explican la formación del globo y su atmósfera. Describe la composición atmosférica y el enfriamiento terrestre, expone las principales edades geológicas y sus estratos, relacionando fósiles y cambios climáticos con la aparición de vegetación y fauna. Presenta evidencias geológicas y arqueológicas que sitúan la presencia humana desde períodos antiguos, y dedica secciones a las raíces y desarrollo de las poblaciones indígenas locales, incluyendo referencias a anticipaciones clásicas sobre mundos occidentales.

The Project Gutenberg eBook of I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú.

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Title: I. Origen de los indios de América. II. Origen y civilizaciones de los indígenas del Perú.

Author: Carlos Prince

Release date: December 21, 2017 [eBook #56219]
Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Josep Cols Canal, Adrian Mastronardi and the
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK I. ORIGEN DE LOS INDIOS DE AMÉRICA. II. ORIGEN Y CIVILIZACIONES DE LOS INDÍGENAS DEL PERÚ. ***

En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. (la lista de errores corregidos sigue el texto.)

Además de éstos errores, se han corregido algunas palabras en las que se había cambiado la letra 'u' por 'n' o viceversa.

También se han incorporado al texto los errores indicados en 'ERRATAS NOTABLES'.

En las 'ERRATAS NOTABLES' se indica que, página 163, donde dice 'año 711' debe decir 'año 734'. No obstante, el texto original ya dice 'año 734'.

Se han añadido '.' al final de las frases que no lo tenían.

Hay frases entrecomilladas en que faltan las comillas al principio o al final. Se han dejado según el original.

Hay frases entre paréntesis en las que falta el paréntesis inicial o final. Se han dejado según el original.

(nota del transcriptor)

I

ORIGEN DE LOS INDIOS DE AMÉRICA

II

ORIGEN Y CIVILIZACIONES DE LOS INDIGENAS DEL PERÚ

CARLOS PRINCE


I
ORIGEN DE LOS INDIOS
DE AMÉRICA

II
ORIGEN Y CIVILIZACIONES DE LOS INDÍGENAS
DEL PERÚ

LIMA

IMPRESO EN CASA DEL AUTOR

CALLE DE POLVOS AZULES No. 173


1915

 

 

Á MIS HIJAS

Isabel Carolina y Elisa Silvia.


A vosotras, queridas hijas,

os dedico este libro,

en el que hallaréis algo que aprender.

Vuestro padre

Carlos Prince.

Lima, 1º de Enero de 1915.


PREÁMBULO

ORIGEN DEL HOMBRE
§ I

Antes de entrar en materia sobre la antropogenia del Hombre, es oportuno formarse una idea de las causas creadoras ó productoras del Universo, para lo cual precisa exponer algunas hipótesis formuladas por los sabios, siendo las principales la de Mr. Laplace y la de Mr. Faye, que trascribimos en seguida.

El notable y profundo astrónomo y físico Mr. Laplace en su obra Exposition du Monde, establece la teoría de la formación del sistema planetario, y lo resume en los siguientes términos:

"En un principio la materia del Sol y de todos los cuerpos del sistema planetario, estaba difundida y extendida en un estado gaseoso, llenando todo el espacio que ahora ocupan esos cuerpos, y tomando la forma y condiciones de una nebulosa, sometida á un movimiento de rotación. Este movimiento había de producir una condensación de la materia hacia el centro, formándose así un núcleo que es el origen del Sol. Continuando la condensación de la materia, el movimiento de rotación hubo de ser cada vez más rápido, y la nebulosa se aplanó fuertemente por los polos y se extendió en el plano del Ecuador, separándose varias zonas de vapor á diferentes distancias del centro. En estas zonas se formaron núcleos secundarios, que participaban del movimiento general de la nebulosa, y fueron el origen de los planetas, uno de ellos la Tierra. Estos núcleos planetarios se convirtieron así en centro de nebulosas secundarias, separándose de ellos, de la misma manera, la materia que había de formar los satélites. Aislada y separada la nebulosa solar, la materia de la Tierra ocupaba, por su estado gaseoso, un espacio inmenso que se extendía millares de leguas. Pero sometida al mismo movimiento de rotación, después del desprendimiento de la Luna, debió de irse condensando sin cesar, y adquiriendo, cada vez, más pronunciado el carácter luminoso y las demás condiciones que distinguen al Sol. Era entonces la Tierra un astro brillante por sí mismo, en cuyo estado hubo de permanecer el inmenso lapso de tiempo necesario para que, por la condensación constante de la materia, se redujese próximamente á sus dimensiones actuales de 60° que tienen los espacios interplanetarios en que gira; se enfriase lentamente su superficie y perdiese poco á poco su carácter luminoso, hasta quedar completamente apagada por el enfriamiento y solidificación a de una película ténue exterior, quedando su centro en ignición. La Tierra pasó de esta manera á ser un cuerpo opaco, en cuyo estado entra plenamente su estudio en el dominio de la Geología."

Posteriormente el sabio Mr. Faye ha rebatido la teoría de Mr. Laplace, sustituyéndola por otra más en conformidad con los recientes descubrimientos astronómicos, y condensando su opinión al respecto, dice:

"El Universo, en su origen, se reducía á un caos completo, excesivamente enrarecido, constituído por todos los elementos de la química terrestre, más ó menos revueltos y confundidos. Estos materiales, sometidos entonces á sus mútuas atracciones, se hallaban desde un principio animados de movimientos que provocaron su separación en lienzos ó nubes. Estas conservan un movimiento de traslación rápido y revoluciones intestinas extremadamente lentas. Estas miriadas de nubes caóticas han dado nacimiento, por vía de condensación progresiva, á los distintos Mundos que forman el Universo."

Cada uno de estos Mundos tiene su especial y propia atmósfera. El Globo ó la Tierra que habitamos se halla rodeada por dos fluídos sútiles y elásticos: el aire puro ó gas oxígeno y el gas ázoe; siendo ambos fluídos, según el notable geógrafo Malte-Brun: "El inmenso laboratorio exterior de la Naturaleza, que reune los diferentes gases que exhala el Globo, los destila, satura, descompone y volatiliza, ó los condensa y precipita por medio de operaciones y leyes físicas." El aire se compone de 79 partes de gas ázoe, 21 de gas oxígeno, algunas milésimas partes de ácido carbónico y una pequeñísima parte de agua en estado de vapor, que varía con la temperatura de la atmósfera. Entre estos gases, el oxígeno es el indispensable para la respiración; el gas carbónico alimenta los vegetales, que lo absorben, y derrama el oxígeno. La altura de la atmósfera varía en los diferentes climas, siendo menos elevada cuanto más se aproxima á los polos, y más elevada en los climas tropicales, donde suele alcanzar hasta la altura de catorce leguas.

Los geólogos dividen la Creación en cinco grandes Períodos ó Edades geológicas: Primordial, Primaria, Segundaria, Terciaria y Cuaternaria, correspondiendo á estas cinco Edades, cinco capas de terreno diferentes.

En la Edad Primordial se enfrió lentamente el Globo Terrestre, formando cortezas delgadas que los geólogos denominan terrenos plutónicos ó primitivos, ó sean capas de roca granítica.

En la Edad Primaria se formaron cuatro capas denominadas: terreno silúrico, terreno devoniano, terreno carbonífero y terreno permiano. En el primero apareció la vegetación en estado embrionario (algunas algas marinas); en el segundo, los fósiles de vegetales y animales (zoófitos, moluscos); en el tercero, fósiles de animales vertebrados (peces); y en el cuarto, vegetación en su completo desenvolvimiento, en cuya época se formó también el último terreno, en el que desarrolló y perfeccionó la vegetación y los seres animales.

En la Edad Segundaria los terrenos están divididos en tres capas: el triaco, el jurídico y el cretáceo. En el primero, se encuentran reptiles fosilizados, principalmente los grandes lagartos y enormes ranas; en el segundo, grandes y desproporcionados reptiles anfibios; y en el tercero, aparecieron los mamíferos vivíperos.

En la Edad Terciaria los terrenos están también divididos en tres capas: el eoceno, (comienzo de la vida); el mioceno (mitad de la vida), y el plioceno (vida completa). En este último Período vivieron los grandes paquidermos, como el mammouth, el oso de las cavernas y otros; y en los terrenos de ese mismo Período se han encontrado restos humanos, objetos de pedernal y otros análogos, lo que prueba que al lado de los paquidermos vivía también el Hombre.

En la Edad Cuaternaria los terrenos se dividen en dos capas: postplioceno y reciente, caracterizados como el Período de grandes diluvios, á la vez que de un notable descenso de la temperatura. Ya en este mismo Período, la existencia del Hombre está fuera de duda, pues es un hecho comprobado.

Los geólogos confirman que el Hombre ha existido desde el período Plioceno, que es el llamado Glacial ó de transición entre la Edad Terciaria y la Cuaternaria. Pero esta teoría no está del todo confirmada, porque algunos paleontólogos sostienen que en ese mismo Período no existía el Hombre perfecto, sino el antropóide homínido, es decir, un ser antropomorfo semejante al Hombre pero que carecía del uso de la palabra[90]. Sólo con el transcurso de un lapso muy largo de tiempo, dicen esos mismos paleontólogos, ese ser antropóide-homínido fué gradualmente evolucionando y modificándose progresivamente, hasta que apareció el Hombre en estado relativamente perfecto. Este perfeccionamiento, dicen, aconteció en la Edad Cuaternaria.

Si pretendiéramos investigar las muchas opiniones que se han suscitado acerca del origen del Hombre, esta inquisición nos conduciría demasiado lejos; por consiguiente, nos limitaremos, tan sólo, á reproducir lo asentado por algunos sabios acerca de este enmarañado esquema.

Darwin, Quatrefages, Huxley, Hækel, Taylor, Flourens, Paniagua y otros, sientan la teoría de que el Hombre procede directamente del mono (antropomorfo) por efecto de la evolución sintética ó desarrollo progresivo de los órganos en sus formas internas y externas.

Hækel cree que ha existido un ser intermedio entre el mono y el Hombre, ser que él denomina phitecanthropus ó mono-hombre, (alalus, es decir, sin habla), predecesor del tipo humano, que vivió, supone él, en el período Plioceno. Pero, esta hipótesis no ha tenido plena confirmación, hasta que el profesor de geología de la Universidad de Amsterdam, Mr. Dubois, hiciera el descubrimiento, en 1894, en las orillas del río Bangawan (isla de Java), de restos antiquísimos correspondientes á una época intermediaria entre las Edades Terciaria y Cuaternaria (Pliocena). Este descubrimiento de Mr. Dubois produjo calurosas discusiones entre los sabios geólogos, pues mientras unos aseguraban que esos restos pertenecían al tipo antropóide, otros opinaban que eran vestigios del Hombre, y algunos sostenían que pertenecían al tipo intermedio señalado por Hækel.

"Se ha querido encontrar el punto preciso de yuxtaposición entre el mono y el Hombre,—dice A. de Paniagua en su obra La Genèse de l'Homme,—pero este punto probablemente no existe. La evolución se ha producido por diferencias progresivas: para tomar la filiación, no se debe considerar dos individuos más ó menos aproximados, sino la serie de los intermediarios. Entre el mono y el Hombre faltan los puntos de sucesión exacta, pero algunos restos de los grandes antropóides y los homínidos fósiles, son tantas normas (raras, es cierto), que facilitan el camino á seguir y acercan las distancias, haciendo ver, de una parte, que los antropóides estaban ya dotados de órganos perfectos, y, de otra parte, que los homínidos primitivos eran seres casi simios...... La evolución humana, en un principio, se ha producido con una extrema lentitud, y antes de la aparición del Hombre en estado relativamente perfecto, ha sucedido una larga serie de homínidos primitivos, menos acabados, pero que se han ido sucediendo, mejorándose progresivamente." En seguida este naturalista hace una larga disertación sobre las semejanzas y similitudes de los órganos de los grandes antropóides y los homínidos, y concluye formulando con Hækel, la conclusión de que "en el cuerpo del Hombre no hay un solo órgano que no provenga del mono y por el mono, y que el Hombre posée los mismos órganos que aquel, apesar de presentar algunas desemejanzas, las que, precisamente, establecen la diferencia que existe entre ambos seres, pues si esas desemejanzas no existieran, el Hombre sería mono ó el mono sería Hombre."

En concordancia con esta teoría, conviene declarar, según opinan los naturalistas, que el Hombre es un animal racional. El gran botánico Linneo, en su Amœnitates Academicæ, no separa genéricamente al Hombre de los monos antropóides, como el orangután, el chipanzé, el gorila y el gibón, con los cuales le confunde en un mismo grupo bajo la denominación común de homo est animal rationale (como ha dicho Aristóteles), haciendo de él una especie caracterizada, dándole el nombre de homo sapiens ó sea hombre sabio, pensador.

No es nuestro ánimo el combatir las opiniones de los sabios que hemos citado, tocante al origen del Hombre; pero al profundizar los arcanos de la Creación, haremos, no obstante, la ligera observación que sigue:

Si esos sabios presentan al Hombre como un animal y lo designan con el epíteto de animal racional, creemos que ese epíteto no es justificado en un todo, porque el Hombre no raciocina en todas las épocas de su vida y sólo adquiere el raciocinio cultivando con esmero sus facultades intelectuales; por lo mismo, débesele dar el calificativo de animal susceptible de razón. Y para ser más precisos en esa definición, suponemos que el Hombre no es simplemente un animal racional, sino un ser mixto ó medio, colocado entre la materia y el espíritu, y que raciocina llegando á la edad en que se desarrollan todas sus facultades mentales. El Hombre, por la inteligencia que puede adquirir, es considerado «el rey de los animales y el agente de la Creación,» porque él domina á los animales más salvajes, sometiendo á su ley no solamente los seres más corpulentos como la ballena, el elefante, sino también los más fieros como el león, el tigre y todos los demás animales, haciéndolos servir para todas sus necesidades; la tierra igualmente le paga contribución, pues que la despoja de los productos de su seno; domina el aire y los mares; no escapando, en fin, nada á su penetración y perspicacia, cualidades que sólo dependen de su razón. Por consiguiente, nos parece que para estar en lo justo, debe calificarse al Hombre como un ser animal, mixto, susceptible de razón.

M. de Quatrefages, en su Phisiologie comparée: Metamorphoses de l'Homme et des Animaux, reconoce asímismo, que bajo el punto de vista de la organización física, el Hombre es un verdadero animal dotado de los mismos aparatos, órganos y elementos que los antropóides, estableciendo, definitivamente, que la raza originaria de la especie humana ha debido ser un hombre prognato, de piel amarilla y cabello rojo.

Huxley[2], Lubbock[3], Taylor[4], Vogt[5], Shaffhausen[6], Flourens[7], Cleuzion[8], Filippi[9] y todos los naturalistas que han estudiado los restos humanos de las Edades Terciaria y Cuaternaria, han concluído, unánimemente, que la raza más antigua de que se han encontrado restos, eran de seres repugnantes, prognatos y dolicocéfalos, que llevaban al rededor de las órbitas un reborde saliente semejante á los monos, y tenían los senos frontales muy desarrollados.

El aspecto grosero de sus circunvalaciones indica que esa raza era de inteligencia rudimentaria y obscura. La región posterior, sitio del centro visual, era de gran desarrollo; por el contrario, los lóbulos frontales, que no pueden atrofiarse en el hombre racional, sin que el resultado sea una alteración profunda de las facultades intelectuales, eran muy reducidas. La conformación de la circunvalación frontal, relacionada con el lenguaje articulado, era tan reducida que la facultad de la palabra tenía que ser muy restringida.

Los naturalistas opinan que desde los comienzos hubieron varias especies humanas derivadas de padres distintos. Desde el punto de las estructuras de los cuerpos, los lemurios, los cuadrumanos, los monos y los hombres reunieron caracteres análogos en gran número, defiriendo esencialmente por el volumen del cerebro.

Ch. Darwin, en su obra De l'Origine des Espèces, es de opinión que: "Las innumerables especies de animales, entre ellas el Hombre y plantas que pueblan la superficie del Globo, proceden todas de algunos tipos orgánicos ó de un solo tipo primordial creado en un principio para llegar á ser la estirpe común de todos los seres vivos. Los orígenes naturales de la Humanidad se pierden en el mundo indivisible de los vivientes."

Desde luego, según opinión de este notable naturalista, no existe entre el Hombre y el animal sino la diferencia de grado, pues el nacimiento y la muerte son iguales en el Hombre como en el animal; ambos tienen los mismos órganos y aparatos, las mismas funciones, los mismos elementos y los mismos fenómenos se suceden en la muerte del uno y del otro: el corazón cesa de latir, todos los órganos pierden sus propiedades y las materias componentes del Hombre son idénticas que las del animal. "Todo esto—dice Darwin—es una prueba palpable de que no existe un abismo infranqueable entre el Hombre y el animal."

Huxley, en su Doctrine de l'Évolution, ha probado que todos los huesos del esqueleto del Hombre son iguales á los huesos del mono, como también sus músculos, nervios, vasos sanguíneos y vísceras internas; que el cerebro, el más importante de todos los órganos, sigue la misma ley, pues que cada hendidura y cada repliegue del cerebro humano son iguales á los del orangután: empero, establece también, que el cerebro del Hombre y el del mono no concuerdan del todo en ningún período de su evolución, concordancia que no puede esperarse, porque de verificarse, serían iguales las facultades mentales del Hombre y del mono. "Los monos—añade Darwin—están sujetos á muchas de nuestras enfermedades no contagiosas: padecen catarros, con sus ordinarios síntomas, terminando, cuando con demasiada frecuencia se repiten, con la tisis; sufren también apoplegías, inflamaciones y cataratas. Los remedios producen en ellos los mismos efectos que en el Hombre...... Muchas especies de monos tienen muy pronunciado gusto por el té, el café y las bebidas espirituosas; fuman también el tabaco con placer." Aunque estos hechos son de poca importancia, prueban, empero, cuán semejantes son los nervios del gusto en el Hombre y los monos, y que, en ambos, puede ser afectado del mismo modo el sistema nervioso.

El naturalista Arturo Mangin, en su obra L'Homme et l'Animal, establece una diferencia entre el Hombre y el mono, diciendo: "Zoológicamente hablando, el Hombre se distingue de los grandes monos por caracteres anatómicos y fisiológicos, y se diferencia psicológicamente de todos los demás animales por facultades mentales, de las que varias le son exclusivamente propias, al paso que otras están sólo más desarrolladas en él que en el animal."

En las remotas primitivas Edades, en que se operó la evolución progresiva, por la cual el mono antropóide se perfeccionó gradualmente hasta llegar el Hombre al estado de su completo desarrollo, hay que tener en cuenta que la Naturaleza evolucionaba vertiginosamente: la fauna y la flora sufrieron sucesivas transformaciones, hasta perderse esas especies extraordinarias desconocidas hoy, á la vez que las grandes perturbaciones climatéricas, en la sucesión de los siglos, determinando el Período Cuaternario, en que apareció el Homo sapiens, que es el ser más perfecto de la Creación.

Volviendo, ahora, á la debatida cuestión de si el Hombre apareció en la Edad Terciaria ó en la Cuaternaria, (que ha sido el tópico de algunos paleontólogos y geólogos) en apoyo de esta cuestión; basta recordar que se ha descubierto en el condado de Norfolk (al Este de Inglaterra), el esqueleto de un hombre que, se dice, ha pertenecido á una raza anterior á la llamada de Neanderthal[10] enterrado bajo una capa geológica que hace remontar su origen más allá de la raza hiperbórica que data de la Edad Terciaria. Admitiendo tal supuesto, este descubrimiento sería de grande importancia bajo el aspecto científico, y por eso ha llamado la atención de los sabios modernos dedicados á esta clase de problemas, principalmente de Alfonso Favre, que en su obra Éxistence de l'Homme á l'Époque Tertiaire, trata de sostener esta misma opinión.

La existencia del Hombre en la Epoca Terciaria se ha justificado últimamente, en 1911, con el hallazgo en un depósito de arcilla de Pilt-Down Common, cerca de Uckfield (Sussex, Inglaterra), de un fragmento de quijada y de una porción de cráneo del Hombre fósil que, se dice, es un exponente fiel del eslabón de conexión con los monos, pues parece que es incontrovertible la interpretación que los sabios Dawson de Lewes y Smith Woodward le han dado. Suponen estos sabios, que este Hombre fósil ha existido hace ya algunos centenares de miles de años, ó sea, durante los primeros tiempos de la Epoca Pleistocena, anterior al Período Plioceno, y calculan que era un hombre de baja estatura, pletórico de músculos y que no había llegado á obtener la figura airosa del cuerpo característico del ser humano de nuestros días: en una palabra, estos sabios opinan que los fragmentos del Hombre de Sussex, como los de los hombres fósiles de Java, Heildelberg, Gibraltar, Constadt, Uckfield, Spy, Saint Acheul, Moustier, Dussel y otros, llevan señales ineludibles de las relaciones de descendencia del Hombre con el mono.

Los paleontólogos, que han especificado los rasgos característicos de las razas humanas primitivas, opinan que el esqueleto descubierto en Neanderthal (Prusia Renana), es del Período Glacial ó de transición entre la Edad Terciaria y la Cuaternaria: es raza contemporánea del gran oso de las cavernas y del elefante fósil; estaba dotado de fuerza hercúlea y tenía una fisonomía bestial; no poseía sino un lenguaje articulado completamente rudimentario; sus costumbres eran las del salvaje, nutriéndose tan sólo de raíces, frutas silvestres, caza y pesca.

Después de la raza Neanderthal, se ha encontrado esqueletos de razas posteriores ó sea de la Edad Cuaternaria.

En Canstadt (valle del Rhin), en Naulette (orilla izquierda del Lesse, en Bélgica), en Brux (Bohemia), en Olino (Italia) y en otros lugares de Francia, se han descubierto esqueletos fósiles de razas y costumbres idénticas á la de Neanderthal.

En Chapelle-aux-Saints (Capilla de los Santos) al Sud de Francia, en una gruta descubierta en 1908 por los abates Bouyssnie y Bardon encontraron una cantidad de osamentos humanos fosilizados cuyo conjunto constituía un esqueleto casi completo. El notable paleontólogo Mr. Boule, ha hecho un estudio detenido del cráneo de ese ser prehistórico, y en su magistral obra publicada recientemente, en 1913, con el título de L'Homme fossile de la Chapelle-aux-Saints, este sabio profesor enumera hasta veintiocho caracteres que ofrecen las diversas partes de ese cráneo y que son comunes á los del mono.

Los esqueletos trógloditas ú hombres fósiles que se han hallado en el asilo ó refugio de Cro-Magnon (Périgord, Francia), son ya de raza más adelantada que las anteriores, tanto en su constitución física cuanto en sus costumbres, pues los objetos que junto á ellos se han encontrado y de que se servían, eran mejor labrados y más á propósito para los usos á que los destinaban. Según opinión del sabio Quatrefages, esa raza era algo inteligente.

Los esqueletos trógloditas de Furfooz (Bélgica), última raza primitiva de los tiempos prehistóricos, manifiestan haber sido seres aún de mayor inteligencia que los de Cro-Magnon, pues conocían el medio de fabricar una loza grosera.

De todo lo referido, cierto parece, que no el Hombre perfecto, sino el antropóide homínido existía ya en el Período Plioceno ó sea á fines de la Edad Terciaria, como lo comprueban las investigaciones de los geólogos Riviere de Klaatsh y Hauser, Seleucka y Carthaus, Lartet y Leffikwell, practicadas, respectivamente, en Moustier, Trimel, Eyzies y en la isla ártica de Bater. Nada menos que el hallazgo de una docena de esqueletos fósiles referentes á la raza del Hombre primitivo, convencen que esa misma raza constituye una especie aparte, diferente del Homo sapiens al que tenemos el honor de pertenecer.

Difícil es precisar cuál podía ser la vida social de esos hombres primitivos; pero es de suponer que vivían brutalmente y como animales, con sólo el instinto de la nutrición, de la defensa contra la inclemencia del clima y contra las bestias feroces que podían ofenderlos.

Se ha observado que el Hombre primitivo vivía generalmente en las orillas de los ríos; es allí donde se encuentran sus restos, como así mismo en las cavernas naturales abiertas por la erosión de las aguas de los valles. Natural es, que sea difícil descubrir sus osamentos, porque están casi siempre enterrados de cuatro á seis metros de profundidad en el suelo de las cavernas, debido á que las aguas surabundantes las llenaban de detritus, de arena y de limo arrastrados por ellas. Por eso, muchas cavernas están tan llenas de limo, que parece imposible, á primera vista, que pudieran existir allí, bajo una espesa capa de tierra, muchos restos de osamentos, y solamente practicando escavaciones profundas, es que se han descubierto vestigios de huesos que han pertenecido al Hombre primitivo, como así mismo osamentos de corpulentos animales.

Cuanto al desarrollo del Género Humano, según opinión de algunos paleontólogos, éste se realizó paulatinamente en el trascurso de tan inmensos períodos de tiempo, que apenas se concibe, ni aún se puede formar la más lejana idea, datando, suponen algunos, de más de veinte mil años. Hækel va aún más lejos, pues opina que desde la Creación del Mundo, no solamente han trascurrido cien mil años, sino probablemente muchos centenares de miles de años. En fin, otros paleontólogos infieren que la Tierra tiene una edad que se escapa á todo cálculo numérico, y que hace muchos millones de años que su superficie está habitada por el Hombre[11].

El Dr. Thomas C. Chamberlain, jefe del departamento de geología de la Universidad de Chicago, declaró en una conferencia pública, tenida en el local del Museo Municipal, ante los miembros de la Sociedad Geográfica de aquella ciudad, que, á su juicio, "el planeta tenía ya cien millones de años, y que por sus fenómenos climatológicos y sus condiciones atmosféricas subsistirá aún otros millones de años."

Si los cálculos de los paleontólogos nombrados parecen enormemente exagerados, debemos citar la opinión de un sabio geólogo inglés, Mr. R. T. Strutt, que pretende haber determinado por un método muy preciso, la edad de algunas rocas eruptivas, buscando la cantidad de helium que contienen. Por el análisis que hizo de algunas muestras de circo[12], ha encontrado que los basaltos de Auvernia, de la Edad Terciaria, tenían 6.270,000 años de existencia; que los de Noruega excedían de 54.000,000 de años; y que las tierras azules diamantíferas de Kimberley, en el Africa Central, alcanzan la respetable edad de 320.000,000 de años. Además recogió, dice, en la provincia de Ontario, en el Canadá, una roca arcáica que cuenta, por lo menos, 622.000,000 de años; y aún, añade que, á su juicio, las cifras que él indica son inferiores á la realidad, pues cree que el Globo Terráqueo cuenta por lo menos 700.000,000 de años.

§ II

En este segundo parágrafo es del caso ocuparnos especialmente del origen del Hombre en el Continente Americano.

El sabio Hamy, en su obra L'Homme tertiaire en Amérique, opina, entre otros geólogos, que no solamente en los Antiguos continentes sino también en el Nuevo, ha existido el Hombre desde el Período Plioceno, pues asevera que se han descubierto esqueletos de ese mismo Período en Nueva Orleans y en Jacksonville (Estados Unidos de Norte América), y en Mercedes (Argentina), deduciendo que pertenecían á una raza dolicocéfala y platicéfala ó sea de cabeza larga y estrecha, y aplanada la bóveda del cráneo, de capacidad cerebral pequeña, de órbitas grandes y algo circulares, de pómulos salientes y de maxilar superior prognato inclinado hacia adelante, de estatura baja, de huesos fuertes y de constitución vigorosa. Este Hombre primitivo vivía de la caza y de la pezca; pues sus armas que se encontraron junto á sus osamentos, eran de piedra, de varias formas y pequeñas dimensiones, con las que atacaba á los corpulentos paquidermos que, en América, abundaban en aquellos remotos tiempos.

Ultimamente, en 1912, una comisión científica de la Universidad de Yale (Estados Unidos de Norte América), presidida por el sabio arqueólogo Mr. Hiram Bingham, recorrió parte del Sur del Perú, haciendo importantes estudios geológicos. Entre los resultados más notables de esta comisión, se halla el descubrimiento de huesos interestraficados del Hombre prehistórico que, se supone, anterior al Período Glacial, como también el hallazgo de huesos de bizonte americano, que los hombres de ciencia no han creído que pudiera haber existido en Sud América. Asimismo, esta comisión encontró cerca del Cuzco un hueso de un animal extinto que tiene, en opinión de los investigadores, cuando menos 70,000 años. Los trabajos de esta comisión han sido de tanto interés, que despertaron la atención de los círculos científicos, pues además de los hallazgos anotados, hizo igualmente el descubrimiento, en el Perú, de ciudades misteriosas, antiquísimas y desconocidas, de las que nos ocuparemos con algún detenimiento en la segunda parte de esta obra.

Otros etnógrafos han establecido la teoría de que en los Antiguos continentes y aún en América, se han encontrado huellas de la raza etiópica, y que la Humanidad entera tiene un origen común africano. A este propósito, el notable antropólogo Zayas Enriquez, en un artículo titulado ¿Cuál es la raza primitiva? (publicado en la revista mensual "América," de Nueva York, correspondiente al mes de Junio de 1910) al ocuparse de la raza originaria de América, dice: "En el Continente americano las huellas de la raza etiópica, aunque más escasas, no son menos visibles, y todavía existen varios girones de esas razas de negros, que tengo como primeras pobladoras del Nuevo Mundo, tales son: los Caracolos, de Haití; los Califurnams, de las islas Caribes; los Aguahos, de Cutara; los Aroras ó Yaruras, del Orinoco; los Chaymas, de Guayana; los Maujipos, Porcijis y Matayos, del Brasil; los Nigritas, Chuanas ó Guanas, del Istmo de Darién; los Manabis, de Popayán; los Guabos y Jaras ó Zambos, de Honduras; los Esteros, de la Nueva California; los Indios Negros, encontrados por los españoles en Luisiana; y los Ojos de Luna y Albinos, descubiertos en Panamá."

Según opinión de doctos y renombrados etnógrafos y etnólogos, el suelo americano fué habitado desde los tiempos antediluvianos: confirma este parecer, la exposición de sabios paleontólogos que aseveran haberse encontrado en este continente numerosos fósiles de mamíferos antediluvianos de las Epocas Siluriana, Devoniana y Carbonífera, que lo habitaban, como el mammouth, el mastodonte, el icthyosauro, el milidonte, el megaterio, el machairodo, el brontosaurio, el ceratosaurio, el macranchenia, el glyptodonto, el moncsaurio, el mylodon-magaterio, el macroynato, el halytherio, el diphococus[13], el dinosaurio[14] y otros paquidermos de corpulencia extraordinaria[15]. Junto con esos restos de mamíferos se han encontrado también osamentos, cráneos y esqueletos humanos de los primitivos habitantes de aquellas épocas lejanísimas, á la vez que herramientas y otros utensilios de piedra del uso de esos mismos habitantes. Efectivamente, en las Montañas Pedregosas, en Wyoming, Colorado, Nueva Jersey, Massachusets, Nebrasca, Missuri, Luisiana, Nueva Orleans, Illinois, Ohio, Pensilvania, Indiana[16], Delaware, Kentucky, California, Oregón, Sierra Nevada, México, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Brasil, Guayanas y otros lugares más, se han encontrado restos animales y humanos, artefactos, utensilios de silex y otros objetos rústicos que prueban, del modo más evidente, la existencia del Hombre en toda la América, durante y después de las Epocas Terciaria (arqueolítica ó paleolítica)[17] y Cuaternaria (neolítica)[18], probando, además, que tanto en las regiones del norte como en las del sud, vivía el Hombre mezclado con los animales, á los que cazaba y mataba con sus toscas armas de pedernal, para proveer á su subsistencia y conservación, pues la carne le servía de alimento y con las pieles hacía sus vestiduras, utilizando las demás partes en otras cosas de su uso[19].

Para corroborar esta afirmación, expondremos lo asentado por algunos autorizados paleontólos que han hecho descubrimientos de restos humanos y animales, como también de objetos de silex y otras materias, de las Epocas Terciaria y Cuaternaria, tanto en la América Septentrional, cuanto en la Meridional.

De la América del Norte se citan los siguientes hallazgos:

Mr A. Bamps, en su excelente Memoria titulada Le Synchronisme préhistorique, dice: "Las excavaciones ejecutadas en América y especialmente en California, han revelado la existencia del Hombre en la Epoca Terciaria; estas trazas han sido reconocidas en los Depósitos de San Lorenzo, de Gasconade-County, de Vermillon-Bay, en los arrecifes de la Florida, en los de Natchez y de Nueva Orleans."

En las capas auríferas de la falda oeste de Sierra Nevada se han extraído grandes cantidades de huesos de mammouth, mastodonte, león y caballo, mezclados con productos de la labor del Hombre.

En las orillas del Riviere Bourbeuse, en el Gasconade-County del Estado de Missouri, el Dr. Korh extrajo el esqueleto completo de un mammouth, acribillado de flechas y lanzas de pedernal.

En Wyoming (Colorado) y en la región del Pacífico de Estados Unidos, á más de los mamíferos antediluvianos, como el diphococus y el dinosaurio, se han encontrado armas, herramientas, morteros, cazuelas de piedra, etc., que son vestigios indubitables de la estancia del Hombre en aquellas comarcas.

También el Dr. Korh descubrió en County-Benton, en Missouri, un fragmento parecido al femur de un mastodonte con una punta de pedernal rosa clavada, y otras cuatro flechas sueltas, que sin duda habían sido disparadas contra el terrible animal.

En la isla llamada Petit Anse, del río Mississipi, Mr. Desnoyers halló el esqueleto de un mammouth, y debajo de él restos de tejidos de esparto y cestas enteras hechas de caña.

Mr. Scott desenterró en Pike's Peak, instrumentos de silex.

Mr. Blake encontró también en Toulomne otros instrumentos y objetos de silex.

En Yowa y Nebrasca se han hallado huesos de mastodonte juntamente con muchas puntas de lanza de pedernal, que habían sido asestadas contra aquel animal poderoso.

En los lechos arenosos del pequeño río Miami (Ohío), en los yacimientos de Jackson-County (Indiana), en las cercanías de Claymont (Delaware) y en los aluviones de Creek de Naaman (Delaware), se han hallado primitivas herramientas del Hombre prehistórico.

Cráneos de hombres de la época antediluviana se han encontrado en Placerville (California), en Table-Mountains (Condado de Toulumne) y en Bald-Hills (California).

En 1866 fué hallado en Rock-Bluff (Illinois River) otro cráneo humano y la mandíbula inferior de un esqueleto de hombre, que se supone era del Período Terciario, ó sea al final de la Epoca Glacial.

Ultimamente, el Dr. Abbott descubrió en los yacimientos areniscos del río Delaware (New-Jersey) útiles de pedernal toscamente labrados, cuyas cortantes esquinas servían al Hombre prehistórico, para cortar, raspar y aserrar, útiles primitivos, que manifiestan que quienes los habían labrado se hallaban aún en el ínfimo grado de cultura, ó sea, en la Epoca Glacial.

Algunos otros descubrimientos hechos en la América del Norte, como flechas de silex, encontradas en Missouri, debajo del esqueleto de un mastodonte; el cráneo hallado en el Condado de Calaveras, á 130 pies debajo de la superficie del suelo; los martillos y otros utensilios de piedra extraídos junto al río Ontonagón, á una gran profundidad, y muchas otras herramientas toscas de pedernal desenterradas en otros lugares de la América Septentrional, son otros tantos testimonios de la antiquísima existencia del Hombre en este Nuevo Continente.

Tampoco han escaseado en la América Meridional, los descubrimientos de restos humanos y objetos de épocas prehistóricas.

En las formaciones terciarias posteriores de las Pampas Argentinas, descubrió el Dr. Seguín, á las orillas del río Carcaraña, revueltos con huesos de animales antediluvianos, huesos humanos, como cráneos, mandíbulas, costillas, etc., y varias herramientas de piedra.

El naturalista Mr. Lund, que tanto estudió la fauna fósil del Brasil, encontró en una cueva de piedra caliza, á la orilla del lago Lagoa do Sumidairo, los huesos de más de treinta individuos humanos, junto con más de cuarenta especies de animales antediluvianos.

El Dr. Ameghino refiere que, á orillas del río Frías, á veinte leguas de Buenos Aires, encontró gran cantidad de huesos humanos, abundante carbón vegetal y tierra tostada, é infinidad de huesos de animales prehistóricos; asímismo halló puntas de flechas, cuchillos de pedernal y herramientas para afilar, objetos todos fabricados de silex.

Mr. J. Hutchinson, en su obra Two years in Peru, refiere el siguiente hallazgo: "El ídolo de piedra y las vajillas para agua encontrados en las Islas de Chincha á 72 pies debajo de la superficie, indican una gran antigüedad, millares de años; también se ha hallado ídolos de madera á 35 y 38 pies de profundidad del mismo depósito de huano."

En Coracora se encontró, á 30 metros de profundidad, un esqueleto fósil que el profesor Huxley clasificó como un tipo medio entre el camello y la llama, que denominó machruchenia.

En la región andina del Perú, en la altura de Yantac, á 4,500 metros de la Sierra de la Viuda, provincia de Yauli, se desenterró restos fósiles del megaterio.

En el Huallaga, en las cercanías de Chota, el sabio Raimondi halló huesos de mastodonte.

En una cueva de Cerro de Pasco se encontró el esqueleto del seclidotherio.

El Conde de Pourtalis descubrió fósiles humanos en las cercanías del lago Lagra-Santa, en un conglomerado calcáreo, en el Brasil, atribuyéndoles una antigüedad de más de 10,000 años.

Mr. Brulant, que ha residido muchos años en Tucumán, ha descubierto en Santa María, unas catacumbas de la época prehistórica, que ocupan la extensión de dos leguas, de las que extrajo varias urnas con maiz tostado y medallones con geroglíficos, que corresponden á una época remotísima.

Mr. Joly, en su importante estudio publicado en la "Revue Scientifique" No 40, correspondiente al 7 de Junio de 1879, refiere que "en Mercedes, en los alrededores de Buenos Aires, han sido encontrados osamentos humanos, acompañados de objetos de silex, groseramente tallados, y de restos de animales extinguidos," que, indudablemente, son de épocas prehistóricas.

En 1847 el Sr. Rodríguez Ferrer descubrió en un cayo al Sur de Puerto Príncipe (Isla de Cuba) una mandíbula humana, fósil.

En Tarija han encontrado los esqueletos del mylidón y del megaterio, como también grandes colmillos del mastodonte.

En Punín, cerca de Riobamba, en el Ecuador, el sabio Mr. W. Branco descubrió, en 1883, los esqueletos del mastodonte y del protonchemia, animal que es un tipo entre el tigre y la hiena, con colmillos formidables.

En el río Daule se halló los restos de un animal grande, idéntico al mylidonte.

En 1866, Mr. Dicleby ha encontrado, en el territorio de los Natchezes (Norte América), muchos osamentos humanos, fósiles, mezclados con otros de mammouth y de mastodonte.

En el mismo año Mr. Matson, prolongando un pozo de mina en California, á una profundidad de 130 pies, encontró un cráneo humano, fósil, enterrado bajo cuatro capas de cenizas volcánicas, solidificadas.

El capitán Peck halló cerca del río Ontonagon (California), á una profundidad de 25 pies, huesos fósiles, junto con instrumentos toscos de silex, de la primitiva industria humana.

Otra prueba evidente de la estancia del Hombre en América, desde las Epocas Terciaria y Cuaternaria, son la formación de enormes depósitos de conchas que se encuentran en muchas costas marítimas y orillas de ríos de este Nuevo Continente, principalmente á lo largo de las costas de California, de las islas de Vancouver, Terranova y en las orillas de los ríos de Maine, Massachusetts, Georgia, Florida, Alabama, Luisiana, en Norte América; en la Isla de Casceiro, en el Brasil; y en las orillas de las Bahías de Paranagua, San Paulo y Río de La Plata, en la América del Sur: todos depósitos conchíferos en los que se han encontrado muchos objetos pertenecientes al servicio del Hombre prehistórico.

De gran importancia son, también, los bloques de toba del antiguo volcán, ya extinguido, llamado Tizcapa, en Nicaragua, en los cuales se han hallado estampados las huellas de dos pies humanos; toba que se encontró en una superficie de arena conchífera, cubierta por catorce capas distintas de piedras: estas huellas de pies humanos tienen tres centímetros de profundidad, veinticuatro de longitud y once de ancho, y la distancia ó paso, de un pie á otro, es de treintiseis y medio centímetros, demostrando que esas huellas fueron impresas en la toba, cuando ésta estaba aún blanda. Incalculable es poder imaginar los miles de años de existencia que tendrían esas huellas impresas en aquellos bloques de toba, ya que se hallaban cubiertas por catorce capas distintas de piedras; pero es evidente que ellos son de una época inmemorial.

Todos los hallazgos que hemos referido, manifiestan, inequívocadamente, que el Hombre ha habitado el suelo americano cuando todavía no existían los pueblos más antiguos y adelantados de que se conserva memoria.

A este propósito, el Dr. Rodríguez Dulanto, en su científica tésis[20] leída ante la Facultad de Ciencias de la Universidad de San Marcos de Lima, ha dicho: "El Continente americano ha sido, desde los más remotos tiempos, la patria de un gran pueblo, el pueblo americano, cuyo origen se remonta más allá de los principios de la Civilización y de la Historia."

Al admitir que la América haya sido habitada desde los tiempos prehistóricos ó antediluvianos, lógico es suponer que su habitabilidad haya sido contemporánea del Antiguo Mundo.

El sabio Alejandro de Humboldt, en la introducción de su obra Vues des Cordillères, opina que "nada prueba que la existencia del Hombre sea más reciente en América que en los otros Continentes."

C. Darwin, en su Voyage of a naturalist round the World, afirma, á su vez, que "debemos admitir que el Hombre ha habitado la América desde un tiempo inmensamente dilatado."

El naturalista Mr. Joly, en su estudio ya citado, ratifica que "en América como en Europa, el Hombre ha sido contemporáneo de especies desde largo tiempo extinguidas, y que, por consiguiente, allí también su existencia remonta á los tiempos geológicos."

El sabio etnógrafo Juan Engling, autor de un trabajo titulado L'ancienneté de l'Homme attestée par les silex[21], ha hecho en él un estudio comparativo de las armas y utensilios de piedra encontrados en el Antiguo y en el Nuevo Hemisferio, y de la comparación de ellos establece: 1o la antigüedad del Hombre; 2o la dispersión del Hombre primitivo y de sus razas sobre diversos puntos del Nuevo Mundo; y 3o la contemporáneidad del desenvolvimiento del Hombre en ambos Mundos. Del hecho de haber encontrado pedernales labrados en toda la extensión del suelo americano, deduce el Sr. Engling, que la diseminación del Hombre primitivo y su desenvolvimiento ha sido á un tiempo, tanto en el Nuevo Mundo como en el Antiguo, deduciéndose de allí la contemporáneidad de los habitantes primitivos de ambos Hemisferios.

El notable antropólogo Burmeister, en su Historia de la Creación, es de la misma opinión, pues sostiene que "la especie humana existía simultáneamente sobre los dos Continentes, oriental y occidental, y no se posee razón plausible para hacerla emigrar del uno al otro."

También en apoyo del hecho de la estancia del Hombre en el Continente americano en los tiempos prehistóricos ó Epoca de Piedra ó Terciaria y Cuaternaria, pudiéramos reproducir los juicios emitidos por muchos otros autores, antiguos y modernos, que están acordes sobre este mismo punto; pero aquello nos conduciría más lejos de los límites del presente trabajo.