Con el aire es comparado:
Toditos le huyen el cuerpo,
No les largue un resfriado.
Convencido el doctor Calvo de que se podía aplicar la copla á D. Faustino, preguntó á doña Candelaria si no sabía ella que tuviese aquel caballero persona alguna allegada, allá en su tierra, que por él se interesase. Doña Candelaria contestó entonces que le había oído hablar mucho del administrador de los cuatro terrones que poseía en Villabermeja, á quien llamaba Respetilla, y de un cura del mismo lugar, nombrado el padre Piñón.
El médico notó bien que lo de Respetilla era apodo, y no halló atinado dirigir un telegrama al señor de Respetilla en Villabermeja. El otro nombre le pareció menos extraño y sospechoso, y envió aquella misma noche un telegrama al señor padre Piñón, en Villabermeja, provincia de... avisándole que D. Faustino López de Mendoza estaba enfermo de mucho peligro.
No se había equivocado el doctor Calvo. Desde aquella noche se aumentó la fiebre de D. Faustino. Cuando al otro día se mitigó la fiebre, una debilidad y un atolondramiento grandes embargaban sus sentidos y su mente. La idea de la duración, la percepción del tiempo que pasaba y de los objetos exteriores, y hasta la conciencia de su propio ser y de sus estados sucesivos, empezaron á hacerse confusas y vagas en el espíritu del enfermo.
Cada noche era mayor el recargo de la calentura.
—¿Qué pronostica V. del enfermo?—preguntaba doña Candelaria al doctor Calvo con algún interés...
—Para qué ocultárselo á V., señora—contestaba el médico:—está de sumo cuidado.
—¿Se salvará?
—Qué sé yo.
—¿Cuánto tiempo podemos estar en esta duda?
—Quizás más de veinte días. La inflamación ha producido ya la fiebre traumática, y ha atacado además cierta membrana que rodea los pulmones, la cual, por fortuna, creo que no está perforada. Repito que este mal, con el peligro de la muerte, puede durar veinte días, hasta cuatro semanas. Conviene mucho reposo, mucho silencio, dieta rigorosísima, agua de malvas y flor de violeta; las bebidas que han venido de la botica; los cáusticos; en fin, todo lo que he ordenado. Doña Candelaria, V. es una excelente mujer. Cuídele V. mucho. Vamos á ver si salvamos á este infeliz.
De allí en adelante, cuando la calentura del Doctor no era muy intensa, el desfallecimiento, la debilidad le tenía amodorrado. El espíritu, con su actividad independiente, trabajaba en lo interior de su ser, pero con honda confusión y extraordinario desorden.
Tristes pensamientos, melancólicas imágenes cruzaban por el cerebro y poblaban la imaginación de D. Faustino. Á veces veía la muerte cercana, como si él se resbalase en el borde de una sima, como si ya fuese cayendo en un abismo obscuro. Por un lado gozaba de amargo deleite al presentir la paz, el sosiego, el aniquilamiento que le aguardaba. Parecíale que se disolvía en un mar infinito; que se unía para siempre con lazo de amor á todos los seres; que la guerra, la lucha, el egoísmo terminaban. Por otro lado, sentía acerbo dolor de ver que se borraban su individualidad y hasta su nombre del libro de la vida. Se le antojaba que se hundía, que se iba á fondo en el piélago de la existencia, sin dejar rastro, ni huella, ni memoria de haber pasado. Toda aquella armonía poética de su alma, todos aquellos conceptos divinos que allí habían germinado, iban á desaparecer, sin despertar eco alguno, sin abrirse y manifestarse á la luz del día. Al caer en el abismo obscuro, veía D. Faustino á Costancita, que sonreía graciosamente y le llamaba á sí, y le brindaba con el amor purísimo de los ángeles, de que hablaba su carta. D. Faustino quería asirle la mano para que le detuviese; pero Costancita la retiraba con terror, temiendo que su amante la arrastrase en su caída. Etelvina, entre tanto, bailaba con maravillosa desenvoltura, cantaba cancioncillas francesas muy alegres y se burlaba de todo. El Marqués de Guadalbarbo acudía por otra parte, exclamando:—¡Qué feliz soy! ¡Mucho me ama Costancita!—D. Faustino envidiaba su felicidad.
Los recuerdos de Villabermeja, de la Nava, de Rosita, de doña Ana, del ama Vicenta, acudían en tumulto en otras ocasiones á perturbar la mente del Doctor, combinándose de mil maneras á cual más fantásticas. La medida que tiene el tiempo en el mundo real escapaba á la comprensión del herido; pero ya advertía vagamente que había pasado tiempo bastante, cuando creyó percibir, como realidad y no como vana fantasía, que le tomaban la mano, que le miraban con miradas muy tristes, y hasta que le decían algunas palabras de consuelo el padre Piñón y Respetilla.
Después volvió el letargo; después se hizo más intenso el delirio febril.
La figura de la coya y la imágen de María se confundieron en un solo ser, en un solo espectro, que venía á sentarse á la cabecera de la cama del Doctor, que le cuidaba, que le besaba y posaba sobre su frente calenturienta una mano suave y amorosa.
Más tarde tuvo el Doctor una visión de mayor dulzura y consuelo. Fué como si viese su propia alma, la pura esencia de su ser, que, limpia por el dolor de toda mancha, tomaba forma celestial de portentosa hermosura. Era una virgen en la primera flor de su lozana juventud. Sus ojos azules parecían el zafir oriental de serena alborada; su cabellera rubia, oro; su sonrisa, las santas esperanzas de otra vida mejor; su talle, esbelto y cimbreante, pimpollo del paraíso; sus mejillas, rosas nacidas en otro clima más apacible y en más genial y grata primavera. El Doctor se reconocía á sí propio en aquella visión, en aquella imágen viva. Todos sus ensueños poéticos, que jamás habían adquirido forma adecuada con el ritmo y cadencia del verso y del lenguaje; todo lo sano de su filosofía, exento ya de dudas y de horribles negaciones; toda la virtud de su voluntad, sin vacilación, sin egoísmo y sin incertidumbre, todo se había condensado, había tomado cuerpo, se había determinado en aquel sobrehumano espectro. La virgen, ora fuese ensueño, ora realidad, le miraba con inefable ternura, y D. Faustino, como si fuese ella su propia alma, la amaba más que á sí propio, y todos sus pensamientos iban á ponerse en ella.
Imaginaba D. Faustino que, no bien aquella virgen penetraba en su estancia, cuando la embalsamaba toda un casto perfume de santidad y de tranquila beatitud, que traía salud y descanso, y que era harto distinto del oppoponax de doña Etelvina.
Otras veces veía D. Faustino en aquella visión á su genio bueno, al ángel de su guarda. Blanca estola cubría sus airosas espaldas y su virgíneo seno, y de sus espaldas brotaban alas transparentes teñidas de clara luz y tornasoladas, como el ópalo, con azul, carmín y nácar. No andaba ella: se deslizaba en el ambiente, alzándose del suelo. El espíritu del Doctor volaba hasta alcanzarla, y parecía que ella se remontaba al empíreo con el espíritu del Doctor, y que ambos penetraban juntos en la morada de los bienaventurados: en un yermo ideal, cubierto de perennes flores, donde sonaba dulcísima y siempre nueva y encantadora melodía, y por donde vagaban santas mujeres, piadosos penitentes, sabios llenos de fe profunda, filósofos que no renegaron jamás, héroes, mártires, videntes y poetas inspirados, los cuales enseñaron á los hombres los caminos de la virtud y de la verdadera gloria.
Poco á poco, con el transcurso del tiempo, se fué despejando la mente de D. Faustino. La niebla, al través de la cual los ojos de su espíritu y los ojos de su carne se diría que veían las cosas, fué desvaneciéndose y perdiéndose.
La conciencia acudió de nuevo á D. Faustino, y con ella la intensidad de los dolores físicos, su debilidad, su miserable estado. Horrible angustia se apoderó de su alma. Temió haber perdido los deliciosos ensueños para no ver ni comprender más que una realidad espantable. Aunque sus ojos estaban secos, llegaron á brotar de ellos dos lágrimas, que corrieron lentamente por sus hundidas mejillas, en ligero declive, por hallarse el enfermo tendido boca arriba y con la cabeza levantada en alto por dos ó tres almohadas. Casi al través de aquellas lágrimas percibió el enfermo con indecible júbilo, junto á él, con todas las condiciones de lo real, en un ambiente sin nube ni niebla, á la joven con quien creía haber soñado. Tenía su propio rostro; era más que su retrato, si bien revestido de ideal belleza, radiante de juventud, iluminado de santidad, lleno de inocencia y de puros, inmaculados esplendores.
Haciendo un esfuerzo, con apagada y bronca voz, dijo entonces D. Faustino:
—¿Quién eres?
—Irene, soy Irene,—contestó la joven con voz blanda, que sonó en el alma del doliente como música del cielo.
No bien pronunció aquel dulce nombre entró en el cuarto otra mujer. El Doctor la vió claramente. Se le había despejado la cabeza. Había recobrado el uso de todas sus facultades mentales. Aquella mujer era hermosa aún; pero su vida austera y consagrada á la mortificación, sus padecimientos morales y los estragos de las grandes pasiones, habían encanecido sus negros cabellos y marcado su frente con algunas precoces arrugas. Era María.
El Doctor lo comprendió todo.
—¡Hija del alma!—exclamó—¡María! ¡Esposa!—añadió luego.
Ambas mujeres se inclinaron sucesivamente sobre la cama y besaron las hundidas mejillas de D. Faustino, recomendándole, por amor de Dios y de ellas, que permaneciese sosegado.
La patrona, doña Candelaria, estaba de enhorabuena hacía más de una semana. Todos sus antiguos huéspedes, que pagaban mal, ó poco y tarde, se habían ido, echados por ella, y en cambio tenía de huéspedes al padre Piñón y á Respetilla, y lo que es más importante, al rico capitalista D. Juan Fernández de Villabermeja, con su sobrina doña María y su preciosa hija la señorita doña Irene, y unos cuantos criados, que apenas cabían en la casa.
D. Juan Fernández de Villabermeja, á quien todos llamaron después en su lugar D. Juan Fresco, había adoptado como hija á su sobrina María. Ésta y su hija Irene habían vivido con él en América, hasta que, hacía poco tiempo, habían vuelto á Europa y viajado por Italia, Alemania, Inglaterra y Francia. En París estaban ya cuando recibieron, desde Madrid, un telegrama del padre Piñón, parecido al que recibió el padre Piñón del doctor Calvo. Toda aquella familia tomó al punto el ferrocarril y se vino á esta corte, alojándose en la pobre é incómoda casa de huéspedes, á fin de velar y cuidar á D. Faustino López de Mendoza.
María é Irene acudieron con alborozo á ver al tío Juan, después del reconocimiento, y le dieron aquella nueva de estar despejada la mente de don Faustino, como señal cierta de su mejoría. D. Juan Fresco aparentó creer en la mejoría, á fin de no apesadumbrar más á sus sobrinas; pero en su interior tuvo por mal síntoma el restablecimiento de las facultades mentales.
Cuando vino el doctor Calvo, y después que vió al enfermo, D. Juan Fresco habló á solas con él.
El Doctor Calvo le dijo:
—Sr. D. Juan, siento tener que dar á V. la razón. La desaparición del delirio es un mal síntoma. Acabo de ver á D. Faustino. Me temo que ha entrado ya en el tercer período de la enfermedad, del cual pocos salen con vida. Su semblante está más alterado y muy pálido; sus ojos, espantados y muy abiertos; dilatadas las pupilas; el pulso, más débil y frecuente; la transpiración, pegajosa, y cascada y seca la tos. Mucho me temo que esta vuelta del juicio ha sido para que venga la agonía. En la cara del Sr. D. Faustino empiezan á pintarse todos los rasgos que caracterizan lo que llaman los médicos mors peripneumonicorum.
Afligidísimo D. Juan Fresco, tuvo que preparar á María y casi descubrirle toda la triste verdad. Ella la recibió con dolor profundo, pero con la devota resignación de un alma cristiana, bien templada y probada por mil pesares y disgustos.
La hija del bandido, aunque había llegado á ser, ó por lo mismo que había llegado á ser una riquísima heredera, y aunque tenía una hija, á quien deseaba legitimar y dar un ilustre apellido, no había osado pensar hasta entonces en el matrimonio; ni siquiera había querido buscar de nuevo á su amante. Temía que éste, arrastrado por la ambición, impulsado por el orgullo, agitado por otras pasiones, se hastiase de ella luego que le diese la mano como legítimo esposo. Temía que el espíritu de ella y el de D. Faustino, que por un fanatismo de amor creía ligados con lazo estrechísimo, como dos mitades de una existencia completa, si rompían en la vida presente el vínculo que formasen, se vieran condenados también á un eterno divorcio en la vida futura.
Todo esto había retraído hasta entonces á María hasta de soñar con ser la mujer de D. Faustino López de Mendoza.
Ahora no vaciló un instante en dar su mano al moribundo. Llamó al padre Piñón y le confió todos sus planes.
Exaltada la mente de D. Faustino con la celestial aparición de su hermosa hija, con la vuelta y el reconocimiento de su amiga inmortal, y con ciertas vislumbres de la eternidad, á cuyas puertas él mismo conocía que se hallaba, columbrando ya la luz de sus inefables misterios, volvió á tener fe y volvió á sentir la dulzura consoladora de las religiosas esperanzas. D. Faustino volvió á ser cristiano como cuando niño.
Hallando el padre Piñón tan bien dispuesto á D. Faustino, dió las gracias al Altísimo, y oyó la confesión de su amigo y paisano, absolviéndole de sus culpas.
Pocas horas después comulgó fervorosamente D. Faustino, y en seguida, siendo testigos ó hallándose presentes D. Juan Fernández de Villabermeja, el doctor Calvo, Respetilla, doña Candelaria é Irene, casó el padre Piñón, provisto del indispensable permiso, á D. Faustino y á María, celebrándose y solemnizándose aquellas tristes bodas con el llanto de todos.
CONCLUSIÓN
Quiso la suerte, ó más bien quiso el cielo en sus inexcrutables designios, que contra todas las probabilidades, contra todos los pronósticos de la ciencia, la vida de D. Faustino se salvara. Vencida la crisis mortal de la inflamación de la pleura, que también había afectado los pulmones, la herida se cicatrizó con rapidez, uniéndose del modo que convenía los tejidos vulnerados. El restablecimiento fué pronto y completo.
Diez y seis meses después de las tristes bodas, en el mes de Octubre del año siguiente, apenas si nadie recordaba ya la larga y peligrosa enfermedad de D. Faustino, su herida y el misterioso lance en que la había recibido.
Entonces, sin embargo, no era ya D. Faustino un sujeto obscuro é ignorado, sino un personaje de mucho viso y lustre. Sus riquezas, ó dígase las de su tío y de su mujer, prestaban brillo, realce y notoriedad á todas sus buenas prendas.
D. Faustino, con poco más de cuarenta y cinco años, parecía joven aún y era buen mozo y elegante. En sus cabellos rubios no se descubría una cana. Vestía con primor y esmero, y sin afectación alguna.
Cuando paseaba en la Fuente Castellana, con su bellísima hija al lado, en soberbios caballos ingleses, que él y ella manejaban muy bien, ambos excitaban la admiración y el aplauso de los concurrentes á aquel sitio.
La magnífica casa en que vivían estaba abierta á un círculo de gentes distinguidas, entre quienes empezaba ya á cobrar D. Faustino fama de gran poeta y hasta de sabio.
Rosita, en quien la compasión de ver tan humillado á D. Faustino había mitigado antes el rencor antiguo, volvió á sentirle de nuevo al ver á don Faustino tan encumbrado y tan dichoso; y la felicidad y el triunfo de María la Seca, de la hija del bandido, su aborrecida rival, la atormentaron con envidia devoradora.
En la generalidad de las gentes podía más, sin embargo, la simpatía y el amor hacia la familia del capitalista D. Juan Fernández de Villabermeja, que la envidia de su bienestar y opulencia. Así es que las noticias, difundidas por Rosita, de que María era hija de un bandido, lejos de causar daño á María, le prestaron cierto encanto novelesco, pasmándose todos de su discreción, de su saber, de la nobleza de su carácter, y de cómo, desde origen tan humilde, desde el lodo en que nació, había sabido elevarse, limpia y pura de toda mancha, salvo la de haberse entregado en su mocedad á D. Faustino, movida por un amor invencible, lo cual no había alma generosa que no perdonase, y mucho más al ver á Irene, cuya hermosura, candor y claro entendimiento eran perpetuo asunto de los mayores encomios.
Irene, si era adorada de los hombres, aun era más estimada de las mujeres. La ausencia de toda coquetería hacía que no la mirasen como una rival. Su religiosidad profunda, su disgusto del mundo sin amargura ni acritud, y su amor á las cosas del espíritu, la apartaban de toda vanidad mundana y de las galanterías y vulgares amores, elevando al cielo sus pensamientos, de donde se diría que, al volver á su alma, bañaban su rostro divino en reflejos como de luz increada.
María, su madre, ya hemos dicho que conservaba aún su belleza; pero la austeridad de sus costumbres, los recuerdos de su pecado, los pensamientos que despertaban en su mente la vida criminal de su padre y su muerte trágica, todo concurría á despojarla de aquella ligera afabilidad, de aquella alegría graciosa, de aquel trato fácil y ameno, que son el principal encanto del amor, y por donde la mujer, ajena ó propia, seduce, cautiva y rinde al marido ó al amante. Su amor hacia don Faustino era más fervoroso, más sublime, más fuerte que nunca; pero no era el amor á quien siguen ó rodean los juegos, las risas y las gracias, sino el amor severo, metafísico, casi ultramundano, hijo de la Venus Urania, consagrado por el deber y encadenado con un vínculo religioso.
María, además, se hallaba muy quebrantada de salud. Si bien en la sociedad procuraba, y lo conseguía, estar muy amable y no mostrar nada en su espíritu ni en su carácter que causara extrañeza, en la intimidad de su familia tenía prodigiosos éxtasis y arrobos, como si su espíritu volase muy lejos de ella á esferas misteriosas y distantes. Ni siquiera á su marido se atrevía ella á confiar sus ideas; pero dejaba entrever que imaginaba hablar con los espíritus, que recordaba casos de otras existencias pasadas, y que tenía, despierta, algo parecido á las lúcidas intuiciones del sonambulismo: lo que llaman segunda vista. Tristes presentimientos agitaban su corazón; mal reprimidos suspiros brotaban á veces involuntariamente de sus labios; las lágrimas solían nublar sus ojos de pronto, sin ningún aparente motivo.
El Doctor Faustino, á pesar de todo, amaba entrañablemente á María. Su amor de padre por Irene era más ferviente aún; pero el Doctor Faustino no era feliz tampoco. Con frecuencia, en lo más oculto de su mente, se dolía de no haber muerto el día en que reconoció á su hija y le dió su nombre.
Los coches, los caballos, la casa lujosísima, todo el bienestar y el dinero de que gozaba, eran debidos á la generosidad de D. Juan Fresco; él no había sabido ganarlos con su ingenio, con su actividad, con su saber y con su trabajo. Esto le tenía avergonzado y confuso. La terrible pregunta ¿Para qué sirvo? le atosigaba de continuo, y más aún la terrible respuesta: No sirvo para nada.
Su ambición, ardiente aún, y menos satisfecha que nunca, era para él un tormento incesante. Aun había tiempo de satisfacerla. Ahora, sin tener que pensar en los apuros pecuniarios, con dinero bastante, podía poetizar, filosofar, escribir, mezclarse en los negocios políticos, hacerse elegir diputado. El Doctor, no obstante, tenía miedo de acometer cualquiera empresa. Si salía mal, no podría achacar el mal éxito á su falta de recursos, y el desengaño sería más cruel y más duro.
La fe religiosa, que en lo más grave de su enfermedad, en el período crítico, cuando estuvo próximo á la muerte, había venido á consolarle, habíase de nuevo apartado de su alma. El Doctor volvió á dudar mucho y á negar más; imaginó que aquella vuelta á las antiguas creencias había sido efecto de su debilidad y de su postración; tal vez de la larga dieta; tal vez de la violenta calentura.
Entre tanto, mientras que su entendimiento, su discurso, su dialéctica dudaba ó negaba, su alma afectiva y su fantasía de poeta seguían presentándole mil sistemas, doctrinas ó teorías, que le agitaban con el deseo ó con el temor de que fuesen verdaderas. Ya en el centro de su ser creía columbrar lo infinito, lo divino, lo absoluto, de que estaba sediento; ya lo divino le parecía difundido por las entrañas mismas del universo todo, á quien prestaba su vida y su armonía. En suma, el Doctor ya era místico, ya era teósofo, aunque en ciernes y sin decidirse.
Sus raciocinios le llevaban á lamentarse ó á burlar de las alucinaciones de su mujer respecto á espíritus y á existencias pasadas; y sin embargo, hasta aquellas mismas creencias, que despreciaba, destruían la tranquilidad de su mente. En sueños, dormitando á veces, á veces bien despierto, cuando tenía los nervios sobrexcitados, en el silencio de la noche, después de larga vigilia, el Doctor veía á su mujer y á la coya confundidas en una. Entonces le parecía acordarse de cuando él fué guerrero y estuvo en el Perú, y allí la enamoró. Y luego suponía que ella, en el orden moral, había adelantado mucho, encaminándose á la perfección, y que él se iba quedando muy atrás, por más que María le tendía la mano, le alentaba, le guiaba, quería llevársele consigo á más altas esferas y á gozar de condición más noble.
Cuando estaba sereno, cuando sus nervios se habían calmado, á la clara luz del día, el Doctor se mofaba en su interior de aquellos delirios, pensando que su mujer estaba medio loca y que por momentos le comunicaba la locura.
La jovialidad de D. Juan Fresco; sus chistes, que todos le reían, en particular después de haber comido en su casa, pues tenía buen cocinero y mejores vinos; el sereno pensar con que aquel bermejino modelo comprendía y ordenaba en su mente los seres todos; la firmeza de su carácter y de sus principios, y el buen tino y la seguridad con que cuidaba de su hacienda y la acrecentaba, todo esto era antipático para D. Faustino, y, sin envidiarlo le vejaba y rebajaba bastante.
D. Juan Fresco preveía, allá en su interior, que aquellas cosas, que harto bien iba él trasluciendo, no podían tener término muy dichoso; pero no les hallaba remedio y se afanaba por retardar el mal cuanto fuese posible, procurando consolarse ya de él como si hubiera sucedido.
La afición de D. Juan Fresco á los bermejinos le indujo á convidar á Respetilla á que viniese á pasar un mes en Madrid para que viese bien cuanto de notable encierra la corte. Cuando Respetilla había estado la otra vez, nada había disfrutado ni visto, á causa de la enfermedad de su amo. Ahora que estaba en Madrid de nuevo, D. Juan Fresco se deleitaba en ser su cicerone. Hizo que el mejor sastre de Madrid le vistiese de levita, y le compró en casa de Aimable un sombrero de copa alta, que Respetilla llamaba gavina, chistera, colmena ó castrosa. La admiración de Respetilla por todos los objetos y el modo que tenía de considerarlos, encantaban á D. Juan. Mucho gustó á Respetilla la Historia Natural; el Palacio le pareció enorme; el Museo de Pinturas no le divirtió nada, y donde más gozó fué en los toros y en los bailes del teatro de Rivas, viendo El Descendiente de Barba Azul y Brahma. Aquellas niñas tan ligeras y tan ligeramente vestidas, la luz de bengala, la bajada de Barba Azul del castillo con toda su comitiva, los quitasoles y el dragón chinesco, le traían maravillado. Las niñas, sin embargo, eran lo que más le complacía; pero Respetilla hacía ya muchos años que se había casado con Jacintica, la antigua criada de Rosita, de quien tenía la friolera de nueve hijos como nueve becerros; tenía además muchísimo cariño y muchísimo miedo á su mujer, y ni de pensamiento siquiera se atrevía á cometer la menor infidelidad. Así es que, si por acaso y no reflexionándolo, se dejaba entusiasmar por las niñas un poco más de lo justo, luego se le presentaba en la mente la figura de Jacintica toda enojada, y se desataba en vituperios y en injurias contra las bailarinas, como si fuese un Catón cristiano, ó mejor diremos un San Pacomio.
Respetilla vió también y admiró en casa de sus amos, donde entraba ella como modista, á su antigua novia Manolilla, pasmándose de que se llamara doña Etelvina, y con cierto orgullo de haber estado en relaciones con persona tan cabal y de cuenta. Los trajes de doña Etelvina; sus bellos colores, rosa de Venus legítima, de la que usaron Lais, Tais y otras heteras de Corinto, Atenas y Mileto, y el perfume que ella exhalaba, no ya de oppoponax, sino de otra esencia más rica, llamada stephanotis, eran circunstancias que tenían absorto y boquiabierto á Respetilla, como si soñase mil portentos; mas ni por esas, y no porque respetase á doña Etelvina, sino porque respetaba á la ausente Jacintica, madre de los nueve, se atrevió Respetilla á propasarse, sino que, de acuerdo ya con su apodo se limitó á decir cuatro cuchufletas á la modista elegantona, quien, al fin, por lo singular y peregrino del lance, por estar Respetilla muy gracioso con su levita y su chistera, y por los dulces recuerdos de la juventud y de la patria, hay quien sostiene que se le mostraba menos arisca que mansa, y más cocida ó frita que cruda.
D. Faustino, en cambio, aunque harto poco disculpable, fuerza es confesarlo, no estuvo con Costancita tan firme, no fué tan honrado como su antiguo escudero. El amor purísimo de los ángeles, que Costancita había propuesto y recomendado en su carta, se le guardó D. Faustino para su mujer y para su bendita hija; pero la Marquesa de Guadalbarbo perturbaba todo su ser, despertaba en su corazón una tempestad de pasiones. Costancita misma, irritada por los nuevos obstáculos que entre ella y su primo se levantaban, celosa y envidiosa del bien de María, más enamorada que nunca, no soñando ya con el idilio, sino con el drama vehemente, rompió todo freno, y con otra astucia, con otro cálculo, con el mayor recato y disimulo vió y habló á D. Faustino en sitio que ella imaginaba que nadie averiguaría.
El Marqués de Guadalbarbo, si bien creyendo á pie juntillas en la inocencia de su mujer, vivía muy sobre aviso desde la noche de la sorpresa; pero ya Costancita estaba escarmentada, y fueron extraordinarias sus precauciones. El Marqués no se percató de nada.
Ni siquiera los maldicientes, que están siempre atisbando, á fin de averiguar y referir la crónica escandalosa, tuvieron el menor indicio del caso.
Desde que empezaron aquellas misteriosas citas, el Doctor se halló atormentado, inquieto al lado de María. Sentíase indigno, se avergonzaba de su doblez, de sus mentiras y de su ingratitud; pesábanle más en el corazón su pobreza y su incapacidad, y las riquezas y el desprendimiento generoso de D. Juan Fresco.
La segunda vista, la perspicacia espiritual de María, de nada valió para descubrir aquel secreto infame. Su enamorado espíritu entraba ó creía entrar en lo más oculto del alma de su marido; pero entraba tan lleno de confianza, de veneración y de afecto, que todo lo veía hermoseado por una luz pura, y no percibía lo feo y lo deforme.
Atribuyendo María las tristezas del Doctor á noble ambición contrariada y á la especie de humillación de verse pobre, siendo ricos su tío y ella, empleaba los medios más delicados y discretos para realzar aquel ánimo abatido, para darle esperanzas de que sería dichoso en cuanto emprendiese, para hacerle creer que de él dependía subir á la cumbre del poder y de la gloria, y para persuadirle sobre todo de que él era, en absoluto, y singularmente para ella, de tanto valor y de tan gran ser, y de precio tan inestimable, que no necesitaba de victorias, ni de triunfos, ni de aplausos mundanos, á fin de corroborar, y mucho menos de acrecentar en sí tan reconocidas excelencias.
Esta noble conducta de María mortificaba más y más á D. Faustino exacerbando sus remordimientos; pero el atractivo y la diabólica fascinación que ejercía sobre él Costancita, podían más que todo. D. Faustino amaba, reverenciaba, adoraba á María como algo santo, celestial, suave, sereno y puro, y buscaba, no obstante, á Costancita, arrastrado por el delirio de los sentidos, por el demonio de la vanidad y del orgullo, y hasta por el aguijón punzante de los celos, temeroso siempre de que si él la dejaba, ella pudiese querer á otro, aunque no fuese sino por despecho.
Mucho hubieran durado así las cosas, sin descubrirse nada, si el Doctor no hubiese tenido un enemigo vigilante, astuto y cada día más enconado contra él y contra su mujer. Este enemigo era Rosita.
Los lazos que la unían al general Pérez se habían estrechado cada vez más. Rosita dominaba al conquistador tremebundo; le tenía sujeto, avasallado, cambiado de león en cordero. Si ella le consultaba á veces sobre los moños, vestidos y adornos que debía ponerse, él la consultaba sobre la política. De ella dependía, pues, que el Ministerio durase ó cayese, que hubiera ó no otro nuevo pronunciamiento, que cambiase de Constitución ó de forma el Estado. En España todo lo podía la tropa; con la tropa todo lo podía el general Pérez; con el general Pérez, Rosita. De esta suerte, en virtud de tan irrefutable sorites, consideraba Rosita que todo dependía de ella. Ella era la Aspasia de aquel Pericles flamante.
En medio de tanta gloria, la afrenta que le hizo el Doctor y la rivalidad de María vivían en su corazón, á pesar de los años transcurridos, y se le corroían como un cáncer.
Como el General no tenía secretos para ella, llegó á decirle hasta el mal rato y el picón que le dieron Costancita y el Doctor, protestando que si él había pretendido á Costancita, había sido con intento de burlarse de ella y de rebajar su orgullo.
Informada Rosita de aquellos amores, suponiéndolos más adelantados de lo que estaban entonces, les siguió la pista con encarnizamiento, sagacidad y sigilo. Supo que doña Etelvina había sido la doncella de Costancita, y conjeturó que no podría menos de ser la persona de toda su confianza para ciertos negocios, dado que los hubiese. Bien estimó ella que sería difícil, ya que no imposible, que doña Etelvina, por desalmada que fuera, hiciese á sabiendas traición á su ama. No procuró, por lo tanto, ganarse la voluntad de doña Etelvina, sino la de su principal ayudanta y confidenta la señorita Adela, la cual, por lo mismo que doña Etelvina andaba siempre tan atareada, era la que acudía á casa de Rosita con modas y trajes.
Ganada del todo la señorita Adela, á fuerza de presentes y obsequios, nada ocurría en casa de doña Etelvina que Rosita no supiese. Así pasó más de un año sin que Rosita averiguase lo que deseaba averiguar; mas, por último, premió sus afanes el diablo.
La señorita Adela se impuso, á pesar del recato con que se hacía, y transmitió en seguida á Rosita su gran descubrimiento, de que la Marquesa de Guadalbarbo iba á casa de la Etelvina, ó bien muy de mañana, ó bien al anochecer, entre dos luces, y que allí veía al Doctor, que la aguardaba.
Rosita, prodigando entonces el oro, sobornó á la señorita Adela, y la comprometió á introducir á una persona en casa de la Etelvina y á ocultarla en lugar conveniente para que, sin ser vista de nadie, pudiese ver á los amantes en una de sus citas.
Luego la hija del escribano usurero escribió á María un anónimo, revelándole la traición de su marido y ofreciéndole generosamente los medios de cerciorarse de ella.
El día, la hora, el momento de la cita llegó, según la señorita Adela tenía averiguado.
Costancita hubo de quejarse del poco cariño, de la tibieza del Doctor. Se mostró celosa de María: dijo que María era más querida que ella.
Embriagado el Doctor por las fascinadoras miradas, por la coquetería infernal, por la elegancia, por la hermosura aristocrática y por la juventud inmarcesible de su prima, le aseguró que respetaba á su mujer, pero que no la amaba; que casi la odiaba por su causa.
El Doctor confirmó tan abominable aserto con un abrazo.
Entonces creyó oir cerca de sí, penetrando en su pecho como agudo puñal, un sollozo desgarrador y ahogado.
Se apartó lleno de espanto, de los brazos de Costancita; buscó rápidamente, y nada vió en el cuarto en que estaban. Abrió la puerta por donde habían entrado, y nada vió tampoco. Abrió, en fin, otra puertecilla que daba á otro cuarto interior, que también tenía salida al corredor, y encontró vacío el cuarto y la puerta de salida cerrada con llave. Interrogó á doña Etelvina sobre las personas que había en casa, y doña Etelvina dijo que no había nadie, salvo la señorita Adela, porque las oficialas se habían ido ya todas. La señorita Adela era además muy de fiar y no sollozaba nunca por tan poco. La señorita Adela, interrogada á su vez por doña Etelvina, sostuvo que nadie había entrado en casa; que ella estaba al cuidado de todo, y que los criados se hallaban en la cocina para evitar que se enterasen de aquellos asuntos.
Costancita decidió entonces que lo del sollozo, que ella no había oído, era una locura del Doctor. El Doctor acabó por persuadirse de lo mismo.
Desde aquel día en adelante la tristeza de María fué siendo más honda y persistente. Aunque no exhaló la menor queja contra D. Faustino, D. Faustino vió á las claras que todo lo sabía. Á pesar de su excepticismo, no hallando modo natural de explicárselo, el Doctor imaginó que no era vana la segunda vista de María; que su espíritu, desprendiéndose del organismo, al cual sólo por un hilo de flúido eléctrico quedaba anudado, volaba donde quería y atravesaba los muros y penetraba en los más ocultos lugares. El sollozo que él había oído y que no había oído Costancita, le pareció un ¡ay! del alma, un gemido espiritual que arrancó á María de lo hondo de su ser la horrible frase de que él casi la odiaba.
¿Qué satisfacción, qué disculpa, qué palabra de consuelo podía dar D. Faustino á su mujer si en efecto lo sabía todo, fuese como fuese?
El Doctor se limitaba, pues, á estar más amable, más dulce, más rendido que nunca con ella; pero no intentó explicación ni satisfacción alguna. María no se daba por entendida del agravio.
Por último, María cayó postrada en cama con una gravísima enfermedad. Sentía en el lado del corazón más calor que de ordinario, y una opresión y una fatiga muy grandes. Le pesaba algo dentro del pecho. Á veces le daban vahídos. Parecíale luego que le apretaban las entrañas. La atormentaban incesantes angustias. El pulso, débil, era desigual y precipitado; la respiración, fatigosa y entrecortada de lastimeros suspiros.
Su severa y majestuosa hermosura resplandecía más, á pesar de las muchas canas que blanqueaban su negra cabellera, porque sus ojos tenían más luz, más viveza que en su estado normal, y porque ardiente carmín daba color á sus mejillas.
De repente solían acometerle fuertes palpitaciones, que imprimían á su seno dolorosas sacudidas: se diría que llegaban á oirse por los que estaban cerca los latidos violentos é irregulares de su corazón inflamado. De repente también parecía suspenderse el movimiento del corazón, y la enferma caía en un desmayo. Siempre, con todo, conservaba María su razón despejada; más bien que turbarse ó anublarse, su entendimiento mostraba lucidez maravillosa, como si fuese una luz, una llama á la cual se acercan substancias combustibles.
El doctor Calvo prescribió dieta, reposo, bebidas refrigerantes y sinapismos en los pies; apeló á la homeopatía, y ordenó ignatia, pulsatila y ácido fosfórico. No se atrevió á ordenar sangrías ni sanguijuelas, por medio de la debilidad de la paciente. Al fin confesó á D. Juan que el mal no tenía remedio en lo humano.
Realizándose los desconsoladores pronósticos del doctor Calvo, María, cumplidos ya todos sus deberes de cristiana, estaba próxima á expirar, atendida por su tío y su hija, los cuales reprimían mal el llanto.
D. Faustino, sombrío, mudo, sin lágrimas en los ojos y con negra pena en el pecho, estaba de rodillas, junto á la cabecera de la cama. No se atrevía á tomar una mano de la moribunda. Apenas si se atrevía á mirarla. Lleno de horror y de vergüenza, inclinaba al suelo los ojos.
María hizo un esfuerzo supremo. Miró á su marido con tan benévola mirada, con tan santa sonrisa, con unos ojos tan dulces y tan llenos de perdón y de amor celestial, que D. Faustino la miró también sin atormentador sonrojo y henchido de gratitud y de arrepentimiento. Después, con mayor esfuerzo, María alargó la mano á su marido, que la tomó entre las suyas y la cubrió de besos respetuosos. Las lágrimas de D. Faustino, que habían estado como hielo hiriéndole por dentro, se liquidaron entonces, y brotaron de sus ojos, y bañaron la mano de María. Con desfallecida voz, con voz muy baja, que nadie sino él pudo oir, entrando clara y distinta por los sentidos en su alma, dijo ella de esta suerte:
—Lo sé todo; lo he visto; lo he oído. Te oí decir que me aborrecías; pero nunca pude creerlo. Lo dijiste en un momento de locura. Yo te perdono, Faustino; yo te amo. ¡Yo te bendigo! Ámame. No te atormentes creyéndote culpado. Vive para nuestra hija. ¡Es tan pura, tan noble, tan santa, tan angelical! Es el lazo de nuestras almas. Viviendo para ella, vivirás para mí. Por ella estamos más ligados que nunca. No hay entre nosotros divorcio eterno, sino eterno consorcio. Te espero allí arriba...
Sin más perceptibles suspiros, sin convulsión ni gesto, con dulzura inefable, más que como separación dolorosa, como tránsito feliz, cual cautivo que recobra la libertad, el espíritu de María abandonó en aquel instante su cuerpo hermoso. Aquel corazón fatigadísimo se había rendido al cansancio; había ido poco á poco moderando su impulso: se dilató al perdonar, y no tuvo fuerzas para contraerse de nuevo, impulsando la sangre por las arterias. La circulación cesó para siempre.
D. Faustino, mientras estuvo embelesado, bajo el encanto poderoso de aquella voz amada, simpática, que le perdonaba y le bendecía, abrió su alma á todas las esperanzas, pensó en el cielo: creyó en el perdón de Dios y en su infinita misericordia; juzgó que él mismo sabría perdonarse al fin, y columbró el camino de la perfección, del que se había extraviado, y consideró posible volver á él venciendo los obstáculos con varonil perseverancia.
Muerta María, ahogada su voz, extinguida la antorcha que le guiaba, las antiguas é inveteradas especulaciones surgieron de pronto en el ánimo de D. Faustino.
—Si he cometido una infamia, si soy un miserable—dijo para sí—, y si hay una vida eterna, eternamente me lo estaré echando en cara. No me limpiaré la mancha. Será un infierno sin redención. Si persiste mi individuo, persistirá el egoísmo, que es la esencia de la individualidad. ¡Ah, no! Lo malo, lo egoísta, lo impuro, debe morir. Lo inmortal, lo eterno, lo divino soy yo, es María, es todo, en lo que tenemos de bueno. Ella no era egoísta; ella era todo devoción y sacrificio. Como se entregó á mí un día, así se ha entregado á la muerte ahora, por completo, toda ella. ¿Qué ha de quedar de ella en otra vida? Ella se dió toda. Dios la recibió en su seno. Ella se perdió en la absoluta esencia.
Miró luego el Doctor con ojos enjutos y fijos el cadáver de María. Vió aquellas formas bellas aún: las imaginó destruídas, feamente destrozadas, cayendo en pútrida disolución. Un súbito ataque nervioso se siguió á tan crueles pensamientos, no dulcificados ya por el bálsamo de las creencias.
El Doctor rompió en una aterradora carcajada.
Acudieron á él su hija y D. Juan; pero fué tarde. El Doctor corrió hacia su alcoba, que estaba contigua. Su hija y D. Juan le siguieron. Sobre una cómoda había un revólver. D. Faustino le tomó antes que su familia llegase. Se metió el cañón en la boca, afirmándole contra el paladar, é hizo fuego.
La muerte fué instantánea. D. Faustino cayó por tierra sin movimiento.
Irene, de rodillas, con los ojos levantados al cielo, pedía perdón para todos, impetrando la clemencia divina.
D. Juan Fresco estaba trastornado, conmovido espantosamente, horrorizado, á pesar de su frescura.
Refulgente de inocencia, en medio de tantos horrores, Irene, disgustada del mundo, se decidió á buscar un asilo al pie de los altares. Su alma, toda entregada á Dios, no era capaz de compartir los efímeros y falsos goces de este mundo con ningún espíritu encarnado en cuerpo humano. Serafinito la amaba. Serafinito, que estaba en Madrid estudiando leyes, tenía por Irene una verdadera adoración. Irene le amó sólo como á un hermano.
La pena del excelente y candoroso Serafinito y las observaciones y ruegos de D. Juan no bastaron á persuadirla para que cambiase de propósito.
D. Juan Fresco y Serafinito llevaron á Irene á Avila, á los dos meses de muertos sus padres, y allí se encerró ella en el convento de San José, fundado por Santa Teresa. No bien pasó el noviciado, Irene tomó el velo y profesó de carmelita descalza, trocando gustosa por la aspereza penitente de aquella austera vida el regalo y el mimo con que había sido criada.
Tal fué la triste historia que me contó D. Juan Fresco, cuando no estaba presente Serafinito, para que no le diese una congoja.
La moral que D. Juan Fresco sacaba de todo el relato, era que esta educación del día forma muchos hombres vanos, presumidos, ambiciosos, llenos de mil planes absurdos, que es lo que él llama ilusiones, y sin firme creencia en nada, y sin energía ni para el bien ni para el mal.
—En el día—exclamaba,—los doctores Faustinos abundan:
Terra malos homines nunc educat atque pusillos, según cantaba el poeta satírico.
D. Juan, no obstante, ora sea porque había cobrado afición á D. Faustino, ora porque fuese cierto, sostenía que el Doctor había sido hombre de natural nobilísimo y generoso, aunque viciado por una perversa educación y por el medio en que había vivido.
Un día, estando yo en Villabermeja, fuí á visitar la iglesia con D. Juan Fresco. El padre Piñón, bueno y sano aún, hacía los honores, enseñando todas las curiosidades.
Nos paramos delante del altar del Santo Patrono de plata, que, como dicen allí, es tamaño como un pepino y hace más milagros que cinco mil demonios. Entre los milagros colgados junto al altar, el padre Piñón me mostró un Doctor Faustino, hecho de cera, de unas ocho pulgadas de largo. Era una ofrenda votiva del ama Vicenta, la cual afirmaba que el Santo Patrono había salvado al Doctor de la enfermedad que se siguió al duelo con el Marqués de Guadalbarbo.
—Mal milagro hizo el Santo, si le hizo—me dijo D. Juan.—¡Cuánto mejor hubiera sido que Don Faustino hubiera muerto entonces!
—Sr. D. Juan—contestó el padre Piñón,—no diga V. disparates. Si el Santo no lo hizo, lo hizo Dios; y lo que Dios hace, bien hecho está, aunque nosotros no penetremos la razón y el propósito.
Otro día fuimos á ver la casa solariega de los López de Mendoza.
Allí está aún el retrato de la coya, que, en efecto, según asegura D. Juan, se parece mucho á María.
Respetilla, Jacintica y sus nueve vástagos viven felices en el piso bajo de aquella casa. El principal está reservado á los recuerdos. Todas las habitaciones están cerradas, de modo que en ellas no pueden entrar sino los espíritus, dado que los espíritus se complazcan en discurrir por los sitios donde vivieron vida mortal, amaron y padecieron.
Todavía queda un rincón de la casa, también en el piso bajo, donde vive la pobre ama Vicenta, quien adora la memoria de su niño Faustinito y no piensa más que en él.
La afectuosa anciana guarda en un arca, como reliquias venerables, todo el traje doctoral, con muceta bordada, bonete y borla, el uniforme de lancero de milicianos nacionales, y el uniforme de maestrante de Ronda.
Yo examiné con atención é interés estos objetos, que, cediendo á nuestras súplicas, el ama Vicenta nos mostró con orgullo.
D. Juan Fresco, tan enemigo de las ilusiones, exhalando un suspiro y sin acritud alguna, me dijo aparte:
—Esos objetos simbolizan las causas de la perdición de mi sobrino político. El traje de doctor es la vanidad científica, la pedantería filosófica, la duda y la incertidumbre sobre cuanto importa para ser enérgico en la vida, con energía sana; el uniforme de miliciano nacional es símbolo de la confusión que solemos hacer de la verdadera libertad con el tumulto, la bullanga y el desorden; y el uniforme de maestrante es símbolo de la manía nobiliaria, de donde nacen la pereza, el despilfarro y la incapacidad para las faenas y menesteres que dan riqueza y prosperidad á las naciones.
Madrid, 1875.
POSDATA
He estado indeciso entre escribir algo ó callarme acerca de la presente edición. Ya se ve que la hago por haberse agotado la primera, á pesar de los esfuerzos de profundos críticos á fin de demostrar que el libro es malo, que no es novela, y que yo no soy ni puedo ser novelista. Yo no he de ir á demostrar lo contrario. Es más: no me importa que se demuestre ó no, con tal de que el libro se lea y se venda.
Mi objeto al escribir esta posdata es otro.
Aunque en LAS ILUSIONES DEL DOCTOR FAUSTINO todo está claro, el espíritu sutil de ahora enturbia la mayor claridad, y es menester acudir con explicaciones y rectificaciones, si no quiere un pobre autor que le atribuyan propósitos que jamás tuvo.
Mi idea al componer cuentos, narraciones ó lo que sean, ya que no sean novelas, no es probar nada. Para probar tesis, escribiría yo disertaciones. Mi intento es hacer una pintura de las costumbres y pasiones de nuestra época; una representación fiel y artística de la vida humana. De tal pintura ó representación, si estuviere bien hecha, sacará cada lector, no una, sino varias enseñanzas, que no dudo que podrán serle útiles; pero el principal objeto del autor ha de ser la pintura, la obra de arte, y no la enseñanza.
Para la pintura ó representación, ¿cómo he de negar yo que se buscan y estudian modelos? Pero la obra de arte no se logra copiándolos servilmente. Contra tal sospecha me conviene protestar.
Toda la fábula, en su conjunto, mal ó bien imaginada, es invención mía. Nada hay en ella de real y de histórico. Los personajes que en la fábula intervienen son también inventados.
Villabermeja es una utopia, aunque para darle color y ser de lugar real, tome yo rasgos y perfiles y pormenores de lugares que conozco y donde he vivido. De otra suerte, al menos así lo entiendo y lo siento, sin duda por la pobreza y esterilidad de mi cerebro, las creaciones del poeta son vanas y carecen de verdad y de atractivo. Sobre los rasgos y perfiles copiados, mi fantasía ha añadido lo conveniente para la fábula.
Los apodos no tienen chiste, son falsos, cuando no son populares. Es menester que los invente ó al menos que los adopte el pueblo. Por eso Respeta, Respetilla, D. Juan Fresco, las Civiles y el padre Piñón, confieso que no son apodos inventados por mí; yo no hubiera tenido jamás la habilidad de inventarlos; pero las personas que en mi narración llevan estos apodos, ni en costumbres, ni en circunstancias de la vida, ni en lances de fortuna, tienen nada que ver con los seres reales, tal vez conocidos en algún lugar con dichos apodos.
Con los nombres de pila y con los apellidos procedo yo en mis novelas de un modo idéntico, por este prurito que tengo de remedar la verdad en las menudencias. Así, por ejemplo, Pepe Güeto y D. Acisclo son nombres que trascienden á mi provincia á cien leguas. Y así también, al hacer madre de D. Faustino á una señora principal de Ronda, le dí apellido y la hice de una de las familias más principales de aquella ciudad: los Escalantes. Del mismo modo, D. Carlos, en El Comendador Mendoza, lleva, por ser rondeño, el apellido ilustre de Atienza, tan conocido y respetado en aquella ciudad. Como ni D. Carlos ni Doña Ana hacen nada indecoroso, ningún inconveniente se sigue de que yo les dé tales apellidos.
Para los títulos he procedido por manera semejante; y en vez de llamar á tal conde el de Prado-Ameno, y al otro marqués el de Monte-Alto, he buscado nombres propios de sitios conocidos en mi tierra, como Fajalauza, Genazahar y Guadalbarbo.
En anecdotillas ó lances realmente ocurridos, ¿cómo he de negar que abundan mis novelas? Con estas verdades, incrustadas en la mentira ó ficción poética, se hace verosímil dicha ficción. Verdades son, pues, la broma, algo pesada, que dió el cura Fernández al Obispo en la Peña de los Enamorados, que se refiere como cierta de otro cura á quien he conocido; las circunstancias de la muerte de Joselito el Seco (¿para qué negarlo, si nadie lo ignora en Andalucía?), ocurridas en la muerte del famoso bandolero Caparrota; y la venganza que tomó Joselito el Seco del Alcalde, y la venganza que el hijo del Alcalde tomó luego de Joselito, lo cual, con la alteración que á mí me convenía, es historia que he oído contar no pocas veces á personas de mi familia, quienes vieron entrar en Carratraca al hijo del Alcalde con los últimos bandidos muertos, y no rapadas aún las barbas, que él había jurado conservar hasta que vengase por completo á su padre.
De las mujeres de mis novelas me interesa asimismo decir algo. Unos críticos suponen que son las más tan marisabidillas, que no pueden existir en los lugares; y otros, que existen en los lugares, y que yo las he copiado sin respeto, y las he sacado á relucir sin consentimiento de ellas. Ni una cosa ni otra es cierta. En los lugares de Andalucía hay, y puede haber, mujeres que sean la propia discreción y la propia elegancia. No es menester nacer en Madrid para eso. Precisamente, de la pequeña ciudad cuyo nombre callo, y donde yo supongo educada á Costancita y donde Costancita tiene sus devaneos por la reja con el Doctor Faustino, han venido á Madrid nada menos que tres mujeres de nuestra primera aristocracia, que han brillado y brillan, por hermosura, ó por ingenio, ó por todo. Costancita, sin embargo, salvo este fundamento real para la verosimilitud; salvo el dato efectivo de que en su ciudad se crían mujeres que vienen á ser grandes y elegantísimas señoras, en nada se parece, ni por su carácter, ni por los sucesos de su vida, á sus simpáticas, bellas y respetables compatriotas. Si he aludido á ellas, ha sido para demostrar que no me llevo á un lugar á una señora de Madrid y la pongo donde no existe, como los antiguos poetas bucólicos, griegos ó franceses, disfrazaban de pastoras á las refinadas damas de Alejandría, de París ó de Versalles.
Vengo, por último, al héroe principal de mi novela: al Doctor Faustino. No hay personaje, en mi sentir, más dotado de verdad estética. No le hay, tampoco, más desprovisto de toda histórica realidad.
Aunque yo soy poco aficionado á símbolos y alegorías, confieso que el Doctor Faustino es un personaje que tiene algo de simbólico ó de alegórico. Representa, como hombre, á toda la generación mi contemporánea: es un doctor Fausto en pequeño, sin magia ya, sin diablo y sin poderes sobrenaturales que le den auxilio. Es un compuesto de los vicios, ambiciones, ensueños, escepticismo, descreimiento, concupiscencias, etc., que afligen ó afligieron á la juventud de mi tiempo. En él reúno los tres tipos ó formas principales bajo que se presenta el hombre de dicha generación y de cierta clase, si clase pueden formar los que gastan levita y no chaqueta. En su alma asisten la vana filosofía, la ambición política y la manía aristocrática. Ya sé que hay hombres mejores; pero yo no quería escribir la vida de un santo. Sé también que los hay más ridículos; pero no quería yo hacer una novela enteramente cómica y de figurón. Y sé también que los hay mil veces más odiosos y malvados; pero si D. Faustino lo fuese, dejaría de ser algo cómico, como yo quería, y dejaría de tener también algo de interesante y de patético, como me convenía que tuviese para mi plan de novela, ó de lo que yo entiendo por novela, á pesar de los críticos. D. Faustino, dado mi plan, no podía ser sino como es. Fausto es más grande; pero también es más egoista, más pervertido y más pecaminoso.
En suma, y sea del valer moral de mi héroe lo que se quiera (ó mejor dicho, lo que se le antoje á quienes quizá no se ven, y se juzgan la virtud misma), para pintar lo interior del alma de mi héroe, prescindiendo de lo que le sucede en el mundo, no he tenido más arte que mirar en el fondo del alma de no pocos amigos míos y en el fondo de mi propia alma, y analizar allí afectos, desengaños, pasiones é ilusiones.
Este análisis, y perdóneseme la inmodestia, creo que está hecho con apacible serenidad, con frescura y con tino dignos de mi D. Juan Fresco.
En esto reside, no ya sólo el mérito literario, si tiene alguno, sino también la sana moral, de que estoy convencido de que mi novela no carece.
Las enfermedades y las deformidades físicas no se curan con sólo mirarlas y conocerlas; pero en las enfermedades del alma es ya gran remedio el ver y el conocer; y si por gracia de la fantasía poética se representan artísticamente esa intuición y ese conocimiento, la cura está ya casi realizada. Tal vez á los soberbios, que no quieren ver en ellos mismos ni uno solo de los defectos del Doctor Faustino, sea á quienes peor y más detestable, moral y literariamente, les parezca su historia, que me atrevo, á pesar de todo, á encomendar de nuevo á la indulgencia del público ilustrado y desapasionado.
ÍNDICE DEL TOMO II.
| Páginas. | |
| XV.—La tertulia de los tres dúos | 5 |
| XVI.—El Paraiso terrenal | 21 |
| XVII.—Más pueden celos que amor | 39 |
| XVIII.—Pacto amoroso | 57 |
| XIX.—Los milagros del desprecio | 63 |
| XX.—Continúan los milagros | 69 |
| XXI.—Por seguir á una mujer | 79 |
| XXII.—La venganza de Rosita | 99 |
| XXIII.—Confidencias de Joselito | 107 |
| XXIV.—Sunt lacrimæ rerum | 115 |
| XXV.—La soledad | 131 |
| XXVI.—Ilusiones que se van perdiendo | 147 |
| XXVII.—Cabos sueltos | 159 |
| XXVIII.—La crisis | 181 |
| XXIX.—Á secreto agravio, secreta venganza | 199 |
| XXX.—Bodas tristes | 243 |
| Conclusión | 265 |
| Posdata | 291 |
Acabóse de imprimir este libro
en la Imprenta Alemana
en Madrid á XV días
de Agosto de
MCMVI años