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Los Sueños, Volume I cover

Los Sueños, Volume I

Chapter 20: DISCURSO
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About This Book

A sequence of dreamlike satires presents a parade of grotesque, comic, and bitter scenes that expose social vices, hypocrisy, and human follies. The work strings together episodic visions—mock tribunals, infernal tableaux, and absurd encounters—using sharp irony, moral reflection, and vivid imagery to ridicule institutions, vanity, corruption, and false pieties. Its structure favors short, concentrated sketches over continuous narrative, shifting freely between allegory, caricature, and philosophical asides. The voice alternates caustic invective and mordant humor, aiming to instruct by scorn while entertaining through grotesque invention and rhetorical virtuosity.

DISCURSO

Están siempre cautelosos y prevenidos los ruines pensamientos, la desesperación cobarde y la tristeza, esperando coger a solas a un desdichado para mostrarse alentados con él. Propia condición de cobardes, en que juntamente hacen ostentación de su malicia y de su vileza. Por bien que lo tengo considerado en otros, me sucedió en mi prisión. Pues habiendo, o por acariciar mi sentimiento o por hacer lisonja a mi melancolía, leído aquellos versos que Lucrecio escribió con tan animosas palabras[344], me vencí de la imaginación, y debajo del peso de tan ponderadas palabras y razones me dejé caer tan postrado con el dolor del desengaño que leí, que ni sé si me desmayé advertido o escandalizado. Para que la confesión de mi flaqueza se pueda disculpar, escribo por introducción a mi discurso la voz del poeta divino, que suena ansí, rigurosa con amenazas tan elegantes:

Denique si vocem rerum natura repente
Mittat et hoc alicui nostrum sic increpet ipsa:
Quid tibi tantopere est, mortalis, quod nimis aegris
Luctibus indulges? Quid mortem congemis ac fles?
Nam si grata fuit tibi vita anteacta, priorque,
Et non omnia pertusum congesta quasi in vas
Commoda perfluxere atque ingrata interiere:
Cur non, ut plenus vitae, conviva, recedis?
Aequo animoque capis securam, stulte, quietem?

Entróseme luego por la memoria de rondón Job dando voces y diciendo:

Al fin, hombre nacido[345]
De mujer flaca, de miserias lleno,
A breve vida como flor traído,
De todo bien y de descanso ajeno,
Que, como sombra vana,
Huye a la tarde y nace a la mañana.

Con este conocimiento propio acompañaba luego el de la vida, que hicimos, diciendo:

Guerra es la vida del hombre[346]
Mientras vive en este suelo,
Y sus horas y sus días,
Como las del jornalero.

Yo, que arrebatado de la consideración, me vi a los pies de los desengaños, rendido, con lastimoso sentimiento y con celo enojado, repetí a éstos en la fantasía:

¡Qué perezosos pies, qué entretenidos[347]
Pasos lleva la muerte por mis daños!
El camino me alargan los engaños
Y en mí se escandalizan los perdidos.
Mis ojos no se dan por entendidos,
Y, por descaminar mis desengaños,
Me disimulan la verdad los años
Y les guardan el sueño a los sentidos.
Del vientre a la prisión vine en naciendo,
De la prisión iré al sepulcro amando,
Y siempre en el sepulcro estaré ardiendo:
Cuantos plazos la muerte me va dando,
Prolijidades son, que va creciendo,
Porque no acabe de morir penando.

Entre estas demandas y respuestas, fatigado y combatido (sospecho que fué cortesía del sueño piadoso, más que de natural), me quedé dormido. Luego que desembarazada el alma se vió ociosa sin la tarea de los sentidos[348] exteriores, me embistió desta manera la comedia siguiente, y así la recitaron mis potencias a escuras, siendo yo para mis fantasías auditorio y teatro.

Fueron entrando unos médicos a caballo en unas mulas, que con gualdrapas negras parecían tumbas con orejas. El paso era divertido, torpe y desigual, de manera que los dueños iban encima en mareta[349] y algunos vaivenes de serradores; la vista asquerosa de puro pasear los ojos por orinales y servicios; las bocas emboscadas en barbas, que apenas se las hallara un brazo; sayos con resabios de vaqueros[350]; guantes en infusión, doblados como los que curan[351]; sortijón[352] en el pulgar con piedra tan grande, que cuando toma el pulso pronostica al enfermo la losa. Eran éstos en gran número, y todos rodeados de platicantes[353], que cursan en lacayos, y, tratando más con las mulas que con los doctores, se gradúan de médicos. Yo, viéndolos, dije:

—Si déstos se hacen estos otros, no es mucho que estos otros nos deshagan a nosotros.

Alrededor venía gran chusma y caterva de boticarios con espátulas desenvainadas y jeringas en ristre, armados de cala[354] en parche, como de punta en blanco. Los medicamentos que éstos venden, aunque estén caducando en las redomas de puro añejos, y los socrocios[355] tengan telarañas, los dan, y así son medicinas redomadas[356] las suyas. El clamor del que muere empieza en el almirez del boticario, va al pasacalles[357] del barbero, paséase por el tableteado[358] de los guantes del dotor, y acábase en las campanas de la iglesia. No hay gente más fiera que estos boticarios. Son armeros de los dotores: ellos les dan armas. No hay cosa suya que no tenga achaques de guerra y que no aluda a armas ofensivas. Jarabes que antes les sobran letras para jara[359], que les falten. Botes[360] se dicen los de pica; espátulas son espadas en su lengua; píldoras son balas; clísteres y melecinas, cañones; y así se llaman cañón de melecina. Y bien mirado, si así se toca la tecla de las purgas, sus tiendas son purgatorios, y ellos los infiernos, los enfermos los condenados[361], y los médicos los diablos. Y es cierto que son diablos los médicos, pues unos y otros andan tras los malos y huyen de los buenos, y todo su fin es que los buenos sean malos y que los malos no sean buenos jamás.

Venían todos vestidos de recetas y coronados de erres[362] asaeteadas, con que empiezan las recetas. Y consideré que los dotores hablan a los boticarios diciendo: Recipe, que quiere decir recibe. De la misma suerte habla la mala madre a la hija, y la codicia al mal ministro. ¡Pues decir que en la receta hay otra cosa que erres asaeteadas por delincuentes, y luego Ana, Ana,[363] que juntas hacen un Annás para condenar a un justo! Síguense uncias y más onzas:[364] ¡qué alivio para desollar un cordero enfermo! Y luego ensartan nombres de simples, que parecen invocaciones de demonios: Buphthálmus,[365] opopánax, leontopétalon, tragoríganum, potamogéton senos pugillos, diacathalicon, petroselinum, scilla y rapa. Y sabido qué quiere decir tan espantosa baraúnda de voces tan rellenas de letrones, son zanahoria, rábanos y perejil y otras suciedades. Y como han oído decir que quien no te conoce te compre,[366] disfrazan las legumbres porque no sean conocidas y las compren los enfermos. Elingatis[367] dicen lo que es lamer, catapotia las píldoras, clyster la melecina, glans o balanus la cala, y errhinae el moquear. Y son tales los nombres de sus recetas y tales sus medicinas, que las más veces, de asco de sus porquerías y hediondeces con que persiguen a los enfermos, se huyen las enfermedades.

¿Qué dolor habrá de tan mal gusto, que no se huya de los tuétanos por no aguardar el emplasto de Guillén Serven[368] y verse convertir en baúl una pierna o muslo donde él está? Cuando vi a éstos y a los dotores, entendí cuan mal se dice para notar diferencia aquel asqueroso refrán: “Mucho va del c... al pulso”;[369] que antes no va nada, y sólo van los médicos, pues inmediatamente desde él van al servicio y al orinal a preguntar a los meados lo que no saben, porque Galeno los remitió a la cámara y a la orina. Y como si el orinal les hablase al oído, se le llegan a la oreja, avahándose[370] los barbones con su niebla. ¿Pues verles hacer que se entienden con la cámara por señas, y tomar su parecer al bacín, y su dicho a la hedentina[371]? No les esperara un diablo. ¡Oh malditos pesquisidores contra la vida, pues ahorcan con el garrotillo, degüellan con sangrías, azotan con ventosas, destierran las almas, pues las sacan de la tierra de sus cuerpos sin alma y sin conciencia!

Luego se seguían los cirujanos cargados de pinzas, tientas[372], cauterios, tijeras, navajas, sierras, limas, tenazas y lancetones. Entre ellos se oía una voz muy dolorosa a mis oídos, que decía:

—Corta, arranca, abre, asierra, despedaza, pica, punza, ajigota[373], rebana, descarna y abrasa.

Dióme gran temor, y más verlos el paloteado que hacían con los cauterios y tientas. Unos huesos se me querían entrar de miedo dentro de otros. Híceme un ovillo.

En tanto vinieron unos demonios con unas cadenas de muelas y dientes, haciendo bragueros, y en esto conocí que eran sacamuelas, el oficio más maldito del mundo, pues no sirven sino de despoblar bocas y adelantar la vejez. Éstos, con las muelas ajenas y no ver diente, que no quieran ver antes en su collar que en las quijadas, desconfían[374] a las gentes de Santa Polonia, levantan testimonios a las encías y desempiedran las bocas. No he tenido peor rato que tuve en ver sus gatillos[375] andar tras los dientes ajenos, como si fueran ratones, y pedir dineros por sacar una muela, como si la pusieran.

—¿Quién vendrá acompañado desta maldita canalla?—decía yo.

Y me parecía que aun el diablo era poca cosa para tan maldita gente, cuando veo venir gran ruido de guitarras. Alegréme un poco. Tocaban todos pasacalles y vacas. Que me maten si no son barberos. Ellos[376], que entran. No fué mucha habilidad el acertar. Que esta gente tiene pasacalles infusos y guitarra gratis data[377]. Era de ver puntear[378] a unos y rasgar a otros. Yo decía entre mí:

—¡Dolor de la barba, que, ensayada en saltarenes[379], se ha de ver raspar y del brazo, que ha de recibir una sangría, pasada por chaconas y folías!

Consideré que todos demás ministros del martirio, inducidores de la muerte, estaban en mala moneda y eran oficiales de vellón y hierro viejo, y que solos los barberos se habían trocado en plata[380]. Y entretúveme en verlos manosear una cara, sobajar otra[381] y lo que se huelgan con un testuz en el lavatorio.

Luego comenzó a entrar una gran cantidad de gente. Los primeros eran habladores. Parecían azudas[382] en conversación, cuya música era peor que la de órganos destemplados. Unos hablaban de hilván[383], otros a borbotones, otros a chorretadas, otros habladorísimos hablaban a cántaros. Gente que parece que lleva pujo de decir necedades, como si hubiera tomado alguna purga confeccionada de hojas de Calepino[384] de ocho lenguas. Éstos me dijeron que eran habladores de diluvios, sin escampar[385] de día ni de noche. Gente que habla entre sueños, y que madruga a hablar. Había habladores secos[386] y habladores que llaman del río o del rocío y de la espuma; gente que graniza de perdigones. Otros que llaman tarabilla[387]; gente que se va de palabras como de cámaras, que hablan a toda furia. Había otros habladores nadadores, que hablan nadando con los brazos hacia todas partes y tirando manotadas y coces. Otros jimios, haciendo gestos y visajes. Venían los unos consumiendo a los otros.

Síguense los chismosos, muy solícitos de orejas, muy atentos de ojos, muy encarnizados de malicia. Y andaban hechos uñas de las vidas ajenas, espulgándolos[388] a todos. Venían tras ellos los mentirosos, contentos, muy gordos, risueños y bien vestidos y medrados, que, no teniendo otro oficio, son milagro del mundo, con un gran auditorio de mentecatos y ruines.

Detrás venían los entremetidos, muy soberbios y satisfechos y presumidos, que son las tres lepras de la honra del mundo. Venían injiriéndose en los otros y penetrándose en todo, tejidos y enmarañados en cualquier negocio. Son lapas de la ambición[389] y pulpos de la prosperidad. Estos venían los postreros, según pareció, porque no entró en gran rato nadie. Pregunté que cómo venían tan apartados, y dijéronme unos habladores, sin preguntarlo yo a ellos:

—Estos entremetidos son la quinta esencia de los enfadosos, y por eso no hay otra cosa peor que ellos.

En esto estaba yo considerando la diferencia tan grande del acompañamiento y no sabía imaginar quién pudiese venir.

En esto entró una que parecía mujer, muy galana y llena de coronas, cetros, hoces, abarcas, chapines, tiaras, caperuzas, mitras, monteras, brocados, pellejos, seda, oro, garrotes, diamantes, serones, perlas y guijarros. Un ojo abierto y otro cerrado y vestida y desnuda de todas colores. Por el un lado era moza y por el otro era vieja. Unas veces venía despacio y otras apriesa. Parecía que estaba lejos y estaba cerca. Y cuando pensé que empezaba a entrar, estaba ya a mi cabecera.

Yo me quedé como hombre que le preguntan qué es cosa y cosa[390], viendo tan extraño ajuar y tan desbaratada compostura. No me espantó; suspendióme, y no sin risa, porque, bien mirado, era figura donosa[391]. Pregúntele quién era, y díjome[392]:

—La muerte.

¿La muerte? Quedé pasmado. Y apenas abrigué al corazón algún aliento para respirar, y, muy torpe de lengua, dando trasijos[393] con las razones, la dije:

—Pues ¿a qué vienes?

—Por ti—dijo.

—¡Jesús mil veces! Muérome según eso.

—No te mueres—dijo ella—; vivo has de venir conmigo a hacer una visita a los difuntos. Que pues han venido tantos muertos a los vivos, razón será que vaya un vivo a los muertos y que los muertos sean oídos. ¿Has oído decir que yo ejecuto sin embargo? Alto, ven conmigo.

Perdido de miedo, le dije:

—¿No me dejarás vestir?

—No es menester—respondió—. Que conmigo nadie va vestido, ni soy embarazosa. Yo traigo los trastos de todos, porque vayan más ligeros.

Fuí con ella donde me guiaba. Que no sabré decir por dónde, según iba poseído del espanto. En el camino la dije:

—Yo no veo señas de la muerte[394], porque allá nos la pintan unos huesos descarnados con su guadaña.

Paróse y respondió:

—Eso no es la muerte, sino los muertos, o lo que queda de los vivos. Estos huesos son el dibujo sobre que se labra el cuerpo del hombre. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte. Tiene la cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de vosotros mismos. La calavera es el muerto, y la cara es la muerte. Y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo. Y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte y lo que le sobra a la sepultura. Si esto entendiérades así, cada uno de vosotros estuviera mirando en sí su muerte cada día y la ajena en el otro, y viérades que todas vuestras casas están llenas della y que en vuestro lugar hay tantas muertes como personas, y no la estuviérades aguardando, sino acompañándola y disponiéndola. Pensáis que es huesos la muerte y que hasta que veáis venir la calavera y la guadaña no hay muerte para vosotros, y primero sois calavera y huesos que creáis que lo podéis ser.

—Dime—dije yo—: ¿qué significan éstos que te acompañan, y por qué van, siendo tú la muerte, más cerca de tu persona los enfadosos y habladores que los médicos?

Respondióme:

—Mucha más gente enferma de los enfadosos que de los tabardillos y calenturas, y mucha más gente matan los habladores y entremetidos que los médicos. Y has de saber que todos enferman del exceso o destemplanza de humores; pero, lo que es morir, todos mueren de los médicos que los curan. Y así, no habéis de decir, cuando preguntan: “¿De qué murió Fulano?”, de calentura, de dolor de costado, de tabardillo, de peste, de heridas, sino murió de un dotor Tal que le dió, de un dotor Cual. Y es de advertir que en todos los oficios, artes y estados se ha introducido el don en hidalgos, en villanos[395]. Yo he visto sastres y albañiles[396] con don y ladrones y galeotes en galeras. Pues si se mira en las ciencias, en todas hay millares. Sólo de los médicos ninguno ha habido con don, pudiéndolos tener muchos; mas todos tienen don de matar, y quieren más din[397] al despedirse que don al llamarlos.

En esto llegamos a una sima grandísima, la muerte predicadora y yo desengañado. Zambullóse sin llamar, como de casa, y yo tras ella, animado con el esfuerzo que me daba mi conocimiento tan valiente. Estaban a la entrada tres bultos armados a un lado y otro monstruo terrible enfrente, siempre combatiendo entre sí todos, y los tres con el uno y el uno con los tres. Paróse la Muerte, y díjome:

—¿Conoces a esta gente?

—Ni Dios me la deje conocer—dije yo.

—Pues con ellos andas a las vueltas—dijo ella—desde que naciste. Mira cómo vives—replicó—. Éstos son los enemigos del hombre: el Mundo es aquél, éste es el Diablo y aquélla la Carne[398].

Y es cosa notable que eran todos parecidos unos a otros, que no se diferenciaban. Díjome la Muerte:

—Son tan parecidos, que en el mundo tenéis a los unos por los otros. Piensa un soberbio que tiene todo el mundo, y tiene al diablo. Piensa un lujurioso que tiene la carne, y tiene al demonio[399]. Y así anda todo.

—¿Quién es—dije yo—aquél que está allí apartado, haciéndose pedazos con estos tres con tantas caras y figuras?

—Ése es—dijo la Muerte—el Dinero, que tiene puesto pleito a los tres enemigos del alma, diciendo que quiere ahorrar de émulos y que adonde él está no son menester, porque él solo es todos tres enemigos. Y fúndase para decir que el dinero es el diablo, en que todos decís: “Diablo es el dinero” y que “Lo que no hiciere el dinero, no lo hará el diablo”, “Endiablada cosa es el dinero”.

Para ser el Mundo, dice que vosotros decís que “No hay más mundo que el dinero”, “Quien no tiene dinero, váyase del mundo”; al que le quitan el dinero decís que “Le echan del mundo”, y que “Todo se da por el dinero”.

Para decir que es la carne el dinero, dice el Dinero: “Dígalo la Carne”, y remítese a las putas y mujeres malas, que es lo mismo que interesadas.

—No tiene mal pleito el Dinero—dije yo—, según se platica por allá.

Con esto, nos fuimos más abajo, y, antes de entrar por una puerta muy chica y lóbrega, me dijo:

—Estos dos, que saldrán aquí conmigo, son las postrimerías.

Abrióse la puerta, y estaban a un lado el infierno y el que llaman juicio[400] de Minos[401], así me dijo la Muerte que se llamaban. Estuve mirando al infierno con atención, y me pareció notable cosa. Díjome la Muerte:

—¿Qué miras?

—Miro—respondí—al Infierno, y me parece que le he visto otras veces.

—¿Dónde?—preguntó.

—¿Dónde?—dije—. En la codicia de los jueces, en el odio de los poderosos, en las lenguas de los maldicientes, en las malas intenciones, en las venganzas en el apetito de los lujuriosos, en la vanidad de los príncipes. Y donde cabe el infierno todo, sin que se pierda gota, es en la hipocresía de los mohatreros de las virtudes, que hacen logro del ayuno y del oir misa. Y lo que más he estimado es haber visto el juicio de Minos, porque hasta ahora[402] he vivido engañado, y ahora veo el Juicio como es. Echo de ver que el que hay en el mundo no es juicio ni hay hombre de juicio, y que hay muy poco juicio en el mundo. ¡Pesia tal!—decía yo—. Si deste juicio hubiera allá, no digo parte, sino nuevas creídas, sombra o señas, otra cosa fuera. Si los que han de ser jueces han de tener deste juicio, buena anda la cosa en el mundo. Miedo me da de tornar arriba, viendo que, siendo éste el juicio, se está aquí casi entero, y que poca parte está repartida entre los vivos. Más quiero muerte con juicio que vida sin él.

Con esto, bajamos a un grandísimo llano, donde parecía estaba depositada la oscuridad para las noches. Díjome la Muerte:

—Aquí has de parar, que hemos llegado a mi tribunal y audiencia.

Aquí estaban las paredes colgadas de pésames. A un lado estaban las malas nuevas, ciertas y creídas y no esperadas; el llanto, en las mujeres engañoso, engañado en los amantes, perdido de los necios y desacreditado en los pobres. El dolor se había desconsolado y creído, y solos los cuidados estaban solícitos y vigilantes, hechos carcomas de reyes y príncipes, alimentándose de los soberbios y ambiciosos. Estaba la envidia con hábito de viuda, tan parecida a dueña, que la quise llamar Álvarez o González. En ayunas de todas las cosas, cebada en sí misma, magra y exprimida. Los dientes, con andar siempre mordiendo de lo mejor y de lo bueno, los tenía amarillos y gastados. Y es la causa que lo bueno y santo, para morderlo, no llega a los dientes; mas nada bueno le puede entrar de los dientes adentro[403]. La discordia estaba debajo della, como que nacía de su vientre, y creo que es su hija legítima. Ésta, huyendo de los casados, que siempre andan a voces, se había ido a las comunidades y colegios, y, viendo que sobraba en ambas partes, se fué a los palacios y cortes, donde es lugarteniente de los diablos. La ingratitud estaba en un gran horno, haciendo de una masa de soberbia y odio demonios nuevos cada momento. Holguéme de verla, porque siempre había sospechado que los ingratos eran diablos y caí entonces en que los ángeles, para ser diablos, fueron primero ingratos. Andaba todo hirviendo de maldiciones.

—¿Quién diablos—dije yo—está lloviendo maldiciones aquí?

Díjome un muerto que estaba a mi lado:

—¿Maldiciones queréis que falten donde hay casamenteros y sastres, que son la gente más maldita del mundo, pues todos decís: “Mal haya quien me casó”, “Mal haya quien con vos me juntó”, y los más, “Mal haya quien me vistió”?

—¿Qué tiene que ver—dije yo—sastres y casamenteros en la audiencia de la muerte?

—¡Pesia tal!—dijo el muerto, que era impaciente—. ¿Estáis loco? Que, si no hubiera casamenteros, ¿hubiera la mitad de los muertos y desesperados? ¡A mí me lo decid, que soy marido! Cinco, como bolo[404], y se me quedó allá la mujer y piensa acompañarme otros diez[405]. Pues sastres, ¿a quién no matarán las mentiras y largas de los sastres y hurtos? Y son tales, que para llamar a la desdicha peor nombre, la llaman desastre, del sastre, y es el principal miembro de este tribunal que aquí veis.

Alcé los ojos y vi la Muerte en su trono, y a los lados, muchas muertes. Estaba la muerte de amores, la muerte de frío, la muerte de hambre, la muerte de miedo y la muerte de risa, todas con diferentes insignias. La muerte de amores estaba con muy poquito seso[406]. Tenía, por estar acompañada, porque no se le corrompiese por la antigüedad, a Píramo y Tisbe[407], embalsamados, y a Leandro y Hero y a Macías, en cecina, y algunos portugueses derretidos. Mucha gente vi que estaba ya para acabar debajo de su guadaña, y, a puros milagros del interés, resucitaban.

En la muerte de frío vi a todos los ricos, que, como no tienen mujer ni hijos ni sobrinos[408] que los quieran, sino a sus haciendas, estando malos, cada uno carga en lo que puede y mueren de frío.

La muerte de miedo estaba la más rica y pomposa y con acompañamiento más magnífico, porque estaba toda cercada de gran número de tiranos y poderosos. Éstos mueren a sus mismas manos, y sus sayones con sus conciencias[409], y ellos son verdugos de sí mismos, y sólo un bien hacen en el mundo, que, matándose a sí de miedo, recelo y desconfianza, vengan de sí propios a los inocentes. Estaban con ellos los avarientos, cerrando cofres, arcones y ventanas, enlodando resquicios, hechos sepulturas de sus talegos, y pendientes de cualquier ruido del viento, los ojos hambrientos de sueño, las bocas quejosas de las manos, las almas trocadas en plata y oro.

La muerte de risa era la postrera, y tenía un grandísimo cerco de confiados y tarde arrepentidos. Gente que vive como si no hubiese justicia y muere como si no hubiese misericordia. Éstos son los que, diciéndoles: “Restituid lo mal llevado”, dicen: “Es cosa de risa”. “Mirad que estáis viejo y que ya no tiene el pecado que roer en vos: dejad la mujercilla que embarazáis inútil, que cansáis enfermo; mirad que el mismo diablo os desprecia ya por trasto embarazoso y la misma culpa tiene asco de vos”. Responden: “Es cosa de risa, y que nunca se sintieron mejores”. Otros hay que están enfermos, y, exhortándolos a que hagan testamento, que se confiesen, dicen que se sienten buenos y que han estado de aquella manera mil veces. Éstos son gente que están en el otro mundo y aún no se persuaden a que son difuntos.

Maravillóme esta visión, y dije, herido del dolor y conocimiento:

—¡Diónos Dios una vida sola y tantas muertes! ¡De una manera se nace y de tantas se muere! Si yo vuelvo al mundo, yo procuraré empezar a vivir.

En esto estaba, cuando se oyó una voz que dijo tres veces:

—Muertos, muertos, muertos.

Con esto se rebulló el suelo y todas las paredes, y empezaron a salir cabezas, brazos y bultos extraordinarios. Pusiéronse en orden con silencio.

—Hablen por su orden—dijo la Muerte.

Luego salió uno con grandísima cólera y priesa y se vino para mí, que entendí que me quería maltratar, y dijo:

—Vivos de Satanás, ¿qué me queréis, que no me dejáis muerto y consumido? ¿Qué os he hecho que, sin tener parte en nada, me disfamáis en todo y me echáis la culpa de lo que no sé?

—¿Quién eres—le dije con una cortesía temerosa—que no te entiendo?

—Soy yo—dijo—el malaventurado Juan de la Encina[410], el que, habiendo muchos años que estoy aquí, toda la vida andáis, en haciéndose un disparate, o en diciéndole vosotros, diciendo: “No hiciera más Juan de la Encina; daca los disparates de Juan de la Encina”. Habéis de saber que para hacer y decir disparates, todos los hombres sois Juan de la Encina, y que este apellido de Encina es muy largo en cuanto a disparates. Pero pregunto si yo hice los testamentos en que dejáis que otros hagan por vuestra alma lo que no habéis querido hacer. ¿He porfiado con los poderosos? ¿Teñíme la barba por no parecer viejo? ¿Fuí viejo, sucio y mentiroso? ¿Llamé favor el pedirme lo que tenía? ¿Enamoréme con mi dinero y el quitarme lo que tenía? ¿Entendí yo que sería bueno para mí el que a mi intercesión fué ruin con otro que se fió dél? ¿Gasté yo la vida en pretender con qué vivir, y, cuando tuve con qué, no tuve vida que vivir? ¿Creí las sumisiones del que me hubo menester? ¿Caséme por vengarme de mi amiga? ¿Fuí yo tan miserable que gastase un real segoviano en buscar un cuarto incierto? ¿Pudríme[411] de que otro fuese rico o medrase? ¿He creído las apariencias de la fortuna? ¿Tuve yo por dichosos a los que al lado de los príncipes dan toda la vida por una hora? ¿Heme preciado de hereje y de malreglado en todo y peor contento, porque me tengan por entendido? ¿Fuí desvergonzado por campear de valiente? Pues si Juan de la Encina no ha hecho nada desto, ¿qué necedades hizo este pobre Juan de la Encina? Pues en cuanto a decir necedades, sacadme un ojo[412] con una. Ladrones, que llamáis disparates los míos y parates[413] los vuestros, pregunto yo: ¿Juan de la Encina fué acaso el que dijo: “Haz bien y no cates a quién[414]”, habiendo de ser al contrario: “Si hicieres bien, mira a quién”? ¿Fué Juan de la Encina quien, para decir que uno era malo, dijo: “Es hombre que ni teme ni debe”[415], habiendo de decir que ni teme ni paga? Pues es cierto que la mejor señal de ser bueno es ni temer ni deber, y la mayor de la maldad, ni temer ni pagar. ¿Dijo Juan de la Encina: “De los pescados, el mero; de las carnes, el carnero[416]; de las aves, la perdiz, de las damas, la Beatriz”? No lo dijo, porque él no dijera sino: “De las carnes, la mujer; de los pescados[417], el carnero; de las aves, el Ave María, y después la presentada[418]; de las damas, la más barata”. Mirad si es desbaratado Juan de la Encina: no prestó sino paciencia, no dió sino pesadumbres; él no gastaba con los hombres que piden dinero ni con las mujeres que piden matrimonio. ¿Qué necedades pudo hacer Juan de la Encina, desnudo por no tratar con sastres, que se dejó quitar de la hacienda por no haber menester letrados, que se murió antes de enfermo que de curado, para ahorrarse el médico? Sólo un disparate hizo, que fué, siendo calvo, quitar a nadie el sombrero, pues fuera menos mal ser descortés que calvo, y fuera mejor que le mataran a palos porque no se quitaba el sombrero, que no a apodos porque era calvario[419]. Y si por hacer una necedad anda Juan de la Encina por todos esos púlpitos y cátedras, con votos, gobiernos y estados, enhoramala para ellos, que todo el mundo es monte[420] y todos son Encinas.

En esto estábamos, cuando, muy estirado y con gran ceño, emparejó[421] otro muerto conmigo, y dijo:

—Volved acá la cara; no penséis que habláis con Juan de la Encina.

—¿Quién es vuesamerced—dije yo—, que con tanto imperio habla, y donde todos son iguales presume diferencia?

—Yo soy—dijo—el Rey que rabió[422]. Y si no me conocéis, por lo menos no podéis dejar de acordaros de mí, porque sois los vivos tan endiablados, que a todo decís que se acuerda del Rey que rabió, y, en habiendo un paredón viejo, un muro caído, una gorra calva, un ferreruelo lampiño, un trabajazo rancio, un vestido caduco, una mujer manida de años y rellena de siglos, luego decís que se acuerda del Rey que rabió. No ha habido tan desdichado rey en el mundo, pues no se acuerdan dél sino vejeces y harapos, antigüedades y visiones[423]. Y ni ha habido rey de tan mala memoria ni tan asquerosa ni tan carroña[424] ni tan caduca, carcomida y apolillada. Han dado en decir que rabié, y juro a Dios que mienten; sino que han dado todos en decir que rabié, y no tiene ya remedio. Y no soy yo el primero rey que rabió ni el solo, que no hay rey, ni le ha habido, ni le habrá, a quien no levanten que rabia. Ni sé yo cómo pueden dejar de rabiar todos los reyes. Porque andan siempre mordidos por las orejas de envidiosos y aduladores que rabian.

Otro, que estaba al lado del Rey que rabió, dijo:

—Vuesa merced se consuele conmigo, que soy el rey Perico[425], y no me dejan descansar de día ni de noche. No hay cosa sucia, ni desaliñada, ni pobre, ni antigua, ni mala, que no digan que fué en tiempo del rey Perico. Mi tiempo fué mejor que ellos pueden pensar. Y para ver quién fuí yo y mi tiempo y quién son ellos, no es menester más que oíllos, porque en diciendo a una doncella; ahora la madre: “Hija, las mujeres, bajar[426] los ojos y mirar a la tierra, y no a los hombres”, responden: “Eso fué en tiempo del rey Perico; los hombres han de mirar a la tierra, pues fueron hechos della, y las mujeres al hombre, pues fueron hechas dél”. Si un padre dice a su hijo: “No jures, no juegues, reza las oraciones cada mañana, persígnate en levantándote, echa la bendición a la mesa”, dice que: “Eso se usaba en tiempo del rey Perico”. Ahora le tendrán por un maricón si sabe[427] persignarse, y se reirán dél si no jura y blasfema. Porque en nuestros tiempos más tienen por hombre al que jura que al que tiene barbas.

Al que acabó de decir esto se llegó un muertecillo muy agudo, y sin hacer cortesía, dijo:

—Basta lo que han hablado, que somos muchos y este hombre vivo está fuera de sí y aturdido.

—No dijera más Mateo Pico[428], y vengo a eso sólo.

—Pues, bellaco vivo, ¿qué dijo Mateo Pico, que luego andáis si dijera más, no dijera más? ¿Cómo sabéis que no dijera más Mateo Pico? Dejadme tornar a vivir sin tornar a nacer: que no me hallo bien en barrigas de mujeres, que me han costado mucho, y veréis si digo más, ladrones viejos. Pues si yo viera vuestras maldades, vuestras tiranías, vuestras insolencias, vuestros robos, ¿no dijera más? Dijera más y más, y dijera tanto, que enmendárades el refrán, diciendo: “Más dijera Mateo Pico”. Aquí estoy, y digo más, y avisad desto a los habladores de allá; que yo apelo deste refrán con las mil y quinientas[429].

Quedé confuso de mi inadvertencia y desdicha en topar con el mismo Mateo Pico. Era un hombrecillo menudo, todo chillido, que parecía que rezumaba[430] de palabras por todas sus conjunturas, zambo de ojos y bizco de piernas, y me parece que le he visto mil veces en diferentes partes.

Quitóse de delante y descubrióse una grandísima redoma de vidrio. Dijéronme que llegase, y vi jigote, que se bullía en un ardor[431] terrible, y andaba danzando por todo el garrafón, y poco a poco se fueron juntando unos pedazos de carne y unas tajadas, y déstas se fué componiendo un brazo, un muslo y una pierna, y, al fin, se coció y enderezó un hombre entero. De todo lo que había visto y pasado me olvidé, y esta visión me dejó tan fuera de mí, que no diferenciaba de los muertos.

—¡Jesús mil veces!—dije—. ¿Qué hombre es éste, nacido en guisado[432], hijo de una redoma?

En esto, oí una voz que salía de la vasija, y dijo:

—¿Qué año es éste?

—De seiscientos y veintidós[433]—respondí.

—Este año esperaba yo.

—¿Quién eres—dije—, que, parido de una redoma, hablas y vives?

—¿No me conoces?—dijo—. La redoma y las tajadas, ¿no te advierten que soy aquel famoso nigromántico de Europa[434]? ¿No has oído decir que me hice tajadas dentro de una redoma para ser inmortal[435]?

—Toda mi vida lo he oído decir—le respondí—; mas túvelo por conversación de la cuna y cuento de entre dijes[436] y babador. ¿Qué tú eres? Yo confieso que lo más que llegué a sospechar fué que eras algún alquimista, que penabas en esa redoma, o algún boticario. Todos mis temores doy por bien empleados por haberte visto.

—Sábete—dijo—que[437] mi nombre no fué del título que me da la ignorancia, aunque tuve muchos; sólo te digo que estudié y escribí muchos libros, y los míos quemaron, no sin dolor de los doctos[438].

—Sí, me acuerdo—dije yo—. Oído he decir que estás enterrado[439] en un convento de religiosos; mas hoy me he desengañado.

—Ya que has venido aquí—dijo—, desatapa esa redoma.

Yo empecé a hacer fuerza y a desmoronar tierra con que estaba enlodado el vidrio de que era hecha, y díjome:

—Espera. Dime primero[440]: ¿hay mucho dinero en España? ¿En qué opinión está el dinero? ¿Qué fuerza alcanza? ¿Qué crédito? ¿Qué valor?

Respondíle:

—No han descaecido las flotas de las Indias, aunque los extranjeros han echado unas sanguijuelas[441] desde España al cerro del Potosí, con que se van restañando las venas y a chupones se empezaron a secar las minas.

—¿Ginoveses[442] andan a la zacapela[443] con el dinero?—dijo él—. Vuélvome jigote. Hijo mío, los ginoveses son lamparones del dinero, enfermedad que procede de tratar con gatos[444]. Y vese que son lamparones porque sólo el dinero que va a Francia[445] no admite ginoveses en su comercio. ¿Salir tenía yo, andando esos usagres de bolsas[446] por las calles? No digo yo hecho jigote en redoma, sino hecho polvos en salvadera quiero estar antes que verlos hechos dueños de todo.

—Señor nigromántico—repliqué yo—, aunque esto es así, han dado en adolecer de caballeros en teniendo caudal, úntanse de señores y enferman de príncipes. Y con esto y los gastos y empréstidos[447] se apolilla la mercancía y se viene todo a repartir en deudas y locuras. Y ordena el demonio que las putas vendan las rentas reales dellos, porque los engañan, los enferman, los enamoran, los roban, y después los hereda el consejo de Hacienda. La verdad adelgaza y no quiebra[448]; en esto se conoce que los ginoveses no son verdad, porque adelgazan y quiebran.

—Animádome has—dijo—con eso. Dispondréme a salir desta vasija—como primero me digas en qué estado está la honra en el mundo.

—Mucho hay que decir en esto—le respondí yo—. Tocado has una tecla del diablo. Todos tienen honra, y todos son honrados, y todos lo hacen todo caso de honra. Hay honra en todos estados, y la honra se está cayendo de su estado, y parece que está ya siete estadios debajo tierra. Si hurtan, dicen que por conservar esta negra de honra, y que quieren más hurtar que pedir. Si piden, dicen que por conservar esta negra honra, y que es mejor pedir que no hurtar. Si levantan un testimonio, si matan a uno, lo mismo dicen; que un hombre honrado[449] antes se ha de dejar morir entre dos paredes, que sujetarse a nadie; y todo lo hacen al revés. Y al fin en el mundo todos han dado en la cuenta, y llaman honra a la comodidad y con presumir de honrados y no serlo se ríen del mundo.

—El diablo puede salir a vivir en ese mundecillo—dijo él[450]—. Considérome yo a los hombres con unas honras títeres, que chillan, bullen y saltan, que parecen honras, y mirado bien son andrajos y palillos[451]. ¿El no decir verdad será mérito? ¿El embuste y la trapaza, caballería? ¿Y la insolencia, donaire? Honrados eran los españoles cuando podían decir deshonestos y borrachos[452] a los extranjeros; mas andan diciendo aquí malas lenguas que ya en España ni el vino se queja de malbebido ni los hombres mueren de sed. En mi tiempo no sabía el vino por dónde subía a las cabezas, y ahora parece que se sube hacia arriba[453]. Pues los maridos, porque tratamos de honras, considero yo que andarán hechos buhoneros[454] de sus mujeres, alabando cada uno a sus agujas. Hay maridos calzadores, que los meten para calzarse la mujer con más descanso y sacarlos fuera ellos. Hay maridos linternas, muy compuestos, muy lucidos, muy bravos, que vistos de noche a escuras parecen estrellas, y llegados cerca son candelilla, cuerno y hierro, rata por cantidad. Otros maridos hay jeringas, que apartados atraen, y llegando se apartan. Pues la cosa más digna de risa es la honra de las mujeres, cuando piden su honra, que es pedir lo que dan. Y si creemos a la gente y a los refranes que dicen: “Lo que arrastra honra[455]”, la honra del marido son las culebras y las faldas. No estoy dos dedos[456] de volverme jigote, dijo el nigromántico, para siempre jamás: no sé qué me sospecho. Dime, ¿hay letrados?

—Hay plaga de letrados—dije yo—. No hay otra cosa sino letrados. Porque unos lo son por oficio, otros lo son por presunción, otros por estudio, y déstos pocos, y otros (éstos son los más) son letrados porque tratan con otros más ignorantes que ellos (en esta materia hablaré como apasionado), y todos se gradúan de dotores y bachilleres, licenciados y maestros, más por los mentecatos con quien tratan que por las universidades, y valiera más a España langosta perpetua que licenciados al quitar[457].

—Por ninguna cosa saldré de aquí—dijo el nigromántico—. ¿Eso pasa? Ya yo[458] los temía, y por las estrellas alcancé esa desventura, y por no ver los tiempos que han pasado embutidos de letrados me avecindé en esta redoma, y por no los ver me quedaré hecho pastel en bote.

Repliqué:

—En los tiempos pasados, que la justicia estaba más sana, tenía menos dotores, y hala[459] sucedido lo que a los enfermos, que cuantas más juntas de dotores se hacen sobre él, más peligro muestra y peor le va, sana menos y gasta más. La justicia, por lo que tiene de verdad, andaba desnuda; ahora anda empapelada como especias. Un Fuero-Juzgo con su maguer y su cuemo[460], y conusco y faciamus era todas las librerías. Y aunque son voces antiguas, suenan con mayor propiedad, pues llaman sayón al alguacil y otras cosas semejantes. Ahora ha entrado una cáfila de Menoquios, Surdos y Fabros, Farinacios y Cujacios[461], consejos y decisiones y responsiones y lecciones y meditaciones. Y cada día salen autores, y cada uno con tres volúmenes: Doctoris Putei[462], 1. 6, vol. 1, 2, 3, 4, 5, 6 hasta 15; Licenciati Abbatis De Usuris; Petri Cusqui In Codicem; Rupis, Brutiparcin, Castani; Montocanense De Adulterio et Parricidio; Cornazano, Rocabruno, etc.[463] Los letrados todos tienen un cimenterio por librería, y por ostentación andan diciendo: “Tengo tantos cuerpos”. Y es cosa brava que las librerías de los letrados todas son cuerpos sin alma, quizá por imitar a sus amos.

No hay cosa en que no nos dejen tener razón; sólo lo que no dejan tener a las partes es el dinero, que le quieren ellos para sí. Y los pleitos no son sobre si lo que deben a uno se lo han de pagar a él, que eso no tiene necesidad de preguntas y respuestas; los pleitos son sobre que el dinero sea de letrados y del procurador sin justicia, y la justicia sin dinero de las partes. ¿Queréis ver qué tan[464] malos son los letrados? Que si no hubiera letrados, no hubiera porfías; y si no hubiera porfías, no hubiera pleitos; y si no hubiera pleitos, no hubiera procuradores; y si no hubiera procuradores, no hubiera enredos; y si no hubiera enredos, no hubiera delitos; y si no hubiera delitos, no hubiera alguaciles; y si no hubiera alguaciles, no hubiera cárcel; y si no hubiera cárcel, no hubiera jueces; y si no hubiera jueces, no hubiera pasión; y si no hubiera pasión, no hubiera cohecho. Mirad la retahila de infernales sabandijas que se produce de un licenciadito, lo que disimula una barbaza y lo que autoriza una gorra. Llegaréis a pedir un parecer, y os dirán:

—Negocio es de estudio. Diga vuesamerced que ya estoy al cabo. Habla la ley en propios términos.

Toman un quintal de libros, danle dos bofetadas hacia arriba y hacia abajo, y leen de priesa[465], arremedando un abejón; luego dan un gran golpe con el libro patas arriba sobre una mesa, muy esparrancado[466] de capítulos, y dicen:

—En el propio caso habla el jurisconsulto. Vuesamerced me deje los papeles, que me quiero poner bien en el hecho del negocio, y téngalo por más que bueno, y vuélvase por acá mañana en la noche. Porque estoy escribiendo sobre la tenuta[467] de Trasbarras; mas por servir a vuesamerced lo dejaré todo.

Y cuando al despediros le queréis pagar, que es para ellos la verdadera luz y entendimiento del negocio que han de resolver, dice, haciendo grandes cortesías y acompañamientos:

—¡Jesús, señor!

Y entre Jesús y señor alarga la mano, y para gastos de pareceres se emboca un doblón.

—No he de salir de aquí—dijo el nigromántico—hasta que los pleitos se determinen a garrotazos. Que en el tiempo que por falta de letrados se determinaban las causas a cuchilladas, decían que el palo era alcalde[468], y de ahí vino: Júzguelo el alcalde de palo. Y si he de salir, ha de ser sólo a dar arbitrio a los reyes del mundo; que quien quisiere estar en paz y rico, que pague los letrados a su enemigo para que lo embelequen[469] y roben y consuman. Dime, ¿hay todavía Venecia en el mundo?

—Sí la hay—dije yo—: no hay otra cosa sino Venecia y venecianos.

—¡Oh! doyla al diablo—dijo el nigromántico—por vengarme del mismo diablo, que no sé que pueda darla a nadie, sino por hacerle mal. Es república ésa que, mientras que no tuviere conciencia, durará. Porque si restituye lo ajeno, no le queda nada. ¡Linda gente! La ciudad fundada en el agua; el tesoro y la libertad, en el aire; la deshonestidad, en el fuego.

Y, al fin, es gente de quien huyó la tierra y son narices de las naciones y el albañal de las monarquías, por donde purgan las inmundicias de la paz y de la guerra. Y el turco los permite por hacer mal a los cristianos; los cristianos, por hacer mal a los turcos, y ellos, por poder hacer mal a unos y a otros, no son moros ni cristianos. Y así dijo uno dellos mismos en una ocasión de guerra, para animar a los suyos contra los cristianos:

—Ea, que antes fuisteis venecianos que cristianos.

—Dejemos eso, y dime: ¿hay muchos golosos de valimientos de los hombres del mundo?

—Enfermedad es—dije yo—ésa de que todos los reinos son hospitales.

Y él replicó:

—Antes casas de orates entendí yo; mas según la relación que me haces, no me he de mover de aquí. Mas quiero que tú les digas a esas bestias que en albarda tienen la vanidad y ambición, que los reyes y príncipes son azogue en todo. Lo primero, el azogue, si le quieren apretar, se va: así sucede a los que quieren tomarse con los reyes más mano de lo que es razón. El azogue no tiene quietud: así son los ánimos por la continua mareta de negocios. Los que tratan y andan con el azogue, todos andan temblando: así han de hacer los que tratan con los reyes, temblar delante dellos de respeto y temor, porque, si no, es fuerza que tiemblen después hasta que caigan. ¿Quién reina ahora en España, que es la postrera curiosidad que he de saber, que me quiero volver a jigote, que me hallo mejor?

—Murió Filipo III—dije yo.

—Fué santo Rey y de virtud incomparable—dijo el nigromántico—, según leí yo en las estrellas pronosticado.

—Reina Filipo IV días ha—dije yo[470].

—¿Eso pasa?—dijo—. ¿Que ya ha dado el tercero cuarto para la hora que yo esperaba?

Y diciendo y haciendo subió por la redoma y la trastornó y salió fuera. Iba diciendo y corriendo:

—Más justicia se ha de hacer ahora por un cuarto que en otros tiempos por doce millones[471].

Yo quise partir tras él, cuando me asió del brazo un muerto, y dijo:

—Déjale ir. Que nos tenía con cuidado a todos. Y cuando vayas al otro mundo, di que Agrages estuvo contigo, y que se queja que le levantéis: Agora lo veredes. Yo soy Agrages. Mira bien que no he dicho tal. Que a mí no se me da nada que ahora ni nunca lo veáis. Y siempre andáis diciendo: Ahora lo veredes, dijo Agrages. Sólo ahora, que a ti y al de la redoma os oí decir que reinaba Filipo IV, digo que ahora lo veredes. Y pues soy Agrages, ahora lo veredes, dijo Agrages[472].

Fuése, y púsoseme delante, enfrente de mí, un hombrecillo, que parecía remate de cuchar[473], con pelo de limpiadera, erizado, bermejizo y pecoso.

—Dígote sastre[474]—dije yo.

Y él tan presto dijo:

—Oir, que no pica[475]. Pues no soy sino solicitador. Y no pongáis nombres a nadie. Yo me llamo Arbalias, y os lo he querido decir para que no andéis allá en la vida: “Es un Arbalias”, a unos y a otros, sin saber a quién[476] lo decís[477].

Muy enojado, a mí se llegó un hombre viejo, muy ponderado de testuz, de los que traen canas por vanidad, un gran haz de barbas, ojos a la sombra muy metidos[478], frentaza llena de surcos, ceño descontento y vestido que, juntando lo extraordinario con el desaliño, hacía misteriosa la pobreza.

—Más despacio te he menester que Arbalias—me dijo—. Siéntate.

Sentóse y sentéme. Y como si le dispararan de un arcabuz, en figura de trasgo se apareció entre los dos otro hombrecillo, que parecía astilla e Arbalias, y no hacía sino chillar y bullir. Díjole el viejo, con una voz muy honrada[479]: