III
Tres noches después tomábamos café varios amigos en el
precioso casino de Almería.
20 Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos
viejos, militares retirados, Comandante el uno y Coronel el otro,
según dijo alguno que los conocía.
A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan
alto como suelen los que han mandado mucho.
25 De pronto hirió mis oídos y llamó mi atención esta frase del
Coronel:
—El pobre Risas....
—¡Risas!—exclamé para mí.
Y me puse a escuchar de intento.
30 —El pobre Risas ... (decía el Coronel) fué hecho prisionero
por los franceses cuando tomaron a Málaga, y, de depósito (p64)
en depósito, fué a parar nada menos que a Suecia,[64-1] donde yo
estaba también cautivo, como todos los que no pudimos escaparnos
con el Marqués de la Romana.[64-2]—Allí lo conocí, porque
intimó con Juan, mi asistente de toda la vida, o de toda mi
05 carrera; y cuando Napoleón tuvo la crueldad de llevar a Rusia,
formando parte de su Grande Ejército, a todos los españoles
que estábamos prisioneros en su poder, tomé de ordenanza a
Risas.[64-3] Entonces me enteré de que tenía un miedo cerval[64-4] a
los polacos, o un terror supersticioso a Polonia,[64-5] pues no hacía
10 más que preguntarnos a Juan y a mi «si tendríamos que pasar
por aquella tierra para ir a Rusia,» estremeciéndose a la idea
de que tal[64-6] llegase a acontecer.—Indudablemente, a aquel
hombre, cuya cabeza no estaba muy firme por lo mucho que
había abusado de las bebidas espirituosas,[64-7] pero que en lo
15 demás era un buen soldado y un mediano cocinero, le había
ocurrido algo grave con algún polaco, ora[64-8] en la guerra de
España,[64-9] ora en su larga peregrinación por otras naciones.—Llegados
a Varsovia,[64-10] donde nos detuvimos algunos días, Risas
se puso gravemente enfermo, de fiebre cerebral, por resultas
20 del terror pánico que le había acometido desde que entramos
en tierra polonesa; y yo, que le tenía ya cierto cariño, no quise
dejarlo allí solo cuando recibimos la orden de marcha, sino que
conseguí de mis Jefes que Juan se quedase en Varsovia cuidándolo,
sin perjuicio de que,[64-11]] resuelta aquella crisis de un modo
25 o de otro, saliese luego en mi busca con algún convoy de
equipajes y víveres, de los muchos que seguirían a la nube de
gente en que mi regimiento figuraba a vanguardia.—¡Cuál
fué, pues, mi sorpresa cuando, el mismo día que nos pusimos
en camino, y a las pocas horas de haber echado a andar,[64-12] se
30 me presentó mi antiguo asistente lleno de terror, y me dijo lo
que acababa de suceder con el pobre Risas!—¡Dígole a V.
que el caso es de lo más singular[64-13] y estupendo que haya ocurrido
nunca!—Óigame, y verá si hay motivo para que yo no
haya olvidado esta historia en cuarenta y dos años.—Juan(p65)
había buscado un buen alojamiento para cuidar a Risas, en
casa de cierta labradora viuda, con tres hijas casaderas, que
desde que llegamos a Varsovia los españoles no había dejado
de preguntarnos a varios, por medio de intérpretes franceses,
05 si sabíamos algo de un hijo suyo llamado Iwa, que vino a la
guerra de España en 1808, y de quien hacía tres años no tenía
noticia alguna, cosa que no pasaba a las demás familias que se
hallaban en idéntico caso.—Como Juan era tan zalamero,
halló modo de consolar y esperanzar a aquella triste madre, y
10 de aquí[65-1] el que, en recompensa, ella se brindara[65-2] a cuidar a
Risas al verlo caer en su presencia atacado de una fiebre
cerebral...—Llegados a casa de la buena mujer, y cuando ésta
ayudaba a desnudar al enfermo, Juan la vió palidecer de pronto
15 y apoderarse convulsivamente de cierto medallón de plata, con
una efigie o retrato en miniatura, que Risas llevaba siempre al
pecho, bajo la ropa, a modo de talismán o conjuro contra los
polacos, por creer[65-3] que representaba a una Virgen o Santa de
aquel país.—¡Iwa! ¡Iwa!—gritó después la viuda de un
20 modo horrible, sacudiendo al enfermo, que nada entendía,
aletargado como estaba por la fiebre.—En esto acudieron las
hijas; y, enteradas del caso, cogieron el medallón, lo pusieron
al lado del rostro de su madre, llamando por medio de señas la
atención de Juan para que viese, como vió, que la tal efigie[65-4]
25 no era más que el retrato de aquella mujer, y, encarándose
entonces con él, visto que su compatriota no podía responderles,
comenzaron a interrogarle mil cosas con palabras ininteligibles,
bien que con gestos y ademanes que revelaban claramente la
más siniestra furia.—Juan se encogió de hombros, dando a
entender por señas que él no sabía nada de la procedencia de
30 aquel retrato, ni conocía a Risas más que de muy poco
tiempo....—Elnoble semblante de mi honradísimo asistente debió
de probar[65-5] a aquellas cuatro leonas encolerizadas que el pobre
no era culpable....—¡Además, él no llevaba el medallón!—Pero
el otro ... ¡al otro, al pobre Risas, lo mataron a(p66)
golpes y lo hicieron pedazos con las uñas!—Es cuanto sé[66-1]
con relación a este drama, pues nunca he podido averiguar por
qué tenía Risas aquel retrato.
—Permítame V. que se lo cuente yo....—dije sin poder
05 contenerme.
Y acercándome a la mesa del Coronel y del Comandante,
después de ser presentado a ellos por mis amigos, les referí a
todos la espantosa narración del minero.
Luego que concluí, el Comandante, hombre de más de
10 setenta años, exclamó con la fe sencilla de un militar antiguo,
con el arranque de un buen español y con toda la autoridad de
sus canas:
—¡Vive Dios, señores, que[66-2] en todo eso hay algo más que
una casualidad!
Almería, 1854.
(p67)
EL LIBRO TALONARIO
HISTORIETA RURAL
I
La acción comienza en Rota.—Rota es la menor de aquellas
encantadoras poblaciones hermanas que forman el amplio semicírculo
de la bahia de Cádiz;[67-2] pero, con ser la menor,[67-3] no ha
faltado quien ponga los ojos en ella.—El Duque de Osuna, a
05 título de Duque de Arcos,[67-4] la ostenta entre las perlas de su
corona hace muchísimo tiempo, y tiene allí su correspondiente
castillo señorial, que yo pudiera describir piedra por piedra....
Mas no se trata aquí de castillos, ni de duques, sino de los
célebres campos que rodean a Rota y de un humildísimo hortelano,
10 a quien llamaremos el tío Buscabeatas,[67-5] aunque no era
éste su verdadero nombre, según parece.
Los campos de Rota (particularmente las huertas) son tan
productivos que, además de tributarle al Duque de Osuna
muchos miles de fanegas de grano y de abastecer de vino a
15 toda la población (poco amante del agua potable y malísimamente
dotada de ella), surten de frutas y legumbres a Cádiz, y
muchas veces a Huelva,[67-6] y en ocasiones a la misma Sevilla,[67-7]
sobre todo en los ramos de tomates y calabazas, cuya excelente
calidad, suma abundancia y consiguiente baratura exceden
20 a toda ponderación;—por lo que[67-8] en Andalucía la Baja[67-9]
se da a los roteños[67-10] el dictado de calabaceros y de
tomateros, [67-11] que ellos aceptan con noble orgullo.
Y, a la verdad, motivo tienen para enorgullecerse de semejantes
motes; pues es el caso que aquella tierra de Rota que
25 tanto produce (me refiero a la de las huertas); aquella tierra(p68)
que da para el consumo y para la exportación; aquella tierra
que rinde tres o cuatro cosechas al año, ni es tal tierra,[68-1] ni Cristo
que lo fundó,[68-2] sino arena pura y limpia, expelida sin cesar por
el turbulento Océano, arrebatada por los furiosos vientos del
05 Oeste y esparcida sobre toda la comarca roteña, como las
lluvias de ceniza que caen en las inmediaciones del Vesubio.[68-3]
Pero la ingratitud de la Naturaleza está allí más que compensada
por la constante laboriosidad del hombre.—Yo no
conozco, ni creo que haya en el mundo, labrador que trabaje
10 tanto como el roteño.—Ni[68-4] un leve hilo de agua dulce fluye
por aquellos melancólicos campos.... ¿Qué importa? ¡El
calabacero los ha acribillado materialmente de pozos, de donde
saca, ora[68-5] a pulso, ora por medio de norias, el precioso humor
que sirve de sangre a los vegetales!—La arena carece de
15 fecundos principios, del asimilable humus[68-6].... ¿Qué importa?
¡El tomatero pasa la mitad de su vida buscando y
allegando sustancias que puedan servir de abono, y convirtiendo
en estiércol hasta las algas del mar!—Ya poseedor de
ambos preciosos elementos, el hijo de Rota va estercolando
20 pacientemente, no su heredad entera (pues le faltarla abono
para tanto), sino redondeles de terreno del vuelo de un plato
chico,[68-7] y en cada uno de estos redondeles estercolados siembra
un grano de simiente de tomate o una pepita de calabaza, que
riega luego a mano con un jarro muy diminuto, como quien da
25 de beber a un niño.
Desde entonces hasta la recolección cuida diariamente una por
una las plantas que nacen en aquellos redondeles, tratándolas con
un mimo y un esmero sólo comparables a la solicitud con que
las solteronas cuidan sus macetas. Un día le añade a tal mata[68-8]
30 un puñadillo de estiércol; otro le echa una chorreadita de
agua; ora las limpia a todas de orugas y demás insectos dañinos;
ora cura a las enfermas, entablilla a las fracturadas, y
pone parapetos de caña y hojas secas a las que no pueden
resistir los rayos del sol o están demasiado expuestas a los(p69)
vientos del mar; ora, en fin, cuenta los tallos, las hojas, las
flores o los frutos de las más adelantadas y precoces, y les
habla, las acaricia, las besa, las bendice y hasta les pone expresivos
nombres para distinguirlas e individualizarlas en su
05 imaginación.—Sin exagerar: es ya un proverbio (y yo lo he
oído repetir muchas veces en Rota) que el hortelano de aquel
país toca por lo menos cuarenta veces con su propia mano a
cada mata de tomates que nace en su huerta.—Y así se explica
que los hortelanos viejos de aquella localidad lleguen a quedarse
10 encorvados, hasta tal punto que casi se dan[69-1] con las
rodillas en la barba[69-2]....
¡Es la postura en que han pasado toda su noble y meritoria
vida!
II
Pues bien: el tío Buscabeatas pertenecía al gremio de estos
15 hortelanos.
Ya principiaba a encorvarse en la época del suceso que voy
a referir: y era que[69-3] ya tenía sesenta años ... y llevaba[69-4]
cuarenta de labrar una huerta lindante con la playa de la Costilla.
20 Aquel año había criado allí unas estupendas calabazas,
tamañas[69-5] como bolas decorativas de pretil de puente monumental,
y que ya principiaban a ponerse por dentro y por fuera
de color de naranja, lo cual quería decir que había mediado el
mes de Junio. Conocíalas perfectamente el tío Buscabeatas
por la forma, por su grado de madurez y hasta de nombre,
25 sobre todo a los cuarenta ejemplares más gordos y lucidos, que
ya estaban diciendo guisadme, y pasábase[69-6] los días mirándolos
con ternura y exclamando melancólicamente:
—¡Pronto tendremos que separarnos!
Al fin, una tarde se resolvió al sacrificio; y señalando a los
30 mejores frutos de aquellas amadísimas cucurbitáceas que tantos
afanes le habían costado, pronunció la terrible sentencia.
(p70)
—Mañana (dijo) cortaré estas cuarenta, y las llevaré al
mercado de Cádiz.—¡Feliz quien se las coma![70-1]
Y se marchó a su casa con paso lento, y pasó la noche con
las angustias del padre que va a casar una hija al día siguiente.
05 —¡Lástima[70-2] de mis calabazas!—suspiraba a veces sin
poder conciliar el sueño.—Pero luego reflexionaba, y concluía
por decir:—Y ¿qué he de hacer,[70-3] sino salir de ellas?[70-4] ¡Para
eso las he criado!—Lo menos van a valerme quince duros....
Gradúese, pues, cuánto sería[70-5] su asombro, cuánta su furia y
10 cuál su desesperación, cuando, al ir a la mañana siguiente a la
huerta, halló que, durante la noche, le habían robado las cuarenta
calabazas....—Para ahorrarme de razones,[70-6] diré que,
como el judío de Shakespeare, llegó al más sublime paroxismo
trágico, repitiendo frenéticamente aquellas terribles palabras
15 de Shylock, en que tan admirable dicen que estaba el actor
Kemble:[70-7]
—¡Oh! ¡Si te encuentro![70-8] ¡Si te encuentro!
Púsose luego el tío Buscabeatas a recapacitar fríamente, y
comprendió que sus amadas prendas no podían estar en Rota,
20 donde sería imposible ponerlas a la venta sin riesgo de que él
las reconociese, y donde, por otra parte,[70-9] las calabazas tienen
muy bajo precio.
—¡Como si lo viera, están en Cádiz! (dedujo de sus cavilaciones.)
El infame, pícaro, ladrón, debió de robármelas[70-10]
25 anoche a las nueve o las diez y se escaparía con ellas a las doce
en el barco de la carga[70-11].... ¡Yo saldré para Cádiz hoy por
la mañana en el barco de la hora,[70-12] y maravilla será que no
atrape al ratero y recupere a las hijas de mi trabajo!
Así diciendo, permaneció todavía cosa de veinte minutos en
30 el lugar de la catástrofe, como acariciando las mutiladas calabaceras,
o contando las calabazas que faltaban, o extendiendo una
especie de fe de livores[70-13] para algún proceso que pensara
incoar hasta que, a eso de las ocho, partió con dirección al muelle.
Ya estaba dispuesto para hacerse a la vela[70-14] el barco(p71)
de la hora, humilde falucho que sale todas las mañanas para
Cádiz a las nueve en punto, conduciendo pasajeros, así como el
barco de la carga sale todas las noches á las doce,
conduciendo frutas y legumbres....
05 Llámase barco de la hora el primero, porque en este espacio
de tiempo, y hasta en cuarenta minutos algunos días, si el viento
es de popa, cruza las tres leguas que median entre la antigua
villa del Duque de Arcos y la antigua ciudad de Hércules[71-1]....
III
Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día
10 se paraba el tío Buscabeatas delante de un puesto de verduras
del mercado de Cádiz, y le decía a un aburrido polizonte que
iba con él:
—¡Estas son mis calabazas!—¡Prenda V. a ese hombre!
Y señalaba al revendedor.
15 —¡Prenderme a mí! (contestó el revendedor, lleno de sorpresa
y de cólera.)—Estas calabazas son mías; yo las he
comprado....
—Eso podrá V. contárselo al Alcalde—repuso el tío
Buscabeatas.
20 —¡Que no![71-2]
—¡Que sí!
—¡Tío ladrón![71-3]
—¡Tío tunante!
—¡Hablen Vds. con más educación,[71-4] so indecentes![71-5] ¡Los
25 hombres no deben faltarse[71-6] de esa manera!—dijo con mucha
calma el polizonte, dando un puñetazo[71-7] en el pecho a cada
interlocutor.
En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse
también allí el Regidor encargado de la policía de los
30 mercados públicos, o sea[71-8] el Juez de abastos, que es su
verdadero nombre.
(p72)
Resignó[72-1] la jurisdicción el polizonte en Su Señoría, y enterada
esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor
con majestuoso acento:
—¿A quién[72-2] le ha comprado V. esas calabazas?
05 —Al tío Fulano,[72-3] vecino [72-4] de Rota....—respondió el
interrogado.
—¡Ése había de ser! (gritó el tío Buscabeatas.) ¡Muy
abonado[72-5] es para el caso! ¡Cuando su huerta, que es muy
mala, le produce poco, se mete a robar en la del vecino!
10 —Pero, admitida la hipótesis de que a V. le han robado
anoche cuarenta calabazas (siguió interrogando el Regidor,
volviéndose al viejo hortelano), ¿quién le asegura a V. que
éstas, y no otras, son las suyas?
15 —¡Toma! (replicó el tío Buscabeatas.) ¡Porque las
conozco como V. conocerá a sus hijas, si las tiene!—¿No ve
V. que las he criado?—Mire V.: ésta se llama rebolonda;[72-6]
ésta, cachigordeta;[72-7] ésta, barrigona;[72-8] ésta,
coloradilla; [72-9] ésta Manuela..., porque se
parecía mucho a mi hija la menor....
20 Y el pobre viejo se echó a llorar amarguísimamente.
—Todo eso está muy bien ... (repuso el Juez de abastos);
pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas.
Es menester que la autoridad se convenza al mismo tiempo
25 de la preexistencia de la cosa, y que V. la identifique con
pruebas fehacientes....—Señores, no hay que sonreírse....—¡Yo
soy abogado!
¡Pues verá V. qué pronto le pruebo yo a todo el mundo,
sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi
huerta!—dijo el tío Buscabeatas, no sin grande asombro de
30 los circunstantes.
Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse,
arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso a
desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo
envolvía.
(p73)
La admiración del Concejal, del revendedor y del corro subió
de punto.[73-1]
—¿Qué va a sacar de ahí?—se preguntaban todos.
Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso a ver qué ocurría
05 en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor,
exclamó:
—¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre
dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que
están aquí oyendo la conversación, son robadas....—Conteste
10 V....
El recién llegado[73-2] se puso más amarillo que la cera, y trató
de irse; pero los circunstantes se lo[73-3] impidieron materialmente,
[73-4] y el mismo[73-5] Regidor le mandó quedarse.
En cuanto al tío Buscabeatas, ya se había encarado con el
15 presunto ladrón, diciéndole:
—¡Ahora verá V. lo que es bueno!
El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:
—Usted es quien ha de ver[73-6] lo que habla; porque si no
prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré a la cárcel
20 por calumniador.—Estas calabazas eran mías; yo las he
criado, como todas las que he traído este año a Cádiz, en mi
huerta del Egido,[73-7] y nadie podrá probarme lo contrario.
—¡Ahora verá V.!—repitió el tío Buscabeatas acabando de
desatar el pañuelo y tirando de él.[73-8]
25 Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de
trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando
jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas
y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y
a los curiosos:
—Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución?
Y ¿no han visto aquel libraco[73-9] verde que tiene el recaudador,
de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón o
pezuelo,[73-10] para que luego pueda comprobarse si tal o cual[73-11]
recibo es falso o no lo es?
(p74)
—Lo que V. dice se llama el libro talonario—observó
gravemente el Regidor.
—Pues eso es lo que yo traigo aqui: el libro talonario de mi
huerta, o sea[74-1] los cabos a que estaban unidas estas calabazas
05 antes de que me las robasen.—Y, si no, miren Vds.—Este
cabo era de esta calabaza.... Nadie puede dudarlo....
—Este otro..., ya lo están Vds. viendo..., era de esta
otra.—Este más ancho..., debe de ser de aquélla....
¡Justamente!—Y éste es de ésta.... Ése es de ésa....
10 Ésta es de aquél....
Y en tanto que[74-2] así decía, iba adaptando un cabo o pedúnculo
a la excavación que había quedado en cada calabaza al ser
arrancada, y los espectadores[74-3] veían con asombro que, efectivamente,
la base irregular y caprichosa de los pedúnculos convenía
15 del modo más exacto con la figura blanquecina y leve
concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices
de las calabazas.
Pusiéronse, pues, en cuclillas los circunstantes, inclusos
20 los polizontes y el mismo Concejal,[74-4] y comenzaron a
ayudarle al tío Buscabeatas en aquella singular comprobación,
diciendo todos a un mismo tiempo con pueril
regocijo:
—¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren Vds.!—Éste
es de aquí.... Ése es de ahí.... Aquélla es de
25 éste.... Ésta es de aquél....
Y las carcajadas de los grandes se unían a los silbidos de los
chicos, a las imprecaciones de las mujeres, a las lágrimas de
triunfo y alegría del viejo hortelano y a los empellones que los
guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por
30 llevárselo[74-5] a la cárcel.
Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto;
que el tío Fulano vióse obligado desde luego a devolver al
revendedor los quince duros que de él había percibido; que el
revendedor se los entregó en el acto al tío Buscabeatas,(p75)
y que éste se marchó a Rota sumamente contento, bien que fuese
diciendo[75-1] por el camino:
—¡Qué hermosas estaban en el mercado! ¡He debido
traerme[75-2] a Manuela, para comérmela[75-3] esta noche y guardar
05 las pepitas!
Noviembre de 1877.
(p76)
MOROS Y CRISTIANOS
(CUENTO)
I
La antes famosa y ya poco nombrada villa de Aldeire forma
parte del marquesado del Cenet, o como si dijéramos, del respaldo
de la Alpujarra,[76-1] hacia Levante,[76-2] y está medio colgada,
medio escondida, en un escalón o barranco de la formidable
05 mole central de Sierra Nevada, a cinco o seis mil pies sobre el
nivel del mar y seis o siete mil por debajo de las eternas nieves
del Mulhacen.
Aldeire, dicho sea con perdón de su señor cura, es un pueblo
morisco. Que fué moro, lo dicen claramente su nombre, su
10 situación y su estructura; y que no ha llegado aún a ser enteramente
cristiano, aunque figure en la España reconquistada y
tenga su iglesita católica y sus cofradías de la Virgen, de Jesús
y de no pocos santos y santas, lo demuestran el carácter y costumbres
de sus moradores, las pasiones terribles cuanto quiméricas
15 que los unen o separan en perpetuos bandos, y los lúgubres
ojos negros, pálida tez y escaso hablar y reír de mujeres, hombres
y niños....
Porque bueno será recordar, para que ni dicho señor cura ni
nadie[76-3] ponga en cuarentena[76-4] la solidez de este razonamiento,
20 que los moriscos del marquesado del Cenet no fueron expulsados
en totalidad como los de la Alpujarra, sino que muchos de
ellos lograron quedarse allí agazapados y escondidos gracias a
la prudencia o cobardía con que desoyeron el temerario y heroico
grito de su malhadado príncipe Aben-Humeya;[76-5] de donde
25 yo deduzco que el tío Juan Gómez (a)[76-6] Hormiga,(p77)
alcalde constitucional de Aldeire en el año de gracia de 1821, podía
muy bien ser nieto de algún Mustafá, Mahommed o cosa por el estilo.
Cuéntase, pues, que el tal Juan[77-1] Gómez, hombre a la sazón
de más de media centuria, rústico muy avisado aunque no entendía
05 de letra,[77-2] y codicioso y trabajador con fruto, como lo
acreditaba, no solamente su apodo, sino también su mucha hacienda,
por él adquirida a fuerza de buenas o malas artes, y
representada en las mejores suertes de tierra de aquella jurisdicción,
tomó a censo enfitéutico[77-3] del caudal de Propios,[77-4] y casi de
10 balde, mediante algunas gallinas no ponedoras que regaló al secretario
del Ayuntamiento, unos secanos situados a las inmediaciones
de la villa, en medio de los cuales veíanse los restos y
escombros de un antiguo castillejo,[77-5] morabito o atalaya árabe,
cuyo nombre era todavía La Torre del Moro.
15 Excusado es decir que el tío Hormiga no se detuvo ni un instante
a pensar en qué moro sería aquél, ni en la índole o pristino
objeto de la arruinada construcción; lo único que vió desde
luego más claro que el agua fué que con tantas desmoronadas
piedras, y con las que él desmoronara, podía hacer allí un hermoso
20 y muy seguro corral para sus ganados; por lo que[77-6] desde
el día siguiente, y como recreo muy propio de quien tan económico
era, dedicó las tardes a derribar por sí mismo, y a sus
solas,[77-7] lo que en pie quedaba del vetusto edificio arábigo.
—¡Te vas a reventar!—le decía su mujer, al verlo llegar
25 por la noche lleno de polvo y de sudor, y con la barra de hierro
oculta bajo la capa....
—¡Al contrario!—respondía él.—Este ejercicio me conviene
para no podrirme como nuestros hijos los estudiantes, que
según me ha dicho el estanquero, estaban la otra noche en el
30 teatro de Granada y tenían un color de manteca que daba asco[77-8]
mirarlos....
—¡Pobres! ¡De tanto estudiar! Pero a ti debía de darte
vergüenza de trabajar como un peón siendo el más rico del
pueblo, alcalde por añadidura.
(p78)
—Por eso voy solo.... ¡A ver!... Acércame esa
ensalada....
—Sin embargo, convendría que te ayudase alguien. ¡Vas a
echar un siglo[78-1] en derribar la Torre, y hasta quizá no sepas
05 componértelas[78-2] para volcarla toda!...
—¡No digas simplezas, Torcuata! Cuando se trate de construir
la tapia del corral pagaré jornales, y hasta llevaré un
maestro alarife....—¡Pero derribar sabe cualquiera! ¡Y es
tan divertido[78-3] destruir!... ¡Vaya!... ¡quita la mesa y
10 acostémonos!...
—Eso lo dices porque eres hombre. ¡A mí me da miedo y
lástima todo lo que es deshacer![78-4]
—¡Debilidades de vieja! ¡Si supieras tú cuántas cosas hay
que deshacer[78-5] en este mundo!
15 —¡Calla, francmasón![78-6] ¡En mal hora te han elegido alcalde!
¡Verás cómo, el día que vuelvan a mandar los realistas,
te ahorca el Rey absoluto!
—¡Eso ... lo veremos! ¡Santurrona! ¡Beata! ¡Lechuza!
¡Vaya!: apaga esa luz, y no te santigües más...,
20 que tengo[78-7] mucho sueño.
Y así continuaban los diálogos hasta que se dormía uno de
los dos consortes.