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Orígenes de la novela, Tomo II cover

Orígenes de la novela, Tomo II

Chapter 2: INTRODUCCIÓN
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About This Book

Una introducción crítica traza el desarrollo de la narrativa breve hispánica y su relación con modelos europeos, examinando géneros, fuentes, temas y técnicas narrativas. Seguidamente se ofrecen ediciones transcritas de cuentos y novelas de los siglos XV y XVI acompañadas de notas y aparato crítico que comentan estilo, léxico, ortografía y rasgos tipográficos. El volumen explica los criterios de transcripción adoptados, preserva intencionalmente errores y variantes cuando ayudan a la comprensión histórica, y contextualiza cada texto para mostrar cómo circulaban influencias y fórmulas narrativas en ese periodo.

INTRODUCCIÓN

IX

Cuentos y novelas cortas.—Traducciones de Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio, Straparola, Doni, Luis Guicciardini, Belleforest, etc.—«Silva de varia lección», de Pero Mexía, considerada bajo el aspecto novelístico.—«Miscelánea», de don Luis Zapata.—«Philosophia Vulgar», de Juan de Mal Lara: relaciones entre la paremiología y la novelística.—«Sobremesa y alivio de caminantes», de Juan de Timoneda.—«El Patrañuelo»: estudio de sus fuentes.—Otras colecciones de cuentos: Alonso de Villegas, Sebastián de Horozco, Luis de Pinedo, Garibay.—«Glosas del sermón de Aljubarrota», atribuidas á D. Diego Hurtado de Mendoza.—«Floresta Española», de Melchor de Santa Cruz.—Libros de apotegmas: Juan Rufo.—El cuento español en Francia.—«Silva Curiosa», de Julián de Medrano.—«Clavellinas de recreación», de Ambrosio de Salazar.—«Rodomuntadas españolas».—Cuentos portugueses, de Gonzalo Fernández Trancoso.—El «Fabulario», de Sebastián Mey.—«Diálogos de apacible entretenimiento», de Gaspar Lucas Hidalgo.—«Noches de invierno», de Antonio de Eslava.

Los orígenes más remotos del cuento ó novela corta en la literatura española hay que buscarlos en la Disciplina Clericalis, de Pedro Alfonso, y en los libros de apólogos y narraciones orientales traducidos é imitados en los siglos XIII y XIV. Más independiente el género, con grande y verdadera originalidad en el estilo y en la intención moral, se muestra en El Conde Lucanor, y episódicamente en algunos libros de Ramón Lull y en la Disputa del asno, de Fr. Anselmo de Turmeda. Pero cortada esta tradición después del Arcipreste de Talavera, la novelística oriental y la española rudimentaria que se había criado á sus pechos cede el puesto por más de una centuria á la italiana. Este período de reposo y nueva preparación es el que rompió triunfalmente Miguel de Cervantes en 1613 con la publicación de sus Novelas Ejemplares, que sirvieron de pauta á todas las innumerables que se escribieron en el siglo XVII. Entendida como debe entenderse, es de rigurosa exactitud esta afirmación del príncipe de nuestros ingenios: «Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas estrangeras, y estas son mias propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa».

Estas lenguas extranjeras se reducen, puede decirse, al italiano. Pero no se crea que todos, ni siquiera la mayor parte de los novellieri, fuesen traducidos íntegros ó en parte á nuestra lengua. Sólo alcanzaron esta honra Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio, Straparola y algún otro de menos cuenta. Por el número de estas versiones, que además fueron poco reimpresas, no puede juzgarse del grado de la influencia italiana. Era tan familiar á los españoles, que la mayor parte de los aficionados á la lectura amena gozaba de estos libros en su lengua original, desdeñando con razón las traducciones, que solían ser tan incorrectas y adocenadas como las que ahora se hacen de novelas francesas. Pero al lado de estos intérpretes, que á veces ocultaban modestamente su nombre, había imitadores y refundidores, como los valencianos Timoneda y Mey y el portugués Trancoso, que, tomando por base las colecciones toscanas, manejaban más libremente los argumentos y aun solían interpolarlos con anécdotas españolas y rasgos de nuestro folk-lore. Abundan éstos, sobre todo, en las colecciones de cuentos brevísimos y de forma casi esquemática, tales como el Sobremesa, del mismo Timoneda; la Floresta Española, de Melchor de Santa Cruz, y los apotegmas y dichos agudos ó chistosos que recopilaron Luis de Pinedo, D. Juan de Arguijo y otros ingenios, con quienes ya iremos trabando conocimiento. Son varias también las obras misceláneas que ofrecen ocasionalmente materiales para el estudio de este género embrionario, que por su enlace con la novelística popular despierta en gran manera la curiosidad de los doctos. Este aspecto muy interesante tenemos que relegarle á segundo término, porque no escribimos de la novela como folkloristas, sino como literatos, ni poseemos el caudal de erudición suficiente para comparar entre sí las narraciones orales de los diversos pueblos. Ateniéndonos, pues, á los textos escritos, daremos razón ante todo de las traducciones de novelas italianas hechas en España durante los siglos XV y XVI.

Ningunas más antiguas é interesantes que las de Boccaccio, aunque por ventura el Decameron fue menos leído y citado que ninguna otra de sus obras latinas y vulgares; menos seguramente que la Caída de Príncipes, traducida en parte por el canciller Ayala antes de 1407 y completada en 1422 por D. Alonso de Cartagena; menos que la Fiammetta y el Corbaccio, cuya profunda influencia en nuestra novela, ya sentimental, ya satírica, hemos procurado determinar en capítulos anteriores; menos que el libro De claris mulieribus, imitado por D. Álvaro de Luna y por tantos otros; menos que sus repertorios de mitología y geografía antigua (De Genealogiis Deorum, De montibus, silvis, lacubas, fluminibus, stagnis et paludibus et de nominibus maris). De todas estas y otras obras de Boccaccio existen traducciones castellanas ó catalanas en varios códices y ediciones, y su difusión está atestiguada además por el uso constante que de ellas hacen nuestros autores del siglo XV, citándolas con el mismo encarecimiento que las de los clásicos antiguos, ó aprovechándolas muy gentilmente sin citarlas, como hizo Bernat Metge en su Sompni[1].

El Decameron, libro reprobado por su propio autor[2] y que contiene tantas historias deshonestas, tuvo que ser leído más en secreto y alegado con menos frecuencia. No se encuentra imitación de ninguno de los cuentos hasta la mitad del siglo XVI, pero todos ellos habían sido trasladados al catalán y al castellano en la centuria anterior.

La primera novela de Boccaccio que penetró en España, pero no en su forma original, sino en la refundición latina que había hecho el Petrarca con el título De obedientia ac fide uxoria[3], fue la última del Decameron, es decir, la historia de la humilde y paciente Griselda, tan recomendable por su intención moral. Bernat Metge, secretario del rey D. Martín de Aragón y uno de los más elegantes y pulidos prosistas catalanes, puso en lengua vulgar aquel sabroso aunque algo inverosímil cuento, para obsequiar con él á Madona Isabel de Guimerá[4]. No se conoce exactamente la fecha de esta versión, que en uno de los dos manuscritos que la contienen lleva el título de Historia de las bellas virtuts, pero de seguro es anterior á 1403, en que el mismo autor compuso su célebre Sueño, donde atestigua la gran popularidad que la novela de la marquesa de Saluzzo había adquirido ya, hasta el punto de entretener las veladas del invierno, mientras hilaban las mujeres en torno del fuego[5].

Un arreglo ó traducción abreviada de la misma historia, tomada también del Petrarca, y no de Boccaccio, se encuentra en un libro castellano anónimo, Castigos y dotrinas que un sabio dava a sus hijas[6]. Es breve esta versión y tan apacible y graciosa de lengua, que me parece bien ponerla aquí, para amenizar la aridez de estos prolegómenos bibliográficos:

«Leese en un libro de las cosas viejas que en una parte de Italia en una tierra que se llama de los Salucios ovo un marqués sennor de aquella tierra, el qual era muy virtuoso y muy discreto, pero no curava de se casar, y commo ya fuese en tal hedat que devia tomar muger, sus vasallos y cavalleros le suplicaron que se quisiese casar, porque dél quedase fruto que heredase aquella tierra. Y tanto gelo amonestaron que dixo que le plazía, pero que él quería escoger la muger que avia de tomar, y que ellos le prometiesen de ser contentos con ella, los quales dixeron que les plazía. Y dende á poco tiempo él tomó por su muger á una donzella hija de un vasallo suyo bien pobre, pero de buen gesto y onestas y virtuosas costumbres. Y al tiempo que la ovo de tomar él se fué á casa de su padre, al qual preguntó si le quería dar á su hija por muger. Y el cavallero pobre, commo se maravillase de aquello, le rrespondió: «Sennor eres de mí y de mi hija. Faz á tu voluntad». Y luego el marqués preguntó á la donzella si queria ser su muger, la qual con grant vergüença le rrespondió: «Sennor, veo que soy yndigna para me casar contigo, pero si la voluntat de Dios es aquesta y mi ventura es tal, faz lo que te pluguiere, que yo contenta soy de lo que mandares». El marqués le dixo que, si con él avia de casar, que parase mientes que jamas avia de contradizir lo que él quisiese, ni mostrar pesar por cosa que á él pluguiese ni mandase, mas que de todo ello avia de ser plazentera, la qual le dixo que así lo faria. Y luégo el marqués en presencia de todos los cavalleros y vasallos suyos dixo que él queria á aquella por muger, y que todos fuesen contentos con ella y la onrasen y sirviesen commo á su muger. Y ellos rrespondieron que les plazía. Y luégo la mandó vestir y aderesçar commo á novia. Y en aquel dia hizo sus bodas y sus fiestas grandes. Y bivieron despues en uno muy alegremente. La qual sallió y se mostró tanto buena y discreta y de tanta virtud que todos se maravillavan. Y haziendo assy su vida el marqués y su muger, y teniendo una hija pequenna muy hermosa, el marqués quiso provar á su muger hasta do podria llegar su obediencia y bondat. Y dixo á su muger que sus vasallos estavan muy despagados dél, diziendo que en ninguna manera no quedarían por sus sennores fijos de muger de tan baxo linaje, que por esto le conplia que no toviese más aquella hija, porque sus vasallos no se le rrevelasen, y que gelo hazia saber porque á ella pluguiese dello; la qual le respondió que pues era su sennor, que hiziese á su voluntad. Y el marqués dende á poco enbió un escudero suyo á su muger á demandarle la hija, la qual, aunque pensó que la avian de matar, pero por ser obediente no mostró tristeza ninguna, y miróla un poco y santiguóla y besóla y dióla al mensajero del marqués, al qual rrogó que tal manera toviesse commo no la comiesen bestias fieras, salvo si el sennor otra cosa le mandase. Y el marqués embió luego secretamente á su hija á Bolonna á una su hermana que era casada con un conde dende, á la qual enbió rogar que la criase y acostunbrase commo á su hija, sin que persona lo supiese que lo era. Y la hermana hízolo assi. Y la muger commo quier que pensava que su hija era muerta, jamas le dió á entender cosa ni le mostró su cara ménos alegre que primero por no enojar á su marido. Y despues parió un hijo muy hermoso. Y á cabo de dos annos el marqués dixo á su muger lo que primero por la hija, y en aquella misma manera lo enbió á su hermana que lo criase. Ni nunca por esto esta noble muger mostró tristeza alguna ni de ál curava sino de plazer hazer á su marido. Y commo quier que harto bastava esta espiriencia para provar el marqués la bondat de su muger, pero á cabo de algunos annos, pensó de la provar más y enbió por sus hijos. Y dió á entender á la muger que él se queria casar con otra porque sus vasallos no querian que heredasen sus hijos aquel sennorio, lo qual por cierto era por el contrario, ántes eran muy contentos y alegres con su sennora, y se maravillavan qué se avian hecho los hijos. Y el marqués dixo á su muger que le era tratado casamiento con una hija de un conde, y que le era forçado de se fazer, por ende que toviesse fuerte coraçon para lo sofrir, y que se tornase á su casa con su dote, y diese logar á la otra que venia cerca por el camino ya, á lo qual ella rrespondió: «Mi sennor, yo siempre tove que entre tu grandeza y mi humildat no avia ninguna proporcion, ni jamás me sentí digna para tu servicio, y tú me feziste digna desta tu casa, aunque á Dios hago testigo que en mi voluntad siempre quedé sierva. Y deste tiempo que en tanta honrra contigo estove sin mis merescimientos do gracias á Dios y á ti. El tienpo por venir aparejada estoy con buena voluntad de pasar por lo que me viniese y tú mandares. Y tornarme he á la casa de mi padre á hazer mi vejez y muerte donde me crié y hize mi ninnez, pero siempre seré honrrada biuda, pues fuy muger de tal varon. A lo que dizes que lleve comigo mi dote, ya sabes, sennor, que no traxe ál sino la fe, y desnuda salli de casa de mi padre y vestida de tus pannos los quales me plaze desnudar ante ti; pero pídote por mercet siquiera, porque el vientre en que andovieron tus hijos no paresca desnudo al pueblo, la camisa sola me dexes llevar». Y commo quier que al marqués le vinieron las lágrimas á los ojos mirando tanta bondat, pero bolvió la cara. Y yda su muger á casa de su padre vistióse las rropas que avia dexado en su casa, las quales el padre todavia guardó rrecelando lo mismo que veya. Las duennas todas de aquella cibdat de grant compasion acompannavanla en su casa. Y commo y allegasen cerca de la cibdat los fijos del marqués, embió por su muger y díxole: «Ya sabes commo viene esta doncella con quien tengo de casar, y viene con ella un su hermano donzel pequenno y asimismo el conde mi cunnado que los trae y otra mucha gente, y yo querria les fazer mucha onrra, y porque tú sabes de mis costumbres y de mi voluntad, querria que tú hizieses aparejar las cosas que son menester, y aunque no estés así bien vestida, las otras duennas estarán al rrecibimiento dellos y tú aderesçarás las cosas nescessarias». La qual le rrespondió: «Sennor, de buena voluntad y con grant desseo de te conplazer faré lo que mandares». Y luégo puso en obra lo que era nescesario. Y commo llegó el conde con el donzel y con la donzella, luégo la virtuosa duenna la saludó y dixo: «En ora buena venga mi sennora». Y el marqués despues que vido á su muger andar tan solícita y tan alegre en lo que avia mandado, le dixo ante todas: «Duenna, ¿qué vos paresce de aquesta donzella?» Y ella rrespondió: «Por cierto, sennor, yo creo que más hermosa que ésta no la podrías hallar, y si con ésta no te contentas, yo creo que jamás podrás ser contento con otra. Y espero en Dios que farás vida pacífica con ella, mas rruégote que no des á ésta las tentaciones que á la otra, ca segun su hedat pienso que no las podrá comportar». Y commo esto oyó el marqués, movido con grant piedad y considerando á la grande ofensa que avia hecho á su muger y commo ella lo avia conportado dixo: «O muy noble muger, conocida es á mí tu fé y obediencia, y no creo que so el cielo ovo otra que tanta esperiencia de sí mostrase. Yo no tengo ni terné otra muger sino á ti, y aquesta que pensavas que era mi esposa, tu hija es, y lo que pensavas que avias perdido, juntamente lo has fallado». Y commo ella esto oyó con el grand gozo pareció sallir de seso y con lágrimas de grant plazer fué abraçar á sus hijos. A la qual luégo fueron traydas sus rropas, y en gran plazer y alegría pasaron algunos dias. Y despues siempre bivieron contentos y bienaventurados. Y la grant fama y obediencia desta sennora oy en dia tura en aquellas tierras».

La indicación del «libro de las cosas viejas» nos hace pensar que el Sabio anónimo autor de los Castigos pudo valerse de alguna compilación en que el cuento de Griselda estaba extractado. Pero, como prueba con toda evidencia miss Bourland en su magistral monografía[7], este texto, cualquiera que fuese, estaba tomado de la versión de Petrarca y no de la de Boccaccio, puesto que conviene con la primera en todos los puntos de detalle en que el imitador latino altera el original. Por su parte, el imitador castellano no hace más que suprimir los nombres de los personajes, omitir ó abreviar considerablemente algunos razonamientos y convertir al padre de Griselda, que en el original es un pobre labrador, en un caballero pobre.

Es cosa digna de notarse que en las primitivas traducciones catalana y castellana del Decameron, que citaremos inmediatamente, la Griselda de Boccaccio está sustituida con la del Petrarca, que sin duda se estimaba más por estar en latín. Y del Petrarca proceden también por vía directa ó indirecta la Patraña 2.ª, de Timoneda; la Comedia muy ejemplar de la Marquesa de Saluzia, del representante Navarro[8], que sigue al mismo Timoneda y al Suplemento de todas las crónicas del mundo[9], y hasta los romances vulgares de Griselda y Gualtero, que andan en pliegos de cordel todavía[10]. Sólo puede dudarse en cuanto á la comedia de Lope de Vega El exemplo de casadas y prueba de la paciencia, porque trató con mayor libertad este argumento, que según dice él mismo andaba figurado hasta en los naipes de Francia y Castilla. De este raro género de popularidad disfrutaron también otros cuentos de Boccaccio. Fernando de la Torre, poeta del siglo XV, dice en una cierta invención suya sobre el juego de los naipes: «Ha de ser la figura del cavallero la ystoria de Guysmonda como le envia su padre un gentil onbre en un cavallo e le trae el coraçon de su enemigo Rriscardo (Guiscardo), el qual con ciertas yerbas toma en una copa de oro e muere»[11].

Todas las novelas de Boccaccio (excepto la última, que fué sustituida con la Historia de las bellas virtuts, de Bernat Metge) fueron traducidas al catalán en 1429 por autor anónimo, que residía en San Cugat del Vallés, monje quizá de aquella célebre casa benedictina. El precioso y solitario códice que nos ha conservado esta obra perteneció á D. Miguel Victoriano Amer y pertenece hoy á D. Isidro Bonsoms y Sicart, que le guarda con tantas otras joyas literarias en su rica biblioteca de Barcelona[12]. Pronto será del dominio público esta interesante versión, que está imprimiendo para la Biblioteca Hispánica el joven y docto catalanista D. J. Massó y Torrents. Á su generosidad literaria debo algunas páginas de esta obra, que es no sólo un monumento de lengua, sino una traducción verdaderamente literaria, cosa rarísima en la Edad Media, en que las versiones solían ser calcos groseros. Contiene no sólo las novelas, sino todas las introducciones á las giornate y á cada una de las novelas en particular, y todos los epílogos. Omite la ballata de la jornada décima, y en general todos los versos; pero en las jornadas primera, quinta, sexta y octava las sustituye con poesías catalanas originales, que no carecen de mérito. Muy linda es, por ejemplo, ésta, con que termina la jornada octava:

Pus que vuyt jorns stich, Senyora,
Que no us mir,
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
E quant eu pas per la posada
Eu dich, Amor, qui us ha lunyada
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Yo dich, Amor, qui us ha lunyada
Lo falç marit qui m' ha reptada
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
E quant eu pas per la pertida
Eu dich, Amor, qui us ha trahida
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.
Yo dich, Amor, qui us ha trahida
Lo falç gelos qui m' ha ferida
Que no us mir?
Ara es hora que me'n tolga
Lo desir.

Todavía es más primorosa, aunque algo liviana, la canción final de la jornada sexta:

No puch dormir soleta no,
¿Que m' fare lassa
Si no mi spassa?
Tant mi turmenta l' amor.
Ay amich, mon dolç amich,
Somiat vos he esta nit,
¿Que m' fare lassa?
Somiat vos he esta nit
Que us tenia en mon lit,
¿Que m' fare lassa?
Ay amat, mon dolç amat,
Anit vos he somiat
¿Que m' fare lassa?
Anit vos he somiat
Que us tenia en mon braç,
¿Que m' fare lassa?

Así, por coincidencia de sentimiento ó de sensación, se repiten, á través de los siglos, las quejas de la enamorada Safo: «ἔγω δὲ μόνα καθεὐδω».

Es verosímil que estas composiciones sean anteriores á la traducción, y de autor ó autores diversos, porque una de ellas, la de la jornada primera, no es más que la primera estancia de una canción más provenzal que catalana, que Milá ha publicado como de la Reina de Mallorca Doña Constanza, hija de Alfonso IV de Aragón, casada en 1325[13].

Todavía es más curiosa la sustitución de los títulos ó primeras palabras de los cantos populares que cita el desvergonzadísimo Dioneo por otros catalanes, que á juzgar por tan pequeña muestra no debían de ser menos picantes ni deshonestos. Por lo demás, el anónimo intérprete no parece haber sentido escrúpulo alguno durante su tarea, y es muy raro el caso en que cambia ó suprime algo, por ejemplo, las impías palabras con que termina el cuento de Masetto de Lamporechio (primero de la tercera jornada). Alguna vez intercala proverbios, entre ellos uno aragonés (giorn. 7, nov. 2): «E per ço diu en Arago sobre cuernos cinco soeldos».

Contemporánea y quizá anterior á esta traducción catalana, aunque muy inferior á ella por todos respectos, fué la primitiva castellana, de la cual hoy sólo existe un códice fragmentario en la Biblioteca del Escorial. Pero hay memoria do otros dos por lo menos. En el inventario de los libros de la Reina Católica, que estaban en el alcázar de Segovia á cargo de Rodrigo de Tordesillas en 1503, figura con el número 150 «otro libro en romance de mano, que son las novelas de Juan Bocacio, con unas tablas de papel forradas en cuero colorado»[14]. Y en el inventario, mucho más antiguo (1440), de la biblioteca del conde de Benavente D. Rodrigo Alfonso Pimentel, publicado por Fr. Liciniano Sáez[15], se mencionan «unos cuadernos de las cien novelas en papel cebtí menor». No se dice expresamente que estuviesen en castellano, pero la forma de cuadernos, que parecería impropia de un códice traído de Italia, y la calidad del papel tan frecuente en España durante el siglo XIV y principios del XV, y enteramente desusado después, hacen muy verosímil que las novelas estuviesen en castellano[16]. Quizá la circunstancia de andar en cuadernos sueltos fué causa de que se hiciesen copias parciales como la del Escorial, y que tanto en estas copias como en la edición completa del Decameron castellano de 1496 y en todas las restantes se colocasen las novelas por un orden enteramente caprichoso, que nada tiene que ver con el del texto italiano.

El manuscrito del Escorial, cuya letra es de mediados del siglo XV, tiene el siguiente encabezamiento:

«Este libro es de las ciento novelas que conpuso Juan Bocaçio de Cercaldo, un grant poeta de Florencia, el qual libro, segun en el prologo siguiente paresce, él fizo y enbió en especial a las nobles dueñas de Florencia y en general a todas las señoras y dueñas de qualquier nascion y Reyno que sea; pero en este presente libro non estan más de la cinquenta e nueve novelas».

En realidad sólo contiene cincuenta, la mitad exacta; pero el prólogo general está partido en diez capítulos. Desaparece la división en jornadas y casi todo lo que no es puramente narrativo. No es fácil adivinar el criterio con que la selección fue hecha, pero seguramente no se detuvo el traductor por escrúpulos religiosos, puesto que incluye la novela de Ser Ciappelleto, la del judío Abraham, la de Frate Cipolla y otras tales, ni por razones de moralidad, puesto que admite la de Peronella, la de Tofano, la del ruiseñor y alguna otra que no es preciso mencionar más expresamente. Sólo el gusto personal del refundidor, ó acaso la circunstancia de no disponer de un códice completo, sino de algunos cuadernos como los que tenía el conde de Benavente, pueden explicar esto, lo mismo que la rara disposición en que colocó las historias. La traducción es servilmente literal, y á veces confusa é ininteligible por torpeza del intérprete ó por haberse valido de un códice incorrecto y estropeado. Miss Bourland publicó la tabla de los capítulos, pero no sé que ninguna de las novelas se haya impreso todavía. Por mi parte, atendiendo á la antigüedad, no al mérito de la versión, pongo en nota la 9.ª de la quinta giornata, de donde tomó Lope de Vega el argumento de su comedia El halcón de Federico[17].

Sabido es que la imprenta madrugó mucho en Italia para difundir la peligrosa lectura del Decameron. Á una edición sin año, que se estima como la primera, sucedieron la de Venecia, 1471; la de Mantua, 1472, y luego otras trece por lo menos dentro del siglo XV, rarísimas todas, no sólo á título de incunables, sino por haber ardido muchos ejemplares de ellas en la grande hoguera que el pueblo florentino, excitado por las predicaciones de Fr. Jerónimo Savonarola y de su compañero Fr. Domingo da Pescia, encendió en la plaza el último día de Carnaval de 1497, arrojando á ella todo género de pinturas y libros deshonestos.

Por extraño que parezca, ninguna de estas primitivas ediciones de las Cien Novelas sirvió de texto á la española, publicada en Sevilla en 1496 y reimpresa cuatro veces hasta mediar el siglo XVI (Toledo, 1524; Valladolid, 1539; Medina del Campo, 1543; Valladolid, 1550)[18]. Miss Bourland prueba, mediante una escrupulosa confrontación, que el texto de la edición sevillana está muy estrechamente emparentado en el del códice del Escorial para las cincuenta novelas que éste contiene. En muchos casos son literalmente idénticos; convienen en la sustitución de algunos nombres propios á otros del original italiano; tienen en algunos pasajes los mismos errores de traducción, los mismos cambios y adiciones. Coinciden también en dividir la introducción en capítulos, aunque no exactamente los mismos. Finalmente, se asemejan en la inaudita confusión y barullo en que presentan los cuentos, perdida del todo la división en jornadas, y en suprimir la mayor parte de los prólogos y epílogos que las separan, y por de contado, todos los versos, á excepción de la ballata de la décima jornada, que está en el impreso, pero no en el manuscrito[19].

Las otras cincuenta novelas están traducidas en el mismo estilo, no de fines, sino de principios del siglo XV, y casi de seguro por el mismo traductor. De todo esto se infiere con mucha verosimilitud que el Decameron de Sevilla, cuyo texto es un poco menos incorrecto que el del manuscrito escurialense, ya porque el editor lo cotejase y enmendase con el italiano, lo cual no puedo creer, ya porque se valiese de un códice mejor, representa aquella vieja traducción en cuadernos, los cuales, trastrocados y revueltos de uno en otro poseedor ó copista, llegaron á la extravagante mezcolanza actual, en que hasta los nombres de los narradores aparecen cambiados en muchos casos, y se altera el texto para justificar el nuevo enlace de las historias. Pero es imposible que la primitiva versión estuviese dispuesta así; lo que tenemos es un rifacimento, una corruptela, que tampoco puedo atribuir al editor de 1496, porque más fácil le hubiera sido restablecer el orden italiano de las historias que armar tan extraño embolismo. Se limitó, sin duda, á reproducir el manuscrito que tenía, y este manuscrito era un centón de algún lector antiguo que, perdido en el laberinto de sus cuadernos, los zurció y remendó como pudo, sin tener presente el original, que le hubiese salvado de tal extravío.

Dos cosas más hay que notar en esta versión, aparte de otras muchas de que da minuciosa cuenta miss Bourland. Contiene todas las novelas del Decameron, incluso las más licenciosas; únicamente suprime, sin que pueda atinarse la causa, la novela 5.ª de la jornada 9.ª (Calandrino), y la sustituye con otra novela de origen desconocido, aunque probablemente italiano. La Griselda, como ya indicamos, no está traducida de Boccaccio, sino de la paráfrasis latina del Petrarca.

Á pesar de sus cinco ediciones, el Decameron castellano es uno de los libros más peregrinos de cualquier literatura. Nuestra Biblioteca Nacional no posee, y eso por reciente entrada de la librería de D. Pascual Gayangos, más que la penúltima edición, la de Medina del Campo, y es también la única que se conserva en el Museo Británico. En París sólo tienen la última de 1550. Mucho más afortunada la Biblioteca Nacional de Bruselas, posee, no sólo el único ejemplar conocido de la edición incunable, sino también la primera de Valladolid. El precioso volumen de Toledo no existe más que en la Biblioteca Magliabecchiana de Florencia.

Vino á cortar el vuelo á estas ediciones la prohibición fulminada por el Concilio de Trento contra las Cien Novelas, consignada en el Índice de Paulo IV (Enero de 1559), y trasladada por nuestro inquisidor general Valdés al suyo del mismo año. Más de cincuenta ediciones iban publicadas hasta entonces en Italia. Sabido es que la prohibición fue transitoria, puesto que San Pío V, á ruegos del Gran Duque Cosme de Médicis, permitió á los académicos florentinos (llamados después de la Crusca) que corrigiesen el Decameron de modo que pudiese correr sin escándalo en manos de los amantes de la lengua toscana. Esta edición corregida no apareció hasta el año 1573, bajo el pontificado de Gregorio XIII; refundición bien extraña, por cierto, en que quedaron intactas novelas indecentísimas sólo con cambiar las abadesas y monjas en matronas y doncellas, los frailes en nigromantes y los clérigos en soldados. Respetamos los altos motivos que para ello hubo y nos hacemos cargo de la diferencia de los tiempos. Esta edición, llamada de los Deputati, fue considerada desde luego como texto de lengua, y á ella se ajustan todas las de aquel siglo y los dos siguientes, salvo alguna impresa en Holanda y las que con falso pie de imprenta se estamparon en varias ciudades de Italia en el siglo XVIII.

La Inquisición Española, por su parte, autorizó el uso de esta edición en el Índice de Quiroga (1583), donde sólo se prohiben las Cien Novelas siendo de las impresas antes del Concilio: «Boccacii Decades sive Decameron aut novellæ centum, nisi fuerint ex purgatis et impressis ab anno 1572», fórmula que se repite en todos los índices posteriores[20]. Á la traducción castellana, como completa que era, le alcanzaba de lleno la prohibición, y nadie pensó en expurgarla, ni hacía mucha falta, porque el Decameron italiano corría con tal profusión[21] y era tan fácilmente entendido, que no se echaba muy de menos aquella vieja traslación tan ruda y destartalada[22].

Precisamente la influencia de Boccaccio como cuentista y como mina de asuntos dramáticos corresponde al siglo XVII más que al XVI. Antes de la mitad de esta centuria apenas se encuentra imitación formal de ninguna de las novelas. No es seguro que el cuento de la piedra en el pozo, tal como se lee en el Corvacho del Arcipreste de Talavera, proceda de la novela de Tofano (4.ª de la jornada VII); una y otra pueden tener por fuente común á Pedro Alfonso[23]. Todavía es más incierto, á pesar de la opinión de Landau[24], que el romance del Conde Dirlos, que debe de ser de origen francés como todos los carolingios, tenga con la novela de Messer Torello (giorn. X, n. 9) más relación que el tema general de la vuelta del esposo, á quien se suponía perdido ó muerto, y que llega á tiempo para impedir las segundas bodas de su mujer. El romance carece enteramente de la parte mágica que hay en la novela de Boccaccio y no hay nada que recuerde la intervención de Saladino. En una versión juglaresca y muy tardía del romance de El Conde Claros añadió el refundidor Antonio de Pansac una catástrofe trágica (el corazón del amante presentado en un plato), tomada, según creo, del Decameron, ya en la novela de Ghismonda y Guiscardo (giorn. IV, 1), ya en la de Guiglielmo Rossiglione (Guillem de Cabestanh), que es la 9.ª de la misma jornada[25].

Escasas son también las reminiscencias en los libros de caballerías, salvo en Tirant lo Blanch, que tanto difiere de los demás, no sólo por la lengua, sino por el espíritu. Además de varias frases y sentencias literalmente traducidas, Martorell reproduce una novela entera (giorn. II, n. 4), la del mercader Landolfo Ruffolo, que después de haber perdido todos sus haberes en un naufragio, encuentra como tabla de salvamento una cajita llena de piedras preciosas. Hay otras evidentes imitaciones de pormenor, que recoge con admirable diligencia Arturo Farinelli, el primero que se ha fijado en ellas[26].

Otro libro de caballerías, excepcional también en algunas cosas, el Palmerín de Inglaterra, de Francisco Moraes, contiene una imitación de la novela de Ghismonda: «Tomó la copa en las manos, y diziendo al corazón de Artibel palabras de mucho dolor, y diziendo muchas lástimas, la hinchió de lágrimas»[27].

El ejemplo más singular de la influencia de Boccaccio en España es la adaptación completa de una novela, localizándose en ciudad determinada, enlazándose con apellidos históricos, complicándose con el hallazgo de unos restos humanos é imponiéndose como creencia popular, viva todavía en la mente de los españoles. Tal es el caso de la leyenda aragonesa de los Amantes de Teruel, cuya derivación de la novela de Girolamo y Salvestra (giorn. IV, 8) es incuestionable y está hoy plenamente demostrada[28], sin que valga en contra la tradición local, de la que no se encuentra vestigio antes de la segunda mitad del siglo XVI, tradición que ya en 1619 impugnaba el cronista Blasco de Lanuza[29] y que intentó reforzar con documentos apócrifos el escribano poeta Juan Yagüe de Salas. El «papel de letra muy antigua» que él certifica haber copiado y lleva por título Historia de los amores de Diego Juan Martinez de Marcilla é Isabel de Segura, año 1217, es ficción suya, poniendo en prosa, que ni siquiera tiene barniz de antigua excepto al principio, lo mismo que antes había contado en su fastidiosísimo poema publicado en 1616[30]. No por eso negamos la existencia de los Amantes, ni siquiera es metafísicamente imposible que la realidad haya coincidido con la poesía, pero sería preciso algún fundamento más serio que los que Antillón deshizo con crítica inexorable, aun sin conocer la fuente literaria de la leyenda.

Antonio de Torquemada, en sus Coloquios Satíricos (1553), y Juan de Timoneda, en su Patrañuelo (1566), son los primeros cuentistas del siglo XVI que empiezan á explotar la mina de Boccaccio. Después de ellos, y sobre todo después del triunfo de Cervantes, que nunca imita á Boccaccio directamente, pero que recibió de él una influencia formal y estilística muy honda y fué apellidado por Tirso «el Boccaccio español», los imitadores son legión. El cuadro general de las novelas, tan apacible ó ingenioso, y al mismo tiempo tan cómodo, se repite hasta la saciedad en Los Cigarrales de Toledo, del mismo Tirso; en el Para todos, de Montalbán; en la Casa del placer honesto, de Salas Barbadillo; en las Tardes entretenidas, Jornadas alegres, Noches de placer, Huerta de Valencia, Alivios de Casandra y Quinta de Laura, de Castillo Solórzano; en las Novelas amorosas, de Doña María de Zayas; en las Navidades de Madrid, de Doña Mariana de Carvajal; en las Navidades de Zaragoza, de D. Matías de Aguirre; en las Auroras de Diana, de D. Pedro de Castro y Anaya; en las Meriendas del ingenio, de Andrés de Prado; en los Gustos y digustos del Lentiscar de Cartagena, de Ginés Campillo, y en otras muchas colecciones de novelas, y hasta de graves disertaciones, como los Días de jardín, del Dr. Alonso Cano.

Hubo también, aunque en menor número de lo que pudiera creerse, imitaciones de novelas sueltas, escogiendo por de contado las más honestas y ejemplares. Matías de los Reyes, autor de pobre inventiva y buen estilo, llevó la imitación hasta el plagio en El Curial del Parnaso y en El Menandro. Alguna imitación ocasional se encuentra también en el Teatro Popular, de Lugo Dávila; en El Pasajero, de Cristóbal Suárez de Figueroa, y en El Criticón, de Gracián. Puntualizar todo esto y seguir el rastro de Boccaccio hasta en nuestros cuentistas más oscuros es tarea ya brillantemente emprendida por miss Bourland y que procuraremos completar cuando tratemos de cada uno de los autores en la presente historia de la novela. Pero desde luego afirmaremos que las historias de Boccaccio, aisladamente consideradas, dieron mayor contingente al teatro que á la novela. De un pasaje de Ricardo del Turia se infiere que solían aprovecharse para loas[31]. Pero también servían para argumentos de comedias. Ocho, por lo menos, de Lope de Vega tienen este origen, entre ellas dos verdaderamente deliciosas: El anzuelo de Fenisa y El ruiseñor de Sevilla[32]. Pero en esta parte no puede decirse que su influencia fuese mayor que la de Bandello. De todos modos, lo que Boccaccio debía á España por medio de Pedro Alfonso, quedó ampliamente compensado con lo que le debieron nuestros mayores ingenios.

Hasta la mitad del siglo XVI no volvemos á encontrar traducciones de novelas italianas. Apenas me atrevo á incluir entre ellas La Zuca del Doni en español, publicada en Venecia, 1551, el mismo año y por el mismo impresor que el texto original[33]. Porque propiamente la Zucca ó calabaza no es una colección de novelas, sino de anécdotas, chistes, burlas, donaires y dichos agudos, repartidos en las varias secciones de cicalamenti, baie, chiacchiere, foglie, fiori, frutti[34]. El anónimo traductor, que dedicó su versión al abad de Bibbiena y de San Juan in Venere en un ingenioso y bien parlado prólogo, que pongo íntegro por nota, era amigo del Doni y debía de tener algún parentesco de humor con él, porque le tradujo con verdadera gracia, sin ceñirse demasiado á la letra. Razón tenía para desatarse en su prólogo contra los malos traductores, haciendo especial mención del de Boccaccio. Curiosísimo tipo literario era el Doni, escritor de los que hoy llamaríamos excéntricos ó humoristas y que entonces se llamaban heteroclitos ó extravagantes, lleno de raras fantasías, tan desordenado en sus escritos como en su vida, improvisador perpetuo, cuyas obras, como él mismo dice, «se leían antes de ser escritas y se estampaban antes de ser compuestas»; libelista cínico, digno rival del Aretino; desalmado sicofanta, capaz de delatar como reos de Estado á sus enemigos literarios; traficante perpetuo en dedicatorias; aventurero con vena de loco; mediano poeta cómico, cuentista agudo en el dialecto de Florencia y uno de los pocos que se salvaron de la afectada imitación de Boccaccio[35]. En medio de sus caprichos y bufonadas tiene rasgos de verdadero talento. Sus dos Librerías ó catálogos de impresos y manuscritos con observaciones críticas se cuentan entre los más antiguos ensayos de bibliografía é historia literaria. Y para los españoles, sus Mundos celestes, terrestres é infernales[36], en que parodió la Divina Comedia, son curiosos, porque presentan alguna remota analogía con los Sueños inmortales de Quevedo, aunque no puede llevarse muy lejos la comparación.

Menos importancia literaria que la Zucca tienen las Horas de recreación, de Luis Guicciardini, sobrino del grande historiador Francisco. Á Luis se le conoce y estima principalmente por su descripción de los Países Bajos, que tuvo por intérprete nada menos que á nuestro rey Felipe IV. Á las Horas de recreación, que es una de tantas colecciones de anécdotas y facecias, cupo traductor más humilde, el impresor Vicente de Millis Godínez, que las publicó en Bilbao en 1580[37].

De todos los novelistas italianos Mateo Bandello fué el más leído y estimado por los españoles después de Boccaccio y el que mayor número de argumentos proporcionó á nuestros dramáticos. Lope de Vega hacía profesión de admirarle, y en el prólogo de su novela Las fortunas de Diana parece que quiere contraponerle maliciosamente á Cervantes: «Tambien hay libros de novelas, dellas traducidas de italianos y dellas propias, en que no faltó gracia y estilo á Miguel Cervantes. Confieso que son libros de grande entretenimiento, y que podrían ser ejemplares, como algunas de las historias trágicas del Bandelo; pero habían de escribirlos hombres científicos, ó por lo menos grandes cortesanos, gente que halla en los desengaños notables sentencias y aforismos». Aparte de estas palabras, cuya injusticia y mala fe es notoria, puesto que Cervantes, aunque no fuese hombre científico ni gran cortesano, está á cien codos sobre Bandello y á muy razonable altura sobre todos los novelistas del mundo, el estudio de las historias trágicas y cómicas del ingenioso dominico lombardo, superior á todos sus coetáneos en la invención y en la variedad de situaciones, ya que no en el estilo, fué tan provechoso para Lope como lo era simultáneamente para Shakespeare. Uno y otro encontraron allí á Julieta y Romeo (Castelvines y Monteses), y Lope de Vega, además, el prodigioso Castigo sin venganza, sin contar otras obras maestras, como El villano en su rincón, La viuda valenciana y Si no vieran las mujeres...[38]. Ya mucho antes de Lope el teatro español explotaba esta rica mina. La Duquesa de la Rosa, de Alonso de la Vega, basta para probarlo[39].

Aunque la voluminosa colección del obispo de Agen, que comprende nada menos que doscientas catorce novelas, fuese continuamente manejada por nuestros dramaturgos y novelistas, sólo una pequeña parte de ella pasó á nuestra lengua, por diligencia del impresor Vicente de Millis Godínez, antes citado, que ni siquiera se valió del original italiano, sino de la paráfrasis francesa de Pedro Boaystau (por sobrenombre Launay) y Francisco de Belleforest, que habían estropeado el texto con fastidiosas é impertinentes adiciones. De estas novelas escogió Millis catorce, las que le parecieron de mejor ejemplo, y con ellas formó un tomo, impreso en Salamanca en 1589[40].

Los Hecatommithi, de Giraldi Cinthio, otra mina de asuntos trágicos en que Shakespeare descubrió su Otelo y Lope de Vega El piadoso veneciano[41], tenían para nuestra censura, más rígida que la de Italia, y aun para el gusto general de nuestra gente, la ventaja de no ser licenciosos, sino patéticos y dramáticos, con un género de interés que compensaba en parte su inverosimilitud y falta de gracia en la narrativa. En 1590 imprimió en Toledo Juan Gaitán de Vozmediano la primera parte de las dos en que se dividen estas historias, y en el prólogo dijo: «Ya que hasta ahora se ha usado poco en España este género de libros, por no haber comenzado á traducir los de Italia y Francia, no sólo habrá de aquí adelante quien por su gusto los traduzca, pero será por ventura parte el ver que se estima esto tanto en los estrangeros, para que los naturales hagan lo que nunca han hecho, que es componer novela. Lo cual entendido, harán mejor que todos ellos, y más en tan venturosa edad cual la presente»[42]. Palabras que concuerdan admirablemente con las del prólogo de Cervantes y prueban cuánto tardaba en abrirse camino el nuevo género, tan asiduamente cultivado después.

Las Piacevoli Notti, de Juan Francisco de Caravaggio, conocido por Straparola, mucho más variadas, amenas y divertidas que los cien cuentos de Giraldi, aunque no siempre honestas ni siempre originales (puesto que el autor saqueó á manos llenas á los novelistas anteriores, especialmente á Morlini), hablaban poderosamente á la imaginación de toda casta de lectores con el empleo continuo de lo sobrenatural y de los prestigios de la magia, asemejándose no poco á los cuentos orientales de encantamientos y metamorfosis. Francisco Truchado, vecino de Baeza, tradujo en buen estilo estas doce Noches, purgándolas de algunas de las muchas obscenidades que contienen, y esta traducción, impresa en Granada por René Rabut, 1583, fué repetida en Madrid, 1598, y en Madrid, 1612, prueba inequívoca de la aceptación que lograron estos cuentos[43].

Juntamente con los libros italianos había penetrado alguno que otro francés, y ya hemos hecho memoria del rifacimento de las Historias Trágicas, de Bandello, por Boaystuau y Belleforest. No han de confundirse con ellas, á pesar de la semejanza del título, las Historias prodigiosas y maravillosas de diversos successos acaecidos en el mundo, que compilaron los mismos Boaystuau y Belleforest y Claudio Tesserant, y puso en lengua castellana el célebre impresor de Sevilla Andrea Pescioni[44]. Obsérvese que casi siempre eran tipógrafos ó editores versados en el comercio de libros y en relaciones frecuentes con sus colegas (á las veces parientes) de Italia y Francia los que introducían entre nosotros estas novedades de amena literatura, desempeñando á veces, y no mal, el papel de intérpretes, aspecto muy curioso en la actividad intelectual del siglo XVI. Andrea Pescioni, si es suya realmente la traducción que lleva su nombre, demostró en ella condiciones muy superiores á las de Vicente de Millis en lenguaje y estilo. Muy difícil será encontrar galicismos en la pura y tersa locución de las Historias prodigiosas, que salieron enteramente castellanizadas de manos del traductor, imprimiéndoles el sello de su nativa ó adoptiva lengua, como cuadraba al señorío y pujanza de nuestro romance en aquella edad venturosa, hasta cuando le manejaban extranjeros de origen, que no hacían profesión de letras humanas como no fuese para traficar con ellas, y aplicaban su industria á libros forasteros, que tampoco por la dicción eran notables, ni se encaminaban al público más selecto. Libro de mera curiosidad y entretenimiento es el de las Historias, recopilación de casos prodigiosos y extraordinarios, de fenómenos insólitos de la naturaleza, de supersticiones, fábulas y patrañas, escoltadas siempre con algún testimonio clásico: «No escriviré caso fabuloso, ni historia que no compruebe con el autoridad de algun escritor de crédito, ora sea sacro ó profano, griego ó latino» (p. 90 vuelta). Con esta salvedad pasa todo, ya bajo el pabellón de Eliano, Julio Obsequente, Plinio y Solino, ya bajo la de médicos y naturalistas del siglo XVI, como Conrado Gesnero y Jerónimo Cardano, á quien con especial predilección se cita. Hasta la demonología neoplatónica de Miguel Psello, Porfirio, Iámblico y Proclo logra cabida en esta compilación, llena, por lo demás, de disertaciones ortodoxas. Hay capítulos especiales sobre los terremotos, diluvios y grandes avenidas; sobre los cometas y otros «prodigios y señales del cielo»; sobre las erupciones volcánicas; sobre las virtudes y propiedades de las piedras preciosas, de las plantas y de las aguas. Pero el fuerte de los tres autores son los monstruos: su libro, de más de ochocientas páginas, ofrece amplio material para la historia de las tradiciones teratológicas, desde las clásicas de Sirenas, Tritones, Nereidas, Faunos, Sátiros y Centauros, hasta los partos monstruosos, las criaturas dobles ligadas y conjuntas, los animales de figura humana, los hombres que llevan al descubierto las entrañas, los cinocéfalos, los hermafroditas, los terneros y lechones monstruosos y otra infinidad de seres anómalos que Belleforest y sus colaboradores dan por existentes ó nacidos en su tiempo, notando escrupulosamente la fecha y demás circunstancias.

Aparte de estas aberraciones, contiene el libro otras cosas de interés y de más apacible lectura: curiosas anécdotas, narradas con garbo y bizarría. Así, en el capítulo de los amores prodigiosos (XXII de la 1.ª parte) ingiere, entre otras que llamaríamos novelas cortas, la de la cortesana Plangon de Mileto, tomada de Ateneo, historia de refinado y sentimental decadentismo, que presenta una rarísima competencia de generosidad amorosa entre dos meretrices. Así, al tratar de los convites monstruosos, añade Boaistuau á los referidos por los antiguos y á los que consigna Platina en su libro De honesta voluptate, uno de que él fue testigo en Aviñón cuando «oía allí leyes del eruditísimo y docto varon Emilio Ferreto» (p. 96), página curiosa para la historia de la gastronomía en la época del Renacimiento. En el largo capítulo del entendimiento y fidelidad de los perros no olvida ni al de Montargis, cuya historia toma de Julio César Scaligero, ni al famoso Becerril, de que habla tanto Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia de Indias.

No sólo las rarezas naturales y los casos extraños de vicios y virtudes, sino lo sobrenatural propiamente dicho, abunda sobremanera en estas Historias, cuyo único fin es sorprender y pasmar la imaginación por todos los medios posibles. Ninguno tan eficaz como los cuentos de aparecidos, fantasmas, visiones nocturnas, sueños fatídicos, travesuras de malignos espíritus, duendes y trasgos; combates de huestes aéreas, procesiones de almas en pena. De todo esto hay gran profusión, tomada de las fuentes más diversas. Á la antigüedad pertenecen muchas (los mancebos de Arcadia, en Valerio Máximo; la tragedia de Cleonice, en Pausanias; el fantasma que se apareció al filósofo Atenodoro, en Plinio el Joven). Otras son más modernas, entresacadas á veces de los Días Geniales, de Alexandro de Alexandro, como la visión de Cataldo, obispo de Tarento, que anunció las desventuras de la casa aragonesa de Nápoles (p. 103), ó de Jerónimo Cardano, como la historia de Margarita la milanesa y de su espíritu familiar (p. 109). Pero nada hay tan singular en este género como un caso de telepatía que Belleforest relata, no por información ajena, sino por haberle acontecido á él mismo (p. 361), y que no será inútil conocer hoy que este género de creencias, supersticiones ó lo que fueren vuelven á estar en boga y se presentan con vestidura científica:

«Algunos espíritus se han aparecido á hombres con quien en vida han tenido amistad, y esto á manera de despedirse dellos, quando de aqueste mundo partian. Y de aquesto yo doy fe que á mí mismo me ha acaecido, y no fue estando dormido ni soñoliento, mas tan despierto como lo estoy ahora que escrivo aquesto, y el caso que digo aver me acaecido, es que un dia de la Natividad de Nuestra Señora, que es á ocho de Setiembre, unos amigos mios e yo fuymos a holgarnos a un jardin, y siendo ya como las once de la noche, solo me llegué a un peral para coger unas peras, y vi que se me puso delante una figura blanca de un hombre, que excedia la comun proporcion, el qual en el aspecto me pareció que era mi padre, y se me llegó para abraçarme: de que yo me atemorizé, y di un grito, y a él acudieron aquellos mis amigos para ver lo que me avia sucedido, y aviendo me preguntado qué avia avido, les dixe lo que avia visto, aunque ya se avia desaparecido, y que sin duda era mi padre. Mi ayo me dixo que sin duda se devia de aver muerto, y fue assi, que murió en aquella hora misma que se me representó, aunque estavamos lexos en harta distancia. Aquella fue una cosa que me haze creer que la oculta ligadura de amistad que hay en los coraçones de los que verdaderamente se aman puede ser causa de que se representen algunas especies, ó semejanzas de aparecimientos; y aun tambien puede ser que sean las almas mismas de nuestros parientes ó amigos, ó sus Angeles custodes, que yo no me puedo persuadir que sean espíritus malignos».

Son de origen español algunos de los materiales que entraron en esta enorme compilación francesa. Á Fr. Antonio de Guevara siguen y traducen literalmente en la historia del león de Androcles (epístola XXIV de las Familiares); en la de Lamia, Laida y Flora, «tres enamoradas antiquísimas» (ep. LIX), y en el razonamiento celebérrimo del Villano del Danubio, esta vez sin indicar la fuente, que es el Marco Aurelio.

El obispo de Mondoñedo, con toda su retórica, no siempre de buena calidad, tenía excelentes condiciones de narrador y hubiera brillado en la novela corta, á juzgar por las anécdotas que suele intercalar en sus libros, y especialmente en las Epístolas Familiares. Recuérdese, por ejemplo, el precioso relato que pone en boca de un moro viejo de Granada, testigo de la llorosa partida de Boabdil y de las imprecaciones de su madre (ep. VI de la Segunda Parte).

Amplia materia suministró también á las Historias prodigiosas otro prosista español de la era de Carlos V, el magnífico caballero y cronista cesáreo Pero Mexía, compilador histórico y moralista ameno como Guevara, pero nada semejante á él en los procedimientos de su estilo (que es inafectado y aun desaliñado con cierto dejo de candidez sabrosa), ni menos en la puntualidad histórica, que nuestro Fr. Antonio afectaba despreciar, y que, por el contrario, respetó siempre aquel docto y diligente sevillano, digno de buena memoria entre los vulgarizadores del saber. Su Silva de varia leccion, publicada en 1540 y de cuyo éxito asombroso, que se sostuvo hasta mediados del siglo XVII, dan testimonio tantas ediciones castellanas, tantas traducciones en todas las lenguas cultas de Europa, es una de aquellas obras de carácter enciclopédico, de que el Renacimiento gustaba tanto como la Edad Media, y que tenía precedentes clásicos tan famosos como las Noches Aticas, de Aulo Gelio; las Saturnales, de Macrobio; el Banquete de los sofistas, de Ateneo. Los humanistas de Italia habían comenzado á imitar este género de libros, aunque rara vez los componían en lengua vulgar. Pero Mexía, amantísimo de la suya nativa, que procuró engrandecer por todos caminos, siguió este nuevo y holgado sistema de componer con especies sueltas un libro útil y deleitable. Los capítulos se suceden en el más apacible desorden, única cosa en que el libro se asemeja á los Ensayos de Montaigne. Después de una disertación sobre la Biblia de los Setenta, viene un discurso sobre los instintos y propiedades maravillosas de las hormigas: «Hame parecido escribir este libro (dice Mexía) por discursos y capítulos de diversos propósitos sin perseverar ni guardar orden en ellos, y por esto le puse por nombre Silva, porque en las silvas y bosques están las plantas y árboles sin orden ni regla. Y aunque esta manera de escrivir sea nueva en nuestra lengua Castellana, y creo que soy yo el primero que en ella haya tomado esta invencion, en la Griega y Latina muy grandes autores escrivieron, assi como fueron Ateneo... Aulo Gelio, Macrobio, y aun en nuestros tiempos Petro Crinito, Ludovico Celio, Nicolao Leonico y otros algunos. Y pues la lengua castellana no tiene (si bien se considera) por qué reconozca ventaja a otra ninguna, no sé por qué no osaremos en ella tomar las invenciones que en las otras, y tratar materias grandes, como los italianos y otras naciones lo hazen en las suyas, pues no faltan en España agudos y altos ingenios. Por lo qual yo, preciándome tanto de la lengua que aprendi de mis padres como de la que me mostraron preceptores, quise dar estas vigilias a los que no entienden los libros latinos, y ellos principalmente quiero que me agradezcan este trabajo: pues son los más y los que más necesidad y desseo suelen tener de saber estas cosas. Porque yo cierto he procurado hablar de materias que no fuessen muy comunes, ni anduviessen por el vulgo, que ellas de sí fuessen grandes y provechosas, a lo menos a mi juyzio».

Para convencerse de lo mucho que Boaystuau, Tesserant y Belleforest tomaron de la obra de Mexía, traducida ya al francés en 1552, no hay más que cotejar los respectivos capítulos de las Historias con lo que en la Silva se escribe «de los Tritones y Nereydas», «de algunos hombres muy crueles», «de algunos exemplos de casados que mucho y fielmente se amaron», «de los extraños y admirables vicios del emperador Heliogábalo, y de sus excesos y prodigalidades increibles», «de las propiedades maravillosas y singulares de algunos ríos, lagos y fuentes», «de algunas cosas maravillosas que aparecieron en cielo y tierra» y otros puntos que sería fácil señalar. Los testimonios alegados son los mismos, suele serlo hasta el orden y las palabras con que se declaran y los argumentos que se traen para hacer creibles tan desaforados portentos.

Pero la Silva de varia lección es obra de plan mucho más vasto y también más razonable que las Historias prodigiosas. No predomina aquí lo extraño, lo anormal, lo increíble, ni se rinde tanto culto á la superstición, ya popular, ya científica. En relación con su época, Pero Mexía parece un espíritu culto y avisado, que procura guardarse de la nimia credulidad y muestra hasta vislumbres de espíritu crítico[45]. Siempre que tiene que contar hechos muy extraordinarios se resguarda con la autoridad ajena, y aun así osa contradecir algunas cosas de las que escriben los antiguos. No quiere admitir, por ejemplo, aunque lo afirmen contestes nada menos que Plinio, Eliano, Plutarco, Apuleyo y San Isidoro, que la víbora muera en el momento en que da á luz sus viboreznos[46]. No parece muy persuadido de la existencia de hombres marinos y tiene por cuento de viejas la historia del pece Nicolao, mostrando en esto mejor crítica que el P. Feijoo, que todavía en el siglo XVIII admitía la fábula del hombre-pez de Liérganes[47]. Claro es que no se emancipa, ni mucho menos, de la mala física de su tiempo. Cree todavía en las propiedades ocultas y secretas de los cuerpos naturales y adolece, sobre todo, de la superstición astrológica, que le dió cierta extravagante fama entre sus conciudadanos, tan zumbones y despiertos de ingenio entonces como ahora. «El astrífero Mexía» le llama, pienso que en burlas, Juan de la Cueva. Y es sabida aquella anécdota que recogió Rodrigo Caro en sus Claros varones en letras, naturales de Sevilla: «Había adivinado Pero Mexía, por la posición de los astros de su nacimiento, que había de morir de un sereno, y andaba siempre abrigado con uno ó dos bonetes en la cabeza debajo de la gorra que entonces se usaba, por lo cual le llamaban Siete bonetes; sed non auguriis potuit depellere pestem; porque estando una noche en su aposento, sucedió á deshora un ruido grande en una casa vecina, y saliendo sin prevención al sereno, se le ocasionó su muerte, siendo de no muy madura edad».

Tan revuelta andaba en el siglo XVI la ciencia positiva con la quimérica, la astrología judiciaria con la astronomía y las matemáticas, que no es de admirar que Mexía, como Agripa y Cardano y tantos insignes varones del Renacimiento, cayese en esta confusión deplorable, escribiendo algunos capítulos sobre la influencia de los siete planetas en las siete edades y partes de la vida del hombre, sobre los días aciagos y años climatéricos, sobre el punto y signo del Zodíaco en que estaban el sol y la luna cuando fueron creados[48] y otras vanidades semejantes. Mexía, que era cosmógrafo de profesión en un tiempo y en una ciudad en que no faltaban buenos cosmógrafos prácticos, trata con mucho más tino las cuestiones hidrográficas y meteorológicas, y en vez de aquellas ridículas historias de monstruos que ocupan la mitad del libro de Belleforest, aquí se leen disertaciones elementales, pero sensatas, sobre los vientos; sobre los artificios útiles para comparar la densidad de las aguas y discernir su pureza; sobre la redondez y ámbito de la tierra; sobre la medida de los grados terrestres y el modo de trazar la línea meridiana, y sobre la indispensable reforma del calendario, que tardó bastantes años en realizarse[49]. No era Mexía un sabio, no era un investigador original; pero tenía linda manera para exponer las curiosidades de historia científica, por ejemplo, el problema de la corona del rey Hierón y otros descubrimientos de Arquímedes[50] basta libertad de espíritu para considerar como juegos y pasatiempos de la naturaleza los que otros estimaban misteriosas señales grabadas en las piedras[51].

Pero lo que predomina en la Silva de varia lección, como podía esperarse de las aficiones y estudios de su autor, es la erudición histórica, que se manifiesta de muy varios modos, bien calculados para picar y entretener el apetito de quien lee: ya en monografías de famosas ciudades, como Roma, Constantinopla, Jerusalén; ya en sucintas historias de los godos, de los turcos, de los templarios, de los güelos; ya en biografías de personajes sobresalientes en maldad ó en heroísmo, pero que ofrecen siempre algo de pintoresco y original, como Timón el Misántropo, Diógenes el Cínico, los siete Sabios de Grecia, Heráclito y Demócrito, el emperador Heliogábalo, el falso profeta Mahoma y el gran Tamorlán[52]; ya en anécdotas de toda procedencia, como la tragedia de Alboino y Rosimunda, que toma de Paulo Diácono[53], y la absurda pero entonces muy creída fábula de la Papisa Juana, que procura corroborar muy cándidamente con el testimonio de Martín Polono, Sabellico, Platina y San Antonino de Florencia[54].

El libro de Pedro Mexía interesa á la novelística, no sólo por estas cortas narraciones, que son las más veces verdaderas leyendas, sino por ser un copioso repertorio de ejemplos de vicios y virtudes, que el autor compila á diestro y siniestro, de todos los autores clásicos, especialmente de Plutarco, Valerio Máximo y Aulo Gelio[55], sin olvidar á Plinio, de quien entresaca las anécdotas de pintores[56]. Alguno que otro episodio de la historia patria refiere también, como la muerte súbita de los dos infantes D. Pedro y D. Juan en la entrada que hicieron por la vega de Granada, ó el de Ruy Páez de Viedma y Payo Rodríguez de Ávila en tiempo do Alfonso XI[57], ó las extrañas circunstancias que, según Muntaner, intervinieron en la concepción y nacimiento de D. Jaime el Conquistador, asunto de una novela de Bandello y de una comedia de Lope de Vega[58].