Bel.—En esso ni sé cosa, ni quiero tomar cargo de peccados agenos; basta me que a todos tendre por buenos, mientras no les viere fuera del camino de la virtud, y aun ay lo vere. Y si suelda tiene el defecto, lo tengo de interpretar a la mejor parte, y no creerme por lo que el vulgo afama, por no tener que errar, ni hallar de qué me arrepentir.
Luc.—Pues por tu vida, hija, qué buscaua?
Bel.—Rogar me que le recibiesse vna su hija.
Luc.—Ya creo que estará grandezilla, y aun muy libre para lleuar tus recogimientos. Pero allá te auen, con tanto que ésta venga las menos vezes que ser pueda a ti, y a tu cama nunca, porque éstas tienen otras oraciones que tú ni sabes ni entiendes. Y asuadas que luego te buscasse la madre, que vosotras llamays, y te vendiesse del ojo, y otras cosas deste jaez.
Bel.—No vuo nada de esso; pero a la verdad dixo me que pensaua que tenia algun friaje que me causaua estos desasosiegos.
Luc.—Bien conozco yo vuas de mi majuelo. Pero mudando plática, me di, qué te ha parescido sobre lo que te hablé este dia?
Bel.—Y qué, señor?
Luc.—Bien muestras el poco cuydado que tengas deste mundo, ni aun me paresce mal ver las doncellas oluidadizas en cosas de casamiento. Ya tú sabes quántos te me piden y con quánta importunidad, y con ser de los principales de la corte, y aun del reyno, con ninguno he concluydo, por dos cosas que ya te dixe este dia. La vna, por no te apartar de mí, y la otra, porque en todo te quiero consolar y complazer.
Bel.—Ya pensé que era esso oluidado.
Luc.—Yo quisiera poder, hija mia, oluidarlo, por no me necessitar a te acordar al fin de mis dias partir de mí, visto que yo podré turar muy poco.
Bel.—Pues el morir a ninguno perdona, nuestro señor querrá que, para quitar te de essos cuydados, yo vaya delante en essa jornada.
Luc.—Dexando essos juyzios a Dios, me di en esto lo que te parezca, pues ya no paresce bien ni a mí ni a ti no te buscar vn marido, y tal compañero con que yo gane contigo otro hijo más. Porque hemos de disponer nos segun la voluntad de Dios, segun lo que la naturaleza pide, que yo tracte para mí de la sepultura y para ti del principio del viuir.
Bel.—Pues suplico te que ya que essa es tu voluntad, de querer tambien esperar la mia, que por el sí de mi respuesta me esperes solos otros dos meses. Y en tanto, que no me hables del partirme de ti, si quieres que de mis malas disposiciones yo sane y no vaya la soga tras el calderon, como dizen, de manera que lo vengas a perder todo con enterrar me primero.
Luc.—Cata que lo yerras; porque dado que, para mi consolacion, y aun la tuya, nos parezca bueno esso; pero no cumple a la razon sino que se haga, y quiero lo hazer de mi mano.
Bel.—Pues ansi lo confio yo en Dios; pero tiempo ay.
Luc.—Pues que ansi quieres, aunque hago mal en dexar me gouernar por ti en esto, pero no te quiero dar más pena. Y anda acá, que nos aguarda con la missa el capellan.
Bel.—Vamos donde mandares.
ARGUMENTO DE LA SCENA XXVII
Estando Grisindo el paje de cámara de Lucendo con Liberia a solas, entra Marcelia de buelta de casa de Belisea, y ella le absconde. Y estando la madre y la hija en sus razones, sobreuiene el despensero. Y estando ansi juntos, sobreuienen Fulminato y Felisino, y sobre cierto entremes se absconde Fulminato de miedo en el establillo.
Liberia, Grisindo, Marcelia, Despensero, Fulminato, Felisino.
[Lib.]—Ay, Señor, por tu vida que te baste ya, y me dexes y te vayas, que pues me dixiste que quedaua mi madre con Belisea, no tardará ya. Y pues yo tuue resistencia en tu voluntad, no quieras tú quebrar mi honra, y especial que tengo madre, y muy zelosa.
Gris.—Ya por demas seran sus sospechas, ni aun la esperes acá de esta parte de vísperas, quanto más que ya te he dicho que ella dixo que yo viniesse, y sabe que venia a cortar camisas.
Lib.—Y aun la escusa será razonable no hauiendo lienço ni costura! Pero ay, mezquina de mí, que ya viene: yo no osaré parar en casa si te ve solo.
Gris.—Pues qué quieres que haga?
Lib.—Que te subas aquí a la solana y presto: mala landre me mate, que aun la escalera no cerré con tus priessas, e ya sube.
Gris.—Pues subo, aunque contra mi voluntad, pero por amor de ti.
Lib.—Pues mira que por poco que te menees arriba serás sentido, e yo perdida; que yo cierro esta portezilla hasta su tiempo, que tendre cuydado de abrirtela.
Mar.—Qué hazes, hija, que paresce que estás alborotada?
Lib.—Como te senti subir, turbéme, que pensé que era otro, y dexé la lauor.
Mar.—Pues por qué dexas la puerta abierta? que no sabes quién passa por tu calle; pero, quién esta arriba en la solaneja?
Lib.—Será algun gato a más andar, que yo no siento qué sea. Pero, qué traes, que ansi vienes tan sobarcada?
Mar.—Pense, hija, que como cerrauas aquella portezuela, que venias de estarte al sol ociosa; que a la fe, boua, este es el saber baratar la vida, que no tú que nunca valdras nada.
Lib.—A la he, bien que baratas tú la vida, y la casa anda sin dueño, que no te acuerdas que hemos de comer oy.
Mar.—Y dime, hija, la racion de palacio no vino?
Lib.—Qué ignorancias las de mi madre! hauiendo se concertado con el despensero de Floriano que se la dé en dinero?
Mar.—Por tu vida que no me acordé que me auia ayer dado seys reales por esta semana.
Lib.—Pues yo seguro que gana él bien contigo, porque quando la embiauan hauia para cinco personas.
Mar.—Calla, boua, que mejores son seys reales cada semana que no aquella perdicion de vianda; porque como lo auiamos de repartir con los vezinos, que a nosotros montaua poco; y ellos mesmos que lo comian, al cabo nos darían por gracias el juzgar de dónde o cómo viniesse; sí que mejor es que gane con nosotros el criado del que nos lo da, en especial que no se pierde nada con él. Y aun tambien sí que mejor es tener con qué te comprar el chapin, y el botin, el manto, la saya, la camisa, la toca y otras mil redrosacas que salen de cada dia. A la fe, bouilla, si no miras más de al papo, guay del saco.
Lib.—Bien que sea esso: pero sí que razon es que sintamos mejoria con el don del bueno; sino que tú, como deues de vntar los dientes por allá antes que vengas, con lleuar te los dineros en tu bolsa, quieres que espere yo a que se te antoje de me comprar el vestido, y en tanto, que me quede yo en casa royendo de la lana del almohadilla.
Mar.—Ay, landre que te dexe, y qué braua te me pones, porque me has visto el sayuelo de terciopelo a la marquesota; porque bien vees tú que esta ropa no la he de vestir yo; y aun con el rico volante rie se te el ojo. Pues toma lo, y viste lo, y asseate con ello, y sea tuyo, en pago de mis seys reales. Agora contento está todo el mundo, ya no hay hambre ni pariente pobre. Pues otro dia sepa callar y dexar hazer a la que te parió, y guarda me essa holanda, que más ay de ocho baras, y no les faltará para qué sean.
Lib.—Pues agora te quiero, madre, dar algo yo.
Mar.—Ya fuesses para algo!
Lib.—Pues otra racion ay en casa.
Mar.—Ya sé cúya; pero vino harto?
Lib.—Y cómo? harto y bueno; pero no sé quién sube.
Mar.—Esconde esso presto.
Desp.—Bien me perdonarás que subo sin llamar, que pensé de hallar acá vn gentil hombre.
Mar.—Y quién era?
Desp.—Grisindo, el que te dixe en la posada.
Lib.—No he visto sino el moço que truxo vnos aparatos de cena.
Mar.—Calla, boua, que cata aqui quien lo manda, porque veas quánto le deuemos. Por esso apareja presto con que le des de comer, y ve primero, cierra la puerta.
Lib.—Yo voy, pero bien piensa mi madre que no se las entiendo!
Ful.—Ya estamos a la puerta.
Fel.—Pues cata que arriba ay hombre, que yo oy la habla.
Ful.—Pues tambien, si miras, baxa no sé quién. Sube, sube, y verás quántos y quiénes son, que porque no me sientan y se echen por las ventanas de miedo mio, me quedo en este portal, para que en baxando los que fueren, los embie al otro mundo antes que ayan la puerta.
Fel.—Pues yo subo luego. Cata, cata, qué buen encuentro!
Lib.—Tú vengas en buen hora; pero está ya quedo, no me destoques.
Fel.—Por Dios, que estás hecha vna reyna con essa seda y tocado.
Lib.—A la fe, si lo estoy o no, no lo deuo á ti.
Ful.—Cata, cata; por Dios que ay ruydo en la escalera; encontrado se han con el pobre de Felisino. Y por el armadura de Sanctiago que le matan; bueno es tomar la puerta, y aun huyr; pero no es cosa, porque me haga mal hechor, y passa mucha gente, y de verme huyr pensarán algun mal. Cata, cata, seguro es el campo, que juegan al cubri xixa Felisino y Liberia.
Lib.—Anda, sube ya, pues vienes solo.
Fel.—Antes queda Fulminato en el portal.
Lib.—Pues, mezquina yo, sube llamando, porque está con mi madre vna vecina y no holgará que la vean.
Fel.—Y estan solas?
Lib.—Vn pariente de ella está allá que la trae.
Fel.—Yo subo a ver qué ay.
Ful.—La muchacha baxa sola; asuadas que ay cofradia, que baxa a cerrar la puerta; quiero me asconder en este establillo; pero doy al diablo estas puercas, que ansi hiede esta estancia.
Lib.—Miralde vos estotro mentiroso, que me dixo que estaua aqui Fulminato, aunque, con todo esso, la cosa se adobara si el otro diablo baxara y le encontrara aqui.
Ful.—Qué, qué? otro ay? pues descreo de los retajados si yo no me puedo ensuziar los pies y aun más adelante en tan feo lugar, porque no me encuentre él donde me ensangriente.
Fel.—Quién está por acá arriba?
Mar.—Ay, mezquina yo, que aquel es Felisino!
Desp.—Sea siquiera el diablo, que no me encerrarás otra vez.
Fel.—Voy me, señora Marcelia, que no quiero ser agua de por sanct Juan.
Mar.—Anda, no te vayas, que este señor es primo mio, e ya se queria yr.
Fel.—Agora no se hauian concertado la hija y la madre en el mentir, que discordan en sus dichos.
Desp.—Pues, señora, si viniere aquel mancebo, avisar le has que ando en su busca y quedate a Dios.
Fel.—A, gentil hombre, no os vays por mi causa.
Desp.—Tengo os lo en merced, que no me voy por esso.
Fel.—Pues si mandays algo, lo haré.
Desp.—Que soy vuestro.
Fel.—Por Dios, que este es el despensero de Lucendo, de quien se quema Fulminato, y con razon, y que si él está aun abaxo, que son asidos.
Ful.—O, pesar de la vida de los condenados, y qué correr trae por la escalera abaxo! el diablo me metio oy aqui; que bien dizen: que el andar con mal no puede turar. O, nuestra señora de Loreto, que si bueluo en mi tierra sano, yo te visitaré tu santa casa: libra me oy de muerte y deshonra.
Lib.—Pues ya te vas?
Desp.—No puedo más detenerme. Si aquel galan en cuyo rastro yo ando aportare por acá, por tu fe le digas, señora, que no se ande ascondiendo.
Lib.—Si haré; ve con Dios.
Ful.—Voto al chapitel de la Minerua, que este es el despensero de Lucendo, y aquel que busca deuia de ser yo. O, hi de puta, pues y quién le esperara e ouiera subido? Y aun que si en la calle me encontrara, me hauia de necessitar a huyr, porque más vale verguença en cara que cuchillada. Pero ya él se fue, y la Liberia se subió arriba; quiero salir desta hediondez.
Mar.—Hija, adereça que comas, y no me esperes, que voy a vn poco.
Fel.—Pues espera, subira Fulminato, que queda abaxo, e yr se ha contigo.
Ful.—Qué se tractaua de mí agora?
Fel.—Dónde has estado?
Ful.—Detuueme en la calle con vn amigo que a la sazon passaua; pero dónde vas, señora?
Mar.—Allá a palacio.
Ful.—Pues no querras detenerte, voy me contigo.
Mar.—Ay, qué mal huele por aqui!
Ful.—Pues yo no osaua quexarme; pero ya no podia suffrirlo.
Lib.—Cómo no hauia de oler mal? que veys quál trae los pies Fulminato.
Ful.—O, reniego de Saturno ayuso, de todos los que en Dios no tienen parte, con justicia que tal consiente que echen en las calles.
Fel.—Pues cómo vienes ansi llena la gorra y la capa de telarañas, que paresce que sales de algun establo?
Ful.—Que no sé lo que es, dexame.
Lib.—Ay, que por mi vida que agora se me aclaró el miedo que vue abaxo; que se me fantaseó que vi entrar en el establillo quando fuy a cerrar la puerta, y en el ayre me dio ser él, pero no lo podia creer.
Ful.—Voto al sancto calçado de la epiphania, que pense de encubrir mi necessidad; pero como no era cosa que podia dexar para otro dia, yendo con priessa a descargar el cuerpo, paresce me que cargué los vestidos. Y descreo de las harpias infernales si no era de poner fuego en la casa que tal se suffre.
Mar.—Anda ya, que siempre andas gruñendo. Vete a poner fuego en tu casa, o en la que tú dieres; que si ésta no te agrada, busca otra perfumada, y si te paresciere, antes sea oy que mañana, porque en cada casa has de contentarte con lo que hallares, y si no, callar y huyrlo, y nadie se ensañe donde no tiene desensañador.
Ful.—Ya, ya, muy tras picadura estás. O, hi de puta, y quién no viniera armado de paciencia? pero con todo, no te pese de oyr lo que deues hazer enmendar en tu casa.
Mar.—Pues que yo no te mandé entrar al establo, no tengo que ver en qué tal está. Y pues tú entraste a lo que entraron otros primero, no tengas a mucho hallar lo que otros obraron. Y al fin, el establo es para aquello, y para bestias, y los aposientos para los hombres. Y aquello, en ser lo que es, no paresce tan mal como esta saleta para lo que es, en estar sin tapizes.
Ful.—Anda, vamos y calla, que no dire más.
Lib.—El diablo no los sacará oy desta casa, que ya he lástima al otro pobre hecho atalaya en la solana, y estotro asno acá piensa de quedar se.
Fel.—Qué dizes?
Lib.—Que me espanto cómo mi madre osa yr sola con aquel diablo sobre lo que ha passado, y por amor de mí que te vayas con ellos sin que les digas nada, porque temo de mi madre.
Fel.—Pues queda te a Dios, que allá aguijo por tu seruicio.
Lib.—Allá yrás, don necio; quiero abrir al otro agora. Cata, y cómo ay has estado?
Gris.—Luego me baxé, y por entre las tablas de la puerta mal juntas lo he visto todo.
Lib.—Ay, mezquina yo, que te podian muy bien ver a aduertir en ello; pero espera, que no sé quién sube.
Gris.—Valga la el diablo y qué suelta es, que en dos trancos se abalançó la escalera abaxo.
Ful.—Dónde bajas huyendo? creo que vienes medrosa de quedar sola en casa?
Lib.—Ay, mezquina yo, que oy no sé qué ruydo, y no osé más parar.
Ful.—Si era algun alma en pena? pues anda arriba, y verás cómo, aunque sea el diablo, te le hago que no pare más; y sube presto, que no se me cueze el pan por ver lo que es, que tambien endenantes senti pisadas sobre la saleta.
Lib.—Ay, que esso serian gatos que saltan a la solanileja desde el tejado.
Ful.—Pues dexa me subir, que aun me paresce que siento arriba no sé qué.
Gris.—O, pesar de la vida, y si no es este aquel muy afamado Fulminato el barbudo, que aun con su nombre asombran los niños! Pues que yo no puedo ya huyr, quiero estar a punto y defenderle la escalera.
Lib.—O, mala landre me mate, y si no soy perdida si éste sube.
Ful.—Quita te me ya, pues, del passo.
Lib.—Ay, calla ya, que por no te dar enojo no te lo osaua dezir.
Ful.—Di lo, di lo; di quántos son, porque nadie escape.
Lib.—Ay, qué...
Ful.—Acaba ya.
Lib.—Sonauan muchos.
Ful.—Qué, qué? y dónde? o quiénes?
Lib.—Por la puerta del corralejo me parescieron tres.
Ful.—Y eran hombres?
Lib.—Y aun con hartas armas, y el vno dixo: presto, presto, que agora torno a entrar.
Ful.—O, pesar de la vida, y esso ay?
Lib.—En oyendo lo salté desbalida, que pense que yuan tras Felisino.
Ful.—Qué hare? si me abscondo en el establillo asirme han; quiero subir me arriba, no me tomen acá la puerta, que arriba haurá do me absconda.
Gris.—Agora yo baxo con denuedo, que la muchacha lo ha tramado tan bien, que él pensando que son muchos no esperará; y al fin, si esperare, en la escalera vno por vno no le he miedo.
Lib.—Ay, triste de mí, que baxan!
Ful.—Descreo si más paro; no me empañen.
Lib.—O, cómo corre el diablo; baxa tú, señor, de presto y toma por arriba de la calle, que él abaxo va.
Gris.—Pues Dios quede contigo.
ARGUMENTO DE LA SCENA XXVIII[682]
Llegada Marcelia a casa de Floriano, llegado Fulminato, passan entre ellos y Lydorio grandes platicas de la amicicia.
Felisino, Marcelia, Fulminato, Pinel, Lydorio, Polytes.
[Fel.]—Agora que ya llegamos al puesto, te quiero preguntar qué tenemos de la dama de Floriano; porque no sé si por el enojo de Fulminato, o si huyendo de su mal olor, o que si porque traes buenas nueuas, tanto te he visto amiga de llegar a donde estamos, que no vi sazon hasta agora de te preguntar sin miedo de mala respuesta.
Mar.—No fuera yo tan mal mirada contigo; pero quiero que sepas que el porqué de mi aguijar el estomago ligero lo causaua.
Fel.—Antes, segun el dicho del Vizcayno, no hauiendo comido hauias de venir mas pesada; porque dize que tripas lleuan piernas, que no piernas tripas.
Mar.—Ansi es, que desmaya el que no come; pero tambien dize el Vizcayno que tripa vazia, coraçon triste.
Fel.—A qué proposito [es] esto?
Mar.—El preguntar perdiste de tiempo, porque yo no tengo gana de tristeza, y ansi no tendre gana de estar mucho sin comer, y ansi me doy priesa por ganar presto dos deudas. Lo vno, a Floriano su respuesta; y lo otro, a mi estomago la vianda; porque oy toda mi occupacion ha sido en seruicio de Floriano, de manera que para mi casa aun lumbre no ha auido para guisar de comer.
Fel.—Al diablo doy tanta auaricia de muger; bien dizen que es vicio el pedir a quien se aueza a él.
Mar.—Muy presto aprendiste de Fulminato el hablar entre dientes.
Ful.—Qué se tractaua de Fulminato? que el huelgo no me alcança por alcançaros.
Mar.—Ayna cayeras en el numero de los que dizen: al ruyn mentalde, y luego viene. Pero quiera Dios que esse venir tan desblanquinado no proceda de algun mal recado que ayas hecho, y con todo, guarde Dios mi casa.
Ful.—Descreo del can ceruero y de toda la compaña de Pluton, con muger que luego ha de adeuinar.
Fel.—Pues di nos qué fue, en dos parolas; pues sabes que la amicicia manda que trayga el amigo el coraçon descubierto.
Ful.—Y aun tambien le manda que tenga las ropas cortas, porque no tarde en acorrer al amigo; pero guaresce Dios, que sin tu acorro dexa esta valenciana quatro o seys en la cal nueua.
Fel.—Y aun ansi quedaran más de ocho.
Ful.—Qué, tambien tú adeuinas? pues tantos eran, sino que los dos valieron les los pies sueltos como la liebre.
Pin.—Nora buena estés, señora Marcelia, y la compaña. Que es esso, hermano Fulminato? que paresce que matas quatro de un golpe.
Ful.—Pues boto al cinto de Dios padre, que tantos van ya en sal para la otra vida.
Lyd.—Qué es esso, Fulminato? y tú, señora Marcelia, estés en buen hora.
Mar.—Beso tus manos, y llega a poner paz en la ferocidad de la boca de Fulminato; que porque vean que fue solo, lo representa a solas: que todos los mata arreo.
Fel.—Todos somos sus amigos, y quisieramos hallarnos con él, si algo fue.
Ful.—En tanto, gracias a Dios, manos mias, y la bondad del espada que lo esperó.
Lyd.—Es la que te di?
Ful.—Sí.
Lyd.—Pues ay verás qué amigo te soy, que en dar te la tal, virtualmente te he ayudado en todo lo que con ella has hecho; porque el amigo lexos y cerca ha de ser amigo, segun lo declaraua la figura de los antiguos.
Fel.—Pues viene a coyuntura, nos declara lo que se platicaua entre antiguos de la Amicicia, porque lo oy apuntar a Fulminato y no le dio cabo este dia.
Ful.—A mí pide tú las obras, y al señor Lydorio las antiguallas.
Mar.—Pues en dezir lo nos hará merced, aunque el saberlo dezir arguye no menos saberlo obrar.
Lyd.—Pues huelgas de oyrlo, y todos, aunque ya otras vezes lo he relatado por extenso, pero agora de passo lo dire todo, y passa ansi. Que los Patricios antiguos de nuestra madre Roma, a la entrada del Capitolio, en el Senado, la tenian pintada a la Amicicia, donde de todos fuesse vista los que entrassen. Pintauan la en forma de hombre, y en edad de mancebo, con alegria de rostro, con presencia robusta, la cara exempta y manifiesta, y sin alguna ruga ni sobrecejo; la cabeça descubierta, la ropa corta y aspera y no rica; los pechos abiertos, y con la mano diestra enseñando el descubierto coraçon. Y deste procedia un letrero matizado de fino oro que dezia: Muerte y vida. Y por parte de lo baxo de los pies, yua otro letrero del mesmo matiz que el de arriba, que dezia: Cerca y lexos. Y quando alguno queria examinar el amigo en aquella muestra le labraua de las condiciones que hauia de tener, aunque agora si no se ouiesse de prouar aquella inuencion de los antiguos, de otra manera la pintarian al moderno.
Mar.—Pues de todo nos harás merced en nos hazer sabidores, porque aunque no he comido, no sentire la hambre del cuerpo por tan dulce manjar del spiritu.
Ful.—Si no se te acordaren, señor Lydorio, los escritos, mira a mis hechos y verás qué dezir bien de la amicicia; que voto al quicial de las puertas del cielo, más sé yo obrar por mis amigos que los libros pueden dar reglas en escrito. Pero con todo esso, huelgo de oyr todo buen razonamiento.
Pin.—En tanto, señor Lydorio, nos di de los escritos antiguos, para con los hechos de Fulminato contados de su boca.
Lyd.—Pues pintauan la a la entrada del Senado en el Capitolio, porque alli todos concurrian a sus causas, y tambien porque todos los que entrauan hauian de ser entre sí tales amigos, que todos fuessen vn enemigo para sus enemigos del sacro senado Romano. Y pintauan la Amicicia (que aunque suena nombre de hembra) como varon, porque, aunque perdone la señora Marcelia presente, de la hembra es la inconstancia, y la firmeza y immutabilidad, en el varon.
Ful.—Pues, voto al cuerpo del quarto elemento, que para el mal que son ellas bien constantes y extremadas.
Mar.—Por no atajar tan buena plática al señor Lydorio (que ya me hizo la salua, hablando en perjuyzio de las mugeres) no te respondo, Fulminato, como lo meresces; pero procede, señor Lydorio, que, no tomando en particular a ninguna muger, como quiera desseo oyr la descripcion propuesta, que a Fulminato sazon tendra mi razon guardada agora.
Lyd.—Pues digo que la figurauan mancebo, porque siempre la amistad entre los amigos ha de ser no juvenil por la edad, sino por la representacion y significacion; porque ha de ser animoso, suelto, fuerte, suffridor de afanes, y vengador de injurias; donde quando interuiene honrra o suya o del amigo, que ha de ser otro él, ha de ser liberal para con el amigo, lo qual más se halla ordinariamente en el hombre mancebo que no en el viejo. Tenía más el rostro alegre, mostrando que ansi le ha de tener el amigo en todo lo que debaxo de Amicicia le pudiere pedir el otro amigo. Tenía el rostro sin ruga ni sobrecejo, entendiendo en esto que el amigo no ha de tener doblez al amigo, ni le ha de ser molesto, excepto en cosas que derogan a la virtud. Porque el que no desengaña y retrae en tal caso al amigo, por sólo dezir que no le quiere dar pena, o, por lo que es peor, por aprouecharse dél, el tal más es enemigo, adulador, infiel, engañador, que no amigo. Porque la amistad ha de ser en las cosas honrosas y buenas y de virtud, y que no contradigan a la ley de Dios, que es el mayor y más verdadero amigo nuestro. Tenía el aspecto robusto, y no donzellil ni delicado, porque el amor del amigo no ha de hallar flaqueza ni floxedad en el amante amigo, ni ay de donde (si es amigo) busque inconueniente para que no se ponga a todo lo que virtuosamente y debaxo del tal amor de amigo le pusiere el otro amigo. La cabeça descubierta dezia que en ninguna manera ha de encubrir el amistad que tiene al amigo, agora interuenga interesse, agora peligro, agora verguença. La ropa corta y aspera que tenía dezia el poco embaraço ni inconueniente que ha de tener el amigo en las cosas de su amigo, lo vno; y lo otro, la aspereza que es menester que muestre a defuera el amigo al amigo, por retraer le, y conseruar le, y guardar le la vestidura del alma de dentro, que son las virtudes. De tal forma que más ha de ser amigo del alma que del cuerpo, y más de la razon que de la sensualidad, y más del spiritu que de la carne, y más de las virtudes del amigo ha de curar que de la beneuolencia de fuera; y ansi era la vestidura corta, para que no embaraçasse; aspera, para que pungiesse; no rica, para que no se mirasse al valor de la hazienda y se hiziesse gran caudal del valor de la virtuosa vida, porque la Amicicia, para que no vsurpe este nombre, presupone tener vna hermana, y muy en amistad de hermana, que es la Virtud. Tenia los pechos abiertos, mostrando el coraçon, etc., porque tales han de ser los pensamientos del amigo para con su amigo; que las obras buenas que figurauan la mano diestra muestren bien cómo nazca de coraçon, y de claras y sanas entrañas, la tal amistad. El letrero de oro procediente del coraçon mostraua la perseuerancia que ha de hauer en el amigo; porque el amigo ha de perseuerar en la amistad en la muerte y en la vida, en los afanes y en los plazeres; y ansi mostrauan las letras, en ser de oro, que la tal perseuerancia del amigo merescia la corona del vencimiento de oro. El letrero de los pies, del mesmo matiz de oro, que dezia cerca y lexos, demostraua la presteza y liberalidad que el amigo ha de tener en las cosas que algo importan al amigo, y esto ha de ser en su presencia, y en su absencia, cerca dél y alongado dél. Por manera que, aun que en los cuerpos absentes, en la voluntad, que siempre ha de ser vna, siempre esten presentes los amigos. Y ansi como las otras letras de oro, dezian éstas de lo mesmo el merito de la tal amistad ser de valor del oro, que es el más valeroso de los metales. Esta es la figura, y lo que entonces figurauan en ella y entendian los antiguos de la amistad.
Mar.—Por cierto ello ha sido cosa de notar, y dicha por boca de sabio.
Fel.—Ello es ansi cierto, y aunque en ser tan verdad, ay pocos amigos en nuestra tempestad.
Lyd.—Y aun, porque lo creas más de veras la falta que oy tiene el orbe de amigos entre sí, oye cómo pondera el sabio al buen amigo: que dize que no ay comparacion que se compare, ni precio a que se estime, ni thesoro con que se compre el fiel amigo; porque el que le halla halla más thesoro que en el Peru hallaron en esta nuestra edad los orgullosos y cobdiciosos guerreros nauegantes Españoles.
Pin.—Y aun ansi creo yo que, como ay poco thesoro por gastar de lo mucho que ay descubierto, que ansi, aunque se descubran a prima vista muchos amigos, que los examinados son pocos, o por mejor dezir quedan pocos.
Lyd.—La cobdicia del thesoro es oy mayor que hasta agora, y el posseer no quiere compañia, y la falta de la compañia quita la hermandad, y la falta de la hermandad quita la paz, y la guerra encubre los amigos y manifiesta los enemigos. Y ansi es mi tema, que la amicicia, si fueran los Romanos que fueron entonces agora, que de otra manera pintaran aquella figura.
Mar.—Pues tambien nos lo di, porque no menos nos podra aprouechar la sabia razon tuya que la antigua pintura suya.
Lyd.—Pues si no saliera el paje, y pidiera Floriano ya de vestir, yo dixera que la hauian de pintar como muger, y aun vieja, por la inconstancia y avaricia, y de rico vestido al buen parescer exterior, porque esto halla y descubre oy los amigos más y más ayna, y el coraçon, con treynta cobertizos, porque oy en dia ni ay claridad de amigo, ni amistad donde interuiene interes, ni ley, sino con la moneda; que éste tiene oy en el mundo más amigos que Dios, por la grande auaricia y peccados nuestros. Porque si el amigo sea quanto rico querays de virtudes, y aun de nobleza de sangre, si por desdicha es pobre, todos le huyen, todos le baldonan, todos se desdeñan de llamar se sus amigos. Pues los pies oy en dia los tiene la Amicicia atados, y aun las manos mancas al obrar. Mucho hauia que dezir en esta materia, pero no lo pide el tiempo agora. Yo quiero entrar a ver si se acaba de leuantar Floriano, y luego, señora Marcelia, le diré cómo le aguardas.
Mar.—Merced me harás a buelta de la que me has hecho con lo hablado.
Fel.—Por Dios, altamente ha salido con todo, y aun que en la descripcion de la moderna fortuna la pone muy al vso de como la tractan agora las gentes. Pero agora mientras sale el camarero, nos di, Fulminato, qué es lo que tú dizes que te acontescio.
Ful.—O, reniego de los epiciclos del primer planeta contigo, y que ansi quieres tan de arrebato oyr mis cosas?
Pin.—A buen entendedor, pocas razones; deue de querer que no le embaracemos, que querra hablar a solas con la señora Marcelia.
Fel.—Bien apuntaste, y con su licencia nos vamos a buscar qué moflir; que Floriano ni se leuantará de esta hora, ni comerá destas tres.
Mar.—Mas todos os podeys yr, que yo quiero entrar a ver a Floriano, que ya se torna a salir el camarero.
Ful.—Pues a Dios, que desque ayas concluydo, aqui nos tienes a todos. Y ve, que te llama el page con la mano que entres, y Dios te dé tal dicha, con que yo medre algo.
NOTAS:
[682] En el original dice equivocadamente XXVIIII.
ARGUMENTO DE LA SCENA XXIX
Sabiendo Floriano que Marcelia viene de hablar a su señora Belisea, habla consigo a solas al caso muchas razones. Entra Marcelia, da le relacion de lo que ha hecho y saca le más dadiuas antes que le diga el concierto que trae de que vaya essa noche a hablar a Belisea.
Floriano, Polites, Marcelia, Lydorio.
[Flor.]—Dime, mi señora Belisea, qué es lo que me embias a mandar que haga de mi tan penada vida? por ventura es tu voluntad que yo muera? Ay, que no puedo persuadir me a pensar que a tanta hermosura acompañe tanta crueldad, pues que yo tuyo so, por ti viuo, en ti confio, tú sola eres mi señora, mi vida, mi esperança, mi gloria y mi consuelo. Por tanto, no seas engañada en el querer matar me, pues sabes que nadie deue aborrescer sus cosas; o si no, será possible que mis males hallen algun remedio de ti, que sola me lo puedes dar? ay, que aunque a mí parezca que nada te merezco, muy arduo [es] este remedio, y muy cuesta arriba este camino para llegar mis meritos a ti; pero a ti es muy facil, y aun a tu honra muy conueniente. Porque de otra manera podrias cobrar renombre de cruel contra los pobres y de matadora de los tuyos. Ay de ti, Floriano, que destos dos extremos, el primero temo por mi baxeza, pero haze me esforçado tu misericordia, benignidad y nobleza; y el segundo, teniendo mi acorro por impossible, no puedo no me alegrar con tu potencia que en mí y de mí puede llegar me a la muerte y llegar me a la vida. Y mira, angel mio, quánta representacion de tu majestad y potencia ay en mi entendimiento, que en saber que viene la mensajera de mí tan desseada, por venir de tu parte, y hauer estado contigo (que en mí lo siente ya) me alegro. Pero con esto, en representar se me tu majestad y merescimiento, y en tornar a mirar mi baxeza, y en pensar que te embié a pedir mercedes con ella, y en acordar me que, con no te merescer seruir, antes te he desseruido, teme este ya tan tu llagado mi coraçon alguna aspera respuesta. Porque, aunque merescida de mi atreuida locura, pero occasionado por tu gran hermosura, como discaydo con la vieja llaga de tu amor, temo nueuo golpe de disfauor, con que, yo muriendo, no podré publicar me por tuyo, que es lo mesmo a ti, y tú serás llamada ingrata y cruel y matadora de los que no supieren que quisiste que yo muriesse, y queriendo pudiste, y podiendo lo heziste, y hecho fue tu voluntad; y en ser tu voluntad, es ello bien hecho, y de mí por tal acceptado desde agora. Y porque si esto de ti se dixesse el daño de tu abatimiento era a mí muy principal, mejor será que yo me mate, antes que venga mi muerte embuelta en tu aspera respuesta, porque entonces a mí seria pedida mi muerte como el que mató cosa tuya. Pero qué digo? que yo no puedo sino confessar que tú, mi señora Belisea, me das la vida, y bien sé que yo no puedo matarme sin tú querer, y si tu querer yo hago, gano gran gloria en el premio de tu amador. Y pues yo aun no he hecho obras por donde ya presumidamente te pida gloria, quiero aparejarme a mayor tormento, para que más crezca mi merescimiento. Pero solo quiero, mi señora Belisea, que mires a que, con esperar a la mensajera que espero y desseo, no puedo tanto esforçar al tan llagado mi tu coraçon, a que no ponga de temor grande pasmo a los interiores sentidos, y el entomescimiento que agora todos mis miembros sintiendo, no puedo seruir me de más de sola la lengua para el pregonar tu majestad y mi temor, y de los ojos para llorar mi culpa, y de los sospiros para manifestar a todo el mundo mi pena.
Pol.—No has mirado quán largo razonamiento tan dulce ha hecho? y qué razones tan sentidas? y qué plática tan bien trauada? y qué sentencias tan claras pronuncia su lengua en la tan gran obscuridad de su tenebrosa pena?
Mar.—Todo lo he sentido, y de todo me he holgado; y conduelo me de ver quán obscuro le tiene la pena, que no basta la claridad exterior a le alumbrar, para que ni nos aya visto, ni nos verá, si no le despertamos. Y pues que ya tú sabes y te he contado en lo a ti tocante todo lo que allá passé, con te auer dado respuesta de lo que me encargaste, como acabas de oyr, agora será bien me dexes dar a tu señor el despacho de sus negocios, pues que aun tambien los sabes ya antes que él.
Pol.—Pues mira que tractes con él que si fuere me lleue por compañero, porque más te tenga que seruir.
Flor.—Pajes, quién habla ay?
Mar.--Dexame, que yo quiero responderle. Yo soy, mi señor Floriano.
Flor.—Y quién eres, que me has despertado del sueño de la vida, en la contemplacion de mi gloria?
Pol.—Mira, señor, que es Marcelia.
Flor.—Quién dizes?
Mar.—Calla tú, dexa me con él. A, señor, oye me lo que tu señora Belisea te manda responder.
Flor.—Belisea? es mi esperança, es mi señora, es la que me resuscita. Ya, ya, bien te veo, bien te conozco; bien sé que eres tú la mi Marcelia, la llaue de mis secretos, la que me trae algun magnífico don del thesoro de mi gloria. Sienta te en esta silla par de mí, y cuenta me cómo te fue en el camino? qué tanto ha que veniste? qué me traes negociado?
Mar.—No cures de saber el gran afan y peligro de mi persona, y la afrenta y deshonra que siento ver me con tan ruynes sayas parescer delante buenos. Pero porque a más que esto me obliga tu seruicio, y ni tan poco ha de parar mi buena solicitud en esto, sepas que aun te vienen grandes y buenas nueuas debaxo de estas tan pobres y viejas ropas que cubren estas carnes peccadoras.
Flor.—Anda, mi buena amiga, que si tú tienes buen cuidado de cumplir tu promesa en mi seruicio, yo no me oluido que te empeñé mi palabra en el gualardon, mayormente en lo que más publica tu necessidad. Pajes, quién está ay?
Pol.—Señor, yo estoy.
Flor.—Ve corriendo al camarero, que luego haga venir el sastre que me corta mis ropas, y al camarero que venga aqui con él y con el refino que él tiene, para que luego vistan de pies a cabeça de todas ropas a mi Marcelia a su voluntad.
Mar.—Señor, cata que ni yo me desnudaré mis harrapos ante ti, ni tan poco ay tiempo para tanta larga, pues tú tienes en qué entender con lo que yo te dire que traygo, y aun yo ya harta razon de yr me a desayunar a mi casa, si hallare con qué, pues desde antes que amanezca me occupan las estaciones de tu seruicio.
Flor.—En todo veo que me vences de razon. Pues anda, paje, al camarero, que te dé ocho varas del refino, y lleuar se las has a casa desta dueña, y acompañar la has quando se vaya.
Pol.—Señor, voy a entender en ello.
Flor.—Agora, pues, me di qué me traes, pues ya tienes lo que tú pides.
Mar.—Y aun por tanto dilataré yo agora la cura, por sacar para las mechas.
Flor.—Qué dizes de sospechas? y sacame ya de pena, si no quieres verme morir entre tus manos.
Mar.—Que digo y te dezia, sino que no me entendiste, que pierdas essas penas y no tomes sospechas de ya morir, pues que de cierto tu señora queda buena. Dire más?
Flor.—Mucho es esso, pero di me lo que me ha de dar o quitar a mí la salud.
Mar.—Yo fuy por tu mandado a ella, y la vi, y hablé en su camara, estando ella en su cama; quieres más?
Flor.—Ay, que sí querria, hasta topar con que me sanasses.
Mar.—Pues más sabras que hizo por ti, que le di tu carta en sus manos, y la tomó con harta alegria, y la leyó con harta aduertencia.
Flor.—Ya, ya, agora pongo dubda en lo que dizes, pues deue ser dicho para consolarme.
Mar.—No me hagas mentirosa, señor mio; porque si ansi me afrentas, callaré lo de mas, que es el todo.
Flor.—Y qué más, mi Marcelia?
Mar.—Que ella te ama, y con holgar de tu salud (porque no la osé dezir que no quedauas bueno) aun me mostró gran pena porque te tomé el anillo suyo; porque pensó que yo te lo auia pedido, y que aun tendrias necessidad de él.
Flor.—Ay, mira, hermana, quál estoy: no me engañes ansi con cossas tan no de creer.
Mar.—O perdido de hombre, y qué haze de llorar de alegria! qué hará quando se halle ante ella?
Flor.—Pues qué me respondes, qué me hablas?
Mar.—Que aun traygo más.
Flor.—Pues mata me luego, que yo te perdono, o no me detengas.
Mar.—De matar te me guardará Dios, porque me mataria Belisea, que por tu enamorada tomó la esmeralda tuya. Y porque le dixe que la quitaste para embiarse la del tu braço del coraçon, ella luego la puso a su muñeca del braço siniestro.
Flor.—Agora te digo que me has de veras puesto con escrupulos de tu verdad, aunque me perdones.
Mar.—Cata, señor, que tomes las palabras como se dizen, y que hasta agora no te he dicho cosa que desembuelta no la halles por verdad. Y aun por la dubda que has puesto, si algo no me das, no te dare otra cosa, con que veas quánto deuen tus mercedes grandes a mi baxo seruicio.
Flor.—No me calles cosa, que quanto tengo es tuyo.
Mar.—Señor, aunque dizen que quien todo lo concede que todo lo niega, no pienses que pretendo pedirte, sino solo encarescerme; pues porque me pagues la hechura del vestido que me das, te diria...
Flor.—Haz me ya bienauenturado y toma esta bolsa con lo que en ella ay, que deue ser poco.
Mar.—Pues toma tú esto mucho de mí: que te manda tu señora la vayas ver y hablar al jardin de su casa.
Flor.—Qué dizes?
Mar.—Que sea esta noche, y muy a tu recaudo y su honra.
Flor.—Cata que no pienses de me dizir esso por pensar que te di de mala gana la bolsa, para contentarme.
Mar.—Si tú me la das de buena, yo lo tomo y la lleuaré de mejor, y torno a dezir: que te aguardará a la vna de media noche, ésta que ya viene, en el su jardin, con sola vna su donzella llamada Justina, de quien sola se fia; y no quiere que entre allá contigo sino solo aquel paje que allá sueles embiar con tus mensajes. Y doy te por seña que toques tres vezes passo a la puerta del jardin que sale al campo, y por ay te daran entrada, o si no por donde el paje que te digo te guiare por las paredes, aunque te auiso que me auisaron de que son muy altas por la parte de dentro; y en lo demas harás allá como vieres, y mira que no faltes.
Flor.—Faltar me ha la vida antes, y aun será bien asegurar te con yr desde luego.
Mar.—Cada cosa tiene sazon en su tiempo, y ansi le tendra que tú comas agora, y a mí me dexes yr a ver si hallare qué en mi casilla. Y en esto entiende luego, por que te esfuerçes y reposes y estés a punto para la hora, que cata dó viene el paje que embiaste y el camarero con él.
Flor.—Lydorio, lleuen a essa dueña el paño, y vaya se con ella quien la acompañe, y den me luego de comer a mí, y a ella le manda de comer de lo que para mí ay guisado, porque te digo que ella lo meresce mejor que no yo. Y tú, amiga, ve con Dios, que quiero obedescerte en comer.
Mar.—Pues haga te muy buen prouecho, que yo me voy de tu licencia. Allá quedarás agora, que a tales empellones presto echaré yo el mal pelo.
Lyd.—Cata ay, señora Marcelia, el paño lleua esse paje, y mira si quieres más compañia, que luego te mando el comer a punto.
Mar.—Señor, basta este paje, y todo lo de más te tengo en merced, por el cuydado de tu parte puesto con tanta liberalid[ad].
Lyd.—Pues ve con Dios, que torno a entrar a Floriano.
Mar.—Agora pues, hermano Polytes, alarga el passo para mi casa, que allá te podras quedar a comer. Y por el camino (aunque haga de mi daño) te contaré lo que passé con Justina; aunque bien veo que tienes razon de amar tal joya como aquélla, aunque tan poco le tienes en aborrescer nos acá.
Pol.—Pues vamos por la calle, entendamos en andar, y allá entenderemos en deslindar esso.
Mar.—Bien dizes, andemos.
Lyd.—Agora que es yda esta embaydora (que tal me paresce esta muger) quiero ver qué tal queda de sus manos Floriano, que ella bien deue de yr medrada de la mano rota dél. Que más ha medrado ésta con dos passos del diablo que ha dado, con treynta embustes que le trae, que gana vn fiel criado antiguo en toda su vida, echando la hiel, siruiendo honesta, y christiana, y lealmente. Bien paresce al descubierto la diferencia de los señores de nombre del mundo al señor de verdad del cielo, que el del cielo gualardona por justicia y misericordia a cada vno como meresce; mas los señores del mundo todo es por passion y affection su dar, porque si han de hazer vna obra pia, vna restitucion, vna limosna, un pagar de acostamiento reçagados y aun oluidados, nunca hallan con qué: siempre se hazen tan pobres, que quiebran las alas del atreuimiento a los que les querrian pedir. E ya que les obligue la necessidad o les cargue la consciencia, o se atreua el confessor a molestar los que paguen lo que ansi deuen, no daran el tercio que deuen al que les pide. Y pagan lo al criado al cabo de ochenta peticiones, y aguardar de sazon, y tiempo, y oportunidad, con vna librança en vn mercader, que con sus mohatras os lo paga en paños, y al doblo de lo que vale. De manera que el señor queda él adeudado al doblo con sus cambios y recambios, y vos quedays burlado con la ruyn paga; y vos triste y descontento, y el señor rostrituerto, y el mercader con ganancia de entramos, y borrando cuentas, y riendo se de los necios palacianos. Pero saliendo de aqui, si los señores han de hazer vn banquete, vna justa, vn serao, vn mostrarse a las damas, entonces ay abundancia: entonces ay qué dar a truhanes, a alcahuetas, aunque no se cómo lo hauran don Dios, que les dio más de que den cuenta. O vanidad tan conoscida, y tan aborrescida, y tan seguida! que sean los hombres tan prestos y tan a punto al seruir a vn señor mundano, y a Dios, cuyo es todo, y quien lo da todo (lo que algo es), le siruamos con lo menos. Y aun vn poco bien que hazemos en su seruicio es tan cacareado como el hueuo que pone la gallina, y queremos que sea tenido en mucho, y que nos lo loe el mundo, y nos lo pague Dios, y muy bien pagado! aunque no sé si se compadesce con nuestra floxeza esperar gran paga de Dios con la loa del mundo. Pero cata, cata, y qué gallardo sale Floriano; bendito sea Dios, que ya nos le dexa ver por acá!
Flor.—Qué hazes, Lydorio?
Lyd.—Señor, allá yua a entrar, que despedi el recaudo de aquella dueña como mandaste.
Flor.—Bien heziste, que lo meresce muy bien; pero dime, tienen puesta la mesa en la sala de los azulejos?
Lyd.—Señor sí, y aun creo que esperan ya con los platos.
Flor.—Pues vamos, que mientras como te contaré, si no ay gente de tabla, mi buena alegria, y tambien para que entiendas en adereçar lo que aurá de ser necessario.
Lyd.—Señor, presto estoy a tu seruicio y voluntad; vamos, que poca gente haurá oy de tabla, porque es ya tan tarde, que más es hora de començar adereçar de cena que esperar aun por la comida.
Flor.—Pues antes que sea más tarde, voy á comer, más por necessidad natural que por voluntad del appetito.
ARGUMENTO DE LA SCENA XXX
Estando Marcelia en secreto con Polytes, en contando le en su casa lo que le pidio por el camino, sobreuiene Fulminato que le trae la comida. Va se Polytes. Y Fulminato, pidiendo zelos a Marcelia, vienen a mal reñir.
Polytes, Marcelia, Fulminato, Liberia, Gracilia, Despensero.
[Pol.]—Por nuestro Señor, que me has dicho ya tanto, que no puedo persuadirme a no lo tener más por sueño que otra cosa: ver en Belisea tal mudamiento, y tan de improuiso, y tan no pensado ni esperado.
Mar.—A la fe, mayor sueño es el tractar contigo, pues no hay quien halle vado en tus desamorados descuydos, aunque al fin, pues yo me di el golpe, soportaré el dolor.
Pol.—No sé por qué tornas a culparme, a donde yo te he respondido vna vez.
Mar.—Que no te culpo, pues me es por demas, pero pues no oyo acá esta muchacha, en tanto que paresce, quitando nos del portal, nos entremos en este entresuelejo.
Pol.—Pues aunque te entiendo la dolencia, no entiendo de curar te oy.
Mar.—Ay, mí Polytes, y quán de mala voluntad te traen los pies a donde yo estoy, y quán de peor te llegas a mí! pues aun sabe te que aun no te pegaré cinquenta años, ni aun quarenta.
Pol.—Bien demuestra tu tez y hermosura no deuen de ser treynta, y aun que, segun tu habla y manera de conuersacion, no te muestras de veinte.
Mar.—Pues aunque malicioso me llames moça en las obras, no será agora en mis palabras, pues no te parlaré lo que paseé oy con Justina; porque veas, como dicen, que a boca cerrada no ensuzió mosca; ni todo lo que se siente en el coraçon se deue encomendar a la lengua.
Pol.—Pues ni tu deurias mostrarte tan maliciosa en echar las simples palabras a peor sentido, ni deurias de ser tan puntosa con quien tanto acabas de dezir que amas, ni te vendas ni muestres[683] tan carera en lo que por buena amistad te encargaste de hazer, por quien conosces bien no tener con qué te pagar. En especial que no deues hazer carestia de lo que te encomiendan ageno, pues tú hazes tal barato de lo que tienes proprio.
Mar.—Cuytada yo, que essa pedrada merescio bien recebir la que por tu amor se descuydó de guardar en tu pelea.
Pol.—Pues ansi te alteras, no me deuiste entender.
Mar.—Mucho te entiendo de mi mal, pues tan flacamente me hize tu subjecta, en lo que amorosamente he hecho contigo.
Pol.—Pues aún no me entendiste. Digo que, pues tan francamente me heziste gracia y merced con liberales dones que me has dado de tu hazienda sin te lo merescer, por qué no me las harás con sola la lengua en mostrarte franca contadora de lo que otros sin auaricia quieren darme de sí?
Mar.—Mejor te cuelguen que tal hauias hablado. Pero porque veas quán tuya soy, sepas que, fuera y allende de lo que yo te conté por el camino en las cosas de tu señor y en algunas tuyas, pues lo que hize por ti fue procurar traer conmigo a Justina, para que acá os vierades.
Pol.—Pues no lo heziste, para qué me lo ponderas?
Mar.—Para que sepas mi voluntad; pues dizen que, si no hazes lo que quieres, quieras lo que puedas, que yo lo pedi y supliqué a Belisea, pero montóme poco.
Pol.—Y qué te montaua pedir la licencia a la señora, donde no sabes si la acceptará la criada?
Mar.—Al fin, pues andas tras saberlo todo, sepas que ella me lo auia rogado ya; pero, al fin, ya que no quajó aquello, quedé dicho a Floriano que mandaua Belisea que sólo tú entrasses con él.
Pol.—Mucho tengo que te seruir; pero a la puerta está Fulminato: yo me voy porque sé que nadie le haze plazer en hablarte, si no es en su presencia; mayormente despues de lo que él cuenta, que tú y tu hija teniades no sé quién encerrado, y que tú le sacaste a él de casa para que tu hija le diesse de mano, aunque al cabo diz que lo barruntó y le reconoscio, y se le escapó por pies.
Mar.—Ni esso entiendo, ni a nadie deuo en mi casa tributo; pero ve te por agora, siquiera porque es bien que quitemos occasiones sin por qué.
Ful.—Anda tú, moço, vete con esse cesto, que la plata yo la lleuaré desque me vaya. Pero cata de dónde sale Polytes: del entresuelo; este es vn mal rapaz, y si no porque como gallillo no se me atreua, aqui le daria de coçes, agora que no trae espada. Pero quiero dissimular, que si algo fuere, ella me lo pagará por entrambos.
Pol.—Quieres mi ayuda para esse embaraço con que vienes?
Ful.—Hasta aqui traxo lo vn moço de despensa, y agora yo lo subire.
Pol.—Pues queda te a Dios, que vine a traer vn recado, y bueluo de priesa con la respuesta.
Ful.—Pues ve con Dios. O, hi de puta, y con qué denuedo me miró! bien paresce que allá siente alas; y aun acá no sé qué ha olido, que mucho menudea esta casa con sus ydas y venidas. Ya, ya la dueña sale del entresuelo; agora haze que no me ha visto y se sube arriba. Pues espera, que si no ay padrinos sumaremos la cuenta.
Mar.—Qué es esto que aún no está acá la muchacha? quiera Dios que no sea oy aziago.
Ful.—Qué hazes a solas a cabo de rato? Pues cómo ¡pesar del arnes de sant George! aun vengo cargado con tu prouecho, y aun no te meneas ni me hablas?
Mar.—O, que nora buena vengas, que con la pena de que hallo la casa sola agora que llego, no hauia mirado en tanto; pero pon lo sobre esta alazena.
Ful.—Agora que está sola quiero dar la vn toque para que me cobre temor. Pues dime, al cabo que estás con quantos rapazes ay como y donde y quanto se te antoja, agora que yo vengo me quieres por guillote dexar solo?
Mar.—Si estoy con rapazes, con honra mia estoy, la que no tengo contigo, que me amenguas. Desuenturada yo, que con guardar te tanta lealtad, me deshonras más de lo que yo lo estoy contigo, que ando yo trotando calles por sustentarme, y tú que me quieras lleuar lo mejor y más de mi ganancia.
Ful.—Y qué te he lleuado yo? ni qué has hecho por mí? Cata, que tus pecados nueuos te traen a que pagues tus viejos vicios a mis manos.
Mar.—Ay, cuytada yo, si no se me ha de atreuer en verme sola; quiero le aplacar con dar le algo.
Ful.—Ea, presto, dad me cuenta de lo que os ha dado Floriano.
Mar.—Y de qué, mi amor, te dare cuenta? que, por tu vida, quasi todo lo di luego para salir de deudas que la persona haze en esta triste vida, por sustentar la honra. Pero porque no digas que soy toda para mí, cata ay dos pieças de oro que tenia para pagar el censo del solar desta casilla; pero lleualo, lleualo, que otro dia me lo daras.
Ful.—Pues me ha cobrado miedo, quiero le assentar la mano, agora que tengo tiempo y por qué, para que ni se ponga con rapazes a solas, y tambien por no sé qué se ruge allá en casa, de vn criado de Lucendo. Dónde te vas ya? dime, no has de hazer más mencion de mí vn dia que otro? Si fuera vn rapaz, entraras te tú con él en el entresuelo.
Mar.—Mezquina de mí, que no sé qué has ni te entiendo qué dizes.
Ful.—Pues yo sé que os haure oy de entender, y aun estender, si cobro vn palo.
Mar.—Qué, qué? mal mes para vos; miralde y con qué se viene. Cata, Fulminato, que tanto es de gronx, que no ay quien lo mange.
Ful.—O, reniego del rey Tartaro con ésta peor que del burdel.
Mar.—Vos mentis: que soy muger de más honra que vos, ni vuestro linaje.
Ful.—Mentis en mis barbas? a Fulminato? tomá, doña...
Mar.—Justicia, aqui del rey, que me mata en mi casa por me robar este traydor.
Ful.—Qué, qué? de solo vn bofeton os sentis? catá que aun no conosceys mi mano; tornaos a sentar.
Mar.—No quiero, sino ansi me yr delante el rey a dezir que eres vn...
Ful.—Pues esperad, echaré mano, que yo os dire quién soy.
Mar.—Ay, que ha sacado el espada; quiero hazer de necessidad virtud, pues no ay terceros. Dónde vas, dónde vas tan furioso con la espada? no te basta que me has deshonrado, y quebrado las muelas? por qué no miras la poca razon que tienes de me deshonrar y mal tractar, en pago de muy buenas obras que has recebido en esta casa? O, deshonrada de mí, sólo por quererte yo bien!
Ful.—Agora que me hablas manso y me quitaste de no te sacar el alma, pues fuiste cuerda en suffrir me, quiero vencer mi condicion en tornar la espada a la vayna sin hazer sangre. Y pues te tornaste a asentar porque te lo mandé, digo que de bueno a bueno seamos amigos.
Mar.—Mezquina y sola yo; no llegues a mí, que me mataré, pues por ser te yo buena me eres tú tan malo y cruel.
Ful.—Pues no llores, por mi amor, y ven a tu camara, y verás quán cruel soy de veras.
Mar.—Ya, ya, no te burlarás más de mí.
Ful.—Cata que te retoçaré aqui adonde estás.
Mar.—Aparta te allá, que ya no te puedo suffrir; anda, anda, que no soy yo la que tú meresces.
Ful.—Anda, que si mucho merezco, todo lo doy por bien empleado por tal perla.
Mar.—Quita te afuera, si no, por el siglo de mi madre, que te dé mayor bofetada que tú me diste. Cruel, desuergonçado, no esperes más amor de mí, y no ayas miedo que de mi voluntad ayas cosa de mí.
Ful.—Pues si no por la tuya, háganse las amistades por la mia, y anda acá.
Lib.—A, prima, pues son ya ydos aquellos galanes, vente conmigo, que será venida mi madre y tendremos bregas.
Grac.—Plaze me; pero cata que me han hecho oluidar el comer estos embaraços.
Lib.—Pues sí, que beuiendo estauas ya quando yo vine.
Grac.—Esso, prima, eran los dos marauedis del aluayalde de Madrigal con que me afeyto cada mañana, con vn poco de vermellon de la lunada, para que a solas no haga mal asiento el vino en vazio.
Lib.—Y aun ansi dizen que dixo el tocino al vino: bien vengas, amigo. Pero pues has hecho essos afeytes ya oy, para qué quieres más?
Grac.—Muy a ordinario deues tener tú el estomago.
Lib.—Tanto, que nunca almuerzo.
Grac.—Cata, prima, que esta vida la tenemos por emprestada. Y el comer y beuer gozamos en ella como lo dize la estatua de don Pero Añiago[684] del hospitalejo de sanct Esteuan.
Lib.—Ansi dizen que buey suelto bien se lame; por tanto, tú a solas te gozas, y a solas hazes tu voluntad.
Grac.—Pues por mi salud que aunque es ansi que estoy sola, que si sola me gozasse, y sola me acostasse, que sola me deseasse, y aun sola me muriesse de hambre; porque las lauores destos tiempos son tan engorrosas y tan mal pagadas, que ponen a la persona en necessidad (sabiendo que no lo ha de bastar el almohadilla) a que enrede la persona en el dia la labor para la noche, con que a puerta cerrada, acostando me sin blanca, me leuanto contenta y con ganancia para la costa del dia, y aun para la semana, y aun a las vezes para todo el mes, segun y cuya fuere la lauor. Y aun esto es (si bien miras) tener las cubas llenas y las suegras beodas, quiero dezir: que, holgando el cuerpo y con aplazimiento de la voluntad, y delectacion de la sensualidad, ay con qué ande la casa harta y la persona estimada.
Lib.—Aun que quanto al descanso presente y la vida sensual tengo esso por bueno, pero al fin no es estado de permanencia el tal. Porque (como dizen) yda la frisa, vereys la risa, e yda la jouentud falta el deleyte, y mengua el plazer, e oluida la salud. Y ansi a las vezes, por descuydo del que no mira en su estado a lo de adelante, pensando de adelantar camino, retarda jornada, y pensando acertar, pierde tiempo, y se halla burlado.
Grac.—Bien dizes, prima, y agora veo que bien canta Marta despues de harta. Essas consideraciones quisiera yo que ouieras hallado quando te fuy a llamar a tu casa, pues sabias qué te querien en la mia, para que entonces, mirando adelante, no vinieras a lo que ya gozado blasonas en lo por venir; porque ni tú sabes si haurá otra tal oportunidad, ni aun hauida pienso que te tornaria [a] amargar menos que ésta. Por esso (como dizen) calla te y callemos, y goza te y gozemos, que sendas nos tenemos.
Lib.—Sí, que, prima, más vale caer tarde y leuantarme aynas, que leuantar me nunca y caer siempre, y tambien más vale caer tarde en la razon para la enmienda, que nunca para la permanencia, porque quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.
Grac.—Si fuera semana sancta, pensara que venias de san Francisco rezien contrita y rezien confessada.
Lib.—Pues y por qué no agora y en todo tiempo?
Grac.—Porque ni el nuestro cura nos dio de fiesta tu dia, ni aun nos mandó ayunar tu vigilia por sancta. Y ansi pienso que essas deuociones las dexarás (como yo) para la quaresma. Y aun tú de hoy más que comienças a gustar desta fruta que tú sabes, y sabes a qué y cómo sabe, a mí el cargo que, por no ayunar de ella, dilates la conffesion quando todo el mundo tracta de ella. Porque entonces es razon conformarse la persona con los otros en el arrepentir, y tractar de la enmienda, pues todas las cosas tienen su tiempo.
Lib.—Anda acá, prima, cierra tu puerta y loemos al señor; que ya sabes, y todos sabemos, que si todas las cosas tienen tiempo, que essa ley comprehende a los actos que en esta vida la humana viuienda tiene necessarios en este mundo embaraçoso. Pero las cosas de virtud, las obras por Dios, los tractos y negocios de la saluacion, las meditaciones del bien soberano, las dulces hablas de cosas del cielo, no se pueden ni deuen regular por refranes de viejas tras los tizones inuentados, aunque sean philosophales sentencias en lo humano.
Grac.—Ya, ya, de oy más, todo te hablo de sanctidades. Y aun lo que veo es, prima, que agora vas harta a missa. Pues quiero que agora nos vamos, con que sepas de mí esto mientras cierro mi puerta: que quando tú viniste a te asentar a este atambor, ya yo debaxo desta vandera era soldado viejo en esta guerra, y no presumas hurtar hogaça a quien tan a menudo cueze y amasa. Y aun, porque sepas de mí que he passado los textos viejos, y en essa tu nueua mercaduria soy tractante viejo, mira que dice vn autentico original: que de cosario a cosario no ay más auentura de en las vasijas.
Lib.—A la fe, prima, esse original en el texto de la ley Celestínica está estampado, y aun son palabras que dixo la vieja hablando con Areusa. Y aun el verdadero trasunto del texto no dize como le acotaste: sino que de cosario a cosario no se pierden sino los barriles.
Grac.—Huelgo que seamos discípulas de vna facultad, y aun para la mia que tú salgas tan maestra como tu madre, que arriba habla con no sé quién. Por esso, pues estás en tu portal, me torno, porque deue hauer arriba de las occupacioues acostumbradas.
Lib.—Ay, no te me vayas hasta que hablemos a mi madre, porque vea que he estado contigo, y tambien que viene alli el despensero de Lucendo, y ha venido en busca de mi madre otras dos vezes ya oy.
Grac.—Ya ves, prima, que traen negocios de por medio, en los quales ay más que hazer quanto más los menean.
Desp.—Dios guarde la gentileza de las damas.
Grac.—Si, señor, dixeras de las hermosas, pensara mi prima que lo hauias con ella. Pero ansi ni ella ni yo tenemos qué responder, pues con poca y pobre ropa mal se muestra la galania.
Desp.—Bien veo que ouiera de dezir ansi; pero tambien sabes que el gallardo y galan[685] arreo más consiste en hazer de lo poco mucho, y de lo pobre rico, con la hermosura de la persona, que no en traer mucho y rico mal asentado y peor merescido.
Lib.—Bien que esso no habla conmigo; por tanto, me di qué mandas por acá, que paresce que te yuas arriba sin más ni más.
Grac.—A la fe, prima, dio nos nuestro merescido a su estima, pues nos satisfizo con sola buena palabra, mostrando luego al punto que sus pensamientos no hazen presa en aues tan rastreras.
Desp.—Graciosa eres por el cabo.
Grac.—Mas por el principio dixeras bien, pues al principio de la platica te paresce que no ay más que esperar con nosotras.
Mar.—Ay, triste yo, que en todo tengo poca dicha contigo, que abaxo suena gente.
Ful.—Pues espera, espera, reniego del gran poder del Turco; yre a ver si ay con qué mi espada tenga que merendar, y con qué dé ganancia a mis amigos los espaderos y cirurjanos.
Lib.—Y espera, pues, señor, no lo tomes tan de veras en no hazer mencion sino de subir. Madre, mira si mandas que suba el señor despensero, que está de priesa?
Mar.—O, maldita sea aquella boua que ansi le nombró.
Ful.—O, pesar de la vida; mirad, pues, qué encuentro me deparó agora el diablo a cabo de rato, que me han auisado que no está bien conmigo; pues en tal caso, más quiero auenturar la honra en huyr que la vida en el esperar, porque él en mi rastro deue de andar.