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Por las dos Américas

Chapter 12: INDICE
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About This Book

A travel narrator describes a voyage along the Pacific and across the isthmus, mixing port sketches, shipboard manners and travel practicalities with social and political reflections. The text evokes coastal cities such as Valparaíso, Antofagasta and Iquique, the arid desert backdrop, and animated scenes at anchor and in market stalls, while portraying fellow passengers and small onboard episodes. It treats Lima and Colón, discusses the Panama Canal and the pace of modern steam travel, and contrasts natural panoramas with urban life. Practical observations about comfort, speed and inconvenience are interwoven with meditations on commerce, progress and human desire.

Primera Carta.—Los norteamericanos en la gran guerra.—Wilson.—La Sociedad de las Naciones.—La humanidad futura.—Segunda Carta.—Del amor y de la libertad.—Tercera Carta.—Algunas diferencias de la psicología y de las instituciones de los norte y sudamericanos.—Conclusion.—Apreciaciones sobre Europa y Estados Unidos.—Desigualdades sociales en Norte y Sud América.—Los millonarios de acá y de allá.

A principios de 1919 llegó a Boston, procedente de Europa, el doctor N. Venía a conocer de cerca la famosa Escuela de Medicina de Harvard y a recorrer un poco el este del país.

Me escribió algunas cartas que, por tener cierta relación con los asuntos de este libro, no carecer de interés psicológico y ser de un personaje ya conocido del lector, creo oportuno reproducir:

PRIMERA CARTA

Boston, Febrero de 1919.

Ya me tiene usted, mi querido amigo, en tierra americana después de unos cuantos meses de estada en Europa. Mi primer saludo es para usted, deseando que éste se pueda expresar pronto en un abrazo. Vengo a hacer algunos estudios en la Universidad de Harvard y después veremos. Pero, ¡qué fría y de clima tan riguroso es esta grave ciudad de Boston! Sin embargo, la calefacción anda aquí mucho mejor que en París.

¡Qué provechosa ha sido para mí esta temporada en Europa y cuánto he enriquecido mi espíritu! Fuera de lo que atañe a los progresos de mi profesión, de que he podido imponerme, he visto la desolación de la Europa después de esta guerra bárbara y respirado en el austero ambiente de heroísmo que ella esparció junto con el dolor. He presenciado el justificado delirio patriótico del pueblo francés y de los aliados en París el día de la firma del armisticio. Vivimos a no dudarlo en un momento histórico trascendental y que lo es muy especialmente para el pueblo norte-americano. Hace un siglo el mundo se encontraba en una situación algo parecida en cuanto, tras las largas guerras napoleónicas, agotado ya, llegaba por fin a una paz cualquiera. Pero, ¡qué de diferencias por lo demás! Los vencedores de entonces no tenían otra mira que los intereses dinásticos de monarcas absolutos; los de hoy han llevado en sus banderas los lemas de la libertad y democracia. Entonces la Europa se consideraba a sí misma como el único continente civilizado y los Estados Unidos permanecieron sin tomar parte en el conflicto como un niño sano y vigoroso que hace sus tareas tranquilamente en su casa sin prestar atención a los ruidos de la calle. Ahora los americanos, no sólo han vaciado sus arcas en favor de los aliados, y los han provisto de armas, de pertrechos de guerra y de víveres, sino que sus ejércitos han cruzado el océano para salvar a la Europa y decidir muy a tiempo la victoria. En galardón, los americanos han recibido de los vencedores homenajes de glorificación.

El Presidente Wilson ha sido objeto de apoteosis en las capitales europeas que talvez nunca se han tributado en forma análoga a otros jefes de Estado. Es una gloria para la nación que representa, pero, lo es asimismo para él, porque esas manifestaciones han sido en parte principal coronas discernidas a las virtudes relevantes de su personalidad. Tengo una alta idea del valor moral, del idealismo, del patriotismo y de la inteligencia de Wilson. En sus discursos se ha mostrado siempre franco, avanzado, valiente y demócrata sincero, y creo que en sus actos ha sido consecuente con sus discursos. Su genio significa la síntesis feliz que resulta de haber fundido en una sola alma las cualidades de un gran universitario y de un estadista. Como adalid de los grandes ideales de la humanidad, la democracia y la sociedad de las naciones—a la cual él ha sabido darle la forma más perfecta que haya tenido hasta ahora—su figura ha alcanzado proporciones eminentes.

Sin embargo, no todos juzgan a Wilson de la misma manera. El corresponsal del Times de Londres en París, decía en estos días: «Wilson anda con diferentes baterías de pequeño calibre moral; pero sus grandes cañones son asuntos de dólares. Más de un conflicto debe haber entre su idealismo personal y los intereses financieros que él representa. Recibe muchas instrucciones de Wall Street y de Chicago». Vaya a averiguar usted lo que haya de cierto en esto.

¡La Sociedad de las Naciones! No faltan espíritus escépticos que no crean en ella. Yo, a quien usted tiene motivos para considerar uno de esos, sustento, sin embargo, la más confiada esperanza en su porvenir. Creo aún que, como la especie humana tiene al parecer más de dos millones de años de vida por delante y su historia se complicará mucho si seguimos dividiéndola en la forma en que lo hemos hecho hasta ahora, será menester englobarla en la simple distinción de dos grandes épocas, la de la humanidad guerrera y la de la humanidad pacífica. En el punto de separación de una y otra, nuestros días ocuparán un lugar preeminente como precursores y preparadores de la nueva vida. Entonces habrá triunfado la justicia social y habrá llegado la gran era del arte y hasta de la metafísica. No sujetos ya los hombres, como ocurre ahora, a la preocupación casi exclusiva de luchar por el sustento, por la propiedad, por el dinero, dejará de ser la creación artística la obra atormentada de unos pocos, las lucubraciones sobre problemas ultra-científicos no serán sólo afanes de raros soñadores, y el espíritu humano explorará en vuelos atrevidos, pero serenos y resignados a veces, las regiones superiores de lo bello y de lo divino. Para aligerar la carga de la memoria histórica se simplificarán los períodos de la vida de la humanidad guerrera, como ha ocurrido más o menos con la prehistoria, y se hundirán para siempre en el limbo de un piadoso olvido los héroes de la espada, de la política y de la tiranía. En el panteón de los hombres sólo se elevarán altares a los héroes del espíritu, a los reformadores, a los filósofos, a los artistas, a los hombres de ciencia, a los grandes fundadores de religiones.

En fin, amigo mío, esto no parece carta ya; acepte un abrazo cordial de su amigo, escríbame y cuénteme de su vida.

SEGUNDA CARTA

Boston, Marzo 1919.

Mil gracias por su saludo de bienvenida.

Me pregunta usted cuál es el estado de mi corazón. Ay! amigo mío, no obstante el interés que he tenido y tengo por muchas cosas, mi alma se encuentra más o menos como usted la conoció hace algunos meses. La imagen de esa mujer, de esa amiguita querida, como solía llamarla, me ha seguido a todas partes. La tengo metida en el alma y cuando no duermo, ella ocupa mi conciencia. En los bulevares, en el teatro, en alguna recepción he mirado a la distancia trajes parecidos a los que ella solía llevar y ya creía verla surgir de repente; he sentido el perfume que le era propio y he vuelto la cabeza esperando encontrarla no lejos de mí. Es una obsesión.

A veces me entra una ternura sin motivo inmediato; es como si se me abrieran suavemente las entrañas y me dan ganas de llorar. ¡Qué dulce debe ser una vida en que, después del trabajo diario, se encuentre un pecho en qué reclinar la cabeza fatigada y hacer que esa ternura que se ha abierto en uno no lo ahogue, y corra, corra como una fuente refrescante, bienhechora y blanda! Otras veces, viendo la inutilidad de mis sueños, me desespero. Si amanece un día hermoso, el azul del cielo me causa enojo. ¿Para qué brillas sol, digo, si no he de ver con tu luz a la mujer que amo? Si azota la lluvia y bajo un cielo gris estalla la tempestad me es indiferente: son tan grandes mi pesar y mi desesperanza, que se me ha formado una coraza contra todos los males que puedan venir de afuera. Con resignación pienso que, a pesar de mi soltería, éste será mi último amor, que viviré con él y lo llevaré conmigo, como una herida siempre abierta a cuyo dolor me iré acostumbrando.

En este mundo de ajetreo sin fin no encuentro sino una cosa que lo justifique: el amor. Ahondo, ahondo y no veo a qué resultado definitivo pueda conducir nuestra actividad. No es que el amor signifique una explicación de la vida, no; el amor es el imperativo de la vida y una fuerza que nos toma de las entrañas, la fuerza más poderosa para querer la existencia. El amor y la actividad son las mejores alas para hacer el tránsito por este mundo; pero no explican nada. La vida humana se presenta (y así será aunque dure millones de años), como una franja de luz entre dos noches infinitas. El amor y la actividad, he dicho; mas cuando el amor es desgraciado, la laxitud que se apodera de uno como un fluido enervante, no permite ser activo.

¿Y la libertad de los hombres? No digo nada de la mía; ya irá viendo usted que mi pecho es un escenario dantesco en que hay rachas de infierno, de purgatorio y de cielo, y que en medio de ellas—no quiero hablar de mi libre albedrío—mi voluntad no es más que una pobre ave encogida, entumecida, sin fuerzas, con los resortes de sus alas relajados. Pero me consuelo pensando en cómo suele andar la libertad de los demás, ah! sin exceptuar a los más graves y campanudos. Que se hable de amor y de mujeres delante de sabios, políticos, filósofos, financieros, es decir, ante la crema de lo sesudo y reflexivo, y se verá cómo se les transforma la fisonomía. Les pasa un halo de ensueño, a veces también una sombra de pesar; recuerdan las mejores horas de su existencia, piensan tal vez que la vida no les ha ofrecido todo el amor que habrían deseado: es lo único que les llega al fondo del alma. Se ve que bastaría la menor tentación para hacerlos perder el equilibrio y que si no caen muchas veces es por miedo al qué dirán, no por obra del noble broquel espontáneo de la pureza interior. Oh, infelices!

Calcule usted que obran testimonios de un revolucionario del tiempo de la independencia que confiesa que su odio a Inglaterra provino de que un oficial de la marina inglesa le quitó la prenda y he oído aquí a gente docta afirmar que hay motivos para creer que la revolución la causaron no los impuestos, como se dice generalmente, sino las muchachas de Boston que preferían a los oficiales ingleses sobre los americanos.

¿Admirable, no?

La única libertad posible no consiste quizás más que en hacer con amor las cosas que el deber impone. Y cuando esto no se alcanza en el primer momento, habría que buscarla en el dominio de sí mismo, en un llamado al estoicismo, a ese tesoro legado a la humanidad por los filósofos del Pórtico. Pero, ¿es siempre hacedero ese enfrenamiento de las pasiones? Los pedagogos y moralistas, gente un poco roma y obtusa a veces en achaques de sentimientos, (ah!, perdone usted, no reza esto con todos) tienen que sostener la afirmativa por deber profesional; pero yo que no disfruto del honor de pertenecer ni a una ni a otra categoría y no paso de ser un pobre hombre que ama, sufre y se desespera porque el mundo social no se haya arreglado de otro modo, dudo de esa posibilidad en mis horas de angustia.

Hay ocasiones en que la pasión se yergue en mi pecho como una ola irresistible, arrolla y derriba todas las ideas y sentimientos que la centrarían, se alza triunfante, en su soberbia llega a tomar voz y grita con acento satánico: «Para ti, tu pasión, tu gran amor es lo primero; la vida no te ofrecerá nada mejor que el cariño de una mujer amada; mienten los filósofos y los moralistas que te aconsejan el renunciamiento; anda, atropéllalo todo, lucha por ella, hazla tuya».

Y luego lo único que saco es quedar como botado por la misma ola, extenuado, tendido en las arenas de mi desconsuelo.

Ya ve, amigo mío.

Lo abrazo cordialmente.

TERCERA CARTA

Boston, Marzo 1919.

Tiene usted razón, mucha razón al decirme en su última que soy un atormentado. Atormentado, sentimental, apasionado. Y con estas tres características me hace usted representativo de un tipo de hombre que se vería con más frecuencia entre nosotros los hispano-americanos que entre los norte-americanos. Estos, en virtud de su temperamento racial y su natural propensión a la actividad, ofrecerían con cierta rareza, casos de individualidades atormentadas y serían, por lo común, serenos y alegres, sin dejar de poner apasionamiento en la consecución de un fin que se proponen.

En primer lugar, no me tome a mí como representativo de nada. Yo no paso quizás de ser un desequilibrado; pero esto no quita que sea muy acertada la distinción que usted hace de las características propias de los habitantes de una y otra América, aunque exageradas al extremo digamos, para percibirlas mejor. Más importa no contentarse con señalar la diferencia y atribuirla simplemente a una causa racial inevitable. Creo que es posible ahondar más en el problema y buscarle otros antecedentes. Por mi parte indicaría dos: primero las instituciones o el régimen jurídico, y luego el medio social y la educación.

En lo que se refiere a las causas del primer grupo la diferencia se encuentra en que aquí se vive en una organización de más libertad que allá. No vamos a estudiar el asunto en toda su amplitud, sino en cuanto dice relación con el aspecto que a mí me interesa, o sea, el del amor, del matrimonio. Si mal no recuerdo, en todos los estados hispano-americanos, con excepción del Uruguay, los lazos matrimoniales son indisolubles. Aquí, precisamente al contrario, en todos los estados de la Unión, con excepción de una de las Carolinas, existe el divorcio. Si allá ocurre el no improbable caso de que habla Goethe en sus «Afinidades electivas»; de que una mujer y un hombre casados se sientan al conocerse atraídos por irresistible simpatía que se convierte pronto en pasión, se encuentran ellos en un conflicto sin salida feliz o lícita. O sofocan su pasión y sufren el tormento de un amor contenido, u, obedeciendo a los dictados de sus impulsos, caen el uno en brazos del otro; pero lo harían a costa de quedar infamados como culpables del nefando delito de doble adulterio. En los Estados Unidos, la cosa no es para tanto. No han de faltar, por supuesto, desgarraduras del corazón en los héroes de los dramas que aquí se desenvuelven y solucionan en un ambiente más tranquilo que allá; pero el divorcio ofrece a los enamorados la posibilidad de cortar lazos que ya no corresponden al estado de sus sentimientos y ensayar una nueva vida. Usted habrá leído en estos días en los diarios de los llamados «prensa amarilla» o alarmista y escandalosa, la recordación de una historia de amor ocurrida en Nueva York al principio de la guerra. Uno de los cirujanos más afamados de la gran metrópoli, marido modelo durante muchos años y padre de familia, se enamoró de la hermosa mujer de un millonario, que era al mismo tiempo joven, buen mozo y buen marido. El cirujano visitaba a la familia como médico de la casa. Los millonarios también tenían hijos grandes ya. La señora correspondió a la pasión del médico, ambos se divorciaron de sus antiguos cónyuges y contrajeron nuevas nupcias. Deja la historia cierta impresión de pesar, no cabe negarlo. Pero es ilustrativa para estimar hasta qué punto se respeta en este país la individualidad, y cómo las instituciones no son fetiches que oprimen a los miembros de la sociedad sino marcos dúctiles mantenidos para hacer la vida feliz.

Un medio social semejante no tiene por qué formar tipos atormentados. El individuo encuentra abierto delante de sí un camino ancho que hace alegre el vivir. En cambio entre los hispano-americanos los horizontes de la existencia cerrados a veces como abismos, la carencia de posibilidades de ir viviendo conforme a los latidos de la sinceridad engendran en el individuo el descontento, la apatía, la resignación.

A estas circunstancias, a todas las tradiciones, formas y prejuicios sociales que coartan injustificadamente la libre expansión individual y también a la sangre india y mestiza que corre por las venas de nuestros pueblos, hay que atribuir su reconocida falta de alegría. Es como si sufrieran la pena de un encadenamiento interior. Nuestras fiestas no son a menudo más que bulla triste, risa triste, y palabrería vana y triste. Oh! amigo mío, es preciso romper las cadenas! No hay santidad que valga para hacer respetar y mantener tradiciones e instituciones tradicionales que se han convertido en trabas entorpecedoras de una mejor y mayor vida. Deben ser veneradas en tal caso en cierto campo de las letras, y de las artes destinado a la conservación de lo que podríamos llamar la arqueología espiritual. Pero entendámonos: al tratar de romper las cadenas es menester proceder con cuidado a fin de que, por un fracaso no vayan a quedar quien sabe hasta cuando más remachadas que antes de la tentativa; es decir, conviene limarlas previamente.

Tenemos que estudiar todavía el ambiente hispano-americano desde un punto de vista más social y moral. Nuestros hombres son ciertamente más sensuales que los norte-americanos, hecho en que les corresponde una parte principal como antecedentes al clima, a la raza, y también al medio social, en cuanto éste significa un estado espiritual, una idiosincracia colectiva que se va perpetuando por imitación. Es notable que los sensuales hispano-americanos vivan sometidos a matrimonios indisolubles y que los puros norte-americanos se hayan dejado la puerta abierta para cambiar de mujeres según los impulsos de su corazón. Pero en esta diferencia no debe verse ninguna contradicción. La situación de los norte-americanos representa una conquista alcanzada en las luchas por la libertad, meta a que todavía no han llegado los hispano-americanos porque precisamente la sensualidad enerva y embota para los esfuerzos del civismo. Nos es más fácil llevar una vida hipócrita que luchar. Hemos nacido, pues, bajo una herencia sensual. Rastreando en mí propio ser, muchas veces he llegado a pensar que lo que le pasa a mi corazón, no es tal vez más que la herencia de la sensualidad de mi padre un tanto idealizada por mi temperamento y mi mayor cultura.

Por obra del mismo medio social saturado de sensualidad, los niños reciben entre nosotros, en materias sexuales, una influencia malsana prematura y, no obstante la acción de los educadores, no llegan a la juventud en esa atmósfera de pureza en que crecen entre los norte-americanos. Los tempranos y fatales simulacros del amor, la corrupción del modo de pensar y de sentir infiltrada por la fuerza deletérea del lenguaje imprudente y soez de los mayores, y las enfermedades vergonzosas son partes no insignificantes para que muchos de nuestros individuos no lleguen a formar en la edad madura más que unos pobres abúlicos e infelices atormentados.

No es únicamente la raza, pues, amigo mío, la razón de las diferencias que usted ha señalado entre los habitantes de una y otra América. No olvidemos las demás causas mencionadas que bien pueden no ser rebeldes a la acción de las reformas y de la educación.

Hasta luego, amigo mío.

*
* *

Habiendo sabido que pronto íbamos a regresar a Chile, el doctor N. vino por algunos días a Nueva York. Recorrimos juntos muchos de los sitios más interesantes de la metrópoli, visitamos museos y asistimos a teatros y cabarets. Una preciosa tarde de Mayo subimos al Woolworth Building, el edificio más alto de la ciudad, construído por el millonario que le dió su nombre y que amasó más de cincuenta millones de dólares por medio de almacenes en que sólo se venden artículos de cinco y diez céntimos. Para llegar al último piso, el sexagésimo, tomamos un ascensor expreso que, realizando lo que pareciera un sueño de Julio Verne, se lanzó como una bala por su obscuro tubo interior sin parar desde el suelo hasta la cúspide. Desde el alto mirador dominamos toda la parte baja de la ciudad (Downtown) y el puerto. Aunque la tarde estaba más bien despejada, no divisamos la sección alta (Uptown) y norte de la población. Es ésta tan inmensa, que bastó la tenue neblina que había, perceptible como ligero velo sólo a la distancia, para que quedaran sustraídos de nuestra vista los barrios más apartados. El puerto, o sea la isla de Manhattan, avanza entre dos ríos, el Hudson por el oeste y el East River por el este, como una lengua de tierra hacia el mar. A nuestro alrededor los rascacielos, algunos en forma de torres y los más de cubos rectangulares gigantescos se aprietan hasta el borde de las aguas. Aunque de treinta, cuarenta o cincuenta pisos, todos quedan por debajo de nosotros. Es un hacinamiento cidópeo de cubos y de más cubos que deja la impresión de una obra portentosa del hombre y ya superior al hombre por el misterio que encierra. Las hileras simétricas de ventanas, como millares de manchitas negras rectangulares, hacen pensar en los millones de almas que trabajan ahí recibiendo de ellas el aire y la luz, hacen pensar en la insignificancia del individuo en medio de la muchedumbre abrumadora de la urbe. Y sin embargo, la gran ciudad es una cortesana sonriente para cada individuo que sabe aprovecharla.

Nuestras miradas caen como por una interminable hendidura entre las paredes de los rascacielos hasta la amplia calzada de Broadway, que se alarga a nuestros pies, abajo, muy abajo, cual estrecho pasillo. Ahí se sigue el ir y venir de puntos negros, cabecitas de hormigas, que son los hombres; y los tranvías, y los autos, y los camiones parecen frágiles juguetes lanzados por manos de niños invisibles.

No es dado contemplar el mar aquí, como en casi todos nuestros puertos donde el horizonte, libre de construcciones y de bruma, permite admirarlo en su majestad oceánica. Hacia el sur divisamos cubiertas de verduras y de edificios bajos las pequeñas islas que se adelantan al puerto y forman otros tantos testimonios de lo ricamente desmembrado que es este territorio. Entre ellas se encuentra la que sirve de base a la estatua de la libertad que apenas se destaca en medio de las fábricas gigantescas que la circundan. ¿Podría tomarse tal circunstancia como un símbolo de que el progreso tendiera a anular la libertad? Triste progreso sería en verdad el que viniera a reducir y cercenar la ya relativa, pobre y precaria libertad humana. Pegados a los muelles que en forma de hemiciclo acompañan al puerto se encuentran anclados toda clase de buques y vapores. Sobre el East River divisamos algunos de los puentes colosales que unen a Nueva York con Brooklyn, en la isla Larga. Son los de Brooklyn, Manhattan, y Williamsburgh. Echando amplias raíces entre los rascacielos de uno y otro lado, a la distancia de centenares de metros de ambas orillas, y trepándose primero sobre ellos y sobre las calles se alzan luego por encima de las aguas a bastante altura para no interrumpir el tráfico de los buques. Por su material de hierro se presentan como líneas negras que se extienden sobre el río sin más sostenes que los formidables pilares de las orillas sobre los cuales se elevan a su vez arcos góticos de que cuelgan los cables metálicos que, como guirnaldas o festones, ligeramente ondeados, sujetan y dan firmeza a los puentes por arriba. Sugiere el conjunto la impresión de algo fuerte, fino y elegante al mismo tiempo, como si fueran los nervios y músculos que ligan los dos miembros vigorosos del gran puerto.

—Esta es sin duda, dijo el doctor, la metrópoli más opulenta del mundo en el momento actual, aun sin exceptuar a Londres.

—Londres puede competir con ella en población y además, como todas las grandes ciudades europeas, en reliquias y monumentos históricos.

—Pero ninguna de las capitales del Viejo Mundo la supera en intensidad de vida, en animación, en brillo, en variedad de espectáculos. Por lo demás se explica este hecho: la guerra ha dejado extenuados a los pobres europeos.

—Aquí sólo el derroche de luz que noche a noche anima ciertas partes de Broadway es una fiesta. Normalmente se vive ahí en mágicos y perpetuos fuegos artificiales, que hacen de la avenida una vía de estrellas, soles y pedrerías.

—Mas a algunos sud-americanos no les satisface esto. Hacen gala de refinados gustos estéticos, les falta aquí el ambiente artístico, los sofoca tanto progreso material y suspiran sólo por Europa.

—Es claro, observé, que un país relativamente nuevo no puede ofrecer al viajero aquellas cosas que sólo se crean en determinadas épocas del progreso cultural y que después se tornan venerables por la pátina, la veladura de ensueño que los siglos al transcurrir van poniendo sobre ellas.

—Lo cual no quita que en la actitud de muchos de nuestros compatriotas no haya un poquito de pose.

—En la tierra americana no es posible, en verdad, darse el placer de plenitud de convivencia histórica, placer de expansión augusta, que uno siente en medio de las ruinas de los foros romanos al pisar los mármoles que los Césares hollaron o al pasar bajo los arcos que ellos construyeron. No puede uno quedarse embebecido contemplando los restos mutilados de unas Termas de Juliano como le ocurre en el barrio latino de París. Y las catedrales y los museos y cuántas cosas más. Pero, en cambio, ¡qué grandeza ostentan las obras de este pueblo americano y que hondo valor humano encierra la deificación que ellos han hecho del vigor, del esfuerzo y del trabajo! Por lo demás, aunque no tan valiosos como los europeos, se encuentran ricos museos de bellas artes aquí en Nueva York, en Chicago, en Washington, en Boston y en Filadelfia. Aparte de esto, el tiempo no dejará de pasar por todas las obras del trabajo yanqui su estampa embellecedora y esta nación encierra tanta potencia que la imaginación se siente abrumada al tratar de figurarse las proporciones que puede abrazar su desarrollo en el porvenir.

—Fuera de eso, pues, amigo mío, expresó el doctor, pedirle a los americanos que tengan lo que los europeos han hecho o conseguido en decenas de siglos es como exigir de alguien que hubiera sido activo antes de su nacimiento.

—La opulencia de este país, continuó, da lugar a una aparente antinomia. Las diferencias de fortuna son enormes. Entre los archimillonarios de la Quinta Avenida y de West End y los pobres diablos de la Primera, Segunda o Tercera Avenida hay un abismo. Con frecuencia encuentra uno por las calles rostros pálidos y demacrados de gente que tiene que luchar ásperamente por la vida. En las estaciones de los trenes subterráneos suelen dar pena las infelices mujeres que reciben los boletos: flacas, extenuadas, fatigadas con su labor mecánica, los ojos pesados y somnolientos, proclaman con su laxitud falta de sueño y de alimentos. Y los admiradores de las grandezas yanquis proclaman que en la nación americana reina soberana la igualdad. Cuando esos admiradores son chilenos se complacen en presentar el contraste del cuadro que ofrecería nuestro país, donde las desigualdades, serían irritantes. Sin embargo, considerando sólo las cifras de las fortunas, no puede haber entre nuestros más encumbrados millonarios y el más desastrado roto la misma diferencia de riquezas que se observa entre el opulento y el pobre norte-americanos.

—Hizo bien en decir Ud. que la antinomia era aparente. Cuando se habla de la igualdad de los Estados Unidos no se puede referir eso a otra cosa que a una mayor igualdad de oportunidades, que a la más amplia posibilidad de triunfar que tiene el individuo si lucha. La desigualdad aparece en nuestro pueblo como más irritante, porque al revés de lo que ocurre en los Estados Unidos, es más de clases que de individuos y porque lo que podríamos llamar la endósmosis social funciona de una manera más imperfecta. En Chile no existe todavía un movimiento tan intenso y abierto como en este país, de los elementos de las capas sociales de abajo hacia arriba. Hay algo más. Mientras al archimillonario yanqui Ud. no lo ve porque vive en otro plano o porque no lo conoce, Ud. puede codearse todos los días con nuestros diminutos millonarios en las calles de Santiago y Valparaíso, puede hacer comparaciones y, aunque la diferencia sea muchísimo menor que aquí, resulta mayor porque se la percibe desde un punto de vista más sensible y despierta el sentimiento de la rivalidad humana.

—No olvidemos tampoco cuanta obra de bien y progreso social emprenden los millonarios norte-americanos para hacerse perdonar sus millones, actitud en que los nuestros, por lo común ni proporcionalmente ni a la distancia los siguen, dando pruebas de que su altruismo suele no tener más horizontes que los muros de sus casas.

La tarde declinaba y nos dispusimos a bajar. En la parte alta de la torre vendía álbums, tarjetas y otros recuerdos una niña de suave hermosura, pálida, de cabellos rubios tostados y de ojos azules inteligentes, serenos y con claridad interior. Le compramos álbums de vistas de Nueva York y otras cosas y charlamos con ella. Su persona tenía el encanto de la dulzura de Ofelia e invitaba a quedarse a su lado. Nos sonreía con la bondad ingenua que a menudo florece en las niñas americanas. Hubo un momento de palpitación de simpatías. Al irnos nos dijo con voz suave y ojos sonrientes «Come again, come again».

Descendimos a Broadway y tomamos el tren elevado de regreso a Uptown. Antes de separarnos el doctor me comunicó sus intenciones:

—Pienso quedarme en los Estados Unidos quién sabe hasta cuando. Quiero sumirme en la vida de este país; que me penetren sus ondas de intenso civismo, de idealismo social, de carácter, de confianza: quiero tentar una reconstrucción espiritual.

—Magnífico y sabe Dios, repuse riendo, si de entre tantas ondas surge alguna irresistible ondina que quiera poner sus manos de hada anglo-americana en la obra de reconstrucción.

*
* *

Llegó al fin el día de la partida. Muchos amigos y compatriotas nos despiden en el pier o muelle. Fuera de la tristeza de la despedida no sienten pena de quedarse. Algunos regresamos con gusto; otros nó. Una señorita se muestra inconsolable de dejar la tierra yanqui. «Es tan agradable aquí la vida, dice, y tan sin preocupaciones. Hay tanto que estudiar. Estados Unidos es el reino de las mujeres.... mientras que en Chile...». Y un mohín gracioso de la boca acompañado de un movimiento de las manos juntas y de un escorzo de hombros completan sus palabras en lo que querían decir de los prejuicios de la sociedad chilena.

—Ah!, le observó una amiga, es menester ir a luchar allá a fin de conquistar para nuestra patria esas mismas libertades que admiras aquí, esas grandezas, esos encantos y oportunidades de la vida.

INDICE

 Págs.
Capítulo primeroDe Valparaíso a Colón.—Por las costas de Chile.—Mollendo.—El Callao.—Lima.—Espíritu español.—Atraso político de los peruanos.—Gentileza de la gente culta.—Problemas internacionales.—Panoramas de la naturaleza y de los pasajeros.—Un atormentado.—Panamá.—El Canal.5
Capítulo segundoDe Colón a San Francisco.—El infierno de Colón.—Los primeros funcionarios norte-americanos.—Submarinos y camouflage.—A obscuras.—¿Dónde principian los Estados Unidos?—Nueva Orleans.—Hoteles americanos.—Tres días en tren.39
Capítulo terceroEn California.—En San Francisco.—Una tragedia amorosa.—¿Libertad o sumisión?—La influenza.—Los Christian Science.—La bahía y la ciudad.—Golden Gate.—Berkeley, ciudad universitaria.—Pruebas de honradez.* —La mujer americana.—La firma del armisticio.—Thanksgiving day.—Año nuevo.—En dos escuelas de Oakland.—La democracia americana.—Un gran filósofo.—Sencillez y bonhomía.59
Capítulo cuartoAl azar del carnet.—En viaje.—Chicago.—«La Soledad del alma».—Niágara Falls.—Hospitalidad neoyorquina.—El reino de los débiles.—En Washington.—El Capitolio.—La Biblioteca del Congreso.—El Palacio de la Unión Panamericana.—Falta O’Higgins.—El monumento del héroe.—El renombre de Boston.—Su museo de Bellas Artes.—Invocando al Gran Espíritu.95
Capítulo quintoNotas docentes.—La Academia de Milton.—El Colegio de Wellesley.—¿Cómo nos juzgan a nosotros?—Psicología de los latino-americanos según el profesor W. R. Shepherd.—El pan-americanismo.—La doctrina de Monroe.123
Capítulo sextoCaracteres esenciales de los norte-americanos.—Juicios severos de algunos profesores.—Los caracteres esenciales: Eficiencia económica, Espíritu democrático y patriótico.—Sin ceremonias y rudos de maneras.—Actividad y alegría.—Moralidad (la familia y el divorcio).—Religiosidad.—Idealismo social.153
Capítulo séptimoCartas del Dr. N.—Conclusión.—Primera carta.—Los norte-americanos en la gran guerra.—Wilson.—La sociedad de las naciones.—La humanidad futura.—Segunda carta.—Del amor y de la libertad.—Tercera carta.—Algunas diferencias de la psicología y de las instituciones de los norte y sud-americanos.—Conclusión.—Apreciaciones sobre Europa y Estados Unidos.—Desigualdades sociales en Norte y Sud-América.—Los millonarios de allá y de acá.195

FOOTNOTES:

[1] A varios chilenos, de vuelta ya de los Estados Unidos, nos tocó alojar en Lima en la noche del 3 de Julio de 1919, cuando Leguía redujo a prisión al Presidente Pardo y se colocó él en el poder. A la mañana siguiente recorrimos los pueblos vecinos y el Callao y la gente se mostraba en todas partes tan tranquila e indiferente como si no hubiera ocurrido nada de importancia para el país.

[2] Dulce corazón, persona amada.

[3] El presupuesto total de la construcción del canal fué de 375.000,000 pesos oro americano. Su largo es de 50 millas. El ancho de la zona del canal, que ha sido concedida al Gobierno norteamericano, es de 10 millas más o menos. Los buques pagan, al atravesar el canal, un dólar por cada tonelada de peso.

[4] 1918.

[5] 1918.

[6] Democracy and Education. New York.—Macmillan.

[7] Acertada expresión propuesta por la señora Amanda Labarca en su bien informado e interesante libro sobre «La Escuela Secundaria en los Estados Unidos».

[8] Más detalles sobre la enseñanza secundaria en los Estados Unidos pueden verse en la citada obra de la señora Amanda Labarca Hubertson. Volveré también sobre este asunto en la introducción del ensayo sobre las universidades norteamericanas.

[9] El problema racial en los Estados Unidos es serio. Hay diez millones de negros, y, éstos son fuertes, altivos y díscolos. El odio y desprecio de raza entre blancos y negros está palpitante y ha dado lugar en los últimos tiempos a choques sangrientos.

[10] South of Panamá. En el librito intitulado «Las Democracias Americanas y sus deberes», me he ocupado del sociólogo Ross y de su obra.

[11] E. L. Bogart. Profesor de economía de la Universidad de Illinois. The Economic History of the United States. P. I.

[12] The Journal of Race Development, Enero 1919.

[13] Entre los intelectuales se destaca en esta labor el señor Pedro H. Goldsmith, alto funcionario de la Institución Carnegie. Por su sincero entusiasmo, su amor a las literaturas hispanoamericanas y por su deferencia afectuosa hacia los latinoamericanos, es una verdadera encarnación del panamericanismo.

Deseo no dejar de declarar aquí también que lo dicho respecto del señor Shepherd se refiere sólo al ensayo que hemos analizado. Su labor ha sido y es mucho más vasta, y lo considero animado de las mejores intenciones en pro del panamericanismo.

[14] C. Ludlow Bogart.—The Economic History of the United States, Longmans, Green and C. Pág. 424.

[15] En 1910 la población era de 91 979 000 h.

[16] Obra citada. Pág. 508.

[17] Obra citada. Pág. 523.

[18] Obra citada. Pág. 13.

[19] The Development of the United States.

[20] Obra citada. Pág. 139.

[21] El más antiguo fué formado por la Oil Standard Company hacia 1882.

[22] Obra citada. Pág. 530.

[23] N. Murray Butler. ¿República o autocracia socialista? Discurso pronunciado ante el Commercial Club de Cincinati, en Abril de 1919. Murray Butler es Presidente de la Universidad de Columbia.

[24] James P. Lichtenberger—Divorce—A study in social causation.—New York Columbia University.

[25] Obra citada, págs. 194 y 195.