The Project Gutenberg eBook of Tres Comedias Modernas

This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.

Title: Tres Comedias Modernas

Editor: Frederic William Morrison

Author: Mariano Barranco

Luis Cocat

Heliodoro Criado y Baca

Miguel Ramos Carrión

Release date: June 3, 2008 [eBook #25687]

Language: Spanish

Credits: E-text prepared by Juliet Sutherland, Chuck Greif, and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRES COMEDIAS MODERNAS ***

 

E-text prepared by Juliet Sutherland, Chuck Greif,
and the Project Gutenberg Online Distributed Proofreading Team
(http://www.pgdp.net)

 

Transcriber's note:

The accentuation of the Spanish words has not been modernized.

 


 

 

 

Tres Comedias Modernas

EN UN ACTO Y EN PROSA

LA MUELA DEL JUICIO
por
Miguel Ramos Carrión
 
LAS SOLTERONAS
por
Luis Cocat y Heliodoro Criado
 
LOS PANTALONES
por
Mariano Barranco

EDITED WITH NOTES AND VOCABULARY

by

FREDERIC WILLIAM MORRISON, M.A.

United States Naval Academy

medallion

NEW YORK

HENRY HOLT AND COMPANY

Copyright, 1909,

December, 1925

PRINTED IN THE U. S. A.

PREFACE

It is hoped that this collection of modern Spanish comedies may be found useful as a contrast to the heavier reading material provided by the Spanish novel and short story. The novel should be studied in our courses as the great literary achievement of Nineteenth Century Spain; the short story, because it possesses the virtue of concentration. But Spanish prose, whether of the novel or the short story, offers peculiar difficulties to the English-speaking student. The periodic sentence, a surfeit of qualifying epithets, inversion, rhetorical and sententious monologues (cf. Galdos's novels), and, in the longer novels, complication and elaboration of plot, are obstacles in the way of the student's appreciation of the real beauties of this literature.

The language of these prose comedies, slightly embellished as all literary expression must be, is that used in conversation by the Spaniard of to-day, and on that account should prove valuable in furnishing the student with those living idioms and constructions that are rarely found in the longer novels.

In deference to American propriety, an occasional word or two, and in two cases entire scenes, have been omitted. In La Muela del Juicio one scene has been omitted and another shortened on account of the presence of dialect; elsewhere, with a few exceptions, dialect forms have been given their Castilian equivalents. These changes have in no wise affected the plot or general interest of the plays.

It has not been thought necessary to furnish biographical sketches of the authors. With the exception of Ramos Carrión, who has attained a national reputation as a writer of comedies in prose and verse, they have not distinguished themselves from the many facile playwrights who entertain the public of Madrid.

The editor wishes to acknowledge his indebtedness to Dr. J. A. Ray, who was originally associated with him in the undertaking, but was compelled to withdraw from it at an early stage. About a third of the vocabulary is to be credited to him.

F. W. M.

U. S. Naval Academy, September, 1909.


BIBLIOGRAPHICAL NOTE

Padre Francisco Blanco García, La Literatura en el Siglo XIX, Madrid 1891-4, 3 vols., in vol. 2, Cap. XXIV, Últimas evoluciones de la literatura dramática (conclusión) = Los géneros cómico y bajo-cómico.

Jacinto Octavio Picón, Prólogo to selections of Ramos Carrión's plays in Teatro Moderno, vol. 1, Madrid, 1894.

E. Gómez de Baquero, in Letras é Ideas, Barcelona, 1905, pp. 9-22, article entitled Filosofía del Género Chico, pp. 9-22.

LA MUELA DEL JUICIO

PASILLO CÓMICO ORIGINAL Y EN PROSA

por

MIGUEL RAMOS CARRIÓN

REPARTO
 
Personajes
 
IsidraRaigón
RocíoPeláez
InocenciaEl Garlopa
Don AtilanoFrancisco
Un CaballeroLelis

 Caballeros y señoras

ACTO ÚNICO

La escena dividida. Á la derecha del actor sala de espera, lujosamente amueblada. Frente á la puerta del foro, en el centro, un velador con libros y periódicos. Al foro puerta, á la derecha otra y á la izquierda una que comunica con el gabinete. Ésta debe tener mampara con muelle, que se cierra por sí sola. El gabinete de operaciones, también amueblado con lujo. Á la izquierda balcón y al foro puerta. Sillón de operaciones. Armario con instrumentos quirúrgicos apropiados. Cuadro lleno de moldes metálicos para dentaduras. El título de profesor dentista en un marco dorado. Lavabo con palangana y varios frascos. Enseres de gran lujo. Aparato de luz eléctrica. Plantas tropicales en los ángulos de la sala.

ESCENA PRIMERA

raigón, con batín (en el gabinete). luego francisco

Raigón.—¡Francisco! ¡Francisco! (Á voces.) Esto
no puede seguir así; no hay paciencia que baste.
¡Franciscoo!

Fransisco.—¿Qué manda usted?

Raigón.—Voy á ponerte á la puerta de la calle. 5

Fransisco.—Señorito...

Raigón.—¡Á callar! (Pausa.) Tú eres listo...

Fransisco.—Gracias.

Raigón.—Demasiado listo, tal vez.

Fransisco.—Es favor. 10

Raigón.—Pero no he visto hombre más descuidado
ni más holgazán. Yo quiero orden, y sobre todo orden,
y mira como tienes todo esto... Los instrumentos mezclados
con los cepillos, los frascos fuera de su lugar, la
cocinilla sin alcohol y todo embrollado, todo lleno de 5
polvo...

Francisco.—Pero, señorito...

Raigón.—¡Basta! Si no te corriges, date por despedido.
Unos por torpes y otros por haraganes, no se os
puede sufrir. ¡Vaya con los criados! No basta pagarles 10
bien y tratarles bien y ser amable y cariñoso con ellos...
(Gritando. Pausa.)

Francisco.—(¡Se necesita más paciencia!)

Raigón.—Voy á salir. Tengo que hacer una operación
importante en El Escorial y no volveré hasta la 15
noche...

Francisco.—En ese caso quitaré la mampara de la
escalera...

Raigón.—No; déjala como si yo estuviese. No conviene
nunca cerrar la puerta. Recibes á los que vengan, 20
les dices que estoy en cama algo enfermo y que vuelvan
mañana. ¿Has entendido?

Francisco.—Sí, señor, sí.

Raigón.—Lo creo: á listo no te gana nadie; pero á descuidado y á
sinvergüenza tampoco. 25

Francisco.—Muchísimas gracias.

Raigón.—Saca el estuche de operaciones. ¡El grande!

Francisco.—Al momento.

Raigón.—Voy á vestirme. Si viene algún cliente
antes de que me marche, no le dejes pasar, porque no 30
puedo entretenerme.

Francisco.—Está bien.

Raigón.—¡Y cuidado conmigo! (Vase Raigón por
la puerta del foro.—Francisco pasa á la sala.
)

ESCENA II

francisco. luego don atilano

Francisco.—¡Pero qué tío más insoportable! Ya
estoy deseando perderlo de vista. ¡Qué palabrotas y 5
qué modales, y qué...! Vamos, hombre, que no es
para mi genio.

Atilano (Asomando la cabeza).—¿Se puede?

Francisco.—¡Don Atilano!

Atilano.—¡Francisco! ¡Tú en esta casa! 10

Francisco.—Estoy sirviendo aquí hace tres meses.

Atilano.—Ya supe por tus compañeros que te habían
dejado cesante.

Francisco.—Suprimieron dos ordenanzas y me tocó
la china. 15

Atilano.—¡Cuánto me alegro!

Francisco.—Hombre...

Atilano.—De que estés aquí.

Francisco.—¡Ah! ¿Y usted sigue lo mismo?

Atilano.—Peor. 20

Francisco.—¿Y yendo al Ministerio todos los
días?

Atilano.—Sin faltar uno. Allí me siento en el
banco de la paciencia para saber cuando salen el señor
ministro ó el señor subsecretario, y darles un avance. 25
Ahora confío en que me repondrán pronto, porque el
nuevo subsecretario... ¿Tú no le conoces?

Francisco.—No, señor; fué nombrado después de
quedar yo cesante.

Atilano.—Pues me ha recibido ya tres veces y ha
estado conmigo muy afectuoso...

Francisco.—¿Sí, eh? 5

Atilano.—Es muy amable y muy simpático. Y
yo, ya lo sabes, sigo la máxima del pobre porfiado...
Erre que erre.

Francisco.—Lo que es á paciencia no hay quien le gane á usted.10

Atilano.—¿Verdad que no? Las horas que me
has visto pasar en aquella portería, junto á la estufa,
fumando un cigarrillo y otro cigarrillo... Y á propósito
de cigarrillos... (Francisco echa mano como si fuera
don Atilano á darle uno.
) No; iba á preguntarte si 15
tienes uno, porque me he venido sin ellos.

Francisco.—Tome usted un susini. (Se lo da.)

Atilano.—Gracias. ¿Me das una cerillita?

Francisco.—Sí, señor.

Atilano.—Gracias. 20

Francisco.—Por lo visto sigue usted á la cuarta
pregunta.

Atilano.—No, hijo mío; ya he llegado á la quinta.

Francisco.—Pero siempre de buen humor.

Atilano.—Es lo único que tengo bueno. 25

Francisco.—Mucho nos hacía usted reir á todos con
las cosas que nos contaba...

Atilano.—No se pasa mal el rato en aquella portería,
no. Te aseguro que en cuanto me empleen, casi, casi,
voy á echarla de menos. Aquel entrar y salir de 30
gente... Diputados, senadores, periodistas, pretendientes,
señoras... de todas clases... ¡Qué maremagnum!
Y los ordenanzas sin cesar de traer y llevar vasos de agua
con azucarillo. ¡Cuidado con lo que beben los empleados
públicos! Parece que no comen más que bacalao.

Francisco.—¡Ja, ja! ¡Qué cosas tiene don Atilano! 5

Atilano.—Son observaciones de cesante crónico...

Francisco.—¿Y qué le trae á usted por aquí?

Atilano.—Pues... necesito ver al señor Raigón.

Francisco.—Hoy es imposible.

Atilano.—¿Cómo? 10

Francisco.—Me ha dado orden de decir á todo el
que venga que está enfermo y que no recibe, porque
tiene que salir y no volverá hasta la noche.

Atilano.—No importa; vas á pasarle recado.

Francisco.—¡Quiá, no, señor! Me lo ha prohibido, 15
y tiene un genio que ya, ya.

Atilano.—A mí me recibe inmediatamente. Somos
amigos de la niñez y hace que no nos vemos muchos años.

Francisco.—Dispense usted; pero la orden ha sido
terminante. 20

Atilano.—Vamos, Francisquito, sé amable; hazme
ese favor. Necesito con urgencia hablarle dos minutos.

Francisco.—No puedo.

Atilano.—Pero, hombre, tú que me has hecho tantas
veces ver al ministro, nada menos que á su excelencia, 25
vas á negarte ahora...

Francisco.—No me atrevo, la verdad.

Atilano.—Yo te aseguro que no te regaña, que me
recibe al momento. ¡Pues poquito gusto que tendrá en
verme! Anda, pásale recado. 30

Francisco.—Mire usted que va á ser inútil.

Atilano.—No lo creas. Anda, Frasquito, anda.
Ya sabes; Atilano Fuentesaúco; acuérdate de los
garbanzos.

Francisco.—Bueno, le complaceré á usted.
(Vase por el foro.) 5

ESCENA III

don atilano

Yo espero que me reciba bien. Le hablaré de nuestra
infancia... Estos recuerdos son siempre gratos y llegan
muy adentro. (Sentido.) Y si veo que se conmueve...
le pido diez duros. ¿Qué menos? Un hombre que
gana tanto no creo que se niegue á favorecer á un amigo 10
tan antiguo... y tan desgraciado. Por lo menos lograré
lo de mi pobrecita hija; á eso no ha de negarse.

ESCENA IV

dicho, raigón y francisco, en el gabinete

Raigón.—¡Eres un torpe, un animal! Ya te dije
que no estaba para nadie.

Francisco.—Como insistió de esa manera... 15

Raigón.—Dile que entre... (Venir á entretenerme ahora...)

Francisco.—Pase usted. (Sosteniendo la mampara.)

Atilano.—Gracias, Francisquito. (Aparte al entrar
en el gabinete. Francisco sale á la sala y se queda escuchando 20
junto á la puerta.—Mirando á Raigón y puesto
casi en cuclillas, como cuando se hace fiestas á un niño.
)
¡Je, je, je!

Francisco.—(¡Para bromitas está el hombre!)

Raigón (Muy serio).—Servidor de usted.

Atilano (Abriendo los brazos y yendo hacia
él
).—¡Raigoncillo!

Francisco.—(¡Así lo entretenga dos horas!) (Vase 5
por el foro.
)

Raigón (Dejándose abrazar y muy
serio
).—Caballero...

Atilano.—Pero, ¿qué es esto? ¿No me conoces?

Raigón.—Sí, me parece recordar. 10

Atilano.—Fuentesaúco, Atilano, tu amigo de la
infancia, tu compañero del colegio de don Cosme.
(Abrazándole.)

Raigón.—¡Ah! Sí, sí. (Con frialdad.)

Atilano.—Ya lo creo, hombre, estas cosas no se 15
olvidan nunca. Muy transformado estás; pero te hubiera
reconocido al momento.

Raigón.—Bien, pues usted dirá...

Atilano.—¿Qué es eso de usted? Trátame con
toda confianza como yo á tí. ¡No faltaba más! Dos 20
amigos íntimos, que no se separaban nunca, que han
estudiado juntos todo el bachillerato... Siéntate, hombre,
siéntate. (Sentándose.)

Raigón.—Es que tengo mucha prisa.
(Sentándose.) 25

Atilano.—Ya me lo ha dicho el criado; pero tranquilízate,
porque seré muy breve. No he venido más
que para tener el gusto de darte un abrazo. Más despacio
otro día, hablaremos de aquellos tiempos felices...
¡Qué dichosos éramos entonces! Con la alegría de la 30
niñez, soñando un porvenir de color de rosa... ¡Ay!
Tú lo has realizado; pero yo... (Suspirando.) En fin,
no quiero entristecerte refiriéndote mis desgracias. Hoy,
por una casualidad, hablando con otro compañero nuestro,
aquél que llamábamos Pandereta, ¿te acuerdas?
¡Pandereta! 5

Raigón.—No.

Atilano.—(Éste no quiere acordarse de nada.) Pues
bien; hablando con ése en esta misma calle, ahí, frente
á esta casa, me dijo señalando á la muestra que tienes en
los balcones: «¡Ése sí que ha hecho suerte! Ahí le 10
tienes, el más famoso, el mejor dentista de España,
Manolito Pérez.»—«¡Manolito!» exclamé yo muy sorprendido.—«¿Pero
ese renombrado Raigón es Manolito
Pérez?»—«El mismo.»

Raigón.—Sí; como es menos común, uso el apellido 15
de mi madre.

Atilano.—Y muy bien usado. ¡Raigón! El apellido
más propio para un dentista. Siempre tuviste
disposición para estas cosas: en la clase de matemáticas
eras una especialidad para la extracción de raíces. ¡Je, 20
je! (No le ha hecho gracia el chistecito.)

Raigón.—Yo siento mucho no poder detenerme más;
pero me aguardan y...

Atilano.—Acabo al instante. ¿Sigues soltero?

Raigón.—Siempre. 25

Atilano.—Yo no. Soy viudo y tengo una hija,
un ángel, que es mi único consuelo en este mundo.
Cose para las tiendas y con eso vamos viviendo mientras no
me emplean. Trabaja la infeliz, dale que le das á la
máquina, una silenciosa que voy pagando á plazos. 30
¡Ay! (Suspira.) Pero hace dos semanas, mi pobrecita
hija, apenas puede coser, porque de noche y de día
está en un grito.

Raigón.—¿Pues?

Atilano.—Le ha salido la muela del juicio un poco
torcida y la hace sufrir de un modo horrible. No hay 5
más remedio que extraerla; pero, ¿cómo? Yo me encuentro
sin recursos, en una situación deplorable, puedes
creerlo, deplorable; ni aun dispongo para llevarla á un
mal dentista.

Raigón (Levantándose).—¡Acabáramos! Pues si no 10
es más que eso...

Atilano.—Nada más.

Raigón.—Los jueves, de tres á cinco, tengo consulta
gratis para los pobres.

Atilano.—¿Eh? (Levantándose.) 15

Raigón.—Ven con tu hija y se la operará como sea
preciso. ¡Vaya, adiós! ¡Francisco! (Llamando.)

Atilano.—Adiós, hombre, adiós. (Con amargura.
Pasa á la sala.
)

Raigón.—¡Adiós! (Y para esto me ha entretenido 20
media hora.) (Poniéndose el sombrero.)

ESCENA V

dichos y francisco

Raigón.—Me marcho por la escalera interior para
no encontrarme con otro posma como ése, y por haberle
dejado entrar estás despedido. Puedes buscar casa
desde hoy; ya lo sabes. (Vase.) 25

Francisco.—Está bien, señorito.

ESCENA VI

don atilano y francisco, que pasa á la sala

Atilano.—¡Inhumano, grosero! ¡Sacamuelas!
Si siempre fué un adoquín, desde chico. ¡Y pensaba yo
pedirle diez duros!... ¡Cualquiera le pide nada á ese
hombre!

Francisco.—¡Don Atilano! ¿Todavía está usted 5
aquí?

Atilano.—¡Todavía!

Francisco.—¿Qué le pasa á usted?

Atilano.—¿Qué ha de pasarme? Que tu amo es el
tío más soez de la tierra. 10

Francisco.—Eso ya lo sabía yo.

Atilano.—Me ha recibido de la manera más descortés,
y al decirle que me encontraba sin medios y que
mi hija necesitaba sacarse una muela, ¿sabes lo que ha
dicho? 15

Francisco.—¡Qué sé yo!

Atilano.—Que los jueves tiene consulta para los
pobres; así, en seco. (Afligido. De pronto y con ira.)
¡Me han dado intenciones de saltarle dos muelas de una
bofetada! 20

Francisco.—Pues á mí me ha despedido por haberle
dejado pasar á usted.

Atilano.—¿De veras?

Francisco.—Ahora mismo me ha dicho que busque
casa. 25

Atilano.—Hombre, cuánto siento haberte perjudicado...

Francisco.—No señor, no; si me despide cada dos ó
tres días; tiene un genio insufrible; pero ya no le sufro
más, ahora va de veras y me largo. ¡Que lo aguante su
abuela! Siempre está furioso.

Atilano.—¡Parece mentira, ganando tanto 5
dinero!...

Francisco.—¿Dinero? Eso no lo sabe usted bien.
Esta casa es una romería. Días hay en que saca más
de quinientas pesetas.

Atilano.—¡Qué barbaridad! 10

Francisco.—Si por cualquiera cosa lleva un dineral.
Y cada vez más gente.

Atilano.—Sí, ¿eh?

Francisco.—Desde las once de la mañana hasta las
seis de la tarde esta sala está llena de señoras y de caballeros... 15
Y cada uno dos duros, ó cuatro ó diez;
conque eche usted la cuenta.

Atilano.—¡Qué suerte! ¡Un hombre tan bruto!

Francisco.—¿Y tacaño? Es de lo que no hay.
Con decirle á usted que para todo ese trabajo no quiere 20
un ayudante. ¡Nada! Todo para él. Es así. (Cerrando
el puño.
) Y figúrese usted si le convendría tener
quien le ayudase; un día como hoy, por ejemplo, que
necesita ausentarse para hacer una operación en El
Escorial, pues pierde aquí todo ese dinero... y los 25
enfermos se van disgustados...

Atilano.—Naturalmente.

Francisco.—Hoy se marcharán Dios sabe cuántos...
(De pronto, como asaltado por una idea feliz.)
¡Caracoles! 30

Atilano.—¿Qué?

Francisco.—¡Caracoles!

Atilano.—Ya lo he oído; caracoles.

Francisco.—¿Quiere usted vengarse de ese tío
grosero?

Atilano.—No deseo otra cosa. Desde que me dijo 5
aquello de los jueves, tengo las tripas como una
devanadera.

Francisco.—Pues hay un medio de que usted y yo
nos venguemos de sus groserías, ganándonos quince ó
veinte duros. (Muy alegre.) 10

Atilano.—¿Qué dices?

Francisco.—Él no volverá hasta la noche, y
tenemos todo el día por nuestro.

Atilano.—¿Para qué?

Francisco.—Para recibir á los pacientes que vengan. 15
Usted espera ahí dentro, muy serio y muy grave,
como sustituto del señor Raigón...

Atilano.—Pero, hombre, si yo no sé sacar muelas...

Francisco.—Ni hace falta. Á la mayoría de los
que vienen les pone un algodoncito empapado en un 20
elixir y cocaína. Yo estoy enterado de todo esto. Una
mechita, enjuáguese usted.—¡Dos duros!—¿Á ver
cómo va eso? Perfectamente. Siga usted con lo mismo.
¡Dos duros!—Abra usted la boca. Hay inflamación;
no debe operarse: ¡dos duros!—¡Y así, un jubileo 25
y venga guita!

Atilano.—¡Francisco, por Dios!... (Dudando, pero
deseoso de aceptar.
)

Francisco.—No sea usted tonto. Usted no ha de
volver por aquí... 30

Atilano.—¿Yo? En mi vida.

Francisco.—Y yo me voy mañana, conque...

Atilano.—Paquito, que me comprometes... (Como
antes.
)

Francisco.—Vamos al comedor; tomará usted
una copita de Pedro Jiménez para animarse. 5

Atilano.—¡Frasquito!

Francisco.—Que nos sacamos lo menos veinte duros
y nos los repartimos como buenos hermanos...

Atilano.—¡Diez duros! ¡La felicidad!

Francisco.—Yo le indicaré á usted lo que debe 10
hacer. Andando, que ya sube alguien...

Atilano.—¡Frasquito! ¡Frasquito!... (Dudando
y resolviéndose de pronto.
) Andando. (Vanse.)

ESCENA VII

inocencia y lelis

Lelis.—Vamos, entra, no seas tonta.

Inocencia.—¿No hay nadie? 15

Lelis.—Nadie.

Inocencia.—Eso me tranquiliza.

Lelis.—Pero, por Dios, ¿á qué viene ese miedo?

Inocencia.—Temo encontrarme con algún conocido.

Lelis.—No hemos de tener esa desgracia. 20

Inocencia.—Si mi papá llegase á saber esto, yo creo
que del disgusto se moría y después me mataba.

Lelis.—No, mujer, sería antes.

Inocencia.—Eso es; no sé lo que digo, estoy trastornada. 25

Lelis.—¡Claro! Sin dormir hace tres noches.

Inocencia.—Cuatro.

Lelis.—¿Y querías que te dejara así, pudiendo
librarte de ese tormento? No, vida mía.

Inocencia.—¿Y cómo te has proporcionado esos
tres duros? Dime la verdad, porque tú... tú no sueles
tener mucho dinero. 5

Lelis.—Ni poco. Te lo contaré con toda franqueza.
Voy á abrirte mi corazón. (Deja el sombrero sobre el
velador.
)

Inocencia.—Bueno, ábrelo.

Lelis.—Verás. Como ya te he dicho, todas las 10
noches te oigo quejarte á través del tabique. ¡Maldito
tabique! ¿Por qué la suerte ingrata nos ha colocado
pared por medio? Es decir, ¿por qué ha colocado esa
pared entre nosotros?

Inocencia.—Lelis; no digas eso. ¡Ay! ¡Ya me 15
vuelve! (Llorando y llevándose la mano al carrillo.)

Lelis.—Así, así te oía anoche, y dije: de mañana no
pasa. Si su pobre padre no puede sacrificar un par de
duros, yo los buscaré. Hoy me levanté muy temprano,
cogí una americana y unos pantalones... 20

Inocencia.—Y te los pusiste. Abrevia, hombre,
abrevia.

Lelis.—No me los puse, es decir, me puse otros y
aquéllos los llevé á una casa de préstamos. Por las dos
prendas me han dado tres duros. 25

Inocencia.—¿Y si tu mamá descubre lo que has
hecho?

Lelis.—Si lo descubre, lo descubro todo. Estoy
resuelto. Yo soy así, no me atrevo á nada; pero cuando
me atrevo soy atroz. 30

Inocencia.—Ya lo sé.

Lelis.—Pues para todo igual. Si mi mamá ó tu
papá se enteran de nuestras relaciones, yo soy muy
hombre para decirles: sí, la quiero con toda mi alma.
La vecinita de la derecha me ha robado lo que tengo á
la izquierda. (Señalando el sitio del corazón.) Suyo es 5
y suyo será...

Inocencia.—¡Ay, Lelis!

Lelis.—¿Qué?

Inocencia.—Que me duele mucho. (Llorando.)

Lelis.—Ten paciencia, monina, ya poco podemos 10
tardar. Somos los
primeros.

Inocencia.—¿Me hará mucho daño?

Lelis.—No, no tengas miedo, un tirón nada más.
Dicen que no hay mejor dentista en Madrid. Por eso
te he traído aquí, aunque cueste más caro... 15

Inocencia.—Gracias, gracias, no sé cómo
corresponder...

Lelis.—Ya te lo he dicho; dándome la muelita...
Quiero conservarla. ¡Tu muela del juicio! Sólo de
pensar en poseerla, pierdo yo el juicio. (Va á abrazarla.) 20

Inocencia.—Vamos, sé juicioso.

Lelis.—Me voy á hacer con ella un alfiler para la
corbata. (Se sienta Inocencia.)

ESCENA VIII

dichos, don atilano, con el batín de raigón, y francisco, en el gabinete.

Inocencia.—¡Ay! (Sigue quejándose en voz baja.
Lelis, de espaldas á la puerta del gabinete, enjuga á Inocencia 25
las lágrimas con su pañuelo y lo besa.
)


Atilano.—Con esa copita de Pedro Jiménez me he
animado mucho. Creo que tendré valor para todo.

Francisco.—¡Pues claro! Buena bobada sería perder
esta ocasión... Creo que hay alguien esperando.

Atilano (Asustado).—¿Ya? 5

Francisco.—Veré. (Entreabriendo la puerta.)

Inocencia.—¡Ay!

Lelis.—¿Te duele mucho?

Inocencia.—¡Muchísimo!

Atilano.—¿Hay alguien? 10

Francisco.—Dos jóvenes: parecen matrimonio.

Atilano.—¡Pobrecitos! Voy á amargarles la luna
de miel.

Francisco.—Venga usted acá. Le explicaré cuál es
el elixir que se pone con el algodoncito. 15

Atilano.—Sí, sí, explícamelo todo. (Francisco,
hablando muy bajito con don Atilano, de espaldas al
público, figura irle instruyendo, mostrándole los instrumentos,
etc.
)

Lelis.—Ya se mueven. Se conoce que va á salir el 20
que está.

Inocencia.—¡Ay! (Levantándose muy alegre.)

Lelis.—¿Qué?

Inocencia.—Que ya no me duele.

Lelis.—- ¿Cómo? 25

Inocencia.—¡Ay, qué gusto! La primera vez desde hace cuatro días.

Lelis.—¿De veras?

Inocencia.—Nada, no siento nada.

Lelis.—La impresión, el creer que ya ibas á 30
entrar. Eso dicen que es muy frecuente; pero estos
alivios son engañadores. Después el dolor repite más
fuerte.

Inocencia.—Sí; pero mientras no repita...
no tengo valor para sacármela.

Lelis.—¿Y qué hacemos? 5

Inocencia.—Irnos.

Lelis.—¿Y si te vuelve?

Inocencia.—Vuelvo.

Lelis.—Como quieras; pero no iremos á casa, ¿eh?

Inocencia.—¿Pues á dónde? 10

Lelis.—Ya que estás mejor, entraremos en un café
retirado y tomaremos alguna cosita. ¡No me digas que
no!

Inocencia.—Bueno. Así como así, hace cuatro días
que apenas como. 15

Lelis.—Pues ahora comerás y estaremos allí juntitos
y solos, como si ya hubiéramos realizado nuestras esperanzas.
¿Cuándo será, Dios mío? (Poniéndose el
sombrero.
) ¿Cuándo meteré yo la cabeza en alguna
parte? 20

Inocencia.—Es que ya no me duele nada. ¡Vamos!

Lelis.—Vamos. (Quién sabe si podré ahorrarme
los dos duros.) (Vanse.)

ESCENA IX

don atilano y francisco

Francisco.—¿Está comprendido?

Atilano.—Perfectamente. 25

Francisco.—Les diré que pasen.

Atilano.—Bueno; ello ha de ser...

Francisco (Después de abrir la mampara).—¡Calle!
¡Se han marchado!

Atilano (Saliendo también á la sala).—Me alegro.

Francisco.—¿Cómo?

Atilano.—Digo, lo siento; pero ¿qué vamos á hacer? 5
Ya vendrán otros.

Francisco.—¿Pues no han de venir? Hoy nos
ganamos lo menos veinte duros.

Atilano.—No me lo digas, Frasquito, no me lo digas. 10

Francisco.—Venga usted allá adentro y seguiré
enseñándole algunos detalles que le conviene saber.

Atilano.—Sí, sí, y tomaré otra copita. Ese vino es
riquísimo. Entre Pedro Jiménez y yo (Como si descorchase
una botella.
) verás lo que hacemos. (Vanse por el 15
foro.
)

ESCENA X

rocío, luego un caballero

Rocío (Siempre con marcadísimo acento andaluz).—Buenos
días. ¡No hay nadie! Mejor, así entraré más
pronto. ¡Ay, Jesús! ¡Qué cansada estoy! Y qué aburrida
voy á estar aquí sola si tarda mucho el que está 20
dentro. ¡Parece mentira que haya personas aficionadas
á la soleá!... Á mí no me gusta más soleá que la de mi
tierra, la que se canta. ¡Ay! (Empezando á cantar y
batiendo palmas.
)

Caballero (Entra tapándose la boca con el pañuelo y 25
mugiendo como un toro.
)—¡Muú!

Rocío.—¡Qué barbaridad, cómo viene este hombre!

Caballero (Sentándose, después de saludar con la
cabeza
).—¡Gracias á que no hay más que ésta esperando!
Entraré pronto. Yo no puedo más. ¡Uf! (Se levanta
y pasea de uno á otro lado de la escena.
)

Rocío.—¡Pobrecito! Se conoce que está sufriendo mucho. 5

Caballero.—Esto ya no se puede aguantar. ¡Berr!

Rocío.—Caballero, ¿le duele á usted mucho, eh?

Caballero.—¡Mucho!

Rocío.—¡Ay! Yo no puedo ver sufrir á nadie...

Caballero.—Pues, señora, lo siento tanto: pero no 10
lo puedo
remediar. (Con malos modos.)

Rocío.—No, hijo mío, no, si no lo digo por eso.
Desahóguese usted todo lo que quiera. Al cabo y al
fin, el quejarse siempre es un consuelo. Los suspiros
que se quedan dentro son los que hacen daño. 15

Caballero.—(Buenas ganas de conversación tengo yo ahora.)

Rocío.—¿Y es fluxión ó caries lo que tiene usted?

Caballero.—No lo sé, señora.

Rocío.—Será de los nervios, porque tiene usted tipo 20
de ser muy nervioso.

Caballero.—Muchísimo.

Rocío.—¡Pues ya es desgracia, ya! Á mí me sucede
lo mismo. Y yo he padecido mucho de la boca, mucho,
pero nervioso nada más; hasta que hace dos años me 25
dieron el gran remedio, y no he vuelto á tener novedad.
¿Sabe usted cómo me he curado?

Caballero.—¡Qué sé yo!

Rocío.—No lo va usted á creer cuando se lo diga.
Pues oiga usted. Me he curado cortándome las uñas 30
todos los lunes. No se ría usted.

Caballero.—¡Qué me he de reir, señora, qué me he
de reir! (Muy incomodado.)

Rocío.—Parece brujería; pues no lo es. Me lo aconsejó
una cigarrera de Sevilla, y desde entonces todos los
lunes... riqui riqui-riqui. (Como si se cortara las 5
uñas.
) Se acabaron los dolores de muelas. No me
retientan ni por casualidad.

Caballero.—¿Entonces, á qué viene usted aquí?
(Muy violento.)

Rocío.—¡Ay, Jesús! Hijo, me ha asustado usted. 10

Caballero.—Dispense usted, estoy rabioso.

Rocío.—Pues vengo á comprar un frasco de elixir, lo
único que uso; pero vea usted... (Enseñándole los dientes.)

Caballero.—Ya veo, ya. Dichosa usted. Tiene
una dentadura preciosa. 15

Rocío.—Gracias.

Caballero.—Preciosa; parecen perlas...

Rocío.—Perlas precisamente, no: porque si fueran
perlas no estarían ahí; pero, en fin, piñoncitos...

Caballero.—(¡Lástima que tenga yo dolor de 20
muelas!)

Rocío.—¿Está usted mejor?

Caballero.—Parece que se me va calmando algo.

Rocío.—¡Cuánto me alegro! Usted dirá que le estoy
mareando con la conversación... 25

Caballero.—Señora, yo no digo nada.

Rocío.—Pero, hijo mío, yo soy así, no puedo remediarlo.
Á mí, pídame usted lo que quiera, ¿comprende
usted? pero no me pida que no hable. Yo no comprendo
esas personas calladas, mohinas, como buhos... ¡Ay! 30
Á mí déme usted gente que hable mucho, que diga todo
lo que sienta, que no se guarde nada... ¡La conversación!
¿Hay algo más agradable en este mundo? Comunicar
una sus pensamientos, hasta los más hondos...
En eso nos diferenciamos de los animales... ¿Hay
algún animal que hable? 5

Caballero (Con la mayor naturalidad).—Sí, señora;
hay uno.

Rocío.—¿Cuál?

Caballero.—La cotorra.

Rocío.—Es verdad. ¡Ay qué gracioso! Está usted 10
mejor, ¿eh?

Caballero.—Sí, sí; me duele menos. La conversación
con usted, por lo visto, me ha distraído y me he
aliviado algo. Se conoce que el gusto de oirla... ¡Ay!
(De pronto dando un berrido.) 15

Rocío.—¿Qué? ¿Vuelve?

Caballero.—Son tirones. De pronto me dan y de
pronto se me pasan.

Rocío.—¿Y la que le duele á usted es de arriba ó de
abajo? 20

Caballero.—De arriba.

Rocío.—Á ver, á ver, puede que esté dañada.

Caballero.—¡Ésa! (Abriendo la boca y señalando
con el dedo.
)

Rocío.—¡Ay, hijo mío; pero si tiene usted ahí la cueva 25
de Montesinos! Debe usted inmediatamente orificársela.

Caballero.—¡Quiá! ¡Fuera con ella!

Rocío.—¿Sacarla? Eso es lo último.

Caballero.—¿Opina usted?

Rocío.—Sí, señor. (Se acerca al velador y empieza 30
á hojear un libro.
)

Caballero.—(Vaya si es graciosa la mujer.) (Pausa
corta.
) ¿Es usted soltera?

Rocío.—Viuda, para servir á usted.

Caballero.—¡Qué más quisiera yo!

Rocío.—¡Guasón! Para valiente cosa le serviría yo 5
á usted.

Caballero.—Y por lo visto hace ya mucho que
perdió usted á su esposo...

Rocío.—No lo perdí yo; se perdió él.

Caballero.—Quiero decir que, á juzgar por el traje, 10
ya ha pasado tiempo...

Rocío.—El luto lo llevo en el corazón.

Caballero.—Tiene usted el corazón negro, ¿eh?
(Animándose cada vez más.)

Rocío.—Tengo aquí un plato de calamares. ¡Ay! 15
Si usted conociera mi historia...

Caballero.—¿Cómo se llama usted?

Rocío.—¡Rocío!

Caballero.—¿Rocío? ¡Qué casualidad! Yo me
apellido Flores. 20

Rocío.—¿Y que?

Caballero.—Que las flores necesitan rocío.

Rocío.—¿Sí? Pues duerma usted al sereno. (Siguen
hablando en voz baja, después de sentarse muy juntos
en el foro.
) 25

ESCENA XI

dichos, francisco y don atilano, en el gabinete

Francisco.—Aquí tiene usted preparado el enjuague.
Éste sirve para todo.

Atilano.—Está bien.

Rocío (Riéndose).—¡Ay, pero qué malos son ustedes
los hombres!

Francisco (Saliendo á la sala).—¿Quién de ustedes
es el primero?

Rocío.—Servidora... 5

Francisco.—Puede usted pasar cuando guste.
(Abriendo y sosteniendo la mampara.)

Rocío.—Voy. Es decir, si no quiere usted pasar
antes...

Caballero.—Gracias, no me corre prisa, estoy mejor. 10

Rocío.—Me alegro mucho. Con permiso. (Entra
en el gabinete. Francisco por la puerta del foro de la sala.
)

ESCENA XII

roció y don atilano, en el gabinete. el caballero, en la sala.

Rocío.—Servidora de usted.

Atilano.—Muy señora mía. (Estoy temblando.)

Rocío.—¡Ay! ¿No está el señor Raigón? 15

Atilano.—Está enfermo; pero es lo mismo, yo estoy
en su lugar. Usted dirá lo que quiere que le haga.

Rocío.—¿Á mí? Nada, hijo mío. Por fortuna no
necesito nada.

Atilano.—¡Cuánto lo celebro! 20

Rocío.—Vengo á comprar un frasquito de elixir
¿sabe usted? De los más chiquirrititos. De aquéllos,
de los de dos pesetas. (Señalando á los que debe haber
sobre el lavabo.
) Soy parroquiana.

Caballero (Levantándose).—¡Caramba! ¡Qué bien 25
estoy ahora!

Atilano.—Tome usted. (Dándole el frasquito.)

Rocío.—Hombre, bien podía usted envolverlo en un papelillo.

Atilano.—Tiene usted razón. (Estoy aturdido.)
¿Dónde habrá papeles? (Buscando en los cajones.) 5

Caballero.—Me dan intenciones de marcharme.
No me duele absolutamente nada y ponerme ahora á
que me den un par de tirones... Podía esperar en el
portal á la andaluza. ¡Qué mona es! Ella me lo agradecería,
de seguro, y... ¡quién sabe! Vaya, que me 10
largo. (Vase.)

ESCENA XIII

dichos, menos el caballero

Atilano (Dándole un frasco envuelto ya en un papel).—Tome
usted, señora.

Rocío.—Ahí van las dos pesetas.

Atilano.—Mil gracias. 15

Rocío.—Quede usted enhorabuena. (Dándole la
mano y sacudiéndola dos veces acompasadamente.
) y que
se alivie el señor de Raigón (Como antes.) y déle usted
expresiones... (Como antes.)

Atilano.—De parte de usted. 20

Rocío (Saliendo del gabinete).—¡Ay! ¡Se ha marchado
aquel caballero! Vaya, como si lo viera: está
esperándome en la calle... Estos viejos camanduleros...
(Viendo á don Atilano al volverse.) Servidora de
usted. (Le da la mano haciendo los sacudimientos como 25
antes y vase.
)

ESCENA XIV

don atilano, solo

Pues señor, todavía no he hecho nada y estoy temblando
como un azogado. Necesito tomar otra copita.
¡Currito! (Vase por el foro de la sala.)

ESCENA XV

isidra y el garlopa. Ella trae el carrillo derecho muy inflamado y cubierto con un pañuelo negro.

Garlopa.—Ande usted adelante. (Empujándola para
que entre.
) 5

Isidra.—¡Ay, hijo, qué bárbaro eres!

Garlopa.—Es favor. (Deteniéndola al ver que va á
entrar en el gabinete.
) ¿Pero á dónde va usted?

Isidra.—Pues adentro.

Garlopa.—Señora, siéntese usted ahí y espere á que 10
nos llamen, que hay que aguardar turno.

ESCENA XVI

dichos, don atilano, en el gabinete

Atilano.—Estoy resuelto á todo. Esta última copita
me ha animado mucho. ¿Habrá alguien? (Abre
la puerta.
) Adelante, pasen ustedes. (Entran en el
gabinete.
) 15

Garlopa.—Buenos días. ¿Está usted bien? ¿Y la
familia? (Dándole la mano con tal fuerza que le lastima.)

Atilano.—¡Ay! Bien, gracias.

Garlopa.—Me alegro mucho. Pues aquí tiene usted
á esta señora que viene á que la vea usted eso.

Atilano.—¿Y qué es eso?

Isidra.—Pues le diré á usted: yo creo que esto me
ha salido á consecuencia de un sofoco. 5

Garlopa.—El señor no tiene para qué enterarse de
esas cosas. Usted le enseña lo que trae y se acabó.

Isidra.—¡Pues vea usted! (Se quita el pañuelo y
muestra el carrillo inflamadísimo.
)

Atilano (Retrocediendo).—¡Dios mío! 10

Garlopa.—¿Es bueno, eh?

Atilano.—¡Atroz!

Garlopa.—Pero yo creo que con un pinchazo en su
sitio...

Atilano.—(Ó media estocada.) 15

Garlopa.—Ande usted á sentarse y á acabar pronto.
El miedo no sirve para nada. (Empujándola hacia el
sillón.
)

Isidra.—Diga usted, caballero, ¿me hará usted
mucho daño? 20

Atilano.—Muchísimo.

Garlopa.—No le diga usted eso, hombre.

Atilano.—Yo ante todo la verdad.

Garlopa.—¡Pues qué remedio! (La obliga
á sentarse.
) 25

Atilano.—¡Si esto es un melón!

Garlopa.—Yo creo que ya está maduro.

Atilano.—¡Qué sé yo, qué sé yo! La verdad...
no me atrevo á calarlo.

Isidra (Asustada).—¿Eh? 30

Atilano.—Á sajarlo.

Isidra.—¡Ah!

Atilano.—Es preciso esperar, no hay otro remedio.
Se enjuaga usted con malvavisco y adormideras.

Isidra.—Ya lo he hecho.

Atilano.—No importa, se enjuaga usted más. (Eso 5
no puede perjudicarla.) Y mañana... ó pasado, vuelve
usted por aquí.

Garlopa.—Pero, hombre...

Atilano.—No está en disposición de operarse.

Isidra (Levantándose del sillón y poniéndose el pañuelo).—Ya10
decía yo que esto estaba muy duro.

Garlopa.—Vaya, pues dejarlo. ¿Qué le debo á
usted?

Atilano.—La consulta, dos duros.

Garlopa.—¿Cómo? 15

Atilano.—Dos duros...

Garlopa.—¿Dos duros? Hombre, usted está demente,
de por fuerza. (Sonriendo.)

Atilano.—Es lo que llevamos.

Garlopa.—Vamos, hombre, que usted no me conoce 20
á mí. (Muy amable.)

Atilano.—No tengo ese gusto.

Garlopa.—Pues va usted á conocerme. (Á gritos.)

Isidra.—(Págale y calla.)

Garlopa.—No me da la gana. Pues hombre, dos 25
duros por no hacer nada.

Atilano.—Bueno, pues déme usted lo que guste y
vaya con Dios.

Garlopa.—¡Dos duros!

Atilano.—¡Francisco! (Yendo á la puerta del 30
foro.
)

Garlopa.—Llame usted á quien quiera; pero yo no
pago los dos duros.

Atilano.—Está bien, no dé usted más voces...
¡Francisco!