Gabinete
Escena I
González, Manuel y un Criado
Criado. No insista usted: le digo que el señor no está,[19.1] que no volverá en todo el día.
González. Le digo a usted que para mí sí;[19.2] le digo a usted que estoy en el secreto.
Criado. Usted quiere comprometerme.
González. Le digo a usted que no... Pásele usted esta tarjeta.
Criado. Pero, caballero...
González. O a su señora, es lo mismo...; yo he de verle, sea como sea.
Criado. Pero...
González. Nada,[19.3] que he de verle.
Criado. Caballero..., usted puede hacer lo que guste;[19.4] pero le aseguro a usted...
González. No asegure usted nada. Es que habrá usted recibido esa orden..., sí...; lo sé todo..., lo que ocurre en casos semejantes...; por eso sé lo que debo hacer, lo de siempre, no hacerle a usted caso; ya lo ve usted...
Criado. Como usted quiera. (Entra Manuel.)
González. ¿Lo ve usted?
Criado. Yo he cumplido con la orden del señor; pero el señor[20.1]...
Manuel. Bien está... (Sale el Criado.)
González. Comprenda usted que yo necesitaba verle.
Manuel. Comprenda usted que yo no quiero ver a nadie...; a los amigos como usted mucho menos; sé lo que va usted a decirme... Es inútil, todo inútil; mi resolución es irrevocable... El presidente le ha dicho a usted lo que había..., ha leído usted los periódicos...; no tengo que decirle más.
González. Pero...
Manuel. Es inútil, todo inútil... Nadie dirá que yo he provocado el conflicto. Desde mi entrada en el Ministerio, usted sabe a costa de cuántos sacrificios, mi permanencia en él ha sido para mí una serie de abdicaciones; he podido aceptarlas mientras sólo se trataba de mis convicciones particulares, hasta de mis afectos; pero ahora, no; ahora se trata de mis compromisos con la opinión, con el país...; pretender esta nueva abdicación, es tanto como renegar de toda mi historia política; de mi significación en el partido; de mi personalidad; de mi conciencia..., y a eso no puedo llegar, porque sería tanto como negarme a mí mismo.
González. Pero, querido amigo, piense usted la situación, el conflicto...
Manuel. No es culpa mía... Se desoyeron mis advertencias; se desdeñaron mis concesiones... Yo no soy un hombre de partido...; para mí, antes que los hombres están las ideas.
González. Por eso mismo debe usted transigir con las personas, sin perjuicio de seguir con sus ideas.
Manuel. Es inútil. Mi resolución es irrevocable.
Escena II
Dichos y Hernández
Hernández. ¡Ah!, ya sabía yo que estaba usted en casa... El criado se empeñaba en negarme la entrada, querido González...
González. Amigo Hernández... ¿Viene usted como yo... a convencer a nuestro ilustre amigo?...
Hernández. A nuestro querido amigo... Pero usted le habrá convencido ya... Eso no puede ser...; ¡provocar una crisis en las actuales circunstancias..., una crisis... por una tontería!... Comprendo si hubiera usted tenido algún disgusto personal...; pero usted sabe que sólo cuenta usted con[21.1] verdaderos amigos en el Gobierno y en la mayoría.
Manuel. Pero amigos que no piensan como yo en asuntos tan importantes como los que yo defiendo.
Hernández. Pero ése no es motivo; a usted personalmente no se le niega nada.
Manuel. Se me niega el cumplimiento de mis compromisos ante la opinión, ante el país.
González. Pero, ¿a qué[21.2] llama usted opinión? ¿A los periódicos? ¡Si se abstuviera usted de leerlos!...
Manuel. Mi padre tuvo la debilidad de mandarme al colegio y yo la de aprender a leer..., y la mala costumbre de leerlo todo. La actitud del avestruz ocultando la cabeza debajo del ala, para no ver el peligro, no es la actitud más propia de un hombre de gobierno...
González. Pero, querido amigo, yo le creí a usted de más carácter.
Manuel. Hoy llaman ustedes carácter a no tener ninguno, a pasar por[21.3] todo.
Hernández. No, querido amigo; a sobreponerse a todo, que no es lo mismo..., a mostrarse superior a las circunstancias...
Manuel. No se cansen ustedes, mi resolución es irrevocable.
González. Pero, querido amigo... Reflexione usted... Compromete usted gravemente la situación, da usted armas a las oposiciones...
Manuel. Al contrario, facilito una solución a mis compañeros.
Hernández. Usted sabe que la provisión de su cartera en estos momentos mostraría más claramente las escisiones del partido.
Manuel. Eso es lo que pretendo...; demarcar los campos, aclarar la situación, despejar incógnitas.
González. Pero usted sabe el peligro de despejar incógnitas. Además, se expone usted a quedarse solo.
Manuel. Me basto.[22.1]
Hernández. Mire usted que[22.2] se llegará al límite de las concesiones...
Manuel. A ese límite he llegado yo hace mucho tiempo.
Hernández. Que puede encontrarse una fórmula todavía..., una fórmula aceptable.
Manuel. La que yo he propuesto.
González. Ésa no es posible.
Manuel. No hay otra.
Hernández. Concédanos usted un plazo... Entre todos hallaremos una fórmula.
Manuel. No.
González. Un día...
Manuel. No.
González. Una hora...; hablaremos con el jefe, con el jefe de las oposiciones... Volveremos con su contestación... Pero ceda usted en algo...
Manuel. Nunca. He llegado al límite de las concesiones.
Hernández. ¿Nos promete usted no hacer saber[23.1] a nadie su resolución hasta después de hablar nuevamente con nosotros?
Manuel. Nada conseguirán ustedes. Y será inútil que vuelvan ustedes si no se acepta por entero mi última proposición de arreglo.
González. ¿Por entero?... Un paso más, querido amigo...
Manuel. Yo no sé andar más que avanzando. Un paso más sería una concesión menos.
Hernández. Avance usted hacia la avenencia... Los demás avanzarán en el mismo sentido, y aquí no ha pasado nada... Entretanto..., una hora de espera..., una hora..., usted reflexione; entretanto..., nosotros trabajaremos...
Manuel. Creo que no conseguirán ustedes nada... De mí han conseguido ustedes cuanto podía concederles: atención, gratitud por sus buenos deseos.
González. Usted sabe que somos de los leales...
Hernández. De los que le seguiremos a usted siempre que usted nos acompañe. Hasta ahora.
González. Querido amigo... (Salen.)
Manuel. No estoy para nadie..., bajo ningún pretexto vuelvan a recibir a nadie... He salido en el automóvil... Estoy en el campo... No se sabe dónde estoy... A nadie, sea quien sea...
Escena III
Manuel y Emilia
Emilia. ¿Me concede audiencia el señor ministro?[24.1]
Manuel. Entra, entra...
Emilia. ¿No has leído todavía los periódicos?
Manuel. ¿Por qué?
Emilia. Porque todos los días te ponen de mal humor... ¡Si hicieras lo que yo!... Yo no los leo nunca...
Manuel. Debías presidir el Ministerio.
Emilia. Si acaso,[24.2] las noticias de sociedad, los teatros... y los anuncios.
Manuel. Sí; ahora pueden leerse los anuncios...
Emilia. Para saber lo que pasa me basta con mirarte a la cara... Hoy es un buen día...
Manuel. Sí, no ocurre nada...
Emilia. ¡Cuánto me alegro!... Por supuesto, nunca ocurre nada... ¿Cuándo ha estado todo como ahora?... Eso es lo que molesta... Hasta los cambios han bajado...
Manuel. Ya sabes más que yo... Y dices que no lees los periódicos...
Emilia. No; lo sé por mi modisto... Me ha enviado un encargo de París, y al pagarle... Le he pagado yo... ¿Qué dices?... No dirás que pido créditos extraordinarios[24.3]... Yo, yo..., sí, señor; de los presupuestos ordinarios...
Manuel. Así me gusta.
Emilia. ¡Oh, soy una gran ministra de Hacienda!... No tendrás queja de mí... ¡Sostener mis gastos de representación sin acudir al capítulo de imprevistos!... Y tú no sabes lo que eso cuesta... Me llaman elegante y distinguida en todos los periódicos..., los ministeriales y los de oposición.
Manuel. Los cronistas de salones son siempre ministeriales. El gobierno de las mujeres es muy tiránico y no consiente la menor oposición.
Emilia. O muy liberal y no las motiva... ¡Qué poco galante!
Manuel. Y sepamos, ¿qué maravilla es ésa que ha llegado de París?
Emilia. ¡Oh! Ya verás... Es un poema..., un sueño... ¡Un vestido ideal! Una obra de arte... Los hombres no saben apreciar esas delicadezas... Si acaso, el conjunto...; pero los detalles...
Manuel. Es que uno de los detalles suele ser la factura.
Emilia. ¿La factura? Un vestido así siempre es barato..., y a mí me hacen precios excepcionales. Este traje no sería para otra menos de los tres mil, y a mí me han puesto dos mil novecientos cuarenta y cinco..., todo comprendido...: Aduanas, envío...
Manuel. Sí, es una ganga.
Emilia. Una verdadera creación...;[25.1] y el caso es que no tiene nada..., es el chic,[25.2] nada... Lo ves en la mano y dices: esto no vale nada..., cualquiera puede hacerlo; pero luego lo ves puesto... y... ya verás..., ya verás...
Manuel. ¿Y cuándo voy a verlo?...
Emilia. ¡Qué pregunta! Pasado mañana, en Palacio, en la comida en honor del príncipe turco.
Manuel. Persa...
Emilia. Es lo mismo... Esta vez no tendrás nada que decir del escote...
Manuel. No, no diré nada...; entre otras cosas..., porque esa comida...
Emilia. ¡Qué!... ¿Se ha suspendido? ¿No viene el príncipe?
Manuel. Sí, el príncipe, sí... Además, si no viene ése, vendrá otro... Pero es que para ese día ya no seré ministro.
Emilia. ¡Eh!... ¿Hay crisis? ¿Cómo es posible?... ¡Si no me ha dicho nada[26.1] la peinadora!...
Manuel. La peinadora no lo sabrá todavía...
Emilia. ¡Si peina a la de González y a la de Hernández!...
Manuel. Es crisis parcial..., dimito yo sólo...
Emilia. ¿Tú sólo? ¿Y qué has podido hacer para ser tú sólo el que dimite?
Manuel. No voy a explicártelo ahora... Me sobran razones...
Emilia. ¡Ah, pero es por tu gusto!
Manuel. ¡Claro está!... ¿Creías que me habían echado?
Emilia. Es que de otro modo no lo comprendo...
Manuel. No estoy conforme con la marcha del Gobierno...; mis ideas son antes que todo...
Emilia. Pero yo creí que tus ideas eran las del Gobierno...
Manuel. Eso creía yo hasta ayer por la tarde.
Emilia. ¡Ah, fue ayer por la tarde!... ¡Y no me dijiste nada!...
Manuel. Quise tomarme[26.2] toda la noche para reflexionar.
Emilia. ¡Ah, por eso estuviste tan desvelado!... ¿Y te aceptan la dimisión?
Manuel. Que la acepten o no la acepten[27.1]...
Emilia. ¡Ah!, ¿pero no la has presentado todavía?
Manuel. Sí, particularmente..., por carta... Oficial no es todavía... Esperan convencerme; trabajan para ello...
Emilia. ¿Y te convencerán?...
Manuel. Eso sí que no... Mi resolución es irrevocable. He llegado al límite de las concesiones...
Emilia. ¿No te dieron aquella credencial que pediste?
Manuel. Sí..., eso sí...; se desviven por complacerme...
Emilia. ¿Entonces...?
Manuel. Pero no es eso..., no se trata de credenciales... Se trata de mis compromisos ante la opinión..., el país... ¿Qué voy a decirte? Puedes comprender que tendré mis razones...
Emilia. No lo sé...; pero salir tú sólo... La verdad, es muy desairado... Van a decir que no tienes razón...
Manuel. Ellos sí lo dirán...
Emilia. Ya ves..., y ellos se quedan... Es una triste gracia... y es dar gusto a tus enemigos...
Manuel. Mis enemigos tendrán que reconocer mi sinceridad.
Emilia. ¡De modo que te importa más quedar bien con tus enemigos que con tus amigos!...
Manuel. Mira, Emilia, no he querido ver nunca en ti a un amigo político, mucho menos a un contrincante...
Emilia. Creo que nunca..., pero sí[27.2] una mujer que te aconseja siempre lo mejor...; eso debes haberlo visto en mí siempre. No dirás que yo intervengo nunca en tus asuntos. Nunca te he molestado con recomendaciones..., y tú sabes si me las piden... He preferido quedar mal con muchos amigos por no molestarte lo más mínimo... Desde que eres ministro, ¿qué te he pedido? Que recomendaras al novio de mi doncella para Orden público y a una hermana de mi peinadora para que la contrataran en un cinematógrafo de un diputado[28.1]... Lo que no podrás decir es que yo he abusado nunca de mi posición. A otras hubiera yo querido ver en mi caso... Ahí tienes a la de tu compañero Ruiz Gómez, que no le da almuerzo ni comida tranquila a su marido..., y cuando él no hace lo que ella quiere, se va de Ministerio en Ministerio, poniéndole en evidencia...
Manuel. ¡Si no fuera más que de Ministerio en Ministerio!
Emilia. Ella le pide a todo el mundo[28.2]. Y su marido tan contento.
Manuel. No lo creas...; en Consejo se incomoda mucho...
Emilia. Pero no dimite... ¿Oyes? No hace más que sonar el timbre... Amigos que vendrán a convencerte; gente que vendrá a saber...
Manuel. He dicho que no recibo a nadie...
Emilia. ¿Pero tan serio es el motivo?
Manuel. Muy serio.
Emilia. ¿Y no puede haber, por lo menos, un aplazamiento?
Manuel. ¿Para qué? Lo que ha de ser[28.3]... Pero tú decías siempre que estabas deseando verme libre de preocupaciones..., de disgustos...
Emilia. Sí..., sí..., y lo digo...; pero precisamente...
Manuel. Precisamente qué...
Emilia. ¡Que para una vez que estaba yo contenta de ser ministra!...
Manuel. Si tú no eres vanidosa... ¡No parece sino que tú necesitas que yo sea ministro para lucir..., para... ¡Ah, vamos!...; ese vestido de París..., el capricho de lucirlo pasado mañana...
Emilia. ¿Qué quieres? ¡Estaba tan ilusionada!...
Manuel. ¡Que no tendrás ocasión![29.1]... En cualquier baile...
Emilia. No es de baile[29.2]... es de comida...; ése es su chic, que no sirve más que para comida, y para comida en Palacio.
Manuel. ¡Y en honor de un príncipe persa!... ¡Tanto quieres puntualizar!... ¡No sé qué especialidad puede tener un vestido para no servir más que en ocasión determinada!
Emilia. ¡Qué quieres!...; éste es así..., y mi capricho es lucirlo en esta ocasión... ¿Por qué tú tenías tanto afán en ser ministro en este Gobierno más que en otros? Recuerda...
Manuel. Sí, salgo por amor propio...
Emilia. Por chafar a Hernández...; tú me lo dijiste... Pues figúrate que yo también quiero chafar a alguien..., a alguien que yo sé que se ha burlado de mí; mujer de alguno de tus compañeros de Ministerio...
Manuel. ¿Quién hace caso?
Emilia. Sí, sí, me lo han dicho...; me consta: ha dicho que soy cursi... ¡Como soy la única joven del Ministerio!...
Manuel. Y la más guapa, también puedes decirlo...
Emilia. Eso lo dices tú..., y me gusta oírlo... Pero eso lo puede ser cualquiera...; elegante, ya es más difícil...
Manuel. También lo eres..., como debes serlo...
Emilia. Si..., ¡pero si vieras!... Yo comprendo que algunas veces no he estado acertada en la toilette..., pecaba por exceso...; pero ahora este vestido es de un supremo chic...; como que he sostenido correspondencia diaria con el modisto durante veinte días..., y muestras van y vienen, y figurines y descripciones..., y yo sin decidirme, y él ideando creaciones... «Sueño con usted», me dice en una de sus cartas...
Manuel. ¡Caracoles!
Emilia. «Piense usted en mí siempre», le digo yo en todas las mías...
Manuel. ¡Pues sabes que cualquiera que leyese la correspondencia...!
Emilia. Mira, voy a ponerme el vestido..., para ti... Quiero que lo veas antes que nadie, que lo admires...
Manuel. No, no...; ya tendré ocasión...
Emilia. Pasado mañana...
Manuel. Sí, hay función en el Real y quieres ponértelo...
Emilia. Para el Real... es demasiado; llamaría la atención...
Manuel. ¡Pues si no es eso lo que te propones...!
Emilia. ¿Llamar la atención? ¡De ningún modo! El verdadero chic es ése... No llamar la atención y que todo el mundo se fije...
Manuel. No me explico[30.1] cómo puede ser eso; pero, en fin, la toilette tiene sus secretos...
Emilia. Como la política... Y hoy va a tener uno...
Manuel. ¿Uno? ¿Cuál?
Emilia. El desistir de tu dimisión.
Manuel. Sí..., por un vestido... ¡Tendría que ver![31.1]
Emilia. Por el vestido no, por mí... ¿No valgo yo ese sacrificio..., que no lo[31.2] es..., porque tú serás el primero en alegrarte como todos tus amigos?
Manuel. Mis amigos sí..., ¡y cómo se reirían!
Emilia. ¡Sí que[31.3] ellos no habrán hecho cosas más graves por cosas de menor importancia!
Manuel. ¿De menos importancia que el capricho de lucir el vestido?
Emilia. El de lucir ellos alguna banda o algún discurso preparado. Todo, satisfacción de la vanidad...; pero a los hombres os parece[31.4] que vuestras vanidades son más trascendentales... Después de todo, ¿por qué te empeñas en dimitir? Por vanidad.
Manuel. ¡Dignidad!
Emilia. ¡Vanidad! Porque dijiste una cosa y no quieres decir otra...; la vanidad de sostener tu carácter..., y por ella comprometes a tus amigos, expones pones al Gobierno a una crisis desagradable..., de mal efecto...; pasarás por[31.5] orgulloso, por testarudo..., por no saber amoldarte a las circunstancias... Ese defecto lo has tenido siempre...; te lo dicen los periódicos todos los días...
Manuel. ¿No quedamos en que no los leías?
Emilia. Alguna vez...; y cuando esa vez da la casualidad..., es que te lo dirán todos los días... «La terquedad del señor ministro..., su inflexibilidad... El señor ministro confunde la tozudez con el carácter...» Tienen mucha razón, y eso que no te ven en casa...
Manuel. ¡Emilia! Me desagrada oírte...
Emilia. La verdad desagrada siempre... Pero no me dirás que tú solo vas a tener más razón que todo el Ministerio... Y aunque la tuvieras...; entre personas educadas se cede...; ellos cederán otras veces... Vas a ponerte en ridículo... Te habrá aconsejado tu amigote Pepe..., porque tú eres así...: mucho carácter, y luego te dejas llevar de cualquiera, del que te aconseja con peor intención... Porque Pepe[32.1] lo que está deseando es que dejes de ser ministro; te tiene mucha envidia.
Manuel. ¿Pero qué tiene que ver Pepe, ni qué me aconseja?...
Emilia. No digas[32.2]..., siempre, para todo... Hasta cuando pusimos el comedor y tu despacho... tuvo que ser como él dijo..., una cursilería..., el comedor modernista, que parece un café de provincia, y tu despacho, en cambio, que parece una funeraria... Como lo de llevarte a su sastre, que no sabe vestirte... La otra noche me fijé en el baile de la Embajada: nadie lleva el chaleco de frac en forma de corazón, como el que te han hecho..., ni las vueltas de raso..., y esos chalecos de fantasía que llevas son ridículos, y ya verás cómo la toman[32.3] contigo en las caricaturas...
Manuel. ¡Emilia! ¡Emilia! Que mis nervios están en tensión y ya no respondo.
Emilia. No te faltaba más que yo pagase tus disgustos políticos. Como la política me ha dado tantas satisfacciones...: sacrificios, molestias... Por ti he perdido las relaciones con mis mejores amigas..., y en cambio tengo que tratar a mucha gente que me desagrada..., a quien yo no distingo..., que no debía de tratar..., y así en todo..., siempre sacrificada... El verano pasado sin tomar las aguas por no dejarte solo en Madrid, porque tú no podías salir con las dichosas Cortes..., y estas Navidades sin poder ir a ver a mamá con los dichosos proyectos, y para una satisfacción que podía una tener una vez..., para un capricho que tiene una..., como si fuera un crimen..., ya es una... una intrigante, ya exige una demasiado, ya compromete una su carrera política, su dignidad..., ¡qué sé yo!... No te faltaba más que decir que yo te pongo en ridículo, como la de Ruiz Gómez a su marido...; pero me lo dirás..., me lo dirás...
Manuel. ¡Emilia, Emilia!...
Emilia. No, si ahora soy quien desea que presentes la dimisión... ahora mismo, ahora mismo...; pero no vuelvas a hablarme de política ni de carteras... Nos iremos a vivir a un pueblo, donde siquiera tenga[33.1] tranquilidad..., lo único que yo he deseado siempre..., una casita en un pueblo con sus gallinas y sus palomas..., eso, eso..., y nada de este infierno, de estas intrigas... Todo antes que verte así..., todo antes de que quieras pagar conmigo porque los demás te disgustan...
Manuel. Esto es peor que veinte discursos de oposición... Me voy al Congreso..., al Senado..., todo es preferible... El gabán... El sombrero...
Emilia. ¿Pero no llevas la dimisión?
Manuel. No, no dimito... Sin el Ministerio no tendría pretexto para estar tanto tiempo fuera de casa..., y cualquiera te aguantaba[33.2] en un año... Irás a la comida, lucirás el vestido. No será la primera vez que una falda haya decidido una crisis... ¿Estás contenta?
Emilia. Sí, pero no te enfades... ¡Cuando veas el vestido, lo comprenderás todo!...
Manuel. Sí, pero al día siguiente sí que no debes leer más que la crónica de sociedad, porque ¡lo que van a decir de mí los periódicos!
Emilia. Los de oposición. Si hubieras dimitido lo dirían los ministeriales... ¡Siempre han de decir!
Manuel. ¡Y aun piden las mujeres que os concedan[34.1] el derecho a votar, como si no gobernarais el mundo!...
Emilia. Yo no, no pido semejante cosa... Si se presenta la proposición puedes votar en contra.
COMEDIA DE POLICHINELAS EN DOS ACTOS, TRES CUADROS Y UN PRÓLOGO
Estrenada en el Teatro Lara el día 9 de diciembre de 1907
A DON RAFAEL GASSET
SU AFECTÍSIMO
JACINTO BENAVENTE
| Personajes | Actores |
| DOÑA SIRENA | Sra. Valverde |
| SILVIA | Srta. Suárez |
| LA SEÑORA DE POLICHINELA | » Alba |
| COLOMBINA | » Pardo |
| LAURA | » Toscano |
| RISELA | Sra. Beltrán |
| LEANDRO | Srta. Domus |
| CRISPÍN | Sr. Puga |
| EL DOCTOR | » Rubio |
| POLICHINELA | » Mora |
| ARLEQUÍN | » Barraycoa |
| EL CAPITÁN | » R. de la Mata |
| PANTALÓN | » Simó-Raso |
| EL HOSTELERO | » Pacheco |
| EL SECRETARIO | » Romea |
| MOZO 1.º DE LA HOSTERÍA | » Suárez (A.) |
| ÍDEM 2.º | » Enríquez |
| ALGUACILILLO 1.º | » De Diego |
| ÍDEM 2.º | » Suárez (A.) |
La acción pasa en un país imaginario, a principios del siglo XVII
PRÓLOGO
Telón corto en primer término,[39.1] con puerta al foro, y en ésta un tapiz. Recitado por el personaje Crispín.
He aquí el tinglado de la antigua farsa,[39.2] la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente Nuevo,[39.3] cuando Tabarín[39.4] desde su tablado de feria solicitaba la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente, siempre cargada de graves pensamientos, al escuchar algún donaire de la alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas y horas, engañando al hambre con la risa, y el prelado y la dama de calidad y el gran señor desde sus carrozas, como la moza alegre y el soldado y el mercader y el estudiante. Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que[39.5] muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes, tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen! Que[40.1] nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa. Alguna vez, también subió la farsa a palacios de príncipes, altísimos señores, por humorada de sus dueños, y no fue allí menos libre y despreocupada. Fue de todos y para todos. Del pueblo recogió burlas y malicias y dichos sentenciosos, de esa filosofía del pueblo, que siempre sufre, dulcificada por aquella resignación de los humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo, y por eso sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura. Ilustró después su plebeyo origen con noble ejecutoria: Lope de Rueda, Shakespeare, Molière,[40.2] como enamorados príncipes de cuento de hadas, elevaron a Cenicienta al más alto trono de la Poesía y del Arte. No presume de tan gloriosa estirpe esta farsa, que por curiosidad de su espíritu inquieto os presenta un poeta de ahora. Es una farsa guiñolesca,[40.3] de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en ella sucede no pudo suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos o fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista. Son las mismas grotescas máscaras de aquella comedia del Arte[40.4] italiano[40.5], no tan regocijadas como solían, porque han meditado mucho en tanto tiempo. Bien conoce el autor que tan primitivo espectáculo no es el más digno de un culto auditorio de estos tiempos; así, de vuestra cultura tanto como de vuestra bondad se ampara. El autor sólo pide que aniñéis cuanto sea posible vuestro espíritu. El mundo está ya viejo y chochea; el Arte no se resigna a envejecer, y por parecer niño finge balbuceos... Y he aquí cómo estos viejos polichinelas pretenden hoy divertiros con sus niñerías.[40.6]
Mutación
CUADRO PRIMERO
Plaza de una ciudad. A la derecha, en primer término, fachada de una hostería con puerta practicable y en ella un aldabón. Encima de la puerta un letrero que diga:[41.1] «Hostería.»
Escena Primera
Leandro y Crispín, que salen por la segunda izquierda.
Leandro. Gran ciudad ha de ser ésta, Crispín; en todo se advierte su señoría y riqueza.
Crispín. Dos ciudades hay. ¡Quiera el Cielo que en la mejor hayamos dado![41.2]
Leandro. ¿Dos ciudades dices, Crispín? Ya entiendo, antigua y nueva, una de cada parte del río.
Crispín. ¿Qué importa el río ni la vejez ni la novedad? Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero, y otra para el que llega como nosotros.
Leandro. ¡Harto es haber llegado sin tropezar con la Justicia! Y bien quisiera detenerme aquí algún tiempo, que ya me cansa tanto correr tierras.
Crispín. A mí no, que es condición de los naturales, como yo, del libre reino de Picardía[41.3] no hacer asiento en parte alguna, si no es forzado y en galeras, que es duro asiento.[41.4] Pero ya que sobre esta ciudad caímos y es plaza fuerte a lo que se descubre, tracemos como prudentes capitanes nuestro plan de batalla si hemos de conquistarla con provecho.
Leandro. ¡Mal pertrechado ejército venimos!
Crispín. Hombres somos, y con hombres hemos de vernos.
Leandro. Por todo caudal, nuestra persona. No quisiste que nos desprendiéramos de estos vestidos, que,[42.1] malvendiéndolos, hubiéramos podido juntar algún dinero.
Crispín. ¡Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen vestido! Que nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes parece.
Leandro. ¿Qué hemos de hacer, Crispín? Que el hambre y el cansancio me tienen abatido, y mal discurro.
Crispín. Aquí no hay sino valerse del ingenio y de la desvergüenza, que sin ella nada vale el ingenio. Lo que he pensado es que tú has de hablar poco y desabrido,[42.2] para darte aires de persona de calidad; de vez en cuando te permito que descargues algún golpe sobre mis costillas; a cuantos te pregunten, responde misterioso; y cuando hables por tu cuenta, sea con gravedad; como si sentenciaras. Eres joven, de buena presencia; hasta ahora sólo supiste malgastar tus cualidades; ya es hora de aprovecharse de ellas. Ponte en mis manos, que nada conviene tanto a un hombre como llevar a su lado quien haga notar sus méritos, que en uno mismo la modestia es necedad y la propia alabanza locura, y con las dos se pierde para el mundo. Somos los hombres[42.3] como mercancía, que valemos más o menos según la habilidad, del mercader que nos presenta. Yo te aseguro que así[42.4] fueras vidrio, a mi cargo corre que pases por diamante. Y ahora llamemos a esta hostería, que lo primero es acampar a vista de la plaza.
Leandro. ¿A la hostería dices? ¿Y cómo pagaremos?
Crispín. Si por tan poco te acobardas, busquemos un hospital o casa de misericordia, o pidamos limosna, si a lo piadoso nos acogemos; y si a lo bravo, volvamos al camino y salteemos al primer viandante; si a la verdad de nuestros recursos nos atenemos, no son otros nuestros recursos.
Leandro. Yo traigo cartas de introducción para personas de valimiento en esta ciudad, que podrán socorrernos.
Crispín. ¡Rompe luego esas cartas, y no pienses en tal bajeza! ¡Presentarnos a nadie como necesitados! ¡Buenas cartas de crédito son ésas! Hoy te recibirán con grandes cortesías, te dirán que su casa y su persona son tuyas, y a la segunda vez que llames a su puerta, ya te dirá el criado que su señor no está en casa ni para en ella; y a otra visita, ni te abrirán la puerta. Mundo es éste de toma y daca; lonja de contratación, casa de cambio, y antes de pedir, ha de ofrecerse.
Leandro. ¿Y qué podré yo ofrecer si nada tengo?
Crispín. ¡En qué poco te estimas! Pues qué, un hombre por sí, ¿nada vale? Un hombre puede ser soldado, y con su valor decidir una victoria; puede ser galán o marido, y con dulce medicina curar a alguna dama de calidad o doncella de buen linaje que se sienta morir de melancolía; puede ser criado de algún señor poderoso que se aficione de él y le eleve hasta su privanza, y tantas cosas más que no he de enumerarte. Para subir, cualquier escalón es bueno.
Leandro. ¿Y si aun ese escalón me falta?
Crispín. Yo te ofrezco mis espaldas para encumbrarte. Tú te verás en alto.
Leandro. ¿Y si los dos damos en tierra?
Crispín. Que ella nos sea[44.1] leve. (Llamando a la hostería con el aldabón.) ¡Ah de la hostería! ¡Hola, digo! ¡Hostelero o demonio! ¿Nadie responde? ¿Qué casa es ésta?
Leandro. ¿Por qué esas voces si apenas llamasteis?[44.2]
Crispín. ¡Porque es ruindad hacer esperar de ese modo! (Vuelve a llamar más fuerte.) ¡Ah de la gente! ¡Ah de la casa! ¡Ah de todos los diablos!
Hostelero. (Dentro.) ¿Quién va? ¿Qué voces y qué modos son éstos? No hará tanto que esperan.
Crispín. ¡Ya fue[44.3] mucho! Y bien nos informaron que es ésta muy ruin posada para gente noble.
Escena II
Dichos, el Hostelero y dos Mozos que salen de la hostería.
Hostelero. (Saliendo.) Poco a poco, que no es posada, sino hospedería, y muy grandes señores han parado en ella.
Crispín. Quisiera yo ver a ésos que llamáis[44.4] grandes señores. Gentecilla de poco más o menos. Bien se advierte en esos mozos que no saben conocer a las personas de calidad, y se[44.5] están ahí como pasmarotes sin atender a nuestro servicio.
Hostelero. ¡Por vida que sois impertinente!
Leandro. Este criado mío siempre ha de extremar su celo. Buena es vuestra posada para el poco tiempo que he de parar en ella. Disponed luego un aposento para mí y otro para este criado, y ahorremos palabras.
Hostelero. Perdonad, señor; si antes hubierais hablado... Siempre los señores han de ser más comedidos que sus criados.
Crispín. Es que este buen señor mío a todo se acomoda; pero yo sé lo que conviene a su servicio, y no he de pasar por cosa mal hecha. Conducidnos ya al aposento.
Hostelero. ¿No traéis bagaje alguno?
Crispín. ¿Pensáis que nuestro bagaje es hatillo de soldado o de estudiante para traerlo a mano, ni que mi señor ha de traer aquí ocho carros, que tras nosotros vienen, ni que aquí ha de parar sino el tiempo preciso que conviene al secreto de los servicios que en esta ciudad le están encomendados?...
Leandro. ¿No callarás? ¿Qué secreto ha de haber contigo? ¡Pues voto a... que si alguien me descubre por tu hablar sin medida...! (Le amenaza y le pega con la espada.)
Crispín. ¡Valedme, que[45.1] me matará! (Corriendo.)
Hostelero. (Interponiéndose entre Leandro y Crispín.) ¡Teneos, señor!
Leandro. Dejad que le castigue, que no hay falta para mí como el hablar sin tino.
Hostelero. ¡No le castiguéis, señor!
Leandro. ¡Dejadme, dejadme, que no aprenderá nunca! (Al ir a pegar a Crispín, éste se esconde detrás del Hostelero, quien recibe los golpes.)
Crispín. (Quejándose.)¡Ay, ay, ay!
Hostelero. ¡Ay, digo yo, que me dio de plano!
Leandro. (A Crispín.) Ve a lo que[45.2] diste lugar; a que este infeliz fuera el golpeado. ¡Pídele perdón!
Hostelero. No es menester. Yo le perdono gustoso. (A los criados.) ¿Qué hacéis ahí parados? Disponed los aposentos donde suele parar el embajador de Mantua y preparad comida para este caballero.
Crispín. Dejad que yo les advierta de todo, que cometerán mil torpezas y pagaré yo luego, que mi señor, como veis, no perdona falta... Soy con vosotros,[46.1] muchachos... Y tened cuenta a quien servís, que la mayor fortuna o la mayor desdicha os entró por las puertas. (Entran los criados y Crispín en la hostería.)
Hostelero. (A Leandro.) ¿Y podéis decirme vuestro nombre, de dónde venís y a qué propósito?...
Leandro. (Al ver salir a Crispín de la hostería.) Mi criado os lo dirá... Y aprended a no importunarme con preguntas... (Entra en la hostería.)
Crispín. ¡Buena la hicisteis![46.2] ¿Atreverse a preguntar a mi señor? Si os importa tenerle una hora siquiera en vuestra casa, no volváis a dirigirle la palabra.
Hostelero. Sabed que hay Ordenanzas[46.3] muy severas que así lo disponen.
Crispín. ¡Veníos[46.4] con Ordenanzas a mi señor! ¡Callad, callad, que no sabéis a quién tenéis en vuestra casa, y si lo supierais no diríais tantas impertinencias!
Hostelero. ¿Pero no he de saber siquiera...?
Crispín. ¡Voto a..., que llamaré a mi señor y él os dirá lo que conviene, si no lo entendisteis! ¡Cuidad de que nada le falte y atendedle con vuestros cinco sentidos, que bien puede pesaros! ¿No sabéis conocer a las personas? ¿No visteis ya quién es mi señor? ¿Qué replicáis? ¡Vamos ya! (Entra en la hostería empujando al Hostelero.)
Escena III
Arlequín y el Capitán, que salen por la segunda izquierda.
Arlequín. Vagando por los campos que rodean esta ciudad, lo mejor de ella sin duda alguna, creo que sin pensarlo hemos venido a dar frente a la hostería. ¡Animal de costumbre es el hombre! ¡Y dura costumbre la de alimentarse cada día!
Capitán. ¡La dulce música de vuestros versos me distrajo de mis pensamientos! ¡Amable privilegio de los poetas!
Arlequín. ¡Que no les impide carecer de todo! Con temor llego a la hostería. ¿Consentirán hoy en fiarnos? ¡Válgame vuestra espada!
Capitán. ¿Mi espada? Mi espada de soldado como vuestro plectro de poeta, nada valen en esta ciudad de mercaderes y de negociantes... ¡Triste condición es la nuestra!
Arlequín. Bien decís. No la sublime poesía, que sólo canta de nobles y elevados asuntos; ya ni sirve poner el ingenio a las plantas de los poderosos para elogiarlos o satirizarlos; alabanzas o diatribas no tienen valor para ellos; ni agradecen las unas ni temen las otras. El propio Aretino[47.1] hubiera muerto de hambre en estos tiempos.
Capitán. ¿Y nosotros, decidme? Porque fuimos vencidos en las últimas guerras, más que por el enemigo poderoso, por esos indignos traficantes que nos gobiernan y nos enviaron a defender sus intereses sin fuerzas y sin entusiasmo, porque nadie combate con fe por lo que no estima; ellos, que no dieron uno de los suyos para soldado ni soltaron moneda sino a buen interés y a mejor cuenta, y apenas temieron verla perdida amenazaron con hacer causa con el enemigo, ahora nos culpan a nosotros y nos maltratan y nos menosprecian y quisieran ahorrarse la mísera soldada con que creen pagarnos, y de muy buena gana nos despedirían si no temieran que un día todos los oprimidos por sus maldades y tiranías se levantaran contra ellos. ¡Pobres de ellos[48.1] si ese día nos acordamos de qué parte están la razón y la justicia!
Arlequín. Si así fuera..., ese día me tendréis a vuestro lado.
Capitán. Con los poetas no hay que contar para nada, que es vuestro espíritu como el ópalo, que a cada luz hace diversos visos. Hoy os apasionáis por lo que nace y mañana por lo que muere; pero más inclinados sois a enamoraros de todo lo ruinoso por melancólico.[48.2] Y como sois por lo regular poco madrugadores, más veces visteis morir el sol que amanecer el día, y más sabéis de sus ocasos que de sus auroras.
Arlequín. No lo diréis por mí, que he visto amanecer muchas veces cuando no tenía donde acostarme. ¿Y cómo queríais que cantara al día, alegre como alondra, si amanecía tan triste para mí? ¿Os decidís a probar fortuna?
Capitán. ¡Qué remedio! Sentémonos, y sea lo que disponga nuestro buen hostelero.
Arlequín. ¡Hola! ¡Eh! ¿Quién sirve? (Llamando en la hostería.)
Escena IV
Dichos; el Hostelero. Después los Mozos, Leandro y Crispín, que salen a su tiempo de la hostería.
Hostelero. ¡Ah, caballeros! ¿Sois vosotros?[48.3] Mucho lo siento, pero hoy no puedo servir a nadie en mi hostería.
Capitán. ¿Y por qué causa, si puede saberse?
Hostelero. ¡Lindo desahogo es el vuestro en preguntarlo! ¿Pensáis que a mí me fía nadie lo que en mi casa se gasta?
Capitán. ¡Ah! ¿Es ése el motivo? ¿Y no somos personas de crédito a quien puede fiarse?
Hostelero. Para mí, no. Y como nunca pensé cobrar, para favor ya fue bastante; conque así, hagan merced[49.1] de no volver por mi casa.
Arlequín. ¿Creéis que todo es dinero en este bajo mundo? ¿Contáis por nada las ponderaciones que de vuestra casa hicimos en todas partes? ¡Hasta un soneto os tengo dedicado,[49.2] y en él celebro vuestras perdices estofadas y vuestros pasteles de liebre!... Y en cuanto al señor Capitán, tened por seguro que él solo sostendrá contra un ejército el buen nombre de vuestra casa. ¿Nada vale esto? ¡Todo ha de ser moneda contante en el mundo!
Hostelero. ¡No estoy para burlas! No he menester[49.3] de vuestros sonetos ni de la espada del señor Capitán, que mejor pudiera emplearla.
Capitán. ¡Voto a..., que sí la emplearé escarmentando a un pícaro! (Amenazándole y pegándole con la espada.)
Hostelero. (Gritando.) ¿Qué es esto? ¿Contra mí? ¡Favor! ¡Justicia!
Arlequín. (Conteniendo al Capitán.) ¡No os perdáis por tan ruin sujeto!
Capitán. He de matarle. (Pegándole.)
Hostelero. ¡Favor! ¡Justicia!
Mozos. (Saliendo de la hostería.) ¡Que matan a nuestro amo!
Hostelero. ¡Socorredme!
Capitán. ¡No dejaré uno!
Hostelero. ¿No vendrá nadie?
Leandro. (Saliendo con Crispín.) ¿Qué alboroto es éste?
Crispín. ¿En lugar donde mi señor se hospeda? ¿No hay sosiego posible en vuestra casa? Yo traeré a la Justicia, que pondrá orden en ello.
Hostelero. ¡Esto ha de ser mi ruina! ¡Con tan gran señor en mi casa!
Arlequín. ¿Quién es él?
Hostelero. ¡No oséis preguntarlo!
Capitán. Perdonad, señor, si turbamos vuestro reposo; pero este ruin hostelero...
Hostelero. No fue mía la culpa, señor, sino de estos desvergonzados...
Capitán. ¿A mí desvergonzado? ¡No miraré nada![50.1]...
Crispín. ¡Alto, señor Capitán, que aquí tenéis quien satisfaga vuestros agravios, si los tenéis de este hombre!
Hostelero. Figuraos que ha[50.2] más de un mes que comen a mi costa sin soltar blanca, y porque me negué hoy a servirles se vuelven contra mí.
Arlequín. Yo no, que todo lo llevo con paciencia.
Capitán. ¿Y es razón que a un soldado no se le haga crédito?
Arlequín. ¿Y es razón que en nada se estime un soneto con estrambote que compuse a sus perdices estofadas y a sus pasteles de liebre?... Todo por fe, que no los probé nunca, sino carnero y potajes.
Crispín. Estos dos nobles señores dicen muy bien, y es indignidad tratar de ese modo a un poeta y a un soldado.
Arlequín. ¡Ah, señor; sois un[50.3] alma grande!
Crispín. Yo, no. Mi señor, aquí presente; que como tan gran señor, nada hay para él en el mundo como un poeta y un soldado.
Leandro. Cierto.
Crispín. Y estad seguros de que mientras él pare en esta ciudad no habéis de carecer de nada, y cuanto gasto hagáis aquí corre de su cuenta.
Leandro. Cierto.
Crispín. ¡Y mírese[51.1] mucho el hostelero en trataros como corresponde!
Hostelero. ¡Señor!
Crispín. Y no seáis tan avaro de vuestras perdices ni de vuestras empanadas de gato, que no es razón que un poeta como el señor Arlequín hable por sueño de cosas tan palpables...
Arlequín. ¿Conocéis mi nombre?
Crispín. Yo, no; pero mi señor, como tan gran señor, conoce a cuantos poetas existen y existieron, siempre que sean dignos de ese nombre.
Leandro. Cierto.
Crispín. Y ninguno tan grande como vos, señor Arlequín; y cada vez que pienso que aquí no se os ha guardado todo el respeto que merecéis...
Hostelero. Perdonad, señor. Yo les serviré como mandáis, y basta que seáis su fiador...
Capitán. Señor, si en algo puedo serviros...
Crispín. ¿Es poco servicio el conoceros? ¡Glorioso Capitán, digno de ser cantado por este solo poeta!...
Arlequín. ¡Señor!
Capitán. ¡Señor!
Arlequín. ¿Y os son conocidos mis versos?
Crispín. ¿Cómo conocidos?[51.2] ¡Olvidados los tengo![51.3] ¿No es vuestro aquel soneto admirable que empieza:
«La dulce mano que acaricia y mata»?
Arlequín. ¿Cómo decís?
Crispín. «La dulce mano que acaricia y mata.»
Arlequín. ¿Ése decís? No, no es mío ese soneto.
Crispín. Pues merece ser vuestro. Y de vos,[52.1] Capitán, ¿quién no conoce las hazañas? ¿No fuisteis el que sólo con veinte hombres asaltó el castillo de las Peñas Rojas en la famosa batalla de los Campos Negros?
Capitán. ¿Sabéis...?
Crispín. ¿Cómo si sabemos?[52.2] ¡Oh! ¡Cuántas veces se lo oí referir a mi señor entusiasmado! Veinte hombres, veinte y vos delante, y desde el castillo... ¡bum! ¡bum! ¡bum!, disparos, y bombardas, y pez hirviente, y demonios encendidos... ¡Y los veinte hombres como un solo hombre y vos delante! Y los de arriba... ¡bum! ¡bum! ¡bum! Y los tambores... ¡ran, rataplán, plan! Y los clarines... ¡tararí, tarí, tarí!... Y vosotros sólo con vuestra espada y vos[52.3] sin espada... ¡ris, ris, ris!, golpe aquí, golpe allí..., una cabeza, un brazo... (Empieza a golpes con la espada, dándole de plano al Hostelero y a los Mozos.)
Mozos. ¡Ay, ay!
Hostelero. ¡Téngase, que se apasiona como si pasara!
Crispín. ¿Cómo si me apasiono? Siempre sentí yo el animus belli.
Capitán. No parece sino que os hallasteis presente.
Crispín. Oírselo referir a mi señor, es como verlo, mejor que verlo. ¡Y a un soldado así, al héroe de las Peñas Rojas en los Campos Negros se le trata de esa manera!... ¡Ah! Gran suerte fue que mi señor se hallase presente, y que negocios de importancia le hayan traído a esta ciudad, donde él hará que se os trate[52.4] con respeto, como merecéis... ¡Un poeta tan alto, un tan gran capitán! (A los Mozos.) ¡Pronto! ¿Qué hacéis ahí como estafermos? Servidles de lo mejor que haya en vuestra casa, y ante todo una botella del mejor vino, que mí señor quiere beber con estos caballeros, y lo tendrá a gloria... ¿Qué hacéis ahí? ¡Pronto!