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La Europa no atravesó un momento más crítico después de la caída del Imperio de Occidente. El vulgo supone que la presente es una guerra de comerciantes: no sabe que lo que está en litigio es el concepto del Estado y el concepto mismo de la vida.
Luchan actualmente el ideal germano y el latino. El primero nutrido en otros tiempos por el panteísmo idealista, cayendo después en el pesimismo y por fin en el monismo materialista, es hoy francamente anticristiano. Sus directores invocan, es cierto, el nombre de Dios; pero entiéndase que es un dios alemán con un Estado Mayor infalible y cañones de infinito alcance; un nuevo Jehova que se deleita escuchando los gritos de dolor de los enemigos de su pueblo.
La moral germana ha subvertido la antigua escala de los valores, de acuerdo con el pensamiento de su último filósofo, Federico Nietzsche. Los buenos son los fuertes y los malos los débiles. No hay más que un instinto primordial al cual debemos obedecer, el de aumentar nuestra fuerza. Esta es la ley fundamental de la existencia. La moral es una invención humana; Dios, el bien, la verdad, fantasmas creados por nuestra imaginación. No hay más que una realidad natural, la vida. El individuo sano y fuerte que ama la vida es el único digno de vivir. El que busca el bien y la verdad por ellos mismos y no por amor á la vida es un degenerado.
No se crea que estos principios se encuentran expuestos en tal ó cual pensador aislado de Alemania. Unas veces velados, otras ostensibles, aparecen en muchos de los libros que allí se publican de algunos años á esta parte. Léase con cuidado el manifiesto con que sus intelectuales han pretendido excusar la invasión de la Bélgica y la destrucción de sus ciudades y se verán latir dentro de él.
El concepto del Estado germano responde á este concepto de la vida. Así como el individuo debe subordinar todos sus instintos al primordial de aumentar su fuerza para que la vida sea cada vez más exuberante, así la totalidad de estos mismos individuos se debe subordinar á la vida del Estado para que esta sea cada vez más fuerte y dominadora. Resucita la idea espartana. Las naciones como los individuos, son dignas de vivir unas y otras de morir. Nosotros, los latinos, cuyo instinto vital ha disminuido, somos decadentes, impotentes, y debemos dejar el paso libre á la raza germana, cuya vida se halla en progreso y representa lo más alto y espléndido de la humanidad.
No se engañen los germanófilos españoles: Se quejan de las heridas que alguna vez les ha causado la vanidad francesa. Son celos y reyertas entre hermanos. Pero el desprecio alemán es mucho más sincero y por lo mismo más humillante. La Alemania contempla á nuestra España con la fría indiferencia con que el naturalista estudia á un insecto.
Sin embargo, no cometeré la injusticia de suponer que todos los alemanes participan de estas ideas. En Alemania tengo amigos excelentes que abominan de ellas tanto como yo; pero no puede negarse que se hallan esparcidas en su país, y sobre todo que sus directores, tanto los hombres de acción como los intelectuales, secreta ó manifiestamente las honran y las aprueban.
Estamos acostumbrados á ver la Alemania en su época gloriosa de fines del siglo XVIII, cuando era el emporio de las grandes ideas y los nobles sentimientos. Al pronunciar el nombre de esta nación acuden á nuestra memoria los nombres de Gœthe y Schiller, de Lessing, de Wieland, de Kant, Fichte, Juan Pablo Richter, Schelling, etc; nos representamos aquella sociedad reducida y eminente que tanto semejó á la de Atenas. Mas, ¡ay! la Alemania actual poco la recuerda. Existen sabios muy notables, investigadores concienzudos, pero no poetas y metafísicos inspirados. La ciencia parece subordinada á la industria, la filosofía á la gloria militar.
Recuerdo que poco después de su resonante victoria sobre Francia, siendo yo casi un niño, visité con mi padre una gran fábrica española donde había algunos ingenieros alemanes. Después de comer y hallándonos de sobremesa, uno de estos ingenieros (que se llamaba Jacobi como el amable filósofo amigo de Gœthe) se puso á enumerar con orgullosa satisfacción los productos que su país fabricaba y exportaba á las demás naciones. Cuando terminó su larga lista hizo una pausa y añadió sonriendo:—«Y por fin exportamos la filosofía.»
¿Que quiere esto decir si no que los alemanes ya no miran á sus grandes filósofos más que como ruinas venerables propias para excitar la curiosidad del extranjero?
Los alemanes no creen en sus filósofos como los japoneses no creen en sus ídolos. Los enseñan sonrientes á los turistas, los exportan al extranjero como nosotros los españoles exportamos los cantaores flamencos.
Los latinos, los eslavos y anglo-sajones, más retrasados sin duda en la evolución biológica, todavía no hemos alcanzado la serenidad olímpica que caracteriza actualmente á los germanos. Su emperador no se siente conmovido por los millares de hombres que todos los días envía á la muerte. Si nosotros, enfrente de esos campos de batalla donde corre la sangre á torrentes, nos sentimos atacados de una inmensa melancolía, el Kaiser semejante á Jupiter, padre de los dioses, sacude su bigote oloroso y sonríe á nuestra pueril debilidad. Sus olímpicos generales han averiguado que la guerra es una necesidad biológica y el único medio de que la raza de los efímeros no degenere.
Los anticuados latinos seguimos pensando que el bien y la verdad deben buscarse por si mismos, no para aumentar nuestra vitalidad. Entre nosotros hasta los incrédulos son cristianos, porque no hay quien dude de que la caridad es la más alta de las virtudes. Nosotros pensamos que el respeto á los débiles, la piedad y compasión no son sentimientos debilitantes si no confortantes y que lo que hace verdaderamente degenerar al nombre es el poder ilimitado. Tiberio, Neron y Domiciano, esos tres monstruos vergüenza del género humano, fueron excelentes personas antes de subir al trono.
En fin, si los germanos triunfasen el ideal cristiano no perecería, porque «las puertas del infierno jamás prevalecerán contra él» pero sufriría un eclipse.
Para sostener su hegemonía necesitaría Alemania y Austria, no sólo continuar sus armamentos y mantenerse en pie de guerra sino impedir por la fuerza que las demás naciones se armasen. Los trescientos millones restantes de europeos quedariamos reducidos al mismo estado que los trescientos millones de Chinos cuando algunas tribus guerreras de la Mongolia se apoderaron en el siglo XIII del imperio. Los emperadores mongoles respetaron las costumbres de los Chinos, pero les prohibieron las armas. Al cabo de un siglo, aproximadamente, los vencidos tramaron una conjura asombrosa, casi increíble, y en un día determinado degollaron á las pequeñas guarniciones de soldados que los mongoles sostenan en todas las ciudades del imperio.
A nosotros no nos quedaría este recurso, porque, ¿cómo hallar en Europa el disimulo y el sigilo necesarios para tamaña conspiración?
Apartemos de la imaginación estas visiones apocalípticas que jamás han de tener realidad. Pensemos más bien que Alemania con la copiosa sangria y el ayuno regenerador á que se halla sometida recobrará la razón y volverá á ser por dicha suya la nación tranquila de filósofos poetas y músicos que tanto hemos admirado siempre.
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Aquella vieja historia, que aprendimos en la niñez, de un pueblo caminando por el desierto, guiado por una nube de fuego, es el símbolo representativo de la marcha de la Humanidad sobre la tierra.
¿No recordáis cuántas veces aquel pueblo, desprendiéndose del único verdadero Dios, volvió la espalda á su caudillo y se dejó caer en los brazos de una inmunda idolatría? Seguid los pasos del género humano al través de la Historia y veréis repetido constantemente el mismo triste acto de deslealtad. El fanatismo, la superstición, la idolatría nos acechan siempre en nuestra peregrinación y nos tienden lazos que no podemos evitar.
La presente guerra ha puesto de manifiesto uno de los más funestos en que ha caído nuestra pobre Humanidad.
Los admirábamos, sí; admirábamos á esos sabios que nos hablaban de las moléculas como si toda la vida hubieran bailado con ellas; que nos contaban sus secretos más íntimos y nos dejaban entrever con palabras falaces, como la serpiente del Paraíso, que se hallaba cercano el día en que sería nuestra toda la ciencia del bien y del mal.
¡Quién se acuerda de Dios! ¡Quién habla de la inmortalidad! Abrid cualquier libro germano de los últimos tiempos, y en medio de sus análisis minuciosos consagrados á cualquier especialidad de la ciencia os sorprenderá un ataque furioso, intempestivo, contra lo que estos sabios llaman «degradación teológica», una llamarada de odio contra la superstición teísta.
No existe más que una divinidad: la Verdad científica. Si en vez de rendirle culto y adoración corremos á postrarnos ante los altares del vetusto Dios de nuestros padres, los sabios modernos nos amenazan con la eterna condenación intelectual. El magnífico edificio de las ciencias físicas debe sustituir al ruinoso caserón de la teología. Todas nuestras creencias y nuestras esperanzas son puro subjetivismo. Hay que guardarse de la fe como de una enfermedad contagiosa. Creer algo que no sea evidente para nuestra razón es pecar abiertamente contra ella. La fe en Dios y en la inmortalidad, sin que exista prueba alguna que la justifique, es procurarse un placer culpable, es una profunda inmoralidad.
El viejo Haekel, el sabio más famoso de la Alemania moderna, nos invita á adorar el éter cósmico. De él sale todo, á él vuelve todo. Postrémonos de rodillas y cantemos: ¡Santo, Santo inmortal!
¿Por qué reirnos entonces de aquellos pobres negros que adoraban las cebollas? Dentro de una cebolla se efectúan admirables y misteriosas operaciones químicas que repiten las del éter cósmico. Mejor dicho, el éter impalpable, indivisible, se encuentra allí presente todo él.
Parece que á los hombres nos atrae irresistiblemente la embriaguez. Nos indignan los límites. Es necesario apurarlo todo, y si no es así no estamos contentos. ¿Qué fué la escolástica sino una embriaguez producida por la lógica? ¿Qué fué la revolución francesa sino una embriaguez igualitaria? ¿Qué fué el romanticismo más que una embriaguez sentimental? Pues ahora vivimos en plena borrachera científica.
Hay que buscar la técnica; ante todo, la técnica. Las matemáticas puras nos dan la técnica de la medida: la Física, la técnica de las máquinas; la Química, las prodigiosas transformaciones de la industria. El conocimiento científico de las costumbres nos dará una moral científica. La moral tradicional ha muerto; en su lugar queda la moral técnica.
De esta borrachera técnica participa hoy todo el mundo civilizado. Sin embargo, los principalmente atacados han sido los alemanes. Y han demostrado que tienen peor el vino que todos los demás.
Es un hecho bastante general que el alcohol produce una transformación del carácter. Un hombre taciturno, díscolo, suele convertirse, cuando ha ingerido una razonable cantidad de vino, en un alegre compadre tierno y afectuoso que os abraza, os soba y os deja los hombros llenos de lágrimas y baba. Por el contrario, los sujetos más tímidos e inofensivos así que lo prueban adquieren un humor guerrero, intemperante, enseñan los puños y desafían á todo el mundo.
Pues otro tanto ha sucedido ahora con las naciones. Francia, que ha sido siempre un país belicoso, bajo el influjo de la embriaguez científica se ha tornado humanitaria y pacifista. Alemania, aquella sencilla y bonachona Alemania de los comienzos del siglo XIX, que hacía derramar lágrimas de ternura á la sensible madame Stael, se ha transformado en una nación agresiva y provocadora.
Esta radical transformación me trae á la memoria el caso de un condiscípulo que tuve en el Instituto. Era en los primeros años un muchacho aplicadísimo, formal, pacífico, modelo de estudiantes. Evitaba con cuidado las disputas. Cuando algunos de nosotros veníamos á las manos se le veía ponerse serio y apartarse lo más posible del teatro de la lucha.
Pues bien; cierto día, minutos antes de entrar en clase, el peor que teníamos en ella, un chico turbulento y díscolo, á quien todos temíamos, comenzó á burlarse de él con la mayor ferocidad. Y no sólo le prodigó los sarcasmos más soeces, sino que llegó á propasarse á vías de hecho derribándole el sombrero cada vez que se lo ponía. Nosotros presenciábamos la escena, con pena unos, otros con regocijo, según el corazón de cada cual. El pobre chico, silencioso y pálido, recogía su sombrero del suelo y trataba de apartarse de aquel sitio. Pero el otro no se lo consentía, repitiendo su chiste con creciente alborozo. Al fin le vimos ponerse tan pálido que daba miedo, y repentinamente se arrojó sobre su agresor con ímpetu irresistible, le volcó en tierra, se montó luego sobre él y le aplicó tantos y tan buenos puñetazos en el rostro que no tardamos en verlo ensangrentado.
A los pocos días de realizada esta hazaña, sin motivo aparente, desafió á otro de los más pendencieros y le venció igualmente. Desde entonces aquel muchacho, tan dócil y simpático, sin dejar de aplicarse al estudio, se convirtió en un insufrible bravucón de quien todos huíamos.
Algo semejante les ha ocurrido á esos sabios con gafas de la Alemania. No hay nada más repulsivo que un pacífico transformado en matón de la noche á la mañana.
No hace muchos días se produjo cierta alarma en esta tranquila región. Corrió por el pueblo la noticia de que un hombre sospechoso venía atravesando el bosque en bicicleta, y se dijo que era un prisionero evadido. Comenzó á funcionar el teléfono entre estas aldeas. Por fin, de una de las más próximas se notificó su paso, y un grupo de vecinos, salió de aquí con ánimo de detenerle. Así acaeció punto por punto.
El fugitivo era, en efecto, un oficial alemán, venía en mangas de camisa, gastaba gafas (¿cómo no?) y tenía una fina cabeza inteligente.
Se dejó detener sin hacer resistencia alguna, se le condujo al Ayuntamiento y allí fuimos á verle muchos, empujados por la curiosidad. Hablaba correctamente el francés y bastante bien el español. Le dirigimos la palabra, mientras llegaban los gendarmes enviados á buscar, y nos respondió con la fría altivez y el tono de superioridad tan frecuente hoy entre los germanos. Porque éstos han llegado á persuadirse de que no existe ciencia, ni cultura, ni siquiera sentido común, más que en Alemania. Uno de los señores que allí se encontraban se atrevió á entrar con él en explicaciones acerca de los fines de la guerra. El prisionero no titubeó en decirnos que la victoria de Alemania era cierta, y con ella ganaría mucho el género humano.
—¿En qué se funda usted para suponer esto último?—le pregunté yo, picado de curiosidad.
—Me fundo—respondió—en que Alemania es el único país organizado actualmente. En los demás existen elementos de cultura muy valiosos, es cierto pero dispersos. Les falta esa eficaz unidad, sin la cual la mayor parte de las veces permanecen estériles. Lo mismo en la guerra que en la paz, lo mismo en la ciencia que en el arte, necesitan ustedes una cohesión, una disciplina que sólo la preponderancia de Alemania es capaz de dar. No pueden ustedes ver las cosas de una manera continua é intelectual, ni dar de ellas la explicación verdaderamente científica, porque trabajan ustedes desordenadamente. Son esfuerzos aislados, subjetivos, producto de la iniciativa individual que sólo engendran resultados superficiales.
—Esos esfuerzos aislados—le repliqué—han producido, sin embargo, toda la ciencia y todo el arte que han existido y existen sobre nuestro planeta. Ni Platón, ni Aristóteles, ni Shakespeare, ni Cervantes, ni Kepler, ni Galileo han necesitado de vuestra férrea organización para arrancar de este mundo tesoros de verdad y belleza. ¿Qué significa esa disciplina científica? ¿Por ventura quieren ustedes poner uniforme á los sabios y los poetas? Yo no veo ventaja alguna en que Pasteur se hubiera puesto á realizar sus experiencias á toque de corneta ó que Anatole France necesite para escribir sus libros tomar la orden del comandante general de la región.
Chispearon de cólera los ojos del prisionero, como si le hubieran pinchado, y en términos no muy corteses me dió á entender que yo no estaba autorizado para contradecirle, «mucho menos siendo español».
Siguió platicando con los otros señores, que no lograron irritar sus nervios tanto como yo. No obstante, como uno de ellos reprocharse á los alemanes las crueldades que habían cometido en Bélgica y en el norte de Francia, le replicó con sonrisa sarcástica:
—Ese reproche indica que no existe todavía en Francia un espíritu verdaderamente científico. Para determinar el bien y el mal de las cosas es necessario huir de los conceptos à priori y comprender que todo, absolutamente todo, depende de los resultados experimentales. La disciplina científica nos obliga á pensar que sólo una sistematización de los hechos nos dará la verdad exacta, nunca las especulaciones de la imaginación individual. La guerra es, para ustedes, una aventura; para nosotros, un teorema. Miramos al resultado y lo desenvolvemos inflexiblemente. La guerra más cruel es necesariamente la más corta.
—¡Me alegro muchísimo—exclamé yo—de no ser hombre de ciencia! Es preferible morir en una crasa ignorancia á llevar la conciencia cargada con actos de crueldad. Los aquí presentes somos cristianos, y en cada uno de nuestros semejantes vemos la imagen de Dios, no carneros ó bueyes que deben sacrificarse para que existan los otros. Y el más grande filósofo que ustedes han tenido, Emanuel Kant, ha dicho admirablemente que «jamás debemos tomar un ser humano como medio, sino como fin».
—Son sutilezas de filósofos, antiguallas metafísicas, en las cuales ningún espíritu positivo puede ya creer—replicó sin dejar de sonreir—. Nuestros actos de crueldad han sido y son absolutamente necesarios, como los términos de un teorema, y tienen una explicación satisfactoria porque es científica.
—¿Quiere usted decir qué son asesinatos científicos?
Me dirigió una larga mirada de ira y desprecio y me volvió la espalda.
No sentí por ello escozor alguno. Lo único que sentiría en este mundo es que me volviesen la espalda los hombres honrados y compasivos.
De esta conversación, como de todo lo que vengo leyendo y averiguando he sacado la convicción de que los aliados nada adelantarán arrancando á estos hombres sus cañones si no les arrancan antes sus ideas.
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La irreligión de la Francia es el tópico que más se beneficia hoy por sus enemigos. Un fraile á quien yo daba cuenta en España del gran movimiento religioso que aquí se ha operado con motivo de la guerra me decía:
—Sí; se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.
—¿Por ventura en España se acuerdan los hombres de ella cuando el cielo está azul?—le respondí—Porque yo observo que la gran mayoría de ellos no piensa en el otro mundo sino cuando va á despedirse de este, cuando las mujeres de su casa ó de la vecindad le meten un sacerdote en la alcoba y le dicen con más o menos circunloquios:
—Prepárate, que vas á morir.
—¡Oh! en España se llenan los templos de gente que es cosa para alabar á Dios.
—Sí, de mujeres. Cuando voy por la mañana á la iglesia advierto que sólo un hombre se acerca á tomar la comunión por cada treinta o cuarenta mujeres. Parece como si los españoles encomendásemos á la mujer el negociado de la religión, como le tenemos encomendada la cocina y el planchado de la ropa.
Verdad que lleva á cabo aquella tarea con una diligencia y perfección que no suele poner en ésta. Es verdaderamente asombroso el ardor con que muchas señoras acuden al templo á todas horas del día. He llegado á imaginar que para ciertas almas timoratas Dios es un Luis XIV que constantemente necesita ser adulado. Corren á la novena y á las Cuarenta Horas como los cortesanos de Versalles se apresuraban á ir al «dîner du roi» y al «coucher du roi». Hay señora que va á comulgar con tres o cuatro escapularios colgados al cuello, y si por casualidad se le olvida alguno en casa, se acerca temblorosa á la sagrada mesa temiendo que Nuestro Señor se enoje porque no se presenta con todas sus condecoraciones.
Pero los espíritus que toman en serio la religión observan con dolor que la verdadera, la esclarecida fe es patrimonio de muy pocos. Tenemos costumbre de achacarlo á la corrupción de los tiempos; pero no es así. Hay muchas personas sinceras que se extasían hablando del fervor de los tiempos antiguos. Sin embargo, entonces, como ahora, las almas que se inclinaban á lo Eterno eran muy contadas. Había más devoción aparente, más hipocresía; pero eran muchos más los que amaban la tierra que el cielo.
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En realidad, los hombres se han dividido siempre en paganos y cristianos, lo mismo antes que después de Jesucristo. Los primeros son los que suponen que hemos nacido para gozar; los segundos, los que creen que hemos nacido para trabajar y sufrir. Se trata únicamente de un concepto de la vida. Pagano y bien pagano era César Borgia, aunque cardenal de la Iglesia católica, y lo eran sus malvados secuaces y toda la Corte del Pontífice Alejandro VI, y los cardenales que se comieron cien bandejas de confites en la boda de Lucrecia Borgia y bailaron con sus damas y con las de la Princesa de Squilache, según cuenta ésta en carta sacada á luz recientemente por nuestro sabio compatriota el marqués de Laurencin. Cristianos fueron Sócrates, Leónidas, Régulo, Séneca, los Gracos, Paulina, Terencia y todos los mártires ignorados de la antigüedad, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. No hay que olvidar la hermosa sentencia de San Anselmo: «Siendo Cristo la verdad y la justicia, todo el que muera por la verdad y la justicia, aunque no crea en Cristo, muere por Cristo.»
Pero aquellos paganos pueden, en algunos supremos instantes de la vida, transformarse en cristianos. Todos los hombres nacemos empapados en fe. En cuanto se abre una pequeña puerta en nuestro corazón la religión se precipita dentro. Por eso vemos que muchos grandes pecadores bajo el golpe de la Gracia se convierten en fervorosos cristianos. La misma Lucrecia Borgia que he mentado hacía vida ejemplar en Ferrara los últimos años de su vida, llevaba siempre cilicio y murió en la opinión de santa.
Es menester, sin embargo, para ello que el cerebro no haya sufrido menoscabo. Aunque parezca raro, las heridas del corazón se curan mucho más fácilmente que las de la cabeza. Cuando los sesos se pudren el enfermo no tiene ya remedio. Porque las ideas, ahora y siempre, son las que gobiernan el mundo. Las ideas engendran los sentimientos y los actos, ó lo que es igual, toda la vida del hombre. Nosotros no somos lo que sentimos, sino lo que pensamos; somos siempre proporcionados á nuestras ideas, y nuestra alma baja ó sube á medida que se levanta ó se abate nuestro estado mental.
Por eso es gran error suponer que no ejercen influencia sobre la conducta del hombre; aunque lo sea mayor, aun el juzgar, como en la Edad Media que deben inculcarse con fuego y martillo.
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Tal es la situación que en este terreno ocupa la Francia con respecto á Alemania. Los franceses son pecadores por razones que ya he expuesto en anteriores artículos: tenían, hasta cierto punto, el corazón extraviado. Los alemanes son filósofos, tienen el cerebro corrompido.
La religión no ha desaparecido de Francia por haber expulsado á las Ordenes religiosas, como no desapareció de España cuando nuestro católico Rey Carlos III expulsó, con mayor crueldad aun, á la Compañía de Jesús, cuando nuestro Gobierno más tarde decretó la exclaustración de todos los frailes y el populacho penetró en los conventos y degolló á muchos de ellos.
Recorred las provincias francesas, visitad las aldeas, y hallaréis exactamente reproducido el tipo de la religiosidad española. Porque el catolicismo, como la palabra misma lo indica, ha tenido la virtud de unificar á los hombres, de imprimirles su sello, haciéndolos á todos semejantes ante el altar. Las mismas solemnidades, las mismas procesiones; las mismas Cofradías, las mismas fiestas profanas unidas á las religiosas. Los niños van al catecismo, las jóvenes asisten á las procesiones con la medalla y el velo blanco de Hijas de María, las viejas van indefectiblemente por las tardes á los Oficios. La primera comunión de los niños se celebra aquí con una alegría y pompa que no he presenciado jamás en España: acuden de lejanas comarcas los parientes para ese día feliz, como sucede en España cuando hay una boda; la casa se convierte en un templo; la calle se alfombra de flores. Ni falta siquiera el tipo clásico de la beata para tormento de confesores y alivio de sacristanes.
¿Por qué, pues, ese odio de muerte á la nación francesa? ¿Qué locura es la que ha acometido á muchos católicos y á no pocos sacerdotes? A uno de aquéllos le he oído pronunciar la siguiente frase: «Si en la presente guerra triunfase Francia dudaría de la existencia de Dios.»
¿Es esto cristiano? ¿Es siquiera humano?
En España se leen pocos libros alemanes, porque su idioma no está muy difundido entre nosotros y no abundan tampoco las traducciones. Además, hay que confesarlo, estos libros, en general, son alimento demasiado fuerte para nuestros estómagos latinos. Por eso se desconoce su estado mental á la hora presente. Pero todo el que haya seguido con un poco de atención la historia de su filosofía en los tiempos modernos aprenderá que la religión de la Alemania intelectual de un siglo á esta parte no es el cristianismo, sino el panteísmo. El panteísmo no puede fundar la moral; la desconoce en absoluto. Por lo mismo, no es más que un puente para el monismo materialista. Los intelectuales alemanes hace ya mucho tiempo que lo han salvado. Como consecuencia ineludible de este materialismo ha venido la teoría del superhombre y supernación, que es la dominante hoy.
Pero se me dirá: los intelectuales no son el país. Grave error. Los intelectuales son siempre la nación presente o futura. Las ideas nacen en las cimas, como los arroyos; mas poco á poco descienden por la falda de la montaña hasta los barrancos; otras veces se filtran calladamente por los terrenos permeables, y cuando menos lo pensamos nos hallamos empapados de ellas. Casi nadie lee á Platón, y, sin embargo, hasta el más rústico aldeano está hoy impregnado de platonismo. De la misma suerte el pueblo en Alemania no lee á Kant; pero su ateísmo modesto, como lo llamaba Coleridge, le ha penetrado hasta los huesos. Son hegelianos sin haber leído á Hegel, porque poetas, dramaturgos, novelistas, críticos y periodistas se han encargado de servirle con apetitosos guisos el plato del fatalismo panteísta.
¿Por ventura en Alemania no existe ya la fe? Sí; hay mucha fe... en la química. Dios se ha transformado en maquinaria, carbón y electricidad. No ha venido al mundo para sufrir y morir, sino para vivir y hacer sufrir. Seamos poderosos, trituremos á nuestros vecinos, impongamos nuestra voluntad en todas partes, y entonces la Divinidad se mostrará dentro de nosotros como lo que es, una fuerza inmanente y universal.
Algunos católicos españoles se enternecen leyendo á cada paso en las proclamas del Kaiser y sus generales el nombre de Dios. Son víctimas de una admirable falsificación. Ese Dios ha sido también extraído del carbón, como otros muchos productos, sorprendentes.
Pero el verdadero, el legítimo Dios tiene una experiencia infinita en estos asuntos psicológicos y no se deja engañar por las marcas de fabricación alemanas. Ve en la etiqueta «made in Germania» y rechaza el artículo, aunque reconociendo que está bien presentado.
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El espíritu galo no es panteísta. Por lo menos, no lo es desde la fecha remota en que el cristianismo mató al druidismo en los bosques de la Galia. El concepto que de la Divinidad tienen, sea para afirmarla, sea para negarla, es el verdadero. Hay en Francia bastantes escépticos, Montaignes en miniatura; hay muchos más Rabelais apasionados de la carne y el vino; pero no se hallará en toda la República un Federico Nietzsche, un solo hombre que sostenga la maldad por principios.
La creencia y el escepticismo son estados inestables que se suceden en el alma de cada hombre como en cada país. No hay que dar á esta fluctuación demasiada importancia; depende de la imperfección misma de nuestra naturaleza y es preciso resignarse á ella. Los árboles se visten de hojas y quedan desnudos alternativamente. ¿Quién diría que después del escéptico siglo XVIII había de venir el espiritualista XIX? Después de Voltaire, Diderot y Helvetius, surgen Chateaubriand, Lamartine, Bonald y De Maistre. Lo que tiene muchísima importancia es la sustitución de una fe por otra, y esto es lo que sucede actualmente en Alemania.
Los franceses han cometido recientemente la calaverada, que nosotros realizamos hace ochenta años, de suprimir las Ordenes religiosas.
No hablemos de la separación de la Iglesia y del Estado. Son muchos los católicos que rechazan la especie de que la Iglesia sea un organismo del Estado y prefieren la independencia absoluta á un protectorado enfadoso e interesado. Hablemos solamente de las Ordenes religiosas.
No ofrece duda que su expulsión ha sido un acto arbitrario y escandaloso. La República francesa, al prohibir las Congregaciones, perpetra una atroz injusticia, realiza un atentado contra la libertad, niega, por lo tanto, su propia existencia. ¿No tiene por lema libertad, igualdad, fraternidad?
Pero yo quisiera hacer unas preguntas en secreto á esas expulsadas Congregaciones. ¿Han mirado siempre al fondo de su conciencia? ¿La han examinado escrupulosamente? ¿No han encontrado allá dentro ningún odio á las instituciones republicanas? ¿No han conspirado contra ellas alguna que otra vez?
Pues si de este examen de conciencia no salen completamente exentos de pecado, no deben sorprenderse de la penitencia. Quien siembra odios no puede recoger amor. La abeja necesita miel para su alimentación y la Naturaleza le proporciona miel; la pulga necesita sangre, y le da sangre. Es ley consoladora saber que la Naturaleza nos provee con largueza de aquello que pedimos.
Si los religiosos franceses hubieran aceptado con leal franqueza las instituciones republicanas, la República no hubiera puesto la mano sobre ellas. «Si quieres que las mujeres te sigan—decía nuestro Quevedo—, echa á andar delante de ellas.» ¿Por qué no aceptar lealmente á la República? ¿No lo había hecho el Pontífice León XIII, de inolvidable memoria? Marchar delante de los hombres. He aquí el secreto para guiarlos.
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El francés no es un impío nato, como por ignorancia unos, otros con fines sórdidos, propalan en España. Los franceses guardan en el alma, como todos los que nacieron y se criaron en la fe de Cristo, la religión como un fondo de reserva. Mientras son felices muchos abandonan las prácticas religiosas; cuando son desgraciados acuden y se consuelan con ellas. Igual, exactamente igual que todos nosotros. Si en el mundo no hubiera dolor la religión no existiría.
Yo he visto por las noches poblarse de gente una pequeña iglesia de aldea. Allí acudían pobres mujeres enlutadas llevando de la mano á sus hijos, enlutados también. Con paso vacilante las seguían algunos ancianos de rostro pálido y triste mirada. Y en el silencio augusto del templo, mientras los corazones se dirigían al Altísimo pidiendo misericordia, estallaba de vez en cuando un sollozo que me removía las entrañas. Hoy en París la multitud elegante, que en otro tiempo corría á los sitios de placer, invade las iglesias. En San Sulpicio, en San Germán, en la Trinidad, en Nuestra Señora de las Victorias me ha costado trabajo entrar. No son mujeres solamente, como en Madrid, las que allí encontraréis; son hombres, muchos hombres que oran con mayor devoción aun que ellas. El que no se sienta penetrado de respeto ante esta muchedumbre que humilde y dolorida se postra ante una imagen de la Virgen pidiendo el alivio de sus penas podrá llamarse cristiano, pero está bien lejos de merecer este nombre.
¿Y allá en el frente, en la línea de fuego?
¡Ah! allá en el frente se repiten las escenas del tiempo de las Cruzadas. En el fondo de una trinchera se agrupa una compañía de soldados esperando la orden de salir. Llueven las granadas y estallan con horrísono estruendo; la tierra se levanta y se agita como el oleaje de la mar. Ya avanza la infantería alemana en apretadas filas, llevando delante las ametralladoras, segadoras de hombres. Sonó la hora de lanzarse al medio de aquel infierno de fuego. Los corazones palpitan, las manos tiemblan, las gargantas se anudan. En aquel momento supremo se alza con autoridad la voz de un pobre soldado:
—¡Todo el que crea en Dios Crucificado, de rodillas! Que cada cual se arrepienta de sus pecados. Voy á daros la absolución.
Todos caen, en efecto, de rodillas, y el soldado sacerdote levanta el brazo y los absuelve.
—Jamás podré olvidar este instante—me decía el herido que me lo relataba.
—Tiene usted razón en no olvidarlo—le respondí. Un instante como ese ennoblece toda la vida.
En otra ocasión, practicando un reconocimiento, cae herido un soldado de la patrulla. Otro soldado se precipita en socorro suyo y trata de cargar con él para conducirlo á la ambulancia.
—No te ocupes de mí—le dice el soldado—. Estoy herido de muerte. Sólo quiero pedirte un favor. Soy sacerdote y te ruego encarecidamente que en la primera ocasión que tengas recibas por mí la sagrada comunión, ya que á la hora de la muerte no me ha sido dado el consuelo de recibir á mi Dios.
El compañero, confuso y avergonzado, guarda silencio unos instantes. Es un joven rico y disipado que desde hace años vive apartado de la religión. Al fin le dice.
—Aunque desde la infancia no me he confesado, quiero hacerte ése favor. Dios me ha tocado en el corazón. Quizá dentro de un instante una bala me mate á mí también. Voy á confesarme contigo, puesto que eres sacerdote.
Y, en efecto, aquel joven escéptico confiesa allí mismo sus pecados, y su compañero, moribundo, le da la absolución.
¡Que cuadro! Parece arrancado á la Leyenda de oro y estampado en uno de esos códices de la Edad Media que la mano piadosa de un monje ha dibujado á la pluma.
Despojémonos, pues, de injustas prevenciones. No nos infatuemos, tanto con nuestra religión; no motejemos la del vecino. Y pidamos al cielo que cuando llegue para nosotros también el día de prueba sepamos mostrar la misma fe y el mismo valor.
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Y de esta guerra increíble, que jamás se ha visto ni se volverá á ver sobre la tierra, ¿qué es lo que quedará? Esos arroyos de sangre, filtrándose en la tierra, ¿fecundaran su seno? ¿Secaran, por lo contrario, las raíces de las flores y nuestro planeta será para siempre un recinto siniestro de dolor y de espanto?
No soy optimista ni pesimista. Pensar que la guerra se halla en el orden de lo creado y que es de necesidad periódicamente para aliviar los excesos de la fecundidad, me parece blasfemo. Nunca he creído en la utilidad del mal; nunca he creído tampoco que procediese de Dios. Nuestra Libertad, que es nuestra perfección y nuestra imperfección á la vez, es la que engendra todas las depravaciones que observamos en el mundo. Y el mismo Dios no puede nada contra nuestra libertad.
Pero imaginar que el Espíritu de Verdad y de Justicia que gobierna el mundo se va á cruzar de brazos y no ha de sacar partido para nuestro bien de nuestros mismos errores y maldades, es igualmente vituperable.
Amontonamos sobre el camino en nuestra peregrinación por la tierra obstáculos infranqueables; pero una mano divina los separa. Sembramos abrojos; pero hay quien se encarga de limpiarlos y guarnecerlos de flores.
La guerra presente, que es un mal, engendrará algunos bienes. No hablemos de razas perdidas, aniquiladas, que preparan el terrero para otras nuevas. No hablemos tampoco de viejos sistemas que se deshacen para hacer sitio á otros más perfectos.
No digamos que la ferocidad es necesaria para el equilibrio de la existencia y que está justificado el predominio de los más fuertes. Este es el lenguaje de la impiedad que yo no sé balbucear. Pensemos más bien que el hombre no está hecho para la guerra sino para la paz, porque no es una continuación del animal, sino un salto fuera de él. Estamos compuestos de átomos brutos; pero no somos un átomo bruto. Si alguna vez dentro de nosotros ruge el león y grazna el buitre no nos inquietemos, porque están enjaulados.
Las naciones, como los individuos, sufren accesos periódicos de cólera. La cólera la han definido los fisiólogos una locura breve. Esta locura deja rastro pernicioso casi siempre en nuestro organismo, turba el equilibrio de nuestros humores, causa desperfectos en la máquina corporal.
Pero en el alma no sucede otro tanto. Cuando convalecemos de una de estas fiebres mortíferas nunca dejamos de experimentar confusión y vergüenza. Esta vergüenza es el reconocimiento de nuestro ser espiritual, es la voz de lo Alto que nos señala nuestro destino. Corremos á la jaula de los leones y los tigres y damos otra vuelta á la llave.
Así está sucediendo con las naciones europeas. Detrás de esta rabiosa cólera que las posee, de este colosal ataque de nervios, vendrán días de laxitud y reflexión y una gran vergüenza se apoderará de ellas. Descontentas de sí mismas cerrarán los ojos y meditarán largo tiempo. Una gran reforma moral se prepara. El Derecho internacional va á dar un salto prodigioso.
¿Pero las comarcas devastadas?—Volverán la poblarse: el chirrido de la carreta y el canto suave del campesino sonarán otra vez donde ahora retumba el cañón y los gritos de batalla.—¿Y tantos miles de pobres seres mutilados?—Pensarán resignados que han entregado sus pies y sus manos á la fiera para rescatar las de sus hermanos y que al fin la tienen encadenada para siempre.—¿Y tanta lágrima, tanta sangre como se ha vertido?—Las lágrimas son el riego de las almas; para crecer necesitamos llorar. La sangre ha sido el precio de nuestra redención.
La Francia ha hecho una cruel experiencia; pero esta experiencia la salva. Vivía adormecida por un bienestar material del que no hay ejemplo en la Historia. El goce era su ideal; una sensualidad premeditada y sabia reinaba en las ciudades y se propagaba á los campos. Cuando esto sucede, cuando adulamos á nuestro cuerpo, el alma, ofendida, nos abandona, quedamos convertidos en una estatua viva como aquella de que hablaba Condillac. No hay maldad, sino frialdad. Los lazos de hombre á hombre se habían aflojado; cada cual miraba á su vientre: te respeto para que me respetes y nada más.
Ahora bien; al alma no le bastan estos reglamentos de Policía. Las salas de las Delegaciones y Prefecturas están demasiado frías para ella. Los hombres no hemos nacido solamente para saludarnos con el sombrero. Fué necesaria esta gran catástrofe para que los franceses dieran unos pasos atrás y rectificasen la dirección de su marcha. Cuando la desgracia entra en una casa, los hermanos, que vivían apartados, que apenas se veían, se abrazan llorando y renuevan la dulce convivencia de la infancia. La fraternidad, que mucho se había debilitado en Francia en los últimos años, florece de nuevo y exhala delicados perfumes. Señalemos este acontecimiento como el más feliz de lo que la terrible inundación dejará en pos de sí.
Otra buena partida para su haber será el culto á la austeridad, de que empiezan ya á dar claras muestras. Los franceses nunca han sido vividores disipados; pero sí lo han sido ordenados. Quiero decir que se han concedido siempre todos los placeres posibles, aunque con cálculo. Ahora renuncian á ellos con admirable resolución. El día de la paz los veréis desplegar una actividad afanosa para cicatrizar las heridas de la guerra, para volver á su antigua prosperidad, como las hormigas de un hormiguero cuando éste ha sido indignamente pisoteado por un hombre ó una bestia.
La política se saneará igualmente. Sí; era necesario sanear la política. Cuando hace dos años una mujer, prevalida de la alta posición política de su marido, asesinó alevosamente á un publicista distinguido, y esta mujer fué absuelta libremente por el Jurado, los hombres de sentido moral exclamaron en Europa:—«¡Esto se descompone!»—Todos vimos ya revolotear los cuervos sobre la carne podrida. Era necesario atajar la gangrena con el bisturí y el cauterio. Los alemanes fueron comisionados por la Providencia para hacerlo. Se encargaron también de batir las cataratas á esos ciegos partidarios que ignoran la justicia y la tolerancia.—«¡Cómo tardan los bárbaros en llegar! ¿Que hace Atila?»—exclamaba un día Ernesto Hello, contemplando la corrupción del segundo Imperio.—Y Atila vino, en efecto, poco después. Ha llegado también ahora no para castigar la lujuria, sino la mentira. Si la República francesa no hace honor á su lema «libertad, igualdad fraternidad, ¿para qué existe?
La Providencia divina tiene mucho más que hacer en Alemania. El gran pecado de los germanos es el orgullo. Pero el orgullo es el mayor pecado de la Humanidad, es el que nos transforma realmente en bestia.
El Rey Nabucodonosor comió heno, como el buey, á causa de su soberbia. ¿No caemos todos en cuatro patas así que se nos sube el humo á la cabeza?
¿De dónde les vino este orgullo? El origen principal está en los excesos de su industrialismo. Ver cómo juegan con los átomos y los escamotean y transforman los gases en sólidos y arrastran las fuerzas naturales á todos los usos, es cosa al parecer que hincha á los hombres de un modo extraordinario. Los alemanes habían llegado en este orden á mayor adelantamiento que los demás países y quedaron llenos de sí mismos y empezaron á mirar con desprecio á los que no sabían fabricar pan de madera, y á creerse el pueblo elegido por Dios.
Pero Dios no necesita panaderos. Cuando los magos de Faraón convirtieron las varas en serpientes, la de Aarón se las tragó á todas. Para mucha gente este es el fin y el compendio de toda la civilización: las retortas, los alambiques y los gases inflamables. Algunos tiemblan de emoción y ponen los ojos en blanco al referir las contradanzas que los alemanes hacen ejecutar á la materia bruta. Yo les respondo: «Aunque les viese transformar el palacio de la Equitativa en un gran pastel de hojaldre siempre admiraría más un diálogo de Platón y un drama de Shakespeare.
Los alemanes eran más admirables cuando en Weimar, una de sus pequeñas ciudades, se reunían á la vez hombres como Goethe, Schiller, Herder, Wieland Kotzebue, músicos inspirados, grandes pintores, arquitectos, sabios, actores, que ahora con sus cañones y zeppelines. No hay que decir esto al vulgo que sólo se postra ante las obras tangibles. ¡Como si el mundo moral no precediese al material y lo invisible á lo visible!
El progreso que se cifra tan sólo en utilizar las fuerzas de la Naturaleza para nuestro regalo es un fantástico progreso. Si el hombre no progresa moralmente, estas fuerzas, en vez de utilizarse para su provecho, se emplearán en su destrucción. Y es lo que ha acontecido ahora. ¡Cuándo terminará esta grosera superstición del industrialismo! Platón, Epicteto, Sófocles, Cicerón, eran hombres bien civilizados y se alumbraban con aceite. El apóstol San Pablo no era un salvaje, aunque desconociese el bicarbonato de soda. El corazón del hombre siempre será más interesante que la Naturaleza. El actor nos importa más que los bastidores y bambalinas de que está rodeado.
Por la derrota de su soberbia volverá á ser grande la Alemania. Cuando nos sopla el viento de la fortuna, cuando nuestros negocios prosperan y vivimos rodeados de comodidades y sumergidos en la riqueza, entonces es cuando corremos grave riesgo de perder la dicha. La sabia Providencia, que vela por nosotros, nos abre los ojos de un modo brusco para que rectifiquemos el camino.
Es inútil que nuestras viles pasiones se oculten bajo el manto del patriotismo. Este se compone de una centésima de amor y noventa y nueve de orgullo. Así como por la ley divina y humana tenemos derecho á defender nuestra vida como individuos, igualmente lo tenemos para defender con la fuerza nuestra independencia nacional. Fuera de esto el patriotismo no es más que un orgullo colectivo. No imagino que un ruso ó un alemán por pertenecer á una gran nación sea más grande, ni más sabio, ni más feliz que un holandés ó un suizo. La grandeza de un hombre no se mide por el terreno que ocupan sus pies, sino por el horizonte que descubren sus ojos. Un mendigo inglés es como un mendigo español, y un sabio lo mismo.
Los alemanes habían llegado á un grado inaudito de prosperidad industrial y comercial. Ignoro si por eso había allí más hombres felices que en los demás países. De todos modos, en medio de su prosperidad la serpiente aduladora les sopló al oído que debían comer el fruto prohibido. Este fruto era la riqueza de sus vecinos y su humillación. Pensaron que las leyes naturales son indeclinables y que las morales no lo son: profundo error. Mañana se encontrarán arrojados de su paraíso (si es que lo era) tristes, maltrechos, ensangrentados. Verdad que han hecho mucho daño á los demás; ¿pero este pensamiento puede hacer feliz á ningún hombre? Esperemos que, tras experiencia tan dolorosa, irán á buscar de nuevo su cielo, no en la fábrica Krupp, sino donde siempre lo han tenido: en la moderación, en la sobriedad, en la tranquila vida de familia, en las bibliotecas y en las salas de concierto.
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Y para Inglaterra, ¿qué consecuencias tendrá la presente guerra?
Ninguna. Los dardos más acerados se embotan en la piel del elefante. Abrirá su gran Libro mayor; apuntará en el «Debe» los hombres y los barcos perdidos; en el «Haber», algunas colonias alemanas conquistadas, y lo cerrará después y saldrá á paseo con el paraguas bajo el brazo.
Es una singular nación Inglaterra. En una novela de Julio Verne, que leí en mi adolescencia, cierto francés obsequioso, para adular al capitán del barco en donde iba, que era inglés, le decía: «Admiro tanto á Inglaterra, que si no fuese francés querría ser inglés.» El capitán, dando un chupetón á su pipa, respondió tranquilamente: «Pues yo, si no fuese inglés, querría ser inglés.» ¡A cuántos en Europa les pasa lo mismo!
Admiro su literatura, su política, sus costumbres, sus juegos, su originalidad y hasta me hace gracia su orgullo, que nada tiene de agresivo; pero sobre todo la admiro porque es la patria de los hombres libres. Todos los demás, comparados con ellos, somos esclavos. Cuántas veces, presenciando las arbitrariedades y atropellos de la autoridad en España, oyendo hablar de la insolencia de los militares alemanes, de la intolerancia de los jacobinos franceses, de la crueldad de los esbirros rusos, me tengo dicho: «Prohibid, atropellad, maltratad: ¡mientras exista Inglaterra no desaparecerá la libertad del mundo! Allí iremos en último extremo á refugiarnos los que no hemos nacido serviles!»
Se moteja el orgullo británico. Sin embargo, dondequiera que hay una cosa digna de admiración allí está un inglés admirándola. Su orgullo significa la confianza en sí mismos; esto no inspira aversión, sino respeto. Cuando estalló la guerra se creía unánimemente en Europa, y los alemanes fundaron en ello toda su esperanza, que las inmensas y lejanas colonias de Inglaterra se alzarían para sacudir su dominio. Acaeció todo lo contrario. Las colonias se sintieron heridas en la metrópoli como en su propio corazón y se aprestaron á enviarla todos sus recursos.
No se ha meditado bastante sobre este hecho, único en la historia de la humanidad. ¡Qué conducta amable y generosa es necesario seguir para que aquellos que se hallan bajo nuestro señorío nos amen lo bastante para no romper el yugo cuando la ocasión se presenta! Que en tiempos pretéritos han cometido actos de crueldad. No tantos ni tan grandes como los de otras naciones. ¿Para qué hablar de lo que está sepultado en los abismos del tiempo? La historia del género humano es la historia de la fiera humana. No contemos los mordiscos que nos hemos tirado los unos á los otros.
Durante la guerra que sostuvieron con los boers del Africa meridional experimentaron algunos dolorosos reveses debidos á la pericia y valor de aquellos improvisados guerreros. Uno de los caudillos que más daño les hizo fué, como todo el mundo sabe, el general Dewet. Pues bien; cierto día, en un cinematógrafo, apareció repentinamente su retrato. Un aplauso unánime estalló en la sala acogiendo la efigie de su heroico enemigo. Pensemos en lo que sucedería en cualquier otro país de Europa en caso semejante. ¡Oh, grande y noble pueblo; no temas que tu inmenso poderío se destruya! ¡Los ángeles sostienen sobre sus alas los poderes justos!
El contacto más intimo con Francia e Inglaterra, países libres, hará á Rusia más libre. En este país se da el caso inaudito de que un déspota imponga la libertad á su pueblo. «Vosotros los filósofos—decía Catalina II á Diderot, que la empujaba con vehemencia á las reformas—escribís sobre el papel, que sufre perfectamente el roce de la pluma; pero nosotros los Reyes escribimos sobre la piel humana que es mucho más susceptible.» El buen Zar Nicolás II tiene ocasión ahora de comprobar la sentencia de su abuela. En su vasto Imperio existe un poderoso partido reaccionario, que grita como nuestros chisperos del siglo pasado: «¡Vivan las cadenas!» y que ha paralizado su generosa iniciativa. Frente á ese partido se alza feroz, intransigente, otro que pretende hacer tabla rasa de la tradición. Con tanto demonio desatado no es fácil salir del infierno.
Italia ganará á Trieste. La sombra de Silvio Pellico, que gime errante todavía por la Italia irredenta, podrá descansar tranquila en su sepulcro. Bélgica restañará presto sus heridas. Turquía entregará al cristiano el sepulcro de Cristo. Los Estados balkánicos seguirán tirándose pellizcos á la sordina hasta que Europa, como un maestro severo, llevándose el dedo á los labios y enseñándoles la vara, les imponga reposo.
¿Vendrá el desarme? Sí; yo espero que vendrá el desarme. La enfermedad ha hecho crisis. O muere ó se salva el enfermo: ó descendemos de nuevo á los antros profundos de la animalidad ó asomamos la cabeza sobre las nubes. «El animal toma su punto de apoyo en la planta—dice nuestro huésped reciente Enrique Bergson—; el hombre cabalga sobre la animalidad, y la Humanidad entera en el espacio, y el tiempo es un inmenso ejército que galopa al lado de cada uno de nosotros, delante y detrás de nosotros, en una carga arrebatada capaz de derribar todas las resistencias y de franquear muchos obstáculos, hasta la muerte quizá.»
El obstáculo con que ahora ha tropezado la Humanidad es el más alto que se le ha presentado en su larga carrera. El trampolín está delante. Si retrocede seguiremos cabalgando, no delante, sino al lado mismo del animal; seguirá imperando, como en el fondo del océano, la ley del más fuerte. El estado de guerra se perpetuará en nuestro planeta; el odio establecerá definitivamente su imperio sobre los corazones; la fiera rugirá de nuevo por la boca de los cañones. Si lo salta, caerá en el blando regazo de la ley de Cristo, adquirirá para siempre conciencia de sí misma y proseguirá gloriosamente su camino hacia los altos destinos que la Providencia la tiene reservado.
FIN
PARIS
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131, boulevard Saint-Michel.
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