Entonces tomé la palabra y, suprimiendo todo aquello que me pareció no ser del caso, le hice la relación que me pedía, después de la cual se trató de comer, y sacó de su armario de ébano servilletas, pan, un pedazo de lomo de carnero asado, una botella de vino exquisito, y nos sentamos a la mesa con aquella alegría propia de dos amigos que vuelven a encontrarse después de una larga separación. «Ya ves—me dijo—mi vida, libre e independiente. Si quisiera seguir el ejemplo de mis compañeros, iría a comer todos los días en casa de las personas distinguidas; pero además de que el amor al trabajo me retiene de ordinario en casa, soy un nuevo Arístipo, pues tan contento estoy con el trato de gentes como con el retiro, con la abundancia como con la frugalidad.»
Nos supo tan bien el vino que fué menester sacar otra botella del armario. De sobremesa le di a entender tendría gusto en ver algunas de sus producciones, y al instante buscó entre sus papeles un soneto, que me leyó con énfasis; pero, a pesar del sainete de la lectura, me pareció tan obscuro que nada pude comprender. Conociólo y me dijo: «Este soneto no te ha parecido muy claro, ¿no es así?» Le confesé que hubiera querido algo más de claridad; echóse a reír de mí y prosiguió: «Lo mejor que tiene este soneto, amigo mío, es el no ser inteligible. Los sonetos, las odas y las demás obras que piden sublimidad no quieren estilo sencillo y natural; antes bien, en la obscuridad consiste todo su mérito. Conque el poeta crea entenderlo, es bastante.» «Tú te burlas de mí—interrumpí yo—. Todas las poesías, sean de la naturaleza que fueren, piden juicio y claridad; y si tu incomparable Góngora no escribe con más claridad que tú, te confieso que decae mucho en mi opinión; es un poeta que, cuando más, no puede engañar sino a su siglo. Veamos ahora tu prosa.»
Enseñóme un prólogo que me dijo pensaba poner al frente de una colección de comedias que estaba imprimiendo, y me preguntó qué me había parecido. «No me gusta más tu prosa—le dije—que tus versos. El soneto es una algarabía; en el prólogo hay expresiones demasiado estudiadas, palabras que el público no conoce, frases enredosas, y, en una palabra, tu estilo es muy extravagante y muy ajeno de los libros de nuestros buenos y antiguos autores.» «¡Pobre ignorante!—exclamó Fabricio—. ¿No sabes tú que todo escritor en prosa que aspira hoy a la reputación de pluma delicada afecta esta singularidad de estilo, estas expresiones equívocas que tanto chocan? Nos hemos aunado cinco o seis novadores animosos, que hemos emprendido mudar el idioma de blanco en negro, y con la ayuda de Dios lo hemos de conseguir, a pesar de Lope de Vega, de Solís, de Cervantes y de todos los demás ingenios que critican nuestros nuevos modos de hablar. Tenemos de nuestra parte gran número de sujetos distinguidos, y hasta teólogos contamos en nuestro partido. Sobre todo—continuó—, nuestro designio es loable, y, fuera de preocupaciones, nosotros somos más apreciables que aquellos escritores sencillos que se explican en el lenguaje común de los hombres. No sé por qué merecen el aprecio de tantas gentes honradas. Eso sería bueno en Atenas y en Roma, en donde todos se confundían, por lo que Sócrates dijo a Alcibíades que el pueblo era un maestro excelente de la lengua; pero en Madrid es otra cosa. Aquí tenemos estilo bueno y malo, y los cortesanos se explican de un modo diferente que el pueblo. En fin, desengáñate que nuestro nuevo estilo supera al de nuestros antagonistas. Quiero probarte la diferencia que hay de la gallardía de nuestra dicción a la bajeza de la suya. Ellos dirían, por ejemplo, llanamente: los intermedios hermosean una comedia. Y nosotros, con más gracia, decimos: los intermedios hacen hermosura en una comedia. Observa bien este hacer hermosura. ¿Percibes tú toda la brillantez, la delicadeza y gracia que esto contiene?»
Habiendo interrumpido a mi novador con una carcajada, le dije: «¡Vete al diablo, Fabricio, con tu lenguaje culto! ¡Tú eres un estrafalario!» «Y tú, con tu estilo natural—repuso él—, eres un gran bestia. ¡Vé—prosiguió, aplicándome aquellas palabras del arzobispo de Granada—: Díle a mi tesorero que te entregue cien ducados y anda bendito de Dios con ellos! ¡Adiós, señor Gil Blas! ¡Me alegraré logre usted todo género de prosperidades con algo más de gusto!» Repetí mis carcajadas al oír esta pulla, y Fabricio, sin perder nada de su buen humor, me perdonó el desacato con que había hablado de sus escritos. Después de habernos bebido la segunda botella, nos levantamos de la mesa tan amigos como antes. Salimos con ánimo de ir a pasearnos al Prado, pero al pasar por delante de un café nos dió gana de entrar.
A esta casa concurrían regularmente gentes de forma. Vi en dos salas diferentes a algunos caballeros que se divertían de varios modos. En la una jugaban a los naipes y al ajedrez, y en la otra había diez o doce que estaban muy atentos escuchando la disputa de dos argumentantes. No tuvimos necesidad de acercarnos para oír que el asunto de la contienda era un punto de Metafísica; porque era tal el calor y vehemencia con que hablaban que no parecían sino dos energúmenos. Yo pienso que si se les hubiera aplicado el anillo de Eleázaro se hubieran visto salir demonios de sus narices. «¡Válgame Dios!—dije a mi compañero—. ¡Qué fogosidad! ¡Qué pulmones! ¡No parece sino que aquellos disputadores habían nacido para pregoneros! ¡La mayor parte de los hombres yerran su vocación!» «Así es la verdad—respondió—. Estas gentes descienden, al parecer, de Novio, aquel banquero romano cuya voz sobresalía por entre el ruido de los carreteros; pero lo que más me disgusta de sus altercaciones es que atolondran los oídos infructuosamente.» Dejamos a estos metafísicos gritadores, y con esto se me desvaneció el dolor de cabeza que me habían causado. Nos fuimos a un rincón de otra sala, y habiendo bebido algunas copas de vino generoso, principiamos a examinar a los que entraban y salían. Como Núñez los conocía casi a todos, dijo: «¡Por vida mía, que la disputa de nuestros filósofos lleva traza de no acabarse en gran rato! Pero a bien que llega tropa de refresco: estos tres que entran van a tomar parte en la disputa. Pero ¿ves esos dos sujetos originales que salen? Pues la personilla morena, seca y cuyos cabellos lacios y largos le caen en partes iguales por detrás y delante se llama don Julián de Villanuño. Es un togado nuevo que la echa del elegante. El otro día fuimos un amigo y yo a comer con él y le sorprendimos en una ocupación muy singular: se divertía en su estudio tirando y haciendo traer por un gran lebrel los legajos de un pleito que está defendiendo, los que su perro desgarraba a grandes dentelladas. El licenciado que le acompaña, aquel cara de tomate, se llama don Querubín Tonto, es canónigo de la iglesia de Toledo y el hombre más negado del mundo. No obstante, al ver su aire placentero, la viveza de sus ojos, su risa fingida y maliciosa, le tendrán por sabio y de gran perspicacia. Cuando se lee en su presencia alguna obra delicada y profunda pone la mayor atención, como si penetrara su asunto, pero maldita la cosa que entiende. Este fué uno de los convidados en casa del togado, en donde se dijeron mil chistes y agudezas, sin que a mi don Querubín se le oyese el metal de la voz; pero, en recompensa, los gestos y demostraciones con que aplaudía nuestros chistes daban una aprobación superior al mérito de nuestras gracias.»
«¿Conoces—dije a Núñez—a aquellos dos desgreñados que están de codos sobre una mesa en el rincón, hablando tan bajo y de cerca que parece que se besan?» «No—me respondió—, no los he visto en mi vida; pero, según todas las apariencias, serán políticos de café que murmuran del Gobierno. ¿Ves a ese caballerete galán que, silbando, se pasea por la sala, sosteniéndose ya sobre un pie y ya sobre otro? Pues es don Agustín Moreto, poeta mozo que muestra gran talento, pero a quien los aduladores y los ignorantes le han llenado los cascos de vanidad. Aquel a quien se acerca es uno de sus compañeros, que compone versos prosaicos o prosa en rimas y a quien también sopla la musa. Todavía hay más autores—prosiguió, señalándome dos hombres que entraban con espada—. ¡No parece sino que se han citado para venir a pasar revista delante de ti! Ve allí a don Bernardo Deslenguado y a don Sebastián de Villaviciosa. El primero es un sujeto de mala índole, un autor que parece ha nacido bajo el signo de Saturno, un mortal maléfico, que se complace en aborrecer a todo el mundo y a quien nadie ama. Por lo que hace a don Sebastián, es un mozo de buena fe, autor muy concienzudo. Poco hace que dió al teatro una comedia, que ha gustado en extremo, y por no abusar más tiempo de la estimación del público la ha hecho imprimir.»
El caritativo discípulo de Góngora se preparaba para continuar explicándome las diferentes figuras del cuadro variable que teníamos a la vista, cuando vino a interrumpirle un gentilhombre del duque de Medinasidonia diciéndole: «Señor don Fabricio, vengo en busca de usted para decirle que el duque mi señor quisiera hablarle y espera a usted en su casa.» Sabiendo Núñez que para satisfacer el deseo de un gran señor no hay prisa que baste, me dejó al momento por ir a ver lo que le quería su Mecenas, y yo quedé muy admirado de haber oído tratarle de don y de mirarle así convertido en noble, a pesar de ser su padre maese Crisóstomo el barbero.
Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde Galiano, título de Sicilia.
El gran deseo de ver a Fabricio me llevó bien de mañana a su casa. «¡Buenos días—le dije al entrar—, señor don Fabricio, flor y nata de la nobleza asturiana!» Al oírme se echó a reír. «¿Conque has notado—me dijo—que me han tratado de don?» «Sí, caballero mío—le respondí—, y permíteme te diga que ayer, cuando me contaste tu transformación, te olvidaste de lo mejor.» «Ciertamente—respondió—; pero en verdad que si he tomado este dictado de honor no es tanto por satisfacer mi vanidad como por acomodarme a la de los otros. Tú conoces a los españoles; maldito el caso que hacen de un hombre honrado si tiene la desgracia de ser pobre o plebeyo; y aun te diré que veo tantas gentes—¡y Dios sabe qué clase de gentes!—que hacen les llamen don Francisco, don Gabriel, don Pedro o don como tú quieras llamarle, que es preciso confesar que la Nobleza es una cosa muy común y que un plebeyo que tiene mérito la honra cuando quiere agregarse a ella. Pero mudemos de conversación—añadió—. Anoche, durante la cena en casa del duque de Medinasidonia, en donde, entre otros convidados, se hallaba el conde Galiano, título de Sicilia, se tocó la conversación sobre los ridículos efectos del amor propio. Yo me alegró de hallar ocasión de divertir a la concurrencia sobre el mismo punto y le conté la historia de las homilías. Puedes imaginar cuánto reirían y qué apodos no se darían a tu arzobispo. Lo que no te ha venido mal, porque se han compadecido de ti, y después de haberme hecho el conde Galiano muchas preguntas acerca de tu persona, a las cuales puedes creer respondí como debía, me encargó que te presente a él, y para este fin iba ahora mismo a buscarte. Según parece, quiere nombrarte por uno de sus secretarios, y te aconsejo no desprecies este partido. En casa de este señor te hallarás perfectamente; es rico y hace en Madrid un gasto de embajador. Dicen ha venido a la corte a tratar con el duque de Lerma sobre ciertas haciendas de la Corona que este ministro piensa enajenar en Sicilia. En fin, el conde, aunque siciliano, parece generoso, lleno de rectitud y de ingenuidad. No puedes hacer mejor cosa que acomodarte con este señor, porque probablemente es el que debe hacerte rico, según lo que te pronosticaron en Granada.»
«Había resuelto—dije a Núñez—pasearme y divertirme algún tiempo antes de ponerme a servir; pero me hablas del conde siciliano de un modo que me hace mudar de intenciones. ¡Ya quisiera estar con él!» «Pronto estarás—me dijo—, o yo me engaño mucho.» Entonces salimos ambos para ir a ver al conde, que ocupaba la casa de D. Sancho de Avila, su amigo, quien estaba entonces en una hacienda de campo.
Encontramos en el patio muchos pajes y lacayos con libreas primorosas, y en la antesala muchos escuderos, gentileshombres y otros criados. Si los vestidos eran magníficos, los rostros eran tan extravagantes que se me figuraron una manada de monos vestidos a la española. Puede afirmarse que hay caras de hombres y mujeres a las que el arte no puede dar hermosura.
Habiendo D. Fabricio hecho pasar recado, fué admitido inmediatamente en la sala, adonde le seguí. Estaba el conde en bata, sentado en un sofá y tomando chocolate. Le saludamos con demostraciones del más profundo respeto, y él nos correspondió inclinando la cabeza y con un aspecto tan afable que le cobré grande inclinación; efecto admirable y ordinario que causa comúnmente en nosotros la favorable acogida de los grandes. Preciso es que nos reciban muy mal para que nos desagraden.
Después que tomó el chocolate se divirtió algún tiempo en juguetear con un gran mono, al que llamaba Cupido. Ignoro por qué pusieron el nombre de este dios a aquel animal, a no ser que fuese por causa de su malicia, porque en otra cosa absolutamente no le parecía; pero tal cual era, su amo tenía puesto todo su cariño en él, y estaba tan prendado de sus gracias que no le soltaba de sus brazos. Aunque nos divertían poco los brincos del mono, aparentamos que nos hechizaban, lo que complació mucho al siciliano, quien suspendió el gusto que tenía en aquel pasatiempo para decirme: «En mano de usted estará, amigo mío, ser uno de mis secretarios. Si le conviene a usted el partido, le daré doscientos doblones al año; basta que don Fabricio sea quien presente a usted y responda de su conducta.» «Sí, señor—exclamó Núñez—. Soy más arrogante que Platón, que no se atrevió a salir por fiador de un amigo suyo que enviaba a Dionisio el tirano; pero no temo merecer reconvenciones.»
Agradecí con una reverencia al poeta de Asturias su fina arrogancia, y después, dirigiéndome al amo, le aseguré de mi celo y fidelidad. Apenas vió aquel señor que yo aceptaba su propuesta, hizo llamar a su mayordomo, a quien habló en secreto, y en seguida me dijo: «Gil Blas, luego te diré en lo que pienso emplearte; entre tanto vé con mi mayordomo, que ya le he dado orden de lo que ha de hacer de ti.» Obedecí, dejando a Fabricio con el conde y Cupido.
El mayordomo, que era un mesinés de los más diestros, me llevó a su cuarto, llenándome de cumplimientos. Hizo llamar al sastre de la casa y le mandó hacerme prontamente un vestido de igual magnificencia que los de los criados mayores. El sastre me tomó la medida y se retiró. «En cuanto a vuestra habitación—me dijo el mesinés—, os he destinado una que os gustará. Ahora bien—prosiguió—: ¿os habéis desayunado?» Respondíle que no. «¡Qué pobre mozo sois!—me dijo—. ¿Por qué no habláis? Estáis en una casa en donde no hay mas que decir lo que se quiere para tenerlo. Venid conmigo, que voy a llevaros a un paraje en donde, a Dios gracias, nada falta.»
Dicho esto, me hizo bajar a la despensa, en la que hallamos al repostero, que era un napolitano que valía tanto como el mesinés, de modo que pudiera decirse de ambos que eran a cual peor. Este honrado hombre estaba con cinco o seis amigos suyos atracándose de jamón, lenguas de vaca y otras carnes saladas que les hacían menudear los tragos. Entramos en el corro y ayudamos a apurar los mejores vinos del señor conde. Mientras esto pasaba en la repostería, se representaba la misma comedia en la cocina, en donde el cocinero también obsequiaba a tres o cuatro conocidos suyos, quienes no bebían menos vino que nosotros y se hartaban de empanadas de perdices y conejos. Hasta los marmitones se regalaban con lo que podían pescar. Yo pensé estar en el puerto de Arrebatacapas y en una casa entregada al pillaje; pero cuanto estaba viendo era nada en comparación de lo que no veía.
De los empleos que el conde Galiano dió en su casa a Gil Blas.
Habiendo salido a hacer llevar el equipaje a mi nueva habitación, encontré a la vuelta al conde en la mesa con muchos señores y el poeta Núñez, que con aire desembarazado se hacía servir como uno de tantos y se mezclaba en la conversación. Al mismo tiempo observé que no decía palabra que no cayese en gracia a los circunstantes. ¡Viva el talento! ¡El que lo tiene puede hacer cuantos papeles quiera!
Por lo que a mí toca, comí con los criados mayores, que fueron servidos con corta diferencia como el amo. Acabada la comida, me retiré a mi cuarto, en donde, reflexionando sobre mi condición, me dije a mí mismo: «Ahora bien, Gil Blas: ya estás sirviendo a un conde siciliano cuyo carácter no conoces. Si se ha de juzgar por las apariencias, estarás en su casa como el pez en el agua; pero de nada se puede estar seguro, y la malignidad de tu estrella te ha hecho ver muy de ordinario que no debes fiarte de ella. Además de esto, ignoras el destino que quiere darte. Ya tiene secretarios y mayordomo. ¿En qué querrá que tú le sirvas? Siempre querrá que lleves el caduceo, es decir, que seas su confidente secreto. ¡Pues sea enhorabuena! No se podría entrar bajo mejor pie en casa de un señor para andar mucho en poco tiempo. Sirviendo empleos más honrosos se camina lentamente, y aun con eso no siempre se consigue el fin.»
En medio de estas bellas reflexiones vino un lacayo a decirme que todos los caballeros que habían comido en casa se habían marchado y que su señoría me llamaba. Fuí volando a su aposento, en donde le encontré echado en un sofá para dormir la siesta y con su mono al lado. «Acércate, Gil Blas—me dijo—; toma una silla y escúchame.» Obedecíle y me habló en estos términos: «Me ha dicho don Fabricio que, entre otras buenas cualidades, tienes la de amar a tus amos y que eres un mozo de mucha integridad. Estas dos cosas me han determinado a recibirte para mi servicio. Necesito un criado que me tenga afecto, cuide de mis intereses y ponga todo su conato en conservar mis bienes. Es verdad que soy rico, pero mis gastos exceden todos los años a mis rentas. ¿Y por qué? Porque me roban, porque me saquean y vivo en mi casa como en un monte lleno de ladrones. Sospecho que mi mayordomo y mi repostero caminan de acuerdo, y si no me engaño, ve aquí más de lo que se necesita para arruinarme enteramente. Me dirás que si los contemplo bribones por qué no los despido; pero ¿en dónde hallaré otros que sean formados de mejor barro? Es preciso contentarme con hacer que vigile sobre ellos una persona encargada de inspeccionar su conducta. A ti, Gil Blas, he elegido para el desempeño de esta comisión. Si la evacuas bien, ten por cierto que no servirás a un ingrato. Cuidaré de emplearte muy ventajosamente en Sicilia.»
Después de haberme hablado de esta manera me despidió, y aquella misma noche, delante de todos los criados, fuí proclamado por superintendente de la casa. Por el pronto no fué muy sensible esta novedad al mesinés y al napolitano, porque yo les parecía un picarillo fácil de ganar y contaban con que partiendo conmigo la torta tendrían libertad para continuar su rumbo; pero al día siguiente se hallaron muy chasqueados cuando les manifesté que yo era enemigo de toda malversación. Pedí al mayordomo un estado de las provisiones, visité el depósito de los vinos, registré lo que había en la repostería, quiero decir, la vajilla y mantelería, y después los exhorté a mirar por el caudal del amo, a usar de economía en el gasto, y acabé mi exhortación con asegurarles que daría cuenta a su señoría de cuanto malo viese hacer en su casa.
No me contenté con esto, sino que quise tener un espía para averiguar si había alguna inteligencia entre ellos, y a este fin me valí de un marmitón que, engolosinado con mis promesas, dijo que no podía haber escogido otro más a propósito que él para saber lo que pasaba en casa; que el mayordomo y el repostero estaban aunados y cada uno hurtaba por su parte; que todos los días enviaban fuera la mitad de las provisiones que se compraban para el gasto de la casa; que el napolitano mantenía a una dama que vivía enfrente del colegio de Santo Tomás y el mesinés a otra en la Puerta del Sol; que estos dos caballeros hacían llevar todas las mañanas a casa de sus ninfas toda especie de provisiones; que el cocinero por su parte regalaba muy buenos platos a una viuda que conocía en la vecindad, y que, en agradecimiento de los servicios que hacía a los otros dos, disponía como ellos de los vinos del depósito. Finalmente, que estos tres criados eran la causa del gasto tan enorme que se hacía en casa del señor conde. «Si usted no me cree—añadió el marmitón—, tómese el trabajo de estar mañana por la mañana, a eso de las siete, cerca del Colegio de Santo Tomás, y me verá cargado con un esportón, que le hará ver que no miento.» «Según eso—le dije—, ¿eres el mandadero de esos galanes proveedores?» «Yo soy—respondió—el que sirvo al repostero, y uno de mis camaradas hace los recados del mayordomo.»
Esta noticia me pareció digna de averiguarse. El día siguiente tuve la curiosidad de ir cerca del colegio de Santo Tomás a la hora señalada. No tuve que aguardar mucho a mi espía, pues bien pronto le vi llegar con un gran esportón lleno de carne, aves y caza. Conté las piezas y las apunté en mi libro de memoria, que fuí a mostrar al amo, después de haber dicho al marmitón que cumpliese como de ordinario su encargo.
El señor siciliano, que era de un carácter muy vivo, quiso en el primer impulso despedir al napolitano y al mesinés; pero, después de haberlo pensado, se contentó con despedir al último, cuya plaza recayó en mí, por lo que mi empleo de superintendente quedó suprimido poco después de su creación, y confieso con franqueza que no me pesó. Hablando con propiedad, éste no era mas que un empleo honorífico de espía, un destino que nada tenía de sólido, siendo así que llegando a ser mayordomo tenía a mi disposición la caja del dinero, que es lo principal. Un mayordomo es el criado de más suposición en casa de un señor, y son tantos los gajes anejos a la mayordomía que podría enriquecerse sin faltar a la hombría de bien.
El bellaco del napolitano no dejó por eso sus malas mañas, y advirtiendo que yo tenía un celo riguroso y que así no dejaba de registrar todas las mañanas las provisiones que compraba, no las extraviaba; pero el tunante continuó haciendo traer cada día la misma cantidad. Con esta trampa, aumentando el provecho que sacaba de lo sobrante de la mesa, que de derecho le pertenecía, halló medio de enviar la carne cocida a su queridita, ya que no podía cruda. Aquel diablo nada perdía y el conde nada había adelantado con tener en su casa al fénix de los mayordomos. La excesiva abundancia que vi reinar en las comidas me hizo adivinar este nuevo ardid, e inmediatamente puse en ello remedio, despojándolas de todo lo superfluo, lo que, sin embargo, hice con tanta prudencia que no se notaba ninguna escasez. Nadie hubiera dicho sino que continuaba siempre la misma profusión, y, sin embargo, no dejé de disminuir con esta economía considerablemente el gasto, que era lo que el amo deseaba; quería ahorrar sin parecer menos espléndido, de suerte que su avaricia se sujetaba a su ostentación.
No pararon aquí mis providencias, porque también reformé otro abuso. Viendo que el vino iba por la posta, sospeché que había también trampa por este lado. Efectivamente: si, por ejemplo, había doce a la mesa de su señoría, se bebían cincuenta, y algunas veces hasta sesenta botellas, lo que no podía menos de causarme admiración. Consulté sobre esto a mi oráculo, es decir, a mi marmitón, con quien yo tenía algunas conversaciones secretas, en las que me contaba con toda fidelidad lo que se decía y hacía en la cocina, en donde nadie se recelaba de él. Me dijo que el desperdicio de que yo me quejaba procedía de una nueva liga que se había formado entre el repostero, el cocinero y los lacayos que servían el vino a la mesa, que éstos se llevaban las botellas medio llenas y las distribuían después entre los confederados. Reñí a los lacayos y les amenacé con echarlos a la calle si volvían a reincidir, y esto bastó para que se enmendasen. Tenía gran cuidado de informar a mi amo de las menores cosas que hacía en su beneficio, con lo que me llenaba de alabanzas y cada día me cobraba más afecto. Por mi parte, recompensé al marmitón que me hacía tan buenos oficios, haciéndole ayudante de cocina. De este modo va ascendiendo un criado fiel en las casas principales.
El napolitano rabiaba de ver que siempre andaba tras de él, y lo que sentía más vivamente era el tener que aguantar mis reparos siempre que me daba las cuentas, porque para quitarle el motivo de sisar me tomé la molestia de ir a los mercados e informarme del precio de los géneros, de suerte que le esperaba con esta prevención. Y como él no dejaba de querer remachar el clavo, yo le rechazaba vigorosamente, bien persuadido de que me maldeciría cien veces al día; pero la causa de sus maldiciones me quitaba todo temor de que se cumpliesen. No sé cómo podía resistir a mis pesquisas ni cómo continuaba sirviendo al señor siciliano; sin duda que él, a pesar de todo esto, hacía su agosto.
Contaba a Fabricio, a quien veía algunas veces, mis inauditas proezas económicas; pero le hallaba más propenso a vituperar mi conducta que a aprobarla. «¡Quiera Dios—me dijo un día—que al cabo y al postre sea bien recompensado tu desinterés! Pero, hablando aquí para los dos, creo que saldrías más bien librado si no te estrellases tanto con el repostero.» «Pues qué—le respondí—, ¿este ladrón ha de tener la osadía de poner en la cuenta del gasto diez doblones por un pescado que no costó más que cuatro? ¿Y quieres tú que yo pase esta partida?» «¿Y por qué no?—replicó serenamente—. Que te dé la mitad del aumento y hará las cosas en forma. A fe mía, amigo—continuó, meneando la cabeza—, que no te sabes gobernar. Tú, a la verdad, echas a perder las cosas, y tienes traza de servir mucho tiempo, pues no te chupas el dedo teniéndolo en la miel. Has de saber que la fortuna es semejante a aquellas damiselas vivas y veleidosas a quienes no pueden sujetar los galanes tímidos.» Reíme de las expresiones de Núñez, que por su parte hizo otro tanto, y quiso persuadirme que aquello había sido sólo una chanza: se avergonzaba de haberme dado inútilmente un mal consejo. Continué siempre en el firme propósito de ser fiel y celoso, atreviéndome a asegurar que en cuatro meses con mi economía ahorré a mi amo por lo menos tres mil ducados.
Del accidente que acometió al mono del conde Galiano y de la pena que causó a este señor. Cómo Gil Blas cayó enfermo y cuáles fueron las resultas de su enfermedad.
El sosiego que reinaba en la casa le turbó extrañamente un suceso que al lector le parecerá una bagatela, pero que, no obstante, llegó a ser muy serio para los criados, y sobre todo para mí. Cupido, aquel mono de que he hablado, aquel animal tan querido del amo, al saltar un día de una ventana a otra tomó tan mal sus medidas que cayó al patio y se dislocó una pata. Apenas supo el conde esta desgracia, cuando empezó a dar gritos como una mujer, y en el exceso de su sentimiento echó la culpa a sus criados, sin excepción, y faltó poco para que los echara a todos a la calle. No obstante, limitó su indignación a maldecir nuestro descuido y darnos mil epítetos con palabras descomedidas. Inmediatamente hizo llamar a los cirujanos más hábiles de Madrid en fracturas y dislocaciones de huesos. Reconocieron la pata del herido, repusieron el hueso en su lugar y la vendaron; pero por más que asegurasen no ser cosa de cuidado, no pudieron conseguir que mi amo no retuviese a uno de ellos para que permaneciera al lado del animal hasta su perfecta curación.
Haría mal si pasara en silencio las penas e inquietudes que tuvo el señor siciliano durante este tiempo. ¿Se creerá que no se apartaba en todo el día de su Cupido? Estaba presente cuando le curaban y de noche se levantaba dos o tres veces a verle. Lo más penoso era que con precisión habían de estar todos los criados, y principalmente yo, siempre levantados, para acudir pronto a lo que se necesitara en servicio del mono. En una palabra, no hubo en la casa un instante de reposo hasta que la maldita bestia, curada de su caída, volvió a sus saltos y volteretas ordinarias. A vista de esto, bien podemos dar crédito a la narración de Suetonio cuando dice que Calígula amaba tanto a su caballo que le puso una casa ricamente alhajada, con criados para servirle, y que también quería hacerle cónsul. Mi amo no estaba menos enamorado de su mono, y con gusto le hubiera nombrado corregidor.
Por desgracia mía, yo me distinguí más que todos los criados en complacer al amo, y trabajé tanto en cuidar de su Cupido que caí enfermo. Me dió una fuerte calentura, que se agravó de modo que perdí el sentido. Ignoro lo que hicieron conmigo en los quince días que estuve a la muerte, y solamente sé que mi mocedad luchó tanto con la calentura, y tal vez contra los remedios que me dieron, que al fin recobré el conocimiento. El primer uso que hice de él fué observar que estaba en un cuarto diferente del mío. Quise saber por qué, y se lo pregunté a una vieja que me asistía; pero me respondió que no hablara, porque el médico lo había prohibido expresamente. Cuando estamos buenos, ordinariamente nos burlamos de estos doctores; pero en estando malos nos sometemos con docilidad a sus preceptos.
Aunque más desease hablar con mi asistenta, tomé la determinación de callar; y estaba pensando en esto a tiempo que entraron dos como elegantes muy desembarazados, con vestidos de terciopelo y ricas camisolas guarnecidas de encaje. Me imaginé que eran algunos señores amigos de mi amo, que por atención a él me venían a ver, y en esta inteligencia hice un esfuerzo para incorporarme, y por política me quité el gorro; pero mi asistenta me volvió a tender a la larga, diciéndome que aquellos señores eran el médico y el boticario que me asistían.
El doctor se acercó a mí, me tomó el pulso, miróme atentamente el rostro, y habiendo observado todas las señales de una próxima curación, se revistió de un aspecto victorioso, como si hubiese puesto mucho de suyo, y dijo que sólo faltaba tomase una purga para acabar su obra, y que en vista de esto bien podía alabarse de haber hecho una buena curación. Después de haber hablado de esta suerte dictó al boticario una receta, mirándose al mismo tiempo a un espejo, atusándose el pelo y haciendo tales gestos que no pude dejar de reírme a pesar del estado en que me hallaba. Hízome una cortesía y se marchó, pensando más en su cara que en las drogas que había recetado.
Luego que salió, el boticario, que sin duda no fué a mi casa en vano, se preparó para ejecutar lo que se puede discurrir. Fuese porque temiese que la vieja no se daría buena maña, o sea por hacer valer más el género, quiso operar por sí mismo; pero, a pesar de su destreza, apenas me había disparado la carga cuando, sin saber cómo, la rechacé sobre el manipulante, poniéndole el vestido de terciopelo como de perlas. Tuvo este accidente por adehala del oficio. Tomó una toalla, se limpió sin decir palabra y se fué, bien resuelto a hacerme pagar lo que le llevase el quitamanchas, a quien sin duda tuvo precisión de enviar su vestido.
A la mañana siguiente volvió, vestido más llanamente, aunque nada tenía que aventurar ya, y me trajo la purga que el doctor había recetado el día antes. Yo me sentía por momentos mejor; pero, fuera de eso, había cobrado tanta aversión desde el día anterior a los médicos y boticarios que maldecía hasta las Universidades en donde a estos señores se les da la facultad de matar hombres sin riesgo. Con esta disposición, declaré, enfadado, que no quería más remedios y que fueran a los diablos Hipócrates y sus secuaces. El boticario, a quien maldita de Dios la cosa se le daba de que yo diera el destino que quisiera a su medicina con tal que se la pagase, la dejó sobre la mesa y se retiró sin decirme una palabra.
Inmediatamente hice arrojar por la ventana aquel maldito brebaje, contra el cual había formado tal aprensión que habría creído beber veneno si lo hubiera tomado. A esta desobediencia añadí otras: rompí el silencio y dije con entereza a la que me cuidaba que lo que positivamente quería era me diese noticias de mi amo. La vieja, que temía excitar en mí una alteración peligrosa si me respondía, o, por el contrario, que si dejaba de satisfacerme irritaría mi mal, se detuvo un poco; pero la insté con tal empeño que al fin me respondió: «Caballero, usted no tiene más amo que a usted mismo. El conde Galiano se ha vuelto a Sicilia.»
Me parecía increíble lo que oía; pero nada era más cierto. Este señor, desde el segundo día de mi enfermedad, temiendo que muriese en su casa, tuvo la bondad de hacerme trasladar, con lo poco que tenía, a una posada, en donde me dejó abandonado sin más ni más a la Providencia y al cuidado de una asistenta. En este tiempo tuvo orden de la Corte para restituirse a Sicilia, y se marchó tan aceleradamente que no pudo pensar en mí, ya fuese porque me contaba con los muertos o ya porque las personas de distinción suelen padecer estas faltas de memoria.
Mi asistenta fué la que me lo contó todo, y me dijo que ella era la que había buscado médico y boticario para que no muriese sin su asistencia. Estas bellas noticias me hicieron caer en un profundo desvarío. ¡Adiós mi establecimiento ventajoso en Sicilia! ¡Adiós mis más dulces esperanzas! «Cuando os suceda alguna desgracia—dice un Papa—, examinaos bien y encontraréis que siempre habéis tenido alguna parte de culpa.» Con perdón de este Santo Padre, no puedo descubrir en qué hubiese yo contribuído a mi fatalidad en aquella ocasión.
Cuando vi desvanecidas las lisonjeras fantasmas de que me había llenado la cabeza, lo primero que me ocupó el pensamiento fué mi maleta, que hice traer a mi cama para registrarla. Al verla abierta, suspiré. «¡Ay mi amada maleta—exclamé—, único consuelo mío! ¡A lo que veo, has estado a merced de manos ajenas!» «¡No, no, señor Gil Blas—me dijo entonces la vieja—; crea usted que nada le han robado! He guardado su maleta lo mismo que mi honra.»
Encontré el vestido que llevaba cuando entré a servir al conde, pero busqué en vano el que me mandó hacer el mesinés. Mi amo no había tenido por conveniente dejármelo o alguno se lo había apropiado. Todo lo restante de mi ajuar estaba allí, y también una bolsa grande de cuero donde tenía mi dinero. Lo conté dos veces, porque a la primera, no hallando mas que cincuenta doblones, no creí quedasen tan pocos de doscientos sesenta que dejé en ella antes de mi enfermedad. «¿Qué es esto, buena mujer?—dije a mi asistenta—. Mi caudal se ha disminuído mucho.» «Nadie ha llegado a él—respondió la vieja—, y he gastado lo menos que me ha sido posible; pero las enfermedades cuestan mucho; es necesario estar siempre dando dinero. Vea usted—añadió la buena económica sacando de la faltriquera un legajo de papeles—, vea usted una cuenta del gasto, tan cabal como el oro y que os hará ver que no he malgastado un ochavo.»
Recorrí la cuenta, que bien tendría sus quince o veinte hojas. ¡Dios misericordioso, qué de aves se habían comprado mientras yo estuve sin sentido! Solamente en caldos ascendería la suma por lo menos a doce doblones. Las otras partidas eran correspondientes a ésta. No es decible lo que había gastado en carbón, en luz, en agua, en escobas, etc. Sin embargo, por muy llena que estuviese su lista, el total llegaba apenas a treinta doblones, y, por consiguiente, debían quedar todavía doscientos treinta. Díjeselo; pero la vieja, con un aire de sencillez, empezó a poner por testigos a todos los santos de que en la bolsa no había mas que ochenta doblones cuando el mayordomo del conde le había entregado mi maleta. «¿Qué dice usted, buena mujer?—le interrumpí con precipitación—. ¿Fué el mayordomo quien dió a usted mi ropa?» «El fué realmente—me respondió—; por más señas, que al dármela me dijo: «Tome usted, buena mujer; cuando el señor Gil Blas esté frito en aceite no deje usted de obsequiarle con un buen entierro. En esta maleta hay con qué hacerle las honras.»
«¡Ah maldito napolitano!—exclamé entonces—. ¡Ya no necesito saber en dónde para el dinero que me falta! ¡Tú lo has llevado, para desquitarte de lo que te he impedido hurtases!» Después de esta invectiva, di gracias al Cielo de que el bribón no hubiese cargado con todo. No obstante, aunque yo tenía motivo para imputarle el hurto, no dejé de discurrir que acaso podía haberlo hecho mi asistenta. Mis sospechas tan presto recaían sobre el uno como sobre el otro, mas para mí siempre era lo mismo. Nada dije a la vieja, ni tampoco quise altercar sobre las partidas de su larga cuenta, porque nada hubiera adelantado: es preciso que cada uno haga su oficio. Mi resentimiento se redujo a pagarla y despedirla de allí a tres días.
Me imagino que al salir de mi casa fué a avisar al boticario de que yo la había despedido y me hallaba ya restablecido y fuerte para poder tomar las de Villadiego sin pagarle, porque le vi venir de allí a poco que apenas podía echar el aliento. Dióme su cuenta, en la que venían los supuestos remedios que me había suministrado cuando estaba yo sin sentido, puestos con unos nombres que no entendí, aunque había sido médico. Esta se podía llamar propiamente cuenta de boticario, y así, cuando llegó el caso de la paga, altercamos bastante, pretendiendo yo que rebajase la mitad y él porfiando que no bajaría un maravedí: pero haciéndose cargo al fin el boticario de que las había con un mozo que en el día podía marcharse de Madrid, tomó a bien contentarse con lo que le ofrecía, es decir, con tres partes más de lo que valían sus medicinas, por no exponerse a perderlo todo. Con mucho sentimiento mío le aflojé el dinero, con lo que se retiró, bien vengado de la desazoncilla que le causé el día de la lavativa.
El médico llegó casi al punto, porque estos animales van siempre uno tras otro. Le satisfice el importe de sus visitas, que habían sido frecuentes, y se marchó contento. Mas, para acreditarme que había ganado bien su dinero, antes de retirarse me refirió por menor las mortales consecuencias que había precavido en mi enfermedad, lo cual hizo en términos muy elegantes y con un aspecto agradable; pero nada comprendí de cuanto dijo. Luego que salí de él me juzgué ya libre de todos los familiares de las Parcas; pero me engañaba, porque vino también un cirujano, a quien en mi vida había visto. Saludóme muy cortésmente y manifestó mucho gusto de hallarme fuera del peligro en que me había visto, atribuyendo este beneficio—decía él—a dos copiosas sangrías que me había hecho y a unas ventosas que había tenido la honra de aplicarme. Esta pluma quedaba que arrancarme todavía; me fué preciso asimismo pagar al cirujano. Con tantas evacuaciones se quedó tan flaco mi bolsillo que se podía decir era un cuerpo aniquilado y que ni aun le quedaba el húmedo radical.
Al verme otra vez abismado en tan miserable situación, empecé a desanimarme. En casa de mis últimos amos me había aficionado de suerte a las comodidades de la vida que no podía ya, como en otro tiempo, considerar la indigencia del modo que un filósofo cínico. A la verdad, no debía entristecerme, teniendo repetidas experiencias de que la fortuna apenas me derribaba cuando me volvía a levantar; antes hubiera debido mirar mi infeliz estado como una ocasión de inmediata prosperidad.
FIN DEL TOMO SEGUNDO
| Páginas. | |
| LIBRO CUARTO | |
| Capítulo I.—No pudiendo Gil Blas acomodarse a las costumbres de los comediantes, se sale de casa de Arsenia y halla mejor conveniencia. | 5 |
| Capítulo II. —Cómo recibió Aurora a Gil Blas, y la conversación que con él tuvo. | 13 |
| Capítulo III. —De la gran mutación que sobrevino en casa de don Vicente y de la extraña determinación que el amor hizo tomar a la bella Aurora. | 18 |
| Capítulo IV. —El casamiento por venganza. (Novela). | 26 |
| Capítulo V. —De lo que hizo doña Aurora de Guzmán luego que llegó a Salamanca. | 64 |
| Capítulo VI. —De qué ardides se valió Aurora para que la amase don Luis Pacheco. | 78 |
| Capítulo VII. —Muda Gil Blas de acomodo, pasando a servir a don Gonzalo Pacheco. | 89 |
| Capítulo VIII. —Carácter de la marquesa de Chaves, y personas que ordinariamente la visitaban. | 104 |
| Capítulo IX. —Por qué incidente Gil Blas salió de casa de la marquesa de Chaves y cuál fué su paradero. | 110 |
| Capítulo X. —Historia de don Alfonso y de la bella Serafina. | 117 |
| Capítulo XI. —Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil Blas que se hallaba entre amigos. | 136 |
| LIBRO QUINTO | |
| Capítulo I. —Historia de don Rafael. | 143 |
| Capítulo II. —De la conferencia que tuvieron don Rafael y sus oyentes y de la aventura que les sucedió al querer salir del bosque. | 235 |
| LIBRO SEXTO | |
| Capítulo I. —De lo que hicieron Gil Blas y sus compañeros después que se separaron del conde de Polán; del importante proyecto que formó Ambrosio y cómo se ejecutó. | 241 |
| Capítulo II. —De la resolución que tomaron don Alfonso y Gil Blas después de esta aventura. | 249 |
| Capítulo III. —Cómo don Alfonso se halla en el colmo de su alegría y la aventura por la cual se vió de repente Gil Blas en un estado dichoso. | 254 |
| LIBRO SÉPTIMO | |
| Capítulo I. —De los amores de Gil Blas y de la señora Lorenza Séfora. | 259 |
| Capítulo II. —De lo que le sucedió a Gil Blas después de dejar la casa de Leiva y de las felices consecuencias que tuvo el mal suceso de sus amores. | 268 |
| Capítulo III. —Llega Gil Blas a ser el privado del arzobispo de Granada y el conducto de sus gracias. | 276 |
| Capítulo IV. —Dale un accidente de apoplejía al arzobispo. Del lance crítico en que se halla Gil Blas y del modo con que salió de él. | 283 |
| Capítulo V. —Partido que tomó Gil Blas después que le despidió el arzobispo; su casual encuentro con el licenciado García y cómo le manifestó éste su agradecimiento. | 288 |
| Capítulo VI. —Va Gil Blas a ver representar a los cómicos de Granada; de la admiración que le causó el ver a una actriz y de lo que le pasó con ella. | 292 |
| Capítulo VII. —Historia de Laura. | 300 |
| Capítulo VIII. —Del recibimiento que hicieron a Gil Blas los cómicos de Granada y de la persona a quien reconoció en el vestuario. | 317 |
| Capítulo IX. —Del hombre extraordinario con quien Gil Blas cenó aquella noche y de lo que pasó entre ellos. | 321 |
| Capítulo X. —De la comisión que el marqués de Marialba dió a Gil Blas y cómo la desempeñó este fiel secretario. | 325 |
| Capítulo XI. —De la noticia que supo Gil Blas, y que fué un golpe mortal para él. | 329 |
| Capítulo XII. —Gil Blas se aloja en una posada de caballeros, en donde adquiere conocimiento con el capitán Chinchilla; qué clase de hombre era este oficial y qué negocio le había llevado a Madrid. | 334 |
| Capítulo XIII. —Encuentra Gil Blas en la corte a su querido amigo Fabricio, y de la grande alegría que de ello recibieron. A dónde fueron los dos, y de la curiosa conversación que tuvieron. | 343 |
| Capítulo XIV. —Fabricio coloca a Gil Blas en casa del conde Galiano, título de Sicilia. | 356 |
| Capítulo XV. —De los empleos que el conde Galiano dió en su casa a Gil Blas. | 360 |
| Capítulo XVI. —Del accidente que acometió al mono del conde Galiano y de la pena que causó a este señor. Cómo Gil Blas cayó enfermo y cuáles fueron las resultas de su enfermedad. | 368 |
EDITADAS POR CALPE
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