CAPÍTULO IX
LOS SÍMBOLOS COMBINADOS

DE LA CRUZ Y DEL SAPO


El Sapo-fetiche—El Sapo en las vasijas de agua—El Sapo y la Lluvia—Folk-lore calchaquí, puntano, entreriano y pampa—Ceremonia con la Cruz de ceniza—Batracios simbólicos en la alfarería ceremonial y funeraria—Urnas de Santa María y San José—El Sapo, la Serpiente y el Suri—Pucos del Instituto Geográfico Argentino—Los símbolos combinados del Sapo y de la Cruz—El Urubú y el Sapo: Folk-lore brasileño—El «Señor del Agua»—Conclusiones.

Poseemos en nuestra colección dos pequeños amuletos de piedra verdosa que representan Sapos, así como algunos otros curiosos objetos sobre los que aparecen estos batracios. En un trabajo inédito estudiando los «Fetiches», reproducimos dos objetos zoomorfos de piedra que igualmente los representan, sentados sobre sus patas traseras, uno de los cuales ofrece una caladura ventral, sin duda para ofrendarlo ó propiciarlo, si, como no lo dudamos, este animal fué también venerado en la religión fetiquista de Calchaquí.

En las vasijas para depositar agua, el Sapo suele figurar de relieve á sus bordes, en actitud de saltar ó de penetrar á la vasija, lo que demuestra, á la vez que la predilección del Sapo por el agua y la humedad,—que no han de faltar en su vivienda,—la intención manifiesta del indio de expresar un deseo ó un anhelo.

En el folk-lore calchaquí el Sapo aparece intimamente vinculado al fenómeno de la lluvia; y la creencia fetiquista del pueblo bajo, heredada de la antigüedad, atribuye á este animal y á la rana la virtud de hacer llover por acción propia, atrayendo, bajo ciertas circunstancias y condiciones, á las nubes; siendo el trueno lejano el anuncio de que su voluntad se cumple y de que su acción se hace sentir en la atmósfera, no obstante no poder ascender á ella como los volátiles.

Cuando en Calchaquí la seca se prolonga y la naturaleza comienza á languidecer bajo la acción enervante del calor, remuévense las piedras contiguas á las vertientes y manantiales, y no bien se dá con un sapo debajo de ellas, tómase al animal, y atándosele con una cuerda de la pata, se le cuelga de la rama de un árbol, para que perezca en tan tristes condiciones si no quiso ó no supo llamar á las nubes. Otras veces se le estaquea en el suelo, con el vientre abultado para arriba, á fin de que le abrase el sol canicular, castigándosele con un gajo de ortiga ó rupachico[307], á fin de que precipite el cambio meteorológico[308]. Entonces es cuando se dice que el fetiche crucificado y castigado implora el auxilio de las nubes, produciéndose la lluvia, con lo que ya obtiene su liberación. Este mismo sacrificio del pobre sapo tiene lugar cuando se oye el ruido lejano de la piedra, en el propósito de que deje inmediatamente de caer, librándose las mieses de tan terrible azote.

El valle de Catamarca está formado por dos sierras: la del oeste, lleva la denominación de Ambato ó Ampato (Sapo), nombre que sin duda es una reminiscencia del gran fetiche de la montaña, que guarda en su seno centenares de corrientes de agua, y que alimenta numerosos rebaños de ganados de la tierra[309].

Es de advertir que el sapo es tenido por un gran mago, y que á él se acude en los asuntos de los conjuros y de la hechicería, siendo muy curioso, como lo comprobamos en Tolombón, la manera de demandársele que haga daño á determinada persona. Semejante intervención del sapo en auxilio de magos, de hechiceros y de brujos, parece que es casi universal.

Si saliendo de Calchaquí recogemos los datos del folk-lore de otras regiones del país, tendremos que el sapo en casi todas partes es también un fetiche animado que hace llover. En San Luis cuelgan, como entre nosotros, al exterior, y de una pata, á un sapo vivo de la rama de un árbol. En Entre Ríos, estaquéanle con espinas de naranjo, pero sobre una Cruz de ceniza. En la Pampa Central echan sapos vivos á los jagüeles, para que estos siempre conserven agua, pues dicen que aquellos animales son los que se encargan de abrir las vertientes[310].

El uso de la Cruz de ceniza en Entre Ríos, como en Calchaquí, para hacer llover y conjurar el granizo, es un dato revelador, á la vez que la aplicación gráfica de la Cruz que los sapos calchaquíes llevan pintada sobre el dorso de su cuerpo en la alfarería funeraria. El sapo colocado sobre la Cruz, equivale á una doble invocación acuática. La Cruz de ceniza, debe ser una reminiscencia del fuego sagrado, pues que á ceniza reduce lo que quema[311].

Es sobre todo en la cerámica calchaquí en la cual el sapo aparece con marcada repetición, casi siempre pintado, las más de las veces de una manera convencional, hasta llegar á ser simbólicamente representado, como sucede con los demás seres animados ó inanimados figurados en las urnas, para que se aumenten los misterios del lenguaje sagrado escrito de las mismas, que por suerte vamos descifrando, como lo prueba este libro.

En la alfarería funeraria,—urnas, ó pucos que les sirven de tapa y de objetos complementarios de culto,—sabemos que, dado el carácter determinado de tal alfarería, sólo figuran en ella animales ó seres que producen la lluvia ó que tienen acción directa ó indirecta sobre el fenómeno meteorológico,—razón por la cual son tan profusas las representaciones de serpientes y de suris. Pues bien: el sapo aparece, así mismo, y debió forzosamente aparecer, entre las complicadas figuraciones simbólicas de las urnas y los pucos, y á veces en los campos preferidos para pintar serpientes y suris, detalle interesante y concluyente, que nos revela que el minucioso cuanto intencionado artista indio sustituía, por algún motivo especial fundado en la creencia popular, el sapo al reptil y al ave sagrados.

Fig. 90. Urna de Sta. María
Col. Max. Schmidt.

Fig. 91. Urna de San José
Esp. Ambrosetti.

Dos curiosas urnas funerarias de Santa María y de San José (Figs. 90 y 91), demuestran el aserto que dejamos apuntado. En la urna de la Fig. 90, á la parte ventral de la misma, y en los campos que dejan los arcos de los brazos de la representación general antropo-zoomorfa, vénse simbólicamente reproducidos dos sapos ó ranas, con sus cuerpos formados por losanges reticulados, provistos en los ángulos superiores de dobles cabezas triangulares con los puntos de los ojos, y saliendo de los ángulos laterales, para arriba y para abajo, las manos y las patas, con cuatro dedos cada miembro. Es exactamente en estos mismos campos en los que se reproducen los emplumados suris, con sus cuerpos ajedrezados, lo que también se repite en los de los batracios; aquellos campos, son los campos atmosféricos, contiguos al vaso del Trueno. Como se vé, al artista ó sacerdote indio ha sido indiferente pintar sapos ó suris en tales lugares, lo que quiere decir que tanto los unos como los otros llaman á la lluvia, y representan á la nube ó tienen acción directa sobre ella[312]. En la urna de la Fig. 91, en el cuello de la misma, y bajo el arco de las cejas funerarias del figurón biforme, aparece un sapo ó rana, esta vez de cuerpo oval, con los puntos del agua y las guardas espirales en su interior, enseñando su cabeza de triángulos dobles con los puntos de los ojos, y sus manos y patas (de sólo tres dedos) indicados por líneas quebradas. Es este campo del cuello, igualmente, el lugar en que siempre figura la serpiente, símbolo del rayo, y por ende de la lluvia; y para que el hecho de la sustitución sea doblemente llamativo, tenemos que en el campo opuesto de la derecha está figurada una gran serpiente, en forma de S, cuyas estremidades terminan en dobles cabezas flamígeras triangulares. Debajo del sapo, y en el campo contiguo á la boca, repítense de nuevo las figuraciones ofídicas.

Fig. 37. Urna de
Fuerte Quemado
Colección Quiroga.

Fig. 38. Dibujo central
anterior de una urna de
Sta. María.—Museo Nacional.

Fig 50. Urna funeraria.
Tafí Museo Nacional.

Un hecho que debemos apresurarnos á apuntar, para que no pase inadvertido, es el de que las cabezas de los batracios en cuestión, así como las de otros que á continuación se reproducirán, son exactamente iguales á las cabezas simbólicas de las serpientes, figuradas en el primer caso hasta con los ganchos espirales que suelen llevar como apéndice las segundas (Véanse los sapos de las Figs. 91 y 92 y las cabezas de serpiente de esta última y de las Figs. 37, 38 y 50. Cap.VI). Esta particularidad parece demostrar que el sapo simbólico tiene atributos de la serpiente-rayo, ó, lo que es lo mismo, que el sapo es seguramente uno de los símbolos con que se representa uno de tantos fenómenos de la tormenta: la lluvia misma, posiblemente, ó la piedra ó granizo, por ser sólidos[313].

Fig. 92. Mitad de un puco visto de ambos
lados. La parte superior es la interna.
Pucarilla (Salta)

En el fondo del muy curioso puco del Instituto Geográfico (Fig. 92), que se reproduce en seguida, aparece en el campo semi-circular superior una gran serpiente en forma de (ese volcada), con sus dobles cabezas triangulares, provistas de los ganchos espirales. En el campo inferior, debajo de los suris con cruces (uno de los que lanza por su pico la serpiente), á la vuelta del arco doble del círculo central del puco y en lugar de tales serpientes, vénse las figuras simbólicas de una trinidad curiosa de sapos, para el primero de los cuales la cabeza del segundo es común. Las dobles cabezas de los dos sapos restantes son exactamente iguales á las cabezas ofídicas del campo superior, lo que se repite en el puco de la Fig. 93, de la misma colección del Instituto Geográfico, viéndose en este dos sapos con cabezas de dobles triángulos (sin ganchos), esta vez con esos ojos Imaymanas que tanto caracterizaron á los figurones ofiolátricos de la preciosa urna de San José, en la urna Fig. 52 (Cap. VI). En el campo superior del puco 93, que nos ocupa, aparecen cuatro suris, con cruces griegas al centro del cuerpo, sobre artísticos fondos, y debajo de ellos una pintura simbólica de cuatro cabezas y cuellos de suris, que toman de una manera completamente figurativa las formas caprichosamente onduladas de nubes. En este puco faltan las serpientes, que aparecieron en el anterior.

Fig 93. Exterior de un puco San Carlos (Salta).

Fig 94. Parte inferior de una urna.
Cafayate. Col. Inst. Geog.

Fig 95. Urna
de San José
(Catamarca)
 Col. Max. Schmidt.

Ahora, fijemos la atención sobre ese revelador detalle, que sin duda no ha escapado al lector observador: nos referimos á las cruces que los tres sapos del puco de la Fig. 92 llevan reproducidas sobre el dorso de sus respectivos cuerpos, lo mismo que sobre el de los dos del puco 93. A estos ejemplares interesantísimos, añadiremos los de los cuatro sapos con sus diversas cruces de la urna Fig. 94, griegas las de los sapos inferiores dentro de campos cruciformes, lo mismo que las de arriba, con cuadrados (que recuerdan los andenes) en sus respectivos puntos de intersección. Finalmente, agregaremos el ejemplar de la urna Fig. 95, de San José, al fondo de cuya ancha franja ventral, y en el lugar mismo en que figuran los meandros de fecundación ó de la cópula, de la urna anterior, se destacan, pintados de negro, tres sapos de caras de apariencia humana, con sus manos y patas quebradas, de tres y cuatro dedos: cada uno de estos sapos lleva cruces negras en fondos cruciformes blancos, al centro dorsal del cuerpo cuadrangular de los animales.

Después de estas breves explicaciones, y de revisado el material iconográfico en el que aparecen batracios, es el caso de que nos interroguemos:—¿por qué el símbolo de la Cruz aparece repetidamente figurado sobre la región dorsal de los sapos?—¿qué significación tiene en la escritura esta doble combinación de símbolos?

A nuestro entender, el sapo simbólico es equivalente á Agua: yaco. Su símbolo, combinado con el de la Cruz atmosférica, diría: Agua llovida.

Que del sapo el indio ha hecho un símbolo, es incuestionable, cuando se vé la forma como le ha reproducido en la alfarería, de una manera convencionalmente distintiva, combinando el cuadrado ó toco con el triángulo, la línea quebrada y los meandros espirales. Que este símbolo es acuático, dícelo bien claro el hecho de figurar como tal signo combinado en la alfarería funeraria, en las vasijas que contienen el líquido, al lado de la serpiente y del suri, ó en sustitución del ofidio del rayo y del pájaro de la tormenta. Además, el sapo suele aparecer de relieve al borde de la boca de las vasijas, en actitud de introducirse á las mismas, ó aparece ascendiendo siempre desde el asiento de las tinajas á sus bocas, como en las Figs. 90, 94 y 95,—en estos dos últimos casos varios sapos, unos tras otros, en busca del agua contenida en aquellas. El sapo mora en los pantanos, junto á las chilcas ó bajo las cortaderas, y elige para viviendas suelos huecos y grutas húmedas. Su elemento es el agua, en donde crece, se desarrolla, se alimenta y procrea, especialmente el agua parada de las lagunas ó de los estanques, ó el agua caida del cielo. De aquí se origina, como es natural, la creencia fetiquista en nuestra campaña de que el sapo posee la virtud ó acción propia de «hacer llover».

El batracio, dirigiéndose á la boca de las urnas acuáticas y de las tinajas ó vasijas, hace desde el primer momento nacer la idea del contenido líquido de las mismas, aunque estén vacías, como en los jagüeles secos á los que se arrojan sapos vivos. El sapo figurado de relieve al borde de aquellas, expresa que deben llenarse de agua. El sapo de los pucos semiesféricos, que sirven de tapa á las urnas, significa, sin duda, agua caida de la atmósfera.

Un sapo largado de las nubes; una cosa sólida lanzada por la tormenta, parece ser la piedra ó el granizo, el agua congelada, cayendo sobre la tierra: en el folk-lore del Amazonas hallamos una curiosa leyenda al respecto: un sapo es arrojado del cielo á la tierra por un ave, el Urubú ó Cuervo Negro (Cathartes foetens)[314].

El Cuervo negro, en resumen, fué invitado juntamente con el sapo á unas fiestas en el cielo. El sapo aceptó ir en compañía del Cuervo, el que no atinaba cómo su compadre pudiera, sin alas, osar á tanto. En el día fijado, el negro Cuervo se presenta en casa de aquél. El sapo díjole que como él gustaba marchar muy dulcemente, le permitiese ir adelante. Su propósito era, como lo efectuó, esconderse en la guitarra que el Cuervo portaría para tocar en las fiestas del cielo, de manera que este le llevase por los aires. Llegado el Cuervo al cielo, le interrogaron por el Sapo, contestando aquel que su compadre no podía permitirse tan largos paseos. Después de tales palabras, dejó á un lado la guitarra, sentándose á la mesa. El Sapo sale de su escondite, y, con asombro general, se aparece á los convidados, divirtiéndose, cantando y danzando. Concluido el baile, todo el mundo se retira. El Sapo, viendo distraído al Cuervo, se mete sigilosamente de nuevo en la guitarra. El Urubú se puso de vuelta, sabiendo que traía un huésped dentro de su instrumento. En cierta parte del cielo el Cuervo, sin ruido, vuelca su guitarra, y el Sapo cae de las nubes, gritando á las piedras y á las rocas del suelo que se hicieran á un lado[315]. El Urubú replícale que no tuviese cuidado alguno, pues que volaba perfectamente. Lo que no impidió que el Sapo, al caer, se diera un golpe formidable. Esta fué la causa de que le salieran las manchas de su piel[316].

El americanista Ambrosetti, á nuestro parecer con muy juicioso criterio, interpreta la fábula del Amazonas. «En esta fábula, escribe[317], veo repetido el mito de Catequil y Piguerao, y quitándole la parte pintoresca, para mi lo que ha querido decir, en un principio, es: simplemente que Piguerao, el pájaro de la tormenta, al cruzar por el cielo llevando á Catequil, el rayo, lleva también, á pesar suyo, al Sapo, que bien puede ser el granizo, y que sacudiéndose fastidiado, lo arroja á la tierra».

Volviendo á la figuración simbólica del sapo, y á su valor mítico de «agua», no debemos olvidar que el batracio llama á las nubes, y que para significar que es cosa que suele estar arriba ó caer de lo alto, se le suspende con una cuerda de la rama, haciéndosele andar como péndolo en el aire, entre la copa del árbol y el suelo.

El canto de las ranas en los pozos ó los charcos, cuando es bullicioso é intermitente á la vez, suele ser tomado por anuncio seguro de lluvia.

En la Rioja perdura hasta hoy una leyenda india, según la cual el Sapo aparece ser el Señor del Agua[318], ó de las Cochas: fué un sapo, al cavar su cueva en la humedad, el que abrió la primera vertiente del Famatima. Ya constatamos en la Pampa Central una tradición semejante.

Nada más lógico, entonces, que la Cruz, el símbolo acuático por excelencia, aparezca sobre el cuerpo del Sapo como una insignia, como un emblema, como un tótem, si se quiere, de este Señor del Agua; y nada más expresivo que los símbolos combinados del Sapo y de la Cruz para que leamos en la escritura sagrada de la alfarería funeraria: «agua caida de las nubes», ó «agua llovida».

Fig. 96.
Sapos pintados
sobre urnas funerarias

Fig. 97.
Interior de un puco Tolombón.
Col. Inst. Geog.

Es este, sin duda alguna, el motivo de que aparezca lleno de puntos (gotas de lluvia), geométricamente distribuidos, el pequeño sapo de la Fig. 96; y con adornos cuadrangulares (posiblemente alusión á andenes), su compañero de la derecha, figurillas estas pintadas sobre una urna del Museo Nacional. Dos series de adornos cuadrangulares, en dobles secciones triangulares del cuerpo de grandes sapos, aparecen en el interior de un puco de Tolombón, reproducidos en la Fig. 97. Tales adornos figuraron anteriormente sobre los dorsos de los sapos de la urna de la Fig. 90.

Reasumiendo las ideas de este capítulo, y después de lo establecido: ¿quién no creería observar totalmente reproducido el fenómeno atmosférico de la Tormenta en el interesante puco de la Fig. 92, viendo en el campo superior en la serpiente de doble espiral, con los apéndices ondulados de su cuerpo, al relámpago, al rayo y al trueno; tomando por gotas los puntos de esa franja de la izquierda, paralela al cuerpo del ofidio; teniendo, en el campo inferior, á los suris por representantes de las nubes, y á los sapos, con sus cruces, por símbolos de agua líquida ó congelada que cae de las mismas?