Los números y su valor simbólico—Predilección por el Cuatro en la raza americana—Los hechiceros Chypeway—El número cuatro y el dios Viztcilipuztli—Lo que escribe D. Antonio de Solís—El número cuatro entre aztecas, nahuas, mayas, quichés y muyscas—Entre peruanos y araucanos—Entre calchaquíes—Los cuatro puntos cardinales y los cuatro vientos—Los cuatro palos de la Cruz—La Cruz como emblema acuático—Vaso ceremonial de los Sia—Opinión de Stenvenson—Disentimiento con Brinton—La Cruz como símbolo de la Lluvia.
Los números entre las diversas razas americanas tienen un valor simbólico en sus religiones, en sus ceremonias hieráticas, en su escritura sagrada y hasta en sus cosmoganías.
Anteriormente hemos tenido ocasión de insinuar cuán venerados fueron los números dos y tres de parte de algunos pueblos aborígenes, citando divinidades bicéfalas y tricéfalas, ó de dos y tres en uno, y viceversa. El número dos representa el fenómeno bisexual, sin hermafroditismo en los dioses; el atributo de los creadores, ó más bien: hacedores cay cari cachun, cay huarmi cachun, ya sean varones ó hembras, para formar, reproducir ó procrear por sí mismos, como todopoderosos en la creación de las cosas del cielo ó de la tierra. El número tres, que llamaremos tanga-tanga, refiérese indudablemente á la intervención de tres cosas en el acto carnal de la generación de las especies; y el Huampar Chucu, la mitra del gran sacerdote que reproduce la «Relación Anónima»[200], es sin duda en el Perú el emblema fálico de este número sagrado, pues compónese de la alegoría del triángulo, el foco solar, el mortero y su mano, y hasta por sus formas el Huampar aparece como la ingle del miembro viril, con los atributos de las naturas masculina y femenina. El Tangatanga ó figurón tricéfalo de los chancas, no es otra cosa que la representación antropomorfa de la referida cantidad sagrada.
No nos parece, como lo asevera Brinton[201], que la veneración al número tres viene de tres operaciones mentales al pensar; pero sea de ello lo que fuere, no es esta la oportunidad de debatir tan interesante punto[202].
El número predilecto entre las razas aborígenes es indudablemente el número Cuatro, especialmente en los pueblos en los cuales la heliolatría es la base fundamental de la religión, como en Méjico y Perú, por lo que tal predilección se ha atribuido generalmente al conocimiento de parte de aquellos de los equinoccios y solsticios.
Sin embargo, la raza norteamericana, que no era adoradora del Sol, tenía como sagrado al número en cuestión, lo que prueba que esta particularidad ó es más antigua que la religión heliolátrica, ó debe explicarse de otro modo.
El culto al número cuatro, como tan ingeniosamente lo ha demostrado Brinton[203], se origina de la veneración á los cuatro puntos cardinales, y obedece en cierto modo á las leyes aritméticas del universo. El piel roja, según el americanista, adoptó este número como regularizando cantidades en sus instituciones y artes; repitió sus múltiplos y compuestos; imaginó nuevas aplicaciones, magnificando constantemente su místico significado, llamándole, finalmente, en sus ensueños filosóficos, la clave de los secretos del universo, la fuente de la siempre creciente naturaleza[204].
El hombre rojo era cazador, y erraba por las selvas y las praderas sin límites; un instinto, y no una facultad, dirigialo por la tierra, sin extraviarse. En una época primordial de su historia, el indio tomó nota de los cuatro rumbos, de los cuatro puntos cardinales, hacia los cuales encaminaba sus pasos, y por aquellos se guió en el desierto y en la noche, dignificándolos hasta convertirlos en dioses, como una consecuencia natural. Mucho después, cuando un progreso lento le hizo penetrar en otros secretos de la naturaleza; cuando se dió cuenta de la trayectoría del sol, constantemente entre dos puntos, y del movimiento de los elementos, él paró la atención en las radicales de la aritmética y discernió una repetición ó aplicación de este número cuatro hasta en las estaciones del tiempo. De aquí la adopción de parte suya de este número como la cantidad regulatriz, y de aquí su predilección por el mismo. Iguales motivos harían sagrado al cuatro en los demás pueblos, cazadores antes que agricultores, y fetiquistas antes que politeistas, aunque muchas veces el fetiquismo es una consecuencia posterior de la adoración al dios representado, al que se concluye por atribuirle voluntad propia, según Max Müller[205].
Los pieles rojas creen en la existencia de cuatro espíritus, correspondientes á los cuatro puntos cardinales; genios de estos puntos se suponen los vientos que soplan, por lo que son venerados también los cuatro vientos, debiéndose advertir que el aire suele llevar el mismo nombre de la divinidad cardinal de donde sopla[206], confundiéndose de este modo con la dirección. De aquí es que en las ceremonias religiosas de aquellos indios figuraba con monótona repetición el número cuatro, por la conexión natural entre los movimientos del aire en el pensamiento y en la palabra con las operaciones del alma y la idea de Dios. Los creeks, especialmente, divinizaron al número cuatro, y en la fiesta del Busk prendían fuego en cruz, ó sea en las cuatro esquinas.
El Este entre los dakotas, según Mr. Dorsey[207], simbolizaba la vida y su fuente; y de aquí la colocación del cadáver al Este, para indicar la esperanza de una vida futura.
Estos puntos cardinales, según Brinton[208], tienen cada uno su motivo especial para ser venerados. Del Este sale el sol. El Oeste es la puesta, y trae la idea de muerte, sueño, tranquilidad, descanso de la labor; en ese rumbo distante reposaba el alma fatigada del astro, y cuando uno moría tomaba su camino. El Norte es el lugar del hielo; hacia el Norte caminan las sombras, y de allí vienen los truenos tempranos; viven en el Norte los dioses poderosos; y un témpano de hielo no es más que una habitación de la divinidad; en una montaña contigua á la estrella del Norte, creían los dakotas que existía el dios de las estaciones; en el Septentrión oscuro moraba la muerte de los attawas. El Sud, por el contrario, es la región de los vientos ardorosos.
Para nosotros, que vivimos bajo la línea ecuatorial, no hay cuestión en cuanto al Este y Oeste, al naciente y poniente, rumbos sagrados por la salida y puesta del sol; pero los motivos de la veneración al Norte y al Sud serían forzosamente otros. Del Norte soplan los huracanes y vienen los vientos secos y ardientes, que en verano marchitan la naturaleza; el Sud tiene su Cruz celeste; el viento del Sud trae el cambio atmosférico, y tras él llega la tormenta, que produce la lluvia, animando á las tierras sedientas y á la vegetación que languidece. Aparte de esto, motivos políticos llamarían la atención del Norte, pues que en aquel rumbo vivían los monarcas resplandecientes y se hallaban erigidos los grandes imperios.
Los dakotas y otras razas del Norte, lo mismo que los demás pueblos americanos, tienen en sus orígenes étnicos ó sociales la tradición de cuatro hermanos, de cuatro semidioses, de cuatro jefes, de cuatro caudillos ó de cuatro personajes; estos cuatro seres míticos aparecen vestidos con metáforas groseras, pero alusivas siempre á los cuatro vientos, pues que los vientos reconócense al instante en estos cuaternos, é indiscutiblemente aquellos son los cuatro espíritus de los navajos de Méjico, los cuatro genios antepasados de los mayas, los cuatro aparecidos de Pacaritambo de los peruanos, etc.
Todo ello explica por qué en las ceremonias sacerdotales era comunmente repetido el número cuatro.
Los hechiceros Chipeway, iniciando á sus neófitos en los misterios de la religión, interrogábanles por un lugar de los cuatro polos, de las cuatro grandes piedras que dejaban ante su fuego, recordando cuatro días, refiriendo cuatro fiestas, y repitiendo durante la escena religiosa este número ó sus múltiplos.
Un ejemplo precioso de lo venerado que era el número cuatro ofrécenos D. Antonio de Solís, describiendo en la ciudad de Méjico la plaza del templo de Vitzcilipuztli ó dios de la guerra. «Tenía la plaza, dice[209], cuatro puertas correspondientes en sus cuatro lienzos, que miraban á los cuatro vientos. En lo alto de los portales había cuatro estátuas ...» El ídolo, agrega, portaba cuatro varas con cabezas de sierpes y cuatro saetas.
Tenochtitlan[210], Cholula, Tezcuco y Quito estaban divididos en Cruz, por calles que se cortaban de norte á sur y de este á oeste, de manera que formaban cuatro cuarteles, mandados por cuatro jefes. La mayor parte de los palacios tomaban la forma arquitectónica de la Cruz. Las tumbas en más de un pueblo eran igualmente construidas en Cruz, y abríanse á lo largo de ellos avenidas correspondientes exactamente á los paralelos y meridianos.
Los aztecas al tomar posesión de las tierras, tiraban flechas á los cuatro puntos cardinales. Celebraban cuatro fiestas al año, y cuatro veces la fiesta principal; con cuatro plegarias solemnizaban sus ritos, ofreciendo incienso al cielo en los cuatro puntos cardinales; la humana víctima del sacrificio era conducida cuatro veces al derredor del templo, y arrancándole el corazón, bebían su sangre en cuatro vasos, brindando á las cuatro partes del horizonte[211].
Los nahuas vivían sugestionados por la operación del número cuatro: un pájaro era cogido por cuatro días; un fuego ardía y una flecha era tirada á los cuatro cardinales cuando el bautismo de un niño; ofrecían sus plegarias cuatro veces al día; sus grandes fiestas tenían lugar cada cuatro años; las ofrendas de sangre se hacían á los cuatro puntos del espacio; la jornada de las almas era de cuatro días y el luto duraba cuatro meses ó cuatro años.
Las divinidades mejicanas de la atmósfera son grandes cuaternos, como Quetzalcóatl con el epíteto de Nanihehecatl, porque son «señores de los cuatro vientos», que preponderan hasta el día en que vencen los dioses heliolátricos, resultado de una revolución étnico-religiosa de los aztecas contra los toltecas, unos y otros simbolizados en Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, el «espejo resplandeciente», vencedor éste de aquél, por lo que es figurado por un pájaro blanco atravesado por una flecha saliendo de la cresta incendiada del monte Zapatec, emblema de la nube asaeteada por el rayo vencedor del Sol[212].
Los caribes, quichés y muyscas tienen también gran veneración por el número cuatro, el que se encuentra repetido en sus tradiciones mitológicas y etnológicas. En los calendarios nahua, apoteca y maya, el mes tiene cuatro semanas; su indixión se divide en cuatro períodos; el mundo pasa por cuatro grandes ciclos, lo que se repite periódicamente por la división del año solar en cuatro estaciones, que se producen por la lucha de cuatro gigantes aereos que dominan los vientos. En el Popol Vuh, envuelto en la obscuridad teológica, el cuaterno Gucumatz, después de creados los animales y de maldecidos por no tener lenguaje para dar las gracias á los dioses á quienes deben la vida, forma con maíz blanco y amarillo á los cuatro pobladores del mundo, los tigres del alba, de la noche, de la luna y el «distinguido», ó sean: Balam-Quitze, Balam-Agab, Igi-Balam y Mahuentah. Es de advertir que el felino es una representación heliolátrica, y numerosas cabezas de tigre ó león han de verse reproducidas en los dioses-soles.
Notable ejemplo de cuaterno entre los quichés son los cuatro pájaros, ó los cuatro vientos, sobre los que se cuentan muchas leyendas, los que llevan nombres significativos; estos cuatro pájaros, cuatro espíritus, son: Xecotcovach, Camulatz, Cotzbalam y Tecumbán[213].
En el Perú hemos creido observar que el número sagrado de la civilización del culto á Viracocha[214] ó aymará del Titicaca es el número tres; del que vimos anteriormente su repetición monótonamente intencionada en los dioses de Tiahuanaco y representaciones monolíticas del Aticci de las aguas. La civilización heliolátrica, al revés, tenía una predilección manifiesta por el número cuatro, y era esta la cantidad regulatriz en el imperio de los Incas. El Cuzco, como sucede en los pueblos de Cholula á Quito, estaba dividido en cuatro partes, en cuatro cuarteles, mandados por cuatro jefes. El mundo incaico constaba de cuatro partes, y sus tierras se encontraban repartidas entre cuatro predilectos. En la primera gran división, el norte tocó á Manco Cápac, el sud á Colla, el este á Tokay y el oeste á Pinahua. Ya hablamos de cuatro genios del viento, ó de los cuatro de la cueva de Pacaritambo. La sociedad peruana dividíase en cuatro castas: incas, curacas, nobles y plebeyos. En la población del imperio se contaban cuatro nacionalidades: Antis, Cuntis, Chinchas y Collas. El Inca llamábase el «señor de las cuatro partes ó de los cuatro suyus». Los peruanos celebraban cuatro fiestas, y en cada luna nueva otras de cuatro días, repitiéndose invariablemente el número en todas sus ceremonias religiosas.
Los guaraníes sólo cuentan hasta cuatro.
Entre los araucanos hay veneración por los cuatro gigantes aereos ó los cuatro vientos. En la leyenda que anteriormente citamos del Viejo Latrapai, recién á la cuarta vez de ser llamadas las hachas, éstas caen tronando al suelo, por lo cual Lenz[215], anotando este pasage, escribe: «El número sagrado de los araucanos como casi de todos los indios americanos es cuatro: todas las invocaciones se hacen cuatro veces.»
En nuestro Calchaquí también el número predilecto es el cuatro, sin negar por ello la veneración por el tres, comunmente repetido, y correspondiente al culto del Agua.
Fig 21. Monolito
de Tafí.
En el Folk-lore de esta nación hemos podido comprobar que el cuatro hasta hoy interviene en muchas de sus ceremonias, heredadas de la antigüedad. Cuatro suelen ser las invocaciones á la Pacha Mama, ó Tierra Madre. Cuatro golpes de pie se dan para sanar al animal «desortijado», y cuatro credos se rezan para curar un mal, lo mismo que son cuatro las palabras secretas y sagradas que se pronuncian. Cuatro son las grandes bacanales nativas conocidas: las del Arbol, del Chiqui, de la Chaya ó Pucllay y del Tincunacu, ó sean: las fiestas al algarrobo, propiciando las cosechas; las de conjuración al dios de la adversidad para que cese la seca; la de la alegría, en honor del Baco calchaquí en carnaval, y la de «los topamientos», celebrando el acto carnal del Tincuc, el amor y la generación. Más de un ejemplar de alfarerías figurando cuaternos puede presentarse. En las láminas mismas reproducidas en este trabajo pueden verse repeticiones del número cuatro: en la Fig. 21, cuatro son las esculturas cruciformes del menhir; en el Tangatanga vénse dobles pares laterales de caras humanas; en el disco de Lafone Quevedo, cuatro son las lágrimas circulares del ídolo, cuatro las cruces que coronan las cabezas de los dragones, etc.
En nuestra colección calchaquí poseemos una espléndida alfarería negra, que es un Yuro ó huaquero, formado por cuatro grandes serpientes, con cuatro cabezas monstruosas, de circulares ojos Imaymanas dobles. Cuando no tres, son cuatro las líneas de las lágrimas de lluvia de los ídolos. Cuatro son también casi siempre los dedos de las manos de los mismos, procediendo así el artista indio con prescindencia de la naturaleza que las ha provisto de cinco, lo que demuestra que su preocupación constante por el número sagrado ha podido más que el ejemplo palpable de la naturaleza. Un cuadilátero rectangular suele ser la boca de las figuras antropomorfas de las urnas funerarias. Por un cuadrilátero aparece figurado el príapo de un andrógino de nuestra colección. Finalmente, hasta hoy las gentes del oeste de Catamarca cuando sacan sus cuentas, la operación se efectúa sumando cantidades parciales de cuatro en cuatro: si venden especies, por ejemplo, hacen tantos grupos de cuatro cuantos son necesarios para cubrir la cantidad vendida, los que juntan en un solo montón á medida que se va contando; así, si se trata de entregar una docena de cosas, se dice: cuatro, y otros cuatro, y otros cuatro, son doce.
Ahora bien: de este número cuatro sagrado es claro que originan los cuatro palos de la Cruz.
Nada más á propósito que esta sencilla combinación geométrica, de dos líneas cortándose en ángulos rectos, para figurar gráficamente la idea de cuatro, los cuatro rumbos, los cuatro vientos. Colocado uno de los brazos de la cruz en dirección norte-sur, es claro que el otro, que le es perdendicular, marcará la este-oeste, ofreciendo este signo una exacta figuración de los cuatro puntos cardinales y de la rosa de los vientos que soplan de los mismos. Son estos cuatro vientos, venidos de las cuatro partes del globo, los que constituyen esos cuaternos míticos del Aire y de la Tormenta, que, como vimos en el capítulo anterior, tienen por emblema la Cruz.
Ninguno de los otros signos podría de una manera gráfica figurar de tótem en estos cuaternos. El círculo servirá para indicar la idea de redondez, como la del sol, la de la luna ó la de la tierra; pero nada más que esta idea; y es por ello que Inti, Mama Quilla y Pachamama son representados por figuras circulares[216]. El triángulo expresará la idea de tres ó de cosas trinas, y por eso este número ó sus múltiplos se repiten en las figuraciones monolíticas de Tiahuanaco. En nuestra colección poseemos, por ejemplo, un pequeño vaso de piedra, de boca y asiento triangulares: este hecho indicaba que el artista quería referirse á alguna trinidad; y, efectivamente, en cada una de las aristas de la figura poligonal de tres caras, como lo dijimos, aparece en relieve uno de esos monstruos ó dragones de cabeza deforme y larga cola arqueada. Las diversas combinaciones de las grecas tampoco pueden expresar la idea de un cuaterno; y sí, por ejemplo, el movimiento ondulado del agua y del aire que se arremolinan, el rugido del trueno, que parece ser producido por algo que dá vuelta ó como que se retuerce sobre sí mismo; ó la idea del acto de la cópula, por el meandro, cuyas líneas entran y salen. El cuadrado es la única figura que puede significar cuatro cosas; pero tiene el inconveniente del paralelismo de sus líneas y de su propia forma geométrica para una deducción ideológica de cuatro rumbos que entre sí se cortan, como los meridianos y los paralelos terrestres. Es la Cruz la única combinación que, á la vez que la idea de cuatro, puede indicar las direcciones de Norte y Sur, Este y Oeste por sus palos, partiendo del punto de intersección de la figura.
Es de esta última manera cómo nos explicamos el por qué del sencillo cuaterno geométrico; de esta figura emblemática de los dioses del Aire, ó de los «señores de los cuatro vientos, que soplan de los cuatro puntos cardinales.» También dámonos cuenta del motivo por el cual figuren cruces en la lámina del Yamqui Pachacuti, como signos astronómicos con influencia sobre la atmósfera, toda vez que sus cuatro palos no son otra cosa que las líneas que unen á cuatro estrellas, respectivamente colocadas en Cruz.
Los brazos de la Cruz meteorológica apuntarán hacia los puntos cardinales, para indicar que de los cuatro ámbitos de la tierra vienen los elementos aereos que forman la tormenta. En el punto de intersección de estos palos el fenómeno de la lluvia se producirá. Y es por aquel motivo, sin duda, que la Cruz de Calchaquí, como casi todas las americanas, tiene sus palos del mismo largo, de modo que figura exactamente una roseta sencilla de vientos, lo que no pasaría con la Cruz latina.
Los brazos de la cruz, escribe Brinton[217], tenían por objeto apuntar hacia los puntos cardinales, para representar los cuatro vientos portadores de la lluvia. Para confirmar la explicación que aquí se dá, ocurramos á las ceremonias más sencillas de tribus menos civilizadas, para convencernos del significado que se advierte á través del símbolo, como ellos lo empleaban.
«Cuando el hacedor de la lluvia (rain maker) de los Lenni Lenape solía ejercer su poder, se retiraba á un lugar solitario y dibujaba en la tierra una figura de la cruz, con los brazos hacia los puntos cardinales, colocando sobre ella un poco de tabaco, mate, un pedazo de género colorado, y empezaba á llamar á gritos al espíritu de las lluvias. Los pieles negras tenían por costumbre ordenar cantos rodados de los veintisqueros en las praderas en forma de cruz, en honor, como decían, de Natose, el viejo que manda los vientos. Los creeks, en la fiesta del Busk, que se celebraba, como se ha visto, en honor de los cuatro vientos, y de acuerdo con las leyendas instituidas por estos mismos, empezábanla sacando fuego de nuevo. Esto lo hacían colocando cuatro rajas de leña en el centro del cuadro, con las puntas hacia dentro en forma de cruz, mientras que las de afuera se dirigían hacia los puntos cardinales: en el centro de la cruz sacaban el fuego nuevo. La cruz, precisamente de esta forma, según Las Casas[218] era objeto de culto en la América del Sud, cerca de Tumaná, cuando llegaron los cristianos, y por mucho tiempo anterior.»
Nosotros manifestamos nuestra plena conformidad á cuanto escribe Brinton explicando el por qué de los cuatro gráficos elementos de la Cruz, la razón del trazado de esta figura geométrica, cuyos cuatro palos constitutivos son, en efecto, correspondientes á las cuatro líneas que indican las direcciones de los cuatro puntos cardinales, de los cuatro vientos. Pero, ¿deberá decirse, en conclusión, que la Cruz sea precisamente el símbolo de los cuatro puntos cardinales, de los cuatro vientos?
No, contestaremos, disentiendo de las afirmaciones de Brinton en tal sentido[219].
Los cuatro palos de la cruz, aparecen expresando efectivamente que cuatro cosas[220], como cuatro estrellas[221] en la lámina del Yamqui Pachacuti, ó que cuatro elementos de la naturaleza se combinan para formar la figura geométrica; pero de aquí no ha de deducirse forzosamente que el indio se propuso santificar ó magnificar estas cuatro estrellas ó cuatro elementos por la combinación de la Cruz.
Las cuatro líneas, ó si se quiere cuatro elementos que constituyen el signo, si lo referimos á los mitos de la tormenta, pueden igualmente representar al viento, á la nube, al trueno y al rayo; y no es difícil que así sea.
Puede así mismo la Cruz, como símbolo indiscutible de fecundación, ser también una alusión al acto de la cópula, en el cual el indio, sin duda, ha creido ver tomar parte á cuatro cosas: al príapo, á los dos apéndices que de él penden y á la vulva ú órgano femenino; y no se olvide que en la lámina 8, reproducida atrás, la idea del número cuatro está implícitamente expresada en la figura priápica ó signo masculino del varón, representado por un cuadrilátero en el curioso andrógino.
Si el viento, si la nube, si el trueno, si la tormenta y si el rayo tienen representaciones simbólicas distintas y típicas en la escritura sagrada de los pueblos americanos; si en Calchaquí, por ejemplo, el viento es un monstruo-dragón, la nube el ave-suri, el trueno la espiral, la tormenta una mano abierta de dedos alargados, y el rayo una zig-zag de cabeza ofídica, no vemos con qué propósito el hijo de la tierra habría introducido la confusión en su escritura simbólica, con la adaptación de un nuevo signo del mismo valor de otro, al cual ya fijó su equivalencia de antemano.
El motivo de los cuatro palos de la Cruz, habrá sido sin duda la figuración de los cuatro vientos; pero la Cruz no es por ello el símbolo de esos cuatro vientos, porque estos por sí mismos poco llamarían la atención al espíritu del indio, con prescindencia del fenómeno que producen.
Esos cuatro vientos olvida Brinton que traen las nubes de las cuatro partes del horizonte[222], y que esas nubes concluyen por convertirse en cataratas del cielo, dando lugar al fenómeno anhelado por los pueblos sedientos, que demandábanlo de la atmósfera levantando en alto sus cántaras vacías; la producción de ese fenómeno vivificante era lo que se pedía á esos dioses del aire y de la tormenta; á esos cuatro genios que habitaban los cuatro rincones de la tierra; á esos Tlálocs del Norte, Sur, Este y Oeste, como reza del exordio de la invocación azteca, que tenían imperio sobre el tiempo, que alimentaban la tierra, que favorecían la caza y que se relacionaban con la vida humana, al decir de Sahagún[223]; la producción de este fenómeno era lo que se imploraba de un estremo al otro del continente á Haokah, á Ahulneb, á Tláloc, á Quetzalcóatl, á Mixcóatl, á Wixepecocha, á Batchué, á Tupá, á Catequil, á Contici, á Pillán, á Huayrapuca.
Ese fenómeno es la Lluvia, y la Cruz su símbolo.