CAPÍTULO III
LA CRUZ SIMBÓLICA

EN LA ARQUEOLOGÍA PERUANA


Influencia de la religión en el valor del símbolo—La Cruz entre los Aymarás y los Quichuas—Atlas de Rivero y Tschudi y reproducciones de Wiener—El palacio del Chimu—Aticci Viracocha y el ídolo de Collo-Collo—Monumentos sepulcrales con Cruz—Material iconográfico de Jiménez de la Espada—La Cruz en los huaqueros—Telas de la Horca, Paramonga, Pachacámac, Chancay y Ancón—Opiniones de Jiménez de la Espada y M. Bollaert—La lámina simbólica del Yamqui Pachacuti—La Zara-Mama y la Cruz—Una cita del P. Cobo—El Tau de Allchurch—La Cruz como símbolo astrolátrico y atmosférico.

Hemos dicho, y lo repetimos nuevamente, que el asunto de la Cruz en el Perú, arqueológicamente considerado, no ha sido motivo de estudios profundos y satisfactorios, como los que se han practicado sobre el símbolo en otros pueblos. Los breves trabajos que al respecto hemos leído, apenas si pasan de acumulaciones de datos, de ligeras noticias, ilustradas con algunas láminas, en las que tampoco se ha tenido el cuidado de elegir lo mejor.

Este asunto de la Cruz peruana se presenta complejo á causa de los cambios repentinos y trascendentales de religión y de política, intimamente ligadas entre sí. En la civilización aymarítica, surgida de los grandes lagos, es el Agua, el elemento líquido encarnado en el Huiracocha de Tiahuanaco, el fundamento y el objeto de la religión[118]. Pacaritambo, de donde nace la aurora, y Chingano, en donde la luz explende, son otros dos grandes focos de civilización[119]. El culto al Sol, á ese hacedor fecundo, impónese con los Incas; y cuando alguna vez desmaya, vuelve á surgir de nuevo con todo su brillo secular. Finalmente, por actos trascendentales de política, que afianzan la solidez del imperio del Cuzco, las dos grandes religiones rivales se refunden, complementándose la una á la otra, el día en que el dios Huiracocha es colocado con toda su magestad, y con atributos solares, en los aris de la heliolatría. Entonces los dioses acuáticos y astrolátricos combinan su acción para obrar sobre la naturaleza y fecundarla, produciendo las lluvias, como que también el dios-sol llora agua y rocío, y haciendo nacer, crecer y fructificar todas las cosas.

El símbolo de la Cruz, que indiscutiblemente existió en todos los ciclos, tanto incásicos como preincásicos, sufrió la influencia de estos cambios de cultura y de religión. Símbolo acuático, cuando preponderó la religión aymarítica, se volvió símbolo astrolátrico cuando dominó la quichua; transformándose en símbolo atmosférico combinado, de doble valor acuático y luminoso, cuando las religiones se fundieron en una sola. En este último caso, la Cruz, hablando en términos arqueológicos, debe denominarse símbolo atmosférico, emblema de las nubes, de los vientos y de los fenómenos meteorológicos producidos por la acción del sol.

Nuestro material iconográfico lo demostrará por sí mismo. En el ídolo aymarítico de Collo-Collo, en los monumentos primitivos, en los huaqueros ó vasos ceremoniales del culto al Agua, aparecerá la Cruz; de la propia manera que figurará en el arte quichua, en sus construcciones, en sus dioses, en su alfarería, en sus telas, y, finalmente, en las representaciones astrolátricas y en la famosa plancha celeste del Yamqui Pachacuti, como un emblema luminoso formado por astros del cielo.

Somos sin duda los primeros que hemos hecho estas afirmaciones respecto al valor simbólico de la Cruz en el Perú, afirmaciones que, por suerte, podremos comprobar en el desarrollo de este capítulo, en el que seguiremos á la Cruz en el orden en que la arqueología la ha tratado, sin preocuparnos de la cronología de sus alternativas simbólicas.

Comenzaron los señores Rivero y Tschudi[120] por ofrecernos figuraciones y representaciones cruciformes del mayor interés. Entre las clásicas cruces presentadas distínguense las de las ruinas del palacio del Chimu, de los pilares del templo de Coati y de una de las esculturas de Tiahuanaco.

M. de Bollaert publicó su interesantísimo tupu de oro con cruces, que fué objeto de variados comentarios.

Wiener, en su obra «Perú y Bolivia», ofrécenos un material interesante, aunque disperso, de objetos incásicos y preincásicos con cruces.

En el Apéndice del trabajo de Jiménez de la Espada, presentado al Congreso de Bruselas[121], este distinguido americanista reproduce nuevos ejemplares.

Los grandes monumentos de Tiahuanaco pueden admirarse en la obra reciente de Max Uhle y Stubel.

Entre las grandes y antiquísimas construcciones que ostentan la insignia cruciforme, son dignas de especial mención los muros con bajorelieves del palacio norte en el gran Chimu, levantado sobre la primera de las tres grandes terrazas con ruinas por el brazo poderoso de los chimus, que desafiaban con sus trabajos ciclopeos á las fuerzas terraqueas que de tiempo en tiempo mueven el suelo que habitaron. Este gran muro está reproducido por Wiener[122]. Las figuraciones cruciformes que ostenta el mismo, talladas sobre la piedra, son numerosas; y, convenientemente distribuidas, adornan los frescos y bajorelieves, semejantes en su disposición artística á las más bellas pinturas de las telas peruanas, valiéndose de líneas escalonadas y rectas que trazan en el duro material figuras geométricas de admirable simetría. Estas cruces hacen recordar de otras semejantes, en bajorelieve, de monumentos mejicanos, viéndose con ello que en el Perú también la Cruz servía de ornamentación.

Cieza atribuye un alto origen á los monumentos megalíticos de Tiahuanaco, que para él,—y vale bien la pena de consignarlo,—representan á ese apostólico Aticci Viracocha, al cual, según su afirmación, «fuéronle en muchas partes hechos templos en los cuales pusieron bultos de piedra á su semejanza, y delante dellos hazían sacrificios. Los bultos grandes, agrega, questán en el pueblo de Tiauanaco, se tiene que fué desde aquellos tiempos.»

Nuestro americanista Lafone Quevedo, sin conocer esta cita de Cieza, atribuyó muy acertadamente la cabeza del famoso ídolo de Collo-Collo y la imagen del Dios-Sol de Wiener á representaciones de este Aticci, el dios del Agua[123].

Refiriéndose al ídolo de Collo-Collo, que se encuentra entre Tiahuanaco y La Paz, y que mide 1.37 m. de alto (Fig. 4), escribe en el lugar citado: «Es una cabeza de pórfido con curiosos grabados; pero lo que importa son los ojos (grandes círculos), que no son más que dos Imaymanas[124], de que cuelgan unos tres Tocos[125], ventanas. Es curioso que tres son los tocos que cita Pachacuti. El ídolo representará á Aticci Viracocha, con los atributos de sus dos hijos por ojos, etc. En la banda de la frente se distingue el mismo pescado de que habla Wiener en su pág. 703.»

Fig. 4. Idolo de Collo-Collo.

Lo que á nuestro asunto interesa en este ídolo de Collo-Collo, ó figuración trina y una de Imaymana, Tocapo y Atticci, padre este último de los primeros, que representa al dios acuático por excelencia, son cabalmente esas esculturas zoomorfas de su banda frontal, con grabados cruciformes en sus cuerpos, tanto más cuanto que ellas han sido trabajadas sobre esos pescados á que aluden Wiener y Lafone Quevedo. El pescado del dios,—no hay para qué apurar las deducciones,—es un atributo acuático del mismo, que expresa que impera sobre los mares y masas líquidas. Las dos cruces griegas sobre el primero de estos animales, á la izquierda, y las dos sobre el del medio, entre otras figuras emblemáticas, indican claramente que son símbolos acuáticos complementarios; y rara vez podrán encontrarse cruces dispuestas de tal manera, que expresen desde el primer momento su valor como caracteres ó signos míticos.

Igualmente el dios del Aire ó de la Atmósfera, que se reproducirá en el capítulo siguiente, y que aparece como un monstruo ofídico, si no es portador de cruces, lo es al menos de Taus, uno de los que luce en su mano, llevando fálico casco en su cabeza. El Tau aparece en muchas ocasiones sustituyendo á la Cruz, y viceversa[126].

En los grandes pueblos antiguos pueden observarse, como en Méjico, huacas en forma de Cruz. Un ejemplar de huaca de Pachacámac es muy curioso (Fig. 5).

Muy interesante entre esta clase de monumentos es la «Chulpa ó Torre Sepulcral», que nos ofrece Squier en su libro, ya citado, sobre la Tierra de los Incas[127], lámina que reproduce el marqués de Nadaillac[128].

Los estucos de la Chulpa, de blanco y rojo en cuadrados alternados, forman una Cruz perfecta sobre su superficie externa; siendo de advertir que cada uno de estos cuadrados está dividido por una diagonal, que deja dos triángulos, de tal manera que cuatro triángulos rojos y cuatro blancos hacen Cruz. Sobre la superficie total de la Chulpa destácase, además, pintada, una gran Cruz de San Andrés, adornados sus brazos con taus (cinco y seis respectivamente), y con un círculo en el punto de intersección de los palos del signo. La construcción es una mezcla de cal y arcilla.

Fig. 5. Huaca de Pachacámac.

Revisemos ahora el material iconográfico que nos ofrecen Jiménez de la Espada y Wiener, antes citados[129], fijando brevemente nuestra atención en la manera y forma como se presentan las cruces en los objetos y telas que estos americanistas reproducen.

Fig. 6. Huaquero con adornos cruciformes.

Jiménez de la Espada en las láminas de su trabajo (Figs. 11, 14, 15, 16 y 17 de su Apénd.) ofrécenos poco, aunque interesante material. Los símbolos de los objetos son cruces maltosas ó de San Juan, como las de su Fig. 16, y griegas, como las 11 y 14.

El autor, al reproducir sus objetos, limítase á enumerarlos; pero es fácil hacer algunas observaciones tendentes á insinuar las relaciones del símbolo de la Cruz con el Agua.

El que señala con el número 11, y que reproducimos en la Fig. 6, es un huaquero antropomorfo de vientre abultado, con su cuello arqueado, rematando en la cabeza y espalda del mismo. Se trata de una vasija para contener agua. En la toca ó pañolón de la figura humana van pintadas con alguna simetría cruces griegas. Aunque adorno, debe desde ya notarse que las cruces van figuradas sobre un objeto destinado á depósito del líquido.

Igualmente es un huaquero casi circular el bellísimo objeto 17, que reproducimos en la Fig. 7, con una especie de pistón para llenarle de líquido. Al centro de la parte ventral del objeto, aparece una grande y artística Cruz griega, con un toco doble (símbolo de fecundación) en el punto mismo de intersección de los palos del signo. La Cruz en este caso vése que ha sido el motivo de la obra; y aquella en medio del huaquero redondo, se parece á esos círculos con cruces, que tanto abundan en el Perú. El valor del símbolo, como emblema acuático, parece bien insinuado en el presente ejemplar.

Más llamativo aún es el objeto 16 (Fig. 8), pues encima de la franja inferior con tres maltesas pintadas vése una segunda franja con tres representaciones de peces, y una tercera de animales, que sin duda son anfibios. Es claro que en esto caso las cruces aparecen tener relaciones directas con el agua, elemento que sirve de medio de vida á las especies figuradas, trayéndonos á la memoria, los grabados en la banda frontal del ídolo de Collo-Collo.

Fig. 7. Huaquero cruciforme.

En el objeto 14 (Fig. 9) las cruces dobles alternan con tocos dobles, apareciendo en cuatro campos cuadrados, dos arriba y dos abajo, un toco y una Cruz, y una Cruz y un toco, respectivamente. El toco, recordaremos, es el símbolo de Tocapo Viracocha, una de las tres personas del dios de las aguas.

Recorriendo la obra de Wiener, puede encontrarse en ella un material iconográfico numeroso é interesante.

Revisaremos los principales ejemplares en el orden en que aparecen reproducidos en el libro del autor de Perú y Bolivia.

En las esquinas de los rectángulos centrales de una tela del cerro de la Horca (Fig. 10), vénse cruces formadas por escaques, alternadas artísticamente. En medio de los rectángulos, reprodúcense ramas de vegetal. En los rectángulos laterales, aparecen unas figurillas humanas de rostro triangular, cuyos cuellos y brazos se cortan en Cruz, figurillas que en vez de pies llevan cabezas de aves,—pájaros simbólicos que sin duda son suris ó avestruces, pero que en todo caso deben representar al ave de la tormenta,—por lo cual las figurillas, con sus ojos Imaymanas en la región ventral, serán representaciones atmosféricas. Las ramas de árbol darían idea de la lozanía de la vegetación. Las cruces contiguas valdrían por signos atmosféricos de lluvia[130].

En otra tela con figurillas semejantes[131], aparecen artísticos símbolos cruciformes sobre los cuerpos de las mismas y al lado de sus cabezas, con taus por adornos ó penachos (Fig. 11).

Fig. 8. Figuración de cruces y peces.

Fig. 9. Cruces alternadas con tocos.

Fig. 10. Tela con pinturas simbólicas.

Fig. 11. Tela de Paramonga.

Fig. 12. Huaquero de Trujillo.

Un hermoso huaquero antropomorfo encontrado en Trujillo[132], que representa una cara humana, luce en la frente una ancha vincha llena de labores, y sobre ellas tres campos cuadranglares, con cruces griegas, blancas y dobles, al centro de los mismos (Fig. 12).

Interesantísimo es el yuro doble (Fig. 13), encontrado en el Cuzco[133], uno de los cuales, el de la izquierda, tiene pintadas tres bandas horizontales en la sección ventral. Sobre cada una de las dos bandas inferiores figuran cruces dobles, alternadas con dobles tocos, de punto al centro, que al instante hacen recordar el objeto 14 de Jiménez de la Espada, reproducido en nuestra Fig. 9. En la banda superior aparecen sólo cruces, contiguas al cuello del objeto. En otro ancho campo ventral del yuro, al rematar las bandas cruciformes, destácanse figurillas animales monstruosas, de larga y arqueada cola, seguramente divinidades del aire, viéndose debajo de ellas, como adorno, los signos simbólicos de la S volcada, que también tenemos por acuáticos, como representativos del ruido del trueno[134]. Las cruces de este yuro, destinado á guardar agua, son demasiado significativas, y más si se tiene en cuenta que se hallan al lado de símbolos acuáticos y de fecundación.

Fig. 13. Yuro doble del Cuzco.

Fig. 14. Huaquero antropomorfo de Jauja.

Ejemplar interesante es también un huaquero antropomorfo (Fig 14), encontrado en Jauja[135], en el cual aparecen con profusión cruces en la parte superior de la camiseta de la figura.

De lo más típico es la procesión de hombrecillos, pintada en un vaso, encontrado en el Cuzco, representando una fiesta bajo los soberanos autóctonos, según Wiener[136], y para nosotros una danza sagrada. Esta lámina ha sido reproducida por Lafone Quevedo[137].

Cada una de las reales figuras de la misma viste muy adornados trajes llenos de símbolos y lleva su respectivo casco de triángulo ó Huampar Chucu; cada una de ellas también porta con ambas manos un largo báculo, cuya cabeza superior termina en Cruz. Uno de estos personajes, el primero de la derecha (Fig. 15), tiene en una mano un Tau, y en la diestra un círculo, que muy bien podría ser ese espejo (también de la diestra) de Tezcatlipoca, lo que demostraría el origen solar de la figura; y si ello es así, y si solares son las demás de la serie, como parece, tendríamos una prueba del valor heliolátrico ó astrolátrico del símbolo, que á veces es una Cruz y á veces un tau de mando ó un cetro.

Sin duda que son de mucho valor representativo las inscripciones funerarias de una tela encontrada en Pachacámac[138], encuadrada por líneas simbólicas, de fecundación la guarda superior (Fig. 16). En medio de la tela aparece una figurilla humana, de cabeza casi triangular, que luce un penacho de cuatro plumas, dos para cada lado, y en medio de ellas un triangulillo con punto al centro. Sigue á la cabeza sin cuello, el cuerpo, que es un triángulo isóceles doble, del cual, en su parte inferior, salen sus piernas, y de su parte superior los brazos quebrados, figurados por largas líneas, que rematan en cruces, las que parecen indicar manos, provistas de un solo dedo; estas manos, á la vez, portan armas, macanas ó cetros; cerca de los pies de la singular figura antropomorfa, aparecen respectivamente dos círculos, cada uno con rayos arqueados; y á cada lado de la cabeza de la misma, dos figuraciones astrolátricas, en forma de X, cuyos anchos rayos córtanse en Cruz; debajo de estas, á cada lado, y cerca de los marcos del cuadrado, siguen en una misma línea tres pequeñas cruces, unas después de otras, decussatas las inferiores.

Fig. 15. Hombrecillo del grupo de
la procesión de Wiener.

Fig. 16. Inscripción funeraria
de Pachacámac.

El personaje figurado, por su penacho de plumas, su crestón fálico, la forma triangular de su cuerpo y las armas que porta, representa sin duda una mítica persona, femenina, por aparecer abierto el ángulo inferior del primer triángulo del cuerpo y por dominar en ella esta combinación geométrica. A todas luces es solar, por la figuración de astros. Las cruces serán entonces signos ó símbolos celestes, quizá astros, como pensaba M. Bollaert, para quien la Cruz es la Chasca Cóyllur, ó estrella matutina. Este caso comprobaría el carácter astrolátrico del símbolo, lo que, repetimos, no le quitaría su valor atmosférico, por la influencia decisiva que se atribuyó á los astros en los cambios meteorológicos.

Fig. 17. Tela de Chancay.

Fig. 18. Tela de Ancón.

Toda orlada de cruces aparece la franja superior de una tela encontrada en Chancay[1], en la que pueden contarse hasta cuarenta (Fig. 17). Sus signos, en vez de un círculo ó punto centrales, llevan un cuadrado en el lugar de la intersección de los palos. La franja inferior está adornada por siete figuras como arabescos, que Wiener[139] cree que son signos fonéticos de una escritura desconocida, y que un examen detenido permite reconocer en ellas al pájaro, tan común en las telas, esta vez representado en dos sentidos. El pájaro es casi siempre símbolo de la Nube: las cruces complementarias serían entonces acuáticas.

Finalmente, en una muy curiosa tela de Ancón[140], dentro de un cuadrado con marco de líneas quebradas que hacen triángulos equiláteros aparece una figura de doble cuerpo triangular (Fig. 18), con la cabeza adherida al vértice superior del triángulo primero, totalmente negro. De los ángulos inferiores de este triángulo, salen sus brazos: la mano derecha es portadora de un tridente, y de una Cruz, la izquierda. Esta figura puede ser una revelación, pues nos enseña al tridente, insignia mítica ó de autoridad, como aparece en las Láms. 7 y 8 del trabajo de Jiménez de la Espada, en una relación de equivalencia simbólica con la Cruz, la otra suprema insignia; y quién sabe si en el caso presente no es esta la xayhua, ó señal de alguna divinidad, ó del hijo del sol, á que aludía D. Pedro Arias Dávila, antes citado.

Fig. 16. Inscripción funeraria
de Pachacámac.

La figurilla reproducida en la tela es á todas luces simbólica, y ella prueba que en el caso de la Fig. 16 las insignias cruciformes como brazos y manos, no son tales brazos y tales manos, sino cruces portadas. Y es de advertir que en las figuraciones idolátricas debe estudiarse cuidadosamente la mano, á veces de dos, tres y cuatro dedos, que indican cantidades sagradas, generalmente portadoras de las insignias que las caracterizan.

Por lo demás, la mítica figurilla de dobles triángulos que nos ocupa, es una representación femenina, por estas combinaciones geométricas; y seguramente que un pequeño triangulillo central dentro del triángulo inferior, no es otra cosa que un signo sexual,—la vulva de la mujer ó hembra, tal como indiscutiblemente aparece en uno de nuestros dobles ó andróginos de Tinogasta.

La Cruz en este caso será símbolo de fecundación.

En cuanto á la escritura simbólica peruana, hay que observar que es especialmente en las telas funerarias donde los indios pintaban su pensamiento: la historia del muerto, las hazañas por él realizadas y los dioses bajo cuyo amparo se colocaba al extinto, ó los votos de que eran objeto de parte de los sobrevivientes[141].

En Calchaquí el material sobre el cual se escribe ideológica ó simbólicamente el pensamiento, es la alfarería funeraria.

Pasemos ahora á dar noticia del valor simbólico que en el Congreso de Bruselas se dió á la Cruz del Perú.

Jiménez de la Espada, quien especialmente trató y debatió el asunto[142], muy escasas indagaciones arqueológicas nos ofrece en su trabajo, notable como obra de critica. Limítase este autor á considerar á la Cruz como signo distintivo de los padrones ó marcas (xayhuas) que señalaban la dilatación del imperio de Tahuantinsuyu. Cita al P. Molina[143], de quien toma el dato de que los caballeros en el Cápac Raymi ó fiesta de Noviembre, vestían la huahuaclla, de color negro y amarillo, y en medio una Cruz colorada; de lo que deduce el americanista que no hay más que indicios disconformes de la significación de las cruces simbólicas peruanas.

Considera enseguida á la Cruz como una combinación artística ó arquitectónica, de fácil explicación.

Basta, según él, un ligero examen de los sistemas de ornato más frecuentes entre los yuncas y pueblos vecinos del interior, cuya civilización precedió á la de los Incas, para convencerse de que el elemento predominante y fundamental de aquellos es el cuadrado, cuadra ó escaque, ya se origine del cruzamiento en ángulo recto de dos series de paralelas, ya del corte de un prisma de base cuadrada. Con él, no solamente componían las líneas y trazas generales del adorno de sus ropas, vasos y edificios, y los ingeniosos y peregrinos detalles de cenefas, orlas y frisos, si que también modificaron las elegantes curvas y rectas de otros ornatos al parecer exóticos, transformando las diagonales de cuadrados y rombos y los meandros en escalerillas, y las ondas y hélices, en enroscadas hojas de sierra, etc. Ahora bien, la agrupación de cinco cuadrados ó escaques, tres para cada palo (el central, común), produce una Cruz griega, y agregando otro á la parte inferior del palo vertical, de modo que este tenga cuatro, la latina. Este sistema de adorno se llamaba collcampata por los quichuas. La Cruz maltesa, además de simbólica, puede ser también puramente decorativa y resultado del cruzamiento de dos diagonales, como en uno de los estucos del palacio de Chimu, que citamos anteriormente.

Ya dijimos que M. Bollaert veía en la Cruz un signo esencialmente astronómico: la estrella de la mañana, la Chasca.

Jiménez de la Espada[144] duda de tal representación, manifestando que no contaba con datos suficientes para decidirlo afirmativamente; y que antes los pocos y vagos que pudo adquirir ó vislumbrar acerca del simbolismo de las cruces peruanas le llevaban lejos de tal solución. «Si el signo, dice, de Chasca Cóyllur, del Crucero ó de cualquier otra de las constelaciones meridionales hubiera sido la tal cruz, es casi seguro que el indio collagua Pachacuti, lo hubiera diseñado así, aunque groseramente, en el dibujo á pluma de su Relación que figura el testero del gran templo del Cuzco, donde estaban representados todos los astros y meteoros adorados por los súbditos de los Incas.»

Parece increíble tal afirmación de parte de Jiménez de la Espada, quien fué cabalmente el que dió á luz la Relación del Yamqui Pachacuti; pues en el referido dibujo á pluma inserto, en la obra del collagua[145], la Cruz aparece dos veces, en la parte superior y central del dibujo, como ya lo hicimos notar en una breve monografía[146].

Reproduciremos la plancha ó lámina dibujada del Yanqui Pachacuti (Fig. 19); y en detalle, los dos signos cruciformes de la misma, á que acabamos de referirnos (Fig. 20).

En la lámina general destácanse estas dos cruces, figurando entre las representaciones diversas del espacio, como indicaciones ó símbolos astrolátricos.

En el detalle de la figura 20, que ofrecemos con distintivos alfabéticos, vénse dos cruces, C1 y C2, correspondientes á dos constelaciones celestes, que podemos denominar de la Cruz, encima y debajo del Sol, S, y de la Luna, L; de la estrella de gran magnitud, E, y del lucero ó Chasca Cóyllur, Ch.

Fig. 19. Plancha del Yamqui Pachacuti.

Como aparece en la lámina, un grupo simétrico de cinco grandes estrellas,—cuatro á las extremidades de los palos y una en el punto de intersección,—forman la Cruz inmisa C1, cuyo palo vertical, además de figurado por los tres astros, lo está por la línea que entre sí los une; mientras que solo cuatro estrellas de magnitud, unidas por líneas en sentido diagonal, constituyen la Cruz decussata C2, que lleva estas leyendas: zara-mama (madre del maíz) y chacana en general, quizá la denominación de la Cruz.

Fig 20. Detalles de la lámina
solar del Yamqui Pachacuti.

Este nombre de Zara-mama puede ser una revelación, pues diría que la tal cruz es protectora de las sementeras de zara ó de los andenes con maíz.

En el culto litolátrico de Calchaquí, Mama-Zara se llama hasta hoy á las piedras paradas protectoras, algunas con signos cruciformes, como el famoso menhir de Tafí, hoy caido, y antes de pie en medio de los andenes indígenas de la hacienda de la familia Frías, en Tucumán (Fig 21).

Observemos que la constelación de la Cruz, al extremo austral de la gran Vía-láctea, denominábase Cata-Chillay. Cata, según el Dr. V. F. López, equivale á «cosa sagrada», como que cata, según él, era el nombre que se daba á las flores en la fiesta solar de Raymi[147]; é Illa-y de Chillay, ó Ch-illa-y, vale por «luz», y de allí el nombre del alma del Cosmos, Illa—Tecce, de Inti-Illa-pa, el rayo, y de nuestras Illas, amuletos ó fetiches de reproducción en forma de animales, fecundadores del ganado, engendrados por el rayo, la luz celeste ó Illapa.

  Fig 21. Monolito
de Tafí.

Como una corroboración de lo que dejamos escrito, haremos una muy oportuna é interesante cita del P. Bernabé Cobo[148], quien, después de explayarse sobre el culto al Inti y Mama Quilla, sol y luna, y las estrellas, escribe: «Adoraban también á otras dos pequeñas (estrellas), que tiene debajo á manera de T, decían ser los pies y la cabeza; y estas también hacían veneración á otra que anda cerca desta y la llaman Catachillay».

La cita de Cobo es una revelación; pero necesita ser explicada teniendo á la vista el precioso Tau de Titicaca (Fig. 22), propiedad de Allchurch, y la anteriormente reproducida Plancha del Pachacuti.

Fig 22. Tau de plata encontrado en Titicaca.

Corona al precioso objeto de plata del Titicaca el gran disco solar, el Sol incásico, con su cara humana y sus rayos[149], dibujado por el Pachacuti (Fig. 20, letra S). A la parte inferior del objeto vése el casco esférico de la Luna, también con su rostro alargado y de perfíl, dentro de aquél, de la misma manera como el Yamqui Pachacuti figura á su Quilla (letra L). Estos dos grandes astros son el Sol y la Luna á que se refiere el P. Cobo. Debajo del Sol, y sujetándole cada cual con una mano, están dos figurillas humanas: las «dos pequeñas estrellas» del cronista, figuradas de una manera convencionalmente antropomorfa. Estas dos estrellas, «tienen, como dice Cobo, á manera de T», el Tau que aparece como Símbolo en las divinidades atmosféricas ó astrolátricas[150]. Las dos figurillas humanas ó «pequeñas estrellas», están paradas á los extremos del crucero horizontal de aquella misteriosa letra.

Esas pequeñas estrellas, colocadas respectivamente bajo el Sol y la Luna, figuran en la lámina del Yamqui (letras Ch y E del detalle), y llevan en la Plancha original (Fig. 19) las leyendas respectivas de chasca coyllur y choqchinchay.

La otra estrella de Cobo, «que anda cerca y la llaman Catachillay», aparece igualmente en la Plancha del Pachacuti, cerca de la Chasca Cóyllur, y debajo de ella, también con la leyenda cata-chillay, para que la cita del cronista salga corroborada aún en este último detalle.

He aquí, pues, como en la Fig. 22 que nos ocupa, tenemos al Tau, ó T sagrada, artísticamente combinada con las representaciones antropomorfas de los astros adorados del cielo peruano.

Concluiremos, entonces, llenando los vacíos del trabajo de Jiménez de la Espada al respecto, estableciendo que la ✠ y T peruanos son símbolos sagrados astrolátricos en la heliolatría incaica, ó sean: símbolos de la luz y del calor del cielo que animan las cosas de la tierra, y símbolos acuáticos á la vez, por la acción atribuida en las mitologías á los astros sobre los fenómenos meteorológicos.

Es por este último motivo que la Cruz figura alternando con peces y otras especies acuáticas; con signos de la escritura de las telas, que valen por fecundación producida por la lluvia ó «agua»; y es por ello también que el símbolo que estudiamos figura en la parte ventral de los huaqueros y yuros que contienen el líquido,—aquel símbolo portado por el Aticci Viracocha, que vimos figurar en la banda frontal del monolito de Collo-Collo y sobre la superficie de la Mama-zara de Tafí.