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Emitiremos, en seguida, algunas otras apreciaciones.

No hay duda que las grandes diferencias que presentan las diversas agrupaciones indígenas, son el resultado de numerosos y diversos cruzamientos. La existencia en muchas partes de América, de ruinas que denuncian una civilización avanzada, y que los Indios que habitan este Continente no tienen ningún recuerdo, es prueba bastante para testificar que hombres civilizados se introdujeron en América desde tiempo inmemorial, encontrando aquí una ó varias razas menos aptas á la civilización, las que en parte sometieron á su poder y se mezclaron con ellas.

Si se trata de averiguar á cuál raza pertenecían aquellos hombres civilizados, bien se puede conocer que los Indios de América se acercan más, en general, á la raza amarilla que á la blanca y la negra; á lo menos, esta es la opinión de Topinard, que en su Antropología observa que "el Americano tiene en su conjunto muchos puntos de contacto con el tipo de la raza amarilla, relativo á caracteres de primer orden." Sin embargo, la forma de los Indios del nordeste, sus ritos, ceremonias, costumbres y otras particularidades, han hecho suponer también que entre sus antepasados contaban hombres blancos; suposición que parece tanto más admisible, por haberse probado que los Escandinavos (sin remontarnos á épocas más lejanas), tuvieron relaciones con la América del Norte desde el siglo X de la era cristiana.

Debemos recordar, á este respecto, la debatida cuestión iniciada por algunos etnógrafos y antropólogos, tocante á que, según pretenden, los primitivos habitantes de América habían pertenecido á la raza blanca. Si frente á este supuesto presentamos la tradición que prevalece entre los Indios del sud de Colorado, de Nuevo México y Arizona, no hay duda que una raza antiquísima de hombres blancos, superiores á ellos, habrían sido sus antepasados[74]. Dicha tradición—para mejor explicarla—se relaciona con el hecho siguiente: Un cazador llamado John Teix, de Nuevo México, ha descubierto últimamente, en la cueva de un barranco de Río Grande del Norte, cerca de las llanuras de San Agustín, en el Condado de Socorro, la momia de un hombre de muchos siglos de existencia, perteneciente á la raza blanca: excabando el suelo de dicha cueva, encontró un lecho de cemento; perforando aquel, halló una capa de huesos humanos, trozos de armas y utensilios de una época remotísima; debajo de esta capa halló otro lecho de cemento; luego otro estrato de residuos heterogéneos; en fin, una tercera capa de cemento; debajo de ésta, protejida por una obra de alfarería, una momia sentada, de raza blanca, de más de seis pies de estatura, de pelo rojo y abundante, envuelta en tres mantas y con los brazos cruzados sobre el pecho. En vista de este hallazgo, ¿sería verdaderamente fundada la existencia de una raza blanca aborígene de las comarcas de América y probatoria de que los Españoles de los siglos XV y XVI encontraron éstas ya pobladas de habitantes de raza roja?

Pero esto, se objetará, es un caso aislado que si permite suponer que en tiempos remotos existiera en América una raza de hombres superiores en casta é inteligencia, ello no prueba plenamente que los primitivos pobladores de este Continente pertenecieran á la raza blanca.

Empero, el sabio barón Alejandro de Humboldt opina que, en tiempos lejanos, los pobladores de toda la América fueron de raza blanca, y á este respecto dice: "Hombres blancos, barbudos y de mejor complexión que los naturales de Anahuac, Cundinamarca y Cuzco, aparecidos sin ninguna indicación del lugar de su nacimiento, no pudieron menos de ser sacerdotes, legisladores, amigos de la paz y de las artes, y de operar un cambio repentino en la política del país, por cuyo poderoso motivo los recibieron con veneración. Así, Quetzaltoal, Bochica y Manco-Cápacc son los sagrados nombres de estos misteriosos sacerdotes."

Admitiendo ahora la opinión emitida por otros etnógrafos tocante á la raza roja originaria de América, habría que convenir en que ella fuera descendiente de alguna raza prehistórica perteneciente á una ó varias razas inferiores y diferentes de aquellas que existen ahora en las demás partes de la Tierra, cuyos tipos, á su vez, habrían tenido, también, gran tendencia á modificarse con el contacto de otras razas superiores.

Ambas hipótesis son admisibles, pero es lo cierto, que sólo descansan sobre conjeturas, como se ve, meramente probables y de ninguna manera evidentes ni efectivas, porque no existe fuente de información que acredite la realidad de esos hechos, los cuales, por lo demás, se pierden en la obscuridad de los tiempos lejanos en que se supone ocurrieron.

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Cuanto á la dificultad de inquirir las épocas fijas en que las diversas inmigraciones llegaron al Continente americano, la generalidad de los etnógrafos juzgan, como se ha dicho, que fué habitado desde remota antigüedad. Si suponemos que los pueblos del Asia Menor, que es la cuna del Género Humano, fueron los primeros que las playas del Nuevo Mundo pisaron, su contacto con este Continente pudo haber tenido lugar durante la época Cuaternaria, porque la identidad de las hachas y otros utensilios de piedra tosca y pulimentada encontrados en ambos Mundos, induce á creer que la inmigración principal del Asia Menor se produjo en la época anterior al Período Neolítico. Y al atenernos á los historiadores antiguos, los pueblos del Asia Mayor ó del Extremo Oriente habían aportado á las playas americanas siete siglos después que los del Asia Menor. Ambas hipótesis, de suyo problemáticas, admiten únicamente que los aborígenes americanos fueron encastados con razas diversas, venidas, primero, de Asia, y después, de Europa y de África.

Respecto de la otra dificultad, de inquirir también por dónde pasaron los primeros pobladores de América, varios autores presumen que por dos grandes caminos. Si admitimos con Gomara y otros historiadores, que en tiempos remotos hubo comunicación por tierra unida entre la Africa ó la Europa y la América, mediante la Atlántida, sería indudable que por esa ruta vinieran al que es hoy el Nuevo Continente, en primer lugar, los Egipcios, Fenicios y Cartagineses (de Africa), y también los Griegos (de Europa).

Cuanto á los pueblos asiáticos, tales como los Hebreos, Chinos, Mongoles y demás, últimamente ha surgido una nueva hipótesis sobre la base de una expedición de sabios ingleses, que salió de Inglaterra á fines del año 1911, con el objeto de estudiar el problema de los gigantescos restos prehistóricos de la Isla de Pascuas; expedición que, á su vez, ha planteado la fórmula de ser esa Isla el último pináculo de un continente sumergido, que ocupaba la mayor parte del que es hoy Océano Pacífico, y que unía, talvez, la Asia con la América[75]. Admitiendo esa nueva hipótesis que no pasa de una presunción problemática, factible sería que por esa misma ruta, ó por la del corto estrecho de Annian, ó también por la cadena de las islas Aleutianas, hubieran podido esos pueblos asiáticos arribar á las playas de América.

Estas son las grandes rutas que se consideran más probables para haber servido de curso á aquellas primeras expediciones que el suelo americano poblaron. No obstante, para aclarar en lo posible este punto, vamos á exponer las opiniones que al respecto opinan algunos otros publicistas.

Citaremos entre éstos, primero, á Hugo de Grocio, que en su obra titulada Disertatio de Origine gentium Americanarum, asienta: "los primeros habitantes (post-diluvianos) de la América Septentrional han venido de Noruega; los de Yucatán, de la Etiopia; los del Perú, de la India y de la China; y aquellos que son más al sud hasta el Estrecho de Magallanes, han venido del oriente por las tierras australes." Y agrega: "Es un hecho evidente, que tanto de Europa por la Groenlandia, cuanto de Asia por algún estrecho de poca extensión, se ha podido pasar á América: también se ha podido pasar á este Continente por el Estrecho de Magallanes, que sólo tiene dos ó tres leguas de largo, ó por el de Le Maire, más al Sud, suponiendo que esa tierra austral haya sido habitada."

El Dr. Pickering, en su obra Races of Men, pág. 299, observa que "existen dos vías por las cuales los inmigrantes á las Indias Occidentales ganaron los confines del Océano Pacífico: la una es por la Micronesia (una de las cuatro grandes divisiones de la Oceanía, entre la Polinesia al este, la Melanesia al sud y la Malesia al oeste; sus principales grupos ó archipiélagos son las Marianas, las Carolinas, Marshal y Gilbert); la otra es por los archipiélagos de la Papuasia (ó Nueva Guinea, grupo de dos grandes islas de la Oceanía, en la Melanesia, al norte de la Australia)."

El Dr. Hyde Clarke, en su obra Researches in prehistoric and protohistoric comparative philology, in connection with the origin of culture in America, pág. 41, opina que "en atención á las condiciones geográficas, es probable que los inmigrantes á las Indias Occidentales hayan tomado dos rutas: la una, por las corrientes y las islas del norte; la otra, por las corrientes y las islas del sud." En otro lugar, pág. 19, opina el mismo autor: "Se puede colegir que las primeras inmigraciones (las de las razas Caribes) han pasado por el Estrecho de Berhing, y las últimas (las de la raza Súmera) han pasado por el Pacífico y la isla de Pascuas." Más adelante, págs. 19-20, intenta establecer, por aproximación, la cronología de las inmigraciones á América, diciendo: "Hace tres mil años que la raza Súmera chocó en Asia contra la raza Semítica; sietecientos años más tarde este choque habría tenido lugar contra la raza Ariana...... Si el establecimiento de los Súmeros en Babilonia remonta á cuatro mil años (véase la cronología de la Biblia por Bunsen)[76], su establecimiento en la India habría sido en esa misma época, en el supuesto de que las dos inmigraciones hayan tenido un mismo punto de partida en el Alto Asia, lo que parece indicar la división en Súmero oriental y en Súmero occidental. La ocupación de Indo-China tuvo lugar en seguida, luego la de Java y la de las islas."

El hecho probable, á juicio de los diversos autores ya citados, es que se debe admitir, en atención á las divergencias lingüísticas, que América ha sido poblada desde una época antiquísima, suponiendo que el contacto de la Asia con este Continente, debió tener lugar durante la época del progreso humano caracterizado por el empleo del bronce, á la vez que la ignorancia del uso del hierro. De la identidad de los utensilios de piedra pulida encontrados en ambas secciones del Continente americano, se puede inferir que la inmigración principal se produjo en la época en que la Asia no había aún sobrepasado el Período Neolítico. De allí, que esos autores resumen su opinión con las siguientes conclusiones: 1a Los Americanos, á excepción de las razas esquimal y mongólica, habitaron el Nuevo Mundo durante un lapso bastante largo para cimentar allí varias lenguas y una civilización particular. 2a Por intérvalos de tiempo, nuevos inmigrantes vinieron de Asia, probablemente por mar, trayendo consigo el conocimiento de las artes y ciencias que constituían la civilización de los pueblos de aquella parte del Mundo. 3a No hay prueba alguna que las tres civilizaciones de México, Centro América y Perú se hubieran puesto en contacto con la civilización del Mundo Antiguo, con posterioridad á la Edad de Bronce. Y 4a La corriente de las inmigraciones se dirigió generalmente de la Asia á la América, y en esta última parte la marcha de las tribus se efectuó, las más veces, del norte al sud.

Estas conclusiones nos traen nuevamente á la teoría que venimos sustentando, de que los primitivos habitantes de América son de raza autóctona.

Bastando al respecto las opiniones de los autores citados anteriormente, réstanos agregar, que estamos en vísperas de importantes descubrimientos en el campo de la arqueología americana, pues los científicos trabajos iniciados ya en este sentido por los sabios exploradores Humboldt, Waldeck, Brasseur de Bourbourg, Stephens, Wilson, Schoolcraft, Bollaert, Bingham y otros, no han sido estériles; ni las investigaciones filológicas de los lingüistas Latham, Gallatin y Clark, tampoco han sido infructuosas.

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Haciendo, ahora, abstracción de los juicios asentados sobre los primeros habitantes postdiluvianos de América, nos concretaremos á escudriñar los hechos que son más fundados y apoyados en documentos fehacientes.

De las remotas edades prehistóricas y de aquellas que siguieron á éstas hasta cerca de la Era Cristiana, no existe, como lo hemos dicho ya, ninguna fuente de información sobre los primeros habitantes del Continente americano, pues cuanto han supuesto los escritores á este respecto, no pasa de ser meras conjeturas: la historia de esas épocas se ha perdido con el trascurso de los siglos, y todo queda envuelto en la obscuridad y el misterio insondable del tiempo.

El hecho más antiguo que encontramos sobre la llegada de hombres del Viejo Mundo al Continente del Nuevo, data de cuatro siglos antes de la era cristiana. Ultimamente, á principios del siglo XIX, un labriego del pueblo de Dolores, situado á dos leguas de la ciudad de Montevideo, hizo, de un modo casual, un descubrimiento de objetos antiguos de la época del conquistador Alejandro el Magno, rey de Macedonia: efectuando una excavación para trasplantar un arbusto, encontró una piedra sepulcral con inscripciones desconocidas para él, y al alzar esa piedra, vió que ella cubría una bóveda de ladrillos que contenía dos espadas, un casco y un broquel muy oxidados, y también una gran ánfora. Tratando de descifrar la inscripción incompleta de esta piedra y los vestigios que ella cubría, un sabio llegó á leer las siguientes palabras: Alejandro, hijo de Filipo, fué rey de Macedonia, allá en la sexagésima olimpiada de Ptolomeo...... (falta lo que sigue). Sobre los puños de las espadas se hallaba grabado un retrato al parecer de Alejandro, y sobre el casco se veía cincelado á Aquiles arrastrando el cadáver de Héctor, al rededor de los muros de Troya. ¿Débese conjeturar de allí, que algunos contemporáneos de Aristóteles ó de Arquímedes hubieran hollado el suelo que es hoy del Uruguay? En este caso, algunos súbditos de Ptolomeo-Sóter ó de su hijo Ptolomeo-Filadelfo habrían sido llevados, por una tempestad, al medio del Océano y arrojados sobre las costas uruguayas. Admitiendo esta conjetura, sería probable que hubieran sido súbditos de Ptolomeo-Filadelfo, porque el padre de éste empleó sus navíos en la conquista de la Asia Menor, la Grecia, la Fenicia y las islas de Chipre y Salamina, mientras que Ptolomeo-Filadelfo las ocupó en hacer viajes de descubrimientos, siendo posible que en una de esas correrías marítimas algunos bajeles fueran arrastrados á playas desconocidas entonces.

Casi en la misma época (siglo IV antes de la era vulgar ó durante la República Romana), parece que una expedición arribó á las playas de América, pues, como lo hemos dicho antes, en las ruinas de Petén, en Centro América, se encontró ahora años, monedas del tiempo de los Romanos y herraduras de caballos de mayor alzada que los comunes, objetos que se hallan depositados en el Museo de Guatemala.

Marineo, en su obra Rerum Hispanorum, lib. XXIX, cap. XXVI, refiere que "en cierta parte de Tierra Firme de América, donde era Obispo Fr. Juan Quevedo, de la Orden de San Francisco, hallaron unos hombres mineros, estando cabando y desmontando una mina de oro, una moneda con la imagen y nombre de César Augusto (que gobernó el Imperio Romano un siglo antes de la era vulgar), la cual, habiendo venido á manos de D. Juan Rufo, Arzobispo consentino, la envió como cosa admirable al Sumo Pontífice."

El P. Fr. Gregorio García, en su obra ya citada, pág. 174, en apoyo de lo referido por Marineo, dice también que "en la Imperial, ciudad del reino de Chile, se hallaron medallas con águilas de dos cabezas, timbre del Imperio Romano, las cuales fueron siempre insignias que usaron en sus ejércitos, y por ellas se entendían sus legiones, y se llamaban triunfadoras, cifrando en su nombre el poder y la gloria del Imperio."

Si estos objetos, que datan unos de la época de Alejandro y otros de la de César, han sido encontrados, los primeros en un extremo, y los segundos en otro extremo de la América española, quizá podría colegirse que este territorio hubiera sido ocupado por los Griegos y los Romanos, durante más de dos siglos, ó sea, desde el reinado de Alejandro (300 años antes de la era cristiana) hasta el de César (100 años antes de la misma era). Y también podríase inferir, talvez, que esos Griegos y Romanos fueron los hombres de raza blanca que algunos etnógrafos suponen hayan sido los primeros habitadores de América.

Avanzando algunos siglos, ó sea, á fines del V de la era cristiana, una inmigración de Mongoles atravesó el Pacífico, desbordándose sobre las playas de México: este hecho no sólo se ha trasmitido por tradiciones populares, sino que se ha confirmado últimamente, como lo hemos dicho antes, con motivo de la guerra que la China sostuvo en 1900 contra los aliados Europeos, pues al ocupar estos últimos la capital de Pekin, descubrieron en los antiguos archivos de aquella capital, documentos que comprueban, con toda evidencia, que los Mongoles desembarcaron en el Continente americano en el año 499, es decir, 993 años antes que Colón. En dichos documentos se asevera que "cruzaron el Pacífico y desembarcaron en las playas de México, en la parte opuesta á Yucatán, y allí levantaron templos." Y este hecho parece algo verosímil, si se toma en cuenta que, hace tiempo, se encontró en las ruinas de los templos descubiertos en el Estado de Sonora, en la costa del Pacífico, una piedra, con caracteres chinos, que indican que los Mongoles habían visitado el Continente hacía muchísimos años.

Parece también evidente que en el siglo VI, según tradición de aquella época, los Hileriones, Gutos, Siuones y Sitones, piratas escandinavos de la gran isla situada al norte de Europa, cruzaron el Atlántico y desembarcaron en las playas septentrionales del Hemisferio Americano (hoy Estados Unidos de la América del Norte), quedándose algunos allí y cruzando otros todo aquel territorio hasta llegar á la meseta de Anahuac: estos últimos se establecieron en esa comarca, uniéndose con los Mongoles, y formándose de la mezcla de ambas razas, las aguerridas tribus conocidas con los nombres de Toltecos, Chichimecos, Nualtecas y Aztecas.

El historiador sueco, Mr. Folsom, encontró en algunas rocas situadas en el distrito de Assonett, cerca del río Tauntón, en el Estado de Massachussets, algunas inscripciones trazadas con caracteres escandinavos (rúnicos), conteniendo los nombres de guerreros Islandeses y Noruegos que habían formado su campamento en esa región; pero aunque estas inscripciones no llevan fecha alguna, la forma de sus caracteres prueba incontestablemente, según lo asevera Mr. Folsom, que ellos remontan á una época que aproximadamente se puede referir al siglo X. Mr. Folsom, para esclarecer esta cuestión, fué á Islandia, donde obtuvo varios manuscritos del dicho siglo, en los que constaba que dos navegantes Islandeses, Bjarne Herjulfson y Leif Erickson, habían sido unos de los primeros descubridores de América, á fines de ese siglo, el primero, y á principios del siglo XI, el segundo, manuscritos que encierran una descripción de los dos cabos llamados Cod y Santa Marta, conocidos hoy por Nueva-Bretaña y Nueva-Escosia, y de algunas otras islas de la bahía de Narraganssett, en las que estos navegantes y compañeros de viaje habían residido cerca de tres años. Empero, Mr. Folsom no se dió por satisfecho y quiso constatar la existencia de las antiguas relaciones entre el Nuevo Mundo y el Antiguo, y se dirigió á América. Allí encontró, como se ha dicho, sobre rocas del distrito de Assonett, las inscripciones trazadas con caracteres escandinavos á que hemos hecho referencia.

Posteriormente, según antiguos manuscritos escandinavos dejados en el siglo XII por el Obispo islandés Thorlak Runolfson[77], sobre los primeros viajes de los Escandinavos al Continente americano, y encontrados en Copenhague, en 1838, por Carlos Christian Rafn, Secretario de la Sociedad de Anticuarios de esa ciudad, y descritos por él en los Antiquitates Americanæ, los Suecos, los Noruegos y los Dinamarqueses, que son los que siempre se han distinguido por la audacia de sus excursiones marítimas, emprendieron viajes á la América en el trascurso de los siglos IX, X, XI y XII, y cita los siguientes:

1o El de Gunnbjoern, que el año 876 descubrió la Groenlandia (más de 600 años antes que Cristóbal Colón descubriera la América), vasta comarca de la América Septentrional, situada á los 74° de latitud norte y entre los 14° y 74° de longitud oeste[78], ignorándose, entonces, que formara parte del Nuevo Mundo.

2o El del Islandés Schnaebjorngalti, que desde el año 970 al de 980 permaneció en Groenlandia.

3o El de Eirickhinn Raudi (Erick el Rojo), descendiente de una noble estirpe de Islandia, (que fué desterrado por tres años de su patria á causa de un homicidio), decidió, en el año 982 ó 983, establecerse en Groenlandia, que había divisado Gunnbjoern, y en cuyo territorio encontró viviendas, restos de embarcaciones y herramientas de pedernal, lo que prueba que esos lugares habían sido habitados desde más de cien años antes. Erick el Rojo volvió á Islandia cumplidos los tres años de su condena, pero en 986 regresó á Groenlandia con 35 buques, de los cuales sólo 14 llegaron á aquel país, pues de los demás, unos se fueron á pique y otros, regresaron á las costas islándicas. Erick el Rojo fijó definitivamente su residencia en Brattalid del Ericsfiord, fundando allí colonias islandesas que aumentaban por modo notable y estableciendo el cristianismo: en 999 llegó á sus playas el primer misionero procedente de Islandia, conducido por Leif, hijo de Erick. Entre las muchas personas que acompañaban á Erick el Rojo, en ese segundo viaje, iba Heriulf, (bisnieto de Ingolf, primer colono de Islandia) quien se estableció en Heriulfsnes, parte meridional de la Groenlandia, donde lo alcanzó su hijo Biarne, después de una navegación llena de penalidades y zozobras.

4o El de Are Marsen de Reykjanes, que en el año 983 llegó también á Groenlandia, estableciéndose con sus compañeros en una comarca que denominaron Huitramannaland y que se extendía á lo largo de la bahía de Chesapeak hasta más allá de la Carolina; permaneciendo en tal comarca, porque los Esquimales, vecinos de ella, les impidieron el regreso á su patria. Este hecho ha sido conservado por tradiciones entre los mismos Esquimales, que á la tierra de Huitramannaland llamaban «país de hombres blancos,» por el vestido que éstos llevaban, infiriendo, con su criterio razonable, que, por sus procesiones, cantos, estandartes, pertenecían á una comunidad católica.[79]

5o El de Bjarne Herjulfson, que en el año 986 (el mismo año que Erick el Rojo emprendió su segundo viaje á Groenlandia) descubrió los territorios conocidos actualmente por Nueva Bretaña, Nueva Escocia y Nueva Finlandia ó Terranova[80].

6o El de Bjoern Asbrandson, que en el año 999 llegó, asímismo, á Groenlandia, á consecuencia de un violento huracán que le hizo perder el rumbo de su navegación, arrojándolo á una costa desconocida para él, y cuyos indígenas lo prendieron inmediatamente al desembarcar; acudiendo luego una procesión de hombres vestidos de blanco, precedidos de un estandarte y dirigidos por un venerable anciano á caballo, el que, dirigiéndole la palabra en lengua islandesa, le preguntó quién era y de dónde venía; y contestándole Bjoern Asbrandson ser natural de Islandia, el anciano dióles libertad, á él y á sus compañeros, no sin aconsejarles que se alejaran, cuanto antes, de tan inhospitalario país. El sitio donde Bjoern Asbrandson desembarcó, no fué otro que Huitramannaland, y los hombres blancos, Are Marsen de Reykjanes y sus compañeros, que diezisiete años antes se vieron obligados por los Esquimales á permanecer en la expresada comarca.

7o El de Leif Erickson[81], hijo mayor de Erick el Rojo, que en el año 1000 realizó un viaje de Groenlandia hasta una costa que denominó Helluland (conocida hoy por New-Foundland); después siguió navegando al medio día y arribó á otra costa que nombró Markland (actualmente New-Scotland, New-Brunswich y Canadá); en seguida llegó á un litoral muy ameno, entre el Cabo-Sable y Cabo-Code, al que dió el nombre de Vinland, por haber hallado en él uvas silvestres en abundancia[82].

8o El de Thornwald Erickson, hermano del anterior, que en el año 1002 estableció su residencia en Massachussets; pero en 1004 expedicionó hacia el Cabo Pedregoso, donde fué herido, en el sobaco, de un flechazo que le asestara uno de los indígenas de ese lugar, de cuya herida murió al poco tiempo, siendo enterrado en un lugar llamado hoy Garnet-Point, del cual se le desenterró hace unos cuarenta y tantos años, vestido aún con su armadura. Pocos instantes antes de morir, había encargado que se le enterrase en su residencia de Massachussets, y se le pusieran cruces en la cabecera y á los pies de su sepulcro, órdenes que fueron cumplidas por sus compañeros.

9o El de Thornstein Erickson, tercer hijo de Erick el Rojo, que en 1006 expedicionó desde Groenlandia á las costas de Nueva-Inglaterra y Nueva-Escocia. Su barco iba equipado con 25 hombres y llevó consigo á su mujer Gudrida. Al poco tiempo murió en su establecimiento de Lysufiord, al oeste de Groenlandia, por lo cual en la primavera próxima, su mujer regresó á Ericsfiord.

10o El de los ricos Groenlandeses Thorsfrin Karlsefné y Suorré Thornbrandson, que en 1007 armaron una flota de tres buques tripulados por 160 hombres, y haciéndose á la vela con rumbo á la costa norte-americana, tocaron primero en la isla de Marthas Vineyard, para dirigirse de allí á Mount-Hope-Bay, donde permanecieron durante dos inviernos. Su exploración á aquellas comarcas duró cuatro años, regresando á Groenlandia en 1611.

11o El de los hermanos Helge y Finnboge, que en 1012 abordaron las costas de Massachussets, pasando en ellas el invierno.

12o El de Gudleif Gudlengsen, quien en 1029, después de una navegación de muchos días, desembarcó en las costas de Finlandia, en las cuales encontró á sus compatriotas Are Marsen Reykjanes.

13o El de un sacerdote islandés llamado John, que en 1059 se trasladó de Islandia á Terranova con el objeto de predicar allí la fe cristiana; pero al poco tiempo murió á manos de los indígenas del lugar.

14o Los de varias otras expediciones groenlandesas que se efectuaron entre los años 1060 á 1121, y que se establecieron en las costas meridionales de Connecticut, New-York, New-Jersey y Delaware.

15o Y, por fin, el del Obispo de Groenlandia, Erick Gnupron, que en 1121 hizo una visita pastoral por aquellos países en que estaban establecidas diversas colonias de Groenlandeses.

A más de estos viajes auténticos de los Escandinavos, hay tradición de que algunos otros se efectuaron en aquellos tiempos, no pudiendo garantizar la autenticidad de ellos, por no existir comprobantes en apoyo de esas expediciones marítimas.

En antiguos manuscritos que se conservan en las abadías de Conway y Strat-Flur, consta también que en el año 1170 el sueco Gwynedd, príncipe de Madave ó Madoc, salió del puerto de Abergwilly y se hizo á la már, navegando en dirección al oeste, hasta llegar á una comarca que se supone ser la Florida ó la Virginia: dejó allí ciento y veinte colonos, y regresando á su país, vituperó la conducta de sus hermanos y sobrinos que se disputaban una tierra pobre y árida, cuando existia una región tan extensa y tan fértil sin habitantes. Pero, por ese tiempo invadió la peste negra los países escandinavos, siendo, según se dice, tales sus estragos, que la población de esos países, calculada en doce millones de habitantes, se redujo á tres millones. Calamidad tan horrible puso naturalmente término á la vida aventurera de una parte de los navegantes de esas naciones y no volvieron á intentarse descubrimientos marítimos.

Es evidente que desde el siglo IX en que los Escandinavos descubrieron la Groenlandia, formaron allí extensas colonias, cuyos habitantes pasaban con frecuencia al Continente europeo, llevando toda clase de mercaderías, principalmente maderas y pieles. Esas colonias llegaron á contar en el siglo XIV como doscientas poblaciones con iglesias y una catedral, y la grey católica estaba gobernada por diezisiete Obispos, cuyos nombres y fundaciones se encuentran en documentos auténticos.

En el trascurso de los siglos XIII y XIV sólo efectúose por los Escandinavos y otros, uno que otro viaje marítimo á las costas septentrionales del Continente americano, y, por consiguiente, á principios del siglo XV quedó casi completamente interrumpido el tráfico entre estos países y las costas americanas, á causa de la piratería que en aquellas aguas y por aquellos tiempos ejercían los ingleses: una vez cortada la comunicación entre estos países, probable es que los colonizadores de Groenlandia y demás lugares de la costa septentrional americana se mezclaran con los Esquimales, hasta confundirse con ellos por completo. Lo mismo sucedería con las colonias europeas, establecidas en otros lugares de ese mismo Continente.

Ahora, veamos los pocos viajes marítimos que aún se emprendieron, antes de los realizados por Cristóbal Colón.

Las Sagas ó crónicas de Islandia, hacen mención de una expedición salida de aquel país, cuyas naves fueron arrojadas sobre una costa meridional de la América del Norte, que se presume sea la Florida ó la Carolina del Sur. Esas mismas crónicas hablan de una comarca americana llamada "Tierra de los hombres blancos ó Grande Islandia," país en el cual se fijaron algunos Islandeses, no siendo posible precisar, con exactitud, su posición.

En el siglo XIV los hermanos Nicoló y Antonio Zeni, venecianos, descubrieron en 1390, la Tierra de Forcec, en la parte norte del Océano Atlántico, y de allí se dirigieron al oeste á una comarca que denominaron Drogno, conocida hoy con el nombre de Nueva Escocia ó Canadá.

Según los Anales de Baronius, continuados por Odorico Raynaldi, algunos Franceses de la Baja Bretaña descubrieron Terranova y el Canadá, un siglo antes de los viajes de Colón; y los primeros que hicieron este descubrimiento, á su regreso á Europa, comunicáronlo á Juan I, rey de Portugal.

Se dice que en los años 1463 y 1464 el portugués Juan Costa Vas Corterreal llegó también á Terranova; pero las noticias que se tienen acerca de este viaje son muy confusas.

En 1476, según afirman los cronistas antiguos Wytfliet, Pontanus y Horn, el rey Christian I de Dinamarca encargó al polaco Juan Scolnus ó Kolno, que hiciera un viaje á Groenlandia, á fin de reanudar las relaciones que, desde largo tiempo, se hallaban interrumpidas entre este territorio y Dinamarca, viaje que realmente se efectuó por ese marino, pues está señalado en la carta geográfica que Miguel Lok dió á luz en 1582, con el nombre de Jac. Scolnus Groetland, que es más ó menos la misma región conocida hoy por el territorio de Labrador. También el cronista Gomara, en su Historia General de las Indias, publicada en Madrid en 1553, y Herrera, en su Historia General de los hechos de los Castellanos, publicada también en la misma ciudad, en 1601, hacen, igualmente, mención de Juan Scolnus.

El P. Fournier, en su Hydrographie (París, 1679), asevera que los Normandos y Bretones sostienen haber descubierto el Brasil antes que Albérico Vespuzio y Cabral, pues de allí llevaban palo brazil, que servía para teñir.

En 1488, ó sea cuatro años antes que Colón descubriera el Nuevo Mundo, se pretende que el francés Juan Cousin salió del puerto de Dieppe, con rumbo hacia las Indias. Este viaje de Cousin ha sido tema de muchas controversias é investigaciones entre los críticos, pues unos creen que realmente se verificó esta navegación, y otros sostienen que no tuvo lugar. Al primer grupo de estos críticos pertenece el profesor Geleich, quien afirma que tal viaje es verosímil, fundándose en que el puerto de Dieppe, en esa época, era uno de los más comerciales de Europa. Se asegura que existía en los archivos de Dieppe comprobantes del viaje de Juan Cousin; pero, desgraciadamente, este archivo fué quemado por los Ingleses cuando bombardearon y se apoderaron de esa ciudad.

En fin, en esa misma época, según crónicas vascuenses, parece que Juan de Echaide descubrió algunas nuevas regiones americanas, y que este navegante fué el que participó á Cristóbal Colón la existencia del Nuevo Continente: los archivos á que se podría recurrir para la confirmación de este viaje, han desaparecido, por desgracia, á consecuencia de las guerras por las que pasara la Gascuña.

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Si no se tenía un conocimiento cabal de América en los tiempos anteriores al descubrimiento de Colón, lo cierto es, que en algunos mapas geográficos de aquella época se encuentran consignadas algunas islas situadas en medio del Océano Atlántico ó próximas al Nuevo Mundo, como lo vamos á exponer en seguida.

En una carta del Atlas de Mediceano, del año 1351, se halla anotada la Is. de Brazil, y en mapas posteriores del siglo XIV, aparece el mismo nombre con las variaciones de Braxil, Brazylle ó Brasile[83], isla que probablemente se encontraría cerca de la costa del territorio conocido hoy por Brasil.

En la carta de los hermanos Pizzigani, venecianos, de 1367, aparece marcado el archipiélago de las Canarias, con algunas islas cuyos nombres no han variado hasta hoy, como la de la Palma y la de Forte-Ventura (Fortunata).

En las cartas marítimas catalanas del año 1376 (anónimas), que formaban parte de la biblioteca de Carlos V, figuran también los archipiélagos de Canarias y Azores y la isla de Madera, con curiosas leyendas algunas de ellas. La de las islas Afortunadas dice: "......... Estas islas se llaman Afortunadas, porque abundan en todo lo bueno: trigo, frutos y árboles. Los paganos suponen que allí está el Paraíso, á causa del poco calor que se siente y la fertilidad del suelo...... Así, los paganos de la India creen que sus almas, después de la muerte, van á habitar esas islas, y continúan viviendo allí eternamente del perfume de esos frutos. Piensan que en aquellas islas está el Paraíso; pero, en verdad, esto no pasa de una fábula."

En 1424 apareció en un atlas italiano que se conserva aún en la biblioteca de Weimar, la Is. Antilia. Mucho se ha hablado de esta isla, situada hacia al norte del trópico de Cancer, no lejos de las Azores: se pretende que en el año 734, cuando la España se vió invadida por los Moros de Africa, esta isla fué habitada por un Arzobispo de Porto en Portugal, y seis Obispos, con gran número de cristianos, hombres y mujeres, que habían ido allá con sus animales y sus bienes. Esta isla se encuentra reproducida en los mapas que el genovés Bedacio ó Bedrazio dibujó en 1434 y Andrés Biancho reprodujo en 1436.

El mismo Andrés Biancho dibujó en 1439 otro mapa en pergamino, que existe en la Biblioteca de San Marcos de Venecia, en el que está señalado, además de las Islas de Brazil y Antilia, otra situada hacía el cabo de San Agustín, en la Florida, designada con el nombre de Is. de la man. de Satanaxio (Isla de la mano de Satanás)[84].

En 1476 Andrés Benicasa dibujó un mapa en el que también figura la Is. Antilia, la misma que aparece igualmente en los mapas de Bartolomé Pareto, Fray Mauro, Ostelius, Mercator y Toscanelli, que, á la vez dan á esa misma isla el nombre de Sette Citades, (Isla de las Siete Ciudades).

En fin, en el célebre «Globo Terráqueo» de Martín Behaim[85], del año 1492, que se conserva en Nuremberg, aparece también la Insula Antilia llamada Septa Citade, con la siguiente anotación: "En el año 734, según se cuenta desde el nacimiento de Cristo, cuando toda Hispania estaba conquistada por los herejes de Africa, fué habitada esta isla por un Arzobispo de Porto-Portugal, con seis Obispos más y otros cristianos, hombres y mujeres, que habían huído de Hispania con su ganado y toda su hacienda. En el año 1414 pasó cerca de ella un buque venido de Hispania." Además, en el mismo «Globo Terráqueo» de Behaim, á los 50° Oeste del meridiano de la costa portuguesa, en medio del Océano, está señalada la Is. de San Brandano con la siguiente inscripción: "565 años después de Jesucristo llegó San Brandano á esta isla, vió en ella muchas maravillas, y siete años después se volvió á su país."

Algunos historiadores han negado la existencia de todas estas islas, tachándolas de fabulosas; pero al figurar ellas en los diversos mapas antiguos que hemos citado, es indudable que fueron exploradas antes del descubrimiento de Colón por atrevidos navegantes. Posible es, por lo demás, que los primitivos nombres de esas islas hayan ido desapareciendo de los mapas á medida que se alcanzaban conocimientos más exactos del Océano Atlántico, y que hubieran sido sustituidos por otros nombres indicados hoy en los mapas modernos[86].

Los hechos, crónicas y mapas que acabamos de citar tienen una autenticidad indiscutible, y los más renombrados geólogos modernos, sobre todo Alejandro de Humboldt, afirman que la América ha sido frecuentemente visitada por los Escandinavos desde el siglo IX al XIV. Desgraciadamente, estos viajes, apesar de su trascendencia, no han producido resultado alguno favorable para la América, por haber quedado interrumpida desde el último siglo citado la comunicación del Atlántico, ya por lo larga y peligrosa que se hacía la navegación á través de los mares que separan el Continente de Europa del de América, ya por las piraterías de los Ingleses en aquellos mares, ó ya, en fin, por la poca experiencia que en aquellos tiempos se tenía del arte náutico. Pero sea de ello lo que fuere, el hecho es, que quedó abandonada ó á lo menos fuera desatendida esa ruta durante el trascurso de cerca de doscientos años, llegando así á quedar olvidada la América, hasta que, en 1492, el navegante genovés Cristóbal Colón añadió este nuevo é incomparable florón á la Corona de España.

 

Ilustración decorativa

§ II

Para terminar esta primera parte del presente trabajo, nos concretamos á emitir nuestra humilde opinión tocante al origen de los Indios de América, con las siguientes conclusiones que apoyamos en testimonios ó con citas de respetables autores.

1.a

La cosmogonía de América se halla envuelta en tinieblas; pero es indudable que este Continente, durante su período prehistórico, ha tenido, como los demás del Antiguo Mundo, dos épocas: antediluviana y postdiluviana.

Creemos que la raza primitiva ó antediluviana fué autóctona, formada en este mismo Continente, cuando las condiciones de calor y humedad en que se encontraba el Planeta Terrestre fueron propicias para su creación y su reproducción, dando comienzo á la Edad Humana, posterior y resultante de la Edad de los Mamíferos. El desenvolvimiento de esta primitiva raza marca el origen antediluviano de los habitantes del Continente americano, y así como la flora y la fauna, la monogenia de la raza humana, en ese mismo Continente no ha permanecido inmutable, sino sujeta también á alteraciones. Por consiguiente, no es admisible que esa raza primitiva haya descendido de una pareja única, como lo enseña la Sagrada Escritura[87].

Además, según opinión de algunos etnógrafos, esa raza primitiva se remonta á las Épocas Terciaria y Cuaternaria, por los numerosos hallazgos que se han hecho en el suelo americano, no solamente de fósiles de corpulentos paquidermos antediluvianos, sino también de esqueletos humanos, herramientas y utensilios de pedernal ó silex, que indudablemente datan de la misma época antediluviana. Por consiguiente, el desarrollo de esa raza primitiva ha obedecido á un acrecentamiento lento, natural y gradual, calculándose que ha sido menester el trascurso de una larga serie de siglos para alcanzarla. El estudio de la antropología, de la etnología y de la craneología, ciencias que son la base de la historia de un pueblo, puede demostrar que el Género Humano no procede de un tronco común, y que el Continente americano ha sido poblado, en un principio, sin intervención de ninguna inmigración. Por lo tanto, la pura raza roja ó cobriza de América es indudablemente autóctona.

Lo que también nos induce á creer en esta condición autóctona de la raza roja, es el hecho de la diversidad de las razas humanas, que se dividen en cinco agrupaciones, ó sea: la raza blanca (caucasiana) ó europea; la raza amarilla (mongólica) ó asiática; la raza cobriza (indiana) ó americana; la raza morena (malaya) ó indostana; la raza negra (etiópica) ó africana. ¿Será posible, preguntamos, que Adán y Eva, que, se dice, son los padres del Género Humano, hayan sido los progenitores de razas tan diversas en color y facciones?

Tocante á las razas blanca y negra, tan diametralmente opuestas, como el día y la noche, ó sea, la luz y las tinieblas, declaramos que es un grave error suponer que ambas sean igualmente descendientes de Adán y Eva. Este tópico ha suscitado algunas controversias entre los hombres de ciencia, sin que hayan llegado á una conclusión acertada y definitiva, como lo vamos á probar.

La versión de algunos escritores consiste en atribuir el color negro de los Etiopes, á Caín, hijo de Adan y Eva, á quien Dios, en castigo de su crimen, le puso la cútis de ese color para que fuera señalado y distinguido, siendo natural que los descendientes de éste heredaran el mismo color.

Otros escritores alegan que el color negro de los Etiopes les viene de su ascendiente Cus ó Chus, hijo de Cam y nieto de Noé, que, dicen, fué de este color; pero muy extraño es, que los que emiten tal opinión, confiesan que Cam, padre de Cus, fué de color blanco.

Otros doctos escritores, para definir el mismo problema, dicen que el color negro de Cus le provino de la maldición que Noé echó á su hijo Cam por la burla que de él hiciera al encontrarle embriagado y desnudo, y que tal anatema alcanzó á los descendientes del maldito. Además, siendo verosímil que Cam hubiera tenido cuatro hijos, Cus, Misraim, Fut y Canaán, no se explica cómo el primero adquiriera el color negro, en lugar del último que, según la Sagrada Escritura, fué el maldecido en la persona de su padre.

Otros, que también han tratado en la materia, suponen que la negrura de los Etiopes proviene del violentísimo calor del sol en aquella tierra, que los tuesta y abrasa; sin reflexionar que, en Africa, existen regiones tan templadas como en otros Continentes, y que en América hay lugares tan ardientes como los de la Etiopía, sin que, por eso, los habitantes de esas últimas latitudes tengan la cútis negra.

En fin, otro erudito autor, Fray Gerónimo Feijoó que ha terciado en esta cuestión, opina también que la negrura de los Africanos tiene por origen la influencia climatérica del país que habitan.

Todas las erróneas opiniones que preceden deben desecharse por no estar fundadas en la razón. A nuestro humilde juicio, el color negro de la piel de los Africanos, proviene de la existencia, en esos individuos, de una sustancia negra en la red celulosa que se halla debajo de la piel ó epidermis, y se conoce, entre los anatómicos, con el nombre de tejido reticular ó cuticular: esta membrana es inorgánica; carece enteramente de fibras, vasos y nervios, y se considera como un producto de secreción del dermis, ó una parte del cuerpo mucoso, desecado por la acción del aire, que sirve como de barniz á toda la piel. Esta sustancia negra no existe, consiguientemente, en el tejido ó red celulosa que se halla bajo la piel de los hombres blancos.

Por lo tanto, los despropósitos emitidos, tocante á los negros, por los escritores citados, nos conducen á emitir nuestra opinión al respecto, en el sentido de que Dios ha creado, para cada raza, lo repetimos, su respectiva pareja en diferentes puntos del Globo, siendo la América uno de esos puntos de creación; de donde resulta que sus primitivos habitantes fueron autóctonos, como lo fueron también los de la raza blanca de Europa, los de la raza amarilla de Asia, los de la raza morena del Indostán, y los de la raza negra de Africa. Debemos establecer aquí un principio que tiene razón de ser y que es incuestionable.

Según nos enseña la Sagrada Escritura, el Criador del Universo mandó el Diluvio Universal para castigo del Género Humano, por la perversidad de sus costumbres, ordenando préviamente á Noé que construyera una arca para salvarse él con su familia y los animales destinados á repoblar la Tierra.

Si Dios, que es Omnipotente y Todopoderoso, quiso que se salvara del cataclismo universal una ó más parejas de la raza blanca (suponiendo que Noé y su familia fueran descendientes de Adán y Eva), pudo hacer, del mismo modo, con su gran poder, que se salvara también del Diluvio, una ó más parejas de cada una de las demás razas, ó sea, la amarilla, la roja, la morena y la negra, á fin de que no solamente la raza blanca, sino también las demás, pudieran repoblar la Tierra después del Diluvio. Tocante á la habitabilidad antediluviana del Nuevo Mundo, hay que fijarse en otra consideración. No hay duda de que el Criador, al formar el Planeta Terrestre, tuvo la mira de que todo él fuese habitado: en tal virtud, no es lógico ni verosímil suponer que el Continente americano, que forma una extensa porción de la superficie de ese mismo Planeta, lo hubiese dejado Dios inhabitado durante 1656 años que, según la cronología del texto hebráico del Génesis, trascurrieron desde la Creación del Mundo hasta el Diluvio Universal[88], pues ese texto bíblico, en su cap. IX es tan explícito al respecto, que dice: Creced y multiplicaos y poblad la Tierra. En cumplimiento de este precepto divino, incuestionable es, que la América como los demás continentes terrestres, fuera habitada desde la Creación del Mundo; supuesto, que nos permite retroceder, nuevamente, á la cuestión de la autoctonía de los primitivos habitantes del Continente americano, que, según opinión de algunos poliphiletes, es indudable que descendieron de una pareja distinta de la de Adán y Eva[89].

Otra prueba que, sin contradicción, se puede también aducir en apoyo de la autoctonía del Hombre antediluviano en el privilegiado Continente americano, además de los corpulentos paquidermos, esqueletos humanos y herramientas de pedernal encontrados en su suelo, es que este mismo Continente tiene un sinnúmero de producciones especiales y propias de los tres reinos de la Naturaleza, que muchas de éstas no se encuentran en los Antiguos Continentes, y que el Supremo Hacedor del Universo no habría puesto aquellas con tanta explendidez en América, si este suelo hubiere permanecido inhabitado.

En efecto, maravilloso es todo lo creado en el Continente americano, que supera en extensión á cada uno de los otros cuatro, pues por sí solo, representa una tercera parte del Globo habitado[1].

Sus cadenas inmensas de cordilleras son las más gigantescas del Orbe, pues abrazan toda la longitud del Continente, desde el Mar Glacial hasta la Tierra del Fuego, habiendo algunas montañas que tienen más de 20,000 piés de elevación y cuyas cimas están perpetuamente coronadas de nieve; sus ríos son también los más extensos y caudalosos, y los de corriente más torrentosa y formidable que se conocen, teniendo algunos de ellos más de mil leguas de extensión; sus numerosos volcanes elevadísimos, que son fanales encendidos por la Naturaleza, hacen erupciones tremendas que se oyen á más de doscientas leguas de distancia; cuyos extragos causan la ruina de grandes poblaciones; en sus frondosas é impenetrables selvas vírgenes y en sus espesos bosques jamás penetran los rayos del sol, por la tupidez de su follaje y su lujurienta belleza desordenada y grandiosa; sus extensos valles son profundos y deliciosos, designándose con el nombre de sabanas ó praderas; sus desiertos ó pampas inmensas de arena movediza, desprovistas de vejetación y moradores, pueden compararse á los de Africa y Asia; sus lagos mayores, algunos de ellos muy elevados, como el Titicaca, que se halla situado en una meseta de la Cordillera de los Andes, á 12,000 pies de elevación sobre el nivel del mar, y otros lagos de más de 25 á 30,000 millas cuadradas y más de cien leguas de longitud, pueden considerarse como mares interiores; sus archipiélagos estupendos, que constan de las más grandes y ricas islas del Mundo; sus numerosas aguas termales que brotan del seno de la tierra en una elevada temperatura, son tan benéficas y maravillosas para la curación de gran número de enfermedades; sus golfos y bahías, que son los mayores que se conocen; sus diversos climas, que comprenden las producciones de todas las zonas y son propicios al cultivo de casi todas las plantas de otros Continentes, á más de una multitud de otras producciones que le son peculiares; sus abundantes minas de ricos minerales, cual no las posee ningún otro continente, porque la riqueza de sus innumerables é inagotables depósitos mineralógicos son fabulosos, habiendo producido, desde la conquista hasta hoy, más de siete mil millones de pesos y sigue produciendo enormes cantidades, constatándose que á fines del siglo XVIII se contaban, tan sólo en el Perú, 770 minas de oro y plata en labor, y 578 prontas á ser trabajadas, sin incluir los lavaderos de oro y minas de azogue, siendo una de estas últimas la reputada de Huancavelica, que ha rendido inmensos productos; su magnificencia, galanura, exuberancia y lujosísima vegetación, que es asombrosa en tantas especies de plantas propias de este Continente; su zoología variada y diversa de la de otros países; todo, en una palabra, es más grandioso, más sublime y más majestuoso en el Continente americano, que lo es en los demás. La obra de la Creación se presenta allí con todo su imponente aspecto, y en medio de esta salvaje y virgen vegetación, el naturalista experimenta puros y suaves goces, que no se pueden comparar con los que proporcionan las agitadas y bulliciosas capitales.

"En América—ha dicho un viajero eminente—la Naturaleza entera, animada é inanimada, tiene el sello de la grandiosidad y reviste un carácter de majestad y formas tan colosales, que sería en vano buscarlas en cualquiera otra parte del Globo."

Valiéndonos también de la expresión de otro escritor contemporáneo: "Parece que el Autor de la Naturaleza quiso hacer gala de su grandeza y poderío al dejar salir de sus manos el Continente de América."

Por lo tanto, no es concebible que semejante prodigalidad y munificencia divina, lo volvemos á repetir, hubiera sido concedida por el Omnipotente para que ese suelo privilegiado permaneciera inhabitado la larga serie de siglos que trascurrieron desde la Creación hasta el Diluvio; por eso mismo, debemos creer que los hombres que habitaron ese paradisíaco Hemisferio en tan dilatado trascurso de tiempo, fueron de raza autóctona.

Para patentizar los inmensos tesoros que la América encierra en su suelo, señalamos en seguida, si no todas, á lo menos gran parte de las producciones, que, con mano pródiga donó el mismo Criador al Continente americano, para provecho del Hombre; pues si fuéramos á enumerarlas todas, habría necesidad de hacer un abultado volumen. No dudamos que la siguiente nomenclatura sea de algún interés, pues por ella se puede apreciar la riqueza fabulosa del Nuevo Mundo en sus tres reinos de la Naturaleza.

REINO MINERAL

Bien sabido es que en el Reino Mineral, ningún otro Continente es tan rico como el de América, pues todos los metales, principalmente el oro y la plata, se encuentran en suma abundancia encerrados en el seno de sus montañas. Las grandes cantidades de oro, plata y otros metales que se han extraido de América, tanto por los indígenas, antes de su descubrimiento, cuanto durante la conquista y el largo período del coloniaje, y las muchas cantidades que se síguen extrayendo hasta el día, se elevan á una suma extraordinariamente crecida, que se puede estimar en incalculables millones de pesos, sin que por eso se hayan agotado las minas de esos preciosos metales. «El afanoso minero no ha logrado más que deshojar la superficie de cuantos veneros están guardados dentro de la colosal muralla del Nuevo Mundo.»[91]

Para formarse una idea de la riqueza de América, en su Reino Mineral, citamos en seguida, por orden alfabético, algunos de esos productos, la mayor parte nativos, para luego enumerar los del Reino Vegetal y del Reino Animal: