[126] I Cor., XV, 5 y sig.
[127] Juan, XXI, 1 y sig. Este capítulo se adicionó al Evangelio, ya concluido, como un post-scriptum, pero tiene el mismo orígen que los demás.
[128] Juan, XXI, 9-14; comp. Luc., XXIV, 41-43. Juan reunió en una sola las dos escenas de la pesca y de la comida; pero Lucas no hace esta agrupacion. De todos modos si se estudian atentamente los versículos Juan, XXI, 14-15, podrá uno reconocer que los enlaces de Juan son aquí un poco artificiales. Las alucinaciones son aisladas en el momento que se producen; solo despues se forman anécdotas continuadas. Este sistema de unir dos hechos separados es por demás sorprendente comparando entre sí dos pasajes del mismo escritor, Lucas, Evang., XXIV, final, y Act., I, inicio. Segun el primer pasaje, Jesús subió al cielo el mismo dia de la resurreccion, pero el segundo dice que hubo un intervalo de cuarenta dias. Tomando al pié de la letra lo que refiere Marc., XVI, 9-20, la ascension hubiera tenido lugar la misma noche de la resurreccion. Nada prueba mejor que la contradiccion de Lucas en estos dos pasajes cuán poco se cuidaban de la exactitud de sus relatos los redactores de escritos evangélicos.
[129] Juan, XXI, 15 y sig.
[130] Ibid., XXI, 18 y sig.
[131] I Cor., XV, 6.
[132] Transfiguracion.
[133] Mat., XXVIII, 16-20; I Cor., XV, 6. Comp. Marc., XVI, 15 y sig.; Luc., XXIV, 44 y sig.
[134] I Cor., XV, 6.
[135] Juan no limita la duracion de la segunda vida de Jesús, pero supone que fué bastante larga. Segun Mateo, no duró sino el tiempo necesario para hacer el viaje á Galilea, é ir á la montaña indicada por Jesús. Segun el primer final no concluido de Márcos (XVI, 1-8), las cosas pasaron como dice Mateo. Segun el segundo final (XVI, 9-20), otros varios (véase p. 63, nota 4) y conforme al Evangelio de Lucas, parece que la segunda vida no duró más que un dia. Pablo (I Cor., XV, 5-8), de acuerdo con el cuarto Evangelio, la prolonga durante algunos años, y produce despues su vision, que tuvo lugar al menos cinco ó seis años despues de la vida de Jesús, y fué la última de las apariciones. La circunstancia de los «quinientos hermanos», induce á la misma suposicion, pues no parece verosímil que al siguiente dia de la muerte de Jesús, fuera tan considerable el grupo de sus amigos. (Act., I, 15). Varias sectas gnósticas, evaluaban la duracion de las apariciones en diez y ocho meses, fundando sobre esto teorías místicas (Ireneo, Adv. hær., I, III, 2; XXX, 14). Solo el autor de las Actas (I, 3) fija la duracion de la segunda vida de Jesús en cuarenta dias, pero es una autoridad de poco valor, sobre todo si se observa que procede de un sistema erróneo (Luc., XXIV, 49, 50, 52; Act., I, 4, 12), segun el cual toda la segunda vida se pasó en Jerusalem ó en sus alrededores. El número cuarenta es simbólico: (el pueblo pasa cuarenta dias en el desierto; Moisés cuarenta dias en el Sinaí; Elías y Jesús ayunan cuarenta dias, etc.). En cuanto á la forma del relato adoptado por el autor de los doce últimos versículos del segundo Evangelio, y por el del tercero, véase p. 84, nota. La autoridad de Pablo, la más antigua y la más autorizada de todas, que corroborando la del cuarto Evangelio ofrece para esta parte de la historia Evangélica más verosimilitud, nos parece ofrecer un argumento decisivo.
[136] Luc., XXIV, 31.
[137] Juan, XX, 19-26.
[138] Mat., XXVIII, 9; Luc., XXIV, 37 y sig.; Juan, XX, 27 y sig.; XXI, 5 y sig.; Evangelio de los hebreos en san Ignacio, epístola de los Esmirnos, 3, y en san Gerónimo, De viris illustribus, 16.
[139] Juan, VI, 64.
[140] Mat., XXVIII, 11-15; Justino, Dial. cum Tryph., 17, 108.
[141] Mat., XXVII, 62-66; XXVIII, 4, 11-15.
[142] Ibid., XXVIII, 2 y sig.
[143] Segun Mat., XXVII, 63, parece que los judíos sabian que Jesús habia predicho que resucitaria, pero los mismos discípulos de Jesús no tenian ninguna idea precisa sobre este punto. Véase pág. 59, nota.
[144] En Mat., XXVI, 32; XXVIII, 7, 10; y en Marc., XIV, 28; XVI, 7 se indica vagamente esta opinion.
[145] Esto se ha visto por los milagros de la Salette y de Lourdes.—Hé aquí por qué medios se forma comunmente la leyenda milagrosa. Un santo hombre, adquiere la fama de hacer curaciones; se le trae un enfermo que á causa de la emocion se siente aliviado, y al dia siguiente se refiere en diez leguas á la redonda que se ha verificado un milagro. El enfermo muere cinco ó seis dias despues, y nadie habla de ello, mas en el momento de enterrar al difunto, se habla con asombro de su curacion en un espacio de cuarenta leguas.—La palabra atribuida al filósofo griego delante de los ex-votos de Samotracia (Diog. Laerc., VI, II, 59) es asimismo perfectamente apropiada.
[146] En Jerusalem ocurre todos los años un fenómeno de este género y de los más extraordinarios que puedan citarse. Los griegos ortodoxos pretenden que el fuego que se enciende espontáneamente en el Santo Sepulcro el sábado santo de su Pascua, borra los pecados de aquellos que se lo pasan por el semblante sin quemarse. Millares de peregrinos hacen esta prueba, pero se convencen de que aquel fuego quema (y esto lo prueban las contorsiones y gestos que hacen, así como tambien el olor que se percibe). Á pesar de esto, ninguno ha contradicho la creencia de la iglesia ortodoxa, porque esto seria confesar que no se tiene fé, que uno es indigno del milagro, y reconocer ¡oh cielos! que los latinos son la verdadera iglesia, pues los griegos suponen que este milagro es la mejor prueba de que su iglesia es la única buena.
[147] Esta causa se vió ante el tribunal de Grenoble (sentencia del 2 de Mayo de 1855 y 6 Mayo 1847) defensas de los letrados Jules Fabre y Bethmont, etc., coleccionadas por J. Sabbatier (Grenoble, Vellot, 1857).
[148] ¿No se trasluce nada de esto en Juan, XX, 15?
[150] Juan lo dice expresamente en XIX, 41-42.
[151] Juan, XX, 6-7.
[152] Involuntariamente se piensa en María de Betania, que en efecto no desempeña un papel marcado en la mañana del Domingo. Véase Vida de Jesús, p. 341 y sig.; 359 y sig.
[153] Celso hacia sobre este punto excelentes observaciones críticas (en Orígenes, Contra Celsum, II, 55).
[154] Marc., XVI, 9; Luc., VIII, 2.
[155] Luc., XXIV, 47.
[157] Mateo es exclusivamente Galileo; Lucas y el segundo Márcos, XVI, 9-20 son exclusivamente Jerosolimitas. Juan reune ambas tradiciones. Pablo (I Cor., XV, 5-8.) admite tambien visiones llegadas de puntos muy lejanos, y es posible que la vision de los «quinientos hermanos» de Pablo, que hemos identificado por conjetura con la de la «montaña de Galilea,» de Mateo, sea una vision Jerosolimita.
[158] I Cor., XV, 7. No se explica el silencio de los cuatro Evangelios canónicos acerca de esta vision, sino suponiéndola en una época más lejana que aquella á que se refiere su relato. El órden cronológico de las visiones, sobre el cual insiste Pablo con tanta precision, induce á creer lo mismo.
[159] Evangelio de los hebreos citado por San Gerónimo, De viris illustribus, 2. Compárese Luc., XXIV, 41-43.
[160] Evangelio de los hebreos, loc. cit.
[161] Juan, VII, 5.
[162] ¿Se aludirá á este brusco cambio en Gal., II, 6?
[163] Act., I, 14 no es un testimonio muy autorizado. Se reconoce en Lucas una tendencia á engrandecer á María. Luc., cap. I y II.
[164] Juan, XIX, 25-27.
[165] La tradicion que habla de su permanencia en Éfeso es moderna y no tiene valor alguno. Véase Epifanio, Adv. hær., hær. LXXVIII, 11.
[166] Véase, Vida de Jesús, págs. 23 y sig.
[167] Evangelio segun los hebreos, véase lugar citado en la pág. 97, nota 159.
[168] Act., VIII, 1; Galat., I, 17-19; II, 1 y sig.
[169] Luc., XXIV, 49; Act., I, 4.
[170] Es cierto que esta idea no está desarrollada sino en el cuarto Evangelio, (cap. XIV, XV, XVI), pero se indica en Mat., III, 11; Marc., I, 8; Luc., III, 16; XII, 11-12; XXIV, 49.
[171] Juan, XX, 22-23.
[172] Ibid., XVI, 7.
[173] Luc., XXIV, 49; Act., I, 4 y sig.
[174] Act., I, 5-8.
[175] I Cor., XV, 7; Luc., XXIV, 50 y sig.; Act., I, 2 y sig. Ciertamente seria muy admisible que la vision de Betania referida por Lucas fuese semejante á la de la montaña de que nos habla Mat., XXVIII, 16 y sig. Sin embargo, á la vision de que hablaba Mateo no siguió la ascension. En el segundo final de Márcos, la vision de las instrucciones finales, seguida de la ascension, tuvo lugar en Jerusalem. Finalmente, Pablo presenta la vision de todos los apóstoles como distinta de la de los quinientos hermanos.
[176] Otras tradiciones aseguran que Jesús confirió este poder en visiones anteriores (Juan, XX, 23)
[177] Luc., XXIV, 23; Act., XXV, 19.
[178] Act., I, 11.
[179] I Cor., XV, 8.
[180] Mat., XXVIII, 20.
[181] Juan, III, 13; VI, 62; XVI, 7; XX, 17; Efes., IV, 10; I Petri, III, 22. Ni Mateo ni Juan dan el relato de la ascension. Pablo (I Cor., XV, 7-8), ni siquiera incluye semejante idea.
[182] Marc., XVI, 19; Luc., XXIV, 50-52; Act., 2-12; Justino, Apol. I, 50; Ascension de Isaías, version etíope, XI, 22; version latina (Venecia, 1522), sub fin.
[183] Compárese el relato de la transfiguracion.
[184] Jos., Antiq., IV, VIII, 48.
[185] II Reg., II, 11 y sig.
[186] Luc., último capítulo del Evangelio y primero de las Actas.
[187] Luc., XXIV, 52.
[188] Mateo, XVIII, 20.
[189] Act., I, 15. La mayor parte de los «quinientos hermanos» se habian quedado en Galilea; por consiguiente, lo que dice Act., II, 41 es una exageracion ó por lo menos una anticipacion.
[190] Luc., XXIV, 53; Act., II, 46. Comp. Luc., II, 37; Hegesipo, en Eusebio, Historia eclesiástica, II, 23.
[191] Deuter., X, 18; I Tim., VI, 8.
[192] Léase la Guerra de los judíos de Josefo.
[193] Juan, XX, 22.
[194] I Reg., XIX, 11-12.
[195] Esta obra parece haber sido escrita á principios del siglo II de nuestra era.
[196] Ascension de Isaías, VI, 6 y sig. (Version etíope).
[197] Mat., III, 11; Marc., I, 8; Luc., III, 16; Act., I, 5; XI, 16; XIX, 4; I Juan, V, 6 y sig.
[198] Compárese á Misson, en su Le Théâtre sacré des Cévennes (Lóndres, 1707), pág. 103.
[199] Revue des Deux Mondes, setiembre de 1853, pág. 966 y sig.
[200] Jules Remy, Voyage au pays des Mormons, (París, 1860), libros II y III; por ejemplo, tomo I, pág. 259-260; tomo II, 470 y sig.
[201] Astié, Le Réveil religieux des États-Unis (Lausanne, 1859).
[202] Act., II, 1-3; Justino, Apol. I, 50.
[203] La expresion lengua de fuego, significa simplemente, en hebreo, una llama (Isaías V, 24). Comp. Virgilio, Æn., II, 682-84.
[204] Jámblico (De myst., sect. III, cap. 6) expone toda la teoría de esas bajadas luminosas del Espíritu.
[205] Compárese Talmud de Babilonia, Chagiga, 14 b; Midrachim, Schir hasschirin rabba, fol. 10 b; Ruth rabba, fol. 42 a; Koheleth rabba, 87, a.
[206] Mat., III, 11; Luc., III, 16.
[207] Éxodo, IV, 10; comp. Jeremías, I, 6.
[208] Isaías, VI, 5 y sig; comp. Jeremías, I, 9.
[209] Luc., XI, 12; Juan, XIV, 26.
[210] Act., II, 5 y sig. Este es el sentido más probable, aunque tambien puede significar que cada predicador hablaba uno de los diferentes idiomas.
[211] Act., II, 4. Comp. I Cor., XII, 10, 28; XIV, 21-22. Para imaginaciones análogas véase Calmeil, De la folie, I, p. 9, 262; II, p. 357 y sig.
[212] Talmud de Jerusalem, Sota, 21 b.
[213] Testamento de los doce patriarcas., Judá, 25.
[214] Act., II, 4; X, 44 y sig. XI, 15; XIX, 6; I Cor., XII-XIV.
[215] Marc., XVI, 17. Debe recordarse que en el antiguo hebreo, como en todas las lenguas antiguas, (véase mi Orig. du langage, pág. 177 y sig.) las palabras «extranjero», «lengua extranjera», se derivaban de palabras que significaban «tartamudear», «balbucear», porque los pueblos sencillos tomaban siempre un idioma desconocido por un tartamudeo indistinto. Véase Isaías, XXVIII, 11; XXXIII, 19; I Cor., XIV, 21.
[216] I Cor., XIII, 1. (Véase la nota anterior).
[217] I Cor., XII, 28, 30; XIV, 2 y sig.
[218] I Sam., XIX, 23 y sig.
[219] Plutarco, De Pythiæ oraculis, 24. Véase tambien la prediccion de Casandra en el Agamemnon de Esquilo.
[220] I Cor., XII, 3; XVI, 22; Rom., VIII, 15.
[221] Rom., VIII, 23, 26, 27.
[222] I Cor., XIII, 1; XIV, 7 y sig.
[223] Rom., VIII, 26-27.
[224] I Cor., XIV, 13, 14, 27 y sig.
[225] Jurieu, Lettres pastorales; tercer año, carta 3.ª; Misson, Le Théâtre sacré des Cévennes, p. 10, 14, 15, 18, 19, 22, 31, 32, 36, 37, 65, 66, 68, 70, 94, 104, 109, 126, 140; Brueys, Histoire du fanatisme (Montpellier, 1709), I, páginas 145 y sig.; Fléchier, Lettres choisies (Lyon 1734), I, pág. 353 y sig.
[226] Karl Hase, Hist. de l’Église, párrafo 439 y 458, 5; el periódico protestante L’Espérance, 1.º de abril de 1847.
[227] M. Hohl, Bruchstücke aus dem Leben und den Schriften Ed. Irving’s (Saint-Gall, 1839), p. 145, 149 y sig.; Karl Hase, Hist. de l’Église, párrafo 458, 4.—Respecto á los Mormones, véase Remy, Voyage, I, pág. 176-177, nota; 259-260; II, pág. 55 y sig.—En cuanto á los convulsionarios de Saint-Médard, véase sobre todo Carré de Montgeron, La Vérité des miracles, etc. (París 1737-1741), II, p. 18, 19, 49, 54, 55, 63, 64, 80, etc.
[228] Act., II, 13, 15.
[229] Marc., III, 21 y sig; Juan, X, 20 y sig; XII, 27 y sig.
[230] Act., XIX, 6; I Cor., XIV, 3 y sig.
[231] Act., X, 46; I Cor., XIV, 15, 16, 26.
[232] Col., III, 16; Efes., V, 19 (Ψαλμοί, ὕμνοί, ᾠδαὶ πνευματικαί). Véase los primeros capítulos del Evangelio de Lucas. Compárese, en particular, Luc., I, 46 á Act., X, 46.
[233] I Cor., XIV, 15; Col., III, 16; Efes., V, 19.
[234] Jeremías, I, 6.
[235] Marc., XVI, 17.
[236] I Cor., XIV, 22. Πνεῦμα, en las epístolas de San Pablo, está usado muy á menudo como δύναμις. Los fenómenos espiritistas se consideran como δυνάμεις, es decir, milagros.
[237] Ireneo, Adv. hær., V, VI, 1; Tertuliano, Adv. Marcion., V, 8; Constit. Apost., VIII, 1.
[238] Luc., II, 37; II Cor., VI, 5; XI, 27.
[239] II Cor., VII, 10.
[240] Act., VIII, 26 y sig.; X entero; XVI, 6, 7, 9 y sig. Compárese Luc., II, 27, etc.
[241] Act., XX, 19, 31; Rom., VIII, 23, 26.
[242] Act., II, 42-47; IV, 32-37; V, 1-11; VI, 1 y sig.
[243] Ibid., II, 44, 46, 47.
[244] Ibid., II, 46; XX, 7, 11.
[245] No ha habido literatura alguna que haya referido con tanta frecuencia la palabra «alegría» como la del Nuevo Testamento. Véase I Tes., I, 6; V, 16; Rom., XIV, 17; XV, 13; Galat., V, 22; Philip., I, 25; III, 1; IV, 4; I Juan, I, 4, etc.
[246] Act., XII, 12.
[247] Véase Vida de Jesús, p. XXXIX y sig.
[248] Ebionim significa «pobres.» Véase Vida de Jesús, p. 182-183.
[249] Recuérdese el año 1000. Todos los documentos encabezados con la fórmula: adventante mundi vespera, ú otras parecidas, son donaciones hechas á monasterios.
[250] Hodgson, en el Journal Asiat. Soc. of Bengal, t. V, p. 33 y sig. Eugène Burnouf, Introd. à l’histoire du buddhisme indien, I, p. 278 y sig.
[251] Luciano, Muerte de Peregrino, 13.
[252] Papiros de Turin, de Lóndres, de París, coleccionados por Brunet de Presle, Mém. sur le Sérapéum de Memphis (París, 1852); Egger, Mém. d’hist. anc. et de philologie, p. 151 y sig. y en las Notices et extraits, t. XVIII, 2.ª parte, p. 264-359. Obsérvese que la vida eremítica cristiana tuvo su orígen en Egipto.
[253] Act., XI, 29-30; XXIV, 17; Galat., II, 10; Rom., XV, 26 y sig. I Cor., XVI, 1-4; II Cor., VIII y IX.
[254] Act., V, 1-11.
[255] Ibid., II, 46; V, 12.
[256] Ibid., III, 1.
[257] Jacobo, por ejemplo, fué toda su vida judío puro.
[258] Act., II, 47, IV, 33, V, 13, 26.
[259] Ibid., II, 46.