—¡Hay tan graciosa locura—dije yo—, que, aun aquí, estáis sin dejarla ni de cansaros della! ¡Oh, qué vi dellos!

Y decía un diablo:

—Ésta es gente que canta sus pecados como otros los lloran, pues en amancebándose, con hacerla pastora o mora, la sacan a la vergüenza en un romancico por todo el mundo. Si las quieren a sus damas, lo más que les dan es un soneto o unas octavas, y si las aborrecen o las dejan, lo menos que les dejan es una sátira. ¡Pues qué es verlas cargadas de pradicos de esmeraldas, de cabellos de oro, de perlas de la mañana, de fuentes de cristal, sin hallar sobre todo esto dinero para una camisa ni sobre su ingenio! Y es gente que apenas se conoce de qué ley son. Porque nombre es de cristianos, las almas de herejes, los pensamientos de alarbes y las palabras de gentiles.

—Si mucho me aguardo—dije entre mí—, yo oiré algo que me pese.

Fuíme adelante y dejélos con deseo de llegar adonde estaban los que no supieron pedir a Dios. ¡Oh, qué muestras de dolor tan grandes hacían! ¡Oh, qué sollozos tan lastimosos! Todos tenían las lenguas condenadas a perpetua cárcel y poseídos del silencio. Tal martirio, en voces ásperas de un demonio, recibían por los oídos:

—¡Oh, corvas almas, inclinadas al suelo, que con oración logrera y ruego mercader y comprador os atrevistes a Dios y le pedistes cosas que, de vergüenza de que otro hombre las oyese, aguardábades a coger solos los retablos! Pues ¿cómo? ¿Más respeto tuvisteis a los mortales que al Señor de todos? Quien os ve en un rincón, medrosos de ser oídos, pedir mormurando, sin dar licencia a las palabras que se saliesen de los dientes, cerrados de ofensas:

—¡Señor, muera mi padre y acabe yo de suceder en su hacienda; llevaos a vuestro reino a mi mayor hermano y aseguradme a mí el mayorazgo; halle yo una mina debajo de mis pies, el Rey se incline a favorecerme y véame yo cargado de sus favores!

—Y ved—dijo—a lo que llegó una desvergüenza que osastes decir.

Y haced esto, que si lo hacéis, yo os prometo de casar dos huérfanas, de vestir seis pobres y de daros frontales.

—¡Qué ceguedad de hombres: prometer dádivas al que pedís, con ser la suma riqueza! Pedistes a Dios por merced lo que Él suele dar por castigo, y, si os lo da, os pesa de haberlo tenido cuando morís, y, si no os lo da, cuando vivís, y así, de puro necios, siempre tenéis quejas. Y si llegáis a ser ricos por votos, decidme, ¿cuáles cumplís? ¿Qué tempestad no llena de promesas los santos? Y ¿qué bonanza tras ellas no los torna a desnudar, con olvido, de toques de campanas? ¿Qué de preseas ha ofrecido a los altares la espantosa cara del golfo? Y ¿qué dellas ha muerto y quitado de los mismos templos el puerto? Nacen vuestros ofrecimientos de necesidad; y no de devoción. ¿Pedisteis[238] alguna vez a Dios paz en el alma, aumento de gracia, favores suyos o inspiraciones? No, por cierto; ni aun sabéis para qué son menester estas cosas ni lo que son. Ignoráis que el holocausto, sacrificio y oblación que Dios recibe de vosotros es de la pura conciencia humilde espíritu, caridad ardiente. Y esto, acompañado con lágrimas, es moneda, que aun Dios, si puede, es cudicioso en nosotros. Dios, hombres, por vuestro bien gusta que os acordéis dél, y, como, si no es en los trabajos, no os acordáis, por eso os da trabajos, porque tengáis dél memoria. Considerad vosotros, necios demandadores, cuán brevemente se os acabaron las cosas, que importunos pedisteis a Dios. ¡Qué presto os dejaron y cómo, ingratos, no os fueron compañía en el postrer paso! ¿Veis cómo vuestros hijos aún no gastan de vuestras haciendas un real en obras pías, diciendo que no es posible que vosotros gustéis dellas, porque si gustárades en vida hiciérades algunas? Y pedís tales cosas a Dios, que muchas veces, por castigo de la desvergüenza con que las pedís, os las concede. Y bien, como suma sabiduría, conoció el peligro que tenéis en saber pedir, pues lo primero que os enseñó en el Pater noster fué pedirle; pero pocos entendéis aquellas palabras donde Dios enseñó el lenguaje con que habéis de tratar con Él.

Quisieren responderme; mas no les daban lugar las mordazas.

Yo, que vi que no habían de hablar palabra, pasé adelante, donde estaban juntos los ensalmadores[239] ardiéndose vivos, y los saludadores también condenados por embestidores. Dijo un diablo:

—Veislos aquí a estos tratantes en santiguaduras, mercaderes de cruces, que embelesaron[240] el mundo y quisieron hacer creer que podía tener cosa buena un hablador. Gente es esta ensalmadora, que jamás hubo nadie que se quejase dellos. Porque, si les sanan antes, se lo agradecen, y si los matan, no se pueden quejar. Y siempre les agradecen lo que hacen y dan contento. Porque, si sanan, el enfermo los regala, y si matan, el heredero les agradece el trabajo. Si curan con agua y trapos la herida, que sanara por virtud de naturaleza, dicen que es por ciertas palabras virtuosas, que les enseñó un judío. ¡Mirad qué buen origen de palabras virtuosas! Y si se enfistola[241], empeora y muere, dicen que llegó su hora y el badajo[242] que se la dió y todo. Pues ¿qué es de oir a éstos las mentiras que cuentan de uno, que tenía las tripas fuera en la mano en tal parte, y otro, que estaba pasado por las ijadas? Y lo que más me espanta es que siempre he medido la distancia de sus curas, y siempre las hicieron cuarenta o cincuenta leguas de allí, estando en servicio de un señor, que ha ya trece años que murió, porque no se averigüe tan presto la mentira, y por la mayor parte, estos tales que curan con agua, enferman ellos por vino. Al fin, éstos son por los que se dijo: “Hurtan que es bendición”[243], porque con la bendición hurtan, tras ser siempre gente ignorante. Y he notado que casi todos los ensalmos están llenos de solecismos. Y no sé qué virtud se tenga el solecismo por lo cual se pueda hacer nada. Al fin, vaya do fuere, ellos están acá algunos, que otros hay buenos hombres, que, como amigos de Dios, alcanzan dél la salud para los que curan: que la sombra de sus amigos suele dar vida.

Pero para ver buena gente, mirad los saludadores[244], que también dicen que tienen virtud.

Ellos se agraviaron, y dijeron que era verdad que la tienen. Y a esto respondió un diablo:

—¿Cómo es posible que por ningún camino se halle virtud en gente que anda siempre soplando?

—Alto—dijo un demonio—, que me he enojado. Vayan al cuartel de los porquerones[245], que viven de lo mismo.

Fueron, aunque a su pesar. Y yo abajé otra grada por ver los que Judas me dijo que eran peores que él, y topé en una alcoba muy grande una gente desatinada, que los diablos confesaban que ni los entendían ni se podían averiguar con ellos. Eran astrólogos y alquimistas. Éstos andaban llenos de hornos y crisoles, de lodos, de minerales, de escorias, de cuernos, de estiércol, de sangre humana, de polvos y de alambiques. Aquí calcinaban, allí lavaban, allí apartaban y acullá purificaban. Cual estaba fijando el mercurio al martillo, y, habiendo resuelto la materia viscosa y ahuyentado la parte sutil, lo corruptivo del fuego, en llegándose a la copela, se le iba en humo. Otros disputaban si se había de dar fuego de mecha o si el fuego o no fuego de Raimundo[246] había de entenderse de la cal o si de luz efectiva del calor, y no de calor efectivo de fuego. Cuales, con el signo de Hermete, daban principio a la obra magna, y en otra parte miraban ya el negro blanco y le aguardaban colorado. Y juntando a esto la proporción de naturaleza, con naturaleza se contenta la naturaleza, y con ella misma se ayuda, y los demás oráculos ciegos suyos, esperaban la reducción de la primera materia, y, al cabo, reducían su sangre a la postrera podre, y, en lugar de hacer del estiércol cabellos, sangre humana, cuernos y escoria oro, hacían del oro estiércol, gastándolo neciamente. ¡Oh, qué de voces que oí sobre el padre muerto ha resucitado y tornarlo a matar! ¡Y qué bravas las daban sobre entender aquellas palabras tan referidas de todos los autores químicos!:

—¡Oh! Gracias sean dadas a Dios, que de la cosa más vil del mundo permite hacer una cosa tan rica[247].

Sobre cuál era la cosa más vil se ardían. Uno decía que ya la había hallado, y, si la piedra filosofal[248] se había de hacer de la cosa más vil, era fuerza hacerse de corchetes. Y los cocieran y distilaran si no dijera otro que tenían mucha parte de aire para poder hacer la piedra, que no había de tener materiales tan vaporosos. Y así se resolvieron que la cosa más vil del mundo eran los sastres, pues cada punto se condenaban y que era gente más enjuta.

Cerraran con ellos, si no dijera un diablo:

—¿Queréis saber cuál es la cosa más vil? Los alquimistas. Y así, porque se haga la piedra, es menester quemaros a todos.

Diéronles fuego y ardían casi de buena gana sólo por ver la piedra filosofal.

Al otro lado no era menos la trulla de astrólogos y supersticiosos. Un quiromántico[249] iba tomando las manos a todos los otros que se habían condenado, diciendo:

—¡Qué claro que se ve que se habían de condenar éstos por el monte de Saturno![250]

Otro que estaba a gatas con un compás, midiendo alturas y notando estrellas, cercado de efemérides y tablas, se levantó y dijo en altas voces:

—Vive Dios[251] que, si me pariera mi madre medio minuto antes, que me salvo: porque Saturno, en aquel punto, mudaba el aspecto y Marte se pasaba a la casa de la vida, el escorpión perdía su malicia y yo, como di en procurador, fuí pobre mendigo[252].

Otro tras él, andaba diciendo a los diablos, que le mortificaban, que mirasen bien si era verdad que él había muerto: que no podía ser, a causa que tenía Júpiter por ascendente y a Venus en la casa de la vida, sin aspecto ninguno malo, y que era fuerza que viviese noventa años.

—Miren—decía—que les notifico que miren bien si soy difunto, porque por mi cuenta es imposible que pueda ser esto.

En esto, iba y venía, sin poderlo nadie sacar de aquí.

Y para enmendar la locura déstos, salió otro geométrico, poniéndose en puntos con las ciencias, haciendo sus doce casas gobernadas por el impulso de la mano y rayas a imitación de los dedos, con supersticiosas palabras y oración. Y luego, después de sumados sus pares y nones, sacando juez y testigos, comenzaba a querer probar cuál era el astrólogo más cierto. Y si dijera puntual, acertara, pues es su ciencia de punto, como calza[253] sin ningún fundamento, aunque pese a Pedro de Abano[254], que era uno de los que allí estaban, acompañando a Cornelio Agripa, que, con una alma[255], ardía en cuatro cuerpos de sus obras malditas y descomulgadas, famoso hechicero.

Tras éste vi, con su poligrafía y esteganografía, a Trithemio[256], que así llaman al autor de aquellas obras escandalosas, muy enojado con Cardano,[257] que estaba enfrente, porque dijo mal dél solo y supo ser mayor mentiroso en sus libros de Subtilitate, por hechizos de viejas que en ellos juntó.

Julio César Scaligero[258] se estaba atormentando por otro lado en sus Ejercitaciones, mientras pensaba las desvergonzadas mentiras que escribió de Homero y los testimonios que le levantó por levantar a Virgilio aras, hecho idólatra de Marón.

Estaba riéndose de sí mismo Artefio[259], con su mágica, haciendo las tablillas para entender el lenguaje de las aves, y Checol de Áscoli[260], muy triste y pelándose las barbas, porque, tras tanto experimento disparatado, no podía hallar nuevas necedades que escribir.

Teofrasto Paracelso[261] estaba quejándose del tiempo que había gastado en la alquimia; pero contento en haber escrito medicina y mágica, que nadie la entendía, y haber llenado las imprentas de pullas a vuelta de muy agudas cosas.

Y detrás de todos estaba Hubequer[262] el pordiosero, vestido de los andrajos de cuantos escribieron mentiras y desvergüenzas, hechizos y supersticiones, hecho su libro un Ginebra de moros, gentiles y cristianos.

Allí estaba el secreto autor de la Clavicula Salomonis[263] y el que le imputó los sueños. ¡Oh, cómo se abrasaba burlado de vanas y necias oraciones el hereje que hizo el libro Adversus omnia pericula mundi!

¡Qué bien ardía el Catan[264] y las obras de Races!

Estaba Taysnerio[265] con su libro de fisonomías y manos, penando por los hombres, que había vuelto locos con sus disparates. Y reíase, sabiendo el bellaco que las fisonomías no se pueden sacar ciertas de particulares rostros de hombres que, o por miedo o por no poder, no muestran sus inclinaciones, y las reprimen, sino sólo de rostros y caras de príncipes y señores sin superior, en quien las inclinaciones no respetan nada para mostrarse.

Estaba luego un triste autor[266], con sus rostros y manos, y los brutos concertando por las caras la similitud de las costumbres.

A Escoto[267] el italiano vi allá, no por hechicero y mágico, sino por mentiroso y embustero.

Había otra gran copia, y aguardaban sin duda mucha gente, porque había grandes campos vacíos. Y nadie estaba con justicia entre todos estos autores, presos por hechiceros, si no fueron unas mujeres hermosas, porque sus caras lo fueron solas en el mundo. ¡Oh, verdaderos hechizos! Que las damas sólo son veneno de la vida, que perturbando las potencias y ofendiendo los órganos a la vista, son causa de que la voluntad quiera por bueno lo que ofendidas las especies representan. Viendo esto, dije entre mí:

—Ya me parece que vamos llegándonos al cuartel de esta gente.[268]

Dime priesa a llegar allá, y al fin asoméme a parte donde, sin favor particular del cielo, no se podía decir lo que había. A la puerta estaba la Justicia espantosa, y en la segunda entrada, el Vicio desvergonzado y soberbio, la Malicia ingrata e ignorante, la Incredulidad resoluta y ciega y la Inobediencia bestial y desbocada. Estaba la blasfemia insolente y tirana llena de sangre, ladrando por cien bocas y vertiendo veneno por todas, con los ojos armados de llamas ardientes. Grande horror me dió el umbral. Entré y vi a la puerta la gran suma de herejes antes de nacer Cristo[269]. Estaban los ofiteos[270], que se llaman así en griego de la serpiente que engañó a Eva, la cual veneraron, a causa de que supiésemos del bien y del mal. Los cainanos[271], que alabaron a Caín porque, como decían, siendo hijo del mal, prevaleció su mayor fuerza contra Abel. Los sethianos, de Seth. Estaba Dositheo[272] ardiendo como un horno, el cual creyó que se había de vivir sólo según la carne y no creía la resurrección, privándose a sí mismo (ignorante más que todas las bestias) de un bien tan grande. Pues, cuando fuera así que fuéramos solos animales como los otros, para morir consolados habíamos de fingirnos eternidad a nosotros mismos. Y así llama Lucano, en boca ajena, a los que no creen la inmortalidad del alma: Felices errore suo, dichosos con su error, si eso fuera así, que murieran las almas con los cuerpos.

—¡Malditos!—dije yo—: siguiérase que el animal del mundo a quien Dios dió menos discurso es el hombre, pues entiende al revés lo que más importa, esperando inmortalidad. Y seguirse hía que a la más noble criatura dió menos conocimiento y crió para mayor miseria la naturaleza, que Dios no. Pues quien sigue esa opinión no lo fíe.

Estaba luego Saddoc, autor de los Sadduceos[273]. Los fariseos estaban aguardando al Mesías, no como Dios, sino como hombre[274].

Estaban los heliognósticos[275] devictiacos, adoradores del sol; pero los más graciosos son los que veneran las ranas, que fueron plaga a Faraón, por ser azote de Dios.

Estaban los musoritos[276] haciendo ratonera al arca a puro ratón de oro.

Estaban los que adoraron la Mosca accaronita[277]: Ozías, el que quiso pedir a una mosca antes salud que a Dios, por lo cual Elías le castigó.

Estaban los troglodytas[278], los de la fortuna del cielo[279], los de Baal[280], los de Asthar[281], los del ídolo Moloch[282], y Renfan[283] de la ara de Tofet[284], los puteoritas,[285] herejes veraniscos de pozos, los de la serpiente de metal.[286]

Y entre todos sonaba la baraúnda y el llanto de las judías, que, debajo de tierra, en las cuevas, lloraban a Thamur[287] en su simulacro. Seguían los bahalitas,[288] luego la Pitonisa[289] arremangada, y detrás los de Asthar y Astharot,[290] y al fin, los que aguardaban a Herodes, y desto se llaman herodianos.[291]

Y hube a todos éstos por locos y mentecatos.

Mas llegué luego a los herejes que había después de Cristo:[292] allí vi a muchos, como Menandro[293] y Simón Mago,[294] su maestro.

Estaba Saturnino[295] inventando disparates.

Estaba el maldito Basílides[296] heresiarca.

Estaba Nicolás[297] antioqueno, Carpócrates[298] y Cerintho[299] y el infame Ebión.[300]

Vino luego Valentino[301], el que dió por principio de todo el mar y el silencio.

Menandro[302], el mozo de Samaria, decía que él era el Salvador y que había caído del cielo, y por imitarlo, decía detrás del Montano[303] frigio que él era el Parácleto. Síguenle las desdichadas Priscilla y Maximilla heresiarcas. Llamáronse sus secuaces catafriges, y llegaron a tanta locura, que decían que en ellos, y no en los apóstoles, vino el Espíritu Santo.

Estaba Nepos[304], obispo, en quien fué coroza la mitra, afirmando que los santos habían de reinar con Cristo en la tierra mil años en lascivias y regalos.

Venía luego Sabino[305], prelado hereje arriano, el que en el concilio Niceno llamó idiotas a los que no seguían a Arrio.

Después, en miserable lugar, estaban ardiendo por sentencia de Clemente, pontífice máximo que sucedió a Benedicto, los templarios, primero santos en Jerusalén y luego, de puro ricos, idólatras y deshonestos[306].

¡Y qué fué ver a Guillermo, el hipócrita de Anvers, hecho padre de putas, prefiriendo las rameras a las honestas y la fornicación a la castidad! A los pies de éste yacía Bárbara, mujer del emperador Sigismundo[307], llamando necias a las vírgenes, habiendo hartas. Ella, bárbara como su nombre, servía de emperatriz a los diablos, y, no estando harta de delitos ni aun cansada, que en esto quiso llevar ventaja a Mesalina, decía que moría el alma y el cuerpo y otras cosas bien dignas de su nombre.

Fuí pasando por éstos y llegué a una parte donde estaba uno solo arrinconado y muy sucio, con un zancajo[308] menos y un chirlo por la cara, lleno de cencerros, y ardiendo y blasfemando.

—¿Quién eres tú—le pregunté—, que entre tantos malos eres el peor?

—Yo—dijo él—soy Mahoma.

Y decíaselo el tallecillo, la cuchillada y los dijes de arriero.

—Tú eres—dije yo—el más mal hombre que ha habido en el mundo y el que más almas ha traído acá.

—Todo lo estoy pasando—dijo—, mientras los malaventurados de africanos adoran el zancarrón o zancajo que aquí me falta.

—Picarón—dije—, ¿por qué vedaste el vino a los tuyos?

Y me respondió:

—Porque si tras las borracheras que les dejé en mi Alcorán les permitiera las del vino, todos fueran borrachos.

—Y el tocino, ¿por qué se lo vedaste, perro esclavo, descendiente de Agar?

—Eso hice por no hacer agravio al vino, que lo fuera comer torreznos y beber agua, aunque yo vino y tocino gastaba. Y quise tan mal a los que creyeron en mí, que acá los quité la gloria y allá los perniles y las botas. Y, últimamente, mandé que no defendiesen mi ley por razón, porque ninguna hay ni para obedecella ni sustentalla; remitísela a las armas y metílos en ruido para toda la vida. Y el seguirme tanta gente no es en virtud de milagros, sino sólo en virtud de darles la ley a medida de sus apetitos, dándoles mujeres para mudar, y, por extraordinario, deshonestidades tan feas como las quisiesen, y con esto me seguían todos. Pero no se remató en mí todo el daño: tiende por ahí los ojos y verás qué honrada gente topas.

Volvíme a un lado y vi todos los herejes de ahora, y topé con Maniqueo[309]. ¡Oh, qué vi de calvinistas arañando a Calvino! Y entre éstos estaba el principal, Josefo Scalígero[310], por tener su punta de ateísta y ser tan blasfemo, deslenguado y vano y sin juicio.

Al cabo estaba el maldito Lutero, con su capilla y sus mujeres, hinchado como un sapo y blasfemando, y Melanchthon[311] comiéndose las manos tras sus herejías.

Estaba el renegado Beza,[312] maestro de Ginebra, leyendo, sentado en cátedra de pestilencia, y allí lloré viendo el Enrico Estéfano.[313] Preguntéle no sé qué de la lengua griega, y estaba tal la suya, que no pudo responderme sino con bramidos.[314]

Espantóme, Enrico, de que supieses nada. ¿De qué te aprovecharon tus letras y agudezas? Más le dijera si no me enterneciera la desventurada figura en que estaba el miserable penando.[315]

Estaba ahorcado de un pie Helio Eobano hesso,[316] célebre poeta, competidor de Melanchthon. ¡Oh, cómo lloré mirando su gesto torpe con heridas y golpes y afeados con llamas sus ojos![317]

Dime prisa a salir deste cercado, y pasé a una galería, donde estaba Lucifer cercado de diablas que también hay hembras como machos. No entré dentro, porque no me atreví a sufrir su aspecto disforme; sólo diré que tal galería tan bien ordenada no se ha visto en el mundo, porque toda estaba colgada de emperadores y reyes vivos como acá muertos. Allá vi toda la casa otomana,[318] los de Roma por su orden.

Vi graciosísimas figuras: hilando a Sardanápalo, glotoneando a Eliogábalo, a Sapor emparentando con el sol y las estrellas. Viriato andaba a palos tras los romanos, Atila revolvía el mundo, Belisario ciego acusaba a los atenienses.[319]

Llegó a mí el portero y me dijo:

Lucifer manda que, porque tengáis qué contar en el otro mundo, que veáis[320] su camarín.

Entré allá. Era un aposento curioso y lleno de buenas joyas. Tenía cosa de seis o siete mil cornudos y otros tantos alguaciles manidos.

—¿Aquí estáis?—dije yo—. ¿Cómo, diablos,[321] os había de hallar en el infierno, si estábades aquí?

Había pipotes de médicos y muchísimos coronistas, lindas piezas, aduladores de molde[322] y con licencia. Y en las cuatro esquinas estaban ardiendo por hachas cuatro malos pesquisidores.[323] Y todas las poyatas, que son los estantes, llenas de vírgenes rociadas, doncellas[324] penadas como tazas,[325] y dijo el demonio:

—Doncellas son, que se vinieron al infierno con las doncelleces fiambres, y por cosa rara se guardan.

Seguíanse luego demandadores[326], haciendo labor con diferentes sayos, y de las ánimas había muchos, porque piden para sí mismos y consumen ellos con vino cuanto les dan[327].

Había madres postizas[328] y trastenderas de sus sobrinas y suegras[329] de sus nueras, por mascarones alrededor.

Estaba en una peaña[330] Sebastián Gertel[331], general en lo de Alemaña contra el Emperador, tras haber sido alabardero suyo.

No acabara yo de contar lo que vi en el camino si lo hubiera de decir todo. Salíme fuera y quedé como espantado, repitiendo conmigo estas cosas. Sólo pido a quien las leyere, las lea de suerte que el crédito que les diere le sea provechoso para no experimentar ni ver estos lugares, certificando al lector que no pretendo en ello ningún escándalo ni reprensión sino de los vicios[332], pues decir de los que están en el infierno no puede tocar a los buenos. Acabé este discurso en el Fresno[333], a postrero de abril de 1608, en 28 de mi edad[334].