—Idos a enfadar a otra parte, que luego vendréis.
—Yo también he de hablar—decía, y no paraba.
—¿Quién es éste?—pregunté.
Dijo el viejo:
—¿No has caído en quién puede ser? Éste es Chisgaravís[480].
—Docientos mil déstos andan por Madrid—dije yo—, y no hay otra cosa sino Chisgaravises.
Replicó el viejo:
—Éste anda aquí cansando los muertos y a los diablos; pero déjate deso y vamos a lo que importa. Yo soy Pedro, y no Pero Grullo, que quitándome una d en el nombre, me hacéis el santo, fruta[481].
Es, ¡Dios!, verdad que, cuando dijo Pero Grullo, me pareció que le vía[482] las alas[483].
—Huélgome de conocerte—repliqué—. ¿Qué, tú eres el de las profecías, que dicen de Pero Grullo[484]?
—A eso vengo—dijo el profeta estantigua[485]—; deso debemos de tratar. Vosotros decís que mis profecías son disparates, y hacéis mucha burla dellas. Estemos a cuentas. Las profecías de Pero Grullo, que soy yo, dicen así:
Muchas cosas nos dejaron[486]
Las antiguas profecías:
Dijeron que en nuestros días
Será lo que Dios quisiere.
Pues, bribones, adormecidos en maldad, infames, si esta profecía se cumpliera, ¿había más que desear? Si fuera lo que Dios quisiere, fuera siempre lo justo, lo bueno, lo santo; no fuera lo que quiere el diablo, el dinero y la cudicia. Pues hoy lo menos es que Dios quiere y lo más lo que queremos nosotros contra su ley. Y ahora el dinero es todos los quereres, porque él es querido y el que quiere, y no se hace sino lo que él quiere, y el dinero es el Narciso, que se quiere a sí mismo y no tiene amor sino a sí[487]. Prosigo:
Si lloviere hará lodos,
Y será cosa de ver
Que nadie podrá correr
Sin echar atrás los codos.
Hacedme merced de correr los codos adelante y negadme que esto no es verdad. Diréis que de puro verdad es necedad: ¡buen achaquito, hermanos vivos! La verdad, ansí, decís que amarga; poca verdad decís que es mentira, muchas verdades, que es necedad. ¿De qué manera ha de ser la verdad para que os agrade? Y sois tan necios, que no habéis echado de ver que no es tan profecía de Pero Grullo como decís, pues hay quien corra echando los codos adelante, que son los médicos, cuando vuelven la mano atrás a recibir el dinero de la visita al despedirse, que toman el dinero corriendo y corren como una mona al que se lo da porque le maten.
El que tuviere tendrá,
Será el casado marido,
Y el perdido más perdido,
Quien menos guarda y más da.
Ya estás diciendo entre ti: “¿Qué perogrullada es ésta?” El que tuviere, tendrá—replicó luego—. Pues así es. Que no tiene el que gana mucho ni el que hereda mucho ni el que recibe mucho; sólo tiene el que tiene y no gasta. Y quien tiene poco, tiene, y si tiene dos pocos, tiene algo, y si tiene dos algos, más es, y si tiene dos mases, tiene mucho, y si tiene dos muchos, es rico. Que el dinero (y llevaos esta doctrina de Pero Grullo) es como las mujeres, amigo de andar y que le manoseen y le obedezcan, enemigo de que le guarden, que se anda tras los que no le merecen y, al cabo, deja a todos con dolor de sus almas, amigo de andar de casa en casa. Y para ver cuán ruin es el dinero, que no parece sino que ha sido cotorrera[488], habéis de ver a cuán ruin gente le da el Señor, y en esto conoceréis lo que son los bienes deste mundo, en los dueños dellos. Echad los ojos por esos mercaderes, si no es que estén ya allá, pues roban los ojos. Mirad esos joyeros, que, a persuasión de la locura, venden enredos resplandecientes y embustes de colores, donde se anegan los dotes de los recién casados. ¡Pues qué, si vais a la platería! No volveréis enteros. Allí cuesta la honra, y hay quien hace creer a un malaventurado se ciña su patrimonio al dedo[489], y, no sintiendo los artejos el peso, está ahullando en su casa. No trato de los pasteleros y sastres, ni de los roperos, que son sastres a Dios y a la ventura[490] y ladrones a diablos y desgracia. Tras éstos se anda el dinero. Y ¿no tendrá asco cualquier bien aliñado de costumbres y pulido de conciencia de comunicarle ningún deseo? Dejemos esto y vamos a la segunda profecía, que dice: Será el casado marido. Vive el cielo de la cama (dijo muy colérico, porque hice no sé qué gesto oyendo la grullada), que si no os oís con mesura y si os rezumáis de carcajadas[491], que os pele las barbas. Oíd noramala, que a oir habéis venido y a aprender. ¿Pensáis que todos los casados son maridos? Pues mentís, que hay muchos casados solteros y muchos solteros maridos. Y hay hombre que se casa para morir doncel y doncella que se casa para morir virgen de su marido. Y habéisme engañado y sois maldito hombre, y aquí han venido mil muertos diciendo que los habéis muerto a puras bellaquerías. Y certifícoos que si no mirara..., que os arrancara las narices y los ojos, bellaconazo, enemigo de todas las cosas. Reíos también de esta profecía:
Las mujeres parirán
Si se empreñan y parieren,
Y los hijos que nacieren
De cuyos fueren serán.
¿Veis que parece bobada de Pero Grullo? Pues yo os prometo que si se averiguara esto de los padres, había de haber una confusión de daca mi mayorazgo y toma tu herencia. Hay en esto de las barrigas mucho que decir, y, como los hijos es una cosa que se hace a escuras y sin luz, no hay quien averigüe quién fué concebido a escote ni quién a medias, y es menester creer el parto, y todos heredamos por el dicho del nacer[492], sin más acá ni más allá. Esto se entiende de las mujeres, que meten oficiales; que mi profecía no habla con la gente honrada, si algún maldito como vos no lo tuerce. ¿Cuántos pensáis que el día del juicio conocerán por padre a su paje, a su escudero, a su esclavo y a su vecino? Y ¿cuántos padres se hallarán sin descendencia? Allá lo veréis.
—Esta profecía y las demás—dije yo—, no las consideramos allá desta manera, y te prometo que tienen más veras de las que parecen, y que, oídas en tu boca, son de otra suerte. Y confieso que te hacen agravio.
—Pues oye—dijo—otra:
Volaráse con las plumas,
Andaráse con los pies,
Serán seis dos veces tres.
Volaráse con las plumas. Pensáis que lo digo por los pájaros, y os engañáis, que eso fuera necedad. Dígalo por los escribanos y ginoveses, que éstos nos vuelan con las plumas el dinero[493] de delante. Y porque vean en el otro mundo que profeticé de los tiempos de ahora y que hay Pero Grullo para los que vivís, llévate este mendrugo de profecías, que a fe que hay que hacer en entenderlo. Fuése y dejóme un papel en que estaban escritos estos ringlones[494] por esta orden:
Nació viernes de Pasión
Para que zahorí[495] fuera,
Porque en su día muriera
El bueno y el mal ladrón.
Habrá mil revoluciones
Entre linajes honrados,
Restituirá los hurtados,
Castigará los ladrones.
Y si quisiere primero
Las pérdidas remediar,
Lo hará sólo con echar
La soga tras el caldero[496].
Y en estos tiempos que ensarto
Veréis (maravilla extraña)
Que se desempeña España
Solamente con un Cuarto[497].
Mis profecías mayores
Verán cumplida la ley
Cuando fuere Cuarto el rey
Y cuartos[498] los malhechores.
Leí con admiración las cinco profecías de Pero Grullo, y estaba meditando en ellas, cuando por detrás me llamaron. Volvíme y era un muerto muy lacio y afligido, muy blanco[499] y vestido de blanco, y dijo:
—Duélete de mí, y, si eres buen cristiano, sácame de poder de los cuentos de los habladores y de los ignorantes, que no me dejan descansar, y méteme donde quisieres.
Hincóse de rodillas, y, despedazándose a bofetadas, lloraba como niño.
—¿Quién eres—dije—, que a tanta desventura estás condenado?
—Yo soy—dijo—un hombre muy viejo, a quien levantan mil testimonios y achacan mil mentiras. Yo soy el Otro, y me conocerás, pues no hay cosa que no la diga el Otro. Y luego, en no sabiendo cómo dar razón de sí, dicen: “Como dijo el Otro”.[500] Yo no he dicho nada ni despego la boca. En latín me llaman Quidam, y por esos libros me hallarás abultando ringlones y llenando cláusulas. Y quiero, por amor de Dios, que vayas al otro mundo y digas cómo has visto al Otro en blanco y que no tiene nada escrito y que no dice nada ni lo ha de decir ni lo ha dicho, y que desmiente desde aquí a cuantos le citan y achacan lo que no saben, pues soy autor de los idiotas y el texto de los ignorantes. Y has de advertir que en los chismes me llaman Cierta persona; en los enredos, No sé quién; en las cátedras, Cierto autor, y todo lo soy el desdichado Otro. Haz esto y sácame de tanta desaventura y miseria.
—Aún aquí estáis, ¿y no queréis dejar hablar a nadie?—dijo un muerto hablando, armado de punta en blanco, muy colérico; y asiéndome de un brazo, dijo:
—Oíd acá, y pues habéis venido por estafeta de los muertos a los vivos, cuando vais[501] allá decidles que me tienen muy enfadado todos juntos.
—¿Quién eres?—le pregunté.
—Soy—dijo—Calaínos.
—¿Calaínos eres?—dije—. No sé cómo no estás desainado, porque eternamente dicen: “Cabalgaba Calaínos[502]”.
—¿Saben ellos mis cuentos? Mis cuentos fueron muy buenos y muy verdaderos. Y no se metan en cuentos conmigo.
—Mucha razón tiene el señor Calaínos—dijo otro que se allegó—. Y él y yo estamos muy agraviados. Yo soy Cantimpalos. Y no hacen sino decir: “El ánsar de Cantimpalos[503], que salía al lobo al camino”. Y es menester que les digáis que me han hecho de asno ánsar, y que era asno el que yo tenía, y no ánsar, y los ánsares no tienen que ver con los lobos, y que me restituyan a mi asno en el refrán y que me le restituyan luego y tomen su ánsar: justicia con costas, y para ello, etc.
Con su báculo venía una vieja o espantajo, diciendo:
—¿Quién está allá a las sepulturas?
Con una cara hecha de un orejón[504], los ojos en dos cuévanos de vendimiar, la frente con tantas rayas y de tal color y hechura que parecía planta de pie; la nariz, en conversación con la barbilla, que casi juntándose hacían garra, y una cara de la impresión del grifo; la boca, a la sombra de la nariz, de hechura de lamprea[505], sin diente ni muela, con sus pliegues de bolsa a lo jimio, y apuntándole ya el bozo de las calaveras en un mostacho erizado; la cabeza, con temblor de sonajas y la habla danzante; unas tocas muy largas sobre el monjil negro; esmaltada de mortaja la tumba, con un rosario muy grande colgando, y ella corva, que parecía, con las muertecillas que colgaban dél, que venía pescando calaverillas chicas. Yo, que vi semejante abreviación del otro mundo, dije a grandes voces, pensando que sería sorda:
—¡Ah, señora! ¡Ah, madre! ¡Ah, tía! ¿Quién sois? ¿Queréis algo?
Ella, entonces, levantando el ab initio et ante saecula[506] de la cara, y parándose, dijo:
—No soy sorda, ni madre ni tía; nombre tengo y trabajos, y vuestras sinrazones me tienen acabada.
¡Quién creyera que en el otro mundo hubiera presunción de mocedad, y en una cecina[507] como ésta! Llegóse más cerca, y tenía los ojos haciendo aguas, y en el pico de la nariz columpiándose una moquita, por donde echaba un tufo de cimenterio. Díjela que perdonase y pregúntele su nombre. Díjome:
—Yo soy Dueña Quintañona.[508]
—Qué, ¿dueñas hay entre los muertos?—dije maravillado—. Bien hacen de pedir cada día a Dios misericordia más que requiescant in pace, descansen en paz; porque si hay dueñas, meterán en ruido a todos. Yo creí que las mujeres se morían cuando se volvían dueñas, y que las dueñas no tenían de morir, y que el mundo está condenado a dueña perdurable, que nunca se acaba; mas ahora que te veo acá, me desengaño y me he holgado de verte. Porque por allá luego decimos: “Miren la Dueña Quintañona, daca la Dueña Quintañona”.
—Dios os lo pague y el diablo os lleve—dijo—, que tanta memoria tenéis de mí y sin habello yo de menester. Decid: ¿no hay allá dueñas de mayor número que yo? Yo soy Quintañona; ¿no hay deciochenas y setentonas? Pues ¿por qué no dais tras dellas y me dejáis a mí, que ha más de ochocientos años que vine a fundar dueñas al infierno, y hasta ahora no se han atrevido los diablos a recibirlas, diciendo que andamos ahorrando penas a los condenados y guardando cabos de tizones como de velas, y que no habrá cosa cierta en el infierno? Y estoy rogando con mi persona al purgatorio y todas las almas dicen en viéndome: “¿Dueña?, no por mi casa”. Con el cielo no quiero nada, que las dueñas, en no habiendo a quién atormentar y un poco de chisme[509], perecemos. Los muertos también se quejan de que no los dejo ser muertos como lo habían de ser, y todos me han dejado en mi albedrío si quiero ser dueña en el mundo; mas quiero estarme aquí, por servir de fantasma en mi estado toda la vida y sentada a la orilla de una tarima guardando doncellas, que son más de trabajo que de guardar. Pues, en viniendo una visita, ¿aquel llamen a la dueña?[510] Y a la pobre dueña todo el día le están dando su recaudo todos. En faltando un cabo de vela, llamen a Álvarez, la dueña le tiene. Si falta un retacillo de algo, la dueña estaba allí. Que nos tienen por cigüeñas, tortugas y erizos de las casas, que nos comemos las sabandijas. Si algún chisme hay, ¡alto!, a la dueña. Y somos la gente más bien aposentada en el mundo, porque en el invierno nos ponen en los sótanos y los veranos en los zaquizamíes[511]. Y lo mejor es que nadie nos puede ver: las criadas, porque dicen que las guardamos; los señores, porque los gastamos; los criados, porque nos guardamos; los de fuera, por el coram vobis[512] de responso, y tienen razón, porque ver una de nosotras encaramada sobre unos chapines, muy alta y muy derecha, parecemos túmulo vivo. Pues ¡cuando en una visita de señoras hay conjunción de dueñas! Allí se engendran las angustias y sollozos, de allí proceden las calamidades y plagas, los enredos y embustes, marañas y parlerías, porque las dueñas influyen[513] acelgas y lantejas y pronostican candiles y veladores y tijeras de despabilar. Pues ¡qué cosa es levantarse ocho viejas como ocho cabos de años[514] o ocho sin cabo, ensabanadas, y despedirse con unas bocas de tejadillo[515], con unas hablas sin hueso, dando tabletadas con las encías y poniéndose cada una a las espaldas de su ama a entristecerlas, las asentaderas bajas, trompicando y dando de ojos, adonde en una silla, entre andas y ataúd, la llevan los pícaros arrastrando! Antes quiero estarme entre muertos y vivos pereciendo que volver a ser dueña. Pues hubo caminante que, preguntando dónde había de parar una noche de invierno, yendo a Valladolid, y diciéndole que en un lugar que se llama Dueñas, dijo que si había adónde parar antes o después. Dijéronle que no, y él a esto, dijo:
—Más quiero parar en la horca que en Dueñas[516].
Y se quedó fuera, en la picota. Sólo os pido, así os libre Dios de dueñas (y no es pequeña bendición, que para decir que destruirán a uno dicen que le pondrán cual digan dueñas[517], ¡mirad lo que es decir dueñas!); ruégote[518] encarecidamente que hagas que metan otra dueña en el refrán y me dejen descansar a mí, que estoy muy vieja para andar en refranes y querría andar en zancos, porque no deja de cansar a una persona andar de boca en boca.
Muy angosto, muy a teja vana, las carnes de venado, en un cendal, con unas mangas por gregüescos y una esclavina por capa y un soportal por sombrero, amarrado a una espada, se llegó a mí un rebozado y llamóme en la seña de los sombrereros.
—Ce, ce—me dijo.
Yo le respondí luego. Llegúeme a él y entendí que era algún muerto envergonzante[519]. Pregúntele quién era.
—Yo soy el malcosido y peor sustentado don Diego de Noche[520].
—Más precio haberte visto—dije yo—que a cuanto tengo. ¡Oh, estómago aventurero! ¡Oh, gaznate de rapiña! ¡Oh, panza al trote! ¡Oh, susto de los banquetes! ¡Oh, mosca de los platos! ¡Oh, sacabocados de los señores! ¡Oh, tarasca de los convites y cáncer de las ollas! ¡Oh, sabañón de las cenas! ¡Oh, sarna de los almuerzos! ¡Oh, sarpullido del mediodía! No hay otra cosa en el mundo sino cofrades, discípulos y hijos tuyos.
—Sea por amor de Dios—dijo don Diego de Noche—, que esto me faltaba por oir; mas, en pago de mi paciencia, os ruego que os lastiméis de mí, pues en vida siempre andaba cerniendo las carnes el invierno por las picaduras del verano, sin poder hartar estas asentaderas de gregüescos; el jubón en pelo sobre las carnes, el más tiempo en ayunas de camisa, siempre dándome por entendido de las mesas ajenas; esforzando, con pistos de cerote y ramplones[521], desmayos de calzado; animando a las medias a puras sustancias de hilo y aguja. Y llegué a estado en que, viéndome calzado de geomancía[522], porque todas las calzas eran puntos, cansado de andar restañando el ventanaje[523], me entinté la pierna y dejé correr. No se vió jamás socorrido de pañizuelos mi catarro, que, afilando el brazo por las narices, me pavonaba de romadizo. Y si acaso alcanzaba algún pañizuelo, porque no le viesen al sonarme, me rebozaba, y, haciendo el coco[524] con la capa, tapando el rostro, me sonaba a escuras. En el vestir he parecido árbol, que en el verano me he abrigado y vestido y en el invierno he andado desnudo.
No me han prestado cosa que haya vuelto: hasta espadas, que dicen que no hay ninguna sin vuelta[525], si todos me las prestasen, todas serían sin vuelta. Y con no haber dicho verdad en toda mi vida y aborrecídola, decían todos que mi persona era buena para verdad desnuda y amarga. En abriendo yo la boca, lo mejor que se podía esperar era un bostezo o un parasismo, porque todos esperaban el: déme vuesa merced, présteme hágame merced, y así estaban armados de respuestas. Y en despegando los labios, de tropel se oía: No hay qué dar, Dios le provea, cierto que no tengo, yo me holgara, no hay un cuarto.
Y fuí tan desdichado, que a tres cosas siempre llegué tarde. A pedir prestado llegué siempre dos horas después, y siempre me pagaban con decir:
—Si llegara vuesamerced dos horas antes, se le prestara ese dinero.
A ver los lugares llegué dos años después, y en alabando cualquier lugar, me decían:
—Ahora no vale nada; ¡si vuesamerced lo viera dos años ha!
A conocer y alabar las mujeres hermosas llegué siempre tres años después, y me decían:
—Tres años atrás me había vuesamerced de ver, que vertía sangre por las mejillas.
Según esto, fuera harto mejor que me llamaran don Diego Después, que no don Diego de Noche. Decir que después de muerto descanso, aquí estoy y no me harto de muerte: los gusanos se mueren de hambre conmigo y yo me como a los gusanos de hambre, y los muertos andan siempre huyendo de mí, porque no les pegue el don o les hurte los huesos o les pida prestado. Y los diablos se recatan de mí, porque no me meta de gorra a calentarme y ando por estos rincones introducido en telaraña. Hartos don Diegos hay allá, de quien pueden echar mano.
Déjenme con mi trabajo, que no viene muerto que luego no pregunte por don Diego de Noche. Y diles a todos los dones[526] a teja vana, caballeros chirles, hacia-hidalgos y casi-dones, que hagan bien por mí. Que estoy penando en una bigotera de fuego, porque, siendo gentilhombre mendicante, caminaba con horma y bigotera[527] a un lado y molde para el cuello y la bula en el otro. Y esto y sacar mi sombra[528] llamaba yo mudar mi casa.
Desapareció aquel caballero visión, y dió gana de comer a los muertos, cuando llegó a mí, con la mayor prisa que se ha visto, un hombre alto y flaco, menudo de facciones, de hechura de cerbatana, y, sin dejarme descansar, me dijo:
—Hermano, dejadlo todo presto, luego, que os aguardan los muertos, que no pueden venir acá, y habéis de ir al instante a oírlos y hacer lo que os mandaren sin replicar y sin dilación luego.
Enfadóme la prisa del diablo del muerto, que no vi hombre más súpito[529], y dije:
—Señor mío, esto no es cochite hervite[530].
—Sí es—dijo muy demudado—. Dígoos que yo soy Cochitehervite, y el que viene a mi lado (aunque yo no le había visto) es Trochimochi, que somos más parecidos que el freír y el llover.
Yo, que me vi entre Cochitehervite y Trochimochi, fuí como un rayo donde me llamaban.
Estaban sentadas unas muertas a un lado, y dijo Cochitehervite:
—Aquí está doña Fáfula[531], Mari-Zápalos y Mari-Rabadilla.
Dijo Trochimochi:
—Despachen, señoras, que está detenida mucha gente.
Doña Fáfula dijo:
—Yo soy una mujer muy principal.
—Nosotras somos—dijeron las otras—las desdichadas que vosotros los vivos traéis en las conversaciones disfamadas.
—Por mí no se me da nada—dijo doña Fáfula—; pero quiero que sepan que soy mujer de un mal poeta de comedias, que escribió infinitas y que me dijo un día el papel:
—Señora[532], tanto mejor me hallara en andrajos en los muladares, que en coplas en las comedias cuanto no lo sabré encarecer.
Fuí mujer de mucho valor y tuve con mi marido el poeta mil pesadumbres sobre las comedias, autos y entremeses. Decíale yo que por qué cuando en las comedias un vasallo, arrodillado, dice al rey: Dame esos pies, responde siempre: Los brazos será mejor. Que la razón era en diciendo. Dame esos pies, responder: ¿Con qué andaré yo después? Sobre la hambre de los lacayos y el miedo, tuve grandes peloteras[533] con él. Y tuve buenos respetos: que le hice mirar al fin de las comedias por la honra de las infantas, porque las llevaba de voleo[534] y era compasión. No me pagarán esto sus padres dellas en su vida. Fuíle a la mano en los dotes de los casamientos para acabar la maraña en la tercera jornada, porque no hubiera rentas en el mundo. Y en una comedia, porque no se casasen todos, le pedí que el lacayo, queriéndole casar su señor con la criada, no quisiese casarse ni hubiese remedio, siquiera porque saliera un lacayo soltero. Donde mayores voces tuvimos, que casi me quise descasar, fué sobre los autos del Corpus. Decíale yo:
—Hombre del diablo, ¿es posible que siempre en los autos del Corpus ha de entrar el diablo? con grande brío, hablando a voces, gritos y patadas, y con un brío que parece que todo el teatro es suyo y poco para hacer su papel, como quien dice: “¡Huela[535] la casa al diablo[536]!” Por vida vuestra que hagáis un auto donde el diablo no diga esta boca es mía, y, pues tiene por qué callar, no hable y que hable quien puede[537] y tiene razón, y enójese en un auto. Que, aunque es la misma paciencia, tal vez se indignó y tomó el azote y trastornó mesas y tiendas y cátedras y hizo ruido.
Hícele que, pues podía decir Padre eterno, no dijese Padre eternal; ni Satán, sino Satanás: que aquellas palabras eran buenas cuando el diablo entra diciendo bú, bú, bú[538] y se sale como cohete. Desagravié los entremeses, que a todos les daban de palos[539], y con todos sus palos hacían los entremeses. Cuando se dolían dellos:
—Duélanse—decía yo—de las comedias, que acaban en casamientos y son peores, porque son palos y mujer.
Las comedias, que oyeron esto, por vengarse, pegaron los casamientos a los entremeses, y ellos, por escaparse y ser solteros, algunos se acaban en barbería, guitarricas y cántico.
—¿Tan malas son las mujeres—dijo Mari-Zápalos[540]—, señora doña Fáfula[541]?
Doña Fáfula, enfadada y con mucho toldo, dijo:
—¡Miren con qué nos viene ahora Mari-Zápalos!
Si vengo, no vengo, se quisieron arañar, y así se asieron, porque Mari-Rabadilla[542], que estaba allí, no pudo llegar a meterlas en paz, que sus hijos por comer cada uno en su escudilla, se estaban dando de puñadas.
—Mirad—decía doña Fáfula—que digáis en el mundo quién soy.
Decía Mari-Zápalos:
—Mirá que digáis cómo la he puesto.
Mari-Rabadilla dijo:
—Decidles a los vivos que si mis hijos comen cada uno en su escudilla, qué mal les hacen a ellos. ¡Cuánto peores son ellos, que comen en la escudilla de los otros, como don Diego de Noche y otros cofrades de su talle!
Apartéme de allí, que me hendía la cabeza, y vi venir un ruido de piullidos[543] y chillidos grandísimos y una mujer corriendo como una loca, diciendo:
—Pío, pío.
Yo entendí que era la reina Dido, que andaba tras el pío Eneas[544] por el perro muerto a la zacapela, cuando oigo decir:
—Allá va Marta con sus pollos[545].
—Válate el diablo, ¿y acá estás? ¿Para quién crías esos pollos?—dije yo.
—Yo me lo sé—dijo ella—: criólos para comérmelos, pues siempre decís: “Muera Marta y muera harta[546]”. Y decildes a los del mundo que quién canta bien después de hambriento y que no digan necedades, que es cosa sabida que no hay tono como el del ahíto[547]. Decildes que me dejen con mis pollos a mí y que repartan esos refranes entre otras Martas, que cantan después de hartas[548]. Que harto embarazada estoy yo acá con mis pollos, sin que ande inquieta en vuestro refrán[549].
¡Oh, qué voces y gritos se oían por toda aquella sima! Unos corrían a una parte y otros a otra, y todo se turbó en un instante. Yo no sabía dónde me esconder. Oíanse grandísimas voces que decían:
—Yo no te quiero, nadie te quiere.
Y todos decían esto. Cuando yo oí aquellos gritos, dije:
—Sin duda, es éste algún pobre, pues no le quiere nadie: las señas de pobre son, por lo menos.
Todos me decían:
—Hacia ti, mira que va a ti.
Y yo no sabía qué me hacer, y andaba como un loco mirando dónde huir, cuando me asió una cosa, que apenas divisaba lo que era, como sombra. Atemoricéme, púsoseme en pie el cabello, sacudióme el temor los huesos.
—¿Quién eres, o qué eres o qué quieres—le dije—, que no te veo y te siento?
—Yo soy—dijo—el alma de Garibay, que ando buscando quién me quiera, y todos huyen de mí, y tenéis la culpa vosotros los vivos, que habéis introducido decir que el alma de Garibay no la quiso Dios ni el diablo[550]. Y en esto decís una mentira y una herejía. La herejía es decir que no la quiso Dios: que Dios todas almas quiere y por todas murió[551]. Ellas son las que no quieren a Dios. Así que Dios quiso el alma de Garibay como las demás. La mentira consiste en decir que no la quiso el diablo. ¿Hay alma que no la quiera el diablo? No por cierto. Que, pues él no hace asco de la de los pasteleros, roperos, sastres ni sombrereros, no lo hará de mí. Cuando yo viví en el mundo, me quiso una mujer calva y chica, gorda y fea, melindrosa y sucia, con otra docena de faltas. Si esto no es querer el diablo, no sé qué es el diablo, pues veo, según esto, que me quiso por poderes, y esta mujer, en virtud dellos, me endiabló, y ahora ando en pena por todos estos sótanos y sepulcros. Y he tomado por arbitrio volverme al mundo y andar entre los desalmados corchetes y mohatreros, que, por tener alma, todos me reciben. Y así, todos éstos y los demás oficios deste jaez tienen el ánima de Garibay. Y decildes que muchos dellos, que allá dicen que el alma de Garibay no la quiso Dios ni el diablo, la quieren ellos por alma y la tienen por alma, y que dejen a Garibay y miren por sí.
En esto desapareció con otro tanto ruido. Iba tras ella gran chusma de traperos, mesoneros, venteros, pintores, chicarreros y joyeros, diciéndola:
—Aguarda, mi alma.
No vi cosa tan requebrada. Y espantóme que nadie la quería al entrar y casi todos la requebraban al salir.
Yo quedé confuso cuando se llegaron a mí Perico de los Palotes[552] y Pateta, Juan de las calzas blancas, Pedro por demás, el Bobo de Coria, Pedro de Urdemalas, así me dijeron que se llamaban, y dijeron:
—No queremos tratar del agravio que se nos hace a nosotros en los cuentos y en conversaciones, que no se ha de hacer todo en un día.
Yo les dije que hacían bien, porque estaba tal con la variedad de cosas que había visto, que no me acordaba de nada.
—Sólo queremos—dijo Pateta—que veas el retablo que tenemos de los muertos a puro refrán.
Alcé los ojos y estaban a un lado el santo Macarro[553] jugando al abejón, y a su lado el de santo Leprisco[554]. Luego, en medio, estaba san Ciruelo[555] y muchas mandas y promesas de señores y príncipes aguardando su día, porque entonces las harían buenas, que sería el día de san Ciruelo. Por encima dél estaba el santo de Pajares[556] y fray Jarro, hecho una bota, por sacristán junto a san Porro[557], que se quejaba de los carreteros. Dijo fray Jarro, con una vendimia por ojos, escupiendo racimos y oliendo a lagares, hechas las manos dos piezgos y la nariz espita, la habla remostada con un tonillo del carro:
—Éstos son santos que ha canonizado la picardía con poco temor de Dios.
Yo me quería ir y oigo que decía el santo de Pajares:
—Ah, compañero, decildes a los del siglo que muchos picarones, que allá tenéis por santos, tienen acá guardados los pajares, y lo demás que tenemos que decir se dirá otro día.
Volví las espaldas y topé cosido conmigo a don Diego de Noche, rascándose en una esquina, y conocíle y díjele:
—¿Es posible que aún hay que comer en vuesamerced, señor don Diego?
Y díjome:
—Por mis pecados soy refitorio y bodegón de piojos. Querría suplicaros, pues os vais y allá habrá muchos y acá no se hallan por el bienparecer, que ando muy desabrigado, que me enviéis algún mondadientes. Que, como yo lo traiga en la boca, todo me sobra, que soy amigo de traer las quijadas hechas jugador de manos, y, al fin, se masca y se chupa y hay algo entre los dientes, y, poco a poco, se roe. Y si es de lentisco, es bueno para las opilaciones.
Dióme grande risa y apartéme dél huyendo, por no lo ver aserrar con las costillas un paredón a puros concomos[558].
Dando gritos y alaridos venía un muerto, diciendo:
—A mí me toca, yo lo sabré, ello dirá, entenderémonos, ¿qué es esto?
Y otras razones tales.
—¿Quién es éste tan entremetido en todas las cosas?
Y respondióme un difunto:
—Éste es Vargas[559], que, como dicen: Averígüelo Vargas, viene averiguándolo todo.
Topó en el camino a Villadiego. El pobre estaba afligidísimo, hablando entre sí. Llamóle, y dijóle:
—Señor Vargas, pues vuesamerced lo averigua todo, hágame merced de averiguar quién fueron las de Villadiego, que todos las toman. Porque yo soy Villadiego[560], y en tantos años no lo he podido saber ni las echo menos, y querría salir, si es posible, deste encanto.