Pocas veces quien recibe lo que no merece, agradece lo que recibe. Muchas veces castiga Dios con lo que da y premia con lo que niega. Tales antepasados son genealogía delincuente de nuestra contumacia.

“Comúnmente nos tienen por los porfiados de la esperanza sin fin, siendo en la censura de la verdad la gente más desesperada de la vida. Nada aborrecemos, y hemos aborrecido tanto los judíos como la esperanza. Nosotros somos el extremo de la incredulidad, y esperanza y incredulidad no son compatibles[542]: ni esperamos ni hay qué esperar de nosotros. Porque Moisén se detuvo un poco en el monte no quisimos esperarle, y pedimos dios a Aarón. La razón que dan de que somos tercos en esperanza perdurable es que aguardamos tantos siglos ha al Mesías; empero nosotros ni le recibimos en Cristo ni le aguardamos en otro. El decir siempre que ha de venir no es porque le deseamos ni le creemos: es por disimular con estas largas que somos aquel ignorante que empieza el psalmo 13, diciendo en su corazón: 'No hay Dios[543]'. Lo mismo dice quien niega al que ya vino y aguarda al que no ha de venir. Este lenguaje gasta nuestro corazón, y, bien considerado, es el Quare, del psalmo 2, fremuerunt gentes, et populi meditati sunt innania... adversùs Dominum, et adversùs Christum ejus? De manera que nosotros decimos que esperamos siempre por disimular que siempre desesperamos.

“De la ley de Moisén sólo guardamos el nombre, sobrescribiendo con él y con ella las excepciones que los talmudistas han soñado para desmentir las Escrituras, deslumbrar las profecías, y falsificar los preceptos, y habilitar las conciencias a la fábrica de la materia de estado, dotrinando para la vida civil nuestro ateísmo en una política sediciosa, prohijándonos de hijos de Israel a hijos[544] del siglo. Cuando tuvimos ley no la guardábamos; hoy, que la guardamos, no es ley sino en la breve pronunciación de las tres letras.

“Ha sido necesario decir lo que fuimos para disculpar lo que somos y encaminar lo que pretendemos ser, creciéndonos en estos delirios rabiosos, en que parece está frenético todo el orbe de la tierra, cuando no solamente los herejes toman contra los católicos las armas enemigas, sino los católicos, unos mueven contra otros los escuadrones parientes. Los protestantes de Alemania ha muchos años[545] que pretenden que el Emperador sea hereje. A esto los fomenta el Rey Cristianísimo, haciendo como que no lo es y desentendiéndose de Calvino y Lutero. Opónese a todos el Rey Católico, para mantener en la Casa de Austria la suprema dignidad de las águilas de Roma. Los olandeses, animados con haber sido traidores dichosos, aspiran a que su traición sea monarquía, y de vasallos rebeldes del gran Rey de España, osan serle competidores. Robáronle lo que tenía en ellos y prosiguen en usurparle lo que tan lejos dellos tiene, como son el Brasil y las Indias, destinando sus conquistas sobre sus coronas[546]. No hemos sido para todos estos robos la postrera disposición nosotros, por medio de los cristianos postizos, que, con lenguaje portugués, le habemos aplicado para minas, con título de vasallos. Los potentados de Italia (si no todos, los más) han hospedado en sus dominios franceses, dando a entender han descifrado en este sentir los semblantes[547] del Summo Pontífice, y la tolerancia muda han leído por motu proprio. El Rey de Francia ha usado contra el Monarca de los españoles estratagema nunca oída, disparándole por batería todo su linaje, con achaque de malcontentos y huidos, para que, en sueldos[548] y socorros y gastos consumiese las consignaciones de sus ejércitos. ¿Cuándo se vió un Rey contra otro hacer munición de dientes y muelas de su madre y de su hermano, próximo heredero, para que se le comiesen a bocados? Ardid es mendicante, mas pernicioso. Militar con el mogollón[549], más tiene de lo ridículo que de lo serio. Nosotros tenemos sinagogas en los Estados de todos estos príncipes, donde somos el principal elemento de la composición desta cizaña. En Ruán somos la bolsa de Francia contra España, y juntamente de España contra Francia, y en España[550], con traje que sirve de máscara a la circuncisión[551], socorremos a aquel Monarca con el caudal que tenemos en Amsterdán en poder de sus propios enemigos, a quienes importa más el mandar que le difiramos las letras que a los españoles cobrarlas. ¡Extravagante tropelía servir y arruinar con un propio dinero a amigos y a enemigos y hacer que cobre los frutos de su intención el que los paga del que los cobra[552]! Lo mismo hacemos con Alemania, Italia y Constantinopla, y todo este enredo ciego y belicoso causamos con haber tejido el socorro de cada uno en el arbitrio de su mayor contrario; porque nosotros socorremos como el que da con interés dineros al que juega y pierde, para que pierda más. No niego que los Monopantos son gariteros de la tabaola de Europa, que dan cartas y tantos, y entre lo que sacan de las barajas que meten y de luces, se quedan con todo el oro y la plata, no dejando a los jugadores sino voces y ruido, y perdición, y ansia de desquitarse a que los inducen, porque su garito, que es fin[553] de todos, no tenga fin. En esto son perfecto remedo de nuestros anzuelos. Es verdad que para la introducción nos llevan grande ventaja en ser los judíos del Testamento Nuevo, como nosotros del Viejo, pues así como nosotros no creímos que Jesús era el Mesías que había venido, ellos, creyendo que Jesús era el Mesías que vino, le dejan pasar por sus conciencias: de manera que parece que jamás llegó para ellos[554] ni por ellas. Los Monopantos le creen (como de nosotros dice que le esperamos un grave autor: Auream et gemmatam Hierusalem espectabant) en Hierusalén[555] de oro y joyas. Ellos y nosotros, de diferentes principios y con diversos medios, vamos a un mesmo fin, que es a destruir, los unos, la cristiandad que no quisimos; los otros, la que ya no quieren, y por esto nos hemos juntado a confederar malicia y engaños.

“Ha considerado esta sinagoga que el oro y la plata son los verdaderos hijos de la tierra que hacen guerra al Cielo, no con cien manos solas, sino con tantas como los cavan, los funden, los acuñan, los juntan, los cuentan, los reciben y los hurtan. Son dos demonios subterráneos, empero bienquistos de todos los vivientes; dos metales, que cuanto tienen más de cuerpo, tienen más de espíritu. No hay condición que les sea desdeñosa, y si alguna ley los condena, los legistas e intérpretes della los absuelven. Quien se desprecia de cavarlos se precia de adquirirlos; quien de grave no los pide al que los tiene, de cortesano los recibe de quien los da, y el que tiene por trabajo el ganarlos, tiene el robarlos por habilidad, y hay en la retórica de juntarlos un no los quiero[556], que obra dénmelos, y nada recibo de nadie, que es verdad, porque no es mentira todo lo tomo. Y como mentiría el mar si dijese que no mata su sed con tragarse los arroyuelos y fuentes, pues bebiéndose todos los ríos que se los beben, en ellos se sorbe fuentes y arroyos, de la misma manera mienten los poderosos que dicen no reciben de los mendigos y pobres, cuando se engullen a los ricos, que devoran a los pobres y mendigos. Esto supuesto, conviene encaminar la batería de nuestros intereses a los reyes y repúblicas y ministros, en cuyos vientres son todos los demás repleción que, conmovida por nosotros, o será letargo o apoplejía en las cabezas. En el método de disponerlo sea el primer voto el de los señores Monopantones”.

Los cuales, habiéndose conficionado los unos con los chismes de los otros, determinaron que Pacas Mazo[557], como más abundante de lengua[558] y más caudaloso de palabras, hablase por todos, lo que hizo con tales razones:

—Los bienes del mundo son de los solícitos; su fortuna, de los disimulados y violentos. Los señoríos y los reinos, antes se arrebatan y usurpan que se heredan y merecen. Quien en las medras temporales es el peor de los malos, es el benemérito sin competidor, y crece hasta que se deja exceder en la maldad, porque en las ambiciones, lo justo y lo honesto hacen delincuentes a los tiranos. Éstos, en empezando a moderarse, se deponen; si quieren durar en ser tiranos, no han de consentir que salgan fuera las señas de que lo son. El fuego que quema la casa, con el humo que arroja fuera, llama a que le maten con agua. Deste discurso cada uno tome lo que le pareciere a propósito. La moneda es la Circe, que todo lo que se le llega u de ella se enamora, lo muda en varias formas: nosotros somos el verbi gratia. El dinero es un dios de rebozo[559], que en ninguna parte tiene altar público y en todas tiene adoración secreta; no tiene templo particular, porque se introduce en los templos. Es la riqueza una seta universal en que convienen los más espíritus del mundo, y la codicia, un heresiarca bienquisto de[560] los discursos políticos y el conciliador de todas las diferencias de opiniones y humores. Viendo, pues, nosotros que es el mágico y el nigromante[561] que más prodigios obra, hémosle jurado por norte de nuestros caminos y por calamita[562] de nuestro norte[563], para no desvariar en los rumbos. Esto ejecutamos con tal arte, que le dejamos para tenerle y le despreciamos para juntarle: lo que aprendimos de la hipocresía de la bomba, que con lo vacío se llena, y con lo que no tiene atrae lo que tienen otros, y sin trabajo sorbe y agota lo lleno con su vacío. Somos remedos de la pólvora, que, menuda, negra, junta y apretada, toma fuerza inmensa y velocidad de la estrechura. Primero hacemos el daño que se oiga el ruido, y como para apuntar[564] cerramos un ojo y abrimos otro, lo conquistamos todo en un abrir y cerrar de ojos. Nuestras casas son cañones de arcabuz, que se disparan por las llaves y se cargan por las bocas. Siendo, pues, tales, tenemos costumbres y semblantes que convienen con todos, y por esto no parecemos forasteros en alguna seta o nación. Nuestro pelo le admite el turco por turbante, el cristiano por sombrero, y el moro por bonete y vosotros por tocado. No tenemos ni admitimos nombre de reino ni de república, ni otro que el de Monopantos: dejamos los apellidos a las repúblicas y a los reyes, y tomámosles el poder limpio de la vanidad de aquellas palabras magníficas; encaminamos nuestra pretensión a que ellos sean señores del mundo y nosotros de ellos. Para fin tan lleno de majestad no hemos hallado con quien hacer confederación igual, a pérdida y ganancia, sino con vosotros, que hoy sois los tramposos de toda Europa. Y solamente os falta nuestra calificación para acabar de corromperlo todo, la cual os ofrecemos plenaria, en contagio y peste, por medio de una máquina infernal que contra los cristianos hemos fabricado los que estamos presentes. Ésta es que, considerando que la triaca se fabrica sobre el veloz veneno de la víbora (por ser el humor que más aprisa y derecho va al corazón, a cuya causa, cargándola[565] de muchos simples de eficacísima virtud, los lleva al corazón para que le defiendan de la ponzoña, que es lo que se pretende por la medicina), así nosotros hemos inventado una contratriaca para encaminar al corazón los venenos, cargando sobre las virtudes y sacrificios, que se van derechos al corazón y al alma, los vicios y abominaciones y errores, que, como vehículos, introducen[566] en ella. Si os determináis a esta alianza, os daremos la receta con peso y número de ingredientes, y boticarios doctos en esta confación, en que Danipe y Alkemiastos[567] y yo hemos sudado, y no debe nuestro sudor nada a los trociscos[568] de la víbora. Dejaos gobernar por nuestro Pragas[569], que no dejaréis de ser judíos y sabréis juntamente ser Monopantos.

A raíz destas palabras los cogió la hora, y levantándose Rabbi Maimón, uno de los dos que vinieron por la sinagoga de Venecia, se llegó al oído de Rabbi Saadías, y rempujando con la mano estado y medio de pico de nariz, para podérsele llegar a la oreja, le dijo:

—Rabbi, la palabrita dejaos gobernar, a roña sabe; conviene abrir el ojo con éstos, que me semejan Faraones caseros y mogigatos.

Saadías le respondió:

—Ahora acabo de reconocerlos[570] por maná de dotrinas, que saben a todo lo que cada uno quiere: no hay sino callar, y, como a ratones de las repúblicas, darles qué coman en la trampa.

Chrysóstheos[571], que vió el coloquio entre dientes, dijo a Philárgyros y a Danipe[572]:

—Yo atisbo la sospecha destos perversos judíos: todo Monopanto se dé un baño de becerro enjoyado, que ellos caerán de rodillas.

Recociéronse en lazos y embelecos unos contra otros, y para deslumbrar a los Monopantos[573], Rabbi Saadías dijo:

—Nosotros os juzgamos exploradores de la tierra de promisión y la seguridad de nuestros intentos; para que nos amásemos en un compuesto rabioso, será bien se confiera[574] el modo y las capitulaciones y se concluyan y firmen en la primera junta, que señalamos de hoy en tres días.

Pacas Mazo[575], compuniendo su rapiña en palomita[576], dijo que el término era bastante y la resolución providente, empero que convenía que el secreto fuese ciego y mudo. Y sacando un libro encuadernado en pellejo de oveja, cogida con torzales de oro en varios labores la lana, se le dió a Saadías, diciendo:

—Esta prenda os damos por rehenes[577].

Tomóle, y preguntó:

¿Cúyas son estas obras?

Respondió Pacas Mazo[578]:

De nuestras palabras. El autor es Nicolás Machiavelo, que escribió el canto llano de nuestro contrapunto.

Mirándole con grande atención los judíos, y particularmente la encuadernación en pellejo de oveja, Rabbi Asepha[579], que asistía por Orán, dijo:

—Esta lana es de la que dicen los españoles que vuelve trasquilado quien viene por ella.

Con esto se apartaron, tratando unos y otros entre sí de juntarse, como pedernal y eslabón, a combatirse y aporrearse y hacerse pedazos hasta echar chispas contra todo el mundo, para fundar la nueva seta del dinerismo, mudando el nombre de ateístas en dineranos[580].

XL. Los pueblos y súbditos a señores, príncipes, repúblicas y reyes y monarcas se juntaron en Lieja, país neutral, a tratar de sus conveniencias y a remediar y a descansar sus quejas y malicias y desahogar su sentir, opreso en el temor de la soberanía. Había gente de todas naciones, estados y calidades. Era tan grande el número, que parecía ejército y no junta, por lo cual eligieron por sitio la campaña abierta. Por una parte, admiraba la maravillosa diferencia de trajes y de aspectos; por otra, confundía los oídos y burlaba la atención la diferencia de lenguas. Parecía romperse el campo con las voces: resonaba a la manera que cuando el sol cuece las mieses, se oye importuno rechinar con la infatigable voz de las chicharras; el más sonoro alarido era el que encaramaban, desgañitándose, las mujeres con acciones frenéticas. Todo estaba mezclado en tumulto ciego y discordia[581] furiosa: los republicanos querían príncipes, los vasallos de los príncipes querían ser republicanos.

Esta controversia[582] empelazgaron[583] un noble saboyano y un ginovés plebeyo. Decía el saboyano que su Duque era el movimiento perpetuo y que los consumía con guerras continuas[584] por equilibrar su dominio, que se ve anegado entre las dos coronas de Francia y España, y que su conservación la tenía en revolver, a costa de sus vasallos, los dos Reyes, para que, ocupado el uno con el otro, no pueda el uno ni el otro tragársele, viendo que sucesivamente entrambos príncipes, ya éste, ya aquél, le conquistan y le defienden, lo cual pagan los súbditos, sin poder respirar en quietud. Cuando Francia le embiste, España le ayuda, y cuando España le acomete, Francia le defiende. Y como ninguno de los dos le ampara por conservarle, sino porque el otro no crezca con su Estado y le sea más formidable y próximo vecino, de la defensa resulta a sus pueblos tanto daño como de la ofensa, y las más veces, más. El Duque recata en su corazón disimulada la pretensión de libertador de Italia, blasonando, para tener propicia la Santa Sede, toda la historia de Amadeo, a quien llamaron Pacífico[585], por haber sospechado algunos impíamente maliciosos que pensaba en reducir al Sumo Pontífice a sólo el caudal de las gracias y indulgencias. Padece el Duque achaques de Rey de Chipre, y es molestado de recuerdos de señor de Ginebra, y adolece de soberanía desigual entre los demás potentados. Todas estas cosas son espuelas que se añaden a los alientos, que en él necesitan de freno; que por estas razones viene a tratar que la Saboya y el Piamonte se confederen en República, donde la justicia y el consejo mandan y la libertad reina.

—¡Que la libertad reina!—dijo, dado a los diablos, el ginovés—. Tú debes de estar loco, y como no has sido repúblico, no sabes sus miserias y esclavitudes. No bastará toda la razón de Estado a concertarnos. Yo, que soy ginovés, hijo de aquella República, que por la vecindad y emulación os conoce a vosotros, vengo a persuadir a vuestro Duque, con la asistencia de nosotros los plebeyos[586], se haga Rey de Génova, y si él no lo aceta, he de ir a persuadir esta oferta al Rey de España, y si no, al francés, y de unos Reyes en otros, hasta topar con alguno que se apiade de nosotros. Dime, malcontento del bien que Dios te hizo en que nacieses sujeto a príncipe, ¿has considerado cuánto mayor descanso es obedecer a uno solo que a muchos, juntos en una pieza y apartados, y diferentes en costumbres, naturales, opiniones y desinios? Perdido, ¿no adviertes que en las repúblicas, como es anuo y sucesivo por las familias el gobierno, es respectivo, y que la justicia carece de ejecución, con temor de que los que otro año u otro trienio mandarán se venguen de lo que hizo el que gobernó? Si el Senado repúblico se compone de muchos, es confusión; si de pocos, no sirve sino de corromper la firmeza y excelencia de la unidad: ésta no se salva en el Dux, que, o no tiene absoluto poder, o es por tiempo limitado. Si mandan por igual nobles y plebeyos, es una junta de perros y gatos, que los unos proponen mordiscones con los dientes, ladrando, y los otros responden con araños y uñas. Si es de pobres y ricos, desprecian a los pobres los ricos y a los ricos invidian los pobres[587]. Mira qué compuesto resultará de invidia y desprecio. Si el gobierno está en los plebeyos, ni los querrán sufrir los nobles ni ellos podrán sufrir el no serlo. Pues si los nobles solos mandan, no hallo otra comparación a los súbditos sino la de los condenados, y éstos somos los plebeyos ginoveses, y si se pudiera sin error encarecerlo más, me pareciera haber dicho poco. Génova tiene tantas repúblicas como nobles y tantos miserables esclavos como plebeyos. Y todas estas repúblicas personales se juntan en un palacio a sólo contar nuestro caudal y mercancías, para roérnosle o bajando o subiendo la moneda, y como malsines de nuestro caudal, atienden siempre a reducir a pobreza nuestra inteligencia. Usan de nosotros como de esponjas, enviándonos por el mundo a que, empapándonos en la negociación, chupemos hacienda, y, en viéndonos abultados de caudal, nos exprimen para sí. Pues dime, maldito y descomulgado saboyano: ¿qué pretendes con tu traición y tu infernal intento? ¿No conoces que nobles y plebeyos transfieren su poder en los reyes y príncipes, donde, apartado de la soberbia[588] y poder de los unos y de la humildad de los otros, compone una cabeza asistida de pacífica y desinteresada majestad, en quien ni la nobleza presume ni la plebe padece?

Embistiéranse los dos, si no los apartara el mormullo[589] de una manada de catredáticos, que venía retirándose de un escuadrón de mujeres, que, con las bocas abiertas, los hundían a chillidos y los amagaban[590] de mordiscones. Una dellas, cuya hermosura era tan opulenta que se aumentaba con la disformidad de la ira, siendo afecto que en la suma fiereza de un león halla fealdad que añadir, dijo:

—Tiranos, ¿por cuál razón (siendo las mujeres de las dos partes del género humano la una, que constituye mitad) habéis hecho vosotros solos las leyes contra ellas, sin su consentimiento, a vuestro albedrío? Vosotros nos priváis de los estudios, por invidia de que os excederemos; de las armas, por temor de que seréis vencimiento de nuestro enojo los que lo sois de nuestra risa. Habéisos constituido por árbitros de la paz y de la guerra, y nosotras padecemos vuestros delirios. El adulterio en nosotras es delito de muerte, y en vosotros, entretenimiento de la vida. Queréisnos buenas para ser malos, honestas para ser distraídos. No hay sentido nuestro que por vosotros no esté encarcelado; tenéis con grillos nuestros pasos, con llave nuestros ojos; si miramos, decís que somos desenvueltas; si somos miradas, peligrosas, y, al fin, con achaque de honestidad, nos condenáis a privación de potencias y sentidos. Barbonazos, vuestra desconfianza, no nuestra flaqueza, las más veces nos persuade contra vosotros lo propio que cauteláis en nosotras. Más son las que hacéis malas que las que lo son. Menguados, si todos sois contra nosotras privaciones, fuerza es que nos hagáis todas apetitos contra vosotros. Infinitas entran en vuestro poder buenas, a quien forzáis a ser malas, y ninguna entra tan mala a quien los más de vosotros no hagan peor. Toda vuestra severidad se funda en lo frondoso y opaco de vuestras caras, y el que peina por barba más lomo de javalí, presume más suficiencia, como si el solar del seso fuera la pelambre prolongada de quien antes se prueba de cola que de juicio. Hoy es día en que se ha de enmendar esto, o con darnos parte en los estudios y puestos de gobierno, o con oírnos y desagraviarnos de las leyes establecidas, instituyendo algunas en nuestro favor y derogando otras que nos son[591] perjudiciales.

Un dotor, a quien la barba le chorreaba hasta los tobillos, que las vió juntas y determinadas, fiado en su elocuencia, intentó satisfacerlas con estas razones:

—Con grande temor me opongo a vosotras, viendo que la razón frecuentemente es vencida de la hermosura, que la retórica y dialéctica son rudas contra vuestra belleza. Decidme, empero: ¿qué ley se os podrá fiar, si la primera mujer estrenó su ser quebrantando la de Dios[592]? ¿Qué armas se pondrán con disculpa en vuestras manos, si con una manzana descalabrastes toda la generación de Adán, sin que se escapasen los que estaban escondidos en las distancias de lo futuro[593]? Decís que todas las leyes son contra vosotras; fuera verdad si dijérades que vosotras érades contra todas las leyes. ¿Qué poder se iguala al vuestro, pues si no juzgáis con las leyes estudiándolas, juzgáis a las leyes con los jueces, corrompiéndolos? Si nosotros hicimos las leyes, vosotras las deshacéis. Si los jueces gobiernan el mundo, y las mujeres a los jueces, las mujeres[594] gobiernan el mundo y desgobiernan[595] a los que le gobiernan, porque puede más con muchos la mujer que aman que el texto que estudian. Más pudo con Adán lo que el diablo dijo a la mujer que lo que Dios le dijo[596]. Con el corazón humano muy eficaz es el demonio si le pronuncia una de vosotras. Es la mujer regalo que se debe temer y amar, y es muy difícil temer y amar una propia cosa. Quien solamente la ama, se aborrece a sí; quien solamente la aborrece, aborrece a la naturaleza. ¿Qué Bártulo no borran vuestras lágrimas? ¿De qué Baldo no se ríe vuestra risa[597]? Si tenemos los cargos y los puestos, vosotras los gastáis en galas y trajes. Un texto solo tenéis, que es vuestra lindeza: ¿cuándo le alegastes que no os valiese? ¿Quién le vió que no quedase vencido?[598] Si nos cohechamos, es para cohecharos; si torcemos las leyes y la justicia, las más veces es porque seguimos la dotrina de vuestra belleza, y de las maldades que nos mandáis hacer cobráis los intereses y nos dejáis la infamia de jueces detestables. Invidiáisnos la asistencia y los cargos en la guerra, siendo ella a quien debéis el descanso de viudas y nosotros el olvido de muertos. Quejáisos de que el adulterio es en vosotras delito capital y no en nosotros. Demonios de buen sabor, si una liviandad[599] vuestra quita las honras a padres y hijos y afrenta toda una generación, ¿por qué se os antoja riguroso castigo la pena de muerte, siendo de tanto mayor estimación la honra de muchos inocentes que la vida de un culpado? Estemos al aprecio que desto hacen vuestras propias obras. Vosotras, por infinitos, no podéis contar vuestros adulterios, y nosotros, por raros, no tenemos qué contar de los degüellos; el escarmiento sigue a la pena[600]: ¿dónde está éste? Quejaros de que os guardamos es quejaros de que os estimemos: nadie guardó[601] lo que desprecia. Según lo que he discurrido, de todo sois señoras, todo está sujeto a vosotras; gozáis la paz y ocasionáis la guerra. Si habéis de pedir lo que os falta a muchas, pedid moderación y seso.

¿Seso dijiste? No lo hubo pronunciado cuando todas juntas se dispararon contra el triste dotor en remolino de pellizcos y repelones, y con tal furia le mesaron, que le dejaron lampiño de la pelambre graduada, que pudiera, por lo lampiño, pasar por vieja en otra parte. Ahogáranle si no acudiera mucha gente a la pelazga[602] y mormullo que habían armado un francés monsiur y un italiano monseñor.

Habíanse ya pronunciado el enojo con algunos sopapos y dádose sanctus[603] en las jetas, con séquito de coces y bocados[604]. El francés se carcomía de rabia y el monseñor se destrizaba de cólera[605]. Concurrieron por una y otra parte italianos y bugres. Pusiéronse en medio los alemanes, y, sosegándolos con harta dificultad, los preguntaron la causa. El francés, arrebañándose con entrambas manos las bragas, que con la fuga se le habían bajado a las corvas, respondió:

—Hoy hemos concurrido aquí todos los súbditos para tratar del alivio de nuestras quejas. Yo estaba comunicando con otros de mi nación el miserable estado en que se halla Francia, mi patria, y la opresión de los franceses so el poder de Armando, cardenal de Richeleu. Ponderaba con la maña que llamaba servir al Rey lo que es degradarle; cuánta raposa vestía de púrpura, cómo con el ruido que inducía en la cristiandad disimulaba el de su lima, que agotaba en su astucia la confianza del Príncipe, que había puesto en manos de sus parientes y cómplices el mar y la tierra, fortalezas y gobiernos, ejércitos y armadas, infamando los nobles y engrandeciendo los viles. Acordaba a los de mi nación de las tajadas y pizcas en que resolvieron al mariscal de Ancre; acordábalos de Luínes y cómo nuestro Rey no se limpiaba de privados, y que esto sólo hacía bien a esotros dos a quien acreditaba. Advertía que en Francia, de pocos años a esta parte, los traidores han dado en la agudeza más perniciosa del infierno, pues, viendo que levantarse con los reinos se llama traición y se castiga como traidor al que lo intenta, para asegurar su maldad se levantan con los reyes y se llaman privados, y en lugar de castigo de traidores, adquieren adoración de reyes de reyes. Proponía[606], y lo propongo, y lo propondré en la junta, que para la perpetuidad de la sucesión y de los reinos y extirpar esta seta de traidores, se promulgue ley inviolable e irremisible, que ordenase que el Rey que en Francia se sujetare a privado, ipso jure, él y su sucesión perdiesen el derecho del reino, y que desde luego fuesen los súbditos absueltos del juramento de fidelidad, pues no previene tan manifiesto peligro la ley Sálica, que excluye las hembras, como ésta, que excluye validos[607]. Decía que juntamente se mandase que el vasallo que con tal nombre se atreviese a levantarse con su rey, muriese infamemente[608] y perdiese todas las honras y bienes que tuviese, quedando su apellido siempre maldito y condenado[609]. Pues sin más consideración, ese desatinado bergamasco, ni acordarme[610] de los nepotes de Roma, me llamó hereje pezente y mascalzón, diciendo[611] que en detestar los privados, detestaba los nepotes[612], y que privado y nepote eran dos nombres y una cosa. Y no habiendo yo tomado en la boca disparate semejante, me embistió en la forma que nos hallastes.

Los alemanes quedaron, con los demás oyentes, suspensos y pensativos. Encamináronlos a cada uno a su puesto, no sin dificultad, y dispusieron en auditorio pacífico aquellas multitudes para la propuesta que en nombre de todos hacía un letrado bermejo, que a todos los había revuelto y persuadido a pretensiones tan diferentes y desaforadas. Mandaron el silencio dos clarines, cuando él, sobre lugar eminente[613] que en el centro del concurso los miraba en iguales distancias, dijo:

—La pretensión que todos tenemos es la libertad de todos, procurando que nuestra sujeción sea a lo justo, y no a lo violento; que nos mande la razón, no el albedrío; que seamos de quien nos hereda, no de quien nos arrebata; que seamos cuidado de los Príncipes, no mercancía, y en las Repúblicas compañeros, no esclavos; miembros y no trastos; cuerpo y no sombra. Que el rico no estorbe al pobre que pueda ser rico, ni el pobre enriquezca con el robo del poderoso. Que el noble no desprecie al plebeyo, ni el plebeyo aborrezca al noble, y que todo el gobierno se ocupe en animar a que todos los pobres sean ricos y honrados los virtuosos, y en estorbar que suceda lo contrario. Hase de obviar que ninguno pueda ni valga más que todos, porque quien excede a todos, destruye la igualdad, y quien le permite que exceda le manda que conspire. La igualdad es armonía, en que está sonora la paz de la república, pues en turbándola particular exceso, disuena y se oye rumor lo que fué música. Las repúblicas han de tener con los reyes la unión que tiene la tierra, en quien ellas se representan, con el mar, que los representa a ellos. Siempre están abrazados, mas siempre ésta se defiende de las insolencias de aquél con la orilla, y siempre aquél la amenaza, la va lamiendo y procurando anegarla y sorbérsela, y ésta, cobrar de sí, por una parte, tanto como él la esconde por otra. La tierra, siempre firme y sin movimiento, se opone al bullicio y perpetua discordia de su inconstancia; aquél, con cualquier viento se enfurece; ésta, con todos se fecunda. Aquél se enriquece de lo que ésta le fía; ésta, con anzuelos, y redes, y lazos, le pesca y le despuebla. Y de la manera que toda la seguridad del mar y el abrigo está en la tierra, que da los puertos, así en las repúblicas está el reparo de las borrascas y golfos de los reinos. Éstas siempre han de militar con el seso, pocas veces con las armas; han de tener ejércitos y armadas prontas en la suficiencia del caudal, que es el luego que logra las ocasiones. Deben hacer la guerra a los unos reyes con los otros, porque los monarcas, aunque sean padres y hijos, hermanos y cuñados, son como el hierro y la lima, que siendo, no sólo parientes, sino una misma cosa y un propio metal, siempre la lima está cortando y adelgazando al hierro. Han de asistir las repúblicas a los príncipes temerarios lo que baste para que se despeñen, y a los reportados, para que sean temerarios. Harán nobilísima la mercancía, porque enriquece y lleva los hombres por el mundo ocupados en estudio práctico, que los hace doctos de experiencias, reconociendo puertos, costumbres, gobiernos y fortalezas y espiando desinios. Serán meritorios al útil de la Patria los estudios políticos y matemáticos, y a ninguna cosa se dará peor nombre que al ocio más ilustre y a la riqueza más vagamunda. Los juegos públicos se ordenarán del ejercicio de las armas[614], conforme a la disposición de las batallas, porque sean juntamente de utilidad y entretenimiento, juntamente fiestas y estudios, y entonces será decente frecuentar los teatros cuando fueren academias. Hase de condenar por infame ostentación en trajes[615], y sólo ha de ser diferencia entre el pobre y el rico que éste dé el socorro y aquél le reciba, y entre noble y plebeyo, la virtud y el valor, pues fueron principio de todas las noblezas que son. Aquí se me caerán unas palabrillas de Platón: quien las hubiere menester, las recoja, que yo no sé a qué propósito las digo, mas no faltará quien sepa a qué propósito las dijo en el diálogo 3 de Republica, vel de Justo. Son éstas: Igitur rempublicam administrantibus praecipuè, si quibus aliis, mentiri licet, vel hostium, vel civium causa, ad communem civitatis utilitatem: reliquis autem à mendacio abstinendum est. “Si a algunos es lícito mentir, principalmente es lícito a los que gobiernan las repúblicas, o por causa de los enemigos, o ciudadanos, para la común utilidad de la ciudad: todos los demás se han de guardar de mentir”. Pondero que, condenando la Iglesia católica esta doctrina de la república de Platón, hay quien se precia y blasona de ser su república.

“Pasemos a la propuesta de los súbditos de los reyes. Éstos se quejan de que ya todos son electivos, porque los que son y nacen hereditarios son electores de privados, que son reyes por su elección. Esto los desespera, porque dicen los franceses que los príncipes que para mejor gobernar sus reinos se entregan totalmente a validos, son como los galeotes, que caminan forzados, volviendo las espaldas al puerto que buscan, y que los tales privados son como jugadores de manos, que, cuanto más engañan, más entretienen, y cuanto mejor esconden el embuste a los ojos y más burlas hacen a las potencias y sentidos, son más eminentes y alabados del que los paga los embelecos con que le divierten. La gracia está en hacerle creer que está lleno lo que está vacío, que hay algo donde no hay nada, que son heridas en otros lo que es mellas en sus armas, que arrojan con la mano lo que esconden en ella. Dicen que le dan dinero, y cuando lo descubre, se halla con una inmundicia o la muela de un asno. Las comparaciones son viles: válense dellas a falta de otras; por esto afirman que igualmente son reprehensibles el rey que no quiere ser lo que el grande Dios quiso que fuese y el que quiere ser lo que no quiso que fuera.

Osan decir que el privado total introduce en el rey, como la muerte en el hombre, nova forma cadaveris: nueva forma de cadáver, a que se sigue corrupción y gusanos, y que, conforme[616] a la opinión de Aristóteles, en el Príncipe fit resolutio usque ad materiam primam; quiere decir: no queda alguna cosa de lo que fué, sino la representación. Esto baste.

“Pasemos a las quejas contra los tiranos y a la razón dellas. Yo no sé de quién hablo ni de quién no hablo: quien me entendiere, me declare. Aristóteles dice que es tirano quien mira más a su provecho particular que al común. Quien supiere de algunos que no se comprehenden en esta difinición, lo venga diciendo, y le darán su hallazgo[617][618].