[332] Por las venas la sangre iba... Los comentadores de Garcilaso han creído hallar en estos versos una noticia de la circulación de la sangre, anterior a las alusiones del español Servet y a la explicación científica del inglés Hervey.
[333] «Es Némesis la venganza divina que castiga los soberbios y sus arrogancias.» (Herrera, 273.)
[334] El primero que aclimató el soneto en España fue Boscán; Garcilaso acabó de perfeccionar su estructura. Antes que ellos, el Marqués de Santillana escribió sonetos castellanos, pero su ensayo no fructificó. Sobre esto véase M. Menéndez y Pelayo, Antología, XIII, págs. 227-232.
[335] Lope imitó ceñidamente este soneto en el primero de sus Rimas Sacras, y el Duque de Sesa túvolo por modelo cuando en otro soneto, «con puntas de festivo, pero con ribetes de melancólico», lamentó la ruina de su hacienda. (V. F. Rodríguez Marín, Barahona, pág. 68.)
[336] Es caso tan lastimoso acuchillar a un rendido que el amante pudo fiar en esta imagen para mover su dama a compasión. Asimismo dijo Torres Naharro: «¿Cuál honra te pudo ser — Dar lanzada a moro muerto...» (Herrera, pág. 82.)
[337] Resulta corto este verso, llanamente pronunciado. Herrera le impone una diéresis violenta: Y-en-do-me a-le-jan-do-ca-da-dí-a. Tamayo le antepone una sílaba: Y-yen-do-me ale-jan-do... Remedio más sencillo parece deshacer la sinéresis del verso que uno y otro conservan en medio del verso, midiendo: Yen-do-me-a-le-jan-do-ca-da-dí-a. A esto da derecho la libertad con que los clásicos usaron de la diéresis y de la sinéresis, como se ve en Lope: Se-a-jus-to o-no-sea-jus-to; y en Góngora: E-llas-po-nían-el-de-dal; Y-yo-po-ní-a-la a-gu-ja. (V. Rodríguez Marín, l. c. en la nota, Eg. II, v. 15.)
[338] Dice el poeta que consolaría su amargura volviendo a ver a su dama, ¡teniendo siquiera la esperanza de volverla a ver!; fuera de esto, solo aguarda consuelo en la muerte; mas tan desgraciado se considera, que cree que ni la misma muerte le ha de hacer la misericordia de llevárselo —tan pronto como quisiera él—. Este mismo pensamiento puso Fernando de Cangas en una copla citada por Herrera en sus Anotaciones: «Y si es remedio a mi pena — Morir por causa tan buena — Yo sé que no moriré; — Porque no mereceré — Gozar de gloria tan llena.» El ilustre Azara dice que Garcilaso puso en los seis últimos versos de este soneto «una antítesis ridícula, esto es: que morirá si ve o no ve a su dama.» No es cierto: el poeta no dice que morirá si ve a su dama; todo lo contrario.
[339] Tras de la tempestad viene la calma. «Con lluvia y noche scura — Si el cielo se escurece, él se serena. — No si falta ventura — Agora ha de durar siempre la pena.» Horacio. (V. Brocense, nota 5.)
[340] Las amarguras de la ausencia inspiraron a Garcilaso, además del presente soneto, los núms. III, IX, XIX, XX y XXXVI. Del presente y del IX sospechó Tamayo, fols. 7 y 8, que debieron ser escritos en la isla del Danubio, donde el poeta estuvo desterrado. Esto mismo puede sospecharse del núm. XI.
[341] En este pasaje y en la Canc. IV, v. 6, da Garcilaso a la frase traer por los cabellos un valor distinto de su uso corriente. Dice traer por los cabellos de la violencia con que es aportado al discurso algún argumento, autoridad o consecuencia: «puesto que los refranes son sentencias breves (dijo Don Quijote a Sancho), muchas veces los traes tan por los cabellos que más parecen disparates que sentencias»; pero Garcilaso no se refiere al discurso, sino a la violencia moral de ser una persona arrastrada involuntariamente a una determinada acción. Tornado, vuelto, era ya para Herrera voz envejecida y desusada.
[342] Conocer lo mejor y, sin embargo, seguir lo peor es dejar triunfar la pasión sobre el pensamiento, el apetito sobre la voluntad, y esto es tan humano y tan frecuente, que se encontrará repetido en muchos poetas; Herrera cita ejemplos de Ovidio, Petrarca, Chariteo, Salvago, Rebeiro y Hurtado de Mendoza.
[343] Empleamos hoy quien, quienes, cuando el relativo se refiere a persona o cosa personificada; pero el uso antiguo lo empleaba también algunas veces como relativo de cosa: «Quiérote contar las maravillas que este transparente alcázar solapa, de quien yo soy el alcaide...» (Cervantes.) Por ligero tinte de personificación que a una cosa se atribuya, como en este verso ocurre con inclinación, cabe el uso de quien, según se puede ver en Rioja, Ercilla, Jovellanos, Alcalá Galiano, etc. (V. Andrés Bello, Obras completas, tomo IV, Madrid, 1903, págs, 179-182.)
[344] El pensamiento de este soneto es muy común entre los poetas. El amante libre de pasados amores y de sus amarguras, jura no volver por tales pasos; pero se le ofrece una nueva ocasión, un amor que no es como los otros ni está en su mano poderse valer contra él, y el poeta rinde su corazón una vez más.
[345] Esta antigua costumbre, de la cual hablan Virgilio, Horacio, Tasso y otros muchos poetas, no se ha perdido aun entre los marineros, y particularmente la conservan los pescadores.
[346] Como, no me parece aquí correlativo de tal, leo así: «Yo, como vano e incauto había jurado nunca más meterme, etc...»
[347] al camino por en el camino; este uso de al se conserva aún como provincialismo: «Ricardo no estuvo al baile; le encontré al arco del Alcázar.» (Ávila.)
[348] como perdidos: ciegamente como locos. (V. Canc. I, verso 12.)
[349] turo de turar: durar, permanecer. En los valles del Pirineo aragonés es aun corriente esta palabra en la forma de aturar: «atúrame exas crabas:=» detenme esas cabras.
[350] tamaño, tam magnus, quiere decir propiamente tan grande, pero aquí no con valor comparativo, sino absoluto, como cuando decimos: no se puede vivir en clima tan frío. Del uso de esta palabra en este verso han hablado largamente Herrera, Prete Jacopin y Tamayo de Vargas, y un buen comentario de ello se encuentra en Rodríguez Marín, Luis Barahona de Soto, pág. 680-681.
[351] «Este soneto es, sin comparación, el más dulce y suave de los de Garcilaso.» (Azara.)
[352] «Acordábase el Cisne que sus plumas habían vestido más color de fuego que de nieve... que su corazón había quemado muchas veces las alas en torno de unas luces mentidas... y comenzó a llorar lo que antes había cantado; porque derribando de su memoria las imágenes que habían ocupado sus aras, deshojando esperanzas y prendas antiguas, decía inspirado de mejor Numen: ¡Oh, dulces prendas por mi mal halladas!» (Cienfuegos, Vida del Grande San Francisco de Borja, Madrid, 1726, pág. 52.)
[353] También Herrera en un soneto decía al Betis: «... destilado — Iré en tu curso largo y extendido, — en llanto desatado — Seré en tus blancas manos recogido.» (Anotaciones, pág. 129.)
[354] Dicen que fue Dafne una hermosísima hija del río Perseo, de Tesalia, y que encendido Apolo en amor loco, la seguía, perdido por ella; y ya que la iba alcanzando, suplicó Dafne a la Tierra, su madre, que la recogiese en sí, librándola de aquel trance, y la tierra escuchó su voto y transformó a la doncella en un bello laurel, al pie del cual tanto ha llorado Apolo su imposible amor, que con sus lágrimas mantiene al laurel siempre verde y lozano. (Ovidio, Metam., lib. I, fáb. X.)
[355] El símil de la madre y el hijo doliente contenido en estos primeros versos, hállase también rimado por Boscán y Hurtado de Mendoza, y procede, según el Brocense, nota 16, y Menéndez y Pelayo, Antología, XIII, 302, del gran poeta del amor, Ausías March: «Li’n pren aixi com dona ab son infant, — Que si veri li demana plorant, — Ha tant poch seny que no l’sab contradir.» (Cants d’Amor, XXVIII.)
[356] Recuerda en estos versos el prodigio del amoroso llanto de Orfeo, por manera semejante a como se lee en las dos primeras liras de la Canción A la Flor de Gnido.
[357] Hizo Garcilaso este soneto como epitafio a la sepultura de su hermano D. Fernando, que murió de pestilencia en Nápoles, de edad de veinte años, hallándose en el ejército del Emperador Carlos V contra los franceses.
[358] Ese fiero ruido que quiere imitar el estampido del rayo que Vulcano labró en las fraguas del Etna para el padre Júpiter, es el ruido de la artillería, «cruelísimo linaje de máquina militar que llamaron bombarda, del estruendo y ardor, y nosotros lombarda... Pero no eran estas como las de ahora, sino más cortas y más gruesas, que por ventura debían ser las piezas que hoy llaman morteros.» (Herrera, págs. 149-150.)
[359] Parténope es la ciudad de Nápoles, como queda dicho en la Eleg. II, v. 38.
[360] «Por ventura fue este numeroso y bellísimo y afectuoso soneto escrito a Julio César, poeta napolitano, de la nobilísima casa Caraciola de aquel reino.» (Herrera, página 184.)
[361] Garcilaso, partiendo de Nápoles, parece ser que había ido precisamente adonde vivía la dama de Julio, y Julio había quedado en Nápoles, donde vivía la dama de Garcilaso; uno y otro, pues, podían cambiarse nuevas, noticias, de sus damas respectivas. ¿Por qué ha de ser ridículo de puro exquisito, este modo de explicarse? Azara es algo descontentadizo: Garcilaso no escribió este soneto para nosotros, sino para Julio, que estaría bien enterado de los pormenores de su asunto, y que, por consiguiente, no había de tropezar en las dificultades de que Azara protesta.
[362] Una ausencia de la dama del poeta le inspiró las quejas del presente soneto.
[363] En un ejemplar antiguo que manejó el Brocense, nota 24, leíase largueza en vez de guerra, palabra que, a mi juicio, aclara más el pensamiento del poeta, el cual, acongojado por la partida de su dama, abrázase a su propia pena, deseando atajar así la largueza del camino, es decir, deseando abreviar su vida.
[364] «Este soneto fue escrito a D. Pedro de Toledo, Marqués de Villafranca y Virrey de Nápoles; aunque algunos piensan que a D. Alonso de Ávalos, Marqués del Vasto, grande amigo de Garcilaso.» (Herrera, pág. 168.)
[365] «El argumento de este soneto es caso particular, y por eso difícil de inteligencia. Parece que yendo a ver a su señora, que tenía descubiertos los pechos, el poeta puso los ojos en ellos, alargándose en la consideración de la belleza del alma, aunque el duro encuentro de la hermosura corporal impidió su intento, y compelió a olvidar su primer pensamiento y parar en la belleza exterior.» (Herrera, pág. 170.)
[366] La precedente explicación pareció a Herrera más acertada que las demás conjeturas que se le ocurrieron, y en esto coincidió con el Brocense, el cual decía de este primer terceto, que la dama, pesándole de que el poeta le hubiese visto el pecho, «acudió con la mano a cubrillo y hiriose, con algún alfiler de la beatilla, en él». (Nota 25) Tamayo, fol. 11, se muestra conforme con esta interpretación más material que espiritual; sin embargo, Azara dice que «las circunstancias con que lo visten Herrera y Sánchez son conjeturas que no satisfacen».
[367] gonna: ropa larga de mujer, a manera de bata. El poeta, considerando la picadura del alfiler como golpe de saeta de amor, se duele de que su herida no hubiese pasado más allá de la gonna. Este verso «del Petrarca, Canc. IV, Stanc. II, reprehenden, por ser introducido entre los castellanos; más engáñanse, no considerando que debía de ser este soneto para alguna señora de Italia, donde tan favorecido vivió Garcilaso, fuera de que no es cosa vituperable cuando se toman estos versos de hombres insignes»... (Tamayo, notas, fol. 11.)
[368] Dice la Pipota en Rinconete y Cortadillo: «Holgaos, hijos..., que vendrá la vejez y lloraréis en ella los ratos que perdisteis en la mocedad, como yo los lloro»; que no es otra cosa sino lo que dijo Ausonio en su famoso epigrama: «Collige, virgo, rosas...», mil veces repetido y parafraseado por los poetas españoles y extranjeros (V. ejemplos en Herrera, Anotaciones, págs. 175, 186, y F. Rodríguez Marín, Barahona, págs. 295-297 y 628-630), y asimismo, lo que una vieja de antigua edad aconsejaba a la bella Melisenda, encendida en amores del Conde Ayuelos: «Mientras sois moza, mi hija, — placer vos querades dar — que si esperáis a vejez — no vos querrá un rapaz.» (R. Menéndez Pidal, El Romancero Español, The Hispanic Society of America, 1910, pág. 26.)
[369] «Este soneto fue escrito a la Marquesa de la Padula, D.ª María de Cardona, hija del Marqués D. Juan de Cardona... Fue su esposo D. Artal de Cardona, Conde de Colisano... Después casó en el año de 1538 con D. Francico de Este, hermano del Duque de Ferrara. Por ella escribió Mario de Leo el Amor preso, y a ella dedicó el Gesualdo sus Comentos en Petrarca. Fue muy discreta y valerosa, inclinada al conocimiento de la historia y poesía, y aunque no muy hermosa, tuvo mucha gracia y donaire.» (Herrera, pág. 187.)
[370] Se ha hecho clásico este elogio de llamar décima Musa a una dama docta, como cuarta Gracia a una dama bella, siendo nueve las Musas, las moradoras del Parnaso, y las Gracias, tres; D. Adolfo de Castro llama a doña Cristobalina Fernández de Alarcón décima musa antequerana (Auts. Esps. Poetas Líricos de los siglos XVI y XVII, Madrid, 1854, tomo I, pág. 31), y el Sr. Rodríguez Marín (Luis Barahona de Soto, Madrid, 1903, pág. 425), a propósito de D.ª Rosalía de Castro, dice también «la dulce Rosalía, décima musa del Parnaso de España, y no primera, sino única, del gallego».
[371] Luis Tansillo (¿1510?-1568), poeta italiano, autor del malicioso poema Il Vendemmiatore, que la Inquisición condenó, y de Le Lagrime di San Pietro. Estuvo con Garcilaso en la expedición a Túnez. — Antonio Sebastián Minturno, obispo y literato italiano († 1574), que escribió varias poesías y libros de erudición. — Bernardo Tasso, (1493-1569), poeta italiano también, Secretario del Príncipe de Salerno, cantor de la bella Ginebra Malatesta, amante de Tulia de Aragón y padre del famosísimo Cisne de Sorrento, que escribió la Jerusalén conquistada y la Aminta. Bernardo Tasso fue autor del poema Amadigi (Amadís de Gaula).
[372] Helicona por Helicón. Monte de Grecia consagrado por los poetas como el Pindo y el Parnaso; en él tenían su morada Apolo y las Musas.
[373] Habla el poeta junto a la sepultura de su dama.
[374] Este soneto, por su honda melancolía y por la llaneza de su forma, me parece uno de los mejores de Garcilaso. Es un lamento lleno de amargura. Los que le han censurado cuando sutiliza y alambica a la manera italiana, no debieran haber callado su elogio en este lugar.
[375] El poeta, experimentado en amarguras, había jurado nunca más amar, pero una sirena napolitana cautivó su espíritu, soneto VII; dio cuenta a Boscán del principio de esta aventura en el soneto XXVIII, guardando, respecto a quien fuese la dama, absoluta reserva; esto pudo ocurrir a fines de 1532; el poeta no era ya un mancebo, pero se enamoró con loco encendimiento, y rindiose apasionadamente a la sirena misteriosa, soneto V; un feliz descuido del tocado, soneto XXII, le arriesgó a un consejo malicioso, soneto XXIII, y, al mismo tiempo, lamentaba rigores, cuidados, arrepentimientos y sospechas, sonetos XV, XX, XXVII, XXX y XXXI. Llegó la empresa de África: el poeta, desde Túnez, duélese de su ausencia, soneto XXXV; y desde Sicilia, a su regreso, confía a Boscán sus inquietudes, temeroso de olvidos y mudanzas, Elegía II. Volvió el poeta a Nápoles, hacia septiembre de 1535; su dama no le había sido infiel, pero había muerto, o acaso murió poco después de su llegada; en los sonetos XXV y XXVI hay un hondo dolor, un dolor verdadero; un año después murió el poeta. Tal pudo ser, en fin, esta historia sencilla y sentimental. Una duda: estos dos últimos sonetos pueden ser también a la muerte de D.ª Isabel Freyre. (V. Eg. I., v. 2, nota.)
[376] «Niega Morel-Fatio (L’Espagne au XVIe et au XVIIe siècle, pág. 602) que este soneto, imitado de Ausías March, pueda ser de Garcilaso, porque este no se hubiera atrevido a truncar el endecasílabo, y le atribuye a Boscán o D. Diego de Mendoza. Pero es cierto que Garcilaso, en la Canc. II, usa con insistencia los versos agudos (véase la nota a la Canc. II, v. 68), y nada tiene de particular que los emplease imitando unos versos de Ausías, puesto que el original catalán los tiene también. Hay de este soneto una refundición en que los agudos se han convertido en graves (publicada por Knapp, por Morel y por Walberg, notas a Juan de la Cueva, pág. 91), según copias distintas: Amor, amor, me ha un hábito vestido. Esta refundición lleva en los manuscritos el nombre de Mendoza. Hay, finalmente, otra refundición, también sin agudos, de que se valió el Brocense en su edición de Garcilaso. D. Diego de Mendoza imitó el mismo pasaje de Ausías en una canción.» (M. Menéndez y Pelayo, Antología, XIII, pág. 221, nota.)
[377] salvatiquez, en italiano selvatichezza. La e de la primera sílaba de selvatiquez se ha transformado en a, por asimilación de la a siguiente, por influencia de la forma vulgar salvaje (silvaticu), o por ambas causas; casos análogos: balanza (bilance), zarcillo (circellu), ant. cercillo, etc. (V. R. Menéndez Pidal, Gram. Hist., Madrid, 1905, § 18-3.) También otro cultismo: parálisis, dejose influir por la forma vulgar perlesía, dando origen a paralisía. (Bulletin de Dialectologie romane, Bruxelles, 1909, pág. 126.)
[378] Leandro, para ver a su amante Hero, atravesaba de noche, a nado, el Helesponto. Hero le orientaba desde su torre con la luz de una antorcha. La posibilidad del viaje de Leandro fue demostrada experimentalmente por Lord Byron, atravesando a nado aquel estrecho, entre Sestos y Abidos, en 31 de mayo de 1810, según él mismo refiere en una nota del canto 2.º de Don Juan. Una noche de tempestad apagose la luz; Leandro, perdido entre bravas olas, murió ahogado, y Hero murió también al descubrir desde la orilla su cadáver. De la historia de este bello asunto en nuestra literatura ha hecho un magnífico estudio el Sr. Menéndez y Pelayo en su Antología, tomo XIII, págs. 334-378.
[379] esecutá por ejecutad. (V. nota al v. 253 de la Eg. II.) La pérdida de la d final en la pronunciación de los imperativos vení, poné, mirá, etc., nació, sin duda, en el lenguaje familiar; este valor tiene el testimonio de Santa Teresa (Las Moradas, ed. Clásicos Castellanos, Madrid, 1910, pág. 43, nota 16), aparte de la tradición de dicho fenómeno conservada en la Argentina: cantá, hacé, y en la lengua literaria ante el pronombre os: andaos, salíos (excepto idos); pero los clásicos, desde Garcilaso, adoptaron también aquella pronunciación, y pusiéronla en moda: «Andá, señor, que estáis muy mal criado.» (V. Bello-Cuervo, Gramática, París, 1907, § 614; R. Menéndez Pidal, Gram. Hist., § 107-2.)
[380] contrastado: resistido.
[381] poner por deponer, rendir las armas.
[382] despojos: las armas del vencido y demás restos de la derrota de que se rodeaban los victoriosos en sus carros triunfales. (V. Canc. V, v. 17.)
[383] Endecasílabos de muiñeira, propuestos, como endecasílabos malos, por no tener los acentos en su sitio, para ingresar en la sala segunda del Hospital de los versos incurables, fundado por D. Eduardo Benot en su Prosodia castellana y versificación, tomo III, págs. 154-249:
—Oh, crudo nieto, que das vida al padre—
—Ora clavando del ciervo ligero. —Eg. II, v. 194.
—Cómo pudiste tan presto olvidarte. —Eg. II, v. 578.
—Hace tremer con terrible sonido. —Hurtado de Mendoza.
—¡Qué! ¿no te acuerdas de cuando cantando? —Barahona.
—Se la mia vita dall’ aspro tormento. —Petrarca.
—Gran Cardinal di la Chiesa di Roma. —Ariosto.
(V. F. Rodríguez Marín, Barahona, pág. 425.)
[384] Supónese esta genealogía: El espíritu engendra el amor, y del amor, en maridaje con la envidia, nacen los celos; estos, que son el monstruo parido por la envidia, son el nieto cruel que encendiendo el amor matan el alma —dan vida al padre y matan al abuelo.
[385] «Hermosísima alegoría por todo el terceto, y no sé si se hallará en la lengua latina otra más ilustre y bien tratada que esta.» (Herrera, Anotaciones, pág. 209.)
[386] A Mario Galeota. Soneto núm. XXXV en las ediciones de Azara y Castro. Expedición a Túnez contra Barbarroja. El 14 de julio de 1535, el ejército del Emperador se apoderó del fuerte de la Goleta, y estuvo en aquella empresa Garcilaso con su hermano D. Pedro Laso, el Marqués de Lombay, D. Diego Hurtado de Mendoza y otros muchos caballeros ilustres. Doce guerreros, Garcilaso entre ellos, se atrevieron a acometer ochenta caballos númidas que les provocaban; fue el aprieto grande; nuestro poeta fue socorrido por Federico Carraffa, napolitano, y por el César en persona, que sabiendo el peligro en que se encontraba le ayudó con sus hombres y peleó a su lado. Garcilaso salió herido de dos lanzadas, en la mano diestra y en la cara; esta le interesó la lengua, dejándole cierto defecto de pronunciación que le agraciaba. (Cienfuegos, Vida del Grande San Francisco de Borja, pág. 50; Navarrete, págs. 62, 65 y 66.)
[387] Alude a la leyenda de la famosa espada que Dionisio I, tirano de Siracusa, hizo colgar, suspendiéndola de un cabello, sobre la cabeza de Damocles, en tanto que le rodeaba de todo el regalo y la suntuosidad de un rey, para dar a entender a aquel cortesano cuán poco envidiables eran las grandezas que tanto le elogiaba, teniendo que gozarlas bajo la constante amenaza de un peligro mortal: el odio, la envidia, la ambición.
[388] Como esto es lo que dijo D. Diego Hurtado de Mendoza en su carta IX, tercetos 33-36, dirigida a don Diego Laso (Auts. Esps. Poetas líricos de los siglos XVI y XVII, Madrid, 1854, tomo I, pág. 65):
«Dulce ver es de tierra un bravo viento...
No porque el mal ajeno te contente,
Mas porque, en la verdad, es dulce cosa
Carecer del dolor que el otro siente...»
Garcilaso y Mendoza, según Herrera, imitaron aquí a Lucrecio. (Anotaciones, pág. 211.)
[389] A Boscán, desde la Goleta. Soneto núm. XXXIII, en Azara y Castro. Por lo que Garcilaso dice en estos últimos versos de este soneto, se ha supuesto que debió tener alguna aventura galante en la Goleta, durante la curación de sus heridas (Cienfuegos, o. c., lib. II, pág. 50; Navarrete, pág. 66, nota 1); me parece que no hay suficiente fundamento para esta conjetura; el 14 de julio, con la toma de la Goleta, o acaso después, en alguna escaramuza, fue herido Garcilaso, el 20 se sometió Túnez, y el 12 de agosto regresaron las tropas a España; ciertamente, en menos de un mes que Garcilaso estuvo en la Goleta, y con heridas que le tuvieron a los umbrales de la muerte (Navarrete, pág. 65), ¿qué aventuras galantes había de tener?... más lógico es relacionar estas quejas de su alma temerosa y estas incertidumbres de sus esperanzas, con los temores y las incertidumbres de que pocos días después hablaba a Boscán en la Eleg. II, por la suerte que en su ausencia hubiera podido seguir el nido que su corazón había dejado en Nápoles.
[390] Hasta aquí llegan los sonetos en Herrera; los seis últimos, desde el XXX inclusive, los admitió como auténticos por opinión común y por afirmación de D. Antonio Puertocarrero, yerno de Garcilaso; pero desechó los tres siguientes por no parecerle tan segura su autenticidad (Anotaciones, pág. 206); yo pongo también estos siguiendo una costumbre establecida; conservo estrictamente el texto del Brocense, Opera Omnia, Genevae, 1766, tomo IV.
[391] De este soneto, como del XXXII y XXXVIII, decía el Brocense «que se tienen por de Garcilaso, de un libro de mano».
[392] Tamayo admite este soneto como auténtico; el Brocense lo considera dudoso; Herrera y Azara lo rechazan, y Castro lo tiene por indigno de Garcilaso. Verdaderamente, con tan desdichado juego de sentir, siento, sienta, sentillo y sello, su autor acertó a decir poco de provecho; tal vez no es sino un pobre soneto advenedizo, que debe su fortuna al desconocido editor de aquel libro de mano en que lo encontró el Brocense, figurando entre las demás composiciones de Garcilaso como hijo de la misma mano.
[393] Estas pocas composiciones al estilo antiguo de Castilla, acaso no fueron las únicas que escribió Garcilaso, pero la ruina que alcanzó seguramente a todas las poesías de nuestro poeta, por causa de su orfandad, debió señalarse en las de este género, como más humildes y menos estimadas. Herrera no las acogió en su edición. Los versos cortos, ante la magnificencia del endecasílabo italiano, vinieron a creerse incapaces de conceptos graves, y por esto, y por ser vicio común dar más estima a las cosas extrañas que a las nuestras, cayeron en menosprecio. (Tamayo, fols. 80-82.) Según Castro, esta primera Canción lleva en un manuscrito de Iriarte el siguiente epígrafe: A doña Isabel Freyra, porque se casó con un hombre fuera de su condición.
[394] En otras ediciones lleva este epígrafe: A una partida.
[395] Epígrafe: Traduciendo cuatro versos de Ovidio.
[396] «A una señora que andando él y otro paseando, les echó una red empezada y un uso comenzado a hilar en él, y dijo que aquello había trabajado todo el día.» En el citado manuscrito de Iriarte, según Castro, decía: A D.ª Mencía de la Cerda que le dio una red y díjole que aquello había hilado aquel día.
[397] «Glosa de Garci-Lasso sobre este villancico», dice el Brocense; el villancico solo lo forman los tres primeros versos, y dice Castro que, según se ve en las obras de Boscán, esta copla fue escrita a D. Luis de la Cueva porque bailó en palacio con una dama que llamaban la Pájara. Boscán, el Duque de Alba y otros muchos caballeros escribieron a propósito del mismo asunto.
[398] «En un códice de poesías varias que perteneció al célebre anticuario aragonés D. Vicencio Juan de Lastanosa, y más tarde a los Iriartes, se leen estas redondillas: A Boscán, porque estando en Alemaña danzó en unas bodas.» Las publicó Gayangos, notas a Ticknor, tomo II, pág. 488. El Sr. Menéndez y Pelayo, Antología, XIII, pág. 479, supone que Boscán debió ir a Alemania acompañando al Duque de Alba, como Garcilaso, cuando el socorro de Viena, 1532, aunque el poeta no le menciona en la descripción que de aquel viaje dejó en la Eg. II.
[399] Esta carta escribió Garcilaso de la Vega en 1533, hallándose en Barcelona como emisario del Virrey de Nápoles; sirve de prólogo a la traducción de El Cortesano hecha por Boscán, y es la única muestra que la áurea pluma de nuestro poeta dejó de la excelencia de su prosa. D.ª Jerónima Palova de Almogávar, parienta, acaso de Boscán, a juzgar por el segundo apellido, es la misma a quien este dedicó su libro. Sigo el texto dado por D. Tomás Tamayo de Vargas en su edición de Garcilaso, Madrid, 1622. El Brocense, Herrera, Azara y Castro no publicaron esta carta.
[400] «Andando yo en estas dudas, Vuestra Merced ha sido la que me ha hecho determinar, mandándome que le tradujese; y así todos los inconvenientes han cesado, y solo he tenido ojo a serviros.» (Boscán, Carta-dedicatoria a D.ª Jerónima Palova.)
[401] «Mas como estas cosas me movían a hacello, así otras muchas me detenían que no lo hiciese, y la más principal era una opinión que siempre tuve de parecerme vanidad baja y de hombres de pocas letras andar romanzando libros; que aun para hacerse bien vale poco, cuanto más haciéndose tan mal que ya no hay cosa más lejos de lo que se traduce que lo que es traducido... viendo yo esto, y acordándome del mal que he dicho muchas veces de estos romancistas (aunque traducir este libro no es propiamente romanzalle, sino mudalle de una lengua vulgar en otra quizá tan buena), no se me levantaban los brazos a esta traducción.» (Boscán, ibid.)
[402] Y aun antes de que viniese a manos de Boscán, puesto que Garcilaso fue quien lo envió a su amigo desde Italia: «No ha muchos días que me envió Garcilaso de la Vega, como Vuestra Merced sabe, este libro llamado El Cortesano, compuesto en lengua italiana por el Conde Baltasar Castellón.» (Boscán, ibid.)
[403] El famoso autor de Il Cortegiano, Baltasar Castiglione, nació en tierra de Mantua, el 6 de diciembre de 1478, y murió en Toledo el 2 de febrero de 1529, siendo Nuncio en España del Papa Clemente VII, en cuyo tiempo las tropas imperiales saquearon a Roma. El Conde Castiglione «fue hombre de armas y hombre de corte, aventajado en todos los ejercicios y deportes caballerescos, maestro en el arte de la conversación y en todo primor de urbana galantería; profesor sutil de aquella filosofía de amor que la escuela platónica de Florencia había renovado doctamente; curioso especulador de la belleza en los cuerpos, en las almas y en las puras ideas; conocedor fino en las artes del diseño; amigo y consejero de Rafael, en quien parece haber inoculado su propio idealismo estético; pensador político y ameno moralista; poeta lírico y dramático y organizador de fiestas áulicas: todas estas cosas era Castiglione, sin sombra de pedantismo, con aquella cultura íntegra y multiforme, con aquella serena visión del mundo que renovaba los prodigios de la antigüedad en algunos espíritus selectos del siglo XVI». (M. Menéndez y Pelayo, Antología, XIII, págs. 80-81.) Primera edición de su obra: Il Libro del Cortegiano | del Conte Baldesar | Castiglione (Escudo del impresor con el áncora aldina.) Colofón: In Venetia, nelle case d’Aldo Romano, et d’Andrea d’Asola | suo Suocero nell’ anno MDXXVIII | del mese d’aprile. La más sabia edición y comentario: Il Cortegiano del Conte Baldesar Castiglione, annotato e illustrato da Vittorio Cian. Firenze, Sansoni, 1894.
[404] Libros que matan hombres; ¿aludirá a los de Caballerías? Sería de notar tan temprana protesta.
[405] «Yo no terné fin en la traducción deste libro a ser tan estrecho que me apriete a sacalle palabra por palabra; antes, si alguna cosa en él se ofreciere, que en su lengua parezca bien y en la nuestra mal, no dejaré de mudarla o de callarla.» (Boscán, ibid.)