¿Qué haces aquí en el prado,
Ciego Amor?
Anda, vete a lo poblado,
A dar dolor.
Deja libres nuestras flores,
Y claras las fuentes frias;
Tus fuerzas y tus porfias
Muestra a los grandes señores.
Deja los simples pastores,
Ciego amor;
Que es vileza a los cuitados
Dar dolor.

El lindo romance que canta en Nápoles la artificiosa Faustina para atraer á Belamir al estanque, donde le deja burlado, está ya en la manera lírica que prevaleció á principios del siglo XVII, aunque todavía no impera sola la asonancia:

Decidme, oh vos, blancos cisnes,
Los que gozais de las aguas,
¿Cómo podreis defenderos
De las amorosas llamas?
Plegue al amor que vos junte
En sombras de verdes ramas,
Donde goceis para siempre
Una vida dulce y blanda,
Sin temer que se os enturbien
Esas vuestras olas mansas.
Salid, oh cisnes, de entre ellas
Que las vereis alteradas,
Y de un gran fuego amoroso
Encendidas y abrasadas.
Dejad que se apague en ellas
Ansia tan desordenada.

Después del D. Clarisel de las Flores apenas se encuentra ningún libro de caballerías que traspase la raya de lo vulgar y adocenado. El apogeo de esta literatura corresponde á la primera mitad del siglo XVI, es decir, al reinado del emperador Carlos V. Todavía dentro de él hay que mencionar el Lepolemo ó Caballero de la Cruz (1521), del cual dijo donosamente Cervantes: «Por nombre tan santo como este libro tiene, se podia perdonar su ignorancia; mas tambien se suele decir tras la cruz está el diablo: vaya al fuego». No es de los más disparatados de su clase, y las aventuras tienen cierta sensatez relativa, pero es sin duda de los más insulsos. Su autor, que se llamaba al parecer Alfonso de Salazar[414], le supuso traducido de original arábigo compuesto por el cronista Xarton, lo cual acaso dio á Cervantes la idea de su Cide Hamete Benengelí. El sevillano Pedro de Luxán, á quien ya conocemos como autor de D. Silves de la Selva, añadió al Lepolemo una segunda parte, en que se trata de los hechos de su hijo Leandro el Bel «según lo compuso el sabio rey Artidoro en lengua griega». aunque ambos libros están regularmente escritos, se perdieron muy pronto entre el fárrago de libros caballerescos.

Sólo por ser labor femenina puede hacerse mérito del Don Cristalión de España, que publicó en 1545 doña Beatriz Bernal, dama de Valladolid, parienta acaso del bachiller Fernando Bernal, autor del D. Floriseo[415]. Sólo por la circunstancia de estar mencionados en el Quijote hay todavía quien recuerde el D. Cirongilio de Francia, de Bernardo Vargas (1545); el Felixmarte de Hircania, de Melchor Ortega, vecino de Úbeda (1556); el D. Olivante de Laura, de Antonio de Torquemada (1564), que Cervantes llamó tonel, aunque es de moderado volumen para libro en folio; el D. Belianis de Grecia, «sacado de lengua griega, en la cual la escribió el sabio Friston por un hijo del virtuoso varon Toribio Fernandez» (1547), con el cual mostró el cura benignidad inusitada, condenándole sólo á reclusión temporal y recetándole «un poco de ruibarbo para purgar la demasiada colera suya», por la cual eran sin cuenta las heridas que daba y recibía: hasta ciento y una, todas graves, contó Clemencín sólo en los dos primeros libros. Pero á todos éstos vence en lo prolijo, absurdo y fastidioso el Espejo de príncipes y caballeros, que para no confundirle con el Espejo de caballerías, citado en otra parte (compilación del ciclo carolingio), suele designarse con el nombre de El Caballero del Febo ó Alphebo, aunque no solamente trata de él, sino de su padre el emperador Trebacio, de su hermano Rosicler, de su hijo Claridiano, de D. Poliphebo de Trinacria y de otros muchos paladines y hasta belicosas damas, viniendo á formar todo ello una vasta enciclopedia de necedades, que llegó á constar de cinco partes y más de dos mil páginas á dos columnas en folio; labor estúpida á que sucesivamente se consagraron (desde 1562 hasta 1589 y aun más adelante) varios ingenios oscuros, tales como el riojano Diego Ordóñez de Calahorra, el aragonés Pedro de la Sierra y el complutense Marcos Martínez[416].

Estas obras monstruosas y pedantescas[417] marcan el principio de la agonía del género, cuyo último estertor parece haber sido la Historia famosa del príncipe don Policisne de Beocia, hijo y único heredero de los reyes de Beocia Minandro y Grumedela; por D. Juan de Silva y Toledo, señor de Cañada-hermosa; impreso en Valladolid, 1602, en vísperas, como se ve, de la aparición del Quijote; después del cual no se encuentra ningún libro de caballerías original, ni reimpresiones apenas de los antiguos. Toda esta enorme biblioteca desapareció en un día, como si el mágico Fristón hubiese renovado con ella el encantamiento de la del ingenioso hidalgo.

Aunque escritos en verso, deben incluirse entre los libros de caballerías, más bien que entre las imitaciones de los poemas italianos, el Celidón de Iberia, de Gonzalo Gómez de Luque (1583); el Florando de Castilla, lauro de Caballeros, del médico Jerónimo Huerta (1588), y la Genealogía de la Toledana Discreta, cuya primera parte, en treinta y cuatro cantos, publicó, en 1604, Eugenio Martínez, no atreviéndose sin duda á imprimir la segunda por justo temor á la sátira de Cervantes, que acaso influyó también en que quedasen inéditas otras tentativas del mismo género, como el Pironiso y el Canto de los amores de Felis y Grisaida[418]. De estos poemas, el más interesante es sin duda el del licenciado Huerta, que andando el tiempo llegó á ser hombre insigne en su profesión y docto intérprete y comentador de Plinio. Si no hay error en la fecha de su nacimiento, y realmente imprimió el Florando á los quince años[419], la obra es maravillosa para tal edad, aunque poco original y muy sembrada de imitaciones literales de Ovidio, Ariosto, Garcilaso, Ercilla y otros poetas antiguos y modernos. Tiene el Florando la curiosidad de estar escrito, no todo en octavas reales, aunque éstas predominan, sino en variedad de metros, sin excluir los cortos; género de polimetría que no recordamos haber visto en ningún otro poema con pretensiones de épico hasta llegar á los románticos del siglo XIX. Tiene también la de contener (en el canto noveno) una de las más antiguas versiones conocidas del tema de los Amantes de Teruel (trasplantación aragonesa de un cuento de Boccaccio). Finalmente, es digno de notarse, y puede no ser casual, la coincidencia que presentan las palabras de D. Quijote vencido en Barcelona por el caballero de la Blanca Luna, con las que pronuncia Ricardo rendido por Florando en el último canto del poema:

Viendose ya vencido, dice: Acaba,
Caballero feroz, de darme muerte;
Que este es el fin honroso que esperaba
De un brazo como el tuyo, bravo y fuerte.
Vencido soy, mas lo que sustentaba
No me haras negar de alguna suerte;
Bien puedes de la vida ya privarme,
Pues tengo de morir, y no mudarme.

Por estas particularidades, así como por la fluidez de la versificación, que en algunos trozos llega á la elegancia, y por las proporciones no exageradas del poema, resulta de lectura bastante apacible el Florando de Castilla y merece la reimpresión que de él se hizo en nuestros días.

Eran antiguos y muy justificados los clamores de los moralistas contra los libros de caballerías, que ellos miraban como un perpetuo incentivo de la ociosidad y una plaga de las costumbres. El mayor filósofo de aquella centuria, Luis Vives, los acriminó con verdadera saña, no sólo en el pasaje ya citado De institutione feminae christianae[420], tan interesante por contener una especie de catálogo de los que entonces corrían con más crédito, sino en su magistral obra pedagógica De causis corruptarum artium[421]. El reformador de los estudios teológicos Melchor Cano, tan análogo á Vives en su tendencia crítica, tan diverso en el carácter, refiere haber conocido á un sacerdote que tenía por verdaderas las historias de Amadís y D. Clarían, alegando la misma razón que el ventero de D. Quijote; es á saber: que cómo podían decir mentira unos libros impresos con aprobación de los superiores y con privilegio real[422]. Cano los despreciaba demasiado para considerarlos muy peligrosos: teníalos por meras vaciedades, escritas por hombres ignorantes y mal ocupados; le alarmaban mucho más (y lo dice claramente) los libros de devoción escritos en lengua vulgar, cuando trataban hondas materias teológicas ó místicas[423].

Pero es claro que los ascéticos, escritores de índole mucho más popular, no podían afectar la misma desdeñosa tolerancia que, precisamente por animadversión á ellos, mostraba el clásico expositor de los lugares teológicos, encastillado en el alcázar de su ciencia escolástica y de su arte ciceroniana. «En nuestros tiempos (decía el maestro Alonso de Venegas), con detrimento de las doncellas recogidas se escriven los libros desaforados de cavallerias, que no sirven sino de ser unos sermonarios del diablo; con que en los rincones caza los animos de las doncellas...». «Vemos que veda el padre a la hija que no le venga y le vaya la vieja con sus mensajes, y por otra parte es tan mal recatado que no le veda que leyendo Amadises y Esplandianes, con todos los de su bando, le esté predicando el diablo a sus solas; que alli aprende las celadas de las ponzoñas secretas, demás del habito que hace en pensamientos de sensualidad; que assi la hacen saltar de su quietud como el fuego a la pólvora[424]».

Envolviendo en la misma condenación los libros caballerescos, las novelas pastoriles y hasta las poesías líricas de asunto profano, por honestas que fuesen (lo cual era llevar la intransigencia ética hasta el último término posible), lanzaba contra todos ellos ardorosa invectiva el elocuente y pintoresco autor de la Conversión de la Magdalena Fr. Pedro Malón de Chaide: «¿Qué otra cosa son los libros de amores y las Dianas y Boscanes y Garcilasos, y los monstruosos libros y silvas de fabulosos cuentos y mentiras de los Amadises, Floriseles y Don Belianis, y una flota de semejantes portentos como hay escritos, puestos en manos de pocos años, sino cuchillo en poder del hombre furioso?... otros leen aquellos prodigios y fabulosos sueños y quimeras sin pies ni cabeza, de que están llenos los libros de caballerías, que asi los llaman, a los que si la honestidad del termino lo sufriera, con trastrocar pocas letras se llamaran mejor de bellaquerías que de caballerías. Y si a los que estudian y aprenden a ser cristianos en estos catecismos les preguntais que por qué los leen y cuál es el fruto que sacan de su licion, responderos han que alli aprenden osadia y valor para las armas, crianza y cortesia para con las damas, fidelidad y verdad en sus tratos, y magnanimidad y nobleza de ánimo en perdonar a sus enemigos; de suerte que os persuadirán que Don Florisel es el libro de los Macabeos, y Don Belianis los Morales de San Gregorio, y Amadis los Oficios de San Ambrosio, y Lisuarte los libros de Clemencia de Seneca... Como si en la Sagrada Escritura y en los libros que los santos dotores han escrito faltaran puras verdades, sin ir a mendigar mentiras; y como si no tuvieramos abundancia de ejemplos famosos en todo linaje de virtud que quisiesemos, sin andar a fingir monstruos increibles y prodigiosos. ¿Y qué efeto ha de hacer en un mediano entendimiento un disparate compuesto a la chimenea en invierno por el juicio del otro que lo soñó?»[425].

Aun escritores que no tenían cargo especial de almas, ó no enderezaban sus trabajos á la edificación popular, humanistas, historiadores, moralistas mundanos ó simples eruditos, fulminan las mismas censuras, y abogan de continuo, sobre todo en los prólogos de sus obras, por la absoluta proscripción de los libros de caballerías. Así Fr. Antonio de Guevara, tan poco escrupuloso en materia de fábulas históricas, y que á su modo también cultivaba la novela, decía en el argumento de su Aviso de Privados: «Vemos que ya no se ocupan los hombres sino en leer libros que es afrenta nombrarlos, como son Amadis de Gaula, Tristan de Leonís, Primaleon, Carcel de amor y Celestina, a los quales y a otros muchos con ellos se debria mandar por justicia que no se imprimiesen ni menos se vendiesen, porque su doctrina incita la sensualidad a pecar, y relaxa el espiritu a bien vivir»[426]. Indignábase el magnífico caballero Pero Mexía, elegante vulgarizador de las historias clásicas, de ver aplicado el nombre de crónicas á «las trufas e mentiras de Amadis y de Lisuarte y Clarianes, y otros portentos que con tanta razon debrian ser desterrados de España, como cosa contagiosa y dañosa a la republica, pues tan mal hacen gastar el tiempo a los autores y lectores de ellos. Y lo que es peor, que dan muy malos exemplos e muy peligrosos para las costumbres. A lo menos son un dechado de deshonestidades, crueldades y mentiras, y según se leen con tanta atencion, de creer es que saldran grandes maestros de ellas... Abuso es muy grande y dañoso, de que entre otros inconvenientes se sigue grande ignominia y afrenta a las cronicas e historias verdaderas, permitir que anden cosas tan nefandas a la par con ellos»[427]. Otro escritor sevillano, contemporáneo de Mexía, Alonso de Fuentes, cuya Summa de philosophia natural (1547) encierra tantas curiosidades, no sólo traza la semblanza de un doliente, precursor de D. Quijote, que se sabía de memoria todo el Palmerín de Oliva «y no se hallaba sin él, aunque lo sabía de cabeza», sino que conmina á los gobernadores y prebostes de las ciudades para que persigan libros semejantes, por «el mal exemplo que dellos resulta. Porque, dad aca, en el más cendrado libro destos, ¿qué se trata, dexando aparte ser todo fabulas y mentiras, sino que uno llevó la mujer de aquel y se enamoró de la hija del otro; cómo la recuestaba y escrevia, y otros avisos para los que estan acaso descuidados? Y no yerro en lo que digo, que me admiro que se tenga cuidado en prohibir meter en este reino las sábanas de Bretaña (á causa que se hallaban enfermas por su respecto muchas personas de muchas enfermedades contagiosas, de las cuales las dichas sábanas venían inficionadas), y no se provea en suplicar que se prohiban libros que dan de sí tan mal exemplo y tanto daño dellos depende[428]». Nada menos que «partos de ingenios estupidos», «hez de libros», «inmundicias recogidas para perder el tiempo y estragar las costumbres de los hombres», llamaba nuestro gran hebraizante Arias Montano á los libros de caballerías en su elegante Retórica, compuesta en versos latinos, llegando á incluir al mismo Orlando en la caterva de los Amadises y Esplandianes:

...Namque per nostra frequenter
Regna libri eduntur, veteres referentia scripta
Errantesque equites, Orlandum, Splandiana graecum,
Palmirenumque duces et coetera: monstra vocamus
Et stupidi ingenii partum, faecemque librorum,
Collectas sordes in labem temporis; et æquae
Nil melius tractent, hominum quam perdere mores.
Temporis hic ordo nullus, non ulla locorum
Servatur ratio, nec si quid forte legendo
Vel credi possit vel delectare, nisi ipsa
Te turpis vitii species et foeda voluptas
Delectat; moresque truces, et vulnera nullis
Hostibus inflicta, ac stolide conficta leguntur[429].

Á pesar de tan insistente clamoreo, entre cuyas voces sonaban las de los hombres más grandes de España en el siglo XVI, Vives, Cano, Arias Montano, Fr. Luis de Granada, la Inquisición mostró con los libros de caballerías una indulgencia verdaderamente inexplicable, no sólo por los pasajes lascivos que casi todos ellos contienen, sino por las irreverencias y profanaciones de que no están exentos algunos, como el Tirante. Pero es lo cierto que, por tolerancia con el gusto público ó por desdén hacia la literatura amena, en los reinos de Castilla y Aragón corrieron libremente todos esos libros: ni uno solo se encuentra prohibido en el índice del Cardenal Quiroga (1583), que es el más completo de los del siglo XVI[430]. Algo más severa se mostró con ellos la legislación civil, aunque no en el grado y forma que lo solicitaban los Procuradores de las Cortes de Valladolid de 1555, en su petición 107: «Otrosi decimos que está muy notorio el daño que en estos Reinos ha hecho y hace a hombres mozos y doncellas e a otros generos de gentes leer libros de mentiras y vanidades, como son Amadis y todos los libros que despues dél se han fingido de su calidad y letura y coplas y farsas de amores y otras vanidades: porque como los mancebos y doncellas por su ociosidad principalmente se ocupan en aquello, desvanecense y aficionanse en cierta manera a los casos que leen en aquellos libros haber acontecido, ansi de amores como de armas y otras vanidades; y aficionados, cuando se ofrece algun caso semejante, danse a el más a rienda suelta que si no lo oviesen leido... Y para remedio de lo susodicho, suplicamos a V. M. mande que ningun libro destos ni otros semejantes se lea ni imprima so graves penas; y los que agora hay los mande recoger y quemar, y que de aqui adelante ninguno pueda imprimir libro ninguno, ni coplas ni farsas, sin que primero sean vistos y examinados por los de vuestro Real Consejo de Justicia; porque en hacer esto ansi V. M. hará gran servicio a Dios, quitando las gentes destas lecciones de libros de vanidades, e reduciendolas á leer libros religiosos y que edifiquen las ánimas y reformen los cuerpos, y a estos Reinos gran bien y merced».

Esta petición no fué atendida, y su misma generalidad y violencia se oponía á que prosperase, porque siempre fué temerario contradecir de frente el gusto popular. Lo que el Santo Oficio, con todo su poder y autoridad sobre las conciencias, no había intentado siquiera, menos había de acometerlo la potestad secular, cuyo influjo en estas materias era bien escaso. Los libros de caballerías siguieron vendiéndose libremente en la Península; no sé publicó jamás la Pragmática anunciada por la Princesa Gobernadora doña Juana, contestando, en 1558, á las peticiones de las Cortes; y sólo en los dominios de América continuaron siendo de contrabando estos libros, á tenor de una real cédula de 4 de abril de 1531, confirmada por otras posteriores que prohiben pasar á Indias «libros de romances, de historias vanas o de profanidad, como son de Amadis e otros desta calidad, porque este es mal ejercicio para los indios, e cosa en que no es bien que se ocupen ni lean».

En vista de la indiferencia de los poderes públicos, discurrieron algunos varones piadosos, pero de mejor intención que literatura, buscar antídoto al veneno caballeresco en un nuevo género de ficciones que en todo lo exterior las remedasen, pero que fuesen, en el fondo, obras morales y ascéticas, revestidas con los dudosos encantos de la alegoría; procedimiento frío y mecánico, al cual no debe el arte ningún triunfo y que nunca puede ser confundido con el símbolo vivo, último esfuerzo de la imaginación creadora. Así nació el extravagante género de los libros de caballerías á lo divino, como á lo divino se parodiaron también los versos de Bosán y Garcilaso y la Diana de Montemayor.

La alegoría caballeresca con fin moral tiene antecedentes en dos obras francesas traducidas á nuestra lengua, la una en el siglo XV y la otra en el XVI: el Pélerinage de la vie humaine, de Guillermo de Guileville, que fué puesta en castellano por Fr. Vicente Mazuelo é impresa en Tolosa de Francia en 1490[431], y el mucho más célebre Chevalier Délibéré, de Olivier de la Marche, libro de larga y curiosa historia en España, pues no sólo alcanzó dos traductores en verso, Hernando de Acuña y el capitán Urrea, sino que antes había entretenido los ocios del Emperador Carlos V, que le tradujo en prosa, movido, sin duda, de los elogios de la Casa de Borgoña que el poema de la Marche contiene. Esta versión cesárea es la que Acuña recibió encargo de poner en antiguas coplas castellanas y publicar con su nombre[432], y ora fuese porque se trasluciera su egregio origen, ora por la fluidez y gracia de las quintillas de Acuña, El Caballero Determinado tuvo tanto éxito que fué reimpreso hasta siete veces durante aquel siglo, y dejó en la sombra la traducción de Urrea[433], hecha en tercetos tan infelices como las octavas de su Orlando.

Pero el Pelegrinaje de la vida humana, cuya autor se propuso imitar á lo divino el

Roman de la Rose, es más bien un viaje alegórico-fantástico que un libro de caballerías, y el poemita de Olivier de la Marche, salvo en lo que tiene de histórico y panegírico, apenas traspasa los límites de una sencilla y poco ingeniosa personificación de vicios y virtudes.

No se contuvo en tan modestos límites el valenciano Jerónimo de San Pedro (ó más bien Sempere), autor de las dos partes de la Caballería celestial de la Rosa Fragante (1554). «Advirtiendo (dice en su prólogo) que los que tienen acostumbrado el apetito a las lecciones ya dichas (de los libros fabulosos y profanos) no vernian deseosos al banquete destas, aviendo de passar de un extremo a otro, propuse les dar de comer la perdiz desta historia, alborada con el artificio de las que les solian caer en gusto, porque mas engolosinandose en ellas pierdan el sabor de las fingidas, y aborreciendolas se ceven desta que no lo es... Donde hallarán trazada, no una Tabla Redonda, mas muchas; no una sola aventura, mas venturas diversas; y esto no por industria de Merlin ni de Vrganda la Desconocida, mas por la Divina Sabiduria del Verbo Hijo de Dios... Hallarán tambien, no un solo Amadis de Gaula, mas muchos amadores de la verdad no creada; no un solo Tirante el Blanco, mas muchos tirantes al blanco de la gloria; no una Oriana ni una Carmesina, pero muchas santas y celebradas matronas, de las quales se podra colegir exenplar y virtuosa erudicion. Veran assi mesmo la viveza del anciano Alegorin, el sabio, y la sagacidad de Moraliza, la discreta doncella, los quales daran de sí dulce y provechosa platica, mostrando en muchos pasos desta Celestial Caballeria encumbrados misterios y altas maravillas, y no las de un fingido cauallero de la Cruz, mas de un precioso Christo que verdaderamente lo fue».

Este singular programa no basta para dar completa idea de tan absurdo libro, que en su primera parte, intitulada del Pie de la Rosa Fragante, y en ciento doce capítulos, llamados maravillas, recopila, en forma andantesca, gran parte de la materia del Antiguo Testamento, y en la segunda, ó sea en las Hojas de la Rosa Fragante, alegoriza por el mismo procedimiento los Evangelios, convirtiendo á Cristo en el caballero del León, á los doce Apóstoles en los doce paladines de la Tabla Redonda, y á Lucifer en el caballero de la Serpiente. Todo ello es una continua parodia de los libros caballerescos, cuyas principales aventuras imita; pero lo que resulta escandalosamente parodiado por la cándida irreverencia del autor es la Sagrada Escritura; por lo cual no es maravilla que la Inquisición pusiese inmediatamente el libro en sus índices, y nunca llegara á imprimirse la tercera parte, que el autor promete con el título de La Flor de la Rosa Fragante[434]. El rígido puritano Ticknor, que eludió, sin duda por escrúpulo de conciencia, el estudio de nuestros grandes ascéticos y místicos, hasta el punto de dedicar sólo una menguada página á Fr. Luis de Granada y otra á Santa Teresa (¡y á esto se llama «Historia de la Literatura española»!), se extiende con morosa fruición en el análisis de la Caballería celestial, pretendiendo, á lo que se ve, hacer cómplice á la Iglesia católica de las necedades de un escritor tan oscuro como Jerónimo de San Pedro. Tres cosas olvidó el crítico americano: primera, que el Santo Oficio se había adelantado á su censura prohibiendo La Rosa Fragante desde que apareció; segunda, que el libro es ridículo por la falta de talento y gusto de su autor, pero que la poesía simbólica, nacida del maridaje entre el misticismo y la caballería, no puede condenarse en sí misma, puesto que en manos de un gran poeta como Wolfram de Eschembach puede producir una maravilla como el Parsifal, y tercero, que sin salir de la cristiandad protestante y de la misma secta á que Ticknor pertenecía, puede encontrarse uno de los tipos más curiosos de novela alegórica á lo divino en el Pilgrim's Progress de Bunyan, tan popular y tan digno de serlo. La obra del calderero anabaptista, con su gigante Desesperación, su Prudencia Mundana, su demonio Apollyon, símbolo del Papismo, está más inspirada, sin duda, que la historia del maestro Anagogino, del anciano Alegorín, de la doncella Moraliza y del caballo de la Penitencia, pero las alegorías son igualmente absurdas y en manos de un incrédulo pueden prestarse á la misma rechifla.

Aleccionados sin duda por la prohibición de la Rosa Fragante, no picaron tan alto los que después cultivaron este género, absteniéndose de profanar el texto sagrado y limitándose á modestas fábulas didácticas, que más tenían de morales que de propiamente teológicas. En este orden es muy apreciable por méritos de estilo y lenguaje, no menos que por su sana y copiosa doctrina, El Caballero del Sol, ó sea la Peregrinacion de la vida del hombre puesto en batalla... en defensa de la Razon, que trata por gentil artificio y extrañas figuras de vicios y virtudes, envolviendo con la arte militar la philosophia moral, y declara los trabajos que el hombre sufre en la vida y la continua batalla que tiene con los vicios, y finalmente enseña los dos caminos de la vida y de la perdicion, y cómo se ha de vivir para bien acabar y morir; libro impreso en Medina del Campo en 1552, cuyo autor fué Pedro Hernández de Villaumbrales, uno de los buenos prosistas ascéticos del siglo XVI y de los más injustamente olvidados. No es la mejor de sus obras El Caballero del Sol, pero no se puede negar que están vencidas con ameno ingenio las dificultades inherentes al gusto alegórico, y que esta ética cristiana es un curioso ensayo de novela filosófica, enteramente libre de las monstruosidades que afean el libro de Jerónimo de San Pedro. Tuvo éxito el de Villaumbrales, siendo inmediatamente traducido al italiano por Pietro Lauro (1557) y al alemán por Mateo Hofsteteer (1611)[435]. Á su imitación se compusieron otros que no llegaron á igualarle, como la Caballeria christiana de Fr. Jaime de Alcalá (1570), el Caballero de la Clara Estrella ó Batalla y triunfo del hombre contra los vicios, poema en octavas reales de un tal Andrés de la Losa (1580); la Historia y milicia cristiana del caballero Peregrino, conquistador del cielo, metaphora y symbolo de cualquier sancto, que peleando contra los vicios ganó la victoria, obra pesadísima de Fr. Alonso de Soria, impresa en Cuenca en 1601. Algunos incluyen también en esta sección El Caballero Asisio, de Fr. Gabriel de Mata (1587), pero este prolijo poema no contiene más que la vida de San Francisco y algunos santos de su orden, sin que lo caballeresco pase del título y del extravagante frontispicio de la edición de Bilbao, que representa al Santo á caballo y armado de todas armas, ostentando en la cimera del yelmo la cruz con los clavos y la corona de espinas, en el escudo las cinco llagas y en el pendón de la lanza una imagen de la Fe con la cruz y el cáliz. Lo que pertenece enteramente al género alegórico caballeresco á lo divino es otro poema rarísimo del mismo Fr. Gabriel de Mata, titulado Cantos Morales (1594)[436].

Como se ve, no es grande el número de ejemplares de este género, y si se añade que casi ninguno obtuvo los honores de la reimpresión, se comprenderá la poca importancia que tuvieron estos piadosos caprichos, sin duda porque la mayor parte de los lectores del siglo XVI opinaban con Cervantes y con el sentido común que los libros de pasatiempo «no tienen para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningun cristiano entendimiento».

En cambio fué enorme, increíble aunque transitoria, la fortuna de los libros de caballerías profanos, y no es el menor enigma de nuestra historia literaria esta rápida y asombrosa popularidad, seguida de un abandono y descrédito tan completos, los cuales no pueden atribuirse exclusivamente al triunfo de Cervantes, puesto que á principios del siglo XVII ya estos libros iban pasando de moda y apenas se componía ninguno nuevo. Suponen la mayor parte de los que tratan de estas cosas que la literatura caballeresca alcanzó tal prestigio entre nosotros porque estaba en armonía con el temple y carácter de la nación y con el estado de la sociedad, por ser España la tierra privilegiada de la caballería. Ticknor llega á clasificar estos libros entre las producciones más genuinas de nuestra literatura popular, al lado de los romances, las crónicas y el teatro. Pero en todo esto hay evidente error, ó si se quiere una verdad incompleta. La caballería heroica y tradicional de España, tal como, en los cantares de gesta, en las crónicas, en les romances y aun en los mismos cuentos de D. Juan Manuel se manifiesta, nada tiene que ver con el género de imaginación que produjo las ficciones andantescas. La primera tiene un carácter sólido, positivo y hasta prosaico á veces; está adherida á la historia, y aun se confunde con ella; se mueve dentro de la realidad y no gasta sus fuerzas en quiméricos empeños, sino en el rescate de la tierra natal y en lances de honra ó de venganza. La imaginación procede en estos relatos con extrema sobriedad, y aun si se quiere con sequedad y pobreza, bien compensadas con otras excelsas cualidades, que hacen de nuestra poesía heroica una escuela de viril sensatez y reposada energía. Sus motivos son puramente épicos; para nada toma en cuenta la pasión del amor, principal impulso del caballero andante. Jamás pierde de vista la tierra, ó por mejor decir una pequeñísima porción de ella, el suelo natal, único que el poeta conocía. Para nada emplea lo maravilloso profano, y apenas lo sobrenatural cristiano. Compárese todo esto con la desenfrenada invención de los libros de caballerías; con su falta de contenido histórico; con su perpetua infracción de todas las leyes de la realidad; con su geografía fantástica, con sus batallas imposibles; con sus desvaríos amatorios, que oscilan entre el misticismo más descarriado y la más baja sensualidad; con su disparatado concepto del mundo y de los fines de la vida; con su población inmensa de gigantes, enanos, encantadores, hadas, serpientes, endriagos y monstruos de todo género, habitadores de ínsulas y palacios encantados; con sus despojos y reliquias de todas las mitologías y supersticiones del Norte y del Oriente, y se verá cuan imposible es que una literatura haya salido de la otra, que la caballería moderna pueda estimarse como prolongación de la antigua.

Hay un abismo profundo, insondable, entre las gestas y las crónicas, hasta cuando son más fabulosas, y el libro de caballerías más sencillo que pueda encontrarse, el mismo Cifar ó el mismo Tirante.

Ni la vida histórica de España en la Edad Media ni la primitiva literatura, ya épica, ya didáctica, que ella sacó de sus entrañas y fué expresión de esta vida, fiera y grave como ella, legaron elemento ninguno al género de ficción que aquí estudiamos. Queda ampliamente demostrado en el capítulo anterior que los grandes ciclos nacieron fuera de España, y sólo llegaron aquí después de haber hecho su triunfal carrera por toda Europa; y que al principio fueron tan poco imitados, que en más de dos centurias, desde fines del siglo XIII á principios del XVI, apenas produjeron seis ó siete libros originales, juntando las tres literaturas hispánicas y abriendo la mano en cuanto á alguno que no es caballeresco más que en parte.

¿Cómo al alborear el siglo XVI, ó al finalizar el XV, se trocó en vehemente afición el antiguo desvío de nuestros mayores hacia esta clase de libros, y se solazaron tanto con ellos durante cien años para olvidarlos luego completa y definitivamente?

Las causas de este hecho son muy complejas, unas de índole social, otras puramente literarias. Entre las primeras hay que contar la transformación de ideas, costumbres, usos, modales y prácticas caballerescas y cortesanas que cierta parte de la sociedad española experimentó durante el siglo XV, y aun pudiéramos decir desde fines del XIV: en Castilla, desde el advenimiento de la casa de Trastamara; en Portugal, desde la batalla de Aljubarrota, ó mejor aún desde las primeras relaciones con la casa de Lancaster. Los proscritos castellanos que habían acompañado en Francia á D. Enrique el Bastardo; los aventureros franceses é ingleses que hollaron ferozmente nuestro suelo, siguiendo las banderas de Duguesclín y del Príncipe Negro; los caballeros portugueses de la corte del Maestre de Avis, que en torno de su reina inglesa gustaban de imitar las bizarrías de la Tabla Redonda, trasladaron á la Península, de un modo artificial y brusco sin duda, pero con todo el irresistible poderío de la moda, el ideal de vida caballeresca, galante y fastuosa de las cortes francesas y anglonormandas. Basta leer las crónicas del siglo XV para comprender que todo se imitó: trajes, muebles y armaduras, empresas, motes, saraos, banquetes, torneos y pasos de armas. Y la imitación no se limitó á lo exterior, sino que trascendió á la vida, inoculando en ella la ridícula esclavitud amorosa y el espíritu fanfarrón y pendenciero; una mezcla de frivolidad y barbarie, de la cual el paso honroso de Suero de Quiñones en la Puente de Órbigo es el ejemplar más célebre, aunque no sea el único. Claro es que estas costumbres exóticas no trascendían al pueblo; pero el contagio de la locura caballeresca, avivada por el favor y presunción de las damas, se extendía entre los donceles cortesanos hasta el punto de sacarlos de su tierra y hacerles correr las más extraordinarias aventuras por toda Europa. Sabido es lo que á propósito de esto dice Hernando del Pulgar en sus Claros Varones de Castilla: «Yo por cierto no vi en mis tiempos ni lei que en los pasados viniesen tantos caballeros de otros reinos e tierras extrañas a estos vuestros reinos de Castilla e de Leon, por facer armas a todo trance, como vi que fueron caballeros de Castilla a las buscar por otras partes de la cristiandad. Conosci al Conde D. Gonzalo de Guzman e a Juan de Merlo; conosci a Juan de Torres e a Juan de Polanco, Alfaran de Vivero e a Mosen Pero Vazquez de Sayavedra, a Gutierre Quijada e a Mosen Diego de Valera, y oi decir de otros castellanos que con ánimo de caballeros fueron por las reinos extraños a facer armas con cualquier caballero que quisiese facerlas con ellos e por ellas ganaron honra para sí e fama de valientes y esforzados caballeros para los fijosdalgo de Castilla»[437].

Los que tales cosas hacían tenían que ser lectores asiduos de libros de caballerías, y agotada ya la fruición de las novelas de la Tabla Redonda y de sus primeras imitaciones españolas, era natural que apeteciesen alimento nuevo, y que escritores más ó menos ingeniosos acudiesen á proporcionárselo, sobre todo después que la imprenta hizo fácil la divulgación de cualquier género de libros y comenzaron los de pasatiempo á reportar alguna ganancia á sus autores. Y como las costumbres cortesanas durante la primera mitad del siglo XV fueron en toda Europa una especie de prolongación de la Edad Media, mezclada de extraño y pintoresco modo con el Renacimiento italiano, no es maravilla que los príncipes y grandes señores, los atildados palaciegos, los mancebos que se preciaban de galanes y pulidos, las damas encopetadas y redichas que les hacían arder en la fragua de sus amores, se mantuviesen fieles á esta literatura, aunque por otro lado platonizasen y pertrarquizasen de lo lindo.

Creció, pues, con viciosa fecundidad la planta de estos libros, que en España se compusieron en mayor número que en ninguna parte, por ser entonces portentosa la actividad del genio nacional en todas sus manifestaciones, aun las que parecen más contrarias á su índole. Y como España comenzaba á imponer á Europa su triunfante literatura, el público que esos libros tuvieron no se componía exclusiva ni principalmente de españoles, como suelen creer los que ignoran la historia, sino que casi todos, aun los más detestables, pasaron al francés y al italiano, y muchos también al inglés, al alemán y al holandés, y fueron imitados de mil maneras hasta por ingenios de primer orden, y todavía hacían rechinar las prensas cuando en España nadie se acordaba de ellos, á pesar del espíritu aventurero y quijotesco que tan gratuitamente se nos atribuye.

Porque el influjo y propagación de los libros de caballerías no fué un fenómeno español, sino europeo. Eran los últimos destellos del sol de la Edad Media próximo á ponerse. Pero su duración debía ser breve, como lo es la del crepúsculo. Á pesar de apariencias engañosas no representaban más que lo externo de la vida social; no respondían al espíritu colectivo, sino al de una clase, y aun éste lo expresaban imperfectamente. El Renacimiento había abierto nuevos rumbos á la actividad humana; se había completado el planeta con el hallazgo de nuevos mares y de nuevas tierras; la belleza antigua, inmortal y serena, había resurgido de su largo sueño, disipando las nieblas de la barbarie; la ciencia experimental comenzaba á levantar una punta de su velo; la conciencia religiosa era teatro de hondas perturbaciones, y media Europa lidiaba contra la otra media. Con tales objetos para ocupar la mente humana, con tan excelsos motivos históricos como el siglo XVI presentaba, ¿cómo no habían de parecer pequeñas en su campo de acción, pueriles en sus medios, desatinadas en sus fines, las empresas de los caballeros andantes? Lo que había de alto y perenne en aquel ideal necesitaba regeneración y transformación; lo que había de transitorio se caía á pedazos, y por sí mismo tenía que sucumbir, aunque no viniesen á acelerar su caída ni la blanda y risueña ironía del Ariosto, ni la parodia ingeniosa y descocada de Teófilo Folengo, ni la cínica y grosera caricatura de Rabelais, ni la suprema y trascendental síntesis humorística de Cervantes.

Duraban todavía en el siglo XVI las costumbres y prácticas caballerescas, pero duraban como formas convencionales y vacías de contenido. Los grandes monarcas del Renacimiento, los sagaces y expertos políticos adoctrinados con el breviario de Maquiavelo no podían tomar por lo serio la mascarada caballeresca. Francisco I y Carlos V, apasionados lectores del Amadís de Gaula uno y otro, podían desafiarse á singular batalla, pero tan anacrónico desafío no pasaba de los protocolos y de las intimaciones de los heraldos ni tenía otro resultado que dar ocupación á la pluma de curiales y apologistas. En España los duelos públicos y en palenque cerrado habían caído en desuso mucho antes de la prohibición del Concilio Tridentino; el famoso de Valladolid en 1522, entre D. Pedro Torrellas y D. Jerónimo de Ansa, fué verdaderamente el postrer duelo de España. Continuaron las justas y torneos, y aun hubo cofradías especiales para celebrarlos, como la de San Jorge en Zaragoza; pero aun en este género de caballería recreativa y ceremoniosa se observa notable decadencia en la segunda mitad del siglo, siendo preferidos los juegos indígenas de cañas, toros y jineta, que dominaron en el siglo XVII. Fuera de España, los antiguos ejercicios caballerescos eran tenidos en más estimación y ejercitados más de continuo. Recuérdese, por ejemplo, el torneo en que sucumbió el rey Enrique II de Francia (1559). ¿Y quién no recuerda en el minucioso y ameno relato del Felicísimo viaje de nuestro príncipe don Felipe á los estados de Flandes, que escribió en 1552 Juan Cristóbal Calvete de Estrella, la descripción de los torneos de Bins, en que tomó parte el mismo príncipe, y de las fiestas en que fueron reproducidas como en cuadros vivos varias aventuras de un libro de caballerías que pudo ser el de Amadís de Grecia, si no me engaño?

Pero aunque todo esto tenga interés para la historia de las costumbres, en la historia de las ideas importa poco. La supervivencia del mundo caballeresco era de todo punto ficticia. Nadie obraba conforme á sus vetustos cánones: ni príncipes, ni pueblos. La historia actual se desbordaba de tal modo, y era tan grande y espléndida, que forzosamente cualquiera fábula tenía que perder mucho en el cotejo. Lejos de creer yo que tan disparatadas ficciones sirviesen de estímulo á los españoles del siglo XVI para arrojarse á inauditas empresas, creo, por el contrario, que debían de parecer muy pobre cosa á los que de continuo oían ó leían las prodigiosas y verdaderas hazañas de los portugueses en la India y de los castellanos en todo el continente de América y en las campañas de Flandes, Alemania é Italia. La poesía de la realidad y de la acción, la gran poesía geográfica de los descubrimientos y de las conquistas, consignada en páginas inmortales por los primeros narradores de uno y otro pueblo, tenía que triunfar antes de mucho de la falsa y grosera imaginación que combinaba torpemente los datos de esta ruda novelística.

Y si tal distancia había entre el mundo novelesco y el de la historia, ¡cuan inmensa no debía de ser la que le separase del mundo espiritual y místico en que florecen las esperanzas inmortales! Por inconcebible que parezca, se ha querido establecer analogía, si no de pensamiento, de procedimientos, entre la literatura caballeresca y nuestra riquísima literatura ascética, dando por supuesto que la una representaba nuestro espíritu aventurero en lo profano y la otra en lo sagrado. Hechos mal entendidos, sacados de quicio y monstruosamente exagerados, han servido para apoyar tan absurda hipótesis. Grima da, por ejemplo, ver al erudito y laborioso Ticknor comparar, con el criterio protestante más adocenado, los milagros de la Iglesia Católica con las patrañas de los libros de caballerías, y suponer que la fe implícita que se prestaba á los unos preparaba el ánimo para la credulidad con que se acogían los otros. Los libros de caballerías se leían por pasatiempo, como leemos Las mil y una noches, como se han leído todas las novelas del mundo, sin que nadie creyese una palabra de lo que en ellos se contenía, salvo algún loco como Don Quijote ó sus prototipos el clérigo que conoció Melchor Cano y el caballero andaluz de que habló Alonso de Fuentes[438]. Toda Europa los leía con la misma fruición, y todo, absolutamente todo el material romántico de estas ficciones procede de Francia y de Inglaterra. Las oscuras supersticiones en que se funda la parte fantástica de los libros de caballerías son indígenas de ambas Bretañas; aquí no tenían sentido, ni eran más que una imitación literaria para solaz de gente desocupada. Ni España ni la Iglesia tienen que responder de tales aberraciones, que eran del gusto, no de la creencia. ¿Ni qué significa que el futuro San Ignacio de Loyola fuese, como todos los caballeros jóvenes de su tiempo, «muy curioso y amigo de leer libros profanos de caballerías», y que en la convalecencia de su herida los pidiera para distraerse? ¿Por ventura aprendería en Amadís de Gaula el secreto de la organización de la Compañía, que es á los ojos de sus más encarnizados enemigos un dechado de prudencia humana ó (como ellos quieren) de astucia maquiavélica y para cualquier espíritu imparcial un portento de sabia disciplina y de genio práctico; lo más contrario, en suma, que puede haber á todo género de ilusiones y fantasías aun en el campo teológico? ¿Qué significa tampoco que Santa Teresa leyera en su niñez libros de caballerías, siguiendo el ejemplo de su madre[439], y aun que llegara á componer uno en colaboración con su hermano, según refiere su biógrafo el P. Ribera?[440]. Curiosa es la noticia, pero ¿quién va á creer, sin notoria simpleza, que de tales fuentes brotase la inspiración mística de la Santa, ni siquiera su regalado y candoroso estilo, el más personal que hubo en el mundo? Del que no sepa distinguir entre las Moradas y Don Florisel de Niquea, bien puede creerse que carece de todo paladar crítico.

Aparte de las razones de índole social que explican el apogeo y menoscabo de la novela caballeresca, hay otras puramente literarias que conviene dilucidar. Pues ¿á quién no maravilla que en la época más clásica de España, en el siglo espléndido del Renacimiento, que con razón llamamos de oro, cuando florecían nuestros más grandes pensadores y humanistas; cuando nuestras escuelas estaban al nivel de las más cultas de Europa y en algunos puntos las sobrepujaban; cuando la poesía lírica y la prosa didáctica, la elocuencia mística, la novela de costumbres y hasta el teatro, robusto desde su infancia, comenzaban á florecer con tanto brío; cuando el palacio de nuestros reyes y hasta las pequeñas cortes de algunos magnates eran asilo de las buenas letras, fuese entretenimiento común de grandes y pequeños, de doctos é indoctos, la lección de unos libros que, exceptuados cuatro ó cinco que merecen alto elogio, son todos como los describió Cervantes: «en el estilo duros, en las hazañas increibles, en los amores lascivos, en las cortesias mal mirados, largos en las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes y, finalmente, dignos de ser desterrados de la republica cristiana como gente inútil»? «No he visto ningun libro de caballerías (dice el canónigo de Toledo en el mismo pasaje) que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponde al principio y el fin al principio y al medio, sino que los componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención á formar una quimera ó un monstruo que á hacer una figura proporcionada... y puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo cómo puedan conseguirlo yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates... Pues ¿qué hermosura puede haber... en un libro ó fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada á un gigante como una torre, y le divide en dos mitades como si fuera de alfeñique? Y ¿qué cuando nos quieren pintar una batalla después de haber dicho que hay de la parte de los enemigos un millón de combatientes? Como sea contra ellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habremos de entender que el tal caballero alcanzó la vitoria por solo el valor de su fuerte brazo. Pues ¿qué diremos de la facilidad con que una Reina ó Emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro é inculto, podrá contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante como nave con próspero suceso, y hoy anochece en Lombardía y mañana amanece en tierras del Preste Juan de las Indias ó en otras que ni las describió Tolomeo ni las vio Marco Polo?».

¿Cómo es posible que tan bárbaro y grosero modo de novelar coexistiese en una civilización tan adelantada? Y no era el ínfimo vulgo quien devoraba tales libros, que, por lo abultados y costosos, debían ser inasequibles para él; no eran tan sólo los hidalgos de aldea, como Don Quijote; era toda la corte, del Emperador abajó, sin excluir á los hombres que parecían menos dispuestos á recibir el contagio. El místico reformista conquense Juan de Valdés, uno de los espíritus más finos y delicados, y uno de los más admirables prosistas de la literatura española, Valdés, helenista y latinista, amigo y corresponsal de Erasmo, catequista de augustas damas, maestro de Julia Gonzaga y de Victoria Colonna, después de decir en su Diálogo de la lengua que los libros de caballerías, quitados el Amadís y algún otro, «a más de ser mentirosisimos, son tan mal compuestos, asi por dezir las mentiras muy desvergonzadas como por tener el estilo desbaratado, que no hay buen estomago que los pueda leer», confiesa á renglón seguido que él los había leído todos. «Diez años, los mejores de mi vida, que gasté en Palacios y Cortes, no me empleé en ejercicio más virtuoso que en leer estas mentiras, en las cuales tomaba tanto sabor, que me comía las manos tras ellas. Y mirad qué cosa es tener el gusto estragado, que si tomaba un libro de los romanzados de latin, que son de historiadores verdaderos, o a lo menos que son tenidos por tales, no podia acabar conmigo de leerlos[441]».

La explicación de este fenómeno parece muy llana. Tiene la novela dos aspectos: uno literario y otro que no lo es. Puede y debe ser obra de arte puro, pero en muchos casos no es más que obra de puro pasatiempo, cuyo valor estético puede ser ínfimo. Así como de la historia dijeron los antiguos que agradaba escrita de cualquier modo, así la novela cumple uno de sus fines, sin duda el menos elevado, cuando excita y satisface el instinto de curiosidad, aunque sea pueril; cuando prodiga los recursos de la invención, aunque sea mala y vulgar; cuando nos entretiene con una maraña de aventuras y casos prodigiosos, aunque estén mal pergeñados. Todo hombre tiene horas de niño, y desgraciado del que no las tenga. La perspectiva de un mundo ideal seduce siempre, y es tal la fuerza de su prestigio, que apenas se concibe al género humano sin alguna especie de novelas ó cuentos, orales ó escritos. Á falta de los buenos se leen los malos, y éste fué el caso de los libros de caballerías en el siglo XVI y la razón principal de su éxito.

Apenas había otra forma de ficción fuera de los cuentos cortos italianos de Boccaccio y sus imitadores. Las novelas sentimentales y pastoriles eran muy pocas, y tenían todavía menos interés novelesco que los libros de caballerías, siquiera los aventajasen mucho en galas poéticas y de lenguaje. Todavía escaseaban más las tentativas de novela histórica, género que, por otra parte, se confundió con el de caballerías en un principio. De la novela picaresca ó de costumbres apenas hubo en toda aquella centuria más que dos ejemplares, aunque excelentes y magistrales. La primitiva Celestina (que en rigor no es novela, sino drama) era leída y admirada aun por las gentes más graves, que se lo perdonaban todo en gracia de su perfección de estilo y de su enérgica representación de la vida; pero sus continuaciones é imitaciones, más deshonestas que ingeniosas, no podían ser del gusto de todo el mundo, por muy grande que supongamos, y grande era en efecto, la relajación de las costumbres y la licencia de la prensa. Quedaron, pues, los Amadís y Palmerines por únicos señores del campo. Y como la misma, y aun mayor penuria de novelas originales se padecía en toda Europa, ellos fueron los que dominaron enteramente esta provincia de las letras por más de cien años.

Por haber satisfecho conforme al gusto de un tiempo dado necesidades eternas de la mente humana, aun de la más inculta, triunfó de tan portentosa manera este género literario y han triunfado después otros análogos. Las novelas seudohistóricas, por ejemplo, de Alejandro Dumas y de nuestro Fernández y González, son, por cierto, más interesantes y amenas que los Floriseles, Belianises y Esplandianes; pero libros de caballerías son también, adobados á la moderna; novelas interminables de aventuras belicosas y amatorias, sin más fin que el de recrear la imaginación. Todos las encuentran divertidas, pero nadie las concede un valor artístico muy alto. Y sin embargo, Dumas el viejo tuvo en su tiempo, y probablemente tendrá ahora mismo, más lectores en su tierra que el coloso Balzac, ó infinitamente más que Mérimée, cuyo estilo es la perfección misma. La novela-arte es para muy pocos; la novela-entretenimiento está al alcance de todo el mundo, y es un goce lícito y humano, aunque de orden muy inferior.

La verdadera razón del hechizo con que prendían la imaginación estas ficciones la declara perfectamente Fr. Luis de Granada en su Introducción al Símbolo de la Fe: «Agora querria preguntar a los que leen libros de caballerias fingidas y mentirosas ¿qué les mueve a esto? Responderme han que entre todas las obras humanas que se pueden ver con ojos corporales, las más admirables son el esfuerzo y fortaleza. Porque como la muerte sea (segun Aristóteles dice) la ultima de las cosas terribles y la cosa más aborrecida de todos los animales, ver un hombre despreciador y vencedor deste temor tan natural causa grande admiracion en los que esto ven. De aqui nace el concurso de gentes para ver justas y toros y desafios y cosas semejantes, por la admiracion que estas cosas traen consigo, la cual admiracion (como el mismo filosofo dice) anda siempre acompañada con deleite y suavidad. Y de aqui tambien nace que los blasones e insignias de las armas de los linajes comúnmente se toman de las obras señaladas de fortaleza y no de alguna otra virtud. Pues esta admiracion es tan comun a todos y tan grande, que viene a tener lugar, no sólo en las cosas verdaderas, sino tambien en las fabulosas y mentirosas, y de aqui nace el gusto que muchos tienen de leer estos libros de caballerias fingidas... acompañadas con muchas deshonestidades con que muchas mujeres locas se envanecen, pareciendoles que no menos merecian ellas ser servidas que aquellas por quien se hicieron tan grandes proezas y notables hechos en armas[442]».

Por haber hablado, pues, de armas y de amores, materia siempre grata á mancebos enamorados y á gentiles damas, cautivaron á su público estos libros, sin que fuesen obstáculo su horrible pesadez, sus repeticiones continuas, la tosquedad de su estructura, la grosera inverosimilitud de los lances y todos los enormes defectos que hacen hoy intolerable su lectura. Pero es claro que esta ilusión no podía mantenerse mucho tiempo; la vaciedad de fondo y forma que había en toda esta literatura no podía ocultarse á los ojos de ningún lector sensato, en cuanto pasase el placer de la sorpresa. La generación del tiempo de Felipe II, más grave y severa que los contemporáneos del Emperador, comenzaba á hastiarse de tanta patraña insustancial y mostraba otras predilecciones literarias, que acaso pecaban de austeridad excesiva. La historia, la literatura ascética, la poesía lírica, dedicada muchas veces á asuntos elevados y religiosos, absorbían á nuestros mayores ingenios. Con su abandono se precipitó la decadencia del género caballeresco, al cual sólo se dedicaban ya rapsodistas oscuros y mercenarios.

Nunca faltaron, sin embargo, á estos libros aficionados y aun apologistas muy ilustres. Pero si bien se mira, todos ellos hablan, no de los libros de caballerías tales como son, sino de lo que podían ó debían ser, y en este puro concepto del género, es claro que tienen razón. Así Lope de Vega, acaso por llevar la contra á Cervantes, habla de ellos con cierta estimación en la dedicatoria que hizo de su comedia El Desconfiado al maestro Alonso Sánchez, catedrático de hebreo en Alcalá: «Riense muchos de los libros de caballerias, señor maestro, y tienen razon si los consideran por la exterior superficie; pues por la misma serian algunos de la antigüedad tan vanos e infructuosos como el Asno de Oro de Apuleyo, el Metamorfoseos de Ovidio y los Apologos del moral filosofo; pero penetrando los corazones de aquella corteza, se hallan todas las partes de la filosofia, es a saber: natural, racional y moral. La más comun accion de los caballeros andantes, como Amadis, El Febo, Esplandian y otros, es defender cualquiera dama por obligacion de caballerias, necesitada de favor, en bosque, selva, montaña o encantamiento[443]».

Pero quien hizo, á mi juicio, más hábil defensa de estos libros fué el ingenioso portugués Francisco Rodríguez Lobo en el primero de los diálogos, que tituló Corte em Aldeia e Noites de inverno. Uno de los interlocutores del diálogo sostiene la superioridad de las historias fabulosas sobre las verdaderas; aplicando la doctrina de Aristóteles sobre la ventaja que la poesía lleva á la historia. «En el libro fingido cuentanse las cosas como era bien que fuesen y no como sucedieron, y asi son más perfectas; describese el caballero como era bien que los hubiese, las damas cuán castas, los reyes cuán justos, los amores cuán verdaderos, los extremos cuán grandes, las leyes, las cortesías, el trato tan conforme con la razon. Y assi no leereis libro en el cual no se destruyan soberbios, favorezcan humildes, amparen flacos, sirvan doncellas, se cumplan las palabras, guarden juramentos y satisfagan buenas obras. Vereis que las damas andan por los caminos sin que haya quien las ofenda, seguras en su virtud propia y en la cortesia de los caballeros andantes. En cuanto al retrato y ejemplo de la vida, mejor se coge de lo que un buen entendimiento trazó y siguio con mucho tiempo de estudio, que en el succeso que a veces se alcanzó por mano de la ventura, sin que la diligencia ni ingenio pusiesen algo de su caudal»[444].

Evidentemente, aquí se habla del libro de caballerías posible, no del actual, como no nos remontemos al Amadís, único y solo á quien cuadran en parte estos elogios. No difiere mucho de este ideal novelístico el plan de un poema épico en prosa que expuso Cervantes por boca del canónigo, mostrando con tan hermosas razones que estos libros daban largo y espacioso campo para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos. Este ideal se vió realizado cuando el espíritu de la poesía caballeresca, nunca enteramente muerto en Europa, se combinó con la adivinación arqueológica, con la nostalgia de las cosas pasadas y con la observación realista de las costumbres tradicionales próximas á perecer, y engendró la novela histórica de Walter-Scott, que es la más noble y artística descendencia de los libros de caballerías.

Pero Walter-Scott y todos los novelistas modernos no son más que epígonos respecto de aquel patriarca del género, que tiene entre sus innumerables excelencias la de haber reintegrado el elemento épico que en las novelas caballerescas yacía soterrado bajo la espesa capa de la amplificación bárbara y desaliñada. La obra de Cervantes, como he dicho en otra parte, no fué de antítesis, ni de seca y prosaica negación, sino de purificación y complemento. No vino á matar un ideal, sino á transfigurarle y enaltecerle. Cuanto había de poético, noble y humano en la caballería, se incorporó en la obra nueva con más alto sentido. Lo que había de quimérico, inmoral y falso, no precisamente en el ideal caballeresco, sino en las degeneraciones de él, se disipó como por encanto ante la clásica serenidad y la benévola ironía del más sano y equilibrado de los ingenios del Renacimiento. Fué, de este modo, el Quijote el último de los libros de caballerías, el definitivo y perfecto, el que concentró en un foco luminoso la materia poética difusa, á la vez que elevando los casos de la vida familiar á la dignidad de la epopeya, dió el primero y no superado modelo de la novela realista moderna.