«Io parlo per ver dire,
Non per odio d’altrui, nè per disprezzo.»
«Do thy duty, come what may.»
Entre los acontecimientos políticos con que termina el presente siglo, ninguno ha despertado tanto interés en todo el orbe, y especialmente en América como la intromisión de los anglo-americanos en el arreglo de los asuntos interiores del heroico y gran pueblo que nos dió su civilización. La guerra que tiene por teatro la Isla de Cuba, consecuencia inmediata de la expresada intromisión, da origen á reflexiones tan diversas, cuya importancia seria ocioso encarecer, que no hemos podido resistir á la tentación de escribir un ensayo desde el punto de vista positivo.
Nos mueve especialmente á tomar la pluma para tratar tan interesante y fecundo tema, la circunstancia de no haber hallado en las apreciaciones que sobre él hemos leido, sino lugares comunes reñidos con el criterio filosófico é histórico, cualquiera que se le suponga.
No estamos identificados con ningún partido politico y nos apartamos en general de liberales y conservadores, porque una ú otra senda nos reduciría á la triste condición de sectarios, que estamos muy lejos de desear.
Fundamos nuestras creencias en hechos, y á éstos procuraremos someternos esquivando todo aquello en que pueda entrar nuestra apreciación personal.
Dividimos nuestro estudio en las siguientes partes:
I. Causas de la guerra y legitimidad de la misma.
II. España y los otros pueblos modernos conquistadores.
III. España y los Estados Unidos de Norte América.
Es casi inútil estudiar la cuestión con el Derecho Internacional en la mano; á nada conduce buscar en él motivos ó excusas de la declaración de guerra, porque ninguna regla del derecho de gentes está mejor establecida y es más sabia y aceptada que la que impone á un pueblo la prohibición de entrometerse en los asuntos interiores de los demás pueblos. La razón de ser la susodicha regla estriba en que garantiza la paz de la especie humana, fin supremo del estado industrial de la civilización.
Resulta, pues, que desde el punto de vista de la legalidad, pesarán como una inmensa carga sobre los actuales enemigos de España todos los desastres de la guerra, porque la responsabilidad criminal es del que comete los delitos, del que viola las leyes cuyo acatamiento exigen las necesidades que engendra la vida social.
Es de esperar que una vez concluida la guerra, los Cubanos y sus defensores lamentarán que no se haya observado la regla antedicha del derecho internacional.
Irreprochable como es el sencillo raciocinio que conduce á la condenación de los anglo-americanos por haber provocado sin motivo legal una guerra, estudiemos en sus relaciones con la moral la cuestión que nos ocupa; pero antes veamos si en algún precedente pudieran encontrar la justificación legal de su conducta, pues sabido es que en la política internacional, la falta de preceptos positivos en el derecho de gentes para determinados asuntos, se suple con los derroteros trazados por prácticas anteriores.
Nada análogo al caso de Cuba hemos encontrado en la historia de la diplomacia contemporánea, con excepción del célebre Manifiesto á las Potencias dirigido por Lamartine, como Ministro de Estado del Gobierno provisional de Francia, de 1848, á los agentes diplomáticos del Gobierno francés, y en el cual se resumía el programa de la política exterior de la segunda república francesa.
En dicho Manifiesto, que en su letra como en su espíritu, constituye una declaración formal de la República francesa de mantener la paz, Lamartine reivindicaba para su país el derecho de ayudar, á voluntad de éste, á toda nación que luchase para sacudir el yugo de conquistadores extranjeros. Claramente se expresa que se trata de auxilios, en caso de lucha contra el extranjero y no contra los Gobiernos. Esta lucha no puede equipararse á la insurrección. Y aun en el caso de que se emprendiese por una nacionalidad extinguida contra sus opresores, el Gobierno francés no prometía francamente el auxilio, sino que se reservaba de un modo expreso el derecho de juzgar si la «hora de la reconstrucción de la nacionalidad había sonado.»
No entra el caso de Cuba, calificado de insurrección por los mismos anglo-americanos, en la circular del Gobierno de 1848, dirigida á los diplomáticos de Francia. No hay que olvidar, por otra parte, que una comisión de polacos y otra de irlandeses se presentaron en Paris á Lamartine, para solicitar el apoyo de su país, con el fin de sacudir el yugo opresor de sus respectivos dominadores, y que á los primeros les contestó, diciéndoles que los medios elegidos por la Francia para ayudarles, eran los medios pacíficos; y á los segundos: «Quand on n’a pas son sang dans les affaires d’un peuple, il n’est pas permis d’y avoir son intervention ni sa main.»
Además, los cubanos no han solicitado el auxilio de los anglo-americanos para realizar su independencia de España. Asunto es éste, el de la intervención de una potencia en las luchas de un pueblo con otro pueblo, que no tomará cuerpo mientras la política no se subordine á la moral, porque es de aquellos que tocan á la abrumadora pregunta que dice: ¿Dónde termina el uso de un derecho y dónde comienza el abuso?
Una razón de analogía podrían invocar los llamados amigos de los cubanos para justificarse, á saber: el hecho de no haber podido ellos realizar su independencia sin la poderosa ayuda del gran pueblo francés y del noble y generoso pueblo español. El caso actual es diferente por faltar en él la petición expresa de auxilio por parte de los cubanos, por no haber ningún Franklin de por medio.
Examinemos las causas de la guerra desde el punto de vista moral.
El derecho de gentes, no es en rigor una ley: es simplemente la costumbre de las naciones, ó mejor dicho, un conjunto de usos internacionales que, de la misma manera que otros usos, ha nacido ó de un sentimiento de justicia ó de la comunidad de intereses ó de opiniones y preocupaciones arraigadas. ¿Es racional exigir que cuando todo cambia y varía, se transforma y evoluciona, no varíe la ley de las naciones? No, contestamos enérgicamente. El derecho internacional se ha transformado y deberá transformarse, ha evolucionado en el presente siglo y evolucionará en los venideros, y asuntos que antes no motivaban una intervención de las naciones, la motivan hoy por asentimiento unánime de las mismas. ¿Puede haber un motivo de intervención más simpático y más urgente, y más irresistible que el de ayudar á un pueblo amoroso de su libertad, que toma las armas contra un tirano que oprime y explota, contra un opresor extranjero? No, respondemos espontáneamente y casi sin darnos cuenta del raciocinio que nos conduce á ese enérgico adverbio de negación, porque el sacrificio de los fuertes en favor de los débiles es un precepto de moral para todo aquel que quiera vivir á la altura de nuestra época.
Supongamos que en el caso de Cuba el pueblo de la isla careciese de todo espíritu de libertad durante su período colonial, y que pudiese considerarse al español como un opresor extranjero; nada más noble ni más elevado, ni más digno de espíritus superiores, que la protección del anglo-americano al cubano, para que éste conquiste las libertades á que aspira. Y sin embargo de lo anterior, ni en Europa ni en América se ha creido en la moralidad de los anglo-americanos. ¿Por qué cuando los franceses vinieron á Nueva Inglaterra á luchar contra los ingleses en favor de los colonos, no surgió el mismo sentimiento de desconfianza en la buena fe de los hijos de la patria de Molière y Richelieu? ¿Por qué hoy duda el mundo entero de los elevadísimos sentimientos humanitarios de los compatriotas de Grant, Austin y McKinley? Porque la idea de que el mundo está regido por leyes, de que no está sometido á incesantes variaciones, de que presentará mañana la misma serie de fenómenos que hoy y que ayer, es una idea que en cierto grado ha dominado á todos los cerebros humanos. Porque el francés ha sido y será siempre colectivamente desinteresado hasta el sacrificio, y el americano egoista y calculador hasta la avaricia. Porque el gran tipo del Quijote pintado por el sublime Cervantes es latino y ante todo español, porque los quijotes no se conocen entre los sajones, y aun cuando el tio Samuel—personificación caricaturesca de nuestros vecinos del Norte—físicamente tenga parecido con el héroe de Cervantes, no podemos ver en él sino á un negociante disfrazado de Don Quijote. Porque, en fin, los antecedentes de los anglo-americanos y toda su historia nos inducen á dudar de su buena fe. Si el pueblo español se levanta en armas para socorrer á un oprimido, nadie duda de su caballerosidad y buena fe, porque es pueblo que ama lo grande y lo noble, lo bueno y lo bello.
Veamos si hay algunas pruebas escritas, algunos hechos que justifiquen esa desconfianza con que han visto á los anglo-americanos todos los pueblos del planeta.
Que la guerra ha sido causada por especuladores, quienes adquirieron millones de pesos en bonos de la Junta Cubana, los cuales distribuyeron entre altos funcionarios y entre los principales periódicos de sensación llamados «Yellow Journals,» se asegura públicamente en los Estados Unidos de Norte América. También se asegura que el gobierno de McKinley jamás creyó que España se lanzara á una guerra cuyos resultados debian ser desastrosos para ella. El hecho de que España haya preferido la guerra á la humillación, ha sido incomprensible para un pueblo de negociantes como lo es el que nos avecina por el Norte. No sin razón se decía en Europa al comenzar la guerra: el acto de aceptar España una lucha tan desigual por defender únicamente su honor, consuela y alienta en estos tiempos de triste mercantilismo en que los pueblos no se mueven sino impulsados por el interés y atraídos por la codicia. Es inconcebible para el yankee que haya defendido su honra el español, porque el egoismo caracteriza al primero y el altruismo al segundo, porque el primero es frio y calculador y no se mete en cuestiones, á no ser que todas las ventajas estén de su parte.
La idea de que no ha guiado á los yankees un sentimiento de desinterés en los asuntos de Cuba, ha tomado origen en publicaciones de ellos que claramente revelan sus tendencias y propósitos. El ingeniero anglo-americano E. L. Corthell, sucesor del célebre capitán James B. Eads, en su opúsculo de 1804 titulado «El Ferrocarril para Buques en Tehuantepec,» se expresa así:
«La via de Nicaragua ha sido considerada como la via americana. Si es así, entonces Tehuantepec es una via aun más americana respecto de todos sus caracteres comerciales, y seguramente es de más importancia para nosotros desde el punto de vista estratégico, que ninguna otra via del mar Caribe.»
El Almirante Shufeldt expresó sus francas y claras opiniones, continúa diciendo Corthell, como sigue: «Cada istmo tiene tanta mayor importancia cuanto más próximo se encuentra al centro de la influencia comercial y política americana, y el valor intrínseco de esta obra, eminentemente nacional, puede considerarse en razón inversa de la distancia á ese centro. Un canal á través del Istmo de Tehuantepec es una extensión del rio Mississippi al Océano Pacífico. Convierte el Golfo de México en un lago americano. En tiempo de guerra cierra ese Golfo á todos los enemigos. Es la única via que nuestro Gobierno puede vigilar. Puede decirse que convierte á nuestro territorio en circunnavegable. Acorta 1,400 millas náuticas la distancia que habria entre Nueva Orleans y San Francisco por un canal en el istmo de Darién.»
«La via de Tehuantepec puede hacerse mucho más accesible á los Estados Unidos y México por ferrocarril, sobre el que se pueden transportar ejércitos y municiones prontamente. El Golfo de México está fuera de complicaciones extranjeras por pertenecer á estas dos grandes repúblicas del Nuevo Mundo, y cuando Cuba se convierta en un estado de la Unión, lo que parece estar ya cerca, tendremos en nuestras manos el circuito total de este gran mar.»
En el Weekly Picayune de 28 de Julio último, hallamos lo siguiente entre otros párrafos de un articulo «Anexión de Cuba, pero no Independencia Completa para los Cubanos:» «Los sentimientos de humanidad exigen la anexión para salvar á la isla de los horrores de la anarquía que seguirían al conceder la independencia á un pueblo dividido entre sí y dividido por cuestiones de raza; incapaz de gobernarse á sí mismo en la vida privada, é incapaz por consiguiente, de conducirse bien en la vida pública.»
No hay que olvidar que los anglo-americanos llaman América á su país y que el nombre de Estados Unidos de América lo usan en contraposición á Estados Unidos de Colombia, Mexicanos, etc. Ellos son los americanos, como si los demás nativos del mundo de Colón no tuviesen derecho á ese nombre. No se oculta en los párrafos citados la aplicación de la mal entendida doctrina Monroe, aplicación real que veremos pronto como una de las consecuencias más inmediatas de la guerra; América será los Estados Unidos. No se oculta ese protectorado que desde hace luengos años los yankees han querido ejercer sobre todos los pueblos hispano-americanos y que cada vez quieren hacer más efectivo, aunque siempre entrometiéndose en el momento menos oportuno, como sucedió con nosotros cuando la guerra de intervención, en que Mr. Seward se dirigió á Napoleón III cuando su intromisión era inoportuna, según la calificó un hombre superior llamado Gabino Barreda.
Podemos afirmar, á la altura en que nos hallamos, que ni los antecedentes de los yankees, ni las verdaderas causas de la guerra, ni las publicaciones de algunos anglo-americanos autorizan á creer que el precepto de la moral positiva «sacrificio de los fuertes en favor de los débiles,» proclamado por el inmortal Augusto Comte como base de la política internacional moderna, ha sido el móvil de nuestros vecinos al declarar la guerra á la nación española.
Aun suponiendo la más inmaculada de las purezas en las intenciones yankees, quedarán siempre como una mancha los horrores de la guerra sobre el pueblo anglo-americano para toda persona que examine friamente la cuestión desde el punto de vista moral. Un Gobierno no debe declarar nunca la guerra sino después de haber agotado todos los medios pacíficos para evitarla. No ha sido tal el caso del pueblo yankee, y juzgando con el criterio positivo, han cometido los hombres de Gobierno anglo-americanos el más grave y el más atroz de los crímenes, haciéndose responsables de todos los males y horrores consiguientes á una lucha armada, porque no vacilaron en echar sobre sus hombros el peso de tanta desolación y ruina, cuando no habían agotado la persuasión y cuando los medios pacíficos les habian dado excelentes resultados.
Toda una serie de concesiones otorgaron los españoles á los cubanos, bajo el benéfico y pacífico influjo de los yankees, y un padrón de infamia será para éstos la declaración de la guerra, porque no era ésta el único arbitrio que les quedaba para lograr la independencia de Cuba.
No parece sino que los gobernantes anglo-americanos han buscado con la guerra, con un acto odioso, las vulgares satisfacciones del orgullo y de la vanidad, siguiendo el ejemplo del gran retrógrado Bonaparte.
La persuasión no el asalto, el consejo no la agresión, la razón no el insulto, son los medios que se ponen en juego cuando nos mueven á obrar sentimientos nobles y elevados, cuando á impulsos de buenas tendencias deseamos realizar un fin.
Los cablegramas últimos fechados en Santiago de Cuba, relativos á la ocupación de la ciudad por las fuerzas de Shafter, corroboran que la intromisión yankee lleva trazas de parecerse á la ocupación de Egipto por el ejército inglés.
Cualquiera que sea la conducta de los yankees en el porvenir, nadie los eximirá de la acusación antedicha y mucho nos tememos que ésta se agrave cuando se firme la paz, si exigen á España otras condiciones para firmarla, que no sean la independencia de Cuba. Ya sabemos que se va á gritar: la nación vencida paga los gastos de guerra, porque es precepto del derecho internacional. A lo anterior contestamos: la guerra se ha verificado con violación manifiesta del derecho internacional y es ilógico querer aplicarlo al final de ella, cuando tácitamente se ha declarado sin ningún valor en el caso, y para encontrarle justificación hemos necesitado de recurrir al altruismo, considerándolo como una virtud del pueblo yankee, hemos aceptado que á éste no lo excitan los vulgares estimulantes del interés individual, y los movimientos altruistas no se efectúan para el logro de indemnizaciones materiales, sino para alcanzar con sacrificios por parte del altruista, la más preciada de las estimaciones: la gratitud. Al reproche y no á la gratitud, se harán acreedores los yankees, si después de haber proclamado que iban á obrar movidos por los sentimientos más nobles, cobran corretaje por sus buenas acciones, á aquellos á quienes ya han perjudicado demasiado.
Hay que consignar que el hecho de haber recurrido á la fuerza el Gobierno yankee para lograr la independencia de Cuba, no ha merecido universal aprobación entre los gobernados por McKinley. La mayor parte de la gente sensata de los Estados Unidos de Norte América, ha declarado que la guerra es injusta é innecesaria y aun después de iniciadas las hostilidades ha reiterado esa declaración.
Una palabra para concluir la parte relativa á las causas de la guerra. Como causa ocasional se ha señalado la explosión del «Maine.» La moralidad del Gobierno yankee resulta dudosa en el caso, porque un asunto sencillísimo, por ser del dominio de las ciencias inferiores, en las que la complexidad menor de los fenómenos, facilita singularmente el estudio de éstos, no quiso someterlo al augusto tribunal de la ciencia, y en vez de pruebas decisivas contra los españoles opuso el silencio más completo, cuando la ciencia pedía á gritos que no se la manchase con el dolo al que es completamente ajena.
Desde que se reanudó en 1895 la insurrección de Cuba, los políticos jingoes, así yankees como ingleses, y la prensa amarilla de todo el orbe no han cesado de insultar á España y al criterio en todos los tonos y con los epítetos más injuriosos, presentando como razón la conducta del pueblo ibero en sus diferentes colonias. Por fortuna, los historiadores juiciosos como Prescott, por ejemplo, no se dejan influir por jingoes y periodistas amarillos y no riñen con el método, la lógica y el criterio, y Gibbon, Robertson, Hallam y los historiadores de su talla seguirán ejerciendo el irresistible influjo que ejercen y han ejercido y continuarán en el elevado puesto que ya tienen, pese á todos los calumniadores de la Patria de los reyes católicos.
No vamos á tratar la cuestión II de nuestro estudio con la extensión de que es susceptible, porque no es nuestro ánimo escribir un libro, apenas la delinearemos aunque es fecunda en grandes enseñanzas y tiene un interés verdaderamente grande.
Dejaría de ser desde el punto de vista positivo nuestro ensayo si no aplicásemos el criterio positivo al examen de los hechos. Entre los numerosos títulos que tiene Augusto Comte para ser considerado como el más grande de los filósofos contemporáneos, figura en primera línea el de haber planteado y resuelto con incomparable acierto el problema de la educación del hombre. La sagacidad sin par del fundador de la sociología se manifiesta en alto grado en la manera como trató tan importante problema y en la acertada solución que le dió. Haber demostrado que el estudio de los métodos es inseparable del de las doctrinas, y que cada ciencia posee un método ó métodos que le son peculiares en las investigaciones que constituyen su objeto, es una gloria que nadie disputará á Comte, porque solo él, entre los filósofos, con esa videncia propia únicamente de los genios, encontró y puso en claro la importancia capital del método sobre la doctrina.
Hemos hecho la anterior digresión para precisar nuestro punto de vista, para poner en claro que mucha doctrina vale nada sin método y que éste es el alma de todo estudio filosófico.
Se puede declamar mucho contra la ferocidad de los iberos, se pueden decir horrores de ellos, pero si se olvida el método de la moral, ni esa ferocidad ni esos horrores llevarán á la condenación de España cuando impere el criterio positivo.
En política hay dos morales, la absoluta y la relativa, la que juzga con relación á un tipo patrón, standard como diría un inglés, y la que juzga con relación á otros actos. Del examen de los actos, para calificarlos de buenos ó malos, de morales ó inmorales, ya se aprecien con el patrón ó ya con otros actos, nace el método de comparación que emplea la moral en sus investigaciones. Yo puedo ser inmoral comparado con Pedro, pero moral si se me compara con Juan; y Juan, Pedro y yo podemos ser inmorales si se nos aplica el standard. La comparación, es, pues, un método que emplea la moral en las investigaciones que constituyen su objeto. Esta simple distinción de la moral absoluta y de la moral relativa, da al traste con todas las vociferaciones de los enemigos de España sobre las crueldades de esta nación como nación conquistadora. Se olvidan con frecuencia las gentes impresionables, impresionadas por las muy famosas estadísticas, al enterarse del número de locos que mueren por el alcoholismo, de lo que bebían nuestros bisabuelos, y á los jingoes y periodistas amarillos les ha atacado con tal fuerza la hispano-fobia, que no parece sino que en un tiempo no había más que españoles y que la crueldad ellos la inventaron.
El método comparativo va á ser nuestro principio director al juzgar á España y á los demás pueblos modernos conquistadores. Admitimos que los españoles cometieron muchas iniquidades en el Nuevo Mundo, pero no admitimos que se les juzgue como si las hubiesen cometido á mediados del siglo XIX en que los pueblos tienen ya otros principios que los guian distintos de los que trazaban el camino á los gobernantes en siglos anteriores.
Todas las instituciones deben juzgarse con relación á su tiempo y á su medio social y en los estudios referentes á cuestiones políticas el investigador debe tener presente como caso concreto, como gran ejemplo, el hecho de que el incomparable Aristóteles, el más conspicuo representante de la filosofía antigua, no podia concebir ni aun la existencia de una sociedad sin esclavos. No tenemos noticia de que con la anterior precaución se hayan propalado errores sociológicos, antes bien, sólo encontramos en los adeptos del método positivo ocasiones de admirar los buenos resultados á que conduce. Como ejemplo vamos á ceder la palabra á un esclarecido filósofo mexicano.
El eminente pensador Don Gabino Barreda, después de describir serena y concienzudamente el estado social y politico de Nueva España y de indicar los medios que los españoles hubieran podido emplear para que la emancipación de México de la Metrópoli se hubiese realizado sin medios violentos, agrega: «Sería, sin embargo, injusto echar en cara á España una conducta que cualquiera otra nación, en su caso, habria seguido, y que, la falta de una doctrina social positiva y completa, hacía tal vez necesaria en aquella época.»
Otro eminente pensador mexicano, nuestro insigne maestro el Dr. D. Porfirio Parra, ha dicho refiriéndose á la situación de México, después de vencidos los aztecas: «Una administración perfecta en su género fomentaba la industria de la floreciente colonia, estimulaba la producción y la enorme acumulación de la riqueza, brindaba los beneficios de la paz, y al suave influjo de una religión filantrópica en alto grado, surgían asilos para el desvalido, lechos piadosos para el doliente enfermo, planteles de enseñanza que hoy nos parecerán parcos, que hoy acusaremos de suministrar á la inteligencia nutrimento escaso, lo cual si es de lamentarse sería injusto atribuir á la malevolencia de la Metrópoli, que adolecía de la penuria intelectual del tiempo. Así lo dijo el liberal entusiasta, el inmortal cantor del Oceáno y de la Imprenta, el ilustre vate Quintana, poniendo en boca de la dolorida América los siguientes versos tan hermosos como verdaderos:
A esto se llama ver las cosas como son en realidad y no como queremos que sean, por más que nuestros deseos sean nobles y muy elevados. Expresa el Sr. Barreda los medios con que se habría evitado nuestra guerra de insurrección, en la siguiente forma: «Una conducta más prudente, que hubiese permitido un ensanche gradual y una gradual diminución de los vínculos de dependencia entre México y la Metrópoli, de tal modo que se hubiese dejado entrever una época en que esos lazos llegasen á romperse, como la naturaleza misma parecía exigirlo interponiendo el inmenso Océano entre ambos continentes, habría sin duda evitado la necesidad de los medios violentos que, la política contraria hizo necesarios.» Este cargo del Sr. Barreda á España, que resume la política colonial que aconseja el Positivismo, del que la absuelve expresamente por el período que precedió á la creación de la síntesis positiva, es cargo que con toda energía puede hacerse á los pueblos conquistadores modernos que han comenzado á fundar colonias en una época en que la doctrina social positiva existe ya; con razón sobradísima se nos tacharía de parciales si no lo hiciésemos extensivo á España por lo que atañe á Cuba, Puerto Rico y Filipinas, pero hallamos mayor responsabilidad en Francia é Inglaterra que en España, porque si bien es cierto que ningún hombre de Estado tienen derecho á ser ignorante, también no menos lo es que, por desgracia, en los tiempos que corren los hombres de Estado de la madera de los Richelieu y Mazarino, Colbert y Turgot, Cromwell, Campomanes y De Aranda, Jiménez de Cisneros y Pombal, son cada vez más y más raros.
Es un hecho la inferioridad de los hombres de Estado del presente siglo, con relación á los del pasado, por ejemplo, en lo que atañe á conocimientos filosóficos y á principios directores, pero los estadistas ingleses y franceses, no han dejado de estar aconsejados por los positívistas de uno y otro país, que con verdadera constancia han defendido los intereses de los habitantes de las colonias inglesas y francesas. Estos consejos, siempre escritos, han faltado á los españoles, y mayor responsabilidad tienen los ingleses y franceses que no han modificado su política colonial, conociendo como conocen la doctrina salvadora.
Desde 1856, en que el enérgico y distinguido positivista inglés Richard Congreve publicó su notable opúsculo «Gibraltar ó las Relaciones Exteriores de Inglaterra,» hasta nuestros dias, el Gobierno de S. M. Británica no ha dejado de recibir indicaciones de los positivistas londinenses sobre la política colonial y sobre la solución que á los arduos problemas de la misma da el Positivismo. Si á esta incesante acción de 42 años se agregan las nobles y repetidas protestas del profundo escritor Herbert Spencer contra el inicuo tratamiento de los pueblos débiles por los más fuertes, ninguna excusa queda á los estadistas ingleses sobre la ignorancia de un método que coordina y de una doctrina que guia. El Gobierno francés, por su parte, no ha dejado de estar aconsejado por los numerosos positivistas franceses sobre los mismos puntos, y tampoco puede alegar como el inglés la ignorancia. En honor de España debe proclamarse que uno de sus hombres de Estado, el distinguido Conde de Aranda, en pleno siglo XVIII, ha sido el único estadista europeo que haya propuesto el desarrollo de una política colonial que tendiese á la gradual emancipación de las colonias de su Metrópoli. Aun cuando el pensamiento del gran Ministro de Carlos III hace responsable á España por no haberlo seguido, y aun cuando ese pensamiento honra mucho á su autor, dista mucho también de constituir por sí solo toda una doctrina social comparable á la que se les ha dado á conocer á los hombres de gobierno de Francia é Inglaterra en la última mitad de esta centuria.
Dejemos la cuestión puramente política para estudiar el tratamiento dado por los españoles y los otros europeos á los aborígenes subyugados. Es bien conocida la conducta de España en México, por ejemplo, en los tres siglos de dominación, y por lo mismo nos limitaremos á presentar algunos casos de atropellos cometidos por los otros pueblos europeos en el presente siglo en que otros son los principios guías de los gobiernos. Con excepción de los hechos que se refieren á Nueva Inglaterra en el párrafo que vamos á transcribir, todos se han efectuado en el siglo XIX.
«En la declaración de la independencia americana, hablando del Rey, los colonos dicen:
«Ha obstruido la administración de justicia negando su aprobación á las leyes para el establecimiento de poderes judiciales.
«Ha creado una multitud de oficinas nuevas y enviado un enjambre de empleados á acosar á nuestro pueblo y á quitarle su subsistencia.
«Ha mantenido en pie ejércitos entre nosotros, en tiempo de paz, sin el consentimiento de nuestras legislaturas.
«Ha convenido con otros en sujetarnos á una jurisdicción extraña á nuestra organización y desconocida por nuestras leyes, dando su aprobación á estos pretendidos actos de legislación:
«Acuartelar grandes cuerpos de tropas armadas entre nosotros.
«Protegerlos con un juicio ridículo contra el castigo de todos los asesinatos que cometiesen en los habitantes de estos Estados.
«Impedir nuestro comercio con todas las partes del mundo.
«Imponernos contribuciones sin nuestro consentimiento.
«Privarnos en muchos casos de los beneficios del juicio por jurado, etc., etc., etc.
«Hoy en día, aun cuando tiranías tan atroces como las anteriores no deshonran la legislación actual de las colonias, podemos, hojeando los periódicos que se publican en nuestras posesiones, ver que el poder arbitrario del régimen colonial no se ha mejorado. Dos erupciones en quince años mostraron claramente los sentimientos de los Canadienses. En el mismo periodo los Boers del Cabo se han rebelado tres veces; y acabamos de efectuar una tumultuosa agitación y una violenta campaña periodística para convencerlos. En las Indias Occidentales hay un descontento universal. De Guayana vienen noticias parecidas. Aquí hay combates en trincheras, allí motines de insurrectos y el descontento se nota en todas partes. El nombre de Ceilán recuerda por una parte la insolencia de un llamado Gobernador y por otra el rencor de los ofendidos colonos. En las colonias australianas se ha tenido por triste objeto la inmigración de criminales; mientras que de Nueva Zelanda vienen protestas contra el despotismo oficial. Por todos los vientos vienen relaciones semejantes de descuido, quejas de impertinencias extremadas, de disparates, de disputas, de corrupción, etc. Los Canadienses se quejan de haber sido inducidos por la oferta de un privilegio á invertir sus capitales en molinos de trigo que una legislación subsecuente convirtió en inútiles. Con una cantidad siempre variable de protección, los plantadores de caña de azúcar dicen que no saben lo que llegará á suceder. El Sur de Africa muestra un mal manejo que unas veces convierte en enemigos á los Griquas y otras conduce á la guerra contra los Cafres. Los inmigrantes de Nueva Zelanda lamentan el establecimiento de un gobierno escogido absurdamente, el gasto de dinero empleado en caminos que nadie usa y el completo abandono de obras necesarias. La Australia Meridional fué declarada en quiebra por las extravagancias de un gobernador; las tierras se han proporcionado á los colonos como si se tratase de barbarizarlos por dispersión; y los trabajadores se han enviado con exceso y los han abandonado á mendigar. Nuestro comercio con los chinos fué perjudicado por la conducta insolente de los oficiales militares con los naturales; y las autoridades de Labuan fundaron su primera colonia en un pantano pestilente.»
«Por grandes, sin embargo, que sean los males ocasionados por la colonización gubernativa tanto á la madre Patria como á las colonias, parecerán insignificantes si se les compara con los ocasionados á los aborígenes de los paises sometidos. El pueblo de Java cree que el alma de los europeos pasa cuando mueren al cuerpo de los tigres; y se dice de un jefe de la Española que deseaba no ir al cielo, porque supo que allí había españoles. Estos hechos son apenas obscuros indicios de abominables horrores. Pero no apuntan nada peor que lo que la historia refiere. Sea que se piense en la extinción de las tribus de las Indias Occidentales que eran conducidas á la muerte en las minas, ó en los Hotentotes del Cabo que eran castigados por sus amos con un balazo en las piernas; ó en aquellos nueve mil chinos á quienes el Dutch asesinó una mañana en Batavia, ó en los árabes ahogados últimamente por los franceses en las cuevas de Dahra, son estos simples ejemplos aislados del tratamiento común soportado por las razas subyugadas y aplicado por las llamadas naciones cristianas. Si alguien se lisonjease de que nosotros los ingleses somos inocentes de semejantes barbaridades, pronto sería confundido con una narración de nuestros hechos en el Oriente. Los Anglo-Indios de la última centuria—«aves de paso y de rapiña» como fueron calificados por Burke—muestran solamente un aspecto menos cruel que sus prototipos del Perú y México.
«Imaginad cuán negras debieron ser sus acciones para que llanamente admitan los Directores de la Compañía que «las grandes fortunas adquiridas en el comercio interior del país fueron obtenidas por medio de la conducta más tiránica y opresiva que jamás se haya visto en ningún país y en ninguna edad.» Concebid el atroz estado de la sociedad descrita por Vansittart, que nos dice que los ingleses obligaban á los naturales á comprarles ó venderles al precio que querían, bajo pena de azotes ó prisión: Juzgad cuántas cosas pasarían cuando dice Warren Hasting al describir una jornada: «la mayor parte de las pueblos y serais los abandonaban apenas nos aproximábamos.» Una fría perfidia era la política establecida por los autoridades. Los Príncipes eran lanzados á la guerra unos contra otros; y habiéndole ayudado á uno de ellos á vencer á su antagonista, después lo destronaron por un supuesto crimen. Siempre había á la mano algún motivo obscuro para las rapiñas oficiales. Los jefes sometidos, dueños de los países codiciados, eran arruinados con las exorbitantes exigencias del tributo, y su manifiesta incapacidad para satisfacerlas era interpretada como una desleal ofensa que se castigaba deponiéndolos del mando. En nuestros dias continúan semejantes iniquidades. (Véanse los despachos de Sir Alexander Burns.)
«En nuestros días continúa también el lamentable monopolio de la sal y los inhumanos gravámenes que arrebatan al pobre campesino cerca de la mitad del producto del suelo. En nuestros días continúa el astuto despotismo que convierte en soldados á los naturales, para mantener y extender el dominio sobre los mismos naturales—despotismo bajo el cual no hace muchos años fué asesinado un regimiento de cipayos con premeditación, por haberse rehusado á marchar sin el correspondiente uniforme. En nuestros días las autoridades políticas se ligan á los bribones ricos y permiten que los instrumentos de la ley se empleen para fines de extorsión. En nuestros días los llamados caballeros quieren pasear sus elefantes sobre los cuerpos de los empobrecidos campesinos y abastecerse de provisiones en las aldeas de los indígenas, sin pagar nada. En nuestros días, en fin, es común en los habitantes del interior, correr á los bosques cuando ven á un europeo!» (Herbert Spencer, Social Statics, Goverment Colonization.)
El Dr. Congreve escribía en 1857 con motivo de la insurrección de la India: «No me propongo referir las vicisitudes de la contienda en la India, como que, siendo hombre no encontraría sino un penoso interés en ellas. Las veo en conjunto con la mayor reprobación. Un término como lamentación, no puede expresar mi sentimiento referente á la conducta que hemos seguido en la India antes del levantamiento. Esta conducta ha sido caracterizada singularmente por un hombre de Estado de la India, en la descarada expresión: «Hemos caminado con el paso majestuoso de los conquistadores.» No veo razones para dudar de la justicia de esta expresión. Pero sí las veo para no dudar que los horrores de la explosión, distintos de la explosión misma, son atribuibles al sentimiento de humillación consecuente á la conducta de los terribles conquistadores. «Los hombres no pueden recoger sino lo que siembran, la violencia engendra la violencia ó algo peor.»
«Repruebo estos horrores como el que más, aun cuando piense que es fácil hallarles excusas y todavía más fácil parangonarlos. Con no menos energía repruebo las represalias y el espíritu de venganza que han manchado á nuestros soldados y hombres civiles, y que contrasta notablemente con nuestros hábitos y nuestras tradiciones. Para mí, la guerra en la India tiene todo el carácter repulsivo sin ninguno de los paliativos que ordinariamente tienen las guerras.»
Estoy convencido de que todos los principios del derecho internacional se oponen á nuestra ocupación, salvo que modificando ligeramente lo que Heeren ha dicho de nuestra conducta en Ceylán, nos preguntemos si en las Indias Orientales existe una ley internacional distinta de la de Inglaterra. Si abiertamente se declara que existe la diferencia de leyes internacionales y que lo que rige á los Estados independientes en Europa, no es obligatorio en el Oriente, entonces que se nos diga cuáles son los límites de la diferencia y sobre qué fundamentos se establece. ¿Será acaso sobre la pretendida superioridad de la raza en Europa, ó sobre la barbarie comparativa de la población de la India? Si es así, escuchemos á Burke: «Esta multitud de hombres no consiste en un populacho abyecto y bárbaro, menos aún en hordas salvajes, semejantes á los Guaraníes y los Chiquitos que vagan en las incultas riberas del Amazonas y el Plata; sino en un pueblo civilizado desde hace siglos y que cultivaba todas las artes de la vida civilizada en una época en que nosotros vagábamos por las selvas. Han tenido (y los despojos subsisten todavía) príncipes llenos de autoridad, de dignidad y de opulencia. Se encuentran entre ellos á los jefes de tribus y naciones. Se encuentran también un sacerdocio antiguo y venerable, depositario de sus leyes, de su ciencia y de su historia, guía del pueblo durante la vida y su consuelo á la hora de la muerte; una nobleza de gran antigüedad y renombre; una multitud de ciudades no sobrepasadas ni en comercio ni en habitantes por ninguna de las primeras de Europa; comerciantes y banqueros y casas privadas cuyos capitales han rivalizado con los del Banco de Inglaterra y cuyo crédito ha ayudado más de una vez á un Estado en situación crítica y ha salvado á sus gobiernos en medio de la desolación y de la guerra; millones de industriosos fabricantes y artesanos; millones de los más diligentes y no menos inteligentes labradores de la tierra. Se encuentran igualmente todas las religiones profesadas por los hombres, el Brahamismo, el Islamismo y el Cristianismo Oriental y Occidental.» (Speech on the East India Bill, vol. IV, p. 18).
Todo el libro del Dr. Congreve, que tiene por título «India,» es una reprobación del espíritu sanguinario que universalmente prevalecía en 1857 en Inglaterra, y una completa refutación de los argumentos con que se defendia y defiende la posesión del imperio de las Indias. En la obra International Policy, escrita por varios positivistas, hay un capítulo denominado «Inglaterra y la India,» en el que se demuestra que la acción de los ingleses en su principal colonia, lejos de ser civilizadora, tiene todos los caracteres de destructora de una civilización antigua y avanzada. El malogrado positivista James Geddes comprometió seriamente su posición en el «Servicio Civil de la India» por sus valientes artículos publicados en la Calcutta Review sobre la Lógica del déficit de la India, sobre la Explotación Comercial de los Hindúes por los ingleses y sobre la Política del Positivismo en la India, y en los cuales da á conocer lo que vale la Administración inglesa como corrupción y violencia.
Las atrocidades cometidas por los ingleses en la India en los años de 1857 á 1859, los crímenes perpetrados para someter á los naturales, fueron motivo para que el Gobierno inglés ordenase que se cantara en Londres el 1º de Mayo de 1859 un Te Deum en acción de gracias por la represión del alzamiento de los Hindúes. El Dr. Congreve redactó una protesta que ningún periódico londinense quiso acoger y que se pegó en las esquinas de las calles y se distribuyó en la comuna de Wandsworth, condado de Surrey, donde habitaba entonces su autor. Dice así:
«El Te Deum ordenado para el 1º de Mayo de 1859.
«Creyendo que la causa de los ingleses en la India es la mala y que la de los Hindúes es la buena, por representar el legítimo esfuerzo de una nación para sacudir un yugo extranjero y opresivo;
«Creyendo, en consecuencia, que el éxito de los ingleses no es sino el triunfo de la fuerza sobre el derecho;
«Considerando, además, que aun cuando nuestra causa hubiese sido la buena, ha sido manchada en Inglaterra por relatos fraudulentos y por un espíritu feroz de venganza, y en la India por atroces crueldades; que en fin, nosotros mismos nos hemos desmoralizado y degradado á los ojos de las otras naciones;
«Considerando, por último, que la victoria de los ingleses no es sino el origen de muchos males para ellos, como nación; que impondrá nuevos tributos á las clases obreras de este pais, ya recargadas de impuestos y de sufrimientos, por haberse logrado con el sacrificio de la vida de los soldados ingleses salidos de las mismas clases;
«Hago, por el presente acto, todo lo que está en mi poder, como ciudadano Inglés, para descargarme á mí mismo y para inclinar á mis conciudadanos á reflexionar:
«En nombre de la Humanidad, protesto públicamente contra el Te Deum del 1º de Mayo, como contradictorio á todo lo que profesamos como nación libre, como repugnante al espíritu del Cristianismo que reconoce todavía la nación, y como un ultraje á los mejores sentimientos de la naturaleza humana.
South Fields, Wandsworth, Abril 17 de 1859.
Richard Congreve.»
«...... si hay un hecho probado por la experiencia, dice el célebre lógico John Stuart Mill en su obra sobre el Gobierno representativo, (p. 437 de la traducción francesa) es que, cuando un país gobierna á otro, los individuos del pueblo que gobierna y que van al país extranjero en busca de fortuna son, entre todos, aquellos á quienes hay que contener más enérgicamente. Constituyen siempre una de las principales dificultades del gobierno. Armados del prestigio y llenos de la arrogancia de la nación conquistadora, tienen todos los sentimientos inspirados por el poder absoluto, menos el de la responsabilidad. En un pueblo como el de la India, no bastan los mayores esfuerzos de las autoridades públicas para proteger al débil contra el fuerte, y los colonos europeos son entre los fuertes los más fuertes de todos.»
«Siempre que el efecto desmoralizador de la situación no se modifica muy notablemente por el carácter personal del individuo, los colonos consideran al pueblo del país como la tierra que se huella; les parece monstruoso que los derechos de los indígenas se opongan á sus menores pretensiones; el más insignificante acto que proteja á los habitantes contra todo abuso de poder de los colonos, provechoso á los intereses comerciales de éstos, es apellidado y tenido por ellos como una injusticia real. Esta manera de juzgar es tan natural en su situación, que es imposible que no se trasluzca constantemente algo de ella, aunque las autoridades dominantes traten como hasta aquí de reprimirla.
«No participando el Gobierno de este modo de ver, no consigue nunca reprimirlo completamente, ni aun en sus funcionarios civiles y militares, si son jóvenes é inexpertos, aun cuando pueda fiscalizar su conducta mejor que la de los residentes independientes. Lo que hacen los Ingleses en la India, los Franceses lo hacen en Argelia, según testimonios dignos de fe, y los Americanos lo hacen en los países conquistados á México. Parece que pasa lo mismo con los Europeos en China y hasta en el Japón. Es inútil recordar lo que hacían los Españoles en la América del Sur. En todos los casos que hemos citado, el gobierno al cual están sometidos los aventureros privados, vale más que ellos y hace lo que puede para proteger á los indígenas, de ellos. El mismo gobierno español obraba así, seria y sinceramente, aunque sin efecto alguno, como lo saben todos los que han leído la instructiva historia de Help. Si el gobierno español hubiese sido directamente responsable para con la opinión española, es dudoso que hubiese hecho dicha tentativa; pues los españoles habrían tomado el partido de sus amigos y de sus parientes cristianos, más bien que el de los paganos.»
El eminente historiador inglés E. Spencer Beesly encabezó la protesta de la Sociedad Positivista de Londres contra la ocupación del reino de Túnez por los Franceses, de la manera siguiente:
«Debemos reconocer con tristeza y confusión que la adquisición de Chipre es un hecho muy reciente y muy directamente relacionado con la destrucción de la Independencia tunecina, para que nos sea permitido, como nación, protestar contra la política de Francia. Reconocemos además, y por la misma razón, que al juzgar esta política, todos los ciudadanos ingleses, aun los que han protestado contra el crimen del gobierno Beaconsfield, están obligados en virtud de las conveniencias más elementales, á no emplear en su lenguaje ninguna expresión malévola é injuriosa. El tono adoptado por un gran número de nuestros periódicos nos parece á próposito para humillar á nuestro país á los ojos de Europa, exponiéndonos á la acusación de hipocresía después de haber merecido la de rapacidad.»
En 1875, escribía en la Fortnigthly Review el Dr. Bridges á propósito de China las siguientes palabras:
«En medio de las terribles luchas que agitan á Europa, una reunión de comerciantes de Londres, ayudada por una Prensa sin escrúpulo, acaba de hacer una tentativa para precipitar á Inglaterra en una nueva guerra con China.»
«Hace treinta años, declaramos la guerra á los Chinos porque habían hecho un audaz intento para impedir el infame comercio del opio, protegido por nuestros gobernadores Indios y practicado por contrabandistas Ingleses. Hace doce años, les hicimos la guerra por segunda vez, porque habían capturado un buque (que se probó era un pirata) que había izado el pabellón Inglés, y ahora vamos á declarar la guerra por tercera vez para vengar los sufrimientos de misioneros Franceses, católico-romanos, nosotros que nos rehusamos á levantar nuestro dedo meñique para sostener á Francia en su lucha contra la invasión desordenada de Alemania.»
«El fin de los que nos han arrastrado á estas guerras escandalosas ha sido siempre el mismo interés, el comercial. Hemos obligado á los Chinos, con el fuego de nuestros cañones, á comerciar con nosotros fijándoles condiciones; les hemos prohibido que impongan derechos superiores á los fijados por nosotros para los objetos de fabricación Inglesa; los forzamos, rechazando sus súplicas reiteradas, á recibir el opio, esta droga venenosa que fabricamos en la India para su uso especial, de manera que, no solamente han sido inicuas nuestras guerras, sino que perpetuamos la iniquidad de año en año manteniendo una flota considerable en las aguas de China para sostener derechos comerciales exigidos por la guerra. Si hay un principio político más cierto que cualquiera otro, es el que manda que una nación debe ser libre para dirigir sus negocios, para redactar sus leyes, para fijar sus impuestos; nosotros impedimos á los Chinos el ejercicio de esta libertad.»
«Pero los mercaderes Ingleses de China y sus compadres de Londres todavía no están satisfechos. Piden que se les conceda viajar en todo el territorio chino, explotar las minas de carbón, enviar buques de vapor por todos los rios, construir líneas de telégrafos y de caminos de hierro, comprar tierras y casas en todas las partes donde les convenga; y mientras hacen lo anterior, piden también la extra-territorialidad, es decir, estar exentos de las leyes y costumbres del país en que viven, piden que se les someta no á la ley China sino á la ley Inglesa.»
«Ultrajamos á los Chinos en materia de religión lo mismo que en asuntos de comercio. Insistimos para que se les conceda á los misioneros católicos y protestantes predicar en todo el país, bajo la protección de los cañones Ingleses y Franceses.»
«Los Chinos tienen una religión que es más antigua que la nuestra y á la cual están tan apegados como nosotros podemos estarlo á la que profesamos; ella les enseña á honrar á sus padres, á respetar á los muertos, á olvidar las injurias, á vivir con honor y rectitud y á hacer á los demás lo que quisieran que se les hiciese á ellos mismos; á los Chinos, corresponde, por tanto, decidir si deben admitir á los propagadores de otras religiones para que prediquen doctrinas contrarias á las del país.» «Obligarlos á que lo hagan, por la fuerza de las armas, como lo hacemos ahora, es una atroz injusticia.»
«Ya es tiempo de que los que aman la justicia, cualesquiera que sean sus creencias y partido, protesten enérgicamente contra el conjunto de la conducta de Inglaterra en China. Las iglesias cristianas han faltado hasta hoy á su deber no levantando su voz contra esas iniquidades! Yo, protesto como positivista, en nombre de la Religión de la Humanidad, que, si respeta el Cristianismo, no respeta menos á las otras religiones, que han intentado y que intentan todavía reprimir los instintos inferiores del hombre y desarrollar su naturaleza superior. Protesto también en nombre de los verdaderos principios republicanos. Nosotros, que hemos censurado á Francia por haber atacado á Alemania, nosotros, que censuramos actualmente á Alemania por atacar á Francia, debemos rechazar con más energía nuestra tiránica intervención en la independencia de China, pues no ha sido provocada y reconoce por origen los motivos más bajos.»
«Si censuramos á Francia por no haber reconocido que obraba mal al hacer la guerra, Inglaterra debe á su vez reconocer que ha cometido una injusticia mayor con China; debe proclamar que en el porvenir se apoyará en los simples principios de la justicia común; que China, como cualquiera otra comarca del Occidente, decidirá lo que quiera hacer en lo que concierne á su religión y su comercio, y que toda intervención armada por los intereses de los mercaderes y de los misioneros ingleses, cesará para siempre.»
Es un error común el creer que sólo en las colonias españolas hay insurrecciones, porque solo ellas están mal gobernadas. Los lectores del Times de Londres saben bien que raras veces transcurre un mes sin que dicho periódico dé cuenta con varias noticias referentes á diversas insurrecciones efectuadas en las numerosas colonias Inglesas. En el número del Times de 24 de Junio último (edición semanaria) encontramos los relatos siguientes: «Africa Occidental. La Reina ha tenido á bien nombrar á Sir David Patrick Chalmers Comisionado de Su Majestad para inquirir sobre la insurrección de los naturales en el protectorado Británico adyacente á la colonia de Sierra Leona y en general sobre el estado de los negocios en dichos protectorado y colonia.»
«De acuerdo con el informe de Sherboro, de fecha del Martes, Bompeh, el baluarte de los Mendis, fué tomado el 13 del corriente por el Teniente Coronel Cunningham y el Teniente Russell. El enemigo sufrió grandes pérdidas. Las pérdidas de los ingleses fueron pequeñas, pero el Teniente Russell fué seriamente herido, así como siete soldados y tres arrieros.»
«Disturbios renovados en Uganda.
«La Agencia de Reuter ha recibido noticias de Uganda de fecha 25 de Marzo, de las cuales aparece que, aunque la revuelta de Nubia prácticamente se ha sofocado, los disturbios han surgido en Uoyoro, en donde todo el territorio se halla en rebelión. Se agrega que el ex-Rey Mwanga ha tomado la ofensiva y que arrasa la mitad occidental de Uganda, quemando iglesias y cometiendo otras atrocidades.»
El honorable Dr. Robinet en su opúsculo llamado «La Política Positiva y la Cuestión Tunecina, dice lo siguiente:
«Es inútil, sobre todo, á propósito de la brutal explotación del Africa, que se nos hable todavía de la misión civilizadora de Francia, y que se traten de cubrir por más tiempo los más horribles abusos de la fuerza y de la arbitrariedad más culpable, con la solemnidad engañadora de esta fórmula, tan respetable en sí como mal aplicada al caso.»
«¿Qué han hecho los americanos del Norte con los Pieles-Rojas que ocupaban antes que ellos su continente? Los han destruido ó poco menos! ¿Qué han hecho y qué hacen todavía los europeos con la encantadora raza maorí, con esos polinesios que antes de que penetrásemos entre ellos habían resuelto al parecer el problema de la felicidad en la tierra? Los han destruido ó poco menos! ¿Qué han hecho los ingleses y todos los occidentales en Australia de la desgraciada raza papúa, tan poco favorecida como colmados de dones naturales estaban los habitantes de Otaïtí? Están á punto de destruirla! ¿Cómo se han singularizado hasta hoy los europeos en el Indostán, en China, en Cochinchina, en el Asia Central, en Argelia, en el Senegal, en Jamaica, en el Japón, en el Zululand, entre los Achantis, etc., etc.? Por el asesinato, por el pillaje, por la devastación y el darwinismo social y político. ¿Es esto civilización?»
Llamamos la atención de nuestros lectores sobre la ausencia de los Españoles en la enumeración del Dr. Robinet, ausencia que no puede ser casual, porque todos los historiadores están contestes en que los iberos jamás han tenido como mira la supresión de los habitantes de los países que conquistaron. Si se exceptúan las Antillas, en ninguna otra colonia española faltan los aborígenes más ó menos incorporados á la civilización europea.
Los anteriores relatos de seis distinguidos publicistas europeos bastan para establecer la comparación entre los procedimientos de España y de otros pueblos conquistadores. No tenemos noticia de que los Españoles hayan cometido en el siglo actual las atrocidades que los Ingleses, por ejemplo, han cometido en sus posesiones, y si en los siglos XVI, XVII y XVIII las cometieron iguales ó peores, para compararlas con las que cometen al presente los otros pueblos, no hay que olvidar la diferente concepción que se tenía entonces de los fines de la vida.
La invasión del reino de Túnez por los Franceses en 1881 es fecunda en ejemplos de destrucción paralela de los hombres y de sus riquezas.
Pruebas:
«Un pillaje.—Tres semanas más y la cebada estará madura, se podría incendiarla, se ha ensayado hoy en vano, no quiere arder, se contentan con trillar la que no han podido cortar.»
«Los soldados del cuerpo de ingenieros que han llegado con mulas cargadas de instrumentos, cortan con la sierra y el hacha los olivos y las higueras, que son los únicos árboles frutales del país. Las cabañas que se hallaban en el valle fueron incendiadas ayer. Llevamos adelante las cosas.» (Correspondencia de Le Temps).
«Beja, Junio 2, á las 10h. 25m. de la noche.
El General Forgemol al Ministro de la Guerra:
«Ayer, 1º de Junio, la brigada Galland llegó con los trabajos del camino hasta más allá del Oued-Zan, y las tres brigadas reunidas forrajearon simultáneamente en el territorio de los Ouled-Yaha, en donde muchas cosechas y cabañas fueron destruidas.»
Túnez, 28 de Junio.
«Desde hace tres dias, el General Logerot, entra á Argelia con cuatro batallones de zuavos y la artillería de campaña; atraviesa y pilla la tribu de los Ouchtetas, cuyo castigo se había reservado para el fin de la campaña.»
«Con excepción de algunos golpes audaces de los rebeldes, la resistencia ha sido poca.»
«Cerca de 3,000 bueyes y de 5,000 carneros se han pillado.»
«El Petit Fanal dice que el único medio por ahora de lograr la seguridad de nuestras fronteras del Oeste y del Este es destruir Figuig, pillar El Abiod, la ciudad de las diecisiete mezquitas, y arrojar á los cuatro vientos las cenizas de Hamza.» (Argel 24 de Junio de 1881.)
Todos estos elocuentes hechos ponen á los Españoles á una altura envidiable por sus procedimientos de conquista; mas evitemos seriamente toda ilusión sobre las cuestiones de civilización, proclamemos que los Españoles en el siglo XVI, fuertes por la superioridad de sus creencias religiosas y de su civilización más avanzada, invadieron los vastos imperios de México y del Perú; no ocultemos que con el fierro en la mano impusieron el cristianismo y su orden social para satisfacer á los verdaderos móviles que los animaban, la sed de oro y el amor á la dominación; condenemos su conducta, execremos no sólo su crueldad y su avaricia, sino su espíritu de cruzada, su falta de respeto y de simpatía por las instituciones de los vencidos; maldigamos la destrucción de civilizaciones interesantes; pero no olvidemos que la tolerante moderación de un Olmedo protesta contra el fanatismo opresivo de un Cortés; no olvidemos tampoco que en la conquista de América el clero español se constituyó generalmente en el órgano enérgico de la moral contra la opresión, como lo prueba el hecho de que el Sr. Lic. Ignacio M. Altamirano, escritor que se distinguió siempre por su apasionamiento contra todo lo español, diga refiriéndose á los frailes españoles que, animados del espíritu cristiano de los primeros tiempos, venían á México resueltos á hacer del indio su amigo y á atraerlo al sendero de la civilización con los tiernos lazos de la fraternidad y de la virtud: «Hay que honrarlos y venerarlos; ellos forman el primer grupo de nuestros hombres grandes de América»; hagamos, sin embargo, á un lado toda la noble conducta de los Españoles para suponer en ellos igual ó mayor crueldad que en los otros pueblos con los aborígenes subyugados y preguntar: ¿qué han hecho los Ingleses, Franceses, Alemanes, Holandeses, etc., en bien de los mismos aborígenes para borrar las horribles manchas de la cruel explotación y exterminio perpetrados en ellos?
Nada distinto del exterminio de los aborígenes y de sus respectivas civilizaciones, mientras que los Españoles, únicos en el mundo moderno, adelantándose á su época, pusieron en práctica la memorable sentencia de Danton: «No se destruye sino lo que se reemplaza,» y si bien destruyeron civilizaciones tan avanzadas como las de los Incas y los Aztecas, que adunaban los suaves matices del adelanto con el sombrío colorido de la barbarie, en cambio incorporaron á su civilización á los pueblos conquistados, y gracias á esa incorporación, surgieron á la vida moderna con caracteres propios y bien definidos, los pueblos hispano-americanos. Gracias también á esa misma incorporación, poseemos los habitantes que moramos desde el río Bravo hasta la Tierra de Fuego, nombres gentilicios, porque los Españoles en medio de su destrucción, conservaban mucho y los ingleses siempre han arrasado. Los yankees carecen hasta de nombre gentilicio, porque no hay nada en ellos que sea un signo de los primitivos pobladores del territorio que actualmente poseen.
Mucho importa caracterizar el interés que tiene la anterior pregunta en nuestro punto de vista. De la misma manera que no se puede juzgar á un hombre por hechos aislados de su vida ni por la conducta de su juventud, sino por el conjunto de su existencia, por el total de su carrera que fija el verdadero valor social y moral, no se puede juzgar á un pueblo por un acto sino por la suma de actos realizados que precisan la cantidad de obras buenas y de obras malas. Un hombre y un pueblo pueden estar exentos de faltas y carecer al mismo tiempo de méritos, y al contrario, se pueden tener grandes méritos habiendo cometido graves faltas. El gran San Pablo, que en sus primeros años de vida de adulto persiguió cruelmente á los cristianos, no deja de ser por esa persecución el primero de los defensores de la doctrina cristiana y aun su verdadero fundador por la organización que le dió. El eminente San Agustín consigna en sus Confesiones todas sus primeras faltas, que desaparecen después por su conducta observada luego que se efectuó en él la transformación moral. Nada significan los errores y las faltas de San Pablo y San Agustín, y fueron graves, cuando se les compara con la sublimidad de sus actos posteriores. Una inmoralidad se puede corregir con actos morales y éstos desaparecen con inmoralidades. Un hombre vicioso y que se regenera, se purifica, y un virtuoso que se prostituye, se corrompe. Una mancha se borra con no cometer otra ú otras y con ejecutar buenas acciones, y éstas se borran con los malos actos. Cuando un criminal se suicida, aplauden su determinación los partidarios de la moral absoluta, los que creen que una falta no puede borrarse sino con otra mayor; cuando ese criminal trabaja y se modifica favorablemente, el partidario de la moral relativa no lo rechaza y le permite que se incorpore de nuevo á la sociedad, porque ya ha purgado sus delitos y ha elegido nueva senda. Así obraron los Españoles; al comenzar sus conquistas cometieron graves faltas, pero las repararon participando á sus conquistados de todo lo bueno que tenían, incorporándolos á su clase social para asimilarlos después y totalmente al elemento español. No han obrado así los otros pueblos modernos conquistadores, y mientras España mataba y robaba haciendo algo bueno después, los otros pueblos han matado y robado constantemente hasta exterminar por completo.
La verdadera conquista, es decir, tal como la practicaron los romanos, sólo los Españoles entre los pueblos modernos la han realizado, y no podía dejar de suceder así en la nación que produjo al gran Trajano, al digno sucesor de César, que trazó al pueblo ibero el derrotero en materia de conquista. Es verdad que de doce y medio millones de habitantes que tenemos, sólo cinco son de mestizos, y que hay más de seis de aborígenes en nuestro país; no podía ser de otra suerte: España era país poco poblado en el siglo XVI, no fué México su única colonia, casi se despobló para colonizar América, y de hecho la incorporación no se efectuó sino en una parte de nuestro territorio, porque en grandes extensiones no hubo conquista propiamente dicha, sino posesión nominal de la comarca, como todavía nos pasa con vastas extensiones de nuestro territorio, donde ni la autoridad de nuestro gobierno ni la influencia de nuestra civilización se hacen sentir. De esa fusión del elemento Ibero y el Azteza, Zapoteca, Maya, etc., salimos los mestizos, es decir, los mexicanos, y entre ellos la mujer mexicana, gala de nuestro país y admiración de propios y extraños por la combinación particular que en ella se observa de las elevadas dotes que requiere el difícil papel de hija, de esposa y de madre.
«Conquistar! dice mi caro y venerable Director Pierre Laffitte en su profunda apreciación de la civilización militar ó romana, muchos se han creido capaces de hacerlo; pero guardar y organizar la conquista de tal suerte que los pueblos vencidos no formen después sino una misma nación con el pueblo victorioso, y que ninguno de ellos haga esfuerzos posteriores para recobrar su independencia, sólo los Romanos supieron hacerlo, y lo hicieron observando la conducta más juiciosa y hábil que un pueblo de prácticos pudiese imaginar.»
Las anteriores sabias palabras á ningún pueblo moderno conquistador pueden aplicarse en parte si se exceptúan los españoles y portugueses.
¿Vamos á creer por lo que dice M. Laffitte que los romanos no cometieron crueldades? De ninguna manera, las conquistas son actos militares, se efectúan con violencia y forzosamente producen atropellos.
Lo que tienen de odioso los procedimientos de represión empleados por los ingleses en sus colonias, contrasta singularmente con lo que tiene de grande la conducta de España en las suyas, á saber: incorporar para asimilar. De preferencia hemos comparado á Inglaterra y España como pueblos conquistadores, porque es corriente en distinguidos publicistas reputar á los ingleses como superiores á los demás europeos, moral é intelectualmente. No participamos de la opinión y nos limitamos á expresarla.
«El modo propio de colonización entre el Norte y el Sur de la América, dice el excelso Augusto Comte, introdujo una diferencia continua en lo que atañe á las respectivas relaciones con los pueblos principales. Sistematizada por el catolicismo y la dignidad real, la trasplantación ibérica ha conservado el conjunto de los antecedentes, y aun permitido, como lo he explicado, un desarrollo mejor de los caracteres esenciales. Mas la colonización británica, originada por un enérgico esfuerzo individual al que sirvió de consagración el protestantismo, ha alterado tanto más las tradiciones sociales cuanto que emanó sobre todo de perseguidos y sublevados. Aun cuando los dos modos se corrompieron gravemente por la esclavitud de la raza afectiva, esta monstruosidad determina entre ellos un constraste decisivo en el que se aprecia hasta qué grado coloca á los protestantes debajo de los católicos la insuficiencia de la disciplina temporal y espiritual. Reproducida bajo los demás aspectos, esta diversidad convierte á los Americanos británicos en los más anárquicos de los Occidentales, porque han desarrollado las imperfecciones y comprimido las cualidades del tipo inglés.» (Sistema de Política Positiva, tomo IV, págs. 494 y 495.)
Nos parece ocioso insistir para deber afirmar que desde el punto de vista de la moral relativa, tiene España á su favor lo que no tiene ningún otro pueblo, es decir, actos civilizadores. La aptitud de una colonia para gobernarse á si misma, siempre que en ella haya habido fusión de dos elementos étnicos, es un honor para el pueblo que conquista, porque prueba que supo infundir vida y calor á un nuevo elemento étnico formado y robustecido por él.