Otros capítulos de la Silva tienen carácter de arqueología recreativa, á imitación de Polidoro Virgilio en su libro De inventoribus rerum, tan explotado por todos los compiladores del siglo XVI[59]. Pero aunque tomase mucho de Polidoro y de todos los que le precedieron en la tarea de escribir misceláneas, Mexía se remontaba á las fuentes casi siempre y las indica con puntualidad en todos los puntos que he comprobado. La Tabla que pone al fin no es, como en tantos otros libros, una pedantesca añagaza. Había leído mucho y bien, y tiene el mérito de traducir en buen castellano todas las autoridades que alega. El círculo de sus lecturas se extendía desde el Quadripartito, de Tolomeo, y los cánones astronómicos de Aben Ragel, hasta las Historias florentinas y los tratados políticos de Maquiavelo, á quien cita y extracta en la vida de Castruccio Castracani[60] y á quien parece haber seguido también en el relato de la conjuración de los Pazzi[61]. Aunque el secretario de Florencia pasaba ya por autor de sospechosa doctrina y sus obras iban á ser muy pronto rigurosamente vedadas por el Concilio de Trento, se ve que Mexía las manejaba sin grande escrúpulo, lo cual no es indicio del ánimo apocado y supersticioso que le atribuyeron algunos luteranos españoles, enojados con él por haber sido uno de los primeros que descubrieron en Sevilla la herética pravedad envuelta en las dulces pláticas de los doctores Egidio y Constantino[62].
Con todas sus faltas y sobras, la Silva de varia lección, que hoy nos parece tan llena de vulgaridades y errores científicos[63], representaba de tal modo el nivel medio de la cultura de la época y ofrecía lectura tan sabrosa á toda casta de gentes, que apenas hubo libro más afortunado que él en sus días y hasta medio siglo después. Veintiséis ediciones castellanas (y acaso hubo más), estampadas, no sólo en la Península, sino en Venecia, Amberes y Lyón, apenas bastaron á satisfacer la demanda de este libro candoroso y patriarcal, que fue adicionado desde 1555 con una quinta y sexta parte de autor anónimo[64]. No menos éxito tuvo la Silva en Francia, donde fue traducida por Claudio Gruget en 1552 y adicionada sucesivamente por Antonio Du Verdier y Luis Guyon, señor de la Nauche. Hasta diez y seis ediciones de Les divers leçons de Messie enumeran los bibliógrafos y en las más de ellas figuran también sus Diálogos[65]. Todavía en 1675 un médico llamado Girardet se apropió descaradamente el libro de Pero Mexía, sin citarle una sola vez ni tomarse más trabajo que cambiar las palabras anticuadas de la traducción de Gruget[66]. En Italia las cuatro partes de la Silva fueron traducidas en 1556 por Mambrino Roseo da Fabbriano y adicionadas después por Francisco Sansovino y Bartolomé Dionigi.
Por medio de las traducciones latinas y francesas empezaron á ser conocidos en Inglaterra los libros de Mexía antes de que penetrasen en su texto original, y algunos célebres compiladores de novelas empezaron á explotarlos. Fué uno de ellos William Painter, que en su Palace of pleasure (1566) intercaló el extraño cuento del viudo de veinte mujeres que casó con una viuda de veintidós maridos[67]. Pero es mucho más importante la Forest or collection of historyes, de Thomas Fortescue (1571), porque en esta versión inglesa de la Silva, tomada de la francesa de Gruget, encontró el terrible dramaturgo Cristóbal Marlowe, precursor de Shakespeare, los elementos históricos que le sirvieron para su primera tragedia Tamburlaine[68]. No fue ésta la única vez que el libro del cronista sevillano hizo brotar en grandes ingenios la chispa dramática. Lope de Vega le tenía muy estudiado, y de él procede (para no citar otros casos) toda la erudición clásica de que hace alarde en su comedia Las mujeres sin hombres (Las Amazonas)[69].
En Inglaterra prestó también buenos subsidios á los novelistas. De una traducción italiana de la Silva está enteramente sacada la colección de once novelas de Lodge, publicada con este título: The life and death of William Longbeard[70]. No sólo los cuatro libros de Mexía, sino todo el enorme fárrago de las adiciones italianas de Sansovino y de las francesas de Du Verdier y Guyon, encontraron cachazudo intérprete en Thomas Milles, que las sacó á luz desde 1613 hasta 1619 (The treasurie of ancient and moderne times). La traducción alemana de Lucas Boleckhofer y Juan Andrés Math es la más moderna de todas (1668-1669) y procede del italiano[71].
Con el éxito europeo del libro de Mexía contrasta la oscuridad en que ha yacido hasta tiempos muy modernos otra Miscelánea mucho más interesante para nosotros, por haber sido compilada con materiales enteramente españoles y anécdotas de la vida de su propio autor, que á cada momento entra en escena con un desenfado familiar y soldadesco que hace sobremanera interesante su persona.
El caballero extremeño D. Luis Zapata, á quien me refiero, autor de un perverso poema ó más bien crónica rimada del emperador Carlos V (Carlo famoso), curiosa, sin embargo, ó instructiva, por los pormenores anecdóticos que contiene y que ojalá estuviesen en prosa[72], retrájose en su vejez, después de haber corrido mucho mundo, á su casa de Llerena, «la mejor casa de caballero de toda España (al decir suyo), y aun mejor que las de muchos grandes», y entretuvo sus ocios poniendo por escrito, sin orden alguno, en prosa inculta y desaliñada, pero muy expresiva y sabrosa, por lo mismo que está limpia de todo amaneramiento retórico, cuanto había visto, oído ó leído en su larga vida pasada en los campamentos y en las cortes, filosofando sobre todo ello con buena y limpia moral, como cuadraba á un caballero tan cuerdo y tan cristiano y tan versado en trances de honra, por lo cual era consultor y oráculo de valientes. Resultó de aquí uno de los libros más varios y entretenidos que darse pueden, repertorio inagotable de dichos y anécdotas de españoles famosos del siglo XVI, mina de curiosidades que la historia oficial no ha recogido, y que es tanto más apreciable cuanto que no tenemos sobre los dos grandes reinados de aquella centuria la copiosa fuente de Relaciones y Avisos que suplen el silencio ó la escasez de crónicas para los tiempos de decadencia del poderío español y de la casa de Austria. Para todo género de estudios literarios y de costumbres; para la biografía de célebres ingenios, más conocidos en sus obras que en su vida íntima[73]; para empresas y hazañas de justadores, torneadores y alanceadores de toros; para estupendos casos de fuerza, destreza y maña; para alardes y bizarrías de altivez y fortaleza en prósperos y adversos casos, fieros encuentros de lanza, heroicos martirios militares, conflictos de honra y gloria mundana, bandos y desafíos, sutilezas corteses, donosas burlas, chistes, apodos, motes y gracejos, proezas de grandes soldados y atildamiento nimio de galanes palacianos; para todo lo que constituía la vida rica y expansiva de nuestra gente en los días del Emperador y de su hijo, sin excluir el sobrenatural cortejo de visiones, apariciones y milagros, alimento de la piedad sencilla, ni el légamo de supersticiones diversas, mal avenidas con el Cristianismo[74], ofrece la Miscelánea de Zapata mies abundantísima y que todavía no ha sido enteramente recogida en las trojes, á pesar de la frecuencia con que la han citado los eruditos, desde que Pellicer comenzó á utilizarla en sus notas al Quijote, y sobre todo después que la sacó íntegramente del olvido D. Pascual Gayangos[75]. Detallar todo lo que en los apuntes de Zapata importa á la novelística exigiría un volumen no menor que la misma Miscelánea, puesto que apenas hay capítulo que no contenga varias historietas, no inventadas á capricho, sino fundadas en hechos reales que el autor presenció ó de que tuvo noticia por personas dignas de crédito; lo cual no quita que muchas veces sean inverosímiles y aun imposibles, pues no hay duda que el bueno de D. Luis era nimiamente crédulo en sus referencias. Son, pues, verdaderos cuentos muchos de los casos maravillosos que narra, y su libro cae en esta parte bajo la jurisdicción de la novela elemental é inconsciente. No sucede otro tanto con sus relatos personales, escritos con tanta sinceridad y llaneza, y que sembrados de trecho en trecho en su libro, le dan aspecto y carácter de verdaderas memorias, á las cuales sólo falta el hilo cronológico, y por cuyas páginas atraviesan los más preclaros varones de su tiempo. Era Zapata lector apasionado de libros de caballerías[76] y algo se contagió su espíritu de tal lección, puesto que en todas las cosas tiende á la hipérbole; pero juntaba con esto un buen sentido muy castellano, que le hacía mirar con especial aborrecimiento los embelecos de la santidad fingida[77] y juzgar con raro tino algunos fenómenos sociales de su tiempo. Dice, por ejemplo, hablando de la decadencia de la clase nobiliaria, á la cual pertenecía: «El crescimiento de los reyes ha sido descrecimiento de los grandes, digo en poder soberbio y desordenado, que cuanto á lo demás antes han crecido en rentas y en estados, como pelándoles las alas á los gallos dicen que engordan más, y así teniéndolos los reyes en suma tranquilidad y paz, quitadas las alas de la soberbia, crecen en más renta y tranquilidad... Pues demos gracias á Dios que en estos reinos nadie puede hacer agravio ni demasía á nadie, y si la hiciese, en manos está el cetro que hará á todos justicia igual»[78].
Era, como hoy diríamos, ardiente partidario de la ley del progreso, lo mismo que Cristóbal de Villalón, y de ningún modo quería admitir la superioridad de los antiguos sobre los modernos. Es curiosísimo sobre esto su capítulo De invenciones nuevas: «Cuán enfadosa es la gala que tienen algunos de quejarse del tiempo y decir que los hombres de agora no son tan inventivos ni tan señalados, y que cada hora en esto va empeorando! Yo quiero, pues, volver por la honra de esta nuestra edad, y mostrar cuanto en invenciones y sotilezas al mundo de agora somos en cargo... En las ciencias y artes hace el tiempo de agora al antiguo grandísima ventaja... Cuanto á la pintura, dejen los antiguos de blasonar de sus milagros, que yo pienso que como cosas nuevas las admiraron, y creo que aquellos tan celebrados Apeles y Protógenes y otros, a las estampas de agora de Miguel Angel, de Alberto Durero, de Rafael de Urbino y de otros famosos modernos no pueden igualarse... Ni en la música se aventajaron los antiguos, que en ella en nuestra edad ha habido monstruos y milagros, que si Anfion y Orfeo traían tras sí las fieras y árboles, háse de entender con esta alegoría que eran fieras y plantas los que de la música de entonces, porque era cosa nueva, se espantaban; que agora de las maravillas de este arte, más consumada que nunca, los hombres no se admiran ni espantan. Pues ¿cuándo igualaron á las comedias y farsas de agora las frialdades de Terencio y de Plauto?» Y aquí comienza un largo capítulo de invenciones del Renacimiento, unas grandiosas y otras mínimas, entusiasmándose por igual con el descubrimiento de las Indias, con la circunnavegación del globo terráqueo, con la Imprenta y la Artillería, que con el aceite de Aparicio, el guayaco y la zarzaparrilla, las recetas para hacer tinta, el arte de hacer bailar los osos y el de criar gatos de Algalia. Termina este curiosísimo trozo con la enumeración de las obras públicas llevadas á cabo en tiempo de Felipe II, á quien da el dictado de «príncipe republicano», que tan extraño sonará en los oídos de muchos: «Los príncipes piadosos y republicanos como el nuestro, avivan los ingenios de los suyos, y les hacen hacer cosas admirables, y se les debe la gloria como al capitan general de cuanto sus soldados hacen, aderezan y liman»[79].
Alguna vez se contradice Zapata, como todos los escritores llamados ensayistas (y él lo era sin duda, aunque no fuese ningún Montaigne). No se compadece, por ejemplo, tanto entusiasmo por las novedades de su siglo, entre las cuales pone la introducción del verso toscano por Boscán y Garcilaso, con otro pasaje, curiosísimo también, en que, tratando de poesía y de poemas, dice sin ambages: «Los mejores de todos son los romances viejos; de novedades Dios nos libre, y de leyes y sectas nuevas y de jueces nuevos»[80]. Como casi todos los españoles de su tiempo, vivía alta y gloriosamente satisfecho de la edad en que le había tocado nacer, y era acérrimo enemigo de las sectas nuevas, á lo menos en religión y en política. Ponderando el heroísmo de los ligueros en el sitio de París de 1590, que hizo levantar el príncipe de Parma, llega hasta la elocuencia[81]. Profesa abiertamente la doctrina del tiranicidio, y hace, como pudiera el fanático más feroz, la apología de Jacobo Clemente: «Salió un fraile dominico de París á matar por el servicio de Dios al tirano favorecedor de herejes; y llegando á hablarle, le dió tres puñaladas, de que murió el rey, no de la guerra que suele matar á hierro, á fuego, violenta y furiosamente, mas de la mansedumbre y santidad de un religioso de Dios y su siervo, al cual bienaventurado ataron á las colas de cuatro caballos»[82].
Para conocer ideas, costumbres, sentimientos y preocupaciones de una época ya remota, y que, sin embargo, nos interesa más que otras muy cercanas, libros como el de Zapata, escritos sin plan ni método, como gárrula conversación de un viejo, son documentos inapreciables, mayormente en nuestra literatura, donde este género de misceláneas familiares son de hallazgo poco frecuente. La de Zapata ofrece materia de entretenimiento por donde quiera que se la abra y es recurso infalible para las horas de tedio, que no toleran otras lecturas más graves. De aquel abigarrado conjunto brota una visión histórica bastante clara de un período sorprendente. Baste lo dicho en recomendación de este libro, que merecía una nueva edición, convenientemente anotada, así en la parte histórica como en el material novelístico ó novelable que contiene, y que generalmente no se encuentra en otras compilaciones, por haber quedado inédita la de Zapata.
Antes de llegar á las colecciones de cuentos propiamente dichas, todavía debemos consagrar un recuerdo á la Philosophia vulgar (1568), obra por tantos títulos memorable del humanista sevillano Juan de Mal Lara, que, á imitación de los Adagios de Erasmo, en cuyas ideas críticas estaba imbuido, emprendió comentar con rica erudición, agudo ingenio y buen caudal de sabiduría práctica los refranes castellanos, llegando á glosar hasta mil en la primera parte, única publicada, de su vasta obra[83]. En ella derramó los tesoros de su cultura grecolatina, trayendo á su propósito innumerables autoridades de poetas antiguos puestos por él en verso castellano, de filósofos, moralistas é historiadores; pero gustó más todavía de exornar la declaración de cada proverbio con apólogos, cuentecillos, facecias, dichos agudos y todo género de narraciones brevísimas, pero tan abundantes, que con entresacarlas del tomo en folio de la Philosophia Vulgar podría formarse una floresta que alternase con el Sobremesa y el Porta-cuentos de Timoneda. Algunas de estas consejas son fábulas esópicas; pero la mayor parte parecen tomadas de la tradición oral ó inventadas adrede por el glosador para explicar el origen del refrán, poniéndole, digámoslo así, en acción. Tres cuentos, un poco más libres y también más extensos que los otros, están en verso y no carecen de intención y gracejo. No son de Mal Lara, sino de un amigo suyo, que no quiso revelar su nombre: acaso el licenciado Tamariz, de quien se conservan inéditos otros del mismo estilo y picante sabor[84]. Pero de los cuentos en verso prescindimos ahora, por no hacer interminable nuestra tarea, ya tan prolija de suyo.
Mal Lara había pasado su vida enseñando las letras clásicas. ¿Quién se atreverá á decir que le apartasen de la comprensión y estimación de la ciencia popular, en que tanto se adelantó á su tiempo? Al contrario, de los antiguos aprendió el valor moral é histórico de los proverbios ó paremías. El mismo fenómeno observamos en otros grandes humanistas, en Erasmo ante todo, que abrió por primera vez esta riquísima vena y con ella renovó el estudio de la antigüedad; en el Comendador Hernán Núñez, infatigable colector de nuestros refranes, y en Rodrigo Caro, ilustrador de los juegos de los muchachos. Creía Mal Lara, y todo su inestimable libro se encamina á probarlo, que
No hay arte ó ciencia en letras apartada,
Que el vulgo no la tenga decorada.
No se ha escrito programa más elocuente de folk-lore que aquel Preámbulo de la Philosophia Vulgar, en que con tanta claridad se discierne el carácter espontáneo y precientífico del saber del vulgo, y se da por infalible su certeza, y se marcan las principales condiciones de esta primera y rápida intuición del espíritu humano.
«En los primeros hombres... (dice) al fresco se pintaban las imágenes de aquella divina sabiduría heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran merced dibuxado... Se puede llamar esta sciencia, no libro esculpido, ni trasladado, sino natural y estampado en memorias y en ingenios humanos; y, segun dize Aristóteles, parescen los Proverbios o Refranes ciertas reliquias de la antigua Philosophia, que se perdió por las diversas suertes de los hombres, y quedaron aquellas como antiguallas... No hay refrán que no sea verdadero, porque lo que dize todo el pueblo no es de burla, como dize Hesiodo». Libro natural llama en otra parte á los refranes, que él pretende emparentar nada menos que con la antigua sabiduría de los turdetanos. «Antes que hubiese filósofos en Grecia tenía España fundada la antigüedad de sus refranes... ¿Qué más probable razon habrá que lo que todos dizen y aprueban? ¿Qué más verisimil argumento que el que por tan largos años han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas ciudades y villas, y lo que todos en comun, hasta los que en los campos apacientan ovejas, saben y dan por bueno?... Es grande maravilla que se acaben los superbos edificios, las populosas ciudades, las bárbaras Pyrámides, los más poderosos reynos, y que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reino dividido en todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por todo el mundo de boca en boca, segun moneda que va de mano en mano gran distancia de leguas, y de allá vuelve con la misma ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas por ropas de gran precio, que arrebatan los ojos con sus lumbres».
Coincidió con Mal Lara, no ciertamente en lo elevado de los propósitos, ni en lo gallardo del estilo, pero sí en el procedimiento de explicar frases y dichos proverbiales por anécdotas y chascarrillos a posteriori, el célebre librero de Valencia Juan de Timoneda, que en 1563, y quizá antes, había publicado el Sobremesa y alivio de caminantes[85], colección minúscula, que, ampliada en unas ediciones y expurgada en otras, tiene en la más completa (Valencia, 1569) dos partes: la primera con noventa y tres cuentos, la segunda con setenta y dos, de los cuales cincuenta pertenecen al dominio de la paremiología. Tanto éstos como los demás están narrados con brevedad esquemática, sin duda para que «el discreto relatador» pudiese amplificarlos y exornarlos á su guisa. Pero esta misma concisión y simplicidad no carece de gracia. Véase algún ejemplo:
Cuento XL (2.ª parte). «Por qué se dijo: perdices me manda mi padre que coma».
«Un padre envió su hijo á Salamanca á estudiar; mandóle que comiese de las cosas más baratas. Y el mozo en llegando, preguntó cuánto valía una vaca: dijéronle que diez ducados, y que una perdiz valía un real. Dijo él entonces: segun eso, perdices me manda mi padre que coma».
Cap. XLII. «Por qué se dijo: no hará sino cenar y partirse».
«Concertó con un pintor un gentil-hombre que le pintase en un comedor la cena de Cristo, y por descuido que tuvo en la pintura pintó trece apóstoles, y para disimular su yerro, añadió al treceno insignias de correo. Pidiendo, pues, la paga de su trabajo, y el señor rehusando de dársela por la falta que había hecho en hacer trece apóstoles, respondió el pintor: no reciba pena vuestra merced, que ese que está como correo no hará sino cenar y partirse».
Cap. LXVIII. «Por qué se dijo: sin esto no sabrás guisallas».
«Un caballero dió á un mozo suyo vizcaino unas turmas de carnero para que se las guisase; y á causa de ser muy ignorante, dióle un papel por escripto cómo las habia de guisar. El vizcaino púsolas sobre un poyo, vino un gato y llevóse las turmas; al fin, no pudiendo habellas, teniendo el papel en las manos, dijo: ¡ah gato! poco te aprovecha llevallas, que sin esto no sabrás guisallas».
Con ser tan microscópicos estos que Timoneda llama «apacibles y graciosos cuentos, dichos muy facetos y exemplos acutísimos para saberlos contar en esta buena vida», encontró manera de resumir en algunos de ellos el argumento de novelas enteras de otros autores. Tres del Decamerone (VI, 4; VII, 7; X, 1) han sido reconocidas por miss Bourland en El Sobremesa[86]. Todas están en esqueleto: la facecia del cocinero que pretendía que las grullas no tienen más que una pata pierde su gracia y hasta su sentido en Timoneda. Melchor de Santa Cruz, en su Floresta Española, conserva mejor los rasgos esenciales del cuento, aun abreviándole mucho[87]. El de cornudo y apaleado es por todo extremo inferior á una novela en redondillas que hay sobre el mismo asunto en el Romancero General de 1600[88]. El que salió menos mal parado de los tres cuentos decameronianos es el de la mala estrella del caballero Rugero; pero, así y todo, es imposible acordarse de él después de la lindísima adaptación que hizo Antonio de Torquemada en sus Coloquios Satíricos[89].
El mismo procedimiento aplica Timoneda á otros novellieri italianos, dejándolos materialmente en los huesos. Como en su tiempo no estaban impresas las novelas de Sacchetti, ni lo fueron hasta el siglo XVIII, es claro que no procede de la novela 67 de aquel célebre narrador florentino el gracioso dicho siguiente, que indudablemente está tomado de las Facecias de Poggio[90]:
«Fue convidado un nescio capitan, que venia de Italia, por un señor de Castilla á comer, y despues de comido, alabóle el señor al capitan un pajecillo que traia, muy agudo y gran decidor de presto. Visto por el capitan, y maravillado de la agudeza del pajecillo, dijo: «¿Vé vuestra merced estos rapaces cuán agudos son en la mocedad? Pues sepa que cuando grandes no hay mayores asnos en el mundo». Respondió el pajecillo al capitan: «Mas que agudo debia de ser vuestra merced cuando mochacho»[91].
Tampoco se deriva de la novela 198 de Sacchetti, pero sí de la 43 de Girolamo Morlini «De caeco qui amissos aureos suo astu recuperavit», el cuento 59 de la segunda parte del Alivio de Caminantes:
«Escondió un ciego cierta cantidad de dineros al pie de un árbol en un campo, el cual era de un labrador riquísimo. Un dia yendo á visitallos, hallólos menos. Imaginando que el labrador los hubiese tomado, fuése á él mesmo, y díjole: «Señor, como me paresceis hombre de bien querria que me diésedes un consejo, y es: que yo tengo cierta cantidad de dinero escondida en un lugar bien seguro; agora tengo otra tanta, no sé si la esconda donde tengo los otros ó en otra parte». Respondió el labrador: «En verdad que yo no mudaria lugar, si tan seguro es ese como vos decís». «Así lo pienso de hacer», dijo el ciego; y despedidos, el labrador tornó la cantidad que le habia tomado en el mesmo lugar, por coger los otros. Vueltos, el ciego cogió sus dineros que ya perdidos tenía, muy alegre, diciendo: «Nunca más perro al molino». De aquesta manera quedó escarmentado»[92].
En suma (y para no hacerme pesado en el examen de tan ligeras y fugaces producciones), el Sobremesa y alivio de caminantes, según uso inmemorial de los autores de florestas y misceláneas, está compilado de todas partes. En Bandello (parte 3.ª, nov. 41) salteó el cuento del caballero de los muchos apellidos, que no encuentra posada libre para tanta gente: en las Epístolas familiares, de Fr. Antonio de Guevara, varios ejemplos de filósofos antiguos y las consabidas historietas de Lamia, Laida y Flora, que eran la quintaesencia del gusto mundano para los lindos y galancetes de entonces.
Preceden á los cuentos de Timoneda[93] en las ediciones de Medina del Campo, 1563, y Alcalá, 1576, doce «de otro autor llamado Juan Aragonés, que sancta gloria haya», persona de quien no tenemos más noticia. Es lástima que estos cuentecillos sean tan pocos, porque tienen carácter más nacional que los de Timoneda. Dos de ellos son dichos agudos del célebre poeta Garci Sánchez de Badajoz, natural de Écija; tres se refieren á cierto juglar ó truhán del Rey Católico, llamado Velasquillo, digno predecesor de D. Francesillo de Zúñiga. Pero otros están tomados del fondo común de la novelística, como el cuento del codicioso burlado, que tiene mucha analogía con la novela 195 de Sacchetti[94], con la fábula 3.ª de la Séptima Noche de Straparola, con la balada inglesa Sir Cleges y otros textos que enumera el doctísimo Félix Liebrecht[95], uno de los fundadores de la novelística comparada.
«Solía un villano muy gracioso llevar á un rey muchos presentes de poco valor, y el rey holgábase mucho, por cuanto le decía muchos donaires. Acaesció que una vez que el villano tomó unas truchas, y llevólas (como solía) á presentar al rey, el portero de la sala real, pensando que el rey haría mercedes al villano, por haber parte le dijo: «No te tengo de dejar entrar si no me das la mitad de lo que el rey te mandare dar». El villano le dijo que le placia de muy buena voluntad, y así entró y presentó las truchas al rey. Holgóse con el presente, y más con las gracias que el villano le dijo; y muy contento, le dijo que le demandase mercedes. Entonces el villano dijo que no quería otras mercedes sino que su alteza le mandase dar quinientos azotes. Espantado el rey de lo que le pedía, le dijo que cuál era la causa por que aquello le demandaba. Respondió el villano: «Señor, el portero de vuestra alteza me ha demandado la mitad de las mercedes, y no hallo otra mejor para que á él le quepan doscientos azotes». Cayóle tanto en gracia al rey que luego le hizo mercedes, y al portero mandó castigar»[96].
Dos ó tres de los cuentos del Sobremesa están en catalán, ó si se quiere en dialecto vulgar de Valencia. Acaso hubiera algunos más en otra colección rarísima de Timoneda, El Buen aviso y portacuentos (1564), que Salvá poseyó[97], pero de la cual no hemos logrado hasta ahora más noticias que las contenidas en el Catálogo de su biblioteca: «El libro primero, intitulado Buen Aviso, contiene setenta y un cuentos del mismo género que los del Sobremesa, con la diferencia de que la sentencia ó dicho agudo y gracioso, y á veces una especie de moraleja de la historieta, van puestas en cinco ó seis versos. El libro segundo, ó sea el Porta cuentos, comprende ciento cuatro de éstos, de igual clase, pero no tienen nada metrificado». Algunos han confundido esta colección con el Sobremesa, pero el mismo Timoneda las distinguió perfectamente en la Epístola al benigno lector que va al principio de la edición de 1564 de El Buen Aviso: «En dias pasados imprimí primera y segunda parte del Sobremesa y alivio de caminantes, y como este tratado haya sido muy acepto á muchos amigos y señores mios, me convencieron que imprimiese el libro presente llamado Buen aviso y Porta cuentos, á donde van encerrados y puestos extraños y muy facetos dichos». Parece, sin embargo, que ambas colecciones fueron refundidas en una sola (Recreación y pasatiempo de caminantes), de la cual tuvo el mismo Salvá un ejemplar sin principio ni fin, y por tanto sin señas de impresión. La segunda y tercera parte de este librillo comprendían las anécdotas del Buen Aviso, con numerosas variantes y muchas supresiones[98].
Timoneda, cuyo nombre va unido á todos los géneros de nuestra literatura popular ó popularizada, á los romances, al teatro sagrado y profano, á la poesía lírica en hojas volantes, no se contentó con ensayar el cuento en la forma infantil y ruda del Sobremesa y del Buen Aviso. Á mayores alturas quiso elevarse en su famoso Patrañuelo (¿1566?), formando la primera colección española de novelas escritas á imitación de las de Italia, tomando de ellas el argumento y los principales pormenores, pero volviendo á contarlas en una prosa familiar, sencilla, animada y no desagradable. En lo que no hizo bien fue en darse por autor original de historias que ciertamente no había inventado, diciendo en la Epístola al amantísimo lector: «No te des á entender que lo que en el presente libro se contiene sea todo verdad, que lo más es fingido y compuesto de nuestro poco saber y bajo entendimiento; y por más aviso, el nombre dél te manifiesta clara y distintamente lo que puede ser; porque Patrañuelo se deriva de patraña, y patraña no es otra cosa sino una fingida traza tan lindamente amplificada y compuesta que paresce que trae alguna apariencia de verdad».
Infiérese del mismo prólogo qué todavía el nombre de novelas no había prevalecido en España, á pesar del ejemplo del traductor de Boccaccio y algún otro rarísimo: «Y así, semejantes marañas las intitula mi lengua natural valenciana Rondalles, y la toscana Novelas, que quiere decir: Tú, trabajador, pues no velas, yo te desvelaré con algunos graciosos y asesados cuentos, con tal que los sepas contar como aquí van relatados, para que no pierdan aquel asiento y lustre y gracia con que fueron compuestos»[99].
No pasan de veintidós las patrañas de Timoneda, y á excepción de una sola, que puede ser original[100] y vale muy poco, todas tienen fuente conocida, que descubrió antes que nadie Liebrecht en sus adiciones á la traducción alemana de la History of fiction de Dunlop[101]. Estas fuentes son tan varias, que recorriendo una por una las patrañas puede hacerse en tan corto espacio un curso completo de novelística.
El padre de la historia entre los griegos, padre también de la narración novelesca en prosa, por tantas y tan encantadoras leyendas como recogió en sus libros, pudo suministrar á la patraña diez y seis el relato de la fabulosa infancia de Ciro (Clio, 107-123). Pero es seguro que Timoneda no le tomó de Herodoto, sino de Justino, que trae la misma narración, aunque abreviada y con variantes, en el libro I de su epítome de Trogo Pompeyo, traducido al castellano en 1540 por Jorge de Bustamante. Algún detalle, que no está en Herodoto y sí en aquel compendiador[102], y la falta de muchos otros que se leen en el historiador griego, pero no en Justino, prueban con toda evidencia esta derivación. Por el contrario, Lope de Vega, en su notable comedia Contra valor no hay desdicha, tomó la historia de Herodoto por base principal de su poema, sin excluir alguna circunstancia sacada de Justino[103].
Del gran repertorio del siglo XIV, Gesta Romanorum, cuyo rastro se encuentra en todas las literaturas de Europa, proceden mediata ó inmediatamente las patrañas 5.ª y 11.ª, que corresponden á los capítulos 81 y 153 del Gesta. Trátase en el primero cierta repugnante y fabulosa historia del nacimiento é infancia del Papa San Gregorio Magno, á quien se suponía hijo incestuoso de dos hermanos[104], arrojado al mar, donde le encontró un pescador, y criado y adoctrinado por un abad. Esta bárbara leyenda, que, como otras muchas de su clase, tenía el sano propósito de mostrar patente la misericordia divina, aun con los más desaforados pecadores (puesto que Gregorio viene á ser providencial instrumento de la salvación de su madre), parece ser de origen alemán: á lo menos un poeta de aquella nación, Hartmann von der Aue, que vivía en el siglo XIII, fue el primero que la consignó por escrito en un poema de 3.752 versos, que sirvió de base á un libro de cordel muy difundido en los países teutónicos, San Gregorio sobre la piedra. Los antiguos poemas ingleses Sir Degore y Sir Eglamour of Artois tienen análogo argumento y en ellos fundó Horacio Walpole su tragedia The mysterious mother. En francés existe una antigua vida de San Gregorio en verso, publicada por Lazarche (Tours, 1857), que repite la misma fábula[105]; y no debía de ser ignorada en España, puesto que encontramos una reminiscencia de ella al principio de la leyenda del abad Juan de Montemayor, que ha llegado hasta nuestros días en la forma de libro de cordel[106]. Para suavizar el cuento de San Gregorio, que ya comenzaba á ser intolerable en el siglo XVI, borró Timoneda en el protagonista la aureola de santidad y la dignidad de Papa, dejándole reducido á un Gregorio cualquiera.
La Patraña oncena, que es la más larga de todas y quizá la mejor escrita, contiene la novela de Apolonio de Tiro en redacción análoga á la del Gesta, pero acaso independiente de este libro[107]. Son tantos y tan varios los que contienen aquella famosa historia bizantina de aventuras y naufragios, cuyo original griego se ha perdido, pero del cual resta una traducción latina muy difundida en los tiempos medios, que no es fácil atinar con la fuente directa de Timoneda. La suponemos italiana, puesto que de Italia proceden casi todos sus cuentos. De fijo no tenía la menor noticia del Libre d'Apollonio, una de las más antiguas muestras de nuestra poesía narrativa en el género erudito del mester de clerecía. Las semejanzas que pueden encontrarse nacen de la comunidad del argumento, y no de la lectura del vetusto poema, que yacía tan olvidado como todos los de su clase en un solitario códice, no desenterrado hasta el siglo XIX[108]. No puede negarse que el primitivo y rudo poeta castellano entendió mejor que Timoneda el verdadero carácter de aquel libro de caballerías del mundo clásico decadente, en que no es el esfuerzo bélico, sino el ingenio, la prudencia y la retórica las cualidades que principalmente dominan en sus héroes, menos emprendedores y hazañosos que pacientes, discretos y sufridos. En la escena capital del reconocimiento de Apolonio y su hija llega á una poesía de sentimiento que no alcanza jamás el compilador del Patrañuelo; y el tipo de la hija de Apolonio, transformada en la juglaresa Tarsiana, tiene más vida y más colorido español que la Politania de Timoneda. Prescindiendo de esta comparación (que no toda resultaría en ventaja del poeta más antiguo), la novela del librero valenciano es muy agradable, con mejor plan y traza que las otras suyas, con un grado de elaboración artística superior. Para amenizarla intercala varias poesías, un soneto y una octava al modo italiano, una canción octosilábica y un romance, en que la truhanilla, para darse á conocer á su padre Apolonio, hace el resumen de su triste historia:
En tierra fuí engendrada,—de dentro la mar nascida,
Y en mi triste nacimiento—mi madre fué fallescida.
Echáronla en la mar—en un ataud metida,
Con ricas ropas, corona,—como reina esclarecida...
Versos que recuerdan otros de Jorge de Montemayor (Diana, libro V), imitados á su vez de Bernaldim Ribeiro:
Cuando yo triste nací,—luego nací desdichada,
Luego los hados mostraron—mi suerte desventurada.
El sol escondió sus rayos,—la luna quedó eclipsada,
Murió mi madre en pariendo,—moza, hermosa y mal lograda...
Nada hay que añadir á lo que con minuciosa y sagaz crítica expone miss Bourland[109] sobre las tres patrañas imitadas de tres novelas de Boccaccio. En la historia de Griselda, que es la patraña 2.ª, prefiere Timoneda, como casi todos los imitadores, la refundición latina del Petrarca, traduciéndola á veces á la letra, pero introduciendo algunas modificaciones para hacer menos brutal la conducta del protagonista. La patraña 15.ª corresponde, aunque con variantes caprichosas, á la novela 9.ª de la segunda jornada del Decameron, célebre por haber servido de base al Cymbelino de Shakespeare. Timoneda dice al acabar su relato: «Deste cuento pasado hay hecha comedia, que se llama Eufemia». Si se refiere á la comedia de Lope de Rueda (y no conocemos ninguna otra con el mismo título), la indicación no es enteramente exacta, porque la comedia y la novela sólo tienen de común la estratagema usada por el calumniador para ganar la apuesta, fingiendo haber logrado los favores de la inocente mujer de su amigo.
Timoneda había recorrido en toda su extensión la varia y rica galería de los novellieri italianos, comenzando por los más antiguos. Ya dijimos que no conocía á Franco Sacchetti, pero puso á contribución á otro cuentista de la segunda mitad del siglo XIV, Ser Giovanni Florentino. Las dos últimas patrañas de la colección valenciana corresponden á la novela 2.ª de la jornada 23 y á la 1.ª de la jornada 10 del Pecorone[110]. Ni una ni otra eran tampoco originales del autor italiano, si es que existe verdadera originalidad en esta clase de libros. El primero de esos cuentos reproduce el antiquísimo tema folklórico de la madrastra que requiere de amores á su entenado y viendo rechazada su incestuosa pasión le calumnia y procura envenenarle[111]. La patraña 21 tiene por fuente remotísima la narración poética francesa Florence de Rome, que ya á fines del siglo XIV ó principios del XV había recibido vestidura castellana en el Cuento muy fermoso del emperador Ottas et de la infanta Florencia su hija et del buen caballero Esmere[112]. Pero la fuente inmediata para Timoneda no fue otra que el Pecorone, alterando los nombres, según su costumbre[113].
Dos novellieri del siglo XV, ambos extraordinariamente licenciosos, Masuccio Salernitano y Sabadino degli Arienti, suministran á la compilación que vamos examinando dos anécdotas insignificantes, pero que á lo menos están limpias de aquel defecto[114].
No puede decirse lo mismo de la patraña octava, que es el escandalosísimo episodio de Jocondo y el rey Astolfo (tan semejante al cuento proemial de Las Mil y Una Noches) que Timoneda tomó del canto 28 del Orlando Furioso, sin mitigar en nada la crudeza con que lo había presentado el Ariosto.
Mateo Bandello, el mayor de los novelistas de la península itálica después de Boccaccio, no podía quedar olvidado en el ameno mosaico que iba labrando con piedrecillas italianas nuestro ingenioso mercader de libros. Dos patrañas tienen su origen en la vasta colección del obispo de Agen. En la 19 encontramos una imitación libre y muy abreviada de la novela 22 de la Primera Parte[115] (Amores de Felicia, Lionata y Timbreo de Cardona), sugerida en parte por el episodio de Ariodante y Ginebra, en el canto V del Orlando Furioso, como éste lo fué por un episodio análogo de Tirante el Blanco[116]. Á su vez la novela de Bandello es fuente común de otra de Giraldi Cintillo, del cuento de Timoneda y de la comedia de Shakespeare Much ado about nothing[117].
No tiene menos curiosidad para la historia de la poesía romántica la Patraña sétima. «De este cuento pasado hay hecha comedia, llamada de la Duquesa de la Rosa». Esta comedia existe y es la más notable de las tres que nos quedan del famoso representante Alonso de la Vega. Pero ni la novela está tomada de la comedia ni la comedia de la novela. Alonso de la Vega y Juan de Timoneda tuvieron un mismo modelo, que es la novela 44, parte 2.ª de las de Bandello, titulada Amore di Don Giovanni di Mendoza e della Duchessa di Savoja, con varii e mirabili accidenti che v' intervengono. Bandello pone esta narración en boca de su amigo el noble milanés Filipo Baldo, que decía habérsela oído á un caballero español cuando anduvo por estos reinos[118], y en efecto, tiene semejanza con otras leyendas caballerescas españolas de origen ó aclimatadas muy de antiguo en nuestra literatura[119]. El relato de Bandello es muy largo y recargado de peripecias, las cuales en parte suprimen y en parte abrevian sus imitadores. Uno y otro cambian el nombre de Don Juan de Mendoza, acaso porque no les pareció conveniente hacer intervenir un apellido español de los más históricos en un asunto de pura invención. Timoneda le llamó el Conde de Astre y Alonso de la Vega el infante Dulcelirio de Castilla. Para borrar todas las huellas históricas, llamaron entrambos duquesa de la Rosa á la de Saboya. Uno y otro convienen en suponerla hija del rey de Dinamarca, y no hermana del rey de Inglaterra, como en Bandello. De los nombres de la novela de éste Timoneda conservó únicamente el de Apiano y Alonso de la Vega ninguno.
Timoneda hizo un pobrísimo extracto de la rica novela de Bandello: omitiendo el viaje de la hermana de Don Juan de Mendoza á Italia, la fingida enfermedad de la duquesa y la intervención del médico, dejó casi sin explicación el viaje á Santiago; suprimió en el desenlace el reconocimiento por medio del anillo y en cuatro líneas secas despachó el incidente tan dramático de la confesión. En cambio, añade de su cosecha una impertinente carta de los embajadores de la duquesa de la Rosa al rey de Dinamarca.
Alonso de la Vega, que dió en esta obra pruebas de verdadero talento, dispuso la acción mucho mejor que Timoneda y que el mismo Bandello[120]. No cae en el absurdo, apenas tolerable en los cuentos orientales, de hacer que la duquesa se enamore locamente de un caballero á quien no había visto en la vida y sólo conocía por fama, y emprenda la más desatinada peregrinación para buscarle. Su pasión no es ni una insensata veleidad romántica, como en Timoneda, ni un brutal capricho fisiológico, como en Bandello, que la hace adúltera de intención, estropeando el tipo con su habitual cinismo. Es el casto recuerdo de un inocente amor juvenil que no empaña la intachable pureza de la esposa fiel á sus deberes. Si emprende el viaje á Santiago es para implorar del Apóstol la curación de sus dolencias. Su romería es un acto de piedad, el cumplimiento de un voto; no es una farsa torpe y liviana como en Bandello, preparada de concierto con el médico, valiéndose de sacrílegas supercherías. Cuando la heroína de Alonso de la Vega encuentra en Burgos al infante Dulcelirio, ni él ni ella se dan á conocer; sus almas se comunican en silencio cuando el infante deja caer en la copa que ofrece á la duquesa el anillo que había recibido de ella al despedirse de la corte de su padre en días ya lejanos. La nobleza, la elevación moral de esta escena, honra mucho á quien fué capaz de concebirla en la infancia del arte.
Como Timoneda y Alonso de la Vega, aunque con méritos desiguales, coinciden en varias alteraciones del relato de Bandello, hay lugar para la suposición, apuntada recientemente por D. Ramón Menéndez Pidal[121], de un texto intermedio entre Bandello y los dos autores españoles.
Otras dos patrañas, la 1.ª y la 13.ª, reproducen también argumentos de comedias, según expresa declaración del autor; pero estas comedias, una de las cuales existe todavía, eran seguramente de origen novelesco é italiano. De la Feliciana no queda más noticia que la que da Timoneda. La Tolomea es la primera de las tres que se conocen de Alonso de la Vega, y sin duda una de las farsas más groseras y desatinadas que en tiempo alguno se han visto sobre las tablas. Su autor se dió toda la maña posible para estropear un cuento que ya en su origen era vulgar y repugnante. No pudo sacarle del Patrañuelo, obra impresa después de su muerte y donde está citada su comedia, de la cual se toman literalmente varias frases. Hay que suponer, por tanto, un modelo italiano, que no ha sido descubierto hasta ahora. Los dos resortes principales de la comedia, el trueque de niños en la cuna y el incesto de hermanos (no lo eran realmente Argentina y Tolomeo, pero por tales se tenían), pertenece al fondo común de los cuentos populares[122].
La patraña cuarta, aunque de antiquísimo origen oriental, fué localizada en Roma por la fantasía de la Edad Media y forma parte de la arqueología fabulosa de aquella ciudad. «Para entendimiento de la presente patraña es de saber que hay en Roma, dentro de los muros della, al pie del monte Aventino, una piedra á modo de molino grande que en medio della tiene una cara casi la media de león y la media de hombre, con una boca abierta, la cual hoy en dia se llama la piedra de la verdad... la cual tenía tal propiedad, que los que iban á jurar para hacer alguna salva ó satisfacción de lo que les inculpaban, metían la mano en la boca, y si no decían verdad de lo que les era interrogado, el ídolo ó piedra cerraba la boca y les apretaba la mano de tal manera, que era imposible poderla sacar hasta que confesaban el delito en que habían caido; y si no tenían culpa, ninguna fuerza les hacía la piedra, y ansí eran salvos y sueltos del crimen que les era impuesto, y con gran triunfo les volvían su fama y libertad».
Esta piedra, que parece haber sido un mascarón de fuente, se ve todavía en el pórtico de la iglesia de Santa María in Cosmedino y conserva el nombre de Bocca della Verità, que se da también á la plaza contigua. Ya en los Mirabilia urbis Romae, primer texto que la menciona, está considerada como la boca de un oráculo. Pero la fantasía avanzó más, haciendo entrar esta antigualla en el ciclo de las leyendas virgilianas. El poeta Virgilio, tenido entonces por encantador y mago, había labrado aquella efigie con el principal objeto de probar la lealtad conyugal y apretar los dedos á las adúlteras que osasen prestar falso juramento. Una de ellas logró esquivar la prueba, haciendo que su oculto amante se fingiese loco y la abrazase en el camino, con lo cual pudo jurar sobre seguro que sólo su marido y aquel loco la habían tenido en los brazos; Virgilio, que lleno de malicia contra el sexo femenino había imaginado aquel artificio mágico para descubrir sus astucias, tuvo que confesar que las mujeres sabían más que él y podían dar lecciones á todos los nigromantes juntos.
Este cuento, como casi todos los que tratan de «engaños de mujeres», fue primitivamente indio; se encuentra en el Çukasaptati ó libro del Papagayo y en una colección tibetana ó mongólica citada por Benfey. El mundo clásico conoció también una anécdota muy semejante, pero sin intervención del elemento amoroso, que es común al relato oriental y á la leyenda virgiliana. Comparetti, que ilustra doctamente esta leyenda en su obra acerca de Virgilio en la Edad Media, cita á este propósito un texto de Macrobio (Sat. I, 6, 30). La atribución á Virgilio se encuentra por primera vez, según el mismo filólogo, en una poesía alemana anónima del siglo XIV; pero hay muchos textos posteriores, en que para nada suena el nombre del poeta latino[123]. Uno de ellos es el cuento de Timoneda, cuyo original verdadero no ha sido determinado hasta ahora, ya que no puede serlo ninguna de las dos novelas italianas que Liebrecht apuntó. La fábula 2.ª de la cuarta Noche de Straparola[124] no pasa en Roma, sino en Atenas, y carece de todos los detalles arqueológicos relativos á la Bocca della Verità, los cuales Timoneda conservó escrupulosamente. Además, y esto prueba la independencia de las dos versiones, no hay en la de Straparola rastro de dos circunstancias capitales en la de Timoneda: la intervención del nigromante Paludio y la herida en un pie que finge la mujer adúltera para que venga su amante á sostenerla, no en traza y ademán de loco, sino en hábito de villano. De la novela 98 de Celio Malespini no hay que hacer cuenta, puesto que la primera edición que se cita de las Ducento Novelle de este autor es de 1609, y por tanto muy posterior al Patrañuelo[125].
Tampoco creo que la patraña 17 venga en línea recta de la 68 de las Cento Novelle Antiche, porque esta novela es una de las diez y ocho que aparecieron por primera vez en la edición de 1572, dirigida por Vincenzo Borghini[126], seis años después de haber sido aprobado para la impresión el librillo de Timoneda. Más verosímil es que éste la tomase del capítulo final (283) del Gesta Romanorum[127]. Pero son tan numerosos los libros profanos y devotos que contienen la ejemplar historia del calumniador que ardió en el horno encendido para el inocente, que es casi superflua esta averiguación, y todavía lo sería más insistir en una leyenda tan famosa y universalmente divulgada, que se remonta al Somadeva y á los cuentos de Los Siete Visires (sin contar otras versiones en árabe, en bengalí y en turco), que tiene en la Edad Media tantos paradigmas, desde el fabliau francés del rey que quiso hacer quemar al hijo de su senescal, hasta nuestra leyenda del paje de Santa Isabel de Portugal, cantada ya por Alfonso el Sabio[128], y que, después de pasar por infinitas transformaciones, todavía prestó argumento á Schiller para su bella balada Fridolin, imitada de una novela de Restif de la Bretonne.
Lo que sí advertiremos es que el cuento de Timoneda, lo mismo que la versión catalana del siglo XV, servilmente traducida del fabliau francés[129], pertenecen á la primitiva forma de la leyenda oriental; que es también la más grosera y menos poética, en que el acusado no lo es de adulterio, como en las posteriores, sino de haber dicho que el rey tenía lepra ó mal aliento[130].
La patraña catorcena es el cuento generalmente conocido en la literatura folklórica con el título de El Rey Juan y el Abad de Cantorbey. No creo, por la razón cronológica ya expuesta, que Timoneda le tomase de la novela 4.ª de Sacchetti[131], que es mucho más complicada por cierto, ni tampoco del canto 8.º del Orlandino de Teófilo Folengo, donde hay un episodio semejante. Este cuento vive en la tradición oral, y de ella hubo de sacarle inmediatamente Timoneda, por lo cual tiene más gracia y frescura y al mismo tiempo más precisión esquemática que otros suyos, zurcidos laboriosamente con imitaciones literarias. Todos hemos oído este cuento en la infancia y en nuestros días le ha vuelto á escribir Trueba con el título de La Gramática parda[132]. En Cataluña la solución de las tres preguntas se atribuye al Rector de Vallfogona, que carga allí con la paternidad de todos los chistes, como Quevedo en Castilla. Quiero transcribir la versión de Timoneda, no sólo por ser la más antigua de las publicadas en España y quizá la más fiel al dato tradicional, sino para dar una muestra de su estilo como cuentista, más sabroso que limado.
«Queriendo cierto rey quitar el abadía á un muy honrado abad y darla á otro por ciertos revolvedores, llamóle y díxole: «Reverendo padre, porque soy informado que no sois tan docto cual conviene y el estado vuestro requiere, por pacificación de mi reino y descargo de mi consciencia, os quiero preguntar tres preguntas, las cuales, si por vos me son declaradas, hareis dos cosas: la una que queden mentirosas las personas que tal os han levantado; la otra que os confirmaré para toda vuestra vida el abadía, y si no, habréis de perdonar». Á lo cual respondió el abad: «Diga vuestra alteza, que yo haré toda mi posibilidad de habellas de declarar». «Pues sus, dijo el rey. La primera que quiero que me declareis es que me digais yo cuánto valgo; y la segunda, que adonde está el medio del mundo, y la tercera, qué es lo que yo pienso. Y porque no penseis que os quiero apremiar que me las declareis de improviso, andad, que un mes os doy de tiempo para pensar en ello».
«Vuelto el abad á su monesterio, por más que miró sus libros y diversos autores, por jamás halló para las tres preguntas respuesta ninguna que suficiente fuese. Con esta imaginación, como fuese por el monesterio argumentando entre sí mismo muy elevado, díjole un dia su cocinero: «¿Qué es lo que tiene su paternidad»? Celándoselo el abad, tomó á replicar el cocinero diciendo: «No dexe de decírmelo, señor, porque á veces debajo de ruin capa yace buen bebedor, y las piedras chicas suelen mover las grandes carretas». Tanto se lo importunó, que se lo hubo de decir. Dicho, dixo el cocinero: «Vuestra paternidad haga una cosa, y es que me preste sus ropas, y raparéme esta barba, y como le parezco algun tanto y vaya de par de noche en la presencia del rey, no se dará á cato del engaño; así que teniéndome por su paternidad, yo le prometo de sacarle deste trabajo, á fe de quien soy».
«Concediéndoselo el abad, vistió el cocinero de sus ropas, y con su criado detrás, con toda aquella cerimonia que convenía, vino en presencia del rey. El rey, como le vido, hízole sentar cabe de sí diciendo: «Pues ¿qué hay de nuevo, abad?» Respondió el cocinero: «Vengo delante de vuestra alteza para satisfacer por mi honra». «¿Así? dijo el rey: veamos qué respuesta traéis á mis tres preguntas». Respondió el cocinero: «Primeramente á lo que me preguntó vuestra alteza que cuánto valía, digo que vale veinte y nueve dineros, porque Cristo valió treinta. Lo segundo, que donde está el medio mundo, es a do tiene su alteza los piés; la causa que como sea redondo como bola, adonde pusieren el pié es el medio dél; y esto no se me puede negar. Lo tercero que dice vuestra alteza, que diga qué es lo que piensa, es que cree hablar con el abad, y está hablando con su cocinero». Admirado el rey desto, dixo: «Qué, ¿éso pasa en verdad»? Respondió: «Sí, señor, que soy su cocinero, que para semejantes preguntas era yo suficiente, y no mi señor el abad». Viendo el rey la osadía y viveza del cocinero, no sólo le confirmó la abadía para todos los dias de su vida, pero hízole infinitas mercedes al cocinero».
Sobre el argumento de la patraña 12.ª versa una de las piezas que Timoneda publicó en su rarísima Turiana: Paso de dos ciegos y un mozo muy gracioso para la noche de Navidad[133]. Timoneda fué editor de estas obras, pero no consta con certeza que todas salieran de su pluma. De cualquier modo, el Paso estaba escrito en 1563, antes que el cuentecillo de El Patrañuelo, al cual aventaja mucho en desenfado y chiste. Con ser tan breves el paso y la patraña, todavía es verosímil que procedan de alguna floresta cómica anterior[134].
Aunque Timoneda no sea precursor inmediato de Cervantes, puesto que entre el Patrañuelo y las Novelas Ejemplares se encuentran, por lo menos, cuatro colecciones de alguna importancia, todas, excepto la portuguesa de Troncoso, pertenecen á los primeros años del siglo XVII, por lo cual, antes de tratar de ellas, debo decir dos palabras de los libros de anécdotas y chistes, análogos al Sobremesa, que escasean menos, si bien no todos llegaron á imprimirse y algunos han perecido sin dejar rastro.
Tal acontece con dos libros de cuentos varios que D. Tomás Tamayo de Vargas cita en su Junta de libros la mayor que España ha visto en su lengua, de donde pasó la noticia á Nicolás Antonio. Fueron sus autores dos clarísimos ingenios toledanos: Alonso de Villegas y Sebastián de Horozco, aventajado el primero en géneros tan distintos como la prosa picaresca de la Comedia Selvagia y la narración hagiográfica del Flos Sanctorum; poeta el segundo de festivo y picante humor en sus versos de burlas, incipiente dramaturgo en representaciones, entremeses y coloquios que tienen más de profano que de sagrado; narrador fácil y ameno de sucesos de su tiempo; colector incansable de memorias históricas y de proverbios; ingenioso moralista con puntas de satírico en sus glosas. Las particulares condiciones de estos autores, dotados uno y otro de la facultad narrativa en grado no vulgar, hace muy sensible la pérdida de sus cuentos, irreparable quizá para Alonso de Villegas, que entregado á graves y religiosos pensamientos en su edad madura, probablemente haría desaparecer estos livianos ensayos de su mocedad, así como pretendió con ahinco, aunque sin fruto, destruir todos los ejemplares de su Selvagia, comedia del género do las Celestinas[135]. Pero no pueden presumirse tales escrúpulos en Sebastián de Horozco, que en su Cancionero tantas veces traspasa la raya del decoro, y que toda su vida cultivó asiduamente la literatura profana. Conservemos la esperanza de que algún día desentierre cualquier afortunado investigador su Libro de cuentos; del modo que han ido apareciendo sus copiosas relaciones históricas, su Recopilación de refranes y adagios comunes y vulgares de España, que no en vano llamó «la mayor y más copiosa que hasta ahora se ha hecho», puesto que, aun incompleta como está, comprende más de ocho mil; y su Teatro universal de proverbios, glosados en verso, donde se encuentran incidentalmente algunos «cuentos graciosos y fábulas moralizadas», siguiendo el camino abierto por Juan de Mal Lara, pero con la novedad de la forma métrica[136].
En su entretenido libro Sales Españolas ha recopilado el docto bibliotecario D. Antonio Paz y Melia, á quien tantos obsequios del mismo género deben nuestras letras, varias pequeñas colecciones de cuentos, inéditas hasta el presente. Una de las más antiguas es la que lleva el título latino de Liber facetiarum et similitudinum Ludovici di Pinedo et amicorum, aunque esté en castellano todo el contexto[137]. Las facecias de Pinedo, como las de Poggio, parecen, en efecto, compuestas, no por una sola persona, sino por una tertulia ó reunión de amigos de buen humor, comensales acaso de D. Diego de Mendoza ó formados en su escuela, según conjetura el editor, citando palabras textuales de una carta de aquel grande hombre, que han pasado á uno de los cuentos[138].
De todos modos, la colección debió de ser formada en los primeros años del reinado de Felipe II, pues no alude á ningún suceso posterior á aquella fecha. El recopilador era, al parecer, castellano viejo ó había hecho, á lo menos, larga residencia en tierra de Campos, porque se muestra particularmente enterado de aquella comarca. El Libro chistes es anterior sin disputa al Sobremesa de Timoneda y tiene la ventaja de no contener más que anécdotas españolas, salvo un pequeño apólogo de la Verdad y unos problemas de aritmética recreativa. Y estas anécdotas se refieren casi siempre á los personajes más famosos del tiempo de los Reyes Católicos y del Emperador, lo cual da verdadero interés histórico á esta floresta. No creo que Melchor de Santa Cruz la aprovechase, porque tienen muy pocos cuentos comunes, y aun éstos referidos con muy diversas palabras. Pero los personajes de uno y otro cuentista suelen ser los mismos, sin duda porque dejaron en Castilla tradicional reputación de sentenciosos y agudos, de burlones ó de extravagantes: el médico Villalobos, el duque de Nájera, el Almirante de Castilla, el poeta Garci Sánchez de Badajoz, que por una amorosa pasión adoleció del seso. Por ser breves, citaré, sin particular elección, algunos de estos cuentecillos, para dar idea de los restantes.
Sobre el saladísimo médico Villalobos hay varios, y en casi todos se alude á su condición de judío converso, que él mismo convertía en materia de chistes, como es de ver á cada momento en sus cartas á los más encopetados personajes, á quienes trataba con tan cruda familiaridad. Los dichos que se le atribuyen están conformes con el humor libre y desgarrado de sus escritos.
«El Dr. Villalobos tenía un acemilero mozo y vano, porque decía ser de la Montaña y hidalgo. El dicho Doctor, por probarle, le dijo un día: «Ven acá, hulano; yo te querría casar con una hija mía, si tú lo tovieses por bien». El acemilero respondió: «En verdad, señor, que yo lo hiciese por haceros placer; mas ¿con qué cara tengo de volver á mi tierra sabiendo mis parientes que soy casado con vuestra hija?» Villalobos le respondió: «Por cierto tú haces bien, como hombre que tiene sangre en el ojo; mas yo te certifico que no entiendo ésta tu honra, ni aun la mía».
«Dijo el Duque de Alba D. Fadrique al doctor Villalobos: «Parésceme, señor doctor, que sois muy gran albeitar». Respondió el doctor: «Tiene V. S.ª razón, pues curo á un tan gran asno».
«El doctor Villalobos, estando la corte en Toledo, entró en una iglesia á oir misa y púsose á rezar en un altar de la Quinta Angustia, y á la sazon que él estaba rezando, pasó por junto á él una señora de Toledo que se llama Doña Ana de Castilla, y como le vió, comienza á decir: «Quitadme de cabo este judío que mató á mi marido», porque le había curado en una enfermedad de la que murió. Un mozo llegóse al Doctor Villalobos muy de prisa, y díjole: «Señor, por amor de Dios, que vays que está mi padre muy malo, á verle». Respondió el doctor Villalobos: «Hermano, ¿vos no veis aquella que va allí vituperándome y llamándome judío porque maté á su marido?» Y señalando al altar: «Y ésta que está aquí llorando y cabizbaja porque dice que le maté su hijo, ¿y queréis vos que vaya ahora á matar á vuestro padre?».
El Duque de Nájera, á quien se refiere la curiosa anécdota que voy á transcribir, no es el primero y más famoso de su título, D. Pedro Manrique de Lara, á quien por excelencia llamaron el Fuerte, sino un nieto suyo que heredó el ingenio más bien que la fortaleza caballeresca de su terrible abuelo. La anécdota es curiosa para la historia literaria, porque prueba el temor que infundía en su tiempo la pluma maldiciente y venal de Pedro Aretino.
«El Duque de Nájera y el Conde de Benavente tienen estrecha amistad entre sí, y el Conde do Benavente, aunque no es hombre sabio ni leído, ha dado, sólo por curiosidad, en hacer librería, y no ha oído decir de libro nuevo cuando lo marca y le pone en su librería. El Duque de Nájera, por hacerle una burla, estando con él en Benavente, acordó de hacerla desta manera: que hace una carta fingida con una memoria de libros nunca oídos ni vistos ni que se verán, los cuales enviaba Pedro Aretino, italiano residente en Venecia, el cual, por ser tan mordaz y satírico, tiene salario del Pontífice, Emperador, Rey de Francia y otros Príncipes y grandes, y en llegando al tiempo de la paga, si no viene luego, hace una sátira ó comedia ó otra obra que sepa á esto contra el tal.
«Esta carta y memoria de libros venía por mano de un mercader de Burgos, en la cual carta decía que en recompensa de tan buena obra como á Su Señoría había hecho Pedro Aretino, que sería bien enviarle algun presente, pues ya sabía quién era y cuán maldiciente. La carta se dió al Conde y la memoria, y como la leyese y no entendiese la facultad de los libros, ni aun el autor, mostróla al Duque como á hombre más leído y visto, el cual comienza á ensalzar la excelencia de las obras, y que luego ponga por obra de gratificar tan buen beneficio á Pedro Aretino, que es muy justo. El Conde le preguntó que qué le parescia se le debía enviar. El Duque respondió que cosa de camisas ricas, lençuelos, toallas, guantes aderezados y cosas de conserva y otras cosas de este jaez. En fin, el Duque señalaba lo que más á su propósito hacía, como quien se había de aprovechar de ello más que Pedro Aretino. El Conde puso luego por la obra el hacer del presente, que tardaron más de un mes la Condesa y sus damas y monasterios y otras partes, y hecho todo, enviólo á hacer saber al Duque, y dase órden que se lleve á Burgos, para que desde allí se encamine á Barcelona y á Venecia, y trayan los libros de la memoria; la cual órden dió después mejor el Duque, que lo hizo encaminar á su casa y recámara. Y andando el tiempo, vínolo á saber el Conde, y estuvo el más congoxado y desabrido del mundo con la burla del Duque, esperando sazón para hacerle otra para satisfaccion de la recibida».