NOTAS:

[670] En el texto original se numera XII indebidamente.

[671] En el original léese este vocablo, trastrocadas sus letras, así: mçaanas.


ARGUMENTO DE LA SCENA XIIII

Fulminato sale de hablar a Floriano con la carta, y va en casa de Marcelia luego de mañana. Marcelia asconde al despensero en la camara; apaziguanlo al fin madre y hija. Fulminato da la carta a Marcelia, en que pone ella ciertos poluos.

Fulminato, Marcelia, Despensero, Liberia.

[Ful.]—O, reniego de ti, Mahoma, con hombre tan sin cabo como Floriano; por más tengo verme ya libre de sus importunidades que el salir anoche de en casa de Marcelia. Por donoso concierto de casa es este si va adelante, que ya es amanescido y aun no he podido coger sueño. Bien dicen que vn loco haze ciento, y vn desconcertado regidor desconcierta vn pueblo. Yo no he dormido, pero passé cochura por hermosura; oy tomemos la medra por sueño, que al contrario cada rato passa el poder dormir y el mal medrar. En la ropa voy hecho vn cardenal, ceuo de bouillas, y en la bolsa voy vn papa, pues lleua oro, qual es muy raro en mi posada.

Por la sancta Letanía que si agora yo fuesse a lleuar la carta a Belisea, que presto recaudasse la dama para mí, y los cuernos para mi amo, y aun que no me curasse de mucho dezir, porque me entendiesse, y aun porque se contentasse; sino llegando y pegando, y a Dio madona. Pero tornando en lo que me podria costar la ropeta, descreo del que a Dios desama si no temo que esto, barato dado, me salga caro llorado. Porque yo quedo obligado a ser alcahuete de mi amo, porque este es nombre que tiene el tal officio que yo lleuo. Y aun quiera Dios que este bermejo no annuncie algun derramamiento de sangre de Fulminato. Pues si muero por esto, ni me enterrarán con ello, ni aun por ello me diran más missas que en Cordoua, porque diran que no es mio, para venderlo y gastarlo por mí; y aun oxala que me digan Dios le perdone, que buen seruicial era. Pero a mí quién me mata? que agora bueno va el dos vale con dos doblones con bolsa, que no son ya buenos de auer, que paresce que ellos y los virgos han aborrescido ya el reyno. Agora que yo ando bien y estoy pagado, mirar por mi persona, y con los negocios y mensajerias, a Marcelia; y como dizen: echese a doze y nunca se venda. Porque con lo poco que ella solicitare y lo mucho que yo mintiere, entrará en la fiesta de loco Floriano, pues ya está en la vigilia. Y con la locura y mi buen embaucar, vendra le la franqueza, y lo que a mí me cupiere mio y lo que a Marcelia, la primera y mejor parte de Fulminato. Y desta manera aurá medra; porque esperar al partido, ello es poco, y pagase mal y gastase bien; por manera que a la vejez, hospital. Con esto, pues ya es dia claro y podré yr seguro, doy comigo en casa de Marcelia, y vere si enterraron a Pinel, y qué se diga de mí. Y si viere la mia, dare vn tras pie a Marcelia y harán se las amistades; porque todos los enojos de la mujer aplaca el hombre en la cama. Y con tanto, salgo en nombre de Dios.

Mar.—O, quán en vn soplo se ha ydo la noche!

Desp.—No sé si ha sido soplo, que aun con no me auer vacado para soplar las manos un momento; y aun mal contenta la señora.

Mar.—Qué dizes?

Desp.—Que es tarde.

Mar.—Anda, que será el lunar.

Lib.—Valas me, Dios, y quán sin perro he dormido, aunque no sin pena, porque esta cama me auezó a querer compañia en la cama, y por tanto, nunca me cuadró mongia, porque a cada vno inclina Dios para lo que es. Pero, dexando esto, me voy [a] abrir la puerta de la calle, que a mi madre no la espero tan ayna. Y tambien, por el empacho de no les ver salir juntos de la camara, me baxo al portal, que quiça en tanto me deparará ventura alguna buena dicha.

Desp.—Señora, tarde es, y Belisea a de yr oy en romeria a Prado, y tengo de dar cobro para ella y sus mugeres, que no lleua hombre ninguno, y madrugarán, que querran yr disfraçadas; por tanto perdona para de más espacio.

Mar.—Holgara de yr con ella. Pero dizen me que la sirue vn cauallero.

Desp.—No me meto en essas cuentas; allá lo aya, que muger es, y no le faltará vn hombre; leuanto me.

Ful.—Bien me ha ydo, que ya estoy a la puerta, y aunque de mañana, está ya abierta. Estas mugeres en durmiendo solas luego madrugan; allá subo, que Liberia va por la escalera arriba.

Lib.—O, valga le el diablo de mañana; siempre vendra quien no cumpla. En pleyto veo la casa si Dios no remedia, y saldran las cosas de mi madre a plaça. Quiero hablar alto por auisar a mi madre, y que vea si le cale dormirse en pajas. Ay, valas me Dios, bien paresces ladron de casa, Fulminato, que ansi subes sin llamar.

Ful.—O, pesar de la vida; no sé de mí, y quieres que mire en essos puntos a tal tiempo? Y qué fue del galan, aun duerme?

Lib.—Y qué galan? no ay hombre en esta casa para dormir, despues que mi padre faltó de ella.

Ful.—Qué maestra está ya la muchacha! A la fe, hermana, quando tú nasciste ya yo sabía la Litanía; y piensa que adonde agora tú vas, yo ya vengo.

Lib.—Dexate de burlar con tus malicias y refranes viejos.

Ful.—A otro perro, hermana, que agora no tienen sazon las burlas.

Mar.—O, mezquina de mí, y si no está allí vn primo mio. Y cómo no quiere Dios que queden los males sin castigo, y el castigo en la honra es muerte.

Desp.—Y calla, señora, no llores; cómo se llama esse primo?

Mar.—Ay triste yo, que Fulminato.

Desp.—Oylda a la puta: es den cas del diablo el otro, y agora primo? y aun él tiene tal fama, que el diablo quiça me empasteló oy aquí.

Mar.—Qué dizes, señor?

Desp.—Que salgo a él a sacalle el alma.

Mar.—Ay deshonrada yo! no hagas tal; espera oyamos en qué para la muchacha.

Ful.—Ea, pues, dexame y respondeme.

Lib.—Y a qué te he de responder, pues no sé si preguntas; y calla, que duerme mi madre.

Ful.—Pues y el hermano?

Lib.—Miralde, y qué escarnio haze! a la fe luego en cenando le lleuaron unos parientes consigo, sin poderse descabullir de ellos.

Ful.—Y aun pese a tal con tal gente; pero voy á ver qué ay dentro. Y dexame, que me riesgas la ropa, sino aun atreuerse ha hombre a la parentela.

Lib.—Ay, Dios le guarde de mal! pues no yrás de aqui agora, aunque más gruñas y digas malicias.

Mar.—O, mezquina yo! escóndete, señor, tras essa puerta; y si entrare a abrir la ventana, saldras te y perdoname. E salgo allá, no se nos entre de rondon.

Desp.—Allá irás diablo; pero por Dios que aunque este diz que es vn matasiete, que Dios lo ha de remediar todo.

Mar.—O, qué buena venida tan de mañana! pero ay cómo me dexaste sola anoche? bien paresce que no amas en mí sino tu interes.

Ful.—Qué, qué? o, reniego de los Jebusces y quién sino yo tiene tu honra en pie?

Mar.—A la fe, gracias á Dios y a mi buen viuir; y si no veldo en lo de anoche, aun sin auer porqué, Dios loado.

Ful.—Aun será el diablo si sabe que huy; pero quiero hazer del brauo y atemorizalla, porque no se me atreua.

Mar.—Qué hablas entre dientes, que es género de traycion?

Ful.—O, reniego de quantos a Dios perdieron, y palabra es essa para dezir á Fulminato?

Mar.—Ya[672] mezquina, y qué fiero está; quiero halagalle, no salga el otro y tengamos que llorar. Ay, no le hableys, que ha de salir a los toros con su carmesi.

Ful.—Y aun allá verás en lo que hago; que si hombre fueras agora, no quedara tu palabra sin castigo de la vida.

Mar.—Y calla, mi amor, que me leuanto descontenta.

Ful.—Ya te entiendo; pesate porque fuy anoche tras aquellos y no torné; pues anda allá, direte el porqué.

Mar.—Ay, perdida yo, y torna acá; y qué buscas? no me abras la ventana. Anda tú, señor Despensero, salte de presto.

Desp.—Voyme, y bien burlado de ti, que si no por mi honra, oy nos oyeran los sordos; pero más dias ay que longanizas.

Mar.—Alla irás, necio.

Ful.—O, descreo de Mahoma, y quién botó fuera? y tal traycion, doña bagassa? pues espera, que yo te hare pieças al gayon.

Mar.—Ay, mezquina y deshonrada y sola; que ansi me has de parar en mi casa?

Ful.—Qué lágrimas de puta!

Lib.—Dónde vas la espada sacada, tan demudado? qual hará si te mordio aquel perrazo que va huyendo, que no me dexó gota de sangre; porque pensando que rabiaua me venia huyendo para ti.

Ful.—Sueltame.

Lib.—Mas, por mi vida, mordiote? y si mordio a mi madre? que yo no sé cómo durmiste, madre, sin sentirle; él paresciome al perro de mi tio, que era grande, que desque anoche hartó se echaria debaxo tu cama.

Mar.—A Dios gracias, que aclara las cosas y salua los sin culpa. Mezquina yo, que no vea este hombre lo que padezco por sustentar la honra, y que hago quiebra en mi casa por complazerle, y que me lo paga con malas palabras y peores injurias!

Lib.—Y calla ya, madre; entremos a ver si hizo el perrazo algun daño en tu camara.

Ful.—Aun aurá de ser perro, aunque me pese.

Mar.—Qué murmuras entre dientes? ya estás confuso de tus malicias.

Ful.—Que digo, que pues no me aprouecha lo que veo, que te he de lleuar por testigo a que aueriguemos el daño que hizo el perro.

Mar.—Ay, dexame, dexame; que no osaré yr con tal hombre.

Ful.—Aunque ya gruñas, tú vendrás a la melena, y con el llouer se aplacarán essos terremotos.

Lib.—Ansi, ansi con el diablo, que no paresce oy mi madre sino mortero de concejo: pero al muy auisado vendisele por perro; a la fe, auezesse a suffrirlos al ojo, y aun el otro triste qué aguijar lleua, y aun que vendia mal estoraque. Pero pues éstos están conjurando las nubes passadas, voy a hacer la cama del entresuelo, porque me da el coraçon que la aure oy menester.

Mar.—Paresce te, amor mio, que despues de auerme injuriado que agora me tienes donosa?

Ful.—Y qué, aun ay enojos?

Mar.—No los tengo sino de mí, porque aunque la sensualidad me halaga, la honra me punge aun en medio del deleyte.

Ful.—Y calla, que más enojo y deshonra mía es, que se me fueron por pies los que anoche por tu seruicio oxeé de tu casa.

Mar.—Antes me dixo mi hermano anoche que vido un hombre huyr sin que nadie le siguiesse, y aun que por las señas que dió eras tú. La affection que me haze no ver la perdicion de mi honra me quita el aduertir en cosas que sean contra ti; porque el amor deshaze las faltas del amante y ensalça sus loores. Ansi que conmigo puedes tú meter moros a tu saluo. Pero dime, quién te dio esta ropa tan rica?

Ful.—Floriano, por lo que anoche hize, aunque fue en tu seruicio.

Mar.—Algun porqué más auria, porque estos señores distilan mercedes y quieren a cantaros los seruicios. Pero dime, en qué son andan los amores de tu amo?

Ful.—Si no me lo nombraras no me acordara dél, porque pena por necio. Pero con todo, porque veas si te siruo y me acuerdo de ti, sabete que te tengo tan acreditada con Floriano, que te manda esta carta, rogandote que la lleues a Belisea en su mano. Y sabe que trayendole respuesta, que la ganancia tuya será tal con que entrambos pelechemos.

Mar.—Donoso adobo es esse, que sobre hazerme alcahueta de tu amo partes ya mi ganancia incierta. Pero porque no puedo no complazerte, y agora ay peligro en la tardança, pues que va a Prado Belisea, y la podré hablar a solas, duerme un poco, que voy a ponerlo en obra, con tanto que no me tengas por alcahueta, sino por mujer que te haze plazer.

Ful.—Anda, cierra essa puerta, que esse mal nombre le ponen las malas gentes, y Dios te encamine y a mí dé buen sueño.

Mar.—Pues que ya me encargué desto, y no cumple tardarme, quiero echar unos poluillos del cabron en esta carta, que ya los he hallado aprouados. Para que si Floriano ama a Belisea, y ella lee la carta, ella le ame a él, y si no quedarse ha libre; que al fin estas cosas sólo Dios las ha de saber. Y siempre aurá alguna ganancia más que con la almohadilla. Y con esto, pues mi hija está recogida y esto está hecho, me voy.

NOTAS:

[672] Acaso deba leerse ay.


ARGUMENTO DE LA SCENA XV

Marcelia da la carta de Floriano con cierta cautela a Belisea, que yua a Prado. Y finalmente lleua vn anillo de Belisea a Floriano.

Marcelia, Justina, Belisea, Pinel.

[Mar.]—Agora que voy en mi cabo, quiero loar a Dios que me libre de tan peligroso trance para la honra como el de anoche, y de oy más poner más cobro en mi vida, porque quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda. Pero gran ceguera fue la mia en encargarme tan sin más pensar de esta cosa que tantas difficultades trae en la salida, y tantos peligros descubre en el effectuarse, y tan jugada trae mi honra, si los puntos desta carta de más con que yo juego son descubiertos. En especial que Belisea tiene con la bondad tanta altivez, y tanto descuydo de mis telas, que como no experimentada, ni herida, ni vsada en estos tractos tan comunes a señoras, y tan publicos a las mugeres plebeyas, que si me alcança de razones, yo voy perdida a remate. Pero mezquina de mí, que tomé por medio para librar me de la ferocidad de aquel desuellacaras con razon sentida, con sospecha cierta de lo que mi obra occulta le auia errado, venir a dar en tan gran extremo que yo por huyr del fuego me lancé en las brasas! Pero pues él como de burla me encargó este negocio, yo tambien haré como viere la mia en seguro; porque duelo ageno del pelo cuelga; aunque la charidad me pondrá espuelas al remediar vn tan eminente cauallero como Floriano. Y la esperança del buen gualardon para desterrar necessidades de mi casa me necessitará a que haga todo mi deuer y me atreua a todo trance; pues no se gana el pan sin afan, ni se toman truchas a ropas enxutas.

Just.—Ea, señora, que bien puedes salir, que vas tan disfraçada, que no serás conoscida, y aun es tan de mañana, que no ay de quien seas vista.

Bel.—Pues vayan se todas essas mugeres por sí por otra calle, y tú sola ve conmigo por guia, y encamina por san Llorente, que quiero alli encomendar me a nuestra señora.

Just.—Pues en nombre de tal señora salgo.

Mar.—Aun es gran de mañana para ser leuantada Belisea; quiero de passo yrme a recomendar a nuestra señora de los Remedios. Pero o, cómo creo que son mis passos meritorios, pues o yo conozco mal, o son las tan tapadas mis ouejuelas. Y aun la delantera cierto es Justina, y la que la acompaña como inferior o criada es la señora; porque el buen donayre y apuesto suyo la apregona por la que es. Y pues me paresce que guian hazia sant Llorente, allá me voy a atenderlas y el tiempo me dirá qué haga. Por mi vida, pues que no hay viua criatura en la yglesia, que quiero auenturarme a poner esta carta en la grada del altar de la madre de Dios; porque si ellas son, no dexará Belisea de llegar la primera a hazer su oracion. E visto el papel, como son inquisitiuas estas señoras, y saben leer, tomar le ha; y si le lee, mi hecho va bueno, y entonces podré darme a conoscer si viere por qué, o si no, a peor librar, si ellas no entran, tomaré mi carta y buscaré otro camino. E si a dicha la criada llega y toma la carta, dar se la ha; y si mal huuiere, descargarán los ñublados sobre ella, y podré yo llegar a poner las pazes sobre auer sido la guerreadora.

Bel.—Muy de mañana deue ser, pues no ay nadie en la iglesia, ni aun es tiempo de yr solas al campo; quiero llegar me al altar de la virgen soberana a offrescersele vn Aue Maria.

Just.—Señora, yo me voy a otro altar a hazer lo mesmo.

Bel.—Alguna nomina deue ser ésta, que echaron aqui a nuestra señora.

Mar.—Bien está, la carta ha guardado. Quiero agora yr me assentar par de la donzella, como que entro agora, pues no me han visto.

Just.—Ay Jesus, y qué mal comedimiento de muger, quien quiera que es, apartá os allá, señora, que harto vazio ay en el templo, sin que os me pongays delante, pues no deueys ser vos el sancto a quien yo vengo a encomendarme.

Mar.—Perdone, señora, que no la auia visto.

Just.—Cata, cata, y tú eras, señora Marcelia? perdona mi demasia.

Mar.—Quién es? perdone me que no la conozco. Ya, ya, o mi hermana y señora Justina! razon fuera, pues que el amor que te tengo me dixera ser tú. Pero aquélla es Belisea? porque tal joya como tú nunca la dexaran tales madrugadas salir sin gran guarda, y con razon, porque para tal thesoro qualquiera atreuido ladron.

Just.—Ay, habla passo, no nos oya alguno, porque vamos a Prado sin gana de ser conoscidas, y nunca acabará mi señora de visitar altares. Y a lo que dizes de mi poco salir, yo nascí en signo de seruir toda mi vida, y quien a otro sirue, no es libre. Y aunque yo sea poco de cobdiciar, en estos palacios, a viejas, y moças, y hermosas, y las que no lo somos, todas andamos más veladas que fortaleza cercada de enemigos, y más puestas tras llaues que el thesoro de Venecia.

Mar.—Y aun por todo esse thesoro no querria yo ver mi libertad tan al sombrio entre paredes, porque buey suelto bien se lame, y aun quiero más pobre libertad que rica prision.

Just.—Quien más no puede, comporta la carga. Y aun tambien en mí la costumbre al encerramiento me tiene en hábito de no lo sentir por pena, pues desde niñez estoy en tal exercicio.

Mar.—E aun esso es lo que peor yo veo; que lo que aurás ganado en esse exercicio que tú llamas será tener agora menos libertad que quando començaste de niña esse vso.

Just.—La mesma verdad dizes; porque más subjection tengo agora que diez años aurá, que la niñez me libertaua y la innocencia me acreditaua en no me vedar las entradas y salidas, ni me contar los momentos, ni me señalar los passos; de manera que agora ando como quien aprende a dançar, que assienta los pies a querer ageno y mide los passos por compases.

Mar.—Pues asuadas que aunque dances quanto quisieres, que no miren que eres ya tan para dançar con compañia, que el no te auer casado te priua ya de vn hijo que temple los pesares passados y trayga cuydados presentes. Aunque, Dios te guarde y el angel sant Miguel te bendiga, tu hermosura y juuentud no aurá menester dote, por el qual ahorrar te dexarán cargar de dias y de desseos. Porque naturalmente tales como tú las crió Dios para los hombres. Y porque hablemos a solas más al descubierto, la hembra ansi cobdicia al varon como la tierra al agua para produzir. Y las donzellas y gallardas, llenas de sangre feruiente, como tú hermosas, quanto soys agenas de experiencia, tanto soys más combatidas de desseosos pensamientos de lo que por el sagrado lugar me queda por dezir te.

Just.—De toda tu larga platica, porque sólo entendi el dezir que ya soy vieja para dexar de casarme, aunque sin gran carga de dote, pocos aurá que me cobdicien; pero no hay memoria de casar la heredera de la casa, que me lleua más de quatro años, y sus romerías creo que andan pidiendolo, y su hermosura no lo desuia, y quieres que la aya de mí para más de acordarse de me mandar en qué la sirua toda mi vida?

Mar.—A la fe, sabete que en palacio anduue, y sé que si te duele la muela, tú te has de buscar quien te la bote fuera. Porque, aunque sobre los diez y ocho que puedes a más largo auer, aunque estés otros tantos años, siempre aurá de nueuo en qué seruir, y siempre te hallarán más obligada a ello, y siempre te querran donzella, y siempre de nueuas fuerças para el trabajo, y siempre con el tú acá, tú acullá como niña, y siempre de menos ganancia en el crédito y confiança de tu persona. Por manera que aunque te amen como a buena y honesta, no te zelen como a hermosa, y te guarden como a moça, y te riñan como a sospechosa de ser quien me callo por tu respecto. Y ansi, porque concluyamos razones, digo y quiero de lo dicho aconsejarte, que pues ya yo te auiso y tú tienes experiencia de que passa por allá como yo lo digo aquí, haz, amiga, lo que te cumple, pues los hombres desde la mocedad han de granjear y buscar y tomar el estado en que querrian que les hallase la tardia y cansada vejez.

Just.—Pues me dizes lo que haga, dime el cómo sin derogar á mi estado ni quebrar el hilo delgado de la honra, pues antes sin la vista que sin ésta me desseo.

Mar.—A buen entendedor poca plática, que tú, bouilla innocentilla, quando en tan buen ceuo como tú traes cayere algun pez de ganancia para el estado y de contento para la persona, si te faltaren mangas, ó no cupiere en ellas, a la fe, alça las faldas y cogele, y cogido, tenle, y tenido, amale, y amado, halagale, y halagado, contentale para que se te affectione. Porque siempre fue y será que quien tiempo tiene y tiempo atiende, tiempo viene que se arrepiente.

Just.—Aunque mejor azertaras en llamarme peccadora, pero pues me das officio de pescadora, qué ceuo es el que dizes que tengo?

Mar.—El primer nombre oy en dia, desde el papa hasta el que no tiene capa, le puede quedar, pues todos peccamos en Adan, dize la escriptura. Pero pues quieres que te torne a llamar hermosa, digo que de tu hermosura se haze el ceuo que dixe, y de lo ál que tienes ya me entiendes, que la verguença de ver que es más tu appetitoso desseo que lo que yo digo, te haze baxar los ojos y cobrar color viua. Pues creeme que si quando yo anduue al palacio no me desposara a hurtas, que nunca de allá vuiera salido a gouernar casa por mí y tener algun libre reposo. E aun tu señora, que allí está muy rezadera, me da por testimonio si al cabo de muy guardada no ha de venir como cierua en tiempo de brama. Y aun las tales, tarde prende el fuego y tarde despues se apaga.

Just.—Más temor tendrias aun si supiesses quán seguida es; pero no ay mella en ella.

Mar.—Todo lo sé; las justas, musicas y aun los toros de oy creo yo que por ella mueren.

Just.—Si son por ella corridos no lo digo, pero sé que huyendo de no se obligar á los ver, vamos esta romeria.

Mar.—Y cómo va sola?

Just.—Adelante van las mugeres, que hombre no va ninguno, y a mí sola me lleua en lugar de ama, por no ser conoscida.

Mar.—Mi fe, tan mal se cubre su hermosura con manto pobre como la liebre con la cola, porque el oro más reluze acompañado de baxo metal. Y esto no lo digo por menoscabar tu gentileza.

Just.—Baste, baste; y escucha que no sé qué tardar es éste, ni sé qué ha hallado en aquel papel que tanto ha que está mirando.

Mar.—Será oracion de amor.

Just.—Qué dizes?

Mar.—Que será la oracion del saluador, que es larga. Pero por mi salud que la deue de auer leydo, y que deue de obrar, porque gran robador de amor es vna carta bien ordenada, que hasta que ha dicho todo lo que tiene no es possible mandar la, callar. En especial que los adobos que yo le puse no deuen de ser poco menos que buen ruybarbo, para conmouer en tal dolencia.

Bel.—O, soberana virgen sin manzilla, y qué es esto que en vuestro templo ansi me desasossiega? quiero ya, pues, salir con lo que el appetito pide, y acabar de leer del todo este papel, que ni a él ni a mí bien entiendo.

CARTA DE FLORIANO A BELISEA

Fvente de mi descanso, principio de mi gloria, vltimo fin de mis desseos; la que tiene las llaues de mi vida, la que es posseedora de mi coraçon y señora de mi libertad; angel en forma humana, mi señora Belisea.

Antes de publicar mi querella delante tu justicia, inuoco tu piadosa clemencia para que despierte los oydos de tu libre señorio a oyr este tu captiuo Floriano, el más dichoso de los caualleros y el más penado de los sieruos de amor. Bien veo, señora mia, que tengo llenas de fastio tus orejas con mis continuos y tan importunos clamores. Pero tambien deues tú de aduertir en que, para tan flaco suppuesto como es el mio, ya son muy en excesso los tormentos. Y ansi con el pedirte perdon por el atreuimiento, te pido que cortes el hilo de mi mortal viuir, o aliuies la mano en el atormentarme. O si mandas, porque no seas notada de cruel executora de amor, asienta te audacia de mis querellas, para que oyendo tú mi justicia, oya yo la sentencia de tu voluntad. Porque te prometo que, si me mandares matar, que por más te seruir yo sea el executor de tu sentencia, pues en medio de mis tormentos tendre tu voluntad por retracto de mis obras; porque sepas, si no lo sabes, que no es mi viuir por ti otra cosa que vn contino tormento muy a mí voluntarioso. Y ansi te auiso, mi señora, que si no propones de me acorrer, que no te determines de me oyr, ni deliberes poner en mí tus ojos. Porque si me miras, aunque de rigor de justicia yo meresciesse muerte, la misericordia tuya te inclinaria a mandarme aliuiar, sin oyr allegacion de mi parte, mas de que tú, viendo que yo moria, fuesses sabidora ser tú la causa; en quien confiando, quedo por tuyo.

Mar.—Ay, corre, corre Justina, que tu señora se ha tendido, no sea algun desmayo.

Just.—Ay, Jesus, Jesus! o, mi señora y mi bien, y qué es esto?

Bel.—Ay, captiua de mí!

Just.—Qué sientes, señora! leuantate por vn solo Dios, que te hazen mal estas piedras, y vamos antes que seas conoscida, que comiença ya a venir gente.

Bel.—Calla, que yo me esforçaré si pudiere, que fue vna congoxa de coraçon.

Mar.—Pon, señora, la palma desnuda sobre él y aliuiara se te el mal.

Bel.—Creo yo que montará esso poco. Pero quién eres tú?

Just.—No conosces, señora, a Marcelia?

Bel.—Conozco; pero qué hazes por acá?

Mar.—Entré a hazer oracion; pero cómo te sientes? y cata que nos vamos por ay abaxo hazia el rio, que te hará gran bien ver las frescuras.

Bel.—Vamos luego, no se nos llegue gente.

Mar.—Anda, señora, que yo me quiero yr contigo; que como vienes (Dios te guarde) muy endilgada[673], y la mañana es fresca y tú no acostumbras madrugar, y tambien la frialdad destas piedras, todo esto junto te aurá hecho esse daño. Dame acá la mano, si mandas que te acompañe, y andemos.

Pin.—O, dichoso tú, Pinel, que tan a tu contento as gozado de vna tal dama, y tambien llega se te a este gozo vna alegria de saber que ansi queda el campo por mio, que de oy más no tenga puertas la casa de Gracilia para mí. Aunque si cada visita me ha de costar tanto afan, para pocos dias me quieren, si no me pongo en ceua, por no perder honra y tener aliento. Pues Fulminato anoche fue para no boluer, no quiero agora entrar en casa de Marcelia: qué de mañana tiene la puerta abierta! Allá se lo ayan; quiero colarme hazia el rio, que por aqui abaxo siempre suele auer buenos encuentros por las mañanas. Y quiero dar contentamiento a los ojos, pues naturalmente deleyta la vista del objeto hermoso, mayormente de mugeres. Pero helas van tres y las dos muy de las manos, y aun que paresce ropa de pelo. Cata, cata, por Dios que es mi comadre Marcelia. Y que me maten si no deue lleuar aquellas ouejuelas al matadero, o quiça las trae de la charqueria, y aun que la que lleua de mano que paresce de lustre. Pues la buena criança siempre paresce bien, quiero hablarlas, pues ya Marcelia me ha conoscido y pensó de se me desconoscer. Por demás es, señora Marcelia, el querer te me encubrir, que la luz de essa señora ha alumbrado mi vista al conoscerte. Y ansi con su licencia te beso las manos, y mira si mandas algun seruicio.

Bel.—Ay, por tu vida que le mandes passar de largo, que temo que me ha conoscido, pues me differenció de ti en el acatamiento.

Mar.—Mala es de ver la differencia de las dos. Pero espera, que yo le haré presto dexarnos.

Pin.—Di, señora, si mandas alguna cosa? pues por el acatamiento de la compañera no llego a te compañar.

Mar.—Mas antes a ella harás seruicio y a mí plazer grande en que passes luego de largo.

Pin.—Por cumplir la voluntad de essa señora y hazer tu mandado te beso las manos y a essa dama los pies, y perdona mi atreuimiento. O, hi de puta el diablo; y qué ojos y media frente descubrió, y qué albura de mano sacó del guante por descuydo, y qué loçania de cuerpo de dama! Doy a la maldicion esta Marcelia, y si no creo que sabe quanto bueno ay en el pueblo. Voy me por sí o por no a la posada; quiça yrá a desembarcar con aquel flete alla en busca de algun merchant, que si ansi fuesse, venderse [ha] hombre por comprar tal joya.

Bel.—Quién era aquel tan bien criado, y que ansi te conoscia, y que tan presto te obedescio en yrse?

Mar.—Es vn criado de vn cauallero, el más agraciado y más de los de tomo que agora pueblan la corte, y de más gloriosa fama de quantos yo aure visto.

Bel.—En cargo te es, que ansi le loas. Pero dime el nombre del criado y quién es esse su amo.

Mar.—Este que agora va de aqui se llama Pinel, criado de vn cauallero cuyo loor no tiene par; mancebo, gentil hombre, y muy poderoso y de muy alta sangre.

Bel.—O él no tiene nombre ó le tiene tal que no deue ser para oyr.

Mar.—Para nombrar y loar por cierto es, señora mia, aquel sin par de Floriano. Ay, por Dios, Jesus, Jesus, y de qué te me desmayas? o, qué poco esfuerço para lo que ha de ser, si por bien es!

Bel.—Ay, que no es nada, sino que se me torcio el pie en el chapin.

Mar.—Pues qué tal te hallas ya?

Bel.—No te lo sabre dezir; pero sentemonos vn poco en este prado.

Just.—Cata, cata, y qué de reposo se sienta con Marcelia, y qué oluidada está Belisea de la priessa de yr muy de mañana. No sé qué me diga destos secretos: Dios quiera que paren en bien; allá lo ayan, que aqui apartada me siento, pues en no me llamar, lo quieren auer a solas.

Bel.—Agora me di, Marcelia, por qué me visitas tan mal y tarde; pues sabes que no se muestra pesar con tigo en casa, y aun estás bien acreditada en la reputacion de mi padre.

Mar.—Con la enmienda en lo por venir soldaré, señora mia, las quiebras passadas; aunque yo siruo a vna señora que me da menos vagar y tiempo que yo querria para pagar semejantes deudas de visitaciones.

Bel.—Ay, que no lo hazes bien en seruir a nadie sino a mí, ni yo lo consiento.

Mar.—Y aun ansi confio yo en Dios que agora en tu seruicio, como al presente ando occupada, las mercedes tuyas me harán libre de la señora que digo.

Bel.—Y quién es?

Mar.—La señora pobreza, que tiene don de la honra; ansi que se llama doña pobre honra.

Bel.—Ayna me pudieras hazer reyr con tu señora; dos me parescen a mí essas, y aun que pocas cosas pueblan juntas: porque de la honra tambien soy yo sierua. Y aun con sus importunidades de cosas differentes que manda, pierdo yo con el cuydado de cumplir las el sueño grandes y muchos ratos.

Mar.—Pues a mí me trae en vela de contino; pero quál es la otra?

Bel.—La pobreza, á la qual tú podras seruir, pero yo no la siruo: Dios sea seruido en ello y en todo.

Mar.—Mi fe, señora, pobreza a solas, sin el don que yo le doy, no la hallo yo seruidumbre, porque no ay oy en el mundo gente más libre que la pobre, que de honra y todo lo es. Porque con no tener el tal o los tales que perder, no se dexan de arriscar tras lo que les da el appetito, ni ay cosa que les sea vedada, sino las que contradizen a la virtud; que a éstas la natura las aborresce. Y los ricos andan obligados a sustentar la loçania y fausto y gala del mundo, que con ser vn señor muy mal contentadizo, es tan costoso, que muchas vezes tras las grandes rentas les haze empeñar las almas, y vender las virtudes, y arriscar los contentamientos, y jugar con las vidas, por vestirle de honra; y al cabo ni esta honra sabreys en qué ó de qué es, ni qué color saque, ni en qué consista; porque vnos le visten de lo que otros la acaban de desnudar, y otros la honran y defienden donde otros la arrastran y blaspheman. Y ansi andan los ricos tras el mundo como personages sin son, perdidos por contentar: vno que los pobres traen por los pies, y le pierden a cada passo, porque a la verdad ni haze mercedes más de por vida, ni las dadas dexa gozar sino por su antojo, ni ensalça virtud, ni perdona alguna falta, ni oluida jamas el vituperio. Por manera que los señores que los pobres llamamos, que porque más le siruen más entrada tienen en sus bienes, ni nunca bien le tienen ganado, ni dexan de tener el cielo quasi perdido; porque como tengan mayor carga, caminan menos, y como tengan más negocios, tienen menos quietud. Y ansi dize la escriptura que los ricos caen en tentaciones; aunque no lo digo por ti, pues toda general regla tiene sus excepciones.

Bel.—Aunque no hables contra mi persona, porque hablas contra mi estado, que voy en el cuento de los que vosotros allá llamays ricos, quiero, tornando por mí, desengañarte, que no dize la escritura que los ricos caen en tentaciones, sino que caeran en tentacion los que quieren ser hechos ricos.

Mar.—Pues qué me da más ocho que ochenta, si los ochos son diezes? que no me daras rico que con serlo no huelgue, y que no le pese con el descaer del estado.

Bel.—Dado que te conceda esso, aun no caes en el punto de la razon.

Mar.—Pues suplico te me la digas: porque es descanso verte sabiamente tractar lo que quieres. Y aun huelgo de tener en qué ocupar tu entendimiento en otra cosa que tu mal.

Bel.—Ay, amiga, que al fin allá quedan las rayzes. Y esto, aunque sea mondar las ramas, pero entiendo que ay ricos, y ay desseosos de ser ricos. Los primeros llamo yo los que lo son desde sus antecessores, como los que tienen estados y señorios de majorazgos o herencias seguras y rayzes. Y los tales, como desde que son o fueron fueron ricos, con no tener que dessear ser ricos, pueden occuparse en hazer grandes bienes, con estar contentos con la suerte que les dio el mundo. Pero los que son ricos no de auolengos, sino por industria y fortuna y mala ganancia, que van poco a poco, o mucho a mucho augmentando el caudal para hartar el auaro appetito, éstos caeran en tentaciones de vsuras, logros, robos, engaños, mentiras y oluido del diuino culto por la adoracion de la moneda. Y ansi, adonde los primeros que dixe, en sustentar su estado, no empeñando a Dios por la hazienda, ni haziendo desafueros, sino con lo que tienen por proprio, pueden seruir a Dios, alli los segundos, que quieren a tuerto o derecho (como dizen) alçar casa y fama y acaudalar hazienda, hazen mil offensas a Dios y dos mil agrauios a sus proximos.

Mar.—Altamente has prouado tu intencion. Pero dime si te sientes ya mejor, que te vi en la iglesia endenantes que estauas tan embarada, que jamas pude sacarte vn papel de la mano.

Bel.—Ay, amiga, qué grande fue mi mal no pensado! Pero dime, viste lo que era el papel o sabes qué dezia?

Mar.—Bueno va el recado.

Bel.—Qué dizes?

Mar.—Que, mal pecado, no sé leer; pero por qué me lo preguntas?

Bel.—Porque le hallé en la grada del altar, y no sé lo que es, y temo no sea algun mal, porque luego me senti con las bascas que me viste.

Mar.—No será sino alguna nomina de algun enfermo, que la pondria delante nuestra señora para que tomasse virtud.

Bel.—Ay de mí, que bien creo yo que si alguno sanó con ella, que empeoré yo.

Mar.—Mas qué tacha; ay, Dios te guarde de enfermar; pero dime, sientes algun mal?

Bel.—Dexame de preguntar lo que dicho no sabras remediar; y dime, mudando plática, porque me da pena ésta: de dónde conosciste tú aquel mancebo?

Mar.—Quál, mi señora, a Floriano?

Bel.—Que no, sino el de endenantes.

Mar.—Tan sólo en ser criado de aquel valeroso y gentil cauallero de Floriano; pues ay, señora, y de qué te turbas?

Bel.—No te menees, está queda: que más mal se me va aparejando, y desde agora començare a esforçar mi flaqueça y a forçar mi voluntad.

Mar.—Y aun ansi te cumple, y Dios y ayuda.

Bel.—Qué dizes? no me hables tan entredientes.

Mar.—Hablo ansi porque no sabe la persona si passará alguien que de palabra saque la razon, y declare la persona lo que quiere encubrir. Pero digo que yo te tengo de alegrar oy con mi compañia.

Bel.—Ansi lo guie Dios. Pero dime, cómo tienes tú noticia de su amo de aquel mancebo?

Mar.—Quál, Floriano?

Bel.—Que ya le sé bien el nombre; dime lo que más sabes dél, y piensa que sólo me mueve curiosidad y occasion de tener que hablar contigo.

Mar.—Ay, mi angel, y cómo en nombre del buen Floriano te quiero besar essas manos.

Bel.—Ay, amiga Marcelia, cómo aunque me huelgo de te oyr, no me suena bien esso; cata que ya sabes quánto abomino estas cosas.

Mar.—O, qué gracia tienes aun en el enojarte; puesto que no tienes por qué culpar mi simplicidad en el hablar. Porque si te besé las manos (lo que agora torno a hazer), más en nombre de Floriano que de nadie, es porque con parescerme que a las damas deuen los galanes seruir, no le ay quien a ti merezca si Floriano no. Porque de algunos que en mi casa entran de los suyos oyo dezir, y no acaban de contar de sus loores, su llaneza, su señorio, su liberalidad; pues la edad, que es de veynte y cinco para veynte y seys, que en seso paresce de ochenta. Y agora, mi señora, me dizen que anda tan malo que me ponen los criados duda en el escapar. Y si él (lo que Dios no quiera) muere, se cierra vna gran puerta a menesterosos; porque, a la verdad, a mí me haria grande mal, y a mis necessidades se quitaria vn gran acorro. Y esto te digo como a mi señora, á quien, desengañadamente amando, doy cuenta de mis flaquezas.

Bel.—No viues engañada con migo; pero dime, qué mal es el desse cauallero? que cierto tú lo cuentas de suerte y lo encaresces tanto, que me has mouido a gran lastima.

Mar.—A otro perro con ese huesso. Señora, no me saben dezir sus criados más de que huye toda alegria, y aborresce la conuersacion humana, y ama la soledad. Y puesto a solas, tañe como lo sabe bien hazer, y canta como el que tiene linda gracia nouedades y canciones en declaracion de su mal.

Bel.—Y de qué en especial se quexa, si dizen?

Mar.—Pues no me lleuarás por ay. Señora, no sé más de que dizen que son bascas del coraçon, que algunas vezes le priuan los sentidos.

Bel.—Por mi vida, pues, que si este mi anillo se pusiesse al dedo, que le fuesse bien; porque tiene esta piedra muy apropriada contra esse mal.

Mar.—Mejor anillo le serías tú, si quisiesses, y él te tuuiesse.

Bel.—Qué dizes si me tuuiesse? y habla me claro.

Mar.—A buen entendedor poca parola. Señora, digo que, si no me entendiste, que si le diesses esse anillo y él le tuuiese, que con el sanar te deueria todo seruicio. Pero como ni yo osé pedirte le, ni el buen Floriano esté tan en tu gracia que se le quieras dar, ansi con temor lo hablé entre dientes. Pero, al fin, combidarte ha tu misericordia a que le fies de mí, con tal seguro, que en él sanando o sintiendo aliuio, te le tornaré, o él mesmo te yrá a besar las manos y darte le de su mano a la tuya; porque a todo esto saldre yo fiadora.

Bel.—Ay, calla, que de ti sola lo fiaré, y te lo dare para que él se aproueche tan solo por ti.

Mar.—Yo le tomo con tal presupuesto, y te beso las manos, y se le lleuo luego de tu parte al cauallero.

Bel.—Ay, ay, que no quiero que le lleues en essa manera.

Mar.—Que no digo que se le dare en tu nombre, sino que por tu mandado; pues sola lo fias de mí, yo mesma se le yre a lleuar, aunque en mi vida le hablé. Pero más que tanto haré yo por seruir te, y tornar tele en tu mano como me le das.

Bel.—Ansi lo haz, y cierto que holgara de verle, por saber si es tanto su mal, y ver lo que obra el anillo.

Mar.—Esso, señora, no se lo aure dicho, quando vaya de ojos por tu seruicio él.

Bel.—No quiero dezir lo que entiendes, sino que holgara de que se offresciera occasion de verle, porque en el rostro le conosceré yo si tiene el tal mal.

Mar.—Ya, ya, entendida eres; todo lo haré por tu contentamiento. Pero dónde vas por acá oy que ay toros, segun me dizen, y aun bien sé por quién se corren.

Bel.—No quiero más saber de ti; pero voy a nuestra señora de Prado, por huyr de no me hallar a los toros.

Mar.—Pues si mandas, acompañar te he, aunque tenia bien que hazer: y si has de yr, no aguardes a que entre el sol y ande más gente.

Bel.—Anda, vete, y no dexes de yrme a ver, y ponme cobro en el anillo, que le estimo en mucho por su virtud.

Mar.—Los angeles vayan contigo, que yo cumplire mi palabra.

Bel.—A, Justina, dame la mano y vamos de aquí, que ya se fue Marcelia y vase haziendo tarde.

Just.—Sin duda que ya me dormia; pero huelgo que te alegraste con Marcelia.

Bel.—Por cierto que tengo de mirar de oy más por ella, porque creo que padesce necessidades y es buena muger y diligente.

Just.—Buena obra harás, señora, en fauorescerla; porque con el mal que te sobreuino en la iglesia endenantes luego que tomaste aquel papel, ella mostró tanto sentimiento, que mostró bien el amor que te tenga.

Bel.—Ay, mi Justina, que no te puedo encubrir lo que se trasluce, porque en leyendo aquel papel me senti y siento otra que solia, e inclinada a lo que poco antes aborrescia. Y consentir el mal no es más ya en mi mano, ni sé qué mal es el mio.

Just.—Ay, mala landre me dexe si no deue ser mal de aquel cauallero, y que esta Marcelia lo ha vrdido. Pero si este mal fuere, él se descubrira, porque mal se asconde el fuego en el seno, ni el amor en el pecho.

Bel.—Qué vas diziendo? toma me estos chapines agora que vamos ya por el campo, y dexa me hasta allá yr a solas, porque yre rezando mi rosario.

Just.—Hagase como tú fueres seruida.