[37] Si mal no me acuerdo, su apellido era Molé. En los días del gobierno absoluto llegó a cierto grado de privanza muy superior a su valer, pero le sucedió lo que entonces a los de su estofa, que fue cambiarse su valimiento en desgracia y destierro. Hubo de pasar algún tiempo en semiconfinamiento en Cabra, donde no se ganó mucho crédito por título alguno, aunque tuvo embaucada a alguna persona devota.

Como ambos personajes se presentaban a tantos lugares donde podían herirlos las saetas de la burla, se veían acribillados, más con estas armas que con las de argumentos serios. Otro mérito tenían las cartas del filósofo rancio, pero estas no salían a luz en períodos fijos.

La sociedad, en tanto, era la que solía ser en Cádiz con fuerte mezcla de lo que era la de Madrid, de lo cual resultaba un buen conjunto. En aquellos días, nadie en castellano hablaba de abrir los salones, pero en cambio se iba a la tertulia. Ya he hecho mención de la de la marquesa de casa de Pontejos, en la cual se congregaba la gente de la más alta y mejor sociedad; pero, por desgracia, según fea costumbre de aquellos días, conservada hasta ha muy poco, ocupando a la concurrencia, más que otra cosa, el juego del monte. También una señora, mujer del abogado don N. Ayesa, recibía en su casa a las personas de más jerarquía, pero sin que faltase la mesa de juego, centro alrededor del cual giraban los tertulianos como palomitas en torno de la luz, y para más perfección del símil, quemándose con frecuencia en ella. De muy diversa clase era la reunión, corta en número, modesta en la apariencia, pero un tanto rica por el valor de varios de quienes la componían, que formaba todas las noches la sociedad de la señora doña Margarita López de Morla y Virués, mujer de singular entendimiento e instrucción vasta, educada en Inglaterra, aficionada a estudios serios, de agradabilísimo trato, y hasta ajena de pedantería, en la cual unos ojos hermosos y una conversación viva en que asomaba la andaluza entre la docta, suplían la absoluta falta de belleza; cargo grave para hecho a persona de su sexo, pero rescatado por perfecciones que hasta enamoraban y que hoy puede temerse sin lastimar afecto alguno ni aun el filial, al enumerar los méritos de tan ilustre difunta.[38]

[38] Trágica suerte hubo de caber a la señora de quien habla el texto de este artículo. A fuerza de discurrir, hubo de perder el juicio. En sus últimos años, apenas pisando los confines de la vejez a que no llegó, abrazó las doctrinas de Fourier con tal calor, que ya daba indicios de locura. Esta vino, por desgracia, a declararse. Medio sanó, con todo, y hacia 1849 vino a Madrid, donde sus antiguos amigos la visitábamos, y de ellos con más frecuencia Gallego y yo, agregándosenos una persona cuya amistad con tan digna mujer era harto más nueva, pero había llegado a ser estrecha: el señor don Joaquín Francisco Pacheco. Pero a poco volvió a descomponerse aquella cabeza a punto tal, que fue necesario llevarla a la casa de Toledo, en la cual murió no muchos días después de haber entrado en ella, dándole cuanta asistencia podía su amante hijo, obligado muy a su pesar a ponerla en recogimiento, y su amigo Pacheco, que en este triste caso obró como si fuese de su familia.

A su casa llevaba don Juan Nicasio Gallego el buen humor y chiste porque tanto se señalaba en el trato social, Quintana su tono severo y dogmático, Toreno sus calidades superiores de hombre, así como de talento e instrucción, de mundo. Iba allí de cuando en cuando Argüelles, pero no ordinariamente como los tres que acabo de nombrar. Iba allí el mucho después afamado Gorozarri, que en las Cortes de 1837 llegó a adquirir fama de necio y extravagante, y no sin razón, pero que había leído mucho, y que en 1810 y 1811, oscuro todavía, ya era notable por sus rarezas. Había en la reunión, como era de suponer, el hermano de la señora de la casa y que vivía con ella, don Diego López de Morla, después conde de Villacreces, de familia de lo más ilustre de Jerez, aunque no hubiese titulado todavía; hombre ingenioso, instruido, decidor, raro entre los raros y que hacía gala de serlo y de extremarse en todo, dado entonces al estudio de la medicina que después practicó, menos aficionado a la política que solían serlo todos cuantos habitaban en Cádiz, y particularmente los concurrentes a su casa y aun su misma hermana; muy desviado de la democracia, porque tenía en alta estima su noble cuna, pero allegado a doctrinas nuevas, porque sus principios filosóficos distaban a la sazón infinito de los que eran fundamento del gobierno de la España antigua. Era yo su íntimo amigo desde los últimos días de nuestras niñeces, y había continuado con él en nuestra juventud en frecuente amistoso trato, por lo cual tuve entrada en la tertulia de su hermana. A ella hube yo de llevar a otra persona de cuenta que empezó a representar en aquella reducida sociedad uno de los principales papeles, allegado yo a él, y formando como una oposición al partido predominante en el Congreso, del cual era el conde de Toreno en aquella sala particular el primer representante, así como en la de sesiones uno de los capitanes de la gloriosa hueste de los reformadores. Era la persona de quien acabo de hablar don José García de León y Pizarro (conocido solo por la parte segunda de su apellido), entonces secretario del Consejo de Estado, empleo puramente titular, pues este cuerpo, aunque existente de derecho, de hecho estaba, si no muerto, en letargo parecido a la muerte; hombre de instrucción varia y amena, de clarísimo entendimiento, de gran chiste; algo singular, llano por demás y alegre, en el trato tan agradable cuanto serlo cabe, algo y aun bastante dado a censurar, tildado de tener cierto matiz de afrancesamiento, en doctrinas no poco liberal, pero disintiendo a menudo de los corifeos de la parcialidad dominante, y, sobre todo, disgustado de lo que en ellos juzgaba entono y orgullo, y de la en su sentir casi servil sumisión con que eran mirados por sus secuaces; personaje que, después ministro más de una vez, no hubo de corresponder a las esperanzas que de él se tenían, pero más que por otra cosa, inferior a su concepto por lo duro de las circunstancias, y con quien ha sido injusta la opinión, negándole el mérito que sin duda tenía, y el cual en algún tiempo era en él conocido y confesado. Con extrañeza de las gentes por la diferencia que había entre nuestras edades, por tres años fuimos Pizarro y yo inseparables, como pueden serlo dos amigos de los más íntimos iguales o cercanos en años, paseando juntos, leyendo juntos, comentando lo que leíamos, abarcando muy diversas materias en nuestra lectura y conversaciones, conformes o poco menos en nuestras ideas políticas,[39] y sobre todo en el orgullo con que resistíamos a otro orgullo, siendo en la fe constitucional cismáticos, aunque no herejes. En aquel palenque hubo de ser la victoria, aunque no completa, de mi amigo Pizarro, de que me cupo una pequeña parte.

[39] En un punto capital eran enteramente disconformes nuestros pareceres, porque Pizarro opinaba que habría convenido a España sujetarse de buena voluntad a Napoleón, y yo todo lo contrario. En el breve primer reinado de José Bonaparte en Madrid, terminado por el suceso de Bailén y la retirada de los franceses (pocos días de julio de 1808), había prestado Pizarro juramento de fidelidad al monarca intruso, como lo había hecho todo el Consejo de Estado, de que él era secretario. Sin embargo, no vaciló en cuanto a seguir al legítimo gobierno en diciembre del mismo 1808, cuando entró el Emperador francés victorioso en la capital de España, y huyó a pie pasando mil trabajos durísimos y peligros. Así sus adversarios le echaban en cara el juramento sin mucha razón, pues habían jurado la Constitución napoleónica en Bayona varios hombres que después se señalaron sirviendo al gobierno legítimo: el señor Romanillos, el general don Miguel de Álava, mi tío el tesorero general don Vicente Alcalá Galiano, con otros de igual o inferior nota. Mostrando yo a Pizarro mi extrañeza al ver que su conducta patriótica desmentía sus opiniones de casi afrancesado, me respondió con la imagen siguiente: «Si cuando en diciembre iba yo saliendo de Madrid a pie con el uniforme puesto y calzado con alpargatas, me hubiesen dicho: “¿Dónde va usted? ¿No ve usted que resistir a los franceses es una locura?”, habría respondido: “Sí, lo creo una locura, pero no me detenga usted, porque la nación quiere, y hay obligación de acceder a su voluntad”».

En cuanto a mí, pobre muchacho, ya me había negado a las cariñosas ofertas de emplearme ventajosísimamente en el servicio del usurpador, que me había hecho don Miguel de Azanza, íntimo amigo que había sido de mi padre y de toda mi familia.

En esto apareció una tertulia de igual naturaleza, pero en que predominaban opiniones diametralmente opuestas: la de la señora doña Francisca Larrea, mujer del ilustrado alemán don N. Böhl de Faber, literato, buen escritor en nuestra lengua y apreciabilísimo, visto a todas luces. Su mujer, a quien acababan de dar licencia los franceses para pasar a Cádiz desde Chiclana, donde residía durante los meses primeros del sitio, era literata y patriota acérrima, pero de las que consideraban el levantamiento de España contra el poder francés como empresa destinada a mantener a la nación española en su antigua situación[40] y leyes, así en lo político como en lo religioso, y aun volviendo algo atrás de los días de Carlos III, únicos principios y sistema, según su sentir, justos y saludables.

[40] Me acuerdo de que la señora de Böhl repetía con entusiasmo, mirándola como emblema de nuestro alzamiento, la siguiente décima, por cierto no falta de brío en la expresión o en el pensamiento, aunque incorrecta:

Nuestra española arrogancia
Siempre ha tenido por punto
Acordarse de Sagunto
Y no olvidar a Numancia.
Franceses, idos a Francia,
Y dejadnos nuestra ley,
Que, en tocando a Dios y al rey
Y a nuestros patrios hogares,
Todos somos militares,
Y formamos una grey.

Aquí está compendiado el modo general de ver el levantamiento del pueblo español por un aspecto de los varios que presentaba, considerándole el único.

De estas doctrinas de sus padres, y más particularmente de su madre, saca las suyas que con tanto celo sustenta la afamada novelista, hoy viva, cuyo nombre en la república literaria es Fernán Caballero.

Fui yo presentado en casa de la señora de Böhl; pero por mil razones no hube de agradarle, ni ella por su parte, a pesar de su mérito, se captó mi pobre voluntad. Lo cierto es que la vi una vez y después fue mi suerte (ya en 1818) entrar con ella y su estimable marido en agrias contiendas literarias en que hubieron de injerirse con poco disimulo cuestiones políticas, no sin grande peligro mío en aquellas horas; acrimonia de que hoy me pesa al hacer a aquellos dos ilustrados consortes la debida justicia.

Pero tales reuniones eran para pocos, y lo general de las gentes había menester alguna distracción para las noches, pues de día no daban poco los paseos, extraordinariamente concurridos. El invierno de 1810 a 1811 había corrido estando en gran parte de él en la isla de León la Regencia y las Cortes, y en el otoño anterior la fiebre amarilla, que tanto estrago había hecho en Cádiz y en toda Andalucía en 1800 y 1804, había aparecido por tercera vez, no con el antiguo rigor, pero acabando con no pocas vidas y causando el temor consiguiente. Por esto, así como por otras razones, no se pensó en abrir el teatro de Cádiz. No era tiempo oportuno para hacerlo el del siguiente verano. Pero corrió este sin que diese la menor muestra de sí, como se temía, la epidemia. Entonces comenzó a pensarse en la conveniencia de aumentar distracciones a una población que, al cabo, si lo pasaba bien, vivía encerrada en breve recinto, y expuesta al peligro del bombardeo. Había tenido Cádiz sucesivamente varios gobernadores en el corto término de dieciséis a diecisiete meses, hasta que en junio de 1811 fue nombrado para desempeñar su gobierno militar y político, hasta allí siempre unidos, el teniente general de marina don Juan María de Villavicencio, personaje notable, instruido, activo, de singular chiste que contrastaba con lo severo y adusto de su rostro, dotado de gran tino para el manejo de los hombres; hombre, a quien confío que me será lícito elogiar, sin que el cercano parentesco que con él me unía (pues era hermano y muy querido de mi madre, y además mi padrino) me incline demasiado a su favor, ni la disconformidad que llegó a haber en nuestras opiniones políticas, crecida en sus últimos días a punto de romper entre nosotros todo trato, me pueda mover a rebajar en un ápice el buen concepto de que entre las gentes, inclusos no pocos de sus contrarios, disfrutaba. Aunque era Villavicencio religioso, lo era sin superstición, siéndole familiares las obras de los filósofos franceses, y así, aunque tropezó con preocupaciones que representaban ser impropio en una ciudad amenazada de peligros darse a diversiones profanas que bien podrían provocar sobre los moradores de Cádiz la ira de Dios, no hizo caso de ellas y atendió a distraer los ánimos de los males de la guerra, proporcionándoles el esparcimiento posible en uno que, al cabo, aunque cómodo, no dejaba de ser encierro. Se abrió, pues, el teatro, y pronto se vio lleno, no obstante la escasez de recursos de los habitantes. En aquellos días el teatro de Cádiz, hoy pobre, mezquino y feo, puesto en cotejo con otros muchos después edificados, era tenido por de los mejores de España, aun incluyendo el del Príncipe, recién construido en Madrid, pequeño y de escaso adorno, aun el de los Caños del Peral, solo notable por ser algo mayores sus dimensiones. En el de Cádiz, los palcos principales, que en la nomenclatura madrileña de ahora se llaman bajos, eran todos propiedad particular, la mayor parte vinculada. Los apellidados de platea, puestos al nivel del patio y lunetas, eran incómodos, y así a los segundos concurrió la flor de la sociedad de la corte; familias de grandes de España, y de altos empleados.

Eran medianos los actores, pero entre ellos había algunos de los ya afamados de la capital. Faltaba Máiquez, que bien podría haber estado allí, atendiendo a su celo patriótico que por poco le cuesta la vida en el Dos de Mayo; pero el insigne actor se había dejado ablandar por los halagos de José Bonaparte y de las autoridades afrancesadas, y lucía su habilidad prodigiosa en las tablas de Madrid, si bien no sin conservar ardiente amor a su patria, que le atrajo dura persecución en 1814 y hasta odio personal del rey Fernando, restablecido en su trono. Faltaban dos buenos discípulos de Máiquez, Prieto y Caprara, ya conocidos de los gaditanos. Pero estaba Carretero, el galán compañero de Rita Luna, de quien ya he hablado en otra parte de estos recuerdos; estaba Díez, aventajado alumno de la escuela de Máiquez, a cuyo lado había ya representado papeles, y estaba Querol, gracioso de la más alta fama en la corte, excelente actor, y en las comedias llamadas de figurón, inimitable. Una actriz, de la cual ya he hablado al referir anécdotas de las mocedades de Martínez de la Rosa, Agustina Torres, hasta allí solo conocida en teatros de inferior clase, y de cuyas buenas dotes y cortas facultades he hablado, debiendo ahora añadir que con su natural talento y sensibilidad, recibiendo lecciones o consejos de personas entendidas, perfeccionó lo que en ella era perfectible, y brilló supliendo hasta cierto punto la falta de aquello de que por la naturaleza de su voz carecía. Otro actor, después subido a la más alta y merecida reputación, apareció en aquel mismo teatro, venido de alguno muy oscuro; pero este (hablo de Guzmán) solo apareció después de haber levantado el bloqueo y retirádose los franceses, si bien cuando todavía era Cádiz residencia del gobierno de España.

Las piezas que se representaban eran de muy varia clase: de la antigua poesía dramática castellana, y de las nuevas, representándose de cuando en cuando alguna composición patriótica recién escrita. También de aquellas de las cuales era natural sacar alusiones al día presente, solía echarse mano. Así, una comedia de poco valor titulada las Vísperas sicilianas, era oída con aplauso, a punto de venirse el teatro abajo, cuando al sonido de la campana se arrojaban los sicilianos acaudillados por Juan de Prócida sobre los franceses y hacían en ellos horrible destrozo.

Estaba el teatro bien dentro del alcance de las bombas enemigas, pero desde diciembre de 1810 y en todo 1811, y aun en los días primeros de 1812, rara vez nos enviaron los sitiadores tan molesto presente. Rara vez, digo, pero no nunca; pues, como para quitar crédito a una voz que empezó a correr después de una larga interrupción, suponiendo abandonado por los sitiadores un proyecto que tan corto efecto producía, con intervalos desiguales, que fueron siendo menores, siguieron cayendo en Cádiz granadas. Pero en mucho tiempo todas cuantas penetraron en la población se quedaron más cortas que la primera, y además viniendo como esta llenas de plomo, y no reventando, dieron motivo a la famosa coplilla de

Con las bombas que tiran
los fanfarrones
se hacen las gaditanas
tirabuzones.[41]

[41] Alusión a los rizos en forma de sacacorchos usados entonces, y que se formaban ciñendo con pedacitos de plomo delgadas mechas de pelo, que cubre y adorna la frente y sienes.

Don Adolfo de Castro, en la obrilla excelente de su género, donde trae mil particularidades de lo ocurrido en Cádiz durante la guerra de la Independencia, cita esta coplilla, y con ella una variante que es como sigue:

Con las bombas que tira
el farsante Sult
se hacen las gaditanas
toquillas de tul.

Pero como por fuerza ha de ver el lector, esto no tenía sentido, como lo de los tirabuzones. El señor de Castro (que no vivía entonces) ignora que esta variante tonta fue una copla improvisada y cantada en el teatro por un actor llamado Navarro que la echaba de gracioso, y a veces lo era, pero no a menudo. Al oírla fue aplaudida, como suele serlo cualquiera necedad, pero no era uso cantarla, pues bien se veía que no había materiales para medio pañuelo (vulgo toquilla en Andalucía) en las granadas que tiraban los franceses.

Sin embargo, ya entrado 1812, y muy a los principios, empezaron a venir con más frecuencia a visitarnos los instrumentos de muerte y ruina; y como ocurriese una u otra desgracia, ya comenzaron a buscar los habitadores en Cádiz medios de libertarse del peligro. Cabalmente de ello nació hacerse aún más alegre la vida. Como se verá en la continuación de esta narración (cuyas dimensiones van excediendo a las que pensé darle al comenzarla), los últimos meses del sitio, y los del bombardeo, nunca terrible, pero sí ya incómodo, fueron los en que de tal modo vino a ser la vida armada y rica en entretenimiento, que los pocos, poquísimos que hoy vivimos, y fuimos testigos de aquella situación, nos acordamos de ella como de una serie de días iguales a los que se pasan en una feria o en otra serie semejante de diversiones.

Lo que particularmente distinguía a los españoles de los días gloriosos en que sustentó nuestro pueblo, con raras excepciones y sin distinción de clases, la independencia y gloria de la patria, heroico en su perseverancia, aun cuando en varias ocasiones no lo fuesen en la campaña sus soldados bisoños, era la fe en la justicia de su causa, de donde nacía la confianza en el triunfo final, fuesen cuán grandes y numerosos podían ser los reveses con que hubo de afligirlos la adversa fortuna. Era en verdad España, en aquellas horas, personificación del varón justo y tenaz en su propósito, que en un pasaje, con frecuencia citado, pinta Horacio; cuyo espíritu firme, ni por las ventajas alcanzadas por el enemigo, ni por discordias intestinas y funestas desmayaba, y a quien no aterraba ver irse desmoronando sobre su cabeza el edificio de la nación a los embates del vencedor poderoso, estando, como estaba, resuelto a perecer impertérrito sepultado bajo las ruinas. De esto daba pruebas, como en ningún otro periodo de la guerra comenzada en 1808, España en los últimos meses de 1811 y primeros del siguiente; días cabalmente en los cuales hubo más sombras que lustre en el honor de nuestras armas, siendo frecuentes y graves los reveses, y escasas y de corta importancia las victorias. En aquella misma hora en que, consultada la razón, solo podía dar por respuesta que el triunfo del invasor era, si ya no seguro, poco menos, venía a ser cuando estaba haciéndose una Constitución, y cuando fue nombrado nuevo gobierno, atendiendo a ello más que a los sucesos de la guerra los moradores de la isla gaditana, mientras los de las tierras enseñoreadas por el enemigo, aun cuando poco se cuidasen de legislación política, miraban como la real y verdadera la que salía de la asediada Cádiz.

Mediado 1811, empezó en las Cortes a discutirse la Constitución. De sus méritos no me toca hablar aquí ahora: básteme decir que su todo y sus artículos empeñaban vivamente la atención y toda clase de afectos, considerándola como destinada a regir durante plazo más o menos breve a España toda. Los discursos de los diputados sobre puntos constitucionales eran oídos, no meramente con atención, sino con ansia viva, comentándose luego,[42] y aun con frecuencia en la hora de ser pronunciados; clase esta última de comentario, si no ilegal en sí, ilegalmente ejercida, pues se expresaba con aplauso a los oradores gratos al público, y con vituperios a los de opinión contraria.

[42] Perdóneseme como a un pobre viejo a quien dio algún cuidado su reputación, citar aquí algo de mis mocedades en que pruebe que no fui el loco tribuno que se me supone. En 1811 escribí un largo artículo en el Redactor general, defendiendo la doctrina que hace necesaria la sanción Real para que las resoluciones de cuerpo o cuerpos legisladores pasen a ser leyes, cuando el conde de Toreno en las Cortes había hablado contra dar al Trono tal prerrogativa. Verdad es que me ceñí a copiar los argumentos de Mirabeau. Pero al cabo algo era seguir al Mirabeau gran repúblico, en vez de seguir, como solían los más en aquel tiempo, en Mirabeau al tribuno, al revolucionario demoledor o trazador de locos planes.

Argüelles, Mejía, Muñoz Torrero, Calatrava, Oliveros, Gallego, Golfín, con algunos más, eran oídos como oráculos; Inguanzo, Gutiérrez de la Huerta, Borruell, Valiente, con otros pocos adictos a las mismas doctrinas, con extremos de injusticia. El famoso Ostolaza era blanco principal del odio y burlas del auditorio, lo cual merecía en parte por una frescura digna de ser calificada de descaro, y por ser conocidas sus malas costumbres y sus arterías para elevarse,[43] todo lo cual ponía en relieve su figura llena, su cara excesivamente redonda y rojiza, y sus ademanes y continente en grado sumo provocativos.

[43] Justifica lo aquí dicho de Ostolaza el proceso que se le formó por haber seducido a jóvenes de un colegio de que era director, cuando después de haber privado altamente con el rey Fernando fue enviado a residir en una provincia. También los medios por donde se había hecho notorio en 1810 habían sido ridículos y asimismo vituperables. Pero nada alcanza a disculpar la maldad atroz de que fue víctima, hacia 1838 o 1839, cuando, con no sé qué pretextos, murió asesinado con burlescas formas de juicio en Valencia.

Había asimismo diputados cuyos discursos unas veces eran recibidos con aplauso y otras con extremada desaprobación, porque en ellos estaban representados juntamente, pero alternando, los dos diversos y a veces opuestos principios del levantamiento popular de 1808: la predominancia del pueblo o de la plebe y el fanatismo. De ello venía o ser ejemplo don N. Torreros, conocido por el Cura de Algeciras, afluente, de corta y mala instrucción, sencillo a veces, malicioso en otras, ridículo en sus modos, y mucho en su acento ceceoso a punto de dar golpe aun en Andalucía.[44]

[44] Bien viene aquí, a fuer de buen andaluz, decir que no todos los andaluces cecean, aunque ninguno pronuncia bien el castellano. En Cádiz, por ejemplo, donde el convertir la l en r es vicio común, raros son los que hacen sonar la z, cuyo sonido sustituyen con una s, cual no la hay en otra lengua o parte alguna.

En los primeros días de las Cortes se había hecho notable el buen cura por sustentar la causa de los guerrilleros contra la de los oficiales del ejército con frases que le valieron altos aplausos. Cuando empezó a discutirse la Constitución, ya no privaba Torreros con el pueblo de las galerías, porque había soltado expresiones favorables a la intolerancia religiosa llevada al mayor extremo. Pero al hablarse del artículo de aquella Constitución que declara que la soberanía reside esencialmente en la nación, a la cual asiste el derecho de variar sus leyes fundamentales, ningún demagogo pudo exceder al cura de Algeciras sustentando una doctrina tan peligrosa, por la cual parece que está la asociación política que constituye un Estado como de continuo puesta en vilo. Sus elogios del pueblo, los temores o recelos del poder del trono, que manifestaba, ya con énfasis, ya con singulares reticencias que implicaban cargos y encerraban amenazas, y todo esto dicho con los modos y tono estrafalarios, en él tan comunes, recrearon a los oyentes, que recibían su discurso con una aprobación mezclada con risa.

También por aquellos días ocuparon a las Cortes otros asuntos, que dieron margen a que mostrase el auditorio, que de veras se creía amante de la libertad, su feroz tiranía, no sin participación de la mayoría del Congreso que en unas ocasiones le excitaba y daba ejemplo, y en otras aprobaba sus excesos, pues aprobación venía a ser su tolerancia. Los procedimientos contra un folleto del exregente Lardizábal, contra otro del consejero don José Colón, y contra una consulta quedada en mero proyecto del consejo llamado de Castilla, eran actos de despotismo en que las Cortes, figurándose parte, hacían no poca del oficio de juez, todo lo cual era celebrado, y lo que es peor, aplaudiéndose el rigor injusto, a la par que recibiéndose con violenta desaprobación la defensa que hacían de los acusados sus parciales. En uno de estos acalorados debates vituperó la conducta del desmandado auditorio el diputado don Juan Pablo Valiente, consejero de Indias, y trajo en apoyo de su censura una cita de Filangieri; pero aunque este escritor, hoy olvidado, era para los hombres de las sectas reformadoras del siglo XVIII autoridad de gran peso, los concurrentes a las galerías del cuerpo deliberante, entre los cuales no abundaban los doctos, llevaron tan a mal la cita, en odio del citador, que rompieron en un torrente de dicterios contra el orador, expresándolos en gritos y acompañándolos con amenazas, y hasta con señales de querer pasar sin dilación de las palabras a las obras. Empezó, pues, un alboroto, interrumpiose la sesión, retirose a una pieza interior Valiente, y no paró por esto el tumulto, siguiendo en voces y ademanes no leves muestras de propasarse a actos de violencia contra su persona. No tenía, con todo, aquel bullicio carácter verdadero popular, pues lo general de la población se mantenía en paz profunda, ciñéndose la turba medio amotinada al corto recinto de las dos o tres calles inmediatas al lugar donde se celebraban las sesiones, y en punto a número al de los que tenían la asistencia a las galerías por ocupación ordinaria. Hubo con todo de acudir llamado el gobernador, mi tío, que aún gozaba de favor con todo el pueblo, incluso con los constitucionales, y que, tomando del brazo a Valiente, le sacó por entre los alborotadores, y le llevó al seguro asilo de un buque surto en la bahía. No se oyó en las Cortes la merecida severísima reprobación de tal atentado, ni volvió a tomar asiento en ellas Valiente.

Mientras esto pasaba, iban cayendo en poder del enemigo varias plazas de Cataluña y Valencia; una gran derrota de la flor de nuestro ejército, mandada por el regente Blake, amenazaba aún con mayores males; y el ejército inglés, aunque victorioso, ceñido a defender a Portugal, si alguna vez conseguía ventajas dentro de España, pronto desamparaba nuestro territorio, si bien desde los confines del territorio vecino era para la causa de la restauración auxiliar poderoso. Todo esto llegaba a noticia de los vecinos de Cádiz, y si no les era grato, tampoco los afligía en extremo, llamando más su atención la lucha entre las opuestas banderías que acababan de ser bautizadas con los nombres de servil y liberal, que las operaciones militares.

También se prestaba atención a las producciones impresas, pero corta, salvo en una u otra ocasión en que lo impreso era casi como lo hablado, porque trataba de las cuestiones políticas pendientes. Los antirreformistas iban levantando la cabeza, no sin indignación de sus contrarios, que los culpaban de usar de la libertad para hablar contra la libertad, como si al obrar así no usasen de un derecho que se les había dado, así como a todos. No tenían grandes escritores, pero el padre Alvarado, que publicaba unas cartas con el nombre del Filósofo rancio, no era digno de desprecio. Una obra publicaron los de la misma parcialidad que valía poco, pero que hizo ruido, y vino a ser memorable por haber dado origen a otra producción de más valor, si bien no del que llegó a dársele, y de considerable escándalo. La que acabo de citar aquí en lugar primero, tenía por título Diccionario razonado manual, y era una sátira de los reformadores, siempre acre o amarga, por lo común necia e injusta; pero en algunas ocasiones no falta de ingenio o chiste, y hasta en uno u otro caso no ajena de justicia. Ello es que picó a sus adversarios, decidiéndose desde luego entre estos que era indispensable dar las tornas a tal agresor, y hacerlo con armas iguales a las por él empleadas. Lo más singular es que fuese señalado, como por elección, aunque no hecha por vías notorias, evidente, el campeón de los liberales a quien tocaba entrar en batalla, y, según se suponía sin consentirse en ello dudas, derribar y aniquilar al osado paladín de los serviles. El nombrado fue don Bartolomé Gallardo, dueño entonces de altísima reputación, aunque fundada en títulos que si por su calidad eran hasta cierto punto valederos, por su número y dimensiones apenas alcanzaban a constituir un valor literario muy subido. Gallardo, no muy conocido en Madrid, había sido elegido en Sevilla para escribir en el Semanario patriótico, puesto a la sazón a cargo de don Isidoro Antillón, don José María Blanco (el después conocido por Blanco White) y don Alberto Lista, a los cuales había encomendado Quintana, por entonces muy embebido en las ocupaciones de su empleo, continuar el periódico por él fundado en Madrid en agosto de 1808, al cual había logrado dar extremada valía e influencia, y en que había empleado su ya acreditada pluma. Gallardo hubo de escribir un artículo que no gustó, a punto de haber salido desechado por quienes habían de ser sus colaboradores. No eran prendas del así maltratado escritor ni la modestia, ni el sufrimiento, como hubo de probarlo en su larga carrera prolongada hasta días poco remotos del presente; carrera que fue una perpetua guerra en que él, agresor a menudo, se vio al fin obligado a defenderse y recibió más heridas que llevó, haciendo poco daño con sus armas, aunque procuró afilarles todo cuanto cabe en lo posible las puntas, y aun untárselas con veneno. Gallardo juró odio acerbo a la pandilla de Quintana y al que era de ella cabeza, lo cual, no obstante, se allegó a la bandera reformadora, pero como queriendo formar en ella un tercio o escuadrón aparte señalado por extremarse en la osadía. Había publicado un folletito de pocas páginas, titulado Apología de los palos dados a don Lorenzo Calvo de Rozas, y en tan breve trabajo y sobre tan pobre asunto había mostrado calidades de grande escritor; dicción castiza con solo algún ligero ribete de afectación, buen estilo, chiste abundante y de la mejor ley. Con tales méritos fue, sin embargo, desmedido el concepto que dio a su autor tan ligera obrilla, juguete primoroso, pero que de serlo no pasaba. Lo cierto es que Gallardo, como dejo dicho, fue señalado para contraponer un diccionario al razonado manual, y que cumplió con su encargo al cabo de no muy breve tiempo, anunciándose próximo unas veces el esperado parto de su ingenio, y otras remitiéndose a hora algo posterior el logro de las que eran altas esperanzas, y al cabo apareciendo el Diccionario crítico burlesco con grande aplauso del vulgo de lectores, y moderada aprobación de los entendidos; con bastantes malos chistes entre algunos pocos buenos; con no mucha originalidad; conteniendo trozos bien escritos y otros en que la afectación llega a ser insufrible. Lo que más valor dio a la obra fue la ira que excitó, harto merecida en parte, por la ostentación de impiedad que en ella resalta. Gallardo hubo de ser condenado por su obrilla y aun reducido a prisión, pero la muy suave en que estuvo fue para él lugar de recreo y triunfo, siendo allí visitado y adulado por gran número de personas, para quienes eran méritos las culpas del autor atrevido.

Tales eran (y si algunas de otra clase pocas) las plantas que florecían y fructificaban allí y entonces en el campo de la literatura. Por aquellos días publicó Capmany reimpreso en Londres, el libro a que impropiamente había dado el título de Filosofía de la elocuencia, mero tratado de retórica al uso antiguo, en que nada filosófico podía encontrarse aun con el mejor deseo de hallarlo, y el cual, sin embargo, había corrido con aceptación por muchos años; pero su autor, en su galofobia, le había variado, dándose por arrepentido de haber citado en él, como modelos, trozos de autores franceses, y sustituyendo a estos otros de escritores castellanos, a que agregó en su estilo renovado salpicar la composición con frases propias de los malos conceptistas del siglo XVII y hasta dignas del imaginado fray Gerundio. Pero su obra no dio margen por lo pronto ni a alabanza, ni a vituperio.[45]

[45] En días muy posteriores, y (si bien me acuerdo) en la Gaceta de Bayona, publicada hacia 1830 y escrita en castellano, fue censurada con extremos de aspereza, aunque no sin mucho de justicia, la aquí citada obra de Capmany, llegando los censores a punto de citar, para usarla en sentido contrario, la famosa frase de Quintiliano, cuando dice tocante a Cicerón: Ille se profecisse sciat cui Cicero valde placebit, afirmando que da pruebas de buen gusto quien condena a Capmany. Aquí se mezclaban con odios literarios los políticos, porque los críticos, antes servidores de José Napoleón, y pasados a protegidos de Fernando VII, no perdonarían ocasión en que pudiesen cebar su odio a los que se mantuvieron firmes en defender la causa de su patria.

Sin duda, las rarezas de que llenó Capmany la nueva edición de su obra, nunca más que mediana, justificaban no poco la severidad de la censura. ¿No son dignas de Gracián o aun del supuesto Gerundio frases como las que siguen, «corriendo se vendían antiguamente las rosas», «porque galas tan caducas no permitían asiento»; o esta otra; «los antiguos nos daban dentro de una medalla todo un César, porque los grandes hombres se han de medir de pescuezo arriba»?

En tanto empezaban a darse a luz traducciones de obras que antes no habrían podido publicarse en España. Una de Mably, de escaso valor, pero que le tuvo no corto cuando su autor, hoy enteramente olvidado, pasaba por grande autoridad en política, tuvo por traductor, o, como debe decirse, por traductora, a la excelentísima señora marquesa de Astorga, condesa de Altamira. Un don N. de la Dehesa, que en 1834 o 35 fue ministro de Gracia y Justicia, dio a la estampa en nuestra lengua, la antes estimada obra del suizo Delolme, sobre la Constitución inglesa, llamando al autor original, ciudadano de Génova, por decir de Ginebra, lo cual a más que a traducir equivocadamente la voz francesa Genève se extendía.[46]

[46] Debía el bueno del traductor, sobre haber sabido que Génova en francés es Gênes, así como Genève es Ginebra, saber que los genoveses, aun cuando era república el Estado de que eran parte, no usaban el título o calificación de ciudadanos. Al revés, en Ginebra, donde ciudadano era una calificación o un título legal, no común a todos los habitantes sino a una categoría de estos, por lo cual venía a ser un distintivo.

Más traducciones aparecieron, pero cuáles y cúyas fueron se me ha borrado de la memoria. Algo de esto era leído, de donde iban propagándose doctrinas hasta allí conocidas de pocos españoles.

Pensose en escribir para el teatro. Comenzó Martínez de la Rosa su tragedia La viuda de Padilla, y poco después su comedia Lo que puede un empleo, de las cuales ya he hablado en otro lugar de este libro. Infatigable Saviñón en traducir, lo cual hacía con extraordinario acierto, se dedicó a poner en verso castellano el Bruto primo de Alfieri, mudándole el título en el de Roma libre, y extremándose alguna vez más que el autor en varias doctrinas republicanas.[47]

[47] Al terminar el primer acto del original, recién expelido del trono Tarquino, grita el pueblo romano:

«Il primo di che vivrem noi, fia questo».

Saviñón le tradujo bien diciendo:

«Este es el primer día en que vivimos».

Pero como Alfieri usaba del verso suelto, y su traductor del Romance endecasílabo, y como cabalmente el verso aquí citado debía ser seguido en castellano por otro terminado en e o con que acabase el acto, hace Saviñón que a la exclamación del pueblo romano, Bruto, que en la tragedia italiana calla entonces, prorrumpa en el siguiente verso:

«Cópielo el mundo, y vivirán los pueblos».

En tanto, un ingenio muy de otros principios, el duque de Híjar, hermano del actual, escribió e hizo representar una composición dramática, en parte alegórica, en que no faltaban buenos trozos; pero como abundaba en pensamientos monárquicos, aunque no contrarios a las reformas que iban haciéndose, fue oída con corto favor, si bien no con desaprobación, siendo además su autor persona en quien algunas singularidades impedían que se hiciese la debida justicia al valor natural y aun al buen cultivo de su entendimiento.[48]

[48] Como hubiese dicho el buen duque, candoroso por demás, que para componer los versos se tendía boca abajo, dio esto motivo a dichetes de mal gusto. Arriaza dijo sobre ello unos versillos obscenos e ingeniosos, y Gallardo, en su Diccionario crítico burlesco, también hace mención de un gran señor, el cual «diz que componía los versos según aquí va referido». Mejor tratado merecía ser el duque de Híjar, cuya afición a las letras era notable y loable, y cuyos versos, si ya no de alto aplauso, eran merecedores de algún aprecio, siendo correctos cuando menos.

Entre tales ocupaciones y entretenimientos dentro de la isla gaditana, se multiplicaban fuera de ella las desdichas. Cayó, al terminar el año de 1811 o en los primeros días de 1812, en poder de los franceses la ciudad de Valencia, y con ella el entonces principal ejército español, quedando prisionero el general don Joaquín Blake, uno de los del Consejo de Regencia del reino, y aun su presidente. Era el revés de tal magnitud que hubo de causar más que la ordinaria pena producida por otras desventuras en los descuidados habitantes de la isla gaditana. Al mismo tiempo sonaron, aunque medio articuladas, voces de traición de las que había tiempo que no se oían. Para Blake nunca había soplado favorable el aura popular, a lo menos la que procede de las regiones inferiores y medias de la sociedad, mientras de los que más presumían, y con razón, de entendidos, una buena parte, en la cual se contaban Argüelles y sus amigos, tenía al general desventurado en no corta estima, reputándole hombre de saber tanto cuanto buen patricio. Lo cierto es que Blake gustaba de dar batallas, y que solía perderlas; que su sequedad desagradaba generalmente, cuando a otros daba idea alta de su buen entendimiento o instrucción su silencio casi perpetuo, y que su amor a su patria y su fidelidad no desmentida a la causa de la nación, como estaban juntas con una tibieza que rayaba en frialdad, eran poco a propósito para días de pasiones violentas, de aquellas que se manifiestan más que en actos útiles, en palabras y vanas demostraciones. Así corrió por Cádiz la noticia de que Blake, si no había abrazado el partido del rey intruso, estaba cerca de abrazarlo, y que los franceses, al recibirle la espada, le habían hecho los honores de infante de España; enorme desatino, pues esto, si hubiese sucedido, casi equivaldría a reconocer, en cierto grado, los soldados de Napoleón y el gobierno de José, la legitimidad del gobierno por ellos calificado de rebelde.

Hubieron de terminar tales desvaríos (por otra parte no tan peligrosos como habrían sido tres o cuatro años antes) con llegar un parte de Blake, donde se expresaba tan bien y con tan nobles pensamientos y afectos al referir su desdicha a la par con la del Estado, que le captó no pocas voluntades, hasta colocarle en la opinión en punto superior al que merecía real y verdaderamente; porque si era honrado y un tanto instruido, no tenía las altas dotes que en él suponían sus parciales.

Importaba, después de faltar Blake, nombrar nueva regencia. Sus compañeros Agar y Císcar, que después vinieron a recobrar el favor de los constitucionales, por entonces le tenían perdido, no dudándose de su recta intención, pero sí de su suficiencia. La elección podía parecer ridícula, pues apenas había España que gobernar. Pero fue llevada a efecto con grande empeño de las Cortes y del público. Formáronse los diputados en un remedo de cónclave, encerrándose rigurosamente por unas veinticuatro horas poco más o menos. Esperábamos delante de las puertas cerradas con notable impaciencia los que nos creíamos interesados en cuestión de tanta importancia. Circulaban nombres de candidatos, los más de ellos no muy del gusto de la turba expectante, más extremada aún que la mayoría de las Cortes. Entre los cinco elegidos disgustó, más que otro nombre, el del duque del Infantado, sabiéndose además que no había sido del gusto de Argüelles y los suyos, en este caso vencidos, aunque generalmente vencedores en aquel Congreso. El de mi tío don Juan María Villavicencio tampoco fue grato, aunque se supo que le habían votado los caudillos de los liberales, y debo confesar, con arrepentimiento y vergüenza, que pudo más en mí el fanatismo político que los lazos que me unían al hermano querido de mi amadísima y amantísima madre, y que fui de los desaprobadores de la elección siendo así que el electo, por sus muchas buenas prendas aún gozaba de favor sumo entre lo general de las gentes; pero yo conocía sus principios monárquicos que, descubiertos, al cabo hubieron de engendrar mutua enemistad entre él y los constitucionales. De los otros tres nombrados, solo el nombre del conde de La Bisbal, don Enrique O’Donnell pareció bien, lo cual prueba no estar dotados de grande penetración los que juzgaban a los recién elegidos. Los dos restantes quedaron sin aplauso o censura, aunque uno de ellos (don Joaquín Mosquera) fue después objeto, más todavía que de acre vituperio, de burla amarga.

Era cosa de ver las enhorabuenas que recibían los nuevos regentes y las esperanzas y los temores que reinaban sobre su modo de gobernar, cuando faltaba un Estado en que pudiesen acreditar sus dotes de gobierno, y era lo más probable que no llegase a haberle.

Ocupaba en medio de esto los ánimos el próximo juramento y promulgación solemne de la recién elaborada Constitución, ya llevada a remate. La fiesta que para ello se preparaba no podía ser ostentosa, pero lo raro de las circunstancias le daba un alto grado de lustre. Señalose para la ceremonia el 19 de marzo, aniversario de la subida al trono de Fernando, y por singular coincidencia, día de gala forzada para los españoles residentes en la opuesta costa, por serlo del santo del que se titulaba rey de las Españas y de las Indias. En el día 18, preparado ya todo para la festividad, se veía que no se prestaría a favorecerla el cielo, pues lo que tal nombre lleva aparecía cubierto a trechos de negras nubes, casi segura señal de recios aguaceros, y aun de viento furioso. Con todo, el nuevo gobernador de Cádiz, el dignísimo general de marina, don Cayetano Valdés, juzgando más por su deseo que por lo probable, aseguró que según su experiencia y habilidad en predecir por el cariz el tiempo, podía augurar que no sería malo el del día próximo venidero, y reinando en quienes supieron tal vaticinio igual deseo que el del vaticinador, cuyo acierto en tales casos era conocido y ponderado, se entregaron todos a lisonjeras esperanzas, no obstante ver cargadísimo el horizonte por la boca del Guadalquivir, y por el mar alrededor del castillo de San Sebastián, circunstancias que, estando unidas, son indicio infalible de un viento vendaval acompañado de lluvia. Acertó más que el general marino quien con menos pasión juzgaba tomando en cuenta el aspecto del cielo. Fue el día de aquellos de que hay pocos en lo malo, y sin embargo, pudo más el alborozo que la inclemencia del tiempo, saliendo magnífica a su modo la fiesta. Había ya arreciado un tanto el bombardeo, y la catedral estaba en uno de los lugares más expuestos a la caída de los proyectiles; por lo cual fue elegida para que en él se cantase el Te-Deum, necesario apéndice de tal clase de funciones, la iglesia del convento de Carmelitas Descalzos, situado en la Alameda. Desde ella se descubre el mar con la entrada del puerto de Cádiz y la costa desde Rota, asentada cerca de la embocadura del Guadalquivir, hasta muy a la derecha de la ciudad del Puerto de Santa María, lugares ocupados por los franceses. Tronaba la artillería en ambas contrapuestas riberas, aunque estuvieron en aquel día suspensas las hostilidades, siendo los cañonazos meras salvas, pero por tan contrarias causas, que aquel saludo por una y otra parte era un reto o declaración de porfiada guerra. Bien lo notaba el numeroso concurso que llenaba aquel paseo de Cádiz, y con notarlo crecía en su entusiasmo. Era el caso de que voy ahora hablando (según en otro pobre escrito mío he dado a notar) uno de aquellos en que un pueblo entero, sin dar lugar a la reflexión, obedece a un impulso único que le domina y arrastra, porque, aun a los más opuestos a la ley que se estaba promulgando y ensalzando, y aun a los más persuadidos de que la causa de la Independencia estaba perdida, aquel acto, para los primeros odioso y para los segundos ridículo, si meditada y fríamente le consideraban, embargaba, suspendía e inspiraba un júbilo irresistible. Apareció en esto la comitiva que del edificio donde celebraban sus reuniones las Cortes venía a la iglesia. Componíanla los diputados formados de dos en dos: con ellos los regentes. Estaba formada haciendo calle por la carrera la tropa, o, según se decía entonces, tendida. El viento se había desatado y soplaba como un huracán, bramando y combatiendo, y casi derribando a las personas expuestas a sus ímpetus: las nubes iban rompiéndose en torrentes de agua despedida con violencia, azotando los rostros, a la par que calando los vestidos, y los circunstantes no por eso sentían incomodidad grave; pues con ademanes de arrebatado entusiasmo, y ojos y semblante encendidos, gritaban vivas salidos de lo más hondo del pecho y oían con desprecio los cañonazos que en honor del intruso rey de España disparaban los enemigos. Entrados en la iglesia los diputados y demás personajes a quienes de oficio tocaba asistir al acto solemne, y además los espectadores que cupieron, no desamparó la concurrencia las inmediaciones del templo, a pesar de lo desabrigado del sitio y del rigor del viento y lluvia. En una ráfaga tronchó el como huracán un álamo de mediana robustez que estaba a corta distancia de la iglesia, y hubo entre quienes lo presenciábamos alguien que, por vía de burla, calificase tal incidente de funesto agüero en cuanto a la suerte del código objeto de aquella festividad; cosa dicha sin intención, pero que así podía haber hecho suya muy de veras la persona más supersticiosa como la más sagaz y previsora, porque la obra de los legisladores de Cádiz estaba destinada a morir en breve, ya triunfasen los franceses, ya Fernando rescatado volviese al trono, no pudiendo un rey reducirse de grado a aceptar una ley que tanto restringía su poder, sin que esto sea disculpa de la negra ingratitud y bárbara y feroz injusticia con que al fin aquel monarca, vuelto a su libertad y poder por esfuerzos de los constitucionales, si no solos, a la par con los de opinión contraria, pagó con persecución indigna beneficios con que podía ir mezclada la equivocación, mas no otra idea contraria a su autoridad; mal aconsejado en parte, pero también llevado por no buenas inclinaciones propias. Mas esto que hoy vemos no lo veíamos entonces, ni venía a cuento en aquella hora pensar en lo futuro. Atendíamos solo a la grandeza y singularidad de la escena de que éramos espectadores, y asimismo parte en mayor o menor grado. No amainó el temporal, y al retirarse las Cortes y el concurso, continuaron el cielo con sus rigores y la turba de concurrentes con su entusiasmo y vivas. Hubo horas de descanso, retirándose las gentes a hacer su comida diaria a la acostumbrada hora de las tres de la tarde, y a poco más de las cuatro de la misma, nueva ceremonia llamó al pueblo a las calles, a pesar de la continuada inclemencia del tiempo. Había preparados en los principales sitios de la ciudad cuatro o cinco tablados donde había de publicarse la Constitución con solemnidad. Presidió este acto el gobernador don Cayetano Valdés, vestido de grande uniforme que estrenó para el intento; circunstancia, aunque leve, notable, porque solía tan digno personaje recordarla, pues, calado de agua al desempeñar su encargo, hubo de perder aquel vestido algo costoso; pérdida de tal cual consideración en sus entonces cortos haberes, y sacrificio que hacía a la causa de la patria una misma con la de la Constitución en tan memorable día. Terminó este tempestuoso y lluvioso, pero sin que hasta cerrar la noche dejasen de estar atestadas de gente calles y plazas. Había preparada una iluminación general, pero no fue posible llevarla a efecto.

Ya dejo dicho que empezaban a caer las granadas con más frecuencia que antes, aunque sin periodo fijo. Pero el 16 de mayo, primer aniversario de la batalla de la Albuera, vino el mariscal Soult de Sevilla a las líneas fronterizas a la isla gaditana, y como en desquite del revés padecido en igual día del año anterior, dispuso y llevó a ejecución al cerrar la noche un bombardeo más serio por su duración que todos los anteriores. Esto, si no aterró, incomodó, y, como desde entonces, o de allí a pocos días, siguiese el arrojar de granadas con regularidad, se creó con ello un modo de vivir en los moradores adecuado a las circunstancias.

El método que adoptaron los franceses fue disparar de cuatro en cuatro horas sus trece o quince obuses-morteros. Tal regularidad, por más de dos meses no desmentida, trajo consigo un método de vida en los habitantes de la ciudad, el cual correspondía con el peligro o la molestia, contribuyendo a hacerlos menores.

Las granadas alcanzaban como a dos tercios o más de la ciudad,[49] y el otro hasta el fin del sitio quedó indemne y seguro.