[49] Es muy de notar que el alcance de la primer granada que entró en Cádiz (en diciembre de 1810) fue rarísima vez excedido y no muchas igualado por las que cayeron en su recinto hasta el 24 de agosto de 1812, último día del bombardeo, siendo lo común quedarse muy cortas hasta caer muchas en la bahía. Próximos ya a retirarse los enemigos cayó una en la iglesia de San Antonio excediendo a todas las anteriores y posteriores, pero, como esto sucediese sabida ya la victoria de Salamanca, y previéndose la retirada del enemigo, no hizo el efecto que habría hecho en otro caso.

A él acudían a pasar la noche la mayor parte de los que vivían en los barrios expuestos. Rebosaban en gente las casas del barrio que lo era de refugio, y era de temer, y se temió, que con el rigor del verano, el hacinamiento de personas en espacios breves y cerrados produjese enfermedades, y tal vez que asomase y se propagase la fiebre amarilla.[50]

[50] También en el paseo de la Alameda, del cual una buena parte estaba fuera de tiro, y la otra no era de lo más expuesto, dormían muchos a cielo raso y aun solían llevar allí colchones. Como esto era en los meses de junio (hacia los fines), julio y agosto, no resultó de ello daño, no siendo, por otra parte en Cádiz, rodeado de mar, perjudicial a la salud el rocío de la noche.

De este último azote que en 1810 había caído sobre la población, aunque no recio como en 1800 y 1804, y que volvió a aparecer, con algún más rigor que en 1810, en 1813, cuando por fortuna ya estaba Cádiz libre del asedio, nos libertó aquel año como en 1811 la bondad de la Divina Providencia. Pero el fundado temor dictó precauciones. Los hombres, con rara excepción, nos quedamos a dormir en nuestras casas. Otro tanto sucedía en general aun con las mujeres de clase menos acomodada, siendo esta una de las muchas desdichas inseparables de la pobreza. Las personas apiñadas en casas por lo común pequeñas, por ser cabalmente el barrio seguro de la ciudad uno en que abundan más las habitaciones reducidas que las espaciosas, tendían sus colchones en el suelo, y, no siendo las camas cómodas, ni la estación impropia para pasar el tiempo al raso, no bien se levantaban y limpiaban y se aviaban un tanto en peinado y traje, cuando, sacando sillas fuera de las puertas, se sentaban a conversar unas con otras. Concurríase allí como a una tertulia constante. Durante los intervalos regulares entre los disparos solían los refugiados, o digamos las refugiadas, ir a dar una vuelta a sus casas. A veces se descuidaban, siendo sorprendidas por las granadas antes de volverse a su asilo o a veces cuando a él venían encaminándose.[51]

[51] De esto ocurrió un lance en mi familia, que cuento porque puede servir de dar a entender lo que pasaba. En el intervalo entre los disparos había venido a mi casa, situada en lugar ni de los más expuestos ni de los seguros, con otra criada, el ama de leche que lo era de mi desgraciado hijo Dionisio. Se descuidó hasta dejar pasar las cuatro horas de suspensión del bombardeo. Entonces se vino apresurada con el niño en sus brazos hacia el lugar que era asilo de mi mujer y parientes. Pero recién salida sonó la campana y siguió el zumbido de una granada que vino a caer en la calle a muy corto trecho, cubriéndola de polvo así como a la criatura. Era de ver, según me contaron, cómo entró despavorida y llevando en su persona y ropas señales del recién ocurrido lance.

Al llegar el término fatal, todos se ponían en escucha, atentos al sonido de la campana del convento de San Francisco. Porque, por juiciosa providencia, estaba prohibido el toque de campanas en todo caso, para que no sonase otra que la de aviso, salida del aquí citado campanario, donde un fraile, hecho atalaya, puesta la vista en las baterías francesas, al ver salir de ellas un fogonazo, daba una campanada, siendo estas tantas cuantos eran los tiros. Al sonido de la campana seguía inmediato el estampido (que entonces no era detonación más que en francés) del temible obús o mortero; venía luego el zumbido de la granada por el aire, y cuando no caía el proyectil en la mar, como solía suceder, daba aviso de su caída un recio golpe. Entraba el averiguar dónde había caído y si había hecho daño a personas o a edificios. Lo primero ocurría rara vez; lo segundo no pasaba del agujero abierto por la casi inofensiva máquina de guerra. Había risa aun cuando hubiese miedo. En los lugares seguros, donde faltaba el temor de desgracia en la propia persona, había cuidado por las más o menos queridas que estaban en sitio expuesto, y aun por las casas y muebles que podían haber padecido detrimento. Libres ya de este cuidado, aunque ciertos de haber de sentirle igual cuatro horas después, se entregaban las gentes al buen humor, por lo común compañero de incomodidades no graves. Parecía como que se estaba en competencia para hacer gala de superior mérito contraído sobre quién vivía con más estrechez en punto a espacio, o con menos regalo en punto a cama y muebles.

Pero a criaturas que viven incómodas se hace necesario procurar distracciones. En ello se ocupó la autoridad. En el lugar más lejano del alcance de los fuegos enemigos, se puso al modo de una feria. Había además allí un tablado para música instrumental y vocal, que servía con frecuencia al fin a que estaba destinado. También se formó una como plaza donde se corrió por la sortija.

El embajador de Inglaterra, que lo era entonces sir Enrique Wellesley, hermano del general que llevaba el título de lord Wellington, solía dar bailes, si no con la suntuosidad que hoy se ve en algunos, y con lo que da de sí la ostentosa grandeza de los señores ingleses, unos donde concurría la buena sociedad gaditana y la grandeza de España y demás forasteros de alta categoría residentes en Cádiz, pero hubo de cesar en la costumbre por estar su casa muy expuesta a las granadas, porque sabiendo donde estaba, se recreaban los franceses en asestar allí sus tiros, y también por estar inmediata al campanario de San Francisco, otro punto a que ponían la puntería los sitiadores. Pero si el agente diplomático de la nación, nuestra principal aliada, interrumpió sus funciones destinadas al recreo de las clases altas, convirtió su atención al entretenimiento del pueblo todo, costeando fuegos artificiales, conciertos al aire libre, y otras diversiones de clase parecida. El teatro asimismo era lugar peligroso, y ya he contado en otro lugar que nos pasó por encima y cayó muy cerca una granada, al estar representándose con loco aplauso la comedia de Martínez de la Rosa titulada: Lo que puede un empleo. Pensose, pues, en hacer otro en el lugar a la sazón destinado a espectáculos, donde concurriese el público, y comenzó la obra, trabajándose en ella con actividad, y llegándose a construir un edificio mezquinísimo y de mal gusto, solo propio para aquellos días, pero que hoy está en pie y sirve a su destino, no sin descrédito de la culta Cádiz. También se dio principio a una plaza de toros allí muy al lado. Todo esto indicaba que esperábamos pasar largo tiempo en la situación en que nos veíamos, y de hacerla llevadera. En medio de todo ello no eran desatendidos los pobres. Como de estos había y hay muchos en el barrio llamado de Santa María, de los menos distantes de la línea enemiga, se formó delante de la casa Hospicio, y a corto trecho del lugar de las diversiones, un campamento en cuyas tiendas de lona tenían albergue muchas familias, y si bien no parecían tales habitaciones propias para pasar en ellas el invierno aun en el templado clima de Cádiz, se dejaba la consideración de buscar a aquella gente otra morada a la estación del otoño, y entre tanto se remediaba en algo el mal presente.

No puede decirse qué habría sucedido si semejante estado de cosas hubiese durado mucho, dilatándose hasta la entrada de una estación en que no es agradable, ni fácil, ni siquiera posible, pasar gran parte de la vida en la calle, o si logrando los enemigos dar mayor alcance a sus piezas, no hubiese quedado en la ciudad de Cádiz lugar completamente seguro. Por fortuna, nos vimos libres de las calamidades que eran de temer antes de sentir puesto a más prueba nuestro sufrimiento.

No me acuerdo si fue el 30 o 31 de julio cuando llegó al Gobierno la noticia de la victoria alcanzada por el ejército inglés en la jornada dicha por los vencidos de los Arapiles y por los vencedores de Salamanca. Era a medio día; la noticia corrió veloz por la población; sonaron exclamaciones altas y unánimes; celebrose con salva el triunfo; respondieron al saludo con sus granadas los enemigos, y a cada tiro de estos, correspondía por nuestra parte un grito de alegría y desprecio. Hasta contaban que el fraile a quien tocaba dar las campanadas para anunciar la venida del proyectil, a cada llamarada que veía en la batería francesa, no bien tocaba la campana, saludaba a los enemigos de un modo que con poca razón, si con universal consentimiento, pasa por obsceno, a pesar de qué su nombre suena ser, más que de otra cosa, de sastrería. De allí a pocos días, como se esperaba con fundamento, se supo haber entrado en Madrid el ejército aliado vencedor. Estas segundas buenas nuevas, llegadas al anochecer, renovaron el entusiasmo, particularmente en los madrileños y demás gentes de las provincias del interior refugiadas en la isla gaditana. Apareció de súbito y por movimiento espontáneo iluminada la ciudad toda, y cantos y gritos poblaban el aire, y se abrazaban en las calles los más particularmente interesados en el recién sabido feliz suceso.

Pero, así y todo, el bombardeo seguía. Al mismo paso iban los festejos. El tablado de la música no estaba ya vacío ni silencioso ni una sola noche. La fecunda vena patriótica de Arriaza había dado de sí una canción nueva, cuyo coro era:

Viva el grande, viva el fuerte
Que en la más gloriosa acción
El furor francés convierte
En vergüenza y confusión.

Siendo la primera copla:

Ved cuál entre polvo y humo
Por los campos de Castilla
Va la bárbara gavilla
Que era un tiempo su opresión.
¿Quién los bate y los humilla
Con el rayo de victoria?
La trompeta de la gloria
Dice al mundo, Velintón.[52]

[52] Adrede va escrito el nombre del ilustre lord y general, no como debe escribirse, sino como se pronuncia en castellano y es necesario para la rima.

Como se ve, no era la composición de lo mejor de un poeta que ha dejado muchas buenas, ni tampoco acertó quien lo puso en música; pero se oía con más gusto y entusiasmo que en tiempo alguno pueden haberse oído los mejores versos o los sonidos más melodiosos.

Como dentro de una semana, poco más o menos (en la noche del 24 al 25 de agosto de 1812), habiendo ya cesado los disparos en la tarde, el ruido de repetidas explosiones anunciaba que se estaban poniendo en retirada los sitiadores; suceso ya esperado. Amaneció el 25, y a su luz viéronse evacuadas las líneas enemigas, y a lo lejos, por el mismo camino de Buena Vista por el cual en el 5 de febrero de 1810 habían aparecido los franceses, ir marchando las columnas de caballería e infantería de los enemigos que para nunca volver desocupaban la tierra de que por tanto tiempo habían estado enseñoreados, dando poco menos que seguro vaticinio de que en no largo plazo habrían de abandonar la de España; castigada así la perfidia y dura conducta del invasor, y recibiendo el pueblo español la recompensa merecida por su primer arrojo y su no desmentida constancia.

La tarde del 25 fue destinada por un gentío numeroso a visitar las baterías abandonadas del Trocadero y la vecina punta de la Cabezuela, de la cual salían las granadas arrojadas a Cádiz. A los que en el 1.º de agosto de 1808 habíamos visitado el Retiro, nos parecía una repetición de la anterior escena la que presentaba el campamento francés en aquel momento. Los obuses-morteros eran principal objeto de la atención: se los miraba, se los palpaba, se les decían injurias, se los cargaba de desprecio, como si pudiesen ellos sentir el vituperio o la burla. El viaje a aquel punto se hacía por mar, pues por tierra había que dar para llegar a él un largo rodeo; los barcos, a pesar de haber muchos, escaseaban e iban atestados de gente, y todos ellos, al volver, traían en el tope de sus palos un gran ramo de hierba, como en señal de que ya podían pisarse los campos, saliendo de los áridos arenales a que por largos días habíamos estado reducidos. Es cierto que ramaje como el que venía en muestra traído del terreno del Trocadero, nada mejor que el de la isla gaditana, podía haberse hallado en esta última; pero no era del caso ser críticos tan prolijos, y bien venía saludar con gusto la señal que lo era de una feliz vuelta de la fortuna.

¡Rara condición la del hombre! El vernos libres del sitio no trajo consigo toda la alegría propia de tan fausto acontecimiento.

A quienes se ha acostumbrado a la agitación parecen la paz y tranquilidad una situación fastidiosa. Así es que, a los pocos días de levantado el sitio, vueltas las gentes a sus comodidades acostumbradas, era frecuente decir: «Gracias a Dios que nos vemos libres de franceses y de bombas, pero hay que confesar que la vida ahora es algo pesada, y que en los últimos apuros del sitio era muy divertida. Casi hace falta el oír sonar una campana que sirva de anunciar la venida de una bomba». Así éramos las personas de 1812: así serían las de ahora puestas en iguales circunstancias.