MIGUEL GRAU
Á este noble marino peruano, vencedor en Iquique del chileno, le cupo la suerte de ser vencido á su vez cuando le tocó luchar contra fuerzas superiores.
Con su monitor, el Huáscar, había logrado echar á pique la Esmeralda, viejo barco de madera; había sostenido otros combates más ó menos ventajosos con otros barcos chilenos; había esquivado con notable pericia, secundando las órdenes de su gobierno, todo combate de éxito dudoso. Y, en suma, había prestado servicios eminentes al Perú, su patria.
Pero llegó un día, el 8 de octubre de 1879, en que se vió forzado á combatir contra fuerzas bastante superiores y naves más potentes.
Copiamos de un historiador chileno[7]:
«... La lucha se iba á empeñar entre dos naves revestidas por una espeza coraza de fierro.
»El Huáscar rompió sus fuegos en retirada á las nueve y cuarto de la mañana. El Cochrane (acorazado chileno) siguió avanzando, y sólo cuando hubo acortado considerablemente la distancia hizo sus primeros disparos sobre la nave enemiga. Jamás fueron más certeros los disparos de la artillería. Los cañonazos del Cochrane destrozaron la torre blindada del Huáscar, destrozando también al comandante Grau. Dos oficiales que tomaron el mando sucesivamente, cayeron uno en pos de otro en el puesto de honor.
»La derrota del monitor peruano parecía inevitable. Sin embargo, el combate se sostuvo con toda energía cerca de una hora más con nutrido fuego de cañón y de las ametralladoras que el Huáscar tenía en sus cofas...
»Mientras tanto la fragata Blanco Encalada (chilena), forzando su máquina, se acercaba al sitio del combate, rompía sus fuegos sobre el monitor peruano y seguía avanzando como para espolonearlo. Se estrechaba la lucha más y más, y la espesa humareda de los cañones, de las ametralladoras y de los rifles ocultaba á cada instante la verdadera posición de cada nave. El comandante Latorre (chileno), por medio de un movimiento bien ejecutado, colocó al fin al Huáscar entre dos fuegos obligándole á rendirse.»
El Huáscar se rindió cuando ya no existía el benemérito Grau; cuando ya habían muerto los dos bravos marinos que le sustituyeron en el mando; cuando se contaban 61 muertos abordo y era casi imposible toda resistencia. De los 200 hombres que componían la tripulación del monitor peruano, sólo 140 quedaron en poder del enemigo (y heridos muchos de ellos).
Tal fué el sangriento combate de Angamos, donde los chilenos tomaron su revancha del de Iquique.
El comandante Riberos (chileno), en su parte oficial de la captura del Huáscar, se expresaba así:
«La muerte del contralmirante peruano don Miguel Grau ha sido muy sentida en esta escuadra, cuyos jefes y oficiales hacían amplia justicia al patriotismo y al valor de aquel notable marino».
No todos en Chile han sido tan justicieros con el benemérito patriota peruano. Tampoco en el Perú han hecho todos justicia á don Arturo Prat. Es que la pasión obscurece el raciocinio. Pero estamos bien seguros de que ha de llegar un día en que todos tributen los aplausos más sinceros al adversario vencido, que los combatientes se degradan deprimiendo al enemigo, vencido ó vencedor.
Por nuestra parte, no haremos comparaciones entre el combate de Angamos y el de Iquique, ni entre el comandante Grau y el joven capitán Prat. El valor del último es sin duda más épico; el del primero es más sereno y más solemne. Los dos combates son igualmente gloriosos para las dos marinas chilena y peruana.
La memoria de Grau es imperecedera. En el Perú causó la noticia de su muerte, y la de la pérdida del Huáscar, una emoción profunda. Y el tiempo no ha desvanecido la impresión. Todavía en 1890 se escribe en Lima con lágrimas como á raíz de aquel infausto suceso.
APÉNDICE
FIGURAS EMINENTES
WÁSHINGTON—BOLÍVAR—SAN MARTÍN—JUÁREZ—LINCOLN.
Hemos dicho que, en esta galería, no considerábamos ni necesario ni útil dar cabida á las figuras más eminentes y gloriosas de la historia americana. De todos modos, algo hemos de decir de los personajes cuyos nombres van al frente de estas líneas. Lo que no haremos es biografiarlos como á otros, con detalles archiconocidos. Tratándose de figuras que tienen tanto relieve, poco importa consignar ó no la fecha el día, el lugar del nacimiento, con otros datos de menor cuantía. Sus altos hechos dejan en la sombra los detalles que en otras figuras tienen importancia manifiesta. Pero diremos, siquiera á grandes rasgos, lo que constituye la gloria y es el fundamento de la fama de tan insignes varones.
I
Jorge Wáshington es el tipo más acabado y más perfecto del republicano y del patriota.
Como ninguno de sus contemporáneos, él personifica la independencia de las colonias.
Sin él, se hubiera hecho lo mismo la independencia de los Estados de la América inglesa, que no hay hombres necesarios.
Pero sin duda hubiera sido difícil encontrar otro caudillo tan pundonoroso, tan leal y tan desinteresado.
Por amor á la patria y á la independencia, rompió con tradiciones de familia, se sobrepuso á preocupaciones de raza, olvidó hábitos de educación y de carrera, todo lo sacrificó al servicio de su patria.
Fué militar afortunado, pero sumiso á las leyes de la naciente república; fué político sagaz, pero sin ambiciones; fué patriota benemérito, y sólo creyó haber cumplido con los deberes que la patria le imponía.
Tuvo otra eminente cualidad: sus discursos en el Parlamento fueron siempre desapasionados y lacónicos; jamás pronunció una arenga que durara diez minutos.
Para apreciar el mérito de su laconismo, hijo de su espíritu práctico y de su modestia, es conveniente recordar que las democracias pecan por los extremos contrarios, es decir, por la multitud de oradores y de charlatanes, por las dimensiones de los discursos políticos y por los derroches de mal empleada elocuencia.
Hablaba Wáshington á la razón, no á las pasiones; su escudo era la verdad; su fuerza el buen sentido. No hizo jamás inmoderado uso de hipérboles ni de metáforas; no las necesitó para hacerse aplaudir ni para hacerse admirar; no le fueron necesarias las imágenes de relumbrón ni los artificios de una pueril retórica, para fundar una República inmortal, potente, rica y gloriosa, que ha llegado á ser el modelo de las naciones libres.
Se ha comparado á Wáshington con Napoleón; los que lo han hecho injurian al caudillo americano.
Entre ambos héroes no hay comparación posible.
Napoleón era un genio militar, al servicio de sus personales ambiciones.
Wáshington, soldado más modesto, peleaba por la patria y por la libertad.
Se le ha comparado con Bolívar.
Tampoco es justa la comparación.
Bolívar luchó más, porque tuvo enemigos más tenaces y dificultades más tremendas.
Pero Wáshington fué más liberal, más consecuente y más modesto.
Bolívar lidiaba como un león; era un torrente en la montaña, un huracán en las llanuras.
Wáshington descollaba por la perseverancia y la firmeza; resistía como un roble el torrente de las contrariedades, como un baluarte el huracán de la guerra.
Bolívar es el soldado de la Revolución.
Wáshington es el patriarca de la Libertad, de la Federación, de la República y de la Independencia.
Nació Jorge Wáshington en un lugar de Virginia en 1732, de una familia inglesa que se hallaba en el país desde mediados del siglo XVII.
Aunque de padres ricos y de origen noble, adquirió desde la juventud los hábitos de formalidad y de trabajo que le distinguían. Se hizo cazador por afición y placer, agrimensor para tener una ocupación más útil.
En 1851 fué elegido comandante de la milicia local, y poco después tomó parte en la guerra contra los franceses, en la que se distinguió.
En esta campaña, y á las órdenes de oficiales ingleses muy acreditados por su valor y pericia, hizo Wáshington el aprendizaje de la guerra.
Firmada la paz entre Inglaterra y Francia, tomó parte el futuro caudillo de la independencia en la agitación que se manifestaba contra la metrópoli. Ya en la asamblea de Virginia se declaró contrario á las pretensiones del gobierno inglés, como lo hizo más tarde en el Congreso de Filadelfia, adonde fué como representante de Virginia en 1774.
Todos los americanos deseaban las reformas, pero estaban divididos en cuanto al procedimiento que se había de emplear para lograrlas; unos querían emplear la persuasión para obtenerlas de la corona británica; otros decían que el único recurso era la fuerza. Wáshington fué de estos últimos.
Rotas las hostilidades, el Congreso por unanimidad eligió á Wáshington para mandar las tropas (1775).
Desde entonces empezó á figurar en primer término, como general inteligente y soldado valeroso.
Ni los mayores reveses doblegaban su esforzado espíritu, luchando á la vez contra los ejércitos británicos, la penuria del Tesoro y la falta de recursos.
Á fuerza de perseverancia tomó la ciudad de Boston en 1776, victoria que permitió al Congreso proclamar la independencia el 4 de julio de aquel año.
Los ingleses, mandados por Howe, se apoderaron de Long-Island después de un recio combate, y Wáshington hubo de abandonar Nueva York, para proseguir la guerra con un ejército de 5 á 6,000 hombres en las márgenes del Delaware.
Tomando después y repentinamente la ofensiva, cuando nadie lo esperaba de un ejército desmoralizado por las derrotas y mermado por las deserciones, levantó el espíritu de las tropas y del pueblo con sus brillantes victorias de Trenton y Princeton.
La insurrección de las colonias inglesas produjo mucho entusiasmo en Europa, sobre todo en Francia, donde ya se agitaba el espíritu de la Revolución. Acudieron al teatro de la lucha numerosos voluntarios, entre ellos el joven marqués de Lafayette que peleó por la libertad de América y se hizo amigo de Wáshington.
Por entonces, 1777, se ganó la batalla de Saratoga en la que Wáshington no tomó parte; pero á sus acertadas maniobras se debió el éxito de la batalla.
El rey de Francia se declaró abiertamente en favor de los Estados Unidos, y envió algunas, aunque escasas tropas, que pelearan por la independencia. En aquella escuela se formaron algunos oficiales de los que dieron más tarde tanta gloria á la República francesa, cuando tuvo ésta que combatir contra todos los ejércitos de Europa.
Wáshington, sereno en los combates, sufrido en las privaciones y buen patriota siempre, dió además repetidas pruebas de severidad cuando se trataba de mantener la disciplina en sus tropas. Á los desertores, á los insubordinados y á los espías, los fusilaba ó los mandaba ahorcar sin debilidades ni contemplaciones. Y sólo así pudo salvar la disciplina del ejército; así fundó la patria.
No obstante su saludable rigor, no obstante las intrigas que contra él fraguaban sus émulos y envidiosos, era el ídolo de los soldados y la admiración del mundo. Por eso es más grande, por eso es más singular su abnegación renunciando á aprovecharse de su popularidad y de sus triunfos, y deponiendo su espada y sus laureles en el altar de la patria.
La capitulación de Yorktown, el 19 de octubre de 1781, fué el hecho decisivo de la guerra. Allí quedó prisionero el ejército inglés mandado por Cornwallis. Continuaron algún tiempo las hostilidades, pero Inglaterra estaba ya vencida.
En 1783 quedó firmada la paz.
Wáshington hubiera podido hacerse aclamar emperador ó rey ó dictador, como se lo proponían muchos de sus oficiales. Desechó la propuesta con indignación, desdeñó las críticas de unos y los halagos de otros, y se retiró á su casa de Mount-Vernon para vivir con honra como ciudadano de un gran pueblo.
Pero este pueblo, que le debía su existencia como nación independiente y libre, le sacó de su retiro en 1788 para elevarle á la presidencia de la República. Reelegido presidente en 1793, desempeñó lealmente la primera magistratura del Estado hasta 1797. Se quiso entonces reelegirle por otros cuatro años; pero él se negó resueltamente, dando así un buen ejemplo, que en las democracias no debe haber reelecciones.
En 1798 se dió á Wáshington el título honorífico de generalísimo de los ejércitos americanos, título que debía conservar mientras viviera. Mas vivió poco, pues murió el 14 de diciembre de 1799.
El Congreso decidió que todos los ciudadanos de los Estados Unidos vistieran luto durante un mes, y que se erigiera un monumento al gran caudillo en la ciudad Federal, que tomó el nombre de Wáshington.
Su memoria vive en el corazón de todo patriota americano, y es venerada por todos los federales de todos los continentes.
II
Bolívar es el tipo del caudillo revolucionario.
No del revolucionario levantisco, ciego instrumento de la demagogia, sino del que se siente subyugado ó atraído por un hermoso ideal y no pierde jamás la fe en el triunfo.
Para Bolívar no existían obstáculos; si los encontraba los vencía; y le enamoraban más si parecían insuperables, porque así era mayor el esfuerzo.
Bolívar era soldado y poeta; no poeta como el que escribe silbas para que sean silbadas ó sonetos para leerlos él solo, sino poeta de veras en sus pensamientos, en sus hechos y en su sensibilidad.
Genio soñador, había soñado en la independencia y en sus luchas desde la primera infancia. No le impulsaban móviles mezquinos, odios, despechos ni ambiciones: sólo tenía la ambición de gloria; sólo anhelaba morir por la libertad y la independencia de su patria.
Don Simón Bolívar y Ponte, de familia española, nació en Caracas en 1783 y murió en 1830. En el breve espacio de su corta vida realizó maravillosas empresas, dejando un nombre inmortal, un rastro de gloria envidiable é imperecedera. El nombre de Bolívar llegará á las remotas edades, pues está escrito en la Historia con letras de granito; su memoria no será olvidada mientras existan los Andes, el Amazonas y los dos Océanos que bañan los extensos litorales de la América del Sur.
Lo que hay de grande, de extraordinario, de épico en la obra de Bolívar, lo siente cualquier patriota; pero sólo puede comprenderlo el que sea verdadero militar. Improvisar ejércitos, disciplinarlos, instruirlos, aun en medio de inmensas dificultades, no es cosa extraordinaria ni nueva; batir á tropas regulares, bien mandadas por excelentes jefes, numerosas y aguerridas, tampoco es una empresa excepcional. Pero Bolívar hizo todo eso y mucho más que eso: conservar la disciplina después de la derrota, vencer decisivamente después de ser vencido, utilizar todos los elementos propios y aprovechar con acierto las aptitudes especiales de sus soldados y de sus tenientes; por último, inflamar de entusiasmo los corazones, electrizar á sus soldados y conquistar el afecto de sus propios enemigos.
Según la primera de las máximas de Napoleón, «los mayores obstáculos que se oponen á la marcha de un ejército son los grandes ríos, las cadenas de montañas y los desiertos». Pues bien, Bolívar hizo marchas de mil leguas á través de regiones sin caminos, salvando cordilleras, atravesando desiertos, y sin detenerse ante esos ríos verdaderamente grandes que en Europa no existen, ni Napoleón había visto, ni nadie cruzó nunca sin los medios necesarios.
Á tal punto es admirable y gigantesca la obra realizada por Bolívar en sus gloriosas campañas, que las batallas ganadas son pequeños episodios comparadas con las victorias que logró su genio sobre la naturaleza y el destino.
Y lo decimos con plena conciencia, poseídos de admiración y maravillados de su esfuerzo, pues sus marchas y sus retiradas, sus movimientos y recursos, no se conciben sin una audacia, una fortaleza y un genio sobrehumanos. Los infinitos encuentros, acciones de guerra, escaramuzas, combates y batallas en que tomó parte activa ó dirigió personalmente, quedan como obscurecidos ante la empresa casi inconcebible de su movilidad, atravesando ríos sin barcos y sin puentes, desiertos sin raciones, montañas sin caminos y bosques impenetrables. Y sin embargo, sus victorias sobre el enemigo fueron tan gloriosas como las de Boyacá, La Guaira, Pichincha, Junín y tantas otras.
Bolívar contó con el concurso de oficiales tan valientes como Sucre, Páez y muchos otros; contó con soldados tan infatigables como sus llaneros; contó, sobre todo, con la simpatía y el apoyo de los pueblos que su espada redimía. Pero el factor más importante de la redención de América fué el genio de Bolívar.
De las repúblicas existentes hoy en la América del Sur, no diremos que todas le deban la libertad; pero sí que llegó á todas el influjo de su genio, que sus victorias las alentaron á todas y las decidieron á luchar. De todos modos, le son acreedoras de su independencia cinco de aquellas repúblicas: Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia. La última lleva su nombre; el Perú le debe su gloriosa fecha de Junín; de las tres primeras formó Bolívar una gran República, la gran Colombia, desmembrada después por rivalidades intestinas.
Como guerrero fué Bolívar mucho más afortunado, más osado, más intrépido que Wáshington; como fundador de nacionalidades no fué tan feliz. Apenas vencidos los dominadores seculares, quedó Bolívar á merced de las pasiones de sus compatriotas redimidos, y aun de las suyas propias. No supo ser un ciudadano modesto como el caudillo norte-americano, ó tal vez no tuvo fe bastante en el porvenir de su obra. Lo cierto es que murió desengañado, perdidas sus ilusiones y desalentado por lo porvenir. Pero le han calumniado los que suponen que tuvo aspiraciones bastardas pretendiendo ceñirse una corona.
El hombre que había cosechado tan legítimos laureles, el vencedor de Junín, el héroe legendario de Pichincha, que había combatido contra los tiranos sobre las laderas de los volcanes andinos, y en pantanos insalubres, y en la nieve de las cumbres nunca holladas por el pie del hombre, es imposible que soñara en titularse rey ni en hacer la desdicha y la vergüenza de sus conciudadanos.
Éstos le han hecho justicia, dándole el título honroso y gloriosísimo con que figura en la Historia: Libertador de América. ¿Pudo ganar un título más hermoso? ¿Qué corona más envidiable ni más digna que la otorgada á su genio por la posteridad?
Bolívar fué digno de su raza por lo heroico; fué digno de su patria por la ofrenda de sus sacrificios. Tócale ahora á su raza enaltecer al héroe, como le toca á su patria hacerse cada vez más digna de la independencia y de la libertad, venerando el nombre del caudillo que las conquistó en larga y cruenta lucha, y olvidando sus yerros si acaso los cometió.
III
San Martín es una de las figuras más respetables de América.
Hemos dicho que Wáshington es un patriarca, un verdadero tipo de ciudadano y patriota; dejamos dicho también que el gran Bolívar es un caudillo revolucionario; digamos ahora que San Martín es el tipo militar de la Revolución, no del caudillo osado y genial y un tanto aventurero á lo Bolívar, sino del soldado regular, que ha hecho el aprendizaje de la profesión y conoce la milicia por reglas aprendidas y por la propia experiencia.
Don Juan San Martín nació en 1780, creemos que en Buenos-Aires. Ingresó muy joven todavía en el ejército español, y tomó parte en la guerra que sostuvo España contra las ejércitos de Napoleón. Entre los hechos de armas en que tomó parte activa como oficial subalterno, figura la batalla de Bailén ganada por los españoles el 19 de julio de 1808. En tan brillante escuela se formó el futuro general de las tropas argentinas.
Ya lo hemos dicho en otra parte: «San Martín es una de las grandes figuras de la independencia americana; si no ciñen su frente, como la de Bolívar, los resplandores del genio, tampoco tenía soberbia ni ambición. Era un patriota modesto, un héroe desinteresado y un capitán ilustre.»
Realizada la independencia argentina, concibió San Martín el proyecto le libertar á Chile de la dominación española. Para este fin organizó un ejército, con el cual venció las dificultades que los Andes le oponían, mayores ciertamente que los opuestos por los abruptos Alpes á Aníbal y á Napoleón.
Grandes cosas hicieron en la América del Sur los generales de la independencia; muchas proezas realizaron también los soldados españoles; pero desde el punto de vista militar, nada hicieron los partidarios de la metrópoli ni los defensores de la independencia que supere ni aún iguale á lo hecho por San Martín.
Á continuación copiamos lo que escribe acerca de su marcha un oficial español[8].
«El general San Martín fué encargado por el gobierno de Buenos Aires del mando de los territorios que confinaban con Chile. Nuestro ejército (el español) tomó posiciones en la cordillera de los Andes para impedir que el general enemigo entrara en Chile; pero adoptando un sistema peligroso para la causa que se defendía, nuestras fuerzas se dividieron en ocho grupos que se escalonaron desde Concepción hasta Aconcagua, es decir, ocupando una línea tan extensa que resultaba débil en todos sus puntos. San Martín con escasos recursos y con un ejército de 4,000 hombres, compuesto en parte de desertores del ejército español y de emigrados chilenos, no se atrevió á presentar batalla y acudió á los movimientos, á las combinaciones estratégicas, para engañar nuestra atención y penetrar en Chile. Trató secretamente con los indios puelches, que simpatizaban con nuestra causa, para obtener de ellos el libre paso por su país, con la idea de que dichos indios pusieran en conocimiento de los españoles su pretensión, lo que sucedió efectivamente; al mismo tiempo hizo saber á las tropas establecidas en Mendoza, que intentaba marchar directamente á Santiago por el desfiladero de los Patos, el más inaccesible de toda la cordillera, pensando con razón que los españoles considerarían la noticia falsa y propalada únicamente para atraer á dicho punto la mayor parte de las fuerzas.
»Después de esta preparación diplomática, por decirlo así, dirigió un destacamento de sus tropas sobre Coquimbo, otro sobre Talca, y otros dos encargados de hacer demostraciones sobre Turicú y sobre Santiago, por el desfiladero de Uspallata, marchando él con el grueso de su fuerza por el desfiladero de los Patos, que en razón de sus dificultades naturales suponía guardado muy débilmente. Y así sucedió: su pequeño ejército franqueó las altísimas montañas sin la menor resistencia, pues si bien sostuvo terribles luchas con la naturaleza y hubo necesidad de emplear gran energía y hacer cuantiosos sacrificios para transportar la artillería y los bagajes, llegó San Martín al cabo á los valles fértiles de Chile dejándose en el desfiladero 4,980 mulos y 3,400 caballos.
»Los patriotas facilitaron recursos al tan destrozado como exiguo ejército, y éste cayó sobre Santiago. Inútil es decir que nuestro ejército no pudo ya contener el torrente impetuoso de la opinión, apoyada por tropas que mandaba un general inteligente, activo y victorioso.»
San Martín derrotó á los españoles en Chacabuco y Maipo, siendo el verdadero libertador de Chile.
Mas no se contentó con su campaña chilena, pues corrió la costa del Pacífico hasta Guayaquil, donde tuvo una conferencia con Bolívar.
En Lima, donde ejerció la dictadura con la honradez y templanza que suele echarse de menos en los dictadores, obtuvo el título de Protector después de proclamar solemnemente la independencia del Perú.
Había realizado grandes cosas con escasos elementos, y bien hubiera podido tener ambiciones personales; mas no las tuvo. Emigró definitivamente á Europa, renunciando para siempre á la vida política, y murió en Francia en 1852.
Desde 1880 reposan sus cenizas en la catedral de Buenos Aires.
IV
La historia de Méjico es abundante en ínclitos varones; pero el que más descuella, el que más ha de crecer con las edades elevándose cada vez á más encumbrada altura es Juárez, ya que fué tal vez el único en su generación que no dudó un instante del porvenir de Méjico. Inquebrantable en su fe, venció y deshizo la coalición europea con su noble y patriótica constancia.
Nació don Benito Juárez en las cercanías de Oajaca en 1809, siendo hijo de padres indios de humilde posición.
Protegido en su niñez por un fraile franciscano, pudo seguir la carrera de Derecho.
No tomó parte en la política hasta 1856, fecha en que fué elegido gobernador de Oajaca.
Desde entonces figuró bastante en las contiendas civiles, pero no con la notoriedad y el lucimiento que le reservaba el porvenir.
En 1861 fué elegido por sus conciudadanos presidente de la República.
Las luchas de los partidos y la penuria del Erario, dando ocasión á reclamaciones repetidas de varias potencias extranjeras, motivaron una intervención armada de España, Francia é Inglaterra.
Comprendiendo Juárez el peligro que corrían la libertad y la patria si permitía la permanencia de los intervencionistas; conociendo además la justicia de algunas de las reclamaciones, firmó el convenio de la Soledad comprometiéndose al total pago de las reclamaciones por perjuicios inferidos á los extranjeros.
El general Prim se dió por satisfecho; y sólo aguardaba órdenes de su gobierno para retirarse con sus tropas españolas, cuando supo que los franceses exigían además garantías de orden político para lo venidero.
¡Y qué garantías!
Pensaban nada menos que destruír la República, establecer el imperio é imponer á Méjico un emperador austriaco.
Entonces Prim se reembarcó bajo su responsabilidad, haciendo otro tanto los ingleses, y denunciando al mundo la doblez y la perfidia de Napoleón III.
Los gabinetes de Madrid y Londres aprobaron después la conducta de los generales.
Los franceses, una vez solos, rompieron el tratado de la Soledad y manifestaron su propósito de derrocar la República.
Tan preconcebido era su plan, que ya tenían dispuesto el príncipe extranjero que había de ser elevado el trono de Motezuma: era Maximiliano de Austria, hermano segundo del emperador Francisco José.
El nuevo imperio había de establecerse bajo la inmediata protección de Francia.
Méjico se encontraba á la sazón con su tesoro exhausto, con los enemigos en su suelo y con la desconfianza en los espíritus.
Hijos espúreos de la patria se unían á los franceses invasores, no vacilando en sacrificar la independencia con tal de destruír las reformas democráticas y las instituciones liberales.
Tal era la postración del país, que sólo podía salvarlo una política enérgica, una política heroica.
Juárez no se sintió desalentado ante una situación tan angustiosa.
Elevándose á la altura de unas circunstancias tan excepcionales y tan críticas, hizo un llamamiento á los Estados que acudieron con fuerzas y recursos.
Los franceses, para impedir que los mejicanos organizaron su improvisado ejército, se internaron con las escasas fuerzas de que disponían.
El 5 de mayo de 1862 fueron batidos por los mejicanos en las llanuras de Puebla, viéndose obligados á retirarse con grandes pérdidas á Veracruz.
Allí esperaron refuerzos, y cuando los recibieron en suficiente número marcharon otra vez al interior, ocupando Puebla un año después de su primera derrota.
Desde entonces la resistencia se hizo difícil. Juárez, no obstante, al frente del gobierno nacional, disputó el terreno palmo á palmo al emperador intruso, á los traidores que le secundaban y á los mercenarios extranjeros.
Hubo momentos en que la causa de Méjico se creyó perdida. Las tropas de Juárez, mermadas por la deserción y por la muerte, no se apartaban ya de la frontera norte americana. Pero el ínclito Juárez no abandonaba la bandera que le había confiado la nación, y todos los patriotas de América y del mundo tenían fijos en él los ojos y la esperanza.
Aquel hombre esforzado, sin tropas, sin dinero, sin auxilios de ninguna clase, continuó siendo el alma de la resistencia.
Inútil es relatar las peripecias militares y políticas de una campaña tan larga y tan gloriosa; pero sí diremos que á la perseverancia de don Benito Juárez se debió principalísimamente la victoria final y decisiva.
El emperador Maximiliano fué fusilado en Querétaro en 1867, quedando entonces restablecida de hecho la República.
Juárez fué confirmado en la presidencia, no pudiendo llevar á término todas las grandes reformas que meditaba, porque murió en 1872 con gran sentimiento del país.
Ocupa Juárez un lugar eminente en la historia de la Humanidad. Patriota ilustre, poseyó acrisolada honradez, talento superior y verdadero carácter. Si no fué un genio político, tuvo en cambio dotes apreciables, sin las cuales el genio le habría servido de poco. Su tesón es legendario; su fe sin límites salvó la independencia de Méjico en los trances más críticos, en la hora más terrible de su movida historia.
Se le llama con justicia Libertador de Méjico.
El mejor elogio que puede hacerse de este patricio ilustre, es decir que habiendo gobernado mucho tiempo murió pobre.
Y ya que hemos anatematizado á los traidores que pelearon al servicio de los extranjeros, no terminaremos sin tributar un aplauso á todos los valientes que combatieron por Méjico y secundaron en su noble empresa á don Benito Juárez.
V
¿Quién no conoce y venera el nombre de Abraham Lincoln? ¿Quién no sabe que este hombre justo, que este político sagaz y consecuente, acabó con la esclavitud que deshonraba á los Estados Unidos?
Parece mentira que en la más libre de las naciones y en la segunda mitad del siglo XIX, vivieran en la esclavitud cuatro millones de personas.
Lincoln rompió sus cadenas.
Hombre ejemplar en su vida y en su muerte, salvó la Unión americana que atravesó durante su presidencia la crisis más tremenda de su historia.
Lincoln redimió á toda una raza de la más humillante servidumbre, y murió asesinado como suelen morir los redentores.
Había nacido el 12 de febrero de 1809 en una cabaña miserable del Estado de Kentucky. Sus padres, de oficio carboneros ó leñadores, pertenecían á la religión ó secta de los cuákeros.
Como su padre, el joven Abraham fué leñador.
El futuro presidente, el hombre que había nacido para la inmortalidad, manejó el hacha hasta los 21 años sin descuidar por eso la instrucción. Desde niño había aprendido á leer.
Después de haber pasado la primera juventud en Kentucky y en Indiana, á la muerte de sus padres se estableció en las riberas del Misisipí, donde se consagró al cultivo de la tierra.
Más tarde se hizo molinero.
El molino, puesto bajo su dirección, no le pertenecía; era propiedad de un comerciante de Salem.
En aquella gerencia industrial y comercial demostró Lincoln su honradez y buenas cualidades, ganando la confianza de sus convecinos.
Sus virtudes, su laboriosidad y la parte activa que tomó (siendo capitán de voluntarios), en una compaña contra los indios que mandaba el Halcón negro, le valieron figurar en la Asamblea del Estado. Casi la totalidad de los vecinos de Nueva Salem apoyaron y votaron su candidatura.
Tenía Lincoln por entonces 25 años, y se dedicó al estudio de las lenguas y de las matemáticas.
Como Wáshington, se hizo agrimensor.
En 1834 empezó á cursar la carrera de Derecho, recibiendo en 1837 el título de abogado.
En 1840 formó parte de la Cámara del Illinois, retirándose poco después de la política para vivir consagrado al ejercicio de su profesión.
Como abogado, mereció fama de íntegro, activo é inteligente.
En 1845 tornó á la política militante, emprendiendo una activa propaganda en favor de la candidatura antiesclavista de Clay para la presidencia de la Unión.
Clay fué vencido en la elección presidencial; pero Lincoln siguió su propaganda antiesclavista, llegando á ser considerado por todos como uno de los primeros adalides de la abolición.
La convención del distrito de Springfield (Illinois) le nombró por unanimidad para el Congreso Federal, donde tomó asiento como diputado en 1847.
En el congreso combatió con energía la declaración de guerra á Méjico, sosteniendo que los americanos jamás deben pelear por una cuestión de límites.
Fué también el defensor de cuantas peticiones llegaban al Congreso en pro de la abolición de la esclavitud.
Sus esfuerzos eran vanos, que no había llegado la hora de la justicia. El crimen horrendo de la esclavitud lo soportaban pacientes los amigos de la libertad, por miedo de causar una ruptura entre los Estados esclavistas y los antiesclavistas. Á Lincoln, y á todos los que con él querían la abolición inmediata, se les tenía por hombres peligrosos.
En 1858 sostuvo Lincoln una campaña memorable, de esas que tanto enaltecen á los pueblos libres. El esclavista Douglas, aspirante á la senaduría, recorrió diferentes Estados de la Unión defendiendo la esclavitud; y entonces Lincoln se impuso la tarea de seguir por todas partes al orador esclavista, levantando su voz donde quiera que Douglas se atrevía á levantarla. En todos los meetings en que hablaba Douglas, también hablaba Lincoln. El público de los Estados Unidos se interesaba extraordinariamente en la singular campaña, leyéndose en todas partes los discursos de ambos oradores. Lincoln se acreditó de polemista hábil.
En 1860, la Convención nacional de Chicago propuso á Lincoln para la presidencia. Y el día 6 de noviembre, los electores de los Estados por considerable mayoría eligen al humilde leñador, al batelero, al hombre honrado, para presidente de los Estados Unidos.
Los ánimos exaltados de los esclavistas no pudieron contenerse más. Sin provocación de ningún género, proclamaron la segregación. La Carolina del Sur retiró sus representantes del Senado y del Congreso, declarando que se separaba de la Unión. Siguieron su ejemplo Georgia, Alabama, Florida, Luisiana, etc. El gobierno federal se limitó á censurar la conducta de la Carolina (donde se habían cometido excesos y usurpaciones), y la Carolina contestó atacando el fuerte Sumpter guarnecido solamente por 70 hombres mandados por el mayor Anderson, que se rindieron después de una resistencia heroica.
Una asamblea esclavista reunida en Mongomery votaba el 8 de febrero de 1861 la Constitución de los Estados confederados del Sur; Jéfferson Davis fué elegido presidente.
No es nuestro ánimo relatar aquí las peripecias de la titánica lucha. Sólo diremos que los siglos no han presenciado ninguna semejante. Batallas interminables, combates navales que eran espanto del mundo, victorias inverosímiles, desastres estupendos, inventos maravillosos, y todo grande, todo colosal.
Pero Lincoln había jurado en pleno Capitolio cumplir con su deber, el cual consistía en proteger y defender y mantener la Constitución de los Estados Unidos.
Y cumplió con su deber.
Al principio de la guerra, la suerte fué contraria á los Estados de Norte. Pero Lincoln hizo milagros, la federación hizo prodigios, la Constitución fué mantenida y vencidos los rebeldes.
Más de dos millones de ciudadanos combatieron en defensa de la Constitución; por su parte los separatistas armaron cerca de un millón de hombres. Federales y confederados se batieron con denuedo por espacio de cuatro años seguidos.
En las filas federales se alistaron muchos negros, de los que se dijo que ennegrecían con sus rostros las filas del ejército. Hoy blanquean sus huesos los campos de batalla.
En 1864—en plena guerra—hubo elección presidencial. Lincoln fué reelegido con una mayoría de 400,000 votos.
El 30 enero de 1865, la Cámara de Wáshington declaró abolida la esclavitud por 119 votos contra 56.
Entre tanto la guerra continuaba, pero ya nadie dudaba del éxito.
El general Lee, después de haber hecho inútiles prodigios de valor, se rindió al general Grant el 9 de abril de 1865.
Poco antes entraba Lincoln en Richmond, capital de los rebeldes, entre las aclamaciones del ejército victorioso, de los negros libertos y de todos los amigos de la libertad.
El día 14 del mismo mes y año fué asesinado Lincoln de un pistoletazo en la cabeza, hallándose en un palco del teatro Ford.
Juan Wilkes Booth se llamaba el asesino.
Hiciéronse á Lincoln suntuosos funerales, y su cadáver fué conducido á Sprinfield cubierto de coronas y de flores. Centenares de negros, rotas ya sus cadenas, le acompañaron dándole guardia de honor.
¡Digna apoteosis del grandioso drama!
NOTAS:
[1] Don Juan Eugenio Hartzenbusch.
[2] Uno de los cuerpos de milicias se denominaba de Gallegos.
[3] Artículo 13 del decreto de 21 de junio de 1827.
[4] Essais sur le génie de Pindare et sur la poésie lyrique dans ses rapports avec l'élévation morale et religieuse des peuples, par M. Villemain, membre de l'Institut.—1859.
[5] Alto Perú, hoy Bolivia.
[6] Don Pedro González de Candamo.
[7] Barros Arana, Historia de la Guerra del Pacífico.
[8] Don Juan Chacón, Guerras irregulares, tomo II, pág. 191 y siguientes.