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La alhambra; leyendas árabes

Chapter 177: INDICE.
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About This Book

Una colección de leyendas y relatos que evocan la Alhambra y su entorno, combinando descripciones paisajísticas y arquitectónicas con narraciones románticas y legendarias sobre los antiguos señores del lugar. El texto alterna la evocación poética del paisaje y la ciudad, apuntes históricos y pasajes dramáticos que exploran el amor, el misterio y el destino en escenas palaciegas y en ruinas. Presentado en episodios independientes, ofrece una visión pintoresca y sentimental del pasado regional, entremezclando tradición oral, fantasía y reconstrucción histórica.

Arrojó lejos de sí la adarga, y se fué con los brazos abiertos al castellano, que le imitó.

El combate pasaba á ser lucha.

Una sombría y sardónica carcajada salió por entre las barras del yelmo de Tarfe.

Membrudo, ajigantado, gran luchador, pensaba sofocar entre sus robustos brazos al castellano.

Y así hubiera sin duda acontecido.

Pero cuando el moro estrechaba al mancebo, cuando su coselete rechinaba entre aquel brazo de hierro, su mano buscó el falso de la armadura de su enemigo, y su daga buida penetró en su pecho.

Tarfe abrió los brazos, lanzó un grito terrible, y cayó de espaldas.

El Ave Maria habia sido rescatada.

El mancebo alzó su visera.

Su rostro juvenil y hermoso, cubierto de sangriento sudor, se elevó al cielo, y sus elocuentes ojos negros dejaron brillar una lágrima de gratitud.

Oracion suave, dulce, perdida como un perfume en la inmensidad del abismo, y elevada hasta el trono de Dios: y luego fué al caballo del moro, quitó de su cola el cartel del Ave Maria, le besó de hinojos y le suspendió de su cuello sobre su pecho, á manera del vasallo que ostenta el blason de su señor.

Y llegó á Tarfe; le desenlazó el yelmo, y al ver su frio semblante, afeado por la lividez de la muerte, esclamó con un orgullo disculpable en sus pocos años:

—Soberbio moro: el novel caballero tiene ya empresa para sus armas, y el Ave Maria será un cuartel de gloria en el blason de los Garci-Lasos de Castilla.

Y cortó la cabeza á Tarfe, la colgó del arzon de su caballo, cabalgó, salió de la espesura y se encaminó al Real.

Allá á lo lejos se levantaba una nube de polvo bajo los pies de los caballos de un pequeño escuadron, que avanzó hasta dejar conocer á los que cabalgaban.

Era el capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba con sus escuderos, que habia sido elegido por el consejo de guerra para responder al reto de Tarfe, y venia armado de todas armas y cubierto de lazos y penachos.

Pronto llegó junto al jóven y pudo ver en su pecho el Ave Maria y en su arzon la sangrienta cabeza del moro.

Detúvose el capitan y con él sus escuderos.

—¡Pardiez, Garcilaso, dijo Gonzalo Fernandez al jóven, qué temprano empezais á ser hazañoso! vais apurando todas las grandes empresas; Chacon y don Diego de Córdoba, Ponce de Leon y Aguilar, entran en palenque en Bib-Arrambla y vencen delante de la córte de Granada; Pulgar pone el nombre de Maria en la mezquita mayor en prenda de posesion; y vos, niño aun, rescatais esa sagrada Ave Maria de un guerrero tan formidable como Abd-Allah-Ebn-Tarfe. ¿Qué dejais, pues, que hacer á Gonzalo Fernandez de Córdoba?

Y esto dijo sonriendo afablemente, como quien tiene harta gloria propia para no envidiar la agena, el hombre que debia ser la primera y mas clara gloria de las glorias guerreras de las Españas.

El que debia ser el último cercador de Granada.

El conquistador de Nápoles.

El terror de los franceses.

¡El Gran Capitan!

Tendiéronse las manos Gonzalo Fernandez y Garcilaso, y tomaron juntos la vuelta de Santa Fé.


Desde aquel dia, los Lasos son Lasos de la Vega, y en su blason campea el Ave Maria; desde aquel dia tambien, las armas de la ciudad de Santa Fé son una pica, clavado el cuento en la cabeza de un moro, y pendiente de ella el cartel del Ave Maria.

XX.

LA AGONIA DE GRANADA.

Gonzalo Fernandez de Córdoba habia sido encargado por los reyes don Fernando y doña Isabel de formalizar el sitio de la ciudad.

Acercábase la hora fatal en que la enseña del Islam debia ser arrebatada por el huracan de la almena que la sustentaba.

Cercada enteramente Granada, empezó á sentir el hambre.

Muy pronto esta se hizo intolerable.

Hablábase ya de rendicion entre los principales caballeros.

Y el rey Chico seguia dormitando en los perfumados departamentos del patio de los Leones.

Siempre delante de aquella sangrienta cámara.

Siempre delante de su remordimiento.

Empezaron á aparecer al descubierto las traiciones.

Súpose que los principales caudillos, temerosos por sus vidas y haciendas, andaban en tratos para la rendicion de la ciudad.

Quedaron patentes las causas de tantos sangrientos motines, de tantas batallas perdidas, de tantas esperanzas malogradas.

Y no fué ya tiempo de retroceder, ni de atender á males incurables arraigados de viejo en el corazon de Granada.

Sostúvose aun, sin embargo, algunos dias, con la esperanza de un socorro de Africa.

Pero los socorros no venian.

Aquejaba el hambre y se temia á cada momento la embestida decisiva del enemigo.


Una noche, Boabdil sintió pasos de algunos hombres en uno de los estremos del patio de los Leones.

Su corazon se estremeció.

Entre las voces de aquellos hombres que hablaban y que al parecer salian de la sala de Justicia, creyó reconocer el acento estranjero de los castellanos.

¿Qué hacian aquellos cristianos en su alcázar?

Trataban, sin duda, en medio del silencio de la noche, de la rendicion de la ciudad: la corona temblaba en su cabeza; el reino de Granada agonizaba.


Boabdil huyó despavorido, y se encontró, sin darse razon de cómo, en la funesta cámara de los Leones.

Sobre las señales rojas de la sangre de los abencerrages, á la luz de una lámpara de alabastro, estaba arrodillada una muger vestida con un blanco trage de luto.

El rey reconoció á la sultana Zoraida.

De la boca del rey salió un grito ahogado.

Zoraida levantó la cabeza y vió al rey.

Se levantó lentamente, y dijo al rey estendiendo su brazo de alabastro hácia la sala de Justicia:

—Allí, tus vasallos cobardes, entregan tu corona á los formidables reyes de Castilla. Aquí, la sangre de caballeros inocentes, se levanta hasta el Altísimo clamando contra tí venganza.

Y la sultana se separó del rey y se perdió como un fantasma entre las columnas del patio de los Leones.

El rey cayó anonadado sobre aquella sangre, y lloró.


En efecto, el capitan de caballos, Gonzalo Fernandez de Córdoba, y Hernando de Zafra, secretario de los reyes don Fernando y doña Isabel, que habian entrado secretamente en la Alhambra por un postigo, trataban con los wazires Aben-Comixa, y Abul-Cazin-Abd-el-Melik de la rendicion de Granada.


Al dia siguiente el débil Abú-Abdalláh reunió en consejo á sus wazires, á sus faquíes y á sus kadíes, y les consultó sobre la resolucion que debia adoptarse en tan estrema situacion.

El resultado fué fatal.

Los unos, vendidos al enemigo, los otros temerosos de él, resolvieron la entrega de aquella ciudad, engrandecida por el famoso rey Nazar-Al-Hhamar, fuerte y poderosa hasta Abul-Hacen, y vencida, destronada bajo el débil cetro de Abu-Aba-Allah-el-Zogoibi.

Todos los del consejo se inclinaron á tratar de avenencia con los reyes enemigos, y solo el valiente Muza encontrando aun resistencia y brio en su corazon, dijo que aun era temprano.

Sin embargo, se determinó que el wazir Abul-Cazin-Abd-el-Melik saliese á proponer capitulacion á los cristianos.

Los reyes de Castilla y de Aragon recibieron bien á este noble caballero, y determinaron que Gonzalo Fernandez de Córdoba, Hernando de Zafra y algunos otros de los principales cristianos concertasen la entrega.

Estos caballeros, precedidos del wazir, entraron otra vez en la Alhambra, por una mina entre la torre del Agua y la puerta de Hierro, y encerrados secretamente en la sala de Justicia del patio de los Leones, hicieron las capitulaciones de la entrega de la ciudad.


Cuando al día siguiente el wazir las presentó en el consejo, la palidez del terror se pintó en todos los semblantes; la sultana madre, Aixa-la-Horra, tembló de cólera, y el rey desfallecido, con los ojos preñados de lágrimas, ocultó su dolor entre los brazos de su madre.


Y en medio de aquel espectáculo de desolacion, intenso en el alma el amor de la patria, sereno, aunque pálido, el intrépido y guerrero infante Muza se levantó, y abarcando en una larga y sombría mirada á los que le rodeaban, dijo con acento de la mas fria reconvencion:

—Dejad, señores, ese inútil llanto á los niños y á las delicadas hembras; seamos hombres y tengamos todavía corazon, no para derramar lágrimas, sino hasta la última gota de nuestra sangre; hagamos un esfuerzo de desesperacion, y peleando contra nuestros enemigos, ofrezcamos nuestros pechos á las contrapuestas lanzas.

Muía era un héroe; su voz vibraba inspirada, pujante, entre aquellos hombres, antes tan valientes, y entonces aterrados por el adverso destino.

—Yo estoy pronto á acaudillaros, continuó el infante con energía; para arrostrar con denuedo y corazon valiente la honrosa muerte en el campo de batalla.

Mas quiero que nos cuente la posteridad en el glorioso número de los que murieron por defender su patria, que no en el de los que presenciaron su entrega.

Y si este valor nos falta, oigamos con paciencia y serenidad estas mezquinas condiciones, y bajemos el cuello al duro y perpetuo yugo de envilecida esclavitud.

Veo tan caidos los ánimos del pueblo, que no es posible evitar la pérdida del reino.

Solo queda un recurso á los nobles pechos, que es la muerte; y yo prefiero morir libre, á los males que nos aguardan.

Si pensais que los cristianos serán fieles á lo que os prometen, y que el rey de la conquista será tan generoso vencedor como venturoso enemigo, os engañais.

Están sedientos de nuestra sangre y se hartarán de ella.

La muerte es lo menos que nos amenaza.

Tormentos y afrentas mas graves nos prepara nuestra enemiga fortuna: el robo y el saqueo de nuestras casas; la profanacion de nuestras mezquitas; los ultrajes y violencias de nuestras mugeres y de nuestras hijas; opresion, mandamientos injustos, intolerancia cruel, y ardientes hogueras, en que abrasarán nuestros míseros cuerpos.

Todo esto lo veremos por nuestros ojos: lo verán por lo menos los mezquinos que ahora temen la honrada muerte; que yo, ¡por Allah! que no lo veré.

La muerte es cierta y en todos muy cercana.

¿Pues por qué no empleamos el breve plazo que nos resta, donde no quedemos sin venganza?

¡Vamos á morir defendiendo nuestra libertad!

La madre tierra recibirá lo que produjo, y al que faltare sepultura que le esconda, no faltará cielo que le cubra.

No quiera Dios que se diga que los granadíes nobles no osaron morir por su patria[157].


Calló Muza, y callaron todos los que allí estaban.

Y calló tambien el rey.

Y entonces Muza, viendo el abatimiento de wazíres, xeques, arrayaces y fakíes, se salió lleno de ira de la sala.

Y dicen los que de aquel tiempo y de aquellas cosas escribieron, que habiendo tomado de su casa armas y caballo, se salió de la ciudad por la puerta de Elvira, y que nunca mas pareció ni se supo qué habia sido de él[158].


Entretanto el rey, viendo que en la ciudad y en todo el reino, faltaban á un mismo tiempo el ánimo y las fuerzas, resolvió escribir á los reyes sitiadores, que para evitar alborotos y novedades, queria entregarle la ciudad al momento.

El wazir Aben-Comixa, fué á Santa fé con esta carta y con un presente de caballos castizos, con ricos jaeces y alfanges.

Esta fatal determinacion fué el dia cuatro de la luna de rabie primera del año de ochocientos noventa y siete[159].

XXI.

LA TOMA DE GRANADA.

Amaneció el dia cinco de rabie primera.

Todo el ejército cristiano con sus reyes á la cabeza, en alto los estandartes reales de Castilla y Aragon, tendidas las banderas y apercibidas las huestes, marchó sobre Granada.

Iban engalanados ginetes y peones.

Ondeaban al viento penachos, preseas, banderolas y divisas.

El sol arrancaba fúlgidos destellos de las brillantes armas.

Y los timbales y las trompetas y los atambores y los pífanos del ejército cristiano, tañian juntos en alegre alarido, y el viento llevaba á Granada el clamor de triunfo de los vencedores que se acercaban.

A Granada, mustia y silenciosa, cubierta de luto y regada mas con las lágrimas de sus infortunados habitantes que con el agua de sus fuentes.


Entretanto, por la puerta de la torre de los Siete Suelos, acompañado de cincuenta caballeros de los mas nobles de Granada, salió vestido de luto, ya despojado de la corona perdida, el rey á quien los suyos habian llamado con tanta razon el Desdichadillo.

El wazir Aben-Comixa, le habia precedido para entregar las llaves de la ciudad á Fernando V de Aragon que esperaba en las márgenes del Genil.

Su familia habia salido antes.

La Alhambra habia quedado huérfana de sus antiguos señores, desamueblada, deshabitada, muda y fria, esperando á un nuevo señor.

El rey Chico descendió por las quebraduras del cerro de Al-Bahul.

De repente su caballo se detuvo como presintiendo al enemigo.

A poco apareció entre las quebraduras el conde de Tendilla don Iñigo Lopez de Mendoza, acompañado de don Pedro Gonzalez de Mendoza su hermano, gran cardenal de España, y de don Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Leon, de la órden de Santiago: llevaba el conde el estandarte real; el cardenal el guion de la cruz; el comendador el pendón de Santiago.

Seguian muchos capitanes á estos tres magnates, y en pos marchaban algunas banderas de infantería española.

Al ver á sus enemigos, el desdichado rey palideció y tembló.

Saludáronle sin embargo los vencedores, con la consideracion y el respeto que merece la desgracia, y mientras seguian adelante para ocupar la Alhambra, el infortunado rey descendió rápidamente por las quebraduras, llegó al sitio donde delante de su ejército esperaba el rey de Aragon, y quiso arrojarse al suelo para arrodillarse ante su vencedor.

Pero el noble Fernando V no se lo permitió, acercando á él su caballo.

Abu-Abd-Allah le besó en el brazo y le dijo:

—Tuyos somos, rey generoso y ensalzado: esta ciudad y reino te entregamos, que así lo quiere Allah, y confiamos que usarás de tu triunfo con clemencia y generosidad[160].

Despues, enmudecido por el dolor, rompiendo el llanto á sus ojos, saliendo la vergüenza á su semblante, rehusando volver á Granada con el conquistador tomó a rienda suelta seguido de sus caballeros el camino de las sierras, por alcanzar á su familia que habia salido algun tiempo antes por otro camino de la ciudad.


En tanto, en la distante torre del Homenage de la Alhambra, vieron los castellanos tremolar un pendon rojo.

El ejército se prosternó.

La capilla real que acompañaba al ejército, entonó el Te-Deum laudamus.

Y allí, en una mezquita cercana, dieron gracias á Dios los conquistadores[161], é hicieron salvas las bombardas y la mosquetería.

El conde de Tendilla habia tremolado sobre la torre mas alta del alcázar de la Alhambra el estandarte de sus señores.

Granada, la perla de Occidente, la sultana de Andalucía, la cándida y la clara, era cautiva de los cristianos.

XXII.

EL SUSPIRO DEL MORO.

¡Ah! ¡y cómo corre entretanto el rey Chico!

¡Cómo hiere los ijares de su blanca yegua!

Parece que devora la distancia deseoso de perder en ella el estruendo de la alegria de los vencedores.

¡Ay! ¡y cómo corre tambien la comitiva del cuitado rey!

Huyen de su desventura y de su vergüenza, porque nadie los persigue.

Y los moros que van por el camino con sus mugeres en sus asnos y sus bienes en sus acémilas, maldicen al pasar el rey.

Y le llaman cobarde.

Y el rey aprieta los acicates á la yegua, que gime dolorosamente y apresura su carrera.

Y la comitiva del rey apresura tambien á sus caballos que vuelan.

Falta entre ellos el infante Muza: Muza el valiente.

Muza que no ha tenido bastante valor para presenciar la pérdida de su patria.

¡Corre, miserable rey!

¡Corre, como correrá tu llanto lejos de ese jardin de delicias donde brotan flores de púrpura bajo los rayos de un sol de oro!

¡Corre, miserable, corre, y oculta tu miseria y tu deshonra entre los pelados riscos de las Alpujarras!

Pero detente en esa aldea de Armilla.

Detente de nuevo y rinde un nuevo homenage.

Ahí en esa aldea está la reina Isabel de Castilla.

Arrójate de tu yegua, besa la mano de esa noble señora, torna á cabalgar, y huye de nuevo.


Ya las nieblas de la tarde flotan en el horizonte.

El último rayo del sol poniente refleja á lo lejos sobre las torres de Granada.

En esas torres, que eran antes tu castillo, y que ya no volverás á ver.

Míralas, Boabdil, míralas.

Entre sus almenas, ese último rayo del sol hace brillar limpias armas.

Pero esas armas no son las de tus moros.

Son las de tus conquistadores.

Detente, Boabdil, y mira por última vez á tu perdida Granada, porque cuando hayas bajado la vertiente opuesta de esa colina, ya, aunque vuelvas atrás los tristes ojos, no volverás á ver á tu ciudad.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Oh! ¿por qué asesinaste los bandos?

¿Por qué asesinaste á los treinta y seis caballeros abencerrages?





El suspiro de Moro

El rey habia llegado á una colina á dos leguas de Granada.

Junto á ella habia encontrado á las dos sultanas, su madre y su esposa.

Aixa-la-Horra le miró con cólera.

Zoraida con desprecio.

En la cima de la colina se veia una estrecha quebradura, desde la cual se divisaba por última vez á Granada.

El rey, al llegar á aquella quebradura, se detuvo, echó pie á tierra, estendió los brazos hácia su querida Granada, y cayó de rodillas.

Luego esclamó exhalando un grito desgarrador:

—¡Alah-ku-Akbar[162]!

Y cayó de rostro contra el suelo, rompiendo en amargo llanto.

Y Aixa-la-Horra, su madre, cuando así le vió, dicen que dijo trémula y demudada señalando á la ciudad:

—Razon es que llores como muger, pues no fuiste para defenderte como hombre[163].

Y su wazir, Aben-Comixa, que le acompañaba, para consolarle dijo:

—Considera, señor, que las grandes y notables desventuras hacen tambien famosos á los hombres como las prosperidades y bienandanzas, procediendo en ellas con valor y fortaleza.

Y el cuitado rey llorando le dijo:

—¿Pues cuáles igualan á las estraordinarias adversidades mias?

Y montó á caballo, se volvió al oriente, y partió.

Al partir la yegua, dicen que dejó señaladas sus herraduras en la roca, y aun se muestran hoy al viajero aquellas señales.

Los moros, en memoria de aquella tristísima despedida, llamaron al alto del Padul, á la quebradura donde se prosternó el rey, Ojo de lágrimas, y los castellanos le señalan todavía con el nombre de Suspiro del Moro.


Entretanto los cristianos ponian una cruz en la sala de Justicia del patio de los Leones.

CRONOLOGÍA

DE LOS REYES DE GRANADA.

 Años
Mohhammed-Ebn-Al-Hhamar.1238
Mohhammed II.1273
Mohhammed III.1303
Al-Nazar.1309
Ismail-Abul-Walid.1312
Mohhammed IV.1325
Juzef-Abul-Hhedjadj.1333
Mohhammed V.1354
Ismail II (por usurpacion).1359
Abu-Sayd (idem).1361
Mohhammed V (de nuevo).1362
Juzef II.1391
Mohhammed VI.1396
Juzef III.1408
Mohhammed VII, por sobrenombre Al-Hhayzarí.1425
Ebn-Ozmin.1445
Ebn-Ismail.1454
Abul-Hhasan.1466
Abu-Abd-Allah-Al-Ssaquir-el-Zogoibi (Boabdil).1482
Abd-Allah-Al-Ssaghar ó el Zagal (en union con Boabdil).1484
Boabdil (solo).1490

INDICE.

 PAGINAS.
Leyenda I.El rey Nazar.3
ILa colina roja.id.
IILa casita del remanso.7
IIILa dama blanca.10
IVBekralbayda.21
VUna historia muy sencilla.26
VIEl rey Nazar visto por el lado histórico.31
VIIEl rey Nazar visto por el lado de adentro.34
VIIILa venta de una muger.37
IXDe cómo el príncipe Mohhammed estuvo á punto de ser ahorcado por ladron.39
XLa torre del Gallo de Viento.42
XIDe cómo el rey Nazar comprendió que no podia ser feliz.45
XIIEl palacio de rubíes.48
XIIILa sultana loca.55
XIVLo que se veia desde la torre del Gallo de Viento.61
XVUno para cada almena.63
XVIUno para cada cautivo.66
XVIIEl rey Nazar se ha vuelto loco.67
XVIII¡El rey Nazar es un sabio!69
XIXEl surco del rey Nazar.75
Leyenda II.El mirador de la sultana.79
I¿Sultana ó esclava? ¿amante ó hija?id.
IILa mejor noche del rey Nazar.87
IIIDe cómo la sultana Wadah creyó en la resurreccion de los muertos.96
IVEn que Iskac-el-Rumí hace pensar al rey Nazar.117
VCelos y misterio.119
VIMisterios.122
VIIEl pergamino sellado.123
VIIIEn que se da fin á esta maravillosa historia.123
Leyenda III.El alma de la Cisterna.131
Leyenda IV.La Puerta del Juicio.190
Leyenda V.La torre de la Cautiva (continuacion de la anterior).249
Leyenda VI.La torre de los Siete Suelos (cuyo final sirve de epílogo á la anterior).316
Apuntes históricos, en que se dá una breve noticia de los reyes
de Granada que existieron despues del rey
Abul-Walid y antes del rey Abu-Abd-Allah-al-Zaquír-el-Zogoibi,
Granada.
427
Leyenda VII.El patio de los Leones.461

PAUTA
para la colocacion de las láminas.

 PÁGINAS.
La anteportada al cromo, delante de la portada impresa. 
Te he llamado para ser tu esclava.25
Y desaparecian y tornaban á desaparecer.54
Contemplo profundamente conmovida á Bekralbayda.83
¡Mátala si te atreves!114
El rey permaneció inmóvil y fascinado.143
Sacudió la bandera y cayó al suelo una cabeza humana.162
Mira, la dijo, mostrándola la cabeza del rey.185
¡Esta es mia!230
Muerte de Abul-Walid.243
¡He huido! ¡he huido, amado mio!278
Fuga de María.313
Asieron el cadáver de su padre... y le arrojaron en medio de la sima.347
Le llevaron á una hermosa cámara.385
El Belludo y el Descabezado.426
La sultana Zoraida.472
El Suspiro del Moro.539