WeRead Powered by ReaderPub
La reina Calafia (novela) cover

La reina Calafia (novela)

Chapter 12: ÍNDICE
Open in WeRead

About This Book

The novel opens on a university professor whose predictable domestic routine becomes entangled with wider social and political currents, as encounters with diplomats, sudden inheritances, and public gossip reshape private lives. Through linked episodes and shifting scenes, the narrative examines ambition, social climbing, and the contrast between outward appearances and underlying motives, tracing how fortune, reputation, and cultural prejudices affect relationships and choices. Character interactions and public scandals illuminate broader questions of power, pride, and adaptation to changing circumstances, while vivid descriptive passages and episodic structure map the personal consequences of social upheaval.

Sonrió mirando á su amiga, mas esta sonrisa dejaba en la duda de si era la viuda ó ella misma la que correspondía por sus méritos á Florestán.

La señora Douglas comió y bebió sin poder apreciar los méritos de este banquete de gala tan anunciado por el hotel. Lo mismo hubiese admitido otros platos y otras bebidas. Contempló con fingida atención el trabajo de los bailarines profesionales y las hermosas figurantas que se exhibían sobre el espacio encerado, entre un triple óvalo de mesas. Permaneció insensible igualmente á las adulaciones que le dirigía por lo bajo su acompañante.

—Las de la mesa próxima están asombradas de tu collar. Dicen que no han visto nada igual.

¡Qué podían importarle á ella tales alabanzas! Habló con varias compatriotas suyas que asistían á la comida, y no supo luego con certeza sobre qué habían conversado. Mientras su vida exterior se desarrollaba automáticamente, comiendo sin saber lo que comía y diciendo de un modo maquinal palabras de las que no se daba cuenta, su voluntad iba repitiendo interiormente, lo mismo que una máquina de vapor lanza mugidos de igual tono, pero cada vez más fuertes, según aumenta la potencia de su energía:

«Él está aquí... Hay que terminar de una vez... Debo impedir que vuelva.»

Hasta le pareció que Florestán se hallaba en aquel comedor. Sentía su presencia invisible, el roce misterioso de sus ojos fijos en ella. Tal vez la miraba desde el atrio ó del otro lado de los ventanales, oculto entre la gente curiosa que seguía de lejos el curso de la fiesta. Y sólo la sospecha de esta presencia real la hizo estremecerse, como uno de esos peligros que aterran y dan al mismo tiempo la voluptuosa angustia de lo desconocido.

Podía soportar ella fríamente las persecuciones de Arbuckle. La seguía á todas partes, pero se apresuraba á desaparecer, como un niño vergonzoso, apenas notaba en la viuda Douglas señales de contrariedad. No corría riesgo alguno en tal deporte. Hasta lo encontraba á veces divertido. Mas el otro no era Arbuckle, y ella se tenía miedo á sí misma al verse tan débil, tan desarmada, en presencia de aquel joven que por suerte no se había percatado de su gran poder... Pero ¡ay! si menudeaban tales encuentros, acabaría por ocurrir lo que ella no quería que fuese. Lo más penoso ya lo había realizado en Madrid. ¿Para qué convertir en sacrificio estéril la tortura moral que se impuso entonces, desandando ahora el penoso camino que ya llevaba hecho?... Era preciso continuar hacia adelante.

Pasó gran parte de la noche sin dormir, pensando en lo que ocurriría al día siguiente cuando encontrase á Florestán.

«Hay que terminar—seguía aconsejando su voluntad—. Hay que verle por última vez.»

Una Concha Ceballos completamente nueva, cuya existencia no había sospechado nunca, despertó de pronto en su interior, hablando con cínica energía. Se sintió avergonzada al escuchar los consejos de este otro «yo», ignorado hasta entonces.

«¡La influencia de la Costa Azul!—se dijo la viuda para explicarse la conducta de esta mitad insospechada de su alma—. ¡La vida de amor y de costumbres libres que me rodea en este rincón dichoso del mundo!»

Mas la «otra», sin prestar atención á sus excusas, continuaba hablando imperiosamente:

«Ahí le tienes. Ya que viene en tu busca, sin que lo hayas llamado, aprovecha tu buena suerte. El destino lo quiere. Haz lo que otras; no sufras más; da un hartazgo á tu pasión en secreto. Nadie sabrá nada... Una aventura... unos días de placer... y luego lo dejas. ¡Tantas han hecho lo mismo!»

Mas la juiciosa señora Douglas, la de siempre, se revolvía contra estos consejos, considerándolos absurdos. Florestán la seguiría en su segunda fuga, como ahora venía á buscarla después de la primera. El que ama no se satisface con una aventura única; al contrario, este corto episodio excita sus deseos. La seguiría por todo el mundo, con la autoridad de los derechos irrecusables adquiridos sobre ella; y ella, después de su caída voluntaria, no podría defenderse... Paladear un placer que dura un momento... ¿y luego? ¿Tendría la dureza precisa para abandonarlo, tras la mutua posesión, como le aconsejaba aquella personalidad demoniaca surgida inopinadamente de ella misma?... No; después de una breve entrega, terminada por una fuga, la situación de los dos aún resultaría peor.

De pronto, como el esfuerzo decisivo que inclina con su presencia el resultado de un combate, asomó en su recuerdo una carita de joven llorosa: la novia de Florestán. Aquella muchacha estaba lejos; no podía defenderse... Además, ella le había hecho una promesa. ¡Qué infamia abusar de su ausencia!...

«Es preciso romper para siempre. No verle otra vez; impedir que vuelva.»

Pero al adoptar la amazona esta resolución sintió ablandarse su fiereza y se dijo interiormente, como si lanzase un lamento:

«Ahora que ya me había acostumbrado á vivir sin su recuerdo... ¡verle otra vez! ¡resucitar lo que tanto me costó de dar muerte!... Pero es preciso... ¡es preciso!»

Bajó en la mañana siguiente al paseo de los Ingleses, poco después de las once, cuando era más numerosa la concurrencia de los que toman el sol junto al mar, esperando que el cañonazo de mediodía disuelva á los grupos y los envíe en todas direcciones, hacia sus hoteles y casas, en busca del almuerzo.

Iba escoltada por Rina, que mantenía pegado á sus faldas el perrillo japonés, llevando corta la trenza de cuero sujeta á su collar. En vez de ir paseo abajo, hacia su principio, donde se aglomeran los invernantes, ocupando bancos y sillas frente á restoranes y cafés para oir sus orquestas, siguieron en dirección contraria, aproximándose al barrio llamado de la California. Según iban avanzando, los presentes eran más escasos y el malecón tomaba un aspecto de ribera marítima. Había en esta playa falta de arena varias barcas de pesca puestas en seco sobre los guijarros redondos, iguales á galletas azuladas ó grises. La luz del sol, blanca en fuerza de ser intensa, se reflejaba sobre el índigo del mar como una lluvia de plata voladora.

La señora Douglas estiró su labio superior con el gesto hostil y sombrío que apoyaba sus resoluciones decisivas. Había que terminar, y era preciso que fuese cuanto antes...

En la playa, un grupo de curiosos admiraba tendidos á sus pies dos pescados enormes é inánimes. Tenían dientes de sierra, lomo obscuro espolvoreado de blanco y ojos muertos, que aún parecían guardar en su fijeza una expresión de ferocidad. Un marinero canoso, barbudo y melenudo, de mirada dulce, que tenía gran semejanza—como muchos nicenses viejos del puerto—con su compatriota el caudillo Garibaldi, explicaba á los curiosos la captura de estos dos tiburones del Mediterráneo, que habían destrozado gran parte de sus redes. Formaban pareja: macho y hembra. El pescador no sabía distinguir el sexo de cada uno, pero estaba seguro de que eran así.

—Y entonces, el macho, que aún podía escapar—dijo con su musical acento italiano—, viendo prisionera á su hembra, prefirió lanzarse en las redes para librarla ó morir con ella... Yo le he visto con mis ojos, señores míos.

Al oir Concha Ceballos tal relato desde lo alto del paseo, sintió cierta emoción, no obstante estar segura de su falsedad. Aquel navegante romántico daba á las bestias egoístas y feroces del abismo las mismas pasiones que alegran y entristecen á los humanos. Hacía descender el amor á las profundas obscuridades marítimas, donde el sol toma al perderse en las aguas un color de sangre, y no hay otra vida que devorar ó ser devorado. ¡Ah poeta «camisa roja»! ¡Rapsoda mediterráneo!...

En un restorán barato, al otro lado del paseo, banqueteaba el cortejo de una boda nicense, gente popular que aclamaba á los novios, expresando sus alegrías de un modo ruidoso.

Unos cuantos músicos disfrazados de pescadores napolitanos acompañaban con guitarras y mandolinas las canciones de un tenor. Tenía la voz engolada y dulzona del cantante popular; voz que hace sonreir de lástima bajo un techo y humedece los ojos al ser oída de noche en un canal veneciano, ó bajo la lluvia áurea del sol entre los promontorios rojos del golfo de Nápoles.

Vieni al mare
Vieni al maaare...

Así gemía el tenor invisible, acompañado por un dulce temblor de cuerdas, y la señora Douglas se sintió ablandada, como si la invitación del cantante fuese para ella.

El mar era la libertad, el olvido, una nueva existencia filtrada por la pureza de los inmensos horizontes; de las azules soledades; de las auroras sobre el océano desierto, que nadie puede ver y si extienden los nácares de su cándida diafanidad es para admirarse á sí mismas; de los regios ocasos de púrpura y oro, que afirman la promesa de un nuevo día y tienen como la llanura oceánica la majestad melancólica de lo eterno.

«Ven al mar...» Ella aceptaba esta invitación al viaje y al olvido... Y contempló imaginariamente, como lugares de refugio y paz, todos los puertos visitados en su vida anterior, con bosques de mástiles, cuerdas y velas puestas á secar, con muelles de piedra verdosa y viejas anillas de hierro oxidado, de los que se despega lentamente la pared de acero del trasatlántico, abriendo una distancia de medio metro, que va á crecer y á prolongarse en el infinito durante miles de leguas. Unos puertos olían, bajo el sol incendiario, á bananas recalentadas, á frutos picantes, á especiería y maderas preciosas; otros eran de cielo gris con un perfume de té, de ginebra, de tabaco con opio; y en los muelles de todos ellos multitudes abigarradas, confusión de idiomas, cruzamientos grotescos de civilización y barbarie, colosales máquinas de acero y carretas de búfalos con discos de madera por ruedas, gentes cobrizas, negras, pálidas, rojas.

¡Viajar!... ¡Olvidar!... Concha Ceballos se acordó repentinamente de cierto profesor viejo de Los Angeles que citaba en latín unos versos de Horacio, excusando con ellos la falta de curiosidad que le había retenido en el mismo rincón del mundo, sin conocer otras tierras.

«La negra preocupación monta detrás del jinete. No nos abandona por más que cambiemos de sitio.»

Así es. Cuando saltamos al buque, otro más ágil ha pasado antes que nosotros: el eterno compañero de viaje, duende testarudo que no admite engaños y nos sigue por más que intentemos desorientarle y librarnos de su presencia con astutas jugarretas.

Mas aunque nos siga, como la sombra sigue al cuerpo, el tiempo y el espacio acaban por influir en él. No nos libran de su compañía, pero consiguen modificarla. La señora Douglas seguía creyendo en el poder del mar, y comparaba la «negra preocupación» que nos acompaña á todas partes con esos vinos del viejo mundo que, al cruzar el Océano, cambian de cuerpo y de perfume, suavizándose.

De pronto sintió extrañeza al verse en aquel paseo sin otra compañía que la de su amiga. Sólo habían transcurrido unos segundos, mas á ella le parecieron largos y repletos de melancólicas reflexiones, como si fuesen horas tristes. Miró á un lado y á otro sin encontrar al que esperaba. Debía estar oculto, observándola de lejos. Adivinó en el espacio la presencia real del mismo ser que llenaba su recuerdo. ¿Es que no vendría, por una malicia inconsciente, dejando que su voluntad se ablandase en dolorosa espera?...

Sintió á su espalda una voz que la hizo estremecerse, á pesar de que esperaba oirla desde que salió del hotel.

—Señora Douglas... Doña Concha...

Con este saludo ceremonioso anunció su presencia. Y ella le vió surgir ante sus ojos más grande, más fuerte, que al conocerlo en el salón de trabajo de su padre.

Era el héroe Esplandián, el caballero San Jorge, rubio, de membruda esbeltez, sereno y fuerte; pero ahora tenía una luz melancólica en su mirada, un velo de tristeza ante su rostro, una expresión de desaliento en toda su persona. Era el paladín todavía fatigado y convaleciente después de su pelea con el dragón.

La viuda sintió un pinchazo material en sus entrañas, algo que le hizo sospechar si habría quedado olvidado entre sus ropas interiores algún alfiler que la hería traidoramente. Tuvo que realizar un esfuerzo de voluntad para no llevarse la diestra al vientre dolorido.

El perro japonés, escandalizado por la confianza con que aquel hombre se aproximaba á su dueña ó advertido por obscuro instinto de la presencia de un rival, empezó á ladrar, furioso y grotesco, intentando morder sus pantalones.

—¡Llévate á esa bestia odiosa!—ordenó con voz colérica la señora.

En aquel momento lo encontraba feo, no pudiendo explicarse los elogios que le había dedicado tantas veces.

Rina conocía bien sus obligacions de confidenta, lo que debe hacer una perfecta compañera cuando nota que el amor aún existe en el mundo y se aproxima benevolente para alguien. Tomó al perrillo en brazos y se alejó, hablándole en voz alta mientras le mostraba el mar y las velas triangulares que se deslizaban por la línea del horizonte. Dejó á sus espaldas un espacio de más de veinte metros, para que los dos conversasen con toda libertad sin preocuparse de ella.

Florestán, como si temiera un retroceso de Rina y desease aprovechar cuanto antes la ocasión de hallarse á solas con la señora Douglas, empezó á hablar precipitadamente. Mostraba el ansia del que quiere decir de un tirón todo lo que lleva en su pensamiento, después de haberlo preparado en largas horas de labor reflexiva. Era la verbosidad del tímido, que habla aprisa queriendo evitar con esto las objeciones del que le escucha y que no corten el desarrollo de su discurso. Parecía subirse sobre sus propias palabras para saltar con nuevo ímpetu, diciendo todo lo que necesitaba decir.

Primeramente justificó su presencia en Niza con una mezcla de pretextos, verdaderos y falsos. Había ido á París para el arreglo de ciertos asuntos que dejó inconclusos su padre: antiguas empresas industriales, invenciones susceptibles de explotación... Encontró allá á Haroldo Arbuckle, que acababa de llegar de Egipto, y éste le había hecho saber dónde vivía la señora Douglas en aquel momento.

Tal vez vió la expresión irónica é incrédula con que los ojos de aquella mujer acogían sus excusas; tal vez sintió un espontáneo deseo de volver al camino de la verdad, por juzgarlo más corto y amplio.

—¿Para qué mentir?—dijo enérgicamente—. Fuí á París sólo para buscarla, y hube de hacer muchas averiguaciones, hasta que por suerte encontré á ese amigo, que me dijo dónde estaba usted. Necesitaba verla. Allá en Madrid he pasado días muy tristes, sin poder explicarme mi desgracia, sin poder ir en busca suya, porque me era imposible abandonar á mi padre. Le he escrito muchas cartas, ¡muchas!... Las he enviado á todos los lugares mencionados por usted en aquellas conversaciones que tuvimos en España, y de las que me acuerdo casi palabra por palabra. Hasta le escribí al rancho de «Laguna Brava», allá en California, la propiedad de que me habló muchas veces. Si no ha recibido aún esas cartas, algún día llegarán á sus manos. Las enviaba al otro hemisferio de la tierra con la dolorosa certeza de que usted vivía más cerca de mí. Pero ¿dónde?... ¿cómo averiguarlo?...

Calló, entristecido por el recuerdo de aquella época de forzada inmovilidad en la casa paterna, lanzando sus desesperados llamamientos sobre la curva de medio globo terráqueo.

—Al morir mi padre—siguió diciendo—, mi tristeza fué grande. Nada tiene de extraordinario que un hijo llore á su padre... Pero al mismo tiempo pensaba: «Ya eres libre; ya tienes dinero para lanzarte por el mundo. Puedes ir á buscarla, y sabrás al fin por qué te dejó de un modo tan inexplicable, cortando con su fuga la mejor época de tu vida...»

Y como si diciendo esto hubiese llegado al punto más importante para él, cambió de voz, preguntando con un tono de lamentoso reproche:

—¿Por qué me abandonó usted apenas estuve fuera de peligro?... ¿Qué le hice para ofenderla de tal modo?

En sus largas reflexiones, Florestán había llegado á la conclusión de que algo había hecho de malo y ofensivo para la señora Douglas: algo que su inexperiencia no podía atinar, pero que impulsó á la otra á marcharse. Y sus ojos humildes imploraron perdón por esta falta suya que él no llegaba á descubrir, aunque indudablemente había existido.

Concha Ceballos le miró un momento, conmovida por tal candidez. ¡Ofenderla á ella!... Pero en seguida se arrepintió de su emoción. Una blandura peligrosa empezaba á diluir la firmeza de su voluntad. No; ella no debía prolongar ni repetir estas entrevistas. Era entregarse á sabiendas al vencimiento. Debía levantar un obstáculo entre los dos; algo inmenso que llegase hasta el cielo, siendo tan abrupto y cortado en sus laderas que no permitiese sendero alguno; algo igual á las ásperas cordilleras que durante siglos y siglos mantienen á los grupos humanos instalados en sus dos vertientes opuestas, sin conocerse, sin poder comunicarse, ignorándose, como si los del otro lado no hubiesen venido al mundo.

Este obstáculo ella tenía el medio de crearlo. Lo había imaginado la noche antes, en ese momento indefinible que sigue á las horas de larga vigilia, cuando el monstruo del insomnio, cansado de roernos, abre sus mandíbulas y nos deja caer, rotos é inánimes, con un pensamiento confuso que no sabe si aún está en el mundo real ó ha entrado en los dominios del sueño; pensamiento que funciona irregularmente, creando á la vez ideas de extraordinaria originalidad ó incoherencias y disparates.

Tal vez este obstáculo no era una creación verdaderamente suya, inspirada por el peligro; bien podría resultar que fuese un recuerdo inconsciente de olvidadas lecturas, como tantos actos de nuestra vida que consideramos originales. Ella se había resistido en el primer momento á su adopción, juzgándolo extraordinario, paradojal en demasía... mas ¿acaso en nuestra existencia todo es plano, mediocre, monótono? Hasta las vidas groseramente vulgares tienen un año, un día ó una hora en que toma su curso la viveza dramática, el sentimentalismo ó el magnífico dolor de los personajes imaginarios del teatro y del libro.

Había que hacer surgir la montaña entre los dos. Y si esto no era bastante, si él con su ardor juvenil intentaba cortar escalones en la roca, abrir senderos para volver hacia ella, entonces que la encontrase en brazos de otro hombre, protegida por un esposo capaz de defenderla con su presencia de las cobardías de la tentación.

Lo primero era alejar á este hombre, hacer que siguiese la órbita natural de su existencia; suprimir la fuerza desviadora que lo había sacado del curso ordinario de su destino. Luego, ella se casaría; lo había decidido la noche anterior. Era un modo de vivir á cubierto de las sorpresas dramáticas que puede darnos la vida cuando hemos prescindido de pagar á la juventud lo que le corresponde y queremos satisfacer luego la deuda fuera de tiempo. Un marido la permitiría vivir igualmente á cubierto de tantos Casa Botero que vagan por las grandes ciudades, queriendo convertir el matrimonio en herramienta de trabajo. Pensaba casarse con Arbuckle. Sería una asociación amistosa y tranquila para pasar el resto de la existencia en honorable paz. Ella necesitaba un hombre á quien mandar, y nadie mejor que este compatriota.

De pronto se sorprendió escuchando su voz, que preguntaba con un tono de irónico reproche:

—¿Y usted no se ha casado todavía con la hija de aquel catedrático que conocí en Madrid?...

Hizo Florestán ante esta pregunta inesperada un gesto que casi fué de regocijo. Creyó haber encontrado el misterio de aquella fuga inexplicable. La californiana había huído por celos de la otra. Y convencido de esto, se expresó con la vehemencia del que dice la verdad.

La hija de Mascaró era la compañera de su infancia; se querían con la ternura del cariño; ¿pero amor?... No; él se había imaginado amarla antes de conocer á cierta persona...

—Luego me he convencido de que sólo puedo amarla á usted... Mi padre murió creyendo que yo voy á casarme con esa muchacha. Los de su familia creen igualmente, como algo indiscutible, que seré su marido apenas haya terminado este viaje que ellos se imaginan motivado por negocios de mi herencia... Usted sabe la verdad. Yo vengo para decirle que mi verdadera vida sólo puede existir al lado de usted. La otra no es mas que una amiga, una compañera, y si usted quiere...

Concha Ceballos hizo un ademán para imponerle silencio. Estaba pálida; su mirada era dura; tenía en su boca el estiramiento agresivo de las horas difíciles.

—No siga hablando—ordenó enérgicamente—; eso que usted dice resulta monstruoso. Yo deseaba callar, pero ya no es posible. No añada una palabra: se avergonzaría usted luego.

Y hubo en su voz grave tal expresión de escándalo, de protesta, que el joven quedó vacilante y desorientado, como si acabase de decir algo inaudito, de cuya magnitud no se daba cuenta. Viendo la expresión interrogante de sus ojos, la otra continuó:

—Tuve que abandonarle en Madrid porque era necesario. Me atraía usted con la fuerza de un sentimiento que yo necesitaba mantener indefinido. Pero llegó una hora en que me di cuenta de que interpretaba usted mal ese sentimiento, y tuve miedo, el miedo que inspira lo monstruoso... Acuérdese de lo que ocurrió entre nosotros el mismo día que le abandoné al cerrar la noche. Confieso que yo le había besado antes, algunas veces, durante su delirio. Aquel día volvimos á besarnos á sabiendas, por mutuo consentimiento; mas al recibir su beso adiviné el terrible error que existía entre los dos; vi un peligro en el que sólo puede pensarse con temblores de vergüenza... Y usted, ¡pobrecito mío! no tenía la culpa. ¿Cómo podía tenerla? Usted no sabía, y no era extraordinario que se equivocase... Pero yo sabía, yo sé, y por eso huí entonces, por eso he evitado después su presencia. Usted ha tomado por amor, tal como lo entienden las gentes, por una atracción natural entre hombre y mujer, lo que sólo es...

Quedó indecisa y en silencio, como si no se atreviese á completar su revelación con nuevas palabras.

Durante unos momentos se interesó Florestán por este misterio que la otra dudaba en revelar. Luego su curiosidad pareció extinguirse. Como todos los que sienten la obsesión de una idea tenaz, volvió á la suya, por creer que era lo más importante en aquella entrevista.

—He venido á buscarla después de reflexionar largamente sobre mi vida futura. Lo que he dejado detrás de mí quedará suprimido, si usted quiere. No volveré á España. Olvidaré las promesas que haya podido hacer allá á causa de mi inexperiencia. Lléveme con usted para siempre...

Su voz se caldeaba con un ardor pasional. Había perdido su timidez de los primeros momentos. Concha adivinó una explosión inmediata de ruegos amorosos, de juramentos entusiásticos, de peticiones ansiosas, y con una voluntaria frialdad le interrumpió, preguntando:

—¿Se acuerda usted de su madre?...

Quedó el joven desconcertado por la incoherencia de esta pregunta en mitad de su declaración de amor. ¿Por qué se acordaba ella de su pobre madre, figura remota é indecisa que apenas si emergía visible en su pasado, como una silueta pálida?...

La señora Douglas continuó hablando, con los ojos bajos y una arruga vertical entre las cejas. Parecía avergonzada de sus palabras, y las iba murmurando con voz monótona, sin matices, lo mismo que si rezase una oración.

Recordó lo que le había contado el joven muchas veces en sus conversaciones de Madrid. No había visto nunca á su madre. Ni siquiera tuvo, cual otros huérfanos, el amor de una criada vieja que se encarga de cuidarlos en sus primeros años y les habla de la desaparecida, creando en su memoria una segunda personalidad inmaterial de la madre, como si la hubiesen visto realmente al principio de su existencia, cuando aún no podían discernir la forma y el valor de lo que pasaba ante sus ojos. Florestán, desorientado por lo que decía aquella mujer, iba asintiendo, sin embargo, con movimientos de cabeza.

—Sí; sólo encontré en mi casa una fotografía antigua de mi madre, tan borrosa, que me era preciso verla con la imaginación más que con los ojos... Porque no conocí á mi madre, amé á mi padre mejor tal vez que la mayoría de los hombres quieren al suyo... Pero ¿por qué me habla usted de todo eso?...

Al fin se decidió ella á hacer emerger el inmenso obstáculo, lo mismo que los antiguos taumaturgos podían levantar masas inmensas con la sola energía de sus palabras.

—Hablo de eso—dijo sombríamente—por dar contestación á lo que me pregunta, por justificar una huída que le parece incomprensible. ¿No ha pensado usted alguna vez en la posibilidad de que su nacimiento fuese otro que el que le contó con tanta brevedad su padre?... ¿No cree que puede haber existido más de un misterio amoroso en la historia juvenil del ingeniero Balboa, hombre apuesto é interesante, que viajó mucho por América y pudo conocer numerosas mujeres?...

Quedó mirándola Florestán, con los párpados dilatados por el asombro y la duda. No alcanzaba á entender por entero lo que pretendía decirle aquella señora. Y ésta, deseosa de dar ayuda á su comprensión, volvió á hablar:

—Por eso me alejé de usted al ver que se equivocaba en la apreciación de mi afecto. Yo soy la única mujer en el mundo que no puede amarle como las otras mujeres... Suponer lo contrario sería horrible...

Florestán la interrumpió sonriendo con una expresión de duda, como si fuese á enunciar algo disparatado, pero al mismo tiempo con cierta inquietud en su voz:

—No pretenderá usted hacerme creer que es mi madre...

Ella levantó los ojos, le miró fijamente, y con voz lenta y fría, que parecía dejar caer las palabras, repuso:

—¿Por qué no puedo serlo?...

Hubo un largo silencio. El joven quiso repetir su sonrisa, pero ésta se extinguió en sus labios apenas nacida. El gesto grave y doloroso de aquella mujer parecía aplastar su incredulidad. Se quitó el sombrero maquinalmente, á pesar de que estaba bajo los rayos del sol, y se rascó un lado de su cabeza, como si pretendiese restablecer con este frotamiento el orden de las ideas, alborotadas y revueltas, en el interior de su cráneo.

Los músicos de la boda coreaban una nueva romanza marineresca del tenor. Los grupos de paseantes iban del asfalto del malecón hasta la acera del restorán, agolpándose ante su verja. Ninguno de los dos oyó esta serenata napolitana, en pleno día, que iba atrayendo á todos los que transitaban por un extremo del paseo de los Ingleses.

—¡Veamos!... ¡Esto resulta absurdo!—dijo él con voz irritada—. Usted es todavía joven. Usted no tiene años para ser... eso que pretende ser...

Le miró ella con una conmiseración afectuosa y protectora.

—¿Cómo sabe usted mis años?... Las mujeres de ahora no tenemos edad. Somos eternamente jóvenes, hasta que una mañana, al despertar, dejamos de serlo para siempre. Yo soy más vieja, muchísimo más vieja que usted cree.

Siguió martirizándose el joven una de sus sienes con nervioso frotamiento, como si esto le sirviera para extraer nuevas dudas.

—Pero usted y mi padre no eran amigos. Hasta creo que se llevaban mal, y usted le envió cartas que le causaron grandes disgustos.

—Consecuencias del pasado—dijo ella—. Esa misma falta de amistad entre los dos prueba las buenas relaciones de otros tiempos. Tal vez no pudo aceptar nunca que yo me casase con otro hombre, después de habernos conocido allá en California. Bien pudo ser también que yo le odiase porque no quiso casarse conmigo.

—Tengo en mi casa documentos que desmienten todo eso... Mi partida de bautismo menciona el nombre de mi madre... Yo nací en Méjico. Es verdad que mi nacimiento fué cerca de la frontera de los Estados Unidos... pero en Méjico; y usted creo que no ha estado allí nunca.

Ella tuvo fuerzas para sonreir con una expresión maliciosa.

—En aquella tierra de revoluciones, y en una provincia lejana donde cambian con frecuencia las autoridades, no es difícil inventar cuantos documentos se necesitan... Su padre era un caballero, y procuró librar mi pasado de sospechas.

—¡Júremelo!—dijo Florestán con voz ruda.

—¿Para qué?... La prueba mejor es que una mujer de vida honesta y cierto rango social se decida á hacer una confesión tan dolorosa. ¡Qué esfuerzo, qué sacrificio interior, para revelar secretos de tal especie!...

Florestán parecía anonadado por estas explicaciones. Adivinó ella que empezaban á disgregarse sus dudas, y queriendo abatirlas completamente, fué añadiendo:

—A una mujer hay que creerla cuando se resuelve á decir cosas de tanta importancia. Es muy doloroso comunicar las verdades ocultas que entenebrecen nuestro pasado... Recuerde cómo en Madrid preferí huir, antes que hacerle saber una verdad tan cruel. Por mi gusto, nunca me hubiese acordado de ella. Pero ahora es preciso que usted la conozca. No quiero que interprete mal aquellas caricias mías cuando le vi en peligro de muerte. Es necesario que sepa lo que debemos ser el uno para el otro, y luego nos separemos guardando los dos un secreto que hasta hace un momento sólo era mío.

Sonó á lo lejos, sobre la colina del antiguo castillo de Niza, el cañonazo anunciador de mediodía. Los dos estaban tan preocupados, que no oyeron la detonación. Él surgió de su ensimismamiento con la repentina energía del que se da cuenta de un peligro inmediato.

—¡Pero yo no quiero que nos separemos!... Yo necesito vivir junto á usted; necesito seguirla á todas partes... como lo que yo quería ser ó como lo que usted afirma ahora que soy.

Dijo esto con tal fuerza, que el rostro de Concha perdió aquella máscara helada y dura á través de la cual iban pasando sus palabras.

—Y á pesar de lo que acabo de decirle, ¿quiere usted vivir siempre á mi lado?...

—Siempre... Tal vez no la deseo ya como antes: sería monstruoso. Pero necesito verla á todas horas, hablarla, seguirla á todas partes. No me atrevo á decir que la quiero como á una... como á eso que dice usted que es mía; pero la quiero siempre; ¡siempre! y necesito no dejar de verla.

Hizo ella un esfuerzo para que su rostro no reflejase la conmoción interior causada por este «¡siempre!» dicho con fosca energía. La felicidad y el amor se colocaban por última vez á su alcance. No tenía mas que decir una palabra, lanzar una carcajada, fingiendo que todo había sido una broma, una estratagema, para poner á prueba su amor... Pero en seguida vió en su imaginación un banco de jardín, y ella en el banco, teniendo sobre su pecho una cabecita de joven que gemía ingenuamente para que le devolviese su novio... «¡Acuérdate que prometiste...!», gritó una voz imperiosa dentro de ella, voz que se extinguió al momento convencida de que no necesitaba decir más.

—Vuelva á su país, Florestán; viva en su tierra con los que le aman verdaderamente y están preparados para llevar una existencia tranquila, igual á la de usted. No se ocupe más de mí. Yo soy una aventurera, una caprichosa, que le sacará siempre de la órbita regular de su existencia para causarle daños. Funde usted una familia más completa y numerosa que la que formó su padre... Conozco á la niña que debe ser su esposa. Es la compañera que le conviene. Le admira, le adora; usted encontrará en ella respeto y supeditación, al mismo tiempo que amor.

Florestán, oyendo esto, sintió la necesidad de protestar, y esta protesta le hizo volver á sus antiguas dudas.

—¡Pero todo esto es absurdo!—murmuró—. Parece una pesadilla... ¡No puede ser! Hay algo que me avisa que no puede ser.

—Es la sorpresa, que aún le tiene desorientado y no le permite contemplar la verdad... Usted se acostumbrará á la verdad. Aún dura en su memoria la monstruosa imagen de mi persona, que le inspiró un amor material. Poco á poco conseguirá verme como lo que debo ser para usted.

El joven tomó una actitud resuelta.

—Si es usted mi madre, no me abandone. He pasado toda mi vida sin otra madre que una pálida imagen sobre un pedazo de cartón, y ahora que se me revela de pronto con una presencia real, ¿quiere usted abandonarme?... Sería injusto.

Ella le miró con ojos de lástima.

—Tuvo usted más suerte con su padre que con su madre. Mejor hubiera sido no decirle nunca la verdad; más preferible haberle conservado la otra madre á la que no vió jamás... Usted no me conoce. Soy una de esas aventureras que no han llegado nunca á tener casa fija ni familia, porque sólo habitaron durante su vida la pasión. Soy una egoísta, incapaz de sacrificarme por nadie. Además, ¿qué sabe usted de mi pasado? ¿Por qué no puede guardar otras historias iguales á las de su padre?... Si permaneciese al lado de usted me vería obligada á envejecer, á vivir como debe hacerlo una madre... Prefiero vagar por el mundo sola, conservando mi juventud ó la falsa ilusión de que aún la poseo.

Quedó como anonadada por este amontonamiento de perversidades que iba esparciendo sobre su pasado y su presente para ennegrecerlos. Luego sintió la necesidad de animar á Florestán, que permanecía con la cabeza baja y el sombrero en la mano, recibiendo sobre su nuca el cosquilleo cáustico del sol.

—¿Quién puede saber el porvenir?... Alguna vez volveremos á vernos. Iré á España cuando usted tenga hijos. Llegaré de pronto, como esas abuelas locas que aún se creen jóvenes y se presentan en el hogar de sus nietos, lo mismo que una golondrina aventurera que tiene hambre, que tiene frío, y luego de calentarse y descansar levanta otra vez el vuelo... Pero no confíe mucho en mí, no se enorgullezca de haber encontrado una madre. ¡Soy muy mala! Reconozco que no me sacrificaré nunca por nadie. Sólo para abrirle los ojos y evitar un sentimiento desorientado he dicho la verdad.

Florestán seguía mirando al suelo y moviendo los labios:

—¡Pero esto no puede ser!... ¡Esto resulta absurdo!...

Volvió á fijar la mirada en ella, mas ahora resueltamente, como si acabase de adoptar una importante resolución.

—Hablaremos con más calma y más tiempo de nuestro porvenir. Ahora confieso que no puedo conversar tranquilamente. ¡Esa noticia tan inesperada!... ¡Qué confusión en mi cerebro!...

Asintió ella con voz lenta:

—Sí, será mejor separarnos.

Inmediatamente habló el joven de la necesidad de verse aquella misma tarde. Ahora la entrevista no podía durar más. Rina parecía impacientarse á causa de su largo aislamiento y hablaba á gritos al perrillo para recordar su presencia. El gozque japonés, incitado por su acompañante, lanzaba escandalosos ladridos.

Concha Ceballos hizo por instinto un ademán repelente al notar la insistencia con que el joven pedía que se viesen aquella misma tarde. ¡Repetir un sacrificio tan doloroso! ¡Mentir y mentir otra vez, cuando ella creía terminado para siempre su tormento!... Pero se dió cuenta de la necesidad de añadir una falsedad más.

—Iré á Monte-Carlo esta tarde, como los otros días. Nos encontraremos en el Casino. Podremos hablar á solas, sin miedo á que nos oiga mi amiga.

La seguridad de verla horas después tranquilizó al joven. Podría reflexionar sobre todo aquello tan inaudito que había escuchado; dispondría de tiempo para aportar nuevas dudas á su conversación. ¡Quién sabe!... Confiaba vagamente en esta segunda entrevista y otras que vendrían después; pero en realidad ya no sabía lo que deseaba. Sentíase atraído, lo mismo que antes, por aquella mujer, mas sin llegar á definir con certeza la calidad de sus sentimientos. Indudablemente era amor; pero ¿qué amor?...

—Separémonos aquí—dijo Concha—. Deseo que no me acompañe hasta el hotel...

—¿Quiere que vaya yo en su automóvil esta tarde á Monte-Carlo?

—Será mejor que me espere usted allá.

Él dudaba, como si presintiese un peligro, y repitió sus preguntas. Ella fué contestando con voz sombría, lo mismo que un eco.

—¿Me permitirá usted que tomemos el té juntos?...

—Tomaremos el té juntos.

—¿Nos veremos á las cinco?...

—Nos veremos á las cinco.

Dió su diestra al joven, y éste la llevó á sus labios. Al sentir sobre su epidermis el contacto de aquella boca, retiró la mano con presteza, como si hubiese recibido una impresión candente.

Se alejó Florestán, después de saludar por última vez á las dos damas.

—Hasta la tarde.

Concha fué siguiéndolo con sus ojos mientras se alejaba por la ancha avenida junto al mar, cada vez más pequeño, ¡más pequeño!... «¡Adiós!... ¡adiós!»

—Esta misma tarde nos vamos á París—dijo de pronto á Rina con un tono que no admitía réplica—; y antes de diez días habremos embarcado para Nueva York.

Pensaba en el bueno de Arbuckle, en sus propiedades de California, en aquel mundo nuevo que ofrecía para ella el atractivo de una renovada juventud. El otro ya no volvería á buscarla con el mismo ardor tenaz que después de su primera huída. Se llevaba atravesado el corazón. Sobre su pecho temblaba la saeta de la Duda, cimbreando su remate de plumas negras.

La montaña infranqueable se había levantado entre los dos. Dudaría frecuentemente de la veracidad de estas revelaciones. Dudamos hasta de las cosas más ciertas cuando se oponen á nuestros deseos; pero la semilla había caído en el surco, y la mentira sólo necesita, las más de las veces, tiempo y alejamiento para convertirse á ciertas horas en verdad... Y si el destino colocaba de nuevo á este hombre ante sus pasos, el encuentro ya no resultaría peligroso. Como un escudo para defenderse de las locuras que embellecen y complican nuestra existencia, ella llevaría á su lado un compañero tranquilo, «de todo reposo», como el que había escoltado el principio de su vida independiente.

El tenor había vuelto á cantar su primera romanza, y ella contempló lo mismo que antes, con misteriosa visión subconsciente, océanos y puertos, auroras y puestas de sol.

Vieni al mare
Vieni al maaare...

Al mismo tiempo seguía con sus ojos á Florestán, ¡tan pequeño!... ¡tan lejano!... Iba á perderse entre los grupos que marchaban hacia la ciudad, entre aquellas gentes espoleadas por el apetito, atraídas por la imagen de la mesa puesta que estaba esperándoles.

—¡Y no le veré más!

Estas cinco palabras adquirieron para ella una importancia repentina, enorme. «¡Y no le veré más!...»

Sintió que sus duras y ágiles piernas de amazona se ablandaban, como si fueran á desprenderse en pedazos. Avanzó vacilante hasta un banco cercano y se dejó caer en su madera verde, con el desaliento del que teme no levantarse nunca por saber que están rotos los resortes de su voluntad.

¡Ay, la romanza dulzona de aquel cantor del mar! ¡Qué estilete en mitad de su pecho!...

Varios transeuntes retardados, al pasar junto al banco, miraban con extrañeza á esta señora elegante. Se llevaba un pañuelo á los ojos, tosía, para disimular de tal modo los estertores de angustia que agitaban su majestuoso cuello de Juno morena.

¡Pobre reina Calafia! Su voz sonó dolorosa, suplicante, lejanísima.

—Rina, ¡niña mía!... Ponte un poquito delante de mí. ¡Que no me vean!... Necesito llorar.

FIN

Villa Fontana Rosa
Menton (Alpes Marítimos)
Febrero-Mayo 1923

 

 

ÍNDICE

 Págs
I.Lo que hizo una mañana el catedrático Mascaró al salir de la Universidad Central7
II.Aguas arriba en el pasado30
III.Donde se dice quién fué la reina Calafia y cómo gobernó su ínsula llamada California60
IV.En el que se prosigue la historia de California y se cuenta la vida de la Santa de las Castañuelas80
V.«¿Qué hace usted aquí?... El mundo es grande114
VI.Donde van presentándose los enamorados de la reina y se habla un poco de la famosa Ciudad-Camaleón142
VII.De las discusiones que tuvo Mascaró con su esposa y de un recado que le envió Florestán179
VIII.Lo que pasó en la «Quinta de los desafíos» y en el Palace Hotel206
IX.Cómo la reina Calafia alabó la invención del automóvil227
X.La mentira262