Es Costa Rica una de las naciones más pacíficas del Continente americano y una de las más laboriosas, de gobierno mejor organizado, y donde las prácticas republicanas se cumplen con mayor escrupulosidad. La entrada y salida de sus gobernantes siempre se efectúa según la Constitución y la voluntad popular, sentando con ello el país, en la agitada vida política de Centro-América, precedentes ejemplares para el resto del ramillete de nacionalidades istmeñas. Así lo reconocen todos los pueblos; y los Estados Unidos de Norte-América, recientemente, por boca de su Ministro de Estado, Mr. Knox, han tenido conceptos encomiásticos al contestar una brillante oración diplomática del presidente, doctor Ricardo Jiménez.
El territorio costarricense tiene una extensión de 50.000 kilómetros cuadrados y, después de la República del Salvador, es el país más pequeño de Centro-América. Después de la Independencia, el mapa del país no ha tenido alteraciones importantes, pues aunque Colombia por el Sur, y después Panamá, han ocupado cortas zonas, por el Norte, en cambio, ha tomado incremento, adquiriendo la provincia del Guanacaste. La población de esta provincia, en el año de 1824, consiguió su anexión a Costa Rica, separándose de Nicaragua.
A la magnífica situación geográfica del país, que ocupa el centro del Continente, y a la feracidad de su suelo, en que todo se produce, debe su nombre simbólico, que merece por todos conceptos. Lo mismo que los otros territorios centro-americanos, Costa Rica ofrece los más bellos paisajes y la más robusta y variada vegetación a los ojos del viajero. Un sistema montañoso coronado por grupos de volcanes en el Norte, y que alcanza por el Sur a la línea de las nieves eternas, atraviesa toda su longitud, desde el río San Juan hasta los montes panameños de Chiriquí. Ese sistema montañoso se dilata en el centro y forma la ancha meseta por donde se cree que en remotas épocas confundieron sus aguas los grandes mares. Por las dos vertientes de la cordillera bajan aguas en abundancia, que van a bañar las tierras de labores a uno y otro lado. En la costa del Pacífico, en el golfo de Nicoya, se agrupan islas fértiles como la de San Lucas, en la cual está situado el establecimiento penal que lleva el mismo nombre, y como la isla del Coco, a que se refiere la tradición, y donde se cree que existe un tesoro dejado por piratas ingleses en tiempos ya remotos.
A pesar de su pequeña extensión territorial, Costa Rica tiene todos los climas, desde el de las regiones ecuatoriales hasta el templado y frío de las sábanas y cumbres andinas. Las costas del Atlántico y del Pacífico son de temperatura ardiente, pero la capital, San José, y las ciudades de Heredia, Alajuela y Cartago tienen clima saludable y frío. El litoral del Atlántico, por bajo y húmedo, fué hasta hace pocos años refractario al desarrollo de las poblaciones, pero los cultivos y un sistema de saneamiento moderno le han hecho habilitable y propicio al progreso. La fiebre amarilla y otras enfermedades de las tierras calurosas y desaseadas, desapareció de Costa Rica por el celo de sus gobiernos más recientes, que invirtieron fuertes sumas de colones en el saneamiento general. Ahí está Puerto Limón en el Atlántico, que es ya una ciudad floreciente y próspera.
En la variedad de climas de que he hablado, la fauna y la flora costarricenses constituyen una riqueza espléndida. País de eterna primavera, a la europea, no tiene otra variación que la de siete meses de lluvia y cinco de sequedad. Según varios naturalistas experimentales, hay pocas zonas en el mundo que cuenten con la variedad de especies vegetales de este país. El árbol de caucho, ese oro vegetal, abunda en las selvas; las palmas alcanzan alturas de 300 pies; la planta del cacao es casi natural, y finas maderas como el palo de mora, la caoba y el cedro llenan los espesos bosques.
La extensión del reino animal está en consonancia. En el Museo de Washington, por ejemplo, estaban clasificadas en el año de 1885 más de 700 especies de aves, número que pasa y dobla al de toda Europa.
Por sus condiciones climatéricas y por su suelo, es Costa Rica un país, más que todo, agrícola. Su producción de maderas, caucho y café, desde los tiempos de la Independencia, constituyó su fuente principal de comercio, fuente que hoy cuenta con inmensos cultivos de plátano, exportado en barcos especiales de una poderosa compañía frutera a los principales puertos norte-americanos y europeos, y, además, con productos de gran valor como plantas textiles y medicinales, arroz, frutas, del trópico en general, caña de azúcar y cacao.
En cuanto a la minería, ésta alcanza cada año mayores proporciones. Se han formado sociedades poderosas con capitales del país y extranjeros, que extraen plata, oro, cobre. La explotación de este último metal se realiza desde los primeros años de la pasada centuria, y hoy cuenta con establecimientos montados por la ingeniería moderna en las minas de Avangares y del Monte del Aguacate.
Refiriéndose al comercio, dice un distinguido Cónsul de Costa Rica, el Sr. Elías Leiva Q.: «Los datos referentes al comercio nacional acusan una pujanza productiva, excepcional en países de escasa población como éste. Se ha llegado a exportar allí, en sólo productos del suelo, más de 19 millones de colones (oro nacional de 24 d.), o sea un promedio de 65 anuales por habitante. Tomando el movimiento comercial en conjunto, resulta que el país puede exhibir un promedio por cabeza de 100 colones, que es mucho mayor que el de los demás países de Centro-América, y sólo inferior en América al de Argentina, Cuba y Uruguay. Este comercio se hace en su mayor parte con los Estados Unidos y Europa, y muy principalmente con Inglaterra, y por el principal puerto de la República, en el Atlántico, el puerto de Limón, que está a seis horas de ferrocarril de la capital, y que es, después de Colón, el primero de la América Central por este lado de la costa. El Estado se proporciona sus recursos con el producto de la renta aduanera, y con el de algunos impuestos como el del timbre, registro de la propiedad, alcoholes, patentes para la venta de los mismos y del tabaco, venta de tierras baldías nacionales, etcétera. La renta de aduanas forma el cincuenta por ciento de las entradas generales, lo que acusa un progreso muy halagüeño en el comercio de la República. El total de las entradas fiscales alcanza a más de 9.000.000, oro nacional, con los cuales el Estado atiende a los servicios públicos, pero muy pronto se verán aumentados esos proventos con el nuevo impuesto que grava la exportación de la banana, que está en su mayor parte en manos de una compañía extranjera, la United Fruit Company. Con él se espera atender al servicio de las deudas externa e interna, que hoy ascienden juntas a 18.000.000, y que en los últimos años se habían descuidado mucho por la crisis financiera que, por causa de malas cosechas en el café y de su bajo precio en el mercado europeo, ha tenido que sufrir el país».
El sistema monetario de Costa Rica es a base de oro. La unidad lleva el nombre de Colón, equivalente a 778 miligramos de oro de 900 milésimas de fino, es decir, a cerca de 24 peniques. El colón se parte en cien centavos. Sus submúltiplos se acuñan en plata y los múltiplos en monedas de oro. El problema monetario se resolvió sin mayores dificultades, pues el comercio le fué favorable, y el país estaba en condiciones de adoptar la moneda que hoy tiene. El cambio internacional se ha sostenido con variaciones insignificantes desde el año de 1900, cuando quedó resuelta y asegurada la conversión metálica; y la vida económica se benefició con la normalidad que dió a los negocios la nueva moneda. Desde luego, la importancia de empresas norte-americanas e inglesas establecidas en la nación ha sostenido el dólar y la libra esterlina que, con el colón, equilibran las transacciones y evitan crisis.
Son fáciles las comunicaciones terrestres en Costa Rica. De la capital, San José, hasta el puerto de Limón, sobre una distancia de más de 80 kilómetros, se extiende la línea férrea que pasa por el valle del río Reventazón, poniendo en diario contacto a las numerosas poblaciones de la vertiente del Atlántico. Esta línea pasa por todos los climas del país y es uno de sus trayectos más pintorescos, donde se puede apreciar la vegetación de las diferentes zonas. Hay otra vía de hierro que, descendiendo por la vertiente pacífica, por el valle del Río Grande, sobre el que se levanta un puente colosal, vence enormes obstáculos y va hasta el puerto de Puntarenas. Costa Rica, pues, como Méjico, Guatemala y Panamá, tiene un ferrocarril interoceánico. Con las ciudades de Alajuela y Heredia, que son importantes centros del comercio y de la agricultura nacionales, tiene también una vía férrea, San José. Además, la línea al Atlántico extiende varios ramales por las plantaciones fruteras, llegando a un total de 300 kilómetros en explotación. Las demás ciudades y pueblos de la nación están unidos por carreteras y caminos que el gobierno central y los provinciales conservan en perfecto estado, aun en la época de lluvias torrenciales. Redes telefónicas y telegráficas cruzan de Norte a Sur y de Este a Oeste el país, tan bien atendidas, que casi nunca se interrumpe el servicio con punto alguno. Hay también en Puerto Limón, por ejemplo, estaciones de telégrafo inalámbrico, que prestan continuo e importante servicio a los numerosos barcos que frecuentan aquellas costas. Limón y Puntarenas están a poca distancia de Colón y de Panamá. A Puntarenas arriban vapores de la línea Kosmos, de la compañía inglesa de Chile, y de la Pacific Mail Navigation Company de los Estados Unidos de Norte-América, y algunas embarcaciones mercantes del Oriente. En Puerto Limón tocan los vapores que hacen el servicio regular con New-Orleans, New-York y Boston, y que llevan bananas a los Estados Unidos del Norte y a Europa, y las líneas Hamburguesa-Americana, francesa, española, inglesa e italiana.
Costa Rica está casi despoblada, teniendo en cuenta los pobladores que cabrían en su extensión territorial. En la actualidad, apenas si pasa de los 360.000 habitantes de la raza blanca en su totalidad, pues los indígenas siempre fueron escasos y el elemento español ha dado origen al núcleo de población actual. Así, pues, el costarricense es, etnográficamente, distinto de los otros centros americanos. Sus hábitos son sencillos y su carácter pacífico, condiciones que explican su bienestar próspero. Inmigraciones voluntarias llegan al país, y encuentran todos los apoyos y estímulos en su labor. La Constitución ordena tolerancia en cuestiones religiosas, pero, como en casi todos los pueblos de América, tiene supremacía la Iglesia Católica.
La instrucción pública ha sido muy bien dirigida en Costa Rica. Más de la mitad de la población sabe leer y escribir, y posee nociones de cultura general.
El servicio de la cultura popular está tan bien establecido, que Costa Rica siempre ha tenido mucho mayor número de maestros que de soldados. El presupuesto para la Cartera correspondiente es, después de los de Fomento y de Hacienda, el que cuenta con mayores recursos. Por tanto, no es raro que este país, en la estadística americana, ocupe el segundo lugar en instrucción pública, después de la República Oriental del Uruguay. Hay una ley nacional que ordena la enseñanza obligatoria y gratuíta. Esta ley fué promulgada en 1887, y ha sido la base de las legislaciones al respecto. Los métodos de pedagogía más modernos y aplicables se han adoptado, y el mayor y más eficaz empuje en favor de la cultura popular lo debe el país a aquel apóstol que se llamó D. Mauro Fernández, cuyas nobles labores se perpetúan con su famosa Ley General de Educación Común.
Siendo una carrera el magisterio en Costa Rica, hay un cuerpo de profesores de ambos sexos, y cada ciudad tiene un Liceo de Varones. La capital cuenta con dos colegios de segunda enseñanza: El Liceo de Costa Rica y el Colegio Superior de Señoritas, que por todos conceptos compiten con los planteles de su género, ya norte-americanos o europeos. Y por convenio de los países centro-americanos, en las conferencias de Washington y San José de Costa Rica, de 1906, ha de fundarse el Instituto Pedagógico Centro-Americano.
Las organizaciones de Higiene y de Beneficencia no omiten esfuerzos para estar a la altura de las necesidades del país, que cuenta con hospicios, hospitales y lazaretos de primer orden.
No terminaré sin recordar la obra patriótica del ex-Presidente D. Cleto González Viquez, quien ha dedicado su vida de trabajador constante al engrandecimiento de Costa Rica. El señor González Viquez, obediente a la voluntad popular y respetuoso de la ley, entregó la presidencia al doctor Ricardo Jiménez Oreamuno, cuyo ilustre nombre está vinculado a la historia moderna y a la legislación del país. Este Presidente diserto, prudente y lleno de luces, pertenece a lo más florido de la intelectualidad costarricense, que ha contado con brillantes nombres en el pasado, y que en el presente se enorgullece con los de Pío Viquez, Aquileo Echeverría—el más nacional de sus poetas—el elegante y culto Brenes Mesén, Lisímaco Chavarría, el desventurado Rafael Angel Troyó y otros. Harto conocidas son las figuras de D. León Fernández, el concienzudo historiador, y su hijo Ricardo Fernández Guardia, lo mismo que el Marqués de Peralta, que honra la diplomacia hispano-americana en Europa, y Ernesto Martín, cuya juventud fecunda es una de las más seguras esperanzas de su patria.
Como es sabido, entre las islas del archipiélago antillano, Santo Domingo, llamada primitivamente La Española, es la segunda en extensión territorial, y después de la isla de Cuba, la más histórica, rica y hermosa. Ella fué la primera tierra que descubrió Colón y donde fundó la primera ciudad, haciéndola el centro de las operaciones del descubrimiento, conquista y colonización del Nuevo Mundo. Por sus bellezas naturales, por haber empezado allí el glorioso descubrimiento, y acaso, también, por haber empezado allí sus infortunios, esa isla fué la preferida y más amada del gran Almirante, por lo que en sus disposiciones testamentarias le donó sus restos, que la República, orgullosa de tan precioso legado, guarda entre el mármol y el bronce de un suntuoso monumento.
Por su bella situación geográfica, la isla de Santo Domingo, cuyo dominio se dividen la República Dominicana y Haití, es uno de los países de la América Latina que tiene porvenir más halagador. A quince leguas de Cuba, a treinta de Jamaica, a diez ocho de Puerto Rico y a ochenta de Venezuela; siendo uno de los países más cercanos a Estados Unidos y la antilla más próxima a Europa; teniendo grandes y abrigadas bahías, como la del Samaná, donde podrían caber ampliamente todas las escuadras del mundo; y pudiendo ofrecer, abierto ya el canal de Panamá, por el estrecho de la Mona, el camino más seguro y corto entre los dos Hemisferios, será seguramente, en un futuro próximo, uno de los centros comerciales más florecientes del Mar Caribe.
Su fauna, su flora, su topografía, que ostenta la más rica variedad de climas, como todos los países de la América ecuatorial, fueron descritos de pintoresca manera en una carta dirigida por el Descubridor, en 1493, a Luis Santangel, escribano de ración de los Reyes Católicos por la corona de Aragón. «Yo entendía harto de otros indios—dice—que ya tenía tomados como continuamente esta tierra era isla, e así seguí la costa della al oriente, ciento e siete leguas, fasta donde facía fin; del cual cabo había otra isla, al oriente, distante desta diez e ocho leguas, a la cual puse luego nombre La Española; y fuí allí, y seguí la parte del setentrión así como de la Juana, la cual y todas las otras son fortísimas en demasiado grado, y ésta en extremo: en ella hay muchos puertos en la costa del mar sin comparación de otros que yo sepa de cristianos, y fartos ríos y buenos y grandes ques maravilla: las tierras della son altas y en ellas muy muchas sierras y montañas altísimas, sin comparación de la isla de Cetrefey, todas fermosísimas de mil fechuras y todas andables y llenas de árboles de mil maneras y altos, y parece que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la foja según lo que puedo comprender, que los vi tan verdes y tan fermosos como son por Mayo en España. Dellos están floridos, dellos con fruto, y dellos en otro término según su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pájaros de mil maneras en el mes de Noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o de ocho maneras, ques admiración verlas por la disformidad fermosa dellas, mas así como los otros e frutos e yerbas: en ella hay pinares a maravilla e hay campiñas grandísimas e hay miel, e de muchas maneras de aves y frutas muy diversas. En las tierras hay muchas minas de metales e hay gente en inestimable número. La Española es maravilla: las sierras y las montañas y las vegas y las campiñas y las tierras tan fermosas y gruesas para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificios de villas y lugares. Los puertos de la mar, aquí non habría creencia sin vista, y de los ríos muchos y grandes y buenas aguas: los más de los cuales traen oro. En los árboles y frutas y yerbas hay grandes diferencias de aquellas de la Juana: en ésta hay muchas especies, y grandes minas de oro y de otros metales.»
Esa opulenta naturaleza está todavía inexplotada. Con seis millones de hectáreas y apenas medio millón de habitantes, han faltado los necesarios elementos para explotar sus cuantiosas riquezas. Ha concurrido también para ello, además de la escasez de población, las contiendas en que se ha visto continuamente envuelta la República. Este es un hecho realmente sensible, pero que, juzgado con reflexión serena, se advierte que es un fenómeno casi necesario e inevitable. La República Dominicana, como otras jóvenes democracias de América, ha sido juzgada aquí en Europa con excesiva severidad; se ha exigido de ella una madurez prematura, un desarrollo que por su violenta rapidez habría sido morboso, se le ha calificado de intratable, sanguinaria, revoltosa, como si los primeros pasos no fuesen siempre vacilantes, y como si no fuese una ley histórica que todo pueblo joven que ha estado en servidumbre, ha menester rendir un tributo de sangre para afianzar sus instituciones y cimentar su libertad. Pero, no obstante sus frecuentes convulsiones, por virtud de su fuerza nativa y el genio vivo de la raza, la República Dominicana ha hecho, en apenas medio siglo que lleva de independencia, progresos realmente sorprendentes. De ello dan testimonio su comercio, sus industrias, sus instituciones libérrimas y el desarrollo que han adquirido en ella últimamente las ciencias y las artes.
Según datos oficiales, para el ejercicio del año 1909 a 1910 los ingresos y egresos públicos del país fueron fijados en 4.024,230 pesos, respectivamente. Las entradas de los impuestos aduaneros se calcularon en 3.200,010 pesos; impuesto sobre el consumo, 460.000 pesos; renta del servicio postal y telegráfico, 35.000 pesos; derechos consulares, 15.000 pesos; impuesto de timbres, 43.000 pesos; y rentas de ciertas propiedades fiscales, pesos 261.230. Con el objeto de normalizar las relaciones del Erario Público y de los particulares con los establecimientos de crédito, se ha dictado recientemente una ley bancaria, que prescribe que los Bancos de emisión deberán tener un capital por lo menos de 500.000 pesos; los hipotecarios, 100.000 pesos y los refraccionarios, 50.000 pesos.
Uno de los problemas más serios que el Gobierno Dominicano ha tenido durante mucho tiempo sobre el tapete, y al que ha dado por fin una solución, es el de la unificación de la deuda pública. Al dar cuenta el Presidente de la República de tal hecho al Congreso Nacional, decía en su mensaje: «El medio para lograr el arreglo y pago de las deudas estaba indicado. Puesto que los acreedores belgas y franceses habían convenido desde Junio de 1901 en recibir el 50 por 100 de sus acreencias si se les pagaba en efectivo en un plazo de veinte años, y esa deuda era casi la mitad de las sumas debidas por la República, lo que había que hacer era contratar un empréstito a tipo moderado, con el cual se pagase la totalidad de las deudas. Hay varias, como la Flotante interior y la llamada Extranjera, que nunca se han vendido a más del 40 por 100 de su valor nominal; otras, como la Diferida, que no alcanzaron jamás el precio de 10 por 100, y muchas en que el capital real no excedía de un 30 por 100, siendo el resto intereses acumulados. ¿No era factible que los poseedores de créditos en semejantes condiciones aceptasen el 50 por 100 de su valor, cuando los belgas y franceses, poseedores de acreencias más legítimas, lo habían aceptado, y que otros acreedores se conformasen con tipos menores en relación con el valor de sus créditos, en el momento en que se les hiciera una proposición de pagarles en efectivo? El empréstito convenido con las casas bancarias Kuhn, Loeb y Co, y Morton Trust Co, es por 20.000.000 pesos, oro americano, con prima de 4 por 100 e interés de 5 por 100 amortizable en cincuenta años y redimible en diez con prima de dos y medio por 100. Hay que entregar anualmente 1.200.000 pesos para el pago de intereses y fondo de amortización, pudiendo entregarse mayor cantidad si así le conviene a la República, y debiendo además destinar al fondo de amortización la mitad del excedente de los derechos aduaneros, si pasasen en cualquier año de la suma de 3.000.000 de pesos.» «La República debe cerca de 33.000.000 de pesos los cuales devengan un interés de más de 1.200.000 pesos y obligan a satisfacer por ahora 700.000 de pesos por lo menos de amortización. Todo eso se paga con 1.200.000 pesos anuales. Se disminuye el capital de 33.000.000 de pesos a 17.000.000 de pesos; se reduce el interés de más de 1.200.000 pesos a 1.000.000 de pesos, y la amortización de 700.000 de pesos a 200.000 pesos, obteniendo como resultado final que en treinta y ocho años o poco más quedemos libres de deudas, o en menos tiempo si aumentamos la amortización, habiendo pagado en ese lapso por capital e intereses unos 45.000.000 de pesos, en tanto que siguiendo el actual sistema no pagaríamos jamás, si no en el caso en que aumentásemos en más 1.500.000 pesos la cantidad destinada para el pago de intereses y amortización, lo que sería verdaderamente muy gravoso para la República, teniendo además que pagar la deuda en su completa integridad.»
El Estado protege con leyes bastante liberales el desarrollo de las industrias. A este propósito, el notable escritor Enrique Deschamps, dice en su interesante libro sobre la República Dominicana: «Prueba evidente de esa protección es la absoluta liberación de derechos de exportación de que disfruta la industria azucarera, siendo de notar que este ramo asume trascendental importancia por representar la mayor suma de capital invertido en una sola industria en la República. De ventajas muy análogas gozan las diversas fábricas de jabón, de fósforos, de cigarrillos, de velas esteáricas, de sombreros de paja, de zapatos, de licores, de medias y calcetines de algodón, de fideos, refinerías de petróleo, y de diversos artículos más de gran consumo en el país, y puede afirmarse que, a excepción del azúcar que tiene a su servicio en la República un alto número de grandes ingenios y centrales de un valor de muchos millones de dollars, todas las demás industrias están todavía en período de ensayo...» «Uno de los ramos industriales dominicanos llamados a más brillante porvenir, es, sin duda alguna, el abarcado por la industria forestal que dispone allí de esferas de acción de importancia incalculable. El 80 por 100 del territorio dominicano está todavía cubierto de selvas vírgenes, y son muy pocas las esencias que en ellas hay que no representen valores económicos cuantiosos. Una interesante variedad de pinos de inmejorables condiciones como madera de construcción, cubren las montañas del interior de la isla, habiendo en ella extensiones de más de cincuenta leguas, en que toda la vegetación mayor está representada por un solo bosque uniforme de pinos seculares».
La educación popular es objeto ahora, por parte del Estado, de una atención preferente. Desde las reformas iniciadas por el educacionista Hostos, en 1880, se ha operado una completa renovación, de tal manera que están ya abolidos los procedimientos rutinarios de la antigua escuela española e implantados, oficialmente, los procedimientos racionales y analíticos de la Escuela Moderna. La nación cuenta con un Instituto Profesional, que equivale a la Universidad; la Escuela de Bachilleres, cuyo rector vitalicio es el eminente humanista F. Henriquez y Carvajal, el notable pedagogo y pensador a quien debe tanto la juventud dominicana; un Seminario, numerosas Escuelas Normales y Colegios Superiores, que funcionan en las cabeceras de las provincias y los distritos, y más de trescientas escuelas primarias.
Quien escribe estas líneas ha visitado Panamá antaño y después de su separación de la madre patria colombiana, y ha encontrado que está fuera de duda el evidente progreso que allí ha aparecido, comenzando, en primer lugar, con lo que se refiere a los adelantos sanitarios. Es un hecho que la fiebre amarilla ha desaparecido de ese país, y que la capital se ha modernizado en pavimentación y edificios. Desde luego, ha aumentado más aún su carácter yanki y su característica de población bilingüe.
Bien sabido es que la ciudad fué fundada por Pedrarias Dávila, en 1518, y, como Nicaragua, su nombre es el de un antiguo cacique. Los piratas la hicieron sufrir harto.
El antiguo departamento, hoy República de Panamá, tiene siete provincias: Bocas del Toro, Colón, Chiriquí, Coclé, Los Santos, Panamá y Veraguas. Cuenta algo más de cuatrocientos mil habitantes. Su historia es de interés, no sólo por las convulsiones políticas sufridas por Colombia, por ser elegida la capital para lugar del famoso Congreso panamericano que ideara Bolívar, sino por su importancia comercial que se ha relacionado con el mundo entero, principalmente por el canal que une los dos océanos, Atlántico y Pacífico, y que, si realizado por los Estados Unidos, fué iniciado por el genio francés. Lesseps tendrá allí su monumento.
Al separarse Panamá de España, los panameños, viéndose aislados, acogiéronse a los halagos del Libertador; pero la idea de emancipación fué constante, y el 11 de Septiembre de 1830, la voz del general J. Domingo Espinas se dejó oir, e hizo que la municipalidad acordase la separación. Pronto fué, pues Panamá estuvo apenas dos meses independiente. Disturbios y revueltas, más tarde corrientes autonómicas, realizaron la unión del Istmo y la República. Sancionada esta unión, en Marzo del año de 1841, la Convención reunida en Panamá dictó la ley fundamental del Estado del Istmo; pero en Diciembre del mismo año, esta sección volvió a formar parte de la República de la Nueva Granada, que fué luego Colombia.
En 1903 se efectuó la revolución que hizo a Panamá independiente de la nación Colombiana. Al tratarse entre los Estados Unidos y Colombia la forma de realizar las obras del Canal, iniciadas, como queda dicho, por una Compañía francesa, un movimiento de opinión rompió definitivamente los lazos entre el Istmo y el Poder Central, y el 3 de Noviembre de 1903, el Consejo municipal constituyó una nueva nacionalidad libre y soberana. El acuerdo tuvo unánime aprobación popular, y el 13 de Febrero de 1904, el doctor don Manuel Amador Guerrero fué elegido presidente y aportó toda su autoridad y buenas dotes a la ardua tarea de organización en el flamante gobierno.
El escritor Tito V. Lisoni, al hablar de esta república en una interesante monografía, dice: «La administración del Sr. Amador fué muy fructífera, no obstante haberle tocado atravesar un período difícil y delicado. Se ejecutaron obras públicas notables: la pavimentación de la capital, la construcción del acueducto de las ciudades de Panamá y Colón, de puertos, caminos, escuelas y muelles, la edificación del Palacio del Gobierno y del Teatro Nacional, etc. Floreció la libertad, y se afianzaron definitivamente las garantías constitucionales.»
Al Sr. Amador le substituyó en la Presidencia D. José Domingo de Obaldía. Su hecho principal fué la celebración de un contrato para la construcción del ferrocarril casi trans-istmeño, que será de gran utilidad para el país.
Falleció desempeñando su cargo, sustituyéndole el doctor Carlos Antonio Mendoza, secretario de Hacienda, abogado eminente que cuenta larga hoja de servicios en la administración de su país. Las mejoras realizadas en la sanidad y en la enseñanza son notables. La capital ha sido transformada casi por completo, constituyendo hoy una ciudad moderna, dotada de los mejores servicios. Las obras públicas en construcción (muchas de ellas ya concluídas hoy) son numerosas. El gobierno se preocupa también en mejorar las vías de comunicación; y al efecto, el Congreso autorizó al Presidente para que terminase la línea telegráfica de doble alambre de Panamá a Veraguas, y para que construyese entre ambas ciudades una línea nueva. Ha estimulado la navegación a vapor, otorgándose cierta subvención a una compañía para que establezca un servicio de vapores en la costa del Pacífico.
El incremento del país es tan palpable que, en Junio de 1908, la Hacienda Pública tenía un activo ascendente de 7.860.096,68 pesos oro.
El presupuesto nacional correspondiente al año de 1910 fija la renta total de 6.877.469,65 pesos. En cuanto a gastos, en 1909, las Obras Públicas y la Instrucción, consideradas en conjunto, representan la parte mayor del presupuesto.
Así, la instrucción pública en Panamá ha progresado en forma extraordinaria. Uno de los apóstoles más decididos de la instrucción panameña, ha sido el Sr. Lasso de la Vega. A él se debe la Biblioteca Pedagógica, la Escuela de Artes y Oficios, el Museo, la Escuela de Indígenas.
La intelectualidad del país cuenta con dignos representantes. La historia, la crítica, la literatura, la poesía, la música y la pintura han tenido y tienen buenos cultivadores, comenzando por el presidente de la República, Dr. A. Porras, que, aparte de sus actividades políticas, es un intelectual y estudioso de valía.
Amelia Denis, J. Guizado, Arosemena, Jerónimo Osa, Guillermo Andreve, U. Victoria, Enrique Arce, Juan Báez Ossa, Alejandro Dutary, Oscar Terán, Darío Herrera, Valdés, Ricardo Miró, Federico Escobar, Demetrio Fábrega, Pérez y Soto, Simón Rivas, Aizpuru, Octavio Méndez, H. Icaza, Héctor Conte, J. Conte, Julio Arjona, el notable artista R. Sewis y otros más, son los representantes del talento panameño. Todos los hombres públicos trabajan por la grandeza nacional, y la juventud lucha estudiosa en pro del progreso.
Al iniciar su existencia política este nuevo Estado, desde luego con la protección directa de una potencia como los Estados Unidos—a pesar del dominio yanki en el Canal—que Root ha explicado, por otra parte, muy favorablemente, ha comenzado en una vía de flagrantes adelantos, que ya quisieran para sí otras pequeñas repúblicas. Dios la lleve al logro de su riqueza, de su civilización y en todo lo que sea posible, de su libertad.
Quando escribo estas líneas, se inaugurará el Canal que costó tanta vida francesa, tanto dinero del ahorro francés, y que debió ser llevado a término por la energía francesa. Quienes lo han concluído y quienes lo inaugurarán, serán los Estados Unidos.
El yanki recoge, fría y calculadamente, lo que el ímpetu y el entusiasmo latinos sembraron con demasiada confianza y sin previsión. Pero si hay una justicia sobre la tierra, un grandioso monumento deberá alzarse del lado de Colón, o del lado de Panamá; y ese monumento habrá de conmemorar el nombre, dos veces glorioso, del gran francés Ferdinand de Lesseps.
El año de la débacle panameña, en el momento de la tempestad, quien escribe estas líneas llegaba al itsmo de Panamá, en viaje de Chile a la América Central.
La primera impresión recibida en Colón, fué la siguiente: En el Océano, barcos de guerra de Inglaterra, Alemania, Francia, España, los Estados Unidos, etc., para proteger los intereses de los respectivos países; en tierra, en un inmenso rosario de vagones, un inmenso ejército de africanos desnudos que, alzando los brazos, lanzaban horribles gritos. Era una página flaubertiana, o mejor, de Kipling.
Eran esos negros que se reembarcaban parte de un numeroso rebaño de salvajes de Africa, que un buen contratista llevó al istmo para el trabajo del Canal. Los negros no sabían casi una sola palabra fuera de su dialecto nativo. Habían sido sacados de sus selvas, sencillamente, como ganado humano.
Jamás se borrará de mi mente aquel tremendo cuadro: el país conmovido; la noticia de la gigantesca desgracia financiera, en todas partes causando el terror y el asombro; los innumerables trabajadores sin trabajo; cada ciudadano guardando celosamente su casa; la justicia del país procurando que no se produjeran esperados y probables desórdenes; cada cual en su puesto con su revólver listo.
Porque hay que saber lo que fué Panamá en los días de fiebre áurea. La leyenda de Panamá ha resonado por todas partes, ¡mas, de ella se sabe tan poca cosa! Aquel mal escrito libro del Barón Montes, del cual se vendieron miles y miles de ejemplares, no es por cierto la obra que pueda dar una idea de la vida panameña, en los fabulosos tiempos aquellos.
A propósito, ¿sabéis cómo fué escrito ese libro? Quienquiera que haya estado en Panamá, por aquellos tiempos, no ha conocido al antiguo redactor del Star and Herald, Mr... ¿Y quién, si le ha conocido, se ha podido sustraer a jugar carambolas con él en el Club, al eco de inevitables estallidos de Ginger-ale? Pues bien, el autor del Barón Montes escribió su libro, únicamente copiando, y arreglándolas en forma novelesca, las conversaciones de aquel excelente empleado de nuestros amigos Boyd, los antiguos dueños del Star and Herald; por lo cual Mr..., desgraciadamente muerto ya, no recibió un solo centavo, mientras el otro se guardara miles de magníficas libras esterlinas.
La leyenda de Panamá... Se vivió en verdad una vida de leyenda, una vida de cuento, una vida de Mil y una noches. En Panamá estaba el verdadero vellocino, los argonautas iban de todas partes. Lesseps, el gran Lesseps, el gran francés, movía desde París la máquina. Era el tiempo en que la más pobre costurerita parisiense depositaba sus ahorros en la caja de la gran obra nacional; era el tiempo en que el glorioso hombre de Suez profetizaba para Panamá: «Será dentro de cuatro años»... «Será dentro de tres años»...
Todavía Leroy Beaulieu no había profetizado a su vez que, después de la catástrofe del sistema Law, la de Panamá sería la más grande.
Una palabra de cualquiera de los Lesseps, una recomendación del obispo Paul: quinientos pesos oro, mil pesos oro mensuales.
En esos tiempos, un ingeniero vivía en su chalet propio, cada empleado superior tenía derecho a un viaje anual a Francia, por cuenta de la Compañía. El champaña sustituía al agua. Los burdeles se llenaban de flores de vicio, de las cuatro partes del mundo. Se jugaba; al día siguiente, no era extraño ser rico.
Un ingeniero pide un clavo especial a una casa europea, y envía el modelo en madera; la casa envía los cientos de miles de clavos pedidos, iguales al modelo en madera... Todo contra la caja inagotable de la compañía. Entre tanto, la fiebre tropical hacía que no se la echase en olvido. ¡Murieron tantos! Un director general—después de dos más—feliz, ufano, con su cinta de la legión de honor, con su hija, su hijo, su esposa, había pedido a Francia un tronco regio para su victoria. El tronco llega cuando la esposa, el hijo y la hija estaban—en menos de un mes—en el cementerio. El desgraciado director hace matar los caballos y, desolado, parte.
Era, sí, Panamá, en ese tiempo, un pedacito de Francia.
Se oía hablar francés por todas partes. Todo en francés, a despecho del yanki. Aún hace poco, si pasabais por el istmo, si visitabais los hospitales—lo más pintoresco y lindo que tenía Panamá—oíais la lengua de la dulce Francia en los labios de las hermanas de caridad.
Un día llegó el Grande Anciano con sus hijas. Desde que se anunció su llegada, los jardines alistaron sus flores. Llegó, y Panamá todo fué flores, banderas y espumas de Champaña!
Fué Lesseps, y era como si hubiera ido un dios. Desde el báculo del obispo Paul hasta el sombrero del último operario todo se movía en su nombre y a su gloria.
¡Dudo yo que, en su smalah oriental, haya tenido mayores honores y triunfos el pobre Juan Francés!
«Llegó—me decía el brillante poeta Darío Herrera, hijo de Panamá, que entonces era casi un niño—llegó Lesseps a mi casa, y besó en la frente a mis hermanos y a mí; jamás olvidará mi techo aquella visita patriarcal, aquella fiesta.»
Así iba Lesseps por Panamá, vestido de lino, con su ancho sombrero de jipijapa, repartiendo saludos, besos y francos.
Por donde pasaba, había arcos de flores. No había noche sin baile, ni baile sin derroche.
Rouget de Lisle quería levantarse de su tumba, y decir a las músicas:
¡Basta!
¡Y cuando el día del primer barretazo...! Fué la niña menor de Lesseps la que tomó el hierro, y entre gritos entusiastas y estallidos del cañón y del champaña, hirió la tierra.
Jamás, ni en sus esplendores de Egipto, ni en las íntimas fiestas imperiales, pudo ver el Gran Francés una superior victoria.
El trópico ístmico es de una belleza cálida y rica; las gentes, sobre todo las entonces colombianas, eran fastuosas y entusiastas; Lesseps tenía el más bello cielo; la más alta gloria, y cada habitante del istmo era su súbdito. Lesseps-bajá era nada ante Lesseps-ídolo.
La procesión era triunfal y enorme. Primeramente pasaba el Grande entre las autoridades y los cónsules; entre estandartes colombianos y franceses; después, entre las familias, en cuyas casas no faltaba el retrato del anciano ilustre; luego, la innumerable tropa de los europeos, yankis, centro-americanos, jamaicanos, negros puros, chinos, que se quitaban la gorra de labor al paso del dios...
Hoy ¿Qué queda de aquel Dios?
En Panamá quedará siempre el nombre del conde Ferdinand de Lesseps, bendecido y venerado. Caridades y beneficios no se siembran sin provecho. No es tan mala la tierra humana, pues si produce muchos cardos ingratos, hace brotar inmortales flores de recuerdo.
Y Lesseps fué bueno y noble.
¿No es cierto que diríais que sí, si viviérais, Bonaparte Wysse, que le visteis más de una vez favorecer a los necesitados?
¿No es verdad, desaparecido Pedro Losa, su amigo y discípulo, que presenciasteis la magnanimidad y la grandeza de corazón de aquel a quien Yankilandia debe una estatua?
Y cuando la Fama y la Fortuna dejaron a Lear abandonado a la tempestad, a los granizos periodísticos y a las rachas de las prostituciones financieras, a los soplos de la difamación, el gran Francés ha quedado moralmente intacto, mientras a su alrededor caían tantos culpables.
Fué grande, fué noble, fué honrado. Francia, que siempre es grandiosa, noble y justa, se acordará de él y le pondrá pronto en su verdadero lugar.
Y en el puesto de Colón, en el que fué istmo de Panamá, en donde hubo de hacerse, por Francia, la unión de los dos océanos, al lado de la estatua del Revelador del Globo—regalada por una emperatriz amiga del egregio trabajador y mártir—hemos de ver, enmienda de humanas injusticias, el monumento de Ferdinand de Lesseps.
| Págs. | |
| Argentina | 1 |
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| Paraguay | 97 |
| Bolivia | 113 |
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| Guatemala | 145 |
| Ecuador | 159 |
| El Salvador | 171 |
| Honduras | 183 |
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| Panamá | 221 |
| Lesseps y Panamá | 229 |