CAPÍTULO IV
La CRUZ en los DIOSES del AIRE

y en los mitos atmosféricos


Culto al Aire y á la Tormenta—El Dios Huracán—El Haida Wind Spirit—Tláloc, Quetzalcóatl, Itzamna, Gucumatz, Huizlopochtli, Chuchavira, Catequil, Pillán y Huayrapuca—Tláloc y su insignia cruciforme—Cruz en el escudo de Amimitl—Chalchihuitlicue y su cruz—Quetzalcóatl y su túnica con cruces—Nanihehecatl y la cruz de sus vientos—Wixepecocha y su cruz en el Cempoallepec—Huitzilipochtli y su blasón cruciforme—Cruces de Cozumel—«El Arbol de Nuestra Vida»—La diosa azteca de la Lluvia y su Cruz—Los cuatro Bacabs—Batchué y la Cruz del lago—El Tau del dios del Aire de Squier—La Huayrapuca calchaquí y el grupo atmosférico de Capayán—La Cruz ofídica—La Cruz y los fenómenos meteorológicos.

En el capítulo anterior hemos insinuado que la Cruz como símbolo está relacionada á los fenómenos atmosféricos y cambios meteorológicos que producen la lluvia.

La Cruz, en efecto, aparece portada por los dioses del Aire y los mitos de la Atmósfera, llevándola como cetro, como emblema, como insignia ó como adorno en sus manos, sobre su pecho ó en sus flotantes y sutiles vestiduras, con una repetición tan llamativa que el asunto es digno de ser tratado en capítulo especial.

El temor al rayo y al huracán ha hecho nacer vivos sentimientos religiosos en el espíritu de los pueblos americanos; como que los fenómenos meteorológicos desempeñan un gran papel en la historia primitiva de las religiones; y es natural la divinización por parte del salvage del espantable desencadenamiento de las fuerzas de la naturaleza, ante las cuales se presenta débil y desarmado. Este temor religioso concluyó por transformarse en veneración piadosa al viento y á la tormenta, siendo convertidos en fetiches el rayo y el huracán. Pero los fenómenos del huracán no fueron posteriormente adorados por sí mismos, por cuanto el rayo parecía la manifestación de un ser viviente, considerándosele como el hacha terrible y centellante de un genio encarnado en las nubes, las cuales, á su vez, se presentaban á la fantasía india como volátiles ó pájaros de alas inmensas, que sacudían en lo alto de los cielos; y de aquí las aves míticas, como el Piguerao de la leyenda preincaica, cuya voz es el estampido del trueno y cuyas alas nerviosamente batidas producen el viento del huracán. Estos pajarracos á la vez son ofídicos, y suelen tener cola y aún cuerpo de dragón y de víbora, como la «serpiente emplumada» ó el Quetzalcóatl mejicano, porque el relámpago ardiente se aparece á los ojos del hombre primitivo como un gran dragón de fuego, animado de vida, de rabia y de terrible poder.

El culto á la lluvia, que muchas veces se confunde con el del cielo mismo, es el culto al elemento agua, como el efecto fecundo de la acción combinada del viento y de la tormenta.

El viento, la tormenta y el rayo, se vuelven personajes míticos vivientes, á los que el politeismo concluye por dar formas antropomorfas; y de aquí los Dioses del Aire, de la Tormenta, del Rayo, objeto de culto universal en las agrupaciones americanas, convertidos aquellos en los genios fecundadores de la tierra por el fenómeno de la lluvia en nuestro continente de grandes estensiones sin agua, para el cual es este líquido la vida de la tierra, que hace nacer, crecer y fecundar á los hombres, á los animales y á las plantas. La serpiente-rayo, portada en sus manos por el Aticci Viracocha peruano y sirviendo de cetro ó de báculo á Tláloc, se vuelve el emblema de la humedad, del calor, de la fertilidad, de la primavera, de las estaciones, y figura en primera línea, por tanto, en las cosmogonías de todos los pueblos agricultores.

Pasemos ahora á consignar breves noticias del culto universal á los fenómenos atmosféricos, para que nos demos á la vez cuenta exacta del valor de la Cruz como símbolo meteorológico.

Desde las estremidades del Norte, ó desde la Sillán Innua, ó casa de los vientos de los esquimales, aquellos soplan sobre el mundo. En las razas septentrionales el culto al cielo no es menos grande que el culto á la tierra. Las divinidades del cielo son generalmente masculinas y epicenas ó andróginas, y obran sobre el universo por medio de los fenómenos meteorológicos.

En los Estados Unidos, bajo formas de monstruos ó de aves míticas, son adorados los dioses del Aire, bajo el nombre de «Espíritus del Viento».

Fig. 23. Espíritu del viento.
(Estados Unidos).

Fig. 24. Figura mítica de los Hayda..

Las representaciones de estos seres míticos aparecen en un interesante trabajo inserto en el Rapport del Smithsonian Institution, del año 93, titulado Myths and Mythic animals[151]. Nosotros los reprodujimos en nuestro trabajo sobre la Huayrapuca calchaquí[152], valiendo la pena de hacerlo nuevamente en esta ocasión (Figuras. 23, 24 y 25).

Las tres figuras representan animales mitológicos. La más pequeña (Fig. 23), —escribimos á propósito de estos animales míticos,—se distingue de las otras dos en no tener garfios; y por la figurilla representando un ser humano, en posición horizontal, es, según los pieles rojas creyentes, el Espíritu del Viento (Wind Spirit), un monstruo ó demonio llamado Skana, que quiere decir «genio del mal»[153]. Este demonio (tal cual sucede con la Huayrapuca calchaquí), según Judge Svan, ateniéndose á lo que le han contado, es susceptible de transformarse de todas maneras, y varias leyendas se les atribuyen. Las dos representaciones restantes (Figs.24 y 25), son también monstruosas, genios del mal[154]. Estas dos figuras fueron conseguidas de algunos indios Haida que visitaron el puerto de Townsend (Washington) en el verano de 1884. La primera lleva el nombre de Orca Haida, y las otras dos, los de Wasco and Mythic Raven Haida, y quien escribe sobre tales figuras es Albert P. Niblac, que ha podido descifrarlas.

Fig 25. Ave mítica de los Hayda.

No obstante las inmensas distancias que separan á los pueblos, es conveniente comparar estas representaciones míticas de Estados Unidos con el dios del Aire de Squier, que más adelante ofreceremos (Fig. 28), y todas estas figuras con las Huayrapucas de Calchaquí (Figs. 20 y 27), de rostros humanos con corona plutónica, cuerpo y cola ofídicos, la primera; de cabeza monstruosa con boca dentada, cuerpo y cola también ofídicos, las de la Fig. 27, del valor mítico de los cóatl mejicanos[155].

Fig 26. Puco de Santa María 13 t. m.
Colección Quiroga.

Fig 27. Vasija Ambato y su desarrollo.
Colección Quiroga.

Así mismo, adoraban al viento ó á la tormenta los crecks, los dakotas y pieles rojas.

Huracán, el dios de las tempestades de las Antillas, es el «alma del cielo» para los quichés de Guatemala, el que desempeña un papel importante en su cosmogonía. Avilix y Hacavitz son el relámpago y el rayo.

En Nicaragua, para que lloviese, ofrecíanse grandes sacrificios al dios del huracán Quiatéotl[156].

Pero la gran divinidad del cielo en Méjico y la América Central es Tláloc, el de un solo ojo, quien rige las nubes y las lluvias y guía los rayos, y en honor del cual se celebraban dos fiestas anuales, lo mismo que cuando sobrevenían calor ó seca, en cuyo caso sacrificábansele cuatro niños de cinco á seis años, á los que se dejaba morir de hambre, ó colocándolos en una canoa se les hacía hundir con ella en el lago sagrado[157]. Otros genios atmosféricos denominábanse los Tláloc[158], figurados por serpientes de madera, y por ídolos de aspecto humano las montañas, ó los Echecatotontin (checatl, «aire» en mejicano antiguo). Cuando á fines de Diciembre comenzaba á tronar, los indios decían:—«los Tláloc vienen!»—Calchihuitlicué, la compañera de Tláloc, según Torquemada[159], es la diosa del huracán y de los fenómenos meteorológicos, ó está intimamente ligada á ellos. Tlazolteotl, la lúbrica, la de los placeres obcenos, es otra compañera de Tláloc, representando á los elementos como generadores.

El señor de Tlalocán, Tlalocatecutli, el más alto de los Tlálocs, imperaba sobre la lluvia y el huracán, y era venerado por toltecas, chichimecas y aztecas. Figuraba como un dios antropomorfo, cuya estatua de blanca piedra aparecía pintada con los colores del agua, verde y azul, y portaba un cetro adornado de oro.

El dios de la América Central, particularmente de los mayas, fué Ahulneb, el de la Cruz. Los cuatro vientos que producían la lluvia denominábanse los cuatro Bacabs[160].

Nicaragua adoraba al dios del Aire Chiquinau; y Oviedo[161] cita á Ecalchatl, mito interesante de esta cosmogonía.

Mixcóatl[162], es la nube-serpiente, antigua divinidad chichimeca, tenida en gran honor por los nahuas y los nicaragüenses, la que, según Brinton, portaba por rayos un haz de flechas en las manos, pareciéndose á Tonante.

Quetzalcóatl[163], el «papagayo-serpiente», la nube serpiente emplumada, aparece como una divinidad atmosférica máxima, la que, bajo el nombre de Nanihehecatl, es «el señor de los vientos», y bajo el de Tohil[164], «el que ruge.»

En Wixepecocha, con atributos comunes á la gran divinidad de los toltecas, encárnase el dios del Aire de los zapotecas, á los cuales se apareció como un famoso predicador.

El gran Itzamna[165] yucateco figura como el dios nacional de la raza maya. Su carácter atmosférico resulta de sus propias palabras, respondiendo á quienes le interrogan sobre su origen (Itzencaan, Itzenmuyal, rocío del cielo, rocío de las nubes). Itzamna se dá por hijo del cielo. Él se aparece como un sabio hechicero: cura enfermos, resucita muertos, reparte la tierra entre sus fieles, funda pueblos é inventa la escritura. Sus adoradores venéranle en Izamal. Los naturales de la América Central consideran á Itzamna como un solo dios con Cuculcán, el aparecido del oeste, que llegó con diez y nueve compañeros, todos barbados y vestidos de largas túnicas, y que vive en Chichen Itza. Su nombre, como el de Quetzalcóatl, compónese de las voces mayas: cuc, «papagayo», y can, «serpiente»[166].

Los quichés de Guatemala tenían su Gucumatz[167], «el papagayo-serpiente»,—de guc, «pájaro verde» y matz, «serpiente». Es un cuaternión ó cuaterno, que se transforma en un período dado de días en serpiente, en águila, en tigre y en sangre coagulada. Aparece como un dios dominador y engendrador según la biblia quiche ó Popol Vuh[168]. Gucumatz hace surgir la tierra de en medio de las aguas, invocando á ese Hurakán, el «corazón del cielo», según este libro sagrado.

Los nahuas veneraban á otra divinidad de la atmósfera y de la tempestad, al cruel Huizlopochtli[169], dios de la guerra, que M. Tylor creyó identificar con Mextli, guerrero de cuyo nombre quiere derivar el de Méjico. Huitzilin, significa «colibrí», y es sin duda este irisado pájaro-mosca el emblema de la naciente primavera. Aquél al salir del vientre de su madre Coatlicue y cuando sus hijos, los Centzunhuitnahuas, y su hija Coyolxauhqui, intentan matarla á causa de su preñez, tírales con una serpiente de fuego, á cuyos golpes caen exánimes, por lo que desde entonces viénele bien el nombre que lleva de Tetzauhtostl, «el dios terrible». Coaticlue, la mujer de las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube tempestuosa preñada de rayos; una bola de blancas plumas, flotante en el aire, que fecundo su seno, es la nubecilla blanca que al entrar en el seno de la gran nube, parece iniciar la tempestad; los hijos que quisieron matarla, son las nubes que suben al zenit, impulsadas por el viento precursor del huracán, y que parecen oponiéndose y encontrando á la nube principal; una voz que á la madre habló de defensa desde su seno, es el trueno. Bernal Díaz cuenta de un page de Huitzilipochtli, dios de las alarmas, mensagero «rápido», llamado Paynalton, y que parécenos que debe ser el viento que sopla.

Entre los muyscas de Cundinamarca, P. Simón[170] hace referencias á un Chiminigagua, gran receptáculo de la luz en medio de las tinieblas. La luz comienza á emanar de él, y su aparición dá nacimiento á los primeros seres, unos grandes pájaros negros que se desparramaron por el espacio, lanzando por sus picos una sustancia brillante, trasparente é impalpable, que fué el Aire.

El gran dios de la atmósfera y del iris en Cundinamarca, es Chuchavira. Simón[171] relata lo universal de su culto de parte de su pueblo, especialmente de las mujeres en cinta; siendo fecundador, entonces, este dios del aire. Era representado por figurillas de oro, y se le consagraban esmeraldas.

J. G. Müller[172] vé en el terrible Thomagata otro dios solar como Botchica; pero este Thomagata aparece como un meteoro divinizado, como un espíritu de fuego cruzando el espacio, lo que demuestra que se trata de un dios del huracán, de la tormenta con rayos, y del trueno. En efecto: Thomagata anda siempre recorriendo el espacio, bajo el aspecto de un ser de fuego, que tiraniza á los hombres, y que exige, para aplacarse, grandes sacrificios humanos; y debía ser muy terrible para que se le figurase, como refiere Piedrahita[173], con cola de felino. Botchica extermina á este dios, lo que indica la sustitución entre los muyscas de una divinidad por otra.

El dios atmosférico anterior á la heliolatría peruana, es Catequil, quien tiene un hermano, Piguerao, el piscu-uira ó el «pájaro brillante» según la interpretación inadmisible de Brinton, quien traduce al quichua una palabra que no lo es; siendo el ave luminosa, por lo demás, alusión á la nube preñada de rayos, viéndose en ello que en el Perú la nube era representada como un ser ornitomorfo. Catequil tenía por arma el rayo, y los meteoritos eran las piedras que él lanzaba sobre la tierra. Este dios del rayo aparece como una divinidad fecundadora, alusión á la lluvia que riega la tierra, y por ello, sin duda, los Incas admitían su culto en las fiestas de verano, no obstante ser grato á los sacrificios sangrientos, que proscribieron los héroes heliolátricos.

Ataguju ó Atachuchu creó un ser humano, Guaman-suri, que descendió á la tierra y sedujo á una joven, hija y hermana de los Guachemines, los tenebrosos habitantes del globo. Estos mataron al amante de su hermana, la que sobrevivióle poco tiempo, no sin poner dos huevos en el mundo, de los cuales nacieron Catequil y Piguerao. Catequil, volviendo á la vida á su madre, y matando á los Guachemines, valiéndose de una piel de oro de Atachuchu, hace nacer de la tierra á los hombres.

Este mito, en resumen, es interpretado por Brinton[174] de la manera siguiente: el hijo del cielo, personificación del cielo mismo, se une á una divinidad de las nubes negras de la tempestad, es decir, á la nube misma; los nubarrones del huracán, los tenebrosos Guachemines, son heridos por su rayo; Catequil, acompañado del relámpago, dispersa estas nubes, y después, por medio del fuego, fecunda y dá vida á la tierra, á la que hace fértil, suministrando el alimento á los hombres.

Pillán, el Trueno, es la divinidad suprema de los araucanos, el que vive en las eminencias de la cordillera fraguando la tormenta. Sus hachas son los rayos, que cortan de un golpe los viejos robles. Esto aparece resultar de la leyenda del Viejo Latrapai, referida por un distinguido americanista chileno[175], según la cual Latrapai resolvió un día dar sus hijas en matrimonio á sus sobrinos Cónquel y Pediu, pero siempre que derribasen un bosque de robles, volteando cada árbol de un solo golpe, lo que consiguieron cuando bajaron las armas del Pillán, que ellos pidieron «llamando hachas» cuatro veces, en estos términos:—¡«Bájate, hacha del Pillán! Bájate hacha del Pillán! Favorécenos, soberano de los hombres; bota dos hachas que corten un árbol con cada golpe!»—Dicho lo cual, bajaron hachas por las copas de los árboles; y con ellas, cortando cada árbol de un golpe, satisficieron al viejo Latrapai, casando con sus hijas. Y es de advertir, á propósito de hachas, que las de piedra, obra del hombre primitivo, son tenidas como hachas del rayo por los pueblos indígenas que las desentierran; y es por eso que en Calchaquí, por ejemplo, se conjura á la tormenta de piedra ó al granizo presentándole durante un rato los filos sagrados de aquellas[176].

En nuestro Calchaquí tenemos también un mito del viento y de la tormenta, que desempeña un importantísimo papel en la cosmogonía de este pueblo. La divinidad atmosférica calchaquí aparece aniquilando á las fuerzas de la naturaleza que vencieron al sol y á la luna, estableciendo desde entonces su imperio absoluto, lo que demuestra la supremacia en estas regiones de un culto acuático sobre la heliolatría. Tal divinidad atmosférica suprema, de cara humana, mitad antropomorfa y mitad ofídica, con cuerpo de dragón y cola de serpiente, es la chasca Huayrapuca, la «Madre del Viento», ó el Viento mismo, del género epiceno, varón y hembra á la vez, que anda corriendo por los aires, llevando al huracán, á la tormenta y á la lluvia, y que á nosotros nos cupo en suerte desenterrar del panteón calchaquí[177].

Esta breve reseña de las divinidades atmosféricas continentales nos ha sido necesaria, para dejar así establecido que, no sólo no nos extraña la existencia de la Cruz venerada entre los Pieles Rojas y demás pueblos del norte, y entre los toltecas, los aztecas, los nahuas, los quichés, los muyscas, los aymarás, los quichuas, los araucanos y los calchaquíes, sinó que la existencia del sagrado símbolo debió precisamente ser un hecho entre ellos, desde el momento en que los cuatro palos de la cruz, como más adelante lo veremos, no son otra cosa que la gráfica, sencilla y natural representación de los cuatro puntos cardinales de donde soplan los cuatro vientos, de los cuatro vientos mismos, de los cuatro antepasados, las fuerzas creadoras de la naturaleza, ó de los cuatro genios de las cosmogonías primitivas; porque, como observa Brasseur[178] respecto á este último punto, los navajos de Méjico nacieron de cuatro espíritus; los mayas de cuatro genios antepasados; y en todas las historias aztecas y toltecas aparecen cuatro caracteres, ya sean como sacerdotes ó enviados de los dioses ó magestad oculta ó disfrazada, ya como guías y caudillos de tribus durante sus migraciones, ya como reyes y mandantes de monarquias después de su fundación; y aún en los tiempos de la conquista siempre encontramos cuatro príncipes que forman el supremo gobierno, ya sea en Guatemala ó ya en Méjico. Nosotros añadiremos en el Perú á los cuatro de la cueva de Pacaritambo, que tiraban piedras á los cuatro rumbos, y que volaban al cielo cuando morían[179], repitiéndose este ejemplo de los cuaternos en otros pueblos.

Donde hay, pues, dioses de la atmósfera, del huracán, de la tormenta, del trueno y del rayo, seguramente existirá el símbolo complementario de la Cruz, tenido como emblema de alta veneración; lo contrario, la escepción, sería lo que cabalmente llamaría la atención en cuanto el caso se presentase; pero esto en realidad no acontece, como lo veremos por los ejemplos que pasamos á apuntar.

Tláloc, la gran divinidad azteca, de cuerpo y rostro gris, vestido de una túnica de azul con bandas de plata en cuadro, luciendo flores de perlas de colores, diadema de plumas blancas y verdes, de la que caían á sus espaldas plumas rojas y verdes también, oro y pedrerías, y portando la aurea serpiente en su diestra en representación del rayo, con su solo ojo, todo blanco, atravesado por una línea horizontal negra, bajo la cual veíase el semicírculo del mismo color;—Tláloc, el dios de la boca tridentada, cuya estatura era rodeada por un gran anillo doble azul, tenía por insignia la Cruz, ó los cuatro vientos que soplan de los cuatro puntos trayendo la lluvia, sobre los que ejercía su imperio, repitiéndose el número cuatro en todo lo que con él se relacionaba[180].

Amimitl, como Opochtli, el señor de los pescadores, inventor de redes y harpones, era uno de tantos Tlálocs, venerado en el lago Chalco. Como á Tláloc máximo, representábasele bajo la forma de un hombre de tinte gris, coronado de papeles de diversos colores y de plumas verdes, vistiendo un traje de igual color, semejante al hábito de los sacerdotes católicos. Esta divinidad acuática estaba armada de un cetro singular y de un escudo rojo, adornado al centro con una flor blanca, y cuatro hojas en Cruz[181].

La diosa de seno de esmeraldas, la divinidad de las ondas, la reina de los magos, la dama de la saya verde, la hermana de Tláloc, según Sahagún, ó compañera de este dios, al decir de Torquemada; la diosa de la frente azul, que portaba una corona orlada de plumas verdes y que lucía un collar de esmeraldas y pendientes de turquesas, vestida de celeste claro, como el agua de los lagos; la que tenía el poder de agitar las tempestades, de levantar los torbellinos, de inundar las tierras, Chalchihuitlicue, la Matlacue de los tlascaltecas, lucía un escudo al brazo izquierdo, cuyo blasón era una flor blanca de lis de agua, portando en su diestra un objeto en forma de Cruz[182].

El dios tolteca hijo de Mixcóatl, es decir, de otro dios de la atmósfera y de las nubes, que lleva ciertos sobrenombres significativos, dignos sobre todo de una divinidad del huracán, como que es el «papagayo-serpiente» ó la «serpiente emplumada»; el hombre blanco, de mirada roja resplandeciente, robusto, de larga frente, de cabellera y barba negras, con su insignia en una mano; el predicador de la montaña de Tzotzitepec, ó «monte del clamor»,—Quetzalcóatl, de quien ya nos ocupamos, viste un largo traje blanco sembrado de cruces, como una comprobación final del carácter meteorológico de tan curioso mito[183].

El carácter atmosférico de Quetzalcóatl, queda comprobado otra vez más, cuando figura con el epíteto de Nanihehecatl ó «señor de los cuatro vientos», el cual tenía por símbolo la Cruz, como signo sagrado de su poder sobre el aire. No debemos olvidar que en el curso de su viaje hacia Tlapallán, dejó como señal de su tránsito un árbol atravesado horizontalmente por una flecha, formando así una Cruz[184].

Más claramente representativa aún que la Cruz de Quetzalcóatl, es la del aparecido Wixepecocha, el que de la mar vino por el sudeste; el anciano que predicó á los zapotecas de Huatulco doctrinas que no fueron comprendidas en el primer momento; el famoso perseguido, que vaga de una parte á la otra, y que subiéndose á la más alta cumbre del monte Cempoaltepec, asciende á la atmósfera y se desvanece, sin dejar otro rastro visible en la tierra que las plantas de su pie impresas en las rocas. Este aparecido que huye en todas direcciones y que acaba por desvanecerse en el espacio, se parece á la nube y al viento. Antes de partir al monte cuya cima le sirvió de refugio, plantó una Cruz, recomendando su adoración á los habitantes de la tierra: la veneración al símbolo de la lluvia queda así comprobada[185].

El terrible Huitzilopochtli nahua[186] era un dios de la atmósfera y del cielo entre los aztecas, como Quetzalcóatl entre los toltecas y Camaxtli entre los chichimecas. Su madre Coatlicue, la muger de las serpientes, que habita la montaña de las Serpientes, es la nube del huracán despidiendo rayos. Encima de la pirámide truncada que era consagrada á Huitzilopochtli en Tenochtitlan, se levantaba el templo que guardaba su estatua. Esta tenía enormes proporciones, y representaba al dios en su trono, soportando un globo azul, del cual salían cuatro bastones en forma de serpientes. El globo era emblema de la bóveda celeste, dominio de Huitzilopochtli; las serpientes simbolizaban relámpagos; los bastones servían á los sacerdotes para portar su imagen en las procesiones. La cabeza del dios lucía como una cimera un colibrí de plumas brillantes, cuyo pico y cresta eran de oro; su rostro, con el ceño de su crueldad, era atravesado por dos bandas azules horizontales, generalmente cubierto por una máscara de aquel metal. En su mano derecha llevaba, para servirle de báculo, un bastón en forma de serpiente, sobre el que se apoyaba; en su brazo izquierdo portaba un escudo ornado de cinco ramilletes de plumas blancas en forma de Cruz. La mano correspondiente á este brazo tenía las cuatro flechas de oro caidas del cielo, y de las que dependía el destino del pueblo azteca. El blasón cruciforme de este dios de la atmósfera, simbolizaba las nubes que traían la lluvia[187]. En la nota anterior se reproduce su insignia cruciforme.

Sin lugar á duda alguna, sabemos que el emblema de la lluvia en la América Central, especialmente entre nahuas y mayas, era la Cruz. Las Casas[188], obispo de Chiapa, recuerda su veneración en estos pueblos, y refiere que en el principal de los manantiales ó vertientes de agua los nativos erigían cuatro altares, en la forma de una Cruz. La Cruz, que los misioneros no supieron si admirar ó atribuir á Satanás, fué el objeto central en el gran templo de Cozumel, perseverando en los bajorelieves del antiquísimo pueblo de Palenque. Fr. Alonso Ramos[189] cuenta la gran veneración á la cruz de parte de los yucatecos. «Apenas, escribe, los españoles se acercaron al Continente de América, en 1518 desembarcando en Cozumel, junto á Yucatán, hallaron muchas cruces, dentro y fuera de los templos y en su patio almenado puesta una cruz grande, en cuyo contorno hacían procesión los indios pidiendo á Dios lluvias, y á todas las veneraban con gran devoción», lo que prueba que era el símbolo de un gran dios atmosférico.

Desde tiempo inmemorial la Cruz aparece siendo objeto de plegarias y de sacrificios de parte de nahuas y mayas, la que se suspendía como un emblema augusto en los templos de Popayán y Cundinamarca, significando «Arbol de Nuestra Vida» en lengua mejicana. Los de Yucatán imploraban á la Cruz cuando demandaban agua en tiempo de seca. La diosa azteca de las lluvias llevaba una Cruz en su mano, y en una fiesta primaveral en su honor víctimas humanas eran sacrificadas en cruces, atravesados sus cuerpos de flechas[190]. Quién sabe si esto mismo significasen los sacrificios humanos en cruces, ó los niños crucificados que se hallaron en casi todos los templos del Perú, y especialmente en los de Pasao, de los que recuerdan el P. de la Calancha, Zárate, Miguel Estete y especialmente Cieza de León, quien compara estos crucificados con los que vió en Cali[191].

El dios del templo de la isla de Cozumel, venerado especialmente por los mayas, se llamaba Ahulneb, divinidad de la lluvia y de los vientos, representado bajo la forma de un gigante monstruoso que llevaba una flecha en la mano. Su emblema era la Cruz, á la que imploraban, para que hiciera llover, los peregrinos venidos de los países secos, en donde el agua se guardaba en preciosas represas[192].

Los cuatro Bacabs de la naturaleza; las cuatro corrientes invisibles del aire; los cuatro seres míticos; las «cuatro vasijas de arriba», que en Yucatán se suponían columnas del cielo que lo sostenían en las cuatro partes del mundo, como grandes cariátides, estaban distribuidos en Cruz[193]. Estos cuatro Bacabs, Kan, Muluc, Ix y Cauac, correspondientes á los puntos cardinales N. S. E. y Oeste, eran dioses de la lluvia, y arreglaban el calendario maya. Su representación por cuatro vasijas de arriba, es sin duda una alusión á los vasos del Trueno, de los que nos ocuparemos. Los cuatro Bacabs, ó los cuatro viejos, escaparon en tiempo en que todos los seres se ahogaron en el diluvio americano.

Cuando los musycas querían sacrificar en honor de las diosas de las aguas, estendían largas cuerdas sobre la tranquila linfa del lago, de tal manera que formaban una Cruz gigantesca, en cuyo punto de intersección ofrendaban oro y esmeraldas al sagrado símbolo, como lo atestiguan Simón y Acosta[194]. Según Rialle[195], no obstante el culto preponderante de Botchica, la diosa Batchué conservó toda la veneración de los muyscas de Cundinamarca, quienes le rendían homenage tendiendo en cruz dos grandes cuerdas sobre la superficie del lago, venerándose su intersección en la forma que dejamos apuntada. Era la diosa de las aguas, y tenía supremacia sobre las plantas, hijas de la tierra. En el capítulo respectivo comprobaremos la existencia de cochas con cruces en Calchaquí.

Del valor mitológico de la Cruz como símbolo en el Perú, nos hemos ocupado anteriormente.

Aunque los cronistas guarden silencio sobre las relaciones entre el Catequil y la Cruz, porque fué asunto en que no cayeron en cuenta, nosotros no dudamos que esta ha debido ser su símbolo, dado el carácter atmosférico de la pre-incaica divinidad.

El Dios del Aire que nos ofrece E. G. Squier[196], y que reproducimos en la Fig. 28, no aparece con la Cruz; pero en cambio es portador en su izquierda de un largo Tau, igual al de las figurillas de la procesión de Wiener, de que antes dimos cuenta,—símbolo que, en todos los pueblos equivale á aquel otro, como ya lo establecimos. Este dios del Aire, de nombre ignorado, que bien puede ser ese Catequil, también celebrado escepcionalmente por los Incas en su gran festival de las mieses en verano, porta á su diestra un pájaro de pico abierto, largo cuello, cola profusamente pintada: el pájaro de la tormenta, símbolo de la nube, quizá el ave luminosa Piguerao, que nos hace recordar al instante el papagayo de Quetzalcóatl, Cuculcán, Gucumatz, y particularmente el colibrí ó pájaro-mosca de Huitzilopochtli. También nos trae á la memoria el ojo blanco de Tláloc, con su línea horizontal negra, ese ojo cuadrado, con su línea central, en la peruana divinidad. El cuerpo circular del pájaro de Squier, rememora el «espejo resplandeciente» de Tezcatlipoca, y especialmente la bola emplumada que flotando en el aire fecundo el seno de Caticlue, la muger de las serpientes.

Fig 28. Dios del Aire de Squier.

Por lo demás, este Dios del Aire ofrece mucho interés: su cuerpo es antropomorfo, y de su parte posterior sale su gran cola de dragón, común á las representaciones de las divinidades atmosféricas; su cabeza zoomorfa, de gran boca dentada, con casquete triangular y una media luna por penacho, recuerda la fisonomía del Wind Spirit de los Haidas, y, sobre todo, la de las Huayrapucas de la figura 27. Cosas muy curiosas, son: los linga y yoni que la divinidad peruana lleva á cada lado de sus piernas; el falo, con su ingle superior y sus círculos Imaymanas á la parte de abajo, entre el tau y el casco triangular de su cabeza, etc. El dios se vé que va en actitud de volar por los aires.

Fig. 29. Fragmento de calabaza
(Piedra Blanca, Catamarca).

Fig. 29 bis. Detalles de la anterior.

Lafone Quevedo[197], dedicando al mismo una decena de renglones, dice que, por sus atributos fálicos, «muy bien le vendría el nombre de Punchao

Fig 30. Olla de barro
de Capayán
Colecc. Quiroga.

Cada vez que vemos la figura de Squier, viénennos también á la memoria las Huayrapucas calchaquíes de las Figs. 29 y 29 bis, grabadas sobre un pequeño mate de barro, reproducido en la primera de estas láminas, apareciendo en la figura bis el desarrollo del objeto total, de uno y otro lado. Estas figurillas a y b, tienen cuerpo antropomorfo, cara zoomorfa, y aparecen en actitud de volar; y si bien no arrastran colas de dragón, la serpiente de escama triangulada, que simboliza al rayo, aparece enroscada al mango incompleto del objeto. La figurilla a, lleva en su única mano una flecha, que debe ser figuración de un rayo, como en los dioses toltecas y aztecas; la b, porta en su izquierda una larga flecha, y en su diestra otra, y á más el pájaro ó Ave de la Tormenta, representada simbólicamente por una cabeza y cuello de Suri ó Avestruz, que indiscutiblemente para nosotros es el ave sagrada de las nubes en Calchaquí, como lo explicaremos en el capítulo respectivo. Los ojos de las figurillas que nos ocupan son Imaymanas, sencillos y dobles.

Indudablemente que el dios del Aire de Calchaquí está emparentado con el del Perú, y quién sabe si no son ambos la misma divinidad de la tormenta.

Más en las Huayrapucas hasta ahora reproducidas no aparece el símbolo de la Cruz, que vamos estudiando en los dioses meteorológicos, hasta que damos con el grupo mítico-atmosférico de Capayán (Catamarca), en las fronteras del valle de Londres, grabado sobre el barro de color negro, en la parte anterior de la pequeña olla de la figura 30, que reproducimos desarrollada en la 30 bis. A la parte posterior de la olla (Fig. 30) sólo aparece la cola ofídica, con círculos Imaymanas grabados en la misma, sirviendo de oreja ó manija á la tinajita. Lo interesante es la figura mítica á la cual esta cola de serpiente pertenece, grabada con poca profundidad en la parte anterior del objeto (Fig. 30 bis).

Estas figuras fueron ofrecidas por nosotros en nuestro trabajo sobre la Madre del Viento[198], y muy oportuno es reproducirlas en esta ocasión.

Fig 30 bis. Desarrollo de la figura anterior.

Como se vé en el desarrollo del grupo mítico de la olla, al centro del mismo aparece un ser de interesantísimas formas humanas. Este ser, como los dioses mejicanos del aire, lleva en la cabeza un penacho de seis anchas plumas de ave. En su cara humana,—de la que caen pendientes,—dos serpientes que tatúan sus mejillas, sobre las que descansan sus cabezas, forman la nariz del ídolo en su punto de intersección, y sus colas arqueadas, las cejas; la boca es ovalada. De su barba, despréndese la caja geométrica del cuerpo, saliendo para dentro del cuadro, de cada una de las cuatro esquinas del mismo, cuatro cabezas de serpiente, con ojos y boca, provistas de sus cuellos. Estas cuatro cabezas forman el símbolo de la Cruz, perfectamente artística y visible. Del ángulo inferior del cuadrado despréndense las patas zoomorfas del mítico ser, el que aparece en medio de las nubes y de la tormenta, provisto de grandes ojos dobles, con las zig-zags.

El caso que acabamos de ofrecer es elocuentemente típico, y salta á la vista la intención del artista que grabó la Cruz, formada por cuatro cabezas de serpientes rayos, que insinúan lluvia. Esa Cruz ocupa el centro mismo de todo ese animado y viviente grupo mítico de la tormenta, como un símbolo de alto valor meteorológico, con sus palos trazados por la luz vital y resplandeciente de cuatro rayos. Todo en este grupo habla de lluvia, de agua del cielo; y en las figuras míticas y animadas de los grupos laterales de las nubes de la tormenta, la greca ondulosa repítese de una manera llamativa, la cual, según Jiménez de la Espada[199], es en el Perú posiblemente, como entre etruscos y pelasgos que tantos adornos comunes tienen con los yuncas, una representación de la superficie más ó menos agitada del agua marina ó fluvial,—en este caso del agua de las nubes,—pues del examen arqueológico de varios huaqueros peruanos resulta que al parecer tal cosa ha querido indicar el dicho meandro onduloso, al dárselo en las pinturas de aquellos por base ó sostén á los Coohuampu ó «caballitos de totora», especie de esquifes en uso hoy todavía entre los pescadores de la costa de Trujillo y Santa en el Perú, y muy semejantes por su ligereza y material de construcción al phaselus de los egipcios.

De todo cuanto dejamos escrito en este capítulo, resulta plenamente confirmada la afirmación que hicimos de que la Cruz es el símbolo de los dioses americanos del Aire y de los mitos de la Tormenta; en otros términos: el símbolo sagrado de los fenómenos meteorológicos del cielo.

Ahora bien: ¿por qué ha de ser precisamente el signo de la Cruz el emblema ó símbolo de los cambios meteorológicos producidos como fenómenos de la atmósfera? ¿por qué ha de serlo la Cruz, y no otra de las figuras geométricas tantas veces repetidas en la escritura indiana, como el círculo, el triángulo, el cuadrilátero, la greca, el arabesco, el meandro ú otra combinación ideológica ó simbológica cualesquiera?

Porque así lo fué, y porque así debió serlo, limitarémonos á contestar al poner punto final al presente capítulo.

En el siguiente, relacionando el símbolo con el número sagrado Cuatro, pasamos á probar esta afirmación, al parecer hecha á priori.