LEY GENERAL DE LA ACUMULACIÓN CAPITALISTA
I. La composición del capital. — Circunstancias en que la acumulación del capital puede provocar un alza de los salarios. — La magnitud del capital no depende del número de la población obrera. — II. La parte variable del capital disminuye relativamente a su parte constante. — Concentración y centralización. — III. Demanda de trabajo relativa y demanda de trabajo efectiva. — La ley de población adecuada a la época capitalista. — Formación de un ejército industrial de reserva. — Lo que determina el tipo general de los salarios. — La ley de la oferta y la demanda es un engaño. — IV. Formas diversas del exceso relativo de población. — El pauperismo es la consecuencia fatal del sistema capitalista.
I. La composición del capital.
Vamos ahora a tratar de la influencia que el acrecentamiento del capital ejerce en la suerte de la clase obrera. El elemento más importante para la solución de este problema es la composición del capital y los cambios que esta experimenta con el progreso de la acumulación.
La composición del capital puede ser considerada desde un doble punto de vista. Con relación al valor, se halla determinada por la proporción según la cual el capital se divide en parte constante (el valor de los medios de producción) y en parte variable (el valor de la fuerza obrera). Con relación a su materia, tal como aparece en el acto de producción, todo capital consiste en medios de producción y en fuerza obrera activa, y su composición está determinada por la proporción que existe entre la masa de los medios de producción empleados y la cantidad de trabajo necesario para hacerlos funcionar.
La primera composición del capital es la composición-valor; la segunda la composición técnica. Y, a fin de expresar el lazo íntimo existente entre ambas, llamaremos composición orgánica del capital a su composición-valor siempre que esta dependa de su composición técnica, y que, por consiguiente, los cambios ocurridos en la cantidad de medios de producción y de fuerza obrera influyan en su valor. Cuando hablamos en general de la composición del capital, se trata siempre de su composición orgánica.
Los numerosos capitales colocados en un mismo ramo de producción y que funcionan en manos de una multitud de capitalistas independientes unos de otros, difieren más o menos en su composición, pero el término medio de sus composiciones particulares constituye la composición del capital social consagrado a este ramo de producción. La composición media del capital varía mucho de uno a otro ramo de producción, pero el término medio de todas estas composiciones medias constituye la composición del capital social empleado en un país, siendo de esta última de la que se trata en las investigaciones siguientes.
Circunstancias en que la acumulación del capital puede provocar un alza de los salarios.
Cierta cantidad de la supervalía capitalizada debe ser adelantada en salarios. Luego, suponiendo que la composición del capital sea la misma, la demanda de trabajo marchará a compás de la acumulación, y la parte variable del capital aumentará al menos en la misma proporción que su masa total.
En este supuesto, el progreso constante de la acumulación debe provocar tarde o temprano una elevación gradual de los salarios. Porque, proporcionando cada año ocupación a un número de asalariados mayor que el del año precedente, las necesidades de esta acumulación, la cual va siempre en aumento, acabarán por sobrepujar la oferta ordinaria de trabajo, y, por de contado, se elevará el tipo de los salarios.
No obstante, las circunstancias más o menos favorables en medio de las cuales la clase obrera se reproduce y se multiplica, no alteran en lo más mínimo el carácter fundamental de la reproducción capitalista. Así como la reproducción simple vuelve a traer constantemente la misma relación social, capitalismo y salariado, así también la acumulación no hace más que reproducir, con más capitalistas o capitalistas más poderosos por un lado, más asalariados por otro. La reproducción del capital encierra la de su gran instrumento de crear valor: la fuerza de trabajo. Acumulación del capital es, pues, al mismo tiempo, aumento del proletariado, de los asalariados que transforman su fuerza obrera en fuerza vital del capital y se convierten así, de grado o por fuerza, en siervos de su propio producto, que es propiedad del capitalista.
En la situación que suponemos, y que es la más favorable posible para los obreros, su estado de dependencia reviste, pues, las formas más soportables. En vez de ganar en intensidad, la explotación y la dominación capitalistas ganan simplemente en extensión a medida que aumenta el capital y, con él, el número de sus vasallos. Entonces toca a estos una parte mayor del producto líquido siempre creciente, de suerte que se hallan en disposición de ensanchar el círculo de sus goces, de alimentarse mejor, de vestirse, de proveerse de muebles, etc., y de formar pequeñas reservas pecuniarias. Pero, si un trato mejor para con el esclavo, una alimentación más abundante, vestidos más decentes, y un poco más de dinero por añadidura, no pueden romper las cadenas de la esclavitud, sucede lo mismo con las del salariado.
En efecto, no hay que olvidar que la ley absoluta del sistema de producción capitalista es fabricar supervalía. Lo que se propone el comprador de la fuerza obrera es enriquecerse haciendo valer su capital, produciendo mercancías que contienen más trabajo del que paga por ellas, y con cuya venta realiza, por lo tanto, una porción de valor que no le ha costado nada. Sean cuales fueren las condiciones de la venta de la fuerza obrera, la naturaleza del salario es poner siempre en movimiento cierta cantidad de trabajo gratuito. El aumento del salario no indica, pues, sino una disminución relativa del trabajo gratuito que el obrero debe proporcionar siempre; pero esta disminución no llegará nunca a ser tal que ponga en peligro el sistema capitalista.
Hemos admitido que el tipo de los salarios haya podido elevarse merced a un aumento del capital superior al del trabajo ofrecido. Solo queda entonces esta alternativa: o los salarios continúan subiendo, y siendo motivado este movimiento por los progresos de la acumulación, es evidente que la disminución del trabajo gratuito de los obreros no impide al capital extender su dominación, o bien el alza continua de los salarios comienza a perjudicar a la acumulación, y esta llega a disminuir; pero esta disminución nunca hace desaparecer la causa primera del alza, que no es otra sino el exceso del capital comparado con la oferta del trabajo; inmediatamente el tipo del salario vuelve a descender a un nivel en armonía con las necesidades del movimiento del capital, nivel que puede ser superior, igual o inferior al que era en el momento de efectuarse el alza de los salarios.
Así, el mecanismo de la producción capitalista vence por sí solo el obstáculo que puede llegar a crear, aun dado caso de que no varíe la composición del capital. Pero el alza de los salarios es un poderoso acicate que impele al perfeccionamiento de la maquinaria, y, por tanto, al cambio en la composición del capital que trae por consecuencia la baja de los salarios.
La magnitud del capital no depende del número de la población obrera.
Hay que conocer a fondo la relación que existe entre los movimientos del capital en vías de acumulación y las oscilaciones del tipo de los salarios que a aquellos se refieren.
Ora es un exceso de capital procedente de una acumulación más rápida, la cual hace que el trabajo ofrecido sea relativamente insuficiente, y tiende, por consecuencia, a elevar su precio; ora un aminoramiento de la acumulación, el cual da por resultado que el trabajo ofrecido sea relativamente superabundante, y rebaja su precio. El movimiento de aumento y de disminución del capital en vías de acumulación produce, pues, alternativamente la insuficiencia y la superabundancia relativas del trabajo ofrecido; pero ni una baja efectiva del número de la población obrera hace que el capital abunde en el primer caso, ni un aumento efectivo de dicho número hace al capital insuficiente en el segundo.
La relación entre la acumulación del capital y el tipo del salario no es más que la relación entre el trabajo gratuito, transformado en capital, y el suplemento de trabajo pagado que exige este capital suplementario para ser puesto en actividad. No es precisamente una relación entre dos términos independientes uno de otro, a saber, por un lado la suma del capital, y, por otro, el número de la población obrera, sino, en último término, una relación entre el trabajo gratuito y el trabajo pagado de la misma población obrera.
Si la cantidad de trabajo gratuito que la clase obrera suministra y que la clase capitalista acumula, aumenta tan rápidamente que su transformación en nuevo capital necesita un suplemento extraordinario de trabajo pagado, en una palabra, si el aumento de capital produce una demanda más considerable de trabajo, el salario sube y, siendo las mismas las demás circunstancias, el trabajo gratuito disminuye proporcionalmente. Pero desde el momento en que, a consecuencia de esta disminución del sobretrabajo, hay aminoramiento de la acumulación, sobreviene una reacción, la parte de la renta que se capitaliza es menor, la demanda de trabajo disminuye y el salario baja.
El precio del trabajo no puede jamás elevarse sino en unos límites que dejen intactas las bases del sistema capitalista y aseguren la reproducción del capital en una escala mayor. ¿Cómo podría suceder otra cosa donde el trabajador existe únicamente para aumentar la riqueza ajena creada por él? Así como, en el mundo religioso, el hombre se halla dominado por la obra de su mente, de igual manera lo es, en el mundo capitalista, por la obra de sus manos.
II. La parte variable del capital disminuye relativamente a su parte constante.
No dependiendo el alza de los salarios sino del progreso continuo de la acumulación y de su grado de actividad, nos es indispensable esclarecer las condiciones en que tiene lugar este progreso.
«La misma causa —dice Adam Smith— que hace que se eleven los salarios del trabajo, el aumento del capital, tiende a aumentar las fuerzas productivas del trabajo, y a poner a una cantidad menor de trabajo en estado de producir mayor cantidad de obra.»
¿Cómo se obtiene este resultado? Mediante una serie de cambios en la manera de producir, que ponen a una cantidad dada de fuerza obrera en condiciones de manejar una masa cada vez mayor de medios de producción. En este aumento, por relación a la fuerza obrera empleada, los medios de producción desempeñan un doble papel. Los unos, tales como máquinas, edificios, hornos, aumentan en número, extensión y eficacia para hacer al trabajo más productivo; mientras que los otros, materias primeras y auxiliares, aumentan porque el trabajo, al hacerse más productivo, consume mayor cantidad de ellas en un tiempo determinado.
En el progreso de la acumulación no hay solamente aumento cuantitativo de los diversos elementos del capital; el desarrollo de las potencias productivas, que este progreso trae, se manifiesta aún por cambios cualitativos en la composición técnica del capital: la masa de los medios de producción, maquinaria y materiales, aumenta cada vez más en comparación con la cantidad de fuerza obrera necesaria para hacerlos funcionar.
Estos cambios en la composición técnica del capital obran sobre su composición-valor y traen consigo un aumento siempre creciente de su parte constante a expensas de su parte variable; de suerte que si, por ejemplo, en una época atrasada de la acumulación se transforma el 50 por 100 del valor-capital en medios productivos y otro 50 por 100 en trabajo, en una época más adelantada se empleará el 80 por 100 del valor-capital en medios de producción y solo el 20 por 100 en trabajo.
Pero este aumento de valor de los medios de producción no indica sino lejanamente el aumento mucho más rápido y más considerable de su masa; la razón de ello es que ese mismo progreso de las potencias del trabajo, que se manifiesta por el aumento de la maquinaria y de los materiales puestos en actividad con auxilio de una cantidad menor de trabajo, hace disminuir el valor de la mayor parte de los productos, y principalmente el de los que funcionan como medios de producción; su valor no se eleva, pues, tanto como su masa.
Por otra parte, hay que notar que el progreso de la acumulación, al disminuir el capital variable relativamente al capital constante, no impide su aumento efectivo. Supongamos que un valor-capital de 6.000 pesetas, se divide primero por mitad en parte constante y en parte variable, y que más tarde, habiendo llegado, a consecuencia de la acumulación a la cantidad de 18.000 pesetas, la parte variable de esta cantidad no es más que la quinta, y a pesar de su disminución relativa de la mitad a la quinta parte, dicha parte variable se ha elevado de 3.000 a 3.600 pesetas.
La cooperación, la división manufacturera del trabajo, la fabricación mecánica, etc., en suma, los métodos apropiados para desarrollar las fuerzas del trabajo colectivo, no pueden introducirse sino allí donde la producción tiene ya lugar en grande escala, y, a medida que esta se extiende, aquellas fuerzas se desarrollan más y más. La escala de las operaciones depende, teniendo por base el régimen del salario, en primer lugar, de la suma de los capitales acumulados entre las manos de los empresarios privados. Así es como cierta acumulación previa, cuyo origen examinaremos después, llega a ser el punto de partida del sistema de producción capitalista. Pero todos los métodos que emplea este sistema de producción para hacer más productivo el trabajo, son otros tantos métodos para aumentar la supervalía o el producto líquido, para alimentar la fuente de la acumulación. Si, pues, la acumulación debe haber alcanzado cierto grado de extensión para que pueda establecerse el modo de producción capitalista, este acelera de rechazo la acumulación, cuyo nuevo progreso, al permitir un nuevo acrecentamiento de las empresas, extiende de nuevo la producción capitalista. Este desarrollo recíproco ocasiona en la composición técnica del capital las variaciones que van disminuyendo cada vez más su parte variable, pagando la fuerza de trabajo con relación a la parte constante que representa el valor de los medios de producción empleados.
Concentración y centralización.
Cada uno de los capitales individuales de que se compone el capital social, representa desde luego cierta concentración, en manos de un capitalista, de medios de producción y de medios de subsistencia del trabajo, y, a medida que la acumulación se produce, esta concentración se extiende. Al aumentar los elementos reproductivos de la riqueza, la acumulación opera, pues, al mismo tiempo, su concentración cada vez mayor en manos de empresarios privados.
Todos esos capitales individuales que componen el capital social llevan a cabo juntamente su movimiento de acumulación, es decir, de reproducción en una escala cada vez mayor. Cada capital se enriquece con los elementos suplementarios que resultan de esta reproducción, conserva así, al aumentarse, su existencia distinta y limita el círculo de acción de los demás. Luego el movimiento de concentración, no solo se esparce en tantos puntos como la acumulación, sino que la división del capital social en una multitud de capitales independientes unos de otros, se mantiene precisamente porque todo capital individual funciona como centro de concentración.
El aumento de los capitales individuales acrecienta otro tanto el capital social. Pero la acumulación del capital social resulta, no solo del acrecentamiento sucesivo de los capitales individuales, sino aun del aumento de su número, por la transformación, por ejemplo, en capitales de valores improductivos. Además, capitales enormes lentamente acumulados se dividen, en un momento dado, en muchos capitales diferentes, como sucede con ocasión del reparto de una herencia en las familias capitalistas. La concentración desaparece con la formación de nuevos capitales y con la división de los antiguos.
El movimiento de la acumulación social presenta, pues, por un lado, una concentración cada vez mayor de los elementos reproductivos de la riqueza entre manos de empresarios privados, y, por otro, la diseminación y la multiplicación de los centros de acumulación y de concentración.
En cierto punto del progreso económico, esta división del capital social en multitud de capitales individuales se ve contrariada por el movimiento opuesto, gracias al cual, atrayéndose mutuamente, se reúnen diferentes centros de acumulación y de concentración. Cierto número de capitales se funden entonces en un número menor, en una palabra, hay concentración propiamente dicha. Examinemos rápidamente esta atracción del capital por el capital.
La guerra de la competencia se hace bajando cada cual los precios todo lo que puede. La baratura de los productos depende, siendo iguales las demás circunstancias, de la productividad del trabajo, y esta de la escala de las empresas. Los grandes capitales derrotan a los pequeños. Hemos visto ya, en los capítulos undécimo y decimotercero, que cuanto más se desarrolla el sistema de producción capitalista, más aumenta el mínimum de los adelantos necesarios para explotar una industria en sus condiciones regulares. Los pequeños capitales se dirigen, pues, hacia los ramos de la producción de los que la grande industria no se ha apoderado aún, o de que solo se ha apoderado de una manera imperfecta. La competencia es en este terreno violentísima, y termina siempre con la ruina de un buen número de pequeños capitalistas, cuyos capitales perecen en parte, y pasan, también en parte, a manos del vencedor.
El desarrollo de la producción capitalista da origen a una potencia completamente nueva, el crédito, que, en sus comienzos, se introduce cautelosamente cual modesto auxiliar de la acumulación, se convierte en seguida en una nueva y terrible arma de la guerra de la competencia, y se transforma, por último, en un inmenso aparato social destinado a centralizar los capitales.
A medida que la acumulación y la producción capitalistas se extienden, la competencia y el crédito, los más poderosos agentes de la centralización, se desarrollan también. Por eso en nuestra época la tendencia a la centralización es más poderosa que en ninguna otra época histórica. Lo que principalmente diferencia la centralización de la concentración, que no es otra cosa que la consecuencia de la reproducción en mayor escala, es que la centralización no depende de un aumento efectivo del capital social; los capitales individuales de que este es la reunión, la materia que se centraliza, pueden ser más o menos considerables, pues eso depende de los progresos de la acumulación, pero la centralización no admite más que un cambio de distribución de los capitales existentes, una sola modificación en el número de los capitales individuales que componen el capital social.
En un ramo de producción particular, la centralización no habría llegado a su último límite sino en el momento en que todos los capitales individuales que estuviesen en ella empeñados, no formasen más que un solo capital individual. En una sociedad dada, tampoco llegaría a su último límite sino cuando el capital nacional entero no formase más que un solo capital y se hallase en manos de un solo capitalista o de una sola compañía de capitalistas.
La centralización no hace sino ayudar a la obra de acumulación, poniendo a los industriales en situación de ensanchar el círculo de sus operaciones. Que este resultado se deba a la acumulación o a la centralización, que esta se efectúe por el violento sistema de la anexión, derrotando unos capitales a otros y enriqueciéndose con sus elementos desunidos, o que la fusión de una multitud de capitales se verifique por el procedimiento más suave de las sociedades por acciones, etc., el efecto económico de esta transformación no dejará de ser el mismo. La extensión del círculo de las empresas será constantemente el punto de partida de una organización más vasta del trabajo colectivo, de un desarrollo más amplio de sus resortes materiales, o en otros términos, de la transformación cada vez mayor de movimientos de producción parciales y rutinarios en movimientos de producción socialmente combinados y ordenados científicamente.
Pero es evidente que la acumulación, el acrecentamiento gradual del capital merced a su reproducción en una escala creciente, no es más que un procedimiento lento, comparado con la centralización, la cual, en primer lugar, cambia únicamente la disposición cuantitativa de las partes componentes del capital. El mundo carecería aún del sistema de los ferrocarriles, por ejemplo, si hubiese tenido que aguardar el momento en que los capitales individuales hubieran suficientemente acrecentado por la acumulación para hallarse en estado de tomar a su cargo empresa de tamaña importancia, que la centralización del capital, merced al auxilio de las sociedades por acciones, ha efectuado, por decirlo así, en un abrir y cerrar de ojos.
Los grandes capitales creados por la centralización se reproducen como los demás, pero más rápidamente, y se convierten a su vez en poderosos agentes de la acumulación social. Al aumentar y hacer más rápidos los efectos de la acumulación, la centralización extiende y precipita las variaciones en la composición técnica del capital, variaciones que aumentan su parte constante a expensas de su parte variable, o bien ocasionan en la demanda de trabajo una disminución relativamente a la cantidad del capital.
III. Demanda de trabajo relativa y demanda de trabaja efectiva.
La demanda de trabajo efectiva que ocasiona un capital, no depende de la cantidad absoluta de este capital, sino de la cantidad absoluta de su parte variable, única que se cambia por la fuerza obrera. La demanda de trabajo relativa que ocasiona un capital, es decir, la proporción entre la cantidad de este capital y la suma de trabajo que absorbe, está determinada por la cantidad proporcional de su parte variable relativamente a su cantidad total. Acabamos de ver que la acumulación que acrecienta el capital social, reduce al mismo tiempo la cantidad relativa de su parte variable y disminuye así la demanda de trabajo relativa. ¿Cuál es ahora la influencia de este movimiento en la suerte de la clase obrera? Es evidente que, para resolver este problema, es preciso examinar desde luego de qué modo una disminución en la demanda de trabajo relativa ejerce su acción sobre la demanda de trabajo efectiva.
Supongamos un capital de 1.200 pesetas; la cantidad relativa de la parte variable es de la mitad del capital entero. No variando este y bajando aquella de la mitad a la tercera parte, la cantidad efectiva de esta parte no es más que de 400 pesetas en lugar de ser de 600: mientras no varía la cantidad de un capital, toda disminución en la cantidad relativa de su parte variable es al mismo tiempo una disminución de la cantidad efectiva de aquel.
Tripliquemos el capital de 1.200 pesetas, que se convertirá en 3.600 pesetas; la cantidad relativa de la parte variable disminuye en esta misma proporción; es decir, es dividida por 3, y baja entonces de la mitad a la sexta parte; su cantidad efectiva será de 600 pesetas, como en su principio, pues 600 es la sexta parte de 3.600 y la mitad de 1.200: variando la cantidad total del capital, el fondo de los salarios, no obstante una disminución de su cantidad relativa, conserva la misma cantidad efectiva, si esta disminución tiene lugar en la misma proporción que el aumento del capital entero.
Si el capital de 1.200 pesetas se duplica, será de 2.400 pesetas; si la cantidad relativa de la parte variable disminuye en mayor proporción que ha aumentado el capital, y baja, por ejemplo, como en el caso anterior, de la mitad a la sexta parte, su cantidad efectiva no será más que de 400 pesetas: si la disminución de la cantidad relativa de la parte variable tiene lugar en mayor proporción que el aumento del capital adelantado, el fondo de salario sufre una disminución efectiva, a pesar del aumento del capital.
El mismo capital de 1.200 pesetas, triplicado de nuevo, es igual a 3.600 pesetas; la cantidad relativa de la parte variable disminuye, pero en menor proporción que ha aumentado el capital; dividida por 2, mientras que el capital ha sido multiplicado por 3, baja de la mitad a la cuarta parte; su cantidad efectiva asciende a 900 pesetas: si la disminución de la cantidad relativa de la parte variable tiene lugar en una proporción menor que el aumento del capital entero, el fondo del salario experimenta un aumento efectivo, a pesar de la disminución de su cantidad relativa.
Estos son, a la vez, los periodos sucesivos por que atraviesan las masas del capital social distribuidas entre los diferentes ramos de producción, y las condiciones diversas que presentan al mismo tiempo diferentes ramos de producción.
Tenemos los ejemplos de fábricas en que un mismo número de obreros basta para poner en actividad una cantidad creciente de medios de producción; el aumento del capital procedente del acrecentamiento de su parte constante hace que en este caso disminuya otro tanto la cantidad relativa de la fuerza obrera explotada, sin variar su cantidad efectiva. Hay también ejemplos de disminución efectiva del número de obreros ocupados en ciertos ramos de industria y de su aumento simultáneo en otros ramos, aunque en todos haya habido aumento del capital invertido.
En el capítulo decimoquinto hemos indicado las causas que, no obstante las tendencias contrarias, hace que las filas de los asalariados vayan engrosando con los progresos de la acumulación. Recordaremos aquí, pues, lo que hace relación a nuestro asunto.
El mismo desarrollo del maquinismo que ocasiona una disminución no solo relativa, sino frecuentemente efectiva, del número de obreros empleados en ciertos ramos de industria, permite a estos suministrar una masa mayor de productos a bajo precio; dichas industrias impulsan de esta manera el desarrollo de otras industrias, el de aquellas a quienes proporcionan medios de producción, o bien el de aquellas de donde sacan sus primeras materias, instrumentos, etc., formando así otros tantos mercados nuevos para el trabajo.
Además, hay momentos en que los trastornos técnicos se dejan sentir menos, en que la acumulación se presenta más bien como un movimiento de extensión sobre la última base técnica establecida. Entonces empieza de nuevo a operar más o menos la ley según la cual la demanda de trabajo aumenta en la misma proporción que el capital. Pero, al mismo tiempo que el número de obreros atraídos por el capital llega a su máximum, los productos vienen a ser tan abundantes, que al menor obstáculo que se oponga a su circulación, el mecanismo social parece como que se detiene, y el trabajo se interrumpe, disminuye. La necesidad que obliga al capitalista a economizarlo, engendra perfeccionamientos técnicos que reducen, por consecuencia, el número de los obreros necesarios. La duración de los momentos en que la acumulación favorece más la demanda de trabajo, es cada día menor.
Así, desde que la industria mecánica ha alcanzado la supremacía, el progreso de la acumulación redobla la energía de las fuerzas que tienden a disminuir la demanda de trabajo relativa, y debilita las fuerzas que tienden a aumentar la demanda de trabajo efectiva. El capital variable, y por consecuencia la demanda de trabajo, aumenta con el capital social de que forma parte, pero aumenta en proporción decreciente.
La ley de población adecuada a la época capitalista.
Hallándose regida la demanda de trabajo, no solamente por la cantidad de capital variable puesto ya en actividad, sino también por el término medio de su aumento continuo (capítulo XXIV), la oferta de trabajo sigue siendo normal mientras sigue este movimiento. Pero cuando el capital variable llega a un término medio de aumento inferior, la misma oferta de trabajo, que hasta entonces era normal, se hace superabundante, de suerte que una parte más o menos considerable de la clase asalariada, habiendo dejado de ser necesaria para poner en actividad el capital, es entonces superflua, supernumeraria. Como semejante hecho se repite con el progreso de la acumulación, esta arrastra en pos de sí un sobrante de población que va continuamente en aumento.
El progreso de la acumulación y el movimiento, que la acompaña, de disminución proporcional del capital variable y de disminución correspondiente en la demanda de trabajo relativa, los cuales, como acabamos de ver, dan por resultado el aumento efectivo del capital variable y de la demanda de trabajo en una proporción decreciente, tienen, finalmente, por complemento, la creación de un sobrante de población relativo. Llamámosle «relativo» porque proviene, no de un aumento real de la población obrera, sino de la situación del capital social, que le permite prescindir de una parte más o menos considerable de sus obreros. Como este sobrante de población no existe más que con relación a las necesidades momentáneas de la explotación capitalista, puede aumentar o disminuir repentinamente según los movimientos de expansión y de contracción de la producción.
Al producir la acumulación del capital, y a medida que lo consigue, la clase asalariada produce, pues, los instrumentos de su anulación o de su transformación en sobrante de población relativo. Tal es la ley de población que distingue a la época capitalista y corresponde a su sistema de producción particular. Cada uno de los sistemas históricos de la producción social tiene su ley de población adecuada, ley que solo a él se aplica, que pasa con él, y no tiene, por consecuencia, más que un valor histórico.
Formación de un ejército industrial de reserva.
Si la acumulación, el progreso de la riqueza sobre la base capitalista, crea necesariamente un sobrante de población obrera, este se convierte, a su vez, en el auxiliar más poderoso de la acumulación, en una condición de existencia de la producción capitalista, en su estado de completo desarrollo. Este sobrante de población forma un ejército de reserva industrial que pertenece al capitalista de una manera tan absoluta como si lo hubiese educado y disciplinado a expensas suyas: ejército que provee a sus necesidades variables de trabajo la materia humana siempre explotable y siempre disponible, independientemente del aumento natural de la población.
La presencia de esta reserva industrial, su entrada de nuevo, parcial o general, en el servicio activo, y su reconstitución con arreglo a un plan más vasto, todo esto se encuentra en el fondo de la vida accidentada que atraviesa la industria moderna, con la repetición casi regular cada diez años, fuera de las demás sacudidas irregulares, del mismo periodo compuesto de actividad ordinaria, de producción excesiva, de crisis y de inacción.
Esta marcha singular de la industria no se encuentra en ninguna de las épocas anteriores de la humanidad. Solo de la época en que el progreso mecánico, habiendo echado raíces bastantes profundas, ejerció una influencia preponderante sobre toda la producción nacional; en que, gracias a él, el comercio exterior comenzó a sobreponerse al comercio interior; en que el mercado universal se anexionó sucesivamente vastos territorios en América, en Asia y en Australia; en que, finalmente, las naciones rivales se hicieron bastante numerosas, de esa época solamente datan los periodos florecientes que van a parar siempre a una crisis general, fin de un periodo y punto de partida de otro. Hasta el presente, la duración de estos periodos es de diez u once años, pero no hay razón alguna para que este número sea inmutable. Al contrario, debe deducirse de las leyes de la producción capitalista, tales como acabamos de desarrollarlas, que ese número variará y que los periodos irán acortándose.
El progreso industrial que sigue la marcha de la acumulación, al mismo tiempo que reduce cada vez más el número de obreros necesarios para poner en actividad una masa siempre creciente de medios de producción, aumenta la cantidad de trabajo que el obrero individual debe proporcionar. A medida que el progreso desarrolla las potencias productivas del trabajo y hace, por consecuencia, que se saquen más productos de menos trabajo, el sistema capitalista desarrolla también los medios de sacar más trabajo del asalariado, ya prolongando su jornada o bien haciendo más intenso su trabajo, o de aumentar en apariencia el número de los trabajadores empleados, reemplazando una fuerza superior y más cara con muchas fuerzas inferiores y muy baratas, es decir, el hombre con la mujer, el adulto con el niño, un obrero americano con tres chinos. He ahí diferentes métodos para disminuir la demanda de trabajo y hacer superabundante su oferta, en una palabra, para fabricar supernumerarios.
El exceso de trabajo impuesto a la parte de la clase asalariada que se halla en servicio activo, a los ocupados, engruesa las filas de los desocupados, de la reserva, y la competencia de estos últimos, que buscan naturalmente colocación, contra los primeros, ejerce sobre estos una presión que los obliga a soportar más dócilmente los mandatos del capital.
Lo que determina el tipo general de los salarios.
La proporción diferente según la cual la clase obrera se descompone en ejército activo y ejército de reserva, el aumento o la disminución del sobrante de población relativo correspondiente al flujo y reflujo del periodo industrial, es lo que determina exclusivamente las variaciones en el tipo general de los salarios.
En vez de basar la oferta del trabajo en el aumento y la disminución alternativos del capital que funciona, es decir, en las necesidades momentáneas de la clase capitalista, el evangelio economista burgués hace depender el movimiento del capital de un movimiento en el número efectivo de la población obrera. Según su doctrina, la acumulación produce un alza de salarios, que poco a poco hace que se aumente el número de los obreros, hasta el punto que estos obstruyen de tal manera el mercado, que el capital no basta ya para ocuparlos a todos a un tiempo. Entonces el salario baja. Este descenso es mortal para la población obrera, impidiéndole al menos aumentarse, de tal modo que, a causa del corto número de obreros, el capital torna a ser superabundante, la demanda de trabajo comienza otra vez a ser mayor que la oferta, los salarios vuelven a subir y así sucesivamente.
¡Y un movimiento de esta naturaleza sería posible con el sistema de producción capitalista! Pero antes de que el alza de los salarios hubiese provocado el menor aumento efectivo en la cifra absoluta de la población realmente apta para trabajar, se hubiera dejado transcurrir veinte veces el tiempo necesario para comenzar la campaña industrial, empeñar la lucha y conseguir la victoria. Por rápida que sea la reproducción humana, necesita, en todo caso, el intervalo de una generación para reemplazar a los trabajadores adultos. Ahora bien, el beneficio de los fabricantes depende principalmente de la posibilidad de explotar el momento favorable de una demanda abundante; es necesario que puedan inmediatamente, según el capricho del mercado, activar sus operaciones; es preciso, pues, que hallen en él en seguida brazos disponibles; no pueden aguardar a que su demanda de brazos produzca, mediante un alza de los salarios, un movimiento de población que les proporcione los brazos que necesitan. La expansión de la producción, en un momento dado, no es posible sino con un ejército de reserva a las órdenes del capital, con un sobrante de trabajadores aparte del aumento natural de la población.
Los economistas confunden las leyes que rigen el tipo general del salario y expresan relaciones entre el capital y la fuerza obrera consideradas ambas en conjunto, con las leyes que en particular distribuyen la población entre los diversos ramos de industria.
Hay circunstancias especiales que favorecen la acumulación ya en este o en aquel ramo. En cuanto los beneficios exceden del tipo medio en uno de ellos, acuden a él nuevos capitales, la demanda de trabajo se deja sentir, se hace más necesaria y eleva los salarios. El alza atrae una gran parte de la clase asalariada al ramo de industria privilegiado hasta que, por el hecho de esta afluencia continua, el salario vuelve a descender a su nivel ordinario o más bajo todavía. Desde este momento, no solo cesa la invasión de aquel ramo por los obreros, sino que da lugar a su emigración hacia otros ramos de industria. La acumulación del capital produce un alza en los salarios; este alza, un aumento de obreros; este aumento, una baja en los salarios, y esta, por último, una disminución de obreros. Pero los economistas no tienen razón al proclamar como ley general del salario lo que no es más que una oscilación local del mercado del trabajo, producida por el movimiento de distribución de los trabajadores entre los diversos ramos de producción.
La ley de la oferta y la demanda es un engaño.
Una vez convertido en eje sobre el cual gira la ley de la oferta y la demanda de trabajo, el sobrante relativo de población no le permite funcionar sino dentro de unos límites que no se opongan al espíritu de dominación y de explotación del capital.
A este propósito, recordemos una teoría que ya hemos mencionado en el capítulo XV. Cuando una máquina deja sin ocupación a obreros hasta entonces ocupados, los utopistas de la economía política pretenden demostrar que esta operación deja disponible al mismo tiempo un capital destinado a emplearlos de nuevo en algún otro ramo de industria. Hemos demostrado que no sucede nada de eso; ninguna parte del antiguo capital queda disponible para los obreros despedidos, al contrario, son ellos los que quedan a disposición de nuevos capitales si los hay. Y ahora puede apreciarse cuán poco fundamento tiene la supuesta «teoría de compensación».
Los obreros destituidos por la máquina y que quedan disponibles, se hallan a disposición de todo nuevo capital a punto de entrar en juego. Que este capital los ocupe a ellos o a otros, el efecto que produce sobre la demanda general de trabajo será siempre nulo, si este capital puede retirar del mercado tantos brazos como a él han arrojado las máquinas. Si retira menos, el número de los desocupados aumentará al fin y al cabo; por último, si retira más, la demanda general de trabajo se aumentará solo con la diferencia entre los brazos que atraiga y los que la máquina haya rechazado. El aumento que, por efecto de nuevos capitales en vías de colocación, habría tenido la demanda general de brazos, se encuentra, pues, en todo caso anulada hasta la ocupación de los brazos arrojados por las máquinas al mercado.
Tal es el efecto general de todos los métodos que contribuyen a formar trabajadores supernumerarios. Gracias a ellos, la oferta y la demanda de trabajo dejan de ser movimientos procedentes de dos polos opuestos, el del capital y el de la fuerza obrera. El capital influye en ambos polos simultáneamente. Si su acumulación aumenta la demanda de brazos, sabemos que aumenta también su oferta al fabricar supernumerarios. En estas condiciones, la ley de la oferta y de la demanda de trabajo completa el despotismo capitalista.
Así, cuando los trabajadores comienzan a notar que su función de instrumentos que hacen valer el capital es cada vez más insegura a medida que su trabajo y la riqueza de sus dueños aumentan; tan luego como echan de ver que la violencia mortífera de la competencia que entre ellos se hacen, depende enteramente de la presión ejercida por los supernumerarios; tan luego como, a fin de aminorar el efecto funesto de esta ley «natural» de la acumulación capitalista, se unen para organizar la inteligencia y la acción común entre los ocupados y los desocupados, se ve inmediatamente al capital y a su defensor titular el economista burgués, clamar contra semejante sacrilegio y contra tal violación de la ley «eterna» de la oferta y de la demanda.
IV. Formas diversas del sobrante relativo de población.
Por más que el sobrante relativo de población presenta matices que varían hasta lo infinito, distínguense en él, sin embargo, algunas grandes categorías, algunas diferencias de forma muy marcadas: la forma flotante, la forma oculta y la forma permanente.
Los centros de la industria moderna, talleres mecánicos, manufacturas, fundiciones, minas, etc., no cesan de atraer y de rechazar alternativamente a los trabajadores; pero, en general, concluyen por atraer más que rechazan, de suerte que el número de obreros explotados va aumentando en ellos, aunque disminuye proporcionalmente en la escala de la producción. El sobrante de población existe allí en estado flotante.
Las fábricas, la mayor parte de las grandes manufacturas, solo emplean a los obreros varones hasta la edad de su madurez. Pasado este término, conservan únicamente una escasa minoría y despiden casi siempre a los restantes. Este elemento del sobrante de población aumenta a medida que se extiende la grande industria; el capital necesita una proporción mayor de mujeres, de niños y de jóvenes, que de hombres adultos. Por otra parte, es tal la explotación de la fuerza obrera por el capital, que el trabajador se encuentra aniquilado a la mitad de su carrera. Al llegar a la edad madura, debe dejar su puesto a una fuerza más joven y descender un peldaño de la escala social, y dichoso él si no se ve relegado definitivamente entre los supernumerarios. Además, el término medio más corto de la vida se halla entre los obreros de la grande industria. Dadas estas condiciones, las filas de esta fracción del proletariado solo pueden engrosar cambiando frecuentemente de elementos individuales. Es necesario, pues, que las generaciones se renueven frecuentemente, cuya necesidad social queda satisfecha por medio de matrimonios precoces y gracias a la prima que la explotación de los niños asegura a su producción.
En seguida que la producción capitalista se apodera de la agricultura e introduce en ella el empleo de las máquinas, la demanda de trabajo disminuye efectivamente a medida que el capital se acumula en ese ramo; una parte de la población agrícola se halla siempre a punto de transformarse en población urbana y manufacturera. Para que la población de los campos se dirija, como lo hace, a las ciudades, es preciso que, en los campos mismos, haya un sobrante de población oculto, cuya extensión no se echa de ver sino en el momento en que la emigración de los campos a las ciudades tiene lugar en grande escala. Por consiguiente, el obrero agrícola se halla reducido al mínimum de salario y tiene ya un pie en el fango del pauperismo.
Por otra parte, a pesar de este sobrante relativo de población, los campos quedan al mismo tiempo insuficientemente poblados. Esto se deja sentir no solo de una manera local en los puntos donde se opera un rápido tránsito de hombres hacia las ciudades, minas, ferrocarriles, etc., sino generalmente en la primavera, en verano y en otoño, épocas en que la agricultura tiene necesidad de un suplemento de brazos. Aunque hay demasiados obreros para las necesidades ordinarias, hay escasez de ellos para las necesidades excepcionales y temporales de la agricultura.
La tercera categoría del sobrante relativo de población, la permanente, pertenece al ejército industrial activo, pero, al mismo tiempo, la extremada irregularidad de sus ocupaciones hace de él un depósito inagotable de fuerzas disponibles. Acostumbrado a la miseria crónica, a condiciones de existencia completamente inseguras y vergonzosamente inferiores al nivel ordinario de la clase obrera, se convierte en extensa base de ramos especiales de explotación en los cuales el tiempo de trabajo llega a su máximum y el tipo del salario a su mínimum. El llamado trabajo a domicilio nos ofrece un ejemplo espantoso de esta categoría. Esta capa social, que se recluta sin cesar entre los supernumerarios de la grande industria y de la agricultura, se reproduce en escala creciente. Si las defunciones son en ella numerosas, el número de los nacimientos es, en cambio, muy elevado. Semejante fenómeno trae a la memoria la reproducción extraordinaria de ciertas especies animales débiles y constantemente perseguidas. «La pobreza —dice Adam Smith— parece favorable a la generación».
Finalmente, el último residuo del sobrante relativo de población habita el infierno del pauperismo. Sin contar los vagabundos, los criminales, las prostitutas, los mendigos, y todo ese mundo que llaman «clases peligrosas», esta capa social se compone de tres categorías.
La primera comprende los obreros aptos para trabajar; su masa, que engrosa a cada crisis, disminuye cuando los negocios recobran su actividad. La segunda comprende los niños de los pobres socorridos y los huérfanos. Estos son otros tantos candidatos de la reserva industrial, los cuales, en las épocas de mayor prosperidad, entran en masa en el servicio activo. La tercera categoría comprende los más miserables; en primer lugar los obreros y obreras a quienes el desarrollo social ha, por decirlo así, desmonetizado, al suprimir la obra de detalle que, por la división del trabajo, era su único recurso; después los que, por desgracia, han pasado de la edad productiva del asalariado, y por último, las víctimas directas de la industria, enfermos, mutilados, viudas, etc., cuyo número se eleva con el de las máquinas peligrosas, las minas, las manufacturas químicas, etc.
El pauperismo es la consecuencia fatal del sistema capitalista.
El pauperismo es el cuartel de inválidos del ejército del trabajo. Su producción está comprendida en la del sobrante relativo de población, su necesidad en la necesidad de este, y forma con él una condición de existencia de la riqueza capitalista.
Las mismas causas que desarrollan con la potencia productiva del trabajo la acumulación del capital, creando la facilidad de disponer de la fuerza obrera, hacen que aumente la reserva industrial con los resortes materiales de la riqueza. Pero cuanto más aumenta la reserva, comparativamente al ejército del trabajo, más aumenta también el pauperismo oficial. He ahí la ley general, absoluta, de la acumulación capitalista. La acción de esta ley, como la de cualquiera otra, está naturalmente sujeta a las modificaciones de circunstancias particulares.
El análisis de la supervalía relativa (sección cuarta) nos ha conducido al siguiente resultado: que en el sistema capitalista, en que los medios de producción no están al servicio del trabajador, sino el trabajador al servicio de los medios de producción, todos los métodos para multiplicar los recursos y la potencia del trabajo colectivo se practican a expensas del trabajador individual; todos los medios de desarrollar la producción se transforman en medios de dominar y explotar al productor; hacen de él un hombre truncado, parcelario, o el accesorio de una máquina; le oponen, como otros tantos poderes enemigos, las potencias científicas de la producción; sustituyen el trabajo atractivo por el trabajo forzado; hacen cada vez más penosas las condiciones en que se efectúa el trabajo, y someten al obrero durante su servicio a un despotismo tan mezquino como ilimitado; transforman su vida entera en tiempo de trabajo y encierran a su mujer y a sus hijos en los presidios capitalistas.
Pero todos los métodos que ayudan a la producción de la supervalía, favorecen igualmente la acumulación, y toda extensión de esta necesita a su vez de aquellos. De lo cual resulta que, cualquiera que sea el tipo de los salarios, alto o bajo, la condición del trabajador debe empeorar a medida que el capital se acumula; de tal suerte, que acumulación de riqueza por un lado, significa acumulación igual de pobreza, de sufrimiento, de ignorancia, de embrutecimiento, de degradación física y moral, de esclavitud por otro, o sea del lado de la clase que produce el capital mismo.