The Project Gutenberg eBook of Las transformaciones de la sociedad argentina y sus consecuencias institucionales (1853 à 1910)
Title: Las transformaciones de la sociedad argentina y sus consecuencias institucionales (1853 à 1910)
Author: Horacio Carlos Rivarola
Release date: November 19, 2017 [eBook #56010]
Most recently updated: October 23, 2024
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(nota del transcriptor)
LAS TRANSFORMACIONES
DE LA
SOCIEDAD ARGENTINA
Y SUS CONSECUENCIAS INSTITUCIONALES
(1853 Á 1910)
HORACIO C. RIVAROLA
Abogado y doctor en jurisprudencia; doctor en filosofía y letras; profesor
suplente en las Universidades de Buenos Aires y La Plata
LAS TRANSFORMACIONES
DE LA
SOCIEDAD ARGENTINA
Y SUS CONSECUENCIAS INSTITUCIONALES
(1853 Á 1910)
ENSAYO HISTÓRICO
BUENOS AIRES
imprenta de coni hermanos
1911
ÍNDICE
| INTRODUCCIÓN | |
| 1. Correspondencia entre las instituciones y la sociedad que las adopta.—2. Las transformaciones de la sociedad argentina, reveladas por la historia, la sociología y la geografía, y su correspondencia con las instituciones.—3. Factores para su estudio: a) Concepto moderno de la historia; b) Criterios etnológico y económico en sociología: c) Valor de los datos geográficos.—4. Planteamiento de la cuestión tratada en este libro | 1 |
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CAPÍTULO I 1853: LA ÉPOCA DE LA CONSTITUCIÓN DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA |
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| 1. La sociedad argentina de 1853: su formación étnica é histórica; la inmigración.—2. La Capital; la religión; educación; prensa; artes y ciencias; las ciudades.—3. Las industrias; agricultura; ganadería.—4. Vías de comunicación.—5. La situación económica.—6. Propósitos enunciados en la Constitución. Conclusión | 27 |
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CAPÍTULO II 1869: EL PRIMER CENSO NACIONAL |
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| 1. La sociedad argentina de 1869. Medidas protectoras de la inmigración.—La formación de la raza y factores que contribuyen.—2. Los progresos: la libertad de imprenta; la tendencia hacia la desespañolización.—3. Cambios políticos; situación económica.—4. Vías de comunicación.—5. Agricultura; ganadería; otras industrias. Comercio.—6. Consecuencias institucionales.—7. Conclusión. | 67 |
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CAPÍTULO III 1895: EL SEGUNDO CENSO NACIONAL |
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| 1. La sociedad argentina de 1895. Inmigración; medidas protectoras. La tendencia anti-extranjera. Los naturalizados.—2. Cambios políticos y situación económica.—3. Vías de comunicación.—4. Agricultura y ganadería; otras industrias.—5. Las ciencias y las artes.—6. La educación é instrucción pública.—7. La legislación.—8. El socialismo. Conclusión. | 125 |
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CAPÍTULO IV 1910: CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN DE MAYO |
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| 1. El estado de formación de la raza en 1910. La inmigración.—2. Agricultura; ganadería; otras industrias. Comercio.—3. Cambios políticos y situación económica.—4. Vías de comunicación.—5. La educación é instrucción pública.—6. La prensa; bellas artes: religión.—7. El socialismo. El anarquismo.—8. Conclusión. | 185 |
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CAPÍTULO V TRANSFORMACIÓN SOCIAL É INSTITUCIONES |
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| 1. Factores que deben considerar el historiador y el legislador.—2. La transformación material y étnica de la República Argentina. La mestización y el hibridismo. Los aportes inmigratorios.—3. El carácter del pueblo argentino. Afirmaciones de Le Bon. Falta de fundamento. Una opinión de Belmar sobre el porvenir del Río de la Plata.—4. Nacimiento y transformación de las instituciones. Acuerdo necesario entre sociedad é instituciones. El problema respecto de la Argentina. Disposiciones constitucionales ó legales de relativa permanencia y disposiciones transitorias. Conclusión. | 225 |
LAS TRANSFORMACIONES
DE
LA SOCIEDAD ARGENTINA
Y SUS CONSECUENCIAS INSTITUCIONALES
INTRODUCCIÓN
1. Correspondencia entre las instituciones y la sociedad que las adopta.—2. Las transformaciones de la sociedad argentina, reveladas por la historia, la sociología y la geografía, y su correspondencia con las instituciones.—3. Factores para su estudio: a) Concepto moderno de la historia; b) Criterios etnológico y económico en sociología; c) Valor de los datos geográficos.—4. Planteamiento de la cuestión tratada en este libro.
1. En 1853, la población argentina, sin contar la de indígenas salvajes, no alcanzaba á 950.000 habitantes, de los cuales sólo 3200 eran extranjeros. En 1910 es próximamente de 6.800.000 habitantes, comprendiendo 2.300.000 extranjeros. Desde 1853 á 1909, entraron al país más de 3.400.000 inmigrantes europeos. La primitiva sociedad de españoles, criollos, indios, negros y mulatos, ha sido aumentada con el número extraordinario de aportes extraños que revelan estas cifras, aun descontando las emigraciones y los decesos. Son evidentes los cambios que simultáneamente se han realizado en la industria, comercio, agricultura, ganadería ...
Por otra parte, es indiscutible la necesidad de que las instituciones políticas y las normas legales que se dicten para un pueblo, respondan, más que á la perfección ideal, á un ideal de adaptación. Sociedad é instituciones deben acordar y su acuerdo es una ley involucrada en otra más general que desde Comte, la historia y la sociología aceptan: «Es que en el fondo de la evolución social, un análisis prolijo descubre una ley de relación y solidaridad, base indiscutible de todo concepto científico de las sociedades, un vínculo poderoso que une á las instituciones, usos, costumbres, ciencias, artes, derecho, religión ... de tal manera que conociendo una de ellas podrá el sociólogo inducir sobre las demás; que la modificación sufrida por cualquiera de los fenómenos repercute en todos, variando su intensidad según los casos. De ahí el débil poder de los gobiernos para alterar el curso de los fenómenos sociales, la ineficacia de las leyes, de los congresos, y de todo el aparato constitucional contemporáneo, que cuando no coincide con las aspiraciones y sentimientos de los gobernados, se apolilla en los archivos de las oficinas públicas»[1].
La afirmación no pretende que lo mejor ó más bueno quede en absoluto relegado porque el pueblo ó el momento no sean propicios para el cambio. Tal cosa sería afirmar que las instituciones políticas y legales no son factores en el adelanto de una sociedad, y conclusión semejante, por exagerada, sería errónea. El principio quiere sólo que no se proceda por saltos, y que si el ideal de lo bueno absoluto ó de lo mejor, debe ser guía en las determinaciones, débese también examinar lo posible antes de aceptar la reforma. No siempre, sin embargo, la práctica ha correspondido á la teoría. Lo bueno absoluto, ha intentado disputar el camino á lo mejor y más útil del momento.
Admito como verdad ya adquirida la afirmación de necesaria correlación entre sociedades é instituciones: cuando un principio se comprueba en los hechos y en la historia sin que lo contradigan excepciones, adquiere los contornos y las cualidades de verdad. De otro modo, la ciencia se hallaría de continuo recomenzando su marcha.
2. Corolario de semejante principio y deducción implícita, es el reconocimiento de que los cambios que determinada sociedad sufra en sus elementos componentes, en sus costumbres, en la forma de su desarrollo, deben llevar como acompañamiento, cambios correspondientes en sus instituciones, á menos que éstas por su elasticidad, sigan respondiendo también á los nuevos aspectos de la sociedad.
Nuestro país es ejemplo de una sociedad en que se altera con frecuencia la proporción de los elementos componentes. Los trasatlánticos descargan á diario millares de individuos de las más diferentes razas naturales ó históricas, que llegan con sus mil costumbres diversas, desde la monogamia estricta hasta la poligamia habitual; con sus ideas religiosas variables, catolicismo, mahometismo, judaísmo, budismo, ateísmo ...; con sus grados diversos de educación desde el pobre inmigrante que no sabe leer ni escribir, que no entiende de números, atacado de miopía intelectual incurable, hasta un Jacques, un Burmeister ó un Berg; llegan desde el judío reducido al culto del centavo y al estudio del tanto por ciento, hasta el músico, el pintor ó el escultor que lleva en sus venas la sangre de veinte generaciones de artistas, que tiene ascendientes en los colosos del Renacimiento, que trabaja todo el día en las faenas más rudas para poder pagar por la noche un lugar incómodo de algún teatro donde podrá absorberse en los encantos de las obras de los compositores italianos ó en las energías y bellezas de la música alemana. Inmigrantes con ideas políticas distintas, desde el autócrata ruso hasta el anarquista que reniega de toda patria y que origina en alguno el pensamiento, anárquico también, de declararlo fuera de toda ley ...
El indio también concurre, y antiguo señor de la tierra se somete á la civilización que otrora lo venciera: acude á las ciudades y á los establecimientos de campo. Alguna vez se cruza todavía con los elementos de la raza superior. Toma ideas, las amolda, las transforma y obliga al sociólogo argentino á dedicarle capítulos de sus estudios. Y los negros y mestizos de la época colonial, los criollos y españoles han impreso también su sello más ó menos débil ó fuerte. La caída de Rozas abre las puertas á todas las naciones. La avalancha aumenta. No son los llegados, elementos en reducido número que hagan simplemente evolucionar ó modificar la sociedad. Pueden serlo en las provincias del interior, donde los cambios son más lentos. Mas en la capital y en el litoral son algo más: son elementos que transforman la sociedad, la superponen, la substituyen. Algunos escritores implícitamente admiten esta aseveración; otros la manifiestan en términos más concretos. «Si debiera dar una denominación científica á este fenómeno, le llamaría substitución de la sociabilidad argentina y no emplearía como muchos otros, el de evolución argentina, porque éste no expresa con verdad el hecho, si se ha de respetar el concepto propio de la palabra ... Las grandes emigraciones de los pueblos no pueden llamarse evolución del pueblo ó de la raza cuya tierra van á ocupar. A nadie se le ocurre decir que la raza indígena de esta parte de América, ha evolucionado hasta constituír nuestra sociedad actual»[2].
La geografía física que preordenó una forma de distribución de individuos, mantiene su importancia en las nuevas distribuciones: la económica aporta caudal de conocimientos, que hacen más visible la transformación: y la inmigración, la ganadería, la agricultura, la colonización, los ferrocarriles, son factores de primera magnitud en la solución del problema.
La historia política, depósito de recuerdos en que viven los anhelos, las luchas, los triunfos ó desengaños de los hombres de estado que pasaron, concurre con todo su bagaje de enseñanza á la prueba de las transformaciones producidas.
Y la sociología, en su carácter de ciencia que estudia los fenómenos sociales, sus relaciones, leyes y consecuencias, adhiere con aquellas otras enseñanzas á las mismas conclusiones.
Las instituciones políticas y la legislación, no pueden dejar de considerar todos y cada uno de estos elementos. En la práctica la cuestión es más difícil. ¿Pueden dictarse instituciones y leyes permanentes para un pueblo que se transforma en modo diverso en una región y en otra, que mientras permanece el mismo en Jujuy ó en Santiago del Estero, cambia desmedidamente en Buenos Aires y en el litoral? ¿Se pueden dictar para un pueblo cuya raza histórica no se encuentra constituída aún? ¿Es posible, por el contrario, dejarlo sin instituciones? Sería caer en la anarquía. ¿Se impondrá sin otras consideraciones, á todo extranjero una conducta determinada? En caso tal, sus ideas permanecerán poco menos tales como las trajo, las transmitirá á sus hijos, y con los años la conducta impuesta será modificada.
Es de interés nacional el estudio de esos cambios y de aquella relación. Este ensayo es parte de aquel estudio, indudablemente más vasto y de la mayor importancia.
3. Así, este trabajo será al mismo tiempo, de historia, de sociología, de geografía: estas ciencias y otras, contribuyen á la solución del problema. Indudablemente unas serán de mayor importancia, otras de menor. Los datos que cada una aporte, deben ser examinados en vista del fin propuesto.
a) Consideraré la historia en el llamado concepto moderno. Sabido es que esta disciplina científica ha ampliado sus dominios por una parte, y por otra ha variado en el fin que debe proponerse; la antigua cronología de los reyes, gobiernos y batallas, deja de ser, con Luis Vives quizás, con Voltaire sin duda, el único contenido de la historia; los hombres que á ella se dedican y en ella trabajan se dan cuenta de la unidad de la vida humana y de la solidaridad de sus aspectos: verifican que los sucesos políticos no son únicos en la marcha de los pueblos. Aquellos están relacionados con otros, sufren sus influencias é influyen á su vez. Los gobiernos no son el pueblo todo, y la historia de un pueblo no puede en consecuencia limitarse á la de su gobierno y sus luchas. Se abren paso las descripciones de usos, costumbres, artes, religión, instituciones. Historiadores subsiguientes encuentran que aquella ampliación es conveniente y la imitan. Verdad es que no todos lo hacen en el mismo sentido ni dando igual importancia á idéntico factor. Para unos las costumbres, el conjunto llamado civilización es la base de los conocimientos históricos, para otros la religión, para aquél el arte; mas no importa, el concepto amplio gana terreno, los escritores lo aceptan, las academias lo admiten y los nombres de Renan, Taine, Foustel de Coulanges, Altamira, Langlois, Seignobos, Letelier... responden á otras tantas obras que afirman ó conciben la historia en aquel sentido.
No obstante, la historia política mantiene su preponderancia: creo que la razón es de carácter utilitario: ella permite tener en el tiempo un punto cierto de referencia. Mientras las artes, costumbres, religiones, varían lentamente, de tal modo que para hallar cambios, débense tomar momentos algo distantes el uno del otro, los cambios políticos, aunque sus causas sean remotas, tienen fechas precisas y ciertas. Tomando como esquema el aspecto político, puede ser éste ampliado luego con los demás aspectos: ninguno quedará excluído y en cambio las referencias en el tiempo serán más ciertas.
Abandona también esta disciplina el fin que para muchos ha tenido, fin que desde antiguo se le daba, ya como principal, ya como secundario, de presentar cuadros literarios, pasajes hermosos, descripciones llenas de atracción, afirmando que «una cosa son los sucesos en si mismos y otra cosa es el arte de presentarlos en la vida con todo el interés y con toda la animación del drama que ejecutaron. Es preciso ver los tumultos y sus actores, oir el estruendo de sus voces, sorprenderlos en las tinieblas de sus conciliábulos, sentir sus triunfos y temblar al derrumbe de sus cataclismos, como si todo ese bullicio estuviera removiéndose en el fondo de cada una de las páginas que se escribe. Este arte no debe confundirse con la mecánica exactitud ni con la filiación metódica de los hechos. Una y otra cosa tienen su mérito y su necesidad relativa; pero estas últimas condiciones no son el arte, sino cuestiones de simple ordenación; mientras que la actualidad de la acción es cuestión de estética, de más ó menos poder imaginativo para agrupar los conflictos de la vida social, para restablecer los golpes de la lucha, para dar movimientos, gesto, ademán y palabra, á las generaciones desaparecidas que actuaron en la escena de la patria»[3].
Tal fin es indudablemente útil, apto para despertar el patriotismo, para educar en un género literario: son cuadros escritos que pueden ser tan ó más preciosos que los pintados. Pero no es el fin de la historia, como no sería una historia argentina una galería de grabados representando las escenas guerreras ó políticas sucedidas en el territorio argentino: la historia en esta forma en que se hace intervenir la estética, la imaginación, el golpe de teatro, es novela histórica; es la historia tal cual la ve quien la describe, sin que pueda tenerse la seguridad de la correspondencia entre lo descripto y lo real.
Así, pues, en este ensayo, por la parte que de histórico pueda tener, no primará la descripción literaria, ni el concepto estrecho, y me referiré sólo á los hechos que tengan comprobación, indicando al hacer mis afirmaciones, cuáles están corroboradas por documentos ú obras y cuáles son indicaciones que aquéllos me sugieren.
b) La sociología, la ciencia nueva, despreciada unas veces, elevada á los honores más altos otras, me servirá también y mucho. Tomaré en cuenta por su aplicación inmediata, y sin olvidar alguna otra, una de sus teorías, aquella que renovara Gobineau á mitad del siglo xix, teoría que pretende explicar la marcha de las sociedades y las causas de sus transformaciones, evoluciones y decadencias por el estudio del factor raza. Los orígenes de la teoría son remotos: presentida en un principio, fué más tarde analizada y demostrada en parte. Las formas que adoptó fueron muchas, más todas tienen de común, bajo los diversos aspectos en que cada una se plantea, la afirmación de que es de indispensable necesidad en los estudios histórico-sociales la consideración del factor raza, de la constitución individual, del examen de los elementos individuos que son los «actores del drama» según la expresión de Mougeole.
Podríanse comparar los procedimientos de esta teoría á los de la química: quiere examinar los elementos para entender el producto: comparación tal, permite el acuerdo de sus sostenedores y adversarios: unos afirman que el producto sociedad se puede comprender, conociendo los elementos: serían partidarios de la explicación química de la mezcla: otros, niegan la posibilidad de solución parecida: serían partidarios de la explicación química de la combinación. Ni unos ni otros niegan,—lo que sería absurdo,—que los hechos sociales sean producidos por los individuos componentes.
La teoría etno-antropológica tiene antecedentes remotos: como sucede con la mayor parte de los conocimientos humanos, sus gérmenes pueden encontrarse en las obras del sabio de Estagira: en efecto, al justificar Aristóteles en la Política la esclavitud, sin hacer por ello un estudio de razas habla de la diferencia de clases, idea que forma parte del desarrollo posterior de la doctrina. Más adelante, y desde el siglo xvi, es usada como argumento en las luchas políticas de Francia. Con todas las afirmaciones de uno y otro lado, se forma un residuo de ideas que serán utilizadas en forma sistemática á mitad del siglo xix.
Gobineau en 1853, en su obra Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, primero, y en varias otras después, desenvuelve y aplica la idea de que las transformaciones, las formas políticas, los progresos y las decadencias de los pueblos dependen de la pureza de la raza; que el cruzamiento arrastra á la decadencia; que los pueblos más puros, están destinados á dirigir á los menos puros; que el pueblo germano lleva en sí el sello de la excelencia por ser el menos contaminado. Así formuló en un principio su teoría, que cambios fundamentales desnaturalizarían después. Así sirvió de base á las nuevas formas que en adelante tomó: con Ammon y Lapouge, el factor permanente y característico de la raza es el antropológico; con Gumplowicz, la raza es susceptible de evolución; con Bopp, el factor filológico desempeña importante papel; con Chamberlain, el psicológico es el superior, el verdadero, el nexo real. Y nuevas obras de Letourneau, Jacoby, Sergi, Vaccaro, siguieron trabajando el tema, buscando aplicaciones, explicando, haciendo nuevas conjeturas ...
Pero la humanidad no puede dividirse en fracciones netamente determinadas, como no puede una biblioteca dividirse de tal modo que las obras contenidas en un estante correspondan con precisión á una ciencia determinada con exclusión de toda otra; obras habrá que correspondan igualmente á ese estante ó á aquél. Las divisiones se hacen artificialmente porque son útiles, más no porque naturalmente existan. Y así en la humanidad. La ciencia que es una, no admite una división natural en fracciones excluyentes. La humanidad, en modo semejante, se niega á admitir una división parecida.
La teoría llevó á excesos. Se pretendió hacerla indiscutible. Lapouge, por ejemplo, exageró tanto las cosas que creyó poder determinar de una manera exacta los caracteres psicológicos que corresponderían á los antropológicos del H. Europeus y del H. Alpinus, llegando á decir del primero: «Es lógico cuando conviene; su mayor necesidad es el progreso. En religión es protestante» ... y de este modo veinte caracteres más. ¿No recuerda la ciencia así expresada, aquellas afirmaciones de los almanaques anunciadores que al pie de cada mes llevan un calendario astrológico con palabras más ó menos como éstas: el varón nacido en este mes, vivirá tranquilo, se casará joven, será tímido mas no cobarde?...
Pero si la humanidad no admite divisiones perfectas en el sentido antes indicado, las admite en cuanto, en parte naturales, sean simultáneamente útiles. Si la división natural de la humanidad en razas determinadas con fijeza es hoy difícil, no lo es tanto la división ideada por Le Bon, de razas históricas[4], entendiendo por tales las razas artificiales formadas en el tiempo por los azares de la conquista, inmigraciones, cambios políticos, etc. Le Bon afirma y demuestra que «cada pueblo posee una constitución mental tan fija como sus caracteres anatómicos y de la cual derivan sus sentimientos, sus pensamientos, sus instituciones, sus creencias y sus artes». Esta constitución mental explica las leyes más ciertas de la marcha general de los pueblos; representa el pasado, los mil sentimientos heredados desde tantas y tantas generaciones; contribuye con el medio, la educación, el clima á explicar la formación del carácter de los individuos. Más adelante establece las condiciones necesarias para que las razas distintas puedan, mezclándose, formar una nueva. «La primera de estas condiciones es que las razas sometidas al cruzamiento no sean muy desiguales en número; la segunda, que no difieran mucho por sus caracteres; la tercera, que estén sometidas durante largo tiempo á condiciones de medio idénticas»[5]. Todo este conjunto forma el alma de los pueblos, que varía de uno á otro y que lleva variaciones concomitantes en todas sus manifestaciones: ciencia, arte, religión y con especialidad en las instituciones políticas, que tanta importancia desempeñan en la historia. Más adelante y antes de analizar la influencia de algunos factores y las causas y formas de las decadencias, hace una aplicación de todos los principios expuestos al estudio comparado de la evolución de los Estados Unidos de América y de las repúblicas sudamericanas. Oportunamente me ocuparé con mayor atención de esta parte de su obra, por dos razones: la primera, porque su interés es grande en un trabajo como éste. La segunda, que es un buen ejemplo de cómo hasta los sabios se equivocan y corren el riesgo de decir cosas que no son y no serán, cuando se basan exclusivamente en afirmaciones ajenas y cuando no se precaven contra el peligro de las generalizaciones.
De todos modos y dejando para después esta cuestión, puédese admitir y nadie la discute, la existencia de «razas históricas» en término en que la palabra raza cambia de sentido y se usa en el de «conjunto de modalidades comunes á un Estado ó una nación determinada». Así y solamente de ese modo se puede hablar de razas sin dar lugar á las ilimitadas discusiones á que llevaría el término, tomado en su sentido originario.
Admito, pues, sus principios, para hablar de nuestro pueblo; llamaréle «sociedad argentina» y no «raza argentina» porque si bien la sociedad está constituída ya como tal, no ha llegado todavía á ser lo que el término raza expresa, ni aun en el sentido de raza histórica desarrollado por Le Bon.
No se puede tampoco olvidar aquella otra doctrina que se llama el materialismo histórico ó con más propiedad, interpretación económica de la historia, para referirla en cierto modo á nuestro estudio. No es éste el momento de discutirla ni detallarla, investigar si comenzó con Marx y Engels, ó si tenía antecedentes remotos: si es más verdadera en las afirmaciones que contiene el primer volumen de El Capital ó si lo son las que encierra el último. Basta para mi objeto dejar establecido que en términos generales y libres de las exageraciones, sostiene que «á las causas económicas, deben referirse, en último término, todas las transformaciones en la estructura de la sociedad, las cuales, por sí mismas, condicionan las relaciones de las clases sociales y las varias manifestaciones de la vida social»[6]. Si bien no entraré á discutir si el factor económico ha sido ó no preponderante en el período de que trato, si ha podido ó no ser la causa de las inmigraciones colosales que transforman la sangre argentina, le tendré bien en cuenta desde que no se puede dudar de su importancia.
Así, pues, me serviré de la sociología, con sus principios generales y con las conclusiones á que llegan dos de las más importantes teorías entre las que tratan de explicar los fenómenos histórico-sociales.
c) La geografía será la tercera de las disciplinas científicas que más me ayudarán en este estudio. La geografía física y la geografía económica explicarán muchos hechos. Es indispensable recordar la topografía del suelo donde las transformaciones se verifican, y tener en cuenta que «la formación de las agrupaciones humanas no obedece ciertamente á inspiraciones caprichosas, ni reconoce como causa la casualidad; hay que reconocer que su factor primordial reside en el medio físico; en ésta como en otras manifestaciones antropogeográficas, domina aun casi por completo á la actual humanidad»[7] aunque conviene cuidar aquí también del peligro de la unilateralidad.
La geografía económica contribuirá con el estudio de las relaciones del individuo con el suelo; de la influencia de la posición geográfica con relación al comercio; de las causas y modos de desarrollo de la inmigración, colonización, de las industrias, agricultura, ganadería, vías de comunicación ...
Y con la historia, sociología, geografía, ayudarán en las soluciones, el derecho constitucional y administrativo, la estadística toda, los datos que suministra la ciencia financiera y la economía política, la práctica de la educación, el desarrollo de las ideas, el desenvolvimiento de las costumbres, artes, ciencia, religión ... Todos ellos en relación al tema del trabajo, según he expuesto ya.
Estudio amplio sin duda, lleno de material inexplotado en su mayor parte, y que es sin embargo, digno de las mayores dedicaciones.
4. Veré cuál era el estado de la sociedad argentina en 1853, cuando terminada la tiranía se abría la Argentina á la inmigración en grande escala, al comercio y á la industria de todo el mundo. En aquella época dictó su código fundamental que, con pequeños cambios, subsiste. Veré después las transformaciones que esa sociedad sufre en su constitución étnica y las correspondientes en la industria, ciencia, etc., tomando como épocas de referencia aquéllas que sean más precisas por la aparición en ellas de censos, estadísticas ó determinados acontecimientos. Veré cuál ha sido en esta forma el estado social argentino al celebrar el primer centenario de la revolución de Mayo: simultáneamente á este trabajo, la indicación somera de las sanciones legislativas que la transformación social han hecho de imperiosa necesidad y que se han dictado. Al término de mi trabajo, estableceré las conclusiones que el conjunto me sugiere.
CAPÍTULO I
1853: la época de la constitución
de la confederación argentina
1. La sociedad argentina de 1853; su formación étnica é histórica; la inmigración.—2. La Capital; la religión; educación; prensa; artes y ciencias; las ciudades.—3. Las industrias; agricultura; ganadería.—4. Vías de comunicación.—5. La situación económica.—6. Propósitos enunciados en la Constitución. Conclusión.
1. El 1o de mayo de 1853, el congreso general constituyente reunido en la ciudad de Santa Fe, con asistencia de los representantes de todas las provincias á excepción de la de Buenos Aires, sancionó la constitución de la Confederación Argentina, que siete años después, terminadas las divergencias entre la confederación y el estado de Buenos Aires, sería la constitución de la nación argentina, cuyas disposiciones, salvo detalles, rigen en la actualidad.
Este código amplio y generoso fué el primero del mundo que equiparó en los derechos civiles el extranjero al natural, algunos años antes que lo hiciera el código civil italiano que le siguió en antigüedad.
Sus antecedentes fueron muchos: los principios de la norteamericana; las constituciones, estatutos, pactos anteriores; enfín las ideas de la época y los deseos comunes cuyas aspiraciones habían traducido Echeverría y Alberdi.
Independientemente de su faz práctica, fué una constitución buena en su teoría. La libertad, fraternidad, igualdad, que usaron como blasón los revolucionarios franceses, se encontraban también allí. Código de paz, llamaba al seno de la patria á todos los extranjeros que con buenas intenciones quisieran habitarlo; las libertades estaban en su apogeo; las ideas, el culto, el honor, la imprenta, la propiedad, los derechos ciudadanos, quedaban tutelados con principios reconocidos como los mejores.
¿Cuál era la sociedad á la que iba destinada tan sabia reglamentación?
Es inútil discutir si la constitución revelaba el estado contemporáneo de la civilización nacional ó si aquellos principios se adelantaban á su época. Discusiones semejantes son posibles cuando existe la duda, cosa que no ocurre en el caso presente. Los mismos constituyentes comprendían bien que aquella carta de libertades y garantías, juntamente con principios de aplicación inmediata, traducía en otros, aspiraciones para un porvenir, que podía ó no ser cercano. En el oficio que con fecha 9 de mayo de aquel año, el congreso comunicaba al excelentísimo señor director, la constitución y las leyes orgánicas que había sancionado, se decía: «El congreso prevé que la sabiduría del mal consejo y la prudencia que disfraza á la debilidad, han de reprochar á la constitución los defectos de su mérito. Poniendo en contraste la ignorancia, la escasez de población, y de riqueza, y hasta la corrupción de los pueblos y provincias que componen la Confederación con las exigencias de la constitución, deducirán de aquí su inoportunidad y su impertinencia, y muy listos la condenarán como inadecuada. El tirano ponderó y exageró estos mismos pretextos; ¿y por ventura, él con su omnipotente mano de hierro, ha devuelto á los pueblos mejorados, después de veinte años de horribles martirios? ¡Decepción y escándalo! Aun cuando esta desgraciada y mísera situación fuera natural á estos pueblos, aun cuando tuviéramos á la vista la especie social que se supone desgraciada é ineducable, el legislador no podía ni debía emplear su ciencia para disimular y confirmar este monstruo social; antes debería consagrar el arte contra la misma naturaleza para corregirlo. ¡Decepción y escándalo, señor! Dios creó al hombre bueno y sociable bajo todas las latitudes. El argentino lo es y por serlo, su sangre generosa ha corrido á torrentes. El sentimiento de los justos ha hecho reclamar, tal vez con exageración, la justicia; el sentimiento de su dignidad, los derechos de libertad, seguridad y propiedad. Sus instintos de progreso lo hacen reclamar con impaciencia, todas las mejoras y todas las relaciones morales, intelectuales y comerciales. La constitución llena estos conatos»...[8] Este interesante documento, prueba, no obstante la justificación y defensa que hace, que las ideas eran buenas pero que la práctica de la época no acordaba con ellas: no se desmiente la ignorancia ó la escasez de la población; si se reclamaba justicia y libertades era á causa de que no se tenían, pues no se reclama lo que se tiene, y otro tanto pasa con la impaciencia en el deseo de mejoras y relaciones morales, intelectuales y comerciales. Verdad es que no otra cosa podía suceder un año después de terminada la larga tiranía, en que Rozas no tuvo la inteligencia necesaria para comprender que aun acordando algunas libertades y ventajas, se puede mantener un pueblo largo tiempo en obediencia.
Examinaré pues, como estaba formada la sociedad argentina en el comienzo de la organización nacional y qué manifestaciones de progreso tenía.
El suelo, propicio al trabajo, había permitido desde remotos tiempos la distribución de los individuos venidos con los conquistadores; los indios amansados, fueron en un tiempo substituídos por los negros, para ciertos trabajos sin dejar de prestarlos ellos también. Los españoles se cruzaron con unos y con otros y aquellos entre sí también cruzaron las razas. La inmigración de españoles continuó; sus descendientes criollos les discutieron derechos, se formaron partidos, se luchó y los tiempos pacíficos alternaron con los tiempos de discordia, formas que en la historia se presentan con frecuencia unidas.
Pero aquellas mismas tres razas históricas estaban formadas de las más diversas. Los españoles tenían en su sangre la de celtas, iberos, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, godos, árabes. Los indios, aunque comprendidos en esa denominación general, pertenecían á tantas razas y subrazas cuantas poblaban estas regiones, desde los guaraníes y tobas del norte á los yaganes del sur y desde los querandíes y charrúas del este á los araucanos del oeste; indios distintos en sus caracteres físicos, en sus idiomas, en sus costumbres. Y los negros traídos como esclavos, pertenecían también á distintas regiones. De modo que el pueblo que ocupó esta región sur de América estaba formado por descendientes de muchos otros diversos en caracteres físicos, morales é intelectuales. Aparte de los españoles, en la época colonial pocos europeos llegaron á nuestra región: portugueses, por la proximidad de sus dominios, y algunos ingleses; mas sabido es que su entrada estaba prohibida.
Por otra parte, no predominó de una manera exclusiva una raza en toda esta parte del continente; la distribución de individuos no fué semejante en todo el país, pues mientras en el norte de Santa Fe y en el Chaco, por ejemplo, siguió dominando el indio, en algunas provincias del centro predominaron los mestizos y en la cabeza ciudad como asimismo en las ciudades importantes, la raza española.
Tal sociedad pasó de la colonia á la nación nueva y con pocos cambios llegó hasta la fecha de que trata este capítulo, en que aun no había comenzado la gran corriente de la inmigración transformadora.
Mas, la necesidad de sangre nueva y la conveniencia de la inmigración no fueron novedades que descubrieran los constituyentes del 53. Desde mucho antes se hablaba de esa necesidad y conveniencia como asimismo se tenía la visión precisa de los adelantos que el factor población puede traer á un pueblo, cuando se elige bien.
En 1812, el triunvirato, juntamente con la afirmación de que la población es el principio de la industria y el fundamento de la felicidad de los estados, dictó medidas tendientes á atraer inmigrantes[9]. El gobierno de Pueyrredón y el de Rodríguez con su ministro Rivadavia, trataron de convertir aquel principio en acción, y los más distinguidos vecinos de Buenos Aires formaron parte de la comisión de inmigración que debía ocuparse de atraer gente europea. Estas medidas habían comenzado, aunque en términos muy reducidos, á producir efectos; independientemente de ellas, algunos extranjeros, ingleses en su mayoría, llegaban, atraídos por las relaciones comerciales. La tiranía de Rozas, paralizó aquella inmigración aun cuando ella no cesó en absoluto; en la época de su gobierno, llegó alguna cantidad de gallegos y canarios, ingleses y franceses; estos últimos en número considerable ya, formaron colonia y fundaron en 1845, su hospital.
Estas inmigraciones no tienen mayor importancia en relación al número de los llegados, pues no modificaron mayormente la constitución étnica de la población argentina.
La necesidad de poblar, que hizo axioma la frase de Alberdi, unida á la necesidad, comprendida por muchos de poblar con buenos elementos, continuó latente y la constitución de 1853 con las disposiciones pertinentes, no hizo más que enunciar una aspiración general de la gente sensata.
Los datos numéricos de la población en aquella época aparecen defectuosos: en primer lugar rara vez se refieren á toda la república; por otra parte, se usa mucho del procedimiento del cálculo por aproximación, y generalmente la población india ó no se tiene en cuenta, ó se establece en un más ó menos, que muchas veces es arbitrario.
El mismo censo del 69 que es posterior en diez y ocho años á la fecha que estoy estudiando, al hablar de la población argentina dice: «dadas nuestras investigaciones, la república no tomándose en cuenta la población indígena», etc., y el censo de 1895, hace en cuanto á ella un cálculo simplemente de aproximación.
Nada quiere decir esto en contra de sus autores, desde que si imposible era proceder de otro modo, buscaron un medio para considerar esa población ó establecieron francamente que no la consideraban. Lo único que hace esta advertencia, es poner de relieve las dificultades que se presentan en cuanto á la población india, cuando se desea hacer un estudio estadístico de la población argentina. No obstante, los cálculos y descripciones de la época, se acuerdan al afirmar que «la mayor parte de la población argentina es de origen español y pertenece á la raza caucásica; sin embargo, en los campos se encuentran muchos mestizos y algunos indios de pura sangre. Los negros no han sido jamás numerosos en esta parte de América, pero la mezcla de las diferentes razas, ha producido todos los matices imaginables en el color de la piel»[10].
En cuanto al número y distribución por provincias, Belmar, cuya obra es de 1856, nos da estas cantidades aproximadas: