Chapter Footnotes:
[A] José M. Martí, the “Apostle” of the Cuban revolution, who, dying in 1895, did not live to see the fruit of his labors.
[1] entre los brazos, in the arms.
[2] pequeño de cuerpo, small of stature (body).
[3] la mesa directiva. In this case, the platform reserved for the speakers.
[4] me dí cuenta, I became aware; I noted. VARIANT: Caí en la cuenta.
[5] tenía ... que, had to; was obliged to. VARIANT: Se veía en la necesidad de ....
[6] no tengo presente, I do not recall.
[7] Es el caso, que, The fact was (however it may have occurred).
[8] al poeta, who knew me as a poet. Note the author’s reference to himself in the third person.
[9] No bien, Hardly; scarcely.
[10] este recuerdito. Diminutives are often used to convey an idea of affection.
[11] se dan cuenta de, take into account; bear in mind; comprehend.
[12] a casa de una su amiga. Sometimes the possessives suyo, suya take the above form. VARIANT: A casa de una amiga suya.
[13] pronto para la cita, quick and ready to quote; with an apt quotation.
[14] me despedí, I took my leave. Note reflexive form.
[15] no sé qué, I don’t know what.
Como en aquellos tiempos,[1] es decir, bajo la dominación española, en las que hoy son repúblicas independientes, no se abría para los americanos otra carrera que la del sacerdocio, Morelos recibió las órdenes[2] y sirvió varios curatos. En el desempeño de su ministerio parroquial manifestó siempre gran celo por el cumplimiento de su deber, y mediante sus esfuerzos logró dotar de iglesias a varios de los curatos que sirvió.
El memorable grito de independencia lanzado en Dolores[3] el 16 de Septiembre de 1810 por los primeros patriotas mejicanos encabezados por Hidalgo, cura del pueblo, no pudo dejar de[4] encontrar simpático eco en el corazón de Morelos; así fué que[5] cuando en el mes siguiente llegó Hidalgo a Valladolid, al frente de un ejército patriota, y se apoderó sin resistencia de la ciudad, Morelos fué uno de los primeros en ponerse a su lado y pedirle un puesto en que sacrificarse por la libertad de su patria.
Hidalgo le confió la dirección del movimiento revolucionario del sur, que Morelos debía extender y organizar a fin de fortalecer la causa republicana en todo el país.
—J. Abelardo Núñez (Chileno)
Chapter Footnotes:
[1] en aquellos tiempos, in those days. VARIANTS: En esos días; por aquellos años.
[2] recibió las órdenes, was ordained. VARIANTS: Entró a ejercer el sacerdocio; abrazó la carrera eclesiástica.
[3] el ... grito de ... Dolores. The proclamation of Mexican independence which started the War of Independence.
[4] no pudo dejar de, he could not fail (to find). VARIANTS: Tenía que; había de.
[5] así fué que, (and) this is why. VARIANTS: De modo que; por lo que.
IV.—LA LITERATURA HISPANO-AMERICANA
Antes que la civilización cristiana penetrara en América, era ya muy estimado en ella el talento poético. Algunos príncipes mejicanos difundieron las máximas de la moral, lloraron su esplendor decaído y celebraron los primores de la naturaleza bajo las formas de la poesía. Cuando la lengua de Castilla se arraigó en la parte meridional de nuestro continente, sus hijos enriquecieron a la madre patria «no menos con los tesoros de su suelo que con sus aventajados talentos que fecundiza el sol ardiente y desarrolla una naturaleza grandiosa y magnífica.» Por entonces[1] el sonido de las liras americanas se perdía entre el grande concierto de las españolas: el hilo de agua,[2] por decirlo así, se engolfaba sin dejar huella[3] en el mar a cuyo aliento contribuía. Pero la revolución política que convirtió a los virreinatos en repúblicas, encordó con bronce aquella lira. Y como la única ocupación de los brazos fué el manejo de la espada, y la victoria la exclusiva inspiratriz del ingenio, el carácter de la poesía, durante la lucha de la emancipación, fué puramente guerrero.
Desde entonces hasta los días actuales toma la poesía otra dirección en América.
—Juan María Gutiérrez (Argentino)
Chapter Footnotes:
[1] Por entonces, At that time. VARIANT: Por ese tiempo; entonces; por aquel entonces.
[2] hilo de agua, the tiny stream.
[3] dejar huella, leaving a trace or sign.
¿Cuál fué el campo donde espigaron los cultores del arte a quienes agasajaba la mano cariñosa de la libertad, a quienes ofrecían sus ricos presentes todas las ciencias humanas y que tenían su choza en la región más bella, variada, majestuosa y espléndida de la América meridional? El de la poesía lírica.... El romanticismo, soltando las bridas[2] a todos los impulsos, indómito y voluntarioso, gozó de su libertad a sus anchas.[3] ¿Cómo? ¿Pintando la espléndida naturaleza que cantaba a los oídos y deslumbraba los ojos a los bardos? ¿recogiendo las viejas leyendas nacionales llenas de las dulces tristezas y santas alegrías de remotos y sencillos tiempos? ¿loando las humanas ciencias y prediciendo los grandiosos destinos que el porvenir reserva a un pueblo joven? No[4]; cediendo a las emociones personales e íntimas, se encerró dentro de la Tebaida[5] del sentimentalismo más congojoso, cantó penas propias o lloró desdichas ajenas, derrochando en un mar de lágrimas las fuentes de la inspiración[6] que debiera consagrar a temas más altos, más grandes, más viables.
—Santiago Vaca Guzmán (Boliviano)
Chapter Footnotes:
[1] El Romanticismo. The Romantic School of writers which started in France at the beginning of the nineteenth century as a revolt against the traditions of the Classicists.
[2] soltando las bridas, giving free rein.
[3] a sus anchas, at pleasure; at will. VARIANTS: A su placer; a su albedrío; a su antojo.
[4] no, not at all; not by any means.
[5] Tebaida, hermitage; a place of seclusion; retreat. From Thebes, to which place the first Christian anchorites went in quest of solitude.
[6] las fuentes de la inspiración, the sources of inspiration.
La mayoría de las obras de la literatura americana de la última época responden a una honda preocupación territorial, como es el estudio de nuestro medio y de nuestra evolución orgánica.
Que en nuestra vida americana sobran asuntos de positivo interés, lo han demostrado de antiguo, no sólo esas novelas o poemas románticos, hoy célebres, que se llaman «María» y «Amalia,» y que se deben a la pluma de dos poetas hondos y sinceros: Jorge Isaacs y José Mármol; lo demuestra también, por otro concepto, ese modelo de sátira político-social que se llama Blas Gil,[1] que sin desdeñar el sabor clásico del estilo, nos dejó como reflejo de la vida colombiana el literato-presidente José Manuel Marroquín.[2] En nuestros días, es muy variado y extenso el panorama de la novela en América, donde si bien es verdad que algunos escritores como Enrique Rodríguez Larreta, el discutido autor de «La gloria de don Ramiro»,[3] eligen o prefieren temas exóticos, la mayoría de los que al género novelesco se dedican ha sabido encontrar en el marco de las costumbres nacionales asuntos múltiples que esperaban ser explotados. Así Carlos Reyles y Eduardo Acevedo Días en Uruguay; Francisco Sicardi, Roberto Payró y el fecundo Ocantos en la Argentina; Emilio Rodríguez Mendoza en Chile; Manuel Díaz Rodríguez en Venezuela; Manuel Zeno Gandía en Puerto Rico; Federico García Godoy y Tulio M. Cestero en la República Dominicana; Federico Gamboa y Carlos González Peña en Méjico; así, por último, en Cuba, Jesús Castellanos, que siguiendo las huellas[4] de predecesores valiosos como Cirilo Villaverde y Nicolás Heredia, es quien ha sabido señalar mejor, de manera más definida y precisa, el marco de la novela típicamente cubana.[5]
—Max Henríquez Ureña (Dominicano)
Chapter Footnotes:
[1] Blas Gil, nom de plume of José M. Marroquín.
[2] Alluding to the fact that José M. Marroquín, the noted Colombian writer, statesman and philologist, was president of his country from 1900 to 1904.
[3] «La Gloria de don Ramiro,» a work which, although written by an Argentine, depicts the life and people of Spain in the sixteenth century.
[4] siguiendo las huellas, following in the footsteps.
[5] For the benefit of those who desire to know more about the Spanish American writers who have excelled in the description of national life and customs, the above, which includes only contemporary writers, may be extended by including the following, many of whom wrote a generation ago:
In Argentina, Pastor Obligado (traditions), José Miró (Julian Martel), Manuel T. Podestá, Emma B. de la Barra (fiction); in Chile, Miguel Luis Amunátegui, Enrique del Solar (traditions), Alberto Blest Gana, Luis Orrego Luco, Zorobabel Rodríguez (fiction); in Perú, Ricardo Palma (traditions); in Mexico, José María Roa Bárcena, Justo Sierra (traditions), Victoriano Salado Álvarez, Ireneo Paz, José Portillo y Rojas, Rafael Delgado; in Ecuador, Eduardo and Juan de León Mera; in Guatemala, José de Batres y Montufar (traditions) and José Milla (fiction); in Costa Rica, Fernández Guardia and Aquiles Echeverría; in Venezuela, Rufino Blanco Fombona.
Andrade, Olegario V. (1838-1884)
Olegario V. Andrade[1] es el poeta objetivo por excelencia, es el cantor de las cumbres, a cuyos ojos no tienen valor las cosas pequeñas o vulgares. La epopeya andina de que hace rápsode al cóndor[2] solitario, el tormento del pensamiento encadenado al que atenacean los buitres de la envidia, el hecho portentoso del descubrimiento de un mundo, encuentran en su paleta colores nuevos y en su lira sones heroicos y graves. Andrade esculpe versos en el granito y despierta los ecos de los cerros andinos haciéndolos vibrar con sus epítetos sonoros.
Pocos poetas en América han mostrado, por la misma época, el desenfado y la audacia del cantor de «Prometeo» y de la «Atlántida»,[3] en la elección de la metáfora y del símil. Diríase que el poeta ha querido crear con sus estrofas, formas y conceptos nuevos dignos de la magnificencia del objeto cantado.
(Anónimo)
Altamirano,[4] Ignacio Manuel (1833-1893)
No tiene la historia americana un rival tan brillante que oponer a este artista de la palabra[5] y de la idea, que haya brotado espontáneo y luminoso, como un astro majestuoso y desconocido en la tenebrosa inmensidad avasallando los mundos, de la raza indígena[6] y de sus más remotas comarcas.
Sin imitar las asperezas de su raza, se pulió con el refinamiento del progreso, revelando ternezas ingenuas y descubriendo bríos civilizadores invencibles y prodigiosos.
Aportó a la cultura de su patria los gérmenes poderosos de su estirpe, como elementos nuevos, puros y fecundos de un desarrollo maravilloso que encerraba todos los encantos y las fuerzas latentes de la naturaleza de su raza.
—Pedro Pablo Figueroa (Chileno)
Amunátegui, Luis (1828-1888)
La parte más valiosa que hay en la personalidad múltiple de Miguel Luis Amunátegui[7] es la del propagandista tenaz de las glorias del pasado chileno; es la del escritor de actividad asombrosa en la aclaración de todos los puntos obscuros del ayer[8]; es la del biógrafo fecundo y generoso inmortalizador de tantas glorias de nuestra historia; es la del obrero infatigable de la verdad histórica y de la ilustración social de Chile.
—Jorge Hunecus (Chileno)
Barros Arana, Diego (1830-1907)
Diego Barros Arana[9] es la personalidad de mayor consistencia científica en el campo de las ciencias históricas de Chile, el último glorioso sobreviviente del gran triunvirato de nuestros investigadores del pasado: Amunátegui, Vicuña Mackenna y Barros Arana. Su obra se distingue principalmente por su gran consistencia científica. La Historia General de Chile es la síntesis suprema de nuestros grandes progresos en la literatura histórica ad narrandum.[10] Es el gran monumento, que al fin del interesante camino de nuestra producción intelectual se levanta para decir que la obra gloriosa de exhumación de todo el pasado nacional está, por fin, terminada.
—Jorge Hunecus (Chileno)
Bello, Andrés (1781-1865)
Andrés Bello,[11] que aunque nacido en Venezuela vivió y murió en Chile, es uno de esos personajes que honran a todo un continente,[12] y que se granjea el respeto y las simpatías de cuantos le tratan, y aún de aquéllos que solamente le conocen por sus escritos. Es una de esas fisonomías dignas de estudiarse, porque cada uno de sus rasgos revela la inteligencia más cumplida[13] y la virtud más acendrada. Es un espíritu ingenioso, un escritor elegante y castizo, que recuerda los bellos tiempos de la literatura española. Su talento, poderoso y fecundizado por el estudio, ha recorrido todos los ramos del saber humano; y por esto ha escrito con la misma maestría sobre historia, sobre derecho de gentes,[14] sobre gramática, sobre métrica, sobre astronomía; y ha resuelto los más arduos problemas de matemáticas con la misma facilidad con que ha escrito bellísimas odas.
—M. Torres Caicedo (Colombiano)
Blest Gana, Alberto (1831)
Las novelas de Alberto Blest Gana[15] parecen escritas de propósito para vindicar a la sociedad Chilena de su tan gritada y compadecida esterilidad. Todas las figuras que dibuja en sus cuadros no tienen un pie, ni una pulgada más que cualquiera de los vecinos de nuestra buena capital.[16] Cuanto les rodea es prosa. El mundo en que viven, los círculos que frecuentan son los mismos que frecuentas, tú, lector,[17] y yo: mundo insípido, círculos donde la vulgaridad está a la orden del día,[18] donde se bosteza mucho, se juega malilla y cada uno se ocupa en martirizar a los demás. En una palabra, cada uno de esos cuadros es un daguerrotipo de nuestra sociedad, sólo sí[19] iluminado con los colores de un rico estilo.
Presenta siempre ante los ojos del lector al hombre moral: son sus sentimientos, sus ideas, sus pensamientos, sus pasiones en lucha,[20] sus impresiones más fugitivas las que hacen todo el gasto.[21] ¡Y qué delicadeza de observación, qué maravillosa facultad de adivinación, en algunas escenas, qué pinceladas tan maestras y felices para comunicar cuerpo, vida y movimiento al personaje que retrata!
Cuando se termina la lectura de una novela de Blest Gana, uno cree haber conocido a sus personajes, haber vivido en su intimidad. La ilusión es completa.
—Justo Arteaga Alemparte (Chileno)
Calcaño, Julio (1840)
Miembro don Julio Calcaño de una familia verdaderamente ilustre de Venezuela, porque ha dado a su patria numerosos individuos que la han enaltecido con sus talentos, con sus virtudes, con los servicios valiosos que le prestaran, ha representado dignamente, en larga vida enaltecida por grandes merecimientos, el lucido papel a que le llamaban los precedentes de su casa, y a los timbres de sus predecesores añadió los que supo conquistar el propio valer....
Su cooperación tan incesante como inteligente, a los trabajos de las más importantes corporaciones venezolanas y de no pocas[22] extranjeras; el decidido empeño con que ha cooperado también a que otros realizaran labor fructuosa; la variedad de sus talentos y la amplitud de su cultura; todo ello hace de él una personalidad conspicua, merecedora de respeto y estimación.
—José A. Rodríguez García (Cubano)
Caro, José Eusebio (1817-1853)
José Eusebio Caro[23] fué el más lírico de todos los colombianos, por lo profundo e intenso de su vida afectiva, la cual expresó con rara franqueza y viril arrojo en versos de forma insólita, que bajo una corteza que puede parecer áspera y dura, esconden tesoros de cierta poesía íntima y ardiente, a un tiempo[24] apasionada y filosófica, medio inglesa y medio española, que antes y después de él ha sido rarísima en castellano. La extraña y selvática grandeza de la poesía de Caro procede enteramente de la grandeza moral del hombre, que fué acabado tipo de valor y dignidad humana.
—Marcelino Menéndez y Pelayo (Español)
Caro, Miguel Antonio (1843-1909)
Miguel Antonio Caro,[25] digno hijo del[26] ilustre Dn. José Eusebio Caro, es bien conocido por sus trabajos literarios no sólo en Colombia sino en España, donde personas competentes consideran su traducción de las obras de Virgilio como la mejor que se ha hecho en lengua castellana. Si como poeta es notable, como prosista elegante y correcto y como escritor erudito no hay quien le supere en América. A él, en primer término, se debe el que haya caído en desuso[27] el espíritu antiespañol, que no era natural y espontáneo sino simple moda, fomentada oficialmente cada año por los discursos patrioteros de 20 de julio,[28] y tal resultado se obtuvo con el establecimiento de las relaciones diplomáticas con la madre patria, con la propagación de la buena literatura castellana y con la fundación de las Academias americanas,[29] que tanto han contribuido a estrechar los lazos de amistad entre España y las repúblicas hispanoamericanas.
—Miguel Cané (Argentino)
Echeverría, Aquiles
Aquiles J. Echeverría[30] habla la lengua de los hombres rurales de Costa Rica. Una ráfaga del aire que acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega[31] ha pasado por allá. El canto brota del terruño como las flores y frutos autóctonos. De más decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas propias o ajenas; no ha contribuido a hacer odioso el alejandrino, no ha tenido jamás ningún rastacuerismo lírico, ni se cree un pistonudo genio. Tiene—¡ah, tener eso todavía, Dios mío[32]!—tiene un corazón. Un corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido las terribleces de la escasez y está padeciendo las amarguras de la enfermedad y, sin embargo, no hay en él un solo instante de pesimismo y, como buen pájaro natural, dice su decir rítmico celebrando las cosas lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que escuchan su música jovial.
—Rubén Darío (Nicaragüense)
Gutiérrez González, Gregorio (1826-1872)
Gregorio Gutiérrez González[33] es el más popular de los poetas colombianos cuyas estrofas andan en boca[34] aún de gente que no sabe leer. Cuando los cantos de un poeta han ido más allá del campanario de la aldea, y vagado en alas de[35] las auras, y han sido repetidos por el murmurio de los arroyos, y reproducidos por el eco de las colinas, y, antes que aplaudidos en los palacios del rico, han alegrado las vigilias en las cabañas de los pobres, y resonado en tierras remotas, entonces está medio ganado el pleito de la fama.
—Salvador Camacho Roldán (Venezolano)
Hernández, José (1834-1886)
José Hernández,[36] indiscutiblemente es el que posee el cetro de la poesía criolla[37] Argentina entre los clásicos. Rudo en el lenguaje, de una rudeza natural, escribió «El Gaucho Martín Fierro,» completado más tarde con «La Vuelta de Martín Fierro,» poemas que son un exponente nítido del espíritu criollo, ameno para la charla, que suele matizar con sentencias e imágenes tanto más poéticas cuanto no pertenecen al género metafórico, de que tanto se abusa en los tiempos que corren.[38]
Hernández fué poeta a su manera.[39] Carecía de ese «gay decir»[40] tan celebrado en Estanislao del Campo, pero dominaba en absoluto lo que éste rara vez logró: la agudeza filosófica de los dichos populares.[41] Como dice José M. Estrada, «Martín Fierro es el tipo culminante del gaucho, es decir, el producto más completo de una sociabilidad injusta, operando sobre una naturaleza ingénitamente poderosa y activa.»
—Noel de Lara (Argentino)
Isaacs, Jorge (1837-1895)
La «María» de Jorge Isaacs,[42] el poeta colombiano, es admirable, pero ¿qué es? No encontramos en ella ni un soplo de Shakespeare ni un soplo de Dickens, ni menos, y por fortuna, un soplo de Dumas. María es una niña, niña de cualquier país, de cualquier sociedad con tal de[43] ser niña. Efraín es un joven capaz de pensar y querer fuertemente, pero a quien conocemos en el crepúsculo de su virilidad amando como todas las naturalezas de su temple, cuando no han sido labradas por el rozamiento brutal de la traición ni de ninguna de las miserias arrogantes y agresivas que sombrean los caracteres: amando explosiva y angélicamente. El teatro de sus amores es nuevo y espléndido: nuevo para el arte, espléndido para la pasión. Pero ni los graves perfiles del Cauca ni la indefinida serenidad de la Pampa prestan elemento al drama, cuando no intervienen en él pasiones que se chocan y se anudan, y cuyo desarrollo se desenlaza en la catástrofe o en la suprema delicia. Esta lucha no existe en la «María».[44] El grupo de sus actores es un grupo hermoso, demasiado hermoso, demasiado monótono en su belleza para que pueda llenar las condiciones dramáticas de la novela. ¡Qué tremenda cosa sería la vida sin la perspectiva, más o menos lejana y tétrica, de la muerte! ¿Cómo podrían resaltar la virtud y la fuerza, sin el contraste del vicio y de la debilidad?
—José Manuel Estrada (Argentino)
Lillo, Eusebio (1826-1900)
Eusebio Lillo,[45] cuyas poesías brotan de su alma como cautivantes notas de las cuerdas de un laúd, es el poeta de las flores, del amor y de la libertad, que canta el ensueño sin fin del ideal, de la belleza maravillosa.
En la humilde y perfumada violeta, en la oculta y misteriosa madreselva, en el dorado junco, en la rosa encendida y espléndida, halla fuente caudalosa para sus poemas de musical ternura.
Las aves y los ríos, el mar y la mujer, el amor y la libertad, le brindan temas fecundos y prodigiosos para sus cantos de melodía infinita.
—P. P. Figueroa (Chileno)
Mármol, José (1818-1871)
«Amalia», esa obra maestra[46] de José Mármol,[47] es un libro esencialmente porteño, y americano por extensión; para juzgarlo es preciso un criterio nuestro, argentino, pues siempre valdrá mucho más para los conocedores del teatro de los hechos, que para los que, ignorando los caracteres, las costumbres y la topografía del cuadro, aplican en su examen elementos generales de crítica, y subordinan el conjunto, como obra de arte, a los preceptos de escuela.[48]
Bajo este aspecto no sería difícil que[49] en muchos puntos flaquease la «Amalia», porque su estilo no es rigurosamente académico, ni el plan del drama está trazado con precisión; no obstante, lo que allí aparece rebelde a la exigencia artística, es muchas veces lo que mejor expresa un carácter o acaba de acentuar un acontecimiento. Así resulta que si tiene defectos de estructura literaria, superabunda de[50] importancia histórica y de interesantes episodios. En resumen[51]: «Amalia» es la novela más extensa, más dramática y de mayor interés histórico que haya producido hasta nuestros días la literatura del Río de la Plata.
—M. A. Pelliza (Argentino)
Olmedo, José Joaquín (1780-1847)
La obra maestra de José Joaquín Olmedo[52] es, sin duda, «La Victoria de Junín, Canto a Bolívar.» Desde el principio hasta el fin[53] de ese poema hay bellezas de primer orden, valentía, elevación, descripciones felices, contrastes oportunos, y siempre una versificación armoniosa y sostenida. Son de notarse[54] los rasgos descriptivos que el poeta ecuatoriano da de Bolívar, con quien se encuentra antes de empezar la batalla; la descripción de la pelea entre los dos ejércitos, la cual trasporta al lector al campo de los combatientes, donde ve a cada guerrero a la cabeza de los bravos que le han recomendado, embistiendo, cargando, arrollando, distinguiéndose cada cual en la lid según su valor y ardimiento,—donde oye el silbido de las balas, el estridor de los aceros, el grito de los que luchan, el alarido de los que caen, el atambor que redobla, el clamor de la trompeta que excita a la pelea, y el relincho de los fogosos corceles—, y ve sangre a torrentes[55] y montones de cadáveres por donde quiera que vuelve los ojos.
—M. Torres Caicedo (Colombiano)
Palma, Ricardo (1833-)
Si a Ossián es necesario leerlo en la montaña; a Tennyson junto a un buen fuego, en una confortable silla inglesa; a Beaumarchais, en París; y a Tasso, en Florencia, sostengo que a Ricardo Palma[56] hay que leerlo en Lima. Para el extranjero el teatro casi no ha cambiado. No conozco una ciudad que tenga un colorido más americano que ésta. En cuanto a los personajes, fijad un poco la atención y la mirada hasta que los ojos adquieran aquella potencia óptica que, en la leyenda alemana, hace salir la figura de las telas y animarse los mármoles y bronces, y veréis encarnarse el personaje tradicional, y pasearse con toda tranquilidad por esta noble ciudad de los Reyes.[57] Ese es mi encanto en los libros de Palma. La limeña que vuelve tarumba[58] al mismo virrey en persona, con una mirada o un chiste, la he visto ayer salir de Santo Domingo, con los ojos como ascuas, bajo el encaje del manto, con un pie capaz de desaparecer en la juntura de dos piedras, y aquel andar que hubiera hecho persignarse al mismo San Antonio.
Todos viven: el reverendo padre franciscano, redondo, satisfecho, regordete, con la unción en el semblante, que da la digestión tranquila; el zambito físico, paquete, sonriente y decidor; el indio paciente y manso.
—Miguel Cané (Argentino)
Rodó, José Enrique (1872-)
José Enrique Rodó[59] es un filósofo digno de figurar en las filas de los más célebres, como William James, Boutroux y Bergson.
¿Para cuántos de mis lectores será su libro—«Ariel»—como para mí lo ha sido, una revelación?...
Es, de todos modos,[60] extraño que mientras llegan en abundancia libros europeos, las obras latino-americanas sean escasísimas en los escaparates de las librerías santiaguinas.
Rodó es un psicólogo y observador de primer orden; es al mismo tiempo un moralista y un poeta. De la combinación de tan valiosos y variados elementos nace una filosofía muy humana y escrita en estilo humanísimo. Marsilio Ticino y los platónicos del Renacimiento hallarían en el escritor uruguayo más que un discípulo, uno de sus iguales: un humanista eximio.
—Omer Emeth (Chileno)
Sarmiento, Domingo F. (1811-1889)
«Facundo o Civilización y Barbarie», que escribió don Domingo F. Sarmiento,[61] es el libro argentino por excelencia; la nota poética y pictórica más alta que haya dado la literatura americana; sus capítulos vibran de entusiasmo épico y de unción patriótica; pasan de la anécdota aparentemente pueril al concepto sociológico y filosófico; de la descripción del medio a la psicología de los hombres que de ese medio derivan; es el libro de un pensador y de un poeta, del más grande poeta que hayamos tenido.
—Enrique García Velloso (Argentino)
Varona, Enrique José (1855-)
Atesoran ciertos hombres un caudal tan vasto de actividades, y suelen ejercitarlas tan útil y sabiamente, que el ánimo, perplejo ante la obra multiforme por ellos realizada, no acierta a comprender de qué manera, en el estrecho marco que significa una vida humana,[62] pueda caber un programa tan vasto y tan vario. Tal ocurre[63] con la personalidad de Enrique José Varona,[64] cuya significación en el desenvolvimiento intelectual de Cuba es de notoria trascendencia en tan diversos como importantes aspectos. Literato, periodista, orador, poeta, filósofo, profesor, hombre público, Enrique José Varona ha dejado por doquier,[65] en la vida de su país, la firme huella de su paso. Es imposible recorrer la historia de Cuba durante casi medio siglo, o, cuando menos, desde 1880 hasta los días que corren, sin encontrar el nombre de Enrique José Varona asociado, de un modo u otro, a los acontecimientos más salientes que se sucedieron en tan agitado y tormentoso período.
—Carlos de Velasco (Cubano)
Villaverde, Cirilo
Antes, mucho antes que Pereda desplegase el estandarte del realismo en novelas como «El Sabor de la Tierruca,» Cirilo Villaverde,[66] procediendo por iluminaciones de su temperamento de artista, siguiendo a secas[67] sus intuiciones, creaba en un rincón de América una novela en que ponía a contribución[68] los mismos elementos que luego utilizó el arcaico y cervantesco paisajista montañés «Cecilia Valdés». Fué más lejos aún que Pereda, pues no se limitó su innovación a reproducir, tal como era en el mundo real, la psicología de cada personaje, sino que llegó, subordinando las partes al todo, a una síntesis profunda y suprema en que pone de relieve,[69] como un filósofo que de análisis en disección[70] ha llegado a la meta[71] de una hipótesis compendiosa, las leyes históricas del período más ominoso de la colonización española en Cuba.
—M. de la Cruz (Cubano)
Zorrilla de San Martín, Juan (1857-)
«Tabaré,» el poema de Juan Zorrilla de San Martín,[72] el escritor uruguayo, parece inspirado por el medio ambiente, por la naturaleza magnífica de la América del Sud, y por sentimientos, pasiones y formas de pensar[73] que no son sencillamente españoles, sino que a más de serlo,[74] se combinan con el sentir, el discurrir y el imaginar del indio bravo, concebidos, no ya por mera observación externa, sino por atavismo del sentido íntimo, y controversión en su profundidad, donde quien sabe penetrar lo suficiente, ya descubre al ángel, aunque él esté empecatado, ya descubre a la alimaña montaraz, aunque él sea suave y culto. Ello es que en «Tabaré» se siente y se conoce que los salvajes son de verdad,[75] y no de convención y amañados y contrahechos, como, por ejemplo en «Atala».
—Juan Valera (Español)