Huairapuca corriti..... Arquituta silvas, silvas purinqui: Huilca, talca, saltas, saltas purinqui..... Huipe ¡huipe! Cot! cot![239].

Ahora bien: si la cruel bacanal del Chiqui se celebraba en el propósito de conjurarle, propiciando á las divinidades atmosféricas á la vez en la ceremonia de las cántaras vacías en torno del árbol,—¿cómo es posible que el indio sacrificase al Ave-Suri, ofreciendo sus cabezas cortadas y haciéndolas saltar lo mismo que á las de las talcas y las huillas, que perecían de sed?—¿cómo dar muerte al Suri, que es la Nube, la que lleva el agua anhelada en sus senos fecundos cuando la Huayrapuca la trae del sudoeste, entre relámpagos y truenos?

Es esta la explicación sencilla de lo que aparecía como un enigma para Lafone Quevedo, y después para Ambrosetti; pues como estos americanistas no habían determinado el valor simbólico del Suri, emblema de la Nube, debieron recurrir ó á consignar el hecho ó á darle otro género poco satisfactorio de explicaciones. Sacrificar el Suri, sería sacrificar la Lluvia. Lejos de eso, era el Suri, era la Nube, el objeto propiciado de los sacrificios: por eso jamás podía figurar su cabeza en la fiesta del Chiqui, como no puede figurar la cabeza de la divinidad misma á quien se ofrece el holocausto[240].

El material iconográfico de este capítulo sirve de prueba irrefutable del valor simbólico que atribuimos al Suri. Como se enterará el lector, en la mayor parte de las representaciones de esta ave de la tormenta, el Suri aparece en las actitudes de que dá cuenta el Folk-lore, es decir: con las canillas dobladas, como lanzado á la carrera, suelto el plumaje de sus alas, con su cuello erguido y con su pico abierto.

Si fijamos la atención en las diversas reproducciones, notaremos muchas otras particularidades llamativas, que contribuyen á determinar más su significación simbólica, la que desde el primer instante salta á la vista, cuando se vé al Suri formando en primera línea en todo ese complicado conjunto escrito sobre la alfarería, que sirve para caracterizar á la gran figura mítica de la urna, ó sea á la representación antropo-zoomorfa de la Tormenta.

El Suri, ya lo vimos, está especialmente pintado en la sección ventral de la urna, en los dos campos que forman los arcos de los brazos; es decir: en los lugares correspondientes á las mamas de la figura principal, aunque no sabemos á qué sexo pertenece la divinidad atmosférica en cuestión, cosa que al indio ha sido indiferente indicar, por la razón sencilla, sin duda, de que ha de pertenecer al género epiceno, pues que en el acto propiciatorio el creyente nativo invoca á su dios como á tal, «ya sea varón, ya sea hembra»: cay huarmi cachun, cay cari cachun.

Los suris están además contiguos á ese Vaso ó cántara portada en las manos; y en los casos de las Figs. 31 y 39, las aves abren sus picos para derramar algo en aquellos: es claro que líquidos, por ser una vasija el continente.

Los suris encuéntranse rodeados de signos ó símbolos atmosféricos; y en la Fig. 51 hemos visto á una de estas aves, bastante bien reproducida, coronando un interesantísimo grupo artístico de serpientes.

Pero la más evidente indicación de que el Suri es la Nube, está en el hecho gráfico de que el ave aparece lanzando al rayo serpiente por su pico, de la propia manera que los nublados cargados de agua en el espacio producen las descargas eléctricas. Los dos suris de la Fig. 32 aparecen vomitando víboras, así como los suris gemelos de la Fig. 56; y para que no abriguemos sospecha alguna de que tales víboras no fueran la serpiente-rayo, ofrecemos en detalle el pequeño Suri de la Fig. 60, al cual se vé con algún esfuerzo lanzando al ofidio luminoso de dobles cabezas triangulares.

El Suri, lanzando por su pico á la víbora, es la Nube de la tormenta despidiendo de su seno el rayo. Ninguna otra interpretación cabría al respecto.

Fig. 60.

Fig. 61.

La Nube preñada de relámpagos, es la serpiente confundiéndose con el Suri, ó la serpiente contribuyendo á dar sus formas características al ave, como en el caso de los suris ofídicos de la urna 43, en el cual tenemos perfectamente representada á la Serpiente Emplumada, ó á ese Quetzalcóatl que impera sobre los fenómenos atmosféricos de los que es, más que causa, su encarnación misma.

En la Fig. 44, en la que, del cuerpo de una gran serpiente sale una cabeza de Suri con su largo cuello, tenemos otra figuración ideográfica de la serpiente emplumada.

Un tercer ejemplo es el más interesante: el de la Fig. 61, en el cual vemos que líneas quebradas, paralelas, puntuadas (gotas de lluvia), dan formas á una serpiente-rayo: de cada uno de los vértices de la zig-zag luminosa salen tres largas plumas de Suri, las mismas tres plumas, en forma de tres arcos, con que el artista figura las alas del ave sagrada en todos los ejemplares ofrecidos.

Estas tres líneas curvas de las alas, en la Fig. 39 no aparecen juntarse á la raíz del cuello del ave, como en los demás casos, sinó que arrancan de la línea recta que forma la parte anterior del mismo, describiendo tres arcos concéntricos, paralelos al gran círculo de la caja del cuerpo del Suri: estos tres arcos son el Iris ó Arco Chuychu, pues es de la misma manera como el Yamqui Pachacuti en su Plancha antes citada, figura simbólicamente el arco del cielo, con su leyenda respectiva.

Fig 62.
Santa María.
Museo Nacional.

Quién, finalmente, abrigare alguna duda respecto al valor simbólico del Suri, examine con espíritu arqueológico las pinturas de los pucos de las Figs. 35 y 36, y verá en ellas, de negro, sobre fondo amarillo, figuradas á las nubes, con sus caprichosas y onduladas guardas. Pues bien: de esas figuraciones artísticamente irregulares salen cabezas de Suri, de modo que ellas, en el grupo de la reproducción ideográfica, vienen á constituir los cuerpos de los pajarracos míticos.

Establecido el valor simbólico del Ave-Suri, nos explicamos perfectamente por qué la representación atmosférica b de la Fig. 29 bis, sobre la superficie de un mate ó calabaza (Fig. 29) (que según Brinton[241] es una figura conspicua en los mitos y en el arte de la América antigua y un símbolo de agua de igual valor que la cántara), porta en sus manos una cabeza de Suri y una flecha: la cabeza de Suri es la nube, y el dardo, el rayo. Debe también recordarse que el Dios del Aire de Squier (Fig. 28) porta un pájaro (la nube) en su diestra.

Fig. 63. La anterior
vista de lado.

Fig. 64. Interior de un puco Santa María.
Museo Nacional.

Que el Ave-Suri que nos ocupa es un volátil que surca los altos cielos, como divinidad atmosférica y luminosa, pruébanlo los suris estrellados de las Figs. 62, 63 y 64, que reproducimos, lo que demuestra hasta donde alcanzaba la concepción india del pájaro de la Tormenta. En efecto: los dos suris de la urna 62 tienen en sus cuerpos respectivos figuradas cuatro y cinco estrellas; cinco, igualmente, los de la urna 63; y al centro del puco 64, destácase el gran pájaro de la tormenta, esta vez parecido al papagayo, con su cuerpo y cola cubiertos de ojos Imaymanas, yemas ó gérmenes, siendo estrelladas sus patas. Esta interesantísima y original representación, que por sí misma es una revelación, está rodeada por el pajarillo atmosférico de arriba, que corta el espacio con sus alas abiertas, y por dos serpientes laterales de dobles cabezas,—las serpientes del rayo,—de modo que en el puco en cuestión aparece totalmente reproducida la escena atmosférica de la tormenta, con sus rayos y con sus atributos fecundantes.

No nos resta ahora sinó explicar por qué los indios de Calchaquí empleaban varas emplumadas en las ceremonias del culto al Trueno y al Rayo, y por qué también en sus fiestas gentílicas adornaban con plumas á los árboles.

Lozano[242], hablando de los ídolos Caylles, ó imágenes labradas en las láminas de cobre, dice que á estos, como á las varitas emplumadas, colocaban los naturales con grandes supersticiones en las labranzas, como protectoras de las mismas. El P. Guevara[243], refiérenos que en los templos del Trueno y del Rayo, rociadas con sangre de carnero de la tierra, figuraban en las ceremonias estas varitas emplumadas, que «las llevaban á sus casas y sembradíos, prometiéndose de su virtud, contraída á presencia del numen, toda felicidad y abundancia».

El P. Techo[244], escribe que al igual de los hebreos, los calchaquíes eran gentes muy supersticiosas, y que «adoraban árboles adornados con plumas ...»

Este empleo de plumas de ave en todas estas ceremonias y prácticas religiosas, es perfectamente explicable después de lo que dejamos apuntado. Observemos que las plumas figuran en los templos dedicados al Trueno y al Rayo; en las ceremonias propiciatorias de la abundancia en las sementeras; en la fiesta del Arbol, en la que, como sabemos, se propiciaba á los dioses de la lluvia para que la vegetación no se secase. Entonces, tenemos constatado el empleo de plumas de ave en todas las ocasiones en que demandábase el Agua, el elemento fecundador por excelencia, objeto de la religión calchaquí, sintéticamente considerada. Las plumas simbolizan el ave de la Tormenta. Luego varas emplumadas, emblemas de las serpientes emplumadas ó del rayo emplumado, han de figurar forzosamente en el culto acuático: ellas son, entonces, las protectoras de las mieses, y á las labranzas han de llevarse como objetos eficaces contra las seca, la piedra y el granizo, junto con los Caylles, á la manera de preciados amuletos[245].

Réstanos ahora resolver el último problema simbólico propuesto:—¿qué significación tiene ese Vaso ó cántara que levantan en alto las manos de la figura mítica de las urnas?

Fácil nos parece responder á esta pregunta.

Ese vaso portado por la divinidad atmoférica de la Tormenta, no puede ser otra cosa que el depósito sagrado del agua de la lluvia: el Ticcu ó Vaso del Trueno, tantas veces recordado en la mitología de los pueblos americanos[246].

Ese vaso, perfectamente reproducido en alto relieve, con su profunda concavidad, en la Fig. 41, es portado por la divinidad de la Tormenta en las Figs. 31, 39 y 54, llevándolo á su boca misma, para beber, en el curioso ejemplar de la urna de la Fig. 40, á fin de que se disipe toda duda al respecto. Cuando ese vaso falta, como en el caso de las Figs. 37, 38 y 50, dos cabezas triangulares de serpientes, con sus repectivos apéndices espirales, aparecen en su reemplazo, diciéndonos claramente esta sustitución del contenido por el continente, que rayos de la tormenta ó agua de lluvia es lo que suele guardar la rebosante cántara sagrada. En el caso de la Fig. 51, en el lugar en que las manos se juntan con los brazos figurados por dos curvas que hacen el ángulo, tenemos ese grupo mítico de los relámpagos y los rayos en acción, inmediatamente después del Suri, ó emblema de la Nube de la tormenta, que los produce.

Fijemos igualmente la atención en que las nubes ó los suris, encamínanse con sus picos abiertos á depositar el agua ó los rayos de la tormenta en los vasos simbólicos, como en los ya citados casos de las Figs. 31, 32, 33, 39, 50, etc.

«El cántaro ó la calabaza, escribe Brinton[247], tratando de los Mitos del Agua y de la Tormenta, como símbolo de agua, fuente y preservador de la vida, es una figura conspicua en los mitos y en el arte de la América antigua. Bajo el nombre de Akbal ó Huecomitl, el vaso grande ó primitivo ocupa lugar importante en las leyendas aztecas y mayas sobre el drama de la creación; con el nombre de Tici (Ticcu) en el Perú, es símbolo de las lluvias, y en forma de calabaza entre los caribes y tupis, se menciona con frecuencia como padre ó madre (parent) de las aguas atmosféricas. Figuras colosales se han desenterrado en el valle de Méjico, en Tlascala, en Yucatán y otras partes. Representan al dios de la lluvia, el portador del agua, el patrono de la agricultura.»

Observemos que Illa-Ticci, nombre del dios acuático Viracocha, recortadas que llevan cántaros, compónese de dos palabras, que pueden traducirse así: Illa-brillar—alusión al relámpago—y Ticci ó ticcu—cántaro; ó, en otros términos:—Vaso del Trueno.

Este Vaso del Trueno y la función que desempeña en una leyenda mítica del Perú, aparecen en una hermosa poesía cuyo texto quichua nos ofrece Garcilaso de la Vega[248], la que más abajo reproducimos, con la traducción castellana que hemos hecho, lo más ajustada á su original, en cuanto posible nos ha sido.

Y antes de transcribir el himno textual y su traducción, conviene una brevísima explicación del mismo.

En el Perú, al lado de Viracocha, existía una Diosa de la Lluvia, hija de este Dios de las aguas, cuyo nombre ignoramos, pero que incontestablemente forma parte del politeismo peruano, anterior á la heliolatría incásica. La diosa era portadora de un vaso que contenía la lluvia y la nieve, el cual volcaba sobre la tierra. Cuando su hermano (Catequil, sin duda) rompía el vaso, entonces con el golpe producíase el trueno, entre relámpagos, y llovía, nevaba ó granizaba sobre el mundo[249]. He aquí el himno:

Çumac Ñusta Bella Infanta:
Taralláyquim El tu hermanito
Puyñuy quita El tu cántaro
Paquir cayan Lo está quebrando,
Hina Mántara I por esto
Cunuñunun Truena, relampaguéa,
Illac pántac También caen rayos.
Camri Ñusta I tu, Infanta,
Unuy quita La tu Agua
Para munqui Irás á llover,
Muy ñinpiri I á veces
Chichi munquim   Irás á granizar,
Riti munqui Irás á nevar.
Pacha rúrac El Hacedor del mundo,
Pachacámac El Creador del mundo,
Viracocha Viracocha,
Cay hinápac Para esto mismo
Churasunqui Te ha colocado,
Camasunqui Te ha creado.

Este himno, tan interesante, es en sí mismo una verdadera revelación en el sentido de establecer el valor simbólico del vaso que en nuestras urnas porta la Diosa de la Lluvia ó la Tormenta, y que lleno de agua acerca á sus labios en la citada Fig. 40, cuya sección ventral, con adornos ondulados acuáticos, contribuye á dar mayor importancia á la interesantísima representación que estudiamos.

Brinton y Rialle, respectivamente en inglés y francés, traducen el Sumac Ñusta[250].

Establecida le importancia de las urnas funerarias en el culto á la Lluvia, y fijado el valor simbólico de las diversas figuraciones emblemáticas que cubren y adornan su superficie externa, el papel que en la alfarería funeraria desempeña el símbolo de la Cruz, determínase por sí mismo, sin necesidad de extremar la observación arqueológica.

Desde el primer momento hay que dar por sentado que, siendo acuático ó atmosférico el simbolismo de tales urnas, la Cruz, trazada por dos líneas de iguales dimensiones, que entre sí se cortan, formando parte de una figura de tal equivalencia, es también un signo acuático y atmosférico.

Ahora, determinemos la colocación y ubicación del símbolo de la Cruz en las pinturas de las urnas, para fijar con precisión su valor como emblema meteorológico, indiscutiblemente distinto, no en el sentido específico, sinó genérico, de los otros signos ó emblemas, cuyas equivalencias ideográficas hemos de antemano establecido.

La Cruz, en primer lugar, aparece reproducida en el centro del cuerpo de los suris; y ejemplo de ello son: las Figs. 32, 33, 34, 37, 38, 39, 50, 51, 54, 55, 57 y 60; es decir: que los casos se repiten de una manera verdaderamente llamativa en las láminas ofrecidas, que no son sinó una mínima cantidad en relación á los numerosos ejemplares de las colecciones.

Si el Suri es la Nube de la tormenta, claro es que la Cruz, que lleva pintada al centro de su cuerpo, no es otra cosa que el Agua de que la Nube es portadora en su seno, ó sea la Lluvia. Los cuatro palos de la Cruz representarán claramente á los cuatro vientos que producen el fenómeno, al reunirse en su punto de intersección.

En otros casos, como en el de la Fig. 40, dos cruces se han trazado en los campos ventrales que los suris suelen ocupar: los símbolos, entonces, equivalen á las nubes portadoras de la lluvia, ó á la lluvia misma.

En la Fig. 45, la Cruz aparece reproducida entre las dobles cabezas de la Nube.

Como símbolo de la lluvia, la Cruz igualmente figura al lado del vaso del trueno, que contiene el agua de la tormenta, como en las Figs. 37, 39 y 40 citadas.

Fig 65. Detalle
de una urna.

En tal carácter, es reproducida también á manera de embijamiento en el rostro del ídolo de la Tormenta, como en algunas de las urnas ofrecidas, y especialmente en el siguiente caso de la Fig. 65, detalle de una urna de Santa María, en el que vénse dos hermosas cruces dobles pintadas en el rostro de la figura antropo-zoomorfa de la Tormenta[251].

La Cruz aparece en los pucos como símbolo de lluvia, de la misma manera que en las urnas, como puede constatarse en las reproducciones que ofrecemos en el subsiguiente capítulo, y en la que va á continuación (Fig. 66), en la que se vé á la Cruz alternando con los suris simbólicos, meandros y escalones pata-pata[252]. Con este curioso puco dimos en Fuerte Quemado, formando entre las piezas de una colección particular.

Fig. 66. Interior de un
puco de Fuerte Quemado.

Fig. 67. Gran cruz de la sección
ventral de una urna de Sta. María.

Cerraremos el presente capítulo reproduciendo la gran Cruz collcampata, pintada al centro de tres círculos concéntricos puntuados (gotas de lluvia) que ocupa toda la sección ventral de una urna de Santa María (Fig. 67), en la que se han eliminado las representaciones de los relámpagos, de los rayos, de los suris y del vaso del trueno, en prueba de que la Cruz es un emblema sintético, el símbolo figurativo de los fenómenos atmosféricos que producen la Lluvia[253], tal cual vimos que apareció en la lámina desarrollada del vaso ceremonial de los indios de Sia, en nota del capítulo anterior; repitiéndose el mismo hecho y principio arqueológico en ambas extremidades del Continente.