Una cosa la trastornaba profundamente: la presencia de un ciego. Cuando la casualidad le deparaba alguno en sus paseos se la veía ponerse pálida, la voz se le alteraba y no acertaba a coordinar sus palabras. Moro procuraba llevarla por sitios donde no tropezase con ninguno. Inútilmente: la fatalidad se los presentaba siempre delante. Entonces se fué encerrando más y más en casa y Moro ya no insistió mucho en hacerla salir.
Afligido hasta lo más hondo de su alma y no sabiendo ya qué remedio poner a aquel estado de cosas que acibaraba su existencia y amenazaba concluir con la de Natalia, ideó y llevó a cabo prontamente el alquilar una casita en las afueras de Madrid, en pleno campo ya. El sitio era de lo más ameno que podía verse en los alrededores de la capital, donde ciertamente no abundan las bellas perspectivas. La casa, en forma de chalet, tenía un jardín poblado de árboles, regado por un fresco arroyo; había un rústico cenador guarnecido de jazmín y madreselva; en fin, la casa misma era de reciente construcción y, aunque pequeñita, ofrecía comodidad y aspecto risueño.
Natalia se trasladó allí con la niña y la servidumbre necesaria. Sixto pasaba el día en su bufete, comía en un restaurán y venía a cenar y dormir en el chalet. Nada logró, sin embargo, con aquel sacrificio. Allí también, en aquel dulce, lejano retiro, vinieron pronto aullando las crueles Euménides a perseguir a su víctima. Aquellas perras vengadoras, como las llama el poeta, giraban en torno suyo repitiendo sin cesar: «¿Por qué lo has hecho? ¿Tenías necesidad de ello? ¿No pudiste haber huído?»
Recuerdo que un domingo después de almorzar con ellos salimos al jardín para tomar café. Nos sentamos a una mesa rústica. La tarde de primavera era tibia, el cielo estaba limpio de nubes: frente a nosotros, allá en los confines del horizonte, se extendía la crestería del Guadarrama envuelta en un vapor azulado. Reinaba la alegría en todo aquel campo que el sol matizaba; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; las notas de un pianillo lejano llegaban a nuestros oídos, mezcladas con los gritos de alegría de unos niños que jugaban en un jardín vecino. Yo me sentía impresionado tan gratamente por aquella escena campestre, que olvidaba completamente los motivos tristes por los cuales allí estábamos reunidos, gozaba de su encanto y juzgaba felices a mis amigos. De pronto, Natalia se inclinó a mi oído y me dijo en voz baja:
—Qué feo es todo esto, ¿verdad, Angel?
Yo levanté la cabeza estupefacto.
—¿Qué estás diciendo, Natalia? Este es uno de los sitios más alegres que he visto en mi vida.
—Yo lo encuentro horrible—repuso ella con un suspiro, bajando la cabeza.
Quedé consternado y no pude menos de dirigir una mirada de compasión a Sixto, que se hallaba en aquel momento distraído arreglando las flores de una maceta. ¡Pobre amigo mío!
Transcurridos algunos días después de esto, entró Sixto en su despacho una tarde después de haber estado ausente algunas horas. El criado le dijo que la señorita había estado allí hacía poco. Quedó sorprendido de que no le esperase para irse juntos. Impulsado por un vago presentimiento, se dirigió a su mesa de noche, abrió el cajón y quedó yerto al observar que faltaba un pequeño revólver que allí estaba siempre. Natalia no había venido desde su instalación en el chalet; tampoco se lo había anunciado aquella mañana al despedirse. Tembloroso y acongojado pidió de nuevo el coche, aunque todavía no era la hora en que acostumbraba a trasladarse al chalet, y ordenó al cochero que partiese a toda velocidad.
La noche estaba cerrando. Un poco antes de llegar a la casita, Sixto hizo parar y despidió el coche. Se acercó jadeante a la puerta del jardín y lo inspeccionó con ojos ansiosos. La calma volvió a su corazón cuando vió blanquear entre los árboles la figura de Natalia. Estaba sola, sentada en una butaca de mimbre y se hallaba inmóvil y profundamente absorta en sus pensamientos. No sintió abrirse la puerta enrejada de hierro y Moro pudo avanzar sin ser notado. Cuando al cabo percibió sus pasos levantó vivamente la cabeza y en sus ojos se pintó un espanto singular; pero inmediatamente hizo un esfuerzo para sonreír, se alzó con presteza y le echó los brazos al cuello como tenía por costumbre.
—Hoy has venido más temprano. ¿Y el coche?
—Como la tarde estaba apacible y me hallaba mareado quise venir a pie y refrescar un poco la cabeza.
—Sí; trabajas demasiado y te hace falta un poco de reposo y del aire puro que a mí me prodigas en demasía. ¿Por qué afanarse tanto, Sixto? Yo sé que en medio de tus pesados trabajos no piensas más que en tu hija y en mí, pero nosotras seríamos tan felices viviendo contigo más humildemente, aunque fuese en una choza donde reinase la paz... ¡La paz, sí!—añadió con un dejo de amargura que no pasó inadvertido para Moro.
Este guardó silencio unos instantes. Después, besándola en las sienes, le dijo al oído muy quedo:
—Devuélveme el revólver que guardas en el bolsillo.
Natalia se estremeció y comenzó a temblar tan fuertemente, que se escuchaba el castañeteo de sus dientes. Dejó caer la cabeza sobre el pecho de su amante exclamando:
—¡Perdón! ¡Perdón!... ¡Tú no sabes lo desgraciada que soy!
—Sí lo sé, Natalia mía... ¡lo sé demasiado bien! En cambio, tú ignoras que yo soy mucho más desgraciado que tú; ignoras que mi corazón no late en este mundo por nadie ni por nada más que para ti y que la tristeza de tu alma se propaga a la mía y aquí se ensancha y crece como una bola de nieve que rueda al abismo. Es necesario terminar. Quiero romper esta malla de acero que nos oprime; quiero salir de las tinieblas y volver a la luz. Estás enferma; pero, aunque te obstines en creerlo, tu enfermedad no radica solamente en el espíritu. Nuestras ideas tienen, en efecto, un poder indiscutible sobre nuestro cuerpo, pero nuestro cuerpo envenena también a menudo nuestras ideas. El tuyo se ha debilitado. Cuando otra vez se fortalezca, cuando otra vez una sangre rica y generosa corra por tus venas, entonces esos negros fantasmas que te cercan se desvanecerán como la bruma de la noche a los primeros rayos del sol y la alegría volverá a reinar en tu alma, esa alegría pura, infantil, por donde me he asomado siempre a la transparencia de tu alma. Terminemos de una vez. Huyamos, Natalia, huyamos de estos sitios, de este horizonte donde se espesan las nubes y busquemos otro cielo diáfano, una isla donde puedas olvidar la tormenta pasada. Yo renuncio a mi porvenir, renuncio a mi ambición y a mi trabajo. Tengo el suficiente dinero para vivir tres o cuatro años sin privarnos de ninguna de las comodidades que ahora disfrutamos. Después, Dios me abrirá de nuevo camino.
—No, Sixto mío, tú no puedes renunciar al porvenir de gloria que se alza delante de tus ojos por una pobre mujer a quien imágenes y sueños siniestros enloquecen. Eres grande ya como muy pocos, cabalgas sobre la muchedumbre y nadie duda que serás su amo y la guiarás hacia el norte o hacia el sur, donde te plazca; los próceres se inclinan ya a tu paso, el pueblo te aclama como su redentor y una atmósfera de amor y de respeto envuelve tu persona y la defiende contra las asechanzas de la envidia. No. Sixto mío, yo quisiera ser alfombra para tus pies, no cadena. Sigue tu camino glorioso y deja que esta pobre mujer se extinga tristemente como ha vivido hasta que tú le tendiste una mano generosa.
—¿Es que no sabes, Natalia, que tu muerte sería la mía? ¿Aun no he podido persuadirte de que mi destino se halla unido a tu felicidad y que si ésta perece mis ilusiones y mi existencia misma se irían a pique?
Un rayo de alegría brilló en los ojos de Natalia.
—Pero tienes una hija para la cual debes vivir.
—Mi hija necesita aun más de ti que de mí... No hablemos de morir, Natalia; la flor de la juventud todavía no se ha marchitado en tus mejillas; yo siento en mi corazón hervir la savia de la vida; ninguna herida mortal llevamos en el pecho. Las ideas son humo y se disipan con un soplo. Si tú no puedes combatirlas y vencerlas, yo te las arrancaré a viva fuerza. Mañana mismo huiremos de España y a las pocas horas nuevos paisajes se desarrollarán delante de tus ojos y en tus oídos sonará otro idioma diferente que te hará olvidar estos sitios para ti aborrecidos.
—¡Oh, no sabes el bien que me haces con tus palabras! Cuando te escucho me siento revivir como un pobre pez sacado del agua y vuelto a ella a los pocos minutos. Tú eres mi escudo, tú eres mi defensa, no sólo contra el mundo, sino contra mí misma... Pero ese sacrificio que intentas hacer por mí, lejos de dar la calma a mi corazón, traería sobre él nuevas tristezas...
Moro insistió con todas sus fuerzas; ella resistió con igual obstinación; hablaron, discutieron mucho aquella noche. Al fin vino una transacción: convinieron en que no se expatriarían, sino que saldrían de Madrid para las montañas del Norte, donde esperaban que con una vida absolutamente campestre y una alimentación más sencilla se calmaría la excitación nerviosa de Natalia. Moro iría con ella, la instalaría y no la dejaría en tanto que no la viese aliviada.
Justamente hacía pocos días que Moro había ganado un pleito de enorme importancia a cierto marqués que poseía un viejo palacio en plena montaña próximo a la villa de R..., en la provincia de Santander. Moro se lo pidió en alquiler: el marqués se lo cedió gratuitamente; aquella misma tarde, hechos apresuradamente los preparativos de viaje, salieron de Madrid llevando consigo a su niña, la cocinera y una doncella.
El palacio montañés era una antigua casa solariega de piedra amarillenta y carcomida, situada en el paraje más bello y pintoresco que puede imaginarse. Ocupaba la parte más elevada de una pequeña aldea de quince o veinte vecinos, a tres kilómetros de la villa de R... en el corazón mismo de la sierra que separa la provincia de Santander de las llanuras de Castilla. La planta baja estaba habitada por un casero que llevaba en arrendamiento las tierras y praderas que la circundaban; el piso alto, reservado para el marqués cuando viniese, que no venía nunca; era un viejo solterón enamorado de la vida placentera de Madrid; sólo en su juventud iba alguna vez a cazar por aquellos sitios.
Como Sixto pudo cerciorarse inmediatamente, no ofrecía comodidad alguna: los muebles eran viejos, los pisos estaban deteriorados, las paredes con grietas, las puertas no encajaban, algunos cristales rotos y todos polvorientos y sucios.
Sin embargo, por caso extraño, Natalia encontró todo aquello agradable desde el primer día y comenzó alegremente a dar disposiciones para el arreglo y a tomar ella misma en él parte activa. Y cuando a la mañana siguiente de llegar se asomó al viejo corredor de madera y derramó su vista por aquel grandioso panorama, una emoción profunda se pintó en su rostro. Permaneció inmóvil en muda admiración largo rato dejando que la hermosura de aquella naturaleza incomparable entrase como una ola en su alma y la refrescase. No mucho tiempo después, percibiendo en el patio un pozo, se fué a él y comenzó a sacar agua tirando de la cuerda con tanto ahinco, que sus mejillas se tiñeron al instante de carmín. Cuando levantó sus ojos a Sixto, expresaban tan pura, inocente felicidad, que éste sintió dilatarse su corazón y no pudo menos de decirse: «Hemos acertado; aquí se curará.»
Fueron a Santander; trajeron de allí ropa y algunos objetos indispensables, no muchos, porque Natalia se obstinaba en vivir de la manera más rústica posible; se pasearon algunos días por los contornos admirando aquellos encantados lugares. Era un anfiteatro de montañas cuyas crestas aún se hallaban nevadas; algunos pueblecillos aparecían como colgados en los repliegues de ellas, medio ocultos entre el follaje de robles y castaños; torrentes espumosos, praderas esmaltadas de florecillas blancas y amarillas, ganados pastando sobre ellas, cencerreo de esquilas, balidos de ovejas, mugidos de vacas; todo este conjunto pastoril tenía hechizada a Natalia.
—Mira, puedes irte cuando quieras—dijo a Sixto a los tres o cuatro días—. Estoy curada por completo.
—¿De modo que pasarás aquí el verano sin inconveniente?
—¡Y toda la vida!
Moro soltó una carcajada.
—Bien, pues, te vestirás de pastorcita, te compraré un rebaño de ovejas, te regalaré un cayado adornado con lazos; yo me calzaré las abarcas, compraré algunos bueyes, aprenderé a tocar la flauta y representaremos aquí una vez más el idilio de Dafnis y Cloe.
—No, tú tienes que trabajar mucho en aquellas tierras tristes, pobrecito, para que comamos nosotras. Me contento con que vengas a vernos cada mes y nosotras te daremos de una vez todos los besos que debiéramos darte en los treinta días que has estado ausente.
En efecto, Moro se fué a los ocho días después de haberlas dejado instaladas lo más cómodamente posible; marchó loco de alegría prometiendo escribir todos los días y haciendo prometer a Natalia lo mismo.
Ésta revivía en aquella atmósfera saludable, se entregaba a todas las ocupaciones de una perfecta aldeana. Trabó relación estrecha con los caseros del marqués y éstos le proporcionaron los medios de hacer la vida rústica que tanto apetecía. Lavaba la ropa en los arroyos y se descalzaba para llevar a cabo esta tarea, aprendió a amasar la harina y a cocer el pan, corría por los alrededores rebuscando leña para el fuego, apacentaba el ganado con las hijas del colono, y hasta se empeñó en que éstas le enseñasen a ordeñar las vacas. ¡Cuán dichosa fué en aquellos días!
Delante de la casa y cercada por una vieja pared deteriorada había una gran corraliza donde la pequeña Natalia, o Lalita como todos la llamaban, correteaba con los niños del colono, que eran muchos. Natalia se complacía en darles de merendar, en fabricar para ellos golosinas y en hacerlas traer de R... Allí se reunían no sólo los chicos de la casa, sino casi todos los de la aldea y Natalia jugaba con ellos como si hubiera vuelto a los catorce años. Y en realidad su espíritu jamás había pasado de esta edad, aunque las penas la hubiesen envejecido. Volvieron a sonar aquellas frescas carcajadas, volvieron los mimos y los caprichos infantiles, volvieron aquellas fugaces y graciosas cóleras que tanto hacían reír a Sixto. Alguna vez le decía besándola paternalmente en la frente: «Niña te he conocido, niña eres y niña morirás aunque llegues a los noventa años.»
Un día, veinte después de la partida de Moro, a Natalia, que sólo paseaba por los alrededores en compañía de su niña, se le ocurrió hacer una excursión más larga: quería ir hasta una aldehuela que se veía allá a lo lejos como un nido de palomas posado en la falda de la montaña. Le dijeron que estaba más lejos de lo que parecía, que era necesario caminar muchas vueltas y que se fatigaría seguramente. No quiso atender a ningún reparo; se vistió una falda corta de alpinista, se puso unas botas fuertes y altas, tomó un cayado y después de almorzar se lanzó alegremente a su caprichosa excursión dejando bien recomendada a su hija, no sólo a la doncella, sino a la mujer del casero.
Anduvo cerca de dos horas por trochas y senderos unas veces, otras por angostas callejuelas guarnecidas de zarzamora gozando de la frescura de la montaña y del aroma embriagador de las praderas. Marchaba enajenada, dichosa, sin pensar en nada, dormida en ese estupor delicioso que nos causa la hermosura de la Naturaleza. De pronto, al doblar un repliegue del terreno, se encontró frente a una iglesia. Era pequeñita, rústica, con exiguo campanario de espadaña y un pórtico sostenido por viejas columnas de madera. Estaba aislada y sumergida en un bosquecillo de añosos árboles ya vestidos de follaje con la llegada de la primavera. Era, a no dudarlo, la iglesia de la aldea que iba a visitar. Aquella en que Natalia habitaba no tenía iglesia: pertenecía como parroquia a la villa de R... adonde los vecinos iban a misa los domingos.
Quedó repentinamente inmóvil; la miró largo rato pensativa. Desde su proceso no había vuelto a poner los pies en un templo. Cada vez que pasaba por delante de alguno en Madrid experimentaba un sentimiento de confusión que le obligaba a volver los ojos a otro lado. Sin embargo, en dos ocasiones intentó penetrar en una iglesia: las dos veces hubo de retroceder desde la puerta, porque sintió la impresión de una mano invisible que se apoyaba en su pecho y la empujaba hacia atrás. Desde entonces no volvió a intentarlo. Tampoco oraba ya en su casa: sus rodillas se negaban a doblarse como si fuesen de acero; sus labios no podían articular una sola plegaria.
Ahora quedó inmóvil, como dije, y así permaneció por largo espacio en intensa contemplación. ¿Qué pasó por su mente en aquellos instantes? Muchos y graves pensamientos sin duda. Lo cierto es que tomando al cabo una resolución avanzó hasta la puerta, que se hallaba entornada, la abrió y penetró en la iglesia. Con inefable sentimiento de alegría advirtió que aquella temerosa mano que en las dos ocasiones anteriores le había expulsado del templo no vino ahora a apoyarse sobre su pecho.
Avanzó con decisión. La iglesita, completamente solitaria, inspiraba dulce y melancólico recogimiento; el silencio era absoluto; la luz, cernida por los cristales polvorientos de altos ventanos, esfumaba todos los objetos; allá en el fondo una lámpara de metal colgada con cadena del techo ardía delante del altar mayor esparciendo tenue claridad en torno.
Natalia tardó algún tiempo en ver claro. Al fin, a su derecha percibió un altarcito, se acercó y vió sobre él la imagen de San José. Era su santo más venerado, el santo que en más de un instante aciago la había salvado de la desesperación. Se dejó caer de rodillas ante aquella bendita imagen y plegando las manos le dirigió una ferviente oración. Mas ¡oh prodigio! al alzar sus ojos a la imagen vió con horror que los de ésta se cerraban. Se puso en pie vivamente, la miró con ansiosa atención: los ojos de la imagen continuaron cerrados. Un escalofrío corrió por su cuerpo; toda su sangre fluyó al corazón. Miró en torno suyo con espanto y percibiendo a su izquierda un gran crucifijo ensangrentado se fué a postrar delante de él. Cristo crucificado cerró también los ojos.
Una angustia indescriptible se apoderó de ella; pensó que en aquel momento iba a expirar. Se puso en pie de nuevo; se ahogaba; quiso salir del templo. Sus ojos aterrados tropezaron al fin con la imagen de la Virgen sobre otro altar humilde. La Madre de Dios extendía sus brazos representando la ternura y el perdón. Corrió hacia ella y postrándose profirió acongojada: «¡Madre mía, sálvame!»
La Virgen sagrada cerró los ojos. Natalia dejó escapar un grito de espanto; se lanzó a la puerta como una loca. Luego se dió a correr por los campos en furiosa carrera. Cuando llegó a casa cayó rendida sobre su lecho y fué acometida de una violenta fiebre. Las fatales Euménides que habían perdido su pista, volvieron a encontrarla aquella noche. Con los ojos inyectados de sangre, la cabeza erizada de serpientes y las manos armadas de látigos hicieron irrupción en la región montañosa y de nuevo volvieron a torturar a su desgraciada víctima.
—Señorita, he enviado a un chico a llamar al médico. Pero es necesario avisar también al señorito—le dijo su doncella a la mañana siguiente.
—No te apures, Elvira. Estoy mejor. El señorito debe de llegar dentro de pocos días y sería proporcionarle un disgusto inútilmente.
El médico de R... no dió importancia a aquella fiebre producida según él por la fatiga; recetó un calmante y la ordenó permanecer en la cama.
En efecto, la fiebre desapareció; pero Natalia quedó en un estado de languidez alarmante. Se levantó de la cama a los dos días, deshecha como si hubiera permanecido quince; perdió el apetito; no quiso salir de casa; pasaba las horas reclinada en una butaca, con los ojos muy abiertos en un estado de estupor del cual apenas lograban arrancarla momentáneamente las gracias infantiles de su hija.
Una tarde se hallaba de este modo reclinada e inmóvil emboscada en sus meditaciones ansiosas. Acababa de mirarse al espejo y se decía con mortal tristeza: «¡Dios mío, qué cambiada estoy! ¡Pobre Sixto, qué disgusto va a recibir cuando llegue!» Sentía más el dolor de aquel sér tan querido que el suyo propio.
De pronto llegaron a sus oídos los sonidos de un violín. Su cuerpo se estremeció como si una intensa corriente eléctrica le hubiese atravesado; quedó rígida como un cadáver; se alzó después, y lívida, desencajada, marchó tambaleándose hasta el balcón y lo abrió. Un ciego tocaba el violín allá abajo en la carretera rodeado de chiquillos. Una voz cantó:
Natalia cayó al suelo privada de conocimiento. Su doncella, que se hallaba en la habitación contigua, sintió el golpe, entró apresuradamente en la estancia, la alzó del suelo, llamó en su auxilio a la casera y entre las dos lograron que recobrase el sentido. Lo primero que hizo fué lanzarse de nuevo al balcón. En la carretera ya no había nadie. Elvira pensó que aquel movimiento extraño obedecía aún al extravío; hizo lo posible por calmarla; trató de desnudarla para que se metiese en la cama, pero Natalia rehusó obstinadamente.
—Gracias a Dios que mañana llega el señorito, si no ahora mismo iba a R... a ponerle un telegrama.
Al fin no tuvo más remedio que acostarse: una fiebre altísima se declaró de nuevo. La doncella ordenó al colono que montase a caballo inmediatamente y fuese a buscar al médico.
—El médico, no; un sacerdote—profirió ansiosamente Natalia al escuchar la orden.
—¡Señorita!
—¡Un sacerdote!—repitió con energía la enferma.
—Pues que vengan los dos.
En efecto, poco más de una hora después llegaron en el carricoche del médico, éste y el párroco de R...
El médico no pudo nada. El sacerdote lo pudo todo. Después de una larga y fervorosa confesión, Natalia quedó tranquila, aunque en un estado de postración de mal agüero.
Moro debía llegar por la mañana. Fueron a esperarle a la estación el colono del marqués y un labrador vecino, los cuales le enteraron del estado de la señorita, aunque procurando atenuarlo ¡Qué golpe para el desgraciado! Montó tembloroso en el coche que le esperaba y en pocos minutos llegaron a la aldea. Entró pálido como un muerto en la habitación. Natalia le sonrió dulcemente.
—No te asustes. Esto no será nada.
Sin embargo, cuando quedaron solos le dijo besándole las manos:
—¡Me muero, Sixto; no hay remedio para mí!
Y le narró los fatales incidentes que habían provocado aquella terrible crisis. Moro quedó anonadado. Hizo telegrafiar a Santander para que de allí viniesen los dos mejores médicos. Llegaron éstos por la tarde, pero no lograron que la enferma reaccionase favorablemente. Se fué extinguiendo sin sacudidas, dulcemente, como una luz que se apaga.
Al amanecer llamó con voz débil a Sixto, que toda la noche la había velado.
—¡Adiós, Sixto mío!—le dijo tomándole una mano—. Después de muerta no me dejes aquí... Llévame a Madrid, donde puedas ir a visitarme y dejarme algunas flores de vez en cuando... Te entrego a mi hija... vela por ella. Si la das otra madre, cuida de que sea buena para ella. Que Dios te haga feliz como tú me has hecho... ¡Nadie, nadie te querrá como te ha querido Natalia!
Pocos minutos después expiraba aquella criatura tan noble y hermosa como desgraciada. Moro se abrazó estrechamente a sus restos inanimados y así estuvo largo tiempo hasta que él mismo cayó medio muerto al suelo.
—Se puede morir de remordimiento en este mundo—me decía algún tiempo después en Madrid—; pero no se muere de pena. Natalia ha sido un ejemplo de lo primero y yo de lo segundo.
XII
ISLA DE REPOSO
Seis años más.
Las horas fugaces batiendo sus alas sobre la frente de mis amigos Sixto Moro y Pérez de Vargas habían dejado ya caer algunos leves copos de nieve. Yo mismo encontraba cada pocos días una nueva hebra de plata en mi cabellera lacia.
¡Dejadme de periodismo! Hacía ya tiempo que había escapado de esta sima donde se hunden y desaparecen los talentos más claros y las más nobles intenciones. Y sin embargo, no me pesa de haberle consagrado una parte considerable de mi vida. Los grandes escritores pueden ufanarse de atravesar montados en el corcel de su gloria las fronteras de la inmortalidad; pero el oscuro soldado debe morir satisfecho sobre el campo de batalla porque ha luchado para ennoblecer el alma de su patria. ¡Tejed coronas para esos pobres héroes anónimos de la literatura y reservad una hojita de laurel para mí, que he escrito muchos artículos combatiendo al ministerio!
Vivía la mayor parte del tiempo en mi pueblo, pero pasaba largas temporadas en Madrid. Durante ellas frecuentaba el trato de Moro y Pérez de Vargas, que no cesaban de darme pruebas de cariñosa amistad. La que a ellos les ligaba entre sí se había ido estrechando más y más en los últimos años, no sólo por la simpatía personal y la afinidad de ideas, sino por otra causa aún más eficaz. La hermosa señora de Pérez de Vargas se había encariñado tanto con la chiquita Natalia, que ésta vivía más tiempo en el palacio de aquél que en su propia casa. Me sentía hondamente impresionado al ver con qué ternura atenta trataban a la pobre huerfanita. No había en Madrid golosinas bastante delicadas para regalarla, ni juguetes costosos para divertirla. Si su desgraciada madre podía contemplarla desde el cielo, bien satisfecha estaría de aquellos nuevos amigos.
Estos amigos, espléndidos y caritativos, después de haber erigido escuelas y remediado muchas necesidades, acababan de alzar en una de las playas de Levante un Sanatorio de niños, tan completo y suntuoso, que ningún otro existía en España que pudiera comparársele. La señora, para dar aún más firme testimonio del afecto que profesaba a la hija de Moro, quiso que llevase el nombre de Natalia. Faltaba muy poco para quedar terminado. Comenzaba a hablarse de la inauguración y se hacían preparativos. Los fundadores querían que fuese solemne y tenían intención de llevar a varios significados amigos de Madrid.
En esta ocasión recibí una carta que me causó sorpresa y placer al mismo tiempo. Era de Bruno Mezquita, aquel estudiante andaluz magnetizador que había vivido conmigo en la famosa casa de huéspedes de la calle de Carretas. Ninguna noticia directa había tenido de él hasta entonces. Sólo sabía por vagas referencias que era médico en uno de los pueblos de la provincia de Sevilla. El objeto de esta carta era solicitar mi influencia con el Conde del Malojal para que éste le nombrase director facultativo del Sanatorio que estaba construyendo en la provincia de Alicante. Deseaba salir del pueblo, donde hacía años ejercía su profesión, no solamente porque sus ganancias eran cortas, sino principalmente por ciertos desabrimientos que había tenido con algunos próceres de la comarca.
Como debe inferirse, le recomendé con mucha eficacia. Pude obtener que Pérez de Vargas se informase de su competencia por medio de sus compañeros de profesión. Estos informes resultaron muy satisfactorios y, por consiguiente pude darme el gusto de ofrecer a mi antiguo compañero la ambicionada plaza.
Una cosa me había llamado la atención en su carta, y es que al final me decía: «Mi mujer te envía muy afectuosos recuerdos.» Yo no conocía a su mujer. No pude menos de sonreír. ¡La exageración andaluza!
Transcurrieron algunos meses, y quedó fijado el día de la inauguración. Algunos antes fuí con el secretario de Pérez de Vargas al Sanatorio para arreglar ciertos extremos, avistarme con Mezquita y disponer los preparativos necesarios para recibir a las personas de calidad que habían de ir desde Madrid. Llegamos a Alicante y allí tuve el más famoso encuentro que cualquiera puede imaginarse.
Me hallaba solo en la habitación del hotel donde alojábamos cuando acerté a escuchar viva disputa en la contigua.
—Le digo a usted que es verdaderamente escandaloso hacerme pagar tres pesetas cincuenta céntimos por siete tazas de café cuando en todos los establecimientos de Alicante cuestan un real la taza y en Madrid mismo cuarenta céntimos.
Lo que respondía a esta alocución la persona a quien se dirigía no pude oírlo porque hablaba quedo; pero la voz irritada replicó:
—¡Sí, sí, ya conozco esos reglamentos! El primer artículo del reglamento de estas casas es dejar pelados a los viajeros... Y vamos a ver, ¿por qué no me descuenta en la nota el almuerzo de anteayer que no he hecho en el hotel?
Murmullo indescifrable por parte del otro interlocutor.
—Ya sé que se trata de una pensión, pero podía usted guardarme algunas consideraciones, y, puesto que me cobra usted el almuerzo, rebajarme la botella de agua de Mondariz que he pedido ayer.
Otro murmullo indescifrable.
—Sí, puede usted. Diga usted que no quiere. Vamos, amigo Don Paco, ya sabe usted que soy un buen cliente y que todos los años me tiene usted en su casa unas cuantas veces... Quedamos, pues, en que queda rebajada la botella, ¿verdad?
Aquella voz era para mí conocida, pero no podía recordar a quién pertenecía. Excitado por la curiosidad, salí al pasillo y me coloqué a la puerta de mi cuarto esperando que saliesen los interlocutores que había escuchado.
Salió primero el dueño de la fonda y algunos minutos después un caballero gordo que vestía chaqueta de paño grueso, botas de montar y sombrero ancho de fieltro, con un látigo en la mano, en cuyo rostro quise reconocer los rasgos fisonómicos de aquel amigo de mi juventud llamado Carlos de Jáuregui. Sin embargo, era tan grande la diferencia entre el joven pálido y flaco que yo había conocido y el hombrachón robusto y atezado que ahora veía, que no pude menos de rechazar la identidad. ¿Sería un hermano? Pero yo tenía entendido que era hijo único. Cuando ya se había alejado un poco se me ocurrió gritar:
—¡Carlos!
Se volvió rápidamente y entonces dije:
—¡Jáuregui!
—Servidor de usted—respondió avanzando hacia mí.
Me miró con los ojos muy abiertos y exclamó abriendo los brazos:
Nos abrazamos con efusión.
—No sé cómo diablos he podido reconocerte—le dije—. Eres otro hombre completamente distinto.
—¿Verdad? He cambiado muchísimo lo mismo física que moralmente desde que nos hemos separado.
—No lo dudo—repliqué recordando la sórdida discusión que acababa de oír—. Pero ¿vives en Alicante?
—No; vivo y he vivido siempre desde que salí de Madrid en mi finca de la Enjarada, a cinco leguas de aquí. Suelo venir a caballo porque tengo varios y me gusta la equitación. Me encuentras aquí por casualidad. Vengo a solventar ciertos asuntos y me voy esta misma tarde.
Como era natural, necesitábamos hablar mucho y para hacerlo a nuestro sabor me invitó a tomar una copita de cualquier cosa en el primer café que hallamos.
—Te estoy viendo y apenas puedo creer a mis ojos. No te pregunto, pues, cómo te va, porque tu rostro y la curva feliz de tu vientre lo declaran a gritos. ¿Tienes hijos?
—Nada más que doce—contestó riendo.
—¿Y Celedonia?
—Tan buena, gracias.
Quedó un instante suspenso y dijo al cabo sonriendo avergonzado:
—Bien os habréis reído de mi matrimonio, ¿no es cierto?
—¡Qué idea!
—Sin embargo, nunca me he arrepentido de haberlo hecho. Mi mujer tiene un corazón de niña; es inocente, tierna, hacendosa, dispuesta siempre a sacrificarse por los demás; me quiere con toda su alma y me ha dado doce hijos hermosos y robustos... ¿Qué más puedo pedir?... Además, cuando me casé con ella estaba a punto de quedar arruinado y mi salud era tan miserable que hubiera muerto pronto tísico. Hoy me encuentro sano y vigoroso, he logrado salvar toda mi fortuna y aun he podido acrecentarla un poquito.
—De modo que hay que convenir en que Sócrates tenía razón al aconsejarte ese matrimonio.
Jáuregui soltó una carcajada.
—¡Oh Sócrates! No hablemos por Dios de esas ridiculeces. Hace ya mucho tiempo que estoy desengañado del espiritismo.
—¡Anda! Pues ya sois tres.
—¿Cómo tres?
—Sí; ya sois tres los amigos que se han desengañado. Pasarón ha muerto desengañado de la erudición. Pérez de Vargas vive, pero desengañado del socialismo, y ahora eres tú el que me dice que estás desengañado de los espíritus.
—He llegado a persuadirme de que todo lo que se refiere al espiritismo es pura prestidigitación. ¿Te acuerdas de aquellas célebres experiencias de materialización que te conté haber presenciado en París? Era una famosa medium americana llamada Miss Betteman que materializaba el espíritu de un doctor con una gran barba acompañado de su hija vestida de blanco. Pues bien, unos cuantos espectadores lograron al fin desenmascararla. A una señal convenida un espectador se apodera de Miss Betteman, otros dos sujetan las apariciones, otro, en fin, ilumina repentinamente la escena. Entonces se vió a la medium que trataba de zafarse de los brazos del espectador dando gritos agudos. Era ella misma que con gabán negro, una gran peluca y una barba postiza figuraba la aparición del doctor. La jovencita que acompañaba a éste no era más que un maniquí de donde colgaba un velo y que Miss Betteman sujetaba con la mano izquierda mientras con la derecha tiraba de una cuerda que correspondía a un aparato luminoso que permitía obtener las luces de colores diferentes que acompañaban a las apariciones. Después se han descubierto otros muchos fraudes como éste.
—Todo eso está bien—le repliqué—. ¿Pero y aquellas sesiones prolongadas que tú tenías con Sócrates y Pedro el Grande de Rusia?
Jáuregui volvió a reír con mejor gana aún.
—La cuestión de las mesas giratorias está resuelta, querido. Son los movimientos involuntarios e inconscientes del mismo experimentador lo que las hace girar. No hay en ello misterio alguno.
—Entonces, puesto que los espíritus no existen, bebamos a su salud—le dije chocando mi copa con la de él.
—¡Muera Sócrates! ¡Muera Pedro el Grande!—contestó riendo y vaciando la suya.
Todavía charlamos un rato. Al cabo decidimos salir porque a mi amigo le apuraba el tiempo para evacuar sus negocios y llamó al mozo.
—¿Cuánto es esto?
—Una peseta cincuenta.
—¿Tres reales cada copa de jerez? ¡Pero es horriblemente caro!
—Es jerez superior el que aquí servimos—replicó el mozo.
—Es un jerez vulgarísimo. Yo lo compro mucho mejor y no me sale a treinta céntimos la copa.
Yo me lancé a la puerta y Jáuregui me siguió refunfuñando y murmurando denuestos contra la avaricia de los cafeteros.
En la calle me suplicó, para estar más tiempo en mi compañía, que le acompañase a una zapatería donde tenía que comprar calzado para sus niños. Entramos, le presentaron un par de botinas y preguntó el precio.
—Doce pesetas.
Jáuregui dió un salto atrás y quiso chocar con la puerta de cristales.
—¡Pero ese es un precio absurdo tratándose de calzado para niño!
—Será absurdo, pero yo no puedo darlas por menos.
—Le doy a usted ocho pesetas por ellas.
—Si se las diese en ese precio perdería dinero.
—Es que si usted me las deja le tomaría unos cuantos pares.
—Cuantos más me tomase usted más perdería—replicó tranquilamente el zapatero.
Al fin salió de la tienda sin comprar nada y fuertemente irritado contra la avaricia de los zapateros.
Como no me divertían estas excursiones por los comercios y ya tenía bien comprobada aquella singular transformación de un carácter me despedí de él pretextando urgentes ocupaciones y le invité para la inauguración del Sanatorio que debía efectuarse en la próxima semana.
—No faltaré, Jiménez, por verte a ti otra vez y por tener el gusto de escuchar a Moro, a quien admiro de lejos. Leo sus discursos en las Cortes y me entusiasman.
—No dejes de traer también a tu mujer. Estáis invitados los dos. Pérez de Vargas me ha dado facultades para todo.
Le vi ponerse rojo. Quedó un instante suspenso y apretándome la mano con fuerza me dijo:
—Gracias, Jiménez. Eres el hombre bueno de siempre.
Esta emoción me probó que Jáuregui amaba a su esposa, lo cual me le hizo aún más estimable.
Pero al despedirse quise observar una nube de inquietud en sus ojos. No se necesitaba ser un psicólogo profundo, después de lo que acababa de observar, para penetrar lo que pasaba por su mente, y le dije:
—En el Sanatorio hay habitaciones preparadas para los invitados. Todos los gastos corren de cuenta de Pérez de Vargas.
Se disipó la nube. En sus ojos brilló de nuevo la alegría del cielo azul. Nos despedimos con toda cordialidad. Al estrechar su mano ruda y vigorosa con la mía no me cansaba de admirar el cambio radical que la vida campestre había operado en aquel hombre.
Por la tarde me trasladé en coche con el secretario de Martín a V..., donde nos esperaba Bruno Mezquita. No me costó trabajo reconocerle, a pesar de los veinte o más años transcurridos. Nos abrazamos estrechamente y me dió las gracias de nuevo con tan fervorosas palabras, que logró conmoverme.
—Mi mujer tiene unos deseos enormes de verte. Te recuerda tan bien, que muchas veces me cita ocurrencias tuyas que yo había olvidado.
—Pero ¿quién es tu mujer?—le pregunté yo entonces con asombro.
—¿Quién ha de ser?... ¡Lola!
—¿Qué Lola?
—Lolita, nuestra vecina de la calle de Carretas a quien tú has conocido como yo.
—Perdona, hijo, pero no sabía una palabra...
—¿De modo que no has recibido la carta en que te daba parte de mi matrimonio?
—Nada he recibido.
—¡Ya me lo parecía!—exclamó dándose una palmada en la frente—. ¡Cómo un caballero tan perfecto como tú había de dejar mi carta sin contestación! No conocía tus señas y te la dirigí al periódico del cual sabía que eras redactor.
—¡Oh los periódicos! Allí se pierden la mitad de las cartas.
Montamos en uno de los coches del sanatorio y durante el trayecto me informó minuciosamente de una porción de extremos interesantes. Lolita y Rosarito, nuestras vecinas, después de haber perdido a su madre en Madrid se habían trasladado a Sevilla al amparo de una tía que allí tenían. Su hermano se había ido a Cuba y allí estaba aún. Como Bruno se hallaba de médico en uno de los pueblos cercanos a Sevilla y venía con frecuencia a esta población tropezó un día en la calle con las dos hermanitas, se reconocieron, las fué a visitar, se anudaron nuevamente las antiguas relaciones y pocos meses después se casaba con Lolita. Su hermana Rosarito se había ido a vivir con ellos y allí se estuvo dos años hasta que se casó.
—¿Se casó Rosarito?—pregunté con mayor interés, por la simpatía que me inspiraba y el recuerdo de sus desgraciados amores con Pasarón.
—¿Tampoco sabes con quién?—me preguntó mirándome con asombro.
—Ya te he dicho que no he vuelto a tener noticia de esas chicas.
—Pues se casó con Pepito Albornoz.
—¿Nuestro compañero?
—El mismo. Verás: yo conservé siempre relación con Pepito y de vez en cuando nos escribíamos. Ha hecho una carrera brillante. Dejó pronto el servicio del Estado y se puso al frente de una Compañía constructora que le da un sueldo de cinco mil duros y una participación en las ganancias. Vino a Sevilla en cierta ocasión, le invité a pasar un día con nosotros en el pueblo. En vez de un día se quedó tres: le gustó mi cuñada Rosario (que entre paréntesis y como ya verás todavía es una real hembra), volvió después, se pusieron en relaciones y se casaron a escape. No tienen hijos y serían al cabo millonarios si no gastasen tanto. Pero viven a lo príncipe y se divierten como dos angelitos; viajecitos a Madrid y París, cuatro o cinco criados, buena mesa, etcétera, etcétera. En este momento se encuentran en Cartagena donde Pepito está construyendo un dique, pero me han prometido venir para el día de la inauguración y Rosario se quedará algunos días con nosotros.
Todas aquellas noticias me alegraron porque guardaba recuerdo muy grato de nuestras vecinitas de la buhardilla.
Cuando llegamos y penetramos en el lindo pabellón que Pérez de Vargas había hecho construír para el director y éste gritó desde el jardín: «¡Lolita, aquí tienes a Jiménez!, experimenté una terrible decepción. ¡Qué enorme diferencia! Aquella hermosa Lolita, fresca y pizpireta, era ya casi una vieja y apenas se veía rastro de su antigua belleza. Me acogió con ruidosa alegría. Su carácter vivaracho y juguetón era lo único que se había salvado de la ruina de sus atractivos.
Pasé dos días muy gratos con ellos. Marido y mujer me agasajaron a porfía. Tenían un niño y dos niñas encantadores. Parecían felices y experimenté la dulce satisfacción de haber contribuído un poco a su felicidad.
—¿Y que ha sido de tu primo Manuel?—le pregunté mientras cenábamos.
—Manolo vive en Sevilla.
—¿Ejerce la medicina?
—Jamás la ha ejercido. Desde que terminó la carrera comenzó a ayudar a su padre, que ya estaba enfermo, en el negocio del aceite y en este negocio continuó después de la muerte de aquél. Le va muy bien: tiene un bonito capital. ¿Quieres que le invite para la fiesta de la inauguración?
—¡Ya lo creo!... Pero ¿vendrá?
—No lo dudes. Nada hay que se lo impida. Es un solterón recalcitrante. Además, me consta que tiene grandes deseos de ver a Sixto Moro. ¡No sabes el tono que se da pregonando que es su amigo y compañero de juventud!
Después de dar cumplimiento a los encargos que Martín me había hecho volví a Madrid.
Pocos días después salía un tren especial conduciendo a Alicante hasta dos docenas de personas, entre las cuales se contaban periodistas, diputados y amigos íntimos de Pérez de Vargas. La pequeña Natalia, que había de ser la reina de la fiesta, iba con la Condesa del Malojal en un coche separado. Moro y yo, dejando el departamento de los hombres, pasamos largos ratos en su compañía.
Natalia se iba pareciendo cada día más a su madre. Grande, robusta, con tendencias a la obesidad, a los nueve años de edad parecía que tenía ya doce. Sus cabellos ondulados, su tez morena sonrosada, la franqueza y lealtad que se pintaba en sus grandes ojos negros, la resolución de sus ademanes y la graciosa impetuosidad de su genio, todo evocaba la figura inolvidable de aquella desgraciada amiga que tanto habíamos amado. Mientras jugábamos con ella en el coche llegó un instante en que hizo un gesto tan idéntico a los de su madre, que no pude menos de exclamar:
—¡Qué asombro! ¡Pero esto es Natalia que vuelve!
Moro se estremeció, sus mejillas se colorearon, sus labios temblaron y al fin dijo sordamente:
—¡Sí; mi desgracia se ha reducido a la mitad, pero era tan grande, que basta la mitad para ennegrecer mi vida!
La señora de Pérez de Vargas apretó a la niña contra su pecho y la besó repetidas veces.
Llegamos a Alicante. Allí nos aguardaban los coches que nos trasladaron a V... y al Sanatorio. Una gran muchedumbre nos esperaba y a su frente las autoridades de Alicante y el arzobispo de Valencia que había querido bendecir aquella obra benéfica.
En un grupo estaban Bruno Mezquita, su esposa, su primo Manuel, Rosarito, Albornoz, Jáuregui y su mujer.
Sixto y yo nos dirigimos a ellos con presteza y hubo abrazos y apretones de manos y se cambiaron con emoción palabras muy afectuosas.
Rosarito, al revés de su hermana, me produjo gratísima impresión. Había embellecido de un modo notable. Aquella niña alta, delgada y pálida se había transformado en una opulenta matrona de rosadas y tersas mejillas y porte majestuoso. Vestía con suprema elegancia, tanto que podía competir con la Condesa del Malojal. Pero sus ojos eran tímidos, humildes como antes, su voz suave, insinuante. Cuando me dió la mano, sus mejillas se tiñeron levemente de carmín. Ambos recordamos aquella penosa escena que pasó en mi gabinete cuando Pasarón cortó bruscamente sus relaciones con ella.
Albornoz era un caso de asombro. Allí no había habido transformación de ninguna clase. Tan menudo y exiguo como a los diez y ocho años, sin sombra de barba y la misma expresión infantil en su rostro fresco y sonrosado como una manzana.
—¡Esto es una maravilla! ¡No ha pasado un día por este hombre!—decía yo a Sixto y a los Mezquita mientras Albornoz y su esposa saludaban a los Condes del Malojal.
—¿Verdad que apetece pedirle las notas mensuales de clase?—exclamó Sixto Moro—. Yo creo que si le encuentra su viejo profesor de matemáticas a deshora de la noche en la calle, le tira de las orejas.
Soltamos una carcajada.
—Hombre, voy a decírselo, porque se reirá—manifestó Bruno Mezquita.
—¡No, por Dios!—repuso Moro—. No le hará ninguna gracia; estoy seguro de que le subirá el pavo a la cara, rechinará los dientes y buscará un chiste sin encontrarlo, como en los buenos tiempos de Doña Encarnación.
Pero no le fué posible a él mismo resistir a la tentación de embromarle. Al visitar el Sanatorio, cuando bajábamos la escalera de caracol de la torre, Moro se volvió hacia Rosarito y Albornoz que venían detrás y dijo en voz alta:
—Rosario, haga usted el favor de dar la mano a Pepito; no vaya a caerse.
Todos reímos menos Albornoz que se puso colorado y sólo pudo replicar confusamente:
—Yo no he cambiado; pero tú tampoco.
Se visitaron las dependencias y admiramos todos, no sólo la comodidad, sino también el lujo con que Pérez de Vargas había querido dotarlo.
A las once de la mañana se efectuó la inauguración. En un vasto salón, que era el refectorio del establecimiento, se acomodaron más de mil personas. Bajo el dosel presidencial se sentaron el Arzobispo, el Gobernador y algunos próceres, y entre ellos la niña Natalia, que figuraba como fundadora de aquel instituto caritativo. El Arzobispo pronunció una breve y sentida alocución y bendijo la obra de los Condes del Malojal. El Gobernador dijo también algunas palabras. Por fin, se levantó a hablar Sixto Moro, en medio de una expectación ansiosa, pues éste era el señuelo que allí había atraído tanta gente.
No defraudó nuestras esperanzas. Por espacio de una hora nos tuvo pendientes de su palabra mágica, provocando a cada instante tempestades de aplausos. Habló de los niños. El tema era tan seductor y adecuado para lucir las galas de su fantasía y los tesoros de su sensibilidad, que no es milagro que lograse arrebatar a su auditorio.
Pero el que más se distinguía por su ardoroso entusiasmo era Manolo Mezquita. Como era amigo y compañero de Moro, creía tener parte en su triunfo.
—¡Ole, ole, viva tu madre! ¡A ver si hay en toda la esfera armilar un tío que le sople en los ojos a este gachó!
Y paseaba sus ojos furibundos por los circunstantes buscando al atrevido que quisiera desmentirle para caer sobre él y estrangularle.
No faltó mucho para que estrangulase al propio Moro cuando terminó su discurso. Lo tomó entre sus brazos robustos y quiso sacarlo así del salón y pasearlo en triunfo como si fuese un torero; pero vimos el rostro de Moro tan contraído y angustiado que nos apresuramos a arrancárselo de las manos.
Después se celebró un banquete al aire libre en los jardines del establecimiento. Natalita presidía la fiesta y era objeto de las miradas y caricias de todo el mundo. Yo me senté entre mi amigo Jáuregui, que vestía el uniforme de maestrante de Granada con la cruz roja de Calatrava sobre el pecho, y Bruno Mezquita. La bella Condesa del Malojal había colocado a su lado a la esposa de Jáuregui, y con esa propensión celeste que tienen las almas nobles para levantar a los humildes la colmaba de atenciones. Celedonia las recibía confusa y con los ojos húmedos de agradecimiento. No los tenía tampoco muy secos su marido, quien me dijo al oído que si creyese en los espíritus como antes, pensaría que la señora de Pérez de Vargas era una nueva encarnación de Isabel la Católica.
La buena de Celedonia no había embellecido, como debe suponerse, después de haber echado al mundo doce hijos; pero era una mujer humilde y una esposa tierna y abnegada. Esto bastaba para que yo no la encontrase fea.
Al día siguiente partieron en tren especial los invitados de Madrid. Quedamos un día más con los Condes, sus viejos amigos. Aquella noche quiso Martín que cenásemos con ellos Sixto Moro y su hija, Albornoz y Rosario, Jáuregui y su esposa, Bruno Mezquita y la suya, Manolo Mezquita y yo.
Fué una comida de gran intimidad y tan grata, que seguramente ninguno de nosotros la olvidará. Franqueza, cordialidad, alegría reinaron en toda ella. Al destaparse el champaña Pérez de Vargas suplicó a Moro que iniciase los brindis. El glorioso orador se levantó con la copa en la mano y nos dirigió en tono familiar unas cuantas palabras, que por habernos llegado profundamente al corazón quedaron grabadas en mi memoria.
«¡Alegrémonos, amigos míos muy queridos! Alegrémonos de haber llegado a esta isla de reposo para gozar unos momentos de paz y de ventura. Marineros somos que hemos corrido más de una borrasca en los mares de la vida. No la maldigamos. En el seno de las dificultades y los disgustos han nacido siempre los grandes pensamientos y las nobles acciones. Nuestra amistad se ha anudado en la mañana de la existencia cuando el sol brillaba sobre nuestra frente, cuando el ruiseñor de la dicha gorjeaba en nuestro corazón. Sólo en la primera juventud nos entregamos sin reserva a los goces de la amistad. Hoy anclamos en este puerto donde la suerte nos brinda un refugio para restañar con una sana alegría las heridas y resquemores que el rodar de la vida nos inflige. Aprovechemos estos momentos de respiro para cobrar ánimos y lanzarnos con más brío a la lucha.
»Hay en este mundo algunos pájaros privilegiados, como mi ilustre amigo Pérez de Vargas, que hallan el campo repleto de mieses. No tienen más que introducirse en él para gozar sus delicias. Los hay que, como yo, lo han hallado cubierto de nieve, pobres pajaritos que se ven obligados a rebuscar aquí y allí algunos granos. Pero a todos nos ha dado Dios alas y podemos volar por el mismo firmamento azul. Hemos trabajado, hemos vivido, hemos cumplido con nuestro deber. ¿Qué más podemos pedir?
»Es cierto que existen hombres en los cuales todas las prosperidades de la tierra y todos los dones del cielo sólo sirven para saciar sus ruines pasiones. Como los escarabajos, trabajan sin cesar para fabricar bolitas de porquería. Pero los hay que utilizan las alegrías, la riqueza, los triunfos para acrisolar su alma y ponerla como luciente espada al servicio de sus semejantes. Son abejas espirituales, como nuestro amable anfitrión, que no se cansan de fabricar miel.
»Nos quejamos de la brevedad de la vida. En nuestras manos está el hacerla infinita si sabemos llenarla de generosas acciones y sinceros afectos. La vida no es más que el cañamazo en el que cada cual borda grosera o primorosamente el dibujo que lleva en sus entrañas. Nos mostramos desengañados de ella porque le pedimos lo que no debe darnos. Le pedimos placeres, honores, riquezas. Todas estas cosas son venenos deliciosos, pero venenos al fin que sólo dejan intactas a las almas privilegiadas. Lo único que hace a la vida digna de ser vivida, lo único que la justifica son los afectos tiernos que nacen dentro de ella. El hombre que llega a la muerte sin sentirlos ni inspirarlos, ¡ay!, ese sí que puede llamarse estafado.
«Gracias al cielo henos aquí todos reunidos, todos alegres, gozando la dulzura de este rayo de sol. Mañana nos dispersaremos. Tal vez sobre nuestras cabezas se amontonen de nuevo las nubes temerosas; las olas se alzarán amenazadoras; nuestro débil esquife gemirá a su embate; quizá se hunda. ¿Y qué? En aquel instante acordémonos de los seres amados, tengamos fe y pensemos que los lazos de amistad que la muerte corta volverán a ser anudados en otra región más alta. ¡Desgraciado quien de las experiencias de este mundo visible no saca la fe de un mundo invisible! ¡Ay del hombre que en sus alegrías y sus dolores no tiene el oído bastante fino para escuchar los murmullos de lo desconocido!
»¡Brindo, amigos míos, por nuestra juventud pasada, por nuestra amistad inquebrantable, por nuestro trabajo, por nuestros recuerdos, por nuestros sueños! Brindo por vuestros hijos y por vuestras nobles esposas...»
Se detuvo un instante y añadió con voz alterada:
«Brindo también porque Dios me permita al cabo reunirme con la mía.»
Bebió. Una lágrima bajó rodando por sus mejillas y cayó en la copa del champaña. El símbolo del dolor se mezcló al de la alegría. Lo mismo que en la vida.
FIN
INDICE
| Páginas. | |||
| Advertencia del editor | 5 | ||
| PRIMERA PARTE | |||
|---|---|---|---|
| I. | —Mi viaje y mi instalación en la corte de España | 7 | |
| II. | —Breve noticia de mis compañeros de hospedaje | 18 | |
| III. | —La casa de mi mentor | 25 | |
| IV. | —Corro peligro de caer en ridículo y aun presumo que he caído | 43 | |
| V. | —Mi amigo Pérez de Vargas, geólogo | 53 | |
| VI. | —La glándula del ateísmo | 64 | |
| VII. | —Mi amigo Jáuregui, espiritista | 76 | |
| VIII. | —Los ángeles de la buhardilla | 86 | |
| IX. | —Los amores de mi amigo Pasarón, bibliófilo | 98 | |
| X. | —En qué paró el idilio clásico de mi amigo Pasarón | 106 | |
| XI. | —Cómo los espíritus jugaron una mala partida a mi amigo Jáuregui | 119 | |
| XII. | —Prosigue el idilio romántico de mi amigo Sixto Moro | 131 | |
| XIII. | —Fin desastroso del idilio romántico de mi amigo Sixto Moro | 144 | |
| SEGUNDA PARTE | |||
| I. | —El mundo de los sueños | 161 | |
| II. | —Los períodos interglaciales del capitán Pérez de Vargas | 176 | |
| III. | —Más travesuras de mi amigo Pérez de Vargas | 183 | |
| IV. | —Un hombre demasiado feliz | 195 | |
| V. | —Cómo se regeneró mi amigo Pérez de Vargas | 202 | |
| VI. | —Ultimas opiniones de un sabio | 223 | |
| VII. | —Un amigo que se va y un enemigo que aparece | 230 | |
| VIII. | —Tristes noticias | 236 | |
| IX. | —La delincuente honrada | 247 | |
| X. | —En que se declara el juicio de los hombres | 262 | |
| XI. | —El coro de las Euménides | 281 | |
| XII. | —Isla de reposo | 302 | |