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La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3 cover

La vuelta al mundo de un novelista; vol. 3/3

Chapter 24: ÍNDICE
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About This Book

Relato de viaje que combina observaciones detalladas de costumbres urbanas y rurales con descripciones de paisajes y fauna en India, Ceilán, Sudán, Nubia y Egipto. El autor evoca la vida en hoteles y bazares, la presencia de criados y aves urbanas, ritos y festivales religiosos, prácticas devocionales y sacrificios, además de plantaciones de té y canela, encuentros con reptiles y grandes mamíferos, y jardines y templos notables como los de Kandy, con procesiones de elefantes y una reliquia sagrada. Se alternan anécdotas naturales y etnográficas con reflexiones sobre la fe y la ineficacia de la represión violenta frente a las creencias populares.

XXI

LA UNIVERSIDAD DE EL-AZHAR

Una esposa cristiana de Mahoma.—Jacobitas y bizantinos.—Los árabes se apoderan fácilmente de Egipto.—Fundación del Cairo, llamada Babilonia durante la Edad Media.—Saladino y los sarracenos.—Destrucción definitiva de Memfis.—Los egipcios modernos.—Falda corta, á la moda de Europa, y manto de harén.—Las intrincadas calles del Cairo árabe.—La Ciudadela.—La Universidad de El-Azhar.—Libertad absoluta de estudiantes y profesores.—Musulmanes de todos los países.—Pobreza de los escolares de El-Azhar.—Futuros agitadores del Islam.—Lecciones recitadas con balanceos.—Un guía fanático.—Ni biblioteca, ni libros.—Inesperada petición surgida de un corro de futuros teólogos.—Cólera y vergüenza de mi guía.

Cuando Mahoma venció á sus enemigos y todos los árabes reconocieron su autoridad, envió un mensaje á los gobernantes de los países inmediatos, que él titulaba «los reyes del mundo» por ignorar la existencia de otras naciones más apartadas, dándoles á escoger entre la guerra ó la aceptación de la fe musulmana.

Estas proposiciones, dignas de la simplicidad de un exaltado convencido de su misión sobrenatural, no obtuvieron respuesta. Sólo el prefecto indígena de Egipto, el moqauqis que gobernaba el valle del Nilo á nombre del emperador de Bizancio, le envió como presentes una mula, un asno y una mujer, María la Copta, cristiana egipcia que Mahoma hizo su esposa. Esto fué en 628. Diez años después, los musulmanes se apoderaban del Imperio de Persia y de toda la Siria, viendo en la conquista de Egipto el complemento de esta expansión periférica del pueblo árabe.

Egipto no era más que una provincia del Imperio bizantino. Su población, amalgama de razas, dejaba ver sobre tal mezcolanza étnica dos clases bien determinadas: la de los melkitas y la de los jacobitas. Los melkitas eran los gobernantes, los griegos llegados de Bizancio para explotar el país como funcionarios administrativos ó militares, como cobradores de impuestos y cultivadores en grande de las tierras del Nilo, mostrándose insolentes y sin entrañas con la masa popular. Además, todos ellos practicaban la religión ortodoxa-griega.

Los jacobitas, descendientes de los antiguos egipcios, eran los coptos, agricultores y artesanos, acostumbrados desde tiempos remotos á sufrir la tiranía de sus gobernantes. Se llamaban jacobitas porque su cristianismo era la herejía de los monofisitas, propagada en el valle del Nilo por Jacob Baradet, que murió obispo de Edessa en 578.

No era posible el acuerdo entre ambas poblaciones. A los antagonismos sociales y de raza se unían las intransigencias religiosas de los dos grupos, igualmente fanáticos, excomulgándose mutuamente y aprovechando los bizantinos todas las circunstancias favorables para aumentar la servidumbre de los coptos.

Esta situación supo aprovecharla uno de los caudillos de la expansión árabe, Amribn-El-As, invadiendo el territorio egipcio. El avance de los musulmanes hasta el Nilo fué un simple paseo. Las autoridades griegas y los colonos del mismo origen huyeron sin oponerles resistencia, y toda la población copta los recibió como libertadores. La antigua Memfis, llamada finalmente Menf, era la capital copta del Egipto, y los musulmanes entraron en ella sin ningún esfuerzo. Alejandría, capital griega, opuso una resistencia que duró catorce meses, pero al fin cayó también en poder de Amribn, el general del califa Omar, y según una tradición, este califa dió orden de que fuesen quemados todos los manuscritos existentes en su biblioteca. Pero ningún documento prueba la autenticidad de tal destrucción.

Acabaron los musulmanes por hacerse dueños de todo el Egipto, y una vez más fué engañado el pobre fellah. El primer caudillo árabe concedió toda clase de libertades y derechos á los indígenas. Jamás se habían visto los coptos tan respetados y considerados. Al iniciarse la dominación musulmana aumentaron los recursos del país como una consecuencia de tal libertad; pero á los transigentes caudillos de la invasión sucedieron ávidos gobernadores enviados por el califa de Bagdad, y volvió á ser Egipto un pueblo explotado y esclavizado, como en tiempos de los peores faraones.

Una gran parte de la población nilótica se hizo mahometana, buscando de este modo mejorar su suerte. Los fellahs cultivadores de la tierra abandonaron en masa el cristianismo, y actualmente siguen fieles al Islam. Los cristianos de las poblaciones, menos sumisos que el fellah, se mantuvieron leales á su religión, siendo sus descendientes los coptos de ahora. Éstos monopolizan el comercio y las pequeñas industrias en las ciudades, habiendo llegado á poseer algunos de ellos considerables fortunas.

La historia musulmana de Egipto resulta monótona y poco interesante. Fué al principio un simple reflejo de las variaciones sufridas por el Imperio de los califas de Bagdad. Luego, al declararse independientes los egipcios, su vida política consistió en guerras civiles para obtener ciertos caudillos árabes la dignidad de sultán ó soldán.

El año 969 de nuestra era, un califa dió á su gobernador en Egipto la orden de fundar una capital junto al Nilo, cerca del sitio donde éste se abre en ramas, formando la gran copa del delta. La nueva ciudad tomó el nombre de El-Kahirah, «la Victoriosa», que los europeos convirtieron en El Cairo. Dicho título se lo dieron para celebrar un triunfo del mencionado califa sobre un rival suyo, habiéndose desarrollado la batalla junto á la aldea de Fosta, población del tiempo de los faraones, á la que daban los autores griegos el nombre de Babilonia. A causa de esto, los escritores de la Edad Media confundieron los dos nombres, llamando muchas veces Babilonia al Cairo.

Primero fué capital de Egipto y finalmente de todo el Imperio árabe de los fatimitas, realizando el califa El-Mansur y sus sucesores grandes obras para su embellecimiento. En pocos años tuvo 300.000 habitantes, cifra que no sobrepasó nunca, ni aun en la época actual, si únicamente se aprecia su vecindario indígena.

Después de la caída de los fatimitas, el personaje más importante del Egipto musulmán fué el califa Salah-ed-Din, el Saladino de las Cruzadas, y sus jinetes llamados serradjin son los sarracenos, nombre que se dió luego por extensión á todos los musulmanes.

Saladino ordenó la construcción de palacios y murallas que aún existen, aunque considerablemente modificados, y algunos sucesores de él levantaron numerosas mezquitas aprovechando los materiales de las obras antiguas. La dominación musulmana completó la destrucción de las ciudades egipcias inmediatas al Cairo, Memfis fué borrada por entero, trasladando los musulmanes á su nueva capital portadas, columnas, sillares y hasta la cimentación de los templos antiguos. Todavía, durante el período progresivo de Mohamed-Alí, en 1820, fueron arrasados varios monumentos faraónicos y arcos de triunfo de la época romana, empleándose su piedra para hacer cal destinada á las explotaciones azucareras del dictador mahometano.

Además, los berberiscos, grandes husmeadores de tumbas, encontraron las entradas secretas de pirámides é hipogeos al ir en busca de tesoros enterrados, y como para conseguir tales descubrimientos necesitaban realizar muchas exploraciones preliminares, rompieron en ellas enlosados y muros, sin aprecio para sus inscripciones. Los albañiles árabes trituraron igualmente las piedras escritas, mezclando sus pedazos con barro del río para hacer argamasa.

Antes de esta destrucción mahometana había ocurrido otra, la de los primeros cristianos, monjes del desierto, que veían en las estatuas egipcias representaciones del demonio y eran seguidos en sus delirios por muchedumbres fanáticas. Se salvaron los monumentos de granito, asperón y pórfido por la dificultad que tales materiales oponen á sus destructores. También las arenas del desierto salvaron muchas construcciones antiguas.

Hay que decir en justicia que otras obras del período faraónico han llegado hasta nosotros gracias al cristianismo, aunque tal no fuese su voluntad. Los sacerdotes del nuevo culto aprovecharon los templos egipcios que se mantenían con techumbre para convertirlos en iglesias, y cubrieron de cal los bajos relieves é inscripciones por creerlos obras diabólicas. Este blanqueamiento ha servido para que los egiptólogos encuentren ahora mejor conservados los textos milenarios de la historia egipcia... Pero ¡qué de estatuas, papiros y otros documentos de fácil destrucción fueron anulados para siempre por el fanatismo de los primeros cristianos y por el fanatismo musulmán!

El pueblo egipcio, bajo la dominación de sus soldanes, acabó por transformarse en un organismo nuevo, y ahora hay que rascar su revestimiento mahometano para entrever lo que fué en la época faraónica. El fellah todavía posee un alma igual á la del cultivador de los tiempos de Memfis y Tebas; la misma resignación, idéntica tendencia á evitar el trabajo, ya que este trabajo nunca es justamente remunerado. El rey de hace miles de años lo explotaba sin misericordia, quebrantándolo á palos cuando no presentaba al recaudador el grano exigido. Colonos griegos y romanos le trataron con idéntica crueldad. Los señores feudales de la época musulmana no se mostraron con él más dulces, y sólo en nuestro tiempo empieza á mejorar su situación, aproximándose poco á poco á la de un agricultor de Europa.

Dentro de las ciudades es donde se nota la influencia moderna, en la educación de las personas mayores, en la instrucción de los niños, en la manera de vivir. Los musulmanes fanáticos, la clase media y el pueblo conservan las antiguas costumbres, por creer que son las únicas de acuerdo con las doctrinas del Profeta; pero la alta sociedad sigue los usos de Occidente, aunque guarda por orgullo patriótico muchos resabios orientales en su manera de vestir.

A pesar de la afluencia de viajeros durante el invierno, son infinitamente más numerosos en las calles principales del Cairo los transeuntes que van vestidos á la musulmana. Las esposas de altos funcionarios, las damas de la clase media y sus hijas mezclan las galas tradicionales de las mujeres de harén con los adornos europeos. La falda extremadamente corta, que es de moda ahora en los pueblos occidentales, la usan las egipcias del Cairo. Su yabrah, ó sea el dominó de seda negro, que en las señoras mayores y en las musulmanas tradicionalistas es amplio y largo como un saco, lo llevan las jóvenes muy corto y abierto por la parte inferior, para que todos puedan ver su falda breve á la moda de Europa y sus piernas con medias de seda y zapatos de alto tacón. Por abajo parecen muchachas de París disfrazadas á la oriental; por arriba conservan el misterio del tapujo, el velo estrecho y largo que les sirve de máscara y sólo deja ver sus ojos agrandados por una hábil combinación de líneas azules y negras.

La juventud masculina del Cairo copia con no menos fervor las modas de Europa, pero en este momento extrema igualmente su nacionalismo, desea emanciparse de la influencia inglesa, ve con indignación cómo pasan por las calles de su capital piquetes de soldados británicos con el fusil al hombro, y por esto, sea cual sea su traje, chaqueta, chaqué ó smoking, conserva en la cabeza el tarbuch, gorro rojo de cono truncado, que los egipcios usan más alto que los turcos. Los ulemas ó sacerdotes van vestidos como los burgueses musulmanes, con túnica blanca ó azul, entreabierta superiormente para que se vea el chaleco rayado de vivos colores, y tocados con el turbante. Éste les sirve de distintivo. Los que se creen descendientes del Profeta lo usan verde; los coptos, que á pesar de sus creencias cristianas van vestidos como los mahometanos, lo llevan de color negro.

Ofrece El Cairo una mezcla rara de orientalismo é influencia europea mayor que la que se nota en Constantinopla. Sin embargo, conserva gran parte de su carácter original, pues las construcciones de gusto moderno, las calles amplias tiradas á cordel, las avenidas con árboles y las casas de muchos pisos sólo existen en los barrios nuevos. Los invernantes, al permanecer á veces muchos días en estos barrios del Cairo, bailando en los grandes hoteles y volviendo á reunirse á la hora del té en establecimientos á la inglesa, tienen que hacer un esfuerzo mental para acordarse de que viven en Egipto.

El Cairo árabe es un dédalo de callejuelas que se entrecruzan, formando ángulos y curvas, retroceden para continuarse á sí mismas paralelamente, ó se cortan con brusquedad, convirtiéndose en callejones sin salida. El plano de uno de sus barrios ha sido comparado á un árbol de ramas torcidas y entrelazadas. Durante la expedición de Bonaparte á Egipto, resultó frecuente que los destacamentos de soldados de la primera República francesa, al circular por El Cairo, se extraviasen, necesitando detener á uno de los transeuntes para que les sirviese de guía.

Representan los cincuenta y tres harah ó barrios de la ciudad árabe la red urbana más complicada que existe. Para hacer más fácil su circulación, la autoridad municipal ha dado recientemente nombres á las calles y numerado las casas en los lugares más importantes; pero aun con esta medida, el extranjero que circula solo por el verdadero Cairo puede estar seguro de perder su rumbo.

La estrechez de las calles y sus frecuentes alternativas de sol y de sombra resultan agradables en este país de temperatura cálida. Las casas son altas, hallándose separadas solamente por los escasos metros de amplitud que tiene la calle, y como los diversos pisos terminan en miradores avanzados unos sobre otros, los últimos casi se tocan.

Para librar del sol á los transeuntes, se tienden en las vías más anchas, de una terraza á otra, celosías horizontales de listones ó de cañas con toldos multicolores, que dan al pavimento sombra y frescura. Algunas están empedradas con guijarros; otras, más estrechas, con losas de granito; pero esto sólo se ve en aquellas que tienen bazares ó pequeños talleres domésticos. En la mayoría, el piso es de tierra y está siempre húmedo á las horas de sol.

Posee la administración egipcia aparatos de riego para los barrios modernos, iguales á los que emplean los municipios de las capitales más progresivas; pero en la ciudad indígena, cuyas calles angostas no permiten el paso de un vehículo, el riego lo hacen los saqua, llevando un odre de macho cabrío en los brazos, cuya agua derraman lentamente sobre el polvo.

En ciertos barrios donde se fabrican objetos árabes para los viajeros, cada calle está ocupada por un gremio especial, que la da el nombre de su profesión: calle de los Joyeros, calle de los Broncistas, etc. Muchas de las tiendas son simples cuevas abiertas en el muro, á un metro de altura. El dueño se muestra con las piernas cruzadas sobre una estera, en medio de sus mercancías, que cuelgan del techo, de las paredes ó de la fachada.

Tienen las tiendas más ricas en su exterior un empavesado de nave antigua. Ondean como banderas y flámulas los chales de seda traídos de Asia; grandes platos de cobre repujado brillan lo mismo que los escudos de combate que se colgaban en fila de las bordas. Flota en el ambiente un olor de rosa y de otros perfumes orientales, densos y persistentes. Pastillas diversas humean sus aromas de harén á las puertas de los almacenes, para atraer á los transeuntes.

Como en todos los países habitados por el musulmán, siempre predispuesto á la inmovilidad y el ensueño, abundan aquí los cafés, con semicírculos de silenciosos clientes sentados sobre esteras. En unos escuchan al tañedor de roubab, violín de tres cuerdas; en otros peroran los cuentistas verbales, rapsodas que relatan semanas y semanas los innumerables episodios de una misma historia, añadiéndola cada vez nuevos detalles. A estos novelistas, ignorantes del arte de escribir, debemos que Las mil y una noches hayan llegado hasta nosotros. El viejo Cairo conservó la gran colección de cuentos orientales tanto como Bagdad.

Sus monumentos árabes más dignos de aprecio son las mezquitas. La Ciudadela ofrece un aspecto interesante contemplada de lejos, pero sus edificios actuales, examinados de cerca, no merecen admiración. Los más notables resultan copia de otros de Constantinopla. El palacio que habitó Saladino está en ruinas. Sus columnas, caídas ahora en el suelo, pertenecieron á los templos faraónicos de Memfis. En un patio de dicha Ciudadela se abre el llamado «pozo de José», que la leyenda atribuye al hijo del patriarca Jacob, no se sabe con qué fundamento. Las mezquitas que sirven de tumbas á los soldanes tienen una elegancia fastuosa á la turca, que las da aspecto de salones de recepción.

Lo mejor de la Ciudadela es lo que puede verse desde sus antiguos baluartes, construídos por Saladino. El Cairo se extiende abajo, con centenares y centenares de minaretes y cúpulas que parecen repartidos al azar, aglomerándose en unos barrios y rarificándose en otros. Más allá de la brillante lámina del Nilo se yerguen las tres pirámides de Gizéh, y otras más pequeñas marcan el emplazamiento de la antigua necrópolis de Memfis.

Esta ciudad, que es la más grande de Oriente después de Constantinopla, tiene cuatrocientas mezquitas, según dicen los musulmanes, y de ellas doscientas cincuenta alzan sus agudas torres en un cielo siempre azul. Cincuenta gozan de cierta fama por la riqueza de su arquitectura, y las tres más célebres son la del sultán Haasán, la de Tulun y la Universidad religiosa de El-Azhar. Visito las dos primeras, templos mahometanos suntuosos, pero que no se diferencian mucho de los que vi en Constantinopla y otras ciudades musulmanas. Lo que deseo con impaciencia es visitar la célebre Universidad religiosa, establecida desde hace numerosos siglos—tantos como tiene de vida la ciudad del Cairo—en la mezquita de El-Azhar.

Dicho nombre significa Mezquita de las Flores, y tal vez la llamaron así los musulmanes por comparar las doctrinas que se enseñan en ella con las fragancias de un jardín.

Se halla situada en el corazón de la ciudad árabe, y sus tres puertas dan sobre otras tantas callejuelas, cuyas casas están ocupadas por pequeños comercios é industrias de familia. Sus fachadas y sus esbeltos minaretes amarillos, con fajas rojas horizontales, no se pueden ver en conjunto, pues lo impide la aglomeración de edificios en torno de ella. Es la mezquita santa por excelencia, el sacro colegio musulmán, al que acuden todos los que quieren instruirse en la teología y las leyes islámicas.

No hay nación mahometana que no tenga aquí su grupo de jóvenes. La enseñanza es gratuita, no existen matrículas, el estudiante permanece en ella mientras cree que aún le queda algo que aprender, se marcha cuando considera terminados sus estudios, y algunos de fe insaciable se quedan para siempre. Los profesores tampoco son en número limitado ni necesitan títulos especiales. Todo el que quiere explicar un curso se presenta en El-Azhar, y sentado en el pavimento de su patio ó junto á una de las columnas del interior de la mezquita empieza sus explicaciones. Siempre hay estudiantes para formar corro en torno á él. Le escuchan; si creen que vale la pena seguir oyéndole, permanecen inmóviles. Si consideran mediocres sus enseñanzas, se alejan, y el maestro acaba por desaparecer, falto de discípulos.

Ningún profesor goza de retribución; los que no son ricos viven de las lecciones particulares que puede proporcionarles su prestigio adquirido en El-Azhar ó de hacer copias de libros antiguos.

El número de estudiantes ha fluctuado según las circunstancias políticas de Egipto. Por término medio son unos siete mil, y los profesores, de doscientos cincuenta á trescientos. Durante la dominación de los madhistas en el Sudán disminuyó mucho la cantidad de estudiantes, por estar cortado el camino entre Egipto y los pueblos musulmanes del África ecuatorial.

Abarca esta enseñanza la gramática, la retórica y la versificación, materias muy importantes para los pueblos de lengua árabe, propensos á dar mayor aprecio al sonido de las palabras que á los pensamientos expresados por ellas. Pero la verdadera ciencia de esta universidad, lo que vienen á buscar sus alumnos desde los últimos confines del mundo mahometano, es la exposición é interpretación de la doctrina coránica y la jurisprudencia que se desprende de ella. Como una diversión intelectual, algunos profesores enseñan además la aritmética, el álgebra, los cálculos del calendario y ciertas nociones de Medicina, todo con arreglo á la más estricta fe religiosa, lo mismo que se enseñaba hace siglos.

Parece imposible que los maestros y estudiantes de El-Azhar sean descendientes de tantos filósofos, médicos, astrónomos, matemáticos y alquimistas sarracenos que durante la Edad Media, en España y Sicilia, prestaron valiosos servicios á la ciencia universal, difundiendo los tesoros de la sabiduría helénica y realizando descubrimientos que han sido luego la base de otros cercanos á nuestra época, mientras la mayor parte de la Europa de entonces vivía en supersticiosa barbarie.

Me cuentan que un profesor intentó hace pocos años explicar la astronomía moderna á los estudiantes de El-Azhar y los demás maestros lo obligaron á retirarse, viendo en tal enseñanza un atentado á la ciencia indiscutible del Corán. En verdad, esta gran escuela del Cairo hace pensar en Averroes y Avicena como hombres de distinta raza, sin ninguna relación con sus actuales profesores y estudiantes.

Entro una tarde en la famosa universidad egipcia por la puerta llamada de los Barberos, que es la principal. Lleva este nombre porque desde hace muchos siglos penetran por aquí en determinado día de la semana los barberos encargados de afeitar la cabeza á los alumnos para que les pese menos el turbante, dejándoles en el occipucio una sola mecha de pelo.

Su vasto patio cuadrangular, con una pavimentación de losas de granito que debieron pertenecer á algún templo faraónico, es la parte más frecuentada. Como en El Cairo apenas llueve, aquí dan sus clases los profesores, y los estudiantes repasan sus lecciones en grupos sueltos. Paralelamente está la mezquita, de vieja techumbre y columnas abundantes, descubierta por el lado del patio, lo que hace de ella una continuación de éste. La mencionada techumbre es plana y nueve filas de columnas sostienen sus artesonados de fina labor, pero tan viejos que empiezan á pulverizarse. Ascienden las columnas á trescientas ochenta, de mármol, granito ó pórfido, todas sacadas de monumentos egipcios de la época ptolomea y romana. En su penumbra brillan continuamente mil doscientas lámparas.

Muchos profesores y estudiantes prefieren el ambiente de la mezquita, y establecen sus clases al pie de cualquiera de las columnas. Basta para ello que haya un lugar libre y el maestro pueda tender sobre las losas la esterilla de esparto ó la piel de cabra que le sirve de asiento.

El plano del edificio ha perdido su regularidad original por haberle adosado, en el curso de diez siglos, oratorios, alojamientos y otras construcciones necesarias para transformar la antigua mezquita en escuela.

A esta hora de la tarde la mayoría de los estudiantes vaga por las callejuelas del Cairo árabe, pero no obstante veo muchos grupos de ellos sentados á la redonda sobre las piedras recalentadas por el sol. Unos escuchan á los últimos profesores del día, otros repasan sus lecciones.

Los más, hombres ya cuajados, las recitan en voz alta, unas veces solos, otras con un compañero enfrente que les advierte sus errores. Todos permanecen en el suelo, sobre sus piernas cruzadas, y se mueven de cintura arriba, á la izquierda y á la derecha ó adelante y atrás, como si fuesen péndulos. Es una costumbre que adquieren los mahometanos desde la escuela de primeras letras. Según ellos, la agitación rítmica del busto facilita la memoria, y todas las enseñanzas que se dan aquí tienen por base la memoria.

Se nota inmediatamente la gran variedad étnica de esta juventud estudiosa. La mayor parte se compone de indígenas del Egipto Bajo y del Alto, con rostro de fellah. Los hay de tez obscura, procedentes de la Nubia y del Sudán; otros son de un negro de ébano, brillante y sudoroso, venidos del África ecuatorial; y revueltos con ellos, árabes, turcos, persas, marroquíes é indostánicos de los antiguos dominios del Gran Mogol. Como ya dije, no hay país mahometano que no tenga estudiantes en El-Azhar.

En torno al patio, en las tres alas de edificios que lo completan con la mezquita, existen varias dependencias, divididas con arreglo á las diversas nacionalidades de los estudiantes. Cada grupo posee su departamento propio, pero no puede dormir en él, por ser considerablemente mayor el número de sus individuos que el espacio de que disponen. Dentro de dichas piezas sólo existen armarios divididos en cajoncitos, y cada escolar guarda sus provisiones en uno de ellos. Tales provisiones consisten en galletas duras y enmohecidas que envía la familia todos los trimestres. A este pan añade el estudiante, cuando puede, una cebolla ó un puñado de habas crudas. Las más de las veces tiene que contentarse con el pan á secas.

Basta verles para darse cuenta de su sobriedad; mejor dicho, de su energía firmísima para despreciar el hambre. Algunos ni siquiera reciben pan de su familia, y se lo proporciona la dirección de El-Azhar, parcamente, pero de un modo gratuito. Herencias dejadas á su muerte por mahometanos piadosos aseguran el pan de los estudiantes pobres.

Estos indigentes, para procurarse el resto de su alimentación, sirven á los compañeros menos miserables ó trabajan en la limpieza de la mezquita, barriendo el suelo con ramas de palmeras.

El traje de todos ellos es modesto y popular; llevan una simple camisa azul, babuchas y turbante. Algunos, venidos de lejanas tierras, van descalzos, guardan todavía el garrote del viaje y un manto de raídas pieles de oveja les sirve de asiento y cama.

Voy pasando entre los grupos que escuchan las lecciones ó estudian aparte. Un franco menosprecio por el visitante infiel me acompaña á través del patio y la mezquita. El profesor, sentado en el suelo, levanta los ojos hacia el curioso que pasa, hace un gesto elegante de indiferencia, y continua hablando, como si le hubiese distraído por leves momentos una mosca ó una hormiga.

Algunos pasos más allá, un escolar que parece marroquí se ha dejado caer en las losas tibias y duerme, falto de turbante, con la rapada cabeza bajo los ardores solares, sin ningún apoyo que le sirva de almohada, amenazado por la congestión. Pero, según parece, no es accidente de temer para estas cabezas, que dan á nuestros ojos de occidentales una impresión de dureza, de tenacidad invulnerable. Se cansó de escuchar la explicación, y para no levantarse se ha tendido á dormir en el mismo sitio, mientras el maestro continúa hablando.

Dentro de la mezquita llena de luces, que parece próxima á desplomarse de puro vieja, se refugian los pájaros á millares. Su continuo piar se une á los recitados monótonos y abundantes en jotas que murmuran los estudiantes á solas, balanceándose sobre sus caderas como muñecos desarticulados.

Muchos me miran con hostilidad, especialmente los mulatos y negros. Tienen frentes estrechas, mandíbulas salientes, ojos ardorosos de iluminados. Su gesto agresivo hace recordar al Mahdí.

Es una juventud dispuesta á morir por su fe y más dispuesta aún á matar por ella. Estos escolares volverán á sus países, ostentando como título de santidad su paso por El-Azhar. Serán escuchados por las muchedumbres del interior de África como personajes inspirados por Dios. Aquí repiten lecciones, recitan versos, aprenden los comentarios teológicos del profesor sobre cada sura del Corán. Dentro de unos años, tal vez marchen á caballo, entre banderas de cofradías fanáticas, con una cimitarra en la diestra, proclamando la guerra santa.

Todas las revoluciones y motines del Cairo, originados las más de las veces por un incidente de orden religioso, tuvieron como iniciadores á los estudiantes de El-Azhar. De aquí partieron las manifestaciones revoltosas, atravesando las callejuelas de la ciudad árabe, hasta el palacio de los kedives. En el presente momento, dicha juventud, que en su mayor parte no es egipcia, se une á los nacionalistas de Egipto y figura en todas las asonadas contra las autoridades inglesas, que persisten en «proteger» al país.

Me sirve de guía un empleado de la casa, algo así como un inspector, encargado de velar por las buenas costumbres universitarias. Es pequeño, de pelo rojizo, y contra el uso de los musulmanes tradicionalistas, lleva el rostro afeitado, sin más que un pequeño bigote, mezcla de rojo y blanco. Entre las cejas tiene una mancha herpética que parece de sangre y sus ojos divagan con un estrabismo que le da cierta expresión de astucia y disimulo.

Cruza algunas palabras con el guía que me acompaña, y como parece de acuerdo con él, se digna enseñarme la universidad. Me doy cuenta inmediatamente de su fanatismo. Es algo que se desprende de él, como el olor natural de ciertos cuerpos.

Al entrar por la puerta de los Barberos, pasamos ante un pabellón que es la biblioteca. He oído hablar muchas veces de la biblioteca de El-Azhar. En ella se guardan manuscritos muy importantes de la historia árabe de España. La célebre elegía del moro valenciano después de la toma de su ciudad por el Cid, su poética lamentación al ver Valencia saqueada y arruinada por el adalid cristiano, la guarda esta librería secular.

Manifiesto deseos de conocer su interior, y el musulmán hace un gesto de escándalo, como si le propusiera un sacrilegio. Insinúo la posibilidad de comprar algún libro de los publicados por los maestros de El-Azhar para llevármelo como recuerdo, pero el fanático desprecia mi anzuelo tentador. Ni biblioteca, ni libros.

Me va enseñando á toda prisa la parte pública de la universidad, ó sea el patio y la mezquita.

Cuando el guía le dice que soy de España, alza los ojos con cierta admiración religiosa é inicia un gesto de interés. Ha oído algo indudablemente de este país remotísimo, al otro lado del mundo conocido, que fué durante varios siglos musulmán. Pero recuerda tal vez nuevas cosas, pues á continuación me lanza una mirada de ironía, de hostilidad, de menosprecio, todo á un tiempo. Debe saber que sus hermanos, los verdaderos fieles, fueron echados de mal modo de la mencionada tierra.

Seguimos caminando entre los grupos sentados en el patio. Uno de estos corros, compuesto de estudiantes muy jóvenes, adolescentes los más, escucha en silencio á un narrador que es todavía un niño, pero con cierto aire de pilluelo del Cairo.

Parece haber nacido en la ciudad, se adivina en su vestimenta. No lleva camisa larga ni turbante; usa calzoncillos blancos y chaqueta del mismo color sobre la piel rojiza de su tronco desnudo. La cabeza de mono malicioso la cubre con un gorrito blanco y redondo, semejante al de los mercaderes.

Su familia habita tal vez en el barrio y lo envía á la universidad próxima para librarse de él. También es posible que la frecuente de un modo espontáneo, por parecerle divertida tal visita. Los otros estudiantes escuchan su charla con una expresión de lugareños asombrados y regocijados á la vez.

Al pasar nosotros junto al corro, el pilluelo vestido de blanco levanta la cabeza, me mira, sonríe descaradamente, y avanzando una mano grita: «Bacshis.»

¡Pedir bacshis en el patio de El-Azhar!... El oleaje ascendente de los infieles, la influencia desmoralizadora del viajero cristiano, entró ya en el corazón de esta escuela santamente tradicionalista é inmutable, ocupada en enseñar las mismas verdades que hace once siglos.

Ahora siento lástima y simpatía por el fanático que me acompaña. Ha dudado entre caer con la mano en alto sobre este pilluelo del Cairo, deshonroso para el Islam, ó fingir indiferencia, como si nada hubiese oído. Al fin opta por lo último, y sigue adelante, mostrándome cosas que ya he visto, tal es su turbación.

Balbucea; se nota que tiene el pensamiento muy lejos de las palabras que va profiriendo. Hace esfuerzos para ocultar su cólera y su vergüenza.

Y yo, mientras me finjo igualmente distraído, sufro con él.

XXII

FIN DEL VIAJE

Las fértiles tierras del delta.—Alejandría.—Monumentos desaparecidos.—Lo que fué Alejandría en la historia intelectual del mundo.—Judíos alejandrinos.—Explotación de momias egipcias en la Edad Media.—La carne de momia, medicamento europeo.—Fabricación de momias falsas.—El Mediterráneo.—Islas napolitanas que pertenecen á la historia española.—La cúpula de San Pedro.—Despertar frente á Monte-Carlo.—«¿He soñado mi excursión alrededor del mundo?»—Un equipaje que asombra y hace reir.—La plaza del Casino.—«¡Todo está igual!»—Curiosidad y preguntas.—Hago el resumen de lo que he visto en mi viaje.

Atravesamos el delta por su parte occidental, siguiendo la línea férrea entre El Cairo y Alejandría.

El lector sabe indudablemente que «delta» es una de las letras del alfabeto griego. Como está representada por un triángulo, los griegos dieron su nombre á las tierras de la desembocadura del Nilo que más allá del Cairo actual se abren en esta misma forma, un vértice en el interior y los otros dos frente al mar, formando una línea de doscientos kilómetros. Desde entonces todas las tierras de aluvión esparcidas en las desembocaduras de los ríos recibieron el nombre de la letra «delta».

Vemos desde la ventanilla del vagón la parte más fértil y rica de Egipto. Los campos no son aquí dos filas de tierras emergidas, tan angostas que pueden abarcarse con la vista: dos aceras de barro fecundo que flanquean la avenida navegable del Nilo. Ya no se ve el río nutridor con su homogénea corriente. Se partió en numerosos brazos, ríos secundarios, amplios canales navegables, que á su vez se subdividen en nuevas vías líquidas, como el ramaje de un árbol gigantesco va pasando de los brazos gruesos á las ramas secundarias y finalmente á las varillas que sustentan las hojas.

Además, en el delta todo es planicie, no se ven montañas ni tampoco las colinas amarillentas que sirven de pedestal al desierto arenoso. Sobre el verde perpetuo de los campos se extiende el telón de un cielo siempre sereno, ardoroso y sin nubes. Esta llanura rayada de canales y cultivada hasta en sus últimos rincones recuerda la huerta de Valencia y otras vegas famosas. Pero la tierra es aquí barro negro, el célebre limo nilótico, y negras se muestran igualmente las casas, cubiertas de carrizos.

Las techumbres no son en caballete y á dos aguas. Como en este país apenas llueve, los fellahs colocan sobre sus viviendas un tejido de cañas sin pendiente, imitando la horizontalidad de las casas de las ciudades, todas con una terraza en vez de tejado.

Están separadas las tierras por altos malecones de limo duro. Los canales, en esta época de aguas bajas, deslizan su corriente profunda entre dos muros negros, altos como diques. Tales obstáculos, que contienen y dirigen las aguas cuando llega la inundación, sirven ahora de caminos. Pasan por su borde superior filas de asnos, camellos y bueyes de larguísima cornamenta en forma de lira, que ayudan al fellah en sus labores. Las mujeres de manto negro y larga cola parecen monjas. Muchas conservan la máscara que les llega á las rodillas, mientras caminan llevando sobre sus cabezas, verticalmente, ánforas de barro ó estrechos cestos.

Tienen los pueblos aspecto de minas á causa de la ligereza de sus techumbres. No se ven éstas á cierta distancia, y parece que los muros sean de construcciones á las que un vendaval arrancó sus cubiertas. Sobre los grupos urbanos del delta, lo único sólido y grato á la vista son las mezquitas, con sus cúpulas de barro blanqueado y sus minaretes que surgen airosos por encima de las palmeras.

Como vamos hacia el Norte, la temperatura desciende agradablemente. Ya se puede permanecer al sol mucho tiempo sin sentir quemada la epidermis. En las estaciones pasean egipcios de aspecto acomodado, usando gabanes en pleno día. Para ellos indudablemente hace frío.

Cada cuarto de hora pasa el ferrocarril sobre un canal navegable. Vemos barcos en todos ellos con las lonas izadas ó escuadrillas al ancla frente á los caseríos. La marina fluvial es enorme. Debe constar de miles y miles de veleros, que llevan los productos á las grandes ciudades ó hacen el cabotaje entre las numerosas aldeas del delta.

Avanzan á través de los campos muchos buques invisibles. Se desliza su gran velamen triangular sobre el verdor de la tierra, quedando el casco con sus tripulantes hundido en el profundo canal.

Llegamos á Alejandría, ciudad famosa que nada guarda de su pasado. Para los que vienen de Europa y desembarcan en ella, puede representar un engañoso é incompleto avance de la vida oriental. Ven por primera vez la muchedumbre pedigüeña y tramposa, compuesta de berberiscos, judíos, griegos, etc., aglomerada en el puerto y los barrios populares; conocen igualmente los cafés egipcios, con sus parroquianos perezosos, sus músicos y cuentistas, y los bailes de almeas, que no resultan mejores ni peores que los del Cairo. A los que vienen del interior de Egipto les parece Alejandría una ciudad casi europea, semejante á otras muchas de Levante, con sus tiendas cosmopolitas y su vecindario de griegos é italianos. De su pasado sólo le queda como monumento una simple columna, que los del país llaman de Pompeyo y perteneció en realidad á Diocleciano.

Tal vez fué Alejandría la ciudad que reunió durante siglos mayor número de monumentos célebres; pero hace más de mil años que dejaron de existir, habiendo desaparecido hasta sus restos. Aquí estuvo «el Faro», una de las siete maravillas del mundo, torre de cien metros con una hoguera en su cima durante la noche y un espejo de pulido acero que reflejaba en las horas diurnas la imagen de los buques desde que aparecían en el horizonte. Hoy, unos bloques de mármol y unos pilares de granito que se ven á través de las aguas, en el Puerto Nuevo, es todo lo que subsiste de esta obra maravillosa del primero de los Ptolomeos.

Aquí el Museum, con la famosa biblioteca de Alejandría, la más grande del mundo en aquellos tiempos, poseedora de 700.000 volúmenes procedentes de todos los países, y que Julio César quemó cuarenta y siete años antes de nuestra era, al incendiar en el puerto la flota de los alejandrinos rebeldes. El Serapeum era, después del Capitolio de Roma, la más famosa de las construcciones. Este templo á Serapis, situado donde ahora se yergue la que llaman columna de Pompeyo, fué destruído el año 389 por los cristianos, que al saquearlo quemaron los 100.000 volúmenes guardados en su biblioteca. El Poseidon, gran templo de Neptuno, el palacio de los Ptolomeos y otros monumentos célebres de Alejandría han desaparecido igualmente, sin dejar huellas.

Durante los tres siglos anteriores á nuestra era fué la metrópoli comercial é intelectual del mundo. Fundada por Alejandro el Grande, su teniente Ptolomeo, al ocurrir la muerte de éste, se declaró rey de Egipto, dando principio á una dinastía de trescientos años, que terminó con Cleopatra y fué el último gobierno independiente del país.

Los Ptolomeos, griegos hábiles, amigos de las letras y las ciencias, hicieron de Alejandría el depósito de las riquezas de Oriente, el centro de las transacciones entre Asia y Europa, el lugar de encuentro de los sabios más ilustres y los artistas más célebres.

Una gran parte de la herencia griega, recibida por los pueblos modernos, no vino directamente de las pequeñas repúblicas helénicas; fueron los habitantes de Alejandría quienes guardaron y aumentaron el tesoro de la sabiduría antigua, transmitiéndolo luego á la Europa occidental.

La célebre escuela de Alejandría es la última gran escuela de la antigüedad. Esta filosofía alejandrina, llamada neoplatónica, representaba un eclecticismo filosófico, producción digna del emplazamiento geográfico en que nació. Alejandría llegó á unir el mundo griego y el mundo oriental. Gracias á ella, los griegos, hasta entonces rebeldes á lo vago y lo místico, se asimilaron con su curiosidad inteligente el pensamiento de los pueblos orientales. Plotino representó la doctrina de esta escuela en su período más culminante. Jamblico, Porfirio y otros la sostuvieron en épocas menos gloriosas.

También ofreció un ambiente favorable al pueblo hebreo. La prosperidad mercantil de los judíos y su importancia social empezaron en Alejandría. Los más emprendedores de ellos, al encontrar estrecho para sus actividades el pequeño reino de Judea, se trasladaron paulatinamente á Alejandría, y al fin, resultó más considerable el número de judíos en la ciudad greco-egipcia que en Jerusalén.

Filón estima que en su tiempo los judíos de Alejandría llegaban á un millón, haciendo de esta capital la más poblada del mundo después de Roma. Desempeñaban todos los empleos administrativos, cobraban los impuestos, poseían los más altos cargos militares. Los últimos Ptolomeos, incluso Cleopatra, tuvieron á su servicio cuerpos mercenarios de judíos, y también pertenecieron á la misma nacionalidad y religión los generales más importantes de sus tropas.

El apoyo dado por los monarcas greco-egipcios á los personajes hebreos, el odio que inspiran siempre los encargados de exigir el pago de las contribuciones, así como los mercaderes hábiles en sus negocios, motivaron varias sublevaciones antijudías del populacho alejandrino. Al extinguirse los Ptolomeos, sus inmediatos sucesores los Césares de Roma dictaron crueles decretos contra los judíos de Alejandría y éstos intentaron resistir, pero sus revueltas quedaron ahogadas en sangre.

Fué tal la extensión de la actividad hebrea en Alejandría, que la mayor parte de su flota estuvo mandada por capitanes de dicha raza. También los intelectuales de Palestina sintieron la influencia de la metrópoli de los Ptolomeos. Antes de su fundación, el Oriente y el Occidente eran dos mundos enteramente cerrados el uno para el otro. Cuando aquélla irradió su luz atractiva, acudieron los judíos cultos, adoptando, lo mismo que sus correligionarios comerciantes, la lengua griega, y olvidando casi enteramente el hebreo. Puede afirmarse que, con sus lecturas asiduas de Homero, Platón y todos los poetas y filósofos griegos, estos judíos estudiosos se embriagaron de helenismo. A su vez, difundieron en la sociedad pagana algunos de los principios fundamentales de su religión: la unidad de Dios y la fe en una justicia superior, con lo cual prepararon en cierto modo el advenimiento del cristianismo.

Su actividad literaria les llevó á traducir la Biblia en griego, versión que resultaba necesaria, pues la mayor parte de los judíos alejandrinos, acostumbrados á tratar en griego sus negocios, no conocían ya su lengua propia. Esta traducción de la Biblia, que es famosa bajo el nombre de «Versión de los Setenta», costó mucho tiempo, empleándose en ella varias generaciones. Obra de los traductores alejandrinos fueron la historia de Susana y otros relatos bíblicos.

La rivalidad entre griegos y hebreos y la envidia inevitable del pobre hacia el rico dieron nacimiento en dicha capital á la mayor parte de las calumnias y hechos inverosímiles atribuídos á los judíos, invenciones que sirvieron luego de pretexto para persecuciones y grandes asesinatos en la Edad Media, y han llegado hasta nuestros días en forma de fanática propaganda antisemítica.

Acabó la influencia creciente de los cristianos en Alejandría por expulsar al vecindario judío. El lector conoce seguramente cómo fué el populacho fanático de dicha ciudad durante los primeros siglos del cristianismo. Los eremitas ferozmente devotos que vivían en el desierto, considerando á Alejandría por su lujo y sus artes como un lugar de abominación, entraban á veces en ella con el garrote en alto, predicando el exterminio de las obras del demonio, y siempre encontraban muchedumbres egipcias prontas á seguirles por fanatismo ó por ansia de robar y destruir, seguras de que al mismo tiempo que satisfacían sus malos instintos podían ganar el cielo.

Así fueron pulverizados los monumentos de la civilización heleno-egipcia; así murió asesinada y hecha pedazos la joven Hipatia, última representante de la cultura griega.

Volvieron los judíos á la ciudad cuando los musulmanes se apoderaron de Egipto, pero ya había pasado la época del esplendor alejandrino. La capital de los Ptolomeos no era más que un simple puerto. Los soldanes habían creado una nueva metrópoli, El Cairo, y el movimiento exterior penetraba por los canales hasta el Nilo sin detenerse en aquélla.

Todavía los judíos pobres de Alejandría ejercieron un comercio importante en los siglos XV y XVI: la exportación de momias.

Una de las mayores injusticias es reirse de la farmacopea de los pueblos exóticos, como si nosotros no hubiésemos incurrido nunca en iguales extravagancias. Dije algo de esto al describir los remedios que venden los boticarios chinos. En nuestra civilizada Europa, hace menos de dos siglos todavía se usaba la carne de momia egipcia, llamada «droga de momia», para curar muchas enfermedades. Este polvo de cadáver era precioso en caso de herida ó contusión. «El nitro y el betún obtenido de las momias—decían muchos doctores de aquellos tiempos—restablecen la circulación de la sangre y la expelen del cuerpo cuando se coagula en el estómago.»

Con las momias se fabricaban polvos, bálsamos, tinturas, aceites, y este medicamento fúnebre, cuyo empleo fué iniciado en 1300 por un médico judío de Alejandría, duró hasta fines del siglo XVIII, casi nuestra época. Todas las naciones de Europa lo usaron. No hay libro antiguo de Medicina en que no se le encuentre. En España lo mencionan diversas obras de farmacopea, y un doctor, Félix Palacios, en su Palestra Farmacéutica, publicada en 1737, habla extensamente de él, llamando mumia á la momia, y diciendo así: «La mumia es una substancia negra, dura y resinosa, que tiene su origen de los cuerpos muertos conservados con bálsamos y arométicos.»

Tan grande fué su consumo en Europa, que el populacho de Alejandría se dedicó en los siglos XVI y XVII á la destrucción de las necrópolis antiguas, sacando de sus sepulcros las momias egipcias para venderlas á los comerciantes judíos. Éstos las enviaban á sus numerosos corresponsales en los mercados de Europa, que pedían con urgencia un artículo tan precioso para la salud.

El macabro saqueo agotó los depósitos de momias en Alejandría. Las autoridades musulmanas prohibieron al fin con severas penas que continuase tal profanación, pero con ello dieron nacimiento á otra industria no menos extraordinaria: la de fabricar momias falsas. Los exportadores emplearon todos los cadáveres recientes de pobres y de esclavos, dándoles inyecciones de betún y dejándolos secar al sol durante un par de meses. Luego los empaquetaban y embarcaban como si fuesen contemporáneos de cualquier dinastía faraónica.

Guías y cocheros, en la ciudad actual, hablan al viajero de las llamadas catacumbas como de algo maravilloso. Son criptas abiertas por los antiguos egipcios para que les sirviesen de necrópolis; pero al quedar muchas de ellas más abajo del nivel del mar, las filtraciones acabaron por destruir sus bóvedas, sumergiéndolas en gran parte. Los cristianos, durante sus épocas de persecución, se refugiaron en los lugares secos de estas cavidades subterráneas.

Lo más curioso que puede verse en las catacumbas de Alejandría es una imagen de Jesús grabada en la pared, con los adornos y atributos de Osiris, lo que demuestra la confusión de la doctrina naciente para muchos de sus adeptos.

Encontramos otra vez al Franconia en el puerto de Alejandría. Se reanuda nuestra existencia marítima, fresca, cómoda, entre blancuras higiénicas.

Terminaron las moscas pegajosas, acostumbradas á vivir en torno á la boca y los ojos del indígena, el polvo, la arena que invade los vagones, las turbas de mendigos que parecen cultivar sus llagas y sus harapos para infundir más interés... ¡todas las plagas de Egipto!

Pero esta vida marítima sólo va á durar una semana. Mientras navegamos por el Mediterráneo, bajo la frescura de una primavera que conocimos ya adelantadísima en otros países y ahora empieza á iniciarse en la Europa meridional, se nota en nuestro buque un movimiento semejante al de las familias cuando van á mudarse de casa.

Pasillos y salones se estrechan diariamente con nuevas barricadas de cofres y maletas. Muchos pasajeros se hablan con cierta melancolía pensando en la próxima separación. Unos tomarán el tren en Nápoles para visitar Italia, otros desembarcarán en Mónaco, yendo luego á París. Sólo una mitad sigue directamente hasta Nueva York sin abandonar el buque, haciendo el viaje redondo.

Un atardecer, cuando el sol fugitivo da un color anaranjado á pueblos y cumbres, pasamos entre la Italia continental y el macizo abruptamente montañoso de Sicilia. En el fondo vemos emerger de un mar violeta, como si fuesen llamas de oro, varios pitones volcánicos: las islas cónicas de Lipari.

A la mañana siguiente nuestro palacio flotante está pegado á un muelle del puerto de Nápoles. Permanecemos tres días en esta ciudad. Mis compañeros corren la ribera del golfo hasta Sorrento, pasan al otro lado del promontorio cubierto de limoneros y naranjos, visitan Amalfi y Salerno ó ascienden por los senderos de la isla de Capri, que fué toda ella un palacio.

Durante los tres días me quedo en el buque leyendo ó paseo por la ciudad. ¡He visto tantas veces estos paisajes!...

Terminó el viaje para mí. Aún paso en el Franconia un día más de navegación. Hemos salido de Nápoles al amanecer, y vamos siguiendo la costa italiana todo lo más cerca que puede marchar un paquebote de gran calado.

Esta navegación representa una novedad para mí. Contemplo las numerosas islas alineadas á lo largo de la costa napolitana, cuyos nombres recuerdan episodios de la historia española y de la dominación de los reyes aragoneses: Ponza, Ischia, Prócida, etc.

Luego vemos Gaeta, vasto caserío rojizo al pie de un promontorio, cuyo lomo ocupa su fortaleza, célebre en otros tiempos. Cuando estamos frente á Ostia, una noticia circula por el buque, y la gente corre á agolparse en las barandillas de las diversas cubiertas por la parte de estribor.

Los oficiales nos muestran una especie de pelota blanca destacándose sobre la costa, por encima de la línea negra ó rojiza en la que chocan las ondulaciones del mar. Este pequeño globo pálido á ras de tierra, que se mueve según avanzamos, es la cúpula de San Pedro.

Su aparición inesperada emociona á muchos pasajeros. Piensan que es Roma lo que se ve, y siguen con ojos de histórica veneración el globito que va pasando sobre colinas, golfos y promontorios, siempre paralelo á nosotros, hasta que al fin se cansa, lo mismo que un corredor falto de aliento, va quedando atrás, se esfuma y desaparece.

Al cerrar la noche nos hablan las luces de los faros, despertando nuestros recuerdos. Cada parpadeo rojo en la sombra representa una evocación histórica ó literaria: Elba, Monte-Cristo, Caprera.

Cuando despierto á la mañana siguiente, noto que el buque permanece inmóvil. Miro por el ventano del camarote y veo frente á mí el Casino de Monte-Carlo. A un lado está Mónaco, al otro Cap Martin, tapando con su lomo verde el golfo de Mentón y su dilatadísimo caserío. En el estrecho espacio de mar que existe entre el buque y la ribera se deslizan los audaces velámenes de una regata de balandras lujosas.

Permanezco dudando unos momentos: «¿Será verdad mi viaje alrededor del mundo, ó lo he soñado y acabo de despertar?...»

Las exigencias del desembarco cortan mis vacilaciones. Bajamos á tierra. Algunos de mis compañeros de viaje desean ver Niza cuanto antes. Otros muestran impaciencia por entrar en los salones del Casino de Monte-Carlo. Todos quieren conocer de un golpe la Costa Azul entera. ¡Adiós, amigos míos! ¡Adiós, tal vez para siempre!...

Quedo en el muelle con veintitrés cajas grandes y varios bultos de mi equipaje personal. Los desocupados y los funcionarios de la Aduana contemplan con risa y asombro toda mi impedimenta. He ido adquiriendo vajillas enteras, trajes exóticos, imágenes de diversas religiones, libros, espadas, lanzas, metales repujados, ¡qué sé yo!...

Abandono todo esto á los que vinieron á recibirme y subo en mi automóvil la cuesta que conduce á Monte-Carlo. Al atravesar la plaza siento el deseo de echar pie á tierra y detenerme unos momentos en el Café de París, frente al Casino.

¡Todo está igual! Las gentes entran en el palacio policromo para jugar. En los bancos de la plaza y las mesillas del café veo los mismos tipos de medio año antes. Están esperando la hora de la suerte decisiva, que nunca llega.

Saludo á dos damas en una mesa inmediata. Son inglesas, rusas ó escandinavas; da lo mismo. En realidad, son de Monte-Carlo, pues aquí pasan la mayor parte del año, como muchas otras, perdiendo dinero, lamentándose de haberlo perdido y volviendo á jugar.

—¿De dónde viene usted?—me pregunta una de ellas—. Hace mucho tiempo que no le vemos.

—De dar la vuelta al mundo. Acabo de desembarcar.

Las dos sonríen con alegre incredulidad. Adivino que van á llamarme bromista, pero una de ellas contiene á la otra y cesa de sonreir. Recuerda haber leído algo de este viaje. Después afirma que está perfectamente enterada de él por los periódicos.

Un ambiente de curiosidad me rodea instantáneamente. Otros conocidos que abandonan el café y van hacia el Casino se detienen junto á mí al saber la noticia. Todos me acosan con sus preguntas. Quieren saber qué es lo que considero más interesante de mi viaje...

Estos sedentarios del juego han permanecido aquí seis meses, colocándose todos los días ante una enorme mesa verde, para mirar las mismas caras. Mientras yo corría el mundo, los únicos episodios de la existencia de estas señoras han sido estrenar dos ó tres vestidos y otros tantos sombreros, perder mucho dinero y recobrar un poco de él, celebrando dicho éxito engañoso con una vanidad infantil.

La gente sigue entrando en el Casino.

Una de las damas insiste en preguntar cuál es la idea resumen de mi viaje, la enseñanza concreta que me ha proporcionado ver tantos pueblos distintos, tantas creencias religiosas, tantas organizaciones sociales.

—Lo que he aprendido, amigas mías, no es alegre ni tranquilizador. Creo que existe ahora en el mundo más gente que nunca. Los adelantos de la higiene y la facilidad de los transportes han evitado una gran parte de las matanzas, las epidemias y las hambres que formaron siempre nuestra pobre historia humana. Somos cada vez más numerosos sobre la corteza de nuestro planeta, y esto resulta inquietante, pues los alimentos no se multiplican con la misma rapidez. Podría hacer un resumen brutal diciendo que más de la mitad de los hombres viven sufriendo hambre. Nosotros los blancos llevamos la mejor parte hasta ahora; pero ¿y si algún día los centenares de millones de asiáticos encuentran un jefe y un ideal común?... Este viaje ha servido para hacerme ver que aún está lejos de morir el demonio de la guerra. He visto futuros campos de batalla: el Pacífico, la China, la India, ¡quién sabe si Egipto y sus antiguos territorios ecuatoriales! Esos choques futuros puede ser que aún los presenciemos nosotros, y si nos libramos de tal angustia, los verán seguramente las próximas generaciones... ¡Tantas cosas que podrían evitar los hombres si dedicasen á ello una buena voluntad!

Me parece inútil seguir entreteniendo á unas personas que después se meterán en el Casino pensando en las excelencias de un número. Además, siento de pronto la atracción de mi casa; deseo verme cuanto antes en mi jardín.

Pero la dama curiosa parece esperar algo más, y antes de marcharme añado como resumen:

—Todos los hombres son lo mismo, y nuestros progresos puramente exteriores, mecánicos y materiales. Aún no ha llegado la gran revolución, la interior, la que inició el cristianismo sin éxito alguno, pues ningún cristiano practica sus enseñanzas. Lo que he aprendido es que debemos crearnos un alma nueva, y entonces todo será fácil. Necesitamos matar el egoísmo; y así, la abnegación y la tolerancia, que ahora sólo conocen unos cuantos espíritus privilegiados, llegarán á ser virtudes comunes de todos los hombres.

FIN

ÍNDICE

I—LA CAPITAL DE BENGALA.—Servidumbre de los hoteles de Calcuta.—Cuervos y chacales.—El «Agujero Negro».—Las vacas sagradas.—El toro, igual al hombre.—Casamientos infantiles.—Devotos de Siva y sacrificio sangriento á Kali «la Negra».—El árbol-bosque.—La fiesta anual de las serpientes.—Los sapwallas de Calcuta.—El faquir color de vino y sus juegos extraordinarios.—Lo que sacó de una de mis solapas, haciéndome saltar atrás, con gran parte del público.5
II—EL PADRE GANGES.—Cómo se duerme en los vagones-camas de la India.—Aparición del Ganges.—La sagrada ciudad de Benarés.—La orilla derecha y la orilla izquierda del río santo.—Buda y su «Sermón bajo el árbol».—La fiesta primaveral del Sivarat.—Navegación por el Ganges.—El baño de los peregrinos.—Los palacios de Benarés.—Olas de flores y cadáveres flotantes ó quemados.—El templo caído en piezas.—Las honras fúnebres del santo bracmán.—Un tenor mahometano canta las glorias del padre Ganges.24
III—LA SAGRADA BENARÉS.—Bañistas casi desnudas en el Ganges.—Frisos lascivos de una pagoda.—Las mujeres en la realidad y como las imaginaron los artistas indostánicos.—El baño de las viudas y sus horribles vecindades.—El «Templo de Oro».—La «Fuente de la Sabiduría».—Tolerancia religiosa de los fanáticos.—Las bayaderas, que nadie llama aquí bayaderas.—El «Templo de los Monos».—Lo que dijo Mark Twain.—El chófer musulmán y sus zapatos.—Odio religioso explotado por los dominadores.—La obra generosa y difícil de Gandy.—Tantas Indias como religiones.42
IV—LA ÍNSULA DE TAPROBANA.—Viaje á Darjeeling.—La India fría.—Visión del majestuoso Himalaya, llamado ahora Everest.—Salimos de la bahía del Diamante.—Otra vez el mar tropical.—Los infortunios del heroico Rama.—Cómo el rey de los monos le prestó ayuda, construyendo un puente de la India á Ceilán con todo su ejército de cuadrumanos.—La ínsula de Taprobana y sus maravillosas riquezas.—El «Pico de Adán».—Los grandes hoteles de Colombo.—«¿Viene usted á cazar tigres?»—La avenida central de la ciudad y sus transformaciones políglotas.—Hombres con peineta y faldas.—Indos con apellido portugués.—Budistas y brahmanistas.—Por qué los ingleses procuran que los indostánicos sigan llevando los pies descalzos.59
V—POR EL INTERIOR DE CEILÁN.—Mujeres que trabajan en los caminos.—Los campos bajos de Ceilán.—Plantaciones de té y de canela.—Una boa junto al automóvil.—Jardín zoológico sin jaulas.—Tigre real sobre el camino.—La vegetación de las montañas.—Elefantes que aran.—Nuestro encuentro con uno de ellos, asustado por el automóvil.—Actuación militar de los elefantes.—Los maravillosos jardines de Peradenya.—El lago de Kandy.—Templo del Diente de Buda.—Procesión de elefantes con la divina reliquia.—El arzobispo de Goa, la Inquisición portuguesa y el diente sagrado.—Ineficacia de las medidas violentas contra la fe.76
VI—LA OPULENTA BOMBAY.—Los portugueses en la costa de Malabar.—Alburquerque y sus grandiosos proyectos.—Cómo los tesoros de la India entristecieron durante un siglo á los reyes de España, dueños de América.—La vieja ciudad de Goa y el cuerpo de San Francisco Javier.—Modo de hacer dinero usado por el gobernador de Goa.—Bombay vendido á los ingleses por diez libras al año, que nunca fueron pagadas.—Las castas de Bombay.—Los mercaderes opulentos de sus bazares.—El gran krac del algodón.—Las epidemias.—El «Mercado de los ladrones».—Mujeres en jaulas y mahometanas que se afeitan.—Un cónsul que acaba por ceder su casa á una inquilina más antigua instalada en el jardín.92
VII—El GRAN MOGOL.—Camino de Delhi.—Su historia remotísima.—Ciento veintiséis kilómetros de ruinas históricas.—Las numerosas ciudades anteriores á Delhi.—El famoso Timur-Lank, «Cojo de hierro».—Enrique III de Castilla envía embajadas á Tamorlán.—Las dos odaliscas bautizadas.—Rui González de Clavijo y su viaje á Samarcanda.—Sus relatos sobre las particularidades de los «marfiles», vulgo elefantes.—El anillo de Tamorlán y las «metáforas» de Clavijo.—Los Grandes Mogoles herederos de Tamorlán.—El soberano más rico del mundo.—Los palacios portátiles del Gran Mogol y sus caravanas de elefantes y camellos cargados de riquezas.—El trono del Pavo Real y los otros siete tronos.—Montones de perlas, diamantes, esmeraldas y rubíes.—El famoso brillante «Gran Mogol».—Decadencia de Delhi.—Saqueo y degüellos ordenados por el conquistador persa.—Los Grandes Mogoles del siglo XIX pensionados por los ingleses.—Miseria de la corte de Delhi y supervivencia grotesca del antiguo fausto.—El último Gran Mogol cobrando en secreto sus aparentes munificencias.106
VIII—PALACIOS, TESOROS Y TUMBAS.—Las calles rectas de Delhi.—El ruidoso movimiento de su vía central.—Riquezas y suciedades.—Los joyeros de Delhi y sus maravillosas maletitas.—Prestigio de la moneda americana.—La Gran Mezquita.—El palacio-fortaleza de los Grandes Mogoles.—Mármoles incrustados de joyas.—«Si el cielo ha descendido alguna vez sobre la tierra... es aquí.»—Vestigios de saqueo.—El palacio afeado por los ingleses.—Huída del último Gran Mogol.—Revolución de los cipayos.—Las ciudades abuelas de Delhi.—El minarete de Kutab.—Mausoleos por todas partes.—Un clavo de quince metros.—Cómo el rey Anang-Pal inmovilizó á la serpiente del pecado en las entrañas de la tierra, y después la dejó escapar.121
IX—EL TAJ-MAAL.—Shah-Jehan, el Gran Mogol de las obras maravillosas.—Riquezas del palacio de Agra.—El místico monumento del amor.—Historia de Shah-Jehan y su esposa Arjumand Banu.—Romántico final del emperador artista.—Una montaña blanca de mármol sobre la tumba de dos enamorados.—El jardín del Taj-Maal visto de día.—La ruinosa ciudad de Sikandra y el subterráneo de Akbar «el Victorioso».—Prestidigitadores, mercaderes y faquires ante la terraza del hotel.—El Taj-Maal bajo la lluvia láctea de la luna.—Voces acuáticas en la noche.—Y este prodigio se repetirá para otros en el curso de los siglos... y yo no lo veré más.140
X—LAS TORRES DEL SILENCIO.—Los parsis y su mitra charolada.—El fuego sagrado.—Los magos de Zaratustra y sus purificaciones.—El jardín de la muerte.—Entierros sin tierra.—Los buitres devoradores.—Desfile de hombres blancos.—La isla de Elefanta y sus templos subterráneos.—Monumentos construídos con la piqueta en Ellora.—Las tribus perforadoras de montañas.157
XI—AL PARTIR DE LA INDIA.—Embarque en Bombay.—El error de Colón y los indios de América, que no son indios.—Los rajás, su decadencia y su lujo.—Una pieza de artillería, toda de oro.—Ansia de los indostánicos por las distinciones.—Sus innumerables castas.—La feroz hambre de la India.—Vegetarismo excesivo del indígena.—Los valerosos sikhs y el heroico rey de Lahore.—Volvemos á las comodidades occidentales.—El Franconia entra en el mar Rojo, que es intensamente azul.—Barcos de peregrinos á la Meca.—La lluvia invisible del mar Rojo y sus fosforescencias.169
XII—EL PAÍS DE LOS AROMAS.—Las «tierras celestiales».—El «triángulo» de la protohistoria.—Civilización de los remotos hymiaritas ó sabeos.—Balkis ó Makeda, la reina de Saba.—Cómo su hijo robó las Tablas de la Ley, llevándolas de Jerusalén á la capital de Abisinia.—Las leyendas del País de los Aromas.—Port Sudán.—Los vendedores de marfil.—«Vaya usted á Kartum.»—Las calles de Port Sudán.—El ferrocarril del desierto.—Las primeras gacelas.—Aldeas sudanesas.—La biografía escrita en el rostro á cuchilladas.—Kartum la misteriosa.181
XIII—NILO BLANCO Y NILO AZUL.—Mohamed-Alí, tirano progresivo, y su civilización violenta.—Fundación de Kartum.—Aparece el Mahdí.—La guerra de los derviches.—El novelesco general Gordon.—Famoso sitio de Kartum.—El ferrocarril estratégico desde Port Sudán que venció al Califa.—Mis recuerdos juveniles de la época de Gordon.—Ruinas de Meroe.—Los etíopes agrupados en las estaciones.—Van pasando caravanas.—El asno y el camello.—En Kartum.—Hombres con camisa de mujer.—Yates alquilados para cazar hipopótamos y leones en el Nilo Blanco.—Otra vez el marfil.—«Vaya usted á Omdurmán.»—Los coptos.—El Nilo Azul en la noche.—La fresca canción del agua.197
XIV—LA CIUDAD DEL MAHDÍ.—El despertar en el oasis.—Un harén en tranvía.—Campamento convertido en ciudad.—Los descendientes de los mahdistas.—El palacio de los Califas.—Las ametralladoras, el landó y el piano del heredero del Mahdí.—La tumba del «Dirigido por Dios».—Un fantasma alimentado con dátiles.—El mercado de Omdurmán.—Pierdo la pista del marfil.—Hacia la frontera egipcia á través del desierto.—Pirámides que se transforman en montañas y lagos que no existen.—Las olas de arena.—Cómo desapareció una compañía de soldados egipcios.—Estaciones sin nombre.—Los viajes de las gacelas para beber.—Llegada al Nilo.—Un hotel blanco de tres pisos.—Dulzuras de la atmósfera húmeda.—El hotel que se despega de la orilla.215
XV—LOS COLOSOS DE ABU-SIMBEL.—El despertar antes del alba.—La muralla de ébano.—Vemos el primer templo egipcio á la luz de una linterna.—Amanecer en el Nilo.—Los cuatro gigantes rojos surgen de la sombra.—El flechazo del sol naciente en las entrañas del templo.—Los cuatro dioses del santuario crepuscular.—Mentiras y fanfarronadas de Ramsés II, llamado el Gran Sesostris por los griegos.—La Historia, estafada por este monarca.—Aparición del bacshis.—Un monstruo legendario que traga monedas de plata.—Navegación Nilo abajo.—Campos donde cazaban á los esclavos nubios.—Las fellahinas.—Efectos del gran embalsamiento de Filaé.—Mirajes del Nilo.—La hora de cristal.—Cae la noche.233
XVI—EL LAGO DE FILAÉ.—El Nilo clásico y el mecanismo de sus inundaciones.—Ceremonias populares al elevarse las aguas.—Inconvenientes y ventajas del gran dique de Assuan, que forma el lago de Filaé.—Las cataratas del Nilo no existen.—La barca, sus remeros y el hermoso fetiche cantor.—Inquietudes de los padres musulmanes.—El trabajo egipcio hecho á coro.—Los templos sumergidos de la isla de Filaé.—Aspecto relativamente europeo de Assuan.—Creemos estar ya en nuestra casa.—Los espantamoscas y la más terrible de las plagas de Egipto.—La noche en Luxor.—Vuelvo á encontrar la exuberante abundancia de marfil y resuelvo definitivamente mis dudas.250
XVII—TEBAS, LA DE LAS CIEN PUERTAS.—El papiro y el loto.—Memfis y Tebas.—Los faraones del Alto Egipto.—Tebas, la de los cien pilones.—Falta de edificios civiles en las ruinas egipcias.—Cómo vivía el pueblo.—La lluvia, más temible que un temblor de tierra.—Decadencia de Tebas originada por sus reyes.—Cortejos esplendorosos de los faraones.—Alianza estrecha de los monarcas y los sacerdotes.—El palo, batuta directora de la vida egipcia.—Los hijos actuales de los fellahs.—La admirable columnata de Karnak.—Cómo eran los templos egipcios.—La soledad de Tebas durante largos siglos.—Eremitas cristianos de la Tebaida.—Las tentaciones de San Antonio.—Ruinas de Tebas animadas por el diablo.—Nuevos siglos de soledad.—Los soldados de la República aplauden la más asombrosa de las decoraciones.267
XVIII—EL VALLE DE LOS REYES.—La Tebas de la orilla izquierda.—Cuatro kilómetros de sepulturas.—El cadáver y su «doble».—Cómo los embalsamadores preparaban las momias.—Arquitectura de los hipogeos.—Astucias de los constructores para desorientar á los ladrones de tumbas.—La comida del muerto y de su «doble».—Los egipcios añaden el alma á estos dos seres encerrados en la tumba.—El tribunal de Osiris y la balanza para pesar las almas.—La primera concepción del Infierno y el Purgatorio.—Una aristocracia intelectual guardando en el misterio su monoteísmo.—El Valle de los Reyes.—El «snobismo» esperando ante la puerta del faraón puesto de moda.—La tumba del padre de Ramsés.—Amenofis II obligado á recibir diariamente una muchedumbre irrespetuosa.—Las horribles momias de cabellera bermeja.—Los colosos de Memnón, que nunca representaron á este personaje mitológico. Cómo les dieron tal nombre, y el saludo musical de Memnón á su madre.—Arando con un camello y un asno.—Lo que me dijo el dueño de esta yunta extraordinaria.287
XIX—LAS PIRÁMIDES Y LA ESFINGE.—Las ruinas de Memfis.—Camellos para retratarse.—«¡Al fin te veo!»—Las pirámides de Gizéh.—Otras pirámides más antiguas.—La Esfinge y su rostro enigmático.—Ponemos en lo que nos rodea el misterio que llevamos dentro de nosotros.—Remotísima antigüedad de estos monumentos.—La civilización todavía más remota que los produjo.—Diversa duración de la historia judía.—Imposibilidad de colocar la una dentro de la otra.—Las Pirámides, saqueadas hace miles de años.—Inutilidad de estos monumentos orgullosos.—Dos leyendas de la tercera pirámide.—Nitokris, «la bella de las mejillas de rosa».—El incesto faraónico.—Cómo Nitokris vengó á su esposo y luego se dió muerte.—La cortesana Rodopis.—Su ascensión á faraona gracias á una sandalia de papiro.—La novela, hermana mayor de la historia.305
XX—EL MUSEO DEL CAIRO.—Cómo nació la egiptología.—El joven Champollion y la famosa piedra de Rosetta.—Los descubrimientos de Mariette.—Trabajos de Maspero.—La policromía egipcia.—Setenta siglos encerrados en un palacio blanco.—La escultura, superior á la pintura.—Nunca existió una religión egipcia.—Infinita variedad de dioses y cultos.—Los dioses triunfando ó decayendo según la suerte política de la ciudad en que nacieron.—Los animales sagrados.—Vida compleja y contradictoria de los egipcios, falsamente tenidos por un pueblo inmóvil.—El misterio científico de los sacerdotes.—Pararrayos en los templos.—Vuelta á la alegría de la vida, después del período tebano.—La momia de Ramsés II viejo y de su padre joven.—Cómo Sesostris resucitó, después de tres mil quinientos años, para dar á los empleados del Museo el mayor susto de su vida.324
XXI—LA UNIVERSIDAD DE EL-AZHAR.—Una esposa cristiana de Mahoma.—Jacobitas y bizantinos.—Los árabes se apoderan fácilmente de Egipto.—Fundación del Cairo, llamada Babilonia durante la Edad Media.—Saladino y los sarracenos.—Destrucción definitiva de Memfis.—Los egipcios modernos.—Falda corta, á la moda de Europa, y manto de harén.—Las intrincadas calles del Cairo árabe.—La Ciudadela.—La Universidad de El-Azhar.—Libertad absoluta de estudiantes y profesores.—Musulmanes de todos los países.—Pobreza de los escolares de El-Azhar.—Futuros agitadores del Islam.—Lecciones recitadas con balanceos.—Un guía fanático.—Ni bibliotecas, ni libros.—Inesperada petición surgida de un corro de futuros teólogos.—Cólera y vergüenza de mi guía.343
XXII—FIN DEL VIAJE.—Las fértiles tierras del delta.—Alejandría.—Monumentos desaparecidos.—Lo que fué Alejandría en la historia intelectual del mundo.—Judíos alejandrinos.—Explotación de momias egipcias en la Edad Media.—La carne de momia, medicamento europeo.—Fabricación de momias falsas.—El Mediterráneo.—Islas napolitanas que pertenecen á la historia española.—La cúpula de San Pedro.—Despertar frente á Monte-Carlo.—«¿He soñado mi excursión alrededor del mundo?»—Un equipaje que asombra y hace reir.—La plaza del Casino.—«¡Todo está igual!»—Curiosidad y preguntas.—Hago el resumen de lo que he visto en mi viaje.362