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HACE pocos días recibí carta de mi excelente amigo el doctor D. Juan Fastenrath. Entre otras cosas me dice que en Alemania van á celebrar el centenario de D. Manuel Bretón de los Herreros y que el gran duque de Sajonia Weimar hará que en el teatro de su corte se represente una comedia, tal vez Muérete... y verás, de aquel fecundo y ameno poeta, el 19 de Diciembre próximo, al cumplirse el siglo de su nacimiento.
Lleno de patriótica satisfacción ví yo esta prueba del alto aprecio con que en algunos países de Europa miran á los ingenios españoles contemporáneos.
Aguó, no obstante, y hasta acibaró mi contento, la injusta severidad con que un autor inglés de mucha fama, que por acaso estaba yo entonces leyendo, juzga y condena á la España del día. En su estudio sobre Santa Teresa dice el Sr. Froude: «Las revoluciones siguen á las revoluciones en la Península Ibérica, hunden al pueblo en la miseria y esterilizan el suelo; pero en estos últimos tiempos, no han producido un solo personaje como aquéllos cuyos nombres forman parte de la historia europea. Sólo han producido aventureros militares y oradores de elocuencia transcendente; pero ningún Cid, ningún Gran Capitán, ningún Alba, ningún Cortés, ningún Pizarro. El progresista de nuestra edad necesita subir mucho si ha de elevarse al nivel antiguo.»
La verdad es que acerca de la España actual hay en el mundo muy desfavorables opiniones. Todavía somos estimados y ensalzados por nuestros artistas. Nuestros poetas líricos, tan buenos, en lo que va de siglo, como los de cualquiera otro país, son desconocidos en los países extranjeros. Algunas de nuestras novelas, aunque pocas, han sido traducidas en varias lenguas. Y algo de nuestro teatro moderno ha sido traducido y aplaudido también, sobre todo en Alemania y en Inglaterra. Acaso á El drama nuevo, de Tamayo, sea á lo que debemos el mayor triunfo. Ha pasado el Atlántico, y puesto en inglés, ha embelesado al público de los Estados Unidos.
En mi sentir, no obstante, el movimiento presente del ingenio español se estima fuera de España en muchísimo menos de lo que vale. Sin duda consiste esto en que Francia, que para todos los pueblos civilizados hace el papel de divulgadora y que además se interpone entre nosotros y los demás pueblos, dista mucho de sernos favorable. Y no lo es porque en Francia nos quieran mal ni porque falten en Francia personas eruditas que conozcan tan bien ó mejor que nosotros nuestra historia, nuestra lengua y nuestra cultura, sino porque la generalidad de los franceses está tan engreída, y no sin razón, si cabe razón en el engreimiento, que casi no puede concebir que, desde los principios del siglo xviii hasta ahora, se haya hecho en España más que remedarlos ó permanecer en la barbarie ó corrupción mental en que habíamos ó se supone que habíamos caído.
En este error nos cabe gran parte de culpa. Nosotros mismos nos hemos empeñado en probar que murió el antiguo pensamiento español castizo, y que desde Luzán en adelante Francia nos ha inspirado y nos ha pulido.
Nada más falso si discurrimos sobre ello con tino y reposo. El escepticismo del siglo pasado: su pobre filosofía sin metafísica; sus ideas y sentimientos, nobles aunque maleados por excesiva declamación, sobre filantropía, igualdad, libertad y progreso, todo esto fué el espíritu de una época en la historia de Europa, ó si se quiere, de todo el género humano; pero en Francia resonó con mayor estruendo y hermosura, primero en sus escritores, y en su revolución más tarde. ¿Cómo había de sustraerse España al influjo de lo que aquellos escritores dijeron y de lo que la revolución hizo? Hasta podía considerarlo como el eco de su propio pensar y sentir, escrito primero, y luego actuado. Aun así, yo entiendo que el influjo de Francia fué menor en España que en las demás naciones. Y en lo tocante á las reglas del arte, á la forma, á lo meramente literario, apenas merece tenerse en cuenta. Así como Parini, Alfieri, Monti, Fóscolo y Pindemonte nada deben á la imitación francesa, los poetas de las escuelas de Sevilla y Salamanca, ambos Moratines en lo lírico y épico, Quintana, Gallego y el duque de Frías nada le deben tampoco. Hasta en la poesía dramática, aun cuando queríamos sujetarnos á las reglas venidas de Francia, éramos originales, castizos y, permítaseme la expresión, de pura sangre española. Tan original, tan inspirado y tan propio de su nación y de su época, es D. Ramón de la Cruz como Lope ó como Tirso.
Froude puede decir lo que se le antoje, pero, en literatura al menos, no veo yo por qué los nombres del mencionado sainetero, los de los grandes poetas líricos que hemos citado, y los de bastantes otros más recientes que pudiéramos citar, han de excluirse de la historia de Europa y no han de poder figurar al lado de los nombres de Byron, Moore, Shelley y Burns.
A menudo cavilo y hago examen de conciencia para ver si me ciega ó no el amor propio nacional y siempre resulta de mi examen que dicho amor propio no me ciega. La mayor parte de los españoles, y yo con ellos, pecamos en el día por todo lo contrario. Cada cual propende á figurarse, poniéndose él á un lado como excepción rara y punto menos que única, que por acá, intelectual y moralmente, todo está muy rebajado. La maledicencia, la más acerba censura, y la sátira más cruel se manifiestan en nuestras conversaciones y escritos y son lo que más agrada y se aplaude.
Como yo soy y quiero seguir siendo optimista, contra viento y marea, ni siquiera censuro esta furia de descontento y de censura. Afirman los que han navegado mucho que nunca, en medio de las más espantosas tempestades, perdían la esperanza de salvación mientras oían á la gente de á bordo lanzar votos y reniegos, blasfemias y maldiciones; y que sólo empezaban á perder la esperanza cuando veían á la gente de á bordo, resignada y contrita, rezar y no jurar y decirse ternuras en vez de improperios.
Por este lado, pues, y como prueba de que queremos luchar contra la borrasca y vencerla, estoy por decir que me parece bien y útil que nos denostemos y nos humillemos unos á otros hasta no poder más; pero hoy quiero yo discurrir serenamente, como si no hubiera tempestad, sino calma, sin resignación y sin furia, y ver si puedo fundar en algo un razonable sursum corda.
Válganme para ello así lo que he aprendido por la lectura como lo que he visto en los muchos años que he peregrinado y vivido en extraños países. No es mi intento ofender á nadie, pero he de hablar con entera franqueza. La ironía con que elogia Froude la elocuencia transcendente de nuestros oradores es injusta á todas luces. De sobra hay en cualquiera otro país oradores tan huecos, tan palabreros, tan difusos y tan ampulosos como los que en España puedan ser más tildados de tener dichos defectos. Lo que no hay de sobra en parte alguna es la facilidad, el primor, la elegancia y el arrebato poderoso de no pocos de nuestros oradores. Y en cuanto á la capacidad política que da muestra de sí en la acción y no en la palabra, creo que debemos hacer un distingo.
Claro está, y cómo negarlo, que España está pobre; que materialmente se halla más atrasada que Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda, Alemania, los Estados Unidos, y tal vez algunos otros países; que es menos poderosa que Rusia; que ha perdido inmensos territorios en el Nuevo Mundo; que ha sido trabajada desde hace casi cien años por incesantes discordias civiles, y que en los momentos solemnes en que vivimos ahora se halla abrumada de grandes calamidades y amenazada de otras acaso mayores. ¿Pero la causa de esto, digámoslo sin rodeos ni disimulos, es que los españoles del día son más inhábiles, menos enérgicos, menos probos y menos entusiastas que los de otras edades para nosotros más dichosas? Esto es lo que yo niego. Puedo ver y veo nuestra decadencia; puedo recelar y prever nuestra ruina; pero no creo llano y fácil explicar la causa. Fuera de España, en América y en Europa, hasta donde yo he podido experimentar, no he visto que la gente del pueblo sea menos torpe, ni menos floja, ni menos ruda que en España. Y en cuanto á los sujetos eminentes, directores y gobernadores de los Estados, ya me guardaré yo muy bien de decir lo que dijo cierto lord inglés cuando envió á viajar á su hijo: anda, hijo mío, y pásmate al ver qué casta de hombres gobiernan el mundo. Yo disto mucho de ser tan severo como el citado lord (Chesterfield, si la memoria no me engaña); pero no he tropezado en ninguna de las capitales y cortes que he recorrido, y he de declararlo aquí aunque sean odiosas las comparaciones, con ministros, jefes de partido, gobernadores y hombres de Estado, cuya grandeza haya transformado en mi imaginación á los de España en unos pobrecitos pigmeos. Confieso que no he conocido á Cavour ni á Bismarck, que son los que, en estos últimos sesenta años, han hecho más grandes cosas; pero he conocido á muy ilustres varones, dirigiendo la política de florecientes Imperios, Repúblicas y Monarquías, y, acaso por falta de sonda mental, no he sondeado el abismo que los separa de nuestros infortunados corifeos políticos, abismo en cuyas por mí inexplicadas honduras han de residir la agudeza, el tino y la sabiduría que hacen que todo les salga bien, mientras que todo por aquí nos sale mal por carecer de esas prendas.
Me induce á sospechar cuanto dejo expuesto que no siempre la postración ó el encumbramiento de las naciones depende del valor del conjunto de sus ciudadanos y del mérito extraordinario de los hombres que las dirigen. Por mucho entran el valor y el mérito; pero hay otro factor importante, y es la fortuna. Bien sé que no hay fortuna para Dios: todo está previsto y ordenado por Él; mas para los hombres, ¿cómo negar que hay fortuna? ¿Quién prevé todos los casos adversos y prósperos? Y aunque se prevean, aunque se señale en un cuadro del porvenir el curso que han de llevar los sucesos, ¿depende por completo de la voluntad humana el variar ese curso? Imaginemos el político más maravillosamente previsor, y todavía podrá ser como el astrónomo que anuncia la aparición de un cometa y no le detiene, que anuncia un eclipse y no le evita; ó como el médico que pronostica los estragos de una tisis galopante y la próxima muerte del enfermo y no sabe curarle.
Yo doy, pues, por seguro que así en el encumbramiento y prosperidad de los pueblos como en su decadencia y ruina, si entra por algo el mérito y el valer, entra por algo ó por mucho también lo que llama acaso la gente irreflexiva, lo que atribuye la gente piadosa á la voluntad del Altísimo ó lo que ciertos impíos y sutiles metafísicos sostienen que depende del orden inalterable en que los casos se suceden ó del encadenamiento y evolución de la idea en la historia humana.
Como quiera que ello sea, hay venturas y desventuras, triunfos y reveses, hundimientos y exaltaciones que no provienen del mérito de los individuos ó de los pueblos, sino que están por cima de las voluntades y de los entendimientos humanos.
Y afirmándolo así, yo me pregunto: ¿qué es lo que conviene más, entender que las causas de nuestros males no son sólo por nuestra culpa ó entender que estamos mal porque somos incapaces y porque no valemos lo que nuestros padres ó lo que nuestros abuelos valían? Lo que es yo, desde luego me inclino á que es más útil entender lo primero. En ninguno de los dos casos, yo, como optimista, veo el mal sin remedio. Una nación, lo mismo que un individuo, aunque esté decaída y degradada, puede corregirse, hacer penitencia, sufrir la dura disciplina del infortunio, regenerarse al cabo y volver á ser grande; pero esta transformación dichosa será muy lenta y tardía. Habrá que cambiar para ello el ser de todos los ciudadanos y el de la República; pero, si el mal proviene de las circunstancias, las circunstancias pueden cambiar porque Dios ó el destino quiere que cambien, y la transformación entonces será rápida é inesperada. Para mí, por ejemplo, es evidente que los españoles de los últimos años del reinado de Enrique IV de Castilla no eran peores, tal vez eran los mismos los que tenían disuelto y estragado todo el país, que los que en tiempos de los Reyes Católicos conquistaron el reino de Granada, descubrieron un Nuevo Mundo, arrojaron de Italia á los franceses y lograron dar á su patria el primado ó la hegemonía entre todas las naciones de Europa.
Lo importante, pues, es que no perdamos la confianza y el aprecio de nosotros mismos. Bueno es renegar y rabiar y acusarnos unos á otros de incapaces, probando así que no estamos resignados ni echados en el surco; pero mejor es no creer que la incapacidad y el rebajamiento son generales y única causa de nuestra ruina. Si creyésemos esto estaría perdido todo; pero si creemos, como yo creo y quiero creer, que los españoles de ahora están forjados del mismo metal y tienen el mismo temple de que fueron forjados y que tuvieron el Cid, el Gran Capitán, el duque de Alba, Cortés y Pizarro, no hay nada perdido.
Y como para mí es evidente que nuestros poetas, artistas, oradores y escritores del día no desmerecen de los que tuvimos en otras edades ni tampoco están por bajo del nivel de los que florecen hoy en las otras naciones del mundo; y como para mí también es evidente, diga lo que diga el Sr. Froude, que, á pesar de tantas revoluciones estériles, la tierra de España no está más seca ni desolada que en tiempo de los Reyes Católicos ó del emperador Carlos V; doy por seguro que ni los políticos ni los adalides dichosos han de faltarnos, y que si no perdemos la confianza y la esperanza, ha de pasar pronto la mala hora y ha de sernos al cabo propicia la fortuna, con tal de que no la neguemos echándonos toda la culpa, y con tal de que no se lo atribuyamos todo para disculparnos ó para cruzarnos de brazos.
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MI padre y multitud de parientes mios por todos los cuatro costados han servido desde muy antiguo en la Marina española. Renegaría yo de mi casta si denigrase á los marinos. Pero con todo eso declaro que me sublevan y enojan los que pretenden poner á los marinos y á los militares de tierra por cima de toda censura de los paisanos, fundándose en que ignoramos sus artes. Razón tuvo Apeles de desdeñar el juicio del menestral, diciéndole: zapatero á tus zapatos; pero el zapatero no podía en cambio recusar á Apeles como juez de su calzado, ya que Apeles, si no sabía hacerle, tenía que pagarle, gastarle y andar con él cómodamente. Quiero decir con esto que, en todo caso, el artista y el poeta podrían rebelarse contra la censura. Con no mirar sus cuadros ó con no oir ó leer sus versos se remedia todo el mal que causan. No sucede lo mismo con aquellas profesiones de las que depende la grandeza ó la ruina de los Estados, la vida de muchos hombres y la hacienda de todos, desde el gran capitalista, al que tiene que vivir de un salario mezquino.
De aquí que la censura que cae sobre el militar y el marino sea lícita, natural é inevitable. Y como á veces estimula, hasta conviene, si no es muy disparatada, dura y descompuesta. Arquímedes sabía mucho y era muy ingenioso. Si le hubiesen dado palanca y punto de apoyo hubiera movido al mundo. Y sin embargo, si cuando inventaba mil artificios pasmosos para defender á Siracusa se hubieran burlado de él los periodistas de entonces, diciéndole mil cuchufletas y poniéndole en caricatura, aquel varón tan sabio se hubiera atolondrado, se hubiera hecho un lío y no hubiera dado pie con bola dudando él mismo del resultado de su ciencia; resultado que, por virtud de previas disposiciones y á pesar de temores y dudas, hubiera al fin naturalmente sobrevenido. Así, el fruto del árbol que se cultiva con esmero, cuando llega á su madurez y no le coge la tímida diestra del hortelano, cae en la tierra por virtud de su propio peso. Así también se puede explicar que el crucero Princesa de Asturias se botase al agua no bien la ocasión fué propicia. Si no hubiese estado bien construído ó bien puesto sobre la grada ó sobre lo que conviene que se ponga, de fijo que no se hubiera lanzado al mar, tan gallarda y primorosamente.
Las comparaciones para ser exactas y luminosas, han de entenderse bien. Racionalmente considerado el asunto, la flauta no sonó por casualidad. Si no hubiera estado hábilmente hecha no hubieran logrado hacerla sonar los resoplidos más poderosos.
La verdad es que por lo que más pecamos ahora los españoles todos, es por el menosprecio de nosotros mismos, por una humildad que nos deprime, y por una exagerada admiración de lo extranjero. Nos parecemos al que oyó decir á un inglés que en cierto salón algo obscuro de la Alhambra convendría que hubiese una claraboya; y para imitar al inglés, pidió también una claraboya para el palacio de Carlos V, que nunca tuvo techo. O bien nos parecemos á aquel caballero de Nápoles que sostenía que si la Gruta azul estuviese en Francia le habrían abierto grandísima entrada, sin pensar que con mayor abertura hubiera desaparecido todo el maravilloso encanto de la gruta, casi únicamente iluminada por los rayos del sol que surgen refractados del seno azul del mar diáfano.
Mucho depende de la aptitud de los hombres; pero mucho depende también de la buena ó mala ventura. No atribuyamos todo lo próspero á la habilidad. En las victorias de Alejandro y de César la ventura hubo de entrar por algo. Suponer que entró por todo sería ruín envidia. De ella pudiéramos acusar á Felipe II, si dijo como se cuenta al saber la victoria de Lepanto, mucho ha aventurado D. Juan: pero la magnanimidad del mismo monarca se manifiesta cuando atribuye á los elementos desencadenados, y no al poder de sus enemigos ni á la torpeza de sus generales, la pérdida de la Armada invencible. Los cartagineses solían maltratar y hasta crucificar á sus generales cuando no vencían. Preferible es el aliento generoso del Senado de Roma que da gracias al Cónsul Varrón por que después de Cannas no desespera de la salud de la patria.
Menester es tener confianza en nosotros mismos. Entonces vencerán en tierra los militares y en el mar harán maravillas nuestros marinos. De su arrojo siempre han dado y siguen dando pruebas, y no sería justo creer que por el entendimiento y la inspiración estén por bajo de los hombres de otros países. Creer esto equivaldría á creer que en nuestro país ha degenerado la especie humana, porque no ha de suponerse que tengan los uniformes la deplorable virtud de entorpecer y de incapacitar á quienes los visten.
Tengamos confianza y el cielo nos será propicio. Sin los rezos de Moisés y sin los milagros que por su intercesión hizo Dios, Josué no hubiera vencido; la profetisa Débora no hubiera entonado su himno triunfal, si las inteligencias que mueven los astros no hubieran bajado á combatir en favor de su pueblo; en mil batallas han tomado parte los dioses del Olimpo para favorecer á los hijos de Grecia; y los Dióscuros abandonando el refulgente alcázar que tienen en el cielo, y donde hospedan al sol en los más hermosos días de cada año, han peleado en solemnes ocasiones por la grandeza de Roma. Todo ello entendido á la letra, podrá ser ilusión ó sueño vano; pero, como figura, expresa enérgicamente la virtud taumatúrgica de la fe que tienen los hombres en el genio superior y en los altos destinos del pueblo á que pertenecen: fe dominadora de los númenes, que los evoca, los atrae y se los gana para aliados y para amigos. Así nosotros, en mejores días, cuando tuvimos mayor fe en lo que valemos, trajimos del cielo á Santiago y, montado en un caballo blanco, le hicimos matar moros é indios, cosa harto ajena de su profesión y ejercicio durante su vida mortal.
Si nos obstinamos y persistimos en nuestra humildad, en recelar que hemos degenerado y que no somos ya lo que fuimos, ni Santiago ni nadie acudirá á socorrernos y jamás conseguiremos la victoria. Desde que Tubal vino á España, desde que en España reinaron los Geriones hasta el día de hoy, no hemos tenido un general que haya reunido bajo su mando 200.000 combatientes. Y todavía en nuestro siglo, á pesar de tanta prosperidad, industria y riqueza no ha habido nación alguna, por rica y grande que sea, que envíe por mar á regiones remotas ejército tan numeroso como el que hemos enviado á Cuba. Pero si nos empeñamos en creer punto menos que invencibles á los mulatos y negros insurrectos y en que se acabó ya la sustancia de que en España se forjaron en otras edades los ilustres guerreros, ni el Gran Capitán que resucitase y fuese por allí atinaría con una inspiración dichosa, ni haría algo de provecho, mientras que con fe tal vez bastaría un clérigo como el licenciado Pedro Lagasca, ya que no se puede suponer que ni Maceo ni Máximo Gómez valgan más que Gonzalo Pizarro.
De estas incoherentes cavilaciones infiero yo que si nuestro triunfo se retardase demasiado, así en el mar del Sur como en el golfo de Méjico, culpa sería de nuestra falta de fe, que seguiría enajenándonos la protección del cielo: pero que si como es de esperar vencemos pronto, sin duda que al cielo, ó á la suerte para el que no crea en su influjo, deberemos el triunfo en primer lugar; pero también le deberemos al valor de nuestro ejército de mar y tierra y á la habilidad é inspiración de sus jefes. Y aunque esto último, aunque la habilidad y la inspiración se negasen, siempre quedarían como factores de la victoria, sobre el valor de soldados y marinos, el sufrimiento y la constancia de la nación, que al enviarlos sacrifica heróicamente y murmurando harto poco su sangre y su dinero.
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GRANDÍSIMO mi deseo de complacer á mi amigo D. Miguel Moya, escribiendo algo sobre la Nochebuena y la guerra de Cuba para un número extraordinario de El Liberal; pero mientras más cavilo, menos cosas se me ocurren. Sólo acuden á mi memoria y pronuncian mis labios las hermosas palabras que en boca de los ángeles oyeron los pastores: Gloria á Dios en las alturas y paz en la tierra á los hombres de buena voluntad. Paz anhelamos todos, y ahora que la Nochebuena se aproxima, debemos repetir la exclamación angélica, pidiendo paz al cielo. Y no sólo porque con la guerra exponemos á las enfermedades y á la muerte á lo más lozano de la juventud española y nos exponemos nosotros á la miseria, sino también porque con la duración de la guerra, á par de la vida de muchos de nuestros hermanos, y á par del dinero y hasta de la esperanza de ganarle que vamos perdiendo, es de recelar que perdamos también la paciencia, el juicio y el corto ingenio que Dios haya tenido la bondad de darnos.
Aun prescindiendo de todos los enormes males que la guerra trae consigo, sólo porque no se volviese á hablar de tan trillado, sobado y fastidioso asunto, debiéramos rezar para impetrar del Altísimo que la guerra terminase, aunque fuera por virtud de un milagro, como el de la botadura del Princesa de Asturias.
En suma; yo no sé ya qué decir sobre la guerra, y lo que es sobre la Nochebuena, con decir gloria á Dios en las alturas y paz en la tierra á los hombres de buena voluntad, está dicho todo. Pero esto no es cuento, ni artículo, ni composición poética inédita, y por consiguiente, si no digo más, me quedaré con el disgusto de no complacer al Sr. D. Miguel Moya.
Sólo veo un medio de salir de mi apuro: referir aquí con brevedad y tino, si soy capaz de tanto, la discusión que acaban de tener en mi casa dos señores que han venido á visitarme, y por dicha se han hallado juntos en ella. Es el uno, D. Valentín León y Bravo, capitán de caballería retirado, y el otro, el hábil diplomático D. Prudencio Medrano y Cordero, retirado también, ó dígase jubilado. Ambos desean la paz con el mismo fervor que yo; pero la buscan por muy diverso camino. Suponen cada uno de ellos que, si se hubiera seguido el que él traza, ya gozaríamos de la paz en esta Nochebuena, y así nosotros en la Península, como nuestro valiente ejército en Cuba, la celebraríamos regocijadamente, después de haber oído la Misa del Gallo, con suculentas cenas, en que consumiríamos multitud de pavos, que desde su patria de origen, y no menor, multitud de jamones, que desde Chicago y desde otros lugares de la Unión, donde abundan los cerdos, nos enviarían de presente Cullon, Morgan, Sherman y algunos senadores más.
Baste de introducción y empiece el diálogo. El arrogante D. Valentín habló primero y dijo:
—Vamos, hombre; confiese usted que no hemos debido sufrir tantas ofensas y amenazas de intervenir con las armas en nuestras discordias civiles; jactanciosa seguridad de acogotarnos en un dos por tres, derrotando nuestro ejército y echando á pique nuestra flota; y envío incesante de aplausos á los insurrectos, de insultos feroces á los leales, y de armas, municiones, dinero, víveres y toda clase de auxilios á los que devastan, incendian, saquean y destruyen la riqueza de Cuba, para pedirnos luego indemnización por los mismos estragos y ruinas, que sin el favor de los yankees jamás se hubieran causado. Crea usted, que lo que hubiera convenido y lo que todo esto hubiera merecido, es que nosotros hubiéramos imitado á Agatocles.
—¿Y quién fué ese caballero?—preguntó don Prudencio.
—Pues Agatocles—contestó D. Valentín—fué un célebre tirano de Siracusa, con quien se condujeron los cartagineses sobre poco más ó menos, como los yankees con nosotros. Pero Agatocles se hartó de sufrirlos, embarcó 5.000 soldados en unas cuantas naves, cruzó el mar con ellos burlando la vigilancia de la poderosa escuadra enemiga, y desembarcó en el territorio de la gran República: para verse obligado á vencer ó á morir, destruyó los barcos en que había venido, como hicieron más tarde el renegado cordobés Abu Hafaz en Creta, los catalanes en Galípoli y Hernán Cortés en México; entró á saco en muchas ciudades púnicas, y aun estuvo á punto de apoderarse de la capital. ¿Por qué no habíamos de haber nosotros declarado la guerra á los yankees, pasado en un periquete con más de 100.000 combatientes desde Cuba á la tierra de ellos y quizás llegado hasta el Capitolio de Washington, arrojando de allí á culatazos á los senadores y yendo luego, por la avenida de Pensylvania, hasta donde está el Palacio del Tesoro todo lleno de dinero y apuntalado para que no se hunda, aliviarle de aquel peso, y plantarnos por último en la Casa Blanca, que está á tres pasos de allí, y hacer á Cleveland cautivo?
—Todo eso—replicó D. Prudencio—me parecería muy bien si para dejarme frío no acudiese á mi mente esta frase proverbial: tú que no puedes, llévame á cuestas. No bastan doscientos mil soldados para acorralar y domar á los mulatos y negros cimarrones, y sueña usted con que basten cien mil para llegar al Capitolio de la Gran República. Créame usted: lo digo con gran dolor, pero es menester decirlo; consumatun est. Menester es que nos resignemos y nos achiquemos. Cuba no nos ha producido nunca una peseta. Cada una de las que ha podido traerse de allí algún empleado poco limpio, nos ha costado mil pesetas al conjunto de los demás peninsulares y nos cuesta además y nos costará muchas lágrimas. ¿Qué mejor venganza podemos tomar de los cubanos rebeldes que concederles la libertad por que combaten? Una vez Cuba libre, Cuba se volvería merienda de negros.
—Pues para que no se vuelva merienda de negros debemos seguir combatiendo en la Grande Antilla—dijo entonces D. Valentín.—Los cubanos, ni con mucho, son todos rebeldes, y tenemos el deber de defenderlos de los foragidos y de salvarlos de la rapacidad y de la insolencia tiránica de los aventureros que quieren apoderarse de la isla. Contra estos aventureros y aun contra todo el poder de los yankees que los protegen debemos luchar, ya que es inevitable la lucha.
—Confieso—dijo entonces D. Prudencio—que me hace bastante fuerza eso de que no debemos abandonar á los cubanos fieles y pacíficos. Por eso vacilo yo. Si no fuera por eso no vacilaría en afirmar que para que hubiésemos tenido paz en la Nochebuena, que se acerca á grandes pasos, hubiéramos debido, en vez de imitar las locuras del Sr. Agatocles, hacer lo que yo me sé.
—¿Y qué es lo que usted se sabe? ¿Acaso plantear las reformas ya votadas, concederlas mayores aún y hasta llegar á la autonomía para que depusiesen las armas los insurrectos? ¿No vé usted que ellos achacarían á debilidad actos tan generosos, se ensoberbecerían más, pedirían independencia ó muerte, y antes que darse á nosotros se darían al diablo?
—Pues dáos al diablo, les diría yo—contestó D. Prudencio.—Lo que es por mí ya serían independientes con una condición: con la condición de que cargasen con el pago de la deuda de Cuba. Aunque se elevase á cuatrocientos millones de pesos fuertes, todavía sería muchísimo menos de lo que Cuba nos ha costado en los cuatrocientos años que la hemos poseído, sin duda por nuestra desgracia, pero también por nuestra gloria, como monumento y espléndido recuerdo del hecho más brillante y transcendental de nuestra historia y aun de la historia de todo el linaje humano.
—También digo yo—exclamó D. Valentín—lo mismo que decía usted hace poco cuando me oyó hablar de la imitación de Agatocles: todo eso me parecería muy bien si para dejarme frío no acudiese á mi mente esta frase proverbial: tú que no puedes, llévame á cuestas. ¿Cómo quiere usted que paguen nada los cubanos libres? Lo menos durante dos siglos, sobrevendría allí con la libertad la más estupenda anarquía. Aquello sería el Puerto de Arrebatacapas.
La isla libre no valdría por lo pronto ni produciría un ochavo. Mal andamos nosotros de dinero, pero todavía los acreedores se fiarían más de nosotros. Yo doy por cierto que si Cuba se comprometiese á pagar, los acreedores no aceptarían la sustitución y exigirían que España les pagase.
—Eso tiene remedio—dijo D. Prudencio.—Mal hemos hecho con no haber contraído alianza ninguna, con estar aislados y sin apoyo entre las grandes potencias europeas; pero esto no mitiga la acusación de egoísmo y hasta de imprevisora flaqueza que podemos lanzar contra ellas, viéndolas inertes y tranquilas sufrir que los Estados Unidos, sin razón y sin derecho, nos traten como nos tratan, fiados en su poder y en su riqueza é imaginándonos débiles, pobres y solos. Como quiera que sea, repito que el mal tiene remedio. Yo se le daría con mi grande habilidad diplomática, si no estuviese ya jubilado: conseguiría que los Estados Unidos, tan filantrópicos y tan fervorosos amantes de la libertad de Cuba, garantizasen el pago de su deuda, y aun la pagasen, mientras Cuba no pudiese pagarla. Hasta sería esto poderoso estímulo para que ellos procurasen y aun lograsen la prosperidad de Cuba, con la cual crecería la fama póstuma de Antonio Maceo hasta la altura de la de Jorge Washington y de la de Simón Bolívar. Todo depende del éxito final del nuevo Estado que se funda.
Cuando se cansaron de hablar mis dos visitantes, me preguntaron mi parecer. Yo, con todas las perífrases cultas que me inspiró la cortesía, les dí á entender que los pareceres de ellos se me antojaban igualmente disparatados y que era menester buscar un término medio.
—¿Y quién le busca?—dijeron ambos.
—Todos—contesté yo—pero nadie le ha encontrado todavía. Esperemos que Dios, con su infinita bondad y misericordia, suscite pronto en Cuba un caudillo, sea quien sea, que logre estar no menos acertado como general en jefe, que Cirujeda como comandante, y todo terminará pronto y bien, sin imitar á Agatocles, y sin imitar tampoco al cura de Gavia. Cuando veamos aparecer este caudillo, no habrá viejo en toda España que no haga el papel de Simeón y que no le remede diciendo: Nunc dimittis servum tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum: pero ni los viejos podremos hacer el papel de Simeones en la próxima Nochebuena, ni los mozos podrán gozar de la paz deseada. Contentémonos con la esperanza de tener esta paz en la Nochebuena de 1897.
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VOY á decir mi humilde parecer sobre el importante asunto de que El Liberal trata hoy, y voy á decirle con sinceridad, con llaneza y hasta con cierto candor, que la generalidad de las gentes considerará poco diplomático: pero mi diplomacia pasó ya, y agua pasada no mueve molino.
Cuba, en mi sentir, nada nos ha valido en los cuatrocientos años que hace desde que nos apoderamos de ella. Las riquezas que algunos españoles traen ó pueden traer desde allí á nuestra Península, no aumentan más nuestro caudal que las alhajas y juguetes que hallan en un balcón los niños aumentan el caudal del honrado padre de familia que los puso allí de antemano el día de Reyes para que sus niños los tomen, ó que las liebres y perdices, que caza alguien en un coto, aumentan el caudal del propietario del coto, que para llevar y sustentar allí dichas liebres y dichas perdices, ha gastado mil y mil veces más de lo que ellas valen.
Económicamente, pues, nada nos vale nuestro dominio en Cuba.
¿Es cuestión de honra conservarla? Frase es ésta llena de pompa y de peligro, que sería mejor no emplear.
Claro está que nos convendría y nos agradaría que el Dios Término de España no hubiera retrocedido y no retrocediese nunca. Pero si las leyes providenciales ó fatales, por cuya virtud se ordenan los acontecimientos humanos, hacen que el Dios Término retroceda, no por eso España ha de creer menoscabada su honra. Antes pudiera salir del mal el bien, y acrecentarse la honra de España, si, por ejemplo, las dieciséis ó diecisiete Repúblicas que han nacido de su seno, llegasen á estar florecientes y poderosas.
¿Es cuestión de integridad de nuestro territorio? También sobre esto hay mucho que decir y no poco que distinguir. Harto menguada estaría ya dicha integridad, si la hubieran constituído lo mejor del continente americano, la Sicilia, la Cerdeña, el Portugal con todas sus posesiones, y tantos otros Estados, provincias y países como nos han pertenecido y ya no nos pertenecen.
Infiero yo de aquí que nuestro dominio en Cuba no es cuestión de utilidad, ni de honra, ni de integridad de la Patria.
¿Pero significa esto que sea poco importante la conservación de Cuba? Tan lejos estoy de pensarlo, que creo dicha conservación importantísima. El que la conservemos es para nosotros cuestión de categoría, de elevación, de rango entre las naciones de Europa. Es también cuestión de decoro nobiliario. Cuba, dominada por España, parece como título, custodiado en nuestro poder, de que descubrimos y civilizamos el Nuevo Mundo.
Por esto, todo buen español debe considerar como gran desventura la pérdida para nosotros de aquella hermosa isla. Por esto, con general aplauso y excitación de toda España, han ido á Cuba 200.000 soldados. Por esto la nación se desprende de sus bienes, gasta su dinero, se empeña, y arrostra con resignación valerosa la pobreza, á fin de mantener en Cuba á esos soldados, y por medio de ellos su indiscutible soberanía.
Por desgracia, los que contra ella se rebelan, lejos de dar la cara, huyen y se esconden, prolongando así indefinidamente la guerra, los gastos y los sacrificios, y haciendo morir, mil veces más que en los combates, por las enfermedades, la flor de nuestra juventud generosa.
Yo no discuto aquí si es ó no posible, á menos de un milagro, de una ventura casual ó de una inspiración dichosa, acorralar á los rebeldes, vencerlos y darles pronto el merecido castigo. Tal vez sea esto dificilísimo.
Sabido es lo mucho que dura este linaje de guerras. Catorce años duró la de Viriato. Y sin buscar ejemplo tan ilustre, el rey absoluto de España tuvo que tratar de potencia á potencia con el Tempranillo, con los Botijas y con otros bandoleros, porque no pudo vencerlos con las armas.
Como quiera que sea, la situación en Cuba del general en jefe es harto penosa. El pueblo que permanece allí fiel á la Madre Patria y el Ejército que le obedece, bien pueden proclamarle mejor que Trajano, pero no más feliz que Augusto. Bien pueden, para realzar su crédito y levantar su autoridad, reunirse en Junta y colmarle de vítores y aplausos; pero tan entusiasta patriotismo recordará involuntariamente el del Senado romano cuando, después de la batalla de Cannas, dió fervorosas gracias al cónsul Varrón porque no había desesperado de la salud de la patria.
Yo no quiero desesperar, ni desespero tampoco. La paz, sin embargo, me parece en extremo deseable, y la acción diplomática conveniente, ya que á pesar del indiscutible valor y del pasmoso sufrimiento de nuestros soldados, no bastan las armas.
¿Cómo debe ser, ó cómo puede ser esta acción diplomática, dado que la haya? Una cosa es el debe y otra el puede. Aristóteles pone muy bien en claro la diferencia. Por ella, dice aquel sabio, es la poesía mil veces más filosófica que la historia. La historia expone lo que es y la poesía expone lo que debe ser. Hagamos poesía por un momento. Hablemos de lo que debiera ser y no es, por desgracia.
La nación de los Estados Unidos, tal vez á pesar de su gobierno, que no puede evitarlo, mantiene la insurrección en Cuba. Sin el favor y auxilio que le dá, sin las armas, dinero, hombres y fuerza moral que le suministra, es evidente para todo el mundo que la insurrección estaría ya sofocada; que hubiera sido mil veces menos fuerte; que tal vez no hubiera ocurrido. El proceder, pues, contra nosotros de la nación anglo-americana (aunque disculpemos á su gobierno) es el más odioso abuso de fuerza que imaginarse puede. Una protesta enérgica contra él por parte de España sería sublime delirio. España está lejos de Cuba y la Unión está cerca, y España es cuatro veces menos populosa que la Unión y cien veces menos rica. Algo, no obstante, podría perder la gran República, si entre ella y España sobreviniese un conflicto bélico. La justicia está de nuestro lado, y
| l' antico valore |
| Negl' ispanici cor non é ancor morto. |
Vamos ahora á declarar aquí lo que debiera ser, aunque no tengo la menor esperanza de que sea, para evitar el abominable abuso de fuerza de que hablo ó el conflicto que presupongo, si perdida nuestra paciencia, superior á la de Job, nuestro ánimo no desfallece.
La acción diplomática debieran ejercerla las grandes potencias de Europa, y singularmente las que tienen posesiones en América, á fin de que el gobierno anglo-americano emplee medios suficientes para evitar que su pueblo fomente la insurrección en Cuba, faltando á la justicia, á la verdadera civilización y al Derecho de gentes. La insurrección terminaría en seguida si esto se lograse. Pero esto es poesía: es lo que debe ser, pero no lo que será. Las grandes potencias de Europa seguirán dejando á España en completo abandono.
¿Qué recurso nos queda, sin acudir al más arrogante y peligroso de los extremos? Pues el recurso que nos queda es disimular los insultos agravios y aceptar los buenos oficios del gobierno de los Estados Unidos, si dicho gobierno los ofrece.
Rara y muy poco airosa sería para nosotros esta mediación; pero es tan grande nuestro deseo de paz, que hasta cierto punto nos conviene pasar por todo.
Explicaré ahora la limitación que vá contenida en la frase hasta cierto punto. Para mí, la limitación no puede ser más clara. Si el gobierno de los Estados Unidos mediase y lograse que depusiesen las armas los insurrectos y se pacificase la isla, esto había de ser sin exigirnos la menor promesa de reformas interiores, de cambios en la gobernación de la isla, de nada que modificase allí las relaciones entre gobernantes y gobernados, y de cuyo cumplimiento quedase implícitamente como garante el gobierno de los Estados Unidos. Esto equivaldría á despojarnos vergonzosamente de la soberanía de la isla ó á conservar en ella una soberanía desmedrada y dependiente de la gran República, á cuya fiscalización constante estaríamos sometidos, y á quien acudiría siempre en queja cualquier cubano díscolo que se creyese lastimado ó que supusiese que no se le cumplía lo prometido. Sin duda, se me dirá: ¿qué provecho, qué ventaja sacará el gobierno de los Estados Unidos, de mediar para que los rebeldes se rindan á discreción y sin que España les prometa nada? A tal pregunta respondería yo:
Si alguien cree ó espera todavía en España, que podemos tener en Cuba un millón y seiscientos mil conciudadanos para que compren productos de la Península á mucho más elevado precio que pueden comprar productos semejantes importados de otros países, menester es, en mi opinión, que renieguen de tal creencia y que desistan de tal esperanza. Y no supone lo dicho la anulación del comercio entre Cuba y España. El del Brasil, por ejemplo, con el reino de Portugal, es ahora mil y mil veces más activo y fructífero para los portugueses que cuando el Brasil era colonia.
Con facilidad se comprenderá ya lo que, sin desdoro nuestro y sin mengua de nuestra soberanía, pudiéramos dar á los Estados Unidos, si, por mediación de su gobierno, Cuba se pacificase. En virtud de un Tratado pudiéramos darles la más amplia libertad de comercio en aquella porción de nuestro territorio. El galardón sería espléndido y Cuba también aumentaría pasmosamente su riqueza, si pudiese comprar más baratos la harina y otros alimentos, é importar en la Gran República sus azúcares, su café y su tabaco, libres ó casi libres de derechos.
En cuanto á las libertades políticas y administrativas, ya las concederá España generosamente, sin que nadie le imponga de antemano la obligación de concederlas.
Sólo de esta suerte aceptaría yo la acción diplomática ó digase la mediación de los Estados Unidos.
| Págs | |
| Prólogo | v |
| Disonancias y armonías de la moral y de la estética | 1 |
| Colección de manuscritos y otras antigüedades de Egipto pertenecientes al archiduque Raniero | 31 |
| De los autores portugueses que escribieron castellano | 57 |
| Los jesuítas de puertas adentro, ó un barrido hacia fuera en la Compañía de Jesús | 71 |
| Sobre dos tremendas acusaciones contra España, del anglo-americano Draper | 103 |
| Los Estados Unidos contra España | 149 |
| Quejas de los rebeldes de Cuba | 175 |
| Las alianzas | 197 |
| Teatro libre | 211 |
| Fines del arte fuera del arte | 243 |
| El maestro de Palmira | 253 |
| Las rarezas del Fausto | 265 |
| La moral en el arte | 275 |
| El regionalismo filológico en Galicia | 285 |
| La obra póstuma de Juan Montalvo | 295 |
| El país de la castañeta | 303 |
| Sobre la antología de poetas líricos castellanos, de D. Marcelino Menéndez y Pelayo | 313 |
| Mérito y fortuna | 323 |
| Fe en la patria | 333 |
| La paz deseada | 339 |
| La mediación de los Estados Unidos | 347 |