Y PICTOGRAFÍAS
Escritura figurativa é ideográfica en las Petrografías y Pictografías de Calchaquí—Opiniones de Mallery, de Brinton y de Keane—El símbolo de la Cruz en los petroglyfos—Por qué las cruces no son profusas en ellos—La Cruz no es una combinación figurativa, sinó simbólica—Pictografías de la Gruta de Tinguiririca: interpretación de Barros Grez—Gruta de Carahuasi: monografía de Ambrosetti—Gran Gruta de Siquimi—Cruces en los petroglyfos de San Lucas, Quilmes, Andaguala, Encalilla, Ampajango, San Fernando y Cerro Negro—Rosetas y Cochas con Cruz—Patas de Suris: roca de Quilmes—El Ave-Suri de la Gruta de Cafayate—Estanques unidos en Cruz—Ejemplares de Loma Colorada, Quilmes y Ampajango—Andenes con cruces: ejemplares de Ampajango y Cerro Negro—Hombrecillos con los brazos en Cruz—Deducciones.
Un estudio detenido y paciente de las petrografías y pictografías de Calchaquí, efectuado sobre nuestra colección de dibujos y fotografías tomados in situ[287], colección la más interesante por su número de cuantas conozcamos, nos ha hecho llegar á la conclusión de que los petroglyfos de esta sección andina constituyen un asunto arqueológico y etnográfico trascendental.
Ese estudio comparativo de dos centenares de piedras grabadas y pintadas, ha dado por resultado que lleguemos á establecer que sobre ellas el indio ha expresado su pensamiento, escribiendo indeleblemente, de una manera figurativa é ideográfica, y excepcionalmente simbólica, una demanda, una súplica, un voto á las divinidades, con dos propósitos fundamentales: que fructifiquen las mieses, y que se reproduzcan los ganados; propósitos que pueden concretarse en uno solo: que llueva[288].
La escritura petrográfica no es tal escritura, propiamente hablando. Se trata de simples dibujos convencionales, que responden á ritualidades ó á una forma figurativa de expresión ideográfica, por signos que representan objetos ó cosas sobre las que se implora la acción bienhechora de las divinidades. Las piedras grabadas deben considerarse, pues, como piedras votivas.
Nuestra escritura petrográfica es, como la define Garrick Mallery[289], «un medio de expresar pensamientos ó hechos por medio de dibujos, que al principio se redujeron á la representación de objetos naturales ó artificiales». Esta cita encierra una verdad que hemos podido constatar en Calchaquí: que la escritura fué en un principio puramente representativa,—y tal es el carácter de la mayor parte de los petroglyfos,—hasta que concluyó por ser excepcionalmente simbólica. Ejemplos de lo uno y de lo otro son, para no citar más casos, los grandes cuadros reproducidos respectivamente en Carahuasi (Salta) y Siquimí (Catamarca); en el primero se figura una marcha militar de reales combatientes[290]; en el segundo, una escena indiscutiblemente cosmogónica ó mítica, en la que todos los elementos, al parecer, están simbólicamente representados[291].
Es inexacta, entonces, la aseveración que en un trabajo póstumo[292] hace Brinton, criticando, cabalmente, los estudios comparativos de nuestros petroglyfos, efectuados por Moreno y von Ihering[293], al manifestar que «mucho se ha escrito de cotejo de petroglyfos, y que tanto Moreno como von Ihering se han lanzado sin ambages á interpretar é identificar estos signos sin arte; y que nada, empero, ha resultado de las semejanzas indicadas por ellos; porque son las que se hallan en todas partes entre dibujos tan sin motivo como lo son estos».
Lo que decimos de Brinton observamos también á Mr. Keane, quien critica las interpretaciones de Latourneau[294].
En el Perú las esculturas monolíticas son perfectamente intencionadas, habiendo este país llegado al pleno desarrollo de la escritura simbólica; y en los ejemplares cuya interpretación hemos podido penetrar, ni una representación, ni un signo, ni siquiera una línea aparecen superfluos. Aún en los grabados ó esculturas puramente figurativas, la naturaleza y el arte se combinan de tal modo, que nada está de más ni de menos. Tal sucede, por ejemplo, con el inmenso bloc esculpido de la fuente de Cuonchaca, en el que se ven figurados la montaña, el río, la casa, el canal, el tunel, el acueducto, la labranza, el trono del poder, por lo que ha dicho perfectamente Wiener que la escultura en cuestión «es una obra de filosofía, y que el pensador que la ha concebido había observado y comprendido la lucha del civilizador indígena contra la naturaleza rebelde».
Puede que las afirmaciones de Brinton y de Keane sean exactas respecto de pueblos salvajes, ó cuya cultura es apenas rudimentaria[295]; pero son caprichosas, aplicadas á Calchaquí y sus petroglyfos; pues apenas nos iniciamos en el secreto de su escritura petrográfica, dámonos cuenta de la intención de todo cuanto se ha grabado, considerado el petroglyfo en conjunto; que en cuanto á los detalles, estos sí que no obedecen á regla artística alguna, en verdad,—pues que lo escrito no son letras, ni sílabas, ni caracteres fonéticos. Tal sucede, por ejemplo, con el petroglyfo de Condorhuasi, que reproducimos (Fig. 79).
Se trata de una gran roca votiva. El artista ha figurado en ella canales con mucha profusión, que son esos grabados como ofidios,—y estanques, los circulillos que parecen hacer de cabeza de aquellos. Estos canales son profundos en otros casos, y los depósitos han sido calados de la misma manera que los morteros, para que ninguna duda se abrigue al respecto; á más de que el Yamqui Pachacuti en su Plancha simbólica representa á Mama Cocha (el mar, lago ó laguna) por un grabado en forma de corazón, del cual sale una línea, cuya cabeza es un círculo, ó sean: el canal sacado de la Cocha, llevando el agua al depósito ó estanque. El indio en la roca echaría el líquido por los canales sinuosos y en los morterillos, para que el sol lo evaporase, llamando á la lluvia por simpatía, después de expresar de esta manera su anhelo de que los canales y depósitos del suelo, figurados en la piedra, estén provistos de agua. Ahora bien: en el detalle, sin duda, el indio podrá ser tan caprichoso como se quiera, pues lo mismo le daba grabar un canal y un depósito, que cinco, que diez, ó más, como en el caso presente, y á estos canales trazar más ó menos irregularmente, más cortos ó más largos,—que en los terrenos accidentados no hay un canal igual á otro; el indio conduce el agua por sus acequias, evitando las corrientes rápidas de los desniveles, por lo que forzosamente aquellas tienen que ser sinuosas, como una víbora que anda, y á ello responde lo caprichoso de su figuración sobre las rocas de Calchaquí[296].
Esto sentado, cabe en seguida manifestar que la Cruz rara vez figura como signo ó emblema en las petrografías y pictografías.
Este hecho, perfectamente comprobado, tiene una explicación muy sencilla.
Desde que la expresión del pensamiento es tan primitiva en las rocas escritas, cuyos grabados y esculturas hay que hacer remontar á muchos siglos atrás; desde que son obra de esa era en que el indio reproduce y figura las cosas sin valerse de símbolos, como lo efectuó posteriormente en la alfarería funeraria, la que acusa un gran paso en la civilización nativa; desde que las rocas con escritura simbólica ó mixta constituyen la excepción y no la regla; y desde que la Cruz en su carácter de símbolo debe considerarse como una verdadera concepción emblemática de la raza, fruto de un arte y de un criterio superiores, y no una combinación representativa, es natural y lógico que no aparezca grabada entre las figuraciones y signos de un culto al cual la litolatría primitiva daría origen, ó que solo se vea reproducida por excepción, cuando ya las formas convencionales, particulares é individuales, fueron adoptadas por el pueblo ó por la tribu, convirtiéndose en emblemas ó insignias nacionales, hasta adquirir definitivamente su valor unitario y típico de símbolos.
Comenzaremos por hacer notar la existencia de varios signos cruciformes en las paredes externas de la Gruta de Tinguiririca, en el Cajón del mismo nombre, y en las alturas de la Cordillera, por haber sido sus curiosas inscripciones motivo de un trabajo de interpretación, presentado al primer Congreso Latino Americano en Buenos Aires por un distinguido arqueólogo chileno, el señor Daniel Barros Grez[297].
Muy ingeniosamente el señor Barros Grez traduce las inscripciones que nos ocupan, las que, según los recuerdos que conservamos de la sesión respectiva, se refieren á la marcha de la Luna, desde la conjunción al plenilunio, y la del Sol. A los signos cruciformes toma el autor por figuraciones de árboles del bosque y símbolos cardinales de la tierra.
Tenemos á la vista la plancha que de estas pictografías nos ofrece el arqueólogo alemán Carlos Itolp[298], quien en 1885, viéndose obligado á buscar abrigo entre los peñascos de la cima, descubrió la Gruta, sobre cuyas paredes externas aparecen las pictografías, resultando del análisis químico de las pinturas que el rojo era arcilla colorada, el negro, también arcilla, y el blanco, caolín ó ceniza. Este autor, según el lugar y en las circunstancias bajo las cuales encontró los signos, es de parecer que estos son de origen indio, á pesar de que sus formas regulares hagan recordar más á los egipcios que á los araucanos. Los dibujos parecen trazados con el dedo. Cabado el suelo de la gruta, el señor Itolp dió con siete esqueletos de nativos[299].
Fig 21. Monolito
de Tafí.
La lámina que este arqueólogo presenta, consta de ocho renglones escritos con caracteres simbólicos regulares y varios, del estilo de algunos de nuestros petroglifos de Ampajango y Cafayate. En los renglones escritos, á excepción de los tercero y séptimo (en el 3o aparece una T volcada), vénse los signos cruciformes repetidos, consistentes en dos líneas que se cortan, formando ángulos rectos, horizontal la una, y vertical la otra. Los símbolos restantes, consisten: en círculos con punto ó sin punto, ó sean ojos Imaymanas, gérmenes ó yemas de fecundación; en ventanas abiertas, como U[300], y en tocos que recuerdan del emblema fálico del Tocapo Viracocha; en líneas quebradas, que bien pueden figurar cerros, como lo quiere el señor Barros Grez, y aparecen dentro de la Pacha Mama del Yamqui; en sinuosas, que para nosotros son canales (uno de ellos con su estanque) ó arroyos, y que en la precitada carta simbólica llevan la leyenda de río: ó Pillcomayo; en figuras onduladas, que quizá representan el movimiento del agua ó de las linfas; en espirales, que tenemos por símbolos del trueno que ruge; en puntos, ó gotas de lluvia; en líneas que al cortarse entre sí forman cuadrados, como un damero, exactamente iguales á la figuración de los pata ó andenes de la plancha del Yamqui (Fig. 21); en dos grupos de seis cortas líneas verticales, indicaciones numerales, múltiplos del tres sagrado (el dios acuático es trino y uno); en líneas que forman una cara humana, con ojos, cejas, nariz y boca, y debajo de ella (como si fuese su barba) un Imaymana con punto; en un círculo con tres puntos distribuidos en triángulo, que dan al conjunto un aspecto de cara humana, correspondiendo los dos puntos superiores á los ojos y el inferior á la boca, como si se tratase de una figuración del Inti, etc.
Fig. 19. Plancha del Yamqui Pachacuti.
Ahora bien: ¿cómo podría clasificarse esta gruta en las eminencias de los cerros, con cadáveres en el suelo, y con tales inscripciones simbólicas en sus muros externos?
Para nosotros es uno de esos templos, cuevas ó antros del machi, en los cuales este propiciaría con cruentos sacrificios á los dioses atmosféricos.
Las inscripciones parecen destinadas á invocar á Imaymana, Tocapo y Aticci Viracocha, esa trinidad mítica, que impera sobre las cochas; que derrama gérmenes vitales en la sierra y la llanura; que rige las nubes y la lluvia, alimentando arroyos y canales, y regando patas ó andenes sembrados. Las cruces, alternando entre tantas y tan expresivas figuraciones simbólicas acuáticas, son seguramente alusiones complementarias á la producción del fenómeno atmosférico de la lluvia, tan anhelado por los araucanos como por los calchaquíes[301].
La famosa Gruta de Carahuasi, de este lado de los valles, en Salta, es de un estilo completamente distinto de la anterior: se trata de pictografías figurativas, y no simbólicas. El indio se ha mostrado en ella un artista, combinando colores y reproduciendo personajes, escudos y animales con una fidelidad llamativa. Los colores vivos contrastan los unos con los otros: el negro con el blanco, el plomo con el rojo, el amarillo con el cáscara. Los personajes reales, empuñando cetros en sus manos, portando arcos de flechas y cabezas humanas, se destacan en fila, con sus penachos adornando sus cabezas, de una, dos, tres, seis y siete plumas de colores. Las pequeñas llamas marchan en una misma dirección con sus cargas sobre el espinazo. Cinco escudos de colores distintos, de raras y artísticas formas, llevan figurados meandros, espirales, tocos y animalillos. Encima, destácanse unos veinte guerreros: diez y nueve de color amarillo, y uno de plomo; casi todos lucen plumas en sus cabezas, y varios portan hachas, thoquis ó insignias de mando. Detrás de tres escudos, aparecen grupos de guerreros, pintados de plomo, apuntando á una misma dirección. Y en el centro del cuadro, en medio de los escudos, vése una gran Cruz latina, de color amarillo, de anchos brazos, símbolo que también, en forma de una decussata lleva pintada sobre su pecho el penúltimo personaje real de la sección inferior: este personage gasta larga túnica, luce medias de color, un penacho de tres plumas rojas, y es portador de un thoqui sobre sus hombros.
Tales son, á grandes rasgos, las pinturas de la Gruta de Pampa Grande, de forma abovedada, abierta en la roca viva, en cuyas paredes estas pinturas ocupan un area de 2.15m por 1.30, las que Ambrosetti reprodujo el año 1895[302], y cuya monografía de interpretación creemos que no debe aún tomarse como trabajo definitivo, por más que sea digna de considerarse.
El más interesante de todos los monumentos megalíticos y petrográficos de Calchaquí y sus fonteras, es la gran Gruta de Siquimí (hoy Chiquimí), en las eminencias de la sierra de Muñoz, casi frente á San José (Catamarca, valle de Santa María), que nos cupo en suerte descubrir en nuestra expedición de 1898, y cuyos interesantísimos grabados sobre la arenisca de sus paredes fueron tomados por Holmberg en cinco láminas distintas, que tal es la profusión de los grabados, algunos de ellos borrados por el tiempo y la intemperie.
La Gruta debe haber sido la obra de las aguas torrentosas, que han cavado la arenisca; es abovedada; sus dimensiones son notables, pues mide veintidós metros de largo, por cinco de ancho y otro tanto de alto, pudiendo, por tanto, penetrarse á ella á caballo.
El trabajo artístico de esta Gruta puede que sea contemporáneo de la de Carahuasi, por las numerosas figuraciones de escudos semejantes á los de esta. Los escudos llevan grabados totémicos. Abundan en la petrografía toda clase de símbolos artísticos y profusamente grabados. Varias figuras humanas, al parecer representaciones míticas, completan y caracterizan el gran cuadro étnico-arqueológico. Desde el primer golpe de vista, cualquiera se dá cuenta que se ha querido reproducir una intrincada escena cósmica y atmosférica, alguna de esas grandiosas leyendas míticas, como la de Huayrapuca ó La Viento[303], ó de las formidables batallas del Nublado, Intillapa y Huayra-Muyuh (el Remolino).
Pues bien: en medio del cuadro atmosférico, y entre los símbolos meteorológicos, destácase una grande y artística Cruz doble, alusión indiscutible á la lluvia fecundadora, como que en seguida una figura humana, de vientre abultado y salientes mamas, ostenta, en el lugar del cuerpo correspondiente á su natura, un mortero circular, calado con alguna profundidad, como si la figura con este interesante detalle, dijéranos:—«habrá moliendas, porque cae lluvia».
Entre los numerosos petroglyfos que hemos coleccionado en los valles, desde San Lucas á Ampajango,—este último lugar al sud del valle de Santa María,—varios ejemplares ofrecen en sus grabados la insignia de la Cruz, cuya colocación figurativa debe estudiarse.
Los tres siguientes (Figs. 80, 81 y 82) son de San Lucas.
Estos tres petroglyfos, con grabados figurativos, son piedras votivas acuáticas. Sobre la superficie de los dos primeros, como salta á primera vista, se han trazado canales, con esas líneas sinuosas, que parecen representar serpientes,—canales que rematan en circulillos ó figuras curvas ó circulares, especialmente en el petroglyfo 81. Estas figuras circulares son cochas, lagunas ó estanques, que proveen de agua á los canales que de ellos salen, ó que son provistas por tales canales. En el petroglyfo 80, algunos trazados convencionales parecen representar batracios y otros animales acuáticos, sin duda para que sea más llamativa la alusión á agua; tres huanacos ó llamas, caminando en direcciones distintas, están figurados por dibujos simples y sencillos: estos animales buscan agua para aplacar su sed, como que toman hacia los estanques ó canales. En la Fig. 82 vénse grabados depósitos de agua circulares, y una manada de huanacos, que sin duda va en busca del líquido.
Sobre estas tres piedras acuáticas aparecen reproducidas cruces, en el interior de tres figuras formadas por líneas curvas: esas figuras son cochas, ó depósitos de agua llovida, de los cuales salen canales, como se vé perfectamente bien en la Fig. 80, y muy especialmente en la 81. Las cruces en estos tres casos, que recuerdan las cuerdas en Cruz en el lago de Batchué, expresan, de una manera que no deja lugar á dudas, que las cochas ó los estanques están llenos de agua de lluvia, y que los animales figurados tienen qué beber.
Es de advertir que las cochas (generalmente circulares) en las Figs. 81 y 82 han tomado formas de rosetas: así lo exijía al artista la figuración cruciforme, pues que las rosetas mismas tienen forma de cruces; además, como se verá en la plancha del Pachacuti, rosetas son los símbolos de las «nubes, niebla ó pocoy».
Fig 79. Gran roca grabada
en Condorhuasi.
Una cuarta roseta con Cruz aparece como detalle en el penúltimo de los petroglyfos, más adelante reproducido (Fig. 89), de Cerro Negro (Tinogasta), para dejar sentado que estas figuraciones no son casuales.
En el petroglyfo de la Fig. 79, y contigua á un grupo de canales y á otro de cochas, aparece una figura como escudo, con una Cruz al interior del óvalo del mismo: esa figura, sin duda, no es tal escudo, sinó una cocha regular, unida á otra como corazón, á la parte superior.
Para que no se crea que nuestras afirmaciones carecen de sólido fundamento, aparte de lo que los petroglyfos mismos nos indican, véase en la plancha del Pachacuti (Fig. 21), á la derecha de la pareja humana, de qué manera éste, como lo dijimos, representa á mama-cocha, valiéndose de una figura «corazonada», formada por líneas curbas, de la cual sale una recta, que termina en un círculo (canal y estanque, estos últimos).
El gran petroglyfo de Quilmes, de la Fig. 83, es muy interesante. Las figuras circulares, que aparecen de blanco sobre fondo negro, son morterillos calados en la roca, de dos y más centímetros de diámetro, por alguna profundidad. Tales morterillos demuestran de una manera concluyente que los círculos grabados de otras petrografías son equivalentes á los mismos, ó sean depósitos de agua. Los morterillos de la piedra votiva serían llenados de líquido, á fin de que éste se evaporase con el sol, llamándose así por simpatía á las nubes y á la lluvia. Varios de esos morterillos están unidos por grabados como canaletas,—las acequias de que dimos cuenta.
En el petroglyfo que nos ocupa notaremos varios grabados como flechas: son figuraciones de esas patas de suri, de tres dedos, tan comunes en las petrografías. Los rastros del ave de las nubes sobre las piedras votivas acuáticas, indican el culto rendido á las nubes para que hagan llover. Algunas de las figurillas, en el punto en que los tres dedos se juntan formando dos ángulos agudos, tienen calados morterillos, alusión á la necesidad de que sean llenados de agua llovida.
Una gran ave-suri, con su cuerpo ovalado, largas piernas y patas con tres dedos, está pintada de blanco en una de las paredes laterales de una roca de San Isidro (Cafayate), que forma una obscura y estensa gruta, de varios metros de largo (Fig. 84), en la que dimos con restos humanos,—antro sagrado de sacrificios, sin duda, en el cual los sacerdotes, los humaníyoc, turpentáes y alcahuizas ofrecerían víctimas humanas para propiciar á las nubes del cielo. Es este el más curioso ejemplar de suri reproducido en los momentos megalíticos de Calchaquí.
Es muy digno de notarse en el petroglyfo de Quilmes (Fig. 83), el grabado cruciforme inferior de la derecha, consistente en cuatro estanques distribuidos en Cruz, y unidos por caladuras que forman el símbolo,—nueva y gráfica prueba del valor acuático del mismo.
En el petroglyfo de Loma Colorada, en Encalilla (Fig. 85), vemos también á la parte inferior de la lámina, una curiosa Cruz, terminada á la parte superior en pata de suri (ave-nube) y á la inferior en un estanque ó depósito de agua, datos estos muy reveladores.
El petroglyfo del distrito de Ampajango (Fig. 86), lugar en donde coleccionamos sesenta y tantas petrografías, una Cruz aparece encima de un canal y entre dos depósitos de agua.
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Fig. 86. Petroglyfo |
Fig. 87. Detalles de |
En la lámina de detalles de un petroglyfo de la Puerta del mismo Ampajango (Fig. 87), se vé una Cruz latina, cuyo palo superior y brazos laterales terminan también en depósitos de agua. Esta Cruz aparece grabada en parte sobre el cuerpo de una figura zoomorfa, al parecer atmosférica, si se tiene en cuenta que ofrece el mismo aspecto de las Huayrapucas de la Fig. 27 (Cap. IV), y entre grupos de andenes. Un detalle muy interesante en el petroglyfo, es el de la figura cuadrangular de la izquierda, ó andén regular, de cada uno de cuyos ángulos sale grabada una Cruz (el andén lleva tres puntos internos). Las cruces, en este caso, aparecen sustituidas á los círculos de la figura cuadrangular de encima.
El último de los detalles de dos petroglyfos de Cerro Negro, más adelante reproducidos en la Figura 89, es un cuadrado (seguramente andén), cuyas diagonales grabadas se cortan en Cruz. Encima del cuadrado vése también un pequeño símbolo, con brazos y palo superior arbolados. No lejos de este cuadrado están figurados un árbol [304] y dos canales, con sus estanques respectivos, lo que dá una idea cabal de andén cultivado.
Fig. 27. Vasija Ambato y su desarrollo.
Colección Quiroga.
En el capítulo anterior (Fig. 73), reprodujimos un curioso escudo, con el signo cruciforme en medio. Es un detalle de una interesante piedra grabada, que lleva el no. 112 de nuestra colección. Encuéntrase parada, mirando al naciente, en las cercanías de Andaguala, y es conocida en los valles con el nombre de «Piedra Pintada del Portezuelo»[305].
En el petroglyfo de la Fig. 88, de Ampajango, vemos reproducidas varias figurillas humanas, grabadas de una manera convencionalmente primitiva, con el trazado de líneas rectas y curbas que se cortan entre sí, figurando el cuerpo, los brazos, con sus manos y el cuello, y las piernas á la parte inferior. Esas figurillas aparecen con los brazos abiertos, perpendiculares á la línea del cuerpo, de suerte que toman proporciones cruciformes, especialmente las dos primeras de la izquierda, que no parecen otra cosa sino cruces[306]. En el petroglyfo 85, dos ejemplares se repiten, como en numerosos casos, pues tal suele ser la manera cómo suelen reproducirse las figurillas humanas.
Fig 53.
El hecho que acabamos de apuntar nos llamó siempre la atención, pues solo en las piedras votivas acuáticas aparecen las figurillas humanas en Cruz; no así en la alfarería funeraria, en la que vemos que es otra la posición de los brazos, sueltos para abajo, como en los hombrecillos de las Figs. 53 y otras del capítulo VI. Tal hecho daría lugar á una sencilla explicación: si la Cruz es el símbolo de la lluvia, muy natural sería que en el acto propiciatorio demandándola, el indio mismo formase una Cruz, abriendo horizontalmente sus brazos, de modo que estos fuesen perpendiculares á la línea vertical del cuerpo.
Es muy oportuno en esta ocasión reproducir interesantes detalles de petroglyfos de Cerro Negro, Tinogasta (Prov. de Catamarca), á los que anteriormente hemos hecho referencias (Fig. 89 A).
Estos detalles comienzan con una cocha, laguna ó depósito artificial de agua, y terminan con un andén, ambos con el signo cruciforme, por los motivos dados. Después de la cocha, vénse dos largas rosetas, unidas entre sí, también con grabados cruciformes, pudiendo ser aquellas una manera convencional, exijida por motivos artísticos, de reproducir la primera de las figuras. El detalle cuarto, es una Cruz grabada sobre una {symbol} (ese volcada), curioso símbolo que aparece con profusión en una gran roca escrita del Divisadero de Quilmes.
Finalmente, en el departamento vecino de Belén, lugar de San Fernando, dimos entre un grupo de ocho petroglyfos sobre piedra revestida de negro betún, con el que reproducimos en la Fig. 89 B, muy digno de llamar la atención por la repetición de sus artísticos símbolos de la citada S volcada y de los dobles meandros, cuya disposición llamó nuestra curiosidad arqueológica.
La piedra grabada mide 0.75 m. de largo, por otro tanto de ancho.
Al pie del petroglyfo vése una artística y bien esculpida Cruz griega, como complemento de los símbolos en él reproducidos.
Los palos de esta Cruz, que salta á la vista desde el primer momento, son del ancho del pulgar, calados en la piedra con alguna profundidad, y de algunos centímetros de largo.
Dificilmente podrá ofrecerse otro caso en que la Cruz aparezca más distintivamente figurada, y al lado de un toco con línea al centro.