CAPÍTULO VII
LA CRUZ EN LOS ÍDOLOS

EN LOS FETICHES Y AMULETOS


El símbolo cruciforme en los Ídolos—No lo llevan los Fetiches—Tampoco los Cacllas, Guauques, Pururaucas y demás dioses personales—La Cruz en las figuraciones acuáticas—Idolo-tinaja de Amaycha—Vaso antropomorfo del Trueno—Por qué sus cruces son griegas—Vasija antropomorfa de Ambato—Disco de Lafone Quevedo—Mamazara monolítica de Tafí—Cruces cristianas protectoras—Pirhuas de Colpes con Cruz—Huacanquis con Cruz—Signos totémicos—Figuraciones antropo-atmosféricas—Una cita de Schoolcraft: la Cruz de Wingemund—Símbolos totémicos atmosféricos—El tótem de la Cruz sobre los escudos calchaquíes—Cruces y emblemas cruciformes en los Caylles—Caylla Huiracocha—Amuletos con Cruz.

Después de haber presentado en el capítulo anterior numerosos ejemplares de urnas y vasos votivos con el símbolo cruciforme, el lector, recorriendo las páginas del presente, notará el contraste producido por la escasez relativa del material iconográfico al tratarse de los ídolos con cruces. La falta de láminas de fetiches é imágenes antropomorfas con el símbolo que estudiamos, no es una omisión nuestra, sino del artista calchaquí, el que, con manifiesta intención, ha eliminado la Cruz en todas las figuraciones é imágenes que no tengan por objeto el culto del agua ó de alguno de los fenómenos atmosféricos; prueba negativa, trascendental por cierto, del valor mitológico de la Cruz como símbolo acuático.

Hemos recorrido minuciosamente el rico material de las colecciones particulares y de nuestros Museos, en busca de figuras con el símbolo, y hemos llegado á la conclusión de que éste no aparece grabado ó pintado en los fetiches, tan abundantes en Calchaquí, que su era fetiquista ha dejado con ellos recuerdos imperecederos. Este hecho nos demuestra que el signo que nos ocupa no parece sinó una concepción sugerida en pleno dominio del politeismo, cuando se impuso la heliolatría sobre el culto de las cosas inanimadas, y cuando los grandes y variados fenómenos de la atmósfera fueron dotados de espíritu y de voluntad supremos, después que los hombres de esa segunda generación en el progreso de la civilización humana, de que habla Lubbock[254], alzaran las manos al cielo é invocaran y clamaran al Sol[255].

No podemos decir otro tanto de la era en que ya hizo su aparición el antropomorfismo, manifestación politeista de las razas; porque si bien es verdad que tampoco los dioses antropomorfos generalmente ostentan la insignia de la Cruz, ella parece, sin embargo, como una combinación emblemática en las figuraciones humanas de las divinidades acuáticas ó atmosféricas, con una repetición demasiado insinuante para atraer sobre las mismas la investigación arqueológica.

Dado el papel que los dioses lares y penates nativos desempeñaban en el culto de los hogares calchaquíes, natural parece que no se presentaran adornados con la insignia cruciforme, toda vez que ellos se limitaban á ser guardianes de cada individualidad, amparándoles contra cualquier daño que pudiera sobrevenirle, por lo que cada cual labraba á su modo la imagen de su dios, atribuyéndole á su antojo determinada virtud. En vano, entonces, han de buscarse cruces en los rostros del Caclla ó «dios-mejilla»[256]; ni en la cara ó pechos del Guasimáyoc ó «dueño de casa»[257]; del Guauque ó «ídolo de cada persona, que le representa»[258]; del Pururauca ó «dios de todo género y especie»[259]; ó, finalmente, del Canopa ó «dios del individuo»[260]; pues propiamente hablando, todos estos ídolos personales, de cualquier clase que fuesen, no simbolizaban una súplica, sinó que constituían un amuleto.

Otra cosa sucede cuando tales representaciones, figuraciones ó ídolos aparecen perfectamente vinculados con el culto al agua, ó, dejando de figurar como guardianes de la persona, son objeto de una súplica, ó sirven de intermediarios de una demanda de lluvia, como sucede, por ejemplo, con los Caylles, ó dioses imágenes de las siembras, y, con mayor razón con las vasijas ó vasos antropomorfos, ídolos ú objetos sagrados de formas apropiadas para contener y guardar el líquido que aplaca la sed de la familia y de la tribu. En tales casos, cruces adornarán á estas imágenes ó cosas del culto; y nada de extraordinario habría en su empleo por parte del artista, iniciado, como se presentaría á nuestros ojos, en el secreto de la simbología, la que, ahorrándole tiempo, daríale ocasión de ofrecer con toda su intención el objeto sagrado, de tales ó cuales virtudes, á la adoración del creyente; porque seguramente un símbolo herirá más su imaginación y despertará mayormente su atención que su figuración aparente y real, por las confusiones que puede traer, ó por las interpretaciones dudosas á que puede prestarse.

Fig 68. Idolo-tinaja
(Col. Quiroga).

Pero antes de pasar adelante,—y en este punto tiene forzosamente que ser deficiente el capítulo,—conviene observar que nuestras afirmaciones respecto á la ausencia de la Cruz en los fetiches é ídolos personales, no pueden tener el carácter de absolutas; porque si bien es verdad que hasta hoy no se han encontrado figuraciones idolátricas de tales especies con los signos cruciformes, pueden muy bien aparecer mañana; pero en tal caso nos permitiríamos recomendar que se aplicasen las facultades de observación arqueológica al objeto hallado con su símbolo, á fin de establecer qué relaciones directas ó indirectas puede tener la cosa figurada con el agua ó con el fenómeno de la lluvia. En este sentido, no nos extrañaría, por ejemplo, que se nos presentaran representaciones animales de patos ó de nutrias (que poseemos en nuestra colección) con el símbolo de la Cruz, por la razón sencilla de que aquellos viven en los ríos y en las lagunas, y éstas tienen sus habitaciones en los esteros ó terrenos húmedos de las vertientes, ó contiguas al agua. El caso excepcional del surifetiche es una prueba de ello; lo mismo que el del sapofetiche, del que nos ocuparemos en el capítulo subsiguiente, por los motivos dados respecto al primero, y por ser el agua el medio en que vive el batracio, lo que se advierte desde el primer momento, sin necesidad de hacer ningún esfuerzo de imaginación[261].

Los ejemplares de figuraciones antropomorfas que aparecen llevando la Cruz, son indiscutiblemente acuáticos; es decir: que ellos son objeto de un voto para que llueva; y, más propiamente que ídolos, deben denominarse vasijas votivas antropomorfas, toda vez que al labrarles, el indio se propuso, más que nada, ofrecernos un vaso ó una urna para contener agua, sobre los cuales, es verdad, las figuraciones idolátricas constituyen sus distintivos salientes.

La Fig. 68, ó el Idolo-Tinaja de Amaycha, es el más notable de los ejemplares que puede citarse; y, aunque un rostro humano con sus facciones se destaca á la izquierda, saliendo de un cuerpo provisto de brazos en relieve, el objeto, considerado en conjunto, no es propiamente un ídolo, sino una urna sagrada antropomorfa, del mismo estilo de las tinajas funerarias reproducidas en el capítulo anterior, y cuyo empleo en el culto acuático de Calchaquí nos es perfectamente conocido.

La interesantísima figura idolátrica de la izquierda, de rostro pintado con cuadros rojos alternados, en cuyas orejas aparecen figurados artísticos moños hechos con las trenzas anudadas del cabello (el moño esterior roto), lleva, en los lugares correspondientes á sus mamas, dos cruces perfectas sobre campos artísticos amarillos. Sus manos portan una flauta, con agujerillos para producir el sonido, por lo cual la figura nos hace recordar la Doncella de la Flauta (Flute maiden) de Estados Unidos. Las pinturas de rojo obscuro sobre el fondo amarillo de la urna, son muy interesantes. Las del cuello del vaso consisten en líneas quebradas paralelas: estas líneas quebradas, llenas de puntos, son figuraciones simbólicas del rayo-serpiente, correspondiendo á gotas de agua los puntos que las adornan. En los campos ventrales de la urna aparece el adorno saliente de la guarda en espiral, arbolada á ambos costados laterales. Esta espiral, como ya lo hemos dicho, es para nosotros la figuración simbólica del trueno que ruge.

Claramente podemos, entonces, difinir las relaciones íntimas de la figura antropomorfa con el fenómeno de la lluvia, á la cual llamaría aquella tocando su flauta, produciéndose el trueno, figurado en las espirales, por la simpatía con el sonido del instrumento musical[262].

Fig 69. Idolo de Santa María.
½ tamaño natural.
(Colección Quiroga).

Es de advertir, para corroborar este último aserto, que poseemos en nuestra colección un interesante ídolo de barro antropo-zoomorfo, últimamente adquirido en Tinogasta, el que en aquel lugar es tenido por «Dios de la Lluvia», el mismo que lleva abierto un agujerillo al centro de su región craneal, soplando el cual (el ídolo es hueco) se producen notas graves y agudas, con las que se llama al Trueno, fenómeno meteorológico que, según el P. Techo[263], era, con el relámpago, adorado por los calchaquíes como «divinidad menor.»

Más directamente relacionado con este orden de ideas está el ídolo de la Fig. 69, con anchas cruces negras al fondo de sus artísticos campos, en los lugares correspondientes á las mamas.

La fisonomía de este ídolo es funeraria. De sus ojos redondos y salientes caen tres gruesas líneas negras,—sus lágrimas,—las que, por otro fenómeno de simpatía, tenían por objeto, sin duda, hacer llorar á las nubes, á las cuales se presentaría la figura lacrimosa, haciéndoles muna-muna, para emplear una gráfica expresión nativa, como si se les dijera:—«mirad como ésta siempre llora, y vosotras no podéis llorar como ella.»

El objeto es todo hueco, y de la parte ventral del mismo sale el cuello del vaso, cuyos bordes son asidos por las manos en relieve de la figura. No se trata nuevamente de un ídolo, propiamente hablando, sinó de un vaso votivo acuático, de formas antropomorfas. Tanto la gargantilla de su cuello, como la orla que contornea sus brazos en la parte inferior, aparecen llenas de puntos, ó gotas de agua.

Fijando bien la atención sobre esta vasija antropomorfa, veremos que ella no es otra cosa que una nueva y curiosa reproducción de ese vaso que sugetan las manos de la figura antropo-zoomorfa de las urnas funerarias, tanto por sus formas, por salir de la parte ventral del objeto, como por ser portado en las mismas condiciones. Se trata, entonces, de una figuración antropomorfa del Trueno, ó más bien dicho: de una reproducción antropomorfa del Vaso del Trueno.

Las cruces, en el presente, pintadas sobre las mamas del vaso votivo, no pueden causarnos extrañeza alguna: al contrario, ellas expresan gráficamente la intención del artista: de referir el vaso al culto de la Lluvia.

Otro ejemplar interesante es el del pequeño vaso de Ambato, de barro negro, perfectamente cocido, que dá formas á una singular figurilla humana, cuyos miembros principales aparecen en relieve, y de cuya nariz repártese simétricamente el cuerpo de una serpiente grabada que se desarrolla en las mejillas del ídolo (Fig. 70). El ofidio en su rostro, está indicando á las claras que se trata de una figuración de carácter atmosférico, quizá la misma de la alfarería funeraria, mucho más cuando ella hace de la vasija un vaso antropomorfo para contener líquidos. Un detalle interesante es el de las manos abiertas, que parece llevar á la boca, desmesuradamente abierta, indicando que la figura humana sufre de sed, demandando agua al cielo, lo que se vé más claramente en dos ejemplares de urnas de nuestra colección, en las cuales sus manijas son un par de figurillas humanas, que se destacan en relieve, las que, mirando al cielo, llevan las manos al labio inferior, abriendo las bocas sedientas.

Fig. 70. Vaso antropomorfo
de Ambato (Catamarca).
(Col. Quiroga).

Fig. 70 bis.
Grabado en la parte
posterior del vaso.

A la parte posterior del vaso aparece grabado un curioso figurón triforme y zoomorfo, constituido por un grupo único de dos Huayrapucas de dobles cabezas y un sapo central bicéfalo. Las Huayrapucas son figuraciones alusivas á la tormenta, y el sapo simboliza agua fecundadora, por los ojos Imaymanas dobles de sus cabezas cuadrangulares (Fig. 70 bis).

Pues bien: una Cruz artística aparece distintamente grabada sobre el dorso del batracio, cruz que nos hace recordar á la bellísima maltesa[264] peruana, reproducida por Jiménez de la Espada, y de la que dimos noticia en el capítulo III.

En el presente, se ofrece un caso de símbolo cruciforme manifiestamente intencionado, si se tiene en consideración cuanto hemos dejado apuntado.

Fig 30 bis.

La Cruz, al centro del figurón triforme, sobre la superficie de un vaso votivo acuático, es la gráfica expresión de que lluvia se demanda, ó de que el fenómeno atmosférico se ha producido ó está para producirse.

Fig 71 A. Cruz simbólica de
las serpientes (Capayán).

No hay,—para citar un último ejemplar de vaso ó tinaja con el signo cruciforme, para qué insistir sobre la trascendental importancia del símbolo formado por cuatro cabezas de serpientes, en el caso de la ya citada Lam. 30 bis, ó sea dentro del cuerpo cuadrangular de la figura antropo-zoomorfa del grupo atmosférico de Capayán, Cruz ofídica que reproducimos en detalle (Fig. 71 A).

En ningún ejemplar como en este del grupo, el signo cruciforme puede tener un valor más visiblemente típico de lluvia, si se considera el dato notable de que cuatro serpientes dan lugar á la formación del mismo; y sabido es que la idea de agua es inseparable de la figuración ofídica, cualquiera que sea su forma, y cualquiera que sea la ocasión en que tal figuración aparezca en la cerámica[265].

Fig 71 B. Disco de cobre de Lafone Quevedo
(Catamarca).

La aparición de dobles cruces maltesas en las cabezas de los monstruos dragones del famoso disco de Lafone Quevedo, que reproducimos en la Fig. 71 B, se querrá tal vez citar como una escepción culminante á la regla de la carencia del símbolo en los dioses personales; pero no es así, porque el disco no puede clasificarse entre los lares y penates. El grupo trinitario figurado con tanto arte en el mismo, no es otra cosa que un nuevo é interesantísimo ejemplar antropo-zoomorfo atmosférico constituido por la figura humana central, con su sol en la cabeza, el copón ó vaso del trueno en su pecho, y por los dos monstruos dragones ofídicos, de patas estrelladas, con los círculos fecundantes sobre sus cuerpos, ó sean dos Huayrapucas ó figuraciones zoomorfas del viento que trae la tormenta. Esta trinidad calchaquí es, pues, nada más que la representación acuática por excelencia de ese Aticci Viracocha del bajo relieve de Pashash y del dintel de la puerta monolítica de Tiahuanaco[266]. Nada más lógico, entonces, que las dobles cruces en las cabezas de las Huayrapucas, que traen las nubes y producen el fenómeno de las lluvias tormentosas ó de la tempestad; y son, cabalmente, los símbolos los que concluyen por caracterizar de una manera gráfica el valor mítico de la simbólica figuración atmosférica que nos ocupa.

Antes de pasar adelante, conviene resolver la cuestión de por qué los ídolos llevan figuradas las cruces en sus pechos ó mamas, y por qué tales cruces son griegas, ó de brazos de iguales dimensiones; pues debemos recordar, á propósito de estos problemas arqueológicos, que los suris con cruces en las urnas funerarias y las cruces en los ídolos antes reproducidos, aparecen respectivamente en los lugares correspondientes á las mamas de las figuras antropozoomorfas y demás representaciones humanas; lo mismo que debemos dejar sentada la antes insinuada observación de que los palos de las cruces son invariablemente del mismo largo en tales figuraciones, es decir: que los signos son griegos, y no latinos como el de nuestra Cruz cristiana.

Las imágenes idolátricas, generalmente del género epiceno (cay huarmi cachun, cay cari cachun), llevan la Cruz en los lugares correspondientes á las mamas, en el sentido figurado de que ellas derraman el agua ó el líquido vital que alimenta todas las cosas, pues las mamas contienen la leche que nutre en la especie de los mamíferos á las creaturas recién nacidas, humanas ó animales. La Cruz sobre las mamas, expresa claramente la idea de que ellas son el continente del elemento fecundante por excelencia. La diosa atmosférica de California lleva el agua en sus pechos fecundos. Lo propio acontece con nuestras divinidades de la tormenta, portando el símbolo acuático en los lugares correspondientes á ambos pechos, sin necesidad de figurarlos, como en algunos ejemplares de zemes calchaquíes, que hemos atribuido, sin afirmarlo definitivamente, á representaciones de hapi-nuños (hapiy-nuños), «fantasmas ó duendes que solían aparecer con dos tetas largas, que podían asir de ellas», al decir de Fernández y Holguín[267].

Que los cuatro palos de la Cruz sean de iguales dimensiones, ya se les considere alusiones á los cuatro rumbos ó á los cuatro vientos, también es perfectamente explicable, porque no hay rumbos ó vientos mayores ó menores, cortos ó largos, toda vez que el indio, en donde quiera que estuviese ubicado, creería encontrarse en el punto céntrico ó de origen de un horizonte circular que limitaba la tierra, correspondiendo á los cuatro vientos ó los cuatro rumbos los cuatro radios de ese círculo, ó líneas de iguales dimensiones, que se cortaban perpendicularmente entre sí, formando el signo de la Cruz, cuya intersección representa exactamente al citado punto de ubicación ú origen. Un ejemplo notable nos ofrece el nombre de la capital del imperio incaico, ó del Cuzco, que significa ombligo; es decir: parte céntrica del cuerpo terrestre ó punto de origen de los cuatro suyos[268].

El gran monolito esculpido de Tafí, que reprodujimos en el capítulo III, habrá observado el lector que presenta cuatro interesantes grabados cruciformes, con un círculo sencillo ó puntuado al centro de cada uno de ellos, alternando con otros como spectacles, ó Imaymanas unidos entre sí por una línea. Estas esculturas cruciformes sobre el fálico menhir,—resto grandioso que prueba la obstinación fetiquista de estas razas por un viejo culto litolátrico,—tienen la más sencilla explicación.

El monolito ó menhir esculpido en cuestión, es un gran fetiche, huaca ó villca, protector de los andenes ó pequeñas extensiones labrados, cuya tierra está sostenida por alineamientos de pequeñas piedras paradas, menhir que se levanta en medio de tales andenes. Este monolito, como cualquier otro de su género, llámase Mama-Zara, Maíz-madre ó Madre del Maíz, nombres con los que es conocido hasta hoy en Cafayate y otros pueblos de los valles.

Una Mamazara, levantándose en medio de los andenes ó de las labranzas (lo mismo que una Huaza á la puerta ó bastidor del rastrajo sembrado), protege á la sementera de maíz, la que prospera bajo su patrocinio, evitando el gusano en la raíz, y preservándola de los hielos, de la piedra, de los vientos ardorosos, de la langosta y de otras plagas. Pero el fetiche de piedra, obrando por la acción propia ó combinada con la del cielo, tiene la virtud especial de hacer llover oportunamente sobre la siembra, atrayendo á las nubes; pues «entre los calchaquíes, como escribe el presbítero Toscano (quien desempeñó durante muchos años el curato de Cafayate y pueblos contiguos), se llamaban Mamasaras á unas piedras labradas y perfectamente pulimentadas, que se colocaban en medio de las sementeras para que tuvieran agua oportuna y abundante, atribuyéndoles virtud especial para producir la lluvia»[269].

En el fragmento de la lámina del Yamqui Pachacuti que ofrecimos en el capítulo III (Fig. 21 bis), vemos simbólicamente representada en el grupo astrolátrico C2 á esta Mamazara, grupo que en el original (Fig. 21) lleva esta leyenda: «Zaramama-chacana en general». Pues bien: esta Zaramama está figurada por cuatro grandes estrellas unidas entre sí por dos líneas que se cortan formando una Cruz, como si la Cruz misma fuera el emblema ó símbolo de tal «Madre del Maíz», y quién sabe si la palabra chacana[270] de la leyenda no sea el nombre con que los quichuas conocían al símbolo, al que en ciertas condiciones vimos que llamaban xaygua.

Estos breves y muy interesantes antecedentes, sirven para explicar con cuánta razón el indio de Tafí esculpió cuatro artísticos signos cruciformes en la Mamazara monolítica, protectora de las siembras, sobre las cuales hace caer lluvias oportunas, la misma que tiene su representación simbólica en la carta sagrada de la heliolatría quichua, por la acción del sol y de los astros sobre los elementos, cuando el culto al astro del día se sobrepuso al del viejo Aticci Viracocha del panteón de Tiahuanaco.

Fijemos, finalmente, la atención en lo interesante de los signos cruciformes de la Mamazara de Tafí, con su círculo simple ó con punto respectivo en el lugar correspondiente á la intersección de los brazos, círculo que vale por «germen vital, yema ó brote», y que expresa de una manera acabada y concluyente la idea de una lluvia oportuna haciendo brotar, crecer y fructificar la mies preciada del indio.

Otro dato interesantísimo de Folk-lore conviene apuntar con este motivo.

Nos referimos al hecho de colocarse por los naturales piedras paradas protectoras, que llaman á la lluvia, en cualquiera eminencia, en toda la extensión del valle de Santa María ó de Yocavil. Hoy, en vez de piedras, se colocan de pie cruces cristianas sobre las colinas y los morros de los cerros, cruces protectoras que pueden contarse por centenares. Ahora, preguntamos: ¿la sustitución cristiana de las cruces á los menhires nativos, no es obra de una de esas raras coincidencias ó puntos de contacto de creencia y creencia, mediante los cuales el símbolo cristiano de la Cruz hace las veces del símbolo pagano, adquiriendo en tal caso una doble virtud protectora, como conjuro de la piedra y del granizo, y como un singular amuleto propiciatorio de las lluvias?—Nosotros, no nos limitamos á sospecharlo, sinó que casi nos atrevemos á establecerlo en sentido afirmativo. Si así fuere, esta prueba del valor de la Cruz como símbolo acuático calchaquí, no solo no admitiría réplica, sinó que sería decisiva y trascendental[271].

En nuestra reciente expedición á los valles de Londres, hemos podido observar en el pueblo de Colpes (Pomán) trojes ó pirhuas con cruces. Las pirhuas de formas fálicas, levantadas sobre un bastidor de cuatro horcones, que guardan la preciada algarroba, remataban en un penacho de aibe ó pasto de campo; y de en medio de este penacho salía una Cruz de madera. Esta Cruz, según pudimos informarnos, á la vez que guardián del producto de los tacuiles, propiciaba para el año venidero una abundante cosecha de algarroba. Para que tal cosecha fuera abundante, es claro que habría necesidad de que lloviese. La Cruz de las pirhuas, en buenos términos, equivalía á un amuleto de las lluvias, confundiéndose en el espíritu del indio actual el valor cristiano con el valor nativo del símbolo.

Sobre la despensa de un grupo de ranchos de Bisbis, camino de Hualfín á Andalgalá, otra Cruz de madera habíase colocado. Los indios de la casa negáronse por completo á explicarnos que significaba aquella Cruz sobre el rancho en el cual se depositaban los granos, la algarroba y el charqui. Esto mismo hízonos comprender que se trataba de una superstición nativa; y que la Cruz en el caso actual desempeñaría el mismo papel que la de la pirhua de Colpes.

Fig 72.
Molinos (Salta).
Tam. nat.

En dos ejemplares de figuras dobles, andróginos, ó con representaciones masculinas y femeninas (cay huarmi cachun, cay cari cachun), ó si se quiere huacanquis ó Cayam-Carumi, huacas de los amores, que por el hechizo del Tincuc forzaban el libre albedrío[272], aparecen hermosas cruces griegas, en una forma y colocación llamativas.

El Huacanqui de la Fig. 72, de la colección Zavaleta, es uno de los ejemplares interesantes.

Sobre una lámina de hueso (el material suele ser piedra blanca ó negra), y dentro de dos secciones rectangulares iguales, aparecen dos figurillas humanas, de esas que, al decir de Montesinos[273], «hacen apariencia de dos personas que se abrazan». La de la izquierda está muy borrada, á causa del desgaste natural del material óseo, pues posiblemente el amuleto era objeto de contínuos frotamientos; en cambio, la de la derecha aparece perfectamente con todos sus detalles: esta figurilla es femenina por el triangulillo correspondiente á su vulva, como en el caso de la inferior de un amuleto de Tinogasta[274].

La figurilla anterior que nos ocupa, de brazos y piernas doblados, unos y otros miembros con tres dedos, presenta un cuerpo geométrico cuadrangular, como en el caso de la representación de la Fig. 30 bis; al centro de este cuadrado, y en la parte correspondiente á la mitad del pecho, cuatro triangulillos, ó cuatro emblemas fálicos femeninos, simétricamente distribuidos, forman una interesante Cruz simbólica.

En el andrógino de piedra negra, reproducido en la nota, y á su parte posterior, en el punto mismo en que las figurillas humanas (varón y mujer) juntan sus pies, aparece esculpida, como se vé en el detalle de la derecha, una artística Cruz, á los estremos de cuyos palos superior é inferior se han calado dos morterillos de boca perfectamente circular: en estos morterillos, y sobre esta Cruz, ofreceríanse, sin duda, las ofrendas propiciatorias, siendo el mortero con su mano otro objeto fálico emblemático, que vimos aparecer en el Huampar incaico.[275].

Ahora bien: ¿qué motivos pueden haber decidido al artista indio á grabar cruces en estos huacanquis ó amuletos «para rendir por el amor el libre albedrío»?

Dos, sin duda: el primero, que el amuleto se consagra al acto carnal de la fecundación y de la reproducción de la especie; el segundo, que estos amuletos, por lo mismo que se refieren á la procreación, tienen un origen atmosférico, como la lluvia fecundante y reproductora, pues de la propia manera que los meteoritos son lanzados sobre la tierra por los dioses de la tormenta, estos amuletos son arrojados por el rayo que cae, desprendido con estruendo de las nubes, de modo que también son illas, ó preciados talismanes de Illapa; pues, al decir de Montesinos, á estos preciados amuletos de maleficio amatorio, ídolos ó huacas de los amores, «fingen los hechiceros que los hallan cuando el relámpago se despide de la nube con gran trueno, y cae el rayo, y donde cae los encuentran ...»[276]. El hecho mismo de guardarse al idolillo en una cesta llena de plumas de colores (dato que también consigna Montesinos, como se lee en la nota), prueba su origen atmosférico, pues las plumas recuerdan al pájaro de la tormenta, y sus colores los del iris ó chuychu formado en las nubes.

Sobre los escudos calchaquíes con que se cubren figuras humanas labradas en cobre, pintadas en las tinajas, en las rocas, ó grabadas en los petroglyfos, suelen aparecer signos y figuras simbólicas, animales y geométricas muy curiosos, que aún no han sido estudiados, siendo notables en tal sentido los escudos que portan los reales personajes de la Gruta de Carahuasi (Salta)[277]. Nosotros atribuimos á representaciones totémicas tales figuraciones, siendo ellas, sin duda, emblemas ó insignias de los personajes que portan los escudos, ó de sus familias, de sus tribus y de sus pueblos. Es de advertir que cuando los personajes no llevan escudos, suelen tener pintados sobre su pecho los referidos tótem[278]. Que familias de indios tucumanos han adoptado su distintivo entre los de su raza, convirtiéndolo en apellido común, tomado de nombres de héroes, de animales ó de cosas animadas ó inanimadas,—resulta indiscutible cuando se recorren los padrones que los españoles levantaran en el período de la colonia, censando á la población nativa[279]; y así, indios hay que llevan los siguientes apellidos: Atagualpa (Yumansuma, 1699), Inca (Chicligasta, 1721), Inga (Colalao, 1699), Colla (San Miguel, 1771), Illapa (Chuchagasta, 1699), Vilca (Tolombón, 1699), Pisco (Colalao, 1699), Surita (Marapa, 1721), Chilca (Choromoros, 1771), Patay (Tafí, 1699), Chuncha, Chicha, Choclo, Sapaca, Guasca, Coca (Colalao, 1699), etc., etc.

Fig. 53.

Fig. 56. Col. Quiroga.

Sobre los escudos de Carahuasi pueden verse reproducidos espirales, meandros, animales y otras figuras simbólicas, una de ellas cruciforme.

Fig. 58. San José.
Col. Max. Schmidt.

Fig. 59. Loma Rica.
Catamarca.

En el capítulo anterior hemos tenido ocasión de reproducir, para no abundar en ejemplos, figurillas humanas sobre cuyos pechos se ven pintados símbolos diversos: dos suris, de cuerpo de dobles triángulos en la Fig. 53; un suri y una serpiente, respectivamente, en las figurillas del cuerpo de la urna 56; un suri y meandros de la fecundación ó de la cópula sobre el escudo superior de la derecha en la urna 58; dobles serpientes rayos, formados por quebradas paralelas llenas de puntos, sobre los escudos de las figurillas de la urna 59; dos suris sobre el escudo de la representación de la urna 63, etc. Estas figurillas humanas, reproducidas en el lugar correspondiente al rostro de la imagen antropo-zoomorfa de las urnas, son seguramente representaciones antropo-atmosféricas, que llevan como distintivo totémico símbolos que representan á las nubes, al rayo y á la lluvia fecundadora; más bien dicho: son habitantes del pueblo de las nubes, tales como aparecen hombres y mujeres en la lámina de los Sias (Cap. V).

Fig. 63. Urna de
Santa María
vista de lado.

Bien, pues: la Cruz suele también, en casos escepcionales, figurar como insignia sagrada ó tótem en tales representaciones.

La Cruz, no sólo aparece como símbolo del culto, según escribe Schoolcraft[280], sinó que suele ser venerada y tenida como signo distintivo, quizá religioso, en los sepulcros y amuletos, ó como emblema ó tótem de las tribus y familias, apareciendo en este último carácter en la biografía de Wingemund, jefe de los Delawares, cuya artística Cruz totémica reproduce el autor.

Posiblemente igual cosa sucedía en Calchaquí, pues que la Cruz aparece sobre el escudo ó pecho de las figuraciones á que antes nos hemos referido, lo que indudablemente determina el carácter atmosférico ó acuático de las mismas.

La figurilla á la izquierda del cuello de la urna 58, por ejemplo, lleva en sus vestidos distintivamente pintada la Cruz, de negro sobre fondo amarillo.

En la Fig. 73 reproducimos un interesante detalle de un complicado petroglyfo de Andaguala, que tomamos en nuestra penúltima expedición á los valles calchaquíes. La escritura total y profusa de la roca es ideográfica, viéndose esculpidos canales y fuentes de agua, de modo que indiscutiblemente se trata de una piedra sagrada votiva para propiciar á la lluvia, que en los áridos y secos valles alimenta estanques y canales. La Cruz sobre el escudo, en el detalle reproducido del petroglyfo, es el complemento simbólico de la escritura sagrada, expresando claramente un anhelo de lluvia.

Fig. 73. Escudo con Cruz
en un petroglyfo de
Andaguala.

Fig. 74.
15 Tamaño natural
Cachi.—Colección Zavaleta.

Ahora reproduzcamos las figuras humanas gemelas con dobles signos cruciformes, que sobre la superficie de un gran disco de cobre de Cachi (Salta), aparecen sobresalir de relieve (Fig. 74). Este disco ha sido descrito por el americanista Ambrosetti, en un trabajo suyo de alguna importancia, titulado «Placas pectorales y Discos de Bronce»[281]. «De los discos de bronce, escribe, es el mejor que conozco: tiene unos 26 centímetros de diámetro. Su interior está ocupado por dos figuras humanas con largos trages que presentan la forma de escudos (lo que luego sostiene), recortados á cada lado en su parte media, y con las aspas superiores muy largas ... Sobre estos escudos (como los de Carahuasi) vemos siempre dibujos que bien pudieron ó ser totems de tribus ó distintivos personales de cada jefe. En el disco que nos ocupa, las cruces parecidas á las maltesas son casi exclusivas en los escudos; en uno de ellos hay dos dispuestas en sentido vertical, y en el otro las mismas dos, diagonalmente, de izquierda á derecha, hallándose interceptadas por un doble zig-zag combinado, que baja en la diagonal contraria. De los personajes que llevan los escudos, no aparece más que parte de las piernas con indicación de los pies, marchando ambos hacia la derecha. Sus caras están trazadas sencillamente. La cabeza adornada con una diadema (como me parece haberlo demostrado en el cap. XIV, figuras 96 y 97) y debajo de estas, dos triangulillos indicarían grandes aros.»

Ambrosetti no aserto á clasificar esta y demás imágenes humanas idolátricas labradas, sobre láminas, discos y planchas de cobre y bronce.

Estos dioses-imagen se dominaban Caylles, y eran protectores de las sementeras, como las varitas emplumadas de que hemos tratado en otra ocasión.

Lafone Quevedo, por su parte, insinuó esta clasificación[282].

Fúndase ella en la siguiente, interesante noticia de Lozano[283]: «A otros ídolos que llamaban Caylle (veneraban los Calchaquíes), cuyas imágenes labradas en láminas de cobre traían consigo, y eran las joyas de su mayor aprecio; y así dichas láminas, como las varitas emplumadas, las ponían con grandes supersticiones en sus casas, en sus sementeras, y sus Pueblos, creyendo firmemente que con estos instrumentos vinculaban á aquellos sitios la felicidad, sobre que decían notables desvaríos, y que era imposible se acercase por allí la piedra, la langosta, la epidemia ni otra alguna cosa que les pudiese dañar.»

Estos Caylles vemos, por la cita de Lozano, que son protectores de las sementeras, pareciendo, en términos generales, poseer las misma virtudes que las Mamazaras y Huazas, de que antes nos ocupamos. Son, por tanto, las láminas, discos y planchas que los contienen labrados, amuletos propiciatorios de la lluvia; y de la oración del Padre Molina[284] resulta que Caylle, varón ó hembra, es un nombre ó atributo del Viracocha acuático, sinónimo de Imaymana, ese gran «hacedero de todas las cosas.» La oración de Molina, dice:

Aticci Viracochan, Caylla Viracochan[285] tocapu acnupu Viracochan, camac Churac cari cachuy uarmicachun nispa llutac, etc.