Un brazo del Ganges.—La yungla y sus gentes.—El camino de Calcuta.—Cañonazos de sus defensores.—Abandonamos el «Franconia».—Invasión alada.—La marina fluvial de los indostánicos.—El maquinismo inglés en las riberas del Ganges.—El yute.—Fabricación de sacos para toda la tierra.—Los homenajes al río sagrado.—Caimanes y flores.
Llevamos dos días navegando á través del golfo de Bengala, desde la desembocadura del Irrawaddy, caudaloso río de Rangoon, á las bocas del Ganges y el Brahmaputra.
En la madrugada del tercer día despierto con la alarma que produce la inmovilidad, cuando se ha conciliado el sueño en pleno movimiento. El Franconia ha cesado de marchar y en la calma de la noche suenan gritos. Miro por un ventano de mi camarote y veo las luces de dos vaporcitos deslizándose sobre un mar completamente horizontal y tranquilo como las extensiones de agua dulce. Debemos estar cerca de las bocas del Ganges, y estos vaporcitos pertenecen sin duda á los prácticos encargados de dirigir el rumbo de los buques á través de unas tierras fangosas, por canales cuya profundidad cambia con frecuencia.
No puedo dormir el resto de la noche. El vapor ha reanudado su marcha lentamente, y sólo pienso en la masa acuática que va pasando debajo de nuestros pies. ¡El Ganges!... ¡Estamos en el Ganges! Las aguas que cortamos proceden en su mayor parte del río sagrado.
Apenas amanece subo á la cubierta, ansioso de contemplar las primeras tierras de la India. Sólo veo un mar amarillo. Las verdaderas bocas del Ganges quedan á nuestra derecha y cubren el golfo de Bengala, en una extensión de muchas leguas, con su aporte líquido, dulce y terroso. Nosotros vamos á penetrar por el río Hooghly, en cuyas riberas está la ciudad de Calcuta.
Este curso fluvial que hasta tiene nombre propio no es más que un brazo del Ganges desprendido de él á cierta distancia del golfo de Bengala para desarrollarse por su propia cuenta. Los indostánicos que viven en sus orillas le tributan sin embargo los mismos honores que al río padre, venerado como un dios, cuando se desliza ante los templos y palacios de la santa ciudad de Benarés.
Dos orillas bajas van surgiendo del horizonte rojizo, con anchos intervalos de agua libre. Son las islas avanzadas de la desembocadura de este retoño gangético. Vamos á navegar todo el día por él: primeramente sobre el Franconia, luego en un vapor más pequeño, á través de los aluviones del vasto estuario cubiertos de eterna vegetación.
Al deslizarnos entre las primeras islas vemos en sus orillas chozas de techo cónico, bosquecillos de cocoteros y palmeras. No está bien determinado el límite entre la tierra y el agua. Hay espacios que nos parecen sólidos y firmes á causa del verdor de sus plantas, y de pronto los vemos atravesados por una piragua que se abre paso entre aquéllas. Otros los creemos de gran profundidad acuática y son prados medio líquidos, en los que rumian los bueyes, hundidos hasta el vientre. Hombres de color de chocolate, con turbante blanco y un andrajo lumbar del mismo color por toda vestimenta, cuidan estos rebaños ó trepan por los gráciles troncos de los árboles que les proporcionan su alimento.
Avanzan las tierras unas hacia otras, como si se buscasen, y navegamos por un canal que parece de barro líquido, siguiendo dos líneas de boyas indicadoras de nuestro rumbo.
Ya estamos dentro del Hooghly. Sus riberas tienen en primer término campos de plátanos, cuyas hojas son de un verde charolado y amarillento. Es la única tierra que trabajan sus habitantes. Más allá de la estrecha faja cultivada se extiende la yungla famosa, la jungle, tantas veces descrita por los autores ingleses, llanura interminable cubierta de una vegetación relativamente baja, de la que surgen á largos trechos grupos naturales de cocoteros y palmeras. Vuelan á la vez muchas gaviotas y muchos cuervos, sin que se note entre ellos ningún intento agresivo, pues se comparten amigablemente el dominio de la atmósfera. Del misterioso verdor de la yungla vemos elevarse nubes volantes, triangulares y negras. Los pájaros aletean en tribu, trasladándose de una parte á otra de la interminable selva, asustados tal vez por las bestias carnívoras que cazan en sus espesuras.
Un estrépito seco y ensordecedor corta el aire. Son tiros de cañón. Luego nos enteramos de que numerosas baterías de campaña guarnecen la bahía del Diamante, donde nosotros vamos á anclar, defendiendo la entrada de esta vía fluvial que es el camino más directo de Calcuta. Ahora lo vemos solitario, con orillas de río salvaje. Avanzamos contra su corriente lo mismo que un buque explorador, pero sabemos que por aquí pasan cuantas naves de comercio y de guerra desean llegar á la ciudad más importante del Imperio de las Indias.
Vemos en la orilla izquierda todo un regimiento de artillería ejercitándose en el tiro. Tiene para campo de experiencias la soledad de la yungla. Sus cañones repiten los disparos con la rapidez de las armas modernas. Es un estrépito que enardece y entusiasma, lo mismo que una música belicosa, cuando se le oye á espaldas de las piezas. Escuchándolo de frente gusta menos.
Examinamos con anteojos marítimos el uniforme de campaña que usan los ingleses en la India. Parecen niños. Llevan borceguíes y gruesas medias atadas debajo de las rodillas. Éstas quedan completamente al descubierto, pues el pantalón no es más que un simple calzoncillo hasta la mitad del muslo. Su camisa carece de mangas y de cuello. Un casco es lo único de carácter militar que usan estos guerreros, obligados á vivir en plena yungla bajo el asfixiante calor de las horas meridianas.
Cerca de nuestro anclaje empezamos á encontrar la navegación indostánica del río: largas piraguas con bogadores obscuros y sudorosos, que sueltan sus remos terminados por una paleta redonda y quedan inmóviles contemplando nuestro buque. El agua es tan densa, que las pequeñas rompientes de su oleaje en las orillas parecen ribazos de tierra carmesí.
Se ensancha de pronto la corriente, formando un vasto circo acuático. El redondel de la vegetación aparece cortado en varios lugares por manchas rojas y blancas de edificios. Son los pabellones de las tropas de artillería y algunas viviendas de particulares que empiezan á desmontar la yungla, estableciendo explotaciones agrícolas. Nos detenemos en la llamada bahía del Diamante. El Franconia, por su calado, no puede ir más allá. Sólo los vapores de 6.000 ú 8.000 toneladas siguen remontando el río, en horas de gran marea, hasta llegar á los muelles de Calcuta.
Quedamos anclados en esta bahía fluvial de aguas rojas, que únicamente á la salida ó la puesta del sol toman un esplendor blanco y luminoso capaz de recordar el del diamante. Es aquí donde el Franconia va á sufrir una de las mayores transformaciones de su viaje. Permanecerá varios días como si fuese un barco abandonado, guardando solamente la tripulación necesaria para su limpieza. Todos los viajeros se trasladan á Calcuta y con ellos gran parte de la dotación del buque, que ha podido conseguir la licencia necesaria.
Dos grandes vapores fluviales con triple cubierta, elegante restorán y numerosa servidumbre van á llevarnos hasta la metrópoli de las Indias, navegando seis horas por el río. Unos viajeros quedarán en Calcuta tres días, volviendo inmediatamente al buque. Otros piensan seguir adelante hasta Benarés, regresando al Franconia á tiempo para ir á Ceilán y de esta isla á Bombay, dando la vuelta á toda la península indostánica. Algunos renuncian á ver Ceilán y continúan su viaje á través de toda la India, no volviendo á encontrar el Franconia hasta el puerto de Bombay.
Yo voy á Benarés, y volveré al buque para ir luego á Ceilán y Bombay. Desde este último puerto subiré á Delhi, Agra y otras ciudades célebres de la Rajputana. De tal modo conoceré lo más interesante que puedan ver los que hacen la travesía directa de Calcuta á Bombay, y no me privaré, como ellos, de visitar Ceilán.
Al echar sus anclas el Franconia en esta bahía, donde no hay otro buque, toda la yungla parece estremecerse y levantar la cabeza, interesada por su presencia. Vienen de tierra nubes de mariposas blancas y rojizas, introduciéndose por los ventanos de los camarotes. Se alzan sobre la selva nuevos triángulos negros de aves. Los pájaros de presa empiezan su ronda aleteante en torno al buque, espiando la caída de basuras y desperdicios para desplomarse sobre estos islotes de nutrición.
Mientras estamos en Calcuta y Benarés, los oficiales del campamento visitan el Franconia y se llevan á sus viviendas á los marinos que permanecieron en el vapor para que conozcan un poco la vida en la yungla. A mi regreso me cuenta un joven piloto sus excursiones por una pequeña parte de esta selva baja, interminable y poco explorada, que refresca el Ganges antes de perderse en el mar. Ha visto serpientes boas de grandes dimensiones y torpe arrastre. Un tigre trae alarmados hace meses á los pobladores de la bahía del Diamante. Mata todas las noches animales en los nuevos establecimientos agrícolas, y nunca lo pueden descubrir. Todavía hay en la yungla gentes que llevan una vida salvaje. Dos mujeres huyeron á todo correr viendo al marino y á varios artilleros. La presencia de los blancos las infunde pavor.
A las dos de la tarde abandonamos el Franconia. Cuando los dos vapores fluviales se despegan de su casco, ocurre algo extraordinario que demuestra el instinto de los habitantes alados de la yungla. Mientras hemos permanecido en el paquebote, las bandas de cuervos, milanos y gaviotas se limitaron á volar á gran altura sobre sus cubiertas. Apenas nos alejamos, los muros de verdura que rodean la vasta copa de la bahía empiezan á vomitar nubes de estos pájaros sobre el buque, desparramándose en él como si estuviese desierto.
No osan descender á las cubiertas bajas, por estar en ellas los hombres de guardia. Forman filas agarrados al cordaje de los mástiles, se alinean lo mismo que los pingüinos en las barandillas, se sostienen aleteantes, como animales de cimera heráldica, sobre los bordes de la chimenea. Hasta ocupan el nido del vigía en el mástil de proa, y los que no encuentran espacio donde posar sus patas, forman un anillo revoloteante que abarca el buque entero. A los pocos minutos tiene éste engruesados todos sus contornos por una línea de vida animal negra y palpitante.
Se inicia nuestra navegación aguas arriba, cruzándonos á cada minuto con una muestra curiosa de la marina de cabotaje indostánica. Hombres esbeltos y cobrizos reman de pie sobre las cubiertas de unos barcos relativamente grandes, con vela rectangular y popa alterosa, llevando en ella una enorme pala que sirve de timón. Lo mismo debieron ser las naves que surcaban estas aguas hace dos mil años. En otras de arquitectura semejante, los remeros ocupan una plataforma yuxtapuesta á la proa, mucho más baja que el alcázar posterior. Estos bogadores, que manejan unos remos larguísimos, retroceden varios pasos al dar su palada, y luego avanzan hacia la popa otro tanto para clavar su remo y repetir la operación. Algunos barcos más veloces por la estrechez de su casco tienen una cámara baja, una vela cuadrada con pequeños rectángulos negros y blancos, y cuatro bogadores que se agitan incansables, como duendes, moviendo en la proa sus remos de paleta.
Pasan barcos cargados de tinajas, estivadas verticalmente, con los vientres juntos. De lejos parecen enormes huevos rojos cuidadosamente colocados en un cesto flotante. Otros llevan láminas de mármol puestas de canto en la cubierta, como las hojas de un libro. Los más transportan pirámides de sacos apilados en torno á sus mástiles. Y todos estos buques de forma primitiva cabecean violentamente con el oleaje que levantan las ruedas de nuestros dos vapores.
Al atardecer, el río de aguas bermejas va tomando un color de perla. Según avanzamos ofrecen sus orillas un aspecto de actividad civilizada, intensa y productora. Vemos fábricas grandes como pueblos; construcciones bajas que ocupan vastísimos espacios. Surgen sobre sus techumbres chimeneas esbeltas de ladrillo y extienden además sobre las aguas numerosos tentáculos de muelles y vías férreas. En algunas de estas fábricas, aparte de los talleres y el chocerío, ocupado por los jornaleros indígenas, hay edificios elegantes rodeados de jardines. Grandes piraguas pasan de una orilla á otra las muchedumbres multicolores que han acabado su trabajo.
Se van multiplicando las chimeneas. Ya no se elevan, como al principio, en una sola de las orillas. Surgen igualmente de la ribera opuesta y del fondo del horizonte, siempre cerrado por la lengua de tierra de una revuelta inmediata.
Adivinamos la proximidad de Calcuta. La bruma que exhala el río á estas horas se une al humo de las fábricas, envolviendo el ocaso en una opacidad impropia de este clima. Parece que nos acerquemos á Londres, pero un Londres de nieblas doradas y multitudes colorinescas.
Desfilan por las dos orillas miles de hombres y mujeres, rosarios interminables de cuentas blancas, rojas, violetas, amarillas, azafranadas y verdes. Todos marchan en fila, poniendo cada uno su pie sobre la huella del que le precede. Es una particularidad que noto desde mi entrada en la India y he seguido viendo en todas mis excursiones á través del país. Rara vez marchan juntos dos indostánicos por un camino. Hasta la familia avanza longitudinalmente, por amplia que sea la vía: el padre delante, la madre detrás con fardos en la cabeza, y á continuación la prole, casi siempre por orden de estatura. Es la «fila india», de que se ha hablado tantas veces. También en la salida de las fábricas se nota esta tendencia á la marcha separada y silenciosa. La muchedumbre se desgrana en la misma puerta, se esparce como los hilillos de un líquido derramado, alejándose en luengas y multicolores filas.
Todas estas fábricas son para preparar y tejer el yute, la gran producción de la provincia de Bengala. Casi todos los sacos que usa la agricultura de Europa y América proceden de estos centros industriales, cada vez más enormes, que llenan las orillas del Ganges. Aquí se utilizan las fibras de la citada planta, creándose piezas de ruda tela, que luego corta y cose en forma de sacos el país importador. La riqueza de Calcuta, su importancia comercial, el movimiento de su puerto, dependen de esta exportación que abarca el mundo entero.
En días sucesivos, hablando con varios cónsules residentes en Calcuta, me doy cuenta de que las funciones de los más de ellos tienen por única base la producción del yute. Todos los sacos que sirven de envase al trigo y el maíz de la Argentina ó al azúcar de Cuba fueron tejidos en las fábricas de Bengala.
Esta industria no deja de ofrecer cierta exterioridad pintoresca á causa de las masas indígenas que trabajan en sus talleres; mas esto no impide que el viajero sienta la amargura de la decepción al ver el maquinismo inglés establecido en uno de los brazos del Ganges, vaciando sobre su corriente las cenizas y carbonillas de sus máquinas de vapor, mezclando el humo de la hulla con las brumas vesperales del río sagrado. Pero la India antigua, inmutable y misteriosa resurge siempre, rompiendo la envoltura moderna en que la encierran sus nuevos amos.
Vemos á trechos, flotando sobre el río, luengas guirnaldas de flores. El indostánico necesita hacer todos los días un presente florido al padre Ganges.
En el restorán de nuestro vapor hay una especie de maître d’hôtel vestido á la inglesa y con zapatos de charol, la mayor distinción á que puede aspirar un mestizo. Dirige con aire de superioridad, como si fuese un europeo, á los otros servidores, que van descalzos, con levita blanca, faja roja y un abultado turbante de este último color.
Poco antes del anochecer, este indio con smoking, que se agita dando órdenes á la servidumbre para que recoja la vajilla del té, mira á un lado y á otro para convencerse de que todos los viajeros se han ido del comedor á las cubiertas superiores, toma varios manojos de rosas que adornan las mesas, y dirigiéndose á un ventano las va arrojando con lenta solemnidad sobre las aguas nacaradas por la luz del ocaso.
Veo que las dos orillas tienen una faja ondeante de flores rojas y doradas. El manso oleaje arranca estas masas de pétalos, las balancea unos segundos y vuelve á pegarlas á las riberas.
De tarde en tarde, la corriente, teñida de rosa pálido por la agonía del sol, se corta de abajo á arriba, dejando ver el avance de un lomo dentado como una sierra: un caparazón de bestia antediluviana.
Es el caimán, venerable y respetado habitante de este río, al que echan sus devotos flores y cadáveres.
XXIII
EL QUEMADERO DE CALCUTA
Caras europeas y vestiduras exóticas.—Los «ghats» del Ganges.—Las estadísticas médicas de la India.—Un cortejo fúnebre.—La última oración.—Los fugitivos de la muerte convertidos en animales.—Las hogueras de la mañana.—El horrible enano del Quemadero y sus clasificaciones.—Cremación de una madre que parece una niña.—Las purificaciones preliminares.—Cadáver de pobre esperando que alguien pague su leña.
Calcuta es la segunda capital del Imperio británico. Birmingham, ciudad de Inglaterra que figura por su población después de Londres, resulta muy inferior á Calcuta, pues ésta tiene un millón trescientos mil habitantes. El setenta por ciento de ellos son de religión brahmanista y un veinticinco por ciento mahometanos indostánicos.
Hasta 1911 Calcuta fué la capital de la India, pero como las conquistas y anexiones de los ingleses han ido extendiendo su imperio hacia el Norte, hubo que trasladar en dicha fecha el centro del gobierno á la ciudad de Delhi. Estos cambios no resultan extraordinarios en la vida política de la India. Durante dos mil años de historia conocida, un movimiento de exacta repetición ha desplazado cada cinco siglos la capitalidad de la India, pasándola de unas ciudades á otras, y devolviéndola más de una vez á alguna que la tuvo en otro tiempo. Delhi fué capital del poderoso Gran Mogol y ha vuelto á serlo ahora del virrey enviado por el gobierno de Londres.
Actualmente sólo figura Calcuta como capital de la Presidencia de Bengala, pero conserva los palacios y museos con que la embellecieron los anteriores virreyes. Sus calles están á todas horas del día tan llenas de gentío, que el viajero la supone una población todavía mayor que la mencionada.
Ofrece esta muchedumbre para el europeo una novedad extraordinaria, después de haber viajado por el Extremo Oriente. En el Japón, en China, en las islas de Malasia, no causan extrañeza las vestimentas originales y multicolores, por ser las personas que las usan de razas distintas á la nuestra. Sus rostros amarillos ó cobrizos, sus ojos oblicuos apenas abiertos, parecen armonizarse con sus trajes extraordinarios. Pero el indostánico es de nuestra raza. Pertenecemos á distintas subdivisiones étnicas que tienen un tronco común. Numerosos habitantes de la India son casi negros, otros de color cobrizo, los hay rigurosamente blancos, más blancos que muchos europeos, pero todos son nuestros parientes por los rasgos fisonómicos y jamás han conocido la tentación de usar zapatos, llevando una simple tela arrollada á su cuerpo y mostrándose, apenas lo permite la temperatura, en una desnudez casi completa.
Con frecuencia se encuentran indostánicos que ofrecen una rara semejanza con personas que conocimos en Europa y América. Y este parecido resulta cómico al contemplar cómo el respetable señor que tratamos bajo otros cielos, se pasea ahora por una calle de la India ligero de ropa y descalzo. He visto en Calcuta jóvenes bracmanes, de tez blanca, gruesos, lustrosos, el pelo retinto y brillante partido por una raya en el lado izquierdo y las dos crenchas alisadas con aceite de jazmín. Todos ellos, á pesar de llevar los pies descalzos y una especie de toga alba pasada bajo el brazo derecho y descansando su extremo en el hombro opuesto, tienen un gran parecido con ciertos sacerdotes romanos que usan garbosamente hábitos de rica seda.
El primer día de mi permanencia en Calcuta procuro satisfacer, sin pérdida de tiempo, una curiosidad algo malsana que me agita desde que empezamos á navegar sobre las aguas del Ganges. Dejo para los días siguientes mi visita á los monumentos y jardines, el estudio de las muchedumbres que circulan por sus avenidas y se aglomeran en sus bazares. Quiero ver cuanto antes lo que llaman los indostánicos el campo de Nimtola y los ingleses el «Burning Ghat».
Esta palabra ghat debo usarla frecuentemente al hablar de la India. Un ghat es una escalinata, un graderío, muchas veces una rampa de piedra con rebordes salientes á cierta distancia, para afirmar mejor el pie descalzo, y que desciende por la ribera del Ganges hasta cierta profundidad de sus aguas. De este modo las multitudes devotas puedan permanecer sumergidas hasta los hombros, mientras hacen inmóviles sus oraciones.
Los ghat de Benarés son famosos. La santa ciudad, situada toda ella á la derecha del río sagrado, tiene una sucesión de rampas y escalinatas, sobre las cuales se agrupan en días de fiesta más de cien mil peregrinos. Pero olvidemos estos ghat de Benarés, de los que hablaré en lugar oportuno, para circunscribirnos al «Burning Ghat» de Calcuta, ó sea al «Ghat del Quemadero».
El Municipio de Calcuta ha construído en el lugar llamado Nimtola un edificio donde son quemados los muertos, con arreglo á la religión indostánica. Este campo de Nimtola está más arriba del Howrah Bridge, único puente de Calcuta que atraviesa el río Hooghly, y aparece siempre como obstruído por la enorme aglomeración de vehículos y viandantes. Junto al Quemadero pasa la ancha y populosa avenida que costea el río, siempre llena de tranvías, camiones automóviles y carretas tiradas por bueyes. Por ella se desliza la mayor parte de la actividad del puerto y de la estación del ferrocarril que va al Norte de la India. Hace años se hallaba lejos de Calcuta; pero ésta se ha estirado rápidamente á lo largo del río, envolviendo á Nimtola en los tentáculos de su crecimiento.
Los quemaderos célebres de la India están en las orillas del Ganges. Los príncipes y los ricos se hacen llevar moribundos á Benarés para que los incineren en la orilla del río sagrado, pues éste parece concentrar su importancia divina al lamer con ondulaciones cargadas de flores y podredumbres las murallas de dicha ciudad. En las poblaciones lejanas del Ganges el ghat de las quemas se construye al lado de un río, de un lago o un pequeño estanque. Lo que importa para la ceremonia es que el cadáver pueda recibir una inmersión antes de que lo consuma el fuego. El río de Calcuta es un brazo del Ganges, y los nacidos en la capital de Bengala consideran esto como un regalo precioso que los dioses han hecho á su ciudad.
El campo estrecho de Nimtola se prolonga entre el declive del río y la avenida Strand Road North, por donde pasa, como ya dije, toda la ruidosa circulación del comercio fluvial. Unos muros con arcadas separan la calle del Quemadero. Cerca de la puerta hay un pequeño santuario dedicado á Siva, el más terrible, y tal vez por esto el más admirado, de los personajes de la trinidad Indostánica. Junto al templo existe una oficina, donde varios funcionarios mestizos inscriben en libros las enfermedades que dieron término á la existencia de los que van á ser quemados.
Uno de estos funcionarios, joven indostánico de educación europea, sonríe al hablarme de la utilidad de sus funciones. La inmensa mayoría de las familias que acompañan á sus muertos ignoran qué enfermedad fué la que acabó con ellos. En los barrios indígenas de Calcuta temen á los médicos y prescinden de ellos. No hay quien pueda contestar á los empleados del registro; sólo saben que el muerto ha muerto, y dejan que el representante de la ley ponga en su libro la enfermedad que le parezca preferible para el caso. Luego, con arreglo á tales registros, se forman estadísticas que sirven para estudio y guía de los sabios de Europa y América.
Nos aproximamos á Nimtola por las estrechas callejuelas de los barrios inmediatos, procurando evitar la ancha avenida paralela al río, demasiado abundante en vehículos, de un suelo desigual, donde las ruedas se enganchan en los rieles salientes y cuyos charcos negros salpican con pestífera hediondez.
Nuestro automóvil tiene que hacer alto, pegándose á uno de los muros, para dejar paso á una muchedumbre que avanza á nuestra espalda y se anuncia con cierta salmodia monótona. Se desliza, rozando nuestro vehículo, una doble fila de indostánicos, todos con vestiduras blancas. Cuatro de éstos llevan en hombros unas angarillas hechas con ramas de árboles y forradas de gasa color de rosa. Encima de este lecho portátil vemos manojos de flores amarillas y rojas y varias plantas verdes. Debajo del sudario vegetal va un pequeño cadáver: el flaco cuerpo de una niña que no debe tener más de doce años. Los que lo llevan en hombros, así como los que le preceden y le siguen, son todos de tipo europeo—únicamente su tez tiene un color trigueño algo subido—, y su aspecto físico de occidentales contrasta con el manto de gasa ó de lino arrollado á su cuerpo por toda vestimenta.
En este cortejo fúnebre lo primero que llama la atención es la velocidad con que marcha. Parece que un enemigo invisible venga persiguiendo y acosando á todos estos hombres. Caminan como una tropa fugitiva. La gente abre paso para no ser atropellada, pegándose á los muros. Los vehículos se apartan también, avisados por su canto melancólico y tenaz. Todos los hombres repiten las mismas palabras, con un tonillo semejante al de los muchachos cuando deletrean sus lecciones en las escuelas de los pueblos: «Bolo hari. Hari bolo.»
Hari, en sánscrito, es Dios, y lo que dicen con su monótona cantilena los acompañantes del entierro es «¡Por Dios! ¡por Dios!»
Algo más allá pasa junto á nosotros un segundo cortejo fúnebre. Al salir á la gran avenida, frente á las puertas de Nimtola, vemos muchos otros que van llegando por todos lados y tienen que detenerse en este lugar convergente, para ir pasando adelante por riguroso turno.
Los hay de séquito numeroso, como el de la niña cubierta de flores y plantas. Otros son tristes, sin adorno alguno, y detrás de los dos portadores de la camilla fúnebre sólo marchan unas pobres mujeres envueltas en mantos blancos, que las cubren de la frente á los pies, mostrando cada una de ellas un brazo y una pierna, delgados, rojizos, con numerosos anillos de metal blanco.
El joven empleado me explica la preparación de estos cadáveres antes de llegar al Quemadero. Algunos fueron ungidos por sus familias con manteca sagrada; los más pobres no han recibido este embadurnamiento final. Todos ellos, al salir por última vez de su vivienda, oyen la suprema oración, dicha en sánscrito por el jefe de la familia, por un bracmán o un amigo. (El sánscrito es lengua muerta y sagrada para los indostánicos modernos; lo que el latín para nosotros.)
«¡Oh tú espíritu que te fuiste!... Vamos á quemar todas las partes de tu cuerpo terrenal, que, por estar repleto de pasiones y de ignorancia, unió á sus actos píos muchos otros que fueron impíos. Quiera el Supremo Señor perdonar todas las acciones pecaminosas que cometiste á sabiendas ó inconscientemente, dejándote ascender á las alturas celestiales.»
En una ciudad populosa como Calcuta sólo se permite llevar á orillas del río á los enfermos cuando han muerto; pero en las poblaciones del interior, muchas familias, si creen que uno de los suyos está en la agonía, lo conducen preventivamente al borde del Ganges, con lo cual se evitan las molestias y gastos de un cortejo fúnebre. Además, procuran aumentar la purificación del moribundo tapándole la boca y los oídos con limo del río sagrado, y luego lo abandonan para venir á quemarlo el día siguiente.
Ocurre algunas veces que estos agonizantes, no examinados por un médico, sólo sufren accidentes pasajeros, y al recobrar sus sentidos sienten el imperativo de la conservación, que les impulsa á seguir viviendo, y se escapan para que sus parientes no los asfixien llenándoles de nuevo los orificios respiratorios con el barro gangético. Estos fugitivos caen en la más extraordinaria y terrible de las existencias, pues viven sin vivir. Su familia los da por muertos y reniega de ellos, considerándolos como unos impíos que contravinieron las leyes divinas. Si los ven no los reconocen. Nadie se les aproxima, temiendo su contagio. El paria, á pesar de su miseria, resulta superior á él. Las gentes de castas elevadas evitan al paria, pero saben que existe. Este hombre que huyó de la muerte vive como una sombra, y aunque grite nadie le oye. Prolonga su vida en los lugares desiertos, alimentándose con inmundicias que disputa á los perros y los chacales. Acaba por ir completamente desnudo, cubierto de pelo, como una fiera. Las bestias aúllan á su paso, enfurecidas por su presencia, los niños huyen, las mujeres se cubren el rostro, hasta que al fin muere en completo aislamiento, y su espíritu, según los buenos creyentes, da un salto atrás, volviendo á encarnarse en los animales más viles é inferiores.
Entro en el patio abierto de Nimtola donde son quemados los cadáveres, y durante un par de horas creo vivir en el seno de una pesadilla fuliginosa. Me avergüenzo en los días siguientes al pensar que encontré interesante este espectáculo y me resistí á abandonarlo, á pesar del ambiente caliginoso y los hedores de la materia quemada. Siempre ocurre lo mismo con las sensaciones violentas que recibimos; nos parecen más terribles las cosas recordadas á distancia que en el momento de verlas directamente.
Se extiende el río á mi izquierda. Pasan por su centro rosarios de barcazas de las que tiran remolcadores. De tarde en tarde corta sus aguas un vapor blanco, un tranvía fluvial que conduce las gentes á la gran estación de ferrocarril del Norte de la India. El puente de Howrah corta en apariencia el curso de este gran camino acuático. En la orilla de Nimtola veo numerosos búfalos de piel negruzca, que sólo elevan sobre la corriente el dorso de su lomo y su cabeza chata y cornuda. Junto al ghat que se hunde en el río hay centenares de indostánicos con el agua hasta el talle ó los pechos, inmóviles y en oración.
La llanura triangular del Quemadero tiene, cuando entro en ella, varios hoyos largos y estrechos, cubiertos de tizones que humean ligeramente. Son restos de las hogueras mortuorias que empezaron á arder en las primeras horas de la mañana. En el fondo de una de estas hogueras agonizantes adivino el contorno de un esqueleto. Veo como una bola de cenizas y en mitad de ella dos estrellas rojas. La esfera cenicienta es un cráneo quemado que aún conserva su forma. Las dos manchas ígneas, un doble reflejo de la combustión del cerebro, que sigue ardiendo dentro de su cápsula caliza... Un capricho del fuego ha respetado la forma del cadáver, consumiendo su solidez interior.
Bastan unos cuantos golpes de bastón para que todo se desparrame en cenizas, y así lo hace un enano de aspecto inquietante que parece el dueño de este lugar. Recuerdo á Quasimodo y á otros personajes extraordinarios inventados por la literatura romántica, habitantes de bóvedas de catedrales, de cementerios y ruinas frecuentadas por fantasmas.
Es un hombrecillo de cabeza enorme por las mechas de pelo lacio y sucio que la cubren. Lleva el busto desnudo, surcado de cicatrices, lo mismo que el rostro. Como es guardián de este lugar, nos imaginamos que las tales cicatrices deben ser huellas de quemaduras. Un harapo anudado al talle constituye toda su vestimenta. Su orgullo debe ser un collar hecho de conchas que le cae sobre el pecho.
Este enano de ojos diabólicos y rictus feroz va de un lado á otro con aire importante, hablando á las familias de los difuntos, señalando los lugares donde pueden levantarse las nuevas piras. Con una habilidad profesional y sin más herramienta que una horquilla corta, borra en pocos instantes los restos de las cremaciones anteriores. Echa al río los residuos de la leña consumida y las cenizas del esqueleto que deshizo á palos minutos antes. Los devotos metidos en el agua no se apartan al ver caer entre ellos estas migajas fúnebres. Continúan sus pías gesticulaciones, cruzan las manos sobre el pecho, las elevan, beben sorbos del líquido sagrado. Unos lo tragan; otros hacen buches con él y vuelven á arrojarlo.
Según me explica el joven empleado, estas cremaciones de la mañana han sido de muertos cuyas familias pudieron pagar leña abundante. El costo de una pira modesta es de seis á ocho rupias, lo necesario nada más para que el cuerpo quede totalmente consumido. Los pobres, cuyas familias economizan la madera, sólo son quemados á medias. Doblan su cadáver para que ocupe menos sitio dentro de la pira, lo rompen por la cintura, pegando las piernas á la mitad superior, y aun así, se consume la leña muchas veces antes de que el cuerpo esté totalmente carbonizado... Pero el gnomo terrible, guardián de este lugar, no puede perder tiempo, necesita espacio para los otros cadáveres que van llegando, y cuando ve que una hoguera agonizante no puede dar más fuego, echa al río el montón de cenizas. Y las entrañas solamente chamuscadas, así como los huesos á medio carbonizar, caen en el santo Ganges junto á los devotos que continúan sus oraciones y sus tragos rituales.
Este enano indostánico, que se muestra humilde é hipócrita con los que él considera de casta superior, habla á nuestro acompañante al mismo tiempo que nos sonríe manteniéndose á cierta distancia, pues sabe que no debe tocar á los seres elevados ni con el aliento. El joven funcionario nos explica sus chistes crueles. Clasifica á los muertos como si fuesen viandas de cocina: en asados, á medio asar y crudos. Él solo respeta á los bien asados, ó sea á los ricos, que consumen mucha leña. Como la mayoría de sus correligionarios, este hombrecillo considera uno de los espectáculos más interesantes que pueden presenciarse en esta vida la cremación de un cadáver de rajá. Cuando muere alguno de éstos en la ciudad de Benarés, llegan muchedumbres de largas distancias para deleitarse con el perfume de la pira de sándalo y otras maderas preciosas, que va consumiendo lentamente el cuerpo del príncipe, mientras satura la atmósfera de bálsamos celestiales.
En realidad, este Quemadero de Calcuta no difunde hedores nauseabundos. Hay en el ambiente un fuerte olor de madera quemada y sólo un lejano tufillo de carne recién salida del asador. Tal vez sea esto por la delgadez inaudita de los cadáveres indostánicos. Son esqueletos con forro de piel. Causa asombro que el cuerpo humano pueda llegar á tal consunción.
La pequeñez de los cadáveres nos reserva una sorpresa. La primera cremación va á ser la de la niña cuyo entierro encontramos en una calleja inmediata. El gnomo, ayudado por unos cuantos hombres de dicho séquito, empieza á preparar la pira. Colocan, como si fuesen los cimientos de un edificio, cuatro troncos gruesos que forman un rectángulo. En el interior depositan simétricamente otros leños más delgados, y así forman la base de la futura hoguera.
Se oye un graznido continuo de las bandas de cuervos alineados encima de las arcadas ó que revolotean atrevidamente sobre nuestras cabezas. En toda Asia abunda el cuervo, como he dicho repetidas veces, pero en Calcuta resulta un personaje familiar y hay que convivir con él. Son las once de la mañana y la luz del sol desciende casi verticalmente de un cielo limpio de nubes. Al calor de su refracción se une el de algunas hogueras que todavía arden en un extremo de la fúnebre explanada. Este fuego se hace sentir y no se deja ver. El resplandor solar borra las llamas. De sus lenguas rojas no se ve más que el hilillo humoso del vértice.
Cada cortejo ha dejado en el suelo las angarillas de sus muertos, sentándose en torno á ellas para esperar. Con el encogimiento y la timidez de un rezagado pobre entra un último entierro. Dos portadores, un anciano y un niño, sostienen una camilla hecha con ramas y sobre ella va tendido un cadáver cubierto por un andrajo de hedionda suciedad, que parece oler á cólera, á peste bubónica, á todas las enfermedades contagiosas de la multitud indostánica. Tres mujeres marchan detrás del muerto, envueltas en velos blancos, con los brazos y las piernas llenos de ajorcas pesadas y de vil metal.
Recibe el enano con hostilidad á esta comitiva miserable. Es un «crudo» el que llega. Discute con los portadores y les obliga á que esperen con su muerto lejos de los otros cortejos. El viejo y el niño acaban por abandonar su camilla y desaparecen. Las mujeres, sentadas en el suelo, velan el cadáver. Por el borde del repugnante sudario asoma un pie flaquísimo, y esta especie de garra inferior guarda aún en su tobillo el envoltorio de un trapo, último vestigio de enfermedad y agonía.
Las tres mujeres, que llevan un adorno de metal en sus narices, tienen fijas las miradas sobre el relieve del cadáver invisible. Toda su emoción se denuncia en el agrandamiento de sus ojos. Nadie llora en este lugar. No veo una sola lágrima. El indostánico ignora que el dolor debe expresarse con un derramamiento de humores oculares.
Me voy fijando en una particularidad de los diversos cadáveres que esperan su turno para la cremación. Se adivina su sexo por la envoltura exterior. Las mujeres tienen depositado un manojo de flores en la oquedad que se marca entre su vientre y el arranque de sus piernas. A los cadáveres masculinos les han colocado una piedra en el mismo sitio.
Empieza la ceremonia de la purificación para la niña delgadísima, cuya familia debe ser bien acomodada á juzgar por su acompañamiento. Y aquí experimentamos la sorpresa de que hablé antes. Esta muchachita resulta una hembra de más de treinta años; una madre de familia. Y sin embargo, aun después de conocer su verdadera edad, ¡nos parece una cosa tan insignificante bajo su envoltura de gasas y de flores!... ¡Abulta tan poco su pobre cuerpo!...
El marido, cuya cabeza empieza á grisear, está procediendo á su purificación. Nos lo muestran de lejos, mientras un barbero le afeita en la bajada del ghat. Los dos se hallan en cuclillas, frente á frente. Los barberos indostánicos trabajan así. Agarran al parroquiano por una oreja ó le pellizcan una mejilla, mientras con la otra mano rasuran su cara y su cráneo.
Este hombre de gesto grave y ojos dilatados y fijos que no saben llorar paga al barbero su trabajo con unas moneditas de níquel é inmediatamente se desnuda, quedando sólo con un cinturón que le pasa entre las piernas. Debe purificarse en el río antes de prender fuego á la pira de su esposa. Va descendiendo por el ghat hasta quedar con el agua por encima de los pechos. Ora, sumerge su cabeza, bebe, hace los buches rituales, y vuelve á subir para vestirse una túnica blanca, completamente nueva, que dejó en mitad de la escalinata.
Al lado de las angarillas de color rosa está sentado en el suelo un muchacho como de doce años. Es el hijo de la difunta. Tiene una expresión de perrito triste que sigue el entierro de su amo. Pero está mudo; no puede aullar como el otro. Mira con fijeza, sin una lágrima en las papilas, el cuerpecito de flaca adolescente que marca sus gráciles contornos bajo el sudario color de rosa.
Una señora que está á mi lado rompe á llorar viendo este dolor silencioso.
—¡Pobrecito!... ¡Pobrecito mío!
Él vuelve su cabeza, adivinando la compasión, la dolorosa ternura de estas palabras que no puede comprender. Vemos su tez de canela aterciopelada, sus ojos negros de antílope agrandados por el dolor. Nos mira un momento sin expresión alguna. Luego, su vista se desliza, volviendo otra vez á posarse en el cuerpecito de su madre.
No puede continuar dicha contemplación. Los amigos de la familia han levantado las angarillas y llevan el cadáver hacia el Ganges, por el graderío del ghat. Cuando á los portadores les llega el agua á la cintura sumergen la camilla fúnebre. Se lleva la corriente de golpe las coronas de flores, los manojos de verdura que adornaban el lecho de la muerta. La gasa se destiñe, formando sobre el agua una gran mancha purpúrea, como si fuese de sangre.
Esta inmersión hace que se marquen instantáneamente todos los contornos del cadáver, lo mismo que si estuviese desnudo. Las gasas desteñidas tienen ahora un color de carne y parecen no existir, adheridas al cuerpo femenino. Pero este cuerpo ¡es tan poquita cosa!... Parece imposible que haya podido salir de su interior el adolescente que continúa sentado en el suelo, mirando con fijeza hipnótica el lugar donde poco antes estaba la muerta.
Chorreando agua vuelve el cadáver á subir el ghat, mientras sus conductores reanudan el cántico monótono de una hora antes: «Bolo hari. Hari bolo.» Lo colocan sobre la base de la pira. Luego el enano y sus ayudantes van amontonando sobre la difunta nuevos leños, hasta que al fin completan la pira en forma de edificio, rematándola con una especie de techo de doble pendiente.
Pasa por el río uno de los vapores blancos. En sus cubiertas van numerosas señoras rubias con trajes de fina batista y gentlemen de aspecto elegante. Deben vivir en bengalows de las afueras, con hermoso jardín, y vienen á Calcuta para hacer sus compras ó para tomar el tren en la estación inmediata de Howrah. Nadie mira hacia el Quemadero. El esbelto barco levanta una sucesión de ondulaciones que mecen las guirnaldas floridas arrancadas al cadáver y la mancha roja de sus velos desteñidos. Estas ondulaciones chocan con el pecho inmóvil de los devotos que se bañan en el Ganges; pasan en delgadas láminas sobre el lomo de los búfalos hundidos en la ribera fangosa.
Contemplamos con angustia los preparativos para la cremación de esta pobre indostánica, empequeñecida por el dolor y la muerte. No la conocimos cuando vivía; nunca sabremos su nombre; pero el azar nos ha unido á ella con un recuerdo sentimental que durará lo que dure nuestra existencia.
El esposo, entorpecido por el dolor, no sabe cómo debe cumplir sus funciones rituales. Tal vez no asistió nunca á un entierro en el que tuviese que figurar como el primero de los acompañantes. A él le corresponde prender fuego á la pira, dando vueltas en torno de ella para que el fuego surja de todos lados al mismo tiempo. El horrible gnomo ha puesto una antorcha en sus manos y le indica lo que debe hacer, con la suficiencia de un sacristán que asiste á un entierro de primera clase en las iglesias de Europa.
Se adivina que el pobre marido no ve. Avanza su antorcha y las más de las veces su llama se pierde en el aire... Pero sus ojos continúan secos. Al fin el montón de leña empieza á arder. Se escapa entre el llamear crepitante de la madera tierna una nube de pavesas de las ropas sutiles. A través de los troncos que se ennegrecen y se rajan vemos algo semejante á unas ramas blanquecinas, los miembros gráciles de la muerta que burbujean con el chirrido de la grasa. Arde el cadáver, y entre los desgarrones de la carne abierta y retorcida por el fuego comienzan á asomar las aristas rígidas de los huesos.
—¡Vámonos, vámonos!—dice alguien detrás de mí con voz desfalleciente.
Sí, debemos irnos... Y sin embargo, quedamos inmóviles, sin voluntad, con los pies fijos en el suelo, como el que contempla la lumbre de una chimenea en las noches invernales y á cada minuto se da á sí mismo la orden de abandonar el asiento sin conseguir verse obedecido. Sentimos á un tiempo la atracción de la llama, la terrible curiosidad de las emociones violentas, el horror de la muerte.
Suena un estallido en el interior de la pira. Es la ruptura del vientre agujereado por el fuego, el esparcimiento de las vísceras, la dilatación de los vapores humanos, algo horrible que va más allá de los leños ardientes y cae en el suelo. Pero el enano se mantiene cerca de las llamas, con una previsión de técnico, y recoge velozmente todo lo que el fuego expelió, volviendo á arrojarlo en la hoguera. Ha llegado la hora de irnos. ¿Para qué seguir contemplando la cremación de los otros?... ¡Adiós, madre calcutana, pequeña como una niña, que nunca conocimos y recordaremos siempre!
El gnomo, que sabe calcular el curso de las incineraciones, ha abandonado esta pira, juzgando inútil su presencia, y se ocupa en levantar otra, discutiendo con los acompañantes del difunto sobre la clase y el precio de la leña.
En el patio exterior volvemos á encontrar las tres mujeres sentadas en el suelo en torno á la camilla de la que surge el pie enjuto con su vendaje de harapos.
Sus portadores, el viejo y el niño, aún no han vuelto. Buscan sin duda en su barrio, inútilmente, almas piadosas capaces de darles una limosna. No encuentran con qué pagar la leña que está esperando este infeliz indostánico, pobre en el curso de toda su obscura historia, pobre hasta más allá de la muerte.
La igualdad ante la nada final sólo existe físicamente. Los hombres se han encargado de suprimir esta igualdad consoladora, prolongando basta el interior del misterio de la muerte las desigualdades de nuestra jerarquía social. En este pueblo se muere según la leña que se puede comprar. En otros de Asia, según los objetos de cartón destinados á embellecer la vida ultraterrena. En nuestros países civilizados, según las ceremonias y pompas pagadas que se desarrollan ante las tumbas, con un carácter de supuesta espiritualidad.
Dejo caer cinco rupias sobre el sudario hediondo y contagioso que cubre á este cadáver.
Las tres mujeres levantan la cabeza y me miran con unos ojos secos, dilatados por el asombro. ¡Un blanco preocupándose de un pobre indostánico de casta inferior!... Mi acción inesperada, incomprensible, parece impresionarlas más que la vecindad de la muerte.
FIN DEL TOMO SEGUNDO