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Memorias de un vagón de ferrocarril

Chapter 2: I
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About This Book

A luxurious first-class railway carriage narrates its life from construction and assembly through years of service, describing materials, craftsmanship, interior comforts, and the domestic atmosphere of its compartments. Moving between stations and countries, it recounts journeys, weather, tunnels, and the diverse passengers who occupy its seats, offering portraits and social observations gathered in transit. The narration combines technical detail, affectionate personification, and episodic vignettes to reflect on travel, identity, and the carriage's changing role amid modern movement.

The Project Gutenberg eBook of Memorias de un vagón de ferrocarril

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Title: Memorias de un vagón de ferrocarril

Author: Eduardo Zamacois

Release date: August 3, 2020 [eBook #62840]
Most recently updated: October 18, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN VAGÓN DE FERROCARRIL ***

 

MEMORIAS DE UN VAGÓN
DE FERROCARRIL

OBRAS COMPLETAS

DE

EDUARDO ZAMACOIS

I.La alegría de andar. (Croquis de un viaje por
tierras de Puerto Rico y Cuba, Estados Unidos, Centro
América y América del Sur.
)
II.Europa se va... (Novela.)
III.El otro. (Idem.)
IV.Duelo a muerte. (Idem.)
V.Memorias de una cortesana. (Idem.)
VI.La opinión ajena. (Idem.)
VII.Punto-Negro. (Idem.)
VIII.El seductor. (Idem.)
IX.Sobre el abismo. (Idem.)
X.Confesiones de «un niño decente». (Autobiografía.)
XI.Tik-Nay «el payaso inimitable». (Novela.)
XII.Memorias de un vagón de ferrocarril. (Idem.)
XIII.El misterio de un hombre pequeñito. (Idem.)
XIV.Para tí... (Libro I.) (Novelas.)
 
EN PRENSA
 
Para ti... (Libro II.) (Novelas.)
Una vida extraordinaria. (Novela.)

 

EDUARDO ZAMACOIS

OBRAS COMPLETAS

XII

MEMORIAS DE UN
VAGÓN DE FERROCARRIL

NOVELA

(TERCERA EDICIÓN)


RENACIMIENTO
SAN MARCOS, 42
MADRID

ES PROPIEDAD

SERÁ ILEGAL TODO EJEMPLAR QUE
NO ESTÉ SELLADO POR EL AUTOR


Imp. J. Pueyo, Luna, 29.
Teléf, 14-30.—MADRID

MEMORIAS DE UN VAGÓN
DE FERROCARRIL

I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII.

I

Nací, por fortuna mía, vagón de primera clase, y mi ejecutoria acredita la reciedumbre y nobleza de mi origen. En las buenas estaciones provincianas, y más aún en las fronterizas, donde abundan los tipos cosmopolitas acostumbrados a viajar, mi aspecto prócer y la pátina obscura que me dieron, primero mis barnizadoras y luego la cruda intemperie y el polvo de los caminos, dicen mi largo historial vagabundo y atraen la curiosidad de las gentes.

Procedo de Francia, de los famosos talleres de Saint-Denis, pero fuí construído con materiales oriundos de diferentes países, y esta especie de “protoplasma internacional”—llamémoslo así—que me integra, unido a mi vivir errático, me vedan sentir fuertemente ese “amor a la patria”, en cuyo nombre la ciega humanidad se ha despedazado tantas veces.

La Compañía que me trajo a España pagó—con arreglo al cambio de aquel día—veinte mil duros por mí. Los merezco. Casi en totalidad estoy hecho con piezas de caoba y encina que, tras de perder toda el agua de sus fibras leñosas durante varios años de estadía en los secaderos, fueron severamente endurecidas bajo la llama del soplete; únicamente ciertos pormenores y adornos de mi individuo son de roble, y me cubre una tablazón de “teak”, madera muy semejante al pino que viene del Norte europeo, y es inaccesible a los cambios atmosféricos. Mi peso neto—quiero decir—cuando estoy vacío, excede de treinta y seis toneladas. Tengo más de diez y ocho metros de longitud y tres metros y cincuenta centímetros de altura, y la amplitud de mi techumbre cóncava posee una majestad de bóveda. Durante muchos meses numerosos forjadores, carpinteros, ebanistas, tapiceros, fontaneros, lampistas, electricistas, estufistas y cristaleros habilísimos, trabajaron en mi fabricación, y sus manos diestras maravillosamente fueron infundiéndome una solidez excepcional y una rara armonía de proporciones. Con justicia mis camaradas de ruta, a poco de conocerme, empezaron a llamarme El Cabal. Soy ancho, cómodo, y, no obstante la gravedad de mi armazón, tiemblo ágilmente, con sacudidas ligerísimas, sobre mi rodaje de cuatro ejes. No todos los coches de mi rango podrían jactarse de otro tanto. Existe entre nosotros una aristocracia que, sin vacilaciones, acusaré de advenediza: figuran en ella los vagones más jóvenes que yo, fabricados con tablas secadas imperfectamente. Yo les llamo vagones “de bazar”. Su aspecto es bueno, pero carecen de resistencia: pronto sus miembros se resienten del trabajo; crujen, gimen, sus puertas no cierran bien, sus ventanillas cesan de ajustar, sus muelles fatigados se desmoralizan... Además, por haber sido construídos de prisa y sin amor, les faltan ciertos detalles complementarios indispensables a su ornamentación y a la perfecta comodidad de los viajeros; y la verdadera distinción está en “el detalle”...

Las unidades de “primera clase” se dividen en dos categorías: yo pertenezco a la mejor, a la de más rancia y pura aristocracia, y las letras A A. que exornan mis portezuelas pregonan mi alcurnia. El “cuarto-tocador” ocupa uno de mis extremos, y en el centro—lugar el menos trepidante—llevo un “departamento-cama”. Mi interior, dividido en seis compartimientos, es bello y blando, acariciador, confortador, lleno de previsiones; femenino, en suma: los asientos, que fácilmente pueden ancharse y convertirse en lechos; los almohadones mullidos; la curvatura, propicia al descanso, de los respaldos; las abrazaderas, sobre las que el viajero podrá descansar un brazo; los ceniceros; la mesita que adorna la entreventana; las cortinas, que modifican la luz solar; los tubos de la calefacción; los timbres de alarma; los espejos biselados; los anuncios polícromos y las fotografías de lugares célebres, que exornan mi tránsito; el silencio y precisión con que las puertas se cierran y ajustan a sus marcos...; todo, en fin, descubre en mí un alma “de hogar”. En invierno, especialmente y de noche, cuando el frío escarcha los cristales y la máquina me envía a raudales generosos su calor, y todos mis inquilinos duermen, y las manos de los enamorados se buscan enceladas y febriles bajo las mantas, entonces mis compartimientos parecen alcobas sobre cuya tonalidad gris mis linternas, medio cerradas, semejantes a párpados indolentes, vertiesen una casi imperceptible llovizna de luz. ¡Bello y rotundo contraste!... Fuera de mí, el movimiento, la lucha, el peligro, la obscuridad, el fragor tronitronante de los puentes, el estrépito ensordecedor de los túneles, la lluvia, el granizo, la nieve, los vientos helados, la interminable conquista de la tierra; y, dentro, la paz, el reposo, el bienestar de las actitudes cómodas, el aire tibio, “la alegría de llegar”, con que cada alma viajera se echó a dormir. ¡Ah!... Cuando me autoinspecciono y me escucho vivir así, con esta doble vida tan plena, tan útil, pienso que yo, todo “mi yo”, acogedor y bueno, es un corazón.

No sabría determinar exactamente en qué momento mi personalidad comenzó, pues mi conciencia surgió, como en los niños, por grados insensibles. Con arreglo a un modelo, de los mejores, empezaron a construirme, pero sin ensamblar mis miembros, porque la vía francesa es veinte centímetros más angosta que la española, y mis constructores necesitaban transportarme a la Península, que era donde yo debía servir. Este es el período que podemos denominar fetal. Ya completamente terminado, pero inconexo, desarticulado y amorfo, traspuse la frontera sobre dos “trucks”, y llegué a Irún. Allí organizaron mis piezas, las unieron, las empalmaron y trabaron solidísimamente unas a otras, me encolaron, me enclavijaron, me barnizaron, me vistieron; allí mi figura adquirió la silueta, el equilibrio de perfiles, que habían de constituir mi personalidad. Soy, de consiguiente, español, puesto que “nací” en España, pero de origen francés.

Cuando, lentamente, con la suavidad de un lento despertar, fuí comprendiéndome separado de los cuerpos que me rodeaban y distinto a ellos; cuando la idea milagrosa del “Yo” me iluminó, semejante a una antorcha, y pude decir “soy... existo...” ya me hallaba montado sobre los recios mecanismos de ejes, ruedas, cojinetes y frenos, con que había de caminar después, y las entrañas capitales de mi forzudo corpachón, así como la techumbre y las ventanas, hallábanse acopladas y concluídas. Evidentemente—no puedo explicar de otro modo el veloz incremento de mi sentido íntimo—los dedos inteligentes de los herreros y carpinteros que construyeron mis piezas más robustas, minuto a minuto fueron dejando en mí latidos de pensamiento y de voluntad, y temblores de carne. Cada martillazo que me asestaban, era como un llamamiento que hacían a mi sensibilidad, embotada aún; las sierras me libraban de los trozos inútiles; las garlopas y las escofinas que pulían mi tablaje, me elegantizaban, y los tornillos de bronce con que aseguraban mis miembros eran como ideas que fuesen clavándose en mí.

Durante el impreciso amanecer de mi inteligencia, aquellos obreros me eran aborrecibles. Les odiaba y al propio tiempo les temía, porque según iban formando mi conciencia lo que hacían conmigo me causaba mayores sufrimientos. Muy de mañana ocho o diez de ellos penetraban en mí, armados de diversos instrumentos torturadores: éstos esgrimían sierras, aquél un escoplo, estotro un berbiquí, un formón, una repasadera, unas tenazas, un taladro o un martillo. El serrín, que es mi sangre, lo ensuciaba todo. Para ir encajando bien entre sí las diversas partes de mi armazón, mis verdugos me mutilaban, me oprimían y atarazaban de innumerables modos. Los repeledores ahondaban los clavos de suerte que sus cabezas desaparecían en mí; las garlopas insaciables me arrancaban la piel, que caía en virutas; las barrenas me traspasaban como remordimientos. Herido, raspado, tundido a golpes, mi cuerpo vibraba, y a cada nuevo martillazo mis entrañas magulladas parecían romperse. Así, a fuerza de porrazos y de dolor—como la conciencia en los hombres—nació mi conciencia.

Luego, aquellos bruscos jayanes de anchas espaldas y entrecejo hosco, fueron substituídos por obreros más minuciosos, silenciosos y pulidos, y menos crueles. Eran los ebanistas, los electricistas, los fumistas, los tapiceros, los cristaleros, los fontaneros, los broncistas y los pintores, de que antes hablé. Todos, a porfía, me raspaban, me limaban, me clavaban, me mordían... ¡no acababan de corregirme!... y cuando parecía que ya nada tenían que añadir, volvían a empezar: quién para “rectificar” una línea, me quitaba unas virutas, quién me ahincaba un tornillo... Todos, en una palabra, me hacían daño; pero yo comprendía que asimismo todos me hacían bien, y esta convicción me enfervorizaba. Más que el ansia de vivir, el noble deseo de ser bello iba encendiéndome como a esas mujeres que, a trueque de parecer bonitas, aceptan las peores torturas de la moda: el calzado estrecho, los pesados sombreros que dificultan en las sienes la circulación...

De día en día reconocíame más completo, más firme, más adornado y hermoso, en fin; y también más consciente. Yo era como un cerebro que va llenándose de ideas. Cada uno de aquellos obreros me daba—sin él saberlo—una partícula de su alma; estos elementos inteligentes y vibrantes, llenos de radioactividad, se acoplaban unos a otros y así mi espíritu, en estado de nebulosa todavía, iba surgiendo de la síntesis de todos ellos.

Al artístico prurito de ser bello, añadióse muy pronto otro de alcurnia moral superior: el de ser bueno, el de ser útil... Nació porque yo, desde el lugar en que me hallaba, veía pasar muchas veces al día los trenes que llegaban o salían de la estación; y al advertir que todas sus unidades, fuesen de primera, de segunda o de tercera clase, se parecían bastante a mí, deduje que en lo futuro mi misión sería, al igual de la suya, transportar gentes de un lado a otro.

Cuando los cristaleros ocuparon el vano de mis ventanas con magníficos cristales de una pieza, vibré de júbilo:

—Ya tengo ojos—me dije—y el polvo no podrá entrar en mí.

Cuando los estufistas tendieron a lo largo del corredor y bajo mis asientos los tubos de la calefacción, y los tapiceros me alfombraron y revistieron mi interior de mollares colchonetas, pensé:

—Los que viajen conmigo ya no sentirán frío.

Cuando me proveyeron de “aparatos de alarma”, sentí el consuelo de no hallarme desamparado; y cuando el electricista me impuso el dinamo y los hilos magos repartidores de la luz, parecióme que dentro de mí acababa de entrar el sol. Tengo mucho de humano: los conductos de la calefacción, verbigracia, son mis arterias; las tuberías y desagües de mi “cuarto-tocador”, mis intestinos; los hilos de la electricidad, mis nervios; mi voz, el traqueteo de mis músculos.

Un día cesaron de martillear en mí y de añadirme adornos. Mis fabricantes y “servidores”, puedo calificarles así, barrieron y sacudieron mi interior escrupulosamente, abrillantaron mis bronces, fregaron mis cristales hasta dejarlos tan impolutos que se confundían con el aire límpido, bruñeron el barniz de mis revestimientos y silenciaron, con grasas especiales, mis herrajes. ¡Divina juventud! Todo, dentro de mí, mostraba una alegría: el suave tinte gris-claro de los asientos; la blancura inmaculada de la sencilla labor de “crochet” que cubría los respaldos; las barras de acero de las redecillas destinadas a equipajes; los picaportes y las paredes relucientes, la densa alfombra roja y azul que tendía a lo largo de mi pasillo una lozanía de pradera...

Yo también estaba alegre; vibraba; tenía miedo. ¿Por qué?... ¿A qué?...

—Has empezado a vivir—me decía secretamente una voz.

Transcurrió otra noche. Amaneció; ¡oh, con qué sobresalto esperé aquella aurora! A mi alrededor se armaban otros muchos vagones traídos de Francia y el trajín de operarios era grande. De pronto varios hombretones, colocados detrás de mí, me empujaron, y, por primera vez...—¡oh, hechizo excelso de “la primera vez”!—mis ruedas voltearon poderosas y calladas sobre los rieles fulgentes. Un sol admirable de junio encendía el paisaje. Según avanzaba, todo en torno mío comenzó a cambiar: cuanto hasta allí me fué familiar se descomponía, y perspectivas nuevas surgieron ante mí.

La sensación de moverme, que todavía ignoraba, me produjo pasmo y regocijo delirantes. Hasta entonces yo había estado quieto, y ahora me movía. Aprecié mi fuerza. ¡El movimiento!... ¿Qué es el movimiento?... Yo era, en aquellos instantes, el mismo que había sido; y, sin embargo, era “otro”. Sin cambiar, tenía lo que nunca había tenido, y “siendo” con todo el imperio de un presente de indicativo, “me iba”. ¡Paradoja inexplicable!... Evidentemente los tagarotes que me impelían me transmitían su fuerza... ¡Luego la fuerza es algo capaz de separarse de la materia, ya que pasa de unos cuerpos a otros sin deformarlos! ¡Luego si el espíritu es fuerza, puede gozar de un vivir independiente y aparte!...

Advirtiéndome desligado de la tierra, recibí la revelación de mi destino, que era el de andar, sin echar raíces nunca. Yo, mientras mi vida vagabunda durase, sería a manera de protesta o de constante reacción contra la quietud de aquellos árboles que me dieron su madera; frente a su eterno reposo, mi eterno vagar; frente a su silencio, mi escándalo. Dentro de mí, ni los tornillos ni las caobas y encinas centenarias, gemían; todo estaba felizmente acoplado y justo; nada sobraba, nada tampoco permanecía ocioso; mi rodar era callado y elástico, y experimenté el orgullo de mi salud fuerte, de mi organismo bien constituído, de mi euritmia perfecta.

Continué alejándome de los talleres, y, por instantes, la alegría de existir y “de sentirme”, me embriagaba. Ya cerca de la Estación, y dispuestos junto a las líneas ferroviarias principales, había algunos viejos vagones sin ruedas, clavados en la tierra y convertidos en casetas de guardavías.

—Son coches inservibles—pensé.

Y no tuve para ellos ni una compasión.

Estremecimientos fortísimos de inquietud y de júbilo me sacudían y me impedían meditar. El aire era fresco, perfumado, y como empapado de luz. En torno mío, campos verdes inmensos, árboles... ¡muchos árboles!... que bajo la lumbrarada riente del sol parecían esmeraldas; caseríos blancos, techumbres rojas... un puente... y, al fondo, lejos, recortándose sobre el purísimo zafiro celeste, una procesión de montañas obscuras—los Pirineos—y al otro lado el mar...

—Pronto—me dije—conoceré todo eso... porque todo ello pasará junto a mí...

Sentíame vibrar, orgulloso, contento, dueño del mundo. Las rutas del horizonte iban a ser mías. Mi alegría, desbordante de vigor, era la del caballo de carreras que entra en un hipódromo.

II

Demasiado adivino la sorpresa que estas “confesiones” mías han de producir.

—¿Cómo?—exclamarán los hombres—¿Es posible que los objetos que estimamos inanimados gocen de una vida consciente y razonadora, análoga a la nuestra?

Así es, efectivamente; y yo procuraré explicar cómo la noción precisa de que “existo” nació en mí, y cómo vive cuanto parece muerto.

La Vida y la Muerte son los dos gestos, las dos máscaras, de una fuerza absoluta; y la Creación, como una serpiente de tres anillos correspondientes a los tres reinos de la Naturaleza. De consiguiente—y esto lo sé bien porque yo vengo de abajo, de los árboles y de las minas de hierro—la Muerte, realmente, no existe; la Muerte no es más que un “cambio de forma”, un “cambio de actitud”, que la Energía Única adopta para continuar viviendo. De otro modo: para la Vida—este substantivo debemos escribirlo siempre con mayúscula—morir es... mudarse de traje...

Desde la estructura de una piedra, a la estructura y composición del cerebro de Einstein, la inteligencia traza una escala con más peldaños que la célebre de Jacob; pero no dudemos de que el cerebro de Einstein tiene algo de piedra, ni tampoco de que en las piedras existen partículas infinitesimales, “micras” de luz, de la gran luz que brilla bajo el cráneo del famoso alemán. Mi cosmogonía es muy sencilla:

El Universo es una Fuerza infinita que ocupa lo infinito, e incesantemente trabaja sobre sí misma para mejorarse, con lo cual va acercándose a la Luz. Cuando todo el universo sea Luz, es decir: Inteligencia, Equilibrio, Serenidad, cesará el movimiento, y la Vida se inmergirá en el deleite de mirarse a sí misma, y entonces la Muerte “morirá”, porque nada sentirá la necesidad de renovarse.

Dicha Fuerza está formada por las miríadas de millones de astros que pueblan el espacio, cada uno de los cuales representa “una idea”, del cerebro infinito. Esas, que llamaré Ideas-Mundos, van y vienen, y se atraen y se encienden o apagan en el espacio, exactamente lo mismo que las pequeñas ideas del cerebro del hombre. Y, según transcurre el tiempo, esas Ideas-Mundos, gracias al constante trajín de la Muerte y de la Vida, van depurándose. Porque la Vida, en su concepto más alto—que es el que yo explico aquí—se reduce a la eterna aspiración de la materia a convertirse en espíritu.

Examinemos la historia de nuestro planeta, semejante, sin duda, a la de otros mundos:

En sus principios la geología lo presenta como una ingente hoguera. Todo él era fuego, es decir, verbo, acción, anhelo de ser, voluntad; una voluntad no es más que una antorcha. Cuando los vapores de aquel portentoso incendio se convirtieron en aguaceros torrenciales y la corteza terrestre empezó a solidificarse, nacieron los primeros minerales. La materia es la base, lo más torpe; y este cimiento, inseguro aún, tiembla, se resquebraja, vuelve a licuarse en las llamas, y de nuevo torna a enfriarse y resurge. Estos fueron los gestos rudimentarios, los balbuceos iniciales de la Muerte; la Muerte apareció la primera vez que una piedra perdió su forma. Millones de siglos después—el Tiempo prodiga su caudal—se inicia la aurora del reino vegetal. El organismo telúrico imperceptiblemente se complica, se enmaraña, se subdivide; la evolución cósmica marcha siempre de lo indefinido a lo rotundo, de lo nebuloso y homogéneo a lo heterogéneo y preciso. Lo que llamamos “inorgánico”—que no lo es “absolutamente”—se convierte en planta, y, a su vez, las plantas vuelven a la tierra. Es evidente que, conforme la Vida adelanta, la Muerte se perfecciona en su oficio. Tras el reino vegetal, que ha de servirle de alimento, llega el reino animal. La Muerte ríe, está contenta. Más tarde, infinitamente más tarde, nace el primer hombre; el hombre rudimentario, el instintivo, que se mueve dentro de las fronteras de la animalidad. La idea de civilización florece mucho después, y se exasperará de día en día, porque la Vida—como antes dije—es el anhelo insaciable que sufre la Materia de hacerse Espíritu.

Aclararé mi teoría con un ejemplo:

En el hombre—tuve ocasión de observarlo mil veces—la parte física declina con la edad. Admitiendo que un viejo y un joven posean idénticos grados de inteligencia, siempre el viejo demostrará en sus gustos mayor espiritualidad que el joven. La desorganización, la ruina, vienen de abajo, de la tierra: la vida que antes se extingue en el individuo es la sexual; luego, la estomacal o vegetativa; y cuando ya en él todo está derrumbado y casi a obscuras, el cerebro resplandece aún.

Lo propio acontece en el mundo: la materia se transmuta en vegetal, los vegetales en carne animal, y los elementos nutritivos de ésta, en actividad cerebral; una ostra puede ser inspiración en el cerebro de un ingeniero. Luego cuando ese cerebro, esa materia, que vivió en íntimo trato con el pensamiento, vuelva a la tierra, perfeccionará a la tierra, porque descomponiéndose en ella la transmitirá algo de su distinción. Y así yo afirmo que un aparato construído con tierra del cementerio del Padre La Chaise, ha de ser mejor, más sensible y preciso, más inteligente—para decirlo de una vez—que otro, al parecer igual, fabricado con elementos de un campo cualquiera.

La Tierra era, indiscutiblemente, en sus remotísimos comienzos, más torpe, “más bruta”, que lo es hoy. Hace veinte mil años Edison no hubiera podido inventar el fonógrafo, ni las ondas hertzianas se hubiesen producido, porque entonces la materia vibraba mal. Afortunadamente, esa materia ha muerto y resucitado millares de millones de veces, y cada una de sus existencias ayudó a sutilizarla y ennoblecerla.

Repetidas veces oí hablar a los hombres de “la clemencia” actual de sus costumbres.

—Antes—dicen—la humanidad era más cruel.

Ellos atribuyen esa mayor bondad a un mayor grado de cultura. Cierto: pero ¿no es la cultura una exasperación de la sensibilidad?... Poco a poco la materia—toda la materia—se ha vuelto más sensible: los animales, las plantas... ¡hasta las piedras!... sienten más que antaño. A la Civilización coopera todo: la Civilización no es más que el resultado de nuestro miedo a sufrir.

Las victorias milagrosas de la física y de la biología aflojan los nudos más apretados del Supremo Misterio, y poderes insospechados surgen timoneando el dinamismo de los átomos. Yo me hallo muy bien situado en la Vida para disertar acerca de todo esto, pues conozco a los hombres, y recuerdo asímismo el alma de los bosques y de las minas de donde procedo. Nada se pierde, nada es estéril, y hasta el ruido levísimo que una hoja seca produce al caer, repercute en el cosmos, porque un movimiento no concluye sin que otro movimiento empiece. ¿Quién no oyó hablar del vigor “intraatómico” de los cuerpos?... ¿Conocéis cuanto la psicometría enseña acerca de las “emanaciones de alma o de pensamiento”—las designaré así—que los seres vivos dejan en los objetos que parecen muertos? ¿Y las cábalas del coronel Rochas relativas a la llamada por él “exteriorización de la sensibilidad”?... ¿Habéis leído lo que el doctor Carlos Russ ha dicho respecto a la fuerza magnética de la mirada; o a la capacidad que, según el profesor Russell, tienen ciertas maderas, particularmente el pino escocés, la encina, el haya, el sicomoro y el ébano, de impresionar “en la obscuridad” las placas fotográficas?... ¿Y no sabemos también que los grabados en acero, transcurrido cierto tiempo, comunican su imagen al cristal que los cubre?...

En un día, lejano aún, pero que llegará, el hombre obtendrá la posesión de lo Absoluto; y ese día la humanidad traducirá la canción de los ríos, y el idioma de las montañas. ¿Cómo dudar de la Ciencia? Edison sujeta en un cilindro la voz de los muertos, y gracias a él los labios que ya no se mueven siguen hablando; Marconi lanza la palabra humana sobre los mares sin necesidad de hilos conductores; Friesse Greeve se apodera del movimiento y lo sujeta—¡oh paradoja!—en una cinta de celuloide, y Curie demuestra científicamente la posibilidad de que Moisés apareciese ante su pueblo con la profética frente orlada de luz.

Y si las vibraciones sonoras se detienen en los discos fonográficos, y las investigaciones de Russell prueban que los objetos fijan su imagen sobre aquella pared en que su sombra se proyectó durante varios años—lo que serviría para explicarnos la tristeza de los espejos antiguos—¿por qué asombrarse de que yo haya recogido algo de la vida de los incontables millares de personas que vivieron en mí?... ¿Visteis la expresión, rotundamente humana, que adquieren los guantes con el uso? Un guante, caído en el suelo, es como una mano cortada; la mano le transmitió su nerviosidad y su elocuencia, su alma...

Este es mi caso. A la sensibilidad inherente a las maderas de que estoy formado, debe añadirse la que recibí, por contagio, de los operarios que me construyeron. Yo retengo las imágenes, como las placas fotográficas, y recojo los sonidos al igual de los cilindros fonográficos, y asímismo soy accesible a las emociones del olfato, del tacto y del gusto. En mí, sin embargo, los órganos de la percepción no se hallan circunscriptos y delimitados, como en el hombre. En lugar de cinco sentidos, poseo un sentido que resume el funcionalismo de aquéllos: un sentido que, semejante a una epidermis, cubre todo mi cuerpo; un sentido que es mi alma, mi conciencia, mi Yo; y con el cual, a la vez, oigo, veo, huelo, palpo... y así “todo mi Yo” se halla íntegro y simultáneamente en cada una de mis partes. Mi psicología, aunque elemental, me satisface. Evidentemente la vida de relación en los animales es más activa, más intensa, pero esto mismo les agota y obliga a dormir; mientras yo, salvo momentos contadísimos, nunca tengo sueño, y así, viviendo menos que ellos, acaso viva más.

Todo lo que sé—muy poco—lo aprendí oyendo conversar a mis viajeros, y leyendo en los periódicos y en los libros que ellos leían. Cada persona que entraba en mí—y fueron muchas en los cuarenta años que llevo de existencia—era para mí una “idea nueva”. Espiaba sus actitudes, atendía a todas sus palabras, procuraba, en fin, aprendérmela de memoria... Y este estudio perseverante fué acercándome a ellas, e inculcándome una vida muy semejante a la humana.

Los hombres no sospechan nada de esto. Si en la paz de la noche, y hallándonos detenidos en cualquiera estación, alguno de mis miembros cruje, ellos nunca imaginan que en ese ruido pueda haber un dolor, un recuerdo o un comentario; ellos “oyen el silencio”, pero su sensibilidad no recoge lo que dice el silencio. A veces quieren comprender... pero no pasan de ahí. Muchas veces dos amantes, al hallarse solos, se han besado; y luego de besarse miraron a su alrededor, pareciéndoles que alguien podía haberles visto. ¡Lo cual era cierto, porque yo les había visto!... Pero esta emoción no pasó en ellos de la categoría de adivinación o presentimiento, y se borró en seguida.

Los autores gustan de escribir sus “Memorias” al empezar a sentirse viejos; en esa edad, delicadamente melancólica, en que la Vida, separándose un poco de ellos, se hace recuerdo.

Los présbitas no ven bien de cerca; a distancia, sí; y la presbicia no se presenta, en los hombres de vista normal, antes de los cuarenta años. Se la creería una compañera de la experiencia y del desengaño. Con lo cual la Naturaleza—ironista sutil—parece decirles:

—¡La Vida!... ¡No es que sea mala!... Pero, ya que no puedes seguirla, mírala desde lejos. Es mejor...

Yo, no hice esto: mi vida está escrita a trozos, rápidamente, desordenadamente, según la viví. Como ella, estas páginas son una improvisación.

III

Ha transcurrido mucho tiempo desde mi primer viaje, y mentiría si dijese que he sido feliz. La vida me maltrató bastante, trabajé sobrado y la realidad estuvo siempre en déficit doloroso con el ensueño. Vivir es echar a perder una ilusión.

Como nací aristócrata, detesto al populacho, en quien la inclinación a lo feo es instintiva. Aborrezco esos individuos, enriquecidos por una pirueta de la Fortuna, pero desprovistos de cultura social, que ensucian con el betún o el barro de sus botas y la grasa de sus meriendas la pulcritud de mis divanes, y tiran sus colillas encendidas, y escupen en mi alfombra. ¡Oh! La primera vez que recibí un salivazo, hubiese querido descarrilar, romperme en mil pedazos, morir...

También soy caprichoso y un poco artista, y por serlo me molestan la fiscalización que sobre mí ejercen los relojes de las estaciones, el automatismo invariable de mis movimientos y la monotonía de mis itinerarios prefijados y de mis caminos “oficiales”, anchos de un metro seiscientos setenta milímetros...

Porque mi vagar libérrimo es sólo aparente: la libertad es algo precioso que yo llevo y traigo, pero que no me pertenece; la libertad es para mí lo que el dinero para esos cobradores de los Bancos, que a diario manejan millones y andan medio descalzos; lo que el amor para las pobres “desnudables” que viven del amor y en el amor... ¡y sin amor!... Por eso, desde muy mozo, me hice fatalista, y los hombres, a examinar mejor los mecanismos íntimos de su vida, lo serían también, pues todas las voluntades, aun las más díscolas, recorren trayectorias inmutables, y hasta las mismas razas tienen—como nosotros—en su Destino, una locomotora que las arrastra.

En cambio, y esto me alivia y desquita de los sinsabores que dejo apuntados, he gustado plenamente las emociones turbadoras de los viajes, y el cariño abnegado, la solidaridad fraternal que liga a todas las unidades de un convoy, y es un derivativo de aquel otro inmenso amor sumiso que todos profesamos a la máquina.

Este cariño de sierva enamorada—cariño todo esclavitud—empecé a sentirlo aquel hermoso día de junio en que me llevaron a formar parte del expreso Madrid-Hendaya; distinción que—más tarde lo supe—me captó el odio de varios colegas que, aunque de clase distinguida, trabajaban en trenes de menos categoría. Lo cual demuestra que por todas partes hay envidias y celos, a pesar del gran consumo que de estas dos suciedades hacen los hombres...

A poco de hallarme fuera de los talleres, una de esas máquinas-pilotos, pequeñas, activas, que cuidan de ordenar los convoyes y son como las amas de llaves de las estaciones, apoderóse de mí y a través de un dédalo de rieles entrecruzados como los hilos de una malla, me arrastró hasta dejarme colocado sobre la ruta internacional. En seguida lanzó un silbido corto y se marchó resoplando; parecía regañar. Yo la miraba; me hacían gracia sus movimientos, su cuerpo achaparrado, en el que latía una vivacidad de mujer chiquita y hacendosa. Me quedé solo, junto al andén. En mi misma vía, detrás de mí, había otros vagones; delante, lejos, estaba la locomotora, la mía, “mi dueña”, la que debía guiarme hacia el horizonte. Hallábase al lado de un depósito de aguas, bebiendo: la acompañaban un furgón de equipajes y un sleeping-car. Su aspecto infundía miedo: era gigantesca, poderosísima y su dorso negro y sudoroso, bruñido por el sol, descollaba sobre la pirámide de carbón del “ténder”. Me pareció sentir el calor de sus entrañas incendiadas y latientes. Pertenecía a los colosos de la “serie cuatro mil”. La oí palpitar: respiraba autoridad, impaciencia, ímpetu...

—¿Me hará daño?—pensé.

Como a los niños, al nacer, la primera impresión que me daba la vida era de dolor.

Esperé largo tiempo; la tarde declinaba y mi interior iba poblándose de sombras. La máquina había desaparecido. De pronto la reví: se acercaba rodando hacia atrás, empujando al coche-cama que debía chocar conmigo. La prudencia de su marcha me tranquilizó: sin embargo, cuando comprendí que el golpe iba a producirse, temblé de pavura; hubiese querido huir... pero ¿cómo moverme?... Cuando recibí la topetada—breve, seca, como una orden—retrocedí varios metros; luego el vagón que me había empujado volvió a alcanzarme con un segundo empellón más suave, y continué retirándome hasta dar con los coches situados a mi espalda. Así, repentinamente, me reconocí colocado en el centro del convoy, compuesto de nueve unidades. Inmediatamente varios mozos de andén, con singular presteza acudieron a ligarme a mis dos compañeros de viaje más próximos, y entonces comprendí la utilidad de algunos miembros cuyo empleo desconocía. Las planchas metálicas que, al amparo de un fuelle, especie de túnel de cuero, establecían un tránsito entre ellos y yo, me produjeron, al cruzarse, la emoción de un apretón de manos; y los hierros y cadenas que, al sujetarnos unos a otros, parecían fortalecer nuestra amistad, fueron expresivos para mí como raíces o como dedos. No obstante, me sentía inquieto; aquellas compresiones, cada vez más enérgicas, me desazonaban; temía morir aplastado y, al propio tiempo, nacía en mí el orgullo de mi fuerza que, alternativamente, resistía y reaccionaba. La máquina—después supe que la llamaban “La Recelosa” por el miedo con que entraba en las curvas—comenzó a apretar los frenos; en seguida los aflojó y volvió a apretarlos, cerciorándose de su obediencia. Todas estas operaciones inesperadas y nuevas para mí, me sobresaltaban. Luego un calor, un terrible calor, me invadió, y otras extrañas sacudidas me estremecieron.

El jefe de tren vino a inspeccionarme seguido de un fontanero, de un electricista y de uno de esos empleados que en la jerga ferroviaria llaman “rutas”. Empezaron a reconocerme. La tubería de la calefacción quemaba; no podían poner en ella los dedos, y esto les satisfizo. El “aparato de alarma” funcionaba perfectamente; lo sentí en la violencia súbita con que las zapatas oprimieron mis ruedas. Mis examinadores hicieron girar las llavecitas de la luz, y me llené de claridad blanca; todos los cristales de mis ventanas subían y bajaban sin tropiezos; todas las puertecillas, de corredera, de mis compartimientos, cerraban bien; un torrente de agua limpia había invadido las cañerías y depósitos del cuarto-tocador.

—¡Bonito coche!—recuerdo que exclamó uno de aquellos hombres al marcharse.

Yo todavía no había osado comunicarme con ninguno de los camaradas entre quienes estaba; su edad, sus cuerpos cubiertos de cicatrices, su fatigada experiencia, me cohibían. Yo era un niño; yo, recién llegado, no tenía derecho a importunar a aquellos veteranos de los caminos. Ellos tampoco demostraban deseos de hablar. Un grave silencio pesaba sobre el convoy, iluminado y vacío. Al cabo—¡cuánto se lo agradecí!—el sleeping me habló:

—¿Qué dice el bisoño?...

—Tengo miedo—repuse.

Al coche que iba a la zaga mía, le interesó el diálogo.

—¿Qué ha contestado el novato?—interrogó.

Repetí.

—Digo que tengo miedo.

—¡Más miedo tendrás—exclamó el sleeping—cuando echemos a andar: tú no sabes lo que es ir aquí!... ¡Y ya puedes alegrarte de que te hayan puesto en el comedio del tren: es donde se camina mejor!...

Los viajeros iban llegando y repartiéndose a lo largo del convoy. Mi primer pasajero fué una mujer, lo que me pareció de buen agüero. Tras ella subieron otras muchas personas, y en pocos minutos mis redecillas para bagajes y mis asientos fueron ocupados. Pasaban diablas cargadas de baúles... Yo me sentía mal: la calefacción, la electricidad, el calor que irradiaban mis inquilinos, me causaban un desasosiego congestivo. Con impaciencia, aguardé la señal de marcha; ¡necesitaba aire!... A las siete, en punto, partimos. La máquina silbó.

—Ya nos vamos—observó el sleeping.

¡Irse!... Palabra divina y terrible en la que los conceptos de “ser” y de “no ser”, se dieron cita. Irse es convertir el Espacio en Tiempo, porque quien camina conforme va llegando va marchándose, y así realiza el milagro de no estar completamente en ningún sitio. ¡Y yo caminaba! Vi los andenes, que parecían resbalar hacia atrás; el arco de la marquesina de la estación que dibujaba una ceja enorme sobre el cielo crepuscular, los discos de señales en cada uno de cuyos cristales, blancos, verdes o rojos, había una advertencia...

Desde entonces, ¡cuántas enseñanzas y cuántas aventuras, me aportaron los años!... Conozco bien las principales regiones españolas, he atravesado todas las cordilleras, desde la Cantábrica a la Mariánica, y bajo mis ruedas han pasado todos sus ríos, desde el Bidasoa al Guadalquivir. Cerca de diez años consecutivos trabajé en la línea Madrid-Hendaya, una de las más bellas y más duras de la Península; luego pasé al “correo” de Galicia, y después de rodar una breve temporada sobre la vía de Asturias, la Compañía “Madrid, Zaragoza y Alicante” me compró y trabajé ocho años en la línea de Sevilla. Más tarde conocí la de Valencia. Ultimamente, y durante dos lustros, fuí uno de los nueve vagones del expreso Madrid-Barcelona. Asímismo he rodado por el litoral catalán hasta Cerbere. Tengo, pues, motivos sobradísimos para conocer el tumultuoso trajín de los caminos de hierro.

Hablaré primeramente de la máquina:

Antes las compañías ferroviarias imponían a sus locomotoras nombres de ciudades o de ríos. Con el ansia de velocidad que distingue a la vida moderna, aquella costumbre pintoresca se extinguió y los primitivos nombres fueron substituídos por números; los números hablan más de prisa que las letras. Pero nosotros, los vagones, continuamos designando a las máquinas con quienes hemos trabajado por medio de remoquetes o apodos inspirados en el carácter de aquéllas. Además de “La Recelosa”, cuyo miedo invencible a los abismos hacía sonreir al convoy, recordaré a “La Fanfarrona”, que murió en el terrible choque de Venta de Baños; “La Tirones”, llamada así por los muy fuertes que nos daba al arrancar, y los encontronazos que nos infligía al detenerse; la pobre frenaba mal y también finó trágicamente; “La Caliente”, que abrasaba, como ninguna otra, nuestros tubos de calefacción; “La Económica”, que sorprendía a los maquinistas y fogoneros por el poco carbón que gastaba; “La Impetuosa”, a quien desde un verano en que llevó a los Reyes a Santander la apodamos “La Casa Real”; aunque vieja, todavía trabaja; “La Regadera”, “La Enanita”, “La Millanes”, “La Sin-Miedo”...

No ofrecen los diccionarios palabras que expresen el aplomo ufano, la confianza optimista, que inspira a los vagones una de esas enormes locomotoras alemanas o yanquis cuyo precio no baja de doscientas mil pesetas, y que con su fuerza y sus ciento veinte toneladas de peso, así pueden inmovilizar al tren casi instantáneamente, como arrastrarlo a una velocidad de noventa y aun de cien kilómetros por hora. La máquina es el alma del convoy, su voluntad embestidora, su verbo. Todas las iniciativas y todas las responsabilidades, suyas son. Ella silbará pidiendo “vía libre”, ella sabrá si debe avanzar o detenerse, y de noche sus ojos enormes—uno blanco, otro púrpura—aclararán el misterio entintado de los caminos. Ella nos envía el calor sagrado y escucha los llamamientos de nuestros aparatos de auxilio. Ella nos impulsa y con sus frenos nos agarrota. Un espíritu heroico de sacrificio la obliga a marchar siempre delante, como venteando los riesgos de la ruta; muchas veces, al tomar una curva, se despeñó ella sola. En cambio, por donde pase, su séquito puede avanzar también. En los choques—más de uno he sufrido—ella fué la primera víctima, y en el acto su despedazada mole, bermeja y humeante, se irguió ante el convoy como un escudo. Ella es la unidad y los coches los ceros; los coches son “hembras”, aunque la gramática los incluya en el género masculino. Cuando ella emprende alguna carrera vertiginosa, nosotros la seguimos contentos y dóciles, transmitiéndonos fielmente el vigor que nos manda, y la retorcida columna de humo de su chimenea tiene, a nuestros ojos, la petulancia retadora de un airón. Desobedecerla equivaldría a morir. Pero, ¿quién discutiría sus órdenes cuando su fuerza es la del Destino. La locomotora es el macho, es el sol...

El cariño de unos vagones para con otros no reviste este aspecto admirativo: es tan sincero como aquél, pero más llano, más íntimo, más “de igual a igual”; que, al cabo, aunque los sleepings creen merecer más que nosotros, los de “primera clase”, como nosotros desdeñamos a nuestros camaradas de “segunda”, y éstos a los de “tercera”, y los “tercera” a los furgones, quienes a su vez entre sí se invectivan y desprecian según la calidad de las cargas que suelen transportar—pues nuestra vanidad, como la de los hombres, aun a lo mínimo se agarra para papelonear y empinarse—, lo cierto es que todos somos hermanos, pues ante el peligro valemos lo mismo, y que nuestra vulgaridad y pasividad nos obliga a constantes armonía y obediencia.

Las unidades de los trenes llamados “de lujo”, no se desenganchan casi nunca; tanto por efecto de la natural desidia de los individuos encargados de su limpieza, como por aquella escasez de “material rodante” de que frecuentemente se lamentan las Compañías. De manera que el convoy llegado a Madrid por la mañana, procedente, verbigracia, de Barcelona, será el mismo que, anochecido, tras nueve o diez horas de descanso, salga para la ciudad condal. Esto, indudablemente, aprieta los lazos de nuestro mutuo afecto, y una convivencia diaria de meses y aun de años, nos permite conocernos íntimamente. Sabemos cuándo vamos bien o mal frenados, cuándo las cañerías del vapor de agua están expeditas, cuándo la vía ofrece peligros y si alguno de nosotros, al subir una pendiente o al coger una curva, necesita ayuda... Yo, viajando en el “expreso” de Hendaya, llegué a conocer los cambios atmosféricos en los crujidos del vagón que rodaba delante de mí. Lo apodábamos “Doña Catástrofe”, por haber descarrilado varias veces, y todos, aunque le queríamos, nos burlábamos de él: era un viejo coche a quien las humedades norteñas afligieron mucho. Su tablazón se hinchaba, y en las épocas lluviosas el infeliz gemía y tenía, de derecha a izquierda, un vaivén particular que nunca me engañaba.

Los convoyes de los “mixtos” y de los “mercancías”, se reforman a cada momento: en unas estaciones les añaden coches, en otras se los quitan; son organismos de aluvión, desprovistos de majestad y pergeñados exclusivamente para servir al comercio y a los pobres viajeros de “tercera clase”. Su aspecto abúlico y cobarde de rebaño, siempre me ha inspirado pena. Sus locomotoras son viejas y las gobiernan los maquinistas menos hábiles; cada vagón tiene un color y un tamaño, y los destinados al acarreo de ganados exhalan olores pestilenciales. Cuando el tren hace alto, los coches, mal ligados, chocan violentamente entre sí. ¡Bien se advierte que son los parias de la Compañía y que, sobre trabajar sin gusto, no se quieren!...

Por el contrario, nosotros, los “distinguidos”, fraternizamos bien y somos aventureros y alegres, como una compañía de comediantes. Por tales se tenían mis excelentes compañeros de la ruta de Sevilla, y con términos de la amable farándula nos burlábamos en nuestros breves ratos de descanso. La locomotora era “La Empresa”; el furgón de cola, por ser el más viejo, lo llamábamos “El Barba”; un “primera” era “El Barítono”, y el sleeping, testigo presencial de innumerables escenas de alcoba, “La Primera Actriz”. A mí, aunque conocían mi verdadero nombre, por lo nuevo y buen mozo, me apodaron “El Representante”.

En las estaciones del tránsito cuchicheábamos:

—La Empresa parece cansada; hoy llegamos con treinta minutos de retraso.

—Quien está fatigadísima es La Primera Actriz.

—No habrá dormido.

—¿Cómo iba a dormir, si anoche subieron a ella, en Córdoba, unos recién casados?

Mucho he peleado, pero también mucho reí sobre todos los caminos de España. Sin embargo, el convoy que recuerdo con cariño más férvido, es el primero; el del expreso Madrid-Hendaya. Lo componían el coche-correo—el coche de las almas, porque en él sólo viajan ideas—; los dos furgones para equipajes, dos sleeping-cars, apellidados los “Hermanos Sommier”, y cuatro vagones de primera clase: “El Tímido”, que no podía curarse de su miedo a los túneles y años después acabó en el mismo descarrilamiento en que “La Tirones” halló la muerte; “Doña Catástrofe”, el decano; “El Presumido”, que se movía mucho, particularmente en la tierra llana; “El Misántropo”, a quien adjudicamos este epíteto por su escasísima inclinación a hablar, y yo. Todos ellos viven en mi memoria, y no puedo evocarlos sin emoción. Son mi infancia y a su lado, fortalecido por ellos—todos eran más viejos que yo—afronté los primeros riesgos.

¡Cuánta experiencia—que es sabiduría de “primera clase”—acumulé en el transcurso de mis largos éxodos!... ¡Cómo aprendí a conocer la vida y a desmenuzarla!... Yo he sido hostal ambulante de militares, de curas, de monjas, de comediantes, de estudiantes, de toreros, de ministros, de ladrones, de enamorados, de ricachos holgazanes, de hastiados que huían de sí mismos...; y tanto convivieron conmigo, tantas veces me rozó el aliento de sus lacerías y de sus ansias, que ahora la envidia, la ambición, la traición, la avaricia, la hipocresía, el disimulo... todo ese venenoso manojo de víboras que dormitan en el fondo del alma humana, me son familiares y... ¿a qué negarlo?... casi son mías también. Además, en esa “velocidad”, en esa inquietud perpetua, rasgo-cumbre de mi arquitectura moral, hay mucho de ansiedad, de impaciencia, de pavura, de furor...

No me sorprendería, pues, que a veces mis lectores se olvidasen de que es un vagón quien habla: porque mis confesiones son tan humanas, corren por ellas tantos jugos de maldad y de dolor, que obra de hombre parecen.

IV

¡Cuánto envejecen la lucha y el miedo a morir! Las emociones que nos da el peligro, ¡cuán hondamente se clavan en el alma!... Yo, al emprender mi primer viaje, era un niño, y al arribar a Madrid, catorce horas después, podía considerarme mayor de edad. Estaba cansado, cubierto de humo y de polvo, trágicamente sucio por fuera y por dentro, pero engreído de mi aguante. Toda una noche mis rodajes trabajaron sin recalentarse, y mi dínamo, mi calefacción y mis tuberías para la limpieza, funcionaron bien. Por tanto, mi valor, como el de los militares que fueron a campaña, estaba “probado”; lo que otro vagón hiciese, podía hacerlo yo. Mi personalidad, congestionada de amor propio, se había puesto en pie.

Todavía el furgón de cola corría bajo la marquesina de la estación de Irún, cuando El Tímido, que iba detrás de mí, comenzó a temblar. Su miedo me turbó.

—¿Sucede algo?—le pregunté.

—Los túneles—balbuceó—; ya empiezan... ¡horribles!... No puedo con ellos...

Callé: yo no sabía lo que eran túneles, ni lo que eran puentes... Además, no podía pensar: la locomotora aceleraba su marcha y yo ponía toda mi atención en rodar bien. La oí silbar; entre los ribazos acantilados, cada vez más altos, que bordeaban el camino, su grito tableteó ensordecedor. Inquirí:

—¿Por qué silba La Recelosa?...

El Tímido repitió:

—Los túneles... los túneles... ¡Hazte cuenta de que has muerto y de que te entierran!...

No pude oir sus últimas palabras, porque súbitamente vi, bajo mis ruedas, un vacío, lleno de claridad. Me sentí en el aire; me pareció volar...; sin embargo, allí el estrépito del expreso era mayor.

—¡Estamos sobre el Oyarzun!—gritó un sleeping.

Casi al mismo tiempo aquella claridad extraña, que venía de abajo, y la otra claridad, la del crepúsculo, se apagaron instantáneamente. Una horrible tiniebla nos envolvió; el ruido ensordecía; el humo de la máquina nos envolvía y lo sentíamos deslizarse sobre nuestras techumbres arremolinado, pegajoso y caliente. De pronto, también cual por arte de magia, el fragor que se apacigua, el soplo refrescante del aire libre, la alegría del cielo que empieza a estrellarse...

—¡Ya sabes lo que es un túnel!—me dijo el sleeping que iba a mi lado, y a quien mi inocencia divertía.

El Hermano Sommier se equivocaba: yo ignoraba aún lo que fuera un túnel; había penetrado en él tan inesperadamente y lo recorrí en un estado de aturdimiento tal, que “no lo vi”; mi conciencia acongojada no pudo apoderarse de la impresión. La imagen del puente tampoco reaparecía en mi espíritu diáfanamente. Preocupado con cuanto dentro de mí sucedía, las estaciones de Pasajes y San Sebastián me escaparon inadvertidas. En los diez y seis kilómetros que separan Tolosa de Beasaín, atravesamos cuatro túneles y cruzamos quince veces el Oria. Pero yo continuaba medio inconsciente: nuestra marcha era demasiado rápida, las sensaciones, todas, fuertes y nuevas, se sucedían y, acumulándose, se emborronaban. Mi mismo ahinco por entender, me impedía entender. Apenas veía, apenas oía. Añádase a esto que el miedo a descarrilar ocupaba todo mi espíritu: me sucedía lo que a los malos jinetes, que embarazados con el rendaje y los estribos, y temerosos de que la cabalgadura les tire al suelo, no atienden al paisaje.

Hasta más allá de Miranda de Ebro no empecé a serenarme. Desgraciadamente, con la serenidad me vino el miedo. Muchas veces llamamos heroísmo a una ceguera, y miedo a una mayor comprensión. ¡Y yo iba comprendiendo! Cruzar un puente era lanzar sobre dos cintas de hierro las trescientas toneladas que pesaba nuestro convoy; bordear un abismo confiándonos a la gracia resbaladiza y felona de una curva, era exponerse a despeñarnos; atravesar un túnel equivalía a echarse una montaña a cuestas. En los puentes, el expreso, cuya sombra temblaba allá abajo, sobre el cristal de algún río o el árido carrascal de una hondonada, tenía algo de pájaro; y, cuando se soterraba, algo de reptil: bajo la tierra, donde todo es negro, rezumante y húmedo, parecía un gusano; y en los viaductos, donde todo es luz, aire y libertad, parecía una saeta. En el horror de los túneles, se compadece a los mineros; en la alegría de los puentes, se envidia a los pájaros...

Ya en Castilla, a la sazón llena de luna—era próxima la media noche—la tranquilidad me volvió. Con su enorme horizonte sin ecos, la meseta ibérica invita a la contemplación. Por ella los trenes corren silenciosamente, el humo se va y el augusto reposo de la planicie satura las almas de equilibrio.

Al salir de Medina del Campo, donde un empleado, provisto de un farol, me examinó y aceitó las ruedas, yo me hallaba bien. Había recorrido, casi sin detenerme, más de cuatrocientos kilómetros y, sin embargo, no estaba cansado.

El sleeping se interesaba por mí; lo aprecié en la ayuda que, más de una vez, me prestó en los momentos difíciles del camino.

—¿Cómo marchas, chaval?—indagó.

—Bien.

—¿Te duele el cuerpo?

—No.

—Duro eres, muchacho, porque La Tirones, que nos arrastra desde Miranda, tiene muy brusco el trato.

Yo no me había percatado de que en Miranda de Ebro La Recelosa había sido substituída por La Tirones, más ligera y mejor corredora. El Hermano Sommier me informó de que este cambio era obligatorio, y de que en Avila volveríamos a cambiar de máquina.

—De Avila a Madrid—agregó—nos llevará La Caliente, que, como La Recelosa, pertenece a la “serie cuatro mil”. Es una de las locomotoras de mayor arrastre de la Compañía.

Enfrentábamos la estación de Ataquines, último pueblo de la provincia de Valladolid. El Tímido terció en el diálogo; mostrábase jovial:

—En pasando de Burgos—exclamó—lo mismo me da una máquina que otra. Yo adoro en Castilla; adoro esta tierra noble y franca—tierra sin dobleces—donde se camina en línea recta; en Castilla ves llegar el peligro, y puedes evitarlo. Pero en los países montuosos la muerte te hiere a traición: la montaña es el disimulo, la celada... Y no soy yo solo quien discurre así: pregúntaselo a El Presumido, que viene detrás, y que en cuanto pasamos de los tres túneles de La Brújula y cruzamos el Arlanzón, empieza a cimbrearse más que una tonadillera.

El Tímido y yo llegamos a ser camaradas fraternos. Procedía también de los talleres de Saint-Denis, y aunque llevaba más de veinte años en España, suspiraba por Francia, donde apenas hay túneles. Había sido reparado y barnizado varias veces, hasta que la intemperie y el humo lo pintaron de negro definitivamente.

Nuestros compañeros le creían neurasténico, pero no era la neurastenia, sino el reuma, lo que le afligía, y de ahí su miedo a viajar bajo tierra. Yo le quise mucho; tenía el andar ágil y nunca se hizo el remolón en las cuestas arriba.

Traspuesta Avila, la reliquia de las nueve puertas y de las noventa y seis torres, El Tímido me habló con terror evidente del viaducto de la Lagartera, al que seguían tres túneles de los cuales el último, llamado de Navalgrande, medía más de mil metros. Según mi colocutor, era un paso peligroso. Tanto dijo, que consiguió preocuparme.

—¡Calla ya!—le supliqué—; ¿qué mejoras con asustarme?

No me hizo caso: como todos los aprensivos, hallaba placer en transmitir su miedo.

—Tú has de verlo—repetía—, tú has de verlo; un día ese maldito nos tragará a todos.

Empezaba a clarear. Sin saber por qué, las agorerías de mi compañero me colmaron de espanto. ¿Y si su vaticinio se cumpliese? Me sentí roto, condenado a eterna podredumbre y a eterna sombra, bajo la montaña ingente, y quise huir. Di un tirón, para arrancarme de los rieles.

—¿Qué haces?—murmuraron malhumorados los sleeping.

Sin responder, realicé un segundo esfuerzo; prefería descarrilar a seguir. Ibamos a lanzarnos sobre el viaducto y La Caliente empezó a silbar; luego apretó los frenos y mis ruedas patinaron. Tuve un nuevo arranque de rebeldía, sin embargo.

—¿Qué haces, muchacho?—repitió el sleeping.

Y El Tímido:

—Sigue, sigue... En este oficio, se obedece o se muere. ¡Sigue!...

Un sleeping tiraba de mí; El Tímido me empujaba; La Caliente acababa de quitarme la voluntad. Furioso, convulso, arrastrado por el invencible imperativo de la inercia, crucé el viaducto; pero al entrever la boca del primer túnel inicié—no me explico cómo—un ademán de retroceso que se extendió desapaciblemente a todo el convoy. Merced a mi rebeldía hubo un tempestuoso entrechocar de topes. Detrás y delante de mí, un murmullo de desconfianza y de cólera se produjo: rezongaban el coche-correo, los furgones, Los Hermanos Sommier, El Tímido, El Presumido, Doña Catástrofe. Hasta El Misántropo protestó:

—¿Qué sucede? ¿Quién se para?...

Así, impelido, magullado, indefenso, me hundí en el túnel de Navalgrande, y cuando salí de él una alegría, que instantáneamente se resolvió en resignación y obediencia, me poseyó. Tuve vergüenza de mi cobardía. “Nunca más volveré a rebelarme”—decidí. Reanimado por esta noble determinación, me lancé a través del Puerto de Avila, gané las alturas de Herradón y a las siete exactamente de la mañana llegaba a Madrid.

Mientras nuestros pasajeros se marchaban, y los mozos de andén descargaban nuestros furgones, Los Hermanos Sommier me interrogaron:

—¿Cómo te sientes?...

—Bien—repuse.

Todo el convoy se preocupaba de mí.

—¿Estás cansado?

—No.

—¿Nada te duele?

—Nada.

¡Y era verdad! Mi salud era perfecta. En mi organismo atlético ni un solo tornillo se había movido. Mis compañeros me observaban, me admiraban.

—Propongo—dijo un sleeping—que a este buen mozo le llamemos El Cabal.

Todos asintieron; y así, sin otra ceremonia, quedé bautizado.

Sorprenden la unión en el esfuerzo y la comunidad de destinos, de los vagones; pero, indudablemente, lo mejor del viaje, a pesar de su fatigoso traqueteo, es el viaje mismo, y lo más dilecto de éste, su principio. Esa “primera estación” tiene para mí un interés turbador inexpresable. ¡Cómo la recuerdo!... Es de noche: un remusgo frío barre el bruñido asfalto del andén; algunos viajeros corren con sus bagajes, otros charlan en pequeños corrillos ante mis portezuelas abiertas. Dos guardias civiles pasan jaques bajo sus sombreros charolados; un viejo empuja un carricoche con almohadas que evocan sensaciones de fatiga y de sueño, y un farol donde se lee la palabra “Telégrafos”, trae al ánimo el temor de las malas noticias. Después pasan las sacas bicolores del Correo: allí van los periódicos, difundidores de la actualidad, y las cartas, con sus palpitaciones de amor o de ambición, que el tren irá luego dejando en las estaciones del tránsito cual si repartiendo fuese apretones de manos. Yo observo: la congoja de tantos corazones me atrae; todos los semblantes están emocionados, los ojos brillan enternecidos, la melancolía parece endurecer todas las bocas: es el momento más patético de los viajes que, separando a los hombres, parodian a la muerte.

Al dejar la estación de partida, el expreso se despereza malhumorado: siempre oímos alguna madera que cruje, algún gozne entumecido que protesta. Pero, a poco, los movimientos todos van acordándose: sin advertirlo los vehículos establecen un ritmo tan cadencioso, tan armónico, que a veces modula una canción; la luz puesta a la izquierda del furgón de zaga, nos anima; parece decirnos: “Vamos todos”. Rápidamente las ruedas se calientan y callan, y el convoy entero vibra con esa alegría aventurera—ansia instintiva de desplazamiento—que yo llamaría “el placer de irse”.

Los lectores de hábitos sedentarios quizás no aprecien estas divagaciones mías, y a fe que nada haré para que me entiendan, pues fracasaría; que, al cabo, se nace andariego como se nace artista: pero los vagabundos, mis hermanos, sí me comprenderán, y su adhesión me basta.

En su evolución mi alma ha seguido igual trayectoria que el alma de los niños. Como a éstos, primero me interesaron los paisajes, que poblaban mi memoria de imágenes sencillas y cuya psicología rudimentaria me impresionó en seguida: por romas y distraídas que fuesen mis dotes de observador, yo no podía confundir la desolación amarillenta—palidez de drama—de Castilla, con la alegría verde de la región vasca. Más tarde, mi curiosidad investigadora se orientó hacia los individuos. Yo he visto en esas pequeñas estaciones por donde los expresos pasan sin detenerse, caras rústicas sorprendentes, caras representativas, caras-síntesis que compendiaban toda la historia de una región. Esos rostros, esas siluetas, espumas de siglos, me traspasaron el ánimo y los recordaré mientras viva.

Declaro, no obstante, que el estudio del paisaje es asímismo trabajoso y difícil, y que mi conocimiento de las provincias hispanas, aunque limitado a lo poquísimo que desde una vía férrea puede divisarse, supone muchos años de labor. Los hombres—en su mayoría frívolos y fatuos—raras veces van más allá de la epidermis de las cosas. De esto me he persuadido oyendo charlar a mis huéspedes. Quién, por el mero hecho de haber vivido en Buenos Aires, habla de América, de toda América, como si “toda América” fuese Buenos Aires; quién, que aprendió trescientas palabras inglesas, dice: “Yo sé inglés”; y el turista que, por segunda vez, va a Madrid desde Hendaya, no se acerca a las ventanillas porque “ya conoce el camino”...

Exaspera tanta petulancia. Durante nueve o diez años—antes lo dije—he recorrido yo esa ruta, y aun no estoy cierto de conocerla completamente. En las personas, lo que nos impresiona más pronto son los rasgos; el análisis de las almas comenzará luego. De los paisajes, por el contrario, lo que primero nos cautiva es lo general, las grandes líneas: la montaña, la llanura, el mar... El atisbo de los pormenores—los pormenores son el puente, el túnel, el caserío que blanqueará, de súbito, detrás de un monte—viene después. ¿Cuándo los hombres reconocerán el misterio de exégesis que hay en todo?

Una memoria feliz puede asimilarse fácilmente los detalles de un itinerario. Cualquiera recuerda, por ejemplo, que viniendo de Irún y a la salida de un túnel, azulea la bahía de Pasajes; que más allá de San Sebastián está Hernani, cuna del soldado Juan de Urbieta, y que la célebre Garganta de Pancorbo es uno de los rincones agrestes más bellos del mundo: reconoceremos, desde muy lejos, las torres de la catedral burgalesa; y los perfiles de Dueñas, la triste, a pesar de la lozanía de sus aledaños; y el nutrido vaivén de viajeros que alienta los andenes de Miranda de Ebro, Venta de Baños y Medina del Campo; y la historia del Castillo de la Mota, donde César Borgia estuvo preso y acabó sus días Isabel la Católica; y cómo, desde antes de llegar a Pozuelo, la silueta—que forma horizonte—de Madrid, nos saldrá al camino. Muchos millares de personas saben todo esto; lo dicen las Guías...

Lo arduo y lo meritorio es acercarse al alma de las cosas, para lo cual necesitaremos escrutarlas innumerables veces, ya que “una vez” sólo podrá revelarnos “un aspecto” de la cosa estudiada. Dentro de cada paisaje, la indagación menos escrupulosa sorprenderá tres... cuatro... ocho paisajes desemejantes: según el lugar donde nos coloquemos, según sea de día o de noche, invierno o verano; según lo hallemos empapado en lluvia o bañado en sol, el panorama será otro. Más aún: habremos de sorprenderlo en circunstancias análogas de tiempo y de luz, y nuestras impresiones tampoco se reproducirán fielmente, debido a que los estados de alma del observador nunca son iguales. Véase, pues, cuán lejos vivimos de todo.

Al otorgarme la experiencia una distinción mental mayor, fué la humanidad la que me atrajo. Empecé mi examen por “el personal” de los expresos: el maquinista, el fogonero, el jefe de tren, que va en el furgón delantero y es responsable de cualquier accidente; el vigilante-directo, cuyo puesto es el furgón de cola; los vigilantes de ruta, y el interventor. Cuando creí conocerles bien, me apliqué al escrutinio y clasificación de los viajeros.