XX.
Adonde fué á dar Blanca y lo que allí le aconteció, y de lo que pasó á Don Melchor en México.
AL salir de la hacienda la camilla en que llevaban á Blanca, la vieja guió en direccion del Norte; pero apenas perdió de vista la casa se salieron del camino y contramarcharon tomando un rumbo tan enteramente diverso, que vinieron á resultar á poco al Sur de donde habian partido: esta precaucion les salvó. Los jinetes que salieron en su persecucion se dirijieron por el mismo camino que les habian visto tomar, y á medida que en él mas se avanzaban, mas lejos se ponian de los fugitivos.
Cruzando por veredas casi intransitables, y por medio de bosques desiertos, Blanca llegó al anochecer á una pequeña casa que estaba situada en la hondonada de un barranco, y á la cual era preciso tener mucho conocimiento en el terreno para llegar.
—Vamos—dijo la vieja—ya aquí estais en completa seguridad, aquí nadie os buscará, ni aun cuando os buscaran os encontrarian; para llegar hasta aquí no hay mas camino que el que hemos traido, y creo que no es de lo mas fácil encontrarlo; á esta casa traigo yo á curar á algunos enfermos y heridos que necesitan secreto, ahora solo tengo aquí un negro que ese vino caído del cielo y yo no le traje.
—¿Cómo caído del cielo?
—Sí: figuraos, señora, que por allá arriba pasa una vereda que apenas es transitable, pues yo no sé que iba haciendo este pobre negro, quizá borracho, porque se desprendió de allá arriba y vino rodando hasta que cayó en el arroyo..............
Apenas Blanca conservaba una idea vaga de la caida de Teodoro, pero se figuró luego que seria él.
—¿Y en dónde está? ¿Se murió?
—No, no murió, casi estaba exánime; pero le recojí, le asistí muy bien, y aunque no puede decirse que está salvado, sí hay ya mucha esperanza.
—¿Pero á dónde está?
—Por allá adentro, ¿quereis verle?
—Sí, sí.
—Bien, ¿podeis andar algo? Apoyaos en mi hombro y vamos.
Blanca se paró con inmensas dificultades, y sosteniéndose de la vieja comenzó á andar.
—Figuraos—decia la anciana—que yo curo á todos los que andan huyendo de la justicia, y hasta ahora ni uno me han pizcado. ¿Se tendrá confianza en que no os encuentren á vos?
Llegaron á una puerta que abrió la vieja, y en el fondo, en un jergon, Blanca pudo descubrir á Teodoro que estaba acostado contra la pared y con la cara y la cabeza llena de vendas y de parches.
Teodoro por su parte la reconoció tambien.
—Señora, dijo, queriendo inútilmente levantarse.
—Teodoro—contestó Doña Blanca intentando en vano apresurar el paso.
—Vamos, vamos, quietos—dijo la vieja—nada de imprudencias: ¿conque ustedes son conocidos?
—Mucho, mucho—contestó Blanca estrechando una mano de Teodoro.
—Mucho—agregó éste besando la mano de Blanca.
—Cuánto me place—dijo la curandera—siquiera así no se desconfiarán los dos, porque la señora viene aquí tambien á curarse; ¿lo entendeis?
—Sí, contestó Teodoro.
—Entonces puesto que sois conocidos, aquí se queda la señora mientras voy á disponerle su lecho.
Doña Blanca quedó á solas con Teodoro y le refirió cuanto le habia pasado, sin poder entre ambos esplicarse todo lo que aquello significaba.
La vieja sin duda tenia relaciones con toda la gente perdida, porque en la noche dos ó tres veces llegaron algunos hombres á darle recados y á recibir de ella frascos y yerbas que indudablemente eran remedios; y aun llegó á pasar por allí una partida de hombres á caballo que sin disputa podia asegurarse que no eran tropas del rey, porque departieron un rato con la vieja y se fueron luego.
En otras circunstancias todo esto hubiera espantado á Blanca, pero habia pasado por tantas peripecias, que ya todo le parecia indiferente; sentia además, cierta confianza por encontrarse tan cerca de Teodoro, en quien veia una especie de protector á pesar del estado de postracion en que él se encontraba.
Aquella noche la vieja curó cuidadosamente á Doña Blanca.
. . . . . . . .
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Don Melchor Perez de Varais tomó la direccion que le indicaron, y á pocas horas comenzó ya á descubrir á lo lejos el caserío de México, sus arboledas y las torres y cúpulas de sus iglesias, que aunque no eran en tanto número como hoy, pero ya indicaban una ciudad poblada y religiosa.
Don Melchor tenia, como todos los alcaldes mayores de aquellos tiempos, una casa dispuesta siempre en la ciudad para recibirlo. Todos eran una especie de señores feudales, que hacian grandes gastos y vivian con toda especie de comodidades, sosteniendo la servidumbre de dos ó tres casas distintas que tenian en diversos puntos de la Nueva España.
Don Melchor, merced á la proteccion de la Audiencia que le habia concedido ser á la vez alcalde mayor de Metepec y Corregidor de México, estaba muy rico, y en su casa de Metepec y en la de México no solo estaba siempre lista la servidumbre, sino que se servia la comida á las horas de costumbre como si él estuviera presente, y en algunas veces por medio de cartas invitaba á algunos amigos para que fuesen á comer á su casa, encargando á uno de ellos que hiciese en su nombre los honores á los convidados.
Tales eran las fastuosas costumbres de aquellos personajes, á quienes tan poco trabajo costaba reunir grandes riquezas.
Llegó á su casa Don Melchor, y como si solo se hubiese separado de allí para dar un paseo en algunas horas, sus criados le presentaron sus vestidos de córte y le pusieron la cena.
Don Melchor no quiso salir aquella noche y se contentó con enviar á su mayordomo con un atento recado al Capitan general Don Pedro de Vergara Gaviria, notificándole de su llegada y suplicándole le escusase si no pasaba á verle inmediatamente por estar muy cansado y un poco enfermo.
Vergara sabia por su parte muy bien que aquella noche debia de estar ya en México Don Melchor.
A la mañana siguiente, cuando el Capitan general hacia su despacho, le anunciaron al señor Don Melchor Perez de Varais.
Vergara le recibió con las mayores muestras de cariño, y antes de darle tiempo á otra cosa, hizo recaer la conversacion sobre Luisa.
—Escribí á su señoría—le dijo—sobre lo que por el señor inquisidor se habia descubierto.
—Y eso me trae mas que de prisa—contestó Don Melchor.
—Témome que tengais un desengaño bien triste.
—¿Por qué? ¿acaso se engañaria S. E. y no seria esa muger la pobre Luisa?
—Desgraciadamente ella es, y desgraciadamente digo, porque las artes de que fué víctima, aunque descubiertas, no han podido ser hasta hoy contrariadas; la pobre señora sigue tanto peor en su naturaleza fisica, cuanto en su estado moral.
—¿Hase llegado á afectar su inteligencia?
—De una manera grave; quizá por sus muchos sufrimientos, y por la misma naturaleza del hechizo, no es ni la sombra de lo que fué en otros tiempos; está casi en el estado de imbecilidad.
—¡Pobre Luisa!—dijo Don Melchor profundamente conmovido.
—Juzga el señor inquisidor que quizá el cuidado y las atenciones, y algo que tambien pueda influir vuestra presencia, volverán algun dia á esa pobre señora á su primitivo estado.
—Dios lo quiera; ¿pero nada se ha podido averiguar respecto de los autores del delito?
—Nada, por mas que el señor inquisidor y yo nos hemos empeñado en descubrirlo.
—Sea por Dios, ¿y dónde está Luisa?
—En la inquisicion.
—¿En la inquisicion?
—Sí, y no os admire, que no está en calidad de presa.
—Bien, pero como vos me escribisteis tenerla ya en vuestro poder..........
—Así se habia acordado, pero supuso el señor inquisidor que siendo ya el lance tan público, hubiera sido dar pábulo á la curiosidad haberla sacado del Santo Oficio, mientras vos no estuvierais aquí para recojerla.........
—¿Y cuándo podré ir por ella?
—Ahora mismo, y porque veais qué empeño tengo en este negocio, quiero acompañaros yo mismo, aunque suspenda por ahora el acuerdo: ¿habeis venido en vuestra carrosa?
—En el patio me espera.
—Bien, vamos.
Tomó el licenciado su sombrero y bajó en compañía de Don Melchor, montaron en la carrosa y se dirijieron á la inquisicion.
El inquisidor mayor, prevenido por Don Pedro de Vergara, esperaba ya la visita y les recibió con mucha ceremonia.
—Verdaderamente—dijo—me apena la desgracia del Señor Don Melchor Perez de Varais, y espero que Su Divina Majestad dará á su esposa el alivio, y á él el consuelo que tanto necesitan.
—Y solo de Él le espero—contestó Don Melchor—que cosas hay que parecen no tener remedio sobre la tierra.
—¿Quereis ver ya y recibir á vuestra esposa?
—Sí señor.
—Pues vendrá, pero armaos de valor porque el golpe va á ser muy fuerte para vos.
—Tendré resignacion.
El inquisidor ajitó la campanilla, y dió en voz baja algunas órdenes á un familiar.
Poco despues se abrió la puerta, y entre dos ministros del Santo Oficio penetró en la sala una negra.
Los familiares se retiraron y la negra siguió avanzando.
La estatura y el cuerpo tenian mucha semejanza con el de Luisa, tenia como ella cortado el pelo, pero la fisonomia en ningun caso podia confundirse con la de aquella.
Aquellos ojos con su mirar bajo, aquella boca, siempre entre abierta, aquel aire profundamente estúpido, no podian dar ni un indicio de la viva é inteligente fisonomía de la esposa de Don Pedro de Mejía.
Don Melchor la miró con fijeza, se puso densamente pálido, y sin decir una palabra, se cubrió el rostro con las manos y se puso á llorar.
—Aquí teneis á vuestro esposo, al señor Don Melchor—la dijo en voz alta el inquisidor.
La negra en lugar de contestar, se puso á reir estúpidamente, produciendo una especie de gruñido.
—Cada dia está peor—dijo con hipocresía el licenciado Vergara—Don Melchor, tened paciencia.
—La tendré—contestó con resolusion—y luego levantándose se dirijió á la negra.
—Luisa, Luisa, me conoces.
La negra volvió á reir.
—Me la llevo si me lo permite su señoría—dijo Don Melchor.
—Como gusteis.
—¿Tendrá su señoría la bondad de ordenar que me presten una silla de manos para llevarla á mi carroza?
—Sí, contestó el inquisidor y sonó la campanilla.
Entró un portero, el inquisidor le dió sus órdenes y poco despues dos familiares llegaron con una silla de manos.
Don Melchor hizo entrar á la negra que obedeció como una niña.
—Señor, adios—dijo Don Melchor—dispensen su Excelencia y su señoría que les deje así; pero ya pueden considerar mi situacion.
—Sí, id y que Dios os consuele.
Don Melchor salió lloroso tras de su silla, y el licenciado y el inquisidor se quedaron riendo de su dolor.
XXI.
De cómo salió Doña Blanca de la casa de la vieja curandera.
DOÑA Blanca se restablecia con una facilidad y una rapidez extraordinarias, en dos dias se habia mejorado ya de tal modo que comenzaba á andar sin dificultad, y á pesar de su palidez y de la falta de sus dientes, estaba ya otra vez hermosa.
La vieja salia algunas veces, y estaba fuera varias horas; entonces Doña Blanca pasaba el tiempo conversando con Teodoro que aun no se podia mover.
Doña Blanca habia adquirido gran confianza con la vieja curandera; sabia ya que se llamaba Bárbara, que ejercia en los pueblos y en las haciendas su oficio honradamente, pero que en aquella casa, abrigaba á los ladrones heridos, y á todos los que andaban prófugos de la justicia, lo cual le producia bastante dinero, y buenas relaciones que la ponian á cubierto de todo peligro á que podia estar espuesta por el aislamiento de su casa. Ella por su lado la había referido gran parte de su historia, y la habia confesado que parentezco ninguno la unia con Don Melchor Perez de Varais, el cual sin duda por solo favorecerla habia hecho todo aquello.
Doña Blanca tenia pues una gran confianza en Bárbara. Cada vez que venia alguna gente perdida á la casa, Doña Blanca tenia cuidado de encerrarse y no salir hasta que todos se habian marchado.
Una noche sin embargo, llegaron á la casa tres hombres á pié y envueltos en largas capas negras, completamente armados, y con toda la traza de facinerosos.
Blanca quiso retirarse, pero no era ya tiempo, y aquellos hombres la vieron.
El que hacia de gefe, la saludó con tanta cortesania, como si fuera un hombre de buena sociedad. Bárbara le distinguia con el nombre de Guzman; Blanca permaneció un rato allí y luego viendo que ese hombre la miraba con tenacidad se retiró.
—Guapa moza teneis aquí, Bárbara—dijo Guzman cuando hubo salido Doña Blanca.
—¿Os gusta?
—Mal gusto tuviera yo si de ella no gustara, que puede ser la moza de un rey.
—Pobrecita, anda tambien retraida de la justicia como vosotros.
—¿Debe muerte?
—No, que cosas son de amoríos y enredos.
—Pues cara tiene de una santita.
—Caras vemos, que corazones no conocemos.
—La verdad que me gusta la criatura como un dulce.
—Está linda, y que aun no sana bien.
—¿Pues qué tenia?
—Estaba enferma porque la dieron tormento.
—¿En la cocina grande?
—No llameis así al Santo Oficio.
—Con el rey y la inquisicion chiton, ¿es verdad? Bueno, ¿y cómo salió?
—Fugose.
—¿Fugose? pues cada vez me conviene mas. Oid Bárbara y hablemos como amigos: ¿cuánto quereis por esa moza?
—¿La vendo acaso? ¿ó creis que tenga comercio de eso?
—Vamos, y no os vengais haciendo de las nuevas conmigo, que no habreis olvidado, que en cien pesos me vendisteis aquella vuestra criada india.........
—Ah, pero esa era una india, y esta.........
—Será, mas española que una vireina; pero todo lo hace el precio, por aquella dí cien, y por ésta doscientos.
—No puedo, es de responsabilidad.
—Vaya trescientos.
—Cómo, ¿y si lo saben?
—Cuatrocientos.
—Ella quizá no quiera.
—Por último, quinientos duros y lo arreglais todo.
—Convenido, pero cómo hacer para que ella no se resista.
—Sáquela yo de aquí, y lo demas corre de mi cuenta.
—Pero ¿y para que salga?
—O con engaños, ó la emborrachais, que es fácil.
—Nunca toma ni un trago.
—Si no es fuerza que sea con vino, con teloatzin, con mariguana, con cualquiera yerba.
—Convenido, pero me dais no quinientos sino seiscientos; sé que estais muy rico.
—Tendreis los seiscientos, que en el precio no paro para cumplir un antojo; ¿y cuándo?
—Mañana en la noche.
—Vengo de seguro.
—Venid.
—Hasta mañana.
Guzman se despidió y Bárbara se entro á meditar su plan.
A la mañana del otro dia la vieja comenzó á preparar á Doña Blanca.
—Hija mia—la dijo—¿pensais permanecer aquí toda vuestra vida?
—Por Dios, señora, ¿ya os enfadé?
—Por el contrario hija, deseara veros siempre á mi lado; pero como os quiero de veras y sois tan jóven, me causais lástima, aquí remontada como yo que soy una vieja.
—Pero ¿qué he de hacer?
—Algun hombre podria amaros y sacaros de aquí y llevaros muy lejos, donde nadie os conociera, donde de nada tuviérais que temer.
—Hacedme favor, señora, de no hablarme de eso jamás, si es que no deseais que me vaya, aunque me aprehenda la justicia.
—Bien, no os incomodeis, y dejemos esa conversacion. ¿Qué tal os sentís hoy?
—Cada dia mejor, gracias á vos.
—Muy pronto estareis completamente buena, con una bebida que voy á daros esta noche, y que os hará descansar mucho.
—Tomaré lo que querais, que bien sé lo que son vuestras medicinas.
—Voy á prepararla desde ahora.
La vieja estuvo toda la mañana hirviendo yerbas y probando los cocimientos hasta que pareció quedar satisfecha.
A cosa de las diez de la noche se llegó á Blanca llevándole una taza con una bebida.
—Tomad—dijo—y recojeos para que os haga provecho.
Doña Blanca bebió sin desconfianza todo el contenido.
—Está muy amargo—dijo.
—Es medicina, hija, es medicina.
Doña Blanca sintió que comenzaba á faltarle la voz—La vieja salió de la casa, y con un silbato de barro dió dos silbidos agudísimos.
Se oyó entonces el ruido de un caballo que se acercaba, y luego la voz de un hombre que decia á Bárbara:
—¿Ya está?
—¿A dónde está primero el dinero?
—Tomadlo, y en oro.
—Bien.
—¿Está privada, ó va con su voluntad?
—Ni uno ni otro.
—¿Pues qué hay entonces?
—Como queriais las cosas tan pronto y yo no tenia otra cosa, le he dado el toloatzin que la hace disvariar; pero que la deja muda y sin fuerzas por algun tiempo: aprovechad, que me habeis dicho que saliendo de aquí, todo corre de cuenta vuestra.
—Vamos, pues.........
Doña Blanca estaba en un estado de somnolencia, de dibilidad, que le parecia estraño; jamas habia esperimentado síntomas tales; sus brazos se aflojaban, su cuello se doblaba como negándose ya á sostener la cabeza, y sus ojos se iban cerrando.
Pero en medio de todo sentia un placer, que no sabia tampoco como esplicarse, una especie de tranquilidad, de descanso tan agradable, que sonreía sin querer.
A poco le pareció que se dormia y que comenzaba á soñar: una luz azulada, iluminaba su aposento, y entre esa claridad, como flotando en ella, aparecian los séres mas queridos de su corazon, Don Cesar, Doña Beatriz y Teodoro, y hasta la muger de Don Melchor, la protectora de la pobre Sor Blanca.
Aquellas figuras fantásticas no tocaban el suelo, se deslizaban, como una ráfaga de luz en el espacio.
De repente, vió tambien mezclados entre esos séres tan conocidos para ella otros nuevos: eran Bárbara la vieja curandera, y un hombre que ella no conocia, pero entre todas aquellas sombras, solo estas dos parecian tener cuerpos.
Se acercaron, Blanca sintió entonces, que la alzaban del lecho, quiso gritar y resistirse pero no pudo.
El hombre desconocido cargó con ella y la llevaba, alumbrando la vieja.
Llegaron á la puerta de la casa: se desprendia del cielo una tempestad horrible; entre la densa oscuridad, que todo lo envolvia cruzaban los rayos atronando los bosques, y las cañadas: el agua caía á torrentes, y rugia el viento entre los encinos de la selva.
Una ráfaga de viento apagó la luz que llevaba la vieja. Doña Blanca no vió mas, pero sintió que pasaba á otros brazos.
—Horrible está la noche señora Bárbara.
—Témome que os vayais á caer por ahí.
—Conocemos muy bien el camino de nuestra casa.
—Pero vais á llegar como una sopa.
—No le hace, ya me pagará esta buena moza estos trabajos.
El hombre soltó una carcajada.
—Y muy pronto—contestó riéndose tambien Bárbara.
—Puede que antes de que amanezca; ya nos vamos.
—¿Estais listos?
—Sí, adiós.
—Que Dios os lleve con bien.
La vieja cerró su puerta.
La tempestad seguia á cada momento mas fuerte: todas las pequeñas vertientes de la montaña eran rios caudalosos, y los rayos, y el viento y el agua, formaban un estruendo horrible.
Si se rasgaba la densa oscuridad, con la luz pasajera de algun relámpago, era para volver mas negra que ántes.
Guzman llevaba á Blanca en la silla, y un criado le seguia; pero apenas se podia caminar, la tormenta borraba el camino.
—Sotero—dijo Guzman—tú que caminas mas libre pasa por delante para darme la vereda y reconocer, no vayamos á dar á una barranca.
El hombre pasó adelante y siguieron el camino, paso á paso.
Todos estaban empapados, y Blanca comenzaba á volver en sí, y á comprender lo que le pasaba.
Las imágenes de su sueño se confundian sin embargo, con la realidad, y no podia separarlas completamente.
¿Qué iba ella haciendo, en medio de aquella noche tan horrorosa? ¿Quién la llevaba? ¿A dónde se dirijian?
El movimiento del caballo la molestaba mucho, quiso hablar, no le fué posible, quiso alzar un brazo, y tampoco.
Seguía lloviendo: de repente el guía se detuvo.
—¿Qué sucede? preguntó Guzman con impaciencia.
—Que creo que hemos estraviado el camino.
—¡Maldita sea mi suerte!—gritó Guzman acompañando estas palabras con horribles juramentos, que hicieron estremecer de pavor á Doña Blanca—á ver, baja de tu caballo, reconoce el terreno, mas de tres años hace que andas conmigo por aquí.........
El hombre bajó del caballo, y procuró adivinar el camino.
—¿No encuentras nada?
—No, señor.
—¡Maldita sea tu raza! ven acá á tenerme á esta muger mientras yo reconozco en donde estamos; cuidado que te se vaya á caer, porque á tí y á ella os arrojo á la barranca.
Si Blanca hubiera podido, hubiera gritado de espanto; el lenguaje de aquel hombre la horrorizaba mas que los tormentos de la Inquisicion; habia llegado á comprender que estaba á disposicion de aquella fiera, y que no era la muerte la que le esperaba; pero su situacion le parecia tanto mas desgraciada, cuanto que creia que en lo de adelante no se podria mover mas, y aquel hombre dispondria de ella como de un sér sin voluntad.
—¡Simple!—gritó Guzman—¿cómo no has podido reconocer en dónde estamos? es buen camino.
—¿Buen camino?
—Sí, ¿á que no sabes qué es aquí? mira bien.
—No reconozco.
—Pues aquí está la barranca que pasa por nuestro rancho, y este es el paso que le llaman de «La Monja Maldita.»
Aquello era una especie de anuncio, de aviso del cielo, entendió Blanca; el nombre de la «Monja Maldita» despertó en su corazon tantos recuerdos y tantos temores, que lanzó un débil gemido.
Guzman, que estaba ya cerca, le oyó.
—¡Hola, Sotero! ¿qué estarás haciendo á esa niña?
—Nada, señor.
—¿Nada? ¡ya verás maldecido!
Volvió á subir Guzman á la grupa del caballo en que estaba Blanca, y continuaron caminando.
Doña Blanca comenzó á quejarse.
—¿Qué tienes, mi vida?—dijo Guzman acariciándole el rostro.
Doña Blanca hubiera deseado morir antes que continuar en aquella situacion, pero por fin su voluntad comenzó á ser obedecida por sus miembros, y pudo levantar ya un brazo para apartar de su rostro la mano de Guzman.
—¿Te haces la desdeñosa?—pues toma, dijo Guzman—y plantó sus labios sobre la boca de Doña Blanca.
Blanca quiso gritar, y gritó.
Comenzaba á salir de su estado de inmovilidad y de mutismo.
Era ya la mañana, la tempestad habia cesado, y la luz bañaba toda la montaña, cuando llegaron al rancho de Guzman.
XXII.
En que se sabe lo que habia sido de Martin y de Don Cesar.
DON Cesar, Martin y María, tomaron la misma noche de su fuga de la Inquisicion el camino de Acapulco.
Siguieron por varios dias su marcha sin interrupcion pasando con nombres supuestos, que prudentemente se habian dado, hasta llegar á la cañada de Cuernavaca.
Allí Martin resolvió quedarse.
La Inquisicion no era á él á quien perseguia, su muger podria escapar fácilmente en los dias primeros de la persecucion, y luego, cuando todo se hubiera ya calmado, volverian á México, en donde podrian seguir viviendo cómodamente.
—Cierto que es un excelente plan—dijo Don Cesar cuando lo hubo oido—pero tiene tantas ventajas para vosotros como inconvenientes para mí.
—¿Por qué?
—Mirad; que tanto cuanto es fácil para vos tener oculta á María, á mí me es imposible ocultarme; el Santo Oficio se fijará en mí mas que en ella, y es casi seguro que á estas horas, exhortos habrá por todos los pueblos para mi aprehension; así es que cuanto ántes necesito huir y ponerme muy fuera del alcance del Santo Oficio.
—Entonces, ¿qué pensais hacer?
—Pienso dirijirme al puerto de Acapulco. En estos momentos se apareja allí la gente de todas armas que el gobierno del virey, marqués de Gelves, va á enviar á Filipinas; calcúlome llegar hasta allá sin novedad, presentarme como voluntario en las nuevas tropas del rey, embarcarme con ellas, pasar á Manila, y pensar allí lo que puedo hacer para estar libre.
—Acertada es vuestra resolucion.
—Detiéneme, sin embargo, solo una cosa.
—¿Cuál es ella?
—El abandonar á Doña Blanca á su propia suerte.
—Así estaria aun cuando vos permanecieseis por aquí, que en el Santo Oficio ha caido, y ni esperanzas hay de poderla valer de algo.
—¿Pues cómo nos salvamos, María, yo, y Sérvia?
—Por lo mismo, esos casi son milagros que no se repiten á menudo, y por haber acontecido éste debeis de tener mas seguro que no sucederá otro muy pronto. Los ministriles han de estar con tantos ojos abiertos, y se redoblarán las precauciones á tal grado, que á no ser un verdadero prodigio, en muchos años no oireis decir de otra fuga.
—Sin embargo, paréceme una ingratitud.........
—Escuchad, Don César, y no os preocupeis; por vos no es posible que nada alcanceis: ahora, respondedme: ¿os queda algun influjo poderoso que mover? y en caso que querais procurároslo, ¿no temeis que á los primeros pasos os prendan y quedeis peor que ántes? El delito de que era acusada María era leve en comparacion del que se os imputa, yo tenia con el Arzobispo motivos grandes para pedir una gracia, él se ha empeñado tambien por su parte, y sin embargo, ¿qué consiguió? nada, nada, y si no hubiera sido por la astucia de Teodoro, aun tienen en la Inquisicion á estas desgraciadas. Creedme, D. Cesar, y partid; si en algo necesita de mí Doña Blanca, le serviré con la lealtad que me conoceis, y tendrá en mí un apoyo; pero vos, partid.
Don Cesar reflexionó un poco, y por fin, levantando con resolucion la cabeza, exclamó:
—Partiré ahora mismo—¡pobre Blanca!
—¡Gracias á Dios que os resolveis!
Don Cesar, sin hablar ya mas, se despidió de Martin y de María, y montando á caballo, tomó el camino de Acapulco; Don Cesar conocia aquel camino porque lo habia andado cuando salió desterrado por su desafío con Don Alonso de Rivera, y cuando volvió de ese destierro.
Martin y su muger se internaron por los pueblitos de la tierra caliente buscando un hogar en donde pudieran pasar algunos meses sin ser conocidos.
Cosa de doce dias tardó Don Cesar en llegar hasta Acapulco, el camino habia sido para él una constante lucha: á cada momento intentando volverse en busca de Blanca, y recordando luego las reflexiones de Martin, se detenia algunas ocasiones á meditar, y perdido en sus pensamientos, permanecia una hora entera, en medio del camino sin moverse.
Por fin llegó al puerto.
Acapulco era en aquellos tiempos, el puerto mas importante de toda la Nueva España, por allí se hacia el comercio con la China, por allí entraban todas las mercancías, y por allí salia la gente y los refuerzos que de Nueva España se remitian á las Filipinas.
Cada virey procuraba que en su tiempo se hiciesen mayores envíos tanto de dinero á la corona de España como de gente á Manila.
El marqués de Gelves en los dias del tumulto, preparaba una grande espedicion, que no pudo ver realizada por todos los acontecimientos de México, pero un sobrino suyo encargado de este asunto en particular, continuó con mas brio, y con mayor empeño armando y equipando gente.
La audiencia de México como todo usurpador, veia en todo un amago á su seguridad, y una conspiracion contra su poder: la noticia de la gente que se armaba y disponia en Acapulco, llegó á la capital de la Colonia, y se aumentó y se comentó la noticia; se representó aquella gente como un ejército dispuesto á marchar ya sobre México á derribar á la audiencia y á restablecer en el vireinato al marqués de Gelves.
En consecuencia, salieron órdenes disponiendo que se suspendiera todo apresto.
Cuando Don Cesar llegó á la plaza de Acapulco, habia en ella una curiosa animacion.
Españoles, indios, negros, chinos, mulatos, todos cruzaban por las calles, alegres y conversando en voz alta en sus diferentes idiomas, los soldados y los marineros que iban á partir se despedian, los que se quedaban en tierra se empeñaban á porfia en ofrecer á los que se marchaban, frutos de la tierra que muchos de ellos no debian volver á probar en su vida.
En la bahia se balanceaban majestuosamente en medio de una mar tranquila y azulada, los bajeles de la flota que iba á partir para Filipinas. Todos esperaban con terror ó con ilusion aquella partida, y en medio de aquel rumor, se aguardaba á cada momento escuchar el cañonazo que anunciara la marcha.
Don Cesar se dirijió á uno de los soldados que encontró en la calle.
—¿Podriais indicarme señor soldado—le dijo—en donde me seria posible presentarme para tomar lugar en vuestras filas?
—Mirad allá—donde está la banderita del rey, vive el intendente; pero si quereis yo os conduciré, que en la compañía en que sirvo y debe partir hoy, tenemos vacante.
—Me hareis señalado servicio con acompañarme.
—¿Sabeis leer y escribir?
—Sí que sé.
—¿Conoceis el servicio?
—Conózcolo.
—¿De mar y tierra?
—De mar y tierra.
—En ese caso, puede que llegueis muy pronto á ser oficial.
—Dios lo quiera.
El soldado llevó á Don Cesar ante el intendente. Don Cesar era bien apersonado, sabia leer, y conocia el servicio, y un soldado así no le podia perder Su Magestad.
En un momento se facilitó todo, se le hizo jurar bandera y se le puso listo.
Poco despues sonó en la bocana un cañonazo al que contestó, una inmensa gritería: era el momento.
Comenzó el embarque de la tropa, que se prolongó demasiado hasta entrar ya la noche. El viento soplaba favorable, las velas se tendieron, los buques se aparejaron para partir, y levantaron las anclas.
Don Cesar en medio de un grupo de soldados, contemplaba las luces del castillo y de las casas del puerto, que iban desapareciendo entre las sombras de la noche al alejarse las embarcaciones.
A la mañana siguiente, el mar desierto ya azotaba las playas del puerto: á la animacion habia sucedido, el silencio, á la vida, el sueño, y solo como un punto blanco se divisaba á lo lejos uno de los bajeles de la flota.
XXIII.
En el que se conocerá el rancho del Gavilan, que era el castillo feudal de Guzman.
CUANDO Guzman llegó á su casa, Blanca habia vuelto en sí completamente, y pudo bajarse del caballo sin auxilio de nadie; lo que le habia pasado durante aquella noche fatal le parecia una pesadilla, pero al verse allí sola y á merced de aquel hombre, comprendia cuán terrible era su situacion.
La casa de Guzman era un rancho situado en lo mas escarpado de una montaña, rodeado de barrancas profundísimas; no podia llegarse á él sino por una penosa y angosta vereda, que podia desde la puerta de la casa esplorarse hasta una gran distancia, merced á las sinuosidades del terreno.
Detrás de la casa seguia el bosque, pero espeso, tupido, impenetrable casi; era una retirada segura para un lance apurado.
El barranco que cruzaba á la derecha de la casa tenia una profundidad espantosa, y nadie se atrevia siquiera á acercarse á la orilla, porque aquellas rocas cortadas como á pico, aquel torrente que se azotaba, por decirlo así, entre las peñas del fondo, aquellas espumas á las que casi nunca herian los rayos del sol, causaban vértigos, aquel abismo atraia.
El rancho se llamaba del Gavilan, y era el cuartel general de Guzman, el gefe de los ladrones de aquel rumbo.
Dos ó tres mugeres andrajosas y sucias salieron á recibir á los recien venidos.
—Queremos desayunarnos—les dijo Guzman sin saludar; que nos preparen algo, pero antes á ver si hay ropa que le venga á esta señora para que se quite la que trae puesta, porque viene la pobrecita mojada hasta los huesos.
Doña Blanca oyó esto, pero no se movió; tenia miedo de todo.
—Anda vida mia—la dijo Guzman, tomándola un brazo, anda.
Doña Blanca se desprendió de la mano de aquel hombre y le dirigió una mirada de indignacion.
—Vamos señora—dijo una de las mugeres.
Blanca no contestó, y se sentó sobre una piedra.
—Si no quiere, déjenla por ahora, hoy se amansará, yo voy á mudarme que tengo frio: el desayuno.
Guzman se entró á la casa, haciendo al retirarse una seña al criado que como un centinela vino á colocarse al lado de Doña Blanca.
La pobre jóven meditaba con la frente apoyada en sus manos.
¿Qué seria de ella en poder de aquel hombre? ¿De dónde podria venirle la salvacion?
Levantó el rostro y miró al cielo, y sus miradas se perdieron en el espacio.
Media hora permaneció así, hasta que sintió que la tocaban familiarmente en la espalda. Era Guzman que se habia cambiado el traje, y que salia de la casa vestido como un caballero, con una ropilla y unos gregüescos de vellorí pardos y unas calzas finísimas de cuero de venado.
—¿Quieres desayunarte, alma mia?
Doña Blanca no contestó.
—Vamos, toma alguna cosa, entra al menos en la casa, el sol comenzará pronto á calentar y puede hacerte mal.
Doña Blanca ni le miraba siquiera.
—Entonces si no quieres entrar, yo comeré aquí; que me has causado tanta pasion, que no quiero abandonarte ni un momento.
Guzman habló á las mugeres, y poco despues allí mismo habian tendido en el suelo, y á los piés de Blanca una soberbia servilleta de damasco, y habian servido el desayuno.
Las tazas, los platos, las jarras, todo era de plata ricamente cincelado, todo de mucho lujo; aquel hombre debia de ser muy rico.
Las mugeres se retiraron y Guzman quedó solo con Doña Blanca.
—Toma alguna cosa, ángel mio, decia Guzman: mira, aquí serás mas que la vireina; aquí tú sola mandarás y tendrás cuanto quieras, porque soy muy rico, mucho. Si ves que vivo en esta casa tan triste, es porque no tengo á quien darle gusto, pero viniendo tú todo cambiará; ¿me oyes? Porque yo conozco que á tí sí te voy á querer de veras. Oyeme, mi vida: muchas mugeres han venido aquí y han hecho poderíos por agradarme, pero me han cansado, nunca he podido llegar á quererlas, y á tí sí te he de querer mucho, porque has de ser buena, y yo tengo necesidad de querer á una muger buena.
Guzman estaba enternecido, y Blanca concibió alguna esperanza.
—Si quereis una muger buena—contestó—¿por qué me habeis traido así, por fuerza? ¿Qué conseguireis con tener aquí contra su voluntad á una pobre muger que no os ama, que no puede amaros?
—¿Amas á otro?—dijo Guzman con furor.
—¿Para qué quereis saberlo? Basta que os diga que no os puedo amar.
—Pero me amarás, serás mia.
—No lo espereis.
—¡Ah! mas soberbias que tú han llegado aquí muchas, y han acabado por llorar el dia que las he despachado á sus casas.
—Mal me conoceis si me confundis con esas mugeres—contestó indignada Blanca.
—Oyeme, no quiero que nos incomodemos tan pronto; toma algo paloma mia, estás muy débil, toma algo y hablaremos despues; quizá me convenzas, y te deje yo volver libre á la casa de Bárbara.
Doña Blanca quiso probar con aquel hombre la dulzura.
—Sí, os acompañaré, tomaré algo con vos, pero es necesario que vayais reflexionando, que vuestra accion no es buena: ¿qué pretendeis de mí, de una pobre muger sin amparo? Si no fuera mi situacion tan triste, si yo tuviera algun amparo sobre la tierra, no seria tan cruel lo que pensais contra mí; pero quizá la única esperanza que me quede sobre la tierra sereis vos. Sed mi amigo, mi protector; no os empeñeis en ser mi verdugo.
Guzman miró fijamente á Doña Blanca: sus ojos pardos, brillaron bajo sus cejas negras y espesas de una manera estraña.
—¡Ah! tú sabes mucho, mucho; casi, casi me estas enterneciendo: calla, y no me hables así.
Doña Blanca sintió que su corazon se dilataba con la esperanza.
Calló por un momento, y comenzó á tomar una taza de leche.
Guzman habia concluido y las mugeres llegaron á retirar todo lo que habia servido para el desayuno. Pero Doña Blanca observó con terror que habian dejado cerca de Guzman una botella.
Blanca permaneció silenciosa, pero á poco su terror subió de punto, porque vió salir de la casa al criado y á las mugeres y alejarse hasta perderse por la vereda. Quedaba enteramente sola con Guzman.
Guzman se llevó á la boca la botella y dió un trago como para adquirir valor.
—Oyeme—dijo limpiándose los labios—yo te quiero, y necesito que tú me quieras tambien; yo soy mozo y sabes que soy rico, podemos ser aquí muy felices.
—Pero.........
—Escúchame: yo sé que andas prófuga, que te persigue la justicia, la inquisicion tal vez, porque tú llevas en tu cuerpo las señales del tormento, aquí nadie es capaz de alcanzarte; quiéreme, sé mia por bien, estás en mi poder, ninguno podrá libertarte, y si resistes, fuerza tengo para obligarte á sucumbir.
—Oidme, por Dios—contestó Blanca—es verdad que estoy en vuestro poder, que ando prófuga, pero la historia de mis desgracias enterneceria á un tigre. Sola en el mundo, el destino me ha arrebatado á todos mis protectores; Doña Beatriz de Rivera mi madrina, murió; luego encontré amparo en Don Melchor Perez de Varais, y en su muger Doña Isabel, pero mas tarde supe por mi último amigo, por el negro Teodoro que Doña Isabel mi protectora era una aventurera llamada Luisa, y entonces ya no me quedaron sobre la tierra mas que gentes que pasageramente se interesan por mí, ¿por qué vos no habeis de ser el ángel protector de mi vida? Sois bueno, generoso, fuerte, sed mi abrigo, ved en mí una muger que necesita de apoyo y no una víctima, un juguete de vuestras pasiones......... ¿me oís.........?
Guzman habia escuchado en silencio á Blanca y tenia la cabeza inclinada.
De repente tomó la botella y volvió á llevarla á sus labios.
Doña Blanca se estremeció.
—Siempre he pensado en que seas mia.
—¿Pero no os conmueve mi llanto ni mis súplicas?
—Todas las mugeres son lloronas.
—Mirad que os lo pido de rodillas—dijo Blanca arrodillándose.
El manto que la cubria cayó de su espalda y quedó descubierto su cuello blanco y torneado.
Guzman volvió á tomar otro trago y se quedó mirando á Blanca.
—De veras que eres linda—la dijo—¿y quieres que mirándote esa garganta y esos hombros te dejara ir cómo tú te lo supones?
Doña Blanca se cubrió precipitadamente, pero ya no era tiempo.
—¿Para qué te tapas?—dijo Guzman queriendo quitarle el manto—¿para qué te tapas? ven acá, comenzaré por darte un beso.
Y estendió su mano para acariciarla.
Doña Blanca se retiró violentamente y volvió el rostro como buscando amparo, pero estaba sola, completamente sola; no se oia mas ruido que el rumor del viento entre la fronda y los ecos del torrente que se despeñaba en las profundidades de la barranca de «la Monja Maldita.»
Guzman se paró vacilante: sus facciones anunciaban que habia llegado á un estado temible de embriaguez.
Doña Blanca al verle en aquella situacion perdió toda esperanza.
Doña Blanca retrocediendo se encontró detenida por un árbol, y Guzman pudo asirla de la falda.
—¿A dónde vas? ¿á dónde vas?—balbutia aquel hombre, ven acá, si hoy vas á ser mia.
—¡Por Dios dejadme! ¡por Dios! por vuestra madre, por lo que mas ameis en el mundo.........
—Si tú eres lo que mas amo en el mundo, ven aquí, no me hagas enojar.........
—¡Por Dios! ¡por el amor de vuestra madre!—repetia Blanca.
—Vamos, ¿qué tiene que ver Dios, ni mi madre en esto? Si Dios no quisiera no estarias en mi poder.
Guzman habia logrado detener á Blanca y habia pasado su brazo al derredor de su cuello y acercaba ya su rostro al de la doncella, pero ésta logró desprenderse de él y se retiró.
Sin embargo, poco habia ganado, porque en aquella lucha habian venido á colocarse cerca de la barranca, y la jóven se refugió encima de una peña que se avanzaba sobre el abismo.
—¡Hola!—decia Guzman—te resistes, pero ya has caido y tú sola te entregas: haber ahora por donde te vas.
Blanca miró por todos lados y solo encontró delante de ella aquel hombre, con ojos inyectados, y el aliento fatigado, ébrio de pasion y de vino, en derredor el abismo, rocas que alzaban entre las espumas sus erizadas frentes de granito, y sobre su cabeza un cielo azúl, puro, tranquilo é indiferente. Blanca pensó entonces en un milagro.
XXIV.
LO que vió Teodoro.
Teodoro oyó el ruido de los caballos que partian de la casa de Bárbara y llamó á la vieja.
—¿Quereis decirme—le preguntó—quién estaba ahí?
—Fué Guzman, un amigo mio—contestó descaradamente la vieja—que vino por esa muchacha conocida vuestra.
—¿Por quién?—preguntó Teodoro incorporándose espantado.
—Por esa muchachita que estaba aquí.
—¿Por Doña Blanca?
—Sí—contestó la vieja.
—¿Y ella qué hizo?—dijo Teodoro cada vez mas asombrado.
—¿Qué habia de hacer? irse con él.
—¡Irse con él! ¿Pero cómo?
—¿Cómo? Muy alegre y muy contenta.
—¡Mientes vieja infernal!—esclamó Teodoro trémulo de furor tomando á Bárbara por la garganta y arrojándola sobre la cama—¡mientes! ¿Qué has hecho con esa jóven?
—¡Socorro! ¡socorro!—gritaba Bárbara.
—Calla, ó te ahogo—dime, ¿qué has hecho de esa jóven? Responde, ó te mato.
La vieja espantada, callaba.
—¿No contestas?......... ¿No contestas? Pues bien, voy á estrellarte contra la pared, contra las piedras, como á una serpiente.
Y Teodoro sin hacer caso de sus heridas se levantó, y alzó en el aire á la vieja para estrellarla.
—No, no—gritó la vieja—dejame, dejame, que yo lo diré.
—Bueno—contestó Teodoro—dime ¿qué hiciste con esa jóven?
—Se la llevó Guzman.
—¿Quién es Guzman?
—Un amigo mio.........
—¿Y para dónde se la llevó?
—Para su casa.
—¿Pero ella consintió?
—Sí.........
—¡Mientes!—dijo Teodoro alzando la mano.
—No, no consintió.
—Pues ¿cómo no gritó ni pidió auxilio?
—Por que..................
—¡Habla!
—Estaba privada le habia yo dado yerba.
—¡Infame!
Teodoro reflexionaba, pero no soltaba la mano de la vieja.
—¿En dónde esta la casa de ese hombre?
—No muy lejos, en un ranchito.
—¿Sabes tú?
—Sí.
—Pues vamos allá.
—¿Ahora con esta tempestad, en esta noche?
—Sí ahora mismo, ahora mismo.........
—Pero..........
—Vamos, pronto.
Teodoro se incorporó como pudo, y se puso su sombrero; todo esto sin dejar para nada á la vieja.
De debajo de su lecho sacó un cuchillo, y lo colocó en su cinturon.
—Mira—dijo á la vieja—al menor impulso que sienta de que quieras huir, te mato: ¡en marcha!
La vieja obedeció y salieron.
La noche era horrorosa, y caminaban casi adivinando en la oscuridad.
Así anduvieron como dos horas.
Teodoro, fatigado, sosteniéndose solo por la fuerza de su voluntad, comenzaba á impacientarse.
—Oye ¿no decias que el rancho estaba cerca?
—Pero hemos perdido algo el tiempo por la mala noche.
—Te advierto que si llegamos, cuando á Doña Blanca la haya sucedido alguna desgracia, te mato sin remedio.
—¡Ay!
—Pues vamos.
Y seguian caminando.
Algunas veces se detenia Teodoro á tomar aliento, y entonces era la vieja la que le apuraba.
—Vamos—decia—es tarde—y volvian á caminar.
Por fin, comenzó á lucir la mañana y á los primeros reflejos la vieja le dijo á Teodoro:
—Mirad, allí en aquel cerrito es la casa, poco nos falta.
Teodoro hubiera querido volar, pero aquella pendiente era muy larga y muy elevada.
El sol estaba ya en el horizonte y todo el panorama se iluminó perfectamente.
Teodoro y la vieja subian, pero el negro venia ya muy cansado y necesitaba detenerse á cada momento. Por fin llegaron á descubrir la casa.
Teodoro vió á Doña Blanca y á Guzman: sus figuras se destacaban, sobre las rocas en el purísimo azul de los cielos.
Blanca estaba en pié desdeñosa y altiva, Guzman á corta distancia, parecia no atreverse á acercarse.
Teodoro comprendió que habia llegado á tiempo.
Comenzó á caminar con mas violencia, y llegó á otro punto en que se dominaba mejor la escena que pasaba en el rancho.
Doña Blanca estaba al borde del abismo, y parecia hablar, Guzman estaba cerca de ella. Teodoro iba á continuar su camino, cuando la escena cambió.
Guzman dió un paso adelante y un gritó agudo atravesó los aires: Doña Blanca desprendiéndose de la roca cayó en el abismo, y se perdió entre las alborotadas espumas del torrente.
. . . . . . . .
Guzman dió un grito y se echó atrás espantado para no precipitarse tambien.
Teodoro cayó de rodillas.
El torrente siguió su curso tranquilo, sin que nada indicara que sus ondas habian sido el sepulcro de la pobre Blanca.
FIN.
ÍNDICE.
| CAP. | PAGS. | |
| Una carta del autor. | 5 | |
| LIBRO PRIMERO. El convento de Santa Teresa. | ||
|---|---|---|
| I. | —De lo que pasaba en la muy noble y leal ciudad de México el 3 de Julio del año del Señor de 1615...... | 7 |
| II. | —Donde se ve quién era el Bachiller, y lo que pasó con el Oidor. | 13 |
| III. | —Doña Beatriz de Rivera. | 21 |
| IV. | —De cómo ganaba sus pleitos el Ilustrísimo Señor D. Juan Perez de la Cerna. | 28 |
| V. | —En donde se descubre por qué estaba Doña Beatriz tan preocupada con la fundacion del convento de Santa Teresa. | 33 |
| VI. | —En donde el lector conocerá á la verdadera heroina de ésta no menos verdadera historia. | 37 |
| VII. | —En donde el negro Teodoro y el Bachiller ponen en juego todos sus recursos. | 43 |
| VIII. | —En donde el lector conocerá á la Sarmiento y le hará una visita en su casa. | 51 |
| IX. | —Como el negro Teodoro probó que no necesitaba de armas. | 58 |
| X. | —Lo que habia visto y sabido el Bachiller en la casa de la Sarmiento. | 66 |
| XI. | —Doña Blanca y Don Pedro de Mejía. | 74 |
| XII. | —Lo que hablaron el Oidor y el Bachiller, y quién era el herido. | 79 |
| XIII. | —La historia del esclavo. | 86 |
| XIV. | —En que el negro continúa su historia. | 95 |
| XV. | —Se ve el fin de la historia de Teodoro. | 105 |
| XVI. | —De lo que se decia en la ciudad de la muger de D. Manuel de la Sosa, y de lo que pasaba en la casa de éste. | 120 |
| XVII. | —En el que se ve que hasta las piedras rodando se encuentran. | 132 |
| XVIII. | —En que Martin conoce otros secretos de Luisa. | 144 |
| XIX. | —De la conversacion de Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera, y de lo que resultó en ella. | 153 |
| XX. | —Don Cesar de Villaclara. | 162 |
| XXI. | —De cómo la beata y el Ahuizote, Luisa y Doña Blanca, Don Cesar y Don Alonso se estaban todos engañando. | 172 |
| LIBRO SEGUNDO. Las dos Profesiones. | ||
| I. | —De como dentro de un templo y junto á la pileta del agua bendita puede un hombre sentirse hechizado. | 177 |
| II. | —Donde el “Diablo tira de la manta”. | 183 |
| III. | —De como las brujas solian tener razon. | 196 |
| IV. | —En que se ve que la Sarmiento sabia lo que entre manos traía. | 205 |
| V. | —De cómo los celos son malos consejeros. | 212 |
| VI. | —En donde se acaba de probar que los celos son malos consejeros. | 218 |
| VII. | —De como se hicieron las ceremonias para la fundacion del convento de Santa Teresa. | 227 |
| VIII. | —En donde se prueba que tanto valian los polvos de una bruja, como el chupamirto de un nahual. | 235 |
| IX. | —Otra vez con la Sarmiento. | 245 |
| X. | —En que se verá cuán cierto es aquello de que “nunca la prudencia es miedo”. | 254 |
| XI. | —Cómo en donde menos se piensa. | 262 |
| XII. | —De lo que Luisa y Teodoro trataron, y de lo que éste hizo despues. | 271 |
| XIII. | —De cómo Luisa fué la muger de Don Pedro de Mejía, y de lo que Doña Blanca determinó hacer por esta causa. | 278 |
| XIV. | —Lo que pasó en las bodas de Luisa, y lo que le aconteció á la Sarmiento. | 285 |
| LIBRO TERCERO. MONJA Y CASADA. | ||
| I. | —De lo que habia acontecido en la Nueva España desde que dejamos esta historia hasta el dia en que volvemos á tomarla. | 293 |
| II. | —Don Melchor Perez de Varais. | 296 |
| III. | —Cómo se conspiraba en el palacio del Señor Arzobispo de México, en fines del año de 1623. | 305 |
| IV. | —En que el lector volverá á ver algunos antiguos conocidos, y tendrá que conocer algo de los antiguos mágicos. | 314 |
| V. | —La compañía del Bachiller Martin Garatuza comienza á tomar cartas en los negocios políticos. | 323 |
| VI. | —Cómo Luisa dió unas malas noticias á Sor Blanca y lo que ésta determinó hacer. | 330 |
| VII. | —En que se ve lo que trataba el marqués de Gelves con sus amigos, y otras cosas que verá el lector. | 339 |
| VIII. | —En donde se verá lo que pasó á Sor Blanca, y lo que aconteció al marqués de Gelves en su ronda nocturna. | 344 |
| IX. | —Lo que hablaron el virey y Don Cesar, y lo que aconteció despues. | 352 |
| X. | —De lo que pasó con Don Cárlos de Arellano, y como volvió á ver á Luisa. | 363 |
| XI. | —Cómo los celos hacen adivinar á las mugeres. | 373 |
| XII. | —Cómo era un edicto del Santo Oficio. | 379 |
| XIII. | —De cómo Doña Blanca se casó y de lo que sucedió entonces. | 386 |
| XIV. | —De lo que combinaron el corregidor Don Melchor Perez de Varais y el Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna. | 395 |
| XV. | —De donde se habia refugiado Doña Blanca y de lo que aconteció con Teodoro la noche del 10 de Enero. | 400 |
| XVI. | —Lo que aconteció en México al Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna el juéves 11 de Enero de 1624. | 407 |
| XVII. | —El gran tumulto de México. | 418 |
| XVIII. | —Como siguió el gran tumulto de México. | 427 |
| XIX. | —Lo que pasó á dos personas que quizá haya olvidado el lector. | 434 |
| LIBRO CUATRO. VÍRGEN Y MÁRTIR. | ||
| I. | —En donde hacemos conocimiento con el inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores, y volvemos á ver á Doña Blanca. | 437 |
| II. | —Cuestion de tormento. | 444 |
| III. | —De lo ocurrido en la ciudad despues del motin. | 451 |
| IV. | —De como Luisa sufrió una gran desgracia. | 457 |
| V. | —Cómo Luisa conoció que su situacion era desesperada. | 463 |
| VI. | —De como Tirios y Troyanos, iban todos á parar á la inquisicion. | 472 |
| VII. | —En donde se prueba que un arzobispo podia sacar una ánima del purgatorio pero no un acusado de la inquisicion. | 482 |
| VIII. | —De lo que pasó en las cárceles del Santo Oficio | 489 |
| IX. | —En donde se verá que hubo un “meeting” el año de 1624. | 496 |
| X. | —Salvarse en una tabla. | 503 |
| XI. | —En que se sabe cosa que es increible pero muy verdadera. | 512 |
| XII. | —Dios lo ha dispuesto. | 520 |
| XIII. | —De lo que arregló Teodoro y de lo que hizo Martin. | 525 |
| XIV. | —Dios lo ha dispuesto.—concluye. | 533 |
| XV. | —En donde se ve como volvieron á encontrarse dos antiguos conocidos. | 538 |
| XVI. | —De como Teodoro no “se paraba en pelillos” como decia el refran. | 546 |
| XVII. | —De como llegó á México en busca de su Luisa Don Melchor Perez de Varais y de lo que le paso. | 551 |
| XVIII. | —En que se cuenta lo que pasó á Don Melchor y á Blanca. | 557 |
| XIX. | —En que se continúa la materia del anterior. | 563 |
| XX. | —Adonde fué á dar Blanca y lo que allí le aconteció y de lo que pasó á Don Melchor en México. | 571 |
| XXI. | —De como salió Doña Blanca de la casa de la vieja curandera. | 578 |
| XXII. | —En que se sabe lo que habia sido de Martin y de Don Cesar. | 587 |
| XXIII. | —En el que se conocerá el rancho del Gavilan que era el castillo feudal de Guzman. | 592 |
| XXIV. | —Lo que vió Teodoro. | 599 |